El Diablo como amante: atributos, virtudes y desproporciones del Maligno


El Diablo como amante: atributos, virtudes y desproporciones del Maligno.




La mayoría de los tratados demonológicos coinciden en una opinión inquietante: la naturaleza de un demonio que se obsesiona con una mujer a menudo está condicionada por la mente de esa persona. Aquellas que son reprimidas, supersticiosas, temerosas, y hasta insatisfechas, tienen muchas más probabilidades de convertirse en el objeto de los afectos forzados de Íncubos y Súcubos [ver: Íncubos y Súcubos: ¿qué ocurre durante un encuentro paranormal?]

No obstante, estos acosadores sobrenaturales no son más comunes en la población general del infierno que en la nuestra. En cierto modo, fue la manía por el Íncubo que se extendió por Europa en los siglos XV y XVI lo que provocó tantos informes sobre este tipo de relaciones. No es de extrañar entonces que aquellas piadosas mujeres que se susurraban los detalles más jugosos del último juicio de brujas, en efecto, fantasearan secretamente con ser poseídas por el demonio. Algunas de ellas vieron sus deseos inconscientes cumplidos en toda regla [ver: Diario de una iniciada]

No hablamos aquí de la posesión demoníaca tradicional, es decir, cuando un espíritu parece entrar y tomar el control del cuerpo [ver: ¿Qué siente una persona poseída?]. En este caso, la identidad consciente de la persona poseída se desplaza durante el evento, que suele ser de corta duración. Con menos frecuencia, la conciencia permanece durante la posesión, pero es incapaz de controlar su cuerpo. La obsesión ocurre cuando un espíritu persiste en dar a conocer su presencia, ya sea apareciendo a la vista, susurrando o gritándole al oído, acariciando o golpeando a la persona, o generando otras impresiones sensoriales directa o indirectamente [ver: ¿Tocada por un ángel o quemada por un demonio?]. Según esta definición, el sexo con espíritus es una forma de obsesión.

Según el testimonio sesgado de los juicios de brujas [donde muchas veces los testimonios eran extraídos bajo tortura], había dos tipos de sexo espiritual que disfrutaban las brujas. El primero era el que se suponía que una bruja tenía regularmente con su espíritu familiar [ver: Los «espíritus familiares» en la brujería]. Por lo general, este tipo de demonio asumía la forma de una mascota, principalmente un gato negro. De hecho, los gatos fueron chivos expiatorios muy populares. La persecución de gatos durante la Edad Media fue en gran medida responsable de la propagación de la peste debido a un aumento incontrolable en la población de ratas. En cierto modo, las brujas y los gatos se vengaron de sus perseguidores a través de la peste. Millones de personas murieron a causa de las pulgas transportadas por las ratas que una población estable de gatos podría haber mantenido bajo control.

El gato negro de la bruja era un instrumento material a través del cual el espíritu familiar [una especie de espíritu servicial], se expresaba a la bruja. La Inquisición trató de subvertir la naturaleza y el propósito original de la brujería en términos chamánicos para adaptarla a su propia visión del mundo, y en gran medida lo logró. El familiar de la bruja se convirtió en un demonio a los ojos de la gente común; y muchos gatos pagaron ese precio.

Si bien abundan los grimorios y libros prohibidos realmente no sabemos mucho sobre los procedimientos típicos de la brujería durante el período de las quemas. No obstante, sí queda claro que las brujas [no todas, desde luego] que practicaban formas paganas de magia popular tenían [o afirmaban tener] relaciones con sus espíritus familiares, aunque probablemente no con los animales que a menudo servian como sus anfitriones físicos [ver: El baile de las brujas: descubriendo los secretos de sabbats y aquelarres]

Los espíritus familiares eran capaces de entrar en el cuerpo de la bruja, al igual que los espíritus entran en el cuerpo del chamán, o en el de algunos practicantes de creencias y religiones de origen africano. La gran cantidad de relatos que describen relaciones entre brujas y demonios, junto con la regularidad de esta forma de unión en todas las prácticas relacionadas con el chamanismo, sugiere que las brujas llegaron a dominar este arte. Sin embargo, los demonios, a pesar de su antigüedad y experiencia, no necesariamente eran amantes consumados. Algunos, de hecho, eran bastante inoperantes en este sentido [ver: Seducción paranormal: encuentros calientes con fantasmas y espíritus]

La otra forma de relaciones que revestía un gran interés en los juicios era el coitus entre la bruja y el mismísimo Satanás. De la misma forma en que las monjas se casaban simbólicamente con Cristo, se creía que las brujas contraían nupcias con el diablo, y que además disfrutaban largas y apasionadas noches de boda, algo que a las piadosas monjas les estaba vedado. La Iglesia sostenía que las brujas le juraban absoluta obediencia al Maligno, lo cual incluía el pleno acceso a sus cuerpos. De hecho, la mayoría de las brujas se mantuvieron fieles a Satanás durante toda su vida, informa el Malleus Maleficarum, sin proporcionar datos que justifiquen esa afirmación [ver: Los Demonios, el amor, y el placer]

Bajo tortura [es importante tener esto en cuenta], las brujas acusadas a menudo testificaban que Satanás se metía en sus camas, de noche, generalmente en la forma de un hombre de piel morena, cabello y ojos oscuros; pero que en ocasiones asumía la forma de un gran perro negro o un macho cabrío. El acto era bestial y, a menudo, doloroso. Al parecer, el Maligno tenía una marcada preferencia por una posición que los romanos llamaban a tergo, es decir, a espaldas de la mujer, la cual estaba boca abajo o en cuatro patas, y que además disfrutaba con particular sadismo de las relaciones contra natura, es decir, de aquellas regiones de la geografía femenina [y masculina también] donde la procreación es biológicamente imposible [ver: Belial: el demonio del amor estéril]

Ahora bien, muchas brujas acusadas negaron haber obtenido placer de las caricias del demonio, aunque esta postura intransigente puede haber sido motivada por el temor de que si lo admitían, su eventual ejecución sería cosa juzgada. Solo una minoría de mujeres testificaron que el acto amoroso con Diablo fue de hecho muy placentero [ver: Lingua Diaboli: el lenguaje del diablo]

Una de las principales preocupaciones de los inquisidores y demonólogos por igual era el pene de Satanás [o Belcebú, o Lucifer, que a menudo se confunden en la demonología medieval]. Algunas brujas afirmaban que los atributos viriles de Satanás no eran demasiado impresionantes. De hecho, muchas sostuvieron que era tan pequeño como un dedo [no sabemos cuál]; mientras que otras testificaron que era tan grande y grueso que les produjo un dolor insoportable al recibirlo.

En términos biológicos, el miembro de Satanás tenía poca relación con el de los hombres mortales. A veces se hinchaba en el extremo, triplicando su tamaño, y no se podía retirar. También se decía que era frío como el hielo al tacto, o duro como una piedra, o cubierto de escamas que se expandían y contraían rasgando las paredes interiores del canal femenino [el sangrado post-coitus con el Maligno era utilizado para odiosas preparaciones]. Paradójicamente, algunos testimonios afirmaban que el pene del diablo no era frío, sino ardiente como una brasa al rojo vivo [ver: Algo invisible se metió en la cama conmigo]

No satisfechos con dotar a Satanás de un enorme instrumento [o al menos uno tan doloroso que resultaba difícil de olvidar], los demonólogos afirmaron que, en ocasiones, el Maligno poseía dos. De esta forma podía vejar a la bruja simultáneamente para su mayor degradación. Algunos demonólogos llevaron las cosas aun más lejos, y sostuvieron que Satanás tenía en realidad tres atributos, uno de los cuales era extraordinariamente largo para que la bruja pudiera realizarle una felación mientras recibía los otros dos. El artista francés Felicien Rops ilustró esta notable característica anatómica del Diablo en varios de sus grabados, por cierto, muy perturbadores.

Ahora bien, la opinión general de la Iglesia coincide en que Satanás no obtenía ninguna satisfacción de su cópula con las brujas. Dado que es un ángel [caído], sin cuerpo físico, no está constituido para reproducirse. Es una opinión sorprendente, ya que se basa en la creencia de que el placer solo puede obtenerse mediante maniobras que aspiren a la procreación. De todos modos, se creía que estos actos carnales tenían el único propósito de llevar pecado y condenación a los humanos [ver: Cómo las brujas causaban impotencia en los hombres]

Es importante aclarar que, incluso en los testimonios de brujas arrepentidas, Satanás no era un amante invasivo. Es decir, no forzaba a sus brujas. Al principio, se les acercaba en la forma de un joven atractivo y les susurraba algunos cumplidos, algunas palabras acaloradas, y quizás alguna impudicia. Más tarde se volvía cada vez más cruel y agresivo. Finalmente, para asegurarse de que la bruja sintiera que su propia condenación era irredimible y dejara de rezar o buscar la salvación de Cristo, la inducía a cometer los más perversos actos, sencillamente inconfesables [ante un cura confesor], y que por lo tanto no podían ser perdonados.

Mientras muchas mujeres eran quemadas vivas por confesar bajo tortura que habían mantenido relaciones con el Diablo, los monjes y monjas cometían actos esencialmente iguales pero en la seguridad del claustro. Por lo general, eran lo suficientemente astutos como para mantener un discreto silencio sobre sus amantes espirituales, pero a veces se los sorprendía en pleno acto. Las monjas, entonces, dirían que fueron visitadas por un ángel o un santo. Santa Matilde de Hackeborn fue más lejos, y sostuvo que Cristo «me besó la mano, me apretó contra Él, me susurró que le diera mi amor, y yo le entregué todo».

Otras monjas no fueron tan afortunadas como Santa Matilde. Ludovico María Sinistrari, en el libro De Daemonialitate et Incubis et Succubis, relata el caso de una monja a la que una de sus hermanas observaba encerrarse en su celda todas las noches después de la cena. Preocupada, la espía entró en una celda contigua y apoyó la oreja contra la pared. Escuchó dos voces conversando en un tono bajo, y el crujido de una cama acompañado de gemidos y suspiros. La espía alertó a la abadesa, que fue a la celda contigua a escuchar. Al principio sospecharon que la hermana estaba con otra monja, pero tuvieron que abandonar esta hipótesis cuando contaron a todas las monjas restantes del convento. Después de reunir pruebas [Sinistrari no menciona cuáles], un día, cuando los ardorosos gemidos volvieron a emanar de la celda cerrada, la abadesa golpeó la puerta y exigió que se abriera. Cuando la hermana lo hizo, se encontró que la celda estaba vacía.

Frustrada, la abadesa dejó el asunto en un prudente olvido, pero la monja espía fue más persistente. Se las arregló para hacer un agujero en la pared de la celda contigua. A través de este agujero vio a la presunta monja haciendo el amor con un atractivo joven. Llamó a la abadesa [podemos suponer que estaba cansada de sobresaltos en este punto] y a otras hermanas para que fueran testigos del proceso. Para cuando abrieron la puerta, el amante masculino se había desvanecido en el aire. La monja acusada siguió negando todo hasta que la amenazaron con torturarla, momento en el que finalmente confesó que se había acostado con un Íncubo, varias veces, y que había sido una delicia.




Demonología. I Diccionario demonológico.


Más literatura gótica:
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