Horror Doméstico: cuando lo desconocido se cuela por las grietas de lo cotidiano


Horror Doméstico: cuando lo desconocido se cuela por las grietas de lo cotidiano.




En El Espejo Gótico hemos hablado extensamente sobre el Horror Cósmico, el cual puede definirse, en términos más o menos precisos, como un dispositivo que se apoya en la diferencia de escala entre el ser humano y los seres desconocidos que pueblan el universo (Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos).

En otras palabras, el Horror Cósmico enfatiza nuestra pequeñez, nuestra insignificancia ante la magnitud de lo desconocido.

H.P. Lovecraft, sobre todo, pero también autores de la talla de Algernon Blackwood, Arthur Machen, W.H. Hodgson, entre otros, utilizan al Horror Cósmico para situar al ser humano en una posición desventajosa ante lo Desconocido, a menudo encarnado en seres interdimensionales tan superiores a nosotros mismos que ni siquiera podríamos empezar a comprender parcialmente sus intenciones.

En cierto modo, el Horror Cósmico es como una apertura, un estado expansivo de la percepción, una separación brutal con lo cotidiano, un quiebre, que generalmente termina en la muerte o la locura, algo comprensible si tenemos en cuenta las escasas herramientas intelectuales que disponemos para enfrentarnos a seres inconcebiblemente superiores (ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa)

Hoy nos gustaría decir algo acerca de otro dispositivo, en cierto modo, contrario en relación al Horror Cósmico. Nos referimos al Horror Doméstico.

Si el Horror Cósmico es una apertura, una ventana demasiado grande hacia el universo, cuya luz, u oscuridad, nos resulta imposible mirar directamente, el Horror Doméstico es más bien como una fisura, una pequeña grieta en lo cotidiano por donde se cuela lo desconocido.

Juguemos un poco con los contrastes.

Tomemos, como ejemplo del Horror Cósmico, al relato La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), de Lovecraft, donde nos enteramos de la presencia de una entidad desconocida, antiquísima, probablemente extratrerrestre, que existe en un estado de letargo, durante milenios, en los abismos oceánicos, hasta que por fin comienza a manifestarse en los sueños de ciertos individuos. Aquí todo es grande, todo es colosal. Cthulhu duerme, es cierto, pero ansía despertar, y eso seguramente determinaría el fin de la civilización tal como la conocemos (ver: «Menos es Más», salvo en el Horror).

Es decir que lo Desconocido, aquí, no se filtra poco a poco en la historia, sino que irrumpe en ella, y rápidamente transforma o expande la realidad en algo demasiado espantoso como ser concebido.

Por otro lado, como ejemplo del Horror Doméstico, podemos tomar el cuento de Shirley Jackson: El hermoso desconocido (The Beautiful Stranger), donde la protagonista, Margaret Montague, tiene la convicción de que el hombre que ha regresado de un viaje de negocios en Boston no es su esposo, sino un sustituto, a pesar de que luce exactamente igual que él.

Aquí, la fibra de la realidad no se desgarra completamente como en el cuento de Lovecraft, sino que se agrieta, solo apenas, y por esa fisura lo Desconocido poco a poco va adquiriendo mayor consistencia.

El mundo ya es bastante extraño, y amenazante, antes de que Margaret padezca aquella ruptura psicótica. ¿O acaso podría ser que él realmente fuera un impostor? Porque Margaret no solo cree que el hombre que recogió en la estación no es su esposo, sino el esposo perfecto. De hecho, ella cree que él también está al tanto de su descubrimiento.

Este brote psicótico es la grieta que utiliza Shirley Jackson para que lo desconocido se cuele en lo cotidiano.

Pero las cosas se complican todavía más. Al día siguiente, Margaret rompe su rutina (cuidar a los niños y atender la casa), y se va de compras. Al salir se da cuenta que no reconoce su propio vecindario. Está perdida en los suburbios y con un perfecto desconocido como marido, que la espera en casa.


Las hileras de casas, todas idénticas, repeticiones aburridas y vacías de la vida cotidiana que se desarrollaba dentro de ellas, parecían reiterarle la facilidad con la que algo, o alguien, puede ser replicado, y hasta mejorado.


Finalmente, la posibilidad de que su marido, John, sea un impostor, implica también un cambio en Margaret, quien comienza a ajustarse al ideal de ama de casa y, en consecuencia, a perder la noción de quién es ella realmente. El brote psicótico le permitió escapar mentalmente de su matrimonio infeliz, pero ahora ella también es una réplica, aburrida y vacía, de todas las otras amas de casa del vecindario.

Shirley Jackson es la gran maestra del Horror Doméstico, y siempre encuentra nuevas formas de introducir a lo desconocido por las grietas de la realidad.

Otro ejemplo notable es El amante demoníaco (The Daemon Lover), donde una mujer despierta el día de su boda y, a medida que pasan las horas, se hace evidente que su misterioso prometido no va a aparecer. El cuento nos lleva a acompañar a la narradora en una búsqueda casi onírica, donde la fibra de la realidad se deshace progresivamente.

El Horror Doméstico no es exclusivo de las mujeres, desde luego, pero las desigualdades de género aportaron mucho para que sean ellas quienes se hayan ocupado especialmente de ese horror intramuros, es decir, del horror que se cuela en lo cotidiano, en lo doméstico, precisamente porque ese era el ámbito al cual estaban recluidas las mujeres (ver: El Machismo en el Horror).

En este contexto, es lógico que el Horror Doméstico tenga su epicentro intramuros. La Casa, el hogar arquetípico, territorio que, en otro tiempo, era dominado exclusivamente por la mujer (y no precisamente por elección propia, sino por mandato social), es el escenario principal de este subgénero (ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror).

Aquí, contrariamente a lo que ocurre en el Horror Cósmico, no hay machos eruditos, ni libros prohibidos, ni reuniones masculinas donde se intenta resolver la irrupción de lo sobrenatural, ya sea a través de la razón o de la acción directa, solo para quedar reducido a una mísera mota de polvo en el universo. El Horror Doméstico es todo sutileza. Ensanchar demasiado la grieta por donde se cuela lo desconocido puede ser fatal para los propósitos de una historia.

En este sentido, las Casas son el escenario del Horror Doméstico (ver: Casas Embrujadas vs. Casas Malditas); y, dentro de ellas, el sótano arquetípico, lo subterráneo como metáfora del inconsciente (ver: El Horror siempre viene desde el Sótano). Desde allí, debajo de la superficie de lo normal, acecha lo desconocido.

Si en el Horror Cósmico todo es confrontación —el ser humano cara a cara con lo desconocido—, el Horror Doméstico consiste en la evocación de un creciente estado de ansiedad, cuyas causas pueden o no ser objetivas. No hay posibilidad de confrontación, y esa imposibilidad es justamente el eje de aquel estado de ansiedad.

En otras palabras, importa menos la naturaleza de la entidad de La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House) que la trama subyacente acerca de cómo las expectativas sociales, o mejor dicho, los mandatos patriarcales, pueden destrozar la psique de una mujer (ver: La verdadera Entidad que se esconde Hill House).

El Horror Doméstico necesariamente es Feminista, y por razones lógicas. Se basa en un estudio del pánico moderado, de tener tus peores miedos confirmados; y eso, en la dimensión de lo femenino, consiste en lo que no puede decirse.

Hay una suerte de ruptura del mutismo en El amante demoníaco, particularmente porque la historia intenta darle voz a eso que no puede decirse.

Shirley Jackson expone las actitudes sociales hacia las mujeres solteras, que trabajan, que salen de la casa en busca del hombre que las dejó; en cierto modo, que tienen la audacia de existir en público. Hasta aquí, bien podría tratarse de un estudio feminista dentro del horror, pero las cosas no son tan simples.

Si el protagonista de El amante demoníaco fuese un hombre, probablemente se trataría de una novela romántica acerca de un sujeto que busca desesperadamente a su novia desaparecida. Existiría, como mínimo, un aura de tragedia, de dolor, de confusión, mientras el lector lo acompaña en su búsqueda. El protagonista no tendría que enfrentarse a cuestiones menores, en apariencia. Tendría derecho a caminar por las calles, de noche, haciendo preguntas a extraños. Se le permitiría existir en la esfera pública, sin cuestionamientos.

Nada de todo eso se parece al desprecio que se le reserva a la verdadera protagonista de la historia, o por tal caso por cualquier mujer en la misma posición. Se supone que una mujer, dejada por un hombre, que emprende una búsqueda semejante, es una persona desesperada, cuando no directamente patética.

Ella, que ni siquiera puede acercarse a un extraño en la calle sin ser mirada de este modo. En cierto modo, parece ser el objeto de una broma implícita que nadie verbaliza. El peso de la deshumanización es la verdadera fuente de horror de El amante demoníaco.

Mientras Lovecraft, como máximo representante del Horror Cósmico, evoca el terror con su visión sobre la indiferencia del universo hacia la humanidad, Shirley Jackson lo evoca a través de la indiferencia de la sociedad hacia el individuo.

Los protagonistas del Horror Doméstico quieren ser vistos, no ignorados; no viven en catacumbas o viejas casonas, aislados de los demás: quieren dejar de ser anónimos, quieren ser reconocidos, apreciados.

Lo que comienza con una mujer que busca a su amante desaparecido, con toda la carga de misterio que eso conlleva, se convierte en la historia de una mujer que poco a poco empieza a ser consciente de cómo la gente descarta sus preocupaciones, como las minimiza, las ridiculiza.

Finalmente ella rastrea el paradero de su amante hasta una pocilga. No hay nadie allí, excepto una rata. El rostro del animal, sin embargo, es curioso. Sus ojos brillan, la miran fijamente, se burlan. ¿Podría ser su amante? ¿Podría ser algún tipo de demonio? Ella escapa. Su vestido se desgarra, como una desfloración simbólica. Sangra.

El Horror Cósmico es pesimista; ve nuestro mayor peligro en la posibilidad de que no estemos solos en el universo. El Horror Doméstico también es pesimista, pero por razones opuestas: percibe que nuestra maldición es la soledad.

Ya sea un amante, un demonio, una rata, lo Desconocido nos inflinge su marca, nos abandona, nos deja solos. El Horror Cósmico se desencadena cuando la realidad se expande, cuando se abre como una gran ventana hacia lo desconocido. El Horror Doméstico nos dice que estamos condenados a golpear puertas que nunca se abren.




Taller literario. I Universo pulp.


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El artículo: Horror Doméstico: cuando lo desconocido se cuela por las grietas de lo cotidiano fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Luciano dijo...

Muy interesante.



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