Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción


Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción.




El lector acostumbrado a merodear por el Horror probablemente sea consciente de la interesante relación entre los sueños y las pesadillas y algunas de las piezas más notables del género. De hecho, las historias de terror más conocidas estuvieron inspirados en pesadillas particularmente horrorosas, como por ejemplo Frankenstein (Frankenstein), de Mary Shelley; El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jeckyll and Mr. Hyde), de Robert Louis Stevenson; y Drácula (Dracula), de Bram Stoker, por mencionar algunas.

Pocas cosas, dentro del universo de la literatura, son aceptadas con tal grado de veracidad como la declaración de un autor que revela el origen de una historia. Y si esa fuente de inspiración está en los sueños, nadie se atreverá a ponerla en duda. A veces ni siquiera se trata de un arrebato de inspiración onírica, sino directamente de una especie de dictado en sueños, como el caso de Samuel Coleridge, quien —según él— compuso el poema Kubla Khan en sueños, con tanta mala suerte que un visitante inoportuno lo despertó antes de terminarlo.

El caso de Coleridge es extremo, y hasta podría relacionarse con un sueño lúcido. Desde una perspectiva actual, esa composición onírica se asemeja a alguien descargando un archivo de internet cuando de repente se queda sin conexión. Quizás fue así, y Coleridge realmente estaba conectado a una especie de nube colectiva, al plano astral, o a lo que sea. No podemos rechazar esa posibilidad, pero podemos analizarla a través de muchos otros autores que aseguraron, sin despeinarse, que se inspiraron en sus sueños y pesadillas.

Pocos autores están más asociados a los sueños que H.P. Lovecraft. Basta leer cualquier estudio acerca de su obra para observar que buena parte de sus mejores historias estuvieron inspiradas en sueños; entre ellas, Dagón (Dagon), La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter), Nyarlathotep (Nyarlathotep), y hasta La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu). Pero, ¿fue realmente así?

¿Acaso no dependemos exclusivamente de las afirmaciones del autor —llámese Lovecraft o cualquiera— para saber si una de sus piezas está inspirada en un sueño? Y si así fuera, ¿cuál sería la relevancia del asunto? ¿Acaso no sería lo mismo inspirarse defecando o tratando de seducir a una cuñada? Hay un cierto romanticismo implícito en la idea de que algo está basado en un sueño, como si de alguna forma la obra producida de este modo tuviese un valor superior.

Entendemos perfectamente que un sueño puede dejar impresiones mucho más ricas en la mente de un autor que una pintura rupestre en el inodoro; pero la ecuación no necesariamente es exacta. ¿Qué significa, después de todo, la inspiración?

Muchos la describen como una especie de maná que desciende de los cielos y que impregna al autor, lo fecunda, de forma tal que este solo tiene que trasladar al plano real, su obra, aquella descarga divina. Nos permitimos dudar de esto.

Cuando hablamos de obras inspiradas en un producto onírico es importante conocer primero la perspectiva del autor con respecto a los sueños. El caso de Lovecraft es más creíble, y buena parte de su filosofía se describe en los primeros párrafos de Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep), donde expresa que nuestra verdadera existencia está en los sueños, y que nuestra presencia en el plano físico es un fenómeno totalmente secundario, y hasta virtual.

Desde la parábola de Zhuang Zhou y la mariposa (ver: El sueño de Chuang Tzu: Borges, el tiempo y las mariposas) hasta acá, pasando por los profetas, son muchísimos los autores han utilizado las imágenes de sus sueños para inspirarse, pero ese gérmen, en todo caso, rara vez se observa con claridad en la producción final.

El caso de Lovecraft es uno de los más elocuentes: el maestro de Providence a menudo tomaba una imagen onírica como punto de partida, y la embellecía hasta darle un formato más o menos lógico. Al final del proceso, esa imagen inicial resulta casi inofensiva, y a veces ni siquiera ocupa un lugar concreto en el cuento terminado.

Esta afirmación no es producto de la especulación. Lovecraft frecuentemente le escribía a sus amigos acerca de sus sueños, en especial aquellos que le habían sugerido alguna imagen interesante para utilizar en un relato. En muchos casos la imagen original no aparece en la historia terminada, y si lo hace es a través de sucesivas capas de reescritura y reinterpretación, siendo prácticamente irreconocible si la comparamos con aquella que fue descrita con anterioridad.

No es necesario urgar demasiado para encontrar este tipo de alusiones en el epistolario del maestro de Providence. En una carta a Clark Ashton Smith, fechada el 22 de octubre de 1933, Lovecraft comenta brevemente dos sueños cuyos motivos principales darían forma a dos cuentos: El clérigo malvado (The Evil Clergyman), y La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out of Time).


Hace unos meses soñé con clérigo en una buhardilla llena de libros prohibidos, y cómo este intercambió su personalidad con un visitante. Luego, hace aproximadamente un año, soñé que me despertaba sobre una losa de sustancia desconocida, en un gran salón abovedado, tenue y oscuramente iluminado, y lleno de losas similares, como láminas cuyas proporciones obviamente no eran humanas. De cada detalle deduje la horrible idea de que no estaba en ninguna parte de este planeta. También sentí que mi propio cuerpo era como el de las otras formas laminadas.


Este tipo de comentarios nos hacen pensar en el riesgo de subestimar el rol que tienen los sueños en la ficción de Lovecraft, y por tal caso en todo su trabajo colaborativo, pero ciertamente esa influencia funciona de un modo inverso a la idea de la inspiración como algo que desciende desde alguna esfera ignota. La inspiración no baja, sino que asciende, o más precisamente, debe ser arrancada de los sustratos más profundos del subconsciente.

En definitiva, de eso se tratan los sueños: de la expresión simbólica de algo que está por debajo de la superficie de la consciencia (ver: El Horror siempre viene desde el Sótano: escaleras abajo hacia el subconsciente en la ficción).

El mérito de Lovecraft no está en haberse inspirado en sus sueños, después de todo, muchos autores hacen los mismo, sino más bien en la utilización de una especie de estructura onírica en sus historias, con imágenes extrañas, perturbadoras, casi subliminales, que logran transferir algo de la experiencia del sueño al lector. Si bien el marco de la historia lovecrafttiana típica es convencional, y hasta arcaico, con un abuso de adverbios y una casi absoluta ausencia de diálogo, el contenido desafía lo convencional, lo diurno, y nos sumerge en la realidad de los sueños, donde la estética y el estilo no tienen ninguna importancia.

Ir más allá, e intentar traducir literalmente un sueño en una pieza de ficción, como Coleridge, es una posibilidad, claro, pero una que ofrece demasiadas aristas como para dudar de su autenticidad.

Seguramente el lector, alguna vez, fue interpelado por un amigo, un familiar, una pareja, que ansiosamente le propone contarle un sueño. Incluso es lícito suponer que usted también se arrimó a alguien con esa intención, aunque sea bajo la figura de una sesión de terapia. En general, este tipo de narraciones varían muy poco, y en casi siempre son decepcionantes. Nadie se atreve a contar los sueños que realmente interesan, aquellos que nos exponen, como un nervio, y que probablemente producirían repugnancia, e incluso temor, en el oyente.

Estos son los sueños que vale la pena escribir, disfrazándolos un poco, desde luego, para que las subrutinas del subconsciente del autor sean atribuidas a una magistral configuración de los personajes.




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