El «Efecto Lovecraft»: amor, odio, pero nunca indiferencia


El «Efecto Lovecraft»: amor, odio, pero nunca indiferencia.




Hay algo muy convincente en los relatos de H.P. Lovecraft, algo inquietante, algo que perturba interiormente, pero que es muy difícil de definir con algún grado de precisión. No es solo su estilo, claramente superior al de la mayoría de los autores del género. Tampoco su verborrea excesiva, a veces a expensas de una escasa o nula caraterización de personajes. Tampoco son sus monstruos, sus dioses, que al principio parecen más extraños que aterradores. No, ninguno de esos elementos puede explicar por sí solo el Efecto Lovecraft.

Incluso el lector habituado a transitar por los laberintos inexpugnables de los Mitos de Cthulhu se sorprende genuinamente al descubrir cuán sacudido puede dejarlo una historia de Lovecraft, cuán perturbado, cuando a simple vista no parece merecer tal reacción. De eso se trata el Efecto Lovecraft, de una reacción. Puede ser de disgusto, de repugnancia, de rechazo, de secreta fascinación, pero nunca de indiferencia.

Una tarde, hace muchos años, me encontraba releyendo un libro de Lovecraft en una estación de tren. No noté al hombre que se sentó a mi lado (un anciano, observé después), solo escuché su voz cuando dijo:

—Sabés, todo lo que escribió Lovecraft era cierto.

Mi reacción a esta increíble declaración fue extraña. Interiormente sentía lo mismo, aunque nunca lo había puesto en esos términos. No me refiero a que Lovecraft fuese una especie de cronista cósmico, pero en su obra había algo verdadero, indefinible para mí, pero claramente perceptible para cualquier lector sensible.

La anécdota no terminó ahí.

El viejo me contó que se había inspirado en Lovecraft para sus primeras pinturas. Al parecer, era un tipo bohemio, lo suficiente como para pintar una frase en una de las lenguas alienígenas de Lovecraft y colocarla sobre un cartel en la puerta de entrada de su estudio (ver: Las lenguas prehumanas de Lovecraft). Dijo que, un día después, se presentó un individuo extraño en su casa. Le informó oscuramente que, a menos que quitara el cartel, algún tipo de desgracia podría ocurrirle. Mencionó también que este visitante tenía facciones extrañas, anfibias.

Un lunático, indudablemente, pero la anécdota se quedó conmigo. En parte, hizo preguntarme por qué no había otros dementes por ahí asegurando que habían visto al Cuervo de Poe (ver: Poe vs. Lovecraft: dos miradas opuestas sobre el Horror) o al Pennywise de Stephen King (ver: Lovecraft - King: dos miradas sobre la Oscuridad). Sin embargo, existían cultos a los Mitos; cultos reales, con gente que adoraba a las deidades del panteón lovecraftiano (ver: Lovecraft y Anton LaVey: bienvenidos a la Iglesia de Cthulhu). ¿Por qué su obra inspiraba este tipo de afirmaciones?

Creo que todos estos lunáticos estaban reaccionando a los mismos elementos que causan esa mezcla de asombro y verosimilitud en los cuentos de Lovecraft, por otro lado, presentes en todos nosotros. Porque este aspecto verdadero en Lovecraft procede de una fuente común a todos: los sueños.

Eso es lo que nos perturba, lo que nos atrapa (ver: Cómo funciona el Horror, y por qué pocos autores saben utilizarlo).

Nuestra razón, nuestra mente consciente, no puede encontrar ningún punto de apoyo para explicar la fascinación o el rechazo tajante que produce Lovecraft, porque hay un componente inconsciente, surgido de esos sueños e incorporado a las historias, ante el cual nuestro propio inconsciente reacciona involuntariamente.

Examinemos brevemente algunas cuestiones biográficas para analizar el simbolismo detrás de los sueños y relatos de Lovecraft. Será un repaso injusto. La vida de ningún hombre puede ser reducida a una serie de hechos que, vistos desde afuera, y a la distancia, parecen significativos.

Susan Whipple, madre de Lovecraft, era una de las tres hijas de una familia rica de Rhode Island. Winfield Scott Lovecraft, su padre, era un vendedor apuesto, aunque algo presuntuoso. Susan tenía 31 años, y Winfield 35, cuando se casaron. Dos años después nació Howard. Cuando el niño tenía dos años y medio, su padre sufrió un rápido deterioro mental que requirió su hospitalización hasta el momento de su muerte, cinco años y medio después. Parece probable que Winfield tuviera sífilis. Se ha especulado mucho sobre si la afección se transmitió o no a su esposa e hijo (ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft)

Desde la muerte de Winifred, Susan sufrió alucinaciones y delirios, pero no está claro si se debió a la sífilis o no. Se sabe muy poco de la relación de Howard y su padre, pero es interesante especular sobre las consecuencias de la ausencia del padre justo cuando el niño se encontraba en medio de la etapa edípica de desarrollo, formando un vínculo sexual con su madre y deseando que su padre, su rival, se fuera (ver: Las «familias extrañas» de Lovecraft).

La reacción de Susan a la enfermedad y muerte de Winfield fue volverse más posesiva y protectora del único vínculo que le quedaba con su esposo: su hijo. Hasta su muerte en 1921, a la edad de 64 años, o hasta que Howard cumplió 31, ella dominó completamente a su hijo. Rara vez se apartaba de él, cuidándolo en exceso en detrimento del desarrollo de su propia independencia. Howard nunca pasó una noche fuera de casa hasta los 30 años.

Susan estaba obsesionada con la salud de Howard, que creía delicada, a tal punto que lo revisaba constantemente para ver si se había desmayado en los pocos momnetos en los que estaba fuera de su vista. Curiosamente, y a pesar de su abierta preocupación, Susan le hizo algunas cosas devastadoras a su hijo. Para empezar, siempre había querido una niña, y mantuvo a Howard con vestidos y rizos hasta los seis años, cuando sus cabellos dorados fueron cortados a pesar de sus lágrimas de protesta (ver: ¿Por qué a Lovecraft lo vestían de niña). Susan insistió durante toda su vida, tanto a sus vecinos como a su propio hijo, que Howard era horriblemente feo. Tal es así que le hacía cubrirse el rostro cuando salían a la calle.

Lovecraft, quien en realidad creció hasta convertirse en un hombre alto, bien formado y con buena presencia, siempre conservó esta autoimagen paralizante de debilidad y falta de atractivo.

Lo más interesante es que, a pesar de todos esos «cuidados», Susan aborrecía el contacto físico y rara vez tocaba a su hijo. Con esta ausencia casi total de afecto físico, algo esencial para el desarrollo de un niño, Lovecraft creció hasta convertirse en un hombre de naturaleza muy reservada, probablemente una reacción exagerada a la convicción de su propia fealdad; tal es así que su primer beso fue a los 32 años (ver: En la cama de Lovecraft)

Cuando Lovecraft tenía 14 años, su familia perdió su amado hogar con la misma rapidez y sorpresa con la que habían perdido a Winfield. Se vieron obligados a mudarse a habitaciones más pequeñas y modestas. Lovecraft nunca dejó de lamentar esa pérdida. No fue tanto la caída en el prestigio familiar como la abrupta separación de un lugar que había asociado fuertemente con la seguridad; la pérdida de los objetos equivalía a la pérdida de los sentimientos. Desde entonces, Lovecraft se convirtió en una persona que pasaba una cantidad anormal de tiempo consigo mismo, retraído, evitando el contacto humano.

A veces, las personas reaccionan al impacto de la pérdida evitando la formación de vínculos estrechos. Después de todo, al no tener vínculos afectivos estos ya no pueden perderse. Para evitar la compañía no deseada, Lovecraft, según el libro de Sprague de Camp: Lovecraft: una biografía (Lovecraft: a Biography), fingía estar fuera; incluso corría las cortinas para que no se vieran las rendijas de luz debajo de la puerta. Recibía a sus amigos en bata y pantuflas, y se disculpaba explicando que se estaba yendo a la cama.

Lovecraft permaneció dedicado solo a su madre. Compartía con ella todas sus ideas y pensamientos buscando aprobación. Su muerte lo dejó a la deriva, y se apresuró a casarse, en solo año y medio, con una mujer siete años mayor que él. ¿Estaba Lovecraft tratando de reemplazar a su madre? En cualquier caso, el intento no tuvo éxito; el matrimonio se disolvió en unos años, probablemente porque Sonia Greene quería un marido, no un hijo (ver: Lovecraft y Sonia Greene: una historia de amor).


Lovecraft pensaba en sí mismo —señala Sprague de Camp— como una especie de intelecto incorpóreo, no distraído por las pasiones humanas. El propio maestro de Providence se definía a sí mismo en los siguientes términos: Nunca estaré muy feliz o muy triste, porque estoy más inclinado a analizar que a sentir. Si tomáramos al pie de la letra sus palabras, deberíamos esperar que sus escritos consistan en material científico y objetivo. Pero, de hecho, son todo lo contrario.

Los sueños de este racionalista autodidacta estaban llenos de pesadillas, y la preponderancia de su obra no trata sobre lo racional y lo analítico. Se puede ver que hay mucho, mucho contenido debajo de la superficie de este hombre aparentemente sin deseos, que encuentra expresión en sus sueños y sus historias.

¿Cómo podemos correlacionar este breve resumen con algunas facetas de las obras de Lovecraft?

El corpus principal gira en torno a los Mitos de Cthulhu, un grupo de cuentos que comparten un tema común: un panteón de dioses existe justo fuera del tejido del espacio-tiempo de nuestro universo, y a veces dentro de él. Dominaron el mundo hace milenios, hasta que finalmente fueron expulsados, pero desde algún lugar, o no lugar, amenazan con recuperarlo. Si tuvieran éxito, la raza humana sería esclavizada o directamente exterminada. En otras palabras, lo que tenemos aquí es la cordura del mundo que apenas se sostiene manteniendo alejadas a una serie de fuerzas destructivas.

Decir que ese esquema es análogo a vida de Lovecraft, es decir, un modelo para la represión de sus propios impulsos sexuales y sociales, sería temerario. Sin embargo, resulta claro que esas fuerzas amenazan con abrumarlo a menos que se mantengan bajo control. En esta línea de pensamiento, no asombra que muchos cuentos de Lovecraft más poderosos y significativos estén ambientados en esenarios de esterilidad y frío. Lovecraft escribió que la mayoría de sus sueños también ocurrían en entornos invernales.

En este contexto, una de sus historias más evocativas es Aire frío (Cool Air), que trata sobre un hombre que mantiene una especie de pseudo-vida más allá de la muerte en un apartamento con temperaturas bajo cero (ver: «In Articulo Mortis»: Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte). Cuando la máquina que consigue este efecto sufre un desperfecto, su cuerpo se pudre rápidamente. Aunque Sigmund Freud advierte que no hay arquetipos universales, que las fantasías de cada persona deben ser interpretadas únicamente por su propio simbolismo idiosincrásico, es tentador recurrir a Carl Jung y especular sobre si Lovecraft está tratando de decir algo sobre sí mismo en Aire frío, viéndose destruido si el el calor del contacto humano entrara en su vida (ver: H.P. Lovecraft vs. Freud: la interpretación de los sueños según Cthulhu)

Pensemos también en El horror de Dunwich (The Dunwich Horror), donde una mujer albina y deforme concibe un hijo de uno de los Dioses Mayores. El pequeño crece hasta alcanzar una madurez aparentemente normal. Un día, sin embargo, es atacado por un perro que rasga su ropa para revelar que, de la cintura para abajo, está cubierto de masa enmarañada de pelo negro. Sus piernas tienen una forma extraña, y además posee un ojo en cada cadera. Largos tentáculos de color gris verdoso con bocas rojas y chupadoras sobresalen de su abdomen. Poco después de esta revelación, se disuelve en una masa blanquecina y pegajosa. El simbolismo sexual es sorprendente, y no es difícil hallar en él algunos elementos autoreferenciales (ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción)

Es en estos pequeños detalles, en estas intermitencias narrativas, donde subyace el Efecto Lovecraft.

¿En qué consiste?

En que es algo cierto, como declaró el viejo en la estación, o como sienten todos los que lean sus obras, ya sea con placer o con rechazo, incluso con repugnancia. Lovecraft está siendo muy sincero con el lector, está contándole algo profundo y significativo sobre sí mismo, casi siempre inconscientemente, y por eso nuestro propio inconsciente reacciona de forma igualmente genuina.

Es interesante observar cómo el Efecto Lovecraft puede decirnos algo sobre el maestro de Providence, pero también sobre la forma en la cual reaccionamos ante sus obras. Esa, posiblemente, es la mayor y más noble aspiración de la ficción: revelar algo tan verdadero sobre uno mismo, que la única forma de hacerlo es sublimándolo, transformándolo en algo más, algo irreconocible incluso para el propio autor, pero accesible para el inconsciente de sus lectores.

Existen innumerables acercamientos freudianos a la obra de Lovecraft, lo cual, a título personal, creo que es un error (ver: Lo Siniestro en la ficción). Las teorías de Sigmund Freud, aunque brillantes en la mayoría de los casos, aun aquellas que han demostrado ser inexactas, son inaplicables en un concepto visionario (ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror). Por otro lado, el enfoque jungiano es la herramienta perfecta para abordar una obra visionaria, y Lovecraft, ciertamente, es un artista visionario por excelencia.

Desde muy joven, y continuando a lo largo de su vida, Lovecraft tuvo una vida de ensueño inusualmente vívida, y fue esta vida de ensueño, es decir, el material que le proporcionaron sus sueños, la principal fuente de inspiración para su obra. Los sueños de Lovecraft, tan intensos como perturbadores, comenzaron justo después de la muerte de su abuela. A propósito, Lovecraft escribe lo siguiente:


Empecé a tener pesadillas de la más espantosa descripción, pobladas de cosas que yo llamaba «criaturas nocturnas». Solía ​​dibujarlas después de despertarme. Quizás la idea de estas figuras vino de una edición de lujo del Paraíso Perdido con ilustraciones de Doré, que descubrí un día en el salón. En los sueños, solían hacerme girar por el espacio a una velocidad enfermiza, mientras me inquietaban e impulsaban con sus detestables tridentes. Han pasado quince años, sí, más, desde que vi a una «criatura nocturna», pero incluso ahora, medio dormido y vagamente a la deriva sobre un mar de pensamientos infantiles, siento un estremecimiento de miedo e instintivamente lucho por mantenerme despierto.


Podemos ver en esta cita que, incluso a la edad de cinco años, Lovecraft ya estaba usando sus pesadillas como inspiración para su producción artística —solía ​​dibujarlas después de despertarme— en lo que puede verse como un proceso análogo a la práctica de la Imaginación Activa de Jung.

La vida de Lovecraft, aunque significativa y llena de esfuerzo creativo, no fue feliz. Su visión era esencialmente pesimista (ver: Horror Cósmico: el futuro es de los pesimistas). Es probable que haya contemplando seriamente el suicidio, pero decidió no hacerlo únicamente por el placer estético que obtenía del estudio del arte del siglo XVIII. En su fuero interno, eso inclinaba ligeramente la balanza a favor de la vida.

En este sentido, la creatividad visionaria que produce sufrimiento en la vida y la mente del artista es algo que Carl Jung observó y comentó:


El análisis de los artistas muestra consistentemente no solo la fuerza del impulso creativo que surge del inconsciente, sino también su carácter caprichoso y voluntarioso. La obra por nacer en la psique del artista es una fuerza de la naturaleza que logra su fin, ya sea con una fuerza tiránica o con la sutil astucia de la naturaleza misma, sin importar el destino personal del hombre que es su vehículo. Haríamos bien, por lo tanto, en pensar en el proceso creativo como un ser vivo implantado en la psique humana. En el lenguaje de la psicología analítica, este ser vivo es autónomo. Es una parte separada de la psique, que lleva una vida propia fuera de la jerarquía de la conciencia.


Esta visión del proceso creativo como una entidad autónoma no implica que la mente consciente no tenga ningún papel que desempeñar. Si bien la principal fuente de inspiración de Lovecraft fueron sus sueños, también leyó con voracidad. Además, Lovecraft era un perfeccionista, y dedicaba mucho tiempo y energía a revisar sus textos hasta que lograran el efecto que deseaba transmitir. Cuando por fin se sentía satisfecho, se negaba rotundamente a permitir que los editores hicieran los cambios más pequeños. Esta actitud intransigente no tenía que ver con la vanidad, ni con una sensación de superioridad. Una vez que Lovecraft encontraba su efecto, sabía que este a veces dependía de cuestiones sumamente delicadas, y que cualquier alteración podía barrerlo por completo del texto.

Lovecraft era un artista visionario, pero eso no significa que todos los aspectos de su proceso creativo fueran inconscientes, sino que su fuente e ímpetu estaban fuera de su control consciente. En otras palabras, el Lovecraft consciente debía romperse el alma para conseguir que el material que le proveían sus sueños fuese codificado con la mayor precisión simbólica. Solo así podría sincronizarse con la mente subconsciente del lector.

Si bien no se expresó específicamente sobre el maestro de Providence, Carl Jung afirma que cuando nos encontramos con obras de arte visionarias, como las de Lovecraft, debemos prepararnos para algo suprapersonal, es decir, algo que trasciende nuestro entendimiento en la misma medida en que la consciencia del autor estuvo en suspenso durante el proceso de creación. En ese contexto, podemos esperar una extrañeza de forma y contenido, pensamientos que solo pueden ser absorbidos intuitivamente, un lenguaje repleto de significados e imágenes que son verdaderos símbolos porque son las mejores expresiones posibles para lo desconocido.

Lovecraft no solo era un escritor de lo que él prefería llamar ficción extraña, también era un crítico literario. Su ensayo: El horror sobrenatural en la literatura fue uno de los primeros estudios serios sobre el horror como género literario. Allí, Lovecraft comenta:


El atractivo del cuento extraño es generalmente limitado porque exige al lector un cierto grado de imaginación y una capacidad de desapego de la vida cotidiana. Relativamente pocos están lo suficientemente libres del hechizo de la rutina diaria para responder a los golpes del exterior, y los relatos de sentimientos y sucesos ordinarios, o de distorsiones sentimentales comunes, siempre ocuparán el primer lugar en el gusto de la mayoría; con razón, quizás, ya que, por supuesto, estos asuntos ordinarios constituyen la mayor parte de la experiencia humana.


Esta observación recuerda poderosamente a uno de los comentarios de Carl Jung en relación a la respuesta del público a la literatura visionaria:


Cuando pasamos al modo visionario nos sentimos asombrados, confundidos, desconcertados, nos ponemos en guardia o incluso repelidos; exigimos comentarios y explicaciones. No nos recuerda a nada de la vida cotidiana, sino más bien a los sueños, los miedos nocturnos y los oscuros y misteriosos recovecos de la mente humana. El público en su mayor parte repudia este tipo de literatura, a menos que sea crudamente sensacionalista, e incluso el crítico literario la encuentra vergonzosa.


Carl Jung esencialmente define el Efecto Lovecraft: absoluta atracción o inexplicable rechazo, y una amplia variedad de reacciones en el medio, por cierto tipo de arte forjado en los sótanos del inconsciente; un tipo de arte genuino, verdadero, precisamente por provenir de una región que no está contaminada por lo banal.

Por lo tanto, podemos decir que el Efecto Lovecraft no solo radica en el proceso creativo del autor, en su estilo o motivos, sino en cómo todos esos elementos producen una reacción en el lector, ya sea de amor o de odio, pero nunca de indiferencia. Después de todo, la intensidad de esa reacción es directamente proporcional a la cercanía de la obra con nuestro propio subconsciente, con nuestras propias «criaturas nocturnas».




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


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El artículo: El «Efecto Lovecraft»: amor, odio, pero nunca indiferencia fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Melmoth el errabundo dijo...

Una gran anécdota la del viejo en la estación. Son estos textos los que más me gustan, que ya es decir, porque este blog es magnífico. Yo vivo, desde hace un tiempo, en una ciudad de puerto. Vine aquí a vivir por circunstancias externas a mí. Es una ciudad postindustrial repleta de grandes fábricas abandonadas en el centro. Todavía se alzan altas chimeneas que aquí las tienen como una reliquia intocable. Es una ciudad oscura, húmeda y con habitantes huraños. No camino solo por esta ciudad porque la obra de Lovecraft me acompaña constantemente. Me siento como uno de sus personajes, yo, extrañado de todo y extraño de mí mismo.

Un cordial saludo.

Sebastian Beringheli dijo...

En ese escenario, no se me ocurre pensar un mejor compañero que el que has elegido, estimado Melmoth. Saludos.



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