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«Señor Topo»: Allison V. Harding; relato y análisis.


«Señor Topo»: Allison V. Harding; relato y análisis.




Señor Topo (The Underbody) —también traducido como El cadáver del señor topo— es un relato de terror de la escritora norteamericana Allison V. Harding (1919-2004), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1949 de la revista Weird Tales.

Señor Topo, uno de los grandes cuentos de Allison V. Harding, relata la historia de Jamie, un chico de seis años que afirma haber visto a un extraño hombre medio enterrado en un campo cercano a su casa, a quien llama Señor Topo [Mister Mole].

El padre de Jamie, el doctor Holland, diagnostica la experiencia de su hijo como un típico caso de imaginación hiperactiva, incluso se enorgullece, ya que estas «fantasías» son una señal precoz de inteligencia. Decide acompañar al chico al lugar del avistamiento, creyendo que el Señor Topo forma parte de la mitología de algún juego infantil, pero cuando llega al lugar descubre algo inquietante:


«La cosa en el agujero era... un hombre. O lo había sido. Estaba vestido con una chaqueta, camisa, pantalones marrones y zapatos. Su piel tenía algo del color de la tierra, y había tierra saliendo de sus fosas nasales, orejas y por las comisuras de la boca. Tenía los ojos abiertos.»


El doctor Holland verifica los signos vitales de la «cosa», pero no encuentra pulso. Regresa a la casa con su hijo y le ordena que no vuelva al lugar. Más tarde, él mismo regresa al sitio del avistamiento, equipado con sus elementos médicos, pero el Señor Topo ha desaparecido. El doctor Holland se tranquiliza con una hipótesis racional: tal vez el asunto está relacionado con profanadores de tumbas.

Días después, Jamie irrumpe en la biblioteca familiar y le dice a su padre que el Señor Topo lo ha invitado a dar un paseo... «por abajo». Cuando otro niño de la zona comenta la misma experiencia [el hijo del vecino, Eddie, también de seis años] el doctor Holland y su vecino, Ed Quinlan, comienzan a investigar con mayor profundidad. El propio Ed sostiene haber visto al Señor Topo en la oscuridad:


«Doc, lo vi con mis propios ojos. Todo manchado de tierra, como sonriendo. Era el tipo más espeluznante que jamás haya visto. Lo toqué. No tenía más calor que un árbol (...) Estaba boca arriba con tierra y todo saliendo de su boca, pero cuando miré de nuevo podría jurar que se había dado la vuelta. Todavía tenía esa sonrisa en su rostro, sólo que no era una sonrisa agradable. Parecía estar disfrutando.»


Quinlan es un hombre práctico, poco imaginativo pero de buen corazón. Esto convence a Holland de que realmente hay «algo» en los campos circundantes, y que «es un hombre, o lo fue alguna vez». Días después las cosas parecen tranquilizarse. No hay nuevos incidentes y, tras una rápida investigación en los periódicos locales, no se descubre ninguna desaparición que pueda asociarse al Señor Topo. Sin embargo, una mañana de niebla Quinlan se presenta en la casa de Holland «con un bulto en brazos»:


«Había suciedad en todo el pequeño Eddie; la tierra en sus ojos, boca y oídos se había convertido en barro por la lluvia. Era evidente que el joven había muerto por asfixia, pero no por la presión de manos alrededor de su cuello, sino por hundirse muy, muy profundamente en la tierra.»


Voluntariamente o por el poder de «fascinación» de la cosa, el pequeño Eddie siguió al Señor Topo «por abajo». Quinlan encontró a su hijo en un agujero cerca de su casa.

Allison V. Harding es una precursora de Stephen King [que de hecho la admiraba], y Señor Topo es uno de sus cuentos más oscuros. Una vez más la autora demuestra su macabra disposición a representar las mayores atrocidades perpetradas contra niños pequeños [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]. Tal es así que el Señor Topo rivaliza con Pennywise, aunque sus habilidades son más discretas. No asume la forma de los miedos particulares de sus víctimas, sino que vive [o no-muere] bajo tierra, atrayendo a niños inocentes a su muerte. En el caso de Jamie, el Señor Topo finge estar atrapado en un pozo poco profundo detrás de su casa [ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico]

También hay algo arquetípico en esta entidad sobrenatural, parecida a un cadáver, que atrae a los niños bajo tierra; de hecho, bien podría formar parte del catálogo de horrores de los cuentos de hadas. La mamá de Jamie está ausente, como en todos los cuentos de hadas; y la madre de Eddie, el otro chico atraído por la criatura, está muerta. De algún modo, la atracción de estos dos chicos, cuyas madres están ausentes, resuena en el motivo freuidiano del deseo de retorno a la vida intrauterina.

La reacción del doctor Holland y Quinlan tiene algo de tribal. Forman un grupo de caza para detener a la criatura, pero con resultados desastrosos. Durante la búsqueda, Jamie desaparece en un agujero:


«El médico redobló sus esfuerzos frenéticamente, arañando, poniéndose en cuatro patas. Finalmente encontró lo que sabía que estaba allí, y, sacudiendo la tierra que lo cubría, lo puso en el borde del hoyo que había excavado con sus manos… un bulto similar al que Quinlan le había traído la noche anterior, igualmente sin vida.»


Señor Topo es una historia impactante, incluso para los estándares del siglo XXI. El lector moderno del género, curtido por las escalofriantes historias de Stephen King protagonizadas por niños, apreciará esta obra maestra de Allison V. Harding, que no muestra ningún reparo en describir horribles muertes de inocentes. El efecto final es algo así como un espantoso cuento de hadas... iba agregar «para adultos», pero todos los cuentos de hadas [al menos los buenos] lo son [ver: Porqué los cuentos de hadas no son para chicos]

Todos los relatos de Allison V. Harding se desarrollan en un entorno contemporáneo, pero incorporan una variedad de temas extravagantes, fuera de lugar y tiempo en esa contemporaneidad. Aquí, Jamie se enfrenta a una amenaza primordial, prehumana, algo contra lo cual la ortodoxia moderna es ineficaz. Para luchar contra Señor Topo es necesario apelar a recursos atávicos, anteriores a las recetas profilácticas contra vampiros y hombres lobo.

Ahora bien, ¿qué es el Señor Topo?

La primera descripción que obtenemos [«chaqueta, camisa, pantalones marrones»] insinúa que podría tratarse de un elemental, habida cuenta que su piel tiene «el color de la tierra» y hay «tierra saliendo de sus fosas nasales, orejas y por las comisuras de la boca». Incluso podría tratarse de un miembro particularmente desagradable de la raza feérica [ver: Lo Subterráneo en la ficción]

Las víctimas del Señor Topo aparecen asfixiadas, «no por sus manos», sino por la falta de aire en el interior de los agujeros. Básicamente respiran tierra hasta que esta llena sus pulmones. Es una muerte espantosa.

Por otro lado, la criatura no parece alimentarse físicamente. Los cuerpos de Eddie y Jamie están intactos, de modo que debe estar alimentándose de algo más, aunque también existe la posibilidad de que el Señor Topo esté actuando por pura crueldad y malevolencia. En los tres casos que presenta la historia [Eddie, Jamie y Janice], se trata de chicos imaginativos, que «creen en los cuentos de hadas». Sin embargo, ninguno de ellos parece asustado por la criatura, incluso se sienten atraídos, «fascinados» por el Señor Topo, y eventualmente lo siguen a dar un paseo «por abajo». ¿Acaso Allison V. Harding está explorando una macabra variante del cuento del Flautista de Hamelin?

La dinámica es similar: el Señor Topo «encanta» a los niños y los obliga a abandonar sus casas e irse con él, en este caso, bajo tierra. Pero, en el Flautista, los aldeanos no pagan los honorarios del encantador, de modo que este se lleva a los niños como venganza. ¿Cuál ha sido la falta de Holland, Quinlan, y los padres de Janice? Allison V. Harding no lo especifica, pero podría tener algo que ver con cierto desapego de la imaginación infantil, del universo de la propia infancia. Holland es un hombre de ciencia, un tipo racional. Quinlan es un sujeto prágmático. Toman todas las decisiones equivocadas porque están preparados para lidiar con un pervertido, con un loco, no con un Monstruo.




Señor Topo.
The Underbody, Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Caía una suave lluvia de verano que significaba «quédate adentro», pero como mamá no estaba, Jamie salió corriendo por la puerta trasera (papá estaba leyendo en la biblioteca y la cocinera en la cocina, horneando), atravesando el césped y bajando por el sendero que discurría hacia el prado.

El doctor Holland estaba sentado en su sillón de cuero favorito de la biblioteca, medio leyendo pero más interesado en mirar por la ventana. Hacía suficiente calor como para estar en mangas de camisa; se alegró de que no hubiera pacientes que necesitaran su atención esa tarde, porque, al igual que los gorriones afuera, se sentía reacio a moverse en el calor y la humedad.

No se oía ningún sonido excepto el suave silbido de la lluvia al tocar la tierra sobrecalentada por el sol de la mañana, y los alegres ruidos ocasionales de Amanda, en la cocina, preparando un pastel. Amanda era uno de esos tesoros campestres que se encuentran en los pueblos pequeños. Hacía exactamente lo que había que hacer, como en esta ocasión, por ejemplo, cuando la esposa de Albert Holland había atravesado el estado para una visita de dos semanas con su propia familia.

Era agradable sentarse así, sin hacer nada: la revista médica que tenía en la mano tenía un artículo interesante, pero no tenía que leerlo esa tarde. Se preguntó distraídamente qué tipo de pastel estaría preparando Amanda, esperando que fuera uno de esos blancos y espesos con glaseado de chocolate y relleno de gelatina. Y fue justo en ese momento que escuchó a Jamie aullar y gritar, el sonido de su voz de niño pequeño proveniente del exterior, haciéndose más fuerte a medida que las pequeñas piernas lo acercaban más.

Jamie tenía un secreto. Era el mayor secreto que jamás había tenido. Demasiado grande para que su emoción quede contenida en su pequeño cuerpo vestido llamativamente con el disfraz de vaquero de la Navidad pasada. Después de mirar para estar seguro, se escapó corriendo por el campo y subió la colina del prado, saltó el muro de piedra y cruzó el césped, sus pequeños pies salpicando los charcos. Comenzó a llamar antes de llegar a la casa y su padre lo recibió en la puerta trasera.

—¡Joven, entra y límpiate los pies!

—¡Papá! —jadeó Jamie, sin aliento.

Su padre lo llevó a la biblioteca.

—¿No habrías estado jugando a los vaqueros bajo esta lluvia, no?

—¡Tienes que ver esto, papá!

La voz del niño subió hasta un punto in crescendo y tiró de la mano de su padre.

—Joven, no será bueno para ninguno de los dos si te resfrías. Tu madre se asegurará de eso. Será mejor que subas y te cambies. Déjame sentir esos calcetines.

—¡Pero, papá! ¡Papá...!

—¡Sí, están mojados! Ahora sube las escaleras.

—Pero hay un hombre ahí afuera, en el campo. ¡Papá, estaba tirado en el suelo, mirándome!

—Sube las escaleras, joven, y quítate ese disfraz. Si quieres ponerte botas y un impermeable, te acompañaré. ¿Qué dijiste que era... un jefe indio?

—No es ningún jefe indio, papá. ¡Es un hombre en un agujero en el suelo!

—Si quieres que salga contigo y te ayude a cazar a Búfalo Bill, primero sube y haz lo que te dije.

El niño se alejó ruidosamente. Unos momentos más tarde, padre e hijo cruzaron el césped, la valla de piedra y se adentraron en los campos que había más allá. La llovizna había terminado, pero la niebla había tomado su lugar y se aferraba con dedos grises al prado.

—No tires así, Jamie. Queremos acercarnos sigilosamente, con cuidado. ¡No quiero que me atraviese una flecha, compañero!

La emoción de Jamie aumentó cuando llegaron al otro lado del prado. Se detuvo entre un peñasco y un tocón, miró al suelo y luego levantó la vista hacia su padre.

—El Señor Topo estaba ahí. ¡Papá, ahí mismo! —señaló.

Había tierra recién removida allí, con la parte superior embarrada por la lluvia, como si el propio Jamie o alguien más hubiera usado una pala. El doctor Holland la tocó con la punta de su bota. No había nada.

—Supongo que los indios lo atraparon antes que nosotros, Jamie. ¡O tal vez lo atrapó un puma!

—Él estaba justo allí. ¡Papá!

El médico se rió y rodeó a su hijo con un brazo.

—Volvamos a casa, jovencito.

Le gustaba que el chico fuera imaginativo. Para él, era una señal de inteligencia, y eso nunca desagrada a los padres.

Esa noche, durante la cena, Jamie parecía inusualmente tranquilo, y el doctor Holland se preguntó si había aprovechado lo suficiente del episodio. Para complacer a su hijo, volvió a sacar el tema.

—¿Por qué llamaste a esa alimaña Señor Topo, Jamie?

—Porque estaba en el suelo, atrapado en el suelo, papá.

Por las mañanas, el médico se las ingeniaba para prepararles el desayuno.

—No soy muy buen cocinero, Helen —le había confiado a su esposa, pero ella se rió y dijo:

—¡Bueno, no pasarán hambre con Amanda!

Más tarde esa mañana en particular, el horario requería que él recogiera los víveres y Amanda haría su magia en la cocina. El doctor Holland estaba pasando un mal rato preparando los platos del desayuno cuando Jamie entró corriendo en la cocina.

—¡Es el señor Topo otra vez!

—Jamie.. Mira, has dejado rastros de suciedad otra vez. No me importa, pero sabes que tu madre te dijo que no hicieras eso. Además, significa que Amanda tendrá que limpiarlo. Quizás sea mejor que lo hagamos nosotros.

—¡Rápido, papá! —el niño ya estaba tirando del delantal del doctor Holland—: ¡Rápido, antes de que el Señor Topo se vaya!

El Doctor salió, poco dispuesto, pero obligado por la urgencia de su pequeño hijo, a salir por la puerta trasera y cruzar el césped; esta vez mucho más cerca de la casa, justo encima del muro de piedra. Había un agujero; lo cual era curioso porque no lo había notado antes. Había una pala... y dentro de ella…

El doctor Holland se detuvo tan abruptamente que su mano en la de Jamie hizo que el niño perdiera el equilibrio hacia atrás.

—¡Mira, papá! ¡Mira, es el Señor Topo, como te dije!

Había que dar dos pasos hasta el agujero en el suelo y el doctor Holland los dio, empujando instintivamente a su hijo un poco hacia atrás.

La cosa en el agujero era... un hombre.

¡O lo había sido! Estaba vestido con una chaqueta, camisa y pantalones marrones, zapatos, y su piel también tenía algo del color de la tierra, y había tierra saliendo de sus fosas nasales, orejas y por las comisuras de la boca. Tenía los ojos abiertos, mirando hacia arriba, porque estaba acostado boca arriba.

Cuando Holland se arrodilló junto a la cosa, notó la curvatura de sus labios. El hombre, fuera quien fuese, no habría sido muy atractivo en vida. Su mirada lasciva convertía su rostro en una mueca desagradable.

El Doctor alcanzó la muñeca. Cuando la levantó para tomarle el pulso, la tierra se desprendió de entre los dedos. Fue como esperaba: sin pulso. Deslizó una mano debajo de la chaqueta del hombre y palpó la región del corazón. No sintió la más mínima vibración.

Se levantó y, llevando a su hijo delante de él, se apresuró a regresar a la casa.

—¿Viste, papá? Te hablé del Señor Topo! ¡Él sale de la tierra!

—Ahora hijo, tengo algunas cosas que hacer y quiero que te quedes aquí.

¡Así que ayer el chico había dicho la verdad! Jamie debió haberse confundido y llevado a su padre en la dirección equivocada.

Holland debía visitar pronto a la señora Foster, cuya persistente artritis y temperamento irritable exigían una asistencia minuciosa. Pensó en llamar a Ed Quinlan a la casa de al lado. Quinlan, además de ser secretario municipal, también era ayudante del sheriff del distrito; pero en cambio, la curiosidad profesional hizo que Holland primero tomara su pequeño maletín médico y se dirigiera nuevamente a esa tumba, desenredando su estetoscopio a medida que avanzaba.

Estaba bastante seguro de que el hombre estaba muerto. Su hijo, por supuesto, no se dio cuenta del terrible significado de este espantoso descubrimiento. Caminó rápidamente; después pensó que no podía haber estado en la casa más de cinco minutos y, sin embargo... sin embargo, cuando llegó al lugar, ¡la cosa, el Señor Topo, había desaparecido!

—¡Imposible! —murmuró Holland para sí mismo.

Éste era el lugar, no había ningún error al respecto. La tierra estaba suelta; la tamizó entre los dedos. ¡No había nada! ¡Nada! Se levantó y miró a su alrededor, medio temeroso de encontrar a este hombre que había pensado (no, estaba seguro) que estaba muerto caminando en algún lugar lejos de su tumba terrenal. ¡No había nadie y podía ver buenos caminos en todas direcciones!

Dobló pensativamente su estetoscopio y regresó a la casa. Se le ocurrió que podría tratarse de una broma gastada por personas desconocidas, como cuando uno de los estudiantes había alterado la presión de su bebedero para pájaros y había salido un chorro de agua en lugar del habitual rocío elegante. Pero aun así había un cadáver. Eso significaba profanar tumbas o sacar un cadáver de alguna morgue o del laboratorio de un hospital.

Le ordenó a Jamie que permaneciera en casa («no te atrevas a desobedecerme», le dijo) hasta que regresara.

Hizo su visita a la señora Foster lo más breve posible, recogió a Amanda y condujo de regreso a gran velocidad para encontrar a su hijo jugando despreocupadamente con sus soldaditos en el piso de la biblioteca.

Dos veces durante el día, el Doctor caminó hasta el terreno más allá del muro. Una vez salió al campo donde Jamie lo había llevado el día anterior. No se veía nada excepto lo que parecía un área de tierra apisonada.

No se habló más hasta esa noche cuando Jamie sacó a relucir el tema justo antes de que le ordenaran acostarse.

—¿Adónde va el Señor Topo, papá?

Una pregunta justa, pero difícil de responder. Si argumentaba que el Señor Topo existía, no podría simplemente desaparecer sin razón. Si no existía, entonces el doctor Holland debería llevar inmediatamente a su hijo a un oculista y acudir él mismo a un psiquiatra.

Durante varios días, el doctor Holland pensó mucho mientras realizaba sus tareas médicas y recorría la casa, y encontró más de unas pocas excusas para caminar por el césped, cruzar la valla de piedra y entrar en los prados más allá. En pocos días los agujeros donde había aparecido el Señor Topo perdieron su frescura, perdieron su aspecto de recién removidos y nuevamente fueron reclamados por el amplio seno de la tierra.

Una noche, justo antes de acostarse, Jamie dijo:

—¡El Señor Topo me invitó a salir a caminar hoy, papá!

A Holland casi se le cae el limpiapipas. Trató de mantener la voz firme, porque el silencio había rodeado este tema durante varios días.

—¿Dónde estaba él, Jamie? ¿Dónde estaba el Señor Topo?

El niño hizo un gesto vago con el brazo y repitió:

—Me pidió que lo acompañara a caminar. Abajo me dijo, papá.

—¡Jamie! —esto había ido demasiado lejos—. Quiero que respondas lo siguiente: ¿cuándo viste por primera vez al Señor Topo?

—La vez que te lo dije. Ese día lluvioso.

—¿Y ahora te habla?

—Claro, papá.

Holland se puso de pie. Había que hacer algo. Esto no podía abordarse ni descartarse con la esperanzada conclusión de que, después de todo, era sólo producto de la imaginación.

—Vamos a ver al Señor Topo, hijo, ahora mismo.

—¡No podemos! ¡Se fue! ¡Se fue mientras yo miraba!

—¿En qué dirección? Lo seguiremos.

El niño arrugó la frente como si incluso para su mente joven y crédula el evento fuera inusual.

—Simplemente se fue. A la tierra. Dijo que volvería.

El médico pidió a su hijo que le dijera el paradero de la última aparición del Señor Topo y luego llevó al niño de seis años a la cama. Más tarde buscó por sí mismo, y allí donde su hijo lo había descrito estaban las marcas de tierra recién removida. Toda la situación era desconcertante. Su mente científica, ordenada, hizo que el doctor Holland buscara alguna acción lógica y definida, pero no la hubo.

La cosa —sea lo que fuere— debía ser examinada por las autoridades. Sin embargo, el primer paso de ese plan era encontrar al Señor Topo e impedir que continuara desapareciendo.

Albert Holland pasó veinticuatro horas pensando en un curso de acción y entonces se le ocurrió que debía hablar con su vecino, Ed Quinlan, el ayudante del sheriff que vivía al otro lado del largo prado que corría colina abajo. Quinlan, un viudo con un hijo de la edad de Jamie, era un buen tipo. Siempre había apreciado que Holland lo hubiera tratado sin mencionar una factura cuando las cosas eran difíciles para los Quinlan. Y mostró su agradecimiento. Pero, más aún, era un individuo fanfarrón y realista cuyo principal objetivo no era la imaginación (aunque no era estúpido en modo alguno) y, por lo tanto, aportaría un buen punto de vista a esta propuesta, además del peso de su cargo oficial en el gobierno del condado.

Holland iba a pasar por allí esa misma tarde y, ahora que Jamie se había acostado, estaba a punto de salir cuando sonó la aldaba de la puerta de su casa. Era, casualmente, Quinlan.

—¡Hola, Ed! —saludó calurosamente el médico.

—Buenas noches, doctor. Lamento molestarlo.

—En absoluto. Entra.

Holland vio inmediatamente que el hombre estaba agitado. Su rostro ancho y rubicundo parecía preocupado y sus grandes manos de dedos gruesos se aferraban al panamá algo gastado que siempre llevaba.

—¿La señora sigue de viaje, doctor?

—Sí, otra semana, Ed.

Hablaron de cosas como esta y aquella durante algunos momentos y luego Ed fue al grano.

—Doctor, si su hijo ya está en la cama, me pregunto si podría caminar conmigo hasta mi casa. Ha sucedido algo curioso.

Holland esperó, mientras su propio sentimiento de incomodidad aumentaba.

—Es mi hijo, Eddie. Se encontró con un cuerpo tirado en el prado detrás de nuestra casa. Pensé que me estaba tomando el pelo... ya sabe la forma en que se comportan estos niños. Estuvo detrás mío toda la tarde, hasta que salí con él hace un momento. Doc, lo vi con mis propios ojos. Todo manchado de tierra, como sonriendo. Era el tipo más espeluznante que jamás haya visto. Lo toqué. No tenía más calor que un árbol. Estaba muerto, aunque realmente no puedo decir si se ha cometido algún crimen.

Quinlan se detuvo y respiró hondo, jugueteó con su sombrero y luego volvió a fijar sus ojos preocupados en el médico.

—¿Vendría conmigo?

—Seguro, Ed.

Quinlan se apresuró a continuar:

—Creo que vi al tipo moverse. Estaba anocheciendo allí afuera. Envié a Eddie a la casa por una linterna. Para ser honesto, no podía ver tan bien. Pero, doc, había estado acostado boca arriba con la tierra y todo saliendo de su boca, y cuando miré de nuevo podría jurar que se había dado la vuelta. Todavía tenía esa sonrisa en su rostro, sólo que no era una sonrisa agradable. Parecía estar disfrutando.

El hombre siguió parloteando, siguiendo al médico hasta el pasillo mientras Holland iba al armario de los abrigos a buscar su propia linterna.

—Iré contigo, Ed.

—Pero hay un problema, doc —la mano de Ed lo sostuvo justo cuando estaban a punto de salir a la oscuridad de la tarde de verano—. Lo perdí. Debí haber estado esperando a través de la oscuridad a que Eddie regresara con la luz y todo, pero me di la vuelta y él ya no estaba, así como si nunca hubiera estado allí, excepto que yo sabía que sí porque la tierra estaba toda revuelta, como una tumba nueva.

Entonces los dos caminaron, la linterna oscilante sostenida en la mano de Holland mostraba el camino a través de la exuberante campiña de julio. La noche estaba con ellos y el silencio entre ellos: un hombre de la ley y un hombre de ciencia, cada uno con sus pensamientos y su perplejidad, pero juntos, llevados allí por el sentido de orientación de Quinlan y el oscilante rayo de luz que los siguió hasta su objetivo.

La voz de Ed sonó bajo el arco negro de la noche mientras exhalaba y decía:

—Ahí es donde estaba. Justo ahí, doc.

Albert Holland miró al suelo. Estaba de pie con el haz de la linterna fijo en la tierra.

—Supongo que cree que estoy loco, doctor.

Y, ante esto, el médico puso su mano sobre el brazo del otro.

—No lo creo, Ed. No estás loco. Viste algo.

Y estuvo a punto de decir: «Yo también lo vi, Ed. Aquí en el prado y luego más cerca de mi casa. Jamie me llamó igual que Eddie te llamó a ti. Hemos visto algo bajo el cielo de Dios, exactamente qué, no lo sé, y soy médico; se supone que debo saber cómo son la vida y la muerte.»

Pero no lo dijo porque Quinlan siguió hablando:

—Mi muchacho afirma que habló con él (imagínese esto, doc, un cadáver hablándole) y que lo invitó a dar un paseo con él. No podría ser un cadáver, ¿verdad? No hacen cosas así... si están realmente muertos, ¿verdad?

Holland volvió a poner su brazo sobre el hombro del otro, esta vez con más urgencia.

—Ed, ¿dices que enviaste a Eddie a casa antes de venir a buscarme?

—Por supuesto…

Luego, casi automáticamente, los dos comenzaron a caminar hacia la pequeña cabaña de Quinlan, justo encima de la cima de la colina, y mientras caminaban, aunque no dijeron nada más, sus pasos se aceleraron.

Es la noche, se dijo Holland, que infunde miedo incluso en el hombre menos supersticioso, el más prosaico, el menos imaginativo, pero tenían derecho a sentirse asustados, porque esta experiencia compartida entre dos padres y dos hijos era —pobre y débil palabra— ¡extraordinaria!

Había una luz en la planta baja de la casa Quinlan y podían verla a través de la penumbra. Se hacía más grande mientras caminaban apresuradamente hacia ella. Quinlan, con voz tensa ahora, llamó mientras avanzaban.

—¡Eddie! ¿Eddie, muchacho? ¿Estás ahí? ¡Soy papá!

Y desde la casa más grande que tenían delante volvió la voz del niño pequeño.

—Vaya, papá, ¿eres tú? ¿Has estado en el prado hablando con él?

No hubo necesidad de responder. Casi simultáneamente, sus apresurados pasos disminuyeron. La crisis, no declarada entre los dos hombres pero apreciada por ambos, había terminado. Quinlan se volvió hacia el médico.

—Gracias, Doc. Muchas gracias por venir.

En la oscuridad, los dos hombres estrecharon sus manos con fervor. Y luego se separaron para tomar caminos separados en la oscuridad: Quinlan a su casa y el doctor Holland de regreso a través del prado nocturno.

Holland permaneció despierto hasta muy tarde esa noche pensando en la cadena de acontecimientos que ahora eran más que la imaginación de una o dos personas. Quinlan era su antítesis, su opuesto, y, sin embargo, el hombre sencillo y de buen corazón lo había visto. La posibilidad de que se tratara de una broma de malos era bastante inverosímil. Aparte de otras objeciones, la gente no le gasta ese tipo de broma a un ayudante del sheriff, incluso si el médico de la ciudad es menos inmune. No, había algo ahí afuera… alguien. Era un hombre, o lo había sido alguna vez, porque lo parecía y vestía ropa.

Holland sabía muy bien que había casos de diagnóstico incorrecto. Se han declarado muertas personas que no lo estaban. Hay enfermedades, condiciones y estados que se parecen a la muerte y, sin embargo, no lo son. El catatónico es uno de ellos. Pero a pesar de sus intentos por tapar racionalmente sus dudas, estaba seguro, como médico, de que el hombre que había visto, aquel al que Jamie llamaba (acertadamente) Señor Topo, no estaba vivo.

Deseaba que Helen estuviera allí porque no sólo sabía escuchar (y necesitaba eso para hacer alarde de los hechos y suposiciones), sino que también era perspicaz.

Los insectos nocturnos estaban tranquilos y había un atisbo de luz en el este cuando el médico se retiró a su habitación.

Para explicarle a Jamie que no debía correr a lo largo y ancho de los prados, fue necesario pensar en una historia sobre indios moviéndose afuera. El niño miró atentamente a su padre, con más sabiduría, pensó el médico, que un niño de su edad.

Holland siguió con sus asuntos contento de que los días fueran seis, cinco, cuatro y luego tres hasta que regresara su esposa Helen. No podía restringir a su hijo a la casa porque tenía que haber una razón más que indios imaginarios para convencerlo. Con el paso de los días, el médico se reprendió un poco. Se molestó por la sensación de incomodidad que experimentó cuando sacó del garaje el cupé con el emblema de los médicos en la placa trasera, o cuando tenía que hacer alguna llamada o recado. Sentía inquietud al salir.

Pero, también con el paso del tiempo, se fortaleció su esperanza, que creció casi hasta convertirse en la convicción de que la cosa bajo tierra, moviéndose como un topo de un lugar a otro, había regresado al lugar de donde había salido; tal vez quieto para siempre en alguna grieta oscura bajo la superficie de la tierra, lejos de los ojos de los hombres.

Holland se encontró con Quinlan en el pueblo y el ánimo de ambos hombres era bueno.

No lo dijeron, pero el significado era claro: nadie había visto nada en los últimos días. Luego se separaron alegremente.

La noche anterior al buen día en que Helen regresaría, sonó el teléfono de Holland. Jamie ya estaba arriba, presumiblemente dormido en su habitación. Hacía tiempo que Holland había llevado a Amanda a casa diciéndole que la esperaba mañana. Helen regresaría a tiempo para la cena y sería bueno tener algo muy especial para su regreso.

—Hola, doc —era Quinlan cuando Holland levantó el auricular —. ¡Eddie lo ha visto otra vez!

La mano del médico apretó el instrumento.

—En el bosque. Jura que se mueve y habla con él. Quería que Eddie fuera a caminar con él.

Holland intentó mantener la voz tranquila:

—¿Qué podemos hacer al respecto, Ed?

—Mañana —añadió Quinlan como si lo hubiera pensado—, reuniré a un grupo de hombres y descubriremos quién o qué es. Tal vez sea algún tipo de borracho pervertido. Esto último, con suerte.

—Estoy contigo, Ed —dijo resueltamente el médico —. ¡No podemos permitir que esto continúe!

Los dos hombres colgaron. Holland volvió a entrar a la biblioteca donde estaba sentado, la inquietud regresó. En los últimos días había encontrado el tiempo y la oportunidad de examinar detenidamente los registros del secretario del condado y del periódico. No se habían producido desapariciones ni otros incidentes en la zona que puedan explicar esta «cosa» que acechaba en el campo estival. Y en la sociedad actual lo más difícil del mundo es desaparecer o hacer que uno lo maten de cualquier forma sin llamar la atención.

¿Quién ha oído hablar de un cadáver no reclamado? Por más que lo intentó, Holland no pudo disuadirse de la persistente idea de que se trataba de algo que no encajaba con el sentido común y, por lo tanto, no seguía las leyes cotidianas del mundo.

Eran las siete y pocos minutos de la mañana siguiente cuando Holland oyó sonar la aldaba de la puerta de entrada. Parecía más temprano. La lluvia y la niebla habían retrasado el día. Jamie apenas se estaba moviendo en su habitación mientras su padre bajaba las escaleras murmurando entre dientes. Y entonces, antes de poner la mano en el gran pomo que haría girar la puerta para abrirla, un presentimiento se apoderó de él, le puso rígido el brazo y le tocó la espalda con dedos húmedos y fríos.

Abrió la puerta en la cerrazón y vio a Quinlan, con un bulto en brazos, el rostro mudo con los ojos muy abiertos y surcado por la tormenta. Pareció ofrecer la cosa que tenía en sus brazos a Holland y Holland, al verla, de repente se convirtió en médico. Dijo suavemente:

—Aquí, Ed. Déjame llevarlo —aunque supo a primera vista que algo andaba mal.

Había suciedad por todo el pequeño Eddie; la tierra en sus ojos, boca y oídos se había convertido en barro por la lluvia. Era evidente que el joven había muerto por asfixia, pero no por la presión de manos alrededor de su cuello, sino por hundirse muy, muy profundamente en la tierra.

Holland volvió a pensar en lo que Quinlan había dicho por teléfono la noche anterior, lo que su propio hijo había dicho la última vez que la «cosa» lo había visitado —¿qué era?—, el Señor Topo lo había invitado a ir con él «por abajo»?

Mientras el médico pensaba, Quinlan hablaba entrecortadamente, tratando de aferrarse a sí mismo con la voluntad de un hombre fuerte, pero doblegado bajo la tragedia más cruda de su vida.

—Estoy seguro de que el chico estaba en la cama cuando hablé con anoche con usted, doc, pero en algún momento de la noche, o esta mañana temprano, debe haber salido, ¡Dios sabe por qué!. Excepto que ese diablo tenga un poder, una especie de fascinación. Me levanté temprano, ¿sabe?, y Eddie no estaba. Salí a echar un vistazo y vi uno de esos agujeros no lejos de la casa. Como lo habíamos visto antes. He visto las huellas del pequeño Eddie alrededor de este lugar, como si hubiera entrado en el agujero.

»Entonces conseguí una pala, doc, y cavé más rápido de lo que un hombre ha cavado antes... y después de haberme sumergido un poco en ese hoyo... lo encontré... así. No quedó en él ni un «hola, papá», ni un suspiro.

Quinlan se dejó caer en una silla, sollozando, con la cabeza entre sus grandes y fuertes manos, temblando como un niño aterrorizado.

—Ed —dijo Holland en voz baja—. Ed, sígueme al consultorio.

El médico abrió el camino, llevando el cuerpo de Eddie en sus brazos, y Quinlan obedientemente lo siguió. Jamie era un chico sensible. No servía de nada que mirara escaleras abajo a través de las barandillas y viera la escena en el vestíbulo principal. Además, el propio Quinlan necesitaba algún medicamento.

El médico colocó con cuidado el cuerpo de Eddie sobre la mesa, comprobó con el estetoscopio lo que ya sabía: que no quedaba ni el más mínimo atisbo de vida en el cuerpo ahogado por la tierra y luego le preparó al padre del desafortunado un potente sedante.

—Se ha ido, ¿no es así, doctor?

—Me temo que sí, Ed. Es algo terrible. ¡Horrible! Y sé que cualquier palabra de simpatía que pueda decirte ahora será pobre e inadecuada.

Quinlan se quedó sentado un rato, sin decir nada, dando vueltas y vueltas al vaso que contenía el sedante entre sus fuertes dedos. Apuró la medicina y, al cabo de un rato, se puso de pie.

—Bueno... gracias, doc. Me llevaré a mi hijo a casa y luego a la funeraria. Quiero ir rápido, doc, ¡porque después iré por el Diablo bajo tierra! Voy a reunir a los hombres. ¿Se unirá a nosotros, doc?

—Sabes que lo haré, Ed. Iré a tu casa un poco más tarde en la mañana.

—¿Tiene un hacha, doctor? ¡Llévela! —los dientes de Quinlan quedaron al descubierto en un gruñido—. ¡Vamos a atrapar a este tipo!

—Ed, ¿no quieres que vaya contigo o que lleve yo mismo al pequeño Eddie al pueblo?

Quinlan sacudió la cabeza con determinación.

—Lo hecho, hecho está, doc. ¡Ahora tenemos que perseguir al que hizo esto!

Salió con Eddie otra vez acunado en sus brazos, y la creciente mañana, cuando la luz tocó su rostro, mostró sus líneas duras, la terrible tristeza, la conmoción y la desesperación reemplazadas por algo más.

Holland fue por Jamie y se armó de valor cuando el niño preguntó:

—Papá, ¿qué estaba haciendo el señor Quinlan aquí?

—Tenía un problema muy grande, hijo —respondió el médico con cautela—. Vino a preguntarme al respecto. ¿Qué tal si vienes al pueblo conmigo, Jamie, a recoger a Amanda?

Mientras conducían, las nubes se escabulleron ante ellos y el sol salió para secar y calentar el mundo húmedo. Holland conducía aturdido e instintivamente. Le devolvió el saludo a Amanda automáticamente. No había nada que decir, pero su hijo lo estaba mirando con curiosidad. Ésa era una de las maldiciones de la imaginación.

Amanda era mayor, buena para hornear pasteles y hacer tarta de manzana, estaba llena del deseo de servirles y de afecto por ellos como familia, pero era demasiado mayor para entender si él decía: «Mira, Amanda. Algo terrible ha sucedido. Hay un hombre suelto... un hombre muerto, y acaba de matar a un niño pequeño. Tenemos que tener cuidado... no sabemos de qué dirección puede venir el peligro. ¡Tal vez no llegue, pero esa es la situación!»

No podía hablarle así, o incluso si pudiera, no lo haría delante de su hijo.

Regresaron a la casa de los Holland y Amanda notó de inmediato que el médico no había desayunado. Ella insistió. Holland apenas tragó uno o dos bocados. Tenía que ir a casa de Quinlan como había prometido. Los hombres se reunirían allí para su sombría tarea. Jamie, detrás de su vaso de leche, le dijo a su padre detrás de su taza de café:

—Esta mañana iré a jugar con Eddie. ¡Vamos a volar el nuevo cometa, papá!

Albert Holland tragó con dificultad:

—No, Jamie, esta mañana no.

—¡Pero, papá…!

¿Qué podría decir? ¿Qué podría decir? Amanda era demasiado mayor y él demasiado joven para entender el porqué de esto. No podía decirle que Eddie estaba muerto, que un cadáver lo arrastró a un agujero y lo asfixió allí mismo, en el prado donde los dos chicos habían jugado tantas veces, donde hoy iban a volar la cometa.

¿Cómo podía decir eso? ¿Y qué otra cosa podía decir? Jamie seguía sentado ahí, preguntándose por qué.

—Papá, vamos a…

La rápida mente del niño siguió buscando en torno al silencio de su padre.

—¿Está Eddie enfermo?

(Ese es el hijo de un médico)

—¡Es eso! —dijo el niño, ganando impulso y seguridad—. ¡Tiene sarampión!

—No, Jamie, eso pasó el invierno pasado y no te da sarampión dos veces. Esta vez, Jamie, es algo peor… Oh, mucho peor que el sarampión.

—¿Es algo contagioso, papá? ¿Cómo el sarampión?

—No, Jamie, no es sarampión, no es algo contagioso...

¡O tal vez lo sea! Quizás por eso tengo más miedo del que jamás me atrevería a decirte. Por eso en un momento sacaré el hacha de la leñera y me acercaré a reunirme con Quinlan y el resto de los hombres.

En lugar de eso, dijo:

—No, Jamie, no puedes ir esta mañana. Encuentra algo que hacer por aquí. ¡Y no me desobedezcas! Voy a decirle a Amanda que te vigile, ¿me oyes?

Albert Holland caminó hacia lo de Quinlan, con el hacha en una mano, y luego a través del bajo muro de piedra hacia el prado y la ladera. El sol ya había salido, acentuando la suavidad y la paz del pleno verano. El verde fértil tranquilizó sus ojos e hizo que los pensamientos desagradables en su mente parecieran increíbles e inverosímiles. Que estas cosas pudieran haber sucedido bajo el azul del cielo, aquí en la suavidad de la tierra, seguramente no era posible.

Y, sin embargo, a medida que avanzaba, vio grupos de hombres de pie alrededor de la casa de Quinlan. Desde lejos eran hombres bajos y altos, gordos y delgados. Aquí y allá el sol tocaba el cañón de un arma. Reconoció rostros a medida que se acercaba: el dependiente de una farmacia, varios muchachos del departamento de bomberos voluntarios, el subdirector de correos y otros. Ellos le hicieron un gesto con la cabeza y él les devolvió el saludo. Y había una cosa que todos tenían en común, y esa cosa era sombría y seria.

Los hombres se hicieron sugerencias y se ladraron órdenes unos a otros, y finalmente caminaron hacia el amplio seno de la pradera, llevando consigo sus palas, hachas, garrotes y pistolas, hurgando la tierra como si ella misma hubiera cometido este horrible crimen.

Quinlan estaba en todas partes, lleno de una ira que era más terrible porque estaba en silencio.

Pasaron las horas y los hombres caminaron pesadamente por los campos, chapotearon en arroyos y caminaron entre la maleza. Hacía mucho tiempo que habían pinchado y cavado los agujeros que Quinlan y el doctor Holland conocían. Pasó el mediodía y la tarde. El sol se deslizó hacia el borde de las colinas y Holland, consultando su reloj, supo que debía regresar para preparar todo para Helen.

Con el cansancio de caminar, de buscar, surgió un sentimiento de inutilidad. ¿Qué habían hecho? ¿Qué podrían hacer? ¿Qué sabían ellos, golpeando el suelo con sus botas e instrumentos de acero por algo que igual se levantaría y diría: «¡Aquí estoy!»

Por relevos, algunos de los hombres regresaron a la cabaña de Quinlan, donde las mujeres calentaban cafeteras en la estufa. Holland dejó su hacha en lo de Quinlan y giró sus pasos hacia casa. Se dijo a sí mismo que tarde o temprano tendrían que descubrir a esta criatura, fuera lo que fuera. Era bueno, pensó como médico, que el maldito Quinlan fuera el líder de este grupo en este momento de tan gran dolor.

Llegó a la casa, entró y la puerta mosquitera se cerró de golpe detrás de él. El ruido de Amanda en la cocina lo atrajo allí. Estaba preparando algo especial para la cena.

—¿Dónde está Jamie? —preguntó en voz alta.

Amanda estaba un poco sorda y había que gritarle.

—Está por aquí, jugando con su disfraz de vaquero —agitó un viejo brazo en un semicírculo—. Doctor Albert —ella siempre lo llamaba así—, ¿qué ha estado haciendo?

Holland se miró a sí mismo. Cinco o seis horas de caminar entre matorrales y mirar agujeros de tierra en los campos lo habían dejado bastante desaliñado. Tendría que limpiarse. El médico miró por la ventana de la cocina.

—¿Dónde dijiste que estaba Jamie?

—Por algún lado —repitió de nuevo—. Lo vi no hace mucho. Tal vez hace una hora. Iba a lo de un amigo, sí. El señor… algo.

Holland se quedó helado.

—Señor... ¿Señor Topo?

Su voz era mucho más fuerte de lo necesario.

—¡Eso es! Sabía que sonaba como un animal. Un nombre peculiar, ¿no es así, doctor Albert? Dijo que su amigo lo invitó, este Señor Topo, a dar un paseo por abajo. Debe significar hacia el prado. Doctor Albert.

Pero Holland se había ido, arrojándose por la puerta, corriendo y tratando de mirar en todas direcciones, con la mano apretando su corazón, agonizando.

Detrás estaba la casa, el césped y el muro de piedra, y luego, en el bosque, al otro lado del prado lo encontró. ¡Un nuevo agujero!

Holland lo agrandó con sus botas y sus manos, deseando tener algo más, pero no había tiempo para volver corriendo a buscar una herramienta. Recogió y pateó la tierra lo más rápido que pudo. Y poco a poco apareció un pedazo de tela; la tuvo en sus manos temblorosas y cubiertas de tierra. Era un sombrero, el sombrero de vaquero de un niño pequeño… ¡del traje de Jamie!

El médico redobló sus esfuerzos frenéticamente, arañando, poniéndose en cuatro patas. Finalmente encontró lo que sabía que estaba allí, y sacudiendo la tierra que lo cubría y aferrándolo, lo puso en el borde del hoyo que había excavado con sus manos… un bulto similar al que Quinlan le había traído la noche anterior, igualmente sin vida.

Holland hizo un ruido como un animal, y como ese animal siguió cavando, cavando y excavando, porque a él le correspondía hacer esto. Tendría que detenerlo. Los viejos que habían olvidado cómo soñar y que no quieren creer, como Amanda, y los muy jóvenes que todavía creen en todo, como Jamie, ellos habían causado esto, sin saberlo.

Siguió y siguió, un hombre en un agujero de tierra en el campo verde. Debieron ser horas después que Amanda, sorprendida, fue a buscarlo y escuchó los ruidos de ese lugar en el bosque. Consiguió hombres del grupo de Quinlan y lo encontraron en un agujero increíblemente profundo que él mismo había creado, con el pequeño cuerpo de su hijo, cubierto de tierra, haciendo guardia encima.

Fue el propio Quinlan quien sacó a Albert Holland y más tarde, junto con Helen, que había regresado a casa, intentaron tranquilizar y calmar al médico. Helen, cuya conmoción al descubrir esta terrible tragedia en su propia familia fue sólo un poco mayor que la aterradora condición de su marido.

Porque el doctor Holland ya no era un hombre de ciencia, ni un médico, sino una criatura que chillaba, gritaba y lloraba, llena de tierra que salía de él cuando hablaba. Mandaron llamar a otro médico a la cabecera del condado para que viniera rápidamente, pero había kilómetros de por medio, y mientras tanto Holland tuvo tiempo de contar una y otra vez que no deberían haberlo sacado del agujero, porque estaba a punto de alcanzar al señor Topo. Había sentido una pierna enfundada en un pantalón, un brazo, un torso, y se había retorcido y retorcido lejos de él como un gusano en la tierra. Sí, ¡y lo había mirado de soslayo!

—¡Habla y se mueve!

Holland despotricó esto una y otra vez.

A veces, en su horror, gritaba tan fuerte que asustaba a los pájaros en el crepúsculo de una tarde de julio, e incluso a la pobre y vieja Amanda, medio sorda, que se encontraba lejos en otras partes de la casa, con su amable rostro surcado de lágrimas, porque sentía que pudo haber hecho algo más. Se tapaba los oídos con las manos marchitas para protegerse de los horribles sonidos.

Pero los gritos de Albert Holland no llegaron lo suficientemente lejos, porque más tarde, no mucho después, a través de la tierra verde que se enfriaba en la tarde, una niña rubia llamada Janice corrió por el suelo verde y esponjoso, una niña que creía en los cuentos de hadas, en todo... corrió y llamó durante toda la noche, llena hasta reventar con el secreto mientras corría.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Adivinen qué! ¡Adivinen lo que encontré!

Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Allison V. Harding.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Allison V. Harding: Señor Topo (The Underbody), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La noche de las sombras imposibles»: Allison V. Harding; relato y análisis.


«La noche de las sombras imposibles»: Allison V. Harding; relato y análisis.




La noche de las sombras imposibles (Night of Impossible Shadows) es un relato de terror de la escritora norteamericana Allison V. Harding (1919-2004), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1945 de la revista Weird Tales.

La noche de las sombras imposibles, tal vez uno de los cuentos de Allison V. Harding menos conocidos, relata la historia de un joven matrimonio que visita a un extraño y viejo amigo que se ha refugiado en una remota casa de campo para seguir sus estudios de ocultismo, quien está convencido de que las sombras, en realidad, son seres conscientes [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

SPOILERS.

La noche de las sombras imposibles nos lleva a la casa de este ocultista, llamado Okerdon, cuyos experimentos le han permitido concluir que hay «sombras que son independientes de nosotros y que tienen un poder maligno, monstruoso». La prosa descriptiva, evocadora, y la narrativa tensamente convincente de Allison V. Harding se combinan para lograr una historia razonablemente eficaz. El hecho de que existan ciertos tipos de sombras que poseen intenciones, incluso una agenda propia, no es completamente original; de hecho, es algo que forma parte de las leyendas y los mitos más antiguos. Sin embargo, este relato de Allison V. Harding es uno de los primeros en abordar este interesante motivo [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Hay muchos elementos previsibles en La noche de las sombras imposibles. Por ejemplo, apenas se nos informa que Okerdon ha desarrollado una teoría [risible] sobre cómo algunas sombras [no todas] son seres inteligentes, conscientes, independientes y malévolos, sabemos terminará teniendo razón, y que probablemente pague un alto precio por ese descubrimiento. Además, el título del cuento de Allison V. Harding, por cierto, exquisito, tampoco hace mucho para mantener el suspenso. Sin embargo, el relato funciona dentro de su esquema y su tiempo.

Allison V. Harding fue una de las colaboradoras más prolíficas de Weird Tales, habiendo publicado 36 historias en sus páginas en menos de ocho años. Los relatos de Allison V. Harding, incluido La noche de las sombras imposibles, tienen una configuración contemporánea y están escritos en un estilo sencillo y ágil; los escenarios están bien representados, la trama es imaginativa, y aunque es posible que no haya generado ninguna obra maestra, siempre produjo historias que cautivaron y entretuvieron [ver: Allison V. Harding: la reina de Weird Tales]

Desde su primera contribución hasta la última, Allison V. Harding escribió de manera fluida y segura, estructurando su prosa de tal manera que se prestaba fácilmente al formato corto del pulp y brindando a sus lectores de Weird Tales una amplia variedad de temas extravagantes. Su ficción siempre se destacó por su diversidad y variedad, y eso se observa claramente en La noche de las sombras imposibles.

Allison V. Harding solo publicó en Weird Tales y en su revista hermana, Short Stories. Después de su contribución final, en enero de 1951, no se supo más sobre ella. Para una autora tan productiva parece extraño que, después de cuarenta y dos historias en siete años y medio, simplemente haya desaparecido. Sabemos que el nombre Allison V. Harding era un seudónimo. Según los registros de Weird Tales, su verdadero nombre era Jean Milligan, esposa de Lamont Buchanan, editor de arte de Weird Tales entre noviembre de 1942 y septiembre de 1949. Se ha discutido que ella incluso pudo haber sido el mismo Buchanan, pero no hay nada que justifique esa suposición. Independientemente de su identidad, lo que importa son sus historias, y estas son sumamente interesantes.




La noche de las sombras imposibles.
Night of Impossible Shadows, Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mi primera reacción al telegrama de Paul fue de exasperada molestia. Me había enviado un correo aéreo especial hace unas semanas rogándome que fuera a su casa de campo, que era un asunto de gran urgencia, inmediato. Le respondí y me negué con la mayor cortesía y tacto que pude, explicando que incluso un abogado necesita vacaciones una vez al año, que era justo lo que pensaba tomar, y... ¿se había olvidado de mi pareja? ¿Elaine?

Mi respuesta fue definitiva, o estaba destinada a serlo, y luego mi esposa de cabello dorado me trajo el sobre amarillo.

—¿Uno de tus clientes en libertad condicional, señor Anderson? —dijo.

La abrí y fruncí el ceño ante la dirección del remitente: Valley Lake.

«Ven de inmediato. Tengo que verte. Vida o muerte. Trae a Elaine» —estaba firmado simplemente «Paul».

Lo habría rechazado porque, después de todo, mis vacaciones de tres semanas eran muy valiosas para mí. Necesitaba cada minuto de descanso, y con Elaine, pero ella, de puntillas mirando por encima de mi hombro, intervino, ¿o fue el destino?

—Jim —dijo—, ¡qué nota tan intrigante! ¿Habla en serio? ¿Y dónde está Valley Lake?

Antes de que pudiera reunir a mis fuerzas, ella tenía un mapa y su dedo con punta de carmín estaba apuntando a un lugar en los tramos superiores del estado. Incluso en el mapa, la zona parecía desolada.

—Vamos —dijo—. Será divertido.

Tenía cien objeciones y ella cien respuestas. Paul Okerdon no era mi anfitrión preferido para unas vacaciones de veintiún días sin preocupaciones.

Lo había conocido en la universidad y luego como un experimentador en ciencia electrónica. Era cínico, desilusionado, un burlador crónico, pero con todo, ingenioso, muy inteligente y, a veces, excelente compañía. Puede parecer extraño que alguien que está estudiando derecho y otro cuyos intereses estaban en la línea de la ciencia hayan encontrado un punto de encuentro. Ese lugar era el ocultismo. Todo tipo de cosas más allá de lo normal. Había leído mucho sobre el tema; yo, menos extensamente, y quizás mis gustos eran menos intelectuales. Le divirtió que durante mis años universitarios nunca me perdiera una película de terror en el cine local cerca del campus.

Los recuerdos de nuestras charlas volvieron flotando a mí. Había sostenido que estábamos en la infancia de nuestro conocimiento de esta cosa llamada «Vida», de todo lo que sucedía y de todo lo que nos rodeaba. Que eran simplemente los ignorantes y los cobardes los que se burlaban de cualquier sugerencia nueva, por extravagante que fuera.

Paul Okerdon tenía ingresos propios. Sostuvo firmemente que no trabajaría de manera repetitiva en empresas de construcción o de ingeniería. Tenía ideas propias y se iba a complacer tanto a sí mismo como a sus ideas.

Intercambiamos cartas con frecuencia después de la graduación, pero a medida que pasaron los años cada vez menos. Se volvió extrañamente tímido y yo, bueno, estaba inmerso en mi creciente trabajo de abogacía. Luego me escribió que estaba ocupando un lugar de sesenta acres en Valley Lake, varios cientos de millas al norte del estado. Me instó a que fuera a verlo en su nuevo hogar. Creo que podría haberlo hecho, pero estaba muy ocupado, y luego conocí a Elaine y poco después nos casamos. Me había escrito una pequeña nota formal de felicitación, pero no había vuelto a saber de él. Eso es, hasta ahora.

Elaine parecía tan terriblemente emocionada con la idea que incluso mis propias reservas mentales desaparecieron. Después de todo, ¿por qué no ir al norte y visitar al viejo? No lo había visto en mucho tiempo. Probablemente tenía nuevas teorías muy controvertidas sobre el ocultismo y quería hablar conmigo. Descarté la urgencia casi histérica de su telegrama como algo típico de Paul, que podía imponer una amplia gama de simpatías para conseguir sus propios fines.

Esa noche le telegrafié que iríamos y, a la mañana siguiente, después del desayuno, empacamos mi cupé y partimos. Hacía tres años que no salía de la ciudad, a excepción de los fines de semana muy ocasionales y debo confesar que mis gustos estaban en las glorias y atracciones de un árbol y algo de hierba verde en lugar de Paul.

Elaine charlaba a mi lado con mapas de carreteras extendidos sobre las rodillas. Seguimos la carretera estatal fielmente toda la mañana y, a la hora del almuerzo, cuando nos detuvimos a un lado para comprar sándwiches y café, pensamos que estábamos a mitad de camino. Elaine olisqueó encantada el aire del campo con su exquisita naricilla.

—Es un placer estar aquí, Jim. ¡Tú y tus viejos y polvorientos libros de leyes!

Estuve de acuerdo con ella. Nos tomamos nuestro tiempo para comer y luego seguimos. A medida que avanzaba la tarde, noté que la campiña verde y exuberante, aunque de ninguna manera perdía su belleza, se volvía más desolada, más primitiva incluso. Las casas que había allí parecían menos y más distantes entre sí.

—¿Qué tan cerca estamos, cariño? —le pregunté a Elaine.

Arrugó los ojos azules y miró el mapa con los ojos entrecerrados. Pasamos por encima de un tosco puente de madera, cuyas tablas temblaban por el peso de nuestro coche. Ella indicó algo en el mapa.

—Ese debe ser, Jimmy, el puente que acabamos de cruzar. No pueden ser muchas más millas.

El camino ahora era más estrecho. El cemento había terminado más allá del arroyo que habíamos cruzado. Esta carretera era de tierra. En mi espejo retrovisor pude ver con qué claridad se destacaba la marca de las huellas de nuestras llantas, como si otros autos no hubieran pasado por algún tiempo. Los árboles se acercaban más a la carretera aquí, y el sol de la tarde cayó detrás de ellos, como largos centinelas. Elaine se estremeció un poco y se puso el abrigo.

—Hace frío aquí, Jim.

—¡Estás acostumbrada a las aceras calientes, chica!

Pero yo mismo sentí el aire más frío y subí la ventana hasta la mitad. El dorado y el azul claro parecían exprimirse del cielo. El púrpura ocupó su lugar y el crepúsculo nos sobrevino con la rapidez de una tormenta de agosto. Casi involuntariamente aceleré y el cupé dio un brinco por la carretera en mal estado.

Busqué a tientas en el bolsillo de mi traje la carta de Paul. Sus instrucciones eran explícitas: «Sigue el camino de tierra hasta llegar a una colina larga. Sube a la cima y luego baja hasta la mitad. A la derecha verás dos postes de hierro. Hay un letrero oxidado, pero estoy seguro de que podrás distinguirlo. Dice: Valley Lake Estate.

Elaine frunció el ceño ante la carta. Por primera vez, algo pareció molestarle.

—¡Parece muy preocupado por algo, Jim, y ese telegrama…!

—¿Por qué enviar por mí, cariño? —dije—. No soy médico.

—Pero tú mismo me lo has dicho, probablemente eres su mejor amigo.

—O simplemente porque Paul no tiene otros amigos, que yo sepa. Yo no soy el más cercano. Quizás una vez lo fui. ¡Pero te has interpuesto entre nosotros!

Elaine se rio:

—Te refieres a esos viejos tomos de leyes mohosos.

Mi cupé se abrió camino hacia la carretera de la colina y comenzó a subir. Se necesitó la segunda marcha para llegar a la cima, y el automóvil que se movía a baja velocidad dio un vuelco. En el crepúsculo teníamos una vista maravillosa del lado de abajo. Se extendía frente a nosotros en patrones de naturaleza verde y marrón, aparentemente exuberante y sin brotes.

—¡Vaya, es como una jungla! —jadeó Elaine.

Yo mismo pensaba que parecía que ninguna criatura viviente habitaba aquí, o que pudiera o quisiera hacerlo.

Mi automóvil aceleró mientras rodamos cuesta abajo, frené suavemente en una esquina y, de repente, a la derecha, aparecieron los postes de hierro de la puerta. Incluso en la luz cada vez más tenue, pudimos distinguir la leyenda en una de las placas de hierro: Cabaña Valley Lake.

Cuando pasamos por las puertas y bajamos por un camino de tierra aún más estrecho, los árboles parecían cerrarse con más fuerza a nuestro alrededor. Estaba lo suficientemente oscuro para que pudiera usar mis faros. Los abedules y olmos dieron paso a árboles de hoja perenne. Giramos para seguir paralelos al agua.

—Supongamos que es el Valley Lake —sugirió Elaine en voz baja—. Una especie de lugar espeluznante, Jim, ¿no crees?

Sentí su suave hombro presionando más cerca de mí y le di unas palmaditas en el brazo para tranquilizarla.

—Deberíamos ver la casa de Paul muy pronto. Realmente tiene un pedazo de tierra aquí.

Las agujas de los árboles de hoja perenne silenciaron los neumáticos de nuestro coche y hasta pareció que nos adentrábamos en silenciosas puntas de pie. Luego se abrió el túnel. La carretera se curvaba bruscamente a la derecha y se dirigía hacia el gran bulto oscuro de la casa que se alzaba en las primeras horas de la noche.

—¡Ahí está! —dije con un intento de alegría.

El lugar parecía lúgubre. Había una luz en lo alto de un ala. Un pequeño puntito amarillo. El resto estaba oscuro, imponente. Era un truco de la luz, lo sabía, mezclado con la fatiga de nuestro largo viaje, pero la estructura parecía un enorme monstruo repugnante esperando saltar sobre nosotros.

—¡Caramba! Jim, es como una de esas películas tontas. Hasta que no creo que ningún hombre viva aquí. ¡Probablemente encontremos un dragón!

—No, me temo que es solo su forma extraña y egoísta. Paul probablemente se haya olvidado de que recibiría visitas.

Nos detuvimos frente a los escalones que se amontonaban en el porche. Salí, cerré la puerta del coche y me acerqué a Elaine.

—Espero que nos esté esperando una gran comida —comenté.

—Está tan oscuro —dijo—. Jim, él no está, bueno, loco o algo así, ¿verdad?

—Como abogado, puedo asegurarte que Paul Okerdon nunca estuvo loco en el sentido legal de la palabra. Eso es todo lo que se puede decir de muchos de nosotros. ¡Mírame a mí y a mis viejos tomos mohosos!

Fingí una jocosidad que no sentía.

Elaine se aferraba a mi brazo y subimos las escaleras hacia el porche oscuro. Nuestros ojos, acostumbrándose a la penumbra, encontraron la puerta y el botón a un lado. Lo pulsé y, en algún lugar, sonó una campana con fuerza. Oímos pasos y luego una luz inundó el porche. Nos sonreímos el uno al otro.

—¡El dragón! —murmuré y pude ver que Elaine se sintió aliviada—. ¡Hola, Paul!

La puerta fue echada hacia atrás y mi antiguo compañero de universidad se paró frente a nosotros. Me preparé para su mano instintivamente. Y aunque me devolvió el saludo, de alguna manera la frialdad de sus dedos atenuó mi entusiasmo. Le presenté a Elaine y él nos condujo adentro. Pude ver que mi esposa se había recuperado de cualquier duda que hubiera tenido sobre el lugar, pero un borde de inquietud se apoderó de mi mente. Mientras Paul estaba de pie ante nosotros en el gran salón, su rostro era, bueno, el de Paul, pero era como si un gran conflicto se hubiera desatado en el hombre durante algún tiempo. Estoy entrenado para darme cuenta de tales cosas en la corte y, obviamente, para alguien como yo que lo había conocido durante tanto tiempo, Paul estaba muy eufórico por algo y, al mismo tiempo, también con un miedo mortal.

Habiendo dejado de lado las conversaciones triviales, Paul nos mostró nuestra habitación, una gran cámara con paneles oscuros que resultaba más deprimente por sus antiguos muebles de caoba, cuyas ventanas no dejaban ver nada más que el susurro de la negrura de los árboles en la esquina de la casa. Sentí que el camino de entrada debería estar en alguna parte, pero estaba demasiado oscuro para ver incluso el contorno de nuestro cupé. Elaine gritaba de fondo mientras deshacía las maletas.

Cuando nos preparamos para bajar, encontramos a Paul bullicioso en la gran cocina anticuada como cualquier ama de casa de los suburbios.

—No puedo conseguir a nadie hoy en día, especialmente para trabajar en el campo, como le escribí a Jim en una de mis cartas —le explicó a Elaine.

—Ahora déjame hacer esto —dijo Elaine, su atención ya atraída por una olla en la estufa que necesitaba agua agregada.

—No, no, por favor —sonrió Paul con una encantadora timidez que recordaba de días anteriores—. El hecho de que no tenga personal ni séquito no es una excusa justa para presionar a mis invitados.

Pero Elaine se mostró servicial y yo me apoyé en la mesa de esmalte blanco charlando sobre esto y aquello. Con la cena lista, Elaine nos dirigió al comedor. Paul me siguió y yo cerré la retaguardia con los cubiertos de plata, lo que me hizo sentir útil, pero para gran diversión de Elaine.

Mientras salíamos de la cocina a través de la puerta de madera de la despensa, noté que la luz de atrás arrojaba la sombra de Paul y la mía contra la pared y él se detuvo de repente como si estuviera sorprendido o asustado. Lo sé, porque casi choco contra su espalda con mi puñado de cuchillos y tenedores. No respondió a la pequeña broma que hice, pero no pensé más en eso en ese momento.

La comida fue agradable. Cuando un hombre cocina bien, y Paul lo hacía, generalmente es excepcional, y nuestro largo viaje nos había dado hambre. Hablamos de viejos compañeros de clase. Luego nos trasladamos a la sala de estar, una habitación aún más grande que el comedor, con un techo alto y un pequeño balcón a ambos lados. La noche pasó rápido y me encontré reprimiendo los bostezos. El aire del campo le sienta bien a un hombre que lleva demasiado tiempo en la ciudad.

Paul había hablado superficialmente de su propio interés en la investigación psíquica. Elaine hizo una referencia, señalándome con el dedo acusadoramente.

—El trabajo de Jim no tiene ninguno de los elementos de intriga y aventura que mantienen joven a un hombre. La ley te vuelve viejo antes de tiempo, Paul —se burló de mí con lástima—. Mira, ya está bostezando.

Pero la expresión de Paul mientras me miraba era muy difícil de describir, creo que la envidia es lo más cerca que puedo llegar como evaluación.

—Dime —interrumpí—, tengo que dejar mi coche en alguna parte, Paul. Este castillo debe tener una especie de garaje. Incluso un cobertizo servirá.

—Por supuesto —respondió Paul, levantándose—. Qué estúpido de mi parte olvidarlo. Vamos, Jim. ¿Nos disculpas un momento, Elaine?

Atravesamos el gran salón y salimos al porche. Paul sacó una pequeña linterna.

—Caramba —dije—. ¡No sabía que podía ponerse tan oscuro! ¡Extraño esos letreros eléctricos!

Paul pasó el delgado haz de luz a través del camino hacia el auto. Él me siguió.

—Media vuelta alrededor del centro —indicó—, luego hay otro camino de grava que conduce a la derecha. Hay un gran cobertizo al final.

Encendí el motor del cupé y me puse en marcha. Los faros iluminaron la curva y, unos metros más adelante, un cobertizo cuadrado al final de la carretera.

—Todavía tienes espacio para un par de diligencias aquí —bromeé con el cupé colocado en el granero grande—. ¿Tienes tu linterna?

Paul asintió. Apagué las luces. Mientras lo hacía, sentí su mano de repente en mi hombro.

—¿Viste eso? —siseó, y el delgado rayo de la linterna jugó alrededor del enorme cobertizo creando sombras grotescas y gigantescas.

—¿Qué cosa? —exigí.

Su agarre en mi brazo se relajó. Su silencio fue ominoso. El rayo atrapó el interior pintado de blanco de la puerta del cobertizo. Cuando estábamos a punto de salir, vi la cara de Paul. Estaba cenicienta a la luz que se reflejaba. Con la piel exangüe, algo lo había sacudido hasta lo más profundo de su ser. Fuera de la tosca estructura, la oscuridad sin estrellas se asentó a nuestro alrededor. Un puntito de luz apareció por delante, muy por delante, no me había dado cuenta de que la casa estaba tan lejos. Los pasos de Paul a mi lado se aceleraron.

—¿Qué pasa, Paul? ¿A quién viste? —pregunté de nuevo.

Su única respuesta fue volver la cabeza. Aunque no se podía haber visto nada en la impenetrable penumbra detrás de nosotros, hice lo mismo y una fría aprensión subió y bajó por mi espalda. Los pasos de Paul se aceleraron casi a media carrera. Su respiración tenía el sonido de un animal que huye y yo estaba atrapado en ese espíritu de miedo.

Llegamos al camino circular. Disminuí la velocidad abruptamente.

—¡Por el amor de Dios, hombre, qué fue todo eso! —exploté, un poco avergonzado de mí mismo.

Paul también disminuyó la velocidad, y mis ojos, cada vez más acostumbrados a la oscuridad, pudieron distinguir su figura.

—Yo... lo siento mucho, Jim.

Tomó mi mano y la apretó.

—¿No se lo atribuirías a un hombre que ha vivido demasiado tiempo solo aquí? Supongo que mis nervios están alterados. Es una tontería por mi parte.

Su risa fue forzada y sus dedos en mi mano tenían la frialdad que había notado antes. El miedo causa eso. Subimos los escalones del porche y entramos. Poco después, Elaine y yo subimos a nuestra habitación. Las ventanas abiertas dejaron entrar aire fresco y fragante mientras nos acomodamos para ir a la cama. Lo último que quería en el mundo era sugerirle cualquier pensamiento de miedo a Elaine. De hecho, la parte más feliz de nuestras vacaciones hasta ahora fue el placer que mi esposa parecía estar obteniendo de esta visita al campo.

Con la luz apagada, cerré los ojos, pero el sueño era difícil de alcanzar. Mucho después de que escuchara que la respiración de mi esposa se volvía regular, me quedé en nuestra cama, pensando, mirando al techo. Las acciones de Paul habían sido extrañas, por decir lo menos. Me pregunté si vivir solo había afectado su mente. La idea de dormir en la misma casa con alguien desequilibrado no favorecía el descanso.

La luna tardía arrojaba una tenue luz gris en la habitación, ensombreciendo los postes de la cama, las sillas y la cómoda. Hubo el chirrido ocasional de un grillo o el zumbido de otros pequeños insectos, y luego escuché un leve ruido en el pasillo fuera de nuestra habitación. Luego la pesada manija de hierro giró y la puerta comenzó a abrirse, tan lentamente al principio que pensé que era un truco de mis ojos fijos. Me levanté. La abertura fue lo suficientemente grande como para que pudiera ver la figura de Paul envuelta por un rayo de luz de luna, de pie allí, solemnemente. Se llevó los dedos a los labios y luego me indicó que lo siguiera. Silenciosamente deslicé mis pies descalzos en las pantuflas y salí sigilosamente de la habitación. Elaine todavía dormía.

Seguí a Paul por el largo y sombrío pasillo iluminado por una pequeña bombilla, por las escaleras que conducían a su habitación. No fue hasta que estuvimos adentro con la puerta cerrada que habló.

—Tenía que hablar contigo, Jim, y de inmediato. Esperaba pasar por alto los eventos de esta noche, pero —hizo un pequeño gesto desesperado—, bueno, no funcionó, ¿verdad?

Asentí.

—Quiero que me lo digas, Paul. Quiero ayudarte.

Si el hombre estuviera desequilibrado, esta sería la única forma de manejarlo. Un lado de su dormitorio estaba lleno de estanterías, y aquí y allá vi un título familiar. Libros de pseudociencia, de investigación psíquica. Había muchos más que no reconocí. Nos sentamos, Paul frente a mí. Empezó a hablar.

—Como sabes, me ha interesado lo inusual, lo extravagante, Jim. No voy a aburrirte con un montón de carpetas científicas porque un abogado es incluso menos matemático que yo. Conociéndome de antaño, te imaginarás que vine a este lugar, francamente, porque quería que no me molestaran en mis experimentos. Ahora que has conducido hasta aquí, supongo que creerás si te digo que este es uno de los lugares más apartados en nuestra sección del país.

Asentí con la cabeza, preguntándome qué vendría después.

—No tenía una idea establecida cuando vine aquí, pero había muchos temas a los que deseaba dar seguimiento. La creación de algún monstruo como Frankenstein es espectacular pero totalmente impráctica. Mis intereses estaban dirigidos hacia otros campos…

—Bueno, continúa —le urgí—, Cuéntame más, Paul.

El entusiasmo del hombre creció a medida que hablaba.

—Me interesé por la luz, no como científico, porque mi formación no es profunda en esa dirección, sino en su relación con lo psíquico, con lo oculto. La luz, simplemente, es una forma de imaginería. Por su acción sobre nuestros órganos de visión, produce la vista. Sin poner a prueba tu mente legal, Jim, creo que puedes comprender que la luz se transmite por ondulaciones del éter, una especie de energía radiante.

Asentí con la cabeza.

—Bien, ¿pero qué…

Paul levantó la mano.

—El siguiente paso en el estudio de la luz, la progresión lógica, fue el estudio de la sombra. La sombra que conocemos como una especie de oscuridad dentro de límites definidos en un espacio desde el cual los rayos son arrojados por un cuerpo interpuesto. Creo puedes visualizar la sombra fácilmente como la imagen creada por un espacio oscuro en algún punto de interceptación, una pared o un techo. ¿Me sigues, Jim?

—Hasta los límites de mi mente legal —sonreí, pero Paul Okerdon no tenía tiempo para el humor.

—He descubierto algo que tú, con tu mente convencional, no aceptarás, porque yo, con mi... voluntad de creer casi cualquier cosa, no aceptaría al principio. No, no hasta que me impusieran su verdad.

Me incliné hacia adelante en mi silla.

—¿De qué se trata?

—Una sombra, Jim, no es una experiencia visual secundaria y separada. Es algo en sí mismo, una entidad viviente de alguna manera peculiar, cuyos propósitos, por razones que aún no son evidentes para mí, se han cumplido mejor si se subordina a sí misma imitando al hombre.

—Quieres decir… —comencé con el ceño fruncido.

—Quiero decir que tu sombra, mi sombra, no es una pequeña parte insignificante y sin sentido de la oscuridad. Es algo mucho más ordenado, más siniestro, más progresivo de lo que cualquiera de nosotros haya adivinado.

Me acomodé en mi silla, estudiando el rostro de Paul. Mis peores temores se hicieron realidad. Obviamente estaba desequilibrado. Me censuré por traer a mi esposa cientos de millas a vivir bajo el mismo techo con un lunático.

—Puedo ver la duda escrita en tu rostro, Jim —y la sonrisa de Paul no fue agradable—. Siempre se ha dudado quienes descubrieron algo nuevo y revolucionario.

—Has estado aquí demasiado tiempo, viejo. Necesitas alejarte de este lugar. Ven a la ciudad y olvídate tus incursiones en el ocultismo por un tiempo.

Me di cuenta de que había dicho algo incorrecto cuando su rostro se ensombreció.

—¡Incursiones en el ocultismo! —repitió después de mí—. ¡Ruego a Dios que otro en mi lugar hubiese descubierto lo que yo descubrí!

—La humanidad ha vivido con sus sombras durante muchos siglos, Paul. ¿Qué crees que va a ser diferente?

—No sé. Simplemente no lo sé —respondió miserablemente—. Pero este lugar, Jim. Está embrujado.

—¿Por quién?

—Por sombras. Sombras sin tiempo ni razón. Sin la forma creada por Dios de la estructura humana o animal que debería darles el ser. Sombras que son independientes de nosotros y que tienen un poder maligno, monstruoso. Soy un prisionero aquí, ahora, con este conocimiento.

—¡Eso es absurdo! —exclamé—. ¡Estás hablando como un niño pequeño que le teme a un cementerio! —mi moderación se había ido—. Supongo que te das cuenta, Paul, de que estás dando todos los indicios de haber trabajado demasiado duro y de haber estado solo demasiado tiempo.

—Quieres decir que piensas… —se golpeó la frente de manera significativa y sonrió—. No, Jim, me temo que no. Quizás fue egoísta por mi parte hacer que vinieras aquí. Sí, lo fue, pero tenía que tener a alguien en quien pudiera confiar, alguien a quien conociera del pasado. Me jacté de que éramos amigos, ¿sabes? Me gusta pensar en ti como el mejor que tengo. Pensé que podía comunicarte algo de este descubrimiento antes de que se vengaran. Eso daría lugar a un registro permanente de los medios de mi muerte, fecha, hora, una forma de certificarlos.

»Pero ahora, Jim, tengo miedo de que a través de mi entusiasmo, mi egoísmo si quieres, te he metido a ti y a tu encantadora joven esposa en la misma situación en la que estoy. Estas fuerzas de la sombra son más poderosas de lo que pensaba. Me temo, Jim, que todos somos prisioneros aquí hasta que alguna forma de muerte alivie nuestra vigilia.

Evidentemente, el hombre estaba loco. Lo creía ahora con todo mi corazón. Sus amenazas contra eran típicas. Sabía que debía ponerlo en un estado de ánimo más razonable.

—Vamos, Paul —le di una palmada en la rodilla—. No hagas esto. Vuelve a la ciudad con nosotros.

—¿Incluso después de lo que te dije —me miró con intensidad—, ¿no me crees?

—Por supuesto que no —dije—. Y tú tampoco lo crees, Paul. Eres demasiado sensato, demasiado inteligente, para tenerle miedo, bueno, miedo a las sombras.

Entonces hubo un silencio entre nosotros, un silencio que parecía provenir de todos los rincones de la enorme casa vieja.

Y entonces, gritando el silencio con brusquedad, llegó un chillido de terror mortal. En un instante me puse de pie y salí por la puerta, corriendo escaleras arriba, hacia los gritos.

—¡Elaine!— grité—, ¡ya voy!

Paul estaba pisándome los talones. Irrumpí en nuestra habitación y me acerqué a donde mi esposa, sentada en la cama. La lámpara de mesa estaba encendida. La tomé en mis brazos y acolché su rubia cabeza contra mis hombros, calmando sus sollozos. Paul se quedó de pie con gravedad.

—¿Qué te pasa, cariño?

—Oh, Jim —jadeó—. ¡Algo tan horrible! ¡Debe haber sido una especie de pesadilla horrible!

—¿Qué era? —susurró Paul.

—Algo en la habitación —respondió Elaine contra mi pecho—. Algo enorme y horrible. Aunque fue tan real, cariño —volvió su rostro asustado hacia mí y le besé la frente con ternura—. Parecía envolverme, asfixiarme. ¡Era como una enorme y distorsionada sombra negra!

Giré la cabeza y encontré los ojos de Paul clavados en los míos. Había una sonrisa en su rostro que no era agradable de ver y de nuevo apreté la cabeza de Elaine protectoramente contra mi hombro. Mi mente trabajaba a toda velocidad mientras estaba allí tratando de controlar mis propias emociones. Volví a mirar a Paul, su rostro ahora era una máscara, mientras se apoyaba en la cómoda, mirándonos.

—¿Hay algo que pueda hacer? —preguntó.

—Gracias, no. Elaine ha tenido un susto. Cualquiera puede tener una pesadilla como esa.

El reconocimiento de Paul fue la sugerencia de una sonrisa enigmática. Elaine había recuperado la compostura ahora.

—Lo siento —dijo simplemente.

Paul se retiró entonces.

Mi reloj de pulsera marcaba la una. Tomé una decisión rápida. Este no era lugar para Elaine, para nosotros. Le conté a mi esposa algo de lo que había sucedido antes, omitiendo los detalles de la charla de Okerdon sobre las sombras.

—Está enfermo mentalmente —resumí—. Me temo que nuestra llegada lo ha empeorado. Lo ha perturbado aún más. Lo mejor sería irse inmediatamente.

Mi esposa me miró con expresión de asombro.

—¿Quieres irte ahora, en medio de la noche?

Entonces mis nervios sobreexcitados cedieron un poco y dije:

—Tu experiencia, Elaine. ¡Puede que no haya sido del todo un sueño!

Su rostro palideció de nuevo, pero sentí una sensación de creciente urgencia. Estaba convencido de que corríamos el mayor peligro, pero no estaba seguro de exactamente de qué tipo.

—¿Quieres decir que había alguien en esta habitación? ¿Pero quién, Jim?

Negué con la cabeza. Era mucho mejor dejar que Elaine pensara de una manera lógica y normal que considerar las enormes posibilidades de la situación. Qué fuerzas diabólicas estaban actuando en ese maldito lugar, no lo sabía, pero Paul era un hombre de tremendo intelecto, de recursos más allá de lo normal. Mi trabajo era sacar a mi esposa de allí lo antes posible.

—Será mejor que nos vistamos —dije, y Elaine lo hizo sin más preguntas.

Fue entonces cuando me volví hacia el escritorio. ¡Faltaban las llaves de mi coche y Paul había estado apoyado allí no hace mucho! Elaine había seguido la dirección de mis ojos. Pude ver que su mente rápida había captado la situación cuando mi mirada regresó a su rostro.

Caminé hacia la puerta y no me sorprendió del todo encontrarla cerrada por fuera. La ira se apoderó de mí y sacudí el pesado pomo en mi mano y golpeé el grueso panel.

—¡Okerdon! —grité—. ¡Déjanos salir de aquí! ¡Qué te pasa, hombre! ¿Es esto una especie de broma estúpida?

Lo sabía, pero esta era la única forma de hablar con él. Los pasos de Paul recorrieron el pasillo y se detuvieron afuera.

—Ah, Jim —dijo—. No quería que hicieras nada imprudente, como marcharte apresuradamente, así que tomé la precaución de cerrar la puerta. Créeme, estarás mejor allí. Tu mente probablemente ha considerado la ventana como una vía de escape. Me atrevería a decir que tú y tu linda esposa podrían hacerlo de esa manera, pero hay cosas afuera, Jim, cosas que me temo que no te gustarían, y yo, como sin duda ya habrás notado, también tomé la precaución de llevarme las llaves del auto. Sería imposible caminar hasta la casa más cercana.

Su risa acentuó la oración, confirmando mi creencia de que estábamos en la casa de un maníaco. Pensé en la noche anterior, en nuestra experiencia en el cobertizo.

Ciertamente, Paul parecía impulsado por un miedo mayor que cualquier cosa de naturaleza subjetiva.

Elaine estaba a mi lado, con un dedo en los labios. Tenía su bolso y en su propio llavero había un duplicado de la llave de encendido del cupé. Mi esposa conducía a menudo. Sonreí. Fue la primera carta a favor que tuvimos en toda la noche, pero mi júbilo duró poco.

La luz se atenuó y luego se apagó. La oscuridad repentina fue sofocante. Los rayos de la luna exterior brillaban débilmente aquí y allá.

Pero la reacción de Paul fuera de la puerta fue realmente horrible. Un sonido animal en su garganta se convirtió en viles maldiciones y súplicas. Oraciones y amenazas paganas. Pude distinguir poco que fuera inteligible, pero de vez en cuando logré descifrar una frase:

—¡No! ¡No! ¡Destrúyelos, tómalos! ¡Déjame solo! ¡No!

Escuché el sonido de un fósforo encendido y un destello de luz amarilla entró por debajo de la puerta. Al parecer, habían encontrado a Okerdon sin su linterna.

Me dirigí rápidamente a la ventana, guiando a Elaine conmigo. Había una rama de un árbol apenas fuera de su alcance. Me estiré poderosamente por la rama y lo logré. Extendí mi mano hacia Elaine y agarré la suya.

—Vamos —le ordené, y ella se obligó a alejarse del alféizar de la ventana con el otro brazo.

Los gritos de Paul ahora iban acompañados de un tremendo golpe en la puerta. Casi como una ocurrencia tardía, pude escuchar el raspado del metal. Había insertado la llave. Completé nuestro acto de trapecio, bajé a Elaine al suelo y me dejé caer a su lado, me volví y miré hacia arriba.

Paul se acercó a la ventana con el rostro enmarcado por el parpadeo amarillo de un fósforo. Nos gritó y esperaba que en cualquier momento saltara desde la ventana en persecución. Empujando a Elaine detrás de mí, estaba completamente preparado para luchar, pero Okerdon permaneció allí en la ventana.

—¡No salgas! —gritó—. Por el amor de Dios, no me dejes. ¡Jim, por favor!

El fósforo parpadeó y se apagó, y escuché el frenético raspado cuando encendió otro. El rostro del hombre sobre nosotros era aterrador más allá de toda descripción. La locura es una cosa, pero la locura inducida por un miedo absoluto y delirante es mucho más horrible.

Escuché a Elaine dar un pequeño grito. Se había cubierto la cara con las manos. Entonces me di la vuelta y comenzamos a recorrer el camino circular. Los gritos y las súplicas de Paul subían y bajaban. Algunos eran para nosotros, otros para otra cosa, rogándole que no se lo llevara, que no lo destruyera. Indistintamente, de vez en cuando gritaba una palabra una y otra vez. Elaine lo escuchó y me miró.

—¡Oscuridad! —ella se estremeció.

La grava crujió bajo nuestros pies mientras nos apresurábamos. Sabía la dirección, pero estaba a una distancia considerable del cobertizo. Mis ojos fatigados apenas podían discernir el camino de desvío de este en el que estábamos. Nuestros rápidos pasos nos sacaron de más allá de la sombra de la gran casa. La luna parecía elevarse detrás de su masa y el camino era algo más brillante. La mansión de la que habíamos huido estaba completamente a oscuras excepto por el destello de luz que era Paul en la ventana, llamando, llorando, maldiciendo.

Extrañamente, fue Elaine quien se dio cuenta primero. Ella agarró mi muñeca con fuerza.

—¡Jim!

¡Detrás de donde nadie debería haber estado había una sombra larga y delgada! Apareció un segundo. Giré la cabeza a pesar de que sabía que no habría nada detrás que hubiera causado estas sombras.

—¡Corre! —mi voz se elevó—. ¡Corre como el infierno, Elaine! ¡No mires atrás! ¡Saca tus llaves y dámelas!

Aceleramos sobre la grava. Entonces las sombras nos alcanzaron, tomando todas las formas y siluetas, extendiendo hacia nosotros tenues y enormes apéndices, y detrás, Paul Okerdon chillaba y chillaba.

El tenue contorno del cobertizo estaba delante. Empujé a Elaine. La puerta estaba a solo unos metros de distancia.

—¡Jim! —Elaine sollozó y se tambaleó un poco.

¡Oh Dios! Yo también lo había sentido, algo suave como el algodón pero con fuerza, tocando, agarrando por un momento mis piernas, desequilibrándome por un segundo.

—¡Continúa! —grité y nos lanzamos hacia adelante.

Le di a Elaine un último empujón hacia la puerta y me arrojé tras ella contra el peso cada vez mayor de esa suave presión de terciopelo en mi hombro, otra en mi muslo, suave pero férrea en fuerza, extendiendo la mano, tanteando. Me arrojé hacia adelante y la resistencia desapareció.

Saltamos al coche. Encendí las luces, encendí el motor y aceleré locamente fuera del garaje.

—Mantén las ventanas abiertas —grité, y mientras nos dirigíamos hacia el gran camino circular; cosas blandas saltaban y se agitaban.

Corríamos a través de parches de luz y oscuridad. El auto se sacudió un par de veces, pero mantuve el cupé en segunda velocidad, el acelerador al piso. Solo cuando llegamos al camino de entrada me di cuenta de que las llamas salían del ventana donde habíamos visto a Paul por última vez.

Antes de que hubiéramos avanzado cien metros más, el fuego se había extendido y la vieja mansión era una pira. Las llamas iluminaron el bosque desolado por el que pasamos e incluso cuando llegamos a la puerta de hierro y salimos por el camino rural, las llamas aún eran visibles detrás de nosotros en el cielo. No tenía sentido volver atrás, incluso si nos hubiéramos atrevido. Paul estaba ahora más allá de cualquier ayuda humana.

Aceleramos a través del campo solitario durante millas. Puse mi brazo alrededor de Elaine y traté de calmar su temblor.

—Cariño —dije—, fue una experiencia terrible, pero la hemos superado.

—Pero las sombras —gritó—. ¡Jim, cosas así no pueden existir! Pero las vimos. ¡Yo... sentí algo!

—Estábamos alterados —argumenté—. El colapso de Paul fue impactante para los dos, pobre diablo. Pero en cuanto a cualquier otra cosa, eso fue imaginación, cariño. Tienes que olvidarlo.

¡Mi propia mente ya había comenzado a rechazar los recuerdos de nuestra carrera por los terrenos, nuestra carrera contra la sombra!

Cuando apreté a Elaine con mi brazo derecho, mi muñeca izquierda me dio una punzada dolorosa. La miré a la luz del tablero. Estaba severamente magullada. ¡Las marcas estaban rojas, en perfecta simetría con la forma de una mano!

Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Allison V. Harding.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Allison V. Harding: La noche de las sombras imposibles (Night of Impossible Shadows), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Hombre Húmedo»: Allison V. Harding; relato y análisis


«El Hombre Húmedo»: Allison V. Harding; relato y análisis.




El Hombre Húmedo (The Damp Man) es un relato de terror de la escritora norteamericana Allison V. Harding (1919-2004), publicado originalmente en la edición de julio de 1947 de la revista Weird Tales.

El Hombre Húmedo, tal vez uno de los mejores cuentos de Allison V. Harding, relata la historia de Linda Mallory, una mujer perseguida por un acosador de aspecto extraño, hinchado, acuoso, quien además de estar obsesionado con ella posee el inconveniente secundario de no ser humano [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

SPOILERS.

El Hombre Húmedo de Allison V. Harding es esencialmente la historia de una mujer aterrorizada por un acosador durante la década de 1940, en el área de Manhattan; y sobre como no hay mucho que ella pueda hacer legalmente al respecto [incluso el término «acosador», en su connotación actual, no era parte del lenguaje cotidiano]. De hecho, Linda Mallory, la joven víctima del Hombre Húmedo, rápidamente descubre que la sociedad juega a favor de su acosador [ver: El Machismo en el Horror]

El Hombre Húmedo también relata la historia de un joven reportero de la Gazette, George Pelgrim, quien conoce a una encantadora y joven campeona de natación llamada Linda Mallory. Para su consternación, se entera de que ella está siendo acosada por un hombre de aspecto monstruoso, obeso, quien no solo la acecha pasivamente, sino que además parece estar obsesionado con tenerla y, quizás, reproducir pequeñas monstruosidades fofas con ella. El propio Hombre Húmedo, cuyo nombre real es Lother Remsdorf Jr., es libre de acosarla a voluntad. En primer lugar, porque es uno de los hombres más ricos y poderosos del país [básicamente tiene a todas las autoridades en el bolsillo]. En segundo lugar, porque posee una ventaja todavía mayor: Remsdorf ya no es humano [ver: In Articulo Mortis: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte]

Debido a los experimentos realizados por su padre, una especie de retorcido científico loco, Remsdorf se convirtió en el Hombre Húmedo, una enorme masa de carne, grasa y agua [mucha, mucha agua]. De hecho, no hay sangre corriendo por sus venas, sino un líquido espeso, y sus órganos [esto lo descubrimos en las secuelas] están comprimidos en una masa compacta en el interior de su cuerpo. Los golpes no lo afectan, tampoco los cuchillos y las balas. Posee una fuerza sobrehumana, y es capaz de triturar con sus manos a cualquier atacante, con la seguridad de que su riqueza evitará que lo arresten. Realmente parece que nada puede detener a este sujeto mientras sigue a Linda, acosándola y presionándola en cada aspecto de su vida, acorralándola hasta el punto de la desesperación. Al parecer, el Hombre Húmedo quiere empezar nueva raza de subhumanos como él, y si una mujer resulta inadecuada para los experimentos de apareamiento, simplemente se deshace de ella [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Aunque Linda Mallory es el personaje central, una voz masculina se superpone a su historia: George Pelgrim, un joven reportero molesto por haber sido asignado para cubrir un campeonato femenino de natación. A pesar de esto, Pelgrim hace un esfuerzo poco entusiasta para cumplir con sus obligaciones profesionales y organiza una breve entrevista con la señorita Mallory, la ganadora del torneo. Aquí es donde las cosas comienzan a ponerse raras. Las circunstancias unen a Linda y George e inevitablemente se desarrolla una relación de mutuo afecto. Durante un tiempo se las arreglan para evadir a esta monstruosidad húmeda y ambulante, cuyo nombre real se revela como Lother Remsdorf. Finalmente, el Hombre Húmedo secuestra a Linda. En un giro interesante [para la época], ella escapa sin ayuda [las mujeres en el pulp por lo general requieren ser rescatadas por un hombre]. La cantidad detalles dedicados al personaje de Linda Mallory, y el grado de fortaleza que se le atribuye en la historia, a pesar de su dependencia parcial de Pelgrim, son inusuales tanto para el medio como para la época, y a pesar de la elección de un narrador masculino, estos aspectos hablan fuertemente del compromiso de Allison V. Harding con presentar un punto de vista femenino [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

Como si todo esto no fuera lo suficientemente espeluznante, Remsdorf tiene los modales pulidos y anticuados de los mejores villanos, pero en un envase amorfo, gelatinoso, esponjoso. Afortunadamente, Pelgrim y Linda logran escapar a Canadá [tras una serie aparentemente interminable de persecusiones], y allí el Hombre Húmedo queda atrapado en temperaturas bajo cero. Remsdorf se convierte en una especie de grotesco muñeco de nieve. Pero cuando un antagonista es tan vil [y económicamente rentable] resulta muy difícil de matar permanentemente, de manera tal que en El Hombre Húmedo regresa está de vuelta en acción, y peor que antes; pero, de nuevo, es vencido oportunamente... deshidratándolo. Dos años después, en El Hombre Húmedo otra vez, mientras Pelgrim y Linda están jugando con la idea del matrimonio, el periodista descubre el extraño dispositivo que convirtió al joven Remsdorf en el Hombre Húmedo, y que alguien más ha estado expuesto a su influencia.

El Hombre Húmedo es uno de los primeros híbridos entre el Weird y el Noir, una transición formidable, por cierto, con su mezcla de entorno urbano, un investigador cínico, un antagonista grotesco y antinatural, y una desalentadora descripción de la sociedad. Si bien Allison V. Harding mueve la historia a través de un hombre, presentando muchos puntos de vista masculinos un tanto anacrónicos, El Hombre Húmedo al menos presenta una perspectiva femenina subyacente, junto con ideas específicas sobre cómo era la vida de una mujer joven en una gran ciudad a mediados del siglo pasado. Linda es constantemente «arrastrada» al interior de un taxi, llevada del brazo, guiada, y hasta sujeta [voluntariamente] a las órdenes de su salvador; pero todo eso ocurre cuando Pelgrim, especie de Príncipe Azul renegado, se involucra con ella. Antes de eso, Linda parecía estar manejando las cosas bastante bien [ver: El Feminismo de hoy desde la ficción de ayer]

Allison V. Harding no solo fue la escritora más prolífica de Weird Tales, sino que además contribuyó con uno de los relatos más populares en toda la historia de la revista: El Hombre Húmedo [ver: Allison V. Harding: la reina de Weird Tales] Este obeso y espeluznante acosador de mujeres merodeó por las páginas de Weird Tales a fines de la década de 1940 con un éxito impresionante. Tanto es así que, a pesar de terminar congelado como un grotesco muñeco de nieve al final de la historia, el Hombre Húmedo regresó, no en una, sino en dos secuelas, tituladas apropiadamente: El Hombre Húmedo regresa (The Damp Man Returns, 1947) [solo tres meses después del original] y El Hombre Húmedo otra vez (The Damp Man Again, 1949).




El hombre húmedo.
The Damp Man, Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


George Pelgrim se sentó con exagerado aburrimiento en los incómodos bancos de madera del anfiteatro. El letrero sobre las varias filas proclamaba que esta era la sección reservada para la prensa, pero George, como indicaban sus largas piernas desparramadas y sus modales descontentos, no estaba impresionado por el letrero ni por el espectáculo que se desarrollaba debajo de él, donde se celebraba un importante campeonato femenino de natación.

A pesar de sus años comparativamente jóvenes, Pelgrim había cubierto la cuota promedio de grandes historias de un periodista, incluidas las de tipo deportivo. Esto era un retroceso. Más que eso, era una indignidad absoluta, y por lo menos por décima vez ese día, Pelgrim repasó las desventajas de trabajar para un gran diario metropolitano con escasez de personal y con la inevitable reorganización de las asignaciones de sus miembros más jóvenes. Aun así, cubrir algo como un encuentro de natación de chicas, y uno relativamente oscuro, era ir demasiado lejos.

Cinco formas similares se zambulleron poderosamente debajo de él, y una con una gorra roja finalmente se adelantó y tocó el final de la pileta. Luego, el sistema anunció que la ganadora del estilo libre de 100 metros era la señorita Linda Mallory. La segunda fue la señorita Mary Ciphers, la ex-campeona en este evento.

George bostezó. Gracias a Dios fue la última carrera. Salió de las gradas y pasó junto a la mesa de relaciones públicas para recoger una hoja de prensa con Eventos, Ganadores y Tiempos. Ahora, unas palabras de la nueva campeona de los 100 metros y terminaría con el trabajo de este día. Se tomó su tiempo y luego mostró su pase de prensa en la puerta de baldosas que proclamaba: NO SE PERMITEN VISITAS.

—Entrada de los concursantes —Señaló con la cabeza un sujeto con un cronómetro que reconoció como alguien a quien había visto varias veces antes en las competencias de atletismo. ¡Oh, días felices!, luego se acercó a uno de los miembros del comité—. Me gustaría ver a esa chica que ganó los 100 metros. Solo unas pocas palabras —miró su hoja—. ¿Mallory?

—Ah, sí, la señorita Mallory —dijo el miembro del comité, tratando de ser amable con la prensa—. ¡Un buena nadadora!

Hizo una seña al periodista para que lo siguiera y recorrió un pasillo, deteniéndose ante una puerta, golpeándola y luego asomando la cabeza para murmurar algunas palabras. Luego se volvió.

—Entre.

Pelgrim entró. Linda Mallory estaba de pie. Ahora estaba vestida con ropa de calle.

—Soy Pelgrim de la Gazette —murmuró—. Me gustaría tener unas pocas palabras con usted, señorita Mallory. ¿Es este el primer campeonato de distrito que gana? ¿Cuántos años tiene?

Lanzó algunas otras preguntas. Luego, por primera vez, la miró de verdad. Era muy bonita, si te gusta el tipo atlético y saludable. Pero había algo más. Uno de los brazos bien formados se sujetaba al tocador como si necesitara su apoyo. Los ojos de George se entrecerraron. Esta era una forma extraña de actuar para una campeona recién coronada. Ella debería estar contenta. En cambio, Linda Mallory estaba aterrorizada.

Hubo un silencio incómodo y luego la chica logró forzar una sonrisa.

—Lo siento —dijo y cuadró los hombros—. Tengo veinte años y esta es la primera vez que gano un campeonato del condado. Es muy bonito —su voz se fue apagando y no parecía que pensara que había algo bueno en eso.

—Está bien, gracias señorita Mallory,

El desconcierto de George ante la ansiedad de la chica apagó su indignación por tener esa tarea. Giró sobre sus talones.

—¡Espere un minuto, por favor! —ella le tocó el brazo imperativamente—. ¿Vio a alguien afuera, en el pasillo o entrando el club? Un hombre corpulento, gordo, es decir, con traje oscuro… con…?

George frunció el ceño.

—No lo noté. Dígame, señorita Mallory, ¿se encuentra bien? Quiero decir, ¿está enferma o algo así?

Ella sacudió su cabeza.

—No, no. Estoy bien. Solo me preguntaba si había visto a esta persona. Me temo que no he sido muy buena para ser entrevistada.

—Ya tengo suficiente —respondió Pelgrim y se acercó a la puerta—. Acerca de este amigo suyo, no me preocuparía. Seguramente la encontrará.

—Sí —dijo Linda Mallory—, ¡supongo que lo hará!

Archivó su historia apresuradamente y salió de la oficina del telegrafista del brazo de Al. Hubo muchos viejo desgraciado, no te he visto desde hace tiempo. Él y su antiguo amigo se dirigieron al bistró más cercano y, a los pocos minutos, todos los pensamientos sobre Linda Mallory habían desaparecido de su conciencia. Sin embargo, tuvo suficiente presencia de ánimo a las seis y veinticinco para darle una palmada en la espalda a Holden.

—Ha sido genial, Al, pero tengo que irme. ¡Ese viejo jefe mío probablemente tenga tres o cuatro trabajos más para sus recaderos esta noche!

Tomó el tren de las 6:45 a la ciudad y se sentó en un asiento agradablemente suavizado por las cinco o seis copas que había bebido y la constatación de que tenía un viaje de tres cuartos de hora antes de llegar a la ciudad, por lo tanto, había buenas posibilidades de tomar una pequeña siesta.

Soñó con una serpiente saliendo del lago de Central Park, levantando un tentáculo que de repente comenzó a sacudirlo. Hizo lo que pudo, pero la serpiente fue persistente. George se despertó y miró la cara asombrada de Linda Mallory. Era su mano en su brazo.

—Señor Pelgrim, lo siento mucho. Lo vi y me senté junto a usted. Yo... tengo miedo, señor Pelgrim. Él está en este tren.

Aún medio dormido, lo único en lo que el periodista podía pensar era en la serpiente de mar. Se enderezó con el aire tímido de quien dice en silencio que, por supuesto, no estaba realmente dormido. Miró el rostro agitado de la chica y luego le tomó la mano porque parecía lo mejor que podía hacer. Era una mano agradable, tal vez porque había tomado esas copas con Al Holden. O tal vez fue porque estaba muy asustada.

—Ahora escucha —le habló con el tono paternal y pesado de alguien no muchos años mayor—. ¿De qué se trata todo esto?

La recordaba cómo alguien tan serena y segura de sí misma esa tarde, con su traje de baño azul, ahora se veía, bueno, casi patética. Pelgrim era un buen oyente. Así que escuchó. Asintió con la cabeza en los momentos adecuados, esperando que su aliento no fuera todavía cien por cien alcohólico. Después de todo, no te encuentras con un viejo amigo como Al Holden todos los días.

La historia de Linda Mallory fue sencilla y bien expresada. Contarla pareció ayudarla. De todos modos, estaba menos agitada al final. Desde lo más temprano que podía recordar, le dijo a Pelgrim, tenía la capacidad de girar más rápido que los otros niños de la escuela. Su ciudad natal la había enviado por primera vez al Este para completar en un pequeño encuentro y ella había ganado. Entonces llegaron las ofertas habituales para competir en otros encuentros.

Mientras tanto, había conseguido un trabajo modesto en una oficina de la ciudad. Sabía mecanografiar, y todo parecía ir bien hasta que un día lo conoció. Fue recientemente. Había terminado una competencia y estaba volviendo a casa cuando este hombre apareció frente a ella. Él había dicho algo, ella no estaba muy segura ahora, como Tú serás mía, o alguna declaración igual de extraña. Él le había tendido los brazos, tal vez de forma amenazadora, no estaba segura. Ella había esquivado sus insinuaciones y se había retirado apresuradamente, pero él estaba afuera cuando ella dejó los vestidores.

La había seguido hasta el autobús. Lo abordó con un suspiro de alivio cuando su figura burda se desvaneció en la distancia cuando se pusieron en marcha. Milagrosamente, apareció una mañana, pocos días después, sentado en el vestíbulo de su hotel. La había seguido. Estaba fuera de su oficina cuando ella se fue a las cinco y media.

Una vez llamó a un policía, pero cuando el oficial se volvió para mirar en la dirección que ella le indicó, no había nadie. El tipo era inteligente.

Pelgrim pensó para sí mismo: ¿Bueno, por qué no? Hay muchos de estos chiflados. No necesitas trabajar en un periódico para darte cuenta de eso y ella es una chica linda.

En voz alta preguntó:

—¿Crees que lo viste esta tarde, y que ahora está en este tren?

Ella asintió.

—Sé que lo está, señor. Pelgrim.

—Bueno, investigaremos eso, y mientras tanto, dejemos el señor de lado. Mucha gente tiene peores nombres para mí, pero hagamos un compromiso y me llámame. ¿Cómo es este hombre?

Linda se estremeció.

—Es... ¡es horrible! No sé cómo describirlo exactamente excepto que es muy grande y gordo y siempre usa un traje oscuro, como un traje de chófer, pero en realidad no lo es. Su rostro está lleno de bultos. Y sus ojos también me asustan. Le digo, señ… George, que esa vez que bajé las escaleras en mi hotel y lo vi sentado allí, esos ojos me miraron por encima de un periódico que había estado leyendo. Me hizo sentir… —se estremeció de nuevo.

—Quédate aquí —le aconsejó George—. Voy a ver si puedo localizarlo.

—Está detrás de nosotros —indicó Linda Mallory—. Lo vi subir al final del tren.

George se levantó y trató de parecer formidable. Tal vez caminar limpiaría las últimas telarañas de su cerebro. Sonrió y señaló hacia la parte de atrás.

—¿Por aquí?

Linda le devolvió la sonrisa.

—Mira, no te metas en ningún problema por mi culpa.

—Estoy interesado. Quiero ver a este fan tuyo por mí mismo.

La dejó sentada allí, mirándolo. Había uno, dos, tres, cuatro coches detrás de ellos. El reportero caminó lentamente por el pasillo, con las manos hundidas en los bolsillos, mirando con indiferencia de un lado a otro. El surtido habitual de damas con vestidos de flores, niños comiendo dulces, hombres con sus periódicos. En el último coche, uno vestía un traje marrón, el otro vestía una especie de traje gris y oscuro. También estaba enterrado en su periódico. Parecía bastante ancho.

El tren redujo la velocidad para llegar a una estación suburbana y se detuvo. George estaba de pie en la plataforma trasera con los ojos en la espalda del grandullón, indeciso. Luego comenzó a caminar por el pasillo volviendo sobre sus pasos. Cuando se acercó al sospechoso, inclinó la cabeza hacia abajo.

—Perdón —señaló con el pulgar un elemento del periódico.

El rostro del tipo salió al otro lado del tabloide.

—Amigo —murmuró George en tono de disculpa.

El rostro del extraño era beligerante. También era largo, delgado. Parecía respaldado por un buen golpe. George retrocedió sonriendo. No era el hombre. El tren arrancó de nuevo. Tal vez se había escapado. George volvió a su coche y ensayó un pequeño discurso. Era una excusa para volver a tomar su mano amable y capaz: No hay nada de qué preocuparse. Créame, tomé las huellas digitales de todos los chicos de allí. No hay nadie que responda a tu descripción.

Pero no hubo discurso porque Linda Mallory se había ido. Y ella no estaba en el tren. George se aseguró de eso mientras miraba a través de los coches de proa. Echó humo el resto del camino hacia la ciudad.

Tres días después, sonó el teléfono en el escritorio de Pelgrim. Era Linda. A pesar de sí mismo, se había preguntado por ella, incluso con el debido tecnicismo periodístico. Se dijo a sí mismo que probablemente todo el asunto era una locura.

—Bueno, ¿por qué el acto de desaparición?

Ella se disculpó fervientemente:

—Tenía que hacerlo. Justo después de que tú saliste del coche por el pasillo, él apareció. No pude soportarlo. Me bajé en la siguiente parada. ¿Puedo hablar contigo?

Con estudiado esfuerzo George respondió lentamente:

—Bueno, supongo que sí. ¿Dónde estás? —Linda Mallory dio el nombre de un hotel—. Iré esta noche —dijo y colgó.

Mientras se sentaba en su escritorio, el periodista se dio cuenta de que no estaba del todo seguro acerca de Linda Mallory, acerca de muchas cosas sobre ella. Aunque admitió a regañadientes que estaba seguro de una cosa. Se alegró de volver a escuchar su voz.

Esa noche llegó al vestíbulo de su edificio a la hora señalada. Era un hotel para mujeres y la planta baja estaba llena de macetas con palmeras y hombres esperando. Ella estaba allí, de pie junto al escritorio, y pensó mentalmente que el sencillo vestido azul le sentaba bien. Le gustó la forma en que ella extendió la mano, y también su sonrisa; eso le había gustado antes.

—Vamos a sentarnos aquí —indicó con un gesto hacia una alcoba del suelo donde había un par de sillas.

Él la siguió. Ella lo miró intensamente.

—Si yo fuera tú, probablemente pensaría que estoy loca.

Él sonrió.

—Mis sentimientos casi exactamente —respondió Pelgrim.

—Realmente no tengo ningún derecho a meterte en esto y has sido muy amable.

—¿Meterme en qué? —persistió—. Después de todo, si no te importa que lo diga, ¿no te preocupas un poco demasiado por las atenciones de un admirador?

—Ha estado aquí —continuó Linda, ignorando su pregunta—. Creo que se bajó como yo en esa estación. Tomé un autobús pero él me siguió.

—Mira, si esto te está molestando tanto —sugirió George—, ¿por qué no avisar a la policía? Quiero decir, en realidad, un hombre sentado en el vestíbulo de tu hotel, siguiéndote a tu trabajo, siguiéndote. Tienes todo el derecho a…

—Es inteligente —dijo, y la mirada de miedo volvió a sus ojos—. Ya te lo dije antes, una vez en la calle hablé con un oficial. Parece anticipar... Quiero decir que se había ido cuando el policía miró. Anoche, George, trabajé hasta tarde. Cuando salí, no lo vi. No lo busqué mucho. Supongo que pensé que se habría cansado de esperarme. Fui a un restaurante a un par de cuadras de aquí, y cuando salí estaba oscuro como boca de lobo. Caminaba sin pensar en nada, entiendes, sin esperar escuchar nada cuando escuché sus pasos detrás de mí. No puedes confundir ese sonido. Es el tipo de ruido que hace el caucho húmedo. Supongo que perdí la cabeza. Corrí el resto del camino hasta aquí. Luego me paré justo dentro de la puerta y miré hacia afuera. No lo volví a ver.

Pelgrim pensó en eso durante un minuto.

—Necesitas salir de aquí por un tiempo. Deja de pensar en eso. Vamos a ver un espectáculo o algo así.

Ella se iluminó.

—Eso sería genial.

—Está bien. Esperaré aquí y tú irás arriba y tomarás tu abrigo.

La vio desaparecer en las relucientes fauces del ascensor. Luego, sus ojos vagaron por la gente del vestíbulo. Su lugar era ventajoso. Desde su nicho lateral podía ver sin que lo notaran. Todo el mundo parecía bastante inofensivo.

Su mente, repasando las cosas que Linda Mallory le había dicho, dio un vuelco repentino y aterrizó en una nueva posición. Este hombre, este seguidor del que se quejaba y del que parecía tan asustada. Era extraño que nadie más se fijara en él. Él mismo, por ejemplo, o el policía. Hubo todos estos episodios, estos detalles macabros de alguien que la seguía por las calles y por todas partes, y sin embargo, aparentemente nadie más que Linda Mallory había visto al sujeto.

George tenía el conocimiento rudimentario de psicología de un joven con educación universitaria promedio. ¿Cuántas veces en la prensa había leído sobre cosas como el complejo de persecución, personas que piensan que otras están conspirando contra ellas, siguiéndolas? Linda, a pesar de su pequeño trabajo y sus concursos de natación ocasionales, estaba esencialmente muy sola aquí en la ciudad, y él realmente no sabía nada sobre su pasado. Era un pensamiento incómodo, uno que se abrió paso en su mente en lugar de ser bienvenido allí, pero el trabajo periodístico exige objetividad, y esta conclusión era al menos posible, basada en los hechos tal como los conocía.

Podía admitir para sí mismo que Linda Mallory era atractiva y agradable. Había una sencillez en ella que le agradaba y, sin embargo, el miedo había sido el acorde más dominante de su maquillaje, un miedo fijo sobre una cosa que no había podido demostrarle a nadie más.

Infeliz con sus propios pensamientos, George se levantó y caminó hacia la puerta principal. Hacía calor. Atravesó el portal y salió a la calle. Había una pequeña bombilla en medio del toldo que llegaba hasta la acera. George salió de su deprimentemente débil círculo de luz, buscando a tientas un cigarrillo en el bolsillo de su chaqueta. Mientras lo hacía, chocó con alguien. El periodista murmuró:

—Lo siento —y la otra figura se alejó de él hacia la puerta del hotel. George se volvió. Se quedó boquiabierto. La figura que se alejaba era la de un hombre gordo, muy grande, su cuerpo ancho encajado en una traje oscuro y arrugado. Pelgrim arrojó su cigarrillo a la calle y lo siguió.

En el interior vio al otro yendo resueltamente hacia la salón que él acababa de abandonar hacía un momento o dos. George dio algunos pasos vacilantes en esa dirección. El hombre se hundió pesadamente en el sillón que antes había compartido con Linda. Pelgrim vislumbró un rostro carnoso y pálido, y luego un periódico vespertino ascendió por delante del chaleco y la cabeza como una barrera protectora.

George cambió de opinión, se dio la vuelta y se dirigió hacia el mostrador. Estaba colocado cerca de los ascensores y la vería en el momento en que se bajara. Esperó, dando golpecitos nerviosos en el mostrador. Desde este punto no podía ver bien el rincón donde estaba sentado el hombre. Finalmente, la puerta metálica del ascensor se abrió y salió Linda. Él estuvo a su lado en un instante y la llevó por el piso hacia la puerta. Dijo algo, algo trivial sobre qué película crees que deberíamos ver o algo así.

Cuando George la empujó a través de la puerta, lanzó una rápida mirada a un lado. El hombretón del traje oscuro todavía estaba sentado allí, con el periódico todavía frente a él, pero lo había bajado solo un poco, lo suficiente para mostrar un par de ojos. Y los ojos estaban sobre ellos.

Se decidieron por un cine cercano. Mientras caminaban, George se dijo a sí mismo: Ahora no debes mirar atrás. La pondrás nerviosa. Sin embargo, mirar hacia atrás era lo que quería más que cualquier otra cosa. Había otros hombres corpulentos con trajes oscuros que estaban sentados leyendo periódicos. Pelgrim intentó escuchar, pero, ¿alguna vez has intentado distinguir un conjunto de pasos en particular en una calle de una ciudad abarrotada?

Cuando se metieron debajo de la marquesina iluminada del cine, pudo estirar el cuello. No vio a nadie en el cuadrado de luz amarilla o en sus alrededores. Entraron y se sentaron a medio camino del lado derecho. Era una historia policial con algo de comedia. Linda se rio y George se alegró. Significaba que se estaba olvidando un poco de sí misma, disfrutando. Le murmuró:

—Tengo que llamar a la oficina. Vuelvo en un segundo.

Era una verdad a medias. La llamada no era imperativa, pero Pelgrim quería hacer un poco de reconocimiento. La audiencia de la película se había reducido aún más, y de espaldas a la pantalla fue fácil para él ver la figura grande y voluminosa sentada ocho filas detrás de ellos. Sus emociones eran confusas cuando introdujo una moneda de cinco centavos en el teléfono. Estaba molesto, enojado, y también había una especie de sensación espeluznante en su espalda. Tal vez ella estaba fingiendo o lanzándole un psicópata.

—Hola, ¿está Jim Crosier?

Le dijeron que Crosier se había ido media hora antes. Tenía sus propias razones para querer hablar con el veterano periodista, pero si no estaba allí, eso era todo.

George se apresuró a regresar por el pasillo y luego redujo la velocidad a medida que se acercaba. Pues directamente detrás de Linda, ahora, el gran hombre estaba sentado. Se había acercado cuando Pelgrim había estado ausente. George se movió a su lado. Ella sonreía a algo en la pantalla, ajena a cualquier otra cosa a su alrededor. Tendría que manejar esto hábilmente.

—Mira —dijo—, lo siento, pero parece que deberíamos salir.

Odiaba alejar a la chica del cine. Parecía disfrutarlo, pero de todos modos ella asintió con la cabeza, buena deportista como era. La empujó apresuradamente por el pasillo para que no se diera cuenta del motivo de la huida.

—Lo siento —se disculpó Linda Mallory cuando salieron—. No deberías haber pasado tanto tiempo conmigo esta noche, ¿verdad?

Suspiró con simulacro de tragedia y trató de hacer que su tono fuera ligero:

—¡Probablemente me pedirán que llene los tinteros por la mañana!

Se detuvieron en un restaurante y, mientras tomaban una taza de café, George tomó una decisión. Todo era lo suficientemente extraño y misterioso como para abandonarlo sin más. El reloj de la cafetería dictaba que eran más de las doce. Las calles estaban desiertas mientras caminaban desde la luz oblonga que arrojaban las ventanas del restaurante. Una suave niebla primaveral se había infiltrado desde el mar, amortiguando el sonido del tráfico ocasional de medianoche, cubriendo las solitarias farolas en fantasmales halos y reduciendo la visibilidad a no muchos metros.

Caminaban entre hileras de casas con fachadas de ladrillos, casas que eran solitarias y fantasmales como si nunca hubieran conocido una presencia humana, y sus pasos resonaban empapados en las aceras. Fue en medio de una cuadra sucia que George sintió que los dedos de Linda se apretaban sobre su brazo. Su oído había sido quizás más agudo que el suyo, pero cuando el sonido agonizante de un distante tren eléctrico desapareció por completo, él también supo que había pasos detrás de ellos. Miró a Linda Mallory. Su boca roja estaba parcialmente abierta como si hubiera una pregunta que temiera hacer.

—¿Qué pasa?

Sonrió aunque lo sabía; ambos lo sabían. Siguieron andando y, como por mutuo consentimiento, sus pasos se aceleraron, pero esta larga cuadra parecía no tener fin. Y los sonidos detrás de ellos estaban más claramente definidos, quizás porque sus sentidos estaban tan excitados y proyectados tan completamente hacia atrás, hacia el único punto de enfoque, o quizás porque los pasos estaban realmente más cerca, acercándose.

Sabes cómo es cuando eras un niño, un niño en algún lugar en la noche o en la oscuridad de una casa vieja o de tu propia imaginación, el impulso loco e irresistible que te invade repentinamente: huir con toda la fuerza de tu ser, correr, esconderse. Hay algo de eso en todos nosotros en ciertos momentos. Tocó a George brevemente, un toque de oscuridad y niebla, el impulso de correr y esconderse, y él también lo sintió en Linda. Todavía había lugar para la compasión por ella. Había tenido esta cosa desagradable con la que luchar antes. Él era nuevo en eso, y la novedad debía valer algo, resolvió.

—Tómatelo con calma —le murmuró.

Trabajó una pequeña sonrisa.

—Solo sé que ya estaría corriendo si estuviera sola —admitió Linda.

En el túnel de oscuridad que se extendía por delante vieron el pálido destello amarillo de una farola. La única bombilla brillaba débilmente en la atmósfera pegajosa. Marcharon hacia ella, y marcharon fue la palabra, porque George mantuvo sus pasos regulares. Era una cuestión de moral, lo sabía instintivamente; que si alguna vez rompían el paso, correrían atropelladamente, un absurdo y loco espectáculo de dos personas asustadas cayendo en picada por la calle solitaria hasta que encontraran el ajetreo de la ciudad y de repente se sintieran avergonzadas.

Pelgrim no era tonto. Pensó que había calculado su situación y sus posibilidades. Ningún ladrón pierde su tiempo rastreando a una persona noche tras noche. Un atraco en una gran ciudad es tan impersonal como un accidente automovilístico. Es completamente indiscriminado. Si te encuentras en tal o cual calle, en tal o cual momento, sentirás un arma en tus costillas o un cuchillo en tu cráneo, tú o cualquier otra persona.

No, el atractivo aquí era la chica, y lo que él no sabía de ella podía ser su ruina. Este inquietante pensamiento hizo que George volviera a mirarla, tan repentinamente que ella lo sintió y miró hacia atrás. Se sintió avergonzado de sí mismo por cualquier sospecha que pudiera haber tenido. Esta chica era honesta. Le había dicho lo que sabía. Un secuestro era absurdo y parecía imposible. Había formas más fáciles. Esta larga vigilancia, por ejemplo. ¿Por qué sería necesaria? Además, Linda Mallory ganaba un salario mínimo y era, como mucho, solo una nadadora prometedora de pequeños logros locales.

Esto abrió otras especulaciones, una categoría tan oscura, húmeda y brumosa como la noche. Este hombre grande era una de esas miríadas de personas que deambulan por la ciudad y el campo con algún pequeño y extraño propósito propio. Pequeño para nosotros pero grande para ellos. La gente no del todo normal. El retorcido. El loco.

George deseaba tener una pistola o un garrote o algo. Llegaron al oasis de luz y él le dijo rápidamente:

—Tú párate al otro lado. ¿Conoces el camino a tu hotel desde aquí?

Ella asintió.

—¿Segura?

Ella asintió de nuevo.

—Quédate ahí. No digas nada. No hagas nada, pero si te digo que corras, corre lo más rápido que puedas y sigue corriendo hasta que llegues donde hay más gente o veas a un policía. No te detengas para nada más, ¿entiendes?

Ella asintió con la cabeza por tercera vez.

—¿Pero qué hay de ti?

—Voy a intentar averiguar sobre este tipo. Linda, debe haber alguna explicación para esto —esperaba que sonara bien de la forma en que lo expresó—. Tal vez él piensa que eres su hija perdida hace mucho tiempo o algo así.

Los pasos estaban ahora mucho más cerca y Pelgrim pudo ver a qué se refería con las suelas de goma mojadas, casi un sonido de chapoteo en las aceras húmedas. Linda se apartó de él hacia las sombras del otro lado del círculo de luminancia. Satisfecho, el reportero se volvió y miró por donde habían venido. Dio unos pasos hacia la oscuridad, volvió la cabeza para mirar una vez más dónde estaba Linda. Bien. Desde aquí, incluso sabiendo que ella estaba allí, apenas podía distinguir su figura, y esperó.

Los sonidos parecían una cantidad interminable de latidos, de profundas respiraciones anticipatorias y luego de la oscuridad surgió una negrura mayor. Era el hombre corpulento, que parecía incluso más grande de lo que George recordaba, con aspecto de la noche misma con su traje oscuro y su sombrero.

Los pasos se detuvieron. El hombre se detuvo a un paso de Pelgrim. La luz brilló sobre su rostro blanquecino y abultado. La tenue luz de las farolas y las sombras hacían más grotescas las almohadillas de carne que eran manos y mandíbulas.

George se acercó. Atacar era su único plan.

—¿Estás siguiendo a alguien, amigo?

Estaba consternado por la repugnancia del hombre. Los ojos eran de un color negro. No tenían profundidad ni expresión. Eran simplemente discos redondos como los botones de un bacalao exhibidos en el escaparate de una pescadería. Había algo más en el hombre que se apoderó de George, y de repente lo congeló con un horror que era difícil de controlar. Se veía... se parecía a alguien que George recordaba años atrás, un cuerpo hinchado con grilletes que la policía había sacado del río una noche fría.

La piel se veía así, la hinchazón, la blancura azulada, los ojos inexpresivos de la muerte. No ves algo así a menudo. Pero los muertos no hablan; y este dijo:

—¿Dónde está? —y hubo un destello de algo ilegible en los ojos oscuros.

La voz era profunda, con una cualidad resonante de barril. Las palabras fueron dichas lentamente.

—¿Dónde está quién? —replicó Pelgrim.

—La mujer.

—¿Qué quiere con ella? Tiene un coraje infernal, señor...

Los ojos del grandullón detuvieron su trayectoria itinerante y se fijaron sobre el hombro del reportero. Sin mirar, Pelgrim supo que habían visto a Linda. Sintió que el gran cuerpo frente a él se preparaba para avanzar. Mientras George levantó los puños, gritó:

—¡Corre, Linda, corre!

Por encima del eco de ese mensaje en la calle solitaria escuchó sus tacones alejarse furiosamente. Sus puños golpearon al esponjoso cuerpo, y luego una mano gruesa y pesada se estrelló contra el costado de su cuello haciendo que sus sentidos se tambaleen. George estuvo a punto de caer, pero se agarró a un grueso brazo desollado. El hombre grande se inclinó hacia adelante. Un hombro lo agarró y George cayó de rodillas agarrando una pierna.

El grandulón gruñó.

George vio que la patada llegaba demasiado tarde. Aterrizó entre sus ojos y luego la oscuridad de la calle y la masa oscura de su oponente fueron tragados en una oscuridad aún mayor.

Lo siguiente que supo George fue la presión de un brazo debajo de su cabeza. Parpadeó a la luz de una linterna mientras una voz decía:

—Ya está, amigo, estás bien.

Luchó por levantarse y la luz de la linterna se reflejó en los relucientes uniformes de dos policías. Uno sostenía la linterna. George finalmente se puso de pie. Tenía un bulto en la frente y sus sentidos aún estaban débiles. Dio su nombre y dirección mecánicamente al policía que preguntaba, mostrando su tarjeta de prensa.

—¿No sabes quién era este tipo? —preguntó uno de los uniformados.

—No —No tenía sentido contar la historia completa ahora, lo importante era averiguar si Linda había llegado bien a su edificio—. ¿No serían tan amables de llevarme?

Lo apilaron detrás de ellos y lo llevaron a su destino. Casi antes de que saliera del patrullero, Linda había salido y lo estaba saludando. Temblaba.

—¡George, estaba muy asustada!

—Vamos, volvamos adentro.

—George, tu cabeza...

—Olvida eso —la condujo hacia el lobby—. ¿Alguna señal de él aquí?

Ella negó con la cabeza.

—¿Qué pasó? ¡Esos policías!

Le contó rápidamente lo que había sucedido.

—No deberías haberme hecho dejarte —criticó.

—No hubieras sido de mucha ayuda. No, este tipo es difícil, Linda. Ahora escucha. Quiero que subas a tu habitación y quiero que te quedes allí. Pase lo que pase, ¡quédate ahí! No puedo subir a este edificio. Te llamaré por la mañana. ¿De acuerdo?

Ella estuvo de acuerdo.

—Vamos a atrapar a ese tipo, Linda, no te preocupes.

—¿Qué... quién es él? —preguntó ella—. Quiero decir, ¿de qué se trata, George?

La mirada de miedo que odiaba ver estaba allí de nuevo, pero no podía culparla.

—¿Hay algo más que quiero preguntarte, George?

—¿Si?

—Cuando peleaste con él, ¿te agarró en algún momento, o lo tocaste?

Pelgrim sonrió con ironía y señaló su frente.

—Un agarre bastante bueno, ¿no te parece?

—Quiero decir —persistió—, hay algo en ese hombre que no está bien. Te dije que en la competencia de natación me agarró por los brazos y luego tuve que empujarlo. Era, bueno, era casi como si hubiera estado nadando. ¿Notaste algo extraño como eso?

George se rio estridentemente.

¡Crees que el pájaro está muerto! ¿Alguien ha vuelto de una tumba de agua? ¡Tu tío Egbert, que navegó antes del mástil y murió en España! —canturreó.

—No te rías —protestó—. Es solo que yo...

—Él es de carne y hueso, Linda. No hay nada muerto en él.

—No quise decir eso del todo.

—Bueno, deja de querer o pensar en nada —ordenó el reportero—. Sube a tu habitación y duerme un poco. Olvídalo. Sé que es un consejo tonto, pero es el mejor que puedo darte. Te llamaré por la mañana. ¿Está bien?

Ambos se levantaron. Ella le apretó la mano.

—Y muchas gracias. Este es mi problema y, sin embargo, lo has hecho tuyo. No sé qué hubiera hecho sin ti. Probablemente me hubiese vuelto loca.

—Olvídalo —estaba avergonzado—. Te llamaré por la mañana.

La acompañó hasta el ascensor y sólo cuando las puertas se cerraron con estrépito detrás de ella se dirigió a la entrada del hotel. Pelgrim todavía se sentía un poco tembloroso, así que llamó a un taxi. Al entrar en la avenida, vio algo por la ventana lateral. Mientras pasaban velozmente, vio el inconfundible bulto familiar apoyado casualmente contra un buzón, con el rostro vuelto hacia la fachada del hotel.

—¡Chofer, espere un minuto! Quiero volver.

—No puedo girar aquí, señor —se quejó el conductor—. Es contra la ley.

La siguiente mejor opción fue dar la vuelta a la manzana. Sin embargo, el hombre grande se había ido. George se acomodó en el taxi, satisfecho de que no hubiera nada más que pudiera hacer esta noche.

En su apartamento escurrió una toalla en agua fría y se la puso alrededor de la cabeza. Ayudó, le hizo pensar mejor. Esa pequeña cosa de la que Linda había hablado, lo que había notado sobre este hombre. Él también lo había notado. La extraña humedad de esas manos fornidas como jamones. Quizás había enfermedades que causaban estas cosas, él no lo sabría, y quizás acompañadas por algún tipo de trastorno mental. Todas estas cosas las podría averiguar y las descubriría. Mientras tanto, iba a barajar el mazo y hacer desaparecer a la Reina de Corazones.

Su alarma lo dejó sin sueño a las siete y media. Al cabo de media hora, con una ducha y un desayuno de café y huevos fuera del camino, estaba hablando por teléfono con Linda Mallory.

—Número uno —enumeró con pedantería—, Quiero que recojas tus cosas, Linda. El tipo sabe dónde estás. Vamos a arreglar eso. Número dos, llama a tu trabajo y diles que lo lamentas pero que no volverás. Y no salgas del hotel. ¿Entiendes?

Colgó y se fue a la oficina, sorprendiendo considerablemente al personal del periódico, desde el copista hasta los reporteros subalternos, por su llegada anticipada.

Entró en la oficina que compartía con Jim Crosier y cerró la puerta. Era demasiado pronto para que el otro estuviera allí, pero George aprovechó su tiempo. A las diez en punto había localizado un lugar al otro lado de la ciudad donde podría conseguir una habitación para Linda. Era en un vecindario respetable, no lejos de un metro. A las diez y media lo había arreglado todo con Mort Hoge, el editor de artículos dominicales, para que aceptara a Linda como mecanógrafa.

Entonces entró Crosier.

—Así que eres el reportero de delitos número uno en el condado.

Era una broma entre ellos. En realidad, Crosier sí conocía el tema, era un experto en la historia de la violencia, en el procedimiento judicial y sus aspectos legales. George describió sus experiencias con Linda Mallory. Al final, el otro reportero sonrió.

—¿Te quedaste con la chica?

Pelgrim resopló.

—Veo que sí —respondió Jim a su propia pregunta—. Y no has bebido demasiado últimamente, ¿verdad?

—Espera un minuto. Si crees que tengo esta patada en la cabeza...

—Escucha, George. La señorita evidentemente tiene otros admiradores además de ti. Este hombre gordo es uno de ellos. Ya sabes lo que dicen sobre nuestra civilización. Solo tendrás que aceptarlo, chico, ¿Qué? No, hijo, es un punto difícil legalmente hacer que arresten a un hombre porque dices que ha estado siguiendo a alguien. Sobre tu pelea de borrachos con él anoche... no lo sé.

George ahogó una réplica enojada cuando el otro reportero se volvió hacia su máquina de escribir. Y, sin embargo, ¿no había sido él mismo escéptico al principio? No, supuso que tendría que manejarlo él mismo sin órdenes judiciales, el Departamento de Policía o Crosier. Sin embargo, había una pequeña cosa que ayudaría. Conseguiría un arma. Eso era factible.

Salió de la oficina al mediodía y tomó un taxi hasta el hotel de Linda. La llamó y le dijo que bajara con su equipaje. Ella estuvo lista en diez minutos, aunque él tuvo que acallar sus protestas.

—No te preocupes. Tengo otro lugar para ti.

No, no debía dejar la nueva dirección como una de reenvío de correo. Después de un momento decidieron que podía remitir cualquier mensaje o correo al club de natación al que pertenecía.

El taxi que tomaron siguió un curso excéntrico hasta que George, mirando por la ventanilla trasera, se dio cuenta de que no había persecución. Su destino era una vieja casa de piedra rojiza de cinco pisos. La casera era la señora Brumley, una anciana regordeta, viuda de un ex reportero de la Gazette. Les dirigió un saludo maternal a ambos.

—Es bueno verte —le dijo a Pelgrim—. Y tengo la parte trasera del tercer piso para la señorita.

George vio a Linda subir las crujientes escaleras alfombradas. La suya era una habitación grande y aireada con vistas a los patios traseros.

—¿Te gusta?

—Creo que es grandioso —respondió Linda.

—Está bien, te acomodas y luego mañana llegarás a la oficina a las nueve —le dio la dirección—. No esperes verme —advirtió George—, pero te esperan en el Departamento D.

Bajó las escaleras y habló con la señora Brumley por un momento antes de irse. Explicó que la señorita Mallory había tenido las atenciones no deseadas de un hombre durante algún tiempo y que esa era la razón del apresurado cambio de dirección. La señora Brumley se encargaría de que no la molestaran extraños aquí. George describió al hombre corpulento con cuidado.

El teléfono interrumpió el sueño de Pelgrim a la mañana siguiente. Un ojo entreabierto se centró en el reloj. Con mal humor, notando que no eran ni siquiera las ocho, dijo un hola somnoliento, y luego las palabras que oyó lo atravesaron más profundamente que el timbre del teléfono. Era Linda y estaba asustada, muy asustada. Los ojos de George Pelgrim estaban ahora bien abiertos.

—Oye, espera un minuto. Espera.

—Está en el periódico —repitió ella—. Peggy Greene, ¡vivía al lado mío en el hotel! Te la he mencionado, George. Bueno, tal vez no lo haya hecho.

—Bueno, ¿qué pasa con ella?

—Está muerta. ¡Estoy tratando de decírtelo! ¡La encontraron en la noche!

—Eso es duro —se compadeció—, terriblemente duro. Sé que es una sorpresa terrible, pero no entiendo...

—George, es él. ¡Estoy segura! Escúchame. Peggy era casi de mi talla. Ayer, cuando estaba empacando, me pidió prestado mi traje azul. Se lo presté. Quería ponérselo por última vez. ¿No lo ves, George? Ella también es rubia como yo. ¡Él pensó que era yo!

El reportero pensó por un momento.

—Toma tu desayuno allí y espérame. Yo te recogeré —ordenó y colgó.

Treinta minutos después, en un taxi, leyó la primera edición de la Gazette. El crimen se calificó como un titular de cuatro columnas. La policía pensó que la habían estrangulado en algún momento alrededor de la medianoche en una sección solitaria a menos de una docena de cuadras de su hotel. A George le hizo preguntarse si era la misma sección solitaria donde él y Linda habían tenido su experiencia antes. La causa de la muerte fue estrangulamiento. Por las marcas en la garganta, la víctima había muerto por asfixia. No había rastro del agresor, aunque la policía estaba segura de que era un hombre.

Había una foto de Peggy Greene. Era rubia, mayor que Linda y de complexión fuerte y corpulenta. En la oscuridad, con su cabello claro y el vestido, fácilmente podría haber sido confundida con la otra chica.

La señora Brumley estaba llena de solicitud, diciendo una y otra vez pobre niña. Linda estaba conteniendo las lágrimas con esfuerzo. George intentó darle una palmada en el hombro. Parecía inadecuado. Finalmente la convenció de que lo acompañara a la oficina.

—No querrás sentarte aquí todo el día repasando todo esto —señaló el papel sobre la mesa.

Pero lo repasaron yendo al centro. George forzó un optimismo que no sentía.

—Podemos darle a la policía una dirección sobre el culpable —opinó. Trató de omitir, obviamente, el tipo grande estaba detrás de ti. Pero Linda Mallory lo entendió. Ella se volvió hacia él.

—Está loco, ¿no es así, George? Completamente loco. Una especie de maníaco pervertido.

—No lo sé, no sé lo que es.

No importa cuál sea el problema con el resto del mundo o con su propio mundo, es útil estar en una oficina grande e impersonal con mucha gente. Estás atrapado en el bullicio y la actividad. Es un intangible. No importa cuál sea tu problema, te sentirás mejor.

Linda lo hizo. Dos horas después de ser introducida en el Departamento D, estaba sentada allí escribiendo rutinariamente, escuchando a la pelirroja que mascaba chicle quejándose de su novio y riéndose a pesar de sí misma de las bromas de uno de los muchachos de la oficina. Había otra cosa dentro de ella, la conmoción, el miedo y el arrepentimiento por perder a una amiga; tal vez no conocía a la chica Greene desde hacía mucho tiempo. Tal vez solo un mes, pero aun así el sentimiento era perturbador.

George hizo que le enviaran los almuerzos al piso de arriba, y después la llevó a pasear, mostrándole algunas de las imprentas y las salas de composición. Más tarde ese día llamó a su club de natación. Les dijo, tal como le había indicado George, simplemente que se había tenido que mudar y que llegaría en una semana. Ellos, a su vez, pasaron la información de que había un par de cartas para ella y una llamada persistente, un hombre que seguía preguntando por su paradero.

Aquella noche, George la llevó en taxi directamente a casa.

Al final de la semana ella lo convenció de que la dejara ir al club de natación. Consiguió un tiempo libre a media tarde para ambos.

—Después de todo —argumentó—, se supone que soy nadadora. Tengo que practicar de vez en cuando.

Había una piscina en el sótano del edificio. Linda miró su correo y luego a George. Él adivinó lo que se avecinaba. Había una mujer de rostro curtido y aspecto masculino que había estado ocupándose de ella junto al escritorio, diciendo cosas como: así que descuidando tu práctica, querida, y después de un comienzo tan prometedor. Linda dijo:

—George, debería practicar un poco en la piscina. Aquí está perfectamente bien. Puedes quedarte o irte, como quieras. ¿No te parece?.

—Me quedaré —respondió secamente.

El tanque estaba en el nivel del sótano, una pequeña piscina de veinte metros, con paredes verdes y fondo de azulejos blancos. Había algunos bancos por un lado. En el otro había dos pasillos, uno conducía a las escaleras y el otro a los vestidores y duchas. Se sentó en uno de los bancos y estiró su largo cuerpo. El agua estaba muy clara y completamente inactiva. Supuso que más tarde habría más movimiento. Pero ahora era muy solitario, y las luces amarillas de la cúpula parpadeaban solemnemente sobre él.

En un momento, Linda salió en traje de baño. La mujer de rostro curtido que había sido presentada a George como entrenadora de natación de la Asociación se paró al lado de la piscina y gritó instrucciones mientras la chica nadaba arriba y abajo, primero lentamente y luego más rápido.

—Estás rodando demasiado, querida.

George, menos perfeccionista, se maravilló de los trazos largos y poderosos de Linda.

—Está bien —la entrenadora aplaudió—. Ahora haz unas pocas docenas de largos.

A continuación, la entrenadora hizo una seña a Pelgrim.

—Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo —dijo en voz baja—. Aquí no. Ven a mi oficina un momento.

George miró dubitativo a Linda en la piscina. Ella lo saludó alegremente. Siguió a la mujer mayor por las escaleras. Lo condujo a una oficina pequeña y lúgubre y cerró la puerta. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de nadadoras.

—Mis chicas —entonó la mujer con orgullo—. Realmente creo que Linda Mallory podría ser una de las mejores, pero no ha estado practicando lo suficiente.

—¿Y de qué querías hablarme?

La entrenadora enrojeció. Sus manos se agitaron en el aire. George se dio cuenta de que estaba realmente avergonzada.

—Creo que será mejor que vuelva a la piscina.

—No, no —gritó ella, y puso una mano en forma de garra en su brazo—. Verás, Linda debería dedicar todo su tiempo a la natación. Realmente podría, bueno, creo que realmente podría volverse muy buena. Es una gran oportunidad.

—Así parece, pero realmente creo que debería volver.

Ella protestó débilmente de nuevo. Pelgrim abrió la puerta y empezó a bajar las escaleras hasta el sótano. Escuchó que la mujer lo seguía unos pasos atrás. La piscina estaba vacía, y ese vacío se le atascó en la garganta. ¿Cuánto tiempo había estado arriba? Cinco minutos, tal vez un poco más. Se volvió hacia la mujer, furioso.

—¿Dónde está el camerino de Linda Mallory?

Ella hizo una seña hacia el otro pasillo.

—Ahora, no se emocione tanto, joven.

Corrió por el pasillo. Ella lo siguió.

—Ese —indicó a la izquierda.

En todas partes, las puertas del vestidor estaban abiertas y mostraban nada más que un vacío absoluto. Sin llamar, abrió la única puerta cerrada. También estaba completamente vacío. La mujer mayor estaba en la puerta detrás de él.

—De verdad, está bien —protestó—. Te estás excitando demasiado.

—¡Qué es lo que está bien! —gritó George.

—Ella está con el caballero— insistió la entrenadora. Ella está bien.

Le contó la historia. Este hombre que había telefoneado tantas veces preguntando por Linda, admitiendo caprichosamente que, como pretendiente, estaba perdiendo frente a otra persona. ¿Le avisarían la próxima vez que ella viniera, lo llamarían de inmediato?

—Me dio su número —proclamó la mujer—, y me obligó, positivamente, a que aceptara un billete de cincuenta dólares —el recuerdo todavía la avergonzaba—. Fue muy persistente.

—¿Cómo se veía? —gritó Pelgrim.

—Bueno, no es lo que realmente llamarías atractivo. No, en absoluto. Era muy grande, casi gordo, sí, gordo. Una cara grande y blanca con ojos muy oscuros, pero fue muy cortés conmigo.

George pudo verla recordando el billete de cincuenta dólares.

—¿Y crees que Linda se fue de aquí con él por su propia voluntad?

—Por supuesto. Él era su prometido. Al menos eso es lo que deduje.

George se burló y escuchó el extraño sonido de su propia voz alzándose.

—Mire aquí un minuto.

La mujer se adelantó mirando hacia el vestidor, con los ojos desorbitados como si esperara encontrar un cadáver.

—¡Su ropa! —tronó Pelgrim—. Su vestido, todas sus cosas están aquí. ¿Crees que ella desapareció, dejó este edificio por su propia voluntad en traje de baño?

La mujer negó con la cabeza, el asombro se extendió por su rostro.

—Ciertamente no se arriesgaría a llevarla arriba y afuera de esa manera. ¿Hay una entrada trasera? ¡Rápido!

La mujer asintió y señaló el camino por el que habían venido. George lo encontró. Conducía a un callejón junto al edificio. También estaba vacío, pero afuera, junto a la pared de ladrillos, estaba su gorro de baño rojo con una costura de goma rota. Lo recogió y, sin decir nada más a la sorprendida mujer mayor que aún seguía su rastro, se subió a un taxi y le dijo al conductor:

—Llévame a la comisaría más cercana.

El sargento Murphy fue de gran ayuda en esa forma imperturbable y poco constructiva que tienen los oficiales de policía ante cualquier catástrofe. George dio una descripción completa de Linda y, lo mejor que pudo, una descripción del hombre. El único factor que provocó que un vestigio de vida se encendiera en el rostro del sargento fue mencionar que la chica había sido secuestrada en traje de baño.

—¡En traje de baño, dices! —esa fue la única contribución del sargento Murphy.

George se fue a casa. Se sirvió un trago fuerte y otro, luego se acordó de llamar a la oficina y les dijo que transfirieran las llamadas a su apartamento. George encendió la radio. Llamó a la comisaría. No hubo novedades. Nunca antes había sido un corredor, pero ahora caminaba de un lado a otro. Fue doblemente difícil porque era culpa suya por dejarla allí.

¡Esa estúpido idiota de mujer hablando sobre el caballero dándole un billete de cincuenta dólares! Pero los billetes de cincuenta dólares no crecen en los árboles, lo que podría significar que era rico y, en ese caso, estaría bien. ¡Qué razonamiento!

A la una y cuarto de la madrugada (George sabía la hora exactamente porque acababa de escuchar las noticias en la radio), llamaron a su puerta. Los golpes eran insistentes, histéricos.

Pelgrim abrió la puerta, esperando cualquier cosa. Era Linda. Ella cayó en sus brazos. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo. Tenía un abrigo largo, viejo y andrajoso a su alrededor y un feo hematoma en el pómulo. Ella le murmuró algo sobre un taxista y se quitó el abrigo largo. George lo entendió.

—¿Estarás bien por un minuto?

Ella asintió con la cabeza, pero se sentó en el suelo donde se había derrumbado. Su rostro estaba gris, sus ojos estaban llenos de fatiga. Se aseguró de que el pestillo estuviera en la puerta y sintió que se cerraba desde fuera. El taxista esperaba con escepticismo y se ponía cada vez más nervioso.

—No debería haberlo hecho, señor —aceptó agradecido su largo abrigo.

George le pagó el pasaje y una propina de cinco dólares, con lo que el taxista se puso locuaz.

—Debería cuidar mejor a su esposa, señor, una chica hermosa así. Fiesta de disfraces, me dice. ¡Qué fiesta de disfraces, me digo! ¡Ir por la ciudad en traje de baño! No es asunto mío, pero si me pregunta, señor, le diré que es extraño.

George dejó al conductor hablando y se apresuró a regresar al edificio. Al cabo de un momento volvió a entrar en su apartamento. Sus ojos estaban muy abiertos por el miedo y vidriosos por la conmoción. La acercó a su cama y la subió a ella. Luego llamó a un médico amigo suyo, un hombre al que no le importaba que lo molestaran a esa hora y que no le haría demasiadas preguntas.

Linda dijo poco. Ella estaba claramente agotada. El doctor Allen, cuando llegó, lo confirmó.

—Le he dado algo para que se duerma —le dio un puñetazo a su amigo en el hombro en broma—. ¿Qué estás haciendo, George, mi chico, y cuál es el asunto del traje de baño?

—¿Ella está bien? —Pelgrim no estaba de humor para bromas.

—Ella está bien. Un buen sueño bastará. Tiene un feo hematoma en el pómulo.

Después de que Allen se fue, George entró de puntillas y vio que Linda estaba durmiendo. Cerró la puerta silenciosamente y luego se acurrucó en el sofá de la sala.

Ella durmió hasta tarde, y antes de que él escuchara los primeros movimientos en su habitación, ya había preparado algo de desayuno. Luego telefoneó a la oficina diciendo que ella no iría y que él llegaría tarde. Cuando le sirvió café y tostadas, se alegró de lo mejor que se veía, aunque el pómulo todavía estaba feo.

—Hola —dijo Linda.

—¿Recuerdas algo de anoche?

Ella no negó con la cabeza, pero parecía dudosa. Luego apretó las manos con fuerza.

—Sí —su voz era baja—. Sí, lo recuerdo. Lo recuerdo todo, George, y no quiero hacerlo.

No le gustó la expresión de su rostro y charló rápidamente sobre otra cosa. Le sirvió un poco de café. Él le dijo que se quedara quieta, que no contestara el teléfono o la puerta a menos que sonara con un código simple que él le explicó. Luego salió.

Las oficinas de la Administración Civil de la ciudad no le eran desconocidas. Había estado allí antes. Una vez hubo una conferencia en las cámaras del alcalde. En otra ocasión, cuando el Comisionado de Policía había sido juramentado. El Comisionado, recordó George, era un hombre alto con el porte erguido de los militares y un bigote gris erizado, un hombre bastante atractivo.

Mientras esperaba en la antesala, George ensayó mentalmente lo que iba a decir. Por supuesto, era inusual llevar una queja al Comisionado, pero consideró que, dadas las circunstancias, era justificable. No era en absoluto reacio a sacar provecho del deseo de un funcionario público de complacer a los representantes de la prensa. Una buena prensa a menudo elige a los funcionarios públicos y la información comprensiva es una buena prensa. Cualquiera, desde el nivel más bajo de guardia hasta arriba, lo sabe.

Lo diría simplemente: Señor Comisionado, me doy cuenta de que este es un caso bastante extraordinario, pero esta conocida mía… y delinearía la situación, terminando con una descripción del gran hombre. El Comisionado escucharía cortésmente y, como mínimo, se publicaría algún tipo de alarma o alerta para recoger a este personaje, al menos para interrogarlo.

George esperó. Y luego se abrió la puerta de la oficina del Comisionado. Pero los ojos de George no eran para su porte erguido y el bigote gris pulcramente recortado. En lugar de eso, quedaron atrapados y fascinados por el compañero del comisario. La inmensidad, la oscuridad, el traje arrugado…

Los dos hombres se dieron la mano con fervor y luego el monstruo de traje oscuro pasó pesadamente junto a Pelgrim como si no lo hubiera visto, y salió de las oficinas.

El Comisionado hizo una seña al reportero, atónito, frunciendo el ceño mientras lo hacía. El ceño se quedó quieto cuando se sentaron adentro. La boca de George estaba seca. Su garganta estaba cerrada. Las palabras no venían. No vino nada. En cambio, el Comisionado habló con el ceño fruncido.

—Ahora, señor Pelgrim. ¿Es usted Pelgrim de la Gazette, verdad?

George logró asentir. El Comisionado prosiguió:

—Ah, sí, claro que te recuerdo. ¡Por favor, no me digas que has venido aquí para presentar una queja!

George estaba inmóvil. El Comisionado hizo un gesto con la mano.

—Todos cometemos errores. Por supuesto, no quiero avergonzarlo con un recital de lo que sabe muy bien, porque el hecho es que el señor que acaba de irse ha presentado una queja en tu contra. Me dijo hace un momento que, siguiendo tu conducta de los últimos meses, probablemente lo estarías siguiendo aquí —el comisario hizo otro gesto con la mano en el aire—. Dijo que probablemente podrías presentar una denuncia en su contra.

El Comisionado sonrió como si esta última contingencia fuera tan ridícula que ninguna otra reacción facial pudiera satisfacerla.

—Hay una chica, lo sé —continuó el Comisionado.

George empezó a hablar, pero el funcionario le indicó que guardara silencio.

—Lo sé, sé cómo surgen estos malentendidos. Pero, dadas las circunstancias, le sugiero que salga de esta situación con gracia. Por supuesto, no me gustaría tomar ninguna medida en nombre de la ciudad o del Departamento de Policía contra usted, por ejemplo, hablando con su empleador.

—¿Quién es él? —dijo George finalmente.

El Comisionado pareció sorprendido.

—¿No lo sabes? ¡Ese es Lother Remsdorf, Jr!

El nombre dio vueltas en la mente de Pelgrim y luego se encendieron las luces. Lother Remsdorf había sido el brillante experimentalista y multimillonario propietario de ese enorme lugar en Grandview Avenue, algunas plantaciones en el sur, minas de carbón y vastas propiedades inmobiliarias. Remsdorf podría comprar y vender Comisionados de policía.

—¿De qué me acusa? —George preguntó con los labios apretados.

—Ahora, ahora, señor Pelgrim. Todo esto se puede hacer con un mínimo de dramatismo y sin una gran pérdida para usted. Hay, ya sabe —dijo con lo que pretendió ser una sonrisa ingeniosa—, otras chicas en el mundo. ¡Deje en paz a la prometida del señor Remsdorf! Espero haber sido claro.

Los siguientes días fueron tortuosos. Linda había recuperado su fuerza física y, poco a poco, la conmoción de sus experiencias con Remsdorf había pasado. George se enteró poco a poco, sin querer forzarla, sobre cómo había aparecido el gran hombre de la nada poco después de que George subiera las escaleras con la entrenadora. La había agarrado antes de que pudiera escapar a la piscina de nuevo y la había obligado a salir por el camino de atrás. Habían conducido durante mucho tiempo en su larga, negra y cara limusina. El chofer era una especie de sudamericano de librea, pensó.

Le contó una extraña historia sobre él y sobre ella y donde, como un crucigrama, sus dos destinos encajaban. Le había dicho que no era como los demás hombres. Ella lo había escuchado con creciente horror, no queriendo aceptar lo que decía, sus ojos observaban fascinada las gotas de humedad en el dorso de sus enormes y carnales manos, y recordó que cuando él la había tocado, sus manos estaban mojadas como si él hubiera estado nadando y no ella.

La forma prosaica y práctica en que presentó lo que afirmó era una verdad científica sobre sí mismo hizo que las revelaciones fueran aún más horribles. Linda se había sentado acurrucada en la esquina de su enorme sedán, aturdida, sin palabras. Finalmente había conducido hasta la casa de Grandview Avenue. La había ayudado a entrar. Ayudado no era la palabra, porque su mano gigante se había cerrado sobre su antebrazo y ella sintió que él lo habría arrancado antes de dejarla escapar. ¿Y a dónde podría ir? ¡La imposibilidad de huir por una calle de la ciudad en traje de baño!

Le había hablado en la casona, tan silencioso e imperturbable como sus criados que iban y venían con bebidas y comida que ella evitaba tocar. Bebía, advirtió ella, grandes cantidades de líquidos, jarras de leche, vasos y vasos de agua y licores variados. Finalmente él se sentó a dormir y parecía empapado de agua, rodeado de vasos vacíos. Había reunido sus fuerzas y corrió por los pasillos de la vieja y monstruosa casa. Lo había escuchado despertarse, el sonido de una campana sonando, sin duda para convocar a los sirvientes, y luego su enorme peso viniendo tras ella en su persecución.

Afortunadamente, había encontrado una puerta, y justo cuando su figura de pesadilla doblaba una esquina detrás de ella, irrumpió en la calle, sin preocuparse por su apariencia. Fue entonces cuando encontró un taxi y contó su historia entre lágrimas. Cualquier historia, que había estado en una fiesta de disfraces, y le dio al conductor la dirección de George.

Pelgrim escuchó, medio incrédulo algunas veces, pero el terror había sido una cosa estampada en su rostro, tan real como el hematoma donde el hombretón la había golpeado cuando la arrastró luchando fuera de la piscina.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas con su tranquilidad se prestaron con gratitud a una creciente sensación de seguridad. Linda lo sintió y disfrutó de ello. El color volvió a su bonito rostro. Ella había continuado en casa de la señora Brumley y su rutina era simple. George la recogía todas las mañanas en un taxi y se dirigían a la oficina. Volvían a casa juntos por la noche, y en todo ese tiempo nunca vieron a Remsdorf. En los primeros días de ese período, George descubrió todo lo que pudo sobre Lother Remsdorf, Jr. El padre había sido un científico brillante. Nada menos que una autoridad que Carrel había denominado como adelantado a su tiempo.

Había tenido la brillante mente analítica, incisiva y curiosa del experimentalista nato, además de la herencia familiar de vastas riquezas que le permitieron ahondar donde quisiera, independientemente de las políticas que rodean las subvenciones monetarias de las instituciones científicas y médicas. Algunos expertos opinaron que no había límites para los avances antropológicos, biológicos y protoplásmicos que Remsdorf podría haber logrado cuando la catastrófica explosión destruyó su laboratorio de montaña. La mayor parte de su equipo y todas sus notas fueron borradas, y los grupos de búsqueda que acudieron al elevado sitio para buscar entre las ruinas ennegrecidas nunca encontraron rastro de Remsdorf, padre.

Sin embargo, había un hijo para continuar con el nombre: Lother Remsdorf, Jr. Aunque aparentemente sus intereses no estaban relacionados con la ciencia, supuestamente tenía una mente brillante, y como heredero directo y único era uno de los tres hombres más ricos en el país. Un hombre en su posición podía comprar casi cualquier cosa que quisiera, desde propiedades hasta vidas humanas, para hacer, distorsionar o destruir, como quisiera.

Pelgrim sintió una enorme futilidad en esos primeros días, pero a medida que pasaba el tiempo y Linda se alegraba, él también tenía esperanzas de haber visto lo último del gran hombre. Con los meses llegó el comienzo del invierno, y la primavera y el verano pasados parecían una historia medio olvidada que se encontraba en el pasado distante.

El trabajo de Linda en el periódico había continuado, pero un día se acercó a George con los ojos brillantes. Se avecinaba la última competencia de la temporada. Quería competir.

—Sé que he descuidado mi práctica —admitió—, pero me gustaría intentarlo. George, ese terrible asunto ha quedado atrás. ¿No lo crees?

Dijo que pensaba que sí, pero de alguna manera le molestaba la asociación con la natación. Le pidió la tarea a su editor y, una semana después, estaban en el tren, con la aceptación de la entrada de Linda en su bolso. El viaje a la ciudad del sur fue un salto de la noche a la mañana. George vio a Linda a salvo en su litera inferior. La de arriba estaba ocupada por una anciana que iba a visitar a su hijo, mientras que George tenía un piso superior al otro lado del pasillo.

Su deseo de fumar un cigarrillo antes de acostarse llevó al reportero a la parte trasera del tren. El coche estaba vacío a esa hora excepto por un portero contando propinas. Pelgrim abrió la puerta y se abrió camino en la oscuridad hasta un asiento. Ahuecó sus manos sobre una cerilla para encender su cigarrillo. Inhaló profundamente y luego expulsó el humo a las corrientes de aire que se apresuraron a pasar.

Era tan silencioso como un vagón de ferrocarril con el rítmico chasquido de las ruedas, lo suficientemente silencioso como para que cuando una voz dijera: Buenas noches, señor Pelgrim, George saltara mientras pensaba en un disparo de revólver.

Volvió la cabeza y solo distinguió la forma de alguien sentado en el asiento opuesto. Los tonos y la forma le resultaban demasiado familiares. George exhaló de repente, un jadeo que sonó como:

—¡Tú!

—Por favor, no digas nada tan prosaico como que te estoy siguiendo —se rio el gran hombre—, o tendré que sugerir a las autoridades que es todo lo contrario. ¿Cómo está la señorita Mallory?

—Ella… estaba bien —dijo George, enojado, poniéndose de pie. Se paró en la puerta de entrada mirando a Lother Remsdorf—. ¡No me importa quién eres! Me voy a deshacer de ti, ¿entiendes?

Pero esta acalorada denuncia solo hizo que el grandullón se riera más.

—Quiero tenerla, señor Pelgrim, a pesar de todos sus esfuerzos. Verá, ella y yo, nuestros destinos, están unidos. Pero no lo entendería —su voz adquirió una dureza quebradiza—. ¡Será mía o no lo será en absoluto! En cuanto a sus preocupaciones acerca de quién soy, bueno, deje que eso quede subordinado, señor Pelgrim. ¡Le sugiero que se preocupe por lo que soy!

George salió furioso por el sonido de la risa detrás de él. Se metió en su litera y se quedó allí el resto de la noche mientras las ruedas contaban las millas y las horas, y pensaba y se preguntaba y pensaba un poco más, siempre terminando en un callejón sin salida.

A la mañana siguiente, transfirió el revólver de su maleta a su bolsillo. Había planeado no decirle nada a Linda sobre Lother Remsdorf, pero al bajarse del tren vio al hombretón bajar dos maletas. La inmensidad, el volumen, el traje oscuro arrugado, estas características no debían confundirse. Tampoco pasaron inadvertidas para la chica.

—Dios mío —casi gritó—, ¿no vamos a ser nunca libres de él? ¡Ha vuelto a aparecer, George! ¿Qué podemos hacer?

Trató de calmarla, y en parte lo logró. Su hotel era pequeño y George se aseguró de que no hubiera ningún Remsdorf registrado allí. Sin embargo, la noche siguiente en los campeonatos, el grandullón estaba sentado de manera prominente en un asiento junto a la piscina. George se preguntó por el coraje de Linda. Desde su posición en la fila de la prensa podía ver su rostro tenso, sus ojos atraídos, casi como hipnotizados por la oscura masa sentada, mirándola implacablemente.

En la final su salida fue pobre, como si estuviera preocupada por otra cosa y apenas oyera el arma. Nadó valiente y espléndidamente, recuperando la mayor parte del terreno perdido. De todas formas, llegó en segundo lugar a un pie más o menos detrás de la líder. Más tarde, en su hotel, la chica estuvo al borde de la histeria. Las presentaciones de medallas estaban programadas para el día siguiente.

—Tenemos que salir de aquí, George —insistió Linda—. Le tengo mucho miedo.

Hicieron las maletas apresuradamente y se marcharon por un camino trasero. El pequeño pueblo del sur se había llenado de visitantes atraídos por el espectáculo acuático. A pesar del aire frío, un espíritu de carnaval invadió las calles. George encontró un taxi y empujó a Linda adentro, dirigiendo al conductor a la estación.

La primera vez que se dio la vuelta y miró por la ventana trasera, no había nada sospechoso. La segunda vez pensó que los estaban siguiendo. Cuando llegaron a la terminal de trenes, estaba seguro. Le arrojó un billete al conductor, tomó su equipaje y empujó a la chica a la sala de espera. Una última mirada había mostrado otro taxi avanzando por la calle hacia la estación.

El agente de venta de boletos lo miró, adormilado.

—No estés tan emocionado, jovencito. El próximo expreso para el Norte no pasa por aquí en más de dos horas todavía. No puedo entender por qué ustedes, los Yankees, están tan ansiosos por volver a esa arruinada ciudad.

El otro taxi se había detenido en el camino de entrada. George empujó a Linda hacia la puerta que conducía al andén. Los rieles brillaban fríamente bajo las ocasionales bombillas eléctricas. Se apresuraron un poco hacia el andén, y luego Pelgrim, mirando hacia atrás, vio la luz oblonga cuando se abrió la puerta de la estación. Aun así, nadie podía verlos hasta que saliera de la sala de espera iluminada.

—Atravesaremos las vías —murmuró—. Es la única manera.

Ahora era un vuelo, un vuelo ciego e histérico para escapar. Ayudó a Linda cuando sus talones quedaron atrapados en un durmiente. Cuatro vías, ocho vías, y luego arbustos y arbustos, afortunadamente del otro lado.

—¿Sabes a dónde vamos? —preguntó ella.

—No estoy seguro, pero recuerdo que cuando llegamos aquí había un aeródromo no lejos de la estación.

Avanzaron por la zona boscosa. Casi al mismo tiempo que vieron la baliza circular en el cielo delante de ellos, ambos detectaron los sonidos de persecución, pisadas pesadas y metódicas, inconfundiblemente los sonidos de una persona grande que los seguía.

—¡Continúa! —jadeó George, y la escena recordaba levemente a esa otra época, meses antes en la ciudad—. Continúa, puedes lograrlo. Yo lo enfrentaré.

Ella quería quedarse, o huir con él. Sus labios rozaron su mejilla. Linda murmuró:

—No quiero dejarte —y él le ordenó con brusquedad que se fuera—, esto terminará hoy, para bien o para mal.

Linda vio el revólver en su mano y comprendió.

Pasaron los minutos, más tiempo del que se había atrevido a esperar. Ella ya estaba bien lejos, casi en el aeropuerto municipal, pensó. Y luego, de entre los arbustos, apareció Lother Remsdorf, con la ropa de su enorme cuerpo de toro más arrugada que nunca, las manos colgando a los costados y el sombrero negro sujeto con fuerza a la cabeza. Avanzó lentamente, la luz de las estrellas se reflejó en el revólver de Pelgrim.

—¿Ahora nos dejarás en paz? —gruñó el reportero entre dientes—. ¿Volverás por donde viniste y no volverás a molestarnos nunca más?

La risa comenzó entonces dentro del gran hombre, en lo más profundo de su interior, y se convirtió en un gorgoteo sonoro. Las manos gigantes se levantaron y dio un primer paso amenazante cuando George disparó.

Apuntaba directamente al gigantesco centro del hombre, y en el rango de solo varios pasos, no podía haber fallado. Remsdorf se abalanzó hacia él y el sonido baboso de su risa pareció golpear al reportero. George disparó una y otra vez, pero el monstruo siguió acercándose.

Dos disparos más, y luego, con solo una bala en la recámara, Pelgrim levantó su revólver y apuntó directamente al horrible rostro blanco e hinchado que se cernía ante él. Apretó el gatillo y vio el curso de la bala en la cara del hombre. Remsdorf negó con la cabeza y se detuvo, pero Pelgrim estaba como clavado en el suelo, fascinado.

El grandullón seguía sonriendo y una mano se acercó y se tocó la mejilla. El agujero era aparente, pero lo que rezumaba, lenta, espesa, casi como miel, no era sangre. No podía ser sangre porque no era rojo. Era un líquido de color neutro, extraño y terrible de ver, inexplicable. Una sustancia casi blanquecina, espesa, parecida al suero.

—Tienes agua en ti, no sangre —gritó involuntariamente el reportero—. No eres humano...

Casi imperceptiblemente, la gigantesca cabeza asintió, como en un acuerdo mudo y alegre.

Entonces George se volvió y echó a correr. Corrió tan rápido como pudo, tanto tiempo como pudo. En algún lugar del fondo de su conciencia, el joven pensó que esto no podía ser, que se despertaría y descubriría que todo era un sueño, pero tuvo suficiente presencia de ánimo para guardar el revólver en el bolsillo de su abrigo mientras llegaba al aeropuerto municipal.

Ella lo estaba llamando y tomaron un vuelo hacia el norte. No podía hablar, solo jadeaba, pero se acurrucaron juntos mientras el avión se llenaba. Los minutos pasaban y Linda seguía murmurando con la cabeza apoyada en su hombro. ¿Por qué el avión no partía? Sostuvo su cabeza allí porque estaba demasiado cansado para hacer otra cosa y porque no quería que ella viera quién acababa de subir al avión… sonriendo todavía... un hombre con seis balas en el cuerpo. ¿Un hombre?

Volaron hacia la noche, hacia el amanecer, y todo el tiempo George pudo sentir, sin mirar, esos ojos sobre ellos, desde atrás. Linda durmió contra su hombro de manera irregular y él acarició suavemente su cabello dorado. El vuelo terminó en un aeropuerto del norte y los dos desembarcaron aturdidos. Remsdorf estaba muy cerca. Fue uno de esos caprichos del destino que hizo que George mirara hacia el avión canadiense que se estaba calentando en la siguiente pista. De improviso compró dos billetes, y en quince minutos volvieron a volar hacia el norte, pero no más solos, ni más impunes de lo que habían estado antes.

George tenía un pariente en esta cierta ciudad canadiense hacia la que se dirigían, un tío de cierta influencia local, pero del que no se podía esperar que contribuyera a su problema de manera concreta. Era sólo el impulso de seguir adelante lo que había impulsado a Pelgrim. Linda tenía demasiado frío y estaba demasiado cansada para preocuparse más. Empezaba a nevar cuando aterrizaron en el aeropuerto del norte de Canadá. George metió a Linda en un taxi. El fiel Remsdorf estaba muy cerca en otro. Salieron en la dirección de su tío. La nieve era más densa y el viento helado.

George buscó el nombre de su tío en el timbre. No había nada. Frenéticamente presionó «Superintendente». El taxi de Remsdorf se detuvo afuera y el hombretón salió al otro lado de la calle. George esperaba que se quedara paralizado con su arrugado traje oscuro, se enfermara, cayera muerto, cualquier cosa.

El superintendente se asomó por la puerta con una cara adormecida.

—Ya no está aquí. Se ha mudado. Está a unas diez cuadras de la calle.

Garabateó una dirección para Pelgrim y se la entregó. Los dos empezaron a andar de nuevo, con las cabezas inclinadas contra la tormenta. La nieve casi se había detenido cuando el mercurio descendió aún más, pero la marcha iba mal y el viento era feroz. Los dientes de Linda castañeteaban mientras caminaban, interminablemente al parecer.

La última mitad del camino pasaba por un pequeño parque, desierto con este clima. El hombretón todavía estaba detrás de ellos, o eso vio George cuando estiró la cabeza, pero había algo nuevo y extraño.

—¿Qué es? —los dedos de Linda se clavaron en el brazo de Pelgrim.

—Está bien —aseguró George—. Sigamos adelante —pero su cabeza todavía estaba inclinada hacia atrás.

El grandullón caminaba tambaleante, rígido. Parecía estar esforzándose tanto como antes por seguirles el paso, pero sus pasos eran torpes incluso para él.

Casi habían llegado al otro lado del parque cuando George vio que Remsdorf se tambaleaba y extendía sus grandes manos para agarrarse de un banco. Se acomodó rígidamente en él como un anciano con reumatismo.

George volvió la cabeza y vio la dirección delante. Pronto estuvieron fuera del mal tiempo y su tío, pequeño, gris como siempre, cacareaba sobre ellos como una gallina. A Linda la acostaron inmediatamente en la habitación de invitados con una bolsa de agua caliente y medio litro de té. George habló con su tío durante un rato, agradecido de que el hombre mayor no lo presionara por razones.

—Sé que ustedes, los periodistas —dijo—, siempre están metidos en problemas buscando historias. Hijo, deberían acostarse ahora. Pareces bastante arrugado.

George le aseguró que lo haría, pero dijo que no, que ciertamente no aceptaría la cama del anciano. Dormiría en el sillón.

A medianoche, la casa estaba en silencio. George se acercó de puntillas al armario del frente y sacó un abrigo. Luego, en silencio, salió por la puerta principal.

La noche estaba clara y con nieve. Se dirigió hacia el parque desierto. Caminó por el camino que habían tomado antes hasta que llegó al desolado banco. Allí estaba Remsdorf, que ya no sonreía, sentado fijamente. Los pensamientos del periodista volvieron a la sustancia acuosa que había salido de la herida del monstruo donde debería haber sangre.

George se acercó y sus ojos se abrieron. Era demasiado, era increíble, pero la cabeza de Remsdorf bajo el sombrero negro y holgado parecía una bola de nieve, sus manos eran rígidas garras de hielo. George, incrédulo, sacó el revólver del bolsillo y golpeó suavemente con el cañón uno de los dedos extendidos. La punta se rompió tan fácilmente como si esta cosa fuera una figura de caramelo.

Porque Remsdorf no era de este mundo. Estaba congelado. Estaba muerto. ¡Era un hombre de hielo y nada más!

Allison V. Harding (1919-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Allison V. Harding.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Allison V. Harding: El hombre húmedo (The Damp Man), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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