La habitación de la torre: E.F. Benson


La Habitación de la Torre (The Room in the Tower) es un relato de vampiros del escritor inglés E.F. Benson. Fue escrito en 1912, y se trata de uno de los clásicos de la literatura vampírica, aunque su pertenencia a la elite de la narrativa sobre vampiros no necesariamente lo incluye entre los cuentos más populares.

La Habitación de la Torre nos relata la historia de un joven atormentado por un sueño recurrente. Durante largos años su vida onírica transcurre en el mismo escenario, con leves variantes. En sueños, visita una antigua mansión, en donde cíclicamente ocurren los mismos hechos, que desembocan inevitablemente en el ingreso a un oscuro cuarto en lo alto de una torre.

Pasan los años, hasta que cierta tarde tormentosa, nuestro protagonista se encuentra frente a un paisaje real, aquel que visitaba en sueños. Sus habitantes repiten los mismos acontecimientos, pero la dama, que en el universo efímero y vaporoso de los sueños, lo conminaba a ingresar en la torre, se revela ahora como un vampiro; paseándose furtivamente por las habitaciones, vestido con la mortaja luctuosa y pútrida de una existencia para nada romántica.


La Habitación de la Torre.
The Room in the Tower
; E.F. Benson (1867-1940)


Es posible que todo soñador haya tenido al menos la experiencia de un suceso o una secuencia de circunstancias que, luego de haber sido atisbada en sueños, se convirtiera en realidad. Pero, en mi opinión, esto no es extraño; más asombroso sería si el suceso no se cumpliera inmediatamente, ya que nuestros sueños conciernen, generalmente, a personas que conocemos y lugares familiares, como aquellos que habitamos durante la vigilia.

Ciertamente, estos sueños son casi siempre interrumpidos por algún incidente absurdo y fantástico, que los pone en espera de su cumplimiento, pero en el mero cálculo de posibilidades, parecería improbable que al menos un sueño imaginado por alguien que constantemente sueña, de manera ocasional se hiciese realidad. No hace mucho, sin embargo, experimenté el cumplimiento de un sueño que me pareció absurdo y sin importancia psíquica alguna. Esta es la historia.

Un amigo, que vive en el extranjero, es tan atento que me escribe cada quince días. De modo que cuando han pasado catorce o quince días desde la última vez que tuve noticias de él, mi mente, probablemente, tanto consciente como inconscientemente, está expectante de una carta suya. Una noche, durante la semana pasada, soñé que subía para vestirme para la cena y escuchaba, o creí escuchar, el golpe del cartero en la puerta. En vez de subir, bajé y me encontré con, entre la correspondencia, una de sus cartas. Aquí es donde lo fantástico entra a jugar, ya que al abrir su carta, encontré dentro un as de diamantes, y escrito con su letra característica: -Te lo envío para que lo custodies, como sabes, corro un gran riesgo si guardo ases en Italia.- A la noche siguiente, me estaba preparando para cambiarme, cuando escuché el golpe del cartero, e hice precisamente lo que en mi sueño. Por supuesto, entre otras cartas, estaba la de mi amigo. Sólo que no contenía el as de diamantes. No tengo dudas sobre que yo esperaba, conciente o inconscientemente una carta de él, y esto me fue sugerido a través del sueño.

Pero no siempre es tan sencillo encontrar una explicación, y el siguiente relato no parece tener explicación posible. Me vino desde la oscuridad, y hacia la oscuridad se ha ido. Toda mi vida he sido un soñador: pocas fueron las noches, debo decir, que no un despertar lleno de recuerdos de mi vida onírica. Algunas veces, durante toda la noche, en apariencia, vivía una serie de apasionantes aventuras. Casi sin excepción, estas aventuras fueron placenteras, y a menudo meras trivialidades. La única excepción es el hecho que voy a narrar.

Fue cuando tenía dieciséis años que comencé a tener cierto sueño. Comenzaba conmigo sentado a la puerta de una gran casa de ladrillos rojos, donde sabía que tenía que estar. El sirviente que me abrió la puerta, me dijo que el té sería servido en el jardín y me llevó a través de un vestíbulo de paneles oscuros, con una gran chimenea sobre un alegre césped. Había un pequeño grupo de personas en torno a la mesa del té; pero todos me eran extraños, excepto uno, que era un antiguo compañero del colegio, llamado Jack Stone, que me pareció era el chico de la casa, y él me presentaba a sus madre y padre y a un par de hermanas. Recuerdo que yo estaba sorprendido por encontrarme allí, ya que al muchacho en cuestión apenas lo conocía, y me era desagradable; de hecho, él había abandonado la escuela hacia cosa de un año. Hacía bastante calor, y reinaba una intolerable opresión en el lugar. Junto al jardín había una pared de ladrillos rojos, con una puerta de hierro en su centro, fuera se veía un nogal. Nos sentamos a la sombra de la casa, frente a una hilera de largas ventanas, dentro de las que pude ver una mesa con un mantel, llena de objetos de plata y de cristal. Este jardín frente a la casa era muy largo, y al final del mismo se erguía una torre que tenía tres pisos, que me pareció mucho más antigua que la casa.

La señora Stone, que, como el resto de los concurrentes, estaba sentada en completo silencio, me dijo: -Jack te mostrará tu cuarto: yo te di la habitación de la torre.

Inexplicablemente, con sus palabras mi alma se fue al piso. Me sentí como si ya conociese la habitación de la torre, y que allí había algo espantoso. Jack se paró, y yo comprendí que tenía que seguirlo. En silencio pasamos cruzamos el vestíbulo, y subimos una gran escalera de roble, llegando por fin a un pasillo con dos puertas. Él abrió una de las puertas, y yo entré, luego de lo cuál, la cerró. Fue entonces que supe que mi previa conjetura era correcta: había algo desagradable allí, y con el terror de la pesadilla que me envolvía, desperté en espasmos de pánico.

Este mismo sueño, o variantes del mismo, fue el que experimenté con intermitencias, durante quince años. A menudo sucedía de esta manera: el arribo, el té en el jardín, el silencio mortal quebrado por una sentencia mortal, la subida con Jack Stone hacia la habitación de la torre, donde estaba el horror, y, al final, siempre acercándome al terror, aunque nunca pude ver que era con exactitud. Otras veces experimentaba variaciones. Ocasionalmente estábamos sentados a una mesa, la misma que se veía a través de la ventana por el jardín. Sin embargo el silencio sepulcral era siempre el mismo, la misma sensación de opresión y aburrimiento. Y el silencio siempre era roto por la señora Stone: -Jack te mostrará tu cuarto: te di la habitación de la torre.- Luego de esto, invariablemente, debía seguir a Jack a través de la escalera de roble, con muchas esquinas y entrar en ese mismo lugar, que cada vez odiaba más y más. O, de nuevo, podía ser que estaba jugando a las cartas en un cuarto con inmensos candelabros, los que daban una iluminación lúgubre. Qué juego era, no tenía idea; lo que si recuerdo, con una sensación de miserable anticipación, la señora Stone pronto se pondría de pie y diría su -Jack te mostrará tu cuarto: te dí la habitación de la torre.- Esta estancia donde jugábamos a las cartas era la habitación contigua al comedor, y siempre estaba iluminado, aunque el resto de la casa permanecía siempre en penumbras.

Y aún, a pesar de estas luces, no podía ver mis cartas, no podía distinguirlas. Sus diseños, también, me eran extraños: no había rojos, sino que todas eran negras, y entre ellas había ciertas cartas que eran todas negras. Odiaba y temía aquello.

A medida que el sueño se hacía recurrente, iba conociendo la mayor parte de la casa. Más allá del cuarto de juegos, al final de un pasillo tras una puerta revestida de paño verde, había un salón de fumar. A los personajes que poblaban este sueño también les sucedían curiosos acontecimientos, como si fueran gente viva. La señora Stone, por ejemplo, que, cuando la vi por primera vez, tenía el cabello oscuro, se había encanecido, y su voz, al principio enérgica, se había debilitado. Jack también creció, y se convirtió en un tipo enfermizo, con un bigote marrón, mientras una de sus hermanas dejó de aparecer, y comprendí al tiempo que se había casado.

En un momento, el sueño sueño desapareció por unos seis meses o más, y comencé a pensar que lo había superado, que se había ido para siempre. Pero una noche, luego de este intervalo, nuevamente regresé al jardín del té, y la señora Stone ya no estaba, mientras todos los demás estaban vestían de negro.

Intuí la razón, y mi corazón se estremeció, ya que tal vez en esta ocasión no tendría que dormir en el cuarto de la torre. Como era habitual, todos estaban sentados en silencio, pero en esta ocasión, el sentimiento de alivio me hizo hablar y reír como nunca antes lo había hecho. Los demás no se sentían igual, nadie habló, limitándose a mirarse entre ellos en forma furtiva. Y cuando el cauce de mi conversación enmudeció, paulatinamente me fue asaltando una aprehensión peor que cualquier otra que previamente hubiera experimentado en aquella casa, hasta que la luz se extinguió.

Súbitamente una voz rompió la quietud, era la señora Stone, diciendo: -Jack te mostrará tu habitación: te di la habitación de la torre.- Parecía surgir desde algún sitio cercano a la puerta de hierro en la pared de ladrillos rojos, y mirando hacia allí, vi entre la hierba la presencia de unas tumbas. Una curiosa luz gris emanaba de cada sepulcro, y pude leer el epitafio de la lápida más cercana, que decía:

En maldita memoria de Julia Stone.

Jack se levantó, y nuevamente lo seguí a través del vestíbulo y por la escalera. Todo estaba más oscuro, y al ingresar en el cuarto, solo pude ver los muebles, la posición de aquellos que me eran familiares. También había un hedor a descomposición. Esa noche me desperté gritando.

El sueño siguió durante quince años. A veces lo soñaba tres noches seguidas; otras, como he dicho, con recesos, sin embargo, para tomar un promedio, podría decir que lo soñé tan periódicamente como una vez al mes. El sueño siempre terminaba en pesadilla, ya que la entrada al cuarto me provocaba cada vez más temor. Había algo, también, una extraña y pavorosa coherencia en aquello.

Los personajes, como he mencionado, iban envejeciendo, y la muerte y el matrimonio visitaban a esta silenciosa familia. Jamás volví a ver en el sueño a la señora Stone. Pero siempre era su voz la que me informaba que la habitación de la torre estaba lista, y tanto si la escena era en el jardín, o en otra habitación de la casa, siempre veía su tumba junto a la puerta de hierro. Sucedía lo mismo con la hija que se casó; usualmente no estaba, pero cada tanto, regresaba acompañada por un hombre, que supuse sería su marido. Él, al igual que los demás, permanecía siempre en silencio. Debido a la constante repetición del sueño, le comencé a restar importancia.

Nunca volví a ver a Jack Stone durante aquellos años, y jamás vi ninguna casa que me diera la impresión de parecerse a la temible casa del sueño. Hasta que algo pasó.

Este año estuve en Londres hasta fines de julio, y durante la primer semana de agosto me instalé con un amigo en una casa que había rentado por el verano, en el bosque de Ashdown, en el distrito de Sussex. Partí de Londres temprano, ya que John Clinton me esperaba en la estación Forest Row, para ir a jugar al golf, y marchar a su casa por la noche. Él estaba con su automóvil, y alrededor de las cinco de la tarde partimos, ya que debíamos recorrer unas diez millas. Como llegamos temprano, no tomamos el té en el club, así que esperamos a llegar a casa. A medida que íbamos por la carretera, el clima, que hasta el momento era cálido, con brisas frescas, comenzó a estremecerme. John, sin embargo, no compartía mi sensación, atribuyendo mi pérdida de claridad a que había caído derrotado en el juego. Los siguientes eventos probaron mi razón, aunque no creí que los nubarrones de esa noche fueran la única causa de mi depresión.

Nuestro camino a través de senderos vacíos, me indujo a un sueño inquieto, del que solo desperté cuando John detuvo automóvil. Con súbita emoción, mayormente de terror, pero también de curiosidad, me encontré parado frente a la puerta de la casa de mi sueño. Entramos. Me preguntaba si esto no sería también un sueño, mientras caminaba a través del vestíbulo con grandes paneles de roble, y al llegar al jardín, donde el té estaba servido a la sombra de la casa. Al fondo, la pared de ladrillos rojos, con una puerta en ella, y también el nogal erguido en el césped. La fachada de la casa era muy larga, y al final se veía la torre de tres pisos, que parecían ser más antigua que el resto de la construcción.

Aquí cesaban todas los parecidos con el sueño. No había ninguna silenciosa familia, sino en cambio una gran asamblea de excitadas y alegres personas, todas conocidas. Además no sentía ninguna opresión ni temor. Sin embargo me sentía curioso acerca de lo que iba a pasar. El té prosiguió su alegre curso, y en determinado momento la señora Clinton se paró. En ese momento supe lo diría. Ella dijo:

-Jack te mostrará tu cuarto: te di la habitación de la torre.

Durante un instante el horror del sueño me asaltó. Pero esta opresión pasó rápidamente, y de nuevo no sentí más que una intensa curiosidad. Y no pasó mucho hasta que esta fue totalmente satisfecha. John se volvió a mí.

-Justo en el techo de la casa, -me dijo- pero creo que estarás cómodo. Estamos con todas las habitaciones ocupadas. ¿Te gustaría verla? Por Dios, creo que tenías razón, vamos a tener tormenta. ¡Qué oscuro se está poniendo!

Me levanté y lo seguí. Cruzamos el vestíbulo y la escalera. Entonces abrió la puerta, y entré. En ese momento un terror irracional se apoderó de mí. No sabía a que le temía: simplemente temía. Fue como un recuerdo súbito, como cuando uno recuerda un nombre que hacía tiempo se le había escapado de la memoria, y supe a que le temía. Le temía a la señora Stone, cuya tumba cantaba la siniestra inscripción: -En maldita memoria-, tantas veces vista en sueños, casi sobre el césped que yacía bajo mi ventana. Y entonces, una vez más, el terror se desvaneció, a tal punto que me pregunté que era a lo que temía. Me sentía tranquilo en la habitación de la torre, el nombre que tantas veces había escuchado en mi sueño.

Miré alrededor con cierto derecho de propiedad, y me di cuenta que nada había cambiado del sueño que conocía. A la izquierda estaba la cama. Alineada con ella estaba la chimenea y un pequeño armario de libros; opuesta a la puerta, la otra pared estaba atravesada por dos ventanas enrejadas. Entre ellas había una mesa de tocador y una cubeta para lavarse. Mi equipaje ya había sido desempacado, ya que mis prendas estaban ordenadas sobre la cama. Entonces, con un súbito temblor, vi que dos objetos conspicuos que jamás había visto en mi sueño: uno era una gran pintura al óleo de la señora Stone, y el otro era un dibujo en blanco y negro de Jack Stone, representándole tal y como lo veía en sueños: un hombre de unos treinta años, de apariencia maligna. Su retrato colgaba entre las ventanas, mirando a través de la habitación hacia el otro cuadro. Nuevamente volví a experimentar el horror de la pesadilla que me atenazaba. La señora Stone aparecía como la había visto por última vez en mi sueño: vieja, encanecida. Pero en vez de la evidente debilidad del cuerpo, la pintura mostraba una siniestra exuberancia, brillando a través de la carne, una vitalidad que burbujeaba con inimaginable crueldad. El mal resplandecía en esos ojos; y en su boca crecía una sonrisa demoníaca. El rostro entero estaba llevado por una horrorosa y sobrecogedora hilaridad; las manos, una encima de la otra sobre la rodilla, parecían conmocionadas con una inenarrable jovialidad. Entonces vi la firma del cuadro, en la esquina inferior izquierda, y, preguntándome quien habría sido el artista, me acerqué y leí la inscripción: -Julia Stone por Julia Stone.

Hubo un golpe en la puerta, y John Clinton entró.

-¿Necesitas algo más? -preguntó.
-Mucho menos de lo que tengo. -dije, señalando el retrato.
Se rió.
-Una vieja y severa señora. -dijo- De cualquier modo, ella no puede estar muy halagada.
-¿No lo ves? -cuestioné- Es apenas un rostro humano. Son las facciones de alguna bruja o algún demonio.
Él miró el cuadro más de cerca.
-Si, no es muy agradable. -dijo- Imagino las pesadillas que tendría si llego a dormir con esto tan cerca. Lo bajaré si quieres.
-Por favor.- dije. Él tocó la campana, y con la ayuda de un sirviente, quitamos el retrato. Fue llevado al pasillo, y puesto el rostro contra la pared.
-Por Dios, la señora es bastante pesada -dijo John, secándose la frente.

El extraordinario peso del cuadro también me había quebrado. Estaba a punto de replicar, cuando observé mi mano. Había una considerable cantidad de sangre.

-Me corté. -dije.
John exclamó.
-¡Yo también! -dijo.

El sirviente sacó su pañuelo y le vendó la mano. Vi que también la mano del lacayo estaba sangrando. John y yo salimos del cuarto y fuimos a lavarnos; pero ni en su mano ni en la mía había rastros de una herida. Me pareció que, por una especie de tácito acuerdo, no dijimos nada. En mi caso, algo se me había ocurrido y no deseaba pensar sobre ello. Era solo una conjetura, pero supuse que lo mismo le había ocurrido a él.

El calor y la opresión del aire, debido a la tormenta que aún no se había desencadenado, se incrementó tras la cena. Luego la concurrencia, entre los que nos contábamos John Clinton y yo, nos sentamos en el jardín, donde habíamos tomado el té. La noche estaba absolutamente oscura, y no había estrellas o luna que pudiera penetrar la mortaja que opacaba el cielo. La reunión se fue despejando, las mujeres se fueron retirando a dormir, los hombres se dispersaron hacia el salón de fumar o al cuarto del billar, y a eso de las once de la noche mi anfitrión y yo quedamos solos. Toda la noche estuve cavilando que él tendría algo en mente, y en cuanto estuvimos solos, habló.

-El hombre que nos ayudó a cargar el cuadro, tenía sangre en su mano, ¿lo notaste? -dijo- Le pregunté si se había cortado, y me dijo que sí, pero al final no pudo encontrar ninguna herida. ¿De dónde provino la sangre?"
Al decirme esto, echaba por tierra mis propósitos de olvidar el tema, especialmente justo antes de ir a dormir.
-No lo se. -dije- Realmente no quiero averiguarlo.
Él se paró.
-Es raro. -dijo- ¡Ahora verás otra cosa extraña!

Su perro, un terrier irlandés, había salido mientras hablábamos. La puerta del vestíbulo, estaba abierta, y una luz iluminaba el jardín hasta la puerta de hierro, donde estaba el nogal. Vi que el perro estaba encrispado, mostrando los dientes, listo para brincar sobre algo. Fue como si no notase la presencia de su amo. Se quedó, tenso, girando en torno al césped frente a la puerta. Luego se detuvo, mirando a través de los barrotes, aunque continuó gruñendo. Después pareció como si su coraje lo abandonara: pegó un largo aullido, y corrió de nuevo a la casa.

-Lo hace una media docena de veces por día. -dijo John- Parece que ve algo que odia y teme.

Caminé hacia la puerta y miré a través de ella. Algo se movía entre el pasto. Pronto llegó a mis oídos un sonido que no pude identificar inmediatamente. Luego recordé que era: el ronroneo de un gato.

Prendí una linterna y vi que era lo que ronroneaba: un gran gato persa que daba vueltas alrededor de un pequeño círculo frente a la puerta, con la cola flameando como una bandera. Sus ojos brillaban mientras olisqueaba el césped. Me reí.

-El fin del misterio, me temo. -Dije- Un gato enorme, el origen de todas las noches de Walpurgis.
-Es Darius. -dijo John- Se pasa medio día y el resto de la noche ahí. Pero este no es el fin del misterio del perro, ya que Toby y él son los mejores amigos. Aquí comienza el misterio del gato. ¿Qué es lo que hace ahí? ¿Y porqué Darius está complacido y Toby aterrorizado?

En ese momento recordé aquel horrible detalle en mi sueño, cuando veía la puerta, justo donde el gato estaba ahora, la blanca lápida con la siniestra inscripción. Pero antes que pudiera responder a mi pregunta, comenzó a llover, súbita e furiosamente, como si se hubiese destapado el cielo. El gato saltó a través de las rejas de la puerta de hierro, y corrió por el jardín hasta la casa en busca de refugio. Luego se sentó en el portal y se quedó observando ansiosamente a la oscuridad.

De alguna manera, con el retrato de Julia Stone fuera, en el pasillo, el cuarto en la torre no me alarmaba en absoluto, y cuando fui a la cama, me sentí con mucho sueño. Sólo me preocupaba el incidente de las manos manchadas de sangre, y por la conducta de los animales. Lo último que vi antes de apagar la luz fue el rectángulo vacío, a un lado de mi cama, donde había estado el retrato. En esa porción el empapelado poseía su tinte original, que era rojo: sobre el resto de las paredes este color se había desgastado. Luego apagué mi vela y quede dormido casi instantáneamente.

Mi despertar fue igual de rápido. Me senté en la cama bajo la impresión de que una luz brillante me había alumbrado la cara. Sabía perfectamente en donde estaba, pero ningún horror que hubiese sentido en sueños se comparaba al que ahora me atenazaba y congelaba mi mente. Inmediatamente, llegó el bramido de un trueno, sacudiendo toda la casa, pero la probabilidad que esto hubiera sido el origen de la luz que me despertó no fue consuelo para mi agitado corazón. Sabía que había algo más, conmigo, en la habitación, e instintivamente saqué mi mano derecha, que era la que estaba más cercana a la pared, y palpé el borde de un marco, como de un cuadro, colgando cerca mío.

Salté de la cama, tirando la mesa de luz, y escuché mi reloj, vela y fósforos cayendo contra el piso. Pero por el momento, no había necesidad de luces, ya que otro enceguecedor relámpago iluminó la estancia y me mostró que sobre mi cama colgaba el cuadro de la señora Stone. Otra vez el cuarto quedó sumido en la penumbra. Pero en este relámpago pude ver otra cosa, una figura apoyada a los pies de la cama, que me miraba. Estaba vestida de blanco, manchada con musgo, y su rostro era el del retrato.

Otra vez tembló el cielo, y cuando cesó, regresó la mortal quietud. Escuché un susurro, algo que se acercaba, más y más, horriblemente, percibiendo al mismo tiempo un hedor a corrupción y putrefacción. Entonces una mano se colocó a un lado de mi cuello, y muy cerca de mi oído pude escuchar una ansiosa y acelerada respiración. Y supe que esa cosa, a pesar que podía ser percibida por el tacto, el olfato, la vista y el oído, no era de este mundo, sino que era algo había podido transponer al cuerpo y que tenía el poder de manifestarse a sí misma. Entonces una voz, que ya me era familiar, se dejó oir:

-Supe que vendrías a la habitación de la torre. -dijo- Te he estado esperando por mucho tiempo. Al final has venido. Esta noche cenaré; en breve cenaremos juntos.

Y la respiración entrecortada se acercó un poco más; podía sentirla sobre mi cuello.

Y este terror, que yo creía me había paralizado, derivó en un salvaje instinto de preservación. Agité el aire salvajemente con ambos brazos, pateé al mismo momento, y escuché un chirrido bestial. Algo blando cayó frente mío con un ruido sordo. Di unos pasos, esquivando lo que fuera que yacía ahí, y por casualidad encontré el picaporte de la puerta. Al instante salté al pasillo, y azoté la puerta detrás mío. Casi al mismo momento oí una puerta que se abría en algún sitio, abajo, y John Clinton, candelabro en mano, acudió corriendo escaleras arriba.

-¿Qué pasa? -preguntó- Dormía y escuché ruidos como sí... Dios santo, hay sangre en tu hombro.

Me quedé allí, según me contó después, moviéndome de un lado a otro, pálido, lívido, con la marca sobre mi hombro como si una mano cubierta de sangre la hubiese tocado.

-Está ahí dentro -dije- Ella, tu sabes. El retrato está dentro, colgando en el mismo lugar.
Me contestó con una sonrisa.
-Mi querido amigo, ha sido apenas una pesadilla. -declaró.

Abrió la puerta. Observé como lo hacía, inerte, presa del terror, incapaz de detenerlo, incapaz de moverme.

-iDios! ¡Es espantoso! El hedor... -dijo.

Luego el silencio. Desapareció de mi vista. Después reapareció tan pálido como estaba yo, y cerró rápidamente la puerta.

-Sí, el cuadro está ahí -dijo- Y sobre el piso hay algo, una cosa manchada de barro, como las que hay en los sepulcros. Vamos, rápido, vámonos de aquí.

Cómo bajamos las escaleras, jamás lo supe. Un estremecimiento y unas náuseas más espirituales que carnales me apresaron, y más de una vez me tuvo que ayudar a poner el pie en el escalón, mientras a cada momento echaba miradas de terror hacia atrás. Pero al final, cuando llegamos a su habitación, en el piso de abajo, le conté todo.

Como muchos de mis lectores quizás ya hayan adivinado, si recuerdan el inexplicable asunto de la iglesia en West Fawley, hace unos ocho años atrás, donde en tres oportunidades se trató de enterrar el cuerpo de cierta mujer que se había suicidado. En cada ocasión el ataúd fue encontrado fuera de su sitio, como emergiendo del suelo. Luego del tercer intento, con el objetivo de que la cosa no trascendiera, el cuerpo fue incinerado en algún lugar sobre tierra no consagrada. ¿Dónde? Justamente frente a la puerta de hierras del jardín, donde aquella mujer había vivido. Ella se había suicidado en el cuarto superior de la torre, su nombre era Julia Stone.

Se dice que el cuerpo fue desenterrado en secreto, y el ataúd fue hallado repleto de sangre.

E.F. Benson (1867-1940)


Más relatos de E.F. Benson. I Relatos de vampiros. I Relatos de terror. I Relatos góticos.


Más literatura:
La introducción al relato de E.F. Benson: The Room in the Tower; fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción total o parcial escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Fondos de elfos.

Con la ayuda de María de los Ángeles hemos armado una pequeña colección de fondos de elfos. Aquí les dejamos la primera parte.

Para ver los fondos de elfos en tamaño grande debes hacer un click sobre las imágenes.


Fondos de elfos I.







Elfos: Wallpapers

Gracias a la colaboración de María de los Ángeles, les dejamos la segunda parte de nuestra colección de wallpapers de elfos.


Elfos: wallpapers.







Luces antiguas: Algernon Blackwood


Luces Antiguas (Ancient Lights) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood.

Como muchos otros cuentos de Algernon Blackwood; Luces Antiguas plantea un terror ligado a la naturaleza; algo similar al espanto que los griegos encarnaban en el viejo Pan. Claro que Algernon Blackwood jamás encara su narrativa de manera tan cruda. El suspenso y la sensación de inminencia crecen lentamente; a veces desembocando en el horror absoluto, como en Los Sauces o el Wendigo, y en ocasiones dando paso a un sentido ominoso mucho más aplacado.

En este relato, la naturaleza se viste con el horror del bosque: Un hombre, que ha sido contratado para medir la superficie de una arboleda, que será oportunamente talada, decide cortar camino a través del bosque. Allí, casi como un juego que comienza inocentemente, los árboles comienzan a tantear sus intenciones. Una rama que derriba su sombrero, una sombra que parece moverse, una corteza grisácea que da la impresión de repetirse, son los primeros indicios. Luego llegarán otros, acaso menos inocentes.



Luces Antiguas.
Ancient Lights; Algernon Blackwood (1869-1951)

Desde Southwater, donde se detuvo del tren, el camino corría recto hacia poniente. Eso lo sabía, confiaba en la suerte, ya que era uno de esos vagabundos impenitentes que odian preguntar. Tenía ese instinto, y habitualmente le funcionaba bastante bien. -Una milla o poco más en dirección oeste por el camino arenoso, hasta llegar a un paso de cerca a la derecha; desde ahí cruza a campo traviesa. Verá el edificio rojo justo delante de usted- Echó una mirada, otra vez, a las instrucciones de la postal, y nuevamente trató de descifrar la frase borrada. En vano. Había sido tachada con tanta precaución que no quedaba una sola palabra legible. Las frases tachadas en una carta son siempre fascinantes. Se preguntó qué sería lo que había tenido que borrar con tanto cuidado.

La tarde era tormentosa, con un viento que aullaba desde el mar, barriendo los bosques de Sussex. Unas nubes espesas, redondas y pesadas, chocaban en los espacios abiertos del cielo azul. A lo lejos, la línea de montes recorría el horizonte como una ola inminente. Chanctonbury Ring parecía surcar su cresta como un barco veloz con el casco inclinado por el viento. Se quitó el sombrero y avivó el paso, aspirando el aire con placer y satisfacción. El camino estaba desierto: no se veían bicicletas, automóviles, o caballos; ni siquiera un carro de mercancías o un simple caminante. De todos modos, no habría preguntado el camino. Con la mirada atenta a la aparición del paso, caminaba pesadamente, mientras el viento sacudía la capa contra su rostro y rizaba los charcos azules del camino amarillento. Los árboles mostraban el pálido revés de sus hojas. Los helechos, la hierba nueva y alta, se inclinaban en una sola dirección. El día estaba lleno de vida, y había animación y movimiento en todas partes. Y para un agrimensor de Croydon recién llegado de su oficina, esto era como unas vacaciones en el mar.

Era un día de aventuras, y su corazón se elevaba para unirse a la Naturaleza. Su paraguas con aro de plata debía haber sido una espada; y sus zapatos, botas altas con espuelas en los talones. ¿Dónde se ocultaba el Castillo encantado y la Princesa de cabellos dorados como el sol? Su caballo...

De repente apareció el paso, y se frustró la aventura imaginaria. Volvió a aprisionarle su ropa. Era agrimensor, maduro, con un sueldo de tres libras a la semana, y venía de Croydon a estudiar los cambios que un cliente pensaba hacer en un bosque. Algo que proporcionase una mejor vista desde la ventana de su comedor. Al otro lado del campo, a una milla de distancia quizá, vio centellear al sol el rojo edificio, y mientras descansaba un momento en el paso, se puso a observar un bosque de robles y abedules a su derecha. ¡Ajá! -se dijo- así que ésta debe de ser la arboleda que quiere talar para mejorar la perspectiva. Veamos.- Había una valla, desde luego; pero tenía también un sendero tentador. -No soy un intruso –se dijo-: esto forma parte de mi trabajo.- Saltó dificultosamente por encima del alambre y se internó entre los árboles. Una pequeña vuelta le llevaría al campo otra vez.

Pero en el instante en que cruzó los primeros árboles el viento dejó de aullar y una quietud cayó sobre el mundo. Tan densa era la vegetación que el sol penetraba como manchas aisladas. El aire era pesado. Se secó la frente y se puso su sombrero de fieltro verde; pero una rama baja se lo volvió a quitar de un golpe. Al inclinarse, se enderezó una rama que había doblado y le dio en el rostro. Había flores en ambos lados del sendero; los helechos se curvaban en los rincones húmedos, y era dulce y rico el aroma a tierra y follaje. Hacía fresco allí. -Qué bosque más encantador-, pensó, bajando hacia un pequeño claro donde el sol aleteaba como una multitud de mariposas plateadas. ¡Cómo danzaba y palpitaba y revoloteaba! Se puso una flor azul oscuro en el ojal. Nuevamente, al incorporarse, el sombrero voló con el golpe una rama de roble. Esta vez no se lo volvió a poner. Balanceando el paraguas, siguió su camino con la cabeza descubierta, silbando alégremente. Pero el espesor de los árboles animaba poco a silbar; y parecieron enfriarse algo su alegría y su ánimo. De repente, se dio cuenta de que caminaba con cautela. La quietud del bosque era de lo más singular.

Hubo un susurro entre los helechos; algo saltó súbitamente al sendero, a unas diez yardas de él, se detuvo un instante, alzando la cabeza, y luego se zambulló otra vez en la maleza a la velocidad de una sombra. Se sobresaltó como un niño miedoso, y un segundo después se rió de que un mero faisán le hubiese asustado. Oyó un traqueteo de ruedas a lo lejos, en el camino; y, sin saber por qué, le resultó grato ese ruido. -El carro del viejo carnicero-, se dijo. Entonces notó que iba en dirección equivocada y que, no sabía cómo, había dado media vuelta. Porque el camino debía quedar detrás de él, no delante.

Se introdujo apresuradamente por otro estrecho claro que se perdía en el verdor. -Esta es la dirección, por supuesto -se dijo-; me han debido de distraer los árboles- y de repente descubrió que estaba junto al alambre que había saltado para ingresar. Había caminado en círculos. La sorpresa, aquí, se convirtió en desconcierto: vio a un hombre vestido de verde pardo, apoyado en la valla, dándose pequeños azotes en la pierna con una fusta. -Voy a casa del señor Lumley -explicó el caminante-. Este es su bosque, creo-, calló de repente; porque allí no había hombre alguno, sino que era un mero efecto de luz y sombra en el follaje. Retrocedió para reconstruir la ilusión, pero el viento agitaba demasiado las ramas, en el linde del bosque, y el follaje se negó a repetir la imagen. Las hojas susurraron de un modo extraño. En ese preciso momento se ocultó el sol, haciendo que el bosque adquiera un aspecto diferente. Y entonces se puso de manifiesto con cuánta facilidad puede sufrir engañarse la mente; porque le pareció que el hombre le contestaba, le hablaba -¿o fue sólo el rumor de las ramas?-; y que señalaba con la fusta un letrero clavado en el árbol más cercano. Aún le sonaban en el cerebro sus palabras; aunque, por supuesto, todo eran figuraciones suyas: -No, este bosque no es suyo. Es nuestro- Y además, algún gracioso del pueblo había cambiado el texto de la deteriorada tabla; porque ahora ponía con toda claridad: -Prohibido el paso-.

Y mientras el asombrado agrimensor leía el letrero, y dejaba escapar una risita, se dijo, pensando en la historia que iba a contar más tarde a su mujer y sus hijos: -Este condenado bosque ha intentado echarme. Pero voy a entrar otra vez. En realidad, ocupa un acre como máximo. No tengo más remedio que salir a campo abierto por el lado opuesto si sigo en línea recta-. Recordó su posición en la oficina. Tenía cierta dignidad que conservar.

La nube se apartó y la luz del sol salpicó toda clase de lugares insospechados. Seguía caminando en línea recta. Sentía una especie de turbación: esta forma en que los árboles cambiaban las luces en sombras le confundía evidentemente la vista. Para su alivio, surgió al fin un nuevo claro entre los árboles, revelándole el campo, y divisó el edificio rojo a lo lejos. Pero tenía que saltar primero un pequeño portón que había en el camino; y al trepar trabajosamente -dado que no quiso abirse-, tuvo la asombrosa sensación de que, debido a su peso, se desplazaba lateralmente en dirección al bosque. Era horrible. Hizo un esfuerzo ímprobo para saltar, antes de que le internase en los árboles; pero se le enredó un pie entre los barrotes y el paraguas, con tal fortuna que cayó al otro lado con los brazos abiertos, en medio de la maleza y las ortigas, y los zapatos trabados entre los dos primeros palos. Se quedó un momento en la postura de un crucificado boca abajo, y mientras forcejeaba para desembarazarse -los pies, los barrotes y el paraguas formaban una verdadera maraña-, vio pasar por el bosque, a toda prisa, al hombre de verde pardo. Iba riendo. Cruzó el claro, a unas cincuenta yardas de él; esta vez no estaba solo. A su lado iba un compañero igual que él. El agrimensor, nuevamente de pie, les vio desaparecer en la penumbra verdosa. -Son vagabundos-, se dijo, mortificado, furioso. Pero el corazón le latía terriblemente, y no se atrevió a expresar todo lo que pensaba.

Examinó el portón, convencido de que tenía algún truco; a continuación volvió a encaramarse a ella a toda prisa, sumamente desasosegado al ver que el claro ya no se abría hacia el campo, sino que torcía a la derecha. ¿Qué demonios ocurría? No andaba tan mal de la vista. De nuevo asomó el sol con todo su esplendor, y sembró el suelo del bosque de charcos plateados; y en ese mismo instante cruzó aullando una furiosa ráfaga de viento. Empezaron a caer gotas en todas partes, sobre las hojas, produciendo un golpeteo como de multitud de pisadas. El bosque entero se estremeció y comenzó a agitarse.

-¡Válgame Dios, ahora llueve!-, pensó el agrimensor; y al echar mano del paraguas, descubrió que lo había perdido. Volvió al portón y vio que se había caído al otro lado. Para su asombro, descubrió el campo al otro extremo del claro, y también la casa roja, iluminada por el sol del ocaso. Se echó a reír, entonces; porque, naturalmente, en su forcejeo con los barrotes se había dado la vuelta, había caído hacia atrás y no hacia adelante. Saltó el portón, con toda facilidad esta vez, y desanduvo sus pasos. Descubrió que el paraguas había perdido su aro de plata. Seguramente se le había enganchado en un pie, un clavo o lo que fuera, y lo había arrancado. El agrimensor echó a correr: estaba tremendamente nervioso.

Pero mientras corría, el bosque entero corría con él, en torno a él, de un lado para otro, desplazándose los árboles, plegando y desplegando las hojas, agitando sus troncos adelante y atrás, descubriendo espacios vacíos con sus ramas enormes, y volviéndolos a ocultar antes de que él pudiese verlos con claridad. Había ruido de pasos, y risas, y voces que gritaban, y una multitud de figuras congregadas a su espalda. El bosque hervía de movimiento y de vida. Naturalmente, era el viento, que producía en sus oídos el efecto de voces y risas, en tanto el sol y las nubes, al sumir el bosque alternativamente en sombras y en cegadora luz, generaban figuras. Pero no le gustaba, y corrió todo lo veloz que sus vigorosas piernas le permitieron. Estaba asustado. Ya no le parecía un percance para contarlo a su mujer y sus hijos. Corría como el viento. Sin embargo, sus pies no hacían ruido en la hierba blanda y musgosa.

Entonces, para su horror, vio que el claro se iba estrechando, que lo invadían la maleza y las ortigas, reduciéndolo a un sendero minúsculo, desapareciendo entre los árboles. Lo que no había logrado el portón, lo había conseguido este complicado claro: introducirle en la espesa muchedumbre de árboles.

Sólo cabía hacer una cosa: regresar, correr con todas sus fuerzas hacia la vida que venía a su espalda, que le seguía tan de cerca que casi le tocaba y le empujaba. Y eso fue lo que hizo con atropellada valentía. Parecía una temeridad. Se volvió con una especie de salto violento, la cabeza baja, los hombros sacados y las manos extendidas delante de la cara. Se lanzó: embistió como un ser acosado en dirección opuesta, por lo que ahora el viento le dio de cara.

¡Dios mio! El claro que había dejado atrás se había cerrado también: no había sendero alguno. Se dio la vuelta como un animal acorralado, buscó con los ojos un modo de escapar; buscó frenético, jadeante, aterrado. Pero el follaje le envolvía, las ramas le obstruían el paso; los árboles estaban inmóviles y juntos: no los agitaba el más leve soplo de aire; y el sol, en ese instante, se ocultó tras una gran nube negra. El bosque entero se volvió oscuro y silencioso. Le observó.

Quizá fue este efecto de súbita negrura lo que le impulsó a actuar de manera insensata, como si hubiese perdido el juicio. El caso es que, sin detenerse a pensar, se lanzó otra vez hacia los árboles. Tuvo la impresión de que le rodeaban y le sujetaban de manera asfixiante, y pensó que debía escapar a toda costa. Escapar, huir a la libertad del campo y el aire libre. Fue una reacción instintitva; y al parecer, embistió contra un roble que se había situado deliberadamente en el centro del sendero para detenerlo. Lo había visto desplazarse; siendo como era un profesional de la medición, acostumbrado al uso del teodolito y la cadena, tenía experiencia para saberlo. Cayó, vio las estrellas, y sintió que mil dedos minúsculos tiraban de sus manos y sus tobillos y su cuello. Sin duda se debía a las ortigas. Es lo que pensó más tarde. En ese momento le pareció diabólicamente intencionado.

Pero hubo otra ilusión extraordinaria para la que no encontró tan fácil explicación. Porque un instante despues, el bosque entero desfilaba ante él con un profundo susurro de hojas y risas, de miles de pies y de pequeñas, inquietas figuras; dos hombres vestidos de verde pardo le sacudieron enérgicamente, y abrió los ojos para descubrir que yacía en el prado junto al paso de cerca donde había comenzado su increíble aventura. El bosque estaba en su sitio de siempre, y le contemplaba al sol. Encima de él sonreía burlón el deteriorado letrero: -Prohibido el paso-.

Con la mente y el cuerpo trastornados, y bastante alterada su alma de empleado, el agrimensor echo a andar despacio a campo traviesa. Mientras caminaba, volvió a consultar las intrucciones de la tarjeta postal, y descubrió con estupor que podía leer la frase borrada pese a las tachaduras trazadas sobre ella: -Hay un atajo que cruza el bosque (el que quiero talar), si lo prefiere-. Aunque las tachaduras sobre si lo prefiere hacían que pareciese otra cosa: parecía decir, extrañamente, si se atreve.

-Ese es el bosquecillo que impide la vista de las lomas -explicó después su cliente, señalándolo desde el otro extremo del campo, y consultando el plano que tenía junto a él-. Quiero talarlo, y que se haga un camino así y así -indicó la dirección en el plano, con el dedo-. El Bosque Encantado lo llaman aún; es muchísimo más antiguo que esta casa. Vamos, señor Thomas; si está usted dispuesto, podemos ir a echarle una mirada...

Algernon Blackwood (1869-1951)


Más relatos de Algernon Blackwood. I Relatos de terror. I Relatos góticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Algernon Blackwood: Luces antiguas (Ancient Lights); fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El Wendigo: Algernon Blackwood.


El Wendigo (The Wendigo) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood. Fue escrito en 1910; y es considerado (aquí coincidimos absolutamente con la crítica) como uno de los mejores diez relatos de terror de la literatura inglesa.

Antes de hablar del cuento de Blackwood diremos que el Wendigo es una criatura mitológica de los Algonquinos. Sus leyendas son innumerables y contradictorias. En ocasiones aparece como un ser ajeno a la raza humana, y en otras como un humano metamorfoseado. A grandes rasgos, puede afirmarse que una de las pocas constantes en los mitos del Wendigo es su afición por el canibalismo. La psicología, siempre atenta para desfigurar los mitos y reducirlos a su mínima expresión, ha tomado el término Wendigo para definir cierto tipo de psicosis ligada al canibalismo.

Volviendo al Wendigo de Algernon Blackwood, hay que decir que su espectro comparte mucho con el de las leyendas aborígenes; pero siempre en la medida que el escritor inglés supo aplicarles a sus relatos. El Wendigo es un cuento que construye el horror sobre el suspenso, y éste en base a una delicada trama de pequeñas circunstancias. Al igual que Los Sauces; el Wendigo puede regodearse en cierta parsimonia, en un ritmo pausado, creciente, pero sin abandonar jamás su objetivo final. En resumen: el Wendigo es un relato fundamental para los amantes de la literatura sobrenatural.

Vale señalar que August Derleth retomó el mito del Wendigo en su relato: Ithaqua (Ithaqua), perteneciente a los Mitos de Cthulhu.



El Wendigo.

The Wendigo, Algernon Blackwood (1869-1951)
Pueden leer o descargar El Wendigo, de Algernon Blackwood, aquí:








Más relatos de Algernon Blackwood. I Relatos de terror.

El resumen de el cuento de Algernon Blackwood: El Wendigo (The Wendigo), fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El ladron de cadaveres: Robert Louis Stevenson


El Ladrón de Cadáveres (The Body Snatcher) es un relato de terror del escritor escocés Robert Louis Stevenson. El cuento fue publicado en diciembre de 1884 y relata la historia sórdida de un estudiante de medicina envuelto en las operaciones macabras de los saqueadores de tumbas.

Stevenson, en la época en que escribió El Ladrón de Cadáveres, ya había alcanzado la plenitud de su narrativa; y el relato se desarrolla dentro de la seguridad que aquello le brindaba. El Ladrón de Cadáveres roza en algunos momentos la cuestión moral, pero siempre desde el ángulo que la historia requiere, es decir, sin involucrar excesivamente las opiniones personales del autor; vicio no fácil de repeler.

La trama incluso va más allá de la actividad onerosa que supone saquear tumbas. Vender cadáveres siempre fue un negocio que la medicina debió tolerar. Pero en el cuento de Stevenson las cosas van más allá; ya que son los estudiantes y médicos quienes se ven tentados a cosechar amargamente los despojos de las tumbas. El motivo, o la excusa, es conseguir material para la disección.

Cualquier observación por parte del lector reflexivo, tendiente a elucubrar que la frialdad de la medicina (y especialmente de los médicos) se debe al contacto con los muertos; corre lejos del espíritu cortante de nuestro amigo Stevenson.


El Ladrón de Cadáveres.
The Body Snatcher
; Robert Louis Stevenson (1850-1894)


Todas las noches nos sentábamos los cuatro en el reservado de la posada George en Debenham: el empresario fúnebre, el dueño, Fettes y yo. A veces había más gente; pero tanto si hacia viento como si no, si llovía, nevaba o helaba, los cuatro nos instalábamos en nuestros respectivos sillones. Fettes era un viejo escocés dado a la bebida; culto, sin duda, y también acomodado, porque vivía sin hacer nada. Había llegado a Debenham años atrás y se había convertido en hijo adoptivo del pueblo. Su capa azul era una antigüedad, igual que la torre de la iglesia. Su sitio fijo en el reservado de la posada, su conspicua ausencia de la iglesia, y sus vicios vergonzosos eran cosas sabidas en Debenham. Mantenía opiniones vagamente radicales y cierto escepticismo religioso que sacaba a relucir periódicamente, dando énfasis con imprecisos manotazos sobre la mesa. Bebía ron: cinco vasos todas las veladas; y durante la mayor parte de su visita a la posada permanecía en un estado de melancólico estupor alcohólico, siempre con el vaso de ron en la mano derecha. Le llamábamos el doctor, porque se le atribuían ciertos conocimientos de medicina y en casos de emergencia había sido capaz de entablillar una fractura o reducir una luxación, pero, al margen de estos pocos detalles, carecíamos de información sobre su personalidad y antecedentes.

Una oscura noche de invierno -alrededor de las nueve- fuimos informados de que un gran terrateniente de los alrededores había enfermado en la posada, atacado de apoplejía, cuando iba hacia Londres y el Parlamento; y por telégrafo se había solicitado la presencia, a la cabecera del gran hombre, de su médico de la capital, personaje todavía más famoso. Era la primera vez que pasaba una cosa así en Debenham (hacía muy poco tiempo que se había inaugurado el ferrocarril) y todos estábamos convenientemente impresionados.

-Ya ha llegado. -dijo el dueño, después de encender la pipa.
-¿Quién? -dije yo- ¿El médico?
-Precisamente. -contestó nuestro posadero.
-¿Cómo se llama?
-Doctor Macfarlane. -dijo el dueño.

Fettes terminaba su tercer vaso, sumido ya en la borrachera, unas veces asintiendo con la cabeza, otras con la mirada perdida en el vacío; pero con el sonido de las últimas palabras pareció despertarse y repitió dos veces el apellido Macfarlane: la primera con entonación tranquila, pero con repentina emoción la segunda.
-Sí, -dijo el dueño- así se llama: doctor Wolfe Macfarlane.

Fettes se serenó; sus ojos se aclararon, su voz se hizo firme y sus palabras más vigorosas. Todos nos quedamos sorprendidos ante aquella transformación, era como si un hombre hubiera resucitado de entre los muertos.

-Les ruego que me disculpen, -dijo- mucho me temo que no prestaba atención a sus palabras. ¿Quién es ese tal Wolfe Macfarlane?
Y añadió, después de oír las explicaciones del dueño:
-No puede ser, claro que no; y, sin embargo, me gustaría ver a ese hombre cara a cara.
-¿Le conoce usted, doctor? -preguntó el empresario de pompas fúnebres.
-¡Dios no lo permita! -respondió— Sin embargo, el nombre no es nada corriente, sería demasiado imaginar que hubiera dos. Dígame, posadero, ¿se trata de un hombre viejo?
-No es un hombre joven. Tiene el pelo blanco; pero sí parece más joven que usted.
-Es mayor que yo, varios años mayor. Pero -dando un manotazo sobre la mesa-, es el ron lo que ve usted en mi cara; el ron y mis pecados. Este hombre quizá tenga una conciencia más fácil de contentar y haga bien las digestiones. ¡Conciencia! ¡De qué cosas me atrevo a hablar! Se imaginarán ustedes que he sido un buen cristiano, ¿no? Pues no, yo no; nunca me ha dado por la hipocresía. Quizá Voltaire habría cambiado si se hubiera visto en mi caso; pero, aunque mi cerebro -y se dio un manotazo sobre la calva-, aunque mi cerebro funcionaba perfectamente, no saqué ninguna conclusión de las cosas que vi.

-Si este doctor es la persona que usted conoce -me aventuré a apuntar, después de una pausa bastante penosa-, ¿debemos deducir que no comparte la buena opinión del posadero?
Fettes no me hizo el menor caso.
-Sí, -dijo, con repentina firmeza-, tengo que verlo cara a cara.
Se produjo otra pausa; luego una puerta se cerró en el primer piso y se oyeron pasos en la escalera.
-Es el doctor. -exclamó el dueño- Si se da prisa podrá alcanzarle.

No había más que dos pasos desde el pequeño reservado a la puerta de la vieja posada George; la ancha escaleraterminaba casi en la calle; entre el umbral y el último peldaño no había sitio más que para una alfombra turca; pero este espacio tan reducido quedaba iluminado todas las noches, no sólo gracias a la luz de la escalera y al gran farol debajo del nombre de la posada, sino también debido al cálido resplandor que salía por la ventana de la cantina. La posada llamaba así la atención de los que cruzaban por la calle en las frías noches de invierno. Fettes llegó sin vacilaciones hasta el vestíbulo y los demás, quedándonos retrasados, nos dispusimos a presenciar el encuentro entre aquellos dos hombres, encuentro que uno de ellos había definido como cara a cara. El doctor Macfarlane era un hombre despierto y vigoroso. Sus cabellos blancos servían para resaltar la calma y la palidez de su rostro, nada desprovisto de energía. Iba elegantemente vestido, y lucía una gruesa cadena de oro para el reloj y gemelos y anteojos del mismo metal precioso. La corbata, ancha y con muchos pliegues, era blanca con lunares de color lila, y llevaba al brazo un abrigo de pieles para defenderse del frío durante el viaje. No hay duda de que lograba dar dignidad a sus años envuelto en aquella atmósfera de riqueza y respetabilidad; y no dejaba de ser todo un contraste sorprendente ver a nuestro borrachín -calvo, sucio, lleno de granos y arropado en su vieja capa azul de camelote- enfrentarse con él al pie de la escalera.

-¡Macfarlane! -dijo con voz resonante, más propia de un heraldo que de un amigo.
El gran doctor se detuvo bruscamente en el cuarto escalón, como si la familiaridad de aquel saludo sorprendiera y en cierto modo ofendiera su dignidad.
-¡Toddy Macfarlane! -repitió Fettes.
El londinense se tambaleó. Lanzó una mirada rápida al hombre que tenía delante, volvió hacia atrás unos ojos atemorizados y luego susurró con voz llena de sorpresa:
-¡Fettes! ¡Tú!
-¡Yo, sí! -dijo el otro- ¿Creías que también yo estaba muerto? No resulta tan fácil dar por terminada nuestra relación.
-¡Calla, por favor! -exclamó el ilustre médico- ¡Calla! Este encuentro es tan inesperado. Ya veo que te has ofendido. Confieso que no te había conocido; pero me alegro mucho, me alegro mucho de tener esta oportunidad. Hoy sólo vamos a poder decirnos hola y hasta la vista; me espera el calesín y debo tomar el tren; pero debes... veamos, sí... debes darme tu dirección y te aseguro que tendrás muy pronto noticias mías. Hemos de hacer algo por ti, Fettes. Mucho me temo que estás algo apurado; pero ya nos ocuparemos de eso en recuerdo de los viejos tiempos, como solíamos cantar durante nuestras cenas.
-¡Dinero! -exclamó Fettes- ¡Dinero tuyo! El dinero que me diste estará todavía donde lo arrojé aquella noche de lluvia.
Hablando, el doctor Macfarlane había conseguido recobrar la confianza en sí mismo, pero la desacostumbrada energía de aquella negativa lo sumió de nuevo en su primitiva confusión. Una horrible expresión atravesó por un momento sus facciones casi venerables.
-Mi querido amigo, -dijo- haz como gustes; nada más lejos de mi intención que ofenderte. No quisiera entrometerme. Pero sí que te dejaré mi dirección...
-No. No deseo saber cuál es el techo que te cobija. -le interrumpió el otro-. Oí tu nombre; temí que fueras tú; quería saber si, después de todo, existe un Dios; ahora ya sé que no. ¡Sal de aquí!

Pero Fettes seguía en el centro de la alfombra, entre la escalera y la puerta; y para escapar, el gran médico londinense iba a verse obligado a dar un rodeo. Estaban claras sus vacilaciones ante lo que a todas luces consideraba una humillación. A pesar de su palidez, había un brillo amenazador en sus anteojos; pero, mientras seguía sin decidirse, se dio cuenta de que el cochero de su calesín contemplaba con interés desde la calle aquella escena tan poco común y advirtió también cómo le mirábamos nosotros, los del pequeño grupo del reservado, apelotonados en el rincón más próximo a la cantina. La presencia de tantos testigos le decidió a emprender la huida. Pasó pegado a la pared y luego se dirigió hacia la puerta con la velocidad de una serpiente. Pero sus dificultades no habían terminado aún, porque antes de salir Fettes le agarró del brazo y, de sus labios, aunque en un susurro, salieron con toda claridad estas palabras:

-¿Has vuelto a verlo?
El famoso doctor dejó escapar un grito ahogado, dio un empujón al que lo interrogaba y con las manos sobre la cabeza huyó como un ladrón. Antes de que a ninguno se nos ocurriera hacer el menor movimiento, el calesín traqueteaba camino de la estación La escena había terminado como podría hacerlo un sueño; pero aquel sueño había dejado pruebas y rastros de su paso. Al día siguiente la criada encontró los anteojos de oro en el umbral, rotos, y aquella noche todos permanecimos en pie, sin aliento, junto a la ventana de la cantina, con Fettes a nuestro lado, sereno, pálido y con aire decidido.

-¡Que Dios nos tenga en su seno, Mr. Fettes! -dijo el posadero, el primero en recobrar el uso de sus sentidos-. ¿A qué obedece todo esto? Son cosas bien extrañas las que usted ha dicho.
Fettes se volvió hacia nosotros; nos fue mirando a la cara sucesivamente.
-Procuren atar la lengua. -dijo- Es arriesgado enfrentarse con Macfarlane; los que lo han hecho se han arrepentido demasiado tarde.

Después, sin terminar el tercer vaso, ni mucho menos quedarse para consumir los otros dos, nos dijo adiós y se perdió en la noche.
Nosotros tres regresamos a los sillones, con un buen fuego y cuatro velas nuevas. A medida que recapitulábamos, el primer escalofrío se convirtió muy pronto en curiosidad. Nos quedamos hasta muy tarde; no recuerdo ninguna otra noche en la que se prolongara tanto. Antes de separarnos, cada uno tenía una teoría que se había comprometido a probar, y no había para nosotros asunto más urgente en este mundo que rastrear el pasado de nuestro misterioso contertulio y descubrir el secreto que compartía con el famoso doctor londinense. No es un gran motivo de gloria, pero creo que me dí mejor maña que mis compañeros para desvelar la historia; y quizá no haya en estos momentos otro ser vivo que pueda narrarles a ustedes aquellos monstruosos y abominables sucesos.

De joven, Fettes había estudiado medicina en Edimburgo. Tenía un cierto talento, que le permitía retener lo que oía y asimilarlo en seguida. Trabajaba poco; pero era cortés, atento e inteligente en presencia de sus maestros. Pronto se fijaron en él por su capacidad de atención y su buena memoria; y, aunque a mí me pareció bien extraño cuando lo oí por primera vez, Fettes era en aquellos días bien parecido y cuidaba mucho de su aspecto exterior. Existía por entonces fuera de la universidad un profesor de anatomía al que designaré aquí mediante la letra K. Su nombre llegó más adelante a ser tristemente célebre. El hombre que lo llevaba se escabulló disfrazado por las calles de Edimburgo, mientras el gentío, que aplaudía la ejecución de Burke, pedía a gritos la sangre de su patrón. Pero Mr. K estaba entonces en la cima de su popularidad; disfrutaba de la fama debido en parte a su propio talento, y en parte a la incompetencia de su rival, el profesor universitario. Los estudiantes, al menos, tenían absoluta fe en él y el mismo Fettes creía, e hizo creer a otros, que había puesto los cimientos de su éxito al lograr el favor de este hombre meteóricamente famoso. Mr. K era un bon vivant además de un excelente profesor; y apreciaba tanto una hábil ilusión como una preparación cuidadosa. En ambos campos Fettes disfrutaba de su merecida consideración, y durante el segundo año de sus estudios recibió el encargo semioficial de segundo profesor de prácticas o subasistente en su clase.

Debido a este empleo, el cuidado del anfiteatro y del aula recaía sobre Fettes. Era responsable de la limpieza y del comportamiento de los estudiantes y también constituía parte de su deber proporcionar, recibir y dividir los diferentes cadáveres. Con vistas a esta última ocupación, Mr. K hizo que se alojase primero en el mismo callejón y más adelante en el mismo edificio donde estaban instaladas las salas de disección. Allí, después de una noche de turbulentos placeres, con la mano todavía temblorosa y la vista nublada, tenía que abandonar la cama en la oscuridad de las horas que preceden al alba invernal, para entenderse con los sucios y desesperados traficantes que abastecían las mesas. Tenía que abrir la puerta a aquellos hombres que después han alcanzado tan terrible reputación en todo el país, recoger su trágico cargamento, pagarles el sórdido precio y quedarse solo, al marcharse los otros, con aquellos desagradables despojos de humanidad. Terminada tal escena, Fettes volvía a adormilarse por espacio de una o dos horas para reparar así los abusos de la noche y refrescarse un tanto para los trabajos del día siguiente.

Pocos muchachos podrían haberse mostrado más insensibles a las impresiones de una vida pasada bajo los emblemas de la moralidad. Su mente estaba impermeabilizada contra cualquier consideración de carácter general. Era incapaz de sentir interés por el destino y los reveses de fortuna de cualquier persona, esclavo total de sus propios deseos y ambiciones. Frío, superficial y egoísta, no carecía de ese mínimo de prudencia, a la que se da equivocadamente el nombre de moralidad, que mantiene a un hombre alejado de borracheras inconvenientes o latrocinios castigables. Como Fettes deseaba además que sus maestros y condiscípulos tuvieran de él una buena opinión, se esforzaba en guardar las apariencias. Decidió también destacar en sus estudios y día tras día servía a su patrón impecablemente en las cosas más visibles y que más podían reforzar su reputación de buen estudiante. Para indemnizarse de sus días de trabajo, se entregaba por las noches a placeres ruidosos y desvergonzados; y cuando los dos platillos se equilibraban, el órgano al que Fettes llamaba su conciencia se declaraba satisfecho.

La obtención de cadáveres era continua causa de dificultades. En aquella clase con tantos alumnos y en la que se trabajaba mucho, la materia prima de las disecciones estaba siempre a punto de acabarse; y las transacciones que esta situación hacía necesarias no sólo eran desagradables en sí mismas, sino que podían tener consecuencias muy peligrosas para todos los implicados. La norma de Mr. K era no hacer preguntas en el trato con los de la profesión. Ellos consiguen el cuerpo y nosotros pagamos el precio, solía decir, recalcando la aliteración; quid pro quo. Y de nuevo, y con cierto cinismo, les repetía a sus asistentes que No hicieran preguntas por razones de conciencia.

No es que se diera por sentado implícitamente que los cadáveres se conseguían mediante el asesinato. Si tal idea se le hubiera formulado mediante palabras, Mr. K se habría horrorizado; pero su frívola manera de hablar tratándose de un problema tan serio era, en sí misma, una ofensa contra las normas más elementales de la responsabilidad social y una tentación ofrecida a los hombres con los que negociaba. Fettes, por ejemplo no había dejado de advertir que, con frecuencia, los cuerpos que le llevaban habían perdido la vida muy pocas horas antes. También le sorprendía una y otra vez el aspecto abominable y los movimientos solapados de los rufianes que llamaban a su puerta antes del alba; y, atando cabos para sus adentros, quizá atribuía un significado demasiado inmoral y demasiado categórico a las imprudentes advertencias de su maestro. En resumen: Fettes entendía que su deber constaba de tres apartados: aceptar lo que le traían, pagar el precio y pasar por alto cualquier indicio de un posible crimen.

Una mañana de noviembre esta consigna de silencio se vio puesta a prueba. Fettes, después de pasar la noche en vela debido a un atroz dolor de muelas, y caer ya de madrugada en ese sueño profundo e intranquilo que con tanta frecuencia es la consecuencia de una noche de dolor, se vio despertado por la tercera o cuarta impaciente repetición de la señal convenida. La luna, aunque menguante, derramaba abundante luz; hacía frío y la ciudad dormía, pero una indefinible agitación preludiaba ya el ruido y el tráfico del día. Los profanadores habían llegado más tarde de lo normal y parecían tener más prisa por marcharse que otras veces. Fettes, muerto de sueño, les fue alumbrando escaleras arriba. Oía sus roncas voces, con fuerte acento irlandés, como formando parte de un sueño; y mientras aquellos hombres vaciaban el lúgubre contenido de su saco, él dormitaba, con un hombro apoyado contra la pared; tuvo que hacer luego verdaderos esfuerzos para encontrar el dinero con que pagar a aquellos hombres. Al ponerse en movimiento sus ojos tropezaron con el rostro del cadáver. No pudo disimular su sobresalto; dio dos pasos hacia adelante, con la vela en alto.

-¡Santo cielo! -exclamó- ¡Si es Jane Galbraith!
Los hombres no respondieron pero se movieron imperceptiblemente en dirección a la puerta.
-La conozco. -continuó Fettes- Ayer estaba viva y muy contenta. Es imposible que haya muerto; es imposible que hayan conseguido este cuerpo de forma correcta.
-Está usted completamente equivocado, señor. -dijo uno de los hombres. Pero el otro lanzó a Fettes una mirada amenazadora y pidió que se les diera el dinero inmediatamente.

Era imposible malinterpretar su expresión o el peligro que implicaba. Al muchacho le faltó valor. Tartamudeó, contó la suma convenida y acompañó a sus visitantes hasta la puerta. Tan pronto como desaparecieron, Fettes se apresuró a confirmar sus sospechas. Mediante una docena de marcas que no dejaban lugar a dudas identificó a la muchacha con la que había bromeado el día anterior. Vio, con horror, señales sobre aquel cuerpo que podían muy bien ser pruebas de una muerte violenta. Se sintió dominado por el pánico y buscó refugio en su habitación. Una vez allí reflexionó sobre el descubrimiento; consideró la importancia de las instrucciones de Mr. K y el peligro para su persona; finalmente, lleno de dudas, determinó esperar y pedir consejo a su inmediato superior, el primer asistente.

Era un médico joven, Tolfe Macfarlane, favorito de los estudiantes temerarios, hombre inteligente, disipado y absolutamente falto de escrúpulos. Había viajado y estudiado en el extranjero. Sus modales eran agradables y atrevidos. Se le consideraba una autoridad en cuestiones teatrales y no había nadie más hábil para patinar sobre el hielo ni que manejara con más destreza los palos de golf; vestía con audacia y, como toque final de distinción, era propietario de un calesín y de un robusto trotón. Su relación con Fettes había llegado a ser muy íntima; de hecho sus cargos respectivos hacían necesaria una cierta comunidad; y cuando escaseaban los cadáveres, los dos se adentraban por las zonas rurales en el calesín de Macfarlane, para visitar y profanar algún cementerio y, antes del alba, presentarse con su botín en la puerta de la sala de disección.
Aquella mañana Macfarlane apareció un poco antes de lo que solía. Fettes le oyó, salió a recibirle a la escalera, le contó su relato y terminó mostrándole la causa de su alarma. Macfarlane examinó las señales que presentaba el cadáver.

-Sí, -dijo- parece sospechoso.
-¿Qué debería hacer? -preguntó Fettes.
-¿Hacer? -repitió el otro- ¿Es que quieres hacer algo? Cuanto menos se diga, antes se arreglará, diría yo.
-Quizá la reconozca alguna otra persona. -objetó Fettes- Era tan conocida...
-Esperemos que no, -dijo Macfarlane- y si alguien lo hace, bien, tú no la reconociste, ¿comprendes?, y no hay más que hablar. Lo cierto es que esto lleva demasiado tiempo sucediendo. Remueve el cieno y colocarás a K en una situación desesperada; tampoco tú saldrías bien librado, ni yo. Me gustaría saber cómo quedaríamos, o qué demonios podríamos decir si nos llamaran como testigos. Porque hay una cosa cierta: prácticamente, todo nuestro material han sido personas asesinadas.
-¡Macfarlane! -exclamó Fettes.
-¡Vamos, vamos! -se burló el otro- ¡Como si no lo hubieras sospechado!
-Sospechar es una cosa...
-Y probar otra. Lo sé; y siento tanto como tú que esto haya llegado hasta aquí -dando unos golpes en el cadáver con su bastón-. Pero en esta situación, lo mejor que puedo hacer es no reconocerla; y así es: no la reconozco. Tú puedes, si es tu deseo. No voy a decirte lo que tienes que hacer, pero creo que un hombre de mundo haría lo mismo que yo; y me atrevería a añadir que eso es lo que K esperaría de nosotros. La cuestión es ¿por qué nos eligió a nosotros como asistentes? Y yo respondo: porque no quería viejas chismosas.

Aquella manera de hablar era la que más efecto podía tener en la mente de un muchacho como Fettes. Accedió a imitar a Macfarlane. El cuerpo de la desgraciada pasó a la mesa de disección como era costumbre y nadie hizo el menor comentario ni pareció reconocerla.

Una tarde, después de haber terminado su trabajo, Fettes entró en una taberna y encontró allí a Macfarlane sentado con un extraño. Era un hombre pequeño, pálido y de cabellos muy oscuros, y ojos negros como carbones. Su cara parecía prometer una inteligencia y un refinamiento que sus modales se encargaban de desmentir, porque nada más empezar a tratarle, se ponía de manifiesto su vulgaridad. Aquel hombre ejercía, sin embargo, un extraordinario control sobre Macfarlane; le daba órdenes como si fuera el Gran Bajá; se indignaba ante el menor inconveniente o retraso, y hacía groseros comentarios sobre el servilismo con que era obedecido. Esta persona manifestó una inmediata simpatía hacia Fettes, trató de ganárselo invitándolo a beber y le honró con extraordinarias confidencias sobre su pasado. Si una décima parte de lo que confesó era verdad, se trataba de un bribón de lo más odioso; y la vanidad del muchacho se sintió halagada por el interés de un hombre de tanta experiencia.

-Yo no soy precisamente un ángel -hizo notar el desconocido-, pero Macfarlane... Toddy Macfarlane le llamo yo. Toddy, pide otra copa para tu amigo.
O bien: -Toddy, levántate y cierra la puerta.
-Toddy me odia -dijo después-. Sí, Toddy, ¡claro que me odias!
-No me gusta ese maldito nombre, y usted lo sabe. -gruñó Macfarlane.
-¡Escúchalo! ¿Has visto a los muchachos tirar al blanco con sus cuchillos? A él le gustaría hacer eso por todo mi cuerpo. -explicó el desconocido
-Nosotros, la gente de medicina, tenemos un sistema mejor -dijo Fettes-. Cuando no nos gusta un amigo muerto, lo llevamos a la mesa de disección.

Macfarlane le miró enojado, como si aquella broma fuera muy poco de su agrado. Pasó la tarde. Gray, porque tal era el nombre del desconocido, invitó a Fettes a cenar con ellos, encargando un festín tan suntuoso que la taberna entera tuvo que movilizarse, y cuando terminó mandó a Macfarlane que pagara la cuenta. Se separaron ya de madrugada; el tal Gray estaba completamente borracho. Macfarlane, sereno sobre todo a causa de la indignación reflexionaba sobre el dinero que se había visto obligado a malgastar y las humillaciones que había tenido que soportar. Fettes, con diferentes licores cantándole dentro de la cabeza, volvió a su casa con pasos inciertos. Al día siguiente Macfarlane faltó a clase y Fettes sonrió para sus adentros al imaginárselo todavía acompañando al insoportable Gray de taberna en taberna. Tan pronto como quedó libre de sus obligaciones, se puso a buscar por todas partes a sus compañeros de la noche anterior. Pero no consiguió encontrarlos en ningún sitio; de manera que volvió pronto a su habitación, se acostó en seguida, y durmió el sueño de los justos. A las cuatro de la mañana le despertó la señal acostumbrada. Al bajar a abrir la puerta, grande fue su asombro cuando descubrió a Macfarlane con su calesín y dentro del vehículo uno de aquellos horrendos bultos alargados que tan bien conocía.

-¡Cómo! -exclamó- ¿Has salido tú solo?
Pero Macfarlane le hizo callar bruscamente, pidiéndole que se ocupara del asunto que tenían entre manos. Después de subir el cuerpo y depositarlo sobre la mesa, Macfarlane hizo primero un gesto como de marcharse. Después se detuvo y pareció dudar.
-Será mejor que le veas la cara. -dijo después lentamente, como si le costara cierto trabajo hablar- Será mejor. -repitió, al ver que Fettes se le quedaba mirando, asombrado.
-¿Dónde, cómo y cuándo ha llegado a tus manos? -exclamó el otro.
-Mírale la cara. -fue la única respuesta.

Fettes titubeó. Contempló al joven médico y después el cuerpo; luego volvió otra vez la vista hacia Macfarlane. Finalmente hizo lo que se le pedía. Casi estaba esperando el espectáculo que se tropezaron sus ojos pero de todas formas el impacto fue violento. Ver, inmovilizado por la rigidez de la muerte y desnudo sobre el basto tejido de arpillera, al hombre del que se había separado dejándolo bien vestido y con el estómago satisfecho en el umbral de una taberna, despertó, hasta en el atolondrado Fettes, algunos de los terrores de la conciencia. Dos personas que había conocido habían terminado sobre las heladas mesas de disección. Con todo, aquellas eran sólo preocupaciones secundarias. Lo que más le importaba era Wolfe. Falto de preparación para enfrentarse con un desafío de tanta importancia, Fettes no sabía cómo mirar a la cara a su compañero. No se atrevía a cruzar la vista con él y le faltaban tanto las palabras como la voz con que pronunciarlas. Fue Macfarlane mismo quien dio el primer paso. Se acercó tranquilamente por detrás y puso una mano, con suavidad pero con firmeza, sobre el hombro del otro.

-Richardson -dijo- puede quedarse con la cabeza.
Richardson era un estudiante que desde tiempo atrás se venía mostrando muy deseoso de disponer de esa porción del cuerpo humano para sus prácticas de disección. No recibió ninguna respuesta, y el asesino continuó:
-Hablando de negocios, debes pagarme.
Fettes encontró una voz que no era más que una sombra de la suya:
-¡Pagar! -exclamó- ¿Pagarte por eso?
-No tienes más remedio. Desde cualquier punto de vista que lo consideres. Yo no me atrevería a darlo gratis; ni tú a aceptarlo sin pagar, nos comprometería a los dos. Este es otro caso como el de Jane Galbraith. Cuantos más cabos sueltos, más razones para actuar como si todo estuviera en perfecto orden. ¿Dónde guarda su dinero el viejo K?
-Allí. -contestó Fettes con voz ronca, señalando al armario.
-Entonces, dame la llave. -dijo el otro, extendiendo la mano.

Después de un momento de vacilación, Macfarlane no pudo suprimir un estremecimiento, manifestación insignificante de un inmenso alivio, al sentir la llave entre los dedos. Abrió el armario, sacó pluma, tinta y el libro diario que descansaban sobre una de las baldas, y del dinero que había en un cajón tomó la suma adecuada para el caso.
-Ahora, mira, -dijo Macfarlane- ya se ha hecho el pago, primera prueba de tu buena fe, primer escalón hacia la seguridad. Pero todavía tienes que asegurarlo con un segundo paso. Anota el pago en el diario y estarás ya en condiciones de hacer frente al mismo demonio.

La mente de Fettes fue un torbellino de ideas; pero al contrastar sus terrores, terminó triunfando el más inmediato. Cualquier dificultad le pareció casi insignificante comparada con una confrontación con Macfarlane en aquel momento. Dejó la vela que había sostenido todo aquel tiempo y con mano segura anotó la fecha, la naturaleza y el importe de la transacción.
-Y ahora, -dijo Macfarlane- es de justo que te quedes con el dinero. Yo he cobrado ya mi parte. Por cierto, cuando un hombre de mundo tiene suerte y se encuentra en el bolsillo con unos cuantos chelines extra, me da vergüenza hablar de ello, pero hay una regla de conducta para esos casos. No hay que dedicarse a invitar, ni a comprar libros caros para las clases, ni a pagar viejas deudas; hay que pedir prestado en lugar de prestar.
-Macfarlane, -empezó Fettes, con voz todavía un poco ronca- me he puesto el nudo alrededor del cuello por complacerte.
-¿Por complacerme? -exclamó Wolfe- ¡Vamos! No has hecho más que lo que estabas obligado a hacer. Supongamos que yo tuviera dificultades, ¿qué sería de ti? Este segundo accidente sin importancia procede sin duda alguna del primero. Mr. Gray es la continuación de Miss Galbraith. No es posible empezar y pararse luego. Si empiezas, tienes que seguir adelante; ésa es la verdad. Los malvados nunca encuentran descanso.
Una horrible sensación de oscuridad y una clara conciencia de la perfidia del destino se apoderaron del alma del infeliz estudiante.
-¡Dios mío! -exclamó- ¿Qué es lo que he hecho? ¿Cuándo puede decirse que haya empezado todo esto? ¿Qué hay de malo en que a uno lo nombren asistente? Service quería ese puesto; Service podía haberlo conseguido. ¿Se encontraría él en la situación en la que yo me encuentro ahora?

-Mi querido amigo, -dijo Macfarlane- ¡qué ingenuidad! ¿Acaso te ha pasado algo malo? ¿Es que puede pasarte algo malo si tienes la lengua quieta? ¿Es que todavía no te has enterado de lo que es la vida? Hay dos categorías de personas: los leones y los corderos. Si eres un cordero terminarás sobre una de esas mesas como Gray o Jane Galbraith; si eres un león, seguirás vivo y tendrás un caballo como tengo yo, como lo tiene K; como todas las personas con inteligencia o con valor. Al principio se titubea. Pero ¡mira a K! Mi querido amigo, eres inteligente, tienes valor. Yo te aprecio y K también te aprecia. Has nacido para ir a la cabeza, dirigiendo la cacería; y yo te aseguro, por mi honor y mi experiencia de la vida, que dentro de tres días te reirás de estos espantapájaros tanto como un colegial que presencia una farsa.

Y con esto Macfarlane se despidió y abandonó el callejón con su calesín para ir a recogerse antes del alba. Fettes se quedó solo con los remordimientos. Vio los peligros que le amenazaban. Vio, con indecible horror, el pozo sin fondo de su debilidad, y cómo, de concesión en concesión, había descendido a cómplice indefenso y a sueldo. Hubiera dado el mundo entero por haberse mostrado un poco más valiente en el momento oportuno, pero no se le ocurrió que la valentía estuviera aún a su alcance. El secreto de Jane Galbraith y la maldita entrada en el libro diario habían cerrado su boca definitivamente.

Pasaron las horas; los alumnos empezaron a llegar; se fue haciendo entrega de los miembros del infeliz Gray a unos y otros, y los estudiantes los recibieron sin hacer el menor comentario. Richardson manifestó su satisfacción al dársele la cabeza; y, antes de que sonara la hora de la libertad, Fettes temblaba, exultante, al darse cuenta de lo mucho que había avanzado en el camino hacia la seguridad. Durante dos días siguió observando, con creciente alegría, el terrible proceso de enmascaramiento. Al tercer día Macfarlane reapareció. Había estado enfermo, dijo; pero compensó el tiempo perdido con la energía que desplegó dirigiendo a los estudiantes. Consagró su ayuda y sus consejos a Richardson de manera especial, y el alumno, animado por los elogios del asistente, trabajó muy deprisa, lleno de esperanzas, viéndose dueño ya de la medalla a la aplicación.

Antes de que terminara la semana se había cumplido la profecía de Macfarlane. Fettes había sobrevivido a sus terrores. Empezó a adornarse con las plumas de su valor y logró reconstruir la historia de tal manera que podía rememorar aquellos sucesos con malsano orgullo. A su cómplice lo veía poco. Se encontraban en las clases, por supuesto; también recibían juntos las órdenes de Mr. K. A veces, intercambiaban una o dos palabras en privado y Macfarlane se mostraba de principio a fin particularmente amable y jovial. Pero estaba claro que evitaba cualquier referencia a su común secreto; e incluso cuando Fettes susurraba que había decidido unir su suerte a la de los leones y rechazar la de los corderos, se limitaba a indicarle con una sonrisa que guardara silencio.

Finalmente se presentó una ocasión para que los dos trabajaran juntos de nuevo. En la clase de Mr. K volvían a escasear los cadáveres; los alumnos se mostraban impacientes y una de las aspiraciones del maestro era estar siempre bien provisto. Al mismo tiempo llegó la noticia de que iba a efectuarse un entierro en el rústico cementerio de Glencorse. El paso del tiempo ha modificado muy poco el sitio en cuestión. Estaba situado, como ahora, en un cruce de caminos, lejos de toda humana habitación y bajo el follaje de seis cedros. Los balidos de las ovejas en las colinas de los alrededores; los riachuelos a ambos lados: uno cantando con fuerza entre las piedras y el otro goteando furtivamente entre remanso y remanso; el rumor del viento en los viejos castaños florecidos y, una vez a la semana, la voz de la campana y las viejas melodías del chantre, eran los únicos sonidos que turbaban el silencio de la iglesia rural. El Resurreccionista -por usar un término de la época- no se sentía coartado por ninguno de los aspectos de la piedad tradicional. Parte integrante de su trabajo era despreciar y profanar los pergaminos y las trompetas de las antiguas tumbas, los caminos trillados por pies devotos y afligidos, y las ofrendas e inscripciones que testimonian el afecto de los que aún siguen vivos.

En las zonas rústicas, donde el amor es más tenaz de lo corriente y donde lazos de sangre o camaradería unen a toda la sociedad de una parroquia, el ladrón de cadáveres, en lugar de sentirse repelido por natural respeto agradece la facilidad y ausencia de riesgo con que puede llevar a cabo su tarea. A cuerpos que habían sido entregados a la tierra, en gozosa expectación de un despertar bien diferente, les llegaba esa resurrección apresurada, llena de terrores, a la luz de la linterna, de la pala y el azadón. Forzado el ataúd y rasgada la mortaja, los melancólicos restos, vestidos de arpillera, después de dar tumbos durante horas por caminos apartados, privados incluso de la luz de la luna, eran finalmente expuestos a las mayores indignidades ante una clase de muchachos boquiabiertos. De manera semejante a como dos buitres pueden caer en picado sobre un cordero agonizante, Fettes y Macfarlane iban a abatirse sobre una tumba en aquel tranquilo lugar de descanso, lleno de verdura. La esposa de un granjero, una mujer que había vivido sesenta años y había sido conocida por su excelente mantequilla y bondadosa conversación, había de ser arrancada de su tumba a medianoche y transportada, desnuda y sin vida, a la lejana ciudad que ella siempre había honrado poniéndose, para visitarla, sus mejores galas dominicales; el lugar que le correspondía junto a su familia habría de quedar vacío hasta el día del Juicio Final; sus miembros inocentes y siempre venerables habrían de ser expuestos a la fría curiosidad del disector.

A última hora de la tarde los viajeros se pusieron en camino, envueltos en sus capas y provistos con una botella de formidables dimensiones. Llovía sin descanso: una lluvia densa y fría que se desplomaba sobre el suelo con inusitada violencia. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento, pero la cortina de lluvia acababa con ella. A pesar de la botella, el trayecto hasta Panicuik, donde pasarían la velada, resultó triste y silencioso. Se detuvieron en un espeso bosque no lejos del cementerio para esconder sus herramientas; y volvieron a pararse en la posada Fisher's Tryst, para brindar delante del fuego e intercalar una jarra de cerveza entre los tragos de whisky. Cuando llegaron al final de su viaje, el calesín fue puesto a cubierto, se dio de comer al caballo y los jóvenes doctores se acomodaron en un reservado para disfrutar de la mejor cena y del mejor vino que la casa podía ofrecerles. Las luces, el fuego, el golpear de la lluvia contra la ventana, el frío y absurdo trabajo que les esperaba, todo contribuía a hacer más placentera la comida. Con cada vaso que bebían su cordialidad aumentaba. Muy pronto Macfarlane entregó a su compañero un montoncito de monedas de oro.

-Un pequeño obsequio. -dijo.
Fettes se guardó el dinero y aplaudió con gran vigor el sentir de su colega.
-Eres un verdadero filósofo. -exclamó- Yo no era más que un ignorante hasta que te conocí. Tú y K. ¡Por Belcebú que entre los dos haréis de mí un hombre!
-Por supuesto que sí. -asintió Macfarlane- Aunque si he de serte franco, se necesitaba un hombre para respaldarme el otro día. Hay algunos cobardes de cuarenta años, muy corpulentos y pendencieros, que se hubieran puesto enfermos al ver el cadáver; pero tú no, tú no perdiste la cabeza. Te estuve observando.
-¿Y por qué tenía que haberla perdido? -presumió Fettes- No era asunto mío. Hablar no me hubiera producido más que molestias, mientras que si callaba podía contar con tu gratitud, ¿no es cierto? -y golpeó el bolsillo con la mano, haciendo sonar las monedas de oro.

Macfarlane sintió una punzada de alarma ante aquellas desagradables palabras. Puede que lamentara la eficacia de sus enseñanzas en el comportamiento de su joven colaborador, pero no tuvo tiempo de intervenir porque el otro continuó en la misma línea jactanciosa.

-Lo importante es no asustarse. Confieso, entre nosotros, que no quiero que me cuelguen, y eso no es más que sentido práctico; pero la mojigatería, Macfarlane, nací ya despreciándola. El infierno, Dios, el demonio, el bien y el mal, el pecado, el crimen, y toda esa vieja galería de curiosidades quizá sirvan para asustar a los chiquillos, pero los hombres de mundo como tú y como yo desprecian esas cosas. ¡Brindemos por la memoria de Gray!

Para entonces se estaba haciendo tarde. Pidieron que les trajeran el calesín delante de la puerta con los dos faroles encendidos y una vez cumplimentada su orden emprendieron la marcha. Explicaron, que iban camino de Peebles y tomaron aquella dirección hasta perder de vista las últimas casas del pueblo; luego, apagando los faroles, dieron la vuelta y siguieron un atajo que les devolvía a Glencorse. No había otro ruido que el de su carruaje y el incesante y estridente caer de la lluvia. Estaba oscuro como boca de lobo; tenían que avanzar al paso y casi a tientas mientras atravesaban aquella ruidosa oscuridad en dirección hacia su destino. En la zona de bosques tupidos que rodea el cementerio la oscuridad se hizo total y no tuvieron más solución que volver a encender uno de los faroles del calesín. De esta manera, bajo los árboles goteantes y rodeados de grandes sombras que se movían continuamente, llegaron al escenario de sus impíos trabajos.

Los dos eran expertos en aquel asunto y muy eficaces con la pala; y cuando apenas llevaban veinte minutos de tarea se vieron recompensados con el sordo retumbar de sus herramientas sobre la tapa del ataúd. Al mismo tiempo, Macfarlane, al hacerse daño en la mano con una piedra, la tiró hacia atrás por encima de su cabeza sin mirar. La tumba, en la que, cavando, habían llegado a hundirse ya casi hasta los hombros, estaba situada muy cerca del borde del camposanto; y para que iluminara mejor sus trabajos habían apoyado el farol del calesín contra un árbol casi en el límite del empinado terraplén que descendía hasta el arroyo. La casualidad dirigió certeramente aquella piedra. Se oyó en el acto un estrépito de vidrios rotos; la oscuridad les envolvió; ruidos secos y vibrantes sirvieron para anunciarles la trayectoria del farol terraplén abajo, y las veces que chocaba con árboles encontrados en su camino. Una piedra o dos, desplazadas por el farol en su caída, le siguieron dando tumbos hasta el fondo del vallecillo; y luego el silencio, como la oscuridad, se apoderó de todo; y por mucho que aguzaron el oído no se oía más que la lluvia, que tan pronto llevaba el compás del viento como caía sin altibajos sobre millas y millas de campo abierto.

Como casi estaban terminando ya su aborrecible tarea, juzgaron prudente acabarla a oscuras. Desenterraron el ataúd y rompieron la tapa; introdujeron el cuerpo en el saco, que estaba completamente mojado, y entre los dos lo transportaron hasta el calesín; uno se montó para sujetar el cadáver y el otro, llevando al caballo por el bocado fue a tientas junto al muro y entre los árboles hasta llegar a un camino más ancho cerca de la posada Fisher's Tryst. Celebraron el débil y difuso resplandor que allí había como si de la luz del sol se tratara; con su ayuda consiguieron poner el caballo a buen paso y empezaron a traquetear alegremente camino de la ciudad.

Los dos se habían mojado hasta los huesos y ahora, al saltar el calesín entre los profundos surcos de la senda, el objeto que sujetaban entre los dos caía con todo su peso primero sobre uno y luego sobre el otro. A cada repetición del horrible contacto ambos rechazaban instintivamente el cadáver con más violencia; y aunque los tumbos del vehículo bastaban para explicar aquellos contactos, su repetición terminó por afectar a los dos compañeros. Macfarlane hizo un chiste de mal gusto sobre la mujer del granjero que brotó ya sin fuerza de sus labios y que Fettes dejó pasar en silencio. Pero su extraña carga seguía chocando a un lado y a otro; tan pronto la cabeza se recostaba confianzudamente sobre un hombro como un trozo de empapada arpillera aleteaba gélidamente delante de sus rostros. Fettes empezó a sentir frío en el alma. Al contemplar el bulto tenía la impresión de que hubiera aumentado de tamaño. Por todas partes, cerca del camino y también a lo lejos, los perros de las granjas acompañaban su paso con trágicos aullidos; y el muchacho se fue convenciendo más y más de que algún inconcebible milagro había tenido lugar; que en aquel cuerpo muerto se había producido algún cambio misterioso y que los perros aullaban debido al miedo que les inspiraba su terrible carga.

-Por el amor de Dios, -dijo, haciendo un gran esfuerzo para hablar- por el amor de Dios, ¡encendamos una luz!

Macfarlane, al parecer, se veía afectado por los acontecimientos de manera muy similar y, aunque no dio respuesta alguna, detuvo al caballo, entregó las riendas a su compañero, se apeó y procedió a encender el farol que les quedaba. No habían llegado más allá del cruce de caminos que conduce a Auchenclinny. La lluvia seguía cayendo como si fuera a repetirse el diluvio universal, y no era nada fácil encender fuego en aquel mundo de oscuridad y de agua. Cuando por fin la vacilante llama azul fue traspasada a la mecha y empezó a ensancharse y hacerse más luminosa, creando un amplio círculo de imprecisa claridad alrededor del calesín, los dos jóvenes fueron capaces de verse el uno al otro y también el objeto que acarreaban. La lluvia había ido amoldando la arpillera al contorno del cuerpo que cubría, de manera que la cabeza se distinguía perfectamente del tronco, y los hombros se recortaban con toda claridad; algo a la vez espectral y humano les obligaba a mantener los ojos fijos en aquel horrible compañero de viaje.

Durante algún tiempo Macfarlane permaneció inmóvil, sujetando el farol. Un horror inexpresable envolvía el cuerpo de Fettes como una sábana humedecida, crispando al mismo tiempo sus lívidas facciones, un miedo que no tenía sentido, un horror a lo que no podía ser se iba apoderando de su cerebro. Un segundo más y hubiera hablado. Pero su compañero se le adelantó.

-Esto no es una mujer. -dijo Macfarlane en un susurro.
-Era una mujer cuando la subimos. -respondió Fettes.
-Sostén el farol. -dijo el otro- Tengo que verle la cara.

Y mientras Fettes mantenía en alto el farol, su compañero desató el saco y dejó la cabeza al descubierto. La luz iluminó las moldeadas facciones y afeitadas mejillas de un rostro demasiado familiar, que ambos jóvenes habían contemplado con frecuencia en sus sueños. Un violento alarido rasgó la noche; ambos a una saltaron del coche; el farol cayó y se rompió, apagándose; y el caballo, aterrado por toda aquella agitación tan fuera de lo corriente, se encabritó y salió disparado hacia Edimburgo a todo galope, llevando consigo, como único ocupante del calesín, el cuerpo de aquel Gray con el que los estudiantes de anatomía hicieran prácticas de disección meses atrás.

Robert Louis Stevenson (1850-1894)


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La introducción el relato de Robert Louis Stevenson: The Body Snatcher, fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción total o parcial escríbenos a elespejogotico@gmail.com