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«El Señor del Mundo»: R.H. Benson; novela y análisis.


«El Señor del Mundo»: R.H. Benson; novela y análisis.




El Anticristo es una figura fascinante, tal vez una de las pocas entidades míticas capaces de adaptarse a nuestro mundo y operar dentro de él con total normalidad. Si bien resulta inimaginable la reaparición de los demonios de antaño, el Anticristo es una figura informe, indefinida, capaz de asimilarse perfectamente a nuestra sociedad y desde allí lanzar su maquiavélico plan de dominación mundial.

Se han escrito muchas novelas sobre el Anticristo, ninguna siquiera se acerca al gran clásico de Robert Hugh Benson (1871-1914): El Señor del Mundo (The Lord of the World), publicada en 1907.

Se trata de algo más que una novela de culto, casi desconocida por el público en general, y lamentablemente poco reeditada en español. El Señor del Mundo es considerada como una novela profética por el establishment del Vaticano, una especie de presagio simbólico enmascarado debajo de una típica ficción distópica.

El Señor del Mundo es una de las novelas favoritas del papa Francisco, así como también del papa Benedicto XVI; lo cual no asombra en absoluto. Su autor, Robert Hugh Benson, fue Monseñor de la Iglesia Católica, y su visión aterradora del futuro se ubica precisamente en nuestros tiempos.

Como decíamos, El Señor del Mundo es una novela distópica escrita en 1907. Nos ubica en el siglo XXI, donde el mundo se encuentra atravesado por una descarnada guerra entre el Este y el Oeste. No hay religión alguna en este futuro, salvo la de un puñado de renegados católicos, organizados muy ineficazmente por el papa Silvestre III y una docena de fieles cardenales. La mayoría del pueblo se ha visto decepcionada por la idea de religión. Casi todos han sido cautivado por una verdadera explosión secular, victoria que el autor le atribuye a la francmasonería y el marxismo.

En este sentido, El Señor del Mundo de R.H. Benson es una encendida y reaccionaria crítica a las obras utópicas de H.G. Wells, verdadero pionero de la conciencia social en la ciencia ficción, donde el humanismo necesariamente conduce a una forma de sutil ateísmo; lo cual, en la época de R.H. Benson solo significaba una cosa: marxismo. Y este último: apostasía.

R. H. Benson, de hecho, aborrecía a H.G. Wells, no porque considerara que sus obras eran malas. Todo lo contrario. Creía, como tantos otros, que las novelas utópicas podían precipitar esas mismas utopías que retrataban, conduciendo al mundo al desastre de clases, desde luego, solo para quienes estaban en la cima de la pirámide social. Esta visión, influida por ideas arcaicas sobre la economía y la política, fue compartida por grandes autores como Hilaire Belloc y G.K. Chesterton.

El esperanto es la lengua franca de este futuro inquietante de El Señor del Mundo, donde la eutanasia y otras prácticas polémicas son sencillos procedimientos de rutina. En este contexto emerge un joven y carismático político norteamericano: Julian Felsenburgh, capaz de hipnotizar a las masas con sus discursos. Felsenburgh no solo consigue acabar con la guerra, sino que elimina todas las tensiones políticas al lograr que un consejo de notables lo elija presidente del mundo.

Por eso El Señor del Mundo de R.H. Benson es, sin dudas, la mejor novela sobre el Anticristo que se haya escrito.

Felsenburgh establece un régimen basado en el socialismo y el humanismo (¡vade retro!), donde poco a poco se erradica la pobreza, el analfabetismo y las feroces luchas intestinas que desgarran al planeta. De hecho, todo parece indicar que es más bien una especie de Salvador. Sin embargo, justamente ahí está la trampa.

Jesús anunció que su segunda venida no traería la paz, sino la espada. Felsenburgh, en cambio, instaura la paz y erradica las guerras; en definitiva, lo que hace es construir una sociedad en donde el único Dios es el hombre.

La Abadía de Westminster se transforma en una especie de santuario global. Pocos pero temerarios cristianos se rebelan contra la dominación total, tratando de desenmascarar el verdadero rostro de ese pacifismo urticante. Se alzan pequeños comandos de guerrillas. Para defender el nuevo orden establecido, Felsenburgh bombardea los cuarteles generales del Vaticano. Cualquiera que se oponga a la idea de Dios, el Dios Verdadero, nada menos que el Hombre mismo, es exterminado.

El papa Silvestre III se recluye en Tierra Santa. Lo sigue un grupo de cardenales renegados de de todas partes del mundo. Ahí, por fin, se desata el Armaggedon, una interesante lucha entre la utopía llevada al extremo y una visión fundamentalista de la fe.

El Señor del Mundo es, sobre todo, una alerta sobre la idea de que la paz mundial solo puede lograrse mediante un gobierno único y absoluto: el Nuevo Desorden Mundial del que se habla a menudo. El propio papa Francisco ha incluido la novela en una de sus homilías acerca de los peligros de la uniformidad global. En otro sermón, esta vez en noviembre de 2013, el papa Francisco citó nuevamente a El Señor del Mundo como una especie de profecía sobre cómo algunas utopías, nobles en esencia, pueden convertirse en vehículo de la apostasía.

Claramente el papa Francisco alaba al libro por razones distintas a las del papa Benedicto XVI, quien solo lo valoró como un devastador pronóstico del ateísmo. En el caso de Francisco, su crítica resulta más sutil al considerar que la novela alerta sobre los peligros de la colonización ideológica y cómo esta puede llegar a dominar al mundo al instaurar una línea de pensamiento, bajada desde los países poderosos, que se apodera de culturas que nada tienen que ver con ella.




El Señor del Mundo.
The Lord of the World, Robert Hugh Benson.

Copia y pega el enlace en tu navegador para leer o descargar en PDF El Señor del Mundo de Robert Hugh Benson.
  • https://archive.org/details/senor-del-mundo-robert-h.-benson




Novelas distópicas. I Novelas de ciencia ficción.


El resumen y analisis de la novela de Robert Hugh Benson: El Señor del Mundo (The Lord of the World) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos raros de terror


Relatos raros de terror.




A primera vista lo anómalo y lo extraordinario parecen ser un ingrediente necesario del cuento de terror, pero a veces incluso dentro de lo asombroso existen niveles de anomalías que aislan a una historia por encima de las rarezas a las que el lector está acostumbrado.

En esta antología se agrupan algunos relatos raros de terror, ejemplos simpáticos y extraños de escalofríos de naturaleza escandalosa: Marea del horror, una antología de relatos raros de terror (A Tide Of Terror; An Anthology Of Rare Horror Stories).





Marea del horror, una antología de relatos raros de terror.
A Tide Of Terror; An Anthology Of Rare Horror Stories.
  • El cuento del padre Meuron (Father Meuron's Tale, R.H. Benson)
  • El desconocido (The Stranger, Ambrose Bierce)
  • La Casa Roja (The Red Lodge, H. Russell Wakefield)
  • La confesión de Charles Linkworth (The Confession of Charles Linkworth, E.F. Benson)
  • La locura de Jones (The Insanity of Jones, Algernon Blackwood)
  • Señora Lunt (Mrs. Lunt, Hugh Walpole)
  • Sombras (Shadows, A.C. Benson)
  • Algunas casas embrujadas (Some Haunted Houses, Ambrose Bierce)
  • Círculo completo (Full Circle, Algernon Blackwood)
  • El amo de la granja Hollow (The Master of Hollow Grange, Sax Rohmer)
  • El cuento del padre Brent (Father Brent's Tale, R.H. Benson)
  • El escalón (The Step, E.F. Benson)
  • El signo de la araña (The Sign of the Spider, Bertram Mitford)
  • En el elevador (On the Elevator, Joseph Payne Brennan)
  • Johnson miró hacia atrás (Johnson Looked Back, Thomas Burke)
  • La trampa (The Trapdoor, C.D. Heriot)
  • La ventana cerrada (The Closed Window, A.C. Benson)
  • Los doce apóstoles (The Twelve Apostles, Eleanor Scott)
  • Los ojos (The Eyes, T.O. Beachcroft)
  • Los perros de Pemba (The Dogs of Pemba, Margery Lawrence)
  • Su enemigo inconquistable (His Unconquerable Enemy, H.C. Morrow)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Marea del horror, una antología de relatos raros de terror (A Tide Of Terror; An Anthology Of Rare Horror Stories) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El cuento del padre Meuron»: R.H. Benson; relato y análisis


«El cuento del padre Meuron»: R.H. Benson; relato y análisis.




El cuento del padre Meuron (Father Meuron's Tale) —hermano de E.F. Benson— es un relato de terror del escritor inglés R.H. Benson (1871-1914), publicado en la antología de 1907: Un espejo de Shallott (A Mirror of Shalott).

El cuento del padre Meuron, más allá de ser uno de los mejores relatos de R.H. Benson, es probablemente el primer relato de exorcismos de la historia; y no solo eso, sino que su autor fue, además, sacerdote; de forma tal que podemos pensar que al menos algunos detalles del cuento están basados en las experiencias reales de R.H. Benson respecto de casos de posesión demoníaca.




El cuento del padre Meuron.
Father Meuron's Tale; R.H. Benson (1871-1914)

El padre Meuron estuvo voluble durante la cena del sábado. Exclamaba; hacía ademanes; sus ojos negros centelleaban sobre sus mejillas. Nunca había visto sus cabellos tan erizados. Estaba sentado en el lugar más alejado de la mesa, que tenía forma de herradura, y pude, sin temor de ser oído, hacer notar su regocijo al sacerdote inglés que estaba a mi lado. El padre Brent sonrió.

—Está ebrio de gloire —dijo—. A él le toca referir un cuento esta noche.

Eso lo explicaba todo. Sin embargó, yo no tenía gran interés en oír su relato. Abrigaba la convicción de que estaría lleno de oropel y de doncellas que se desmayaban y terminaban sus días en un convento, bajo la dirección espiritual del padre Meuron. Cuando él ascendió a la tribuna, busqué un rincón penumbroso, un tanto apartado del semicírculo, donde podría quedarme dormido sin provocar comentarios. Pero la narración me tomó desprevenido.

Guando ocupamos nuestros sitios, y la pipa de Monseñor estuvo encendida, y el propio Monseñor estirado en su silla plegadiza, el francés comenzó su historia. La relató en su propio idioma, pero trataré de darles una versión tan fiel como sea posible.

—Mi contribución a la serie de relatos —comenzó, sentado en el sillón de respaldo recto, en el centro del círculo—, es una historia de exorcismo. He aquí una cuestión con la que no estamos muy familiarizados actualmente los que vivimos en Europa. Diríase que la gracia tiene cierta facultad, acumulada en el transcurso de los siglos, de saturar con su fuerza aun a los objetos del mundo físico. Aun en mi país, en este momento, a pesar de la apostasía que se ha extendido ampliamente y del culto de Satanás, la gracia palpita en el aire; y en efecto, rara vez sucede que un sacerdote tenga que lidiar con un caso de posesión demoníaca.

»En vuestra respetable Inglaterra también ocurre lo mismo; la piedad sencilla de los protestantes ha mantenido vivo, en cierta medida, el vigor del Evangelio. Aquí, en Italia, las cosas son distintas. Las viejas potestades han sobrevivido al asalto cristiano, y si bien no pueden vivir en la santa Roma, hay rincones donde perduran.

Desde mi lugar vi que el padre Bianchi miraba furtivamente al narrador, y creí leer en esa mirada un involuntario asentimiento.

—Sin embargo —prosiguió el francés, desdeñando encauzar por ahí su relato—, mi historia no acontece en este continente, sino en la isla de La Souffrière. Cuando yo estuve en la isla, el año 1891, era un baluarte de las tinieblas. La gracia, si bien se había apoderado del corazón de los hombres, aún no había penetrado en la creación inferior. ¿Comprenden? Había muchas santas personas a quienes conocía, que frecuentaban los sacramentos y vivían devotamente, pero no todos eran de esa índole. Los antiguos ritos sobrevivían secretamente entre los vulgares, y las tinieblas ¿cómo diré? la oscuridad se corporizaba. No obstante, para los fines de mi relato.

El sacerdote buscó posición más cómoda en su asiento y juntó los dedos como si fueran instrumentos preciosos. Se divertía enormemente, y yo comprendí que estaba preparándose para una revelación.

—Fue en 1891 —repitió— cuando fui allí, a ocupar, con otro de nuestros Padres, la casa misional. No les fastidiaré, caballeros, con el relato de nuestra llegada, aunque muchas de las cosas que vi me causaron asombro. Hasta aquel momento nunca me había parecido tan evidente el poder de los Sacramentos. En los países civilizados, como ya he sugerido, el aire está cargado de gracia. Cada ser no es más que una ola del profundo mar. Al que carece del favor de Dios no le falta Su gracia, presente en cada bocanada de aire que respira. En torno a él, hay templos, hay personas piadosas y religiosas; hay, a sus espaldas, siglos enteros de plegarias. Los edificios mismos en que entra, como nos ha explicado M. Huysmans, tienen la pátina de las oraciones. Aunque sea una criatura malvada, está aún en la casa de su Padre: y el retorno de la muerte a la vida no es, al fin y al cabo, un cruce del abismo.

»Pero allá, en La Souffriére no hay términos medios: todo es divino o satánico, negro o blanco, cristiano o infernal. Uno está, por decirlo así, en la ribera del mar, observando las rompientes de la gracia, y cada una de ellas es un milagro. He visto a santos catecúmenos echar espuma por la boca, con los ojos en blanco, al caer sobre ellos el agua salvadora y salir de ellos lo que tenían en su interior. Como dice el Evangelio: Spiritus conturbavit illum: et elisus in terram, volutabatur spumans.

El padre Meuron hico una nueva pausa. Me interesó escuchar esta corroboración de evidencias llegadas a mis oídos en otras ocasiones. Más de un misionero me había contado lo mismo; y en sus relatos, yo había vislumbrado un paralelo de aquellos que nos dejaron los primeros predicadores de la fe cristiana en los primitivos tiempos de la Iglesia.

—Yo era incrédulo, al principio —continuó el clérigo—, hasta que vi esas cosas con mis propios ojos. Un viejo sacerdote de la misión reprendió mi incredulidad. Eres ignorante, me dijo; aún tienes las ínfulas de los recién salidos del seminario. Y sus palabras, amigos míos, eran justas. Un lunes por la mañana, estando reunidos en consejo, advertí que aquel viejo sacerdote tenía algo que decir. Se llamaba M. Lasserre. Guardó el más absoluto silencio hasta que quedaron resueltos todos los asuntos de poca monta, y entonces se encaró con el Padre Rector.

»—Monseñor ha escrito —dijo—, y me ha otorgado el permiso necesario para realizar esa diligencia que usted conoce, padre mío. Y me ordena llevar conmigo otro sacerdote. Solicito que sea el padre Meuron quien me acompañe. Este joven y celoso misionero necesita una lección.

»El Rector me miró con una sonrisa, y luego miró al padre Lasserre y asintió con la cabeza, dándole su venia.

»—El padre Lasserre le explicará todo.

»Y el buen padre me explicó todo.

»Al parecer, se trataba de un exorcismo. Una mujer que vivía con su madre y con su esposo, dijo el padre Lasserre, había sido afligida por el demonio. Era una catecúmena, y durante varios meses se mostró muy devota y todo marchó perfectamente hasta que el demonio lanzó ese asalto contra su alma. El padre Lasserre visitó a la mujer, la examinó y envió su informe al obispo, solicitándole permiso para exorcizarla; y ese permiso había llegado por la mañana. No me atreví a decir al sacerdote que estaba errado, y que se trataba de un ataque (le epilepsia. Yo había leído algunos libros, para adquirir conocimientos médicos, y todo lo que entonces oí pareció confirmar mi diagnóstico. Los síntomas estaban ahí, fáciles de descifrar.

El padre Meuron hizo nuevamente aquel pequeño gesto de que hablé antes.

—En mi juventud, yo sabía más que todos los Padres de la Iglesia. ¡Aquellos achaques de endemoniados no eran más que afección al cerebro, sueños y fantasías! Y si los exorcismos parecían dar resultado en esas gentes, ello era el efecto que ejercía en su imaginación la solemnidad del rito. Nada más.

Rió con feroz ironía.

—¡Ustedes lo saben todo, caballeros!

Mis deseos de dormir se habían esfumado. El sacerdote francés era más interesante de lo que yo pensara. Su aparatosidad se había disipado. Su voz temblaba un poco, mientras denunciaba su propio engreimiento, y empecé a preguntarme cómo se había producido ese cambio en su estado de ánimo.

—Salimos aquella tarde —dijo, retomando su relato—. La mujer vivía en un extremo de la isla, a un par de horas de viaje, y mientras caminábamos, el padre Lasserre me contó algo más del caso. Al parecer, la mujer blasfemaba. Echaba espuma por la boca, y ponía los ojos en blanco. (Una afección cerebral, me dije.) Le inspiraba terror el agua bendita; y tan fieramente se debatía, que nadie osaba echársela. (Porque le han enseñado a tenerle miedo, argüí.) Y el buen padre hablaba, mirándome de reojo, y yo sonreía para mis adentros, convencido de que era un viejo simple, que no había estudiado los nuevos libros. Se tranquilizaba después del anochecer, siguió, y consentía en comer un poco. Casi todos sus ataques se producían al mediodía. Al oírlo, sonreí nuevamente. Yo conocía el motivo. El calor la afectaba. Era natural que al caer la tarde se sosegara. Si fuese el poder de Satanás el que la dominaba, seguramente se pondría más furiosa en la oscuridad que en la luz. Así lo declaran las Escrituras."Algo de esto dije al Padre Lasserre, como si se tratara de una pregunta, y él me miró.

—Tal vez, hermano —dijo—, ella esté más cómoda en la oscuridad y tema la luz, y por eso se apacigua cuando se pone el sol.

—Yo torné a sonreír para mis adentros. ¡Cuánta piedad!, me dije. ¡Y cuánta simpleza! La casa donde vivían aquellos tres seres estaba un poco apartada. Era una vieja barraca a la que se habían mudado una semana antes, porque los vecinos ya no podían soportar los gritos de la mujer. Llegamos antes de que anocheciera. Era una tarde opaca, pesada y agobiante, y al avanzar por el sendero vi, a la izquierda, entre la maraña de árboles, la montaña humeante. Nos rodeaba un gran silencio, no se agitaba el viento, y cada hoja se recortaba en acero contra el cielo colérico. Luego vimos el techo del cobertizo, allá abajo, y una nubecita de humo que escapaba por un agujero, pues no había chimenea.

Nos sentaremos un rato aquí, hermano —dijo mi amigo—. No entraremos en la casa hasta que anochezca.

Sacó su breviario y empezó a rezar sus maitines y laudes, sentado en un tronco caído, al costado del sendero.

Todo estaba silencioso. Yo experimentaba terribles distracciones, porque era joven y me sentía muy excitado; y aunque estaba convencido de que no vería otra cosa que un ataque de epilepsia, no es ésto agradable de ver. Pero finalizaba mi primer nocturno cuando vi que el Padre Lasserre desviaba la vista del libro. Estábamos sentados a unas treinta yardas del techo de la cabaña, construida en una depresión, de suerte que el techo de la misma quedaba al nivel donde nos hallábamos sentados. Debajo había un pequeño espacio abierto, de unas veinte yardas de ancho, y más allá se extendía el bosque, y luego el humo de la aldea contra el cielo. Vi, también, el brocal de un pozo, junto al cual había un cubo; y parado junto a éste un hombre, un negro, muy erguido, con una vasija en la mano.

Aquel sujeto se volvió; nos vio, y dejó caer la vasija, y yo alcancé a ver sus dientes blancos. El Padre Lasserre se incorporó y se llevó el dedo a los labios, asintió una o dos veces con la cabeza, señaló al oeste, donde el sol iba tocando el horizonte, y el individuo respondió, a su vez, con un movimiento de cabeza, y se inclinó para recoger la vasija. La llenó con el agua del balde y regresó a la casa. Miré al Padre Lasserre, y él devolvió mi mirada.

—Dentro de cinco minutos —dijo—. Ése es el marido. ¿No le ha visto las heridas? -Sólo le había visto los dientes, repuse, y mi amigo meneó nuevamente la cabeza y se dispuso a concluir su nocturno.

El Padre Meuron hizo una nueva pausa dramática. Su rostro rubicundo parecía un poco más pálido que de costumbre, aunque no había contado aún nada capaz de justificar su horror. Evidentemente, algo se avecinaba. El Rector se inclinó hacia mí y susurró, poniendo la mano a modo de pantalla, y en relación con lo que el francés había referido minutos antes, que ningún sacerdote está autorizado a pronunciar un exorcismo sin especial consentimiento de su obispo. Yo asentí y le di las gracias. Los ojos del Padre Meuron recorrieron el círculo de oyentes con un fulgor terrible. Entrelazó las manos y prosiguió:

—Cuando no se veía del sol más que el rojo borde sobre el mar, bajamos á la casa. El sendero llegaba a la altura del techo del cobertizo; después se replegaba y descendía, pasaba ante la ventana y desembocaba frente al cobertizo. Al pasar frente a aquella ventana, en pos del Padre Lasserre, que llevaba su bolsa con el oficionario y el agua bendita, miré furtivamente, pero no vi otra cosa que el resplandor del fuego. Y no se oía ruido alguno. Eso me pareció terrible. La puerta estaba cerrada cuando llegamos, y al alzar la mano el Padre Lasserre, se oyó en el interior un aullido de bestia. Llamó a la puerta, y me miró. No es más que epilepsia, pensé.

El Padre Meuron se interrumpió y nos miró a todos con sonrisa irónica. Después entrelazó las manos por debajo de la barbilla, como un hombre aterrorizado.

—No les diré todo lo que vi cuando encendimos la vela y la pusimos sobre la mesa; apenas les contaré una pequeña parte. De lo contrario, queridos amigos, no tendrían buenos sueños como no los tuve yo aquella noche. La mujer estaba sentada en un rincón, junto al fuego; los brazos atados con cuerdas a una silla, y las piernas amarradas, también, a las patas de la silla. Caballeros, esa criatura ya no parecía una mujer. El aullido del lobo brotaba de sus labios, pero en ese aullido había palabras. Al principio no comprendí, hasta que empezó a hablar en francés ¡Dios! La espuma le caía de la boca como si fuera agua, y sus ojos... Yo me eché a temblar cuando vi los ojos, empecé a volcar el agua bendita, junto a las velas. Había un plato de carne sobre la mesa, carnero asado según creo, y una hogaza de pan. ¡Recuerden eso, caballeros! ¡Esa carne y ese pan! Y parado allí, torné a decirme que no era más que un caso de epilepsia, o en el peor de los casos, de locura.

»Amigos míos, probablemente pocos de entre ustedes conozcan la fórmula del exorcismo. No figura en el Ritual ni en el Pontifical, y yo mismo no puedo recordarla. Pero empezaba así:

El francés se incorporó y quedó de espaldas al fuego, con el rostro en sombra.

—El Padre Lasserre estaba aquí con su sobrepelliz y su estola, y yo a su lado. Ahí, donde está mi sillón, estaba la mesa cuadrada, al alcance de la mano, con el pan, la carne, el agua bendita y la vela. Detrás de la mesa estaba la mujer; su esposo al lado de ella, a la izquierda, y la anciana madre ahí, ¡sobre el piso! Rezando su rosario y llorando... ¡llorando! Cuando el Padre estuvo dispuesto, después de decir unas palabras a los otros, me indicó por señas que alzara nuevamente el agua bendita, en aquel instante la posesa estaba tranquila, y la roció. Cuando levantó la mano, ella alzó los ojos, y había en ellos una expresión de terror, como si fueran a golpearla, y al caer las gotas saltó hacia adelante, y la silla saltó también. Su marido se abalanzó sobre ella y arrastró la silla al punto de partida. Pero, ¡oh, Dios mío! era terrible verlo: sus dientes brillaban como si estuviera sonriendo, pero las lágrimas corrían por su cara. Entonces gimió como un niño dolorido. Como si el agua bendita la abrasara; alzó los ojos y clavó la mirada en su hombre, rogándole que enjugara las gotas. Y mientras sucedía todo esto, yo seguía diciéndome que no era otra cosa que el terror de su mente por el agua bendita... que era imposible que estuviese poseída por Satanás... que no era más que locura...¡locura y epilepsia!

»El Padre Lasserre siguió rezando sus oraciones, y yo dije Amén, y después recitó un salmo —Deus in nomine tuo salvum me fac— y después vino la primera exhortación al espíritu impuro, ordenándole que saliera, en nombre de los Misterios de la Encarnación y la Pasión. Caballeros, puedo jurarles que entonces sucedió algo, aunque no sé exactamente qué. La confusión se apoderó de mí, y una especie de oscuridad. No vi nada...Era como si estuviese muerto.

El sacerdote alzó una mano temblorosa para enjugarse la traspiración de la frente. Un profundo silencio reinaba en el aposento. Miré a Monseñor, y vi que tenía la pipa a dos centímetros de la boca, que sus labios colgaban flojos y laxos, y que tenía los ojos fijos.

—Cuando recuperé la noción de las cosas, el Padre Lasserre leía, en los Evangelios, cómo Nuestro Señor dio autoridad a Su Iglesia para echar a los espíritus malignos; y su voz no tembló una sola vez.

—¿Y la mujer? —exclamó la voz ronca del Padre Brent.

—¡Ah! ¡La mujer! ¡Dios mío! No lo sé. No la miré. Yo miraba el plato que estaba sobre la mesa; pero, por lo menos, ella había dejado de gritar. Terminada la lectura de los Evangelios, el Padre Lasserre me dio el libro. Luego me llamó con la mano, y lo seguí, hasta que estuvimos a un paso de la mujer. Pero yo no podía tener quieto el libro, temblaba, temblaba... Él me arrebató el libro, brusco y colérico: Retírese; dijo, poniendo el libro en la mano del esposo.

»Me refugié tras la mesa y me apoyé en ella. Entonces el Padre Lasserre... ¡Dios mío! ¡Qué coraje el de ese hombre!, colocó sus manos sobre la cabeza de la mujer. Ella alzó los dientes para morder, pero él era demasiado fuerte, y luego él leyó la segunda exhortación al espíritu impuro: Ecce crucum Domini! ¡He aquí la Cruz del Señor! ¡Huid, huestes adversas ¡El león de la tribu de Judá ha prevalecido!

—Caballeros, yo que estoy aquí puedo decirles que algo ocurrió, aunque sólo Dios sabe qué. Cuando la mujer gritó y se arrastró, la llama de la vela tomó por un instante el color del humo. Me dije que era el polvo levantado por el forcejeo, el sucio aliento de la enferma. Sí, caballeros, yo pensé lo mismo que ustedes piensan ahora. ¡Bah! No es más que un ataque de epilepsia, ¿verdad, señores?

El viejo Rector se inclinó hacia adelante con gesto reprobatorio, pero el francés gesticulaba y echaba fuego por los ojos; hubo un murmullo en la sala, y el anciano sacerdote tornó a reclinarse en su asiento, y apoyó la barbilla en la mano.

—Luego hubo una oración. Escuché: Oremus, pero no me atreví a mirar a la mujer. Yo tenía los ojos clavados en el pan y la carne; eran la única cosa limpia en aquella habitación terrible. Susurré para mis adentros: Pan y carne, pan y carne. Pensé en el refectorio de la casa misional. Señores, juro por el Todopoderoso que esto es lo que vi. Yo tenía los ojos clavados en el pan y la carne. Estaban ahí, bajo mis ojos, y sin embargo, vi también al buen Padre Lasserre inclinarse nuevamente hacia la mujer, y comenzar: Exorciso te... Y entonces ocurrió eso... eso...

—El pan y la carne se corrompieron en gusanos ante mis ojos...

El Padre Meuron se lanzó hacia adelante, giró sobre sus talones y se desplomó en su asiento, mientras los dos sacerdotes ingleses que estaban más cerca se incorporaban de un salto. Pocos minutos más tarde pudo decir que todo había terminado bien. Se advirtió que la mujer había recobrado el dominio; y que el aparente paroxismo de la naturaleza que acompañara las palabras del tercer exorcismo se desvaneció tan pronto como había venido. Luego fuimos a rezar las oraciones nocturnas y fortalecernos contra el poder de las tinieblas.

Robert Hugh Benson (1871-1914)




Relatos góticos. I Relatos de R.H. Benson.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de R.H. Benson: El cuento del padre Meuron (Father Meuron's Tale), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Robert H. Benson: novelas y relatos


Robert H. Benson: novelas y relatos.




Robert H. BensonRobert Hugh Benson (1871-1914)— fue, entre otras cosas, teólogo, miembro de la Iglesia de Inglaterra, converso al Catolicismo, y uno de los escritores ingleses más interesantes de finales de la era victoriana. Podemos pensar que la literatura le estaba predestinada, del mismo modo que a su hermano, el escritor E.F. Benson.

A continuación compartimos algunos de los mejores relatos y novelas de R.H. Benson, un autor casi desconocido en nuestros tiempos pero que ciertamente vale la pena descubrir.




R.H. Benson: obras completas:
  • El cuento del padre Meuron (Father Meuron's Tale)
  • Señor del mundo (Lord of the World)
  • Alba triunfante (Dawn of All)
  • Alfabeto de santos (Alphabet of Saints)
  • ¿Bajo qué autoridad? (By What Authority?)
  • ¿Bajo qué rey? (Under Which King?)
  • Cartas espirituales de monseñor R. Hugh Benson (Spiritual Letters of Monsignor R. Hugh Benson)
  • Casas embrujadas (Haunted Houses)
  • Confesiones de un converso (Confessions of a Convert)
  • Con prendas teñidas (With Dyed Garments)
  • Consolatriz Afflictorum (Consolatrix Afflictorum)
  • Cristo en la Iglesia (Christ in the Church)
  • Documentos de un paria (Papers of a Pariah)
  • El águila de sangre (The Blood-Eagle)
  • El cobarde (The Coward)
  • El costo de una corona (Cost of a Crown)
  • El cuento del padre Brent (Father Brent's Tale)
  • El cuento del padre Girdlestone (Father Girdlestone's Tale)
  • El cuento del padre Jenk (Father Jenk's Tale)
  • El cuento del padre Macclesfield (Father Macclesfield's Tale)
  • El cuento del padre Maddox (Father Maddox's Tale)
  • El cuento del padre Martin (Father Martin's Tale)
  • El cuento del padre Stein (Father Stein's Tale)
  • El cuento del señor Bosanquet (Mr. Bosanquet's Tale)
  • El cuento del señor Percival (Mr. Percival's Tale)
  • El cuento de monseñor Maxwell (Monsignor Maxwell's Tale)
  • El espejo de Shalott (A Mirror of Shalott)
  • El fantasma inesperado (The Unexpected Ghost)
  • El libro del amor de Jesús (A Book of the Love of Jesus)
  • El logro del rey (The King's Achievement)
  • El puente sobre el arroyo (The Bridge Over the Stream)
  • El templo de la muerte (The Temple Of Death)
  • El traje verde (The Green Robe)
  • El viajero (The Traveller)
  • El vigilante (The Watcher)
  • En la capilla del convento (In the Convent Chapel)
  • En la mañana (In the Morning)
  • Fantasmas de los muertos (Phantasms of the Dead)
  • Hasta las chicas (Unto Babes)
  • Iniciación (Initiation)
  • La amistad de Cristo (Friendship of Christ)
  • La doncella de Orléans (The Maid of Orleans)
  • La habitación superior (The Upper Room)
  • La historia del padre Bianchi (Father Bianchi's Story)
  • La historia del padre rector (The Father Rector's Story)
  • La historia de Richard Raynal (The History of Richard Raynal)
  • La luz invisible (The Light Invisible)
  • La regla de vida de un niño (A Child's Rule of Life)
  • La religión del hombre simple (Religion of the Plain Man)
  • Las historias sobrenaturales de monseñor Robert H. Benson (The Supernatural Stories of Monsignor Robert H. Benson)
  • La tragedia de la reina (The Queen's Tragedy)
  • Los convencionalistas (The Conventionalists)
  • Los dolores del mundo (The Sorrows of the World)
  • Los nigromantes (The Necromancers)
  • Los sentimentalistas (The Sentimentalists)
  • Lourdes (Lourdes)
  • Mi propio cuento (My Own Tale)
  • Ningún otro dios (None Other Gods)
  • Oddsfish! (Oddsfish!)
  • Paradojas del Catolicismo (Paradoxes of Catholicism)
  • Poemas (Poems)
  • Poena Damni (Poena Damni)
  • Rimas del Antiguo Testamento (Old Testament Rhymes)
  • Sobre el pórtico (Over the Gateway)
  • ¿Soledad? (Loneliness?)
  • Una obra de misterio en honor a la natividad de nuestro Señor (A Mystery Play in Honour of the Nativity of Our Lord)
  • Un hombre promedio (An Average Man)
  • Un libro de ensayos (A Book of Essays)
  • Vexila Regis: un libro de devociones e intercesiones (Vexilla Regis: A Book of Devotions and Intercessions)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Robert H. Benson: novelas y relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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