Masson, el profanador: análisis de «Las Ratas del Cementerio» de Henry Kuttner.


Masson, el profanador: análisis de «Las Ratas del Cementerio» de Henry Kuttner.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de Henry Kuttner: Las Ratas del Cementerio (The Graveyard Rats), publicado originalmente en la edición de marzo de 1936 de la revista Weird Tales.


[«Agitando sabiamente sus cabezas grises, los ancianos declararon que había cosas peores que ratas y gusanos arrastrándose en la tierra profana de los antiguos cementerios de Salem.»]


El viejo Masson es el cuidador de uno de los cementerios más antiguos de Salem. El cuidador anterior desapareció sin dejar rastro, pero es poco probable que Masson abandone su trabajo. Sus actividades paralelas dentro del cementerio, como de robo de joyas y la venta ocasional de cadáveres a anatomistas inescrupulosos, son demasiado lucrativas. Su único problema son las ratas. [ver: Relatos de terror de ratas]

Las ratas del cementerio de Salem se han vuelto anormalmente grandes. Masson ha visto algunas del tamaño de gatos, y los sepultureros han descubierto túneles lo suficientemente grandes como para que un hombre bien constituído pueda arrastrarse en ellos.

Los barcos que llegaron a Salem, generaciones atrás, trajeron cargamentos extraños. Masson escuchó historias sobre «una vida moribunda e inhumana que se decía que existía en madrigueras olvidadas». Los días de Cotton Mather pueden haber quedado atrás, pero los ancianos declaran que hay cosas peores que las ratas y los gusanos acechando debajo del cementerio. En lo profundo, se rumorea, habitan seres macabros que emplean a las ratas como mensajeros, e incluso como proveedores de cadáveres frescos para sus festines nocturnos.

Pero Masson no cree en estas leyendas, al menos no públicamente, donde minimiza la situación de las ratas. No sería bueno que las autoridades comenzaran a abrir tumbas y descubrieran sus «actividades paralelas», pocas de las cuales podrían atribuirse a los roedores. Sin embargo, el tamaño de sus madrigueras le preocupa; también la forma en que las ratas roban cadáveres enteros, royendo ataúdes como si estuvieran bajo la dirección de un líder inteligente.

Cierta noche, Masson está excavando en busca de un tesoro especialmente rico: el cadáver en cuestión fue enterrado con finos gemelos y un alfiler de perlas. Mientras expone el ataúd, escucha movimientos y arañazos en el interior. La ira sobrepasa su momentáneo miedo supersticioso. Levanta la tapa justo a tiempo para ver un pie humano, calzado de negro, mientras es arrastrado a través del extremo abierto del sarcófago.

Masson alcanza a agarrar desesperadamente el pie, pero las ratas, desde el otro extremo, tiran y se lo arrebatan de las manos. ¿Qué tan grandes son estas ratas?, se pregunta. No importa, tiene una linterna, y un revólver y la codicia suficiente como para arrastrarse por los túneles y recuperar esos valiosos artículos.

El estrecho túnel principal está húmedo, viscoso, y apesta a descomposición. Los túneles laterales se abren en varias direcciones. Masson sigue arrastrándose y casi alcanza al cadáver tironeado por las ratas antes de darse cuenta de que enormes pedazos de tierra están comenzando a caer. ¿Acaso la madriguera está colapsando? La idea es lo suficientemente aterradora como para que Masson repte hacia atrás. Mala idea. Una docena de ratas, deformes y enormes como gatos, lo atacan por la espalda.

En la oscuridad del túnel, lejos pero parcialmente visible, se mueve algo aún más grande.

Masson logra sacar y disparar su revólver, pero las ratas se retiran solo brevemente. Vuelve a disparar, grita, se arrastra, se detiene. En un codo encuentra un túnel lateral. En el túnel principal, ante él, hay una especie de bulto sin forma que gradualmente reconoce como un cuerpo humano, una momia, negruzca y arrugada, que repentinamente comienza a arrastrarse hacia él.

A la pálida luz de su linterna, Masson observa un «rostro de gárgola» que se aproxima, «la calavera de un cadáver muerto hace mucho tiempo, instinto de vida infernal; y los ojos vidriosos, hinchados y bulbosos delataban la ceguera de la cosa».

La cosa gime. Estira sus «labios irregulares y granulados en una mueca de hambre espantosa».

Masson se arroja al túnel lateral. El horror y las ratas lo persiguen. Vacía su revólver y las hace retroceder. Se retuerce debajo de una roca que sobresale del techo del túnel y tiene la brillante idea de empujarla hacia abajo para bloquear el avance de sus perseguidoras. La roca desprendida aplasta algo que chilla de dolor. Desafortunadamente, su desplazamiento también comienza a derrumbar el resto del techo.

La tierra cae a sus talones, Masson se retuerce hacia adelante como una lombriz. De repente, sus dedos rozan satén, no suciedad. Su cabeza golpea una superficie dura, no tierra, y no puede avanzar más. Tampoco puede levantarse más de unos centímetros antes de chocar contra un techo inamovible.

El pánico lo aturde cuando advierte que se ha arrastrado hasta el final del túnel lateral, donde hay un ataúd previamente vaciado por las ratas. No puede dar la vuelta, ni abrirse camino hasta la superficie, incluso si pudiera abrir la tapa del ataúd. Detrás, el túnel sigue hundiéndose.

Masson jadea en la falta de aire fétido y caliente. Mientras las ratas chillan, exultantes, él grita y respira el poco oxígeno restante. Y mientras se hunde «en la negrura de la muerte», escucha «el chillido enloquecido de las ratas masticando en sus oídos».


No importa con qué frecuencia Casandra nos advierta sobre los peligros que acechan en los rincones oscuros de la tierra, la mayoría de los protagonistas del género ignoran estas advertencias; pero el caso de Masson es peor. Él mismo sabe, por sus propias observaciones, lo anormalmente grandes que son las ratas del cementerio, lo extrañamente espaciosas que son sus madrigueras, y su extraordinaria habilidad para robar tumbas. Pero, como sugiere Lovecraft en La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu) al hablar sobre «la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos», Masson es incapaz de relacionar todo lo que ya sabe sobre las ratas y evitarse una de las muertes más horrorosas del relato pulp.

Casandra, en los mitos griegos, tenía el don de profetizar con absoluta certeza [lo cual es genial], pero también llevaba la condena de nunca ser escuchada [lo cual no es tan genial]. Casandra siempre sabe lo que ocurrirá [como que hay griegos escondidos en el caballo de madera], y lo grita a los cuatro vientos, pero nadie le presta atención. El mito de Casandra siempre está presente en las historias de terror, tanto en la literatura como en el cine, en la figura del lector [o de la audiencia]. El lector sabe que no hay que bajar a un sótano en medio de la noche, que jugar con el tablero Ouija es peligroso, que leer el Necronomicón puede traerte uno o dos inconvenientes, y que arrastrarse por un túnel infestado de ratas «grandes como gatos» es una pésima idea; pero, como Casandra, la voz del lector nunca es escuchada por el protagonista.

¿Por qué Masson simplemente no llega a la conclusión de que es absurdamente peligroso meterse con ratas capaces de arrastrar el cadáver de un hombre corpulento? Supongo que Henry Kuttner intenta establecer que la codicia mueve a Masson, pero creo que la verdadera respuesta se encuentra en el devenir de la otra historia, en la que Masson sí escucha a Casandra y no comete la imprudencia de profanar el reino de las ratas, la cual podría resumirse del siguiente modo:


«El viejo Masson renunció a su trabajo como cuidador del cementerio de Salem después de ver a un roedor del tamaño de un gato y correlacionar la experiencia con las supersticiones locales. Ahora vive una vida ordinaria como comerciante.»]


Esta es la historia del Masson que sí escuchó a Casandra, y probablemente la de la mayoría de los lectores; pero, afortunadamente, no es la historia que Henry Kuttner nos cuenta en Las Ratas del Cementerio.

Las Ratas del Cementerio recuerda varios relatos de H.P. Lovecraft. Las Ratas en las Paredes (The Rats in the Walls) es la primera que viene a la mente. Ambras historias tienen ratas grandes, molestas y apetitos desagradables; y ambas desembocan en un clímax subterráneo. Pero eso es todo. Henry Kuttner ni siquiera le regala a su protagonista un fiel compañero felino [ver: El nido de Nyarlathotep: análisis de «Las ratas en las paredes»]

En su estructura y tema general, El Cementerio de las Ratas de Henry Kuttner tiene más en común con En la Cripta (In the Vault), que también presenta a un inescrupuloso cuidador de cementerio que al final obtiene lo que se merece. Al George Birch de Lovecraft le importa poco la ética mortuoria. Si hay ropa costosa, o joyas, se las llevará; si el cadáver no entra del todo en el ataúd [torpemente construido por él mismo], le romperá los huesos hasta que encaje a la fuerza. George Birch tiene esta ventaja sobre Masson: es el único cuidador del cementerio, de modo que no tiene que exhumar cadáveres para robarlos; solo tiene que esperar hasta que los deudos terminen de llorar al difunto para despojarlo de sus objetos de valor [ver: El entierro prematuro de George Birch: análisis de «En la cripta»]

El perezoso [y alcohólico] George Birch ni siquiera hubiese considerado la posibilidad de excavar para obtener esos tesoros, mucho menos meterse en un túnel infestado de ratas. Aunque, para ser justos, tampoco parece que vendiera cadáveres, como sí lo hace Masson. Sin embargo, podría ser que, en los alrededores de su cementerio rural, la escasez de estudiantes de medicina e investigadores [no la moralidad] fuera el factor preventivo para evitar este tipo de exhumaciones.

El Viejo Masson de El Cemeterio de las Ratas es mucho más vigoroso, e incluso menos escrupuloso, que el George Birch de Lovecraft; de modo que su castigo [mucho más cruel] se ajusta a la categoría de sus crímenes, pero esto es una cuestión de perspectiva. Lovecraft odiaba el trabajo manual, y Henry Kuttner no. El protagonista de Lovecraft saquea pero no trabaja realmente para obtener sus despojos, mientras que Masson literalmente se arrastra en la mierda para llegar a su objetivo. Además, Birch no muere en el cuento de Lovecraft, tal vez porque para el flaco de Providence terminar con la mente destrozada es peor que la uerte física.

Henry Kuttner hace un trabajo impresionante en El Cementerio de las Ratas. El entierro prematuro de Masson seguramente habría sobresaltado a Edgar Allan Poe, sobre todo el detalle del chillido de las ratas mordisqueando las orejas de Masson como lo último que escucha el protagonista. Lo más flojo de la historia es el trasfondo moral; quiero decir, la idea de que la inmoralidad dirige el destino de Masson. Por cierto, estos elementos también contribuyen al destino de Birch, pero Lovecraft es más medido, venganddo una ofensa específica: Birch le ha roto los tobillos a un cadáver, y él mismo termina con la misma lesión. Masson paga un precio mucho más alto por una serie de delitos que, si bien son condenables, no dejan de ser hurtos.

A propósito, la desaparición definitiva de Masson es más poética [en términos de simetría] que aterradora. Escapa de las ratas, de las momias, y, al hacerlo, se entierra vivo en un ataúd vaciado; no se sabe si por él o por los roedores.

Las Ratas del Cementerio de Henry Kuttner también recuerda a El Horror Oculto (The Lurking Fear), donde el narrador abre una tumba y descubre una red túneles que son el hogar de criaturas innombrables [ver: La degeneración de la familia Martense: análisis de «El horror oculto»]. Los cementerios también sirven como portales a espantosos reinos subterráneos en El Extraño (The Outsider) y La Declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter). En El Modelo de Pickman (Pickman's Model), son los Ghouls, en lugar de ratas, los que infestan los túneles.

En la Salem de Henry Kuttner corre el rumor de que «una vida moribunda e inhumana», es decir, los Amos de las ratas, habitan en las profundidades de las antiguas residencias y los cementerios. La Cosa hambrienta que persigue a Masson se parece bastante a lo que el Extraño de Lovecraft ve en el espejo del salón de baile, que podría ser una especie de Ghoul, es decir, un necrófago sobrenatural [ver: Ghouls: historia de los Necrófagos en la ficción]. ¿Acaso hay más de estos Ghouls, quizás los mismos que fueron retratados por Pickman, dándose un festín con el alimento que les proporcionan sus ratas? [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de «El modelo de Pickman»]

Según los ancianos de Salem, «hay cosas peores que las ratas y los gusanos que se arrastran por la tierra impía». ¿Gusanos? Esto recuerda a El Ceremonial (The Festival) de Lovecraft, donde el narrador sigue a multitudes «anormalmente pulposas» hacia las «catacumbas de la amenaza sin nombre» que subyacen en Kingsport [ver: Cuando las cosas que se arrastran aprenden a caminar: análisis de «El Ceremonial»]. Este narrador, eventualmente, consultará un pasaje del Necronomicón que afirma que los cadáveres de los nigromantes «engordan e instruyen al mismo gusano que roe; hasta que de la corrupción brota una vida horrible, y los torpes carroñeros de la tierra se vuelven astutos». Si los gusanos de Lovecraft que comen carne maldita logran adquirir cierta conciencia con el paso del tiempo, ¿qué espantosas mejoras podrían obtener las ratas de la misma dieta? [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

En El Ceremonial, los nigromantes transfieren su conciencia a los gusanos que devoran sus cadáveres, y quizás el mismo fenómeno esté produciéndose en Salem. Pero aquí no hay nigromantes, o mejor dicho, no se los menciona; tal vez porque el escenario de Las Ratas del Cementerio, Salem, con su estrecha relación con la brujería, excluye esa redundancia. Lo cierto es que nunca recibimos una confirmación del rol de las Ratas con respecto a las Cosas-Momia. Solo sabemos que están ahí abajo, cavando túneles, probablemente encontrándose de vez en cuando con el cuerpo de alguna hechicera ejecutada en los Juicios de Salem. Lamentablemente, Masson no vive para responder estas preguntas.

La muerte es aterradora, pero, como Henry Kuttner señala ocasionalmente en algunas de sus historias, también es un poco mundana. Después de todo, la muerte es ineludible. La única pregunta es cómo te atrapará. Lo que sucede después... bueno, hay todo tipo de posibilidades; entre las menos glamorosas, que alguien más encuentre un uso para tu cadáver.

La profanación de tumbas es un miedo persistente en muchas historias del Círculo de Lovecraft. Los Ghouls y los Delapore [Las Ratas de las Paredes] usan a las tumbas como despensas; Herbert West y Joseph Curwen [El Caso de Charles Dexter Ward] están más interesados ​​en recopilar material de investigación de los cementerios; y lo que hace el narrador anónimo de Los Amados Muertos (The Loved Dead).... bueno, el título del relato es lo suficientemente sugerente.

Los cuerpos robados son un temor antiguo, que se fue reduciendo con el transcurso del siglo XX a medida que otras maneras de obtener cadáveres para la investigación médica [sin mencionar métodos más fáciles de robar joyas] se volvieron más comunes. Henry Kuttner logra capturar este temor ancestral, y lo despoja de cualquier intención profana. Masson no roba cadáveres para realizar oscuros ritos, sino por simple codicia; pero el verdadero horror de Las Ratas del Cementerio no tiene nada que ver con el saqueo de cuerpos, esa es sólo la motivación para que Masson esté en un cementerio, bajo la lluvia, compitiendo con ratas gigantes por cuerpos humanos. Las ratas, de hecho, tienen planes más siniestros para esos cuerpos.

Las ocho páginas de Las Ratas del Cemeterio, y sobre todo su horrible párrafo final, en el que Masson está jadeando por aire mientras las Ratas comienzan a masticarlo, son notables. Esta es la segunda historia publicada de Henry Kuttner, una a la que le dedicó mucho tiempo para corregir y eliminar cualquier detalle superfluo, logrando una pieza cuidadosamente construida. Con el tiempo, Henry Kuttner se convertiría en un autor mucho más «profesional», publicando con más frecuencia y, por lo tanto, sin tanto tiempo para pulir detalles. Tal vez sea la diferencia entre tener mucho tiempo para depurar una historia e intentar desarrollarla lo suficientemente rápido como para ganarse la vida en el juego literario lo que salta a la vista aquí. Todo escritor agoniza con sus primeras historias, revisándolas una y otra vez antes de que estén listas para enviarlas a algún editor. Las Ratas en el Cementerio es un ejemplo emblemático de lo que Henry Kuttner era capaz de hacer cuando tenía tiempo para desarrollar sus ideas y pulir su estilo [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]

Las Ratas del Cemeterio no es explícitamente una historia de los Mitos de Cthulhu, en el sentido de que no trata sobre entidades o libros apócrifos [y prohibidos] sobre este ciclo, pero comparte el escenario de Salem de otras historias tempranas, el monstruo final se siente como un primo cercano de los Ghouls de Lovecraft, y la influencia estilística del flaco de Providence es evidente. De hecho, a partir de la publicación de Las Ratas en el Cemeterio en Weird Tales, Lovecraft adoptó rápidamente a Henry Kuttner como nuevo amigo por correspondencia, pero este nunca quiso convertirse en un shoggoth literario de Lovecraft. Siempre tuvo su propia voz, y fue una voz importante, que aportó lo suyo a los Mitos de Cthulhu pero que nunca desatendió sus propios intereses.




Henry Kuttner. I Taller gótico.


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