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Historia de los Sueños Lúcidos

Historia de los Sueños Lúcidos.


Un título pretencioso, sin dudas, pero oportuno para ampliar nuestros primeros comentarios sobre los Sueños Lúcidos.

El primer paso en nuestro recorrido por la historia del Sueño Lúcido nos lleva a la Grecia Antigua, donde comienzan a ser vistos como un fenómeno portentoso. El primer autor griego en dar cuenta del Sueño Lúcido, es decir, sueños donde el soñante sabe que está soñando, fue nada menos que Homero.

A lo largo de su obra podemos encontrar al menos media docena de personajes que son conscientes de su sueño, aunque luego Aristóteles profundizaría este fenómeno de la mente, estimando que existen sueños en los que el soñador puede ser perfectamente consciente de su estado.

No obstante estas apariciones antiguas, y muy sucintas, la primera experiencia registrada sobre un Sueño Lúcido se produjo en la Edad Media, a través San Agustín, quien en una carta fechada en el año 415 da cuenta de un extraño Sueño Lúcido perteneciente al fisiólogo Gennadius. Ya en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino ensayó una explicación para el Sueño Lúcido, calculando que estos se producen con mayor frecuencia durante las últimas horas de descanso.

Otro personaje especialmente inclinado a tener Sueños Lúcidos fue el filósofo René Descartes, quien anotó y comentó una sucesión formidable de episodios oníricos en las noches del 10 y el 11 de noviembre de 1619. Thomas Reid, filósofo escocés y fundador del Wise Club, el club sabio, mencionó en 1779 una experiencia inquietante. Al parecer, logró inducirse voluntariamente en un Sueño Lúcido cuando tenía apenas catorce años de edad. Friedrich Nietzsche también confesó que era capaz de soñar conscientemente, aunque jamás ofrece detalles sobre sus experiencias.

Recién en 1867 el Sueño Lúcido recibió su primer acercamiento científico. El hallazgo le corresponde a Léon d'Hervey de Saint-Denys y su obra: Los sueños la manera de dirigirlos (Les rêves et les moyens de les diriger), donde recopiló más de dos décadas de investigación onírica. Este libro prohibido es el primero en sugerir que es posible aprender a soñar conscientemente; y no solo eso, sino que asegura que cualquiera puede "programar sus sueños" y de esa forma controlarlos.

A pesar de que Léon d'Hervey de Saint-Denys utilizó el término "sueño lúcido", su formalización corresponde a las investigaciones del poeta y psiquiatra holandés Frederik van Eeden. En su informe de 1913: Un estudio sobre de los sueños (A Study of Dreams), editado por la Society for Psychical Research, recoge la cifra para nada despreciable de 350 Sueños Lúcidos de su propia cosecha.

Con estos antecedentes no es asombroso que Sigmund Freud se halla interesado en los Sueños Lúcidos. De hecho, aceptó la posibilidad del libre albedrío dentro de los sueños, ejercido por una mente consciente de que está soñando, e incluso comenta elogiosamente la obra de Léon d'Hervey de Saint-Denys es su estudio: La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung).

Más adelante, un acólito fervoroso de Sigmund Freud, Sándor Ferenczi, insistió sobre la posibilidad de los Sueños Lúcidos, acordando con el maestro que existen casos documentados de personas que pueden alterar voluntariamente el contenido del sueño.

En este punto conviene detenernos y reparar por un instante en la paradoja del Sueño Lúcido

Alfred Maury fue el primero en advertir, tal vez por falta de información, que "soñar conscientemente" es un oximoron insoslayable, y sostuvo que si un sueño es lúcido de ninguna forma deberíamos clasificarlo como sueño. A este debate filosófico sobre la cuestión de los Sueños Lúcidos se sumó el pensador Norman Malcolm, quien afirmó que cualquier experiencia consciente nunca podría incluirse dentro de "eso que llamamos dormir".

Durante las primeras décadas del siglo XX surgieron grandes defensores del Sueño Lúcido, como Yves Delage, Mary Arnold-Forster, el filósofo ruso Ouspensky, por mencionar solo algunos; aunque en líneas generales la comunidad científica siempre ha sido cautelosa al respecto. Uno de los más elegantes refutadores de los Sueños Lúcidos fue Bertrand Lefebvre, quien especuló que ese estado de consciencia onírica no se produce realmente dentro del sueño, sino de breves microdespertares a lo largo de la noche.

Recién en 1953, con los descubrimientos de Nathaniel Kleitman y Eugene Aserinsky sobre las fases del sueño REM, los Sueños Lúcidos pasaron de la especulación teórica a la observación directa. En 1959, Michel Jouvet advirtió que durante el sueño REM la actividad cerebral es comparable con la de la vigilia, aunque desechó el término Sueño Lúcido y, en cambio, acuñó el de Sueño Paradójico.

Con la llegada de los encefalogramas, la observación de los sueños se profundizó notablemente. Se demostró que durante el Sueño Lúcido la orientación de la mirada dentro del material onírico coincidía con los movimientos oculares del sujeto. La prueba más contundente al respecto se produjo el 12 de abril de 1975. El científico Keith Hearne, de la Universidad de Hull, Inglaterra; demostró la prueba de consciencia onírica de su sujeto, llamado Alan Worsley, a través de un código ocular acordado previamente.

Mientras en Occidente se debatía sobre la existencia o no de los Sueños Lúcidos, en Oriente se los utilizaba desde tiempos inmemoriales. El budismo tibetano, sobre todo, ofrece distintas técnicas de meditación que le permiten al sujeto reconocer que está soñando, y de ese modo alterar la dimensión ilusoria del material onírico. 

Estas técnicas, originadas en la India y recogidas por la filosofía del Yoga, hunden sus raíces en el chamanismo; es decir, en los primeros intentos de acceder al mundo de los sueños de forma consciente, a veces a través de infusiones poco recomendables para nuestro espíritu burgués; más interesado en asignarle un valor desmedido a los hechos pragmáticos y banales de la "realidad" que los fantásticos sucesos del Inconsciente.



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