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«La isla de la magia negra»: Hugh B. Cave; relato y análisis.


«La isla de la magia negra»: Hugh B. Cave; relato y análisis.




La isla de la magia negra (The Isle of Dark Magic) es un relato de terror del escritor norteamericano Hugh B. Cave (1910-2004), publicado originalmente en la edición de agosto de 1934 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1977: Murgunstrumm y otros (Murgunstrumm and Others).

La isla de la magia negra, uno de los mejores cuentos de Hugh B. Cave, relata la historia de un joven obsesionado por la muerte de su amada, quien recurre a Nyarlathotep y otras deidades alienígenas para traerla de vuelta a la vida [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]

SPOILERS.

El narrador de La isla de la magia negra de Hugh B. Cave es un misionero, el único hombre blanco en una pequeña isla del Pacífico Sur, al menos hasta la llegada de Peter Mace. Mace es un joven nervioso que lleva consigo a la isla una «caja de embalaje», aparentemente con la intención de vivir como un ermitaño. Actúa de manera extraña, excitando la curiosidad de los nativos, por ejemplo, renunciando a afeitarse [esto parece haber sido toda una señal de su estado mental] y bebiendo en exceso. Finalmente Mace se desmorona y le relata su historia al narrador.

Como estudiante de medicina en Nueva York, Mace se enamoró de Mureen Kennedy [«una criatura de las calles»]. Mace ya era un personaje extraño, el tipo de hombre que está interesado en libros prohibidos y realiza experimentos que la comunidad médica desaprueba. De hecho, es expulsado; y, cuando Mureen muere, pierde la cabeza definitivamente. A partir de entonces comienza a buscar formas de «mantenerla conmigo para siempre». Mace recurre a un amigo escultor, quien accede a tallar una estatua [súper] realista de Mureen. ¡Así que eso era lo que había en la caja de embalaje!

Ahora bien, lejos de cualquier interferencia en esta remota isla, Mace ha estado participando en rituales y lanzando hechizos que, según sus libros prohibidos, le darán vida a la estatua. Mentalmente desequilibrado, desafía al narrador a presenciar uno de sus rituales, aparentemente ansioso por mostrarle cuán irrevocablemente ha rechazado al Dios de bíblico [al que culpa por la muerte de Mureen] y demostrar cuán poderosos son los dioses alienígenas. Durante el ritual, Mace invoca a Nyarlathotep y Hastur y comprueba el nombre del Signo Amarillo, el Rey Negro y Yuggoth. Mientras el narrador observa con horror, la estatua de mármol se mueve brevemente, su rostro se contorsiona de agonía, pero luego se queda inmóvil: traerla a la vida requerirá siete de esos rituales, y este es solo el quinto.

El narrador se entera del sexto ritual de un nativo aterrorizado. Luego llega el día del séptimo y último ritual.

Una mujer con velo, vestida de negro, que se mueve y habla con rigidez, llega a la isla, siendo apenas la segunda persona en cuatro años. El narrador conduce a esta mujer taciturna a través de la jungla hasta la casa de Mace, pensando que tal vez pueda ayudar a que el joven recupere el sentido. Cuando llegan, Mace acaba de terminar el ritual y «los innombrables horrores del mundo de las tinieblas» con los que se contactó le han dado vida a la estatua. ¡Está abrazando a la mujer de piedra y llamándola su «amada»! Pero entonces la mujer de negro levanta su velo: es Mureen, resucitada de la tumba.

De alguna manera, Mureen escuchó el llamado de Mace y cruzó medio mundo para estar con él. Bonito detalle. Mace abraza este cadáver desvencijado, y la mujer de piedra, excitada por celos homicidas, estrangula primero a Mureen, luego a Mace, y se adentra en la jungla. El narrador procede a reunir a la pequeña población nativa de la isla y todos huyen en sus canoas.


La isla de la magia negra de Hugh B. Cave no es un mal relato, aunque tal vez sea demasiado largo y con algunos puntos ciegos importantes. No está claro si Mace está tratando de invocar el alma de Mureen para darle vida a la estatua [que es lo que yo, quizás erróneamente, había asumido] o simplemente está rogándole a Nyarlathotep que animara la estatua pero sin esperar que tenga la personalidad y recuerdos de Mureen. Hugh B. Cave tampoco se esfuerza demasiado en aprovechar el entorno de esta isla de los Mares del Sur [cualquier ubicación remota habría servido], la cual tendría más sentido si Mace, por ejemplo, hubiese viajado a la Polinesia para buscar a un hechicero o médico brujo en particular.

La isla de la magia negra de Hugh B. Cave pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, y utiliza muchos elementos del ciclo lovecraftiano, algo que al flaco de Providence no parece haberle gustado demasiado en este caso en particular.

Lovecraft insistía en hacer una distinción entre los escritores que solo buscaban ganar dinero y la «verdadera literatura». Según él, al escribir para las revistas pulp, autores como E. Hoffmann Price y Edmond Hamilton desperdiciaron su talento y [todavía peor] adquirieron malos hábitos, lo cual [siempre según Lovecraft] inhibió su capacidad innata para producir las obras de calidad. El flaco de Providence incluso intentaba revertir este proceso. En una carta a Catherine L. Moore, advierte a la escritora para que esto no le suceda. La respuesta de Moore fue demoledora:


[Obtengo un tremendo placer al tratar de una manera chapucera los conceptos básicos de la ficción barata que tanto te desagrada. Además, necesito el dinero.]


Hugh B. Cave era uno de esos autores talentosos que Lovecraft consideró «vendido» al aspecto comercial del pulp. De hecho, tuvieron una fuerte discusión epistolar. En 1932, Lovecraft le comentó a August Derleth que se había metido en una «gran pelea con Hugh B. Cave sobre el tema de la motivación literaria». Al parecer, el punto de vista de Hugh B. Cave no era irracional. No estaba en desacuerdo con modificar ligeramente sus obras si se lo recomendaba el editor de turno, porque escribir para una revista pulp, en definitiva, era un negocio. Lovecraft, en cambio, no admitía que se le corrija una sola coma [sus batallas con Farnsworth Wright son memorables]; y prefería que sus relatos fuesen rechazados a ser publicados con alteraciones.

La cordial y hasta afectuosa relación que Lovecraft había mantenido con Hugh B. Cave se deterioró rápidamente tras este desacuerdo; tanto es así que una carta a Robert E. Howard, fechada en agosto de 1933, el flaco de Providence confiesa:


[Simplemente no puedo leer la basura que (Otis Adelbert) Kline y Cave escriben.]


Aquí en El Espejo Gótico somos menos severos con Hugh B. Cave. La isla de la magia negra es una buena historia desde el principio; sin embargo, es el final el que la convierte en una historia memorable.

Agradecemos afectuosamente la traducción al español de La isla de la magia negra de Hugh B. Cave realizada por Rodrigo Tello, un gran amigo de El Espejo Gótico. Gracias por el aporte.




La isla de la magia negra.
The Isle of Dark Magic, Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Rodrigo Tello para El Espejo Gótico)


El capitán Bruk, capitán del Bella Gale, fue el hombre que trajo a Peter Mace a Faikana; y como no conocí al muchacho hasta su llegada, debo contar la primera parte de esta historia tal como la vivió el capitán Bruk. Así pues, debo retroceder un poco.

Bruk estaba “en la playa”, como suele decirse, cuando la Jornsen Trading Company, en Papeete, le ofreció el Bella Gale. La compañía Jornsen, como la mayoría de las empresas más pequeñas de Papeete, operaba una flota de barcos de segunda categoría con aparejo de goleta y que navegaban bajo su propia bandera. Ningún capitán de renombre habría aceptado el mando ni siquiera del mejor de ellos. Pero Bruk estaba desesperado.

Sus órdenes eran hacer pie en Faaite, navegar hacia el norte, hacia Fakarava y Taou, y terminar en Rarioa, haciendo un trueque por toda la copra que pudiera contener la goleta. Debía estar de vuelta en Papeete en el plazo de un mes, de ser posible. Y debía llevar un pasajero, un hombre blanco, hasta Rarioa.

El hombre blanco era Peter Mace y, si hubiera podido elegir, Bruk habría escogido una compañía más prometedora, o ninguna. Peter Mace era un joven delgado y de aspecto preocupado, con un par de ojos que no perdían de vista nada. No podía tener más de veinticinco años y llevaba en Papeete, según dijo, sólo tres semanas.

Subió a bordo una hora antes de que zarpara la goleta, y trajo consigo una gran maleta de madera que insistió en guardar en su propio camarote. Y durante dos días se mantuvo totalmente aislado, sin ofrecer una sola palabra de explicación a nadie.

Más tarde, sin embargo, encontró tiempo y ganas de hacer preguntas. Antes de que el Bella Gale llegara a Faaite, había exigido conocer el nombre de cada atolón del Paumotu. Había interrogado a Bruk sobre las costumbres de los isleños, cómo trataban a los hombres blancos, qué atolones eran los menos poblados y si Bruk conocía alguna pequeña isla fuera de las rutas de las goletas donde un hombre pudiera estar completamente solo. Mil cosas insistió en saber, pero ni una sola palabra dijo de sí mismo o de su trabajo o de su razón para ir a Rarioa. Y ni una sola vez mencionó el significado de la caja de embalaje en su camarote.

Entonces, un día, oteando un cielo despejado, dijo:

“Si le doy quinientos dólares, capitán, ¿Hará todo lo posible por llevarme a tierra en Faikana?”

“¡Quinientos dólares!” repitió Bruk.

“¿Es muy poco?”

“En nombre de todo lo que es sagrado”, exigió Bruk, “¿para qué quieres ir a Faikana? Si te llevo hasta allí, ¡te pasarás media vida para quitarte la mugre en una bañera!”

“Si quinientos dólares es poco”, sonrió Peter Mace, “lo doblaremos”.

Y eso fue todo lo que Bruk le sacó. Quinientos dólares, doblados, y Faikana. Faikana, el fin de toda la creación, una isla olvidada habitada por un mero puñado de nativos marquesanos y un misionero con ideas extrañas.

Así que Peter Mace llegó a Faikana. Y yo, el padre Jason, el “misionero con ideas extrañas”, lo conocí por primera vez y me pregunté por aquella extraña caja de madera que traía consigo.

En una semana, el chico se había establecido. Primero encontró una choza nativa abandonada y se instaló en ella, llevándose sus pertenencias. Luego, con una metódica falta de prisa que dio resultados asombrosos, obtuvo la ayuda de los nativos y comenzó a construirse una residencia permanente, a más de tres millas del pequeño asentamiento del que mi casa era el centro. Al parecer, prefería estar solo con los asuntos que le habían traído a nuestra isla. Sin embargo, vino varias veces a visitarme y me invitó amablemente a pasar la primera noche con él en su nueva casa, cuando estuviera terminada.

Así lo hice, y me sorprendió un poco. Aunque había oído susurros de los nativos, me había mantenido discretamente alejado de la escena de las operaciones del muchacho hasta que fui invitado implícitamente por él. Encontré la casa prácticamente aislada en un claro natural en medio de ese cinturón de desolación que cubre el extremo norte de Faikana. Su único medio de comunicación con el pueblo era un estrecho y peligroso sendero a través de la densa jungla, que suponía más de una hora de la más dura caminata. Seguramente Peter Mace no deseaba recibir visitas casuales.

Sin embargo, la casa en sí estaba completa en todos sus detalles: una elaborada vivienda nativa de dos habitaciones con una pequeña cámara adicional en el piso superior. Aquella noche nos sentamos allí, él y yo, bebiendo brandy nativo y jugando al ajedrez. Nuestra conversación no tocó ni una sola vez el tema de las personalidades. Ni él ni yo hicimos preguntas, ni se ofreció a mostrarme lo que había en la habitación de arriba. Cuando llegó la hora de irme, me deseó una agradable despedida y encargó a su recién adquirido chico nativo, Menegai, que me acompañara de vuelta al pueblo. Y durante dos semanas, ¡eso fue todo lo que supe de él!

Pero la curiosidad de los nativos, ya se sabe, es algo que se despierta fácilmente; y escuché muchas historias extrañas durante esas dos semanas. “Peteme”, llamaban los marquesanos al muchacho, y Peteme, según decían, era un diablo encarnado. Durante el día le oían trabajar en la habitación de arriba de su casa, y cuando no estaba trabajando se paseaba como un animal enjaulado, murmurando y refunfuñando para sí mismo. Varias veces, cuando se habían acercado a la ventana del piso de abajo y se habían asomado, lo habían visto sentado a la mesa, encorvado sobre una pila de libros, con botellas de whisky apiladas frente a él. Estaba borracho, dijeron. Tenía los ojos distendidos e inyectados en sangre, y le temblaban las manos al sostener los libros. Pero no sabían lo que tenía en la habitación de arriba, pues era imposible asomarse a la ventana y averiguarlo.

Yo sabía que todas estas historias eran muy exageradas, porque mi pueblo era, en el mejor de los casos, como un niño supersticioso. Pero también sabía que debía haber algo de verdad en ellas, pues los nativos no mienten deliberadamente a menos que puedan, mintiendo, ganar cosas materiales para ellos. Así que, pensando en invitar al chico a mi casa y hablar con él sobre su personalidad, fui una tarde a su casa.

No estaba allí cuando llegué. Llamé a la puerta y no recibí respuesta, y al abrirla no encontré a nadie dentro. Me pareció extraño que se fuera y dejara la puerta abierta, pues vi que la había dotado de una cerradura patentada. Lo llamé en voz alta, y luego, desconcertado, miré a mi alrededor.

La mesa estaba repleta de libros y de manuscritos cubiertos de cartulina. Los miré con curiosidad, y luego los estudié atentamente. Entonces me estremecí y me sentí de repente como si estuviera en un lugar profano. Si hubiera estado ardiendo una fogata, habría arrojado esos libros allí, a pesar de que seguramente me ganaría la furia del muchacho al descubrir mi acto. Porque los libros eran libros prohibidos, todos y cada uno de ellos; y digo prohibidos, no porque yo venga de una vocación religiosa, sino porque tales volúmenes han sido condenados por la verdad y la ciencia por igual. Uno de ellos era los Cultos Negros de Von Heller. Otro, en forma de manuscrito, inscrito en latín, era la edición no expurgada de lo que ahora es El Velo Invisible. Un tercero creí que era -y ahora sé que lo que pensé era correcto- la parte que faltaba de ese peligroso tratado, Le Culte des Morts, del que se dice que sólo existen cuatro ejemplares. Dios misericordioso, ¡no eran libros para el alma de un muchacho de veinticinco años que vivía solo con sus pensamientos!

Totalmente confundido, me aparté de la mesa y me senté durante algún tiempo en una silla cerca de la puerta abierta, esperando impacientemente a que Peter Mace regresara. Cuando no llegó, me levanté y me paseé por el suelo, y de repente recordé lo que los nativos habían susurrado sobre la habitación de arriba. ¿Era posible que los libros que había sobre la mesa a mi lado tuvieran alguna relación con el contenido de la habitación de arriba? ¿Podría ser que Peter Mace hubiera profundizado en estos asuntos más allá del mero estudio de los mismos?

Dudé. Esta no era mi casa; no tenía derecho a subir la estrecha escalera que colgaba de forma tan tentadora en el rincón sombrío de la habitación donde me encontraba. Sin embargo, tenía derecho, como consejero religioso, a saber de qué pecados era culpable el muchacho, para poder instruirle en consecuencia. Deliberadamente, por lo tanto, caminé por el piso.

La escalera era endeble, lo suficientemente sólida para soportar el peso del delgado cuerpo del muchacho, pero no tan sólida como para que me sintiera cómodo al subirla. Subí a tientas, lenta y cautelosamente, probando cada peldaño antes de confiar mi peso en él. Luego alcancé por encima de mí y aparté la alfombra de atap que cubría la abertura del techo; y con un suspiro de alivio metí los brazos por el agujero. Y entonces ocurrieron dos cosas. Detrás y debajo de mí, la puerta de la casa repiqueteó contra la pared, mientras Peter Mace cruzaba el umbral. Y ante mí, a la altura de mis ojos, vi una cosa sentada a la manera de Buda en el suelo de la habitación de arriba. Vi la cosa sólo un instante, antes de que las manos ebrias del muchacho me arañaran las piernas y me arrastraran hacia abajo. La vi, además, en la penumbra, lo que explica el error de mi primera impresión, que llevé conmigo durante semanas, creyendo que era la verdad. Porque lo que vi fue una mujer, desnuda y mirándome fijamente. Una muchacha joven y encantadora, sentada sin ningún movimiento en un pedestal hecho de tablas cubiertas de tela. A su lado estaba la caja de embalaje en la que había sido transportada a Faikana. En sus manos, extendidas hacia mí, había un gran cuenco de metal en el que ardía algún producto químico, o una combinación de productos químicos, con un olor tan dulce como el del éter.

Eso fue todo lo que vi. El peldaño de la escalera se rompió debajo de mí cuando Peter Mace se lanzó sobre mí. Caí de lado contra la pared. La caída me aturdió. Lo siguiente que supe fue que Peter Mace estaba de pie con las piernas abiertas ante mí, y mi espalda estaba contra la mesa, y mis manos estaban rígidamente extendidas para evitar que la cara contorsionada del muchacho se clavara en la mía.

En ese momento Peter Mace me desconocía. Estaba loco de rabia. Su cara estaba vacía de color y las venas de su frente sobresalían como antiguas cicatrices. El odio animal estaba en sus ojos. Palabras guturales, groseras y terribles, gruñían de sus labios. Me habría golpeado hasta dejarme inconsciente, tal vez hasta la muerte, si no hubiera tropezado hacia atrás y me hubiera dirigido a la puerta a tientas.

Entonces eché a correr, sabiendo que era mejor no quedarse e intentar razonar con un hombre tan diabólicamente enfadado. No tenía ningún deseo de pelear con él; ni podía, en ese momento, explicar la razón de mi investigación de aquella habitación prohibida. Corrí, tan rápido como mis piernas me permitieron; y cuando miré hacia atrás, después de surcar ciegamente la profunda hierba del cogollo hasta el borde del pequeño claro, le vi de pie, rígido, en la puerta de la casa, con las manos agarrando el marco de la puerta y las piernas abiertas bajo él.

Y con esa imagen grabada en mi mente, me di la vuelta y me lancé por el sendero hacia el pueblo.

Ese fue el comienzo de lo que puedo llamar, con razón, un reino de terror, no para mí, sino para los nativos. Desde aquel día no estaban seguros de acercarse a la casa de Peter Mace y, sin embargo, a pesar del peligro, su curiosidad seguía llevándolos allí. Me llegó más de una historia sobre la furia insana del muchacho, de cómo, al descubrir a algún nativo sin suerte dentro de la frontera prohibida, había salido corriendo como un loco, persiguiendo al nativo hasta la selva. Es cierto que estas historias llegaron a mí después de muchos relatos, y ciertamente fueron magnificadas para mi beneficio; pero no por ello dejaron de ser significativas. No volví a ir a los dominios de Peter Mace.

Y un día vino a verme. Vino solo, en el calor del mediodía, con la cabeza y los pies desnudos. Al mirarlo, nadie podría haber adivinado que aquel degenerado desaliñado había sido, hace menos de tres semanas, un joven y acomodado aventurero. Se enfrentó a mí de forma inestable. Sus ojos tenían bordes negros y estaban manchados de sangre. Su aliento estaba viciado por los vapores del licor. Y, sin embargo, se acercó triunfante. Me miró fijamente. Sus labios mojados, formados por una máscara facial que no había sentido el contacto de una navaja de afeitar durante días, se curvaron hacia arriba en las esquinas y me sonrieron con maldad.

“Bueno”, se burló, “¿todavía tienes curiosidad?”

Me quedé de pie en el porche de mi casa y le miré fijamente, medio asustado y medio compadecido. Pero él no quería compasión. Sus sucias manos se aferraban a la barandilla y sus pies descalzos estaban firmemente plantados en los escalones. Me devolvió la mirada.

“Bueno, ¿no puedes hablar?”, dijo. “¿Estoy tan borracho que no se me puede hablar?”

“Lo estás”, respondí fríamente. “Estás demasiado borracho para saber lo que haces”.

“Eso es lo que tú crees”, dijo, echando la cara hacia delante. “Pero no estoy haciendo nada, ¿ves? Ya está hecho. Si quieres satisfacer tu maldita curiosidad, puedes volver conmigo y satisfacerla. Y no te preocupes; esta vez no te echaré. No será necesario”.

Por qué me fui con él, después de semejante arrebato, no estoy seguro. ¿Curiosidad? Ciertamente, hasta cierto punto. Pero fue más que eso. El chico estaba enfermo. Estaba mentalmente enfermo, moralmente enfermo.

Necesitaba ayuda. Era mi deber ir con él.

Y fui. Asaltado por las dudas y por un miedo no poco físico, le seguí hasta la selva. Si hubiera querido asesinarme con seguridad y en secreto, podría haberlo hecho fácilmente, en aquel laberinto de oscuridad. El camino bajo los pies era viscoso e incierto después de una noche de lluvia. Ni una sola vez nos dio el sol a través del techo de ramas entrelazadas y aroidinas babeantes que colgaban sobre nosotros a cada paso. Por todos lados el eterno goteo, goteo, goteo de la humedad acompañaba nuestro lento avance. No intercambiamos una sola palabra.

Podría haberme asesinado, digo; pero no hizo otra cosa que avanzar como un autómata, resbalando por charcos de barro negro y mirando fijamente hacia delante. El esfuerzo físico de aquel desagradable viaje le estaba haciendo mella. Cuando llegamos al claro donde estaba su casa, se volvió para mirarme con ojos desconcertados, como si hubiera olvidado por qué le había acompañado. Y, en verdad, lo había olvidado.

“¿Qué quieres?”, me preguntó con hosquedad.

Dudé. Intenté desesperadamente leer lo que había detrás de su mirada desafiante. Me dije a mí mismo que su desconcierto era genuino; que el conocimiento de lo que había hecho mientras estaba en las garras del alcohol y de la casi locura, en realidad, había desaparecido de él. Así que le dije, en voz muy baja, mientras estábamos de pie en los escalones de su casa:

“Me pediste que te ayudara”.

“¿Ayudarme?”, frunció el ceño. “¿Cómo?”

“Tenías algo que decirme, que mostrarme. Algún problema que te hacía daño. Viniste a mí porque es mi deber escuchar los problemas de otros hombres y mostrarles, si puedo, una salida”.

Durante un buen rato me estudió, como si estuviera estudiando un rompecabezas impreso en un libro y se preguntara si la solución dada era la correcta. Levantó una mano para apartar la mata de pelo de sus ojos, y luego se mordió los nudillos de esa mano, mirándome todo el tiempo como un niño pequeño que se esfuerza por recordar ciertas cosas que ha olvidado. Finalmente sonrió y me guió hacia la casa.

A partir de ese momento, ya no fue el mismo. Se dirigió a Menegai, su criado, que estaba cerca de nosotros, y le dijo al nativo que se fuera y nos dejara solos. Luego me indicó en silencio que me sentara en una silla, y acercó otra silla hacia mí. Se inclinó hacia delante, me miró fijamente y finalmente dijo:

“¿Sabe usted quién soy, padre?”

“La verdad”, respondí, “no lo sé”.

“No, no, no me refiero a eso. Peter Mace es mi verdadero nombre. Me refiero a que si sabe quién soy. ¿Qué soy?”

“Me gustaría”, le dije. “Entonces podría ser capaz de ayudarte”.

“Sí, podría. Pero no soy religioso, padre. No creo en un Dios, en ese sentido. Conozco demasiadas cosas que son diferentes”.

“Cuéntame”, sugerí suavemente.

Y me lo dijo.

Su nombre era Peter Mace. ¿Había oído alguna vez ese nombre? ¿Sabía lo que significaba en Nueva York, en Filadelfia? ¿No? Bueno, los nombres no significan mucho en los Mares del Sur, de todos modos -y sonrió con cansancio mientras decía eso. ¿Qué importaba? Su parte del nombre no tenía importancia, después de todo. Sólo había sido un estudiante en una conocida escuela de medicina de Nueva York, un estudiante de honor hasta su cuarto año, cuando fue expulsado en desgracia por ciertas conferencias y experimentos que era mejor no describir.

Había habido una chica. Una chica encantadora, pero una mujer de la calle. Maureen Kennedy era su nombre. Ella lo había amado.

“Ella era limpia, pura”, me dijo. “Nos amamos de la manera en que tu Dios quiso que un chico y una chica se amaran. No valía la pena pensar en nada más en el mundo. Y tu Dios me la arrebató”.

Él, Peter Mace, había estado viviendo una vida en secreto en ese momento, reacio a enfrentar a su familia después de ser expulsado de la universidad. Había probado suerte con un joven simpático que tenía habitaciones pequeñas y sin pretensiones en el Village. Este tipo, Jean Lanier, estudiaba arte. ¡No! Creaba arte.

“Se rieron de él, padre, como se rieron de todo lo que está más allá de su comprensión”.

Pero había muerto. La muerte había acechado esas habitaciones sombrías, observando y gritando con burla, hasta que…

“Me volví loco, padre. A veces todavía me vuelvo loco, cuando pienso en ella. Allí estaba, en mis brazos, muerta. Una mujer de la calle, dijeron. Una mujer impura. ¡Pero no lo era! ¡Era hermosa! Durante dos días me senté junto a su cadáver, acariciándola, mirándola, hasta que mis ojos no pudieron llorar más y no me quedó voz para sollozar. Todo ese tiempo Jean Lanier guardó silencio, trayéndome comida y bebida, respetando mi angustia, sin juzgarme ni una sola vez. Y entonces, en mi locura, concebí la idea de mantenerla conmigo para siempre”.

¿Para siempre? Peter Mace debió de ver el horror que apareció en mis ojos mientras le miraba fijamente. Sonrió y se inclinó hacia delante para poner su mano suavemente en mi brazo.

“No de esa manera, padre”, dijo, sacudiendo la cabeza. “Usted no entiende. Jean Lanier era un artista, un escultor. Robamos dinero, él y yo, y durante una semana trabajó día y noche, sin dormir, para darme lo que yo quería. Cuando estuvo terminado, cubrimos su pobre cadáver y lo llevamos lejos de la ciudad, donde todo estaba tranquilo y en paz. Allí, de noche, la enterramos. Nadie la echó de menos; nadie hizo preguntas. Sólo era una mujer de la calle; ¿y a quién le importa que una mujer de la calle desaparezca?”.

Me miró a mí y al suelo, y durante mucho tiempo no volvió a hablar. Luego dijo con fuerza:

“Nunca debería haberlo hecho, padre. Nunca debí obligar a Jean Lanier a hacer lo que hizo. Me volvió loco. Me llenó la mente de odio hacia Dios Todopoderoso. Y como había estudiado esto -señaló amargamente la pila de libros prohibidos que había en la mesa junto a nosotros-, sólo me quedaba un camino. Estudié más y más. Aprendí cosas. Jean Lanier me echó y no quiso saber más de mí. Dondequiera que iba con esa cosa que Jean me había hecho, la gente murmuraba y me llamaba loco”.

“Y así”, dije, “viniste aquí a Faikana”.

Asintió con la cabeza. “Eso también fue parte de la locura”, confesó. “No era una locura separada en sí misma; era una parte del todo. Tenía que alejarme de toda persona viva. Tenía que estar solo, con ella. ¿Entiendes? ¡Tenía que estar a solas con ella! ¡Tenía que terminar lo que había empezado! ¡Y lo he hecho! Lo he hecho”.

De repente se puso en pie ante mí, riendo estruendosamente. Me aparté de él, comprendiendo el horror de la transformación que se había producido en él. Supe, entonces, el estado de su mente. Cuando había venido a buscarme a mi casa, su mente estaba llena de ese extraño triunfo que ardía en su interior, y había estado, al menos en parte, loco. Luego, en aquel largo y silencioso viaje a través de la selva, el fuego en su interior se había apagado; incluso había olvidado la causa de su locura. Y ahora se había convencido a sí mismo, lenta y terriblemente, de que volvía a ser una bestia salvaje con una sola idea. Ciertamente, no era un hombre cuerdo del que me acobardara.

“¡Te la voy a enseñar!”, bramó, golpeando el aire frente a mi cara con sus puños cerrados. “¡Una vez te colaste arriba, maldita sea, y todo lo que viste fue un trozo de mármol muerto! ¡Sube conmigo, ahora! Te mostraré algo que tu cerebro lleno de religión no se atreverá a creer”.

Me agarró de los brazos y me levantó de la silla. Sus grandes ojos estaban cerca de mi cara, encontrando una diabólica satisfacción en cada expresión que retorcía mis rasgos. Me sacudió como un hombre adulto sacude a un niño aterrorizado.

“Crees que tu estúpida religión es la respuesta a todo en la vida, ¿verdad?”, me espetó. “¡Crees que sabes todo lo que hay que saber! ¡Pues yo te lo voy a enseñar! Te enseñaré algo”.

Me empujó junto a la mesa, donde se apilaban aquellos obscenos volúmenes. Me sujetó salvajemente del brazo y me obligó a acercarme a la escalera que conducía a la cámara oscura de arriba. Si hubiera podido pasar por delante de él, para llegar a la puerta, habría huido de aquel lugar sin dudarlo, como ya había huido una vez. Pero no era posible escapar. Me habría seguido -estoy seguro- y me habría arrastrado de vuelta. Sólo Dios sabe lo que habría pasado entonces.

La escalera se balanceaba peligrosamente mientras la subía. No tuve tiempo de subir con precaución. Si me hubiera detenido, podría haberme empujado a la fuerza por aquellos delgados peldaños, precipitándonos ambos al piso de abajo. Es extraño que haya temido un daño físico, cuando debería haber temido mil veces más el probable horror mental en el que estaba tropezando. Pero al principio no vi ese horror, ni siquiera después de trepar por la abertura del techo y ponerme de pie a tientas en el suelo de la habitación de más allá. Aquella habitación era un dominio de sombras, y el súbito destello de una cerilla en la mano levantada de Peter Mace no reveló al principio lo que tenía delante.

Entonces lo vi, y di un paso atrás con tal violencia que mi rígido cuerpo fue azotado por los montantes de nipa de la pared que había detrás de mí. Peter Mace se había adelantado a una pequeña mesa y había encendido una vela que estaba allí; y la vela -una cosa tosca y casera que ardía con un brillo espantoso- chisporroteaba y silbaba mientras inundaba la habitación con iluminación.

Aquella habitación era una buhardilla, pequeña, desnuda y poco atractiva. De pie y erguido, un hombre de estatura normal podría haber alcanzado, sin esfuerzo, el techo. Las paredes y el suelo eran de la más burda construcción, hechos de madera de huhu y recubiertos con esteras de atap toscamente tejidas. Sólo se veía una ventana, enmascarada por una tira de tela de algodón sucia. Y allí, contra la pared del fondo, mirándome fijamente, estaba sentada la cosa que una vez me había atrevido a mirar. Allí, bajo el inquieto resplandor de la vela, la cosa se enfrentaba a mí, y esta vez vi cada uno de sus detalles.

He dicho antes que la cosa era una mujer. Lo era. Ahora, mientras avanzaba temerosamente hacia ella, fascinado por la forma casi real en que me estudiaba, no podía reprimir el asombro ante su extraña perfección. Si Jean Lanier había hecho esto, entonces Jean Lanier había sido un verdadero artista. Porque la mujer era una criatura de mármol, tan delicada y expertamente esculpida que cada parte de su exquisita forma podría haberse confundido, incluso a corta distancia, con la realidad viviente. Estaba desnuda y sentada en actitud de meditación, con las manos extendidas sosteniendo el plato de metal que yo había visto antes. Y supe intuitivamente, aun cuando me maravillaba su extraña belleza, que había algo terrible, algo impío, en la forma en que estaba sentada. “Esta”, le dije lentamente a Peter Mace, “¿es la mujer que amabas? ¿Esta es Maureen Kennedy?”

Se rió, no de forma salvaje o triunfal, sino tan suavemente que me giré bruscamente para mirarlo, y lo encontré sonriéndome como sonríe un hombre que sabe más, mucho más, que su víctima.

“Será la mujer que ame, cuando haya terminado”, respondió; y se acercó a la figura de mármol y le puso las manos sobre los hombros, y la miró a la cara como si pudiera entenderle.

Y entonces cometí un error. Le creí menos loco que cuando me había obligado a subir la escalera hacía un momento. Le puse la mano en el brazo y le dije en voz baja:

“Hijo mío, esto no es bueno. Tu amigo nunca debería haber hecho un ídolo así para que lo adores. El mandamiento nos dice: No tendrás otro Dios que yo”.

Me apartó la mano. Se giró salvajemente hacia mí y me miró con odio. Pensé que su puño cerrado se estrellaría contra mi cara. Luego dio un paso atrás, sonriendo. Deliberadamente, pasó por delante de mí hasta la abertura del suelo, se agachó y arrastró un pesado cuadrado de madera sobre la abertura, asegurándolo con unas correas atadas a él. Con la misma deliberación, se dirigió a la pared opuesta, agarró una silla que estaba apoyada allí y la dejó en el centro de la habitación. De pie detrás de ella, dijo de manera uniforme:

“Ven aquí y siéntate”.

“No tengo ningún deseo de permanecer en esta habitación”, repliqué.

“Ven aquí y siéntate”.

“¿Por qué?”

“¡Porque lo digo yo! Y si tu Dios idiota estuviera aquí, se sentaría a tu lado. Si alguno de vosotros se negara, os mataría a los dos”.

Dudé, y él se quedó inmóvil, esperando. Lentamente, entonces, le obedecí, y mis manos temblaron sobre mis rodillas mientras bajaba a la silla.

“Ahora te sentarás aquí y observarás”, ordenó, “y no dirás nada. Tengo trabajo que hacer. No debo ser interrumpido. Y si tu tonto Dios no te castiga por mirar cosas prohibidas, pronto sabrás por qué le pedí a Jean Lanier que hiciera esta mujer para mí”.

Y ahora debo contar verdades que tal vez sea mejor no contar. Probablemente seré condenado severamente por las palabras que aquí expongo. Tal vez me condenen más que a mí, y a ustedes también, por leerlas. Pero estas cosas deben ser contadas, para la salvación de aquellos que algún día puedan estar tan locos como para seguir los pasos de Peter Mace.

Allí estaba yo, en una pequeña cámara llena de sombras saltarinas. Allí, frente a mí, estaba sentada esa imagen de mármol de una mujer demasiado hermosa. La salida estaba cerrada, la única ventana cerrada y enmascarada.

Estábamos solos, Peter Mace, la mujer y yo, en una habitación maldita con pensamientos siniestros y maquinaciones malignas. Y, haciendo caso omiso de mi presencia, el muchacho prosiguió con sus labores profanas.

Primero se dirigió a un pequeño compartimento en la pared y sacó de él varios volúmenes encuadernados, uno de los cuales llevó a la mesa. Al hojearlo y pasar deliberadamente sus páginas, encontró lo que buscaba y comenzó a leer en silencio para sí mismo. Vi cómo sus labios se movían con las palabras. Vi el terrible afán de sus ojos, que miraban fijamente la página. Rígido e inmóvil, permaneció allí, bajo el resplandor de la vela, con los hombros encorvados hacia delante, la cabeza inclinada hacia abajo y las manos apretadas sobre el tablero de la mesa. Luego se enderezó, se giró lentamente y se dirigió hacia la mujer.

De una bolsa de cuero suave que estaba a los pies de la mujer, sacó algo pequeño y negro y lo tocó en los labios de mármol de la mujer. Al principio pensé que era un crucifijo; luego vi mi error y me estremecí, porque era un crucifijo invertido y la cara que tenía era la de un demonio lascivo. Lo colocó cuidadosamente en el plato de metal que las manos sin vida de la mujer extendían hacia él. Con el mismo cuidado deliberado tomó una pequeña ampolla en sus manos, y vertió en el plato un líquido oscuro y viscoso que brillaba dulcemente en la tenue luz. Entonces vi que una cerilla ardía con fuerza y el plato se llenó de repente de una llama azul pálido.

Lentamente, entonces, el chico se puso de rodillas. No se volvió para mirarme. Dudo que se diera cuenta de mi presencia. Se arrodilló, miró el rostro de la mujer y levantó los brazos en señal de súplica. De sus labios salía un monótono tono bajo casi inaudible, como si estuviera rezando.

En realidad, me pareció que estaba rezando, y mi corazón se llenó de compasión por él. Respeté su tormento; comprendí su soledad. Entonces oí las palabras que murmuraba -las conocí por lo que eran- y fui yo quien rezó a un Dios misericordioso para que nos perdonara a ambos.

¿Han oído hablar de la Misa Negra? ¿Conocen su horrible significado? Entonces saben el alcance que tenía la locura en el alma de Peter Mace, y saben a quién estaba murmurando sus maldiciones.

Pero era más que eso. Me di cuenta de la enormidad de sus intenciones y, poco a poco, mientras escuchaba, fui presa del terror más absoluto. Desde aquel día, me he reprochado mil veces no haber encontrado el valor suficiente para detenerlo. Si hubiera saltado de mi silla y me hubiera lanzado sobre él, tal vez me lo hubiera agradecido más tarde. Incluso si me hubiera visto obligado a coger la propia silla en la que estaba sentado y golpearle con ella, no habría podido ser condenado por tal violencia. Porque el muchacho estaba loco. Estaba invitando a la masacre.

Sin embargo, me senté allí, mirándole fijamente. Me senté rígido, con los ojos muy abiertos y la sangre palpitando en mis sienes. Estaba aterrorizado y fascinado, y, que Dios me ayude, le dejé salirse con la suya. Esas palabras, las puedo escuchar todavía, cada vez que me siento solo en una habitación a la sombra. Me murmuran en el mismo canto. Están en mi cerebro.

“Esta es la noche, oh Bethmoora. Esta es la noche, aunque sea de día y el sol brille sin nuestro santuario. Escúchame, mientras camino por el lago negro de Hali, oh Nyarlathotep. Escúchame lo que digo… palabra por palabra… cómo los nacidos en la tierra deben manifestarse para comandar la presencia del Rey Negro. Escúchame… el cielo en el arte… el cielo en el arte… y el Signo Amarillo arde en el altar de mi deseo, para que ella abra sus ojos y sea mía de nuevo. ¡Que el padre de nuestro nombre, sea santificado! ¡Palabras para ti, oh Yuggoth, oh Yian, oh Hastur, oh Príncipe del Mal! Entrégamela, y ordena tu precio. Y en nombre del Primigenio que no debe ser nombrado… a través de los pozos de la noche donde los reptantes acechan sin ser vistos, esperando alas para elevarlos… y en nombre de los decapitados nacidos en la roja inmundicia del pozo sin límites… dámela en vida, oh Hastur. Entrégala a mis brazos, oh Yuggoth. Escúchame, oh Señor de los Señores, Nyarlathotep”.

Estas palabras, nacidas de las mentes de los locos y llenas de horribles sugerencias de horrores prohibidos a los hombres, brotaron de los labios del muchacho que se arrodilló en aquella vil habitación conmigo. Estas palabras y otras más; pero las demás no las oí, porque me había vuelto como un hombre empalado, sentado tan recto y rígido como una estatua de mármol. No, no, ¡no como una estatua de mármol! Esa estatua ya no estaba recta y rígida. En la cámara que nos acompañaba había entrado la oscuridad, una oscuridad viva y maligna que amenazaba con sofocar el resplandor ocre de la vela. Y ante mí, la pálida estatua de la mujer se movía, oscilando lenta y terriblemente de un lado a otro, mientras sus manos extendidas llevaban el plato de metal de un lado a otro como un péndulo, y la llama azul de ese plato se convertía en una lengua de fuego viva.

Peter Mace había dejado de murmurar. Otras voces se volvieron audibles, bajas y vibrantes, con palabras que no tenían principio ni fin. Como si se pronunciaran a través de largos y profundos tubos, esas sílabas zumbaban. Como si fueran gemidos en voz alta de algún sacerdote de túnica oscura de un culto grosero, cantaban en todos los nichos de aquella sucia habitación.

Ya no estábamos solos. La oscuridad que nos rodeaba estaba poblada de sombras, de cosas sin nombre que no tenían forma, ni sustancia, y sin embargo estaban allí. Era el momento de la oración y la súplica, pero no conocía ninguna oración lo suficientemente poderosa como para ofrecer protección. Habíamos perdido el derecho a rezar. Peter Mace, con sus malvadas maquinaciones, había convocado elementos de las más profundas fosas de la oscuridad. Sus blasfemias habían establecido comunión con entidades más poderosas que cualquiera que pudiera escuchar oraciones de labios humanos. ¡Y soy yo, el Padre Jason, un misionero, quien lo dice!

Me arrodillé con las manos levantadas ante mí. Pero ninguna palabra salió de mis labios. Las pronuncié, pero murieron sin nacer. A mi alrededor se movía esa oscuridad infernal, esas formas infernales se acercaban. Ante mí, el muchacho se había puesto en pie de forma inestable y se mantenía como un hombre borracho, como si estuviera aturdido por la enormidad de su pecado. Pero lo que más vi, y lo que recordé con horrible claridad durante las noches siguientes, fue la transformación que se estaba produciendo en la mujer de mármol.

¡Que Dios me ayude a mirar siempre ese rostro! Los ojos, que habían estado abiertos sólo en dimensiones naturales, se habían ensanchado en agonía. Los labios no tenían forma, el rostro era una máscara blanca y gris retorcida más allá del reconocimiento.

Cada centímetro del cuerpo de la mujer estaba en movimiento, luchando horriblemente, lastimosamente, por liberarse de sus ataduras de mármol. Ya no estaba muerta. Ya no era una cosa de piedra. La vida había sido vertida en su rígido cuerpo. Y ahora luchaba, en un infierno de tormentos físicos, para asimilar ese poder maldito y convertirse en algo vivo.

¿Habéis visto a una víctima de la epilepsia que se haya visto repentinamente afectada por esa terrible enfermedad? Esta mujer era así. Se esforzó por levantarse. Luchó por liberar sus manos del plato de metal al que se aferraban, para poder abrazar al muchacho que estaba ante ella. Lentamente, de forma horrible, con una sacudida paroxística de sus caderas y pechos, se volvió hacia él. En la agonía, lo miró fijamente a la cara, suplicando su ayuda. Intentaba hablar, pero no podía.

Y el chico le devolvió la mirada. Se había vuelto como un hombre erguido en el sueño. Parecía no darse cuenta de la agonía de ella, ni de la horrible oscuridad que lo rodeaba como una sábana. Lentamente, mecánicamente, como si obedeciera órdenes sobre las que no tenía mando, avanzó hacia ella. En silencio, la miró a la cara. Entonces le oí decir en voz baja, de manera uniforme, como si estuviera recitando las palabras:

“No es todavía. No, todavía no. Es la quinta vez, oh Hastur. Sólo la quinta vez, oh Señor de los Señores. Cada vez la agonía es mayor y la vida es más fuerte. Has prometido que en la séptima vez la agonía destruirá la muerte y la vida será completa. Soy paciente. Me conformo con esperar. Todo llega a quien espera”.

Deliberadamente extendió los brazos. Sus manos se juntaron y presionaron hacia abajo el plato de metal. Vi cómo se le cerraban los ojos y se le blanqueaban los labios mientras la llama azul le devoraba las palmas. Pero no emitió ningún sonido mientras permanecía allí; y en un momento, cuando retrocedió, el fuego azul dejó de ser algo vivo. Entonces, como si se tratara de un ritual, el muchacho se arrodilló lentamente y colocó sus manos sobre el cuerpo de la mujer muerta en vida que tenía delante. La agonía desapareció de su rostro; sus luchas cesaron. Volvió a ser como antes, una criatura de piedra, inanimada y sin vida. Se arrodilló con la cabeza inclinada a los pies de su santuario. Se arrodilló y rezó, no al Dios de los hombres, sino a los obscenos dioses que poseían su alma. Mientras él se arrodillaba allí en súplica, la habitación se vació de sombra y sonido, y él y yo y la mujer estuvimos solos juntos, como lo habíamos estado. Y yo, sabiendo sólo que mi corazón vibraba negro de horror y mis ojos cegados por las cosas prohibidas que habían presenciado, me arrastré silenciosamente hasta la abertura en el suelo, aparté el cuadrado de madera que la cubría y bajé lenta y cautelosamente por la escalera hasta la habitación de abajo.

No se oyó ningún sonido en aquella cámara misteriosa mientras caminaba sin ruido hacia la puerta. Ningún sonido acompañó mi huida de la casa de Peter Mace. Cuando llegué al borde de la selva y miré hacia atrás, sólo vi un resplandor de luz amarilla detrás de la ventana enmascarada de la habitación de arriba; y supe que Peter Mace seguía allí, arrodillado en oración, mientras la tosca vela sobre la mesa arrojaba su luz inocente sobre el contenido impío de la cámara.

Lentamente, y con el corazón apesadumbrado dentro de mí, me marché.

Desde ese día hasta el día del recuento final, no volví a ver a Peter Mace. En realidad, no quería hacerlo. Pasaron horas antes de que el color volviera a mi rostro y mis manos dejaran de temblar. Cuando llegué a mi casa esa noche, enfermo y cansado de caminar por la selva, cerré y atrancé la puerta y me senté como un muerto, mirando al suelo. Mi mente estaba llena de las cosas monstruosas en las que había participado. Temía el castigo. Y lo que es peor: sabía que esos horrores aún no se habían consumado. Una y otra vez resonaban en mi cerebro las palabras del muchacho: “A la séptima vez la agonía destruirá la muerte y la vida será completa. Soy paciente. Todo llega al que espera”.

No, no volví a la casa de Peter Mace en la selva. Tenía miedo de hacerlo. Le temía a él, y a los habitantes de las tinieblas que habitaban esa casa del horror con él. Y esta vez, cuando los nativos vinieron a mí con historias sobre la locura del muchacho, supe que era mejor condenar esas historias como exageraciones.

Menegai vino, finalmente. Con los ojos muy abiertos y aterrorizado, golpeó mi puerta y suplicó ser admitido. Era la tarde del noveno día, y la visión del rostro del marquesano hizo aflorar todos los temores que habían permanecido latentes en mi interior. Le abrí la puerta y la cerré rápidamente, y entonces escuché las estridentes palabras que salían de su boca manchada de betel.

“¡Yo teienei!”, se lamentó. “¡Dios todopoderoso!” Y luego, en su propia lengua, gritó y murmuró su historia, con un miedo tan genuino en sus ojos que supe que sus palabras eran verdaderas.

Hacía menos de una hora, él, Menegai, había estado sentado en una estera de atap en el suelo de la casa de su amo. Peteme (Peter Mace) había estado estudiando libros, como de costumbre, con los codos sobre la mesa y la cabeza inclinada sobre las páginas impresas. De repente, sin mediar palabra, Peteme echó la silla hacia atrás, se puso en pie y se dirigió hacia la escalera que conducía a la habitación de arriba.

Menegai había empezado a tener miedo. Siempre que su amo se retiraba a aquel desván secreto, ocurrían cosas extrañas. Peteme no volvía a ser el mismo después de regresar de aquella cámara. Se volvía loco de remate. Se volvía como un hombre ebrio de tuak, o como un hombre que había visto el titii e te epo, el baile del amor, tanto tiempo que su mente se volvía loca de deseo.

Y esta vez no fue una excepción. Pronto, desde la habitación de arriba, llegaron sonidos sin sentido. Las voces murmuraban, y otras voces cantaban al unísono. Los sonidos eran cada vez más fuertes, hasta que, después de una eternidad, culminaron en un grito de mujer, un grito horrible, como si estuvieran destrozando a una pobre chica en vida. Y entonces llegó la voz chillona de Peteme, bramando en triunfo, gritando una y otra vez:

“¡La séptima vez se acerca! ¡La sexta prueba ha terminado! ¡Escúchame, oh Hastur! La sexta prueba ha terminado”.

Menegai se había agazapado cerca de la puerta, temblando y asustado. Nunca antes su maestro había tronado con una voz tan llena de triunfo. Nunca antes la mujer de aquella temible habitación había gritado con tanta agonía. Nunca antes había gritado. ¿Cómo podía hacerlo? Él, Menegai, la había visto con sus propios ojos, una tarde que se atrevió a mirar en la cámara secreta y prohibida de su amo. Era una mujer de piedra. ¿Cómo podría gritar una mujer de piedra?

Aterrorizado, Menegai había esperado a que su amo bajara por la escalera; y al cabo de un rato Peteme había llegado, tambaleándose y murmurando para sí mismo. Menegai se apartó de él y lo miró fijamente. Peteme se había quedado rígido, devolviendo la mirada con ojos llenos de roja locura. Entonces, de repente, el hombre blanco se había convertido en un demonio enloquecido por el atae, como un monstruo en las garras del rea moeruru, la droga que hace que los hombres cometan asesinatos. Gruñendo horriblemente, se lanzó hacia adelante.

“¡Maldito seas!”, había rugido. “¡Eres como todo el mundo en esta maldita isla! Crees que estoy loco. Has venido a espiarme, a reírte de mí. ¡Por Dios, te voy a enseñar lo que les pasa a los curiosos! ¡Les mostraré a todos!” Sólo por un milagro había escapado Menegai. El borde de la estera del atap, que se enroscaba bajo los pies de Peteme, había hecho tropezar al blanco. Menegai había abierto la puerta de golpe y corrió por el umbral, gritando. Peteme se lanzó tras él. Pero Menegai había llegado primero a la selva; y en la selva el marquesano había huido a escondites donde el hombre blanco no se atrevía a seguir.

Y ahora Menegai estaba aquí en mi casa, suplicando protección, y en mi corazón sabía que antes de que pasaran otras veinticuatro horas, todo el horrible asunto de Peter Mace y la mujer de piedra llegaría a su horrible conclusión. Y estaba en lo cierto, pero antes de que pasaran las veinticuatro horas, ocurrió algo más.

Estaba de pie en el porche de mi casa, y era de nuevo por la mañana, y el sol era una bola de sangre carmesí que ascendía desde las aguas azules de la laguna. Menegai, el marquesano, se había escabullido a su cabaña en el pueblo. Yo estaba solo.

Al principio, lo que vi fue sólo una mancha gris en el horizonte lejano, tan pequeña que podría no haber sido ninguna mancha, sino sólo mi imaginación. Me llevé las dos manos a los ojos y miré por debajo de ellos; pero mis ojos estaban cegados por mirar el sol rojo, y en seguida no pude ver más que un resplandor carmesí. Sin embargo, aquella mancha estaba allí, y la reconocí como lo que era: un barco.

Más tarde lo volví a ver, y mientras me quedaba mirándolo, Menegai llegó corriendo por el camino, señalando y gesticulando con entusiasmo.

“¡Una goleta, Tavana!”, gritó. “¡Una goleta viene hacia aquí!”

Sí, venía una goleta. ¿Pero por qué? ¿Qué podía querer un comerciante ambulante con Faikana? En cuatro años sólo un barco había visitado nuestra aislada isla, y ese barco había traído a Peter Mace. Había traído infelicidad y horror, un loco y una mujer de piedra. ¿Podría éste traer un cargamento similar?

No dije nada en respuesta a las ansiosas preguntas de Menegai. En mi corazón temía la llegada de este nuevo mensajero del exterior. Menegai, que me miraba a la cara, leyó mis pensamientos y dejó de parlotear.

Desconcertado, me dejó y se apresuró a bajar a la playa. Mucho tiempo después de que se hubiera ido, me quedé mirando, esperando contra toda esperanza que el barco que se acercaba cambiara de algún modo, en el último momento, su rumbo y se alejara de nuevo, dejándonos solos.

Dos horas más tarde, la goleta echó el ancla fuera del arrecife, lo suficientemente cerca de la orilla como para que los que estábamos en la playa pudiéramos distinguir su nombre. Era el Bella Gale, el mismo Bella Gale que había traído a Peter Mace a Faikana. Mientras observábamos, una pequeña embarcación atravesó la abertura del arrecife y se acercó lentamente a nosotros; y un momento después yo miraba el rostro barbudo del capitán Bruk y estrechaba la mano mugrienta que él ponía en la mía. Y me preguntaba, incluso entonces, qué terrible suceso o cadena de sucesos había ocurrido para que el capitán Bruk tuviera esa mirada atormentada y desesperada en sus ojos.

Pronto lo supe. Sin preámbulos, Bruk dijo sin rodeos: “Quiero hablar con usted, padre. A solas”.

Juntos fuimos a mi casa, y cerramos la puerta a los curiosos nativos que se reunían fuera. Allí, con la mesa entre nosotros, Bruk contó su historia.

“Tengo una mujer a bordo, padre”, frunció el ceño. “Vamos, dime que estoy loco. Lo sé. ¡Dile a ella que está loca! Cualquier mujer lo suficientemente tonta como para confiar en una embarcación infestada de cucarachas como el Bella Gale debería estar en un manicomio. Esta debería estar allí de todos modos. Está loca”.

Sacó una botella del bolsillo, me la ofreció y bebió de ella. Atragantado, volvió a tapar el corcho con fuerza y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

“Me estaba esperando en Papeete cuando volví después de abandonar al chico aquí”, refunfuñó. “Harlan -es el gerente de Papeete- la trajo a bordo en cuanto echamos el ancla. Me presentó y me echó un buen vistazo para asegurarse de que estaba sobrio; luego dijo: ‘Muy bien, Bruk. Vas a volver a Rarioa. Esta mujer quiere encontrar al joven que desembarcaste allí’.

“Bueno, la acepté. Tuve que hacerlo. Pero, por Dios, era una mujer extraña. Lo verás por ti mismo, cuando vuelva por ella. Se viste como para ir a un funeral; viste de negro cada maldito minuto del día, y usa un velo negro, para empezar. ¿Qué aspecto tiene? No me preguntes a mí. He estado a bordo de la misma goleta podrida con ella durante casi diez días, viniendo directamente desde Papeete, ¡y todavía no sé ni qué rostro tiene! No habla a menos que tenga que hacerlo, y entonces no dice más de tres palabras a la vez, así que ayúdame. Y es rara. Es extraña. Te digo que…”

Bruk me puso la mano en el brazo y se inclinó aún más sobre la mesa, hablando en un susurro, como si temiera que lo oyeran. Le miré a los ojos y vi miedo en ellos. Miedo de verdad, que llevaba mucho tiempo ahí.

“Se trata de este asunto de Rarioa, padre”, murmuró. “Harlan pensó que yo había llevado al chico allí, y me dijo que llevara también a la mujer. No sabía que había abandonado al chico en Faikana. No se lo dije. Si lo hubiera hecho, habría reclamado el dinero que me pagó el chico; y yo quería conservar ese pago. Así que cuando dejé Papeete esta última vez, me dirigí a Rarioa. Eso es lo que me dijo, ¿no? Lleva a la mujer a Rarioa. Pero no llevábamos más de tres días cuando ella se acercó a mí y me dijo: ‘No estás llevándome con Peter’. ¡Así de fácil, padre! ¿Cómo, en nombre de todo lo sagrado, sabía ella dónde estaba Peter?”

Le miré fijamente. Algo del miedo que había en sus ojos debió de llegar también a los míos. Me devolvió la mirada triunfante.

“¡Te digo que no es humana!”, soltó. “¡No es humana ni siquiera a la vista! Camina como si estuviera dormida. Habla siempre con el mismo tono de voz, como si estuviera cansada. Por todos los cielos, no quiero tener nada más que ver con ella, padre. ¡La traje aquí y la dejo aquí! Ahora depende de ti. Tú sabes más que yo de este tipo de asuntos”.

“La trajiste aquí”, dije lentamente, “porque tenías miedo de no hacerlo”.

“¿Miedo?”, bramó. “Te digo que cuando me miró con esos ojos suyos y me dijo: ‘No estás llevándome con Peter’, ¡sabía que no debía traicionarla! La llevé con Peter”.

Eso fue todo. Bruk se levantó y se puso de pie balanceándose, mientras bebía de nuevo de la botella de whisky. Me miró fijamente y luego se rió borracho mientras abría la puerta.

“Puedes quedarte con ella”, dijo. “La pondré en tierra como me dijeron. Puedes quedarte con ella”.

Luego salió.

Esperé su regreso con una mezcla de miedo y aprensión. De alguna manera, no me atrevía a bajar a la playa. Opté por quedarme detrás de la puerta cerrada de mi casa, a solas con mis pensamientos, aunque hubiera sido mejor salir de aquella habitación sombría, al sol y al aire libre, donde mi mente hubiera creado visiones menos mórbidas.

¿Quién podría ser esta mujer? ¿Una hermana, tal vez, del muchacho que se había establecido en aquella casa del pecado en la selva? ¿Una pariente, tal vez, de la novia muerta que había dejado atrás? Me lo preguntaba y, al preguntármelo, me encontraba haciendo dibujos mentales de ella. Inconscientemente, las descripciones de Bruk influyeron en esas imágenes. La mujer de mi imaginación era una monja de túnica negra, tosca y desgarbada, excéntrica en su forma de hablar y de actuar, nada que ver con la mujer que se enfrentó a mí menos de diez minutos después.

El gutural hullo de Bruk me sacó de mi ensoñación y abrí la puerta con un tirón nervioso. Y allí estaba ella, alta y elegante y absolutamente encantadora, en contraste directo con mi imagen mental de ella. En silencio, le siguió hasta la escalera. Sin vergüenza, se puso de pie frente a mí, mientras Bruk decía secamente:

“Este es el padre Jason, señora. Dirige este lugar”.

La mujer asintió. Sus ojos, tras un velo opaco que ocultaba por completo sus rasgos, me miraban con atención. Tenía quizás veinticinco años, seguramente no más. Deliberadamente miró la habitación. Casi mecánicamente, pasó junto a mí y se sentó en una silla. Con una voz peculiarmente apagada dijo:

“Estoy cansada. He recorrido un largo camino”.

Estaba cansada. Aunque su rostro estaba oculto, pude percibir su agotamiento. Parecía haber perdido repentinamente el poder de movimiento, casi el poder de la vida misma. Se sentó perfectamente inmóvil, con la mirada fija ante ella. Me pareció, extrañamente, que estaba al borde de la muerte.

“¿Deseas ir con Peter?” Dije: “¿Peter?”, susurró ella, y levantó la cabeza lentamente para mirarme. “¿Peter? Sí. Dentro de un rato”.

La estudié. Seguramente esta mujer amaba a Peter Mace, o no se habría tomado tantas molestias para encontrarlo. Si es así, ella podría ayudarlo. Él necesitaba ayuda. Necesitaba a alguien cercano y querido, que hablara con él, que lo convenciera de que su horrible investigación era perversa. Si esta mujer podía hacer eso, su llegada no sería en vano.

“Cuando hayas descansado”, le dije en voz baja, “te llevaré con él. Será mejor que duermas primero. Es un largo camino”.

Ella sonrió, como si se compadeciera de mí por no saber algo que debería saber.

“Sí”, dijo. “Es un largo camino, a través de la selva. Lo sé”.

Luego se durmió.

Había anochecido cuando iniciamos el viaje a la casa de Peter Mace. Estábamos solos. El capitán Bruk se había marchado hacía más de una hora, jurando que no quería saber nada más de ella, y que por lo que a él respecta no le importaba “no volver a pisar la playa maldita de Faikana”. Los nativos, cansados de merodear por la casa con la esperanza de satisfacer sus infantiles curiosidades, habían regresado a la aldea. Nadie nos vio iniciar aquel viaje que iba a tener un final tan terrible.

Pero entonces no tuve ninguna premonición del final. Pensé en Peter Mace, que vivía solo en su aislada morada en la selva, y di gracias a Dios por haber enviado a la mujer a ayudarle. Era misteriosa, sin duda, y ni una sola vez había mencionado su nombre, pero mis esperanzas eran altas y una extraña confianza me poseía mientras la guiaba por el sendero de la selva. Ni siquiera la propia selva, negra como la muerte y llena de formas y sonidos siniestros, pudo acabar con el canto de mi corazón. Me negaba a considerar el posible peligro que nos acechaba. Me negué a tener miedo. Un Dios misericordioso había enviado a esta mujer a Faikana, y el mismo Dios misericordioso la llevaría a salvo hasta el final de su búsqueda.

Ella tampoco tuvo miedo. Siguió con valentía, deliberadamente, mis pasos. No habló. Varias veces, cuando me volví para ayudarla a atravesar tramos de negro pantano, o por encima de enormes tocones caídos de árboles de aoa, se limitó a sonreír y a aceptar mi mano sin hacer ningún comentario.

Así, finalmente, llegamos al final del sendero y entramos en el claro donde la casa de Peter Mace se alzaba ante nosotros. Y por primera vez me asaltó la duda.

Sólo ardía una luz en aquella lúgubre estructura: una luz pálida y amarilla tras la ventana enmascarada de la habitación del piso superior. Caminamos lentamente hacia ella, y aún más lentamente subimos los escalones de la veranda. Llamé a la puerta con vacilación, y no hubo respuesta. Mi mano temblaba en el pestillo. La puerta se abrió y entramos en silencio.

Allí, en la oscuridad, nos quedamos uno al lado del otro, la mujer y yo, y ninguno de los dos habló. En el rincón más alejado de la habitación, un débil rayo de luz descendía desde el techo, revelando los peldaños superiores de la escalera y la superficie irregular de la pared junto a ella. La abertura estaba cerrada. Desde la cámara que estaba encima de nosotros llegó la voz profunda y cantarina de Peter Mace, pronunciando palabras que provocaron un repentino terror en mi corazón.

No es necesario repetir esas palabras aquí. Ya he descrito con detalle el ritual para el que fue diseñada aquella habitación del horror. Basta decir que el horror, esta vez, se acercaba a su clímax: que otras voces, nacidas de labios que no tenían forma humana, se elevaban lenta y terriblemente en un crescendo estridente, sofocando las blasfemias que brotaban de la garganta del muchacho. Incluso mientras la mujer del velo y yo permanecíamos inmóviles, esos sonidos se elevaron a un poderoso rugido, gritando su triunfo. Y con ellos llegó el estridente y horrible grito de una mujer con una angustia mortal.

Hoy desearía haber cedido al miedo de mi alma y haber huido de aquel lugar maligno. Ojalá hubiera cogido el brazo de mi compañera y la hubiera arrastrado de vuelta al otro lado del umbral. En cambio, me quedé clavado en el suelo. Me quedé rígido, escuchando el popurrí de voces enloquecidas que bramaban por encima de mí.

Toda la casa se hizo eco de aquellas salvajes vibraciones. Palabras de terrible significado, de espantosa sugestión, salían de gargantas monstruosas, para gemir y gritar en lo más profundo de mi conciencia. Una y otra vez oí nombres lanzados que tenían suficiente significado como para clavar en mi alma un pavor innominado e incontrolable. Y por encima de todos ellos, dentro de todos ellos, gritaba ese salvaje chillido de agonía física que brotaba de los labios de una mujer.

El espantoso estruendo alcanzó su clímax mientras yo estaba allí. Durante un largo momento, las paredes que me rodeaban, el techo de arriba y el suelo de abajo temblaron como si un gran viento se apoderara de ellos. Luego, lentamente, los sonidos disminuyeron. Poco a poco se convirtieron en un siniestro susurro y murmullo en el que no pude distinguir ninguna palabra. Y finalmente sólo quedó un sonido audible: la voz baja y apasionada de Peter Mace, que hablaba en tonos triunfantes que eran, en sí mismos, demasiado significativos.

Entonces me moví. Me aparté mecánicamente de la mujer que estaba a mi lado y me dirigí a la escalera del rincón. Ascendí temerosamente los peldaños de madera, manteniéndome erguido con manos que temblaban violentamente mientras subían a tientas a paso de tortuga. Desde la cámara que estaba encima de mí, la voz del muchacho llegaba en exclamaciones irregulares, pronunciando palabras de triunfo, de cariño. Decía salvajemente:

“¡Está terminado! ¡Amada, se acabó! La agonía ha destruido la muerte; ¡la vida es completa! Me prometieron que sería así, y han cumplido su promesa. Oh, amada mía, ven a mí”.

Me estremecí, y durante mucho tiempo me aferré inmóvil a mi percha, temiendo subir más alto. Si hubiera sido consciente de la escena que se encontraría con mi mirada cuando alzara la mano para arrastrar la cubierta de madera de la abertura que había sobre mí, me habría arrojado de nuevo por la escalera y habría dejado para siempre aquella cámara maligna sin perturbarla. Pero no lo sabía. Me deslicé a un lado de la barrera. Me levanté hacia el piso de arriba. Y observé.

La habitación era un pozo de oscuridad, iluminado únicamente por la vela chisporroteante que había sobre la mesa. Delante de mí estaba Peter Mace, desaliñado y harapiento, con la cabeza echada hacia atrás y los pies descalzos plantados en la tosca estera de atap que cubría el suelo. En sus brazos, apretados contra su cuerpo demacrado, se aferraba una mujer desnuda, una mujer cuya piel era tan blanca y suave como el yeso de grano fino. Era encantadora. Demasiado hermosa. Y entonces me di cuenta de la verdad.

Me giré bruscamente y miré el pedestal cubierto de tela que había en la esquina, el pedestal donde se había sentado la mujer de mármol. Luego, horrorizado, volví a mirar a la criatura abrazada por Peter Mace. Y era la misma mujer. ¡Que Dios me ayude, era la misma! Aquellos horrores de la oscuridad exterior le habían dado el poder de la vida. La mujer en los brazos de Peter Mace, aferrada a él, era una mujer de piedra viva.

Me quedé mirando, incapaz de creer lo que sabía que era cierto. Lo espantoso de la situación me impedía asimilar todo su significado. Me limité a mirar, y a oír las palabras que salían de sus labios, y a oír la respuesta de él. Entonces, después de una eternidad, me erguí y dije en voz alta:

“Una mujer ha venido a verte, Peter”.

Peter Mace se volvió, muy lentamente, soltando la cosa desnuda en sus brazos. Me miró fijamente, como si estuviera desconcertado por mi presencia. Miró a su alrededor, como si estuviera desconcertado incluso por la habitación en la que se encontraba. Luego dijo en voz baja:

“¿Una mujer? ¿A verme?”

“Sí”, asentí. “Está esperando”.

Vino hacia mí. No entendía nada. Tenía la frente arrugada y los labios fruncidos. Dejando a su compañera donde estaba, pasó junto a mí y descendió lentamente por la escalera. La mujer de piedra no dijo nada; se quedó muy quieta, observándole. En silencio, le seguí por los chirriantes peldaños hasta la sala de abajo, donde me esperaba la otra mujer. Y entonces me tocó a mí quedar desconcertado.

Peter Mace y la mujer de negro se miraron fijamente. Ninguno de los dos se movió. Durante un momento, ninguno de los dos habló. La misma intensidad de sus miradas, la misma plenitud de su silencio, indicaba algo culminante que yo no comprendía del todo. Sentí que cuando la mujer hablara, gritaría. Pero no lo hizo. Dijo con calma:

“Me mandaste llamar, Peter. Estoy aquí”.

Él se dirigió hacia ella. Detrás y por encima de él se oyó un chirrido sordo procedente de la escalera de madera, pero ninguno se volvió. El chico seguía mirando con ojos horriblemente abiertos. Dijo entrecortadamente:

“¿No estás muerta? ¿Estás aquí? ¿Cómo puede ser?”

“Estuve muerta, Peter”.

“¿Qué quieres decir?”, susurró.

“Estuve muerta, pero tú me trajiste a la vida. Vine a ti”.

El muchacho parecía no entender. No hasta que ella levantó las manos y se quitó el velo de la cara; no hasta entonces se dio cuenta de los horribles resultados de los pecados que había cometido. Y yo también me di cuenta.

La mujer que tenía delante era la amada de Peter Mace. ¡Ella estaba muerta, y caminaba! ¡Había sido resucitada de la tumba por los rituales infernales realizados por él! Esta —esta mujer que tenía ante mí— era la realidad de carne y hueso a partir de la cual él y su compañero artista habían diseñado aquella criatura de piedra en la habitación que teníamos encima. El parecido era inconfundible.

Pero había una diferencia. El rostro de esta mujer-cadáver era hermoso sólo porque ella lo había embellecido. Bajo la máscara de polvo que la cubría, la muerte había escrito con un lápiz indeleble, dejando ciertos signos que nunca podrían ser borrados. No es de extrañar que llevara un velo. No es de extrañar que se negara a revelarse a mí, ni al capitán Bruk, ni a ninguna de las personas que habían estado en contacto con ella. Sin embargo, Peter Mace, su amante, no vio lo que la tumba había hecho. Estaba ciego a todo lo que no fuera su belleza. Extendió los brazos y se acercó a ella, y con terrible avidez la aplastó contra él.

Me quedé cerca de ellos, incapaz de alejarme. Volví a oír el crujido de la escalera detrás de mí, pero seguí sin volverme. No importaba nada más que el espanto que estaba ocurriendo ante mí. Sólo vi a aquel muchacho de ojos desorbitados y sollozantes, sosteniendo en sus brazos a la mujer que le había sido devuelta, la mujer que, resucitada de su lejana tumba por los poderes de largo alcance de sus impíos ritos, había encontrado el camino a través de media tierra para llegar a sus brazos. Una y otra vez gritó su nombre en voz alta. Una y otra vez sollozó palabras de cariño. Toda su soledad y su anhelo salieron de sus labios, y su alma quedó desnuda para que ella la observara.

Y entonces un sexto sentido me hizo girar, o tal vez fue el ruido de unos pies pesados golpeando el suelo detrás de mí. Me giré lentamente y me quedé paralizado. Allí, al pie de la escalera, estaba la mujer de piedra que Peter Mace había creado.

Mientras viva, la expresión de su rostro me perseguirá. Sus ojos eran tan oscuros y profundos como las fosas de medianoche. Tenía los labios contraídos sobre los dientes separados, en un gruñido de odio animal. Había escuchado todas las palabras del muchacho. Había sido testigo de todos sus actos. Y ahora su rostro, antes bello, estaba contorsionado. Era una bestia salvaje cuya pareja la había abandonado. Tenía la intención de matar. Lentamente, con una horrible deliberación, avanzó por el suelo. No me vio, no consideró mi presencia. Sólo tenía ojos para Peter Mace y la mujer que se aferraba a él. Pasó junto a mí, tan cerca que podría haberla tocado. Y yo -¡Dios me ayude!- me quedé de pie como una imagen esculpida, totalmente incapaz de moverme o de gritar una advertencia.

No vi todo lo que pasó. Estaba de espaldas a mí, y ella estaba entre sus víctimas y yo. Pero vi y oí lo suficiente como para que me estallara el alma.

Peter Mace estaba susurrando a su amada, pronunciando en voz baja palabras de amor y felicidad. Su voz cesó de repente, y luego gritó en voz alta de terror. Dio un salto hacia atrás, y luego se lanzó de nuevo hacia adelante. Podría haber escapado, si no se hubiera lanzado sobre aquella implacable figura de piedra en un vano intento de proteger a su amada. Aquellos horribles dedos ya habían agarrado el cuello de la otra mujer. Peter Mace los desgarró con locura, en un esfuerzo por desprenderse de ellos.

Más le valía pensar en su propia seguridad. Lenta y seguramente aquellos dedos de piedra cometieron el asesinato. La mujer cadáver se hundió hacia atrás en el suelo, mirando con ojos muertos al techo. Los dedos soltaron su agarre.

No fue hasta entonces que el muchacho se dio cuenta de la inutilidad de la resistencia. No fue hasta entonces que trató de escapar. Entonces fue demasiado tarde. Aquellas manos infernales se enterraron en la carne de su cuello. Sus labios se abrieron para soltar un prolongado grito de agonía. El grito se convirtió en un gorgoteo sangriento. Quedó suspendido, con los pies batiendo un terrible zapateo en el suelo. Cuando lo soltó, cayó sobre el cuerpo de la mujer que tenía debajo; y él, como ella, estaba muerto.

La habitación, entonces, se llenó del silencio de la muerte. La mujer de piedra estaba de pie sobre sus víctimas, mirándolas. Pasó una eternidad. Lentamente, y aún sin hablar, la mujer se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Su mano, a tientas, levantó el pestillo; la puerta crujió hacia dentro. Con la mirada fija en el frente, cruzó el porche y bajó los escalones. Con la misma rigidez y la misma horrible deliberación, caminó hacia la selva. La oscuridad de la noche exterior la reclamó y desapareció.

Eso es todo. Por eso yo, el padre Jason, me alejé de Faikana al día siguiente, llevando conmigo a mis nativos. Arriesgando la muerte en torpes pahis, remamos durante dos días y una noche en mar abierto, para llegar al escasamente habitado atolón de Mehu, donde podríamos empezar una nueva vida. Por eso, en el claro de Faikana donde se encuentra la casa del horror de Peter Mace, encontrarán una tosca losa de madera de tou plantada para que los hombres la contemplen; y leerán las palabras: “Inei Teavi o te mata epoa o Faikana”, que significa, literalmente: “Aquí yacen los cuerpos de los amantes de Faikana”.

Pero Faikana está habitada por una sola persona viva: una mujer creada para el amor, por el pecado. Y es una mujer de piedra que no puede morir, que no puede encontrar la paz, hasta que esos horrores innombrables del mundo de las tinieblas se apiaden de ella y la liberen de la vida que le dieron.

Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Rodrigo Tello para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh B. Cave.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Hugh B. Cave: La isla de la magia negra (The Isle of Dark Magic), fueron realizados por El Espejo Gótico. Su traducción al español corresponde a Rodrigo Tello. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Desde los abismos de la antigua blasfemia»: Hugh B. Cave; relato y análisis


«Desde los abismos de la antigua blasfemia»: Hugh B. Cave; relato y análisis.




Desde los abismos de la antigua blasfemia (From the Pits of Elder Blasphemy) es un relato de terror del escritor norteamericano Hugh B. Cave (1910-2004), publicado originalmente en la antología de 2005: Extraños cuentos de misterio y terror #9 (Strange Tales of Mystery and Terror #9).

Desde los abismos de la antigua blasfemia, probablemente uno de los cuentos de Hugh B. Cave menos conocidos, relata la historia de un antropólogo que espera ser testigo de las prácticas rituales de un antiguo culto en Haití, cuyas deidades en realidad ocultan la presencia de los Primigenios operando para regresar a nuestro plano [ver: Cthulhu no es como pensabas: anatomía de un Primigenio]

SPOILERS.

Desde los abismos de la antigua blasfemia de Hugh B. Cave pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, y relata la historia de Peter Macklin, un antropólogo norteamericano que logra introducirse en un antiquísimo culto de Haití. En la superficie, este culto adora a las clásicas deidades afrocaribeñas del vudú; sin embargo, Macklin descubre que en el fondo los cultistas mantienen tratos con los Primigenios [entre ellos, nada menos que Cthulhu], quienes están buscando desesperadamente la forma de regresar a nuestro plano de existencia [ver: ¿La palabra «CTHULHU» es un código secreto?]

Con la ayuda de un hombre de la zona, con contactos dentro y fuera del culto, llamado Metellus, el antropólogo Peter Macklin consigue infiltrarse en el culto, incluso ser iniciado en los círculos más importantes, solo para descubrir que los Primigenios lo han elegido especialmente para difundir su credo. La intención no es ampliar el culto, sino anunciarlo al mundo a través de los estudios antropológicos de Macklin, a quien eventualmente se le revelará la existencia de una sustancia novedosa para la farmacología, con propiedades asombrosas, y cuya función secundaria es alterar la mente de las personas para que acepten mansamente a sus próximos gobernantes interestelares [ver: ¿Los pactos de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?]

Al parecer, Hugh B. Cave nunca terminó de escribir Desde los abismos de la antigua blasfemia, de modo que no conocemos el final que tenía pensado originalmente. El cuento sería retomado por Robert M. Price, quien le dio un cierre bastante cuestionable. Como gran parte de los relatos de Hugh B. Cave, Desde los abismos de la antigua blasfemia depende en gran medida del uso del vudú haitiano como objeto de miedo [ver: Lovecraft y el culto secreto de los Antiguos]

El protagonista pasa la mayor parte de la historia disfrazado, literalmente pintado con algún tipo de betún para pasar desapercibido entre los cultistas, aparentemente, con la intención de hacer un estudio antropológico, pero esto resulta absurdo en varios niveles. El primero, y más evidente, es la idea de que Peter Macklin pueda pasar desapercibido simplemente pintándose el rostro de negro. En el pulp solían existir estas inconsistencias, y como lector uno está dispuesto a aceptarlas como parte de una época; pero definitivamente resulta inadmisible utilizar este recurso en un antropólogo que se encuentra realizando un trabajo de campo. Quiero decir, si la estrategia del protagonista se conociera su tesis sería rechazada por cualquier departamento de antropología, incluso hace setenta años, tanto por motivos éticos como por lo descuidado de esa metodología.

Incluso cuando Hugh B. Cave intenta no demonizar la cultura haitiana, la fetichiza con una escena erótica en la que la mujer involucrada, una joven haitiana transfigurada [cuya mente ha sido desalojada y su cuerpo ocupado por un Primigenio], se exotiza en extremo. De nuevo, como lector aficionado al pulp, todo esto se acepta casi inevitablemente, pero cuando somos testigos de una procesión de Primigenios [en realidad, son cultistas disfrazados] que incluye una versión de Cthulhu y un pollo gigante con cabeza de hombre, uno se desanima un poco [para colmo, el pollo no le añade dignidad a los procedimientos]. Por otro lado, el final de la historia [escrito por Robert M. Price], esencialmente es un perezoso deus ex machina que destruye lo [poco] bueno que Hugh B. Cave fue construyendo [ver: Lovecraft contra los finales de mierda]

No todo es cuesta abajo en Desde los abismos de la antigua blasfemia de Hugh B. Cave. La idea de que los Primigenios en realidad se ocultan bajo la máscara de dioses locales funciona, y no es la primera vez que este recurso está presente en los Mitos de Cthulhu. En este sentido, abundan las referencias al ciclo lovecraftiano, y el lector de los Mitos no tendrá dificultades en reconocerlas.




Desde los abismos de la antigua blasfemia.
From the Pits of Elder Blasphemy, Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hubo tambores esa noche, ¿o quizás fueron truenos? A la distancia no pudo notar la diferencia. Apenas pudo oírlos. No solo estaban demasiado lejos, sino repentinamente ahogados por algo más cercano, algo ciertamente menos siniestro, pero con una irritación más cruda: los ladridos de los perros.

Comenzó, documentado en su reloj de noche, exactamente a las 3:15 de la mañana, poniendo fin a cualquier esperanza de sueño. Un perro ladraba en algún lugar de la zona de Puerto Príncipe en la que había alquilado una habitación en la Pensión Etoile. Le seguirían media docena más, esparcidos por la ciudad, al principio con una nota casi tentativa, como si una gran orquesta canina estuviera afinando para un concierto. Pero cuando empezaron en serio, fue más como una pelea de gritos, cada ladrido respondía con réplicas desafiantes hasta que toda la ciudad se puso a aullar.

Descartando el impulso momentáneo de agregar su propio ladrido: ¡Silencio!, un cansado Peter Macklin se rindió, disgustado, y se levantó de la cama. Encogiéndose de hombros para ponerse la ropa, abrió la puerta de la veranda para dejar entrar la brisa. Era julio, y Haití, esta tierra caribeña de vudú y pobreza, estaba tan salvajemente caluroso como su gente era amable en su rendición tácita.

Había esperado que hiciera calor en julio, por supuesto. Como estudiante de posgrado en antropología, ese fascinante estudio de los orígenes velados del hombre, el desarrollo en apuros y las culturas caleidoscópicas, había visitado Haití dos veces antes para escribir sobre el vudú y sus creyentes. A estas alturas ya podía hablar suficiente francés para mantener conversaciones con la élite del país, así como suficiente criollo como para comunicarse con las masas. Y había tenido muchas ocasiones en su trabajo para hacer ambas cosas. Sus estudios habían evidenciado suficiente promesa temprana como para merecer un modesto estipendio de viaje incluido como parte de su beca, pero estaba casi agotado, y comparativamente tenía poco que mostrar.

Después de todo, el vodun, o vudú, había atraído durante mucho tiempo a investigadores, tanto serios como sensacionalistas, debido a su exotismo inherente, y sus asesores académicos le advirtieron que debía ahondar en un pozo seco. Empezaba a temer que hubieran tenido razón. ¿Qué más había que decir al respecto?

Sus estudios estaban basados poco más que en una corazonada, un rumor que había escuchado en el Pequeño Haití de Miami mientras visitaba a sus padres en Florida. También había oído hablar una vez de algo similar, en susurros, entre las comunidades rasta de Jamaica. El rumor involucraba a algunos de los magos, o chamanes, como los antropólogos se cuidaban de llamarlos hoy en día, bocors y houngans, pertenecientes a un culto secreto cuyos miembros estaban en contacto con deidades desconocidas, dioses terribles por lo que se podría llamar, capaces de hacer cosas terribles. Las infames leyendas de los zombis se remontan a esas personas.

Existieron como forajidos religiosos al margen de la sociedad y la teología vodun, operando como asesinos a sueldo que afirmaban tener medios mágicos para hacer trabajos sucios. Pero hasta ahora nadie había oído que se unieran en una sociedad religiosa propia. ¿Era algo nuevo? ¿O quizás algo muy, muy antiguo, que recién ahora se está dando a conocer por primera vez? En cualquier caso, había una nueva arruga, un nuevo aspecto del asunto. Y su investigación adquirió una relevancia completamente nueva. Aquí estaba su oportunidad, no solo de evitar volver a un campo agotado, sino incluso de ganar una reputación precoz entre sus pares mediante un descubrimiento importante, si es que podía transformarlo en algo más que un rumor. Tendría que hacer entrevistas, observar y, antes de eso, entablar algún contacto personal real.

Y aquí estaba de suerte, porque resultó que el hermano de un joven haitiano en Florida, que hacía trabajos ocasionales para la familia de Peter, afirmó estar asociado con este misterioso culto, y Peter estaba esperando la llegada de este hombre, un tal Metellus Dalby, que le traería noticias de la última reunión del grupo. No tuvo que esperar mucho. Casi parecía como si los ladridos de los perros insomnes hubieran sido proféticos, un oráculo arrancado por alguna influencia sobrenatural en sus agudos sentidos ajenos a los humanos. Al cabo de quince minutos, alguien llamó a la destartalada puerta de su habitación.

Dejando la pequeña galería donde había ido a tomar un poco de aire, solo para encontrar más del sofocante calor de la ciudad abarrotada, Peter avanzó la corta distancia hasta la puerta y la abrió. El hombre frente a él era un haitiano, alto, delgado y muy negro.

—¿Ya has vuelto? —preguntó Peter, sorprendido, en criollo. Sonó casi como una reprimenda.

—Con buenas noticias, m’sieu —asintiendo enérgicamente, Metellus Dalby pasó junto a él y entró en la habitación, luego se dio la vuelta para mirarlo—. Habrá una gran reunión del culto esta misma noche. ¡Debes acompañarme!

La brillante luna gibosa iluminó la escena de dos hombres, uno blanco y otro negro, mirándose el uno al otro. Entonces el haitiano volvió a hablar, más despacio.

—Pero hay algo que debemos hacer primero, mon ami.

De un bolsillo de sus pantalones anchos sacó una botella de medio litro de un líquido oscuro. Peter asintió.

—¿Cuánto tiempo tardará?

—Aplicaré la primera capa ahora, otra alrededor del mediodía y una tercera antes de comenzar el viaje —su sonrisa se amplió hasta convertirse en una luna creciente—. Te verás como uno de los míos cuando termine, te lo prometo. Y aunque te pique un poco, no te molestará.

—¿Qué hay de mi nariz afilada, mis labios delgados? —por primera vez, Peter vio esos rasgos como marcas de origen extraterrestre.

—Los haitianos vienen de todas las formas, amigo. Algunas de nuestras damas en las carrozas de Mardi Gras podrían ganar premios en cualquier parte del mundo. Las has visto.

La Pensión Etoile estaba en el Campo de Marte y, al ser parte de la ruta del Mardi Gras, Peter miró involuntariamente por la ventana, como si esperara a medias ver las bandas de música y las carrozas llamativas. Su compañero volvió a sonreír, mostrando sus dientes blancos.

—Puede que te queme un poco este tinte vegetal —advirtió Metellus—. Pero no mucho. Pronto volverás a estar cómodo, te lo prometo.

Peter se preguntó qué tipo de diligencias habían hecho que Metellus estuviera tan familiarizado con el material y su uso. Al igual que la CIA, los antropólogos a veces tenían que tratar con personas que podían hacer las cosas cuando solo había formas dudosas de hacerlo.

Peter dio los dos o tres pasos hasta la cama, se quitó la parte superior del pijama y se tumbó de espaldas. Sacando el corcho de la botella e inclinándose como una masajista sobre su cliente, este hombre al que miraba cada vez más como un amigo, inició el proceso de oscurecer aquellas partes del cuerpo del hombre blanco que quedarían al descubierto por el atuendo de manga corta. Mientras lo hacía, habló.

—Lo que sucederá esta noche, m’sieu, te interesará, estoy seguro. Estas personas planean una reunión especial en la que llamarán a los Antiguos para que se presenten. Hay una línea que escuchará y debe estar listo para unirse la primera vez que la escuche: No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con extraños eones, incluso la muerte puede morir. Lo escuché en la Península Sur. Se me dijo que no era para los oídos de cualquiera. No querrás sonar como si fuera nuevo para ti. No está muerto —repitió—, lo que puede yacer eternamente, y con extraños eones, incluso la muerte puede morir.

—¿Qué significa? —Peter preguntó con el ceño fruncido.

El haitiano se encogió de hombros.

—¿Quién sabe exactamente? Pero ellos conocen su significado, y quizás después de esta noche nosotros también lo sepamos.

Se quedó en silencio, dándole al hombre blanco la oportunidad de repetirse la fórmula en silencio hasta que la supiera. Cuando la botella estuvo vacía, Metellus se apartó de la cama para mirar a Peter y luego asintió.

—Deberíamos planear estar allí antes de que oscurezca, para poder mostrar mi trabajo de la mejor manera, ¿eh? Podemos usar mi Jeep para llevarnos hasta Furcy, luego tendremos que caminar unos kilómetros. Esos senderos de montaña no son fáciles.

Peter prestó la menor atención posible a su piel hormigueante y se miró en el espejo mientras hablaba con su compañero.

—¿A qué hora saliste de allí esta noche?

—Justo después de la medianoche.

Peter miró un reloj despertador en su cómoda, restando los minutos que había pasado. Sus manecillas perezosas marcaban ahora las cinco menos cinco, y Metellus había estado allí, ¿cuánto tiempo? ¿Cuarenta y cinco minutos? ¿Un poco más?

—¿Entonces queremos estar ahí a qué hora?

—Creo que debería pasar a recogerte a eso de las tres de la tarde.

Asintiendo con naturalidad, Peter abrió la parte superior de la cómoda, un lugar de almacenamiento sin absolutamente ninguna seguridad, para sacar su billetera. De allí le entregó al haitiano unos billetes.

—Llena el tanque de gasolina. Y consigue algo de comida también. No se sabe en qué nos estamos metiendo.

—Gracias, jefe —respondió con una nota de ironía, advirtiendo que había más de lo necesario para las tareas que Peter había estipulado.

Se fue, y la única compañera de Peter volvió a ser la humedad, que a estas alturas parecía haber vencido a los perros, por fin callados. Quizás ahora podría dormir un poco. Cuando el tinte de su piel pareció estar lo suficientemente seco, Peter regresó a la cama y se quedó dormido hasta media mañana, sabiendo que probablemente no dormiría en absoluto en la noche que tenía por delante. ¿Quiénes o qué, se preguntó, eran los Antiguos de los que había hablado su amigo haitiano? Dioses más antiguos que el panteón convencional de Obeah, sin duda. ¿Pero qué dioses? ¿De qué tipo? Más tarde le pareció vagamente que sus sueños de esa mañana intentaban darle alguna pista, pero no pudo recordarlo.

Aquella tarde, cinco minutos para las tres, Metellus giró su jeep hacia el camino de entrada de la Pensión y Peter, que estaba preparado, entró directamente en él. Varios de los otros huéspedes habían mirado descaradamente a Peter mientras bajaba las escaleras de su habitación del segundo piso y caminaba por el pasillo de la planta baja hasta la puerta. Sin duda se sorprendieron al ver que un hombre blanco se había convertido en negro, pero nadie lo cuestionó, tal vez sintiendo que era más seguro no hacerlo. Mientras se deslizaba en el asiento al lado del conductor, su amigo haitiano asintió con la cabeza y dijo:

—Veo que el tinte funcionó bien. Si yo fuera usted, me estaría preguntando cuánto tardará en desaparecer.

—Lo he pensado, ahora que lo mencionas —Peter sonrió mientras se ponía lo más cómodo posible.

El Jeep era viejo, abierto, con una capota de tela para proteger a sus dos ocupantes de la lluvia o el sol.

—Puedes seguir siendo haitiano durante tres o cuatro días —dijo Metellus, con aire de médico, mostrando nuevamente sus dientes blancos.

—Puedo pensar en cosas que no preferiría ser.

—¿Eh?

Peter se dio cuenta de que probablemente no había redactado correctamente el comentario en criollo.

—Siempre y cuando funcione esta noche —corrigió.

—Sí —respondió Metellus con una gravedad repentina y sorprendente, mientras salía del camino de la Pensión—. Siempre y cuando los Antiguos no sepan quién y qué eres en realidad.

Peter pensaba en ese comentario de vez en cuando mientras los dos viajaban por la sinuosa carretera hacia Petionville, donde vivían muchos de los ciudadanos más ricos del país para escapar del calor y la miseria de la capital de Haití.

Permaneció en su mente en la subida aún más larga por una estrecha carretera asfaltada hasta el pueblo de montaña de Kenscoff. Y le golpeaba la mente de vez en cuando Metellus, un conductor hábil y cuidadoso, subía con el pequeño vehículo por la última subida sinuosa hasta el final de la carretera de Furcy. En varias ocasiones Peter se había girado en su asiento para mirar hacia abajo a través de la bruma de calor que se cernía sobre los tejados de la capital, como si tratara de penetrar las nieblas opacas de la antigüedad. Se preguntó por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. ¿Todos los antropólogos vivían peligrosamente? Solo los misioneros terminaron en cacerolas, ¿no es así?

Su compañero detuvo el vehículo frente a una casa de campo y Peter salió de su ensueño.

—Dejaremos el Jeep aquí —anunció Metellus—. Esta gente me conoce.

Miró el reloj en su muñeca. Peter había observado anteriormente que usaba un Rolex o algo así, lo que uno pensaría fuera del rango de cualquier ingreso legítimo. Pero sabiamente lo había cambiado por un Timex más modesto para la ocasión.

—¿Tienes hambre, amigo mío?

Sus ojos concluyeron un barrido de la cabaña y lo que había más allá, Peter apenas captó las palabras, pero respondió:

—No lo había pensado. El calor me quita el apetito. Pero tal vez deberíamos comer algo.

Metellus se deslizó de su asiento y se inclinó hacia la parte trasera del Jeep para sacar una bolsa de comida. Resultó ser una extraña mezcla de frutas, verduras y la peor clase de comida chatarra grasosa. Más de todo lo que podían esperar comer.

Y había alcohol. Metellus abrió la bolsa y le dio a elegir. Peter tomó un par de manzanas y un panecillo. Metellus tomó aún menos. Justo en ese momento se abrió la puerta de la cabaña, y fue una atractiva mujer negra de mediana edad quien los saludó a ambos con una sonrisa y un feliz ¡Bon jour!

Metellus le entregó el resto de las provisiones. Desde allí caminaron. Y Peter pronto descubrió y apreció por qué Metellus había considerado prudente llegar a su destino antes de que oscureciera. Más que un sendero era una serpiente retorciéndose por el bosque. A veces se veía bloqueado por ramas de árboles caídos, en su mayoría pinos, y por rocas que debían haber caído de la montaña. Parecía interminable.

Peter estaba cansado, su compañero apenas menos, cuando la pareja finalmente llegó a un grupo de chozas en un claro que, afortunadamente, resultó ser su destino. Pero no habría descanso para ellos. La gente salía a grandes zancadas de las cabañas, en su mayoría hombres, y Metellus tuvo que presentarles a Peter.

Tuvo que sonreír y permanecer de pie mientras su compañero les explicaba que Peter era un floridano, amigo de su hermano, y que estaba profundamente interesado en los Antiguos. También que estaba ansioso por participar en los procedimientos de la noche, al menos como observador. Peter momentáneamente comenzó a escuchar la verdad exacta de los labios del otro. Había esperado más fingimiento que esto, aunque no podía pensar en ninguna razón real para que fuera necesario.

Para cuando se presentó al recién llegado había oscurecido lo suficiente como para que las linternas se encendieran y colgaran en los árboles circundantes, y los tambores de vodun comenzaran a vibrar. Nadie parecía sospechar de él, y las únicas miradas en su dirección que notó parecían ser corteses y amigables. Devolvió las sonrisas que vio y esperó lo mejor. Preguntó si podía hacer algo para ayudar a prepararse, le dijeron que era un invitado y que no debía ocuparse con esas tareas. Esto lo tomó como permiso para cabecear y tomar una breve siesta.

Una vez que sintió que Metellus lo despertaba con un codazo se dio cuenta de que había dormido durante al menos tres horas. La luna estaba alta y el claro ahora estaba lleno de figuras ansiosas que se movían de un lado a otro, creando casi un efecto estroboscópico al pasar rápidamente ante las lámparas y linternas encendidas. Se puso rápidamente de pie y miró nerviosamente para asegurarse de que su postura no hubiera revelado ninguna carne rosada. La sonrisa de Metellus lo anticipó y le hizo saber todo estaba bien.

Los dos se apresuraron a entrar en el círculo y buscaron buenos asientos, cerca de la acción, cualquiera que hubiera, pero no demasiado, para que no se notara alguna sorpresa o desgana de su parte. Aquí, en la escena misma, Peter se preguntó por primera vez cuántas celebraciones de esta secta había visto realmente Metellus. Hablaba enigmáticamente sobre ello, como si supiera poco, y sin embargo parecía ser bastante conocido para los reunidos.

Quizás había recibido sólo un grado preliminar de iniciación y sólo podía adivinar, como Peter le había oído, los verdaderos secretos del culto. ¿Pero no implicaba eso que él mismo, un forastero, no podía esperar ver algo fuera de lo común? Bueno, no había nada que hacer más que esperar ahora.

Echó un vistazo a la multitud apretada. La escena era familiar, al igual que las expresiones de expectación aventurera en los rostros negros relucientes por el sudor y la luz del fuego. Luego, con un sobresalto que esperaba que nadie notara, vio rostros de un reparto más ominoso, rostros curtidos y altivos cuyas líneas peculiares delataban emociones habituales y exaltaciones de un tipo que no podía adivinar.

Algunos tenían cicatrices rituales, otros tenían tatuajes y pintura descoloridos. También había aros de extraña mano de obra, algunos sugiriendo las formas de extrañas criaturas marinas. Aquí había algo nuevo. ¿Podría tal vez entrevistar a estos viejos, que sin duda eran esos bocors y houngans curiosamente aliados que, según el rumor, había descrito como improbable que se unieran para algún propósito espantoso? De alguna manera sintió que sus posibilidades de eso eran escasas.

Su entusiasmo se redujo a la decepción una vez que la congregación se calló como por alguna señal tácita y comenzó el servicio. El celebrante, un anciano de rostro arrugado y una voz poco más que un susurro fatigado, cantó las habituales oraciones introductorias. Dibujó las vevas habituales alrededor de la base del poste central o poteau mitan. Sin dejar de zumbar, como si recitara con cansancio una canción de cuna para niños, llamó a la serie habitual de deidades vodun: Legba, Ogoun, Erzulie, Damballah y el resto. Peter había visto y oído todo esto muchas veces antes. Y, sin embargo, los cultistas reunidos parecían estar aún más ansiosos, como si su parte favorita estuviera en camino.

De inmediato, el carácter rutinario se desvaneció. Los preliminares, superficiales, habían terminado. Los gestos en la multitud se volvieron rápidos, incluso violentos, golpes sin rumbo, golpeando cabezas y torsos ajenos al impacto. Los ojos se pusieron en blanco, la gente se levantó ciegamente, cantando estridentemente, uniéndose a una frenética danza de serpientes que seguía al líder. A la señal urgente de Metellus, Peter se unió lo mejor que pudo. Se esforzó por distinguir las palabras que se cantaban y, debido al número de voces, veinticinco más o menos, le resultó difícil. Especialmente difícil para alguien para quien el criollo no era su idioma principal. Sin embargo, entendió algo de eso. Y para su sorpresa, estas bacantes negras no estaban invocando a los dioses tradicionales del vodun, cuyos nombres había escuchado momentos antes, sino a alguien, algo, mucho más antiguo. Los nombres eran completamente nuevos para él, y se dio cuenta de que por eso eran tan difícil de entender. Algunos de los nombres eran tan extraños, y fueron ladrados y gritados más allá de la comprensión. Tulu... Nigguratl, Yig, Nug y Yeb. Y la cacofonía estaba dando paso rápidamente a algún idioma extraño, cada vez menos criollo.

Un destello intuitivo le dijo lo que debía estar pasando aquí. Antiguos. Él sabía, cualquiera sabía, que el cristianismo nominal de los haitianos y otros pueblos caribeños enmascaraba apenas las religiones africanas de sus antepasados anteriores a la esclavitud. Podían llamar al objeto de su devoción extática Santo esto o aquello, pero en realidad estaban invocando a Damballah, al barón Samedhi y a los demás dioses de la antigua África. Pero lo que estaba contemplando aquí era algo más: estos Antiguos tenían que ser dioses y demonios inconcebiblemente arcaicos a los que se habían ofrecido sacrificios a gritos en las edades del amanecer antes de Zimbabwe, Benin y Opar, deidades cuyo culto había sido finalmente prohibido y rechazado para refugiarse bajo los nombres de los dioses más sanos de Zulu, Ashanti, Shona y otras tribus. Detrás de sus mitos, las Cosas de la Blasfemia Mayor todavía acechaban y deliraban, ya que los espíritus benignos de las religiones africanas se esconderían más tarde detrás de los halos de los santos católicos.

En un momento lo supo.

Continuaron los cánticos y los tambores. También lo hizo el baile, ya que los cultistas formaron un círculo y continuaron moviendo los pies, algunos con sandalias de suela plana, otros descalzos, en una procesión. El celebrante, cuyo letargo hacía tiempo que se había desvanecido, saltó al centro del círculo y comenzó a girar, con sus ojos vidriosos siguiendo a la multitud que giraba a su alrededor. Gritó algo una vez, dos veces, apuñalando con un dedo en dirección a dos de la multitud en trance. Una de ellas, que apenas pudo haber sido consciente de la convocatoria, una adolescente, se separó del grupo y cayó al suelo. Fue seguida instantáneamente por una segunda, esta una vieja bruja.

Más vocablos groseros brotaron de la garganta en carne viva del sacerdote vudú, y las dos mujeres se deshicieron obedientemente de toda moderación, sus rostros aun extrañamente vacíos, y comenzaron una salvaje lucha a muerte. Gotas de sangre y carne arrancada volaron por todas partes, y el estómago de Peter se revolvió. Puñados de carne humana, un ojo, otro, esparcidos por el aire. La sangre de alguna manera lo salpicaba desde la dirección de las dos mujeres como si la arrojara una lata de pintura. El joven antropólogo descubrió que su conciencia se tambaleaba. Despertándose un momento después, se dio cuenta de que había caído en los brazos de Metellus. Rezó para que nadie más hubiera notado esta falta de valor, pero una mirada rápida le dijo que nadie le estaba prestando atención.

Partes de las dos formas andrajosas rodearon al anciano sacerdote, que ahora se hundió en sus huesudas rodillas y comenzó a recoger la sangre y aplicársela a sí mismo, un sangriento bautismo, finalmente cayendo y rodando en el charco carmesí. Los demás se quedaron en silencio, mirando atentamente, Metellus y Peter no menos que el resto. El anciano permaneció en una postura de súplica, sus ojos mostraban solo el blanco, entonando un cántico que le retorcía la garganta.

Peter sabía que en un ritual vodun ordinario uno esperaría que comenzaran los trances extáticos de posesión, nada muy siniestro, no muy lejos de lo que sucede en cualquier ceremonia pentecostal de los Apalaches. Pero le esperaba una sorpresa. De una de las cabañas cercanas apareció una figura extraña. La multitud giró como una sola para enfrentarse a ella. Los tamboristas se quedaron inmóviles con las manos levantadas sobre sus parches. En el claro avanzó lentamente, con patas como garras, cada una de unas cuarenta y cinco pulgadas de largo, un cuerpo como el de un pollo pero tan grande como un barril, con la cabeza de un macho humano. Y no parecía ser un disfraz. Detrás de él, en una sola fila, venía media docena de otras monstruosidades. En absoluto silencio (Peter notó distraídamente las lejanas cacinaciones de los insectos del bosque) los cultistas ampliaron su círculo para dar suficiente espacio a los recién llegados.

Luego vino otro, por sí solo. Una criatura que el antropólogo Peter Macklin reconoció de sus lecturas. ¿Cuál era su nombre? No podía recordar. Su mente estaba demasiado confusa para funcionar correctamente.

Pero la cosa era como un pulpo. Uno enorme. No se podía ver todo porque parecía brotar una serie de tentáculos ondeando y entretejidos. Se movían con suprema facilidad a pesar de la falta de un medio fluido. Todo parecía estar en movimiento, un movimiento hipnótico. Algunos de los tentáculos lo movieron hacia adelante; otros se retorcían y temblaban sobre su cuerpo bulboso, reluciendo grasosamente a la luz del farol que iluminaba todo el claro. Luego, cuando se acercó, Peter vio que se había equivocado; en realidad, era más como una enorme serpiente de mar, con grandes garras de aspecto feo en algunos de sus brazos, ¿o eran los brazos en realidad pies? Todo lo que sabía con certeza era que le vino a la mente un nombre.

La Cosa monstruosa se unió a las que la habían precedido. Peter ya no estaba seguro de lo que era o no era una alucinación. De alguna manera parecía que estaba mirando una línea de criaturas gigantes vistas desde una gran distancia. Pero luego parecían estar paradas aquí, con sus adoradores humanos, en este claro en la cima de una colina haitiana. Metellus, al lado de Peter, ahora a su izquierda, se inclinó hacia su compañero, que claramente palidecía. Dijo en voz baja:

—Ese último es el temido Tulu, amigo mío.

El nombre que se le había ocurrido a Peter era diferente. Cthulhu.

Pero él solo asintió. Y luego sintió dos pares de manos fuertes tomar sus codos y guiarlo rápidamente fuera del círculo y dentro de una de las chozas, no aquella de la que habían emergido las entidades. Por un momento, en medio de su repentino pánico, a Peter se le ocurrió preguntarse cómo cualquiera de las pequeñas cabañas podría haber contenido a las grandes criaturas que veía. Una voz familiar habló con los acentos inteligibles del criollo. Era Metellus.

—No te preocupes. La ceremonia ha llegado a un punto que quizás no veamos. Vamos, descansa —Metellus señaló una estera de paja suave en el suelo.

Peter sintió que se hundía rápidamente en el sueño. Quizás en verdad lo habían hipnotizado, o quizás las conmociones emocionales que había experimentado estaban resultando demasiado para él. No opuso resistencia. No se dio cuenta de si Metellus se acostó a su lado o regresó a las festividades.

Peter durmió sin sueños, o al menos no los recordó, y esto con una extraña sensación de alivio. Lo despertó la mano que le sacudía el hombro. Un par de haitianos grandes lo condujeron sin decir palabra a otra de las chozas. Allí, con las piernas cruzadas y completamente limpio de las impurezas de la noche anterior, estaba sentado el sacerdote marchito, que silenciosamente le indicó que se sentara en el suelo frente a él. Sus dos criados asumieron posiciones de espera a ambos lados de la estructura, pareciendo mezclarse con las figuras bárbaras representadas en las cortinas que cubrían las paredes circulares. Peter no sintió miedo, solo una sensación de anticipación nerviosa.

El criollo del anciano era claro, y su voz, firme.

—Joven señor, creo que le gustaría unirse a nosotros. ¿No ha venido entre nosotros con ese propósito? Se requerirá una simple iniciación. No se preocupes. No sufrirá ningún daño, a pesar de lo que tal vez crea que fue testigo anoche. Entonces, y solo entonces, podrán serle revelados nuestros verdaderos secretos.

Peter no vaciló. De hecho, ¡esto era más de lo que podía haber esperado!

Había visto algo perturbador la noche anterior, al menos creía haberlo hecho. Pero no recordaba qué. Quizás había soñado después de todo. En cualquier caso, esta sería una oportunidad incomparable para la observación. ¡Esta era su oportunidad de hacer una investigación original sobre una religión afrocaribeña prácticamente desconocida! ¡Su carrera académica iba a tener un buen comienzo!

—Sería un honor, abuelo. Sin embargo, debo decirle que eventualmente debo regresar a los Estados Unidos, donde tengo obligaciones. No podría estar presente con tanta regularidad como desearía. ¿Puedo unirme a ustedes de todos modos?

—Su amigo Metellus nos ha dicho que dividirías tu tiempo entre aquí y los Estados Unidos. Eso no plantea ninguna dificultad. Nos traes sangre nueva. Creo que su llegada será una bendición tanto para usted como para nuestros divinos señores. De hecho, no tengo ninguna duda de que fueron ellos quienes guiaron tu camino hacia nosotros.

Peter sonrió y respondió:

—Estoy seguro que tiene razón, abuelo.

En secreto se preguntó cuán encantado estaría el anciano, o cualquiera de los otros cuando publicara su investigación sobre su culto. Odiaba traicionar una confianza de esa manera, pero a veces era necesario si se quería compartir el conocimiento con los colegas y con el mundo.

—Ve y descansa ahora, joven Peter, hasta esta noche, cuando harás el primer juramento de Damballah. Permanece en tu cabaña hasta que se ponga el sol. Entonces estos hermanos (indicando a los dos gigantes que aún permanecían en silencio como esculturas los recogerán para la ceremonia, en la que se convertirán en uno con nosotros.

Sonrió. Ambos hombres se levantaron. Cuando regresó, Peter se alegró de ver a Metellus esperándolo.

—¡Esta noche voy a ser iniciado, Met!

—Yo también —respondió el haitiano, haciendo que los ojos de su amigo se agrandaran.

—Casi sospechaba que ya eras miembro, como todo el mundo te conoce aquí.

—La verdad es que hice el Primer Juramento cuando era un niño. Tomé el segundo cuando llegué a la edad adulta, a los trece años. Aprendí más entonces de lo que sabes ahora. Pero las Cosas Profundas, como las llaman, se revelan solo a aquellos que prestan el Tercer Juramento de Damballah. Eso es lo que voy a tomar esta noche. Esperaba hacerlo. Pero ahora empiezo a preguntarme, a preocuparme. Creo que tal vez ya he visto demasiado.

—¿Quieres decir... anoche?

—Sí, eso es exactamente lo que quiero decir. Excepto que no sé a qué me refiero. No recuerdo mucho, excepto algunas pesadillas posteriores. No sé qué era un sueño y qué no. ¿Tu sí?

Peter negó con la cabeza, un ceño fruncido se posó en su rostro manchado.

—No estoy seguro de querer seguir adelante, Peter. Y estoy aún menos seguro de que debas seguir adelante.

—¿Pero por qué no, Met? ¡Parece una oportunidad única en la vida!

—¡Oh, lo es para ellos!

—No te sigo.

—Lo único que no saben de ti, mon ami, es que eres blanco. Dudo que les importe. Verás, creo que quieren usarte, tu posición en la sociedad en los Estados Unidos. Saben que tendrás conexiones que nunca podrían obtener, la influencia que desearían tener.

—¿Para qué?

—Oh, el culto es muy antiguo. Alguna vez tuvieron poder e influencia a una escala que no puedes imaginar. Les encantaría recuperarlo. Al menos eso es lo que los Primigenios les dicen en sueños. Lo sé, porque desde el Segundo Juramento comparto algunos de esos sueños. Y creen que puedes ayudarlos a recuperar su antiguo poder. Y te diré algo más, estoy bastante seguro de que nunca te dejarán publicar los hechos de lo que realmente está sucediendo aquí. Solo una especie de versión atenuada. Lamento molestarte, Peter. Me iré ahora. Quiero explorar un poco el campamento. Te veré esta noche antes de la ceremonia. Hasta entonces, piensa en lo que he dicho, ¿de acuerdo?

Metellus se fue sin darle a Peter la oportunidad de responder.

Peter pensó un poco en el asunto, aunque nada lo convenció de cambiar de opinión. Había invertido demasiado. ¿Y qué daño podría ocasionar? Metellus parecía haber sobrevivido sin dificultad. ¿Y qué le preocupaba de repente? Estaba oscuro en la cabaña y, aunque no hacía tanto calor como en el campo de abajo, el lugar seguía siendo bastante sofocante. Así que hizo lo que solía hacer en esos días. Sin realmente decidirlo, se durmió.

Soñó. En su sueño, Metellus regresó antes de lo que había dicho. Tenía una sensación de gran urgencia, dijo que se las había arreglado para recordar algo. Pero cuanto más le suplicaba a Peter que se levantara y dejara el recinto con él, más profundamente parecía hundirse Peter en el sueño. Fue un sueño extraño, y Peter comenzó a olvidarlo tan pronto como sintió que unas manos lo sacudían para despertarlo. Eran manos negras, pensó en Metellus al principio, pero no. El sacerdote le había enviado a los dos escoltas silenciosos como había prometido. Peter se alegró de unirse a ellos y se sorprendió, una vez que se abrió la puerta, al ver que ya estaba anocheciendo. No había rastro de Metellus. Probablemente estaba de camino al área del ritual donde la multitud comenzaba a reunirse. También Metellus, recordó, debía someterse a una iniciación esta noche.

Rostros sonrientes saludaron al forastero. La multitud se separó como una cortina para dejarle penetrar hasta el centro, donde el anciano sacerdote, con sus mejores galas ceremoniales, estaba de pie sosteniendo una taza de cerámica. Ya estaba cantando. No sonaba a criollo. El postulante se encontró con la mirada del anciano, sonriente y, esperaba, reverente. Pero no pudo evitar echar un vistazo aquí y allá para comprobar la presencia de Metellus. Aun así, no apareció.

Peter se sintió incómodo por el extraño idioma, lleno de guturales y gruñidos, pero también con acentos que se retorcían en la lengua y sonaban líquidos, casi melodiosos y, sin embargo, de alguna manera bestiales. Quedó claro, cuando el sacerdote se acercaba a un crescendo, que estaba recitando las condiciones de un juramento, el Juramento a Damballah. Peter sabía que pronto tendría que aceptar lo que fuera que le pidieran. Si tan solo Metellus estuviera aquí para ayudarlo a darle sentido a todo. Pero claro, pensó con pesar, ¡él era el antropólogo!

Debería poder resolverlo. Ahora no había nada más que seguir con el drama. Cuando el sacerdote se detuvo, mirando expectante a Peter, este asintió y se inclinó, esperando que eso fuera suficiente. Debe haberlo hecho, porque el anciano dijo algo más ininteligible para su congregación, y estallaron en aplausos y gritos de alegría. Las mujeres y los niños se acercaron para colocar coronas de flores alrededor de su cuello, y una corona de laurel sobre su sudorosa frente. Varios sumergieron los dedos en la copa que sostenía el anciano sacerdote y luego hicieron cruces en el rostro y la frente de Peter con la sustancia roja que contenía la copa.

Después de que todos tuvieron su oportunidad, el anciano le ofreció la taza a Peter y le invitó, esta vez en criollo claro, a tomar un trago. Peter ya sabía que debía ser sangre de sacrificio. Pero él no era de los que se sorprendían o disgustaban con las costumbres paganas. Como antropólogo de campo nunca podría permitirse semejantes escrúpulos. Así que tomó la taza y bebió de la bebida salada. Siguieron más vítores. Supuso que había prestado con éxito el primer Juramento de Damballah. Ahora solo necesita esperar para descubrir a qué secretos le dio derecho la iniciación. Era una constante intercultural: los iniciados en cualquier culto recibían un catecismo sobre las verdades internas, aunque es posible que otros secretos aún más profundos permanezcan en espera de nuevos grados de iniciación, grados que él esperaba que no le tomara mucho tiempo alcanzar. Todo era cuestión de investigación y de hacer amistad con estas personas. Y eso no debería ser demasiado difícil. Como todos los haitianos que había conocido, eran claramente bondadosos y amistosos.

Los tambores empezaron a vibrar y sus pulsos aceleraron involuntariamente el ritmo.

El sacerdote señaló una de las cabañas y Peter se dio cuenta de que el ritual no había terminado después de todo. Miró a su iniciador, luego en la dirección que había señalado. Encogiéndose de hombros, decidió que estaba listo y se dirigió a la cabaña. Ahora notó de que los tambores se movían en círculo alrededor de la pequeña estructura.

Mientras el chamán caminaba a su lado, Peter se atrevió a susurrarle:

—Abuelo, me haces un gran honor. ¿Pero dónde está mi amigo? ¿No iba a recibir él también esta bendición?

El anciano sonrió y movió la cabeza con entusiasmo.

—Así es. Y así lo hizo, hace menos de una hora. Lo verás muy pronto. Y ahora, hijo mío, aprenderás los secretos de la vida y la muerte. Primero la vida. El segundo Juramento de Damballah.

Dicho esto, abrió la endeble puerta. Peter entró y miró a su alrededor. Había espacio para una almohadilla en el suelo y no estaba desocupada. Su carne negra reluciente a la luz de bancos de velas, la encarnación misma de la vitalidad femenina haitiana se extendía de manera tentadora. Sus pulsos martillearon, sus hormonas subieron.

Los tambores afuera pensaban por él, ¡aunque pensar tenía poco que ver con una situación como esta! Ella estaba desnuda y, en un momento, él también lo estaba. Mientras la montaba, tan impaciente como ella, pudo verla bien y vio dos cosas con un grito ahogado. La reconoció como la mujer en cuya cabaña habían dejado el coche de Metellus. Y sus ojos estaban completamente vacíos, perdidos en un éxtasis que era al menos tan espiritual como sexual, probablemente más.

Peter comprendió que estaba en medio de un trance de posesión, sin duda creyendo que estaba habitada por el espíritu del amor, Erzulie. Nunca se había imaginado hacer el amor con una mujer en tal estado. Cuando entró en ella, bombeando locamente, descubrió que era como un volcán, un mustang que se retorcía. Era todo lo que podía hacer para aguantar, para ganar apoyo y conducir él mismo a casa una y otra vez hasta que llegara la descarga explosiva. ¡Fue glorioso!

Él se quedó sin aliento, se dio la vuelta, sintió que sus miembros flexibles se estremecían, temblaban y se relajaban gradualmente. Aun así, ella no dijo nada. Y en el silencio posterior, Peter pudo detectar los tonos bajos de un canto antifonal. A un lado de la cabaña, pudo distinguir voces masculinas. ¡Repetían una invocación, Nigguratl! Entonces las voces femeninas respondieron, ¡Yig!

Se preguntó qué significaba específicamente. Sabía lo que significaba en general: acababa de participar en un rito sagrado más antiguo que Baal y Asera, el Hieros Gamos, o matrimonio sagrado entre dios y diosa, entre el cielo y la tierra. Se suponía que era una garantía mágica de fertilidad para los campos. Mientras esto pasaba por su mente, se dio cuenta por primera vez que había expuesto su carne medio teñida. Pero la mujer no lo había notado.

Apenas había logrado cambiarse la ropa cuando el anciano sacerdote abrió la puerta, exponiéndolo a las caras risueñas y ansiosas de tantos cultistas como pudieron ver el interior. El anciano le hizo señas para que saliera, mientras un par de mujeres mayores pasaban corriendo junto a él para ver a la mujer, que comenzaba a despertar de su trance. Seguía tambaleándose por el éxtasis y el cansancio, pero evidentemente no iba a haber descanso.

Manos ansiosas lo condujeron a una choza más pequeña, esta con humo saliendo de las esquinas de las puertas. Observó vagamente que sin duda era una cabaña de sudor, parte del patrón universal de los ritos de iniciación. Podrías encontrarlas en culturas prealfabetizadas en todo el mundo: amerindios, siberianos, melanesios, habitantes de la selva amazónica. En la mente preconsciente de Peter descansaba el conocimiento de que la choza de humo simbolizaba el útero del segundo nacimiento, el nacimiento a un plano superior. Sería una prueba, diseñada a través de la falta de oxígeno y la privación sensorial, para producir visiones, generalmente visiones que reflejan las máscaras tótem tradicionales de la tribu. ¿Qué vería, si es que veía algo?

Medio tropezando, en parte debido a los empujones de su escolta, en parte por su aturdimiento residual, Peter cayó al suelo dentro de la cabaña iluminada por el fuego. El suelo era llano pero no duro. La luz parpadeó con su fuente. Sintió una gran necesidad de entregarse a dormir. ¿Cuándo había dormido tanto? No podía recordar. Se fue a la deriva. Supuso que estaba dormido de nuevo, porque ahora parecía haber una fila de figuras agachadas y sentadas frente a él, una fila demasiado larga para el pequeño espacio. Pensó que debería conocerlas.

Seguramente había algo familiar en ellas. Y luego recordó que había marcado sus rostros la noche anterior, en esa ceremonia que había olvidado en gran medida. Quizás recordaría más ahora que estaban aquí de nuevo, los bocors, los houngans, los hechiceros tatuados y marcados del culto. La luz del fuego hacía cosas extrañas en sus contornos, eso era seguro, pero a Peter le parecía que eran sus sombras las más extrañas de todas. No parecían corresponder ni remotamente con los cuerpos que los proyectaban. El hombre del medio, con los pendientes de aro y las peores cicatrices en el cuello: la sombra que se cernía sobre él le recordaba vagamente a los contornos del Gran Tulu, las tenazas unidas a cuellos y apéndices ondulados. Los demás eran todos diferentes pero igualmente inadecuados. Sí, los Primigenios. Estaba empezando a recordar.

El portavoz del grupo abrió los ojos y Peter no vio iris ni pupila, solo una extensión vacía de un verde brillante, como cuando un rayo de sol penetra en el agua del mar por encima de un buceador. La figura empezó a hablar. Parecía como si hubiera estado hablando durante algún tiempo, como si alguien hubiera encendido una radio en medio de un discurso. Pero el contenido definitivamente estaba dirigido a él.

—Sabemos que es conocimiento lo que buscas. Los verdaderos buscadores vienen a nosotros tarde o temprano, como tú has venido. Aquí aprenden el camino superior, el camino hacia el pasado. Pero usted es especial, señor joven. Los Primigenios te han enviado a nosotros con un propósito. Puedes ayudarnos a recuperar el pasado.

Peter sintió que debería estar sentado en una postura de respeto o veneración hacia estos viejos santos, estos ancianos de la comunidad. Pero estaba completamente vacío, apenas capaz de captar lo que se decía. Se quedó allí tendido como una muñeca flácida, esperando que no se ofendieran.

—Sabemos que quieres conocer nuestros secretos para poder ganar fama traicionándolos al mundo exterior. Eso no puedes hacer. Pero ganarás tu fama. Escribirás tu libro. Te diremos lo que se puede decir. Otros incluso podrán verificar lo que dices. Y cuando tengas tu fama, la tendremos. Y luego te enviaremos algo más que puedas contarle a tu mundo. Es un mundo que ama las drogas. Sustancias.

Una oleada de risas siguió a esto.

—En ese día, tal vez dentro de dos o tres años, cuando seas el famoso profesor, les dirás que has descubierto algo grandioso entre nosotros. Les dirás que los viejos médicos brujos de la isla no son tan estúpidos. Que tienen secretos químicos de las selvas tropicales. Polvos que pueden levantar el ánimo, que pueden extender la virilidad, que encogerán la grasa del culo del hombre blanco. Y lo hará. Y hará otras cosas que sus pruebas no mostrarán. Y de esta manera, tú, hijo mío, abrirás sus corazones para amar el pasado de los Primigenios. Y en ese día ustedes los hombres blancos cantarán como cantamos: No está muerto lo que puede yacer eternamente. ¡Y con extraños eones, incluso la muerte puede morir!

No los vio irse. Tal vez se había desmayado, perdido el conocimiento incluso dentro del sueño. Pero al fin volvió a despertar, seguro para entonces de que lo habían drogado en secreto, incluso antes de que lo llevaran a la cabaña de sudor. Ahora los vapores le hacían toser. Eso es todo, se había despertado tosiendo. Había algo en el humo que estaba jugando con sus fosas nasales, que también lo mantenía confundido. Pero eso, por supuesto, era parte del régimen. No le preocupó demasiado. Pero se le pasó por la cabeza preguntarse por Metellus. ¿Estaba en otra parte del campamento, pasando por algo similar?

Y luego: ¡ahí estaba!

Peter se estremeció de sorpresa.

—¡Peter! ¡Cometí un gran error al traerte aquí!

La imagen de su amigo flotaba cerca. El hombre debía estar arrodillado para mirar el rostro empapado de Peter.

Peter sonrió y extendió la mano para tocar el hombro del otro y tranquilizarlo, pero no pudo alcanzarlo.

—No, no, Met. ¡Todo va bien! Mejor de lo que podría haberlo hecho. Dime, es una gran cicatriz la que tienes allí. ¿Cómo… ?

El rostro negro, curiosamente oscuro y gris en el interior lleno de humo de la cabaña, esperó a que Peter se recompusiera, aclarara sus pensamientos.

—Escuché que pasaste tu rito de iniciación, o prueba, o... dame un minuto...

—Sí, mon ami, hice el tercer Juramento de Damballah. Con él uno se entrega completamente a los Primigenios.

—Bueno, te puedo decir, amigo, ¡el Segundo Juramento no es malo! Nunca tuve un...

—¿Qué pasa con el Primer Juramento, amigo mío? ¿Probaste la bebida? ¿La taza salada?

—Sí, era sangre, lo sé. Sabía que lo sería. Es muy común. Probablemente una de sus cabras.

—Creo que fue una cabra llamada Metellus —dijo el hombre negro, cerrando la boca en este rostro y abriendo los nuevos labios de su garganta en una horrible sonrisa—. No es una mera cicatriz. Ahora tienes mi sangre en ti. Es por eso que puedo acudir a ti de esta manera, mientras tu mente se ha abierto a las influencias. Me queda poco tiempo. Te queda poco tiempo.

Peter se estaba sacudiendo para despertar, encogiéndose de hombros y sentándose. Sus ojos muy abiertos miraron el rostro de su amigo muerto, y cuanto mayor se volvía su sobria claridad, más tenues se volvían los rasgos de Metellus.

—No, Metellus, yo...

Las palabras llegaron como un susurro sin fuente:

—No te atrevas a irte y desobedecer a los Primigenios ahora. No lo permitirán. No los desafíes abiertamente. Pero no les sirvas…

Y no hubo más.

Peter estaba ahora definitivamente despierto. Su cabeza latía sin el beneficio de los tambores. El humo estaba casi disperso, lo que, supuso, probablemente fue lo que le permitió aclararse la cabeza. Se acostó por un segundo, descubrió que esto solo empeoraba su dolor de cabeza. Así que rodó para arrodillarse y ponerse de pie, pero mientras rodaba se encontró con una forma supina y retrocedió. Al principio, sus recuerdos se confundieron, imaginó que era la mujer de unas horas antes. Pero no fue así.

Saltó hacia atrás alejándose del cadáver de Metellus, macheteado.

No había sido solo su garganta. Eso debe haber sido solo el comienzo. No se había visto así en el sueño del que Peter acababa de despertar. Pero ya no podía empezar a adivinar, en este lugar, qué era un sueño y qué era la realidad, o incluso cuál se suponía que era la diferencia. Al parecer, cualquier cosa era igualmente real.

Abrió de golpe la frágil puerta y salió tambaleándose. Un semicírculo de los ancianos del culto, un par de sus hombres musculosos y algunos niños pequeños lo esperaban. Su dramática aparición tomó por sorpresa a algunos, despertó a otros. Los pequeños se dispersaron, su interés por el extraño había terminado por el momento.

Los otros, levantándose para recibirlo, parecieron acercarse demasiado, con el pecho levantado como para señalar una amenaza, formando un cordón a su alrededor. ¡Una forma extraña de tratar a un invitado y a un nuevo hermano en la fe! Pero debían tener una idea bastante clara de lo que le pasaba por la cabeza. ¿No debe sopesar sus antiguas lealtades con las nuevas? En poco tiempo sellaría el pasado y se identificaría plenamente con el culto. Eso sería más fácil, por supuesto, aislado de sus colegas profesionales y familiares en casa.

Respondió a sus amables preguntas sobre su bienestar con respuestas igualmente vacías. Sabía que estaba destinado a ver el cadáver de Metellus. De alguna manera debía ser parte de la experiencia ritual, los secretos de la vida y la muerte. Sin duda, también representaba una advertencia de que lo mismo podría sucederle a él.

Peter pensó mejor en expresar su dolor y rabia por el asesinato ritual de su amigo. Solo podría aumentar sus sospechas. Por el momento, era mejor dejarles pensar, como sin duda lo hicieron, que como hombre blanco (oh, sí, lo sabían muy bien: ustedes los hombres blancos), consideraba a Metellus simplemente como un asalariado prescindible.

—Yo vi grandes cosas. Escuché grandes palabras. Palabras del destino —los hombres mayores sonrieron y se miraron.

Sabía que habían estado esperando escuchar algo como esto.

Durante la larga tarde, Peter escuchó y tomó extensas notas taquigráficas mientras el mayor de los ancianos del culto cumplía la promesa que se le había hecho, que la iniciación debía llevar el privilegio de la revelación. Escuchó la tradición del culto. Había muy poco sobre la historia del grupo. La vida cambiaba muy poco en su diminuto mundo de un año a otro, incluso de un siglo a otro, con la excepción de la ruptura de la esclavitud. Pero la fe pudo continuar y continuó, con solo la falta temporal de sacrificios en los barrios de esclavos.

Y de vez en cuando habían podido llegar a los pantanos algunas noches.

Con mucho, la mayor parte de su tradición se refería a los Primigenios, viejos dioses, como él ya sabía. Sentía una fascinación mórbida por los cuentos y teogonías extrañas que no se habían encontrado en su amplio estudio del folclore y la mitología. Era un tesoro escondido y una auténtica tradición antigua. Había mucho más aquí de lo que había soñado cuando por primera vez se atrevió a esperar que pudiera existir en el remoto Haití un tesoro sin explotar.

Se le permitiría comunicarse con el mundo exterior en forma de monografías académicas. Era un sacrificio del secreto tradicional, sin duda, pero incluso eso era necesario para allanar el camino para que el pasado de los Primigenios volviera de nuevo.

Todos los hombres deben conocer a sus Maestros para que puedan darles la debida bienvenida cuando llegue el gran día. Peter comprendió que había arcanos aún mayores a los que sus dos grados de iniciación aún no le daban derecho, y sobre estos no se atrevió a preguntar, ni era probable que los ancianos permitieran que se extendieran al extranjero.

Peter tampoco estaba especialmente ansioso por avanzar más en el camino del discipulado del culto, dado lo que sabía que le había sucedido al pobre Metellus en el clímax de su iniciación. Seguía pensando en esas últimas palabras que la sombra de su amigo había pronunciado en la visión del sueño. Le había dejado un dilema, un acertijo.

No se atrevió a dar ninguna señal de resistirse o de renunciar a su papel en su loca conspiración, pero tampoco podía permitirse el lujo de convertirse en su cómplice, en realidad, su títere. Esperó, como si buscara una señal que sabía que nunca llegaría: una señal de un hombre muerto.

El catecismo se prolongó durante días y luego semanas. ¡Apenas podía imaginarse que hubiera tanto en la religión! ¡Debía ser muy antigua para que la leyenda se haya vuelto tan compleja, tan exuberante, tan barroca! No había forma de saber cuántos años tenía la creencia. Su propia tradición decía que se remontaba, por supuesto, a los Primigenios mismos, y que habían llegado a este planeta desde otro lugar. Pero aquí la historia se había convertido en mitología. La verdadera historia nunca se conocería.

Peter descubrió que estaba empezando a pensar de nuevo como un antropólogo. Se encontró, mientras miraba sus notas a la luz del fuego cada noche, reflexionando sobre posibles metodologías para dar sentido a los símbolos y mitos aparentemente confusos.

¡Sintió que incluso Lévi-Strauss se vería burlado por estos viejos traficantes de mitos! Si lograba salir de allí vivo e ileso, tenía más que suficiente para una monografía, no, una serie de ellas que harían que los famosos estudios de Victor Turner sobre los ndembu parecieran la descripción de un niño de un fiesta de cumpleaños.

Pero un manto oscuro se cernió sobre él. Ahora se dio cuenta de que había pocas posibilidades de que obstaculizaran su regreso al mundo exterior (una vez lo habría llamado el mundo real, pero ¿quién sabía qué era eso?). De hecho, su papel en su plan dependía de eso. Pero, ¿en cuántas atrocidades más debía estar implicado antes de irse? De regreso a casa, podría quitarse esa parte de la cabeza. Relativismo cultural y todo: ¿quién era él, un occidental, para juzgar sus antiguas costumbres? Etcétera.

Pero esta noche había un ritual en el que se invocaría a los Primigenios y los creyentes recibirían el anticipo que esperaban del éxtasis del pasado de estos seres, un pasado que ahora parecía más cerca que nunca de regresar, gracias a su nuevo hermano. Sabía que no podía soportar ver a más desgraciados escogidos entre la multitud para morir en un sangriento holocausto como parte del ritual. Sí, ahora recordaba demasiado bien lo que había sucedido esa primera noche.

Tenía un asiento de honor junto a las filas de chamanes y bocors dentro del círculo. Detrás de él se reunieron varios niños, a quienes odiaba contemplar viendo lo que temía que vieran, aunque sabía que a estas alturas debían estar endurecidos. Peter era uno de los favoritos de los niños, especialmente porque su piel, libre de tinte, había comenzado a aclararse hasta acercarse casi a su tono original. Esto fascinó a los niños, que lo seguían como patitos.

Llegó el momento y pronto, como temía, uno de los sacerdotes comenzó a entonar las invocaciones familiares. Estaba interesado en notar que, aunque ya no tenían que ser juiciosos en presencia de forasteros, la multitud persistió en la fórmula antigua, invocando los nombres de las deidades vodun que enmascaraban a las terribles entidades a las que realmente servían. Sabía que las tradiciones perduran incluso sin su fundamento original. Entonces aquí vinieron los nombres: Legba, Ogoun, Erzulie, Damballah, Samedhi...

Como antes, el entusiasmo de la multitud fue reprimido y creciendo. Pero de repente algo los sorprendió. Algo estaba sucediendo en la parte trasera del círculo.

Peter estiró el cuello, tratando de ver por encima de los hombros de los ancianos. En un momento se dio cuenta de que lo mismo, fuera lo que fuera, estaba sucediendo en todo el perímetro exterior. Instintivamente, se volvió hacia su joven séquito, se reunió detrás de él y les dijo con severidad en su criollo más claro que salieran, fueran a sus casas, incluso fuera del pueblo, ahora.

La conmoción estaba creciendo. Pudo oír numerosos impactos físicos: ¿cuerpos cayendo? ¿Multitudes chocando en la batalla? ¿Estaba comenzando un motín? ¿Algunos ya estaban intoxicados? Comenzaron los gritos, y no solo gritos de alarma o de dolor. Hubo chillidos de terror sagrado que rasgaron la humedad algodonosa de la noche selvática.

Peter estaba de pie, moviéndose sin rumbo fijo, sin saber qué hacer. Si era una pelea, ¿de qué lado debería estar? ¿Cómo podía una compañía de hombres acercarse al recinto sin ser detectada? Comenzó a resbalar sobre la sangre en el suelo apisonado, luego a tropezar con los cuerpos. Una cosecha sangrienta avanzaba a una velocidad asombrosa. Supuso que él también caería momentáneamente bajo la guadaña. Las linternas se balancearon salvajemente y se apagaron. Las antorchas se movieron y algunas se apagaron. Algunas se balancearon como armas, pero de manera ineficaz.

De repente, en medio del tumulto, Peter estaba seguro de que sus ojos empapados de sudor vislumbraron el rostro imposible de Metellus, con su lívido corte abierto. Pero la grave herida no hizo nada para impedir su destreza con el machete. Azotaba sin la fatiga de los vivos. Muerto, él mismo se había convertido en la Parca. Pero no luchó solo. Como una pandilla de trabajadores cortando la vegetación de la jungla para despejar un campo, había toda una cuadrilla de formas empuñando cuchillos, garrotes, machetes. Todos en silencio.

Ninguno de sus rostros era visible dada la mala iluminación. Pero el más cercano parecía lucir incongruentemente un sombrero de copa y gafas de sol sobre una forma demacrada.

Los bocors y sacerdotes del culto, tomados por sorpresa, comenzaron a unirse. No tenían armas terrenales, pero Peter podía ver sus manos y brazos agitándose como si llevaran garrotes y espadas mortales. Sabía que debían estar conjurando. Parecía una pantomima supersticiosa, pero Peter se dio cuenta de que algo estaba sucediendo debido a lo que escuchó o creyó escuchar. Parecía captar los ecos de las explosiones sin las explosiones en sí.

Réplicas de erupciones invisibles. Algo que no podía ver estaba ocurriendo. Pero, fuese lo que fuese, tuvo poco efecto sobre los invasores. Uno o dos parecieron desaparecer, tal vez por su propia voluntad, ahora que la masacre estaba cerca de su fin. En la furia punzante de la venganza de Metellus, con la ayuda de sus misteriosos anfitriones, las cabezas tatuadas volaban como cocos en una tormenta de viento. La sangre llovió y Peter se encontró escupiendo porque no pudo evitar que una buena cantidad entrara en su nariz y boca. De hecho, parecía haber una niebla roja que le hizo vomitar y toser hasta que pensó que le estallarían los pulmones.

Se dirigió al borde del claro, donde pudo ver los rostros jóvenes aterrorizados pero curiosos que seguían todo el espantoso asunto. Sus ojos se ensancharon aún más, si era posible, a medida que se acercaba, una vista salvaje y aterradora, lo sabía.

Pero una vez que estuvo sobre ellos, y siguieron mirando más allá de él, supo que otro era el objeto de su mirada, y se volvió para enfrentarlo.

Era Metellus.

Echó un vistazo a su machete chorreante y lo arrojó a los árboles. Extendió un brazo hacia Peter, pero cuando este último hizo un movimiento para unirse a él, Metellus le indicó que se fuera. Trató de decir algo, pero no hubo sonido y Peter no pudo leer sus labios. Sin embargo, sabía que era un gesto de despedida final.

Y luego no quedó nadie.

Los oídos de Peter sintieron la presión de un silencio total y repentino. Ninguno de los adultos podría haber sobrevivido. Pero tampoco se veía a sus conquistadores por ningún lado. Sin embargo, sabía dónde estaban: dondequiera que estuviera Metellus.

Los verdaderos loa se habían vengado y Metellus había participado en esa venganza. En cuanto a él, Peter sabía lo que debía hacer a continuación. Reuniría a los niños recién huérfanos de la aldea y, con ellos, comenzaría el largo viaje de regreso por la ladera de la montaña hasta la cabaña. Algunos podrían regresar con él a la ciudad en el Jeep; el resto podría ser recogido por las autoridades. Esperaba que todos pudieran encontrar un hogar, y cualquier cosa tendría que ser una mejora.

Hizo una pausa por un momento, mirando en dirección a su cabaña.

Allí estaban sus papeles y notas, incluso una o dos grabaciones. Su libro, aún sin escribir, estaba allí. Su carrera estaba ahí. Pero ahora, ¿quién creería algo de eso? Los mitos y rituales de una pequeña comunidad, ¿todos muertos en una masacre? ¿Una masacre a la que solo él había sobrevivido? ¿Cómo se vería?

Dio la espalda al pueblo, contó a los niños y se encaminó hacia el sendero.

Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh B. Cave.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh B. Cave: Desde los abismos de la antigua blasfemia (From the Pits of Elder Blasphemy), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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