Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco


Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco.




Una de las cosas que más impactan del Horror Cósmico es esta especie de revelación: la vida no tiene sentido, pero tampoco la muerte (ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos)

Tal vez por eso, en el Multiverso de Lovecraft la muerte de sus protagonistas no tiene el menor sentido. La muerte nunca es algo significativo. No trae consuelo, ni siquiera un cierre modesto que nos permita concluir la trama, que continúa invariablemente. Lovecraft, de manera implacable, destruye a sus personajes sin sugerir nada trascendente. Sus vidas se apagan como la llama de una vela, y eso es todo (ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico).

El Horror Cósmico, por definición, es indiferente al destino miserable de sus protagonistas, en el que podemos vernos reflejados. Nuestra vida también se apagará sin que el univero derrame una lágrima (ver: Horror Cósmico: el futuro es de los pesimistas)

Lovecraft, y por tal caso todo el Horror Cósmico, no describe sus visiones en la tierra de lo imposible para traernos buenas noticias. De hecho, no hay buenas noticias. Solo confirma que algo se oculta detrás del telón de la realidad, algo que, en circunstancias extraordinarias, se deja entrever.

En efecto —propone el Horror Cósmico—, más allá de nuestro limitado e imperfecto campo de percepción existen otras entidades, otras formas de vida, otras inteligencias. La mayoría son muy superiores a nosotros en términos de inteligencia y tecnología, pero esto no es necesariamente una buena noticia, sino más bien todo lo contrario (ver: H.P. Lovecraft y la tecnología de los Antiguos)

¿Qué nos hace creer que estos seres, diferentes a nosotros en términos biológicos, manifiesten una naturaleza moral y espiritual afín a la nuestra? (ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu)

Nada hace suponer una transgresión de la ley del más fuerte. Es ridículo pensar que, en los confines del universo, o más allá de las dimensiones conocidas, nos esperan unos seres benévolos, deseosos de compartir su sabiduría para guiarnos a un futuro de paz y armonía.

¡CUIDADO! —alerta el Horror Cósmico—. Para imaginar cómo nos tratarían estos seres basta recurdar cómo los humanos tratamos a esas inteligencias inferiores, como las ratas o los simios. En el mejor de los casos, seríamos una muestra de entretenimiento en el zoológico de los Antiguos; en el peor, material de investigación.

¿Por qué habríamos de imaginar una dinámica diferente al entrar en contacto con inteligencias superiores?

Alimento u objetivos para satisfacer el mero placer de matar. Ésas, advierte el Horror Cósmico de Lovecraft, son las únicas dos opciones para nuestras futuras relaciones con inteligencias superiores (ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa)

Quizás algunos de nosotros tengan una mejor suerte. Puede que algunos especímenes humanos, tal vez los más inteligentes, o los más hermosos, disfruten el destino sobresaliente de terminar en una mesa de disección. Pero su sufrimiento, al igual que la agonía de la rata de experimentación, no tendrá el menor sentido.

El universo abyecto del Horror Cósmico, donde el miedo se expande y se contrae en círculos concéntricos hasta llegar a la revelación final, no es pesimista, es realista. Nos espera la muerte, pero ni siquiera eso es algo significativo.

Lo paradójico de todo esto radica en nuestra preferencia, como lectores, por ese universo extraño. En esto, al menos, somos los lectores que Lovecraft sin dudas imaginaba; un tipo de lector que se introduce en los relatos de Horror Cósmico con la misma disposición de ánimo que obligó al maestro de Providence a escribirlos.

Cualquier cosa es preferible al banal realismo del mal que presentan las religiones. Satanás es inferior a Nyarlathothep. Lucifer está devaluado por su inexplicable obsesión con los vulgares pecados humanos. Queremos algo mejor que eso, algo más cruel, más frío, más inhumano, más parecido a la indiferencia de Cthulhu, de Yog-Sothoth, de Azathoth, para quienes nuestros pecados, y virtudes, no revisten la menor importancia.

Es paradójico, insistimos, que el Horror Cósmico constituya un consuelo para aquellos que están agotados de la banalidad dualista de la vida. De algún modo, Lovecraft nos contamina desde la primera lectura. Es imposible ver la vida del mismo modo, con la misma perspectiva antropocéntrica, cuando consideramos la diferencia de escala entre lo humano y lo... bueno, lo innombrable.

Lovecraft me infectó con una fuerte dosis de Horror Cósmico durante mi adolescencia. Fue un gran impacto, o, en términos lovecraftianos, un colapso nervioso. No sabía que la ficción podía hacer algo como eso. De hecho, no estoy completamente seguro de que pueda. Hay algo en el maestro de Providence que no es del todo... literario.

Antes de esbozar una risa nerviosa pensemos lo siguiente.

Docenas de autores de primer nivel —como Robert E. Howard, Robert Bloch, Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long, entre otros—, han consagrado buena parte de su obra a enriquecer los Mitos de Cthulhu. Y no precisamente de manera furtiva, sino a los gritos, como evangelizadores que prolongan las visiones del profeta.

El culto se refuerza a sí mismo de manera sistemática en el empleo de las mismas palabras, que por repetición se transforman en un mantra, en un conjuro: Arkham, la Universidad de Miskatonic, R’lyeh, Nyarlathothep... el Necronomicón, cuyo nombre —¡bien lo sabemos!— solo puede pronunciarse en voz baja.

En un ámbito como la literatura, donde se aprecia la originalidad como un valor indispensable, el fenómeno del Horror Cósmico no deja de asombrar. Estamos, sin dudas, ante un Mito, algo que crece y se expande, pero no para esparcir esperanza sobre el futuro, sino la tranquilizadora verdad del olvido: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco.




Taller gótico. I H.P. Lovecraft.


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El artículo: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

3 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Aunque parece haber algún interés en lo humano, especificamente en lo humano, como en la creación de híbridos, con alguna clase de misión para los Primordiales. Como Wilbur Whateley, en El Horror de Dunwich, hijo de Lavini, uno de los pocos personajes femeninos de Lovecraft, y Yog-sothoth.

Unknown dijo...

Lovecraft , el primer escritor de cómics , yo también se que hay algo en el que no es literal

Poky999 dijo...

Para comprender a Lovecraft adecuadamente es necesario tener conocimiento extratextual



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