Mostrando entradas con la etiqueta Edward Lucas White. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edward Lucas White. Mostrar todas las entradas

«La Ghoula»: Edward Lucas White; poema y análisis.


«La Ghoula»: Edward Lucas White; poema y análisis.




La Ghoula (The Ghoula) es un poema de vampiros del escritor norteamericano Edward Lucas White (1866-1934), escrito en 1897 y publicado originalmente en la colección de 1908: Líricas narrativas (Narrative Lyrics).

La Ghoula, uno de los mejores poemas de Edward Lucas White, es narrado desde la perspectiva de un Ghoul, o mejor dicho, de una Ghoula, hembra de esta antigua raza de Necrófagos que poco a poco se deslizó desde las leyendas árabes a la literatura gótica [ver: Ghouls: historia secreta de los Necrófagos en la ficción]

Edward Lucas White produjo una gran cantidad de poesía, prácticamente olvidada en nuestros días. En esta producción se encuentra un poema sorprendente: La Ghoula, donde el autor ahonda en sus pesadillas recurrentes con Vampiros. Edward Lucas White fue uno de esos autores que constantemente recurren al material de su subconsciente; de hecho, sus mejores relatos de terror son transcripciones casi literales de sus sueños; como Lukundoo (Lukundoo) y La Casa de las Pesadillas (The House of the Nightmare).

Si bien las imágenes de cubiles vampíricos repletos de crías hambrientas, y de esta madre que caza humanos para proveerles el sustento, son elementos novedosos, el concepto de La Ghoula de Edward Lucas White está inspirado en un comentario de Rudyard Kipling en Los sirvientes de Su Majestad (Her Majesty's Servants), publicado en El segundo libro de la jungla (The Second Jungle Book), donde que afirma en broma que los bueyes hindúes tienen un miedo instintivo por los ingleses porque saben que estos se los comerán. Esto disparó en Edward Lucas White la posibilidad de un fenómeno inverso: ¿y si hubiera una criatura que comiera seres humanos? Esta es la génesis de La Ghoula, que además es el predecesor del mejor relato de este autor: Amina (Amina). La principal diferencia entre La Ghoula y Amina es que, en el poema, la mujer Ghoul mata al cazador, mientras que en el relato es ella quien es asesinada.




La Ghoula.
The Ghoula, Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Porque mi compañero no regresó,
y como mis pequeños deben comer,
salí sola para aprender,
yo misma, a ganar la carne para mis hijos.
A cualquier hombre en mi camino,
cazador o robusto aldeano,
me encontré sola marcándolo como presa,
mi sonrisa adormecería su primera desconfianza;
mi belleza tocaría su corazón por fin,
y en mi forma no podría adivinar
ni una pizca de esa titánica fuerza
que incluso las mujeres ghouls poseen.
Al anochecer, al amanecer o al mediodía,
desde un barranco o camino lo atraía
hasta donde están las ruinas. Y pronto
cebaríamos en nuestra oscura morada.
La carne de los hombres es la mejor.
Si ninguno se me acercaba,
atrapaba algún buey, cabra u oveja, o,
esperando al ciervo junto a un estanque,
saltaba como una pantera sobre su cuello.
En tres días, a pesar de los gritos de mi cría,
no traje sino restos robados de comida.
Vi el hambre en sus ojos
y cacé con ánimo desesperado.
Al día siguiente, sobre la llanura del desierto,
nuestro cielo persa se arqueó azul y claro.
Desde el mirador donde me había acostado
vi una figura que se acercaba;
un inglés que vagaba solo,
sin importarle nómadas, ghouls o hechizos,
para batir el desierto de arena y piedra
en busca de liebres, avutardas o gacelas.
Hablaba nuestra lengua persa:
no lo encontré difícil de engañar;
y, sin embargo, era tan alto y joven,
que deseé que hubiera sido un ghoul.
La caza había ocupado mi mente,
ya que de un compañero estaba desprovista.
Entonces, mirando a través de los meses pasados,
sentí lo sola que estaba.
Mi boca hambrienta se hizo agua al ver
las mejillas rosadas, tiernas, regordetas y firmes,
y sin embargo también me dio lástima;
parecía demasiado atractivo para morir.
Mientras caminaba ociosamente a mi lado,
ante las ruinas a las que nos habíamos acercado,
entre dos peñascos en el yermo,
a cierta distancia, apareció una cierva.
Levantó su rifle y apuntó.
Luego, mientras miraba para verla saltar,
se detuvo y dijo: «Parece una pena
matar una cosa bonita y delicada».
Me sobresaltó encontrar a este joven,
tan descuidado, fuerte y ágil de miembros,
que sentía por su caza
lo mismo que yo había sentido.
Se puso de pie y miró antes de correr.
«Qué bueno para nosotros que se vaya —me dije—:
«Mejor dispárale mientras puedas —hablé—,
no tenemos nada de carne en casa».
Su bala falló. La criatura huyó.
Se sonrojó, sorprendido, disgustado y enojado.
Luego, sonriendo alegremente, dijo:
«Puede que me vaya mejor con la siguiente».
«No valía la pena esa magra cierva.
Puedes conseguir carne de otra manera.»
Respondí, con mi propósito establecido:
«Ciertamente creo que puedo».

***

¡Qué fresco olía el arco sombreado,
agradable y suavemente iluminado por dentro!
Su brazo rodeó mi cintura.
Sentí que mis crías no tendrían que esperar mucho.
Se acurrucaron en nuestra guarida,
sabía que soportarían sus dolores en silencio,
en lugar de asustar a la presa,
de la cual no estaba segura.
Embriagado con mis encantos,
me abrazó con fuerza,
sin advertir que estaba indefenso en mis brazos
como un conejo en una trampa.
Una y otra vez nuestros labios se encontraron;
acerqué su cabeza rizada a la mía,
le di un beso en la garganta
y le mordí la tráquea de lado a lado.

***

Carne firme para comer, sangre limpia para beber,
preparada para hacer prosperar a mis seres queridos.
Y, sin embargo, desde entonces, a menudo pienso
que era tan guapo cuando estaba vivo.
¿Quién sabe? Si no fuera por la necesidad
de mis crías, podría haberme ablandado,
tal vez habría podido dejarlo ir.
De hecho, a veces encuentro en mi corazón
el deseo de que a la cierva le hubiera disparado.


Because my mate did not return,
And since my little ones must eat,
I sallied forth alone to learn,
Myself, to win my children meat.
Whatever man upon my way,
Hunter or villager robust,
I met alone and marked for prey,
My smile would lull his first distrust;
My beauty touched his heart at length,
And in my form he could not guess
A hint of that titanic strength
Which even female ghouls possess.
At dusk, at sundawn, or at noon
I lured him from ravine or road
To where the ruins are. And soon
We feasted in our dim abode.
Men’s flesh is best. If none came near,
I caught some bullock, sheep, or goat,
Or, waiting at a pool the deer,
Leapt like the panther at its throat.
Three days, and to my younglings’ cries
I brought but pilfered scraps of food.
I saw the famine in their eyes
And hunted in no gentle mood.
Next day above the desert plain
Our Persian sky arched blue and clear.
From the lookout where I had lain
I saw a figure drawing near;
An Englishman who strayed alone,
Careless of nomads, ghouls, or spells,
To beat the waste of sand and stone
For hares or bustards or gazelles.
He spoke our homely Persian tongue;
I found him nowise hard to fool;
And yet, he was so tall and young,
I wished that he had been a ghoul.
My hunting had engrossed my mind,
Since of my mate I was bereft.
Now, staring through the months behind,
I felt how lonely I was left.
My starved mouth watered at the view
Of pink cheeks, tender, plump, and nigh,
And yet it seemed a pity too;
He looked too comely for to die.
As by my side he idly paced,
Before the ruins we had neared,
Between two boulders on the waste,
Some distance off, a doe appeared.
He raised his rifle and took aim.
Then, as I watched to see her spring,
He stopped and said: “It seems a shame
To kill the pretty, dainty thing.”
It startled me to find this youth,
So heedless, hale, and lithe of limb,
Felt for his game the selfsame ruth
Which I had felt at sight of him.
She stood and stared before she ran.
“What good to us that she should roam,”
I said: “Best shoot her while you can,
We have no meat at all at home.”
His bullet missed. The creature fled.
He flushed, surprised, chagrined, and vexed.
Then, smiling cheerily, he said:
“I may do better with the next.
“That lean doe was not worth regret,
You may get meat some other way.”
I answered, with my purpose set,
“Indeed, I rather think I may.”

* * *

How cool the shadowed archway smelt,
Pleasant and softly lit inside!
His arm went round my waist. I felt
My young would not have long to bide.
They cowered huddling in our lair,
Their pangs I knew they would endure
In silence, rather than to scare
Quarry of which I was not sure.
Inebriated with my charms,
He held me closely, unaware
That he was helpless in my arms
As is a rabbit in a snare.
Time after time our lips had met;
His curly head to mine I drew,
A kiss upon his throat I set—
And bit the windpipe through and through.

* * *

Firm flesh to eat, clean blood to drink,
Fitted to make my dear ones thrive.
And yet, since then, I often think—
He was so handsome when alive.
Who knows, but for my darlings’ need
I might have softened, let him go?
I find it in my heart indeed
To wish that he had shot the doe.


Edward Lucas White
(1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Edward Lucas White


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Edward Lucas White: La Ghoula (The Ghoula), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Amina»: Edward Lucas White; relato y análisis.


«Amina»: Edward Lucas White; relato y análisis.




Amina (Amina) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Edward Lucas White (1866-1934), escrito en 1906 y publicado originalmente edición del 1 de junio de 1907 de la revista The Bellman. Más adelante formaría parte de la antología de 1927: Lukundoo y otros relatos (Lukundoo and Other Stories); y desde entonces sería reeditado en numerosas colecciones, entre ellas: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead) y El libro negro del hombre lobo (The Black Book of the Werewolf).

Amina, uno de los grandes cuentos de Edward Lucas White [escrito sobre la base de un poema anterior: La Ghoula (The Ghoula)], relata la historia de Waldo, un joven de Maine que se aleja de su campamento en el desierto persa. Es ayudado por una extraña mujer, llamada Amina, que habita en una antigua tumba con sus hijos, muchos hijos, una verdadera jauría de pequeños Ghouls hambrientos [ver: Razas de vampiros]

SPOILERS.

Amina de Edward Lucas White relata la historia de Waldo, un joven aventurero de Rhode Island que emprende un viaje al interior de Persia bajo la protección de un cónsul, presumiblemente estadounidense. A pesar de la advertencia del cónsul, Waldo se separa de su grupo y se encuentra con una mujer de aspecto inusual, exótico, llamada Amina. Ella lleva el rostro descubierto, sin adornos, lo cual ya es extraño en aquellas tierras, pero no tanto como su excepcional musculatura y las largas uñas, como garras, que crecen en sus pies.

Amina, inesperadamente, habla inglés [«aunque apenas mueve los labios»]. No es cristiana, ni musulmana, sino que afirma pertenecer al «Pueblo Libre», sobre el cual se abstiene de brindar mayores comentarios. Amina le ofrece refugio a nuestro protagonista, sediento y desorientado, que resulta ser una tumba en ruinas, muy antigua, habitada por numerosos niños deformes. Eventualmente, Edward Lucas White revela que Amina es un Ghoul, y que aquellos niños son su última camada de crías [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]

Finalmente, el cónsul intercede y dispara a Amina dos veces. Cuando Waldo lo acusa de asesinar a una mujer, el cónsul le señala el cuerpo tendido en el suelo de la tumba, el cual revela todas las características de esta temible raza del folclore árabe: los Ghouls [ver: Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción]

Edward Lucas White introduce varias innovaciones en Amina. Por ejemplo, enfatiza la naturaleza salvaje de los Ghouls, pero sin mencionar sus hábitos como necrófagos, y los reduce a una rareza zoológica, como si se trataran de una versión degradada del ser humano. En definitiva, los clasifica como una amenaza temporal, no espiritual, y lo hace a través de la fuerte atracción sexual que Waldo siente hacia Amina.

Resulta inevitable citar la historia de Sidi Nouman, de Las mil y una noches, como fuente de inspiración para el relato. Allí, la novia de Sidi, llamada Amina, resulta ser un Ghoul. Al darse cuenta de que ella evita comer en varias ocasiones, Sidi Nouman finge dormir y, en medio de la noche, la sigue hasta un cementerio abandonado. Allí la sorprende sentada en una tumba con una manada de pequeños y hambrientos Ghouls dándose un festín macabro con un cadáver. Evidentemente, la Amina de Edward Lucas White es la misma que la de Las mil y una noches; de hecho, en el relato, Waldo reconoce su nombre de Las mil y una noches, pero ella responde que los del Pueblo Libre [los Ghouls] «no saben nada de tales locuras».

Si bien es un relato muy breve, con escasa caracterización, el personaje de Amina exhibe una profundidad que me impresionó. Por supuesto, se trata de un Ghoul que se alimenta de viajeros desprevenidos y, en épocas de escasez, de cadáveres; pero su accionar, de algún modo, su naturaleza maternal [tiene una gran camada que alimentar], la vuelve sumamente terrenal, casi como una leona que caza para sus cachorros. Definitivamente es una de las vampiresas más agradables que he conocido [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]

La historia de Amina es recurrente en el relato de terror. Por ejemplo, Clark Ashton Smith ambienta su historia de 1934: El Ghoul (The Ghoul), durante el reinado del califa Vathek; y narra la historia de un joven que realiza un pacto con un Ghoul para asegurarse de que el cadáver de su difunta esposa, llamada Amina [que aquí no es un necrófago sino su posible cena], no sea profanado.

Uno de los cuentos favoritos de H.P. Lovecraft [aunque no lo menciona en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura a pesar de su evidente influencia en su propia obra] es Amina. Sin embargo, se refirió al autor en términos elogiosos:


[Muy notables, a su manera, son algunas de las extrañas concepciones del novelista y cuentista Edward Lucas White, la mayoría de cuyos temas surgen de sueños reales. El Sr. White imparte una cualidad muy peculiar a sus cuentos: una especie de glamour oblicuo que tiene su propio tipo distintivo de convencimiento.]


Podemos observar claramente la influencia de Amina en la ficción de Lovecraft a través de la naturaleza canina de los Ghouls de Edward Lucas White:


[Waldo sintió náuseas. Lo que vio no fue el frente de una mujer, sino más bien la parte inferior de un viejo fox-terrier con cachorros, o de una cerda blanca, con su segunda camada; desde la clavícula hasta la ingle, diez ubres colgantes, dos filas mutiladas, fibrosas y flácidas.]


H.P. Lovecraft parece haberse inspirado en este modelo canino del Ghoul de Edward Lucas White para sus propios necrófagos en El modelo de Pickman (Pickman's Model) [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de «El modelo de Pickman»]. Así relata el narrador un cuadro del artista maldito, titulado: La lección (The Lesson), cuyas conclusiones coinciden con las de Edward Luchas White en cuanto a la similitud, incluso a un posible vínculo genético, entre los Ghouls y los Humanos:


[Imagina un círculo de cosas parecidas a perros, en cuclillas, enseñándole a un niño humano a alimentarse como ellos. Ya conoces el viejo mito de los Changelings, supongo. Pickman estaba mostrando lo que les sucede a esos bebés robados, cómo crecen, y luego comencé a ver una relación horrible en los rostros de las figuras humanas y no humanas. Estaba, en todas sus gradaciones de morbosidad, entre lo no humano y lo degradadamente humano, estableciendo un vínculo y una evolución sardónica. ¡Las cosas caninas se desarrollaron a partir de mortales!]


Los Ghouls de Edward Lucas White y Lovecraft influyeron poderosamente en Los moradores debajo de las tumbas (The Dwellers Under the Tomb) de Robert E. Howard, donde la relación entre los Ghouls y los Humanos continúa. Para Edward Lucas White, estas criaturas son una antigua raza que habita en un mundo de engaño, en las fronteras de nuestra realidad física. Para Lovecraft y Howard, son el producto de la decadencia genética, de la involución del ser humano que ha mutado en una bestia repugnante [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]




Amina.
Amina, Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Waldo, frente a la realidad de lo increíble —como él mismo lo habría expresado— estaba completamente aturdido. En silencio, permitió que el cónsul lo condujera desde la tibia penumbra del interior, a través del portal ruinoso, hacia el cálido y deslumbrante brillo del paisaje desértico. Hassan lo siguió, sin mirar atrás. Sin decir palabra, había tomado la pistola de Waldo de su mano insensible.

El cónsul atravesó la arena de grava, a unos cincuenta pasos de la esquina suroeste de la tumba, hasta un trozo de pared no del todo arruinada desde la que se veía claramente la entrada de la tumba.

—Hassan —ordenó—, mira.

Hassan dijo algo en persa.

—¿Cuántas crías había? —preguntó el cónsul a Waldo.

Waldo se quedó mudo.

—¿Cuántos jóvenes viste? —preguntó de nuevo el cónsul.

—Casi veinte o más —respondió Waldo.

—Eso es imposible —espetó el cónsul.

—Parecía haber dieciséis o dieciocho —afirmó Waldo.

Hassan sonrió y gruñó. El cónsul le quitó dos pistolas, le entregó las suyas a Waldo y rodearon la tumba hasta un punto aproximadamente a la misma distancia de la esquina opuesta. Al lado de la tumba había un bloque de piedra a la sombra de la pared.

—Conveniente —dijo el cónsul—. Siéntate en esa piedra y apóyate contra la pared, ponte cómodo. Estás un poco conmocionado, pero estarás bien en un momento. Deberías comer algo, pero no tenemos nada. De todos modos, toma un buen trago de esto.

Se quedó junto a él mientras Waldo jadeaba por el brandy.

—Hassan te traerá su cantimplora antes de irse —prosiguió el cónsul—. Bebe mucho, porque debes quedarte aquí por algún tiempo. Y ahora, préstame atención. Debemos extirpar estas alimañas. El macho, juzgo, está ausente. Si hubiera estado en algún lugar, ahora no estarías vivo. Las crías no pueden ser tantas como dices, pero supongo que tenemos que lidiar con diez, una camada llena. Debemos ahuyentarlos. Hassan regresará al campamento en busca de combustible y el guardia. Mientras tanto, tú y yo debemos asegurarnos de que ninguno escape.

Tomó la pistola de Waldo, abrió la recámara, la cerró, examinó el cargador y se la devolvió.

—Ahora mírame de cerca —dijo.

Se alejó, mirando a su izquierda más allá de la tumba. Luego se detuvo y juntó varias piedras.

—¿Ves estas?

Waldo asintió.

El cónsul regresó, pasó en la misma línea, mirando a su derecha más allá de la tumba, y luego, a una distancia similar, levantó otro pequeño túmulo, volvió a gritar y volvió a ser respondido. De nuevo regresó.

—¿Ahora estás seguro de que no puedes confundir esas dos marcas que hice?

—Muy seguro —dijo Waldo.

—Es importante —advirtió el cónsul—. Voy a volver a donde dejé a Hassan, para mirar allí mientras él no está. Vigilarás aquí. Puedes caminar con la frecuencia que desees a cualquiera de esos montones de piedras. De cualquiera de los dos deberías poder verme. No te desvíes, porque tan pronto como Hassan se pierda de vista, dispararé a cualquier cosa en movimiento. Siéntate aquí hasta que me veas establecer límites similares para mi guardia: ve al lado más alejado y luego dispara a cualquier cosa en movimiento que no esté en mi línea de patrulla. Mantente alerta a tu alrededor. Existe una posibilidad entre un millón de que el macho regrese a la luz del día; la mayoría son nocturnos, pero esta guarida es evidentemente excepcional. Mantente alerta.

»Y ahora escúchame. No debes tener ningún sentimentalismo tonto acerca de cualquier parecido imaginario de estas alimañas con los seres humanos. Dispara y dispara a matar. No solo es nuestro deber, en general, abolirlos, sino que será muy peligroso para nosotros si no lo hacemos. Hay poca o ninguna solidaridad en las comunidades musulmanas, pero en los comparativamente pocos puntos sobre los que existe consenso se actúa con asombrosa rapidez y vigor. Un asunto en el que no hay desacuerdo es que incumbe a cada hombre ayudar a erradicar estas criaturas. La buena y antigua costumbre bíblica de apedrear hasta la muerte es el modo de linchar a los indígenas aquí. Estos asiáticos modernos son bastante capaces de aplicarlo contra cualquiera de estos monstruos. Si dejamos que uno se escape y corra el rumor, podemos precipitar un estallido de prejuicio racial difícil de afrontar. Dispara, digo, sin vacilación ni piedad.

—Entiendo —dijo Waldo.

—No me importa si lo entiendes o no —dijo el cónsul—, quiero que actúes. Dispara si es necesario.

Y se fue.

En ese momento apareció Hassan, y Waldo bebió de su cantimplora casi todo su contenido. Después de su partida, el primer estado de alerta de Waldo pronto dio lugar a la mera resistencia a la monotonía de la observación y la intensidad del calor. Su malestar se convirtió en sufrimiento, y con la furia del resplandor seco, los dolores de la sed y su desconcierto mental, Waldo se movía en un sueño despierto cuando Hassan regresó con dos burros y una mula cargada con matorrales. Detrás de las bestias se rezagaba el guardia.

El trance de Waldo se convirtió en una pesadilla cuando el humo hizo efecto y comenzó la batalla. Sin embargo, no solo no se le exigió que se uniera a la matanza, sino que también se le ordenó que se mantuviera alejado. Se mantuvo mucho en segundo plano, viendo solo una parte de la matanza, ya que su curiosidad no le permitió abstenerse de ver.

Sin embargo, se sintió todo un asesino al contemplar los diez pequeños cadáveres dispuestos en fila, y el recuerdo de su vigilia y su final, de hecho, de todo el día, aunque fue el día de su aventura más maravillosa, permanece para él como el recuerdo roto de una fantasmagoría.

Esa mañana Waldo se había despertado temprano. Las experiencias de su viaje por mar, las vistas en Gibraltar, en Port Said, en el canal, en Suez, en Adén, en Mascate y en Basora habían formado una transición del todo inadecuada de la decorosa regularidad de la vida en Nueva York e Inglaterra a la asombrosa maravilla de las inmensidades del desierto.

Todo parecía irreal y, sin embargo, la realidad de su extrañeza lo asediaba tanto que no podía sentirse como en casa. No podía dormir profundamente en una tienda de campaña. Después de recomponerse, estuvo largo rato consciente y se levantó temprano, como esta mañana, justo al comienzo del falso amanecer.

El cónsul estaba profundamente dormido, roncando ruidosamente. Waldo se vistió tranquilamente y salió; mecánicamente, sin ningún propósito ni previsión, tomando su arma. Afuera encontró a Hassan, sentado, con la pistola sobre las rodillas, la cabeza hundida hacia adelante, tan profundamente dormido como el cónsul. Ali e Ibrahim habían abandonado el campamento el día anterior en busca de suministros. Waldo era la única criatura despierta; porque los guardias, acampados a poca distancia, no eran más que troncos alrededor de las cenizas de su fuego.

Parecía un momento para disfrutar bajo el resplandor blanco del falso amanecer, la reaparición mágica de las constelaciones y la breve y última gloria del firmamento cargado de estrellas, ese breve frescor que compensó un poco la mañana calurosa, el día ardiente y el noche cálida. Se sentó en una roca, a algunos pasos de la tienda. Al girar la pistola en las manos, sintió una tentación irresistible de vagar solo, de pasear solo por el fascinante vacío del árido paisaje.

Cuando comenzó la vida en el campamento, esperaba encontrar al cónsul, esa combinación de deportista, explorador y arqueólogo, un guardián particularmente tranquilo. Había esperado una libertad absolutamente ilimitada en la espaciosa extensión de los páramos. La realidad que había encontrado era exactamente contraria a sus ideas preconcebidas. La primera orden judicial del cónsul fue:

—Nunca te pierdas de vista de mí o de Hassan a menos que él o yo te enviemos con Ali o Ibrahim. No dejes que nada te tiente a deambular solo. Incluso un paseo es peligroso. Es posible que pierda de vista el campamento antes de darse cuenta.

Al principio, Waldo accedió, luego protestó:

—Tengo una buena brújula de bolsillo. Sé cómo usarla. Nunca perdí mi camino en los bosques de Maine.

—No hay kurdos en los bosques de Maine —dijo el cónsul.

Sin embargo, al poco tiempo, Waldo notó que los pocos kurdos que vio parecían gente sencilla y pacífica. No había encontrado peligro, ni siquiera el atisbo de una aventura. Su guardia armada, de una docena de grasientos andrajosos, había pasado el tiempo holgazaneando con inquietud.

Waldo también notó que el cónsul parecía indiferente a las ruinas, que su sentido de la topografía era más frío que tibio, que no mostraba ardor en la búsqueda de la caza. Había aprendido suficientes dialectos para escuchar conversaciones repetidas sobre «ellos». «¿Has oído hablar de alguno por aquí?» «¿Alguien ha sido asesinado?» «¿Algún rastro de ellos en este distrito?» Y tales consultas que pudo hacer en las diversas conversaciones con los nativos. En cuanto a quiénes eran «ellos», no recibió ninguna aclaración.

Luego le preguntó a Hassan por qué estaba tan restringido en sus movimientos.

Hassan hablaba algo de inglés y lo obsequió con historias de Afrits, Ghouls, espectros y otras extrañas presencias legendarias; de los genios que aparecen en forma humana, que hablan todos los idiomas, siempre alerta para atrapar a los infieles; de la mujer cuyos pies se torcían al revés a la altura de los tobillos, atrayendo a los desprevenidos a un estanque y ahogando a sus víctimas; de los fantasmas malignos de los bandoleros muertos, más terribles que sus compañeros vivos; del espíritu en la forma de un asno salvaje, o de una gacela, atrayendo a sus perseguidores al borde de un precipicio y él mismo pareciendo correr sobre una extensión de arena, un mero espejismo, disolviéndose cuando la víctima caía a la muerte; del duende en la apariencia de una liebre que finge cojear, o de un pájaro terrestre que finge tener un ala rota, arrastrando a su perseguidor tras él hasta que encuentra la muerte en un pozo invisible.

Ali e Ibrahim no hablaban inglés. Por lo que Waldo pudo entender, sus largas arengas contaban historias similares o insinuaban peligros igualmente vagos e imaginarios. Estos cuentos de fantasmas infantiles simplemente despertaron el anhelo de Waldo.

Ahora, mientras estaba sentado en una roca, anhelando disfrutar del cielo perfecto, el aire claro y temprano, el paisaje amplio y solitario, junto con la sensación de tenerlo para él solo, le parecía que el cónsul era simplemente cauteloso por naturaleza, demasiado cauteloso. No había peligro. Daría un buen paseo, quizá mataría algo y seguro que estaría de vuelta en el campamento antes de que el sol calentase.

Se incorporó.

Unas horas más tarde estaba sentado sobre un albardilla a la sombra de una tumba en ruinas. Toda la zona que habían estado atravesando estaba llena de tumbas y restos de tumbas, prehistóricas, bactrianas, persas, sasánidas o mahometanas, esparcidas por todas partes en grupos o solitarias. Desaparecidos por completo están los rastros más débiles de las ciudades, pueblos y aldeas, casas efímeras o chozas temporales en las que habían vivido las innumerables generaciones de dolientes. Las tumbas, construidas de manera más duradera que las meras viviendas de los vivos, permanecieron.

Completas o ruinosas, o reducidas a meros fragmentos, estaban por todas partes. En ese distrito eran todas de un mismo tipo. Cada una estaba abovedada y debajo era cuadrada, su única puerta miraba hacia el este y se abría a una gran habitación vacía, detrás de la cual estaban las cámaras mortuorias.

A la sombra de tal tumba se sentó Waldo. No había disparado a nada, se había perdido, no tenía idea de la dirección del campamento, estaba cansado, acalorado y sediento. Había olvidado su botella de agua.

Recorrió con la mirada la vasta y desolada perspectiva, el turquesa invariable del cielo se arqueaba sobre el ondulado desierto. Lejanas colinas rojizas a lo largo del horizonte se enroscaban en los menos lejanos montículos pardos que, sin diversificarlo, amontonaban el paisaje amarillo. La arena y las rocas con uno o dos arbustos flacos y hambrientos componían la vista más cercana, interrumpida aquí y allá por ruinas desmoronadas de un blanco deslumbrante o veteadas, de gris. El sol no había estado mucho tiempo sobre el horizonte, pero toda la superficie del desierto temblaba de calor.

Mientras Waldo estaba sentado contemplando el panorama, una mujer dobló la esquina de la tumba.

Todas las mujeres del pueblo que Waldo había visto usaban yashmaks o alguna otra forma de cubrirse la cara o velo. Esta mujer tenía la cabeza descubierta y sin velo. Llevaba una especie de prenda de color marrón amarillento que la envolvía desde el cuello hasta los tobillos, sin mostrar la línea de la cintura. Sus pies, desafiando las arenas abrasadoras, estaban descalzos.

Al ver a Waldo, se detuvo y lo miró fijamente como él la miraba a ella. Observó la postura poco europea de sus pies, no vueltos hacia afuera, pero con las líneas internas paralelas. No llevaba tobilleras, observó, ni pulseras, ni collares ni pendientes.

Pensó que sus brazos desnudos eran los más musculosos que jamás había visto en un ser humano.

Sus uñas eran puntiagudas y largas, tanto en las manos como en los pies. Su pelo era negro, corto y despeinado, pero no parecía salvaje ni desagradable. Sus ojos sonreían y sus labios tenían el efecto de sonreír, aunque no se abrían ni un poco, sin mostrar los dientes detrás de ellos.

—Qué lástima —dijo Waldo en voz alta—, que ella no hable inglés.

—Hablo inglés —dijo la mujer, y Waldo notó que, mientras hablaba, sus labios no se abrieron perceptiblemente—. ¿Qué quiere el caballero?

—¡Hablas ingles! —exclamó Waldo, poniéndose de pie de un salto—. ¡Qué suerte! ¿Dónde lo aprendiste?

—En la escuela de la misión —respondió ella, con una sonrisa divertida jugando en las comisuras de su boca—. ¿Qué puedo hacer por ti?

Hablaba sin apenas acento extranjero, sino muy despacio y con una especie de gruñido que iba de sílaba en sílaba.

—Tengo sed —dijo Waldo—, y me he perdido.

—¿El caballero vive en una tienda de campaña marrón, con forma de medio melón? —inquirió ella con una extraña y retumbante nota entre sus labios apenas separados.

—Sí, ese es nuestro campamento —dijo Waldo.

—Yo podría guiar al caballero —murmuró—; pero está lejos, y no hay agua por ese lado.

—Primero quiero agua —dijo Waldo—, o leche.

—Si te refieres a la leche de vaca, no tenemos. Pero tenemos leche de cabra. Hay de beber donde yo vivo —dijo, cantando las palabras—. No está lejos.

—Guíame —dijo él.

Ella comenzó a caminar, Waldo, con su arma bajo el brazo, a su lado, caminaba rápida y silenciosamente. Waldo apenas podía seguirle el ritmo. Mientras caminaban, a menudo se rezagaba y notaba cómo sus prendas de vestir se aferraban a una espalda esbelta y bien formada, una cintura prolija y caderas firmes.

Cada vez que se apresuraba y la alcanzaba, la examinaba con miradas intermitentes, desconcertado de que su cintura, tan bien marcada en la columna, no mostrara una definición particular al frente; que el contorno desde el cuello hasta las rodillas, perfectamente informe bajo sus envolturas, no tuviese ni sugerencia de firmeza u ondulación. También remarcó el parpadeo divertido de sus ojos y la línea comprimida de sus labios rojos, demasiado rojos.

—¿Cuánto tiempo estuviste en la escuela de la misión? —inquirió él.

—Cuatro años —respondió ella.

—¿Eres cristiana? —preguntó.

—El Pueblo Libre no se somete al bautismo —afirmó simplemente, pero con un poco más de gruñido monótono entre sus palabras.

Sintió un extraño escalofrío al observar los labios apenas movidos por los que se abrían paso las sílabas.

—Pero no llevas velo —no pudo resistirse a decir.

—El Pueblo Libre nunca lleva velo —replicó.

—¿Entonces no eres mahometana?

—El Pueblo Libre no es musulmán.

—¿«Pueblo Libre»? ¿Quiénes son? —soltó él imprudentemente.

Ella le lanzó una mirada siniestra. Waldo recordó que tenía que lidiar con una asiática. Recordó las tres preguntas permitidas.

—¿Cuál es tu nombre? —inquirió.

Amina.

—Ese es un nombre de las Las mil y una noches —aventuró.

—El Pueblo Libre no sabe nada de tales locuras.

La invariable cerrazón de sus labios al hablar, el lento murmullo entre las sílabas, lo golpearon aún más cuando sus labios se curvaron pero no se abrieron.

—Pronuncias tus palabras de una manera extraña —dijo.

—Tu idioma no es el mío —respondió ella.

—¿Cómo es que aprendiste mi idioma en la escuela de la misión y no eres cristiana?

—Enseñan a todos en la escuela de la misión —dijo—, y las doncellas del Pueblo Libre son como las otras doncellas a las que enseñan, aunque, cuando crecen, no son como los habitantes de las ciudades. Por eso me enseñaron como a cualquier muchacha de pueblo, sin conocerme por lo que soy.

—Te enseñaron bien.

—Tengo el don de lenguas —pronunció enigmáticamente, con una extraña nota de triunfo haciendo retumbar las palabras a través de sus labios inmóviles.

Waldo sintió un horrible escalofrío en todo su cuerpo.

—¿Estás lejos de tu casa?

—Mi casa está allí —dijo, señalando la entrada de una gran tumba justo delante de ellos.

El arco totalmente abierto los admitió en un interior bastante espacioso, fresco con la temperatura constante de la gruesa mampostería. No había basura en el suelo. Waldo, aliviado de escapar del resplandor abrasador del exterior, se sentó en un bloque de piedra a medio camino entre la puerta y el tabique interior, y apoyó la culata de la pistola en el suelo. Por el momento lo cegó el cambio del insistente brillo de la mañana del desierto a la borrosa luz gris del interior.

Cuando se le aclaró la vista, miró a su alrededor y observó, frente a la puerta, el agujero irregular que dejaba abierto el mausoleo profanado. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, se sobresaltó tanto que se puso de pie. Le pareció que desde sus cuatro esquinas la habitación bullía de niños desnudos. Para su inexperta conjetura parecían tener dos años, pero se movían con la seguridad de niños de ocho o diez.

—¿De quién son estos niños? —exclamó él.

—Míos —dijo ella.

—¿Todos? —protestó.

—Todos —respondió ella con un curioso bullicio reprimido en su comportamiento.

—Pero hay veinte de ellos —gritó.

—Cuentas mal en la oscuridad —dijo ella—. Hay menos.

—Ciertamente hay una docena —sostuvo él, girando mientras los niños bailaban y correteaban.

—El Pueblo Libre tiene familias numerosas —dijo.

—Pero todos tienen la misma edad —exclamó Waldo con la lengua seca contra el paladar.

Ella se rio, una risa desagradable y burlona. Estaba entre él y la entrada, y como la mayor parte de la luz provenía de ella, no podía ver sus labios.

Waldo estaba confundido y volvió a sentarse. Los niños circulaban a su alrededor, parloteando, riendo, haciendo ruidos que indicaban alegría.

—Por favor, tráeme algo fresco para beber —dijo Waldo, y su lengua no solo estaba seca sino grande en su boca.

—Podremos beber en breve —dijo—, pero estará caliente.

Waldo comenzó a sentirse incómodo. Los niños hacían cabriolas a su alrededor, balbuceando extraños ruidos guturales, lamiéndose los labios, señalándolo, con los ojos fijos en él, lanzando miradas ocasionales a su madre.

—¿Dónde está el agua?

La mujer permaneció en silencio, con los brazos colgando a los costados. A Waldo le pareció que era más baja de lo que había sido afuera.

—¿Dónde está el agua? —repitió.

—Paciencia, paciencia —gruñó ella, y dio un paso cerca de él.

La luz del sol caía sobre su espalda y formaba una especie de halo alrededor de sus caderas. Parecía aún más baja que antes. Había algo furtivo en su porte, y los pequeños se rieron maliciosamente.

En ese instante sonaron dos disparos de fusil casi como uno solo. La mujer cayó boca abajo en el suelo. Los bebés chillaron en un coro estridente. Luego saltaron en cuatro patas con una rapidez explosiva, se tambalearon en una carrera tambaleante hacia el agujero en la pared y, con un grito espantoso, ella levantó los brazos y giró hacia atrás, se dobló y se contorsionó como un pez moribundo. Entonces se puso rígida, se estremeció y se quedó quieta.

Waldo, con sus ojos horrorizados fijos en su rostro, incluso en su asombro notó que sus labios no se abrían.

Los niños, lanzando leves gritos de consternación, treparon por el agujero en la pared interior, desapareciendo en el vacío más allá. Apenas se había ido el último cuando el cónsul apareció en la puerta con la pistola humeante en la mano.

—Ni un segundo demasiado pronto, muchacho —exclamó—. Ella solo iba a saltar.

Amartilló el arma y empujó el cuerpo con el cañón.

—Muerta —comentó—. ¡Qué suerte! Generalmente se necesitan tres o cuatro balas para hacer el trabajo.

—¿Asesinaste a esta mujer? —acusó Waldo ferozmente.

—¿Asesinar? —resopló el cónsul—. ¡Asesinar! Mira eso.

Se arrodilló y abrió los labios, dejando al descubierto no dientes humanos, sino pequeños incisivos, muelas en forma de cúspide, muy separadas; y caninos superpuestos, largos y afilados, como los de un galgo: una dentición feroz, mortal, carnívora, amenazante y combativa.

Waldo sintió escalofríos, pero el rostro y la forma aún dominaban su horrorizada simpatía por su humanidad.

—¿Le disparas a las mujeres porque tienen los dientes largos? —insistió Waldo, asqueado por la horrible muerte que había presenciado.

—Eres difícil de convencer —dijo el cónsul con severidad—. ¿Llamas a eso una mujer?

Le quitó la ropa al cadáver.

Waldo sintió náuseas. Lo que vio no fue el frente de una mujer, sino más bien la parte inferior de un viejo fox-terrier con cachorros, o de una cerda blanca, con su segunda camada; desde la clavícula hasta la ingle, diez ubres colgantes, dos filas mutiladas, fibrosas y flácidas.

—¿Qué clase de criatura es? —preguntó débilmente.

—Un Ghoul, muchacho —respondió el cónsul solemnemente, casi en un susurro.

—Pensé que no existían —balbuceó Waldo—. Pensé que eran míticos. Pensé…

—Puedo creer muy bien que no haya ninguno en Rhode Island —dijo el cónsul con gravedad—. Pero esto es Persia, y Persia está en Asia.

Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Lucas White.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edward Lucas White: Amina (Amina), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Lukundoo»: Edward Lucas White; relato y análisis.


«Lukundoo»: Edward Lucas White; relato y análisis.




Lukundoo (Lukundoo) es un relato de terror del escritor norteamericano Edward Lucas White (1866-1934), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1925 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1927: Lukundoo y otros relatos (Lukundoo and Other Stories). Posteriormente aparecería en otras colecciones, como Grandes cuentos de lo sobrenatural (Great Tales Of The Supernatural, 1944) y El libro del horror de H.P. Lovecraft (H.P. Lovecraft’s Book Of Horror, 1933), entre otros.

Lukundoo, uno de los mejores cuentos de Edward Lucas White, relata la historia de Ralph Stone, un aventurero británico en África que es maldecido por un brujo local, haciendo que unas espantosas protuberancias, como diminutas cabezas humanas capaces de hablar, supuren dolorsamente por su piel [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

SPOILERS.

Lukundoo, escrito en 1907, es quizás la más escalofriante de todas las historias de maldiciones africanas. Edward Lucas White, que afirmaba que las ideas detrás de sus relatos le llegaban en sueños y pesadillas, al principio nos sitúa en la acogedora atmósfera de una reunión de caballeros. Allí, un sujeto llamado Singleton relata la historia de Ralph Stone, un cazador británico en las profundidades de la selvas africanas, quien aparentemente ha deshonrado a un médico brujo local, provocando una terrible maldición. Cuando lo encuentran, el narrador cree que Stone sufre de carbuncos, pero este se rehúsa a ser tratado. En cambio, los arranca utilizando su navaja, cortando «hasta el nivel de la carne».

Los camaradas de Stone lo oyen hablar con dos voces distintas, una de las cuales responde a la otra. Cuando Singleton y los demás escuchan esto, irrumpen en la tienda de Stone y encuentran una visión espantosa: una diminuta cabeza humana [«que maullaba y chillaba»] se ha abierto paso a través de la piel. Singleton, el narrador, se la corta con una navaja, pero al día siguiente la hinchazón ha comenzado de nuevo y aparece otra cabeza, «murmurando y farfullando», como una especie de tumor consciente. Estoico, Stone ruega que le permitan morir en paz [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

A pesar de su falta de ambigüedad y, en consecuencia, de cualquier pretensión artística, Lukundoo de Edward Lucas White es un relato verdaderamente escalofriante. Las cientos de pústulas que erupcionan por todo el cuerpo de Stone son, en sí mismas, un elemento desagradable; sin embargo, esto es solo el principio, porque a medida que se desarrollan queda claro que cada una de ellas es en realidad una especie de homúnculo: un pequeño ser consciente que emerge desde la carne del explorador. No importa cuántos de estos espantosos seres sean decapitados, hay demasiados, se reproducen a un ritmo alarmante, y algunos de ellos crecen en áreas de la espalda que Stone no puede alcanzar. La única opción del explorador es el suicidio.

A propósito del destino de Ralph Stone, vale la pena mencionar que el 30 de marzo de 1934, siete años después de la muerte de su esposa, Agnes Gerry, Edward Lucas White se suicidó en su casa de Baltimore.

Hay algo extraño y original en la ficción de Edward Lucas White, algo inquietante, visceral, físico, que se destaca de la predecible secuencia de espantos de finales de la era victoriana. Lukundoo es un viaje crudo, sin ambigüedades, probablemente porque el relato pretender ser una simple transcripción de una pesadilla del autor. Al parecer, Edward Lucas White era un hombre que experimentaba pesadillas muy vívidas y desagradables, y que intentaba exorcizar el efecto de estas inquietantes imágenes escribiéndolas. Dicho esto, cualquiera haya sido la pesadilla que inspiró a Lukundoo, esta seguramente se produjo luego de que Edward Lucas White leyera: Pollock y el hombre de Porroh (Pollock and the Porroh Man, 1897), de H.G. Wells [quien, como Rudyard Kipling, era un corresponsal ocasional de Edward Lucas White]; la cual narra la historia de un arrogante viajero británico en Sierra Leona que es maldecido por un brujo tribal.

Ambas historias son fundamentalmente relatos de venganza, y en ambas encontramos a las víctimas abrumadas por el remordimiento y perdiendo finalmente la voluntad de vivir. Uno podría pensar que, en Lukundoo, Stone podría sentirse atormentado por el trato brutal que seguramente les ha dispensado a los nativos africanos, sin embargo, su remordimiento es de índole personal, e involucra a una mujer; de hecho, los humúnculos que supuran por su piel no hacen ninguna referencia racial, sino que apuntan a esta promesa incumplida a una mujer como punto de apoyo para que la maldición haya tenido efecto. En cualquier caso, hay una diferencia importante entre las dos historias. H.G. Wells deja el asunto sin resolver. No sabemos si la maldición de Pollock es real o está solo en su mente, mientras que Edward Lucas White no deja lugar a la ambigüedad, y además amplía el esquema más simple de la trama del cuento de Wells: la maldición infligida a un hombre blanco por un hechicero africano [ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos]

Lukundoo es una historia directa, manifiestamente sobrenatural, y que al final subvierte algunas de las expectativas que fue construyendo. Es un producto de otra época, y esto se observa en la idea de que Stone no es una víctima al azar. La maldición del brujo solo consiguió arraigarse debido a las propias fallas morales de Stone. En efecto, las horribles cabecitas que van emergiendo de la piel de Stone lo acusan de haber incumplido una promesa [en este caso, sentimental], destruyéndolo desde adentro, literalmente consumiéndolo. En cualquier caso, parece un castigo desproporcionado para cualquiera de los pecados que haya cometido Stone [ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Horror]

Las historias de maldiciones africanas aparecieron por primera vez en la literatura británica y estadounidense cuando algunos periodistas y misioneros trajeron los primeros informes sobre los horrores del comercio del caucho en el Congo. En este contexto, la historia más influyente es Lukundoo de Edward Lucas White, que además de entregarnos una historia escalofriante también nos permite observar algunas implicaciones sociológicas y raciales sumamente interesantes. Por otro lado, esta idea de que el remordimiento de Ralph Stone es, en cierta medida, la causa de la aparición de esas locuaces protuberancias que se abren paso por su piel, no solo es innovadora, sino afín al concepto [real o no] de que ciertas enfermedades pueden tener una base emocional. En mi caso, al menos [y lo he intentado sin éxito], me gustaría poder escuchar lo que un tumor tiene para decirme [ver: Toda materia es sensible: nosotros también somos IA]

A propósito, hay un eco distintivo de Lukundoo en el relato de Henry S. Whitehead: Los labios (The Lips, 1929) [que esperamos traducir próximamente en El Espejo Gótico], donde se habla de una invocación ritual [l'kundu] que se desata en barco de esclavos, y que produce pequeñas y horribles bocas [con labios y dientes] abriéndose en la piel de los tratantes.




Lukundoo.
Lukundoo, Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Es lógico —dijo Twombly— que un hombre deba aceptar la evidencia que le presentan sus propios ojos, y cuando los ojos y los oídos están de acuerdo, no puede haber duda. Tiene que creer lo que ha visto y oído.

—No siempre —intervino Singleton en voz baja.

Todos se volvieron hacia Singleton. Twombly estaba de pie sobre la alfombra, de espaldas a la chimenea, con las piernas abiertas y su habitual aire de dominar la habitación. Singleton, como de costumbre, estaba acurrucado lo más posible en un rincón. Pero cuando Singleton habló, giramos hacia él con esa espontaneidad halagadora de silencio expectante que invita a la expresión.

—Estaba pensando —dijo después de un intervalo— en algo que vi y escuché en África.

Ahora bien, si había imposible era que Singleton dijera algo definitivo sobre sus experiencias en África. Al igual que con el alpinista de la historia, que sólo podía decir que subió y bajó, la suma de las revelaciones de Singleton se resumía a que había estado allí y se fue. Sus palabras llamaron nuestra atención de inmediato. Twombly se desvaneció de la alfombra de la chimenea, pero ninguno de nosotros recordaba haberlo visto irse. La habitación se reajustó, se centró en Singleton, y hubo un encendido rápido y furtivo de puros nuevos. Singleton también encendió uno, pero se apagó de inmediato y nunca volvió a encenderlo.


I

Estábamos en el Gran Bosque, explorando en busca de pigmeos. Van Rieten tenía la teoría de que los enanos encontrados por Stanley y otros eran un mero mestizaje entre negros comunes y pigmeos reales. Esperaba descubrir una raza de hombres de un metro de altura como máximo, o menos. No habíamos encontrado ningún rastro de tales seres. Los nativos eran pocos; las presas eran escasas y el bosque era profundo y húmedo.

Éramos la única novedad en el país, ningún nativo que conocimos había visto a un hombre blanco antes, la mayoría nunca había oído hablar de hombres blancos. De repente, una tarde, llegó a nuestro campamento un inglés, y él también estaba bastante agotado. No habíamos oído ningún rumor sobre él; pero él, en cambio, no solo había oído hablar de nosotros, sino que había realizado una increíble marcha de cinco días para encontrarnos. Su guía y dos porteadores estaban casi tan cansados como él. A pesar de que estaba hecho jirones y llevaba cinco días sin afeitarse, se podía ver que era naturalmente pulcro, el tipo de hombre que se afeita todos los días.

Era pequeño, pero enjuto. Su rostro era del tipo británico al que se ha desterrado con tanto cuidado la emoción que un extranjero puede pensar que era incapaz de sentir ningún tipo de sentimiento; el tipo de rostro que, si es que tiene alguna expresión, expresa principalmente la resolución de recorrer el mundo con decoro, sin entrometerse ni molestar a nadie.

Su nombre era Etcham. Se presentó con modestia y comió con nosotros con tanta parsimonia que nunca hubiéramos sospechado que sólo había comido tres veces en cinco días. Después de comer y encender su pipa nos dijo por qué había venido.

—Mi jefe…

Habló en voz baja, en un tono suave y uniforme, pero pude ver pequeñas gotas de sudor rezumando por su labio superior debajo de su rechoncho bigote, y había un cosquilleo de emoción reprimida en su tono, una velada ansiedad en sus ojos, una palpitación interior en su comportamiento que me conmovió de inmediato. Van Rieten no tenía ningún sentimiento en él; si estaba conmovido, no lo demostró. Pero escuchó. Eso me sorprendió. Él era el hombre que se negaba de inmediato. Pero escuchó las vacilantes y tímidas insinuaciones de Etcham. Incluso hizo preguntas.

—¿Quién es tu jefe?

—Stone —balbuceó Etcham.

Eso nos electrizó a los dos.

—¿Ralph Stone?

Etcham asintió.

Durante unos minutos, Van Rieten y yo guardamos silencio. Van Rieten nunca lo había visto, pero yo había sido un compañero de clase de Stone, y Van Rieten y yo habíamos hablado de él durante muchas fogatas. Habíamos oído hablar de él dos años antes, al sur de Luebo en el país de Balunda; al parecer, había estado luchando con un médico brujo de Balunda que terminó con la completa confusión del hechicero y la humillación de su tribu ante Stone. Incluso habían roto el silbato del fetiche y le habían dado a Stone los pedazos. Había sido como el triunfo de Elías sobre los profetas de Baal, solo que más real para los Balunda.

Habíamos pensado que Stone estaba lejos, si es que todavía estaba en África, y aquí apareció delante de nosotros y probablemente anticipándose a nuestra búsqueda.


II

La mención de Stone nos trajo toda su tentadora historia, sus fascinantes padres, su trágica muerte; el brillo de sus días universitarios; el deslumbramiento de sus millones; la promesa de su juventud; su amplia notoriedad, su fama; su romántica fuga con la meteórica autora cuya repentina cascada de ficción la había convertido en un nombre tan grande y tan joven; el espantoso escándalo de la demanda por incumplimiento que siguió; la devoción de su novia a pesar de todo; su repentina pelea después de que todo terminó; su divorcio; el anuncio demasiado publicitado de su próximo matrimonio; su matrimonio precipitado con su esposa divorciada; su segunda pelea y su segundo divorcio; su salida de su tierra natal; su advenimiento al continente oscuro.

La sensación de todo esto se apoderó de mí y creo que Van Rieten también lo sintió mientras se sentaba en silencio. Luego preguntó:

—¿Dónde está Werner?

—Muerto —dijo Etcham—. Murió antes de que yo me uniera a Stone.

—¿No estabas con Stone en Luebo?

—No —dijo Etcham—, me reuní con él en Stanley Falls.

—¿Quién está con él? —preguntó Van Rieten.

—Solo sus sirvientes de Zanzíbar y los porteadores —respondió Etcham.

—¿Qué tipo de portadores? —preguntó Van Rieten.

—Hombres Mang-Battu —respondió Etcham simplemente.

Eso nos impresionó mucho, tanto a Van Rieten como a mí. Confirmó la reputación de Stone como un líder notable. Hasta ese momento, nadie había podido utilizar a los Mang-Battu como portadores fuera de su propio país, o mantenerlos durante expediciones largas o difíciles.

—¿Estuviste mucho tiempo entre los Mang-Battu? —fue la siguiente pregunta de Van Rieten.

—Algunas semanas —dijo Etcham—. Stone estaba interesado en ellos. Estudió su lengua y manejaba un vocabulario bastante amplio de sus palabras y frases. Tenía la teoría de que eran una rama de los Balunda y encontró confirmación en sus costumbres.

—¿De qué viven allí? —preguntó Van Rieten.

—Caza, sobre todo —ceceó Etcham.

—¿Cuánto tiempo lleva Stone en reposo?

—Más de un mes —respondió Etcham.

—¡Y has estado cazando para el campamento! —exclamó Van Rieten.

El rostro de Etcham, quemado y desollado como estaba, mostró un rubor.

—Fallé algunos tiros fáciles —admitió con pesar—. No me he sentido bien.

—¿Qué le pasa a su jefe? —preguntó Van Rieten.

—Algo como carbuncos —respondió Etcham.

—Debería poder superar uno o dos carbuncos —declaró Van Rieten.

—No son carbuncos en realidad —explicó Etcham—. Ni uno ni dos. Ha tenido docenas, a veces cinco a la vez. Si hubieran sido ántrax, habría muerto hace mucho tiempo. Pero en algunos aspectos no son tan malos, aunque en otros son peores.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Van Rieten.

—Bueno —vaciló Etcham—, no parecen inflamarse tan profundamente como los carbuncos, ni ser tan dolorosos, ni causar tanta fiebre. Pero luego parecen ser parte de una enfermedad que afecta la mente. Me dejó ayudarlo a vestirse al primero, pero los otros síntomas los ha escondido con más cuidado, de mí y de los hombres. Se queda en su tienda cuando se hinchan y no me deja cambiar los vendajes ni estar con él en absoluto.

—¿Tienen muchos apósitos? —preguntó Van Rieten.

—Tenemos algunos —dijo Etcham dubitativo—. Pero él no los usará; lava los vendajes y los usa una y otra vez.

—¿Cómo está tratando las hinchazones? —preguntó Van Rieten.

—Los corta hasta el nivel de la carne con su navaja.

—¿Qué?

Etcham no respondió, pero lo miró fijamente a los ojos.

—Te ruego que me disculpes —se apresuró a decir Van Rieten—. Me asustaste. No pueden ser carbuncos. Habría estado muerto hace mucho tiempo.

—Pensé que habías dicho que no eran carbuncos —ceceó Etcham.

—¡Pero el hombre debe estar loco! —exclamó Van Rieten.

—Así es —dijo Etcham—. Está más allá de mi consejo o control.

—¿A cuántos ha tratado de esa manera? —preguntó Van Rieten.

—Dos, que yo sepa —dijo Etcham.

—¿Dos?

Etcham se sonrojó de nuevo.

—Lo vi —confesó—, a través de una grieta en la choza. Me sentí impelido a vigilarlo.

—¿Y lo viste hacer eso dos veces?

—Supongo —dijo Etcham— que hizo lo mismo con todos los demás.

—¿Cuántos ha tenido? —preguntó Van Rieten.

—Docenas —ceceó Etcham.

—¿Come? —preguntó Van Rieten.

—Como un lobo —dijo Etcham—. Más que dos portadores.

—¿Puede caminar? —preguntó Van Rieten.

—Se arrastra un poco, gimiendo —dijo Etcham simplemente.

—¿Fiebre? —rumió Van Rieten.

—Suficiente, y a veces demasiado —declaró Etcham.

—¿Ha estado delirando?

—Sólo dos veces —respondió Etcham—. Una cuando se rompió la primera hinchazón, y otra vez más tarde. Entonces no dejaría que nadie se le acercara. Pero pudimos escucharlo hablar de manera constante, y asustó a los nativos. Hamed Burghash dijo que estaba hablando de Balunda. Conozco muy poco a Balunda. No aprendo idiomas fácilmente. Stone aprendió más Mang-Battu en una semana de lo que yo podría haber aprendido en un año. Pero me pareció escuchar palabras como las de Mang-Battu. De todos modos, los portadores de Mang-Battu estaban asustados.

—¿Asustados? —repitió Van Rieten, inquisitivamente.

—También lo estaban los hombres de Zanzíbar, incluso Hamed Burghash, y yo también —dijo Etcham—, sólo que por una razón diferente. Hablaba a dos voces.

—A dos voces —reflexionó Van Rieten.

—Sí —dijo Etcham, más emocionado—. A dos voces, como una conversación. Una era la suya, la otra era una voz pequeña, tenue y balbuceante como nada de lo que hubiese escuchado jamás. Me pareció distinguir, entre los sonidos que hacía la voz profunda, algo así como palabras de Mang-Battu que conocía, como nedru, metebaba y nedo, sus términos para «cabeza», «hombro», «muslo» y tal vez kudra y nekere («hablar» y «silbar»); y entre los ruidos de la voz estridente, matomipa, angunzi y kamomami («matar», «muerte» y «odio»). Hamed Burghash dijo que también escuchó esas palabras. Conocía a Mang-Battu mucho mejor que yo.

—¿Qué dijeron los portadores? —preguntó Van Rieten.

—Dijeron, ¡Lukundoo, Lukundoo! —respondió Etcham. No conocía esa palabra; Hamed Burghash dijo que era la palabra Mang-Battu para «leopardo».

—Es Mang-Battu para «brujería» —dijo Van Rieten.

—No me extraña que pensaran eso —dijo Etcham—. Escuchar esas dos voces bastaba con hacer creer en la hechicería.

—¿Una voz respondiendo a la otra? —preguntó Van Rieten superficialmente.

El rostro de Etcham se puso gris bajo su bronceado.

—A veces, ambas a la vez —respondió con voz ronca.

—¡Ambas a la vez!

—A los hombres también les sonó así —dijo Etcham—. Y eso no fue todo.

Se detuvo y nos miró con impotencia por un momento.

—¿Podría un hombre hablar y silbar al mismo tiempo? —preguntó.

—¿Qué quieres decir?

—Podíamos escuchar a Stone hablando, su gran voz de barítono retumbando, y a través de todo eso pudimos escuchar un silbido agudo y estridente, el sonido más extraño y jadeante. Ya sabes, no importa cuán estridente pueda silbar un hombre adulto, la nota tiene una calidad diferente del silbido de un niño, una mujer o una niña. Suenan más agudos, de alguna manera. Bueno, si puedes imaginarte a la niña más pequeña silbando, ese silbido era así, solo que aún más penetrante, y sonaba directamente a través de los tonos graves de Stone.

—Imagino que intentaron atenderlo, ayudarlo —dijo Van Rieten.

—No es dado a las amenazas —dijo Etcham—, pero nos amenazó, no con volubilidad, ni como un hombre enfermo, sino en silencio y con firmeza, que si alguno de nosotros se le acercaba mientras estaba en ese estado, ese hombre moriría. Y no fueron tanto sus palabras como sus modales los que nos impresionaron. Era como un monarca al mando de la privacidad respetada en un lecho de muerte. Uno simplemente no podía transgredir.

—Ya veo —dijo Van Rieten brevemente.

—Pensé que tal vez… —dijo Etcham, impotente.

Su afecto absorbente por Stone, su verdadero amor por él, brillaba a través de su envoltura de entrenamiento convencional. La adoración de Stone era claramente su pasión principal. Como muchos hombres competentes, Van Rieten tenía una veta de duro egoísmo en él. Entonces salió a la superficie.

El hombre probablemente estaba más allá de cualquier ayuda. Desviar nuestra marcha en un viaje de siete días completos (felicitó a Etcham por sus poderes de marcha) podría arruinar nuestra expedición por completo.


III

Van Rieten tenía la lógica de su lado. Etcham se sentó junto a él, disculpándose como un estudiante de cuarto curso ante un director. Van Rieten dijo:

—Iré tras los pigmeos, arriesgando mi vida. Después de eso, intentaré ayudar a Stone.

—Quizás, entonces, esto te interese —dijo Etcham, muy tranquilamente.

Sacó dos objetos del bolsillo y se los entregó a Van Rieten. Eran redondos, más grandes que ciruelas y más pequeños que melocotones, aproximadamente del tamaño adecuado para encerrarlos en una mano promedio. Eran negros y, al principio, no vi lo que eran.

—¡Pigmeos! —exclamó Van Rieten—. ¡Pigmeos! ¡No tendrían ni dos pies de altura! ¿Quiere decir que son cabezas de adultos?

—No afirmo nada —respondió Etcham de manera uniforme—. Puedes verlo por ti mismo.

Van Rieten me pasó una de las cabezas. El sol se estaba poniendo y la examiné de cerca. Era una cabeza seca, perfectamente conservada y la carne era tan dura como la carne de vacuno argentino. Un trozo de vértebra sobresalía donde los músculos del cuello desaparecido se habían arrugado en pliegues. El mentón diminuto era afilado en una mandíbula saliente, los diminutos dientes blancos e incluso entre los labios retraídos, la nariz diminuta era plana, la frente pequeña retrocedía, había grupos insignificantes de lana atrofiada en el cráneo liliputiense. No había nada infantil o juvenil en la cabeza, más bien estaba madura hasta la senilidad.

—¿De dónde viene esto? —preguntó Van Rieten.

—No lo sé —respondió Etcham—. Los encontré entre los efectos de Stone mientras buscaba medicinas o drogas o cualquier cosa que pudiera ayudarlo. No sé de dónde los sacó. Pero juro que no los tenía cuando entramos en este distrito.

—¿Estás seguro? —preguntó Van Rieten, con los ojos muy abiertos y fijos en los de Etcham.

—Muy seguro —ceceo Etcham.

—Pero, ¿cómo pudo conseguirlos sin tu conocimiento? —objetó Van Rieten.

—A veces estábamos separados diez días seguidos, cazando —dijo Etcham—. Stone no es un hombre que habla demasiado. No me dio cuenta de sus actos y Hamed Burghash mantiene la lengua quieta y controla con fuerza a los hombres.

—¿Ha examinado estas cabezas? —preguntó Van Rieten.

—Superficialmente —dijo Etcham.

Van Rieten sacó su cuaderno. Era un tipo metódico. Arrancó una hoja, la dobló y la dividió en tres partes iguales. Me dio una y otra a Etcham.

—Solo para poner a prueba mis impresiones —dijo—, quiero que cada uno de nosotros escriba por separado lo que más le recuerdan estos jefes. Entonces quiero comparar los escritos.

Le entregué un lápiz a Etcham y él escribió. Luego me lo devolvió y escribí.

—Lee los tres —dijo Van Rieten, entregándome su pieza.

Van Rieten había escrito:

—Un viejo médico brujo de Balunda.

Etcham había escrito:

—Un viejo fetiche Mang-Battu.

Yo escribí:

—Un viejo mago de Katongo.

—¡Ahí! —exclamó Van Rieten—. ¡Mira eso! No hay nada de Wagabi o Batwa o Wambuttu o Wabotu en estas cabezas. Tampoco nada pigmeo.

—Lo pensé mucho —dijo Etcham.

—¿Y dices que no los tenía antes?

—Con certeza, no —afirmó Etcham.

—Vale la pena hacer un seguimiento —dijo Van Rieten—. Iré contigo. Y, en primer lugar, haré todo lo posible para salvar a Stone.

Extendió la mano y Etcham la apretó en silencio. Estaba agradecido.


IV

Nada más que la fiebre de solicitud de Etcham podría haberlo llevado por la pista en cinco días. Le tomó ocho días volver sobre sus pasos con pleno conocimiento de ello. No podríamos haberlo hecho en siete, y Etcham nos instó, con una furia reprimida de ansiedad, no una mera fiebre del deber hacia su jefe, sino un verdadero ardor de devoción, un brillo de adoración personal por Stone que quemaba bajo su seco exterior convencional.

Encontramos a Stone bien cuidado. Etcham se había encargado de hacer un buen cerco de espinas altas alrededor del campamento, las cabañas estaban bien construidas y la de Stone era tan buena como lo permitían sus recursos. La reputación de Hamed Burghash no era exagerada. Tenía en él la formación de un sultán. Había mantenido juntos a los Mang-Battu, ningún hombre se había escapado y los había mantenido en orden. También fue un hábil enfermero y un fiel sirviente.

Los otros dos hombres de Zanzíbar habían realizado una caza digna de crédito. Aunque todos tenían hambre, el campamento estaba lejos de morir de inanición.

Stone estaba en un catre de lona y había una especie de taburete plegable junto a él. Tenía una botella de agua y algunos viales y el reloj de Stone, también su navaja en su estuche.

Stone estaba limpio y no demacrado, pero estaba muy aturdido; era incapaz de mandar o resistir a nadie. No pareció vernos entrar ni saber que estábamos allí.

Debería haberlo reconocido en cualquier lugar. Pero su estilo y gracia juveniles se habían desvanecido por completo, por supuesto. Su cabeza era aún más leonina; su cabello todavía era abundante, amarillo y ondulado; la barba rubia, tupida y tersa que se había dejado crecer durante su enfermedad no se alteró. Todavía era grande, de torso ancho. Sus ojos estaban apagados y balbuceaba meras sílabas sin sentido, no palabras.

Etcham ayudó a Van Rieten a descubrirlo y examinarlo. Estaba en buena forma para un hombre postrado tanto tiempo.

No tenía cicatrices excepto en las rodillas, los hombros y el pecho. En cada rodilla y por encima de ella tenía una veintena de cicatrices redondeadas y una docena o más en cada hombro, todas al frente. Dos o tres estaban abiertas y cuatro o cinco apenas cicatrizaron. No tenía hinchazones frescas excepto dos, una a cada lado, en los músculos pectorales, la de la izquierda estaba más arriba y más lejos que la otra. No parecían forúnculos o ántrax, sino como si algo duro y desafilado estuviera siendo empujado hacia arriba a través de la piel.

—No debería sangrarlas —dijo Van Rieten, y Etcham asintió.

Hicieron que Stone se sintiera lo más cómodo posible y, justo antes del atardecer, volvimos a mirarlo. Estaba acostado de espaldas, y su pecho parecía grande y macizo todavía, pero yacía como en un estupor. Dejamos a Etcham con él y fuimos a la siguiente cabaña, que Etcham nos había entregado. Los ruidos de la jungla no eran diferentes allí que en cualquier otro lugar durante los últimos meses, y pronto me quedé profundamente dormido.


V

En algún momento en la oscuridad total me encontré despierto y escuchando. Podía escuchar dos voces, una de Stone, la otra sibilante y jadeante. Conocí la voz de Stone. La otra no se parecía a nada de lo que recordaba. Tenía menos volumen que el llanto de un bebé recién nacido, pero un insistente poder de carga, como el chillido de un insecto. Escuché a Van Rieten respirar cerca de mí en la oscuridad. Se dio cuenta de que yo también estaba escuchando. Como Etcham, conocía poco de Balunda, pero pude distinguir una palabra o dos. Las voces se alternaron con intervalos de silencio entre ellas.

Entonces, de repente, ambas sonaron a la vez y rápido, el bajo barítono de Stone, pleno como si estuviera en perfecto estado de salud, y ese falsete increíblemente estridente, ambos parloteando a la vez como las voces de dos personas que se pelean y tratan de hablarse entre sí.

—No puedo soportar esto —dijo Van Rieten—. Echémosle un vistazo.

Tenía una de esas linternas eléctricas cilíndricas. Lo buscó a tientas, tocó el botón y me hizo señas para que lo acompañara. Fuera de la cabaña, me indicó que me quedara quieto e instintivamente apagó la luz, como si ver dificultara la escucha.

Excepto por un tenue resplandor de las brasas del fuego de los portadores, estábamos en completa oscuridad, la luz de las pequeñas estrellas luchaba a través de los árboles, el río no hacía más que un leve murmullo. Podíamos escuchar las dos voces juntas y luego, de repente, la voz chirriante se transformó en un silbido cortante, indescriptiblemente cortante, continuando a través del torrente de gruñidos de palabras de Stone.

—¡Dios! —exclamó Van Rieten.

De repente, encendió la luz.

Encontramos a Etcham completamente dormido, exhausto por su larga ansiedad y los esfuerzos de su fenomenal marcha, relajado ahora que su carga, en cierto sentido, había pasado de sus hombros a los de Van Rieten. Ni siquiera la luz en su rostro lo despertó.

El silbido había cesado y las dos voces ahora sonaban juntas. Ambas venían del catre de Stone, donde el rayo blanco concentrado lo mostraba acostado tal como lo habíamos dejado, excepto que se había echado los brazos por encima de la cabeza y se había arrancado las mantas y vendas del pecho.

La hinchazón de su pecho derecho se había disipado. Van Rieten apuntó la línea central de la luz hacia él y lo vimos claramente.

De su carne, crecida de ella, sobresalía una cabeza, una cabeza como las muestras secas que nos había mostrado Etcham, como si fuera una miniatura de la cabeza de un fetiche Balunda. Era negra, negra brillante como la piel africana más negra; hizo rodar el blanco de sus ojos malvados y diminutos y mostró sus dientes microscópicos entre labios repulsivamente negroides. Tenía lana crujiente en su cráneo, se volvía malignamente de un lado a otro y chillaba incesantemente en ese inconcebible falsete. Stone balbuceó entrecortadamente contra su golpeteo.

Van Rieten se apartó de Stone y despertó a Etcham con cierta dificultad. Cuando lo logró, lo vio todo, Etcham lo miró fijamente y no dijo una palabra.

—¿Lo viste cortar las dos hinchazones? —preguntó Van Rieten.

Etcham asintió, ahogado.

—¿Sangra mucho? —preguntó Van Rieten.

—Muy poco —respondió Etcham.

—Sujeta sus brazos —le dijo Van Rieten a Etcham.

Tomó la navaja de Stone y me entregó la luz. Stone no mostró señales de ver la luz o de saber que estábamos allí. Pero la cabecita maulló y chilló.

La mano de Van Rieten era firme, y el movimiento de la navaja era uniforme y certero. Stone sangró sorprendentemente poco y Van Rieten vendó la herida como si hubiera sido un hematoma o un rasguño.

Stone había dejado de hablar en el instante en que cortaron la cabeza excrecente. Van Rieten me quitó la luz. Tomando una pistola, escudriñó el suelo junto al catre y bajó la culata una y dos veces, con saña. Regresamos a nuestra cabaña, pero dudo que haya dormido.


VI

Al día siguiente, cerca del mediodía, a plena luz del día, escuchamos las dos voces desde la cabaña de Stone. Encontramos que Etcham se quedó dormido a su cargo. La hinchazón de la izquierda había desaparecido, y otra cabeza estaba allí murmurando y farfullando. Etcham se despertó y los tres nos quedamos mirándonos. Stone intervino vocablos roncos en el tintineante gorgoteo del enunciado del presagio.

Van Rieten dio un paso adelante, tomó la navaja de Stone y se arrodilló junto al catre. La atomía de una cabeza le chilló un gruñido jadeante. Entonces, de repente, Stone habló en inglés.

—¿Qué haces tú con mi navaja?

Van Rieten retrocedió y se puso de pie.

Los ojos de Stone ahora estaban claros y brillantes, deambulaban por la cabaña.

—El fin —dijo—. Reconozco el final. Me parece ver a Etcham, como en la vida. ¡Pero Singleton! ¡Ah, Singleton! ¡Los fantasmas de mi niñez vienen a verme pasar! ¡Y tú, extraño espectro de la barba negra, y mi navaja! ¡Todos vosotros!

—No soy un fantasma, Stone —logré decir—. Estoy vivo. También lo están Etcham y Van Rieten. Estamos aquí para ayudarte.

—¡Van Rieten! —exclamó—. Mi trabajo pasa a manos de un mejor hombre. Que la suerte te acompañe.

Van Rieten se acercó a él.

—Quédate quieto un momento, viejo —dijo con dulzura—. Será sólo una punzada.

—Me he quedado quieto durante muchas punzadas —respondió Stone con bastante claridad—. Déjame morir a mi manera. Puedes cortar diez, cien, mil cabezas, pero no puedes cortar ni remover la maldición. Lo que está empapado en el hueso no saldrá de la carne, como tampoco lo que se crió allí. Déjame. Promételo.

Su voz tenía todo el antiguo tono autoritario de su niñez e influyó en Van Rieten como siempre había influido en todo el mundo.

—Lo prometo —dijo Van Rieten.

Los ojos de Stone se nublaron de nuevo.

Luego, los tres nos sentamos alrededor de Stone y observamos cómo ese espantoso y balbuceante prodigio surgía de su carne: aparecieron dos horribles bracitos negros y alargados. Las uñas infinitesimales eran perfectas, la mancha rosada en la palma era horriblemente natural. Estos brazos gesticularon y el derecho se dirigió hacia la barba rubia de Stone.

—No puedo soportar esto —exclamó Van Rieten y volvió a tomar la navaja.

Al instante, los ojos de Stone se abrieron, duros y brillantes.

—¿Romperás tu palabra? —pronunció lentamente.

—¡Nunca! Pero debemos ayudarte —jadeó Van Rieten.

—Estoy más allá de toda ayuda y de todo dolor —dijo Stone—. Esta es mi hora. Esta maldición no ha sido puesta sobre mí; surgió de mí, como este horror aquí. Me voy.

Cerró los ojos y nos quedamos indefensos mientras la figura adherida soltaba frases estridentes. Al cabo de un momento, Stone volvió a hablar.

—¿Hablas todas las lenguas? —preguntó espesamente.

Y el homúnculo emergente respondió en repentino inglés:

—Sí, en verdad —dijo, sacando su lengua microscópica, retorciendo sus labios y moviendo su cabeza de lado a lado.

Podíamos ver las costillas filiformes de sus exiguos flancos agitarse como si la cosa respirara.

—¿Ella me ha perdonado? —preguntó Stone, casi ahogado.

—No mientras el musgo cuelgue de los cipreses —chilló la cabeza—. No mientras las estrellas brillen en el lago Pontchartrain.

Y entonces, Stone, con un solo movimiento, se tiró de costado. Al instante siguiente, estaba muerto.

***


Cuando la voz de Singleton cesó, la habitación se calló durante un rato. Podíamos oírnos respirar. Twombly, el falto de tacto, rompió el silencio.

—Supongo —dijo—, que cortó el homúnculo y lo trajo a casa en alcohol.

Singleton le miró con semblante severo.

—Enterramos a Stone —dijo— sin mutilarlo.

—Pero —dijo el inconcebible Twombly—, todo es increíble.

Singleton se puso rígido.

—No esperaba que lo creyeras —dijo—. Comencé diciendo que, aunque lo escuché y lo vi todo, cuando miro hacia atrás, no puedo creerlo.

Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Lucas White.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edward Lucas White: Lukundoo (Lukundoo), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Lukundoo y otros relatos»: Edward Lucas White; libro y análisis


«Lukundoo y otros relatos»: Edward Lucas White; libro y análisis.




Lukundoo y otros relatos (Lukundoo and Other Stories) es una colección de relatos de terror del escritor norteamericano Edward Lucas White (1866-1934), publicado en 1927.

Lukundoo y otros relatos es una antología realmente interesante, la cual agrupa algunos de los mejores cuentos de Edward Lucas White, casi todos vinculados al relato fantástico, en especial uno de ellos, quizás el más famoso de su producción literaria: Lukundoo, basado en una pesadilla del autor.




Lukundoo y otros relatos.
Lukundoo and Other Stories, Edward Lucas White (1866-1934)
  • Amina (Amina)
  • La casa de las pesadillas (The House of the Nightmare)
  • Lukundoo (Lukundoo)
  • Alfandega (Alfandega)
  • El cinturón de piel de cerdo (The Pig-Skin Belt)
  • El hocico (The Snout)
  • El mensaje en la pizarra (The Message on the Slate)
  • El rompecabezas (The Picture Puzzle)
  • La espada de Floki (Floki's Blade)
  • La isla de la brujería (Sorcery Island)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Lucas White.


El análisis y resumen del libro de Edward Lucas White: Lukundoo y otros relatos (Lukundoo and Other Stories), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Edward Lucas White: relatos y novelas


Edward Lucas White: relatos y novelas.




Edward Lucas White (1866-1934) fue un reconocido escritor norteamericano dedicado al relato fantástico y la novela de ciencia ficción, siendo además autor de algunas de las novelas distópicas más notables de la época. Por otro lado, los cuentos de Edward Lucas White también exploran algunas facetas interesantes del relato de terror.

En esta sección iremos recorriendo los mejores relatos y novelas de Edward Lucas White.




Obras completas de Edward Lucas White.
  • Amina (Amina)
  • La casa de las pesadillas (The House of the Nightmare)
  • La Ghoula (The Ghoula)
  • Lukundoo (Lukundoo)
  • Lukundoo y otros relatos (Lukundoo and Other Stories)
  • Alfandega (Alfandega)
  • Andivius Hedulio (Andivius Hedulio)
  • Aventuras de un noble romano en los días del Imperio (Adventures of a Roman Nobleman in the Days of the Empire)
  • Azrael (Azrael)
  • Canea (Canea)
  • Disvola (Disvola)
  • Dodona (Dodona)
  • El cinturón de piel de cerdo (The Pig-Skin Belt)
  • El diente (The Tooth)
  • El estertor de la muerte (The Death Rattle)
  • El estribo de hierro (The Stirrup Iron)
  • El hocico (The Snout)
  • El hombre correcto (The Right Man)
  • El mensaje en la pizarra (The Message on the Slate)
  • El punto de inflexión (The Turning Point)
  • El rompecabezas (The Picture Puzzle)
  • El Supremo: el romance del gran dictador del Paraguay (El Supremo: A Romance of the Great Dictator of Paraguay)
  • Genio (Genius)
  • Gertrude (Gertrude)
  • Helen (Helen)
  • Isla de la brujería (Sorcery Island)
  • La canción de las sirenas (The Song of the Sirens)
  • La espada de Floki (Floki's Blade)
  • La garganta del remolino (The Whirlpool Gorge)
  • La Ghoula (The Ghoula)
  • La oreja del elefante (The Elephant's Ear)
  • La pantera de Skewbald (The Skewbald Panther)
  • Larbas (Larbas)
  • La rubia sorprendente (The Startling Blonde)
  • Las voces (The Voices)
  • La Vestal poco dispuesta (The Unwilling Vestal)
  • Los buitres (The Buzzards)
  • Los nadadores (The Swimmers)
  • Mandola (Mandola)
  • Sesta (Sesta)
  • Un cuento de la Roma de los Césares (A Tale of Rome Under the Caesars)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Lucas White.


El artículo: Edward Lucas White: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Poema de Robert E. Howard
Poema de Walter de la Mare
Relato de Charles Beaumont.


Poema de Clark Ashton Smith.
Poema de H. P. Lovecraft.
Relato de Bernard Capes.