El misterio del U-29: análisis de «El Templo» de H.P. Lovecraft


El misterio del U-29: análisis de «El Templo» de H.P. Lovecraft.




Hoy analizaremos el clásico de H.P. Lovecraft: El Templo (The Temple), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1925 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).

Resumen: Esta narración es un manuscrito encontrado en una botella en la costa de Yucatán. El autor se presenta orgullosamente como Karl Heinrich, Graf [conde] von Altberg-Ehrenstein, Teniente Comandante de la Armada Imperial Alemana, a cargo del submarino U-29. El narrador es igualmente preciso con la fecha: 20 de agosto de 1917, pero no puede dar sus coordenadas exactas. Este desgraciado lapsus de la precisión alemana se debe a una serie de extrañas calamidades.

Después de que el U-29 torpedea a un carguero británico y hunde sus botes salvavidas, uno de los muertos se encuentra aferrado a la barandilla del submarino. Karl nota su atractivo moreno y supone que era un italiano [o un griego] que desafortunadamente se alió con los schweinehund [«perros-cerdo»] ingleses. El lugarteniente de Karl, Klenze, libera a un tripulante de la talla de marfil que ha robado del muerto. Representa la cabeza de un joven coronado de laureles e impresiona a los oficiales con su antigüedad y arte. Cuando la tripulación arroja el cadáver por la borda, algo los aterroriza. El viejo Mueller incluso afirma que el cadáver se alejó nadando. Los oficiales reprenden a la tripulación por estas demostraciones de miedo e «ignorancia campesina».

A la mañana siguiente, algunos tripulantes despiertan aturdidos y enfermos. Han tenido pesadillas horribles. Aparece una corriente inexplorada hacia el sur. Mueller balbucea que las víctimas del U-29 están mirando a través de los ojos de buey. Un azote lo silencia, pero dos de los enfermos se vuelven locos y se toman «medidas drásticas». Mueller y otro hombre desaparecen; deben haber saltado por la borda sin ser vistos, llevados al suicidio por sus delirios. Karl supone que estos incidentes se deben a la tensión de su largo viaje. Incluso Klenze se irrita por nimiedades, como los delfines que ahora persiguen al submarino.

El U-29 se dirige a casa cuando una explosión [inexplicable] inutiliza la sala de máquinas. El submarino se desplaza hacia el sur, escoltado por los delfines. Cuando se detecta un buque de guerra estadounidense, un tripulante insta a los demás a rendirse y es fusilado por su cobardía. El U-29 se sumerge para evitar el buque de guerra y no puede salir a la superficie. Estalla un motín a gran escala, la tripulación grita sobre la cabeza de marfil y destruye equipo vital. Klenze está atónito, pero Karl los despacha con su confiable arma.

A merced del capricho de esta misteriosa corriente del sur, el U-29 sigue hundiéndose. Klenze empieza a beber y siente remordimientos por sus víctimas. Karl, sin embargo, conserva su estoicismo prusiano y su celo científico, estudiando la fauna y la flora marinas a medida que descienden. Le intrigan los delfines, que no salen a la superficie en busca de aire ni se marchan cuando la presión aumenta demasiado. La muerte parece inevitable, pero Karl se consuela al pensar que la Patria venerará su memoria.

Se acercan al fondo del océano. Klenze espía irregularidades que, según él, son barcos hundidos y ruinas talladas. Luego intenta salir del submarino con Karl a cuestas [al grito de «¡Está llamando!»].

Al avertir que Klenze se ha vuelto un peligro, Karl le permite salir del submarino. Los delfines oscurecen su destino. Solo, Karl lamenta la pérdida de su último compañero y la talla de marfil a la que Klenze se negó a renunciar. El recuerdo de esa cabeza coronada de laurel lo persigue. Al día siguiente sube a la torre de mando y se asombra al ver que el U-29 se acerca a una ciudad hundida. La corriente hacia el sur se desvía. Los delfines se van.

El U-29 se asienta sobre una loma; un enorme edificio excavado en roca sólida se eleva junto a él. Parece ser un templo, «sin mancha e inviolable en la noche interminable y el silencio del abismo oceánico». Alrededor de la puerta maciza hay columnas y un friso esculpido con escenas pastorales y procesiones en adoración a un joven dios radiante. Inexpresiblemente hermoso, el arte parece anteceder a la gloria clásica de Grecia.

En un traje de buceo, Karl decida explorar. Planea entrar en el Templo pero no puede recargar la luz del traje. Unos pocos pasos hacia el interior oscuro es todo lo que se atreve a dar. Por primera vez siente miedo. Cavila en el oscuro submarino, conservando lo que le queda de electricidad. Se pregunta si Klenze acaso tenía razón sobre la llamada. ¡También se da cuenta de que la cabeza de marfil y el dios radiante del templo son lo mismo!

Karl toma un sedante para aliviar sus nervios. Sueña con los gritos de los rostros muertos presionando contra el submarino. Incluyen el rostro vivo y burlón del marinero que llevaba la cabeza de marfil.

Se despierta con la compulsión de entrar en el Templo. Los delirios lo atormentan: ve una luz fosforescente que se filtra a través de los ojos de buey y escucha voces que cantan. Desde la torre de mando ve «las puertas y ventanas del Templo submarino... vívidamente resplandecientes, con un brillo parpadeante, como de una poderosa llama de altar en el interior». El canto suena de nuevo. Distingue objetos y movimientos en el interior, visiones demasiado extravagantes para racionalizarlas.

Aunque Karl sabe que está delirando, debe ceder. Decide que morirá tranquilamente, «como un alemán». Prepara su traje de buceo. Después de todo, Klenze no podía tener razón. Eso no puede ser una risa demoníaca. Libera su crónica embotellada a los caprichos del mar y «sube con valentía los escalones hacia ese santuario primigenio, ese secreto silencioso de aguas insondables y años incontables».

El resto, querido lector, son conjeturas.

El Templo emplea un lenguaje extrañamente sencillo, al menos para los estándares de Lovecraft. Por supuesto, hay cosas «titánicas», algunos abismos acuosos y formas olvidadas durante eones, pero en general predomina cierto decoro en las descripciones [ver: El adverbio que cayó del espacio]

Aquí los alemanes aparentemente no pueden mantener a una tripulación en línea sin cometer algún que otro fusilamiento. Paradójicamente, la villanía de los oficiales teutones se expresa utilizando epítetos racistas e insultos contra los enemigos [esperable] pero también contra la propia tripulación; tal es así que uno rápidamente pierde la noción de quién es un schweinehund, quién un cerdo alsaciano, quién un perro porcino o un chucrut afeminado.

Hay muchas insinuaciones a los Mitos de Cthulhu en El Templo, pero pocas certezas, si no ninguna. Las pistas sobre el dios radiante son intrigantes. Algunos han sugerido que la ciudad hundida podría ser R'lyeh, pero la estética arquitectónica realmente no encaja, y además no estamos en el Pacífico [ver: ¡Vamos a R'lyeh!]. También hay algunos libros misteriosos en el submarino, pero Lovecraft no nos proporciona muchos detalles sobre ellos. Uno sospecha que nunca fueron recuperados para terminar en los anaqueles de la biblioteca de la Universidad de Miskatonic.

La locura predomina en El Templo, pero con una dinámica inusual. Cerca del principio de la historia, dos miembros de la tripulación se vuelven «violentamente locos» y son arrojados por la borda [no es saludable volverse loco en este submarino]. Klenze se vuelve «notablemente desequilibrado» después de que el narrador dispara a la tripulación, lo cual es comprensible, pero entonces se vuelve «completamente loco» y sale por una esclusa de aire. Al final, el narrador se muestra increíblemente tranquilo mientras nos explica que él mismo está loco. Sin dudas un caso muy interesante [ver: Lovecraft vs. Dante: el infierno es la locura]

¿Qué podemos decir sobre Karl Heinrich, Graf von Altberg-Ehrenstein, teniente comandante de la Armada Imperial Alemana? Supongo que lo primero sería subrayar que los aspectos satíricos de su caracterización habrían resultado divertidos para un público que había vivido la Primera Guerra Mundial unos años atrás. Después de todo, no es un viejo alemán. Es un noble prusiano. Como superior tiene derecho a menospreciar no solo a los schweinehund británicos, sino a los propios alemanes, como ese cerdo alsaciano, Mueller, y ese afeminado de Klenze.

Como cualquier buen oficial alemán del cine norteamericano, ya sea un seguidor del Kaiser o del Führer, Karl es un hombre de mucho celo y poca simpatía, fríamente racional, rápido para castigar cualquier vacilación entre sus subordinados, y completamente seguro del valor de su causa. Deja que la tripulación del carguero británico se vaya en botes salvavidas, pero no solo para obtener buenas imágenes para los registros del almirantazgo, sino para masacrar a los sobrevivientes, quizás con una sonrisa diabólica en los labios. Por otro lado, la mayor parte de su tripulación muere por cortesía de su pistola. Cuando expulsa a Klenze al mar, corre hacia la torre de mando para ver si la presión del agua aplastará a su antiguo compañero, como debería hacerlo teóricamente. No es, como vemos, un hombre dado a las emociones. Él mismo lo dice, orgulloso de su herencia teutona [ver: Lovecraft y los mundos subterráneos]

Por mucho que Lovecraft se divierta con Karl, la ironía es obvia. Racismo, nacionalismo, regionalismo, no parecen tan apetecibles cuando los encarna el oponente, el Otro. Pero, ¿hay algo más en Karl que una sátira? ¿Es El Templo la típica historia del villano que recibe su merecido, y no solo de sus víctimas, sino también de la propia civilización europea, la tradición griega personificada en un dios protohelenístico, coronado de laureles? [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]

Aunque la presunción de Lovecraft es que Karl escribe su narrativa justo antes de salir del submarino por última vez, los tiempos parecen demasiado lentos. Se parece más a una serie de extractos de un diario escritos durante los dos meses de su descenso a lo desconocido. Comienza con una cierta bravuconería y una narración de los hechos, los cuales dejan en evidencia que Karl no fue el culpable del infame destino del U-29. Poco a poco parece escribir menos para ojos oficiales y más para sí mismo, para dar cuenta de sus impresiones y sentimientos personales. Sí, sentimientos, porque después de todo, Karl no es inmune a las emociones. Admite que extraña a Klenze, afeminado como era. Se queda asombrado al ver la «Atlántida» hundida pero enseguida disipa ese estupor al recordar que las tierras suben y bajan a lo largo de los eones.

Lovecraft desliza algunos indicios de que Karl no es solo el autómata prusiano que desea aparentar. Al ver al marinero muerto del carguero británico, observa que el «pobre hombre» es joven y muy guapo, y que probablemente sea italiano o griego («¡hijo de la antigua Roma y Atenas!») Parece un punto a su favor. Más tarde, a solas con Klenze, lleva al teniente a «urdir historias fantásticas sobre las cosas perdidas y olvidadas bajo el mar». Karl lo justifica como un «experimento psicológico», pero sospecho que su interés por las divagaciones de Klenze es menos distante. Quizás buscaba algo del consuelo que todos los humanos obtienen de las historias contadas alrededor del fuego.

Al final de El Templo, Karl se vuelve un narrador clásico de Lovecraft, dedicado a la erudición, la razón y la ciencia, desconfiado de la superstición y la leyenda, un hombre moderno. Luego viene la caída, el horror, el «llamado» de lo desconocido.

Y Karl responde.

Entra en el Templo.

Una misiva enviada antes del final impide que Lovecraft lo siga al interior, y eso está bien. La historia concluye en la mente del lector, ya sea en la incertidumbre de una retribución terrible o en una retorcida redención imaginada.

¿Dónde se encuentra El Templo en el canon de Lovecraft? Lo considero una historia proto-Mitos de Cthulhu, aunque no hay referencias directas a criaturas o tradiciones de los Mitos. Las sugerencias son en realidad más bien dunsanianas y oníricas, pero el tono y el tema encajan perfectamente con los Mitos. Aquí, la razón pura se encuentra con lo extraño. Luego está la idea de ciudades submarinas, humanoides anfibios y el templo hundido en cuyo interior hay un dios llamando a quien quiera escucharlo. Estos aspectos de El Templo considerarse como pequeños escalofríos premonitorios de La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu) y La sombra sobre Innsmouth (Shadow Over Innsmouth).

Después de analizar durante tantos años los relatos de los Mitos de Cthulhu, uno se acostumbra un poco a su estructura. Quiero decir, uno llega a esperar que las ruinas de un templo submarino estén presumiblemente habitadas por monstruosidades involucradas en actividades indescriptibles, quizás incomprensibles para nosotros. Lovecraft probablemente también buscaba algo de emoción aquí, tal vez por eso el misterio del dios radiante del Templo es particularmente efectivo para desactivar estas expectativas.

Esa ausencia de una estructura previsible, algo habitual en los Mitos de Cthulhu, logra que los momentos de extrañeza de El Templo sean más efectivos. La escolta de delfines que nunca necesita ascender a la superficie para respirar es inusualmente ingeniosa; y las ruinas subterráneas muestran la amenaza existencial del paso de los eones mucho mejor que una declaración explícita [ver: Autopsias lovecraftianas: el arte de diseccionar lo innombrable]

En cierto modo, los puntos más flojos de El Templo son el submarino y su tripulación. Unos años antes de su publicación, el nacionalismo alemán caricaturizado del narrador probablemente no se hubiese diferenciado de la serie habitual de carteles de propaganda. Por otro lado, hacer que un personaje sea antipático para el lector a través de una tendencia hacia la retórica racista es un poco extraño... viniendo de Lovecraft. De hecho, no estoy seguro de que el narrador deba ser percibido como un tipo desagradable. Lovecraft admira sus fortalezas nórdicas de determinación y voluntad de actuar, y el narrador las tiene en abundancia. ¿Este estereotipo tiene la intención de ser una burla, una parodia, una exageración, o algún modelo deformado de hombría en un enemigo caído?

Por su parte, el desafortunado Klenze se parece mucho más al protagonista lovecraftiano habitual en sus nervios, sus dudas y su propensión a la especulación sobrenatural. Incluso cuando el narrador piensa que se está volviendo loco, sigue siendo un hombre práctico. Una vez que queda solo las sobrias descripciones de su soledad se vuelven cada vez más convincentes. Sin embargo, la luz en el interior del Templo aumenta; un detalle precioso, mínimo, que reúne todo el horror que Lovecraft es capaz de evocar:


[Esta risa demoníaca que escucho mientras escribo proviene solo de mi propio cerebro debilitado. Así que me pondré con cuidado mi traje de buceo y subiré audazmente los escalones hacia ese santuario primordial; ese secreto silencioso de aguas insondables e incontables años.]


Ahora bien, ¿por qué Lovecraft puede condenar el racismo en un personaje mientras él mismo es racista? [ver: «La Sombra sobre Innsmouth»: del odio racial a la empatía]

Quizás nuestra sensibilidad moderna está obligada a leer El Templo desde fuera del marco racista y por eso percibe la contradicción, pero dentro del marco esa contradicción no existe. Para decirlo de otra manera, si Lovecraft entendiera esa contradicción, ya no sería racista. Desde nuestra perspectiva, el racismo de Karl [retratado por el flaco de Providence casi caricaturescamente] y el racismo de Lovecraft [que él considera evidentemente correcto] son harina del mismo costal. Es obvio para nosotros, en ambos casos, que juzgar a las personas por su raza es absurdo. Sin embargo, Lovecraft no puede verlo de esa manera. Piensa que simplemente está informando con precisión cómo están las cosas. El racismo de Karl es bufonesco, porque Lovecraft cree que Karl está equivocado en la elección de la raza a promocionar. Karl ha elegido la tribu equivocada como la Raza Superior. Y Lovecraft [y sus lectores de la época] lo entienden perfectamente.

No estoy seguro de que Lovecraft realmente haya pensado mucho en la caracterización del narrador. Este es un alemán bastante estándar en la era del pulp. El hecho de que Lovecraft reconociera las fuertes diferencias regionales de carácter es, de hecho, un paso adelante con respecto al vil huno de unos pocos años antes. Debe tenerse en cuenta que El Templo fue escrito originalmente en 1920. La guerra apenas había terminado.

Por otro lado, no es que el capitán del submarino esté siendo racista con los otros miembros de la tripulación. Él encarna una forma exagerada de la típica actitud prusiana de la época, que pensaba que otros alemanes eran holgazanes e ineficientes, y cuanto más sureños, peor. Esto es más o menos equivalente a alguien de Massachusetts mirando a los campesinos sureños de Alabama. A su vez, la gente de otras regiones de Alemania tendía a tener un estereotipo de los prusianos como matones militaristas, groseros y brutales. Prejuicios cruzados [tanto regionales como de clase], sin dudas, pero no racismo.

Hay algunos problemas con el submarino, no como escenario claustrofóbico, sino en los aspectos técnicos. La tripulación parece bastante pequeña, tal vez una docena con solo dos o tres oficiales. Tampoco estoy seguro de que los submarinos tuvieran ojos de buey, lo que socava gran parte de la trama. Además de eso, los submarinos alemanes de la Primera Guerra Mundial no parecen haber tenido una clasificación de profundidad máxima de más de unos 50 metros, lo cual deja poco margen para avistar las ruinas de la Atlántida.

El subtexto de El Templo parece ser una reinterpretación del mito griego de Dioniso. En el mito, unos piratas avistan al joven Dioniso y lo asedian, confundiéndolo con un príncipe humano. Solo el timonel lo reconoce por lo que es. Llama locos a los demás y les advierte que dejen ir al muchacho. El capitán, sin embargo, llama loco al timonel. Dioniso inutiliza la nave y se transforma en una bestia, atacando a la tripulación. Estos saltan por la borda y se convierten en delfines excepto el capitán, que muere por sus crímenes, y el timonel, a quien Dioniso perdona. El griego «guapo» de El Templo parece ser Dioniso, que es llevado al barco en forma de su ídolo. La tripulación es conducida a la muerte o se une a los delfines que nadan alrededor del barco. A los ojos de Karl, todos se vuelven locos. Klenze parece ser el timonel y puede o no encontrar algo de misericordia al final. No lo sabemos. El capitán, al final, parece impulsado no solo a la muerte sino a convertirse en un sacrificio.

Lovecraft utiliza la palabra alemana schweinehund [«perros-cerdo»] como un insulto, y de hecho era una maldición común en alemán en el momento en que se desarrolla la historia. Es un poco arcaica ahora, pero en la era del pulp se usaba mucho, tanto es así que parece ser única puteada alemana para todos los escritores anglosajones. Es, insisto, una puteada legítima, aunque ha caído en desuso, y nunca fue tan prominente en Alemania como las historias lo muestran. Hoy en día solo existe casi exclusivamente como expresión idiomática.

Por lo general, las historias de Lovecraft tienen lugar en un universo amoral o malicioso. Los Dioses te devoran, no por maldad, sino porque justo pasabas por ahí. No significas nada para ellos. En este contexto, las personas que intentan hacer lo correcto son devoradas [o peor] justamente porque se interponen en su camino. El Templo, por otro lado, tiene lugar en un universo moral, hasta donde podemos ver. El capitán está atacando embarcaciones no militares y masacrando a supervivientes indefensos. Un dios toma nota y decide castigarlo.

Este dios, por una vez, no es un horror sobrenatural. Ni siquiera es hermoso u horrible de alguna manera. Si es un poco aterrador es solo porque es antiguo, porque tiene un gran poder y no parece estar explicándose o justificánose ante los mortales [al menos no de una manera que el capitán pueda oír]. Si el Templo es el lugar donde sus acólitos lo adoran, también está perfectamente dispuesto a proteger a los humanos, incluso a los que se propone destruir por sus crímenes.

Existe también la sensación de que lo que el capitán ve como «locura» es en realidad una forma elevada y sublime de «cordura» [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]. Los personajes que se vuelven «locos» pueden ser aquellos a quienes se les ha revelado la verdad. Los marineros incluso tienen la oportunidad de salvarse si se rinden, como los marineros asesinados que se transforman en delfines. Incluso el capitán, a pesar de su negativa a cada oportunidad que se le ofrece, tiene a mano la misericordia del dios y la supervivencia [con otra forma física, eso sí]. Pero siempre opta por el camino equivocado [Podría haber perdonado a su tripulación. Podría haberse rendido]. Es solo después de todas sus negativas que los delfines, que parecen representar el aspecto misericordioso del dios, se van y lo arrastran al lugar del sacrificio.

Incluso entonces, cuando admite que se siente atraído por lo que puede ser su muerte [o algo peor], no puede aceptar lo que realmente está sucediendo. Aunque sabe que lo están atrayendo al Templo y que pueden esperarle cosas terribles allí, se aferra a su negativa a ver esto como algo sobrenatural. En este caso [quizás por una vez en los Mitos de Cthulhu] reconocer el universo como algo mucho más grande, algo que existe fuera de la realidad a la que los humanos se aferran, podría ser una última oportunidad de salvavación.

Para una historia sobre un malvado capitán de submarino que mata a civiles, y a su propia tripulación, antes de que probablemente su alma sea devorada por demonios del mar, es sorprendentemente optimista.




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


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