«El regreso al hogar del Shamraken»: W.H. Hodgson; relato y análisis.


«El regreso al hogar del Shamraken»: W.H. Hodgson; relato y análisis.




El regreso al hogar del Shamraken (The Shamraken Homeward-Bounder) es un relato de terror del escritor inglés William Hope Hodgson (1877-1918), publicado originalmente en la edición de abril de 1908 de la revista Putnam's Monthly, y luego reeditado en la antología de 1914: Hombres de aguas profundas (Men of the Deep Waters).

El regreso del Shamraken, sin dudas uno de los grandes relatos de W.H. Hodgson, es también uno de los mejores cuentos náuticos de terror de aquellos años.

El relato narra la historia de un grupo de marineros a bordo del Shamraken, el cual, según parece, llevan varias décadas navegando en alta mar, a tal punto que el más joven de la tripulación, a quien llaman cariñosamente «muchacho», tiene más de cincuenta años.

El motivo por el cual este buque ha pasado tanto tiempo sin llegar a puerto, es decisivo para colocar a El regreso del Shamraken entre los más destacados relatos del mar de W.H. Hodgson.




El regreso al hogar del Shamraken.
The Shamraken Homeward-Bounder; William Hope Hodgson (1877-1918)

El viejo Shamraken, navío de vela, había pasado muchos días sobre las aguas. Era antiguo, más viejo que sus dueños, y eso es mucho decir. Parecía no tener apuro, mientras alzaba los combados y viejos flancos de madera a través de los mares. ¡Qué apuro había! Alguna vez llegaría, dé algún modo, como había sido su costumbre en los viejos tiempos.

En los tripulantes —que además eran los dueños— había dos cosas especialmente notables: la primera, la edad de todos y cada uno de ellos; la segunda, el sentimiento de familia que parecía ligarlos, de modo que el navío parecía provisto de una tripulación en la que todos estaban relacionados entre sí; sin embargo no era así. Formaban un curioso grupo, todos barbados, de avanzada edad y grises; sin embargo, no había en ellos rastros de la inhumanidad que acompaña a la ancianidad, salvo en que habían dejado de gruñir y en la serena satisfacción que sólo les llega a aquellos en los que han desaparecido las pasiones más violentas.

Si hacían algo, no se oían los rezongos inseparables de cualquier grupo promedio de marinos. Subían a la arboladura a hacer el trabajo —fuera lo que fuese— con la sensata resignación que sólo aportan la edad y la experiencia. El trabajo se llevaba a cabo con cierta tenacidad lenta, una especie de seguridad cansada, nacida del conocimiento de que tal trabajo debía ser realizado. Además, las manos poseían la madura habilidad que sólo da la práctica excesiva y que compensaba con holgura las flaquezas traídas por los años. Por sobre todo, los movimientos, por más lentos que fuesen, eran implacables en su falta de vacilación. Habían ejecutado con tanta frecuencia el mismo tipo de trabajo que habían llegado, mediante la selección de lo útil, a los métodos más directos y sencillos de hacerlo.

Como he dicho, habían pasado muchos días sobre las aguas, aunque no estoy seguro de que algún hombre de la nave supiese con certeza cuántos habían sido. Aunque el Patrón Abe Tombes —a quien se dirigían por lo común llamándole Patrón Abe— debía de haber tenido cierta noción porque se lo podía ver a veces ajustando solemnemente un prodigioso cuadrante, lo cual sugiere que mantenía algún tipo de registro del tiempo y de la ubicación.

De los tripulantes del Shamraken, una media docena estaba sentada, trabajando en las tareas marinas necesarias. Además de éstos, había otros sobre cubierta. Una pareja que recorría el costado de sotavento de la cubierta principal, fumando e intercambiando una que otra palabra casual. Uno estaba sentado junto a otro que trabajaba y que hacía observaciones ocasionales entre las chupadas a la pipa. Otro, sobre el bauprés, pescaba con línea, anzuelo y un trapo blanco, tratando de sacar un bonito. Este último era Nuzzie, el grumete de la nave. Tenía barba gris y sus años sumaban cincuenta y cinco. Había sido un grumete de quince, cuando se unió al Shamraken, y seguía siendo el muchacho, aunque cuarenta años se habían ido a la eternidad desde el día en que se incorporó; los hombres del Shamraken vivían en el pasado y pensaban en Nuzzie como en el muchacho de pasado.

Le correspondía bajar a Nuzzie; era su turno de dormir. Podía afirmarse lo mismo de los otros tres hombres que hablaban y fumaban, pero ellos apenas pensaban en dormir. La edad avanzada saludable duerme poco y ellos tenían salud, a pesar de ser tan ancianos. Pronto, uno de los que caminaban a sotavento de la cubierta principal mirando por casualidad a proa observó que Nuzzie seguía sobre el bauprés, dándole tironcitos a la línea como para que algún bonito tonto tomara el trozo de trapo blanco por un pez volador.

El fumador le dio un codazo suave al compañero.

—Sería hora de que ese grumete durmiera un poco.

—Sí, sí, compañero —replicó el otro, sacándose la pipa de la boca y mirando con insistencia la figura sentada sobre el bauprés.

Durante medio minuto estuvieron allí parados como la efigie misma de la implacable determinación de la edad de gobernar a la atrevida juventud. Sostenían las pipas en las manos y el humo se alzaba en pequeños remolinos desde el contenido ardiente de las tabaqueras.

—¡No hay manera de domar a ese muchacho! —dijo el primero con aspecto firme y decidido. Después recordó la pipa y le dio una chupada.

—Los grumetes tienen un carácter terrible —observó el segundo y recordó a su vez la pipa.

—Pescar cuando los otros duermen —resopló el primero.

—Los muchachos necesitan dormir mucho —dijo el segundo—. Recuerdo cuando yo era muchacho. Supongo que será el crecimiento.

Y durante todo el tiempo el pobre Nuzzie seguía pescando.

—Creo que voy a decirle que se baje de ahí —exclamó el primero y empezó a caminar hacia los escalones que llevaban a la parte superior del castillo de proa.

—¡Muchacho! —gritó en cuanto asomó la cabeza al nivel de la parte superior del castillo de proa—. ¡Muchacho!

Nuzzie se volvió al segundo llamado.

—¿Eh? —voceó.

—Bájate de ahí —gritó el hombre más viejo, con el tono un poco agudo que la edad le había dado a la voz—. Apuesto a que te tendremos dormido sobre la rueda del timón esta noche.

—Sí —agregó el segundo hombre, que había seguido al compañero hasta el castillo de proa—. Baja, muchacho, y vete a tu litera.

—Está bien —gritó Nuzzie y empezó a enrollar la línea. Era evidente que no había pensado desobedecer. Se bajó del palo y pasó junto a ellos sin decir palabra, camino a las cabinas.

Por su parte, los hombres bajaron lentamente del castillo de proa y reanudaron la caminata de proa a popa por el costado a sotavento de la cubierta principal.

—Supongo, Zeph —dijo el hombre que estaba sentado sobre la escotilla y fumaba—,supongo que Patrón Abe tiene razón. Hemos hecho un puñado de dólares con el viejo armatoste y no hemos rejuvenecido.

—Sí, creo que eso es bastante cierto —replicó el hombre sentado junto a él, que estaba atando un cabo a una polea.

—Y es hora de que pensemos en quedarnos en tierra —siguió el primero, que se llamaba Job. Zeph apretó la polea entre las rodillas y buscó a tientas, en el bolsillo de atrás del pantalón, el tabaco compactado. Le arrancó un mordisco y volvió a guardarlo.

—Cuando uno lo piensa resulta raro que éste sea el último viaje —observó masticando parejamente, con el mentón apoyado en la mano.

Job le dio dos o tres chupadas profundas a la pipa antes de hablar.

—Supongo que alguna vez tenía que llegar —dijo al fin—. Tengo en mente un lindo lugarcito donde echar anclas. ¿Pensaste en eso, Zeph?

El hombre que sostenía la polea con las rodillas sacudió la cabeza y miró a lo lejos tristemente sobre el mar.

—No sé, Job, qué voy a hacer cuando el viejo armatoste sea vendido —murmuró—.Desde que María se fue parece no importarme tocar tierra firme.

—Nunca tuve esposa —dijo Job, apretando el tabaco ardiente en la tabaquera de la pipa—. Supongo que los marinos no tendrían que tratar con esposas.

—Eso está muy bien para ti, Job. Cada hombre según su parecer. A mí me gustaba muchísimo María... —se detuvo en seco y siguió mirando el mar.

—Siempre he pensado en que me gustaría asentarme en una granja propia. Calculo que los dólares que gané servirán —dijo Job.

Zeph no contestó y durante cierto tiempo estuvieron sentados allí, sin hablar.

Un momento después, sobre el costado de estribor, por la puerta del castillo de proa, surgieron dos figuras. También ellos eran del "turno de descanso". En todo caso parecían más viejos que el resto de los que estaban en cubierta; las barbas blancas, salvo la mancha del jugo de tabaco, les llegaban al pecho. Por lo demás, habían sido hombres muy vigorosos, pero ahora estaban penosamente doblados por la carga de los años. Se dirigieron a popa, caminando lentamente. Cuando llegaron frente a la escotilla principal, Job levantó la cabeza y dijo:

—Dime, Nehemiah, aquí Zeph ha estado pensando en María y no he podido levantarle el ánimo de ningún modo.

El más pequeño de los dos recién llegados sacudió la cabeza con lentitud.

—Todos tenemos disgustos —dijo—. Todos tenemos disgustos. Yo tuve el mío cuando perdí a la niña de mi hija. Había simpatizado mucho con esa niña, era tan agradable; pero así son las cosas... así son las cosas, y Zeph tuvo su disgusto desde entonces.

—María fue una buena esposa para mí, lo fue —dijo Zeph, hablando lentamente—. Y ahora que el viejo armatoste va a desaparecer me temo que me encontraré muy solo en tierra —y agitó la mano, como sugiriendo vagamente que la costa se encontraba en algún punto más allá de la banda de estribor.

—Sí —observó el segundo de los recién llegados—. Para mí es algo deprimente que el viejo barco deje de navegar. He navegado sesenta y siete años en él. ¡Sesenta y siete años! —hamacó la cabeza tristemente y encendió un fósforo con manos temblorosas.

—Así son las cosas —dijo el hombre más pequeño—. Así son las cosas.

Y, con estas palabras, se dirigieron junto con su compañero hasta la barra que se extendía bajo las amuradas de estribor sentándose allí a fumar y meditar. Patrón Abe y Josh Matthews, primer oficial, estaban de pie junto a la baranda que cruzaba el comienzo de la cubierta de popa. Como a los demás hombres del Shamraken, la edad les había caído encima y la helada de la eternidad les había tocado la barba y el cabello. Patrón Abe estaba hablando:

—Es más difícil de lo que pensaba —decía y mantenía los ojos apartados del oficial mirando las cubiertas gastadas, blancas de tan fregadas.

—No sé que haré, Abe, cuando la nave desaparezca —replicó el viejo oficial—. Ha sido como un hogar para nosotros durante más de sesenta años —sacudió el tabaco usado de la pipa mientras hablaba y empezó a cortar una carga nueva del bloque compacto.

—¡Han sido los malditos fletes! —exclamó el patrón—. No hacemos más que perder dólares en cada viaje. Los que nos han reventado son los barcos a vapor.
Suspiró cansado y le dio un tierno mordisco al pan de tabaco.

—Ha sido una nave muy cómoda —murmuró Josh, monologando—. Y desde que aquel muchacho mío se fue, pienso menos en pisar tierra de lo que acostumbraba hacerlo. No me quedan parientes en tierra firme.

Terminó de hablar y empezó a llenar la pipa con los viejos dedos temblorosos. Patrón Abe no dijo nada. Parecía estar hundido en sus propios pensamientos. Estaba apoyado sobre la baranda que cruzaba el comienzo de la popa y masticaba sin cesar. Pronto se enderezó y caminó a sotavento. Escupió, después se quedó allí en pie unos momentos, dando un breve vistazo en redondo: resultado de medio siglo de costumbre. Bruscamente le gritó al oficial...

—¿Qué es lo que distingues allá afuera? —preguntó, después de un momento de escrutinio.

—No sé, Abe, a menos que sea una especie de niebla levantada por el calor.

Patrón Abe sacudió la cabeza; al no saber qué sugerir, permaneció un momento silencioso. Pronto Josh volvió a hablar:

—Es muy extraño, Abe. Estas son zonas curiosas.

Patrón Abe asintió con la cabeza, sin dejar de mirar lo que había aparecido a sotavento de la proa. Mientras miraban, les parecía que un enorme muro, de niebla color rosado se alzaba hacia el cenit. Se mostraba casi frente a ellos y al principio había parecido sólo una nube brillante sobre el horizonte, pero ya había recorrido un largo camino en el aire y el borde superior se había cubierto de maravillosos matices llameantes.

—Tiene un aspecto realmente magnífico —dijo Josh—. Había oído que las cosas son distintas en esta zona.

Un momento después, cuando el Shamraken se acercó a la niebla, les pareció a los que iban a bordo que ocupaba todo el cielo ante ellos, desplegándose a cada lado de la proa. Y así en un momento penetraron en ella y, de inmediato cambió el aspecto de todo.

La niebla, en grandes remolinos rosados, flotaba alrededor de los hombres, pareciendo suavizar y embellecer cada cuerda y cada mástil, de modo que el antiguo navío se convirtió, por así decirlo, en una embarcación encantada en un mundo desconocido.

—Nunca vi algo igual, Abe... ¡nunca! —dijo Josh—. ¡Eh! ¡Pero es magnífico! ¡Magnífico! Es como si hubiéramos entrado en el crepúsculo.

—¡Estoy pasmado, pasmado! —exclamó Patrón Abe—. Pero reconozco que es hermosa, muy hermosa.

Durante un momento, los dos viejos colegas se quedaron parados sin hablar, mirando, sólo mirando. Al entrar en la niebla, habían llegado a una calma mayor de la que los había rodeado en mar abierto. Era como si la niebla apagara y acolchara los tonos del crujido de los aparejos y los mástiles. Los mares enormes, sin espuma, que rodaban junto a ellos parecían haber perdido algo del áspero rugido susurrante de saludo.

—Es como sobrenatural, Abe —dijo Josh, más tarde, alzando apenas la voz—. Como si estuviéramos en misa.

—Sí —contestó Patrón Abe—. No parece natural.

—No creo que el cielo sea muy distinto —susurró Josh. Y Patrón Abe no lo contradijo.

Un rato más tarde, el viento empezó a decaer y se decidió que, cuando sonaran las ocho campanadas, todos los tripulantes debían izar el juanete mayor. Poco después, luego de llamar a Nuzzie (porque era el único a bordo que estaba descansando) sonaron las ocho campanadas y todos dejaron las pipas de lado, preparándose para alzar las vergas; sin embargo nadie hizo ademán de trepar a soltar la vela. Ese era trabajo para el grumete y Nuzzie se había atrasado un poco en subir a cubierta. Cuando apareció después de un minuto, Patrón Abe le habló con severidad.

—¡Sube, muchacho, y suelta esa vela!¡Supongo que no pensarás que un hombre mayor va a hacer semejante trabajo! ¡Debería darte vergüenza!

Y Nuzzie, el muchacho de barba gris de cincuenta y cinco años, subió a la arboladura humildemente, como le ordenaban. Cinco minutos después, voceó que todo estaba listo para izar y la hilera de ancianos se esforzó con las cuerdas. Entonces Nehemiah, que es el que llevaba la canción cuando trabajaban, arrancó con un trino agudo:

Había un viejo granjero que vivía en Yorkshire.

Y el agudo canturreo de las gargantas antiguas se hizo cargo del estribillo:

Conmigo, sí, sí, bajen este camino.

Nehemiah siguió con el relato:

Tenía mujer vieja y la quería en el infierno.

Danos tiempo de bajar este camino —intervino el coro tembloroso de las viejas voces.

Oh, el diablo lo visitó un día junto al arado —continuó el viejo Nehemiah y el grupo de patriarcas lo siguió con el estribillo:

Conmigo, sí, sí, bajen este camino.

Vengo por tu vieja mula —contó Nehemiah.

Y otra vez el estribillo sonó con estridencia:

Danos tiempo para bajar este camino.

Y así hasta el último par de estrofas. Y rodeándolos por completo, mientras canturreaban, estaba aquella niebla extraordinaria, teñida de rosa que, arriba, se fundía en una maravillosa radiación del color de una llama como si, apenas por encima del tope de los mástiles, el cielo fuese un vasto océano rojo de fuego silencioso.

Había tres diablitos encadenados al muro —cantó Nehemiah en tono estridente.

Conmigo, sí, sí, bajen este camino —dijo el coro gimiente.

Ella se sacó el sueco y los vapuleó a todos —canturreó el viejo Nehemiah y una vez más lo siguió el estribillo antiguo, resollante.

Estos tres diablitos ladraron por clemencia —tremoló Nehemiah, alzando un ojo para ver si la verga estaba llegando al tope del mástil.

Conmigo, sí, sí, bajen este camino —dijo el coro.

Controlen a esa bruja, o ella...

—Asegúrenla —voceó Josh, interrumpiendo la vieja canción marina con la orden.

El canturreo había cesado con la primera nota de la voz del oficial y, un par de minutos más tarde, se enrollaron y ataron las cuerdas y los viejos compañeros volvieron a sus ocupaciones.

Es verdad que las ocho campanadas habían pasado y que se suponía que había que cambiar la guardia, y fue cambiada, en lo que a vigilar y al timón se refería, pero por lo demás había poca diferencia para aquellos ancianos a prueba de sueño. El único cambio visible en los hombres de cubierta fue que los que antes sólo habían fumado, ahora fumaban y trabajaban, mientras que los que hasta entonces habían trabajado y fumado, ahora sólo fumaban.

Así se desarrollaba todo en completa amistad mientras el vieja Shamraken avanzaba como una sombra de tintes rosados en medio de la niebla brillante y sólo las aguas extensas, silenciosas, perezosas que llegaban a él desde la envolvente nube rosada, parecían tener conciencia de que era algo más que la sombra que parecía ser.

Poco después, Zeph le gritó a Nuzzie que les trajera el té de la cocina y así, en un momento, el turno de descanso hacía su comida vespertina. La comían sentados sobre la escotilla o en la barra, según les tocara en suerte y mientras comían hablaban can los compañeros que estaban de turno en cubierta acerca de la niebla brillante en la que se habían zambullido. Por lo que hablaban era obvio que el extraordinario fenómeno los había impresionado mucho y toda la superstición que había en ellos parecía haber despertado por completo.

En realidad, Zeph no tuvo empacho en declarar su creencia de que estaban cerca de algo sobrenatural. Dijo que tenía la sensación de que María estaba en algún lugar, cerca de él.

—¿Quieres decir que estamos bastante cerca del cielo? —dijo Nehemiah, que estaba ocupado en plegar un pallete para convertirlo en aparejo contra roce.

—No sé —contestó Zeph— pero... —hizo un gesto hacia el cielo oculto—. Ustedes ven que es poderosamente maravilloso, y supongo que si es el cielo, es porque algunos de nosotros nos hemos cansado bastante de la tierra. Supongo que estoy sintiendo ganas de echarle un vistazo a María.

Nehemiah sacudió la cabeza lentamente y el cabeceo pareció recorrer todo el círculo de patriarcas canosos.

—Calculo que la niña de mi hija estará allí —dijo, después de meditar un momento—. Sería sorprendente que no hubieran llegado a conocerse con María.

—María era buena para hacer amistades —observó Zeph, meditabundo—, y los niños se sentían bien con ella. Parecía que tenía cierto don para eso.

—Nunca tuve esposa —dijo Job sin que viniera al caso. Era un hecho del que se sentía orgulloso y con frecuencia se jactaba.

—No es algo que vaya a servirte mucho, compañero —exclamó uno de los de barba blanca, que, hasta entonces, había estado en silencio—. Encontrarás menos gente en el cielo para que te salude.

—Eso es bastante cierto, Job —asintió Nehemiah y clavó una mirada dura en Job ante lo cual éste se retrajo en silencio.

Pronto, cuando sonaron tres campanadas, Josh se acercó y les dijo que dejaran de trabajar por ese día. Llegó la segunda guardia y Nehemiah y el resto de su grupo tomaron el té sobre la escotilla principal, junto con sus compañeros. Cuando lo terminaron, como de común acuerdo, todos fueron y se sentaron sobre la baranda de las cabillas, que corría bajo las amuradas del juanete mayor; allí, con los codos apoyados sobre la baranda, enfrentaron el mar para mirar en todo su esplendor el misterio colorido que los había rodeado. De vez en cuando, una pipa era quitada de la boca y se expresaba algún pensamiento lentamente elaborado.

Las ocho campanadas fueron y vinieron pero, salvo por el relevo en la rueda del timón y en la vigilia, nadie se movía de su sitio. Las nueve, y la noche bajó sobre el mar, pero para los que estaban dentro de la niebla, el único resultado fue la profundización del color rosa hacia un rojo intenso, que parecía resplandecer con luz propia. Por encima de ellos, el cielo invisible parecía el vasto resplandor de una llama silenciosa, sangrienta.

—Pilar de nubes de día y pilar de fuego por la noche —murmuró Zeph dirigiéndose a Nehemiah, que estaba en cuclillas cerca de él.

—Supongo que son palabras de la Biblia —dijo Nehemiah.

—No sé —contestó Zeph—, pero son las palabras exactas que le oí decir a Passn Myles cuando nos cruzamos con aquel madero ardiente. Era sobre todo humo a la luz del día, pero un fuego maldito y eterno cuando llegaba la noche. Al sonar las cuatro campanadas, relevaron al del timón y al vigía y poco más tarde, Josh y Patrón Abe bajaron a la cubierta principal.

—Terriblemente raro —dijo Patrón Abe, afectando indiferencia.

—Ya lo creo —dijo Nehemiah.

Y después de eso, los dos viejos se sentaron junto a los demás y observaron. Al sonar las cinco campanadas, a las diez y media, hubo un murmullo de los que estaban más cerca de la proa y un grito del vigía. Ante esto, la atención de todos se dirigió a un punto ubicado casi en línea recta hacia adelante. En aquel sitio en especial, la niebla parecía estar fluyendo con un brillo rojo curioso, ultraterreno y, un minuto después, estalló ante sus ojos una vasta bóveda formada por refulgentes nubes rojas. Ante el espectáculo, todos y cada uno de ellos gritaron expresando asombro y empezaron a correr de inmediato hacia la parte superior del castillo de proa.

Allí se congregaron en un grupo apretado, con el patrón y el oficial entre ellos. La bóveda parecía extender ahora su arco a lo lejos a cada lado de la proa, de modo que la nave enfilaba para pasar exactamente por debajo.

—Esto es el cielo, seguro —murmuró Josh para sí; pero Zeph lo oyó.

—Supongo que son las Puertas de la Gloria de las que siempre hablaba María —contestó.

—Calculo que en un momento voy a ver a mi muchacho —musitó Josh y estiró el cuello hacia adelante, con los ojos muy brillantes y ansiosos.

Alrededor de la nave había un gran silencio. Ahora el viento era apenas una brisa ligera y pareja que daba a babor de la popa, pero desde adelante, como surgidas de la boca de la bóveda radiante, las aguas sin espuma rodaban hacia arriba, negras y aceitosas. Bruscamente, en medio del silencio, llegó una nota musical grave, que se alzaba y caía como el quejido de una remota arpa eólica. El sonido parecía provenir de la bóveda y la niebla circundante pareció atraparlo y hacerlo sollozar una y otra vez en ecos lejanos dentro de la nube rosa, más allá de la vista.

—Están cantando —gritó Zeph—. A María siempre le gustó cantar. Escuchen el...

—¡Shh! —interrumpió Josh—. ¡Ese es mi muchacho! —la vieja voz aguda había subido casi hasta un grito.

—Es maravilloso... maravilloso, ¡asombroso! —exclamó Patrón Abe.

Zeph se había adelantado un poco al grupo, se hacía sombra sobre los ojos con las manos y miraba con atención, con una expresión que denunciaba la excitación más extrema.

—Creo que la veo. Creo que la veo —murmuraba para sí una y otra vez.

Detrás de él, dos de los viejos sostenían a Nehemiah, que se sentía, como lo expresó: un poco mareado ante la idea de ver a la niña.

A popa, Nuzzie, el muchacho, estaba en la rueda del timón. Había oído el quejido, pero como era sólo un muchacho es de suponer que no sabía nada sobre la cercanía del otro mundo, tan evidente para los hombres, sus superiores.

Pasaron unos minutos y Job, que tenía en mente aquella granja en la que había puesto las esperanzas de su corazón, se atrevió a sugerir que el cielo estaba menos cerca de lo que sus camaradas suponían; pero nadie pareció oírlo y se hundió en el silencio. Casi una hora más tarde, cerca de la medianoche, un murmullo entre los observadores anunció que algo nuevo se había hecho visible. Aún les faltaba un largo camino para llegar a la bóveda, pero aun así el objeto se mostró nítidamente: una prodigiosa umbela, de un rojo profundo, ardiente, con la cresta negra, salvo la cúspide, que brillaba con un furioso resplandor rojo.

—¡El Trono de Dios! —exclamó Zeph, en voz alta, y cayó de rodillas. El resto de los viejos siguió el ejemplo y hasta el anciano Nehemiah hizo un gran esfuerzo para imitarlos.

—Parece que estamos casi en el cielo —murmuró roncamente.

Patrón Abe se puso en pie con un movimiento abrupto. Nunca había oído hablar de ese extraordinario fenómeno eléctrico: la "Tempestad Feroz", que precede a ciertas enormes tormentas ciclónicas, pero su ojo experimentado había descubierto de pronto que la umbela de color rojo brillante era en realidad una colina acuática baja, remolíneante, que reflejaba la luz roja. No tenía conocimientos teóricos que le indicaran que aquello era provocado por un enorme vórtice de aire, pero había visto con frecuencia la forma de una tromba marina.

Sin embargo, seguía indeciso. Todo estaba tan fuera de su alcance, aunque, ciertamente, aquella monstruosa colina giratoria de agua, que despedía un centelleo de color rojo ardiente, le llamaba la atención como algo que no se acomodaba con sus ideas acerca del cielo y de la gloria. Y entonces, cuando aún vacilaba, sonó el primer bramido de bestia salvaje del ciclón que llegaba. Cuando el sonido hirió sus oídos, los viejos se miraron con ojos perplejos, asustados.

—Supongo que es la voz de Dios —susurró Zeph—. Calculo que sólo somos miserables pecadores.

Un instante después, el aliento del ciclón les lleno las gargantas, y el Shamraken, que se dirigía al hogar, atravesó los portales eternos.

W.H. Hodgson (1877-1918)




Relatos góticos. I Relatos de W.H. Hodgson.


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El análisis y resumen del cuento de W.H. Hodgson: El regreso al hogar del Shamraken (The Shamraken Homeward-Bounder), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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