La Llamada de lo Salvaje: análisis de «El Wendigo» de Algernon Blackwood.


La Llamada de lo Salvaje: análisis de «El Wendigo» de Algernon Blackwood.




Hoy analizaremos el relato de Algernon Blackwood: El Wendigo (The Wendigo), publicado originalmente en la antología de 1910: El Valle Perdido y otros relatos (The Lost Valley and Other Stories).


[Nadie se molestó en avivar el fuego que moría lentamente. En lo alto, las estrellas brillaban en un cielo bastante invernal, y había tan poco viento que el hielo ya se estaba formando sigilosamente a lo largo de las orillas del tranquilo lago. El silencio del vasto bosque que escuchaba se adelantó y los envolvió.]


Resumen:

El doctor Cathcart y su sobrino, un estudiante de teología llamado Simpson, viajan al noroeste de Ontario, Canadá, para cazar alces. Llevan dos guías consigo: Hank Davis y Joseph Défago, y el cocinero del campamento, Punk. Los protagonistas, Cathcart y Simpson, son escoceses. El primero está interesado en «los caprichos de la mente humana» así como en los alces, el segundo es un tipo de buen carácter. Défago es un francés inmerso la tradición. Está sujeto a ataques de melancolía, pero su pasión por la naturaleza siempre lo revitaliza luego de estar unos días alejado de la civilización. Punk es un «indio» de nación indeterminada; [alerta: cliché], taciturno y supersticioso, con sentidos agudísimos, como un animal.

Por desgracia, los alces son inusualmente tímidos, y nuestro grupo pasa una semana sin encontrar un solo rastro. Davis sugiere que se separen. Él y Cathcart se dirigen hacia el oeste; Simpson y Défago hacia el este, hasta Fifty Island Water. Défago no está entusiasmado con la idea. ¿Pasa algo con Fifty Island Water?, pregunta Cathcart. Nada, responde Davis. Défago simplemente está «asustado» por un viejo «cuento». Mientras los demás duermen, Punk se acerca sigilosamente a la orilla del lago para olfatear el aire. El viento ha cambiado. Lleva un ligero olor desconocido por «los senderos del desierto de la noche».

El viaje de Simpson y Défago es arduo pero sin incidentes. Acampan en la orilla del Fifty Island Water, cuyas aguas están cubiertas de troncos que se mueven como una flota sobrenatural. Simpson está profundamente impresionado por la magnitud y el aislamiento de la naturaleza canadiense, pero su exaltación se ve atenuada por la inquietud. ¿No se han sentido seducidos algunos hombres por la belleza de la naturaleza solo para congelarse o morir de hambre? ¿Podría Défago ser de ese tipo susceptible?

Esa noche, junto a la fogata, Défago se alarma por un olor que Simpson no detecta. Menciona al Wendigo, un monstruo legendario del Norte, rápido como un rayo, más grande que cualquier otra criatura del bosque. A la madrugada. Simpson se despierta y escucha a Défago sollozar mientras duerme, pero el cansancio vence a sus nervios: Simpson vuelve a dormir hasta que una violenta sacudida de la tienda lo despierta. Una voz extraña, inmensa pero de alguna manera dulce, suena cerca, desde lo alto, gritando el nombre de Défago.

El guía responde y sale corriendo de la tienda. De inmediato su voz parece provenir de la distancia, angustiada pero exultante:


[¡Mis pies de fuego! ¡Mis ardientes pies de fuego! ¡Esta altura y velocidad ardientes!]


Luego llega el silencio, y un olor que Simpson describirá más tarde como una combinación de león, hojas en descomposición, tierra y todos los olores del bosque. Busca a Défago y descubre huellas en la nieve recién caída, grandes y redondas [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror Cósmico]. El olor parece más fuerte allí, más concentrado. A lado de las marcas descomunales hay huellas humanas. ¿Cómo podría Défago haber igualado esos pasos monstruosamente grandes? Pero hay algo más desconcertante: las huellas humanas se transforman gradualmente en duplicados en miniatura de las de la bestia; y ambas terminan como si hubieran emprendido el vuelo.

En lo alto y a lo lejos, Simpson vuelve a escuchar la queja de Défago sobre sus pies ardientes de fuego.

Al día siguiente, Simpson regresa solo al campamento base. Cathcart le asegura que el «monstruo» debe haber sido un alce perseguido por Défago. El resto fue una alucinación inspirada por las «terribles soledades» del bosque. Cathcart y Davis acompañan a Simpson de regreso a Fifty Island Water. No encuentran señales de Défago y temen que se haya vuelto loco [o esté muerto].

Noche. Hoguera. Cathcart cuenta la leyenda del Wendigo [que considera una alegoría de la Llamada de lo Salvaje (Call of the Wild)]; especie de criatura sobrenatural [síntesis de la naturaleza hostil] que llama a sus víctimas por su nombre y se las lleva a tal velocidad que sus pies arden. Sin embargo, el Wendigo no se come a sus víctimas. El musgo parece ser su plato preferido.

Davis grita por su antiguo compañero. Algo enorme vuela por encima. La voz de Défago desciende. Simpson lo llama. Luego viene un estrépito de ramas y un ruido sordo en el suelo helado del bosque. Pronto, Défago entra tambaleándose en el campamento: su rostro es una caricatura, más animal que humano. Emite ese espantoso e indefinible olor a león y bosque.

Davis declara que este no es su amigo de veinte años. Cathcart exige una explicación de la terrible experiencia de Défago. Este susurra que ha visto al Wendigo y que también ha estado con él. Antes de que pueda decir más, Davis grita para que los demás miren los pies de Défago. Simpson solo ve masas oscuras antes de que Cathcart las cubra con una manta. Momentos después, un viento rugiente barre el campamento y Défago vuelve al bosque. Desde una gran altura se oye su voz apagada:


[Mis pies ardientes de fuego…]


Durante la noche, Cathcart cuida a los histéricos Davis y Simpson; él mismo está luchando contra el horror. Los tres regresan al campamento base para encontrar al Défago «real» solo, luchando inútilmente para apagar el fuego. Sus pies están helados; su mente, su memoria y su alma se han ido. Su cuerpo permanecerá solo unas pocas semanas más. Punk se fue hace mucho tiempo. Vio a Défago cojeando hacia el campamento, precedido por un olor singular. Impulsado por un terror instintivo, Punk se dirigió a casa, porque sabía que Défago había visto al Wendigo.

***


El horror de Algernon Blackwood es sutil, no tanto sus personajes. Cada uno es un estereoripo, desde los incondicionales y rudos escoceses al «indio» impulsado por instintos animalescos. La descripción de Punk es particularmente encantadora, quien, a pesar de ser parte de una «raza en extinción» apenas parece un «verdadero piel roja» en su «ropa de ciudad».


[En el fondo de sus pensamientos yacía ese otro aspecto de la naturaleza: su indiferencia hacia la vida humana, el espíritu despiadado de desolación que no toma nota del hombre.]


Familiar, ¿no es así?

Al igual que el cosmos indiferente de H.P. Lovecraft, la Naturaleza [en este caso, el Bosque] de Algernon Blackwood contiene fuerzas más allá de la comprensión humana; fuerzas que, comparadas con la escala humana, nos obliga a reconocer nuestra propia insignificancia. Y, al igual que el cosmos lovecraftiano, la Naturaleza de Algernon Blackwood no registra al ser humano [«no toma nota del hombre»]; sin embargo, de algún modo lo tienta, ejerce una fuerza de atracción sobre él, que culmina, por supuesto, en su propia destrucción [ver: Algernon Blackwood: un encuentro fortuito con Lovecraft]

Frente a estas fuerzas primordiales, elementales, encarnadas en la figura del Wendigo, el hombre solo puede ceder a la locura o recurrir desesperadamente a la razón. Tal vez por eso el doctor Cathcart intenta analizar racionalmente la situación, lo cual, paradójicamente, solo lo aleja de la verdad: el Wendigo existe [ver: No te metas con el Wendigo]

El Wendigo de Algernon Blackwood es un relato brillante, con pasajes de una belleza asombrosa y espeluznante. El lector moderno puede sentirse un poco incómodo con el racismo explícito en la historia, pero eso es simplemente como pisar un poco de mierda en el escenario notable que plantea Algernon Blackwood. Te limpias los pies y sigues adelante.

El mayor problema con El Wendigo es la caracterización. Los prejuicios de Algernon Blackwood no se traducen en odio racial, como en el caso de Lovecraft, sino en personajes tan etereotipados que impiden cualquier posibilidad de una caracterización real. No obstante, Algernon Blackwood es tan buen escritor, tan oficioso en el armado y la articulación del escenario y la atmósfera, que ningún defecto, ni siquiera uno tan importante como la presencia de personajes sin profundidad, logra atenuar el impacto que ejerce la lectura de El Wendigo [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

Esto, en cierto modo, es un poco perturbador. ¿Cuál es el secreto para que El Wendigo de Algernon Blackwood funcione tan bien, siendo que varios de sus principales engranajes no encajan?

Este «secreto» tiene que ver con el «olfato» de Blackwood para decidir qué va a explicar, qué sugerir, implicar y callar. Algernon Blackwood no deja nada librado a la imaginación en esta historia... excepto aquellas cosas que logran un mayor efecto al quedar en las sombras. Parece simple, pero realmente no lo es. Son poquísimos los autores que tienen esta especie de oído musical para el horror; y Blackwood acierta cada nota.

Sus descripciones de los bosques canadienses son sobrias, pero vívidas y ricamente sensuales, familiares en su tranquilo asombro. La intimidad de Algernon Blackwood con la Naturaleza es evidente, y tal vez por eso sabe cómo transmitir esta hostilidad que la Naturaleza puede enfocar sobre los seres humanos [ver: La psicología del bosque embrujado]. No es sencillo estimular la sensación de opresión y amenaza en el lector que, presumiblemente, se encuentra leyendo cómodamente en un sitio seguro. Pero El Wendigo lo consigue maravillosamente. Cuando algo Antinatural [o, mejor dicho, cuando la suma de lo Natural se concentra en una entidad definida] se entromete, el contraste se vuelve más agudo en relación a vívida realidad de esos bosques [ver: La biología de los Monstruos]

Algernon Blackwood agudiza aún más el contraste por lo que decide no mostrar; por ejemplo, lo que sea que saca a Défago de la tienda, la forma de las huellas; y también por lo que sí muestra parcialmente, y a veces con cierta disonancia sensorial. La voz del Wendigo es «suave», dice, pero tiene un volumen ensordecedor; es ronca pero «dulcemente quejumbrosa». Difícil de imaginar, es cierto, pero no es accidental. Blackwood juega deliberadamente con nuestros sentidos [ver: La biología del Horror: ¿por qué nos asusta lo que nos asusta?]

En este contexto, los odiosos estereotipos de los escoceces y el indio, sobre todo, son el engranaje intermedio entre el paisaje realista y el indescriptible Wendigo; por eso no molestan demasiado. También es justo decir que el lector del género en 1910 estaba acostumbrado a que se le ofrezcan apenas unas pinceladas rápidas sobre los personajes, sin necesidad de esbozar personalidades completas y detalladas. Desde nuestra perspectiva en el tiempo, por supuesto, es un engranaje que rechina de forma desagradable. La excesiva simplicidad, y hasta la bidimensionalidad de los personajes, parecen obstáculos en medio de transiciones que de otro modo serían perfectas.

Espero no escandalizar a nadie con esta observación [en realidad, no me preocupa demasiado], pero esta imagen de la Naturaleza como una entidad afectuosa, amigable, y hasta maternal, es completamente absurda, y El Wendigo la pone en evidencia. La Naturaleza es indiferente a la humanidad [lo cual no nos exime de haberla explotado]. Si te encuentras perdido en un gran bosque, nada tratará de ayudarte. De hecho, es probable que muchas cosas traten de matarte. ¿Pero qué hay de los hongos, raíces, frutos, que la Madre Naturaleza pone a nuestra disposición, y a los que podríamos recurrir en una situación similar? Por supuesto, algunos de ellos serían comestibles. Muchos no. Muchos te matarían [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]

Tampoco es necesario que nos traslademos al bosque del Wendigo para sentir la presencia hostil de la Naturaleza. Cualquier parque, plaza, incluso un pequeño jardín, son tan indiferentes a la humanidad como cualquier bosque boreal. Nos parecen agradables porque los hemos planeado, hecho, explotado. Son, de hecho, la base de nuestra civilización. Pero la hierba mala [yuyos, en una palabra] aparecerán ante la mínima ociosidad del jardinero. Son la primera señal de que las cosas se están saliendo de control en nuestros entornos racionalmente cuidados. Una casa embrujada o un cementerio sin vegetación son una rareza en la ficción [ver: Horror Botánico: ¡el brócoli dominará el mundo!]

Está bien, los árboles son más aterradores que los yuyos. Pensemos en todos los árboles retorcidos de Lovecraft chupando podredumbre del suelo y, por qué no, en el Viejo Hombre-Sauce de Tolkien [ver: ¿Quién era el Viejo Hombre-Sauce?]. Los bosques boreales están repletos de ellos [«Hay lugares allí que nadie verá jamás», dice Défago] Se podría decir que el bosque de Algernon Blackwood es un cosmos en miniatura [ver: Toda materia es sensible: nosotros también somos IA]

Lovecraft coloca a Algernon Blackwood entre sus maestros porque es el rey de la «atmósfera extraña», el genio en registrar «los matices de extrañeza en las cosas y experiencias ordinarias», en construir «detalle por detalle las sensaciones y percepciones completas que conducen de la realidad a la visión sobrenatural». Este dominio de la configuración y la psicología eleva a El Wendigo a la cima del género, casi tan alto como el propio Wendigo eleva a sus víctimas. El amor de Blackwood por la Naturaleza resuena en el miedo y el respeto que siente por ella [ver: Algernon Blackwood por H.P. Lovecraft]

Algernon Blackwood hace uso del Wendigo como fuerza elemental, no tanto en los términos planteados por los nativos americanos en sus tradiciones. Es interesante que no entre el canibalismo en la historia. Su Wendigo es un comedor de musgo. ¿Acaso comer musgo es parte de una tradición Wendigo que desconozco? Podría ser, tranquilamente. El canibalismo definitivamente lo era.

Después de todo, el canibalismo podría considerarse la forma más extrema de lo antisocial, por lo que era tabú entre casi todos los pueblos originarios del Norte de América, quienes lo encarnaron en el Wendigo. De hecho, hay un trastorno mental llamado Psicosis de Wendigo, en el que el paciente desarrolla un intenso deseo por la carne humana, el cual parece estar relacionado con este tabú. Pero Algernon Blackwood no está interesado en el canibalismo. El único apetito del que Défago es culpable es el hambre por la Naturaleza salvaje. Su enamoramiento se vuelve tan intenso que atrae al Wendigo hacia él.

El racional Cathcart afirmaría lo último, ya que considera que el Wendigo es la personificación de la Llamada de la Naturaleza. Las conclusiones de Simpson son menos científicas pero quizás más precisas. Él cree que el Wendigo es:


[... un vistazo a las eras prehistóricas, cuando las supersticiones todavía oprimían los corazones de los hombres; cuando las fuerzas de la naturaleza aún eran indómitas. Los Poderes que pueden haber acechado en el universo primigenio aún no se retiraron, y son salvajes y formidables.]


Creo que Lovecraft debe haber comprendido a qué refieren las «Potencias» de Simpson. ¿No son precursores de las deidades de los Mitos de Cthulhu? ¿No caminan entre nosotros, como Nyarlathotep, ya que los velos entre las dimensiones son delgados en algunos lugares? [ver: El nido de Nyarlathotep] ¿No tienen un olor distintivo? ¿Y no es por este olor [sumamente desagradable] que podemos reconocerlos? Abdul Alhazred habría conversado animadamente con los chamanes algonquinos. Sin dudas, tendrían mucho en común de qué hablar. En cualquier caso, en 1941, August Derleth conectó al Wendigo de Algernon Blackwood con su propia creación, el Caminante del Viento, Ithaqua.

Me temo que Ithaqua no tiene el estilo de vida vegano del Wendigo de Algernon Blackwood, pero está bien que así sea [ver: Lovecraft y el veganismo en el Horror Cósmico]. Las grandes entidades de los Mitos de Cthulhu no comen musgo. Excepto, tal vez, por los Shoggoths, si no hay nada más jugoso a mano [ver: Lovecraft y la IA: el futuro es de los Shoggoth]


[Menos intenso que el señor Machen en delinear los extremos del miedo absoluto, pero infinitamente más unido a la idea de un mundo irreal que constantemente presiona al nuestro, es el inspirado y prolífico Algernon Blackwood. Una historia asombrosamente potente, aunque con un acabado menos artístico, es El Wendigo, donde nos enfrentamos a horribles evidencias de un gran demonio del bosque sobre el cual los leñadores susurran al anochecer. La forma en que ciertas huellas cuentan ciertas cosas increíbles es realmente un marcado triunfo de artesanía. H.P. Lovecraft]


Aquí en El Espejo Gótico estamos de acuerdo con el flaco de Providence. Blackwood es un artesano, y en esos términos debería ser valorado. El hecho de que el Wendigo sea un comedor de musgo, en lugar de carne humana, parece socavar su horror. En realidad, eso lo hace más espeluznante. El Wendigo no te odia, ni siquiera te considera alimento. No siente nada por tí porque es una fuerza de la Naturaleza. El mar no se lamenta si te ahogas en él, el rayo no se apena si tienes la mala suerte de estar en su camino.

Algernon Blackwood es el escritor que mejor toca la fibra del Horror Cósmico, además de Lovecraft y Arthur Machen, en el sentido de que sus relatos están impulsados por un mundo que es indiferente al ser humano, en lugar de malicioso. En definitiva, Algernon Blackwood parece conocer y amar la Naturaleza lo suficiente como para tenerle miedo [ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico]




Taller gótico. I Algernon Blackwood.


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1 comentarios:

Ariel dijo...

Blackwood conocía íntimamente la naturaleza boreal que describe en su relato. Él era un aficionado excursionista y montañista. Por ese motivo sabe recrear tan bien el ambiente boscoso con tan pocas y precisas pinceladas.



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