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«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.


«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.




«Soy lo que llamarían un alma perdida. Estoy en la esfera más baja.
La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel.»



El hechizo del demonio (The Demon Spell) es un relato de terror del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), publicado en la antología de 1894: La estación embrujada y otras historias (The Haunted Station and Other Stories).

El hechizo del demonio, uno de los cuentos de Hume Nisbet más curiosos, nos sitúa en una típica sesión espiritista de fines del siglo XIX, donde se manifiesta el espíritu de una mujer cuya descripción sugiere que fue una de las víctimas de Jack el destripador.

Hume Nisbet está lejos de utilizar la figura de Jack de una manera grotesca, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que el relato se escribió seis años después de los asesinatos de Whitechapel. La historia, sencilla pero cargada de una atmósfera siniestra, gira alrededor del espíritu de esta mujer que intenta salvar a la médium de ser la siguiente en la lista del Destripador.

El hechizo del demonio comienza con el protagonista [anónimo] asistiendo a una sesión espiritista, y sigue con una experiencia desconcertante con un ser fantasmal que le aconseja rescatar a la médium de un futuro ataque. El hombre corre a su casa, ataca y mata a un «demonio» (?), sin comprobar si la mujer de hecho está bien ni hablar con las personas que se acercan al lugar al oír sus gritos. Por otro lado, el espíritu de la mujer en la sesión asegura llamarse «Polly»., el cual era el apodo de la primera víctima canónica de Jack el destripador [son cinco en total], llamada Mary Ann Nichols.

En un nivel simbólico, El hechizo del demonio sugiere que todo lo que ocurre en la historia es consecuencia del ritual espiritista, porque a partir de ahí el protagonista experimenta alucinaciones y/o contactos con espíritus malignos. La descripción del demonio es algo ambigua, se habla de «garras» y «niebla», y no mucho más.

Al final, casi nada se explica realmente. El narrador, cuyo nombre no se revela, es escéptico del espiritismo [típico], pero los rasgos de su carácter lo vuelven una presa receptiva. Él mismo asegura que es «fácilmente influenciable» y «extremadamente nervioso». Por otro lado, sostiene que no es «imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición». Parecen términos contradictorios, porque si es «fácilmente influenciable» bien podría ser «propenso a la superstición». Hume Nisbet debe ser el primero en presentar un escéptico influenciable.

Supongo que la broma interna del relato reside en el cliché que se convierta en realidad. Quiero decir, la médium, a quien se la describe como «dotada por el cielo», invoca o atrae el alma atormentada de una de las víctimas de Jack el destripador. Esto es equivalente a que Napoleón o Julio César se hagan presentes en la sesión. Sin embargo, aquí el cliché aparentemente se vuelve real.

Tal vez lo más interesante es que el relato convierte a Jack el destripador en un demonio. En efecto, Polly, una mujer que ha tenido una vida miserable como «desafortunada» [prostituta] en Whitechapel, narra su asesinato, y sostiene que fue cometido por una entidad demoníaca, aunque esto podría ser una exageración debido a su inmensa crueldad. En cierto momento se dice que Jack tiene un rostro oscuro, marcado por la viruela, este último un rasgo humano, pero después se dice que posee garras. Quizás este Jack fue humano en algún momento y progresivamente se fue convirtiendo en una entidad demoníaca, o quizás nunca fue un asesino mundano. No está claro. En todo caso, es una experiencia distinta a otras participaciones del asesino de Whitechapel, como Atentamente, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack the Ripper) de Robert Bloch.




El hechizo del demonio.
The Demon Spell, Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era la época en que el espiritismo estaba de moda en Inglaterra, y ninguna fiesta se consideraba completa sin una sesión, entre otras diversiones. Una noche, un amigo, gran creyente en las manifestaciones del mundo invisible, me invitó a casa y solicitó, para mi especial instrucción, una conocida médium de trance. «Una chica guapa y con dones celestiales, que seguro te caerá bien, lo sé», me dijo.

Yo no creía en el regreso de los espíritus, pero, pensando en divertirme, accedí a asistir a la hora señalada. En ese momento acababa de regresar de una larga estancia en el extranjero y me encontraba en un estado de salud muy delicado, fácilmente influenciable y extremadamente nervioso. A la hora señalada, me encontré en casa de mi amigo, donde me presentaron a los asistentes que se habían reunido para presenciar los fenómenos. Algunos, como yo, desconocían las reglas; otros, expertos, ocuparon sus lugares de inmediato en el orden en que habían asistido a reuniones anteriores. La médium aún no había llegado, y mientras esperábamos su llegada, nos sentamos e inauguramos la sesión con un himno.

Acabábamos de entonar la segunda estrofa cuando se abrió la puerta y la médium entró sigilosamente, ocupando su lugar en un espacio vacío a mi lado, uniéndose a los demás en la última estrofa. Tras lo cual todos permanecimos inmóviles con las manos apoyadas en la mesa, esperando la primera manifestación del mundo invisible. Ahora bien, aunque toda esta actuación me parecía ridícula, había algo en el silencio y la tenue luz, pues el gas estaba bajo y la habitación parecía estar llena de sombras; algo en la frágil figura a mi lado, con la cabeza gacha, me emocionó con una curiosa sensación de miedo y un horror gélido como nunca antes había sentido.

No soy imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición, pero desde el momento en que aquella joven entró en la habitación sentí como si una mano se posara sobre mi corazón, una mano de hierro frío que lo comprimía. Mi oído también se había agudizado, de modo que el latido del reloj en el bolsillo de mi chaleco sonaba como el golpeteo de una trituradora de cuarzo, y la respiración pausada de quienes me rodeaban, tan fuerte y perturbadora como el resoplido de una máquina de vapor. Solo cuando me volví para mirar a la médium me tranquilicé; entonces me pareció como si una ola de aire frío me hubiera atravesado el cerebro, acallando, por el momento, esos horribles sonidos.

—Está poseída —susurró mi anfitrión al otro lado—. Espera, pronto hablará y nos dirá a quién tenemos a nuestro lado.

Mientras esperábamos sentados, la mesa se movió varias veces bajo nuestras manos, mientras se oían golpes a intervalos, en la mesa y por toda la sala, una escena de lo más extraña y espeluznante, aunque ridícula, que me hizo sentir entre ganas de salir corriendo del susto y de quedarme quieto y reír; en general, creo, ese horror se apoderó de mí por completo. Al instante levantó la cabeza y puso su mano sobre la mía, comenzando a hablar con una voz extraña, monótona y lejana:

—«Esta es mi primera visita desde que dejé la tierra, y me has llamado.

Me estremecí cuando su mano rozó la mía, pero no tuve fuerzas para apartarla de su suave y ligero apretón.

—Soy lo que llamarían un alma perdida; es decir, estoy en la esfera más baja. La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel. Fui lo que llaman una desafortunada, sí, bastante desafortunada. ¿Quieren que les cuente cómo sucedió?

La médium tenía los ojos cerrados, y fuera mi imaginación distorsionada o no, parecía haber envejecido y tener un aspecto decididamente libertino desde que se sentó, o más bien como si una máscara ligera y vaporosa de vicio degradante hubiera reemplazado sus antiguos rasgos delicados.

Nadie habló, y la médium en trance continuó:

—Había estado fuera todo el día, sin suerte ni comida, de modo que arrastraba mi cuerpo cansado por el aguanieve y el barro, pues había estado mojado todo el día, y estaba empapada hasta los huesos, y miserable, ah, diez mil veces más miserable de lo que soy ahora, porque la tierra es un infierno mucho peor para alguien como yo que nuestro infierno aquí.

»Había importunado a varios transeúntes mientras caminaba esa noche, pero ninguno me dirigió la palabra, pues el trabajo había escaseado durante todo el invierno, y supongo que no parecía tan tentadora como antes; Solo una vez me respondió un hombre, un hombre moreno, de mediana estatura, de voz suave y mucho mejor vestido que mis compañeros habituales. Me preguntó adónde iba y luego me dejó, poniéndome una moneda en la mano, por la que le di las gracias. Como llegué justo a tiempo a la última taberna, me apresuré, pero al acercarme a la barra y mirarme la mano, descubrí que era una curiosa moneda extranjera, con cifras extravagantes, que el posadero no quiso aceptar, así que volví a salir a la oscura niebla sin mi bebida.

»No tenía sentido seguir adelante esa noche. Recorrí el patio donde estaba mi alojamiento, con la intención de ir a casa a dormir, ya que no podía comer, cuando sentí que algo me tocaba suavemente por detrás, como si alguien me hubiera agarrado el chal; entonces me detuve y me giré para ver quién era.

»Estaba sola, sin nadie cerca, solo niebla y la penumbra de la lámpara del patio. Sin embargo, sentí como si algo se hubiera apoderado de mí, aunque no podía ver qué era. Se estaba acumulando a mi alrededor.

»Intenté gritar, pero no pude, pues una garra invisible se cerró sobre mi garganta y me ahogó, y entonces caí al suelo y lo olvidé todo. Al instante siguiente, desperté, fuera de mi pobre cuerpo mutilado, y me quedé observando el terrible trabajo que se estaba llevando a cabo, tal como lo ven ahora».

En efecto, lo vi todo cuando la médium dejó de hablar: un cadáver destrozado yacía sobre el pavimento embarrado, y un rostro demoníaco, oscuro y picado de viruelas, inclinado sobre él con las garras delgadas extendidas, y la densa niebla en lugar de un cuerpo, como la encarnación a medio formar de músculos.

—Eso fue lo que lo causó, y lo sabrás de nuevo —dijo—. He venido a buscarte para que lo encuentres.

—¿Es inglés? —jadeé, mientras la visión se desvanecía y la habitación volvía a ser nítida.

—No es ni hombre ni mujer, pero vive como yo, está conmigo ahora y puede que esté contigo esta noche. Aun así, si me quieres en su lugar, puedo retenerlo, solo debes desearme con todas tus fuerzas.

La sesión se estaba volviendo demasiado horrible, y por consentimiento general nuestro anfitrión subió el gas, y entonces vi por primera vez a la médium, ahora liberada de su malvada posesión, una hermosa joven de unos diecinueve años, con, creo, los ojos marrones más gloriosos que jamás había visto.

—¿Crees lo que has estado diciendo? —le pregunté mientras conversábamos.

—¿Qué he dicho?

—Sobre la mujer asesinada.

—No sé nada en absoluto. Solo que he estado sentada a la mesa. Nunca sé qué son mis trances.

¿Decía la verdad? Sus ojos oscuros la reflejaban, así que no podía dudar de ella.

Esa noche, al ir a mi alojamiento, debo confesar que tardé un rato en decidir acostarme. Estaba alterado y nervioso, y deseé no haber asistido nunca a esa reunión espiritual. Mientras me quitaba la ropa y me metía apresuradamente en la cama, hice una promesa mental de que sería la última sesión impía a la que asistiría.

Por primera vez en mi vida no pude apagar el gas. Sentí como si la habitación se llenara de fantasmas, como si este par de espectros espantosos, el asesino y su víctima, me hubieran acompañado a casa y en ese momento se disputaran mi posesión. Así que, en lugar de eso, me tapé la cabeza con las sábanas, pues hacía frío, y me fui a dormir.

¡Las doce! Y el aniversario del nacimiento de Cristo. Sí, oí las campanadas desde la aguja de la calle y las conté, lentamente, escuchando los ecos de otros campanarios, después de que esta cesara, mientras yacía despierto en esa habitación iluminada por el gas, sintiéndome como si no estuviera solo en esa mañana de Navidad.

Así, mientras intentaba pensar en qué me había despertado tan repentinamente, me pareció oír un eco lejano que gritaba: «¡Ven a mí!». Al mismo tiempo, las sábanas fueron retiradas lentamente de la cama y abandonadas en una masa confusa en el suelo.

—¿Eres tú, Polly? —grité, recordando la sesión espiritista y el nombre con el que el espíritu se había anunciado al tomar posesión.

Tres golpes claros resonaron en el poste de la cama, junto a mi oído, la señal de «Sí».

—¿Puedes hablarme?

—Sí —respondió un eco más que una voz, mientras sentía que se me erizaba la piel, pero me esforzaba por ser valiente.

—¿Puedo verte?

—¡No!

—¿Sentirte?

Al instante, una mano fría y ligera me tocó la frente y me recorrió el rostro.

—¡En nombre de Dios, qué quieres!

—Salvar a la chica con la que estuve esta noche. La persigue y la matará si no vienes pronto.

En un instante me levanté de la cama y me vestí como pude, horrorizado, pero sintiendo como si Polly me estuviera ayudando a vestirme. Había una daga kandiana sobre mi mesa que había traído de Ceilán, una daga vieja que había comprado por su antigüedad y diseño, y la recogí al salir de la habitación, con esa mano invisible y ligera que me guiaba fuera de la casa y por las calles desiertas y nevadas.

No sabía dónde vivía la médium, pero seguí su suave agarre a través de la nevada salvaje y cegadora, doblando esquinas y atajos, cabizbajo y con los copos cayendo a mi alrededor, hasta que finalmente llegué a una plaza silenciosa, frente a una casa en la que, por instinto, supe que debía entrar.

Al otro lado de la calle noté a un hombre de pie, mirando hacia una ventana tenuemente iluminada, pero no pude verlo con claridad y no le presté mucha atención en ese momento, sino que subí corriendo los escalones de la entrada y entré en la casa, con esa mano invisible todavía empujándome hacia adelante.

Cómo se abrió esa puerta, o si se abrió, no podría decirlo, solo sé que entré, como en un sueño, y subiendo las escaleras interiores, pasé a un dormitorio donde la luz ardía tenuemente. Era su dormitorio, y ella forcejeaba entre las garras brutales, esas mismas garras demoníacas, y el resto se desvanecía en la nada.

Lo vi todo de un vistazo: su figura semidesnuda, con las sábanas revueltas, mientras el demonio informe de músculos se aferraba a su delicada garganta. Y entonces me lancé furioso con mi daga, cortando transversalmente esas garras crueles y ese rostro maligno, mientras vetas de sangre seguían el curso de mi cuchillo, dejando feas manchas, hasta que finalmente dejó de forcejear y desapareció como una horrible pesadilla, mientras la chica medio estrangulada, ahora liberada de ese agarre, despertaba a la casa con sus gritos, mientras de su mano caía una extraña moneda, de la que me apoderé.

Así la dejé, sintiendo que mi trabajo estaba hecho, bajando las escaleras como había subido, sin impedimentos ni siquiera pareciendo, en lo más mínimo, llamar la atención de los demás inquilinos de la casa, quienes corrieron en camisón hacia el dormitorio de donde provenían los gritos.

De nuevo a la calle, con la moneda en una mano y mi daga en la otra, recordé al hombre que había visto mirando hacia la ventana. ¿Seguía allí? Sí, pero en el suelo, en una masa negra y confusa entre la nieve blanca, como si lo hubieran derribado.

Me acerqué a donde yacía y lo miré. ¿Estaba muerto? Sí. Lo giré y vi que tenía la garganta desgarrada de oreja a oreja, y por todo su rostro —el mismo rostro oscuro, pálido, malvado y marcado por la viruela, y manos como garras— vi los oscuros cortes de mi daga kandiana, mientras que la suave nieve a su alrededor estaba teñida con charcos de vida carmesí, y mientras miraba oí el reloj dar la una, desde la distancia sonaba el canto de los que se acercaban, entonces me giré y huí ciegamente hacia la oscuridad.

Hume Nisbet (1849-1923)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hume Nisbet: El hechizo del demonio (The Demon Spell), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El viejo retrato»: Hume Nisbet; relato y análisis.


«El viejo retrato»: Hume Nisbet; relato y análisis.




El viejo retrato (The Old Portrait) es un relato de vampiros del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), escrito en 1896 y publicado en la antología de 1900: Historias extrañas y maravillosas (Stories Weird and Wonderful).

El viejo retrato, uno de los mejores cuentos de Hume Nisbet, relata la historia de un artista que adquiere una siniestra pintura antigua. Solo está interesado en el marco, y después de limpiar el lienzo descubre, debajo de la pintura, el espeluznante retrato de una mujer.

La historia nos sitúa en Nochebuena. El narrador es un artista aficionado a comprar pinturas de baja calidad para reutilizar los marcos. Su última adquisición es una pintura tosca que muestra «el rostro hinchado y porcino de un tabernero». Debido a una pequeña irregularidad en el lienzo, el narrador se da cuenta de que hay otra imagen debajo y decide removerla: «Empecé a demoler el tabernero sin piedad con la vaga esperanza de encontrar algo debajo que valiera la pena».

Después de trabajar el lienzo con aguarrás y otros productos químicos, otra pintura se revela: el busto y la cabeza de una mujer joven, pintados «como solo una mano maestra puede pintar, tan perfecta y natural en su dignidad sombría como si hubiera salido del pincel de Moroni». Este comentario está relacionado con la transición del vulgar tabernero a la mujer. Hume Nisbet está diciéndonos que hemos pasado del decadentismo al Renacimiento [¿tardío?]. El narrador se esfuerza por describir el retrato, elogiando el rostro atento de la mujer, la tez blanca, los «labios pálidos ligeramente separados» que dejan entrever los dientes superiores, el cabello opaco y un vestido de terciopelo negro que se desvanece en el fondo sombrío formando «una sinfonía de ébano». Sin embargo, a pesar de lo hermosa que es la pintura, el tema tiene una cualidad inquietante:


«Era una cara de aspecto espeluznante la que había resucitado en esta medianoche de la víspera de Navidad; en su palidez pasiva parecía como si la sangre hubiera sido drenada del cuerpo y yo estuviese mirando un cadáver con los ojos abiertos. El marco, noté por primera vez, parecía haber sido diseñado con la intención de llevar a cabo la idea de la vida en la muerte. Lo que antes parecían flores y frutas eran repugnantes gusanos enroscados entre los huesos de un osario.»


Cuando los campanarios dan la medianoche, «una una vaga lasitud» se apodera del narrador mientras observa el cuadro. Las «profundidades insondables» de los ojos de la mujer lo dejan al borde del trance hipnótico. Los ojos «no emitían luz, pero parecían atraer a mi alma, y con ella mi vida y fuerza mientras yacía inerte ante ellos». Agotado, el narrador pierde el conocimiento y sueña con la misteriosa mujer que emerge del retrato:


«Pensé que el marco todavía estaba en el caballete con el lienzo, pero la mujer se había apartado de ellos y se acercaba a mí con un movimiento flotante, dejando atrás una bóveda llena de ataúdes, algunos cerrados mientras que otros estaban acostados o de pie, y abiertos, mostrando su contenido en descomposición. Solo podía ver su cabeza, sus hombros, y la abundante cabellera negra como la tinta colgando alrededor.»


La mujer se acerca al narrador para besarlo, y el sueño se convierte en pesadilla:


«Mientras respiraba, ella parecía absorber mi aliento, haciéndose más fuerte a medida que yo me debilitaba, mientras el calor de mi contacto pasaba a ella y la hacía palpitar de vitalidad.»


Reanimado por «el horror de la muerte», el narrador aparta a la mujer y recupera la conciencia. Descubre que la imagen ha cambiado. Las mejillas de la mujer ahora tienen «un rubor frenético». La piel, antes pálida, está enrojecida y una gota de sangre ha aparecido en el labio inferior. De manera inversa al retrato de Dorian Gray, la mujer ha ganado salud.

Enloquecido por el miedo, el narrador toma un cuchillo y desgarra el lienzo. Arroja los fragmentos en la estufa y los observa hasta que se reducen a cenizas.


«Todavía tengo ese marco, pero aún no he reunido el coraje de pintar un tema adecuado para él.»


La historia termina con este comentario ambiguo. El narrador ha destruido el lienzo, pero ha conservado el marco. Por su descripción anterior, el marco posee alguna cualidad sobrenatural, no solo la pintura. De hecho, el narrador se plantea haber «liberado» a la mujer de su prisión. El lector asume que esto se debe al hecho de remover la pintura superficial del tabernero, pero la extraña simbología del marco, con sus detalles de gusanos y huesos, podría funcionar como parte del hechizo que mantiene a la mujer en la pintura. A la luz del último comentario del relato, el narrador simplemente está esperando un «tema adecuado» para encerrar en el marco.

Hume Nisbet era pintor, y así como sus obras pictóricas tienden más a los amplios paisajes que a las figuras, como escritor se centra en únicamente en la figura. De hecho, tanto la brevedad de El viejo retrato como la cuidadosa elección de palabras lo hacen parecer una pintura.

Una mirada racionalista sobre la historia no nos permite encontrar nada realmente sobrenatural. Tratándose de una buhardilla, es lugar es pequeño, y es fácil imaginar que el hombre ha estado inhalando aguarrás y otros productos químicos durante la fatigosa tarea de remover la pintura del tabernero. Acto seguido, se desmaya y tiene la pesadilla con la mujer vampiro. Es cierto, la pintura ha cambiado, incluso hay una sugerente gota de sangre en el labio inferior de la mujer, pero, ¿no será esto parte de la pesadilla?

Es común encontrar el motivo del retrato en la ficción de vampiros. Drácula posee viejos retratos de sí mismo que dan cuenta de su pasado como voivoda; lo mismo sucede con Carmilla y Varney. El propio Hume Nisbet exploró este motivo en La doncella vampiro (The Vampire Maid).

El viejo retrato parece ser la misma pintura del relato de Edgar Allan Poe: El retrato oval (The Oval Portrait), donde hombre busca refugio en una mansión abandonada en los Apeninos y pasa el tiempo admirando las extrañas pinturas que decoran la habitación y un oportuno libro que las describe. Al igual que en el cuento de Hume Nisbet, en la historia de E.A. Poe hay una pintura que representa el busto y la cabeza de una mujer. La imagen hipnotiza al hombre [«quizás durante una hora»] del mismo modo al narrador de El viejo retrato.

Edgar Allan Poe nos da una historia de fondo sobre la mujer de la pintura: ella posa para su esposo «sentándose mansamente durante muchas semanas». El pintor está tan obsesionado con su trabajo que no reconoce el progresivo deterioro de la salud de su esposa, que continuamente «sonreía y seguía sonriendo, sin quejarse». Después de meses, el pintor por fin saca la mirada del lienzo y declara que su pintura es «la vida misma». Se vuelve para mirar a su esposa y descubre que ha muerto.

¿Podría tratarse de la misma pintura de El viejo retrato? El marco definitivamente no es «oval», porque el narrador de Hume Nisbet se refiere en varias ocasiones a sus esquinas, pero la mujer en la pintura bien podría estar emparentada con la trágica modelo de El retrato oval.




El viejo retrato.
The Old Portrait, Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Los marcos antiguos son mi pasatiempo. Siempre estoy al acecho entre los enmarcadores y comerciantes de curiosidades en busca de algo pintoresco y único. No me importa lo que hay dentro del marco, porque, siendo pintor, me gusta obtener primero los marcos y luego pintar un cuadro que se adapte a su probable historia y diseño. De esta manera saco algunas ideas curiosas y, creo, también originales.

Un día de diciembre, aproximadamente una semana antes de Navidad, compré en una tienda cerca del Soho un espécimen tallado en madera fina pero en mal estado. El dorado estaba casi desgastado y tres de las esquinas estaban rotas; sin embargo, como aún quedaba una de las esquinas, esperaba poder reparar las otras. En cuanto al lienzo dentro de este marco, estaba tan cubierto de suciedad y humedad que solo pude distinguir que había sido una especie de retrato, muy mal pintado, de una persona común, embadurnado por un pobre pintor en ebullición para llenar el marco que su patrón pudo haber adquirido a bajo precio, como yo lo había hecho después de él; pero como el marco estaba bien, me llevé también el lienzo estropeado, pensando que podría ser útil.

Durante los días siguientes mis manos estuvieron ocupadas en trabajos de diversa índole, de modo que solo en la víspera de Navidad me encontré en libertad para examinar mi compra, que había estado apoyada contra la pared desde que la llevé a mi estudio. Como no tenía nada que hacer esa noche y no estaba de humor para salir, tomé mi marco y, sobre la mesa, con una esponja, palangana con agua y un poco de jabón, comencé a lavarlo.

Creo que usé buena parte de un paquete de jabón en polvo y tuve que cambiar el agua una docena de veces antes de que el patrón comenzara a aparecer en el marco, y el retrato dentro de él afirmó su horrible tosquedad, dibujo vil de intensa vulgaridad. Era claramente el rostro hinchado y porcino de un tabernero, con una abundante provisión de joyas exhibidas, como es habitual en este tipo de obras maestras, donde las características no se consideran de tanta importancia como una fidelidad estricta en la representación de artículos como relojes, anillos y prendedores para el pecho; todo eso estaba ahí, tan natural y duro como la realidad.

El marco me deleitó, y la imagen me convenció de que no había engañado al comerciante con mi precio. Estaba mirando la monstruosidad mientras la luz de gas la iluminaba de lleno, y me preguntaba cómo el dueño pudo haber estado complacido con esta representación, cuando algo en el fondo atrajo mi atención: una ligera marca debajo, como si el retrato hubiera sido pintado sobre otro tema.

Ciertamente no era mucho, pero sí suficiente para hacerme correr hacia mi alacena, donde guardaba mis licores y aguarrás, con los cuales, y una abundante provisión de trapos, comencé a demoler sin piedad al tabernero con la vaga esperanza de que podría encontrar algo que valga la pena debajo.

Fue un proceso lento, además de delicado, de modo que fue cerca de la medianoche cuando los anillos dorados y el rostro bermellón desaparecieron y otra imagen apareció ante mí. Le di el último lavado, lo sequé y lo puse a buena luz sobre mi caballete, mientras llenaba y encendía mi pipa, y luego me senté para mirarlo.

¿Qué había liberado de aquella vil prisión de pintura cruda? Porque no necesitaba conocer su identidad para saber que este chapucero había tapado y profanado una obra tan lejos de su comprensión como las nubes lo están de la oruga.

El busto y la cabeza de una joven de edad incierta, fundidos dentro de una penumbra de ricos accesorios pintados como sólo puede hacerlo una mano maestra que está por encima de afirmar su saber, y que ha aprendido a revestir su técnica. Era tan perfecta y natural en su dignidad sombría pero tranquila como si hubiera salido del pincel de Moroni.

Una cara y un cuello perfectamente descoloridos en su pálida blancura, con las sombras tan ingeniosamente manejadas que no podían ser vistas, y por esta cualidad habría encantado a la reina Bess.

Al principio, mientras miraba, vi en el centro de una vaga oscuridad una mancha tenue de penumbra gris que se perdía en la sombra. Luego, el gris pareció volverse más claro cuando me senté y me recliné en mi silla hasta que los rasgos se deslizaron suavemente y se volvieron claros y definidos, mientras que la figura se destacaba del fondo como si fuera tangible, Sabía que había sido pintada con extrema delicadeza.

Rostro atento, nariz delicada, labios bien formados, aunque exangües, y ojos como cavernas oscuras sin una chispa de luz en ellos. El pelo suelto alrededor de la cabeza y las mejillas ovaladas, maciza, de textura sedosa, negro azabache y sin brillo, que ocultaba la parte superior de la frente, con las orejas, y caía en ondas rectas e indefinidas sobre el pecho izquierdo, dejando la parte derecha del cuello expuesta.

El vestido y el fondo eran sinfonías de ébano, pero llenos de sutil colorido y sentimiento magistral; un vestido de rico terciopelo brocado con un fondo que representaba un vasto espacio en retroceso, maravillosamente sugestivo e inspirador. Noté que los labios pálidos estaban ligeramente separados y dejaban entrever los dientes frontales superiores, lo que se sumaba a la expresión atenta de la cara. El labio inferior era carnoso y sensual, o lo hubiera sido de tener algo de color.

Era una cara de aspecto espeluznante que había resucitado en esta medianoche de la víspera de Navidad; en su palidez pasiva parecía como si la sangre hubiera sido drenada del cuerpo, y yo estuviese mirando un cadáver con los ojos abiertos.

El marco, noté por primera vez, parecía haber sido diseñado con la intención de llevar a cabo la idea de la vida en la muerte. Lo que antes parecían flores y frutas eran repugnantes gusanos enroscados entre los huesos del osario que cubrían, a medias, de forma decorativa; un diseño espantoso a pesar de su exquisita mano de obra, que me hizo estremecer y desear haber dejado la restauración a la luz del día.

No soy para nada de temperamento nervioso, y me hubiera reído si alguien me hubiera dicho que tenía miedo. Sin embargo, mientras estaba sentado, solo, con ese retrato frente a mí en este estudio solitario, lejos de todo contacto humano, lo experimenté. Deseé haber pasado la velada de una manera más agradable, porque a pesar de un buen fuego en la estufa y el gas brillante, ese rostro atento y esos ojos inquietantes estaban ejerciendo una extraña influencia sobre mí.

Escuché los relojes de los diferentes campanarios dar la última hora del día, uno tras otro, como ecos que retoman un estribillo y se apagan en la distancia, y todavía estaba embelesado, mirando esa imagen extraña, con mi descuidada pipa en la mano y una vaga lasitud que se apoderaba de mí.

Eran los ojos los que me fijaron en sus profundidades insondables y su intensidad absorbente. No emitían luz, pero parecían atraer mi alma hacia ellos, y con ella mi vida y fuerza mientras yacía inerte ante ellos. Vencido, perdí el conocimiento y soñé.

Pensé que el marco todavía estaba en el caballete con el lienzo, pero la mujer se había apartado de ellos y se acercaba a mí con un movimiento flotante, dejando atrás una bóveda llena de ataúdes, algunos cerrados mientras que otros estaban acostados o de pie, y abiertos, mostrando su contenido grisáceo, en descomposición.

Solo podía ver su cabeza, sus hombros, y la abundante cabellera negra como la tinta colgando alrededor.

Ella estaba conmigo ahora, ese rostro pálido tocándome la cara y esos labios fríos y sin sangre pegados a los míos en un beso cercano y prolongado, mientras el suave cabello negro me cubría como una nube y me estremecía de principio a fin con una deliciosa emoción que me embriagó de placer.

Mientras respiraba, ella parecía absorber mi aliento, haciéndose más fuerte a medida que yo me debilitaba, mientras el calor de mi contacto pasaba a ella y la hacía palpitar de vitalidad.

Y de repente el horror de la muerte se apoderó de mí. Con un esfuerzo frenético la arrojé lejos de mí y me levanté de mi silla, aturdido y sin saber dónde estaba. Luego recuperé la conciencia y miré a mi alrededor como un lunático.

El gas todavía ardía brillantemente, mientras el fuego quemaba rojizo en la estufa. Por el reloj de la repisa de la chimenea vi que eran las doce y media.

La imagen y el marco todavía estaban en el caballete, solo que, cuando los miré, el retrato había cambiado, un rubor frenético estaba en las mejillas mientras los ojos brillaban con vida y los labios sensuales estaban rojos y de aspecto maduro, todavía con una gota de sangre sobre el inferior. En un frenesí de horror, agarré mi cuchillo y corté la imagen del vampiro, luego arranqué los fragmentos mutilados, los metí en mi estufa y vi cómo se encrespaban con un deleite salvaje.

Todavía tengo ese marco, pero aún no he reunido el coraje de pintar un tema adecuado para él.

Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hume Nisbet: El viejo retrato (The Old Portrait), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La doncella vampiro»: Hume Nisbet; relato y análisis


«La doncella vampiro»: Hume Nisbet; relato y análisis.




La doncella vampiro (The Vampire Maid) es un relato de vampiros del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), publicado en la antología de 1900: Historias extrañas y maravillosas (Stories Weird and Wonderful).

La doncella vampiro, probablemente uno de los cuentos de Hume Nisbet más reconocidos, relata la historia de un joven artista, hastiado de la ciudad, que busca pasar una temporada en una agradable casa rural en medio de los pantanos británicos. Ya instalado en su cabaña, el narrador conoce a la hija de la casera, Ariadna Brunnell: una doncella bella, misteriosa, y se enamora perdidamente de ella.

Como es de esperar, esta doncella es una vampiresa capaz de ejercer un irresistible poder hipnótico sobre el protagonista.

Si bien se trata de un relato predecible, La doncella vampiro de Hume Nisbet es un excelente ejemplo del relato romántico de vampiros donde la atmósfera lo es todo, al menos hasta el final, donde se desvía un poco de sus intenciones iniciales. Más allá de esto, el cuento es una evocación casi perfecta del motivo principal del mito de los vampiros: la intoxicación sexual de la víctima.




La doncella vampiro.
The Vampire Maid, Hume Nisbet (1849-1923)

Era exactamente el tipo de residencia que había estado cuidando durante semanas, porque estaba en esa condición de la mente cuando la renuncia absoluta de la sociedad era una necesidad. Me había vuelto desconfiado de mí mismo, y cansado de mi especie, un malestar extraño en mi sangre, como una escasez estéril en mi cerebro. Los objetos familiares y las caras habían crecido desagradable para mí. Quería estar solo.

Este es el estado de ánimo que viene nos hemos sobrecargado de ocupaciones. Entonce se impone salir en búsqueda de nuevos pastos. La señal de que la retirada se convierte en algo necesario. Si no ceden, se descomponen y vuelven caprichosos e hipocondríacos, así como hipercríticos. Antes de llegar a ésto, armé a toda prisa las maletas, tomé el tren a Westmorland, y comencé mi vagabundo en busca de la soledad y un ambiente romántico.

Encontré muchos lugares que, al comienzo del verano errante, parecían reunir las condiciones adecuadas, sin embargo, algunos pequeños inconveniente me impidieron decidirme. A veces era el paisaje lo que no veía con buenos ojos a. En otros, la gente. Finalmente, el destino me condujo a la Casa en el Moro, y nadie puede resistirse a su destino. Un día me encontré en un páramo sin caminos y cerca de la costa. Me había dormido la noche anterior en una pequeña aldea, pero eso fue ocho millas atrás, ahora estaba fuera de cualquier signo de la humanidad, con un cielo justo encima de mí y el viento cálido que sopla sobre las piedras y túmulos.

Hasta dónde se extendía el páramo, no lo sabía. Apenas tenía conocimiento que al caminar en línea recta llegaría a los acantilados del océano, y, tal vez, después de un tiempo a algún pueblo de pescadores. Era joven y no temía una noche bajo las estrellas. De modo que inhalé el aire estival, delicioso, y pronto recuperé el vigor y la felicidad que había perdido. Las horas se deslizaron junto a mí. Recorrí unas quince millas desde la mañana, cuando vi a lo lejos una casa de piedra, solitaria.

—Voy a acampar allí si es posible —me dije.

Para alguien que busca una vida tranquila nada pudo ser más adecuado que esta casa de campo. Se encontraba en el borde de los acantilados elevados, con su puerta de entrada hacia el páramo y su pared trasera con vista al mar. El sonido de las olas bailando golpeó mis oídos como una canción de cuna. Pronto, atronó el cielo y los vientos se encendieron y las aves marinas huyeron gritando a sus refugios. La casa tenía un pequeño jardín al frente, rodeado por un muro de roca, lo bastante alto como para que uno descanse perezosamente en caso de una tormenta. Este jardín era como una llama escarlata, con los suaves matices de las amapolas en plena floración. Mientras me acercaba, advirtiendo la singular variedad de amapolas y la limpieza ordenada de las ventanas, la puerta principal se abrió y apareció una mujer que me ha impresionó favorablemente a medida que se acercaba para darme la bienvenida.

Era de mediana edad, y de joven seguramente fue muy hermosa. Era alta y bien formada, con una clara piel suave, facciones regulares y una expresión de calma que me trasmitió una enorme paz. A mis preguntas respondió que me podía dar un dormitorio, y me invitó a ver el interior. Mientras admiraba su pelo negro y liso, sus ojos marrones y fríos, sentí que no iba a ser muy exquisito en mi valoración del alojamiento. Con una casera así, estaba seguro de encontrar lo que buscaba.

Las habitaciones superaron mis expectativas: delicadas cortinas blancas y ropa de cama perfumada con lavanda, una sala de estar familiar acogedora y vacía. Ella era una viuda con una hija, a quien no ví durante el primer día, debido a que estaba enferma y confinada a su cuarto, pero al día siguiente, ya recuperada, la conocí. La tarifa era simple, sin embargo, me convenía exactamente también por otras razones, deliciosa leche y mantequilla casera, huevos de campo y tocino fresco, después de un té delicioso me fui a la cama en un estado de perfecta felicidad.

Sin embargo, feliz y cansado como estaba, no tendría una noche confortable. Esto lo atribuí a mi extraña cama. Dormí, sin dudas, pero mi descanso estuvo lleno de sueños inquietantes, y me desperté tarde con la sensación de no haber dormido. No obstante, una buena caminata por el páramo me devolvió el ánimo, y volví con un buen apetito para el desayuno. Ciertas condiciones de la mente, con circunstancias agravantes, se requieren antes incluso de que un hombre joven pueda caer en el amor a primera vista, como Shakespeare ha demostrado en su Romeo y Julieta. En la ciudad, ninguna dama me había impresionado, sin embargo, pronto sucumbí ante los raros encantos de la hija de mi anfitriona, Ariadna Brunnell.

Ella se sentía un poco mejor aquella mañana. Ariadna no era bella en el sentido estrictamente clásico, su tez era demasiado lívida pero su expresión era bastante agradable a primera vista, sin embargo, como su madre me había informado, había estado enferma desde hacía algún tiempo, lo que agudizaba sus defectos. Sus facciones no eran regulares, sus cabellos y los ojos parecían demasiado negros, y sus labios eran rojos como la sangre. Quizás fueron mis sueños iantásticos de la noche anterior, seguidos de un paseo matutino, los que me habían preparado a ser cautivado por esta curiosa belleza.

La soledad del páramo, con el canto del mar, se había apoderado de mi corazón con un anhelo nostálgico. La incongruencia de las evanescentes flores de amapola y su ostentación, corriendo los tintes vertiginoso en la cara de esa salud sobria, me tocó con un escalofrío. Ella se levantó de su silla mientras su madre la presentó, y sonrió mientras me tendió la mano. Palpé ese copo de nieve blanda y, mientras lo hacía, un estremecimiento leve temblor cosquilleó sobre mí y se arremolinó en mi corazón, silenciando sus latidos por un momento. Este contacto también parecía haberla afectado, ya que una llama blanca iluminó su rostro, de modo que brillaba como una lámpara de alabastro. Sus ojos negros se encendieron en negros delicados y húmedos cuando nuestras miradas se cruzaron, y sus labios escarlata se suavizaron. Ahora era una mujer viva, mientras que antes parecía la imagen de un cadáver.

Permitió que su mano delgada permanezca entre las mías, y luego la retiró lentamente. Sus ojos eran aterciopelados e insondables, y antes de ser retirados de los míos parecían haber absorbido toda mi fuerza de voluntad. Esa mirada me hizo su esclavo abyecto. Verla era como contemplar una profunda oscuridad. Me llenó de fuego y me privó de fuerza, y yo me hundí en ella casi tan lánguidamente como me había levantado de mi cama esa mañana. Cuando volcó su mirada hacia otra parte, un ligero brillo asomó a sus mejillas, antes níveas. Hasta parecía más joven, incluso más hermosa.

Yo había llegado en busca de soledad, pero al conocerla creía que estaba allí sólo por Ariadna .Ella no estaba muy animada y, de hecho, pensando en volver, no puedo recordar ninguna observación espontánea suya. Respondió a mis preguntas con monosílabos. Era insinuante en su silencio y parecía llevar mis pensamientos constantemente hacia ella. Sólo se que apenas con verla, con tocarla, me había embrujado, y ya no podía pensar en otra cosa.

Sus palabras eran rápidas, elusiva, devoraban mi entusiasmo. Orbité sobre ella todo el día, como un perro, y por las noches soñaba con ese rostro resplandeciente, blanco, esos firmes ojos negros, aquellos labios escarlata, húmedos, y cada mañana me levantaba más lánguido de lo que me había sentido el día anterior. A veces soñaba que me besaba, estremeciéndome al contacto de su sedosa cabellera negra que cubría mi garganta, otras, que estábamos flotando en el aire, con sus brazos alrededor de mí y su pelo largo envolviéndome como una nube de tinta, mientras yo yacía indefenso.

Ella me acompañó al páramo después del desayuno. Antes de regresar le hablé de mi amor y lo aprobó. La sostuve en mis brazos y la besé. No me extrañó que todo sucediese tan rápido. Ella era la mía o, más bien, yo era de ella. Balbucée que era el destino quien me había enviado, porque no tenía dudas de que mi amor era sincero. Ella simplemente dijo que la había devuelto a la vida. Actuando conforme al deseo de Ariadna, no informamos a su madre de lo rápido que las cosas habían progresado entre nosotros, sin embargo, no tenía duda de que la señora Brunnell podía ver lo absorto que estaba en su hija.

Los amantes no se diferencian de las avestruces en sus modos de ocultación. Yo no tenía miedo de pedir la mano de Ariadna, la señora Brunnell ya había demostrado su parcialidad hacia mí, y había depositado en mí algunas confidencias sobre su propia posición en la vida, y yo sabía que, por lo tanto, que ninguna diferencia social podía objetar nuestro matrimonio. Ellas vivían en este lugar solitario por la salud de Ariadna. Mi llegada no pudo haber sido más oportuna.

En aras del decoro, sin embargo, decidí retrasar mi confesión durante una semana o dos, aguardando la ocasión propicia para hacerlo discretamente. Mientras tanto, Ariadna y yo pasamos nuestro tiempo en el ocio. Cada noche me retiré a la cama meditando empezar a trabajar al día siguiente, y cada mañana me levanté lánguido de los sueños perturbadores, sin pensar en nada fuera de mi amor. Ella se fortaleció cada día, mientras que yo parecía estar tomando su lugar como el enfermo de la casa.

Nunca nos alejamos demasiado en nuestras caminaras. Nos echábamos en el páramo a escuchar las olas distantes. El amor me hizo perezoso, pensé, porque a menos que un hombre no tenga todo lo que anhela a su lado, tiende a copiar los hábitos del gato doméstico. Pero mi desilusión fue rápida, a pesar de que pasó mucho tiempo antes de que el veneno salió de mi sangre.

Una noche, alrededor de un par de semanas después de mi llegada a la casa, había regresado después de un paseo delicioso luz de la luna con Ariadna. La noche era cálida y la luna estaba alta, por lo tanto abrí la ventana de la habitación para se renueve el poco aire que había. Estaba más agotado que de costumbre. Sólo tenía la fuerza suficiente para quitarme las botas y el abrigo antes de derrumbarme en el lecho. Tuve un sueño horrible esta noche. Me pareció ver un murciélago monstruoso, con el rostro y cabellos de Ariadna, y un batir de alas en la ventana abierta, algo con sus sus dientes blancos y labios escarlata acercándose. Traté de superar el horror pero no podía, de hecho, parecía encadenarme. Y la bestia, sedándome con el deleite del sueño, bebió mi sangre en un rapto lujurioso y abominable.

Miré y vi en sueños una línea de cadáveres de hombres jóvenes en el suelo, cada uno con una marca roja en sus brazos, en la misma zona donde el vampiro me mordía, justo donde una marca había surgido en los últimos quince días. En un instante comprendí la razón de mi extraña debilidad, y en el mismo momento un pinchazo repentino de dolor me despertó de mi placer de ensueño.

En su arranque de sed, el vampiro me había mordido profundamente esa noche, sin saber que yo no había probado mi copa, evidentemente narcotizada. Al despertarme vi, plenamente revelada por la luna de medianoche, una cabellera negra fluyendo libremente, y unos labios rojos incrustados en mi brazo.

Con un grito de horror la arranqué de mi piel, consiguiendo una última mirada de los ojos de su salvaje y brillante rostro blanco y sus labios manchados de sangre. Luego corrí hacia la noche, movido por el miedo y el odio. No me detuve hasta haber dejado muchas millas entre mi y esa casa maldita.

Hume Nisbet (1849-1923)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


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El análisis, resumen y traducción al español del cuento de Hume Nisbet: La doncella vampiro (The Vampire Maid), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Hume Nisbet: relatos, novelas y libros


Hume Nisbet: relatos, novelas y libros.




Hume NisbetJames Hume Nisbet (1849-1923)— fue un interesante pintor y escritor escocés radicado en Australia, donde desarrolló casi toda su carrera. Los relatos de Hume Nisbet, así también como sus novelas, exploran lo desconocido desde una perspectiva realmente ingeniosa, a tal punto que muchos de ellos se han convertido en clásicos del relato fantásticos.

A continuación iremos compartiendo los mejores libros, novelas y relatos de Hume Nisbet.




Hume Nisbet: obras completas:
  • El hechizo del demonio (The Demon Spell)
  • El viejo retrato (The Old Portrait)
  • La doncella vampiro (The Vampire Maid)
  • Cenizas: el cuento de las dos esferas (Ashes: A Tale of Two Spheres)
  • Con piel de cordero (In Sheep's Clothing)
  • Doctor Bernard St. Vincent (Doctor Bernard St. Vincent)
  • El amigo peligroso (A Dangerous Friend)
  • El deseo de la reina (The Queen's Desire)
  • El dragón y el crisantemo (The Dragon and the Chrysanthemum)
  • El encantamiento del demonio (The Demon Spell)
  • El gran secreto (The Great Secret)
  • El jefe rebelde (The Rebel Chief)
  • El Jolly Roger: una historia de héroes de mar y piratas (The "Jolly Roger". A Story of Sea Heroes and Pirates)
  • El modelo fantasma (The Phantom Model)
  • El rey colonial (A Colonial King)
  • El sacrificio de Ling-Ho (The Sacrifice of Ling-Ho)
  • El viejo naufragio (The Old Wreck)
  • Hijos de Hermes (Children of Hermes)
  • La copa de Samos (A Cup of Samos)
  • La estación embrujada (The Haunted Station)
  • La gota negra (The Black Drop)
  • La mansión de Mistletoe (Mistletoe Manor)
  • La reina salvaje (The Savage Queen)
  • La tierra de la flor de hibisco (The Land of the Hibiscus Blossom)
  • Los buzos (The Divers)
  • Los hacedores de imperios (The Empire Makers)
  • Los pantanosos (The Swampers)
  • Mi amor Noel (My Love Noel)
  • Norah y las hadas (Norah and the Fairies)
  • Relatos de lo extraño y lo maravilloso (Stories Weird and Wonderful)
  • Su amado esclavo (Her Loving Slave)
  • Su recompensa (His Reward)
  • Su venganza (His Revenge)
  • Una larga espera (A Long Wait)
  • Una mujer verdadera (A True Woman)
  • Una novia del desierto (A Desert Bride)
  • Un dulce pecador (A Sweet Sinner)
  • Un enemigo astuto (A Crafty Foe)
  • Un esfuerzo desesperado (A Desperate Endeavour)
  • Un juego perdido (A Losing Game)
  • Un romance australiano (An Australian Romance)
  • Un sensacional romance en Sidney (A Sensational Romance of Sydney)
  • Un sueño de libertad (A Dream of Freedom)
  • Valdmer el vikingo (Valdmer the Viking)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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