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Flannery O'Connor: cuentos destacados


Flannery O'Connor: cuentos destacados.




Flannery O'Connor fue una notable autora estadounidense que retrató con crudeza los rasgos más siniestros de la vida en el sur de su país. En este contexto, los cuentos de Flannery O'Connor pertenecen al Gótico Sureño (Southern Gothic), un subgénero en donde abundan los personajes grotescos y situaciones de gran realismo.

En este segmento de El Espejo Gótico iremos repasando todos los cuentos de Flannery O´Connor.




Relatos de Flannery O'Connor.
  • El corazón del parque (The Heart of the Park)
  • La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own)
  • Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find and Other Stories)
  • Buena gente de campo (Good Country People)
  • Día del juicio (Judgement Day)
  • El barbero (The Barber)
  • El cultivo (The Crop)
  • El festival de la perdiz (The Partridge Festival)
  • El frío duradero (The Enduring Chill)
  • El geranio (The Geranium)
  • El pavo (The Turkey)
  • El pelador (The Peeler)
  • El templo del Espíritu Santo (A Temple of the Holy Ghost)
  • El tren (The Train)
  • El río (The River)
  • Enoc y el gorila (Enoch and the Gorilla)
  • Gato salvaje (Wildcat)
  • Hoja verde (Greenleaf)
  • La captura (The Capture)
  • La espalda de Parker (Parker's Back)
  • La mujer en las escaleras (A Woman on the Stairs)
  • La persona desplazada (The Displaced Person)
  • Las dulzuras del hogar (The Comforts of Home)
  • Los cojos entrarán primero (The Lame Shall Enter First)
  • No puedes ser más pobre que muerto (You Can't Be Any Poorer Than Dead)
  • ¿Por qué los paganos sienten ira? (Why Do the Heathen Rage?)
  • Revelación (Revelation)
  • Todo lo que se levanta debe converger (Everything That Rises Must Converge)
  • Un círculo en el fuego (A Circle in the Fire)
  • Un encuentro tardío con el enemigo (A Late Encounter with the Enemy)
  • Un golpe de buena suerte (A Stroke of Good Fortune)
  • Un panorama de los bosques (A View of the Woods)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Flannery O'Connor: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Flannery O'Connor: relatos y novelas


Flannery O'Connor: relatos y novelas.




Flannery O'Connor —Mary Flannery O'Connor (1925-1964)— fue una extraordinaria escritora norteamericana cuya mayor virtud fue haber retratado con crudeza los aspectos más oscuros del sur de los Estados Unidos. En este sentido, las novelas y relatos de Flannery O'Connor se inscriben en el género del Gótico Sureño (Southern Gothic), y suelen estar protagonizados por personajes grotescos y situaciones sumamente violentas.

En esta sección iremos recorriendo todos los cuentos, novelas y relatos de Flannery O´Connor.




Novelas y relatos de Flannery O'Connor.
  • El corazón del parque (The Heart of the Park)
  • La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own)
  • Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find and Other Stories)
  • Buena gente de campo (Good Country People)
  • Día del juicio (Judgement Day)
  • El barbero (The Barber)
  • El cultivo (The Crop)
  • El festival de la perdiz (The Partridge Festival)
  • El frío duradero (The Enduring Chill)
  • El geranio (The Geranium)
  • El pavo (The Turkey)
  • El pelador (The Peeler)
  • El templo del Espíritu Santo (A Temple of the Holy Ghost)
  • El tren (The Train)
  • El río (The River)
  • Enoc y el gorila (Enoch and the Gorilla)
  • Gato salvaje (Wildcat)
  • Hoja verde (Greenleaf)
  • La captura (The Capture)
  • La espalda de Parker (Parker's Back)
  • La mujer en las escaleras (A Woman on the Stairs)
  • La persona desplazada (The Displaced Person)
  • Las dulzuras del hogar (The Comforts of Home)
  • Los cojos entrarán primero (The Lame Shall Enter First)
  • Los violentos lo arrebatan (The Violent Bear It Away)
  • No puedes ser más pobre que muerto (You Can't Be Any Poorer Than Dead)
  • ¿Por qué los paganos sienten ira? (Why Do the Heathen Rage?)
  • Revelación (Revelation)
  • Sangre sabia (Wise Blood)
  • Todo lo que se levanta debe converger (Everything That Rises Must Converge)
  • Un círculo en el fuego (A Circle in the Fire)
  • Un encuentro tardío con el enemigo (A Late Encounter with the Enemy)
  • Un golpe de buena suerte (A Stroke of Good Fortune)
  • Un panorama de los bosques (A View of the Woods)




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El artículo: Flannery O'Connor: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Tennessee Williams: grandes relatos


Tennessee Williams: grandes relatos.




Tennessee Williams —Thomas Lanier Williams III (1911-1983)— fue un destacado escritor norteamericano, ampliamente reconocido por el cine. En este sentido, muchos de los relatos de Tennessee Williams se inscriben en el subgénero del Gótico Sureño (Southern Gothic), a su vez vinculado al relato gótico y el relato de terror, y sobre ese aspecto de su obra nos centraremos aquí.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo algunos de los grandes relatos de Tennessee Williams.




Relatos de Tennessee Williams.
  • La habitación oscura (The Dark Room)
  • La noche de la iguana (The Night of the Iguana)
  • Caramelo duro (Hard Candy)
  • Crónica de una muerte (Chronicle of a Demise)
  • Deseo y el masagista negro (Desire and the Black Masseur)
  • El ángel en la alcoba (The Angel in the Alcove)
  • El campo de los niños azules (The Field of Blue Children)
  • El hombre trae esto por el camino (Man Bring This up Road)
  • El pájaro amarillo (The Yellow Bird)
  • El poeta (The Poet)
  • El reino de la tierra (The Kingdom of Earth)
  • Grand (Grand)
  • Gusanos de tienda (Tent Worms)
  • La búsqueda caballeresca (The Knightly Quest)
  • La maldición (The Malediction)
  • La semejanza entre un estuche de violín y un ataúd (The Resemblance Between a Violin Case and a Coffin)
  • La venganza de Nitocris (The Vengeance of Nitocris)
  • La vieja casa de estuco de mamá (Mama's Old Stucco House)
  • Lo importante (The Important Thing)
  • Los misterios del Joy Rio (The Mysteries of the Joy Rio)
  • Ocho mujeres poseídas (Eight Mortal Ladies Possessed)
  • Oriflama (Oriflamme)
  • Retrato de una chica en cristal (Portrait of a Girl in Glass)
  • Sucedió el día que salió el sol (It Happened the day the Sun Rose)
  • Tres jugadores de un juego de verano (Three Players of a Summer Game)
  • Un brazo (One Arm)
  • Un recluso y su invitado (A Recluse and His Guest)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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«La horca»: I. W. D. Peters; relato y análisis


«La horca»: I. W. D. Peters; relato y análisis.




La horca (The Gallows) es un relato psicológico —perteneciente al Gótico Sureño (Southern Gothic)— del escritor norteamericano I. W. D. Peters (¿?), publicado en la edición de marzo de 1923 de la revista Weird Tales.

La horca, el único cuento de I. W. D. Peters que fue publicado —autor sobre el cual no se sabe prácticamente nada—, relata en primera persona la historia de un hombre que pasa sus últimas horas en su celda antes de ser colgado en la horca.

El narrador asegura que es culpable del crimen por el cual fue sentenciado: matar al amante de su esposa. En todo caso, desea ser colgado, anhela la horca, quizás para liberarse de la desilusión, del dolor de saber que la mujer que ama se ha entregado con voracidad a los brazos de un cretino; quien además, probablemente, es el verdadero padre del niño que ella lleva en el vientre.

En este sentido, La horca de I. W. D. Peters parece un auténtico culebrón, la típica historia del marido que se siente herido, ultrajado en su orgullo, y que comete un crimen en un arrebato de locura. No obstante, el trasfondo de la historia es más interesante que eso. Se deslizan ciertas costumbres, ciertos hábitos en la pareja, que la vuelven inusual para la época. En todo caso, las aspiraciones del cuento son sencillas: mantener el suspenso hasta el final, donde sabremos si el hombre irá a la horca, o será salvado a último momento por un indulto del gobernador.




La horca.
The Gallows, I. W. D. Peters.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mañana, al amanecer, iré a la horca por el asesinato de un hombre. Al amanecer del nueve de junio, el aniversario del día de mi boda, me colgarán del cuello hasta que esté muerto. Me alegra que este estado aún no haya adoptado el uso de electricidad en las ejecuciones. Prefiero pasar mis últimos momentos al aire libre, bajo el cielo.

La construcción de la horca está terminada; los trabajadores se han ido, y parece que la ejecución al amanecer seguramente tendrá lugar; pero cada paso que doy a lo largo del corredor me hace saltar el corazón. Gladys está trabajando para conseguirme el perdón, o un aplazo, de mi sentencia. Estoy rezando para que no tenga éxito.

El gobernador está en un viaje de pesca, lejos del ferrocarril y el telégrafo. Si no lo localizan en las próximas horas, me colgarán. ¡Dios conceda que no lo encuentren!

Es la voluntad de Gladys solicitar el perdón, no la mía. Ella suele ganar en este tipo de discusiones, pero cada minuto que pasa disminuye su oportunidad de abrirse camino hasta el gobernador. Faltan diez minutos para la medianoche. El doctor Brander, el capellán de la prisión, acaba de dejarme, pobre y satisfecho, creyendo que ha logrado reconciliarme con mi destino. Si hubiera sabido que la horca, allá afuera, era en mi mente un refugio, una vía de escape, se habría alejado de mí con horror.

Las próximas cinco horas serán las más largas de mi vida. Cada paso que se acerca por el corredor me da miedo. No es porque sea culpable del crimen por el cual fui sentenciado, simplemente me alegro de morir. Soy culpable, pero eso no significa que merezca muerte. Mañana al amanecer seré colgado porque quiero que me cuelguen.

Podría haberme salvado, pero me negué a hacerlo. Siento un profundo desagrado por la vida. Estoy escribiendo estas palabras para que otros, sobre todo Gladys, puedan saber la verdad. Ella ha tratado de verme en varias ocasiones, desde que me trajeron aquí, pero me he negado. Curioso. Uno de los pocos derechos que tiene un condenado a muerte es negarse a ver visitas.

Desde el día en que nos casamos, Gladys exigió conocer cada uno de mis pensamientos, cada uno de mis actos a cada hora del día. Y si estos pensamientos no estaban relacionados con ella, los criticaba, incluso los condenaba. Creo que le molestaban, con amargura, esos pequeños recovecos de mi alma que yo, por respeto, y también por prudencia, me guardaba para mí mismo.

Finalmente, decidió mostrarme que había otros hombres que la apreciaban. Durante un tiempo, después de eso, a todas las horas del día, y de la noche, mi casa estaba infestada de sabandijas. Lo soporté sin decir una palabra, lo cual la enfureció más.

Lester Caine, un joven honesto y sencillo, fue su primera víctima. La primera vez que lo encontré sentado cerca de ella, en el porche. Fumamos y hablamos de nuestros días en el ejército. Sentía que Gladys podía coquetear con seguridad con un tipo como Lester, si eso era lo que ella quería, darme celos; pero Lester no volvió a aparecer.

Durante dos meses hubo una procesión de jóvenes en el lugar. Nuestra casa no estaba lejos del Westmoor Country Club, y de los campos de golf, de modo que muchos llegaron casi hasta nuestro patio lateral. Nuestro porche era un lugar conveniente para pasar un buen rato, según se decía.

De repente, la actividad cesó. Gladys estaba muy lejos, su madre vivía en una ciudad a pocos kilómetros de distancia, de manera que no me asombró esa nueva tranquilidad. Al regresar estaba más callada que de costumbre, más pensativa. No parecía ser ella misma.

Al principio estaba bastante perplejo, luego, de repente, se me ocurrió una explicación para el cambio que se veía en ella. La alegría llenó mi alma, de modo tal que, desde entonces, fui excesivamente gentil con ella. Le compré un automóvil pequeño para su cumpleaños. Hice todo lo que podía pensar por su comodidad y placer. Después de todo, me dije, la fase emocional por la que había pasado era natural. El matrimonio es un reajuste difícil para algunos. Evidentemente había sido así con Gladys. Si un niño viniera a nosotros, todo estaría bien.

¡Un niño, nuestro hijo! Fue maravilloso pensar en eso. Siempre se había negado a considerar el tema diciendo que deseaba disfrutar de la vida mientras fuese joven. Pero ella sabía que quería que un hijo llevara mi nombre, o una hija que heredara su belleza. Supongo que, a su modo, aceptó que eso era inevitable. Una ola de exaltación me hizo sentir como si estuviera pisando las nubes. Ansiaba mencionarle el tema, pero sentí que la primera palabra al respecto debería provenir de ella.

Pasé horas pensando en cosas tiernas y amorosas para decirle. Ella aceptó todo en silencio, a veces con la cara vuelta hacia el costado, con las mejillas sonrojadas. Entonces quise abrazarla, pero la noté fría, rígida, incluso.

En esta etapa, mi empresa me envió en un viaje de diez días para cerrar un trato comercial. Fue difícil dejar a Gladys, pero ahora, más que nunca, sentí que necesitaríamos dinero, y mucho. Acordamos que Gladys fuera a casa de su madre, y que yo debía reunirme con ella ahí a mi regreso.

Es la misma historia de siempre, que probablemente hayas escuchado cientos de veces, o vivido. Llegué a casa antes de lo esperado, y fui directamente a nuestra habitación, con la intención de redecorarla antes de traer a Gladys a casa. En la puerta estaba su auto. Entré corriendo, pero no había nadie en el piso inferior, ni en el dormitorio. Estaba a punto de bajar las escaleras cuando escuché una risa grave, la risa de un hombre, desde el tercer piso. Corrí hacia allí y me quedé mirando la puerta cerrada de la habitación de huéspedes.

—¿Cuál es la idea de huir de mí? —preguntó el hombre—. No puedes hacerme eso.

—Te dije que no vinieras aquí de nuevo. No es seguro.

—No le tengo miedo a ese marido tuyo. Eres mía y seguirás siendo mía.

Había escuchado atentamente, pero no podía reconocer la voz del hombre.

—Vete, ahora —suplicó Gladys—. Esta noche prometo que iré a verte, pero ahora tienes que irte.

—¡No! Estoy aquí ahora, y me voy a quedar.

—Suéltame, me estás lastimando el hombro.

Hubo un sonido de forcejeo. Tantee la puerta. Estaba cerrada. La embestí con el hombro. La cerradura se rompió.

Gladys lanzó un grito, y saltó lejos del hombre, un hombre al que nunca había visto antes. El tipo de tenía labios gruesos, oscuros, cejas negras, espesas. Mientras contemplaba la escena, la mujer despeinada, el hombre sonrojado, una gran ola de asco casi me abruma.

—Bien —dijo el hombre—, ¿qué vas a hacer al respecto?

—Si te vas ahora, nada.

—¿Y si no?

—Me enfrentaré a esa situación cuando llegue.

—Ha llegado —dijo, con una sonrisa—. Tranquilo. Me iré.

Soy un tipo alto, delgado, de aspecto delicado, pero sabía que era un rival para ese bruto sobrealimentado.

Escuché el ruido de sus pies en las escaleras. Entonces lo seguí.

El hombre se apresuraba hacia el tranvía. Arranqué el auto de Gladys y lo seguí. Era fácil mantener a la vista el tranvía y vigilar su elegante cabeza negra.

Se bajó en la calle Hanson. Yo, sin mirarlo, seguí adelante. Doblé en la esquina, justo a tiempo para verlo entrar en un edificio de oficinas. No estaba muy lejos, detrás de él, cuando tomó el ascensor. El hombre del ascensor amablemente me dio el número de su oficina.

Le estaba contando una broma a su mecanógrafa cuando entré, pero su risa murió cuando me vio.

—¡Tú, sucio ladrón!

Su expresión de asombro, mientras yo gritaba estas palabras, fue divertida. Levantó las manos, en un gesto ridículo, casi de negociación. Realmente quise decir lo que dije cuando le grité:

—He venido para matarte.

Asfixiar la vida de una bestia sobrealimentada no es tan difícil para un hombre enfurecido. En menos de un cuarto de hora estaba muerto. La policía, a quien la mecanógrafa había llamado, llenó la habitación incluso antes de que me arreglara la ropa desaliñada.

Prácticamente me entregué. Fui lo suficientemente hábil como para hacer que cada palabra, aparentemente pronunciada en mi propia defensa, sonara contra mí. Gladys trató de salvarme contando la verdadera historia del asunto, pero hice un retrato de ella a la policía como una esposa devota y sacrificada, dispuesta a arruinar incluso su nombre para salvar a su esposo.

Disfruté verla sufrir mientras hacía esto.

La desacredité con facilidad. Por otro lado, el bruto no estaba para corroborar su versión. Y además estaba la historia de la mecanógrafa para ayudarme. Aproveché al máximo que todas las cartas estaban en mi contra. Fue suficiente. Fui sentenciado a la horca el noveno día de junio, al amanecer.

Gladys llegó a la cárcel para verme mientras se desarrollaba el juicio, pero logré actuar como si mi historia fuera la verdadera, y la suya, falsa. Me suplicó que revelara la verdad pero fue en vano. Nada me habría hecho cambiar de opinión. Entiendo que fue un shock terrible para ella. Su madre la llevó desde la sala del tribunal, desmayada. Antes de que se recuperara, yo estaba en prisión.

Debo acoger con beneplácito la hora del amanecer como nunca antes en mi vida. Hasta entonces no me abandonará el miedo a un indulto repentino. Gladys mueve cielo y tierra para localizar al gobernador. ¡Dios conceda que no tenga éxito!

Son las cuatro cuarenta y cinco. He pasado mucho tiempo mirando por la ventana, hacia la oscuridad. ¿Qué viene después de la muerte? Esa es la pregunta, supongo, que todos los hombres se hacen al final de la vida. Es una pregunta inútil, una que nadie puede responder.

¡Diez minutos para las cinco, ahora seguramente estoy a salvo incluso de la posibilidad de un aplazamiento! Oigo pasos en el pasillo. ¿Es mi escolta a la horca o lo que más temo en la tierra?


Declaración del alcaide de la Penitenciaría Larsen:

Si Traylor hubiera aceptado pasar esos pocos minutos, siempre asignados a un criminal condenado a muerte, su indulto nos habría llegado a tiempo para detener la ejecución; pero caminó con calma, sin vacilar, hasta la horca. Estaba muerto dos minutos antes de que nos llegara el mensaje del gobernador.

I. W. D. Peters.

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos pulp.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de I. W. D. Peters: La horca (The Gallows), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Willa Cather: novelas destacadas


Willa Cather: novelas destacadas.




Willa Cather (1873-1947) fue una importante escritora norteamericana, ganadora de diversos premios, entre ellos, el Pulitzer. En este sentido, las novelas de Willa Cather son ejemplos fundamentales de la literatura de la época, muchas de las cuales evidencian un interesante trasfondo social respecto de la mujer y su rol en la sociedad de aquellos años.

Aquí iremos repasando todas las novelas de Willa Cather.




Novelas de Willa Cather:
  • La muerte llama al arzobispo (Death Comes for the Archbishop)
  • Una dama perdida (A Lost Lady)
  • Abuela (Grandmither)
  • Antes del desayuno (Before Breakfast)
  • Crepúsculos de abril (April Twilights)
  • Consecuencias (Consequences)
  • Destinos oscuros (Obscure Destinies)
  • Dos amigos (Two Friends)
  • El árbol de espino (The Hawthorn Tree)
  • El canto de la alondra (The Song of the Lark)
  • El caso de Paul (Paul's Case)
  • El caso en la estación Grover (The Affair at Grover Station)
  • El farol encantado (The Enchanted Bluff)
  • El funeral del escultor (The Sculptor's Funeral)
  • El jardín de los trolls (The Troll Garden)
  • El matrimonio de Fedra (The Marriage of Phaedra)
  • El miedo que camina al mediodía (The Fear That Walks by Noonday)
  • El palatino (The Palatine)
  • El puente de Alejandro (Alexander's Bridge)
  • Escándalo (Scandal)
  • Flavia y sus artistas (Flavia and Her Artists)
  • La casa del profesor (The Professor's House)
  • La clemencia de la corte (The Clemency of the Court)
  • La historia de Tom Outland (Tom Outland's Story)
  • La juventud y la brillante Medusa (Youth and the Bright Medusa)
  • La mina de diamantes (The Diamond Mine)
  • La vieja belleza (The Old Beauty)
  • La vieja señora Harris (Old Mrs. Harris)
  • Los mejores años (The Best Years)
  • Lucy Gayheart (Lucy Gayheart)
  • Mi Antonia (My Ántonia)
  • Mi enemigo mortal (My Mortal Enemy)
  • Molinos de Monmartre (Mills of Montmartre)
  • No menos de cuarenta (Not Under Forty)
  • Pioneros (O Pioneers!)
  • Safira y la joven esclava (Sapphira and the Slave Girl)
  • Sombras sobre la roca (Shadows Over the Rock)
  • Una matinal de Wagner (A Wagner Matinee)
  • Una muerte en el desierto (A Death in the Desert)
  • Uno de los nuestros (One of Ours)
  • Un zapato de oro (A Gold Slipper)
  • Vecino Rosicky (Neighbour Rosicky)
  • Ya voy, Afrodita (Coming, Aphrodite!)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Willa Cather: novelas destacadas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Relatos reunidos de William Faulkner»; libro y análisis


«Relatos reunidos de William Faulkner»; libro y análisis.




Relatos reunidos de William Faulkner (Collected Stories of William Faulkner) es una colección de relatos del escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962), publicada en 1950.

En esta antología podemos encontrar básicamente los mejores cuentos de William Faulkner. La selección fue llevada a cabo por el propio autor, tomando los relatos más importantes de sus colecciones anteriores: Estos trece (These 13), Baja Moisés (Go Down, Moses) y Gambito de caballo (Knight's Gambit). En versiones posteriores de Relatos reunidos de William Faulkner se añadieron una gran cantidad de cuentos publicados en colecciones posteriores a aquella primera edición.

William Faulkner fue, sin dudas, uno de los autores norteamericanos más influyentes de su tiempo. Su aporte al Gótico Sureño (Southern Gothic) sería decisivo para establecer los parámetros de un género sucio y sumamente crudo.




Relatos reunidos de William Faulkner.
Collected Stories of William Faulkner, William Faulkner (1897-1962)
  • El sacerdote (The Priest)
  • Ninfolepsia (Nympholepsy)
  • Una rosa para Emilia (A Rose for Emily)
  • Abuela Millard (Grandmother Millard)
  • Ad Astra (Ad Astra)
  • Arrastre mortal (Death Drag)
  • Artista en casa (Artist at Home)
  • Cabello (Hair)
  • Cacería de zorros (Fox Hunt)
  • Carcasona (Carcassonne)
  • Centauro de latón (Centaur in Brass)
  • Divorcio en Nápoles (Divorce in Naples)
  • Doctor Martin (Dr. Martin)
  • Dos soldados (Two Soldiers)
  • El broche (The Brooch)
  • El campo (The Country)
  • Elly (Elly)
  • El páramo (The Wasteland)
  • El territorio medio (The Middle Ground)
  • Ese sol de la tarde (That Evening Sun)
  • Eso estará bien (That Will Be Fine)
  • Estación Pennsylvania (Pennsylvania Station)
  • ¡Ey! (Lo!)
  • Granero en llamas (Barn Burning)
  • Grieta (Crevasse)
  • Había una reina (There Was a Queen)
  • Herpes para el señor (Shingles for the Lord)
  • Hojas rojas (Red Leaves)
  • Honor (Honor)
  • La aldea (The Village)
  • La cacería del oso (A Bear Hunt)
  • La justicia (A Justice)
  • La mula en el patio (Mule in the Yard)
  • La naturaleza (The Wilderness)
  • La pierna (The Leg)
  • Lava (Wash)
  • Los hombres altos (The Tall Men)
  • Más allá (Beyond)
  • Mistral (Mistral)
  • Montaña Victoria (Mountain Victory)
  • Música negra (Black Music)
  • No perecerá (Shall Not Perish)
  • Septiembre seco (Dry September)
  • Tierra dorada (Golden Land)
  • Tío Willy (Uncle Willy)
  • Todos los pilotos muertos (All the Dead Pilots)
  • Un cortejo (A Courtship)
  • Victoria (Victory)
  • Vuelta completa (Turnabout)




Relatos góticos. I Libros de William Faulkner.


El análisis y resumen del libro de William Fulkner: Relatos reunidos de William Faulkner (Collected Stories of William Faulkner), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Dile a las mujeres que nos vamos»: Raymond Carver; relato y análisis


«Dile a las mujeres que nos vamos»: Raymond Carver; relato y análisis.




Dile a las mujeres que nos vamos (Tell the Women We’re Going) es un relato de terror del escritor norteamericano Raymond Carver (1938-1988), publicado en la antología de 1981: De qué hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk About When We Talk About Love).

Dile a las mujeres que nos vamos, sin dudas uno de los mejores relatos de Raymond Carver, cuenta la historia de dos amigos, Bill y Jerry, en apariencia, perfectamente normales: ambos con trabajo, familia y preocupaciones banales, que cierto día siguen a dos mujeres por la carretera y las asesinan.

En este sentido, Dile a las mujeres que nos vamos es menos un clásico cuento de terror que un relato psicológico fascinante, donde Raymond Carver nos sumerge, poco a poco, en lo profundo de la psique de estos dos hombres, cuyas vidas, aparentemente, transitan por las típicas ambiciones y frustraciones, pero que también son capaces de cultivar, en perfecto secreto, inconfesables impulsos homicidas.

De este modo, Raymond Carver construye a dos asesinos —en realidad, un asesino y su cómplice— a partir de dos sujetos en donde el Mal (con mayúscula) parece estar ausente hasta que por fin se manifiesta.



Dile a las mujeres que nos vamos.
Tell the Women We’re Going, Raymond Carver (1938-1988)

Bill Jamison había sido siempre el mejor amigo de Jerry Roberts. Ambos habían crecido en la zona sur, cerca del viejo parque de atracciones. Habían ido juntos a la escuela primaria y luego a la secundaria, y más tarde entraron juntos en Eisenhower, donde hicieron cuanto estuvo en su mano para tener el mayor número de profesores comunes, se intercambiaron camisas y suéteres y pantalones con pinzas, y salieron con las mismas chicas.

En el verano conseguían trabajos juntos: macerar melocotones, recoger cerezas, deshebrar lúpulo, cualquier cosa que les proporcionase algo de dinero y en donde no hubiera que soportar a un patrón al acecho. Y compraron un coche a medias. El verano anterior a su último curso, juntaron el dinero y se compraron un Plymouth rojo del 54 por 325 dólares.

Lo compartieron. Y todo salió perfectamente.

Pero Jerry se casó antes de que finalizara el primer semestre, y abandonó los estudios para tomar un empleo fijo en el centro comercial Robby’s. En cuanto a Bill, también él había salido con la chica. Carol, y se llevaba muy bien con Jerry, y Bill iba a visitarlos siempre que podía. Tener amigos casados le hacía sentirse más adulto. Solía ir a almorzar o a cenar, y escuchaban a Elvis o a Bill Haley y los Comets.

Pero a veces Carol y Jerry empezaban a comportarse... bueno, como suelen hacerlo las parejas, sin importarles que Bill estuviera delante. Entonces Bill se levantaba y se excusaba y se iba andando hasta la estación de servicio Dezorn’s a tomarse una gaseosa, pues en el apartamento de Jerry no había más que una cama abatible en la sala de estar. O bien ellos se metían en el cuarto de baño, y Bill se iba a la cocina y fingía interesarse por la alacena o el frigorífico mientras trataba de no escuchar.

Así que Bill empezó a no ir tan a seguido; y, después de graduarse en junio, consiguió un empleo en la fábrica Darigold y se alistó en la Guardia Nacional. Al cabo de un año tenía a su cargo su propia ruta lechera y mantenía relaciones formales con Linda. De modo que Bill y Linda iban a visitar a Jerry y Carol, y bebían cerveza y oían discos.

Carol y Linda se llevaban bien, y a Bill le halagó que Carol le dijera —así, confidencialmente— que Linda era genial.

También a Jerry le gustaba Linda.

—Es estupenda— comentó Jerry.

Cuando Bill y Linda se casaron, Jerry fue el padrino de boda. La fiesta, naturalmente, fue en el Donnelly Hotel, y Jerry y Bill se tomaron del brazo, bebieron el ponche de un trago, y se despacharon a gusto con toda clase de diabluras. Pero en determinado momento, en medio de toda aquella alegría, Bill miró a Jerry y pensó en lo mucho que había envejecido, pues tenía veintidós años y aparentaba muchos más. Para entonces tenía ya dos hijos y había ascendido en Robby’s a adjunto a la gerencia, y había otro retoño en camino.

Se veían todos los sábados y domingos, y más a menudo si había una fiesta. Cuando hacía buen tiempo, Bill y Linda iban a casa de Jerry, y asaban salchichas, mientras dejaban a los niños en la piscina portátil que Jerry había conseguido —al igual que tantas otras cosas— en el centro comercial donde trabajaba.

Jerry tenía una bonita casa. Estaba sobre una colina desde donde se divisaba el Naches. Había otras casas en las cercanías, pero no muy próximas. A Jerry le iban las cosas a pedir de boca. Cuando Bill y Linda y Jerry y Carol se reunían, lo hacían siempre en casa de Jerry, pues era él quien tenía la barbacoa y los discos y los niños que no dejaban de alborotarse.

Sucedió un domingo en casa de Jerry.

Las mujeres estaban en la cocina preparando las cosas. Las hijas de Jerry jugaban en el jardín. Lanzaban una pelota de plástico a la piscinita, chillaban y se metían a chapotear detrás de ella. Jerry y Bill, echados en las tumbonas del patio, bebían cerveza y descansaban. Bill llevaba el peso de la conversación: hablaba de gente que conocían, de Darigold, del Pontiac Catalina de cuatro puertas que pensaba comprarse.

Jerry miraba fijamente el tendedero, o el Chevy descapotable del 68 que estaba en el garaje. Bill pensó que Jerry iba a acabar por quedarse ensimismado, mirando como miraba todo el tiempo fijamente y sin decir esta boca es mía.

Bill se movió en su tumbona y encendió un cigarrillo. Preguntó:

—¿Te sucede algo, muchacho? Quiero decir, ya sabes.

Jerry acabó su cerveza y aplastó la lata. Se encogió de hombros.

—Ya sabes— dijo.

Bill asintió con la cabeza.

Luego Jerry propuso:

—¿Qué tal si nos damos una vuelta?

—Me parece perfecto —aprobó Bill—. Les diré a las mujeres que nos vamos.

Tomaron la carretera del río Naches rumbo a Gleed. Conducía Jerry. El día era cálido y soleado, y el aire azotaba el interior del coche.

—¿Adónde vamos? —preguntó Bill.

—Vamos a echar unas partidas de billar.

—Estupendo —celebró Bill. Se sentía mucho mejor viendo a Jerry animado.

—Hay que salir de vez en cuando —se justificó Jerry. Miró a Bill—. ¿Me entiendes, no?

Sí, Bill le entendía.

Le gustaba ir con los compañeros de la fábrica a jugar en la liga de bolos del viernes por la noche. Le gustaba irse un par de veces a la semana después del trabajo a tomarse unas cervezas con Jack Broderick. Sabía que los jóvenes tienen que salir de vez en cuando.

—Al pie del cañón —dijo Jerry mientras tomaba la pista de grava que conducía al Rec Center.

Entraron. Bill sostuvo la puerta para que pasara Jerry, y al pasar Jerry le dio un puñetazo suave en el estómago.

—¡Qué hay, gente!

Era Riley.

—¿Eh, cómo están, chicos?

Riley salía de detrás de la barra sonriendo abiertamente. Era un hombre corpulento. Llevaba una camisa hawaiana de manga corta que le colgaba fuera de los tejanos. Riley repitió:

—¿Cómo están, chicos?

—Calla y sírvenos un par de Olys —pidió Jerry, guiñando un ojo a Bill—. ¿Y tú cómo estás, Riley?

Riley continuó:

—¿Cómo les va, chicos? ¿Dónde se han metido? ¿Tienen algún lío de faldas? La última vez que te vi, Jerry, tenías a la señora de seis meses.

Jerry se quedó quieto unos instantes, y pestañeó.

—¿Qué hay de esos Olys? —insistió Bill.

Se sentaron en unos taburetes cerca de la ventana. Jerry comentó:

—¿Qué local es éste, Riley, sin una sola chica un domingo por la tarde?

Riley rió. Contestó:

—Imagino que están todas en la iglesia rezando para conseguir marido.

Se tomaron cinco latas de cerveza cada uno y tardaron dos horas en jugar tres partidas de turnos y dos de billar ruso. Riley, sentado en un taburete, hablaba y miraba cómo jugaban. Bill no paraba de mirar primero su reloj y luego a Jerry.

Bill saltó:

—¿Bueno, en qué piensas, Jerry? Repito, ¿en qué piensas?

Jerry acabó la lata, la aplastó y se quedó un momento dándole vueltas en la mano. Luego salieron.

Una vez en la carretera, Jerry empezó a pisarle a fondo: a veces ponía el coche a ciento treinta y ciento cuarenta kilómetros por hora. Acababan de adelantar a una vieja furgoneta cargada de muebles cuando vieron a las dos chicas.

—¡Mira eso! —exclamó Jerry, reduciendo la marcha—. Ya haría yo algo con ellas.

Jerry siguió como una milla y salió de la carretera.

—Volvamos —propuso—. Intentémoslo.

—Bueno... —dudó Bill—. No sé.

—Yo les haría algo —insistió Jerry.

—Sí. Pero no sé...

—Vamos, hombre —le apremió Jerry.

Bill miró el reloj y luego miró en torno. Dijo:

—Bueno, pero habla tú. Yo estoy fuera de forma.

Jerry hizo sonar la bocina mientras giraba en redondo. Cuando se acercó a la altura de las chicas redujo la velocidad. Hizo entrar el Chevy en el arcén. Las chicas siguieron pedaleando en dirección opuesta, pero se miraron una a otra y rieron. La que ocupaba el borde de la pista era alta y esbelta y tenía el pelo oscuro; la otra era rubia y más menuda. Ambas llevaban shorts y blusas que dejaban al descubierto la espalda.

—Perras —masculló Jerry—. La morena es para mí —decidió—: la pequeña es tuya.

Bill se echó hacia atrás en su asiento y se tocó el puente de las gafas de sol.

—Esas no van a hacer nada —auguró.

—Pronto las tendrás a tu lado— le contradijo Jerry. Cruzó la autopista y dio marcha atrás—. Prepárate— anunció.

—Hola —dijo Bill cuando alcanzaron las bicicletas—. Me llamo Bill.

—Muy bonito —dijo la morena.

—¿Adónde van?

Las chicas no respondieron. La pequeña rió. Siguieron pedaleando y Jerry siguió conduciendo.

—Eh, vamos. ¿Adónde van? —insistió Bill.

—A ningún sitio —contestó la pequeña.

—¿Y dónde es ningún sitio?

—Ya te gustaría saberlo —coqueteó la pequeña.

—Te he dicho mi nombre —respondió Bill—. ¿Cuál es el tuyo? Este se llama Jerry.

Las chicas se miraron y rieron.

Apareció un coche a la zaga. El conductor tocó el claxon.

—¡A la mierda! —gritó Jerry.

Aceleró hasta despegarse de las bicicletas y dejó que el coche lo adelantara. Luego retrocedió hasta situarse al lado de las chicas. Bill propuso:

—Demos un paseo. Las llevaremos adonde quieran. Lo prometo. Tienen que estar cansadas de darles a los pedales. Tienen pinta de cansadas. No es bueno el exceso de ejercicio. Y menos para las chicas.

Las chicas rieron.

—¿Lo ven? —continuó Bill—. Ahora vamos, díganos cómo se llaman.

—Yo soy Bárbara, y ésta es Sharon —dijo la menuda.

—¡Perfecto! —exclamó Jerry—. Ahora entérate de a dónde van.

—¿Adónde van? —quiso saber Bill—. ¿Eh, Bárbara?

La chica rió.

—A ninguna parte —respondió—. Por la carretera.

—¿Pero por la carretera adónde?

—¿Te importa que se lo diga? —le preguntó a su amiga.

—No, me da igual —contestó la amiga—. Me da exactamente igual. No voy a ir a ninguna parte con nadie —resolvió la chica llamada Sharon.

—¿Adónde van? —insistió Bill—. ¿A Picture Rock?

Las chicas rieron.

—Allí es donde van —aseguró Jerry.

Apretó el acelerador del Chevy, adelantó a las chicas y se metió en el arcén: ahora habrían de pasar a su lado.

—No sean así —dijo Jerry. Y les instó—: Vamos. Si ya hemos sido presentados —argumentó.

Las chicas pasaron de largo.

—¡No mordemos! —bromeó Jerry.

La morena miró hacia atrás. A Jerry le pareció que le miraba con cierta aprobación, pero con una chica nunca se sabe. Entonces volvió como un rayo a la calzada; de los neumáticos salieron disparados guijarros y tierra.

—¡Nos veremos! —les gritó Bill al pasar a su lado.

—Está con ganas —comentó Jerry—. ¿No has visto la mirada que me ha echado?

—No sé —dudó Bill—. Quizá sería mejor que volviéramos a casa.

—¡Pero si está hecho! —dijo Jerry.

Salió de la carretera y se detuvo bajo unos árboles. La carretera se bifurcaba allí, en Picture Rock, de donde partía un ramal para Yakima y otro para el Naches, Enumclaw, el puerto de Chinook y Seattle.

A unos cien metros de la autopista se alzaba una alta e inclinada masa de roca negra, parte integrante de una cadena poco elevada de colinas llenas de senderos y pequeñas cuevas, en cuyas paredes podían verse numerosas inscripciones indias. El lado escarpado de la roca daba a la carretera, y sobre él había escritas cosas como éstas:


NACHES 67.
LOS WILDCATS DE GLEED.
JESÚS NOS SALVA.
DERROTAD A YAKIMA.


Y:


ARREPENTÍOS.


Se quedaron dentro del coche, fumando. Los mosquitos trataban de picarles en las manos.

—Cómo me gustaría tener una cerveza —exclamó Jerry—. Iría a beberme una.

—Y yo —coreó Bill, y miró el reloj.

Cuando divisaron a las chicas, Jerry y Bill salieron del coche. Se apoyaron sobre la aleta delantera.

—Recuerda —dijo Jerry, apartándose del coche—. La morena es mía. Tú te encargas de la otra.

Las chicas dejaron las bicicletas en el suelo y tomaron uno de los senderos. Desaparecieron tras un recodo y volvieron a aparecer un poco más arriba. Ahora estaban allí, quietas, y miraban hacia abajo.

—¿Para qué nos siguen, eh chicos? —gritó la morena.

Jerry tomó el sendero.

Las chicas se volvieron y se alejaron de nuevo a buen paso. Bill fumaba un cigarrillo, y se paraba de vez en cuando para dar una honda chupada. Cuando llegaron a un recodo, miró hacia atrás y vio el coche.

—¡Muévete! —le instó Jerry.

—Ya voy —respondió Bill.

Siguieron subiendo. Pero Bill tuvo que recobrar el resuello. Ya no podía ver el coche. Tampoco la carretera. A su izquierda pudo ver una franja del Naches, que se extendía hacia abajo como una tira de papel de aluminio.

Jerry dijo:

—Vete a la derecha y yo iré de frente. Les cortaremos el paso a esas dos.

Bill asintió con la cabeza. Jadeaba demasiado para poder hablar. Siguió subiendo durante un rato; el sendero empezó a descender y a encaminarse hacia el valle. Bill miró y vio a las chicas. Se habían puesto en cuclillas tras un saliente del terreno. Tal vez estaban sonriendo.

Bill sacó un cigarrillo. Pero no pudo encenderlo. Entonces vio a Jerry. Y después de aquello, ya no importaba.

Lo que Bill había querido era, quizás, verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera. No llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma con las dos chicas.

Raymond Carver (1938-1988)




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Raymond Carver: Dile a las mujeres que nos vamos (Tell the Women We’re Going), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La vida que salves puede ser la tuya»: Flannery O'Connor; relato y análisis


«La vida que salves puede ser la tuya»: Flannery O'Connor; relato y análisis.




La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Flannery O'ConnorMary Flannery O'Connor (1925-1964)—, publicado por primera vez en la edición de primavera de 1953 de la revista Kenyon Review, y luego reeditado en la antología de 1955: Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find).

La vida que salves puede ser la tuya, uno de los grandes cuentos de Flannery O'Connor, relata la historia de una pobre muchacha: Lucynell, quien además de ser sorda es sobreprotegida por su totémica madre.

Ambas mujeres viven recluidas en una granja, casi en absoluto aislamiento, hasta que cierto día aparece un hombre, Shiftlet, quien al parecer es un vagabundo. La anciana, desesperada por encontrar un marido para su hija, realiza maniobras psicológicas para que Lucynell y Shuffled contraigan matrimonio. El plan maquiavélico tiene éxito, pero los resultados son diametralmente opuestos a los esperados.

Es importante aclarar que La vida que salves puede ser la tuya pertenece al género del Gótico Sureño (Southern Gothic) —especie de Romanticismo oscuro (Dark Romanticism) del siglo XX—, el cual abunda en referencias a lo grotesco, lo macabro. Aquí abundan los personajes excéntricos, perturbados, que hacen un verdadero culto de la decadencia, pero no precisamente debido a la abundancia de recursos, sino más bien como consecuencia de la ignorancia y la pobreza.

En este contexto, Flannery O'Connor fue una verdadera maestra del Gótico Sureño —a la par de autores como Ambrose Bierce, William Faulkner y Tennessee Williams—, un género que permitió realizar una dura crítica social al exagerar los rasgos más estúpidos e hipócritas de la gente.




La vida que salves puede ser la tuya.
The Life You Save May Be Your Own, Flannery O'Connor (1925-1964)

La vieja y su hija estaban sentadas en el porche cuando por primera vez apareció el señor Shiftlet por el camino. La anciana se deslizó hacia el borde de la silla e inclinó el cuerpo protegiéndose los ojos del sol hiriente con una mano. La hija no veía cuanto ocurría a lo lejos, de modo que continuaba jugando con los dedos. Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aún en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo, y que no representaba ningún peligro.

El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa. Caminaba a paso lento por el sendero, con el rostro vuelto hacia el sol, que parecía balancearse en la cima de una pequeña montaña.

La vieja no cambió de posición hasta que él estuvo casi dentro del patio; entonces se levantó y apoyó una mano cerrada en un puño en la cadera. La hija, una muchacha grandota con un vestido corto de organdí azul lo vio de pronto y dio un respingo; comenzó a patear y a señalar y a emitir sonidos inarticulados y exaltados.

El señor Shiftlet se detuvo justo dentro del patio, dejó la caja en el suelo y se tocó el ala del sombrero con la punta de los dedos para saludar a la joven como si ésta se comportase normalmente; luego se volvió hacia la anciana y se lo quitó. Sus cabellos, morenos, largos y lacios, caían lisos a ambos lados desde una raya al medio hasta la punta de sus orejas. La frente le cubría más de la mitad del rostro que terminaba de pronto, con las facciones apenas proporcionadas, en la trampa de acero que eran sus mandíbulas. Parecía un hombre joven, pero tenía una mirada de serena insatisfacción, como si entendiera de la vida entera.

—Buenas tardes —dijo la anciana. Tenía el tamaño de un poste de cedro de la cerca y llevaba un sombrero gris de hombre muy calado.

El vagabundo se quedó mirándola sin decir nada. Giró sobre sus talones y se volvió hacia la puesta de sol. Abrió lentamente ambos brazos, el que tenía entero y el corto, para abarcar entre ellos una extensión del cielo y su figura formó una cruz torcida. La anciana lo observó con los brazos cruzados sobre el pecho como si ella fuese la dueña del sol. La hija contemplaba la escena, con la cabeza echada hacia delante, y sus manos pendían, gordas e inútiles, de las muñecas. Tenía el cabello largo y dorado, y los ojos tan azules como el cuello de un pavo real.

El señor Shiftlet permaneció casi cincuenta segundos en esa posición, luego recogió su caja, se acercó al porche y se dejó caer en el primer escalón.

—Señora —dijo con firme voz nasal—, daría una fortuna por vivir donde pudiera ver al sol hacer esto todas las tardes.

—Lo hace todas las tarde —repuso la vieja, y se volvió a sentar.

La hija también se sentó y observó al hombre con una mirada furtiva y precavida, como si fuese un pajarraco que se hubiese acercado demasiado. Él se ladeó, hurgó en el bolsillo de su pantalón y en un instante sacó un paquete de chicles y le tendió uno. Ella lo tomó, lo desenvolvió y comenzó a mascarlo sin quitarle los ojos de encima. El hombre ofreció otro a la anciana, pero ésta levantó su labio superior para indicar que no tenía dientes.

La pálida y aguda mirada del señor Shiftlet ya había revisado todo cuanto había en el patio- la bomba cerca de la esquina de la casa y la alta higuera donde tres gallinas se preparaban para dormir- y desplazó la mirada hacia el cobertizo, donde vio la parte trasera y aherrumbrada de un automóvil.

—¿Conducen ustedes? —preguntó.

—Ese coche no se ha movido en los últimos quince años —respondió la vieja—. El día que murió mi marido, dejó de moverse.

—Ya nada es como era antes, señora. El mundo está casi podrido.

—Tiene razón —convino ella—. ¿Es usted de por aquí?

—Tom T. Shiftlet —murmuró mirando los neumáticos.

—Mucho gusto en conocerle —dijo la anciana—. Lucynell Crater, y la hija, Lucynell Crater. ¿Qué hace usted por aquí, señor Shiftlet?

Él juzgó que el coche debía ser un Ford de 1928 o 1929.

—Señora —dijo, y se volvió hacia ella para dedicarle toda su atención—, permítame decirle algo. Hay un doctor en Atlanta que tomó un cuchillo y sacó el corazón humano, el corazón humano —repitió, inclinándose hacia ella—, del pecho de un hombre y lo sostuvo en la mano —y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como si aguantara el leve peso de un corazón humano— y lo estudió como si fuera un polluelo de un día, y, señora —dijo, e hizo una larga pausa dramática durante la cual adelantó la cabeza y sus ojos color de arcilla brillaron—, ese hombre no sabe más que ustedes o que yo acerca de eso.

—Es verdad —dijo la anciana.

—Vaya, si tomara ese cuchillo y cortara todas las puntas del corazón, todavía no sabría más que ustedes o que yo, se lo aseguro. ¿Qué quiere apostar?

—Nada —respondió la anciana sabiamente—. ¿De dónde viene, señor Shiftlet?

Él no contestó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito de tabaco y un estuche de papel de fumar; lió un cigarrillo con destreza, a pesar de hacerlo con una sola mano, y se lo puso bajo el labio superior. Luego sacó una caja de cerillos de madera y prendió uno en la suela de su zapato. La mantuvo encendida como si estudiase el misterio de la llama mientras ésta descendía peligrosamente hacia su piel. La hija empezó a alborotar y a señalar la mano del hombre y a agitar un dedo ante él, pero justo cuando la llama estaba a punto de quemarle se inclinó con la mano ahuecada sobre el fósforo como si fuera a prender fuego su nariz y encendió el cigarrillo.

Lanzó al aire el cerillo apagado y expulsó una bocanada gris en el atardecer. Su cara adoptó una expresión socarrona.

—Señora —dijo—, en nuestros días la gente hace cualquier cosa. Puedo decirle que me llamo Tom T. Shiftlet y que vengo de Tarwater, Tennessee, pero usted nunca me había visto antes, así que ¿cómo sabe que no estoy mintiendo? ¿Cómo sabe que no soy Aaron Sparks, de Singleberry, Georgia, o cómo sabe que no soy George Speeds, de Lucy, Alabama, o cómo sabe que no soy Thompson Bright, de Toolafalls, Mississippi?

—No sé nada de usted —musitó la anciana, fastidiada.

—Señora, a la gente no le importa cómo se le miente. Tal vez lo mejor que puedo decirle es que soy un hombre, pero, dígame, señora —añadió, e hizo una pausa y su tono se tornó aún más lúgubre—, ¿qué es un hombre?

La anciana empezó a mordisquear una semilla.

—¿Qué lleva en esa caja de hojalata, señor Shiftlet? —preguntó.

—Herramientas —respondió—. Soy carpintero.

—Bueno, si viene aquí para trabajar, podré darle comida y un lugar para dormir, pero no puedo pagarle. Se lo advierto antes de que empiece.

No hubo una respuesta inmediata ni ninguna expresión especial en el rostro del hombre. Se apoyó contra el madero que sostenía el tejado del porche.

—Señora —dijo con lentitud—, para algunos hombres ciertas cosas significan más que el dinero.

La anciana se meció en su silla sin hacer comentario alguno y la hija observó el gatillo que subía y bajaba en la garganta del señor Shiftlet. Éste dijo a la anciana que el dinero era lo único que interesaba a la gente, pero que él no sabía para qué estaba hecho el hombre. Le preguntó si el hombre estaba hecho para el dinero o para qué. Le preguntó si sabía para qué estaba hecha ella, pero la anciana no contestó y siguió meciéndose y se preguntó si un hombre con un solo brazo podría colocar un tejado nuevo en la casita del jardín.

Él hizo muchas preguntas y ella no contestó. Le explicó que tenía veintiocho años y que había hecho muchas cosas en la vida. Había sido cantor de gospel, capataz en el ferrocarril, ayudante en una casa de pompas fúnebres y había estado tres meses en la radio con Uncle Roy y los Red Creek Wranglers. Contó que había luchado y dado su sangre en las Fuerzas Armadas de su país y visitado todas las tierras extranjeras, y en todas partes había visto gente a quien no le importaba si hacían las cosas así o asá. Dijo que a él no le habían criado de esa manera.

Una luna gorda y amarilla apareció en las ramas de la higuera como si fuera a dormir allí con las gallinas. Dijo que un hombre debía huir al campo para ver el mundo entero y que ojala viviera en un lugar tan desolado como ese, donde todas las tardes pudiera ver ponerse el sol como Dios lo había ordenado.

—¿Está casado o soltero? —preguntó la anciana.

Hubo un largo silencio.

—Señora —dijo él al final—, ¿dónde se puede encontrar una mujer inocente en estos días? Yo no tomaría nada de esa basura que hay que levantar.

La hija estaba encorvada, con la cabeza casi inclinada sobre las rodillas, observándolo a través de una puerta triangular que había hecho con su cabello; de pronto cayó al suelo y comenzó a lloriquear. El señor Shiftlet la enderezó y la ayudó a sentarse de nuevo en la silla.

—¿Es su hija?

—La única que tengo —respondió la anciana—, y es la criatura más dulce de la tierra. No la dejaría por nada del mundo. Y además es lista. Barre, guisa, lava, da de comer a las gallinas y trabaja con el azadón. No la cambiaría ni por un cofre de joyas.

—No —dijo él con tono afable—, no deje que ningún hombre se la lleve.

—El hombre que venga por ella —afirmó la anciana— tendrá que quedarse aquí.

En la oscuridad, los ojos del señor Shiftlet se habían quedado fijos en el paracoche del automóvil que destellaba en la distancia.

—Señora —dijo alzando el brazo corto como si pudiera señalar con él la casa, el patio y la bomba—, no hay nada roto en esta plantación que no pueda arreglar, hasta con un brazo inútil. Soy un hombre —agregó con adusta dignidad— aún cuando no esté entero. ¡Yo poseo —dijo tabaleando con los nudillos sobre el suelo para subrayar la inmensidad de lo que iba a decir— una inteligencia moral! —Y su rostro atravesó la oscuridad hacia un rayo de luz que escapaba por la puerta y se quedó mirando a la anciana como si a él mismo le sorprendiera esa verdad imposible.

Ella no se dejó impresionar.

—Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida —dijo—, si no le importa dormir en ese coche.

—Señora —dijo él con una sonrisa de satisfacción—, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes!

—No estaban tan avanzados como nosotros —repuso la anciana.

A la mañana siguiente empezó a trabajar en el tejado de la casita del jardín, mientras Lucynell, la hija, sentada sobre una piedra, lo observaba. Apenas había transcurrido una semana de su llegada al lugar cuando los cambios que había hecho ya podían apreciarse. Había arreglado las escaleras de la entrada y de la parte de atrás, construido un nuevo corral para los cerdos, reparado una cerca y enseñado a Lucynell, que era por completo sorda y nunca había pronunciado una palabra en su vida, a decir la palabra pájaro.

La chica grandota de rostro sonrosado lo seguía a todas partes, diciendo Pppajjjjarrro y aplaudiendo. La vieja los observaba a cierta distancia, secretamente contenta. Se moría de ganas de tener un yerno.

El señor Shiftlet dormía en el duro y angosto asiento trasero del automóvil, con los pies saliendo por la ventanilla. Tenía su navaja de afeitar y un bote con agua sobre una caja que le servía de mesita de noche, había colocado un pedazo de espejo sobre la luna trasera y colgaba cuidadosamente la chaqueta de una percha que había puesto en una de las ventanillas.

Al caer la tarde se sentaba en las escaleras y hablaba mientras la anciana y Lucynell se mecían vigorosamente en sus sillas, cada una a un lado. Las tres montañas de la anciana se alzaban negras contra el cielo azul oscuro y de vez en cuando recibían la visita de varios planetas y de la luna después de que ésta abandonaba a las gallinas. El señor Shiftlet señaló que había mejorado la plantación porque se había interesado personalmente por ella. Dijo que hasta iba a hacer funcionar el automóvil.

Había levantado el capó y estudiado el mecanismo, dijo que podía afirmar que al coche lo habían fabricado en esa época en que realmente sabían fabricarlos.

—Ahora —dijo—, un hombre coloca un tornillo y otro hombre coloca otro tornillo, y entonces tienes un hombre por cada tornillo. Por eso debes pagar tanto por un coche: estás pagando a todos esos hombres. En cambio, si tuvieras que pagar a un solo hombre, podrías conseguir un coche más barato y en el que se ha puesto un interés personal, y sería un coche mejor.

La anciana estuvo de acuerdo con él en que así debería ser.

El señor Shiftlet aseguró que el gran problema del mundo era que a nadie le importaba nada ni se paraba un momento a preocuparse por las cosas. Dijo que nunca hubiera podido enseñar una palabra a Lucynell si no se hubiera preocupado y dedicado el tiempo necesario.

—Enséñele a decir otra cosa —dijo la anciana.

—¿Qué quiere que diga? —preguntó el señor Shiftlet.

La sonrisa de la vieja era amplia, desdentada e insinuante.

—Enséñele a decir querido —respondió.

El señor Shiftlet ya sabía lo que ella tenía en la mente. Al día siguiente empezó a trabajar en el automóvil y al atardecer le dijo que si ella compraba una correa de ventilador lo haría funcionar. La anciana dijo que le daría el dinero.

—¿Ve a esa chica? —le preguntó, señalando a Lucynell, que estaba sentada en el suelo a menos de un metro, mirándolo, los ojos azules aún en la oscuridad—. Si alguna vez un hombre se la quisiera llevar, yo le diría: ¡No hay hombre en la tierra que pueda arrancar de mi lado a esta dulce niña!; pero si él me dijera: Señora, no me la quiero llevar, la quiero aquí, yo le diría: Señor, no tengo nada que reprocharle. Yo no dejaría pasar la oportunidad de tener un hogar y conseguir a la joven más dulce del mundo. No es usted tonto. Eso le diría.

—¿Qué edad tiene? —preguntó el señor Shiftlet como de pasada.

—Quince o dieciséis —respondió la vieja. La muchacha rondaba los treinta años, pero debido a su inocencia era imposible adivinarlo.

—Sería una buena idea pintarlo también —observó el señor Shiftlet-. No querrá que se cubra de herrumbre.

—Ya veremos —repuso la anciana.

Al día siguiente se encaminó hacia el pueblo, donde adquirió las piezas que le hacían falta y un bidón de gasolina. Avanzada la tarde, unos ruidos ensordecedores escaparon del cobertizo y la anciana salió corriendo de la casa pensando que Lucynell tenía otro ataque. Lucynell estaba sentada sobre una jaula de pollos, dando golpes con los pies y gritando: ¡Ppppaajjarro! ¡Ppajjarro!, pero el alboroto que armaba quedaba ahogado por el estruendo del automóvil. Tras una descarga de explosiones, emergió del cobertizo, majestuoso e imponente. El señor Shiftlet estaba sentado al volante, muy tieso. Tenía una expresión de seria modestia, como si hubiera resucitado a un muerto.

Esa noche, meciéndose en el porche, la anciana fue derecho al grano.

—Quiere usted una mujer inocente, ¿no es así? —preguntó, comprensiva—. No quiere saber nada de la escoria.

—Así es, señora.

—Una que no hable —continuó ella—, que no le conteste ni diga palabrotas. Se merece usté esa clase de mujer. Allí está. —Y señaló a Lucynell, que estaba sentada con las piernas cruzadas en la silla y se agarraba los pies con las manos.

—Así es —admitió él—. No me daría ningún problema.

—El sábado —dijo la anciana—, usted, ella y yo iremos en coche al pueblo y se casarán.

El señor Shiftlet cambió de posición en la escalera.

—No me puedo casar en este momento —repuso—. Todo lo que uno quiere hacer requiere dinero y yo estoy quebrado.

—¿Para qué necesita el dinero? —preguntó la vieja.

—Hace falta dinero —respondió él—. Hoy día hay gente que hace las cosas de cualquier manera, pero, según yo lo veo, nunca me casaría con una mujer a la que no pudiera llevar de viaje como si ella fuese alguien. Quiero decir, llevarla a un hotel y agasajarla. No me casaría con la duquesa de Windsor —añadió con firmeza— a menos que la pudiera llevar a un hotel y darle de comer algo bueno. Me educaron de esa manera y no hay na que yo pueda hacer al respecto. Mi madre me enseñó cómo debía comportarme.

—Lucynell ni siquiera sabe qué es un hotel —musitó la anciana—. Escuche, señor Shiftlet —dijo inclinándose hacia delante—, conseguirá usted un hogar y un pozo de agua profundo y la muchacha más inocente de la tierra. No necesita dinero. Le voy a decir algo: no hay lugar en el mundo pa un hombre vagabundo, pobre, mutilado y sin amigos.

Las desagradables palabras se posaron en la cabeza del señor Shiftlet como una bandada de águilas en la copa de un árbol. No dijo nada de inmediato. Lió un cigarrillo, lo encendió y luego habló con voz serena.

—Señora, un hombre está dividido en dos partes, cuerpo y espíritu.

La vieja apretó las encías.

—Un cuerpo y un espíritu —repitió él—. El cuerpo, señora, es como una casa: no va a ningún lado; pero el espíritu, señora, es como un automóvil: siempre está en movimiento, siempre.

—Escuche, señor Shiftlet —repuso ella—, mi pozo nunca se seca y mi casa está siempre caldeada en invierno y no hay ninguna hipoteca en este lugar. Puede ir al juzgado y comprobarlo. Y allá, en aquel cobertizo, hay un buen coche —Preparó el cebo con cuidado—. Para el sábado lo puede tener usted pintado. Yo pagaré la pintura.

En la oscuridad, la sonrisa del señor Shiftlet se estiró como una serpiente cansada que se despierta al lado del fuego. Al cabo de un instante, se repuso y dijo:

—Tan sólo digo que el espíritu de un hombre es más importante para él que cualquier otra cosa. Tendría que llevar de viaje a mi esposa un fin de semana sin reparar en gastos. Debo obedecer lo que me indica mi espíritu.

—Le daré quince dólares para un viaje de fin de semana —dijo la vieja con tono desabrido—. Es lo único que puedo hacer.

—Eso apenas servirá para pagar la gasolina y el hotel —repuso él—. No alcanzaría para la comida de ella.

—Diecisiete cincuenta —dijo la anciana—. Es todo lo que tengo, así que es inútil que trate de exprimirme. Puede llevarse la comida de aquí.

El señor Shiftlet se sintió profundamente herido por la palabra exprimir. No albergaba la más mínima duda de que ella tenía más dinero cosido al colchón, pero ya le había dicho que no le interesaba su dinero.

—Procuraré que eso alcance —repuso, y se retiró zanjando así las negociaciones con la anciana.

El sábado, los tres fueron al pueblo en el automóvil, cuya pintura aún no se había secado, y el señor Shiftlet y Lucynell se casaron en el juzgado con la anciana como testigo. Cuando salieron, el señor Shiftlet comenzó a estirar el cuello. Parecía malhumorado y resentido, como si lo hubiesen insultado mientras alguien lo sujetaba.

—Esto no me ha gustado —dijo—. No es más que algo que una mujer hace en una oficina, sólo papeleo y análisis de sangre. ¿Qué saben de mi sangre? Si me sacaran el corazón y lo cortaran en pedazos, no sabrían nada de mí. No me ha gustado nada.

—Sí ha cumplido la ley —dijo la anciana con aspereza.

—La ley —replicó el señor Shiftlet, y escupió—. Es la ley lo que no me gusta.

Había pintado el coche de verde oscuro con una franja amarilla bajo las ventanillas. Los tres se sentaron en el asiento delantero y la anciana comentó:

—¿No está guapa, Lucynell? Parece una muñeca.

Lucynell llevaba un vestido blanco que su madre había desenterrado de un baúl y se tocaba con un sombrero panamá con una ramita de cerezas rojas en el ala. De vez en cuando su expresión plácida cambiaba a causa de algún pensamiento travieso como un brote de verde en el desierto.

—¡Se lleva usted una joya! —dijo la anciana.

El señor Shiftlet ni siquiera le dirigió la mirada.

Volvieron a la casa para dejar a la anciana y llevar la comida de aquel día. Cuando estuvieron listos para partir, ella se quedó al lado de la ventanilla del coche con los dedos cerrados sobre el vidrio. Las lágrimas comenzaron a brotar de las comisuras de sus ojos y a rodar por las sucias arrugas de su rostro.

—Nunca me he separado de ella dos días —dijo.

El señor Shiftlet puso el motor en marcha.

—Y no se la daría a ningún hombre, a excepción de usted, porque he visto que actúa como es debido. Adiós, querida —añadió aferrándose a la manga del vestido blanco. Lucynell la miró y no pareció verla. El señor Shiftlet hizo avanzar el coche y la vieja tuvo que sacar la mano.

Era un mediodía claro, cálido, rodeado de un cielo pálido. A pesar de que el automóvil no podía ir a más de cincuenta kilómetros por hora, el señor Shiftlet se imaginó fantásticas subidas y bajadas y curvas cerradas, que sólo estaban en su cabeza, y se olvidó de la amargura de la mañana. Siempre había deseado un coche pero nunca había podido comprarlo. Conducía muy deprisa porque quería llegar a Mobile al anochecer.

De vez en cuando interrumpía sus pensamientos el tiempo suficiente para mirar a Lucynell sentada a su lado. Se había comido el almuerzo tan pronto como partieron y ahora arrancaba las cerezas del sombrero y las arrojaba una a una por la ventanilla. Él se sintió deprimido a pesar del coche. Había conducido unos ciento sesenta kilómetros cuando decidió que ella debía tener hambre de nuevo y, al llegar a un pueblecito, estacionó frente a un local pintado de color aluminio, la llevó dentro y pidió para ella un plato de jamón y sémola. El viaje la había adormecido y, tan pronto como se sentó en el taburete, descansó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos. En el local nohabía nadie más que el señor Shiftlet y el muchacho tras la barra, un joven pálido con un trapo grasiento al hombro. Antes de que le sirviera la comida ella ya estaba roncando suavemente.

—Dáselo en cuanto despierte —dijo el señor Shiftlet—. Lo pagaré ahora.

El muchacho se inclinó hacia ella, miró el cabello largo de un dorado rojizo y los ojos dormidos entrecerrados. Luego levantó la vista y miró al señor Shiftlet.

—Parece un ángel de Dios —murmuró.

—Estaba pidiendo raite —explicó el señor Shiftlet—. No puedo esperar. Tengo que llegar a Tuscaloosa.

El muchacho se inclinó de nuevo y con sumo cuidado tocó con un dedo una hebra de pelo dorado. El señor Shiftlet partió.

Se sentía más deprimido que nunca mientras conducía solo. El atardecer se había vuelto caluroso y sofocante y el campo era ahora llano. En el cielo, a lo lejos, se preparaba una tormenta muy lentamente y sin truenos, como si se dispusiera a drenar todas las gotas de aire de la tierra antes de caer. Había momentos en que el señor Shiftlet prefería no estar solo. Además, pensaba que un hombre con automóvil tenía responsabilidades para con los demás y se mantuvo alerta por si veía a alguien pidiendo raite. De vez en cuando, veía letreros que rezaban:


CONDUZCA CON CUIDADO.
LA VIDA QUE SALVE PUEDE SER LA SUYA:


La angosta carretera descendía a ambos costados hacia campos secos, y aquí y allá surgían en un claro casuchas y alguna que otra gasolinera. El sol comenzó a ponerse justo delante del coche. Era una bola rojiza que, a través del parabrisas, parecía levemente chata en las partes superior e inferior. Vio a un chico vestido con un mono y un sombrero gris parado en el arcén, aminoró la marcha y se detuvo a su lado. El muchacho no tenía el pulgar levantado, tan sólo estaba plantado allí, pero llevaba una maletita de cartón y el sombrero puesto de una manera que indicaba que se iba para siempre de algún lugar.

—Hijo —dijo el señor Shiftlet—, veo que quieres viajar.

El muchacho no dijo ni que sí ni que no, pero abrió la portezuela y se sentó, y el señor Shiftlet empezó a conducir. El chico tenía la maleta en el regazo y los brazos cruzados sobre ella. Volvió la cabeza hacia la ventanilla, sin mirar al señor Shiftlet. Éste se sintió angustiado.

—Hijo —dijo al cabo de un minuto—, tengo la mejor madre del mundo, así que supongo que debes tener la segunda mejor.

El muchacho le dirigió una rápida mirada oscura y acto seguido volvió de nuevo el rostro hacia la ventanilla.

—No hay nada más dulce —continuó el señor Shiftlet— que la madre de uno. Me enseñó las primeras oraciones sobre sus rodillas, me dio amor cuando nadie lo hacía, me dijo lo que estaba bien y lo que no, y veló para que yo hiciera las cosas bien. Hijo- añadió-, ningún día de mi vida he lamentado tanto como aquél en que abandoné a mi madre.

El muchacho se removió en el asiento pero no miró al señor Shiftlet. Descruzó los brazos y puso una mano sobre la manija de la puerta.

—Mi madre era un ángel de Dios —prosiguió el señor Shiftlet con voz crispada—. Él la trajo del cielo y me la dio y yo la abandoné.

Sus ojos se nublaron al instante con un velo de lágrimas. El automóvil apenas se movía.

El muchacho se volvió con rabia en el asiento.

—¡Vete a la mierda! —gritó—. ¡Mi vieja es una bola de piojos y la tuya es una zorra apestosa! —Y tras esto abrió la portezuela y saltó con su maleta a la cuneta.

El señor Shiftlet quedó tan sorprendido que condujo lentamente unos cincuenta metros con la puerta todavía abierta. Una nube exactamente del mismo color que el sombrero del muchacho y en forma de nabo había descendido sobre el sol, y otra, de aspecto más feo, se agazapó detrás del coche. El señor Shiftlet sintió que toda la podredumbre del mundo iba a tragárselo. Levantó el brazo y lo dejó caer sobre el pecho.

—¡Oh, Señor! —rezó—. ¡Aparece y limpia este mundo de las porquerías!

El carro continuó descendiendo lentamente. Unos minutos más tarde, sonó de atrás, como una risotada, el estruendo de un trueno y unas gotas de lluvia fantásticas, como tapas de latas, se estrellaron contra la parte posterior del coche del señor Shiftlet. Se apresuró a pisar el acelerador y con el muñón fuera de la ventanilla corrió contra la lluvia galopante hasta Mobil.


Flannery O'Connor (1925-1964)




Relatos góticos. I Relatos de Flannery O'Connor.


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El análisis y resumen del cuento de Flannery O'Connor: La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

William Faulkner: cuentos destacados


William Faulkner: cuentos destacados.




William Faulkner (1897-1962) fue uno de los más destacados escritores norteamericanos de su tiempo, cuyos relatos influyeron poderosamente en el Gótico Sureño (Southern Gothic), especie de subgénero que heredó buena parte de las características de la literatura gótica tradicional. Lo cierto es que los cuentos de William Faulkner lograron una trascendencia notable, sobre todo como parámetro de estilo y calidad dentro del modernismo.

En esta sección de El Espejo Gótico daremos cuenta de algunos de los más destacados cuentos de William Faulkner.




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