El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción


El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción.




Desde que Petronio escribió el Satiricón en el 61 d.C., la figura del Hombre Lobo se abrió camino a través de casi 2.000 años de literatura, pasando por leyendas populares, cuentos de hadas, y finalmente por el género que terminaría de darle forma: la literatura gótica (ver: El hombre lobo en la antigüedad clásica).

En la Edad Media, la creencia en la licantropía estaba ampliamente extendida, y prevaleció en la mayoría de los cuentos de hadas posteriores. Basta pensar en la versión de Charles Perrault de Caperucita Roja (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror), donde el Lobo es un símbolo del engaño y el mal, cuando no directamente del diablo, y cuyo propósito en la historia es regular el comportamiento de las mujeres (ver: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres).

La primera novela de hombres lobo propiamente dicha es El brazo cortado (The Severed Arm), un gothic blue book de 1820, donde la figura del licántropo representa las ansiedades sociales de la época en relación con la sexualidad (ver: El origen del hombre lobo y la licantropía)

El Hombre Lobo en la ficción suele ser un símbolo del forastero marginado, cuyo salvajismo amenaza el orden social establecido. En este contexto, no es extraño que los Hombres Lobo a menudo existan en los márgenes de las comunidades rurales rodeadas de bosques y montañas. El acto de devorar a sus víctimas claramente representa el miedo al canibalismo en esas circunstancias de aislamiento. Por otro lado, en muchas historias hay una marcada diferencia de clase entre el Hombre Lobo y su víctima (ver: El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero). Mientras el Licántropo es un marginado, un salvaje, sus víctimas son individuos sociales y a menudo importantes para su sociedad.

En el folclore, tal como afirma Montague Summers en El Hombre Lobo (The Werewolf), los Hombres Lobo se transforman de humanos en bestias a la luz de la luna llena, y solo pueden morir con una bala de plata, requisito difícil de cumplir antes del advenimiento de las armas de fuego. No obstante, lo que nos interesa aquí es este concepto de metamorfosis, porque sugiere que la frontera entre lo humano y lo animal, entre lo civilizado y lo salvaje, a menudo es dudosa, y puede transgredirse mucho más fácil de lo que pensamos (ver: Monstruología: cuatro categorías para lo monstruoso en la ficción)

Tal vez tenga algo que ver con el tema de la reversibilidad, pero lo cierto es que, en la mayoría de las historias, el Hombre Lobo termina despertando la simpatía del lector, incluso su compasión, no importanta el reguero de cadáveres que haya dejado a su paso (ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo). Después de todo, él también es una víctima.

En el siglo XIX surgieron varios relatos de hombres lobo que revivieron la tradición folclórica, como El lobo blanco de Kostopchin (The White Wolf of Kostopchin, 1889), Gilbert Campbell; y El lobo blanco de las Montañas Hartz (The White Wolf of the Hartz Mountains, 1839) de Frederick Marryat. En este cuento en particular, la licantropía es una maldición relacionada con el adulterio y el canibalismo. Lo cierto es que los Hombres Lobo devoran a sus víctimas, con frecuencia a sus seres queridos, e incluso a sus hijos, como en la historia de Marryat. Este tipo de canibalismo acaso funciona como una metáfora de los temores y ansiedades sociales sobre el hambre en la época victoriana.

Pero esto no siempre es así. Por ejemplo, La marca de la bestia (The Mark of the Beast, 1891), de Rudyard Kipling, refleja ciertas ansiedades culturales en relación a la raza y la etnia, en particular al miedo de los invasores ingleses al paganismo nativo de la India, y cómo este podría degradar el orden imperial civilizado y superior (ver: La psicología del Hombre Lobo).

En el cuento surrealista de Eric Stenbock: El otro lado (The Other Side, 1893), Gabriel es un muchacho sensible, intuitivo, y sobre todo receptivo ante el poder sobrenatural de una Mujer Loba, Lilith, que vive en un bosque y lo convierte en uno de su raza. Al igual que Angela Carter en En compañía de lobos (The Company of Wolves), Stenbock trata al lobo como una figura compleja y moralmente ambigua que apela a nuestra simpatía. Lilith es una cazadora sanguinaria, es cierto, pero también es una mujer perseguida que puede ser tan crual como compasiva y cariñosa.

Finalmente, la historia de Robert Louis Stevenson: Olalla (Olalla, 1885) explora sutilmente la idea de que la licantropía representa la degeneración familiar hacia un estado de irracionalidad y locura vecino del salvajismo (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

El clásico de Clemence Housman: La loba (The Were-Wolf, 1896) presenta de forma brillante los discursos predominantes de la era victoriana. Aquí, la transición entre lo humano y lo animal refleja una transgresión de conceptos sobre las diferencias de género que dieron forma a la identidad victoriana tradicional (ver: Transgénero en la literatura: ficción, diversidad y discriminación). Situado dentro de la proliferación de la ficción licántropa del siglo XIX, el cuento de Housman rompe con todos los límites normativos de aquel entonces (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror)

Esta impugnación de la sexualidad reglamentada dio forma a los grandes tropos de transformación en la literatura del siglo XIX. La ficción sobrenatural en esta época a menudo se centra en la transmutación de una forma a otra, combinando metáforas de la animalidad con la degeneración de la mente y el cuerpo, de la cual los lobos eran un tema especialmente popular (ver: Los Monstruos y lo Monstruoso).

En este contexto, el Hombre Lobo y la Mujer Loba, fundamentalmente híbridos de animal y humano, surgieron en la mayoría de las ficciones como criaturas que simbolizaban los miedos hacia esa bestia interior, bruta e irracional, pero también hacia la gratificación sexual de esa transgresión.

No solo los Hombres Lobo encarnan este principio bestial en el ser humano, y la consecuente transgresión de todas las normas que nos convierten en sujetos sociales, la mujer también fue incorporada al mito del licántropo, configurada como una femme fatale cuya propia exhuberancia sexual es claramente el elemento distintivo de su monstruosidad (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Pero, a diferencia de los licántropos masculinos, básicamente outsiders de la sociedad, las Mujeres Loba a menudo se disfrazaban de mujeres hermosas capaces de engañar y devorar a sus desprevenidos amantes. Mientras los Hombres Lobo emergen de los bosques para asediar a las aldeas rurales, la Mujer Loba utiliza la manipulación sexual para atraer a sus víctimas. Eso dice mucho de la concepción victoriana de lo que significaba aquello de liberar la bestia interior que todos tenemos dentro. Mientras que el hombre libera su bestialidad, la mujer exacerba su peligrosidad como amante (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico).

En este tipo de concepciones, la monstruosidad femenina está constituida por una subversión de la feminidad civilizada. Esta transgresión de la Mujer Loba hacia un tipo de feminidad en plena posesión de sus atributos y en control de sus deseos, es una clara amenaza a una sociedad dominada por las heteronormativa patriarcal (ver: El Machismo en el Horror).

El relato de Ambrose Bierce: Los ojos de la pantera (The Eyes of the Panther) es un excelente ejemplo rebeldía a través de una variante felina de la Mujer Loba, donde la reticente Irene Marlowe no solo rechaza la propuesta de matrimonio de su pretendiente, sino que además intenta devorarlo. Aquí, Ambrose Bierce juega con esta idea de que la única forma que tiene una mujer de resistir a las expectativas de género es reemplazar su propio cuerpo femenino, subyugado por el deseo del otro, por el de una bestia.

En apariencia, hay una mirada feminista en todo este esquema, pero también una lucha discursiva para reclamar el Yo civilizado del hombre a través de la abyección del Otro, en este caso, de una mujer que prefiere ser un animal para no ser subyugada (ver: El Feminismo en el Slasher: Simone de Beauvoir vs. Jason Voorhees).

Las figuras del Hombre Lobo y de la Mujer Loba no solo son elementos de ruptura con las identidades de género fijas, sino que además articulan una especie de hibridación de lo abominable (desde la perspectiva dominante). Después de todo, al transgredir la frontera entre humanos y animales, los Licántropos se rehusan a participar en las categorías del orden natural. Por eso, tal vez, siempre terminan siendo atravesados por una bala de plata.




Hombres lobo. I Taller gótico.


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El artículo: El Hombre Lobo y la Mujer Loba: algunas diferencias de género en la ficción fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Tal vez no sea un detalle menor que el protagonista de Los ojos de la pantera sea alguien influenciado por un entorno conservador, alguien respetuoso de las apariencias. ¿Qué le habría pasado a Irene, de haber aceptado casarse con él?
¿Habría tenido que subordinarse a alguien que acataba las normas?

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Por otra parte, en otro de los artículos se menciona como los hombres lobos sirvieron como subordinados para enfrentar a los vampiros, considerados malvados. Hasta que fueron los licantropos, los considerados malignos.



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