«La horca»: I. W. D. Peters; relato y análisis


«La horca»: I. W. D. Peters; relato y análisis.




La horca (The Gallows) es un relato psicológico —perteneciente al Gótico Sureño (Southern Gothic)— del escritor norteamericano I. W. D. Peters (¿?), publicado en la edición de marzo de 1923 de la revista Weird Tales.

La horca, el único cuento de I. W. D. Peters que fue publicado —autor sobre el cual no se sabe prácticamente nada—, relata en primera persona la historia de un hombre que pasa sus últimas horas en su celda antes de ser colgado en la horca.

El narrador asegura que es culpable del crimen por el cual fue sentenciado: matar al amante de su esposa. En todo caso, desea ser colgado, anhela la horca, quizás para liberarse de la desilusión, del dolor de saber que la mujer que ama se ha entregado con voracidad a los brazos de un cretino; quien además, probablemente, es el verdadero padre del niño que ella lleva en el vientre.

En este sentido, La horca de I. W. D. Peters parece un auténtico culebrón, la típica historia del marido que se siente herido, ultrajado en su orgullo, y que comete un crimen en un arrebato de locura. No obstante, el trasfondo de la historia es más interesante que eso. Se deslizan ciertas costumbres, ciertos hábitos en la pareja, que la vuelven inusual para la época. En todo caso, las aspiraciones del cuento son sencillas: mantener el suspenso hasta el final, donde sabremos si el hombre irá a la horca, o será salvado a último momento por un indulto del gobernador.




La horca.
The Gallows, I. W. D. Peters.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mañana, al amanecer, iré a la horca por el asesinato de un hombre. Al amanecer del nueve de junio, el aniversario del día de mi boda, me colgarán del cuello hasta que esté muerto. Me alegra que este estado aún no haya adoptado el uso de electricidad en las ejecuciones. Prefiero pasar mis últimos momentos al aire libre, bajo el cielo.

La construcción de la horca está terminada; los trabajadores se han ido, y parece que la ejecución al amanecer seguramente tendrá lugar; pero cada paso que doy a lo largo del corredor me hace saltar el corazón. Gladys está trabajando para conseguirme el perdón, o un aplazo, de mi sentencia. Estoy rezando para que no tenga éxito.

El gobernador está en un viaje de pesca, lejos del ferrocarril y el telégrafo. Si no lo localizan en las próximas horas, me colgarán. ¡Dios conceda que no lo encuentren!

Es la voluntad de Gladys solicitar el perdón, no la mía. Ella suele ganar en este tipo de discusiones, pero cada minuto que pasa disminuye su oportunidad de abrirse camino hasta el gobernador. Faltan diez minutos para la medianoche. El doctor Brander, el capellán de la prisión, acaba de dejarme, pobre y satisfecho, creyendo que ha logrado reconciliarme con mi destino. Si hubiera sabido que la horca, allá afuera, era en mi mente un refugio, una vía de escape, se habría alejado de mí con horror.

Las próximas cinco horas serán las más largas de mi vida. Cada paso que se acerca por el corredor me da miedo. No es porque sea culpable del crimen por el cual fui sentenciado, simplemente me alegro de morir. Soy culpable, pero eso no significa que merezca muerte. Mañana al amanecer seré colgado porque quiero que me cuelguen.

Podría haberme salvado, pero me negué a hacerlo. Siento un profundo desagrado por la vida. Estoy escribiendo estas palabras para que otros, sobre todo Gladys, puedan saber la verdad. Ella ha tratado de verme en varias ocasiones, desde que me trajeron aquí, pero me he negado. Curioso. Uno de los pocos derechos que tiene un condenado a muerte es negarse a ver visitas.

Desde el día en que nos casamos, Gladys exigió conocer cada uno de mis pensamientos, cada uno de mis actos a cada hora del día. Y si estos pensamientos no estaban relacionados con ella, los criticaba, incluso los condenaba. Creo que le molestaban, con amargura, esos pequeños recovecos de mi alma que yo, por respeto, y también por prudencia, me guardaba para mí mismo.

Finalmente, decidió mostrarme que había otros hombres que la apreciaban. Durante un tiempo, después de eso, a todas las horas del día, y de la noche, mi casa estaba infestada de sabandijas. Lo soporté sin decir una palabra, lo cual la enfureció más.

Lester Caine, un joven honesto y sencillo, fue su primera víctima. La primera vez que lo encontré sentado cerca de ella, en el porche. Fumamos y hablamos de nuestros días en el ejército. Sentía que Gladys podía coquetear con seguridad con un tipo como Lester, si eso era lo que ella quería, darme celos; pero Lester no volvió a aparecer.

Durante dos meses hubo una procesión de jóvenes en el lugar. Nuestra casa no estaba lejos del Westmoor Country Club, y de los campos de golf, de modo que muchos llegaron casi hasta nuestro patio lateral. Nuestro porche era un lugar conveniente para pasar un buen rato, según se decía.

De repente, la actividad cesó. Gladys estaba muy lejos, su madre vivía en una ciudad a pocos kilómetros de distancia, de manera que no me asombró esa nueva tranquilidad. Al regresar estaba más callada que de costumbre, más pensativa. No parecía ser ella misma.

Al principio estaba bastante perplejo, luego, de repente, se me ocurrió una explicación para el cambio que se veía en ella. La alegría llenó mi alma, de modo tal que, desde entonces, fui excesivamente gentil con ella. Le compré un automóvil pequeño para su cumpleaños. Hice todo lo que podía pensar por su comodidad y placer. Después de todo, me dije, la fase emocional por la que había pasado era natural. El matrimonio es un reajuste difícil para algunos. Evidentemente había sido así con Gladys. Si un niño viniera a nosotros, todo estaría bien.

¡Un niño, nuestro hijo! Fue maravilloso pensar en eso. Siempre se había negado a considerar el tema diciendo que deseaba disfrutar de la vida mientras fuese joven. Pero ella sabía que quería que un hijo llevara mi nombre, o una hija que heredara su belleza. Supongo que, a su modo, aceptó que eso era inevitable. Una ola de exaltación me hizo sentir como si estuviera pisando las nubes. Ansiaba mencionarle el tema, pero sentí que la primera palabra al respecto debería provenir de ella.

Pasé horas pensando en cosas tiernas y amorosas para decirle. Ella aceptó todo en silencio, a veces con la cara vuelta hacia el costado, con las mejillas sonrojadas. Entonces quise abrazarla, pero la noté fría, rígida, incluso.

En esta etapa, mi empresa me envió en un viaje de diez días para cerrar un trato comercial. Fue difícil dejar a Gladys, pero ahora, más que nunca, sentí que necesitaríamos dinero, y mucho. Acordamos que Gladys fuera a casa de su madre, y que yo debía reunirme con ella ahí a mi regreso.

Es la misma historia de siempre, que probablemente hayas escuchado cientos de veces, o vivido. Llegué a casa antes de lo esperado, y fui directamente a nuestra habitación, con la intención de redecorarla antes de traer a Gladys a casa. En la puerta estaba su auto. Entré corriendo, pero no había nadie en el piso inferior, ni en el dormitorio. Estaba a punto de bajar las escaleras cuando escuché una risa grave, la risa de un hombre, desde el tercer piso. Corrí hacia allí y me quedé mirando la puerta cerrada de la habitación de huéspedes.

—¿Cuál es la idea de huir de mí? —preguntó el hombre—. No puedes hacerme eso.

—Te dije que no vinieras aquí de nuevo. No es seguro.

—No le tengo miedo a ese marido tuyo. Eres mía y seguirás siendo mía.

Había escuchado atentamente, pero no podía reconocer la voz del hombre.

—Vete, ahora —suplicó Gladys—. Esta noche prometo que iré a verte, pero ahora tienes que irte.

—¡No! Estoy aquí ahora, y me voy a quedar.

—Suéltame, me estás lastimando el hombro.

Hubo un sonido de forcejeo. Tantee la puerta. Estaba cerrada. La embestí con el hombro. La cerradura se rompió.

Gladys lanzó un grito, y saltó lejos del hombre, un hombre al que nunca había visto antes. El tipo de tenía labios gruesos, oscuros, cejas negras, espesas. Mientras contemplaba la escena, la mujer despeinada, el hombre sonrojado, una gran ola de asco casi me abruma.

—Bien —dijo el hombre—, ¿qué vas a hacer al respecto?

—Si te vas ahora, nada.

—¿Y si no?

—Me enfrentaré a esa situación cuando llegue.

—Ha llegado —dijo, con una sonrisa—. Tranquilo. Me iré.

Soy un tipo alto, delgado, de aspecto delicado, pero sabía que era un rival para ese bruto sobrealimentado.

Escuché el ruido de sus pies en las escaleras. Entonces lo seguí.

El hombre se apresuraba hacia el tranvía. Arranqué el auto de Gladys y lo seguí. Era fácil mantener a la vista el tranvía y vigilar su elegante cabeza negra.

Se bajó en la calle Hanson. Yo, sin mirarlo, seguí adelante. Doblé en la esquina, justo a tiempo para verlo entrar en un edificio de oficinas. No estaba muy lejos, detrás de él, cuando tomó el ascensor. El hombre del ascensor amablemente me dio el número de su oficina.

Le estaba contando una broma a su mecanógrafa cuando entré, pero su risa murió cuando me vio.

—¡Tú, sucio ladrón!

Su expresión de asombro, mientras yo gritaba estas palabras, fue divertida. Levantó las manos, en un gesto ridículo, casi de negociación. Realmente quise decir lo que dije cuando le grité:

—He venido para matarte.

Asfixiar la vida de una bestia sobrealimentada no es tan difícil para un hombre enfurecido. En menos de un cuarto de hora estaba muerto. La policía, a quien la mecanógrafa había llamado, llenó la habitación incluso antes de que me arreglara la ropa desaliñada.

Prácticamente me entregué. Fui lo suficientemente hábil como para hacer que cada palabra, aparentemente pronunciada en mi propia defensa, sonara contra mí. Gladys trató de salvarme contando la verdadera historia del asunto, pero hice un retrato de ella a la policía como una esposa devota y sacrificada, dispuesta a arruinar incluso su nombre para salvar a su esposo.

Disfruté verla sufrir mientras hacía esto.

La desacredité con facilidad. Por otro lado, el bruto no estaba para corroborar su versión. Y además estaba la historia de la mecanógrafa para ayudarme. Aproveché al máximo que todas las cartas estaban en mi contra. Fue suficiente. Fui sentenciado a la horca el noveno día de junio, al amanecer.

Gladys llegó a la cárcel para verme mientras se desarrollaba el juicio, pero logré actuar como si mi historia fuera la verdadera, y la suya, falsa. Me suplicó que revelara la verdad pero fue en vano. Nada me habría hecho cambiar de opinión. Entiendo que fue un shock terrible para ella. Su madre la llevó desde la sala del tribunal, desmayada. Antes de que se recuperara, yo estaba en prisión.

Debo acoger con beneplácito la hora del amanecer como nunca antes en mi vida. Hasta entonces no me abandonará el miedo a un indulto repentino. Gladys mueve cielo y tierra para localizar al gobernador. ¡Dios conceda que no tenga éxito!

Son las cuatro cuarenta y cinco. He pasado mucho tiempo mirando por la ventana, hacia la oscuridad. ¿Qué viene después de la muerte? Esa es la pregunta, supongo, que todos los hombres se hacen al final de la vida. Es una pregunta inútil, una que nadie puede responder.

¡Diez minutos para las cinco, ahora seguramente estoy a salvo incluso de la posibilidad de un aplazamiento! Oigo pasos en el pasillo. ¿Es mi escolta a la horca o lo que más temo en la tierra?


Declaración del alcaide de la Penitenciaría Larsen:

Si Traylor hubiera aceptado pasar esos pocos minutos, siempre asignados a un criminal condenado a muerte, su indulto nos habría llegado a tiempo para detener la ejecución; pero caminó con calma, sin vacilar, hasta la horca. Estaba muerto dos minutos antes de que nos llegara el mensaje del gobernador.

I. W. D. Peters.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos pulp.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de I. W. D. Peters: La horca (The Gallows), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Hay algo que deja en intriga y es la motivación del personaje para querer ser ejecutado.



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