Quizás haya que haber sufrido para apreciar el Horror


Quizás haya que haber sufrido para apreciar el Horror.




Quizás haya que haber sufrido mucho para apreciar el Horror, sostiene Jacques Bergier. La cita es un punto de partida interesante para analizar el Horror, un género despreciado por la mayoría de la literatura seria (ver: Horror: 300 años de un género que agoniza)

Esta seriedad literaria parece ser directamente proporcional al realismo; es decir, al intento de retratar con agudeza la realidad. Pero la vida es decepcionante y, casi siempre, dolorosa. No solo como lectores, sino como individuos en general, sabemos a qué atenernos con la realidad, y francamente nos quedan pocas ganas de saber algo más cuando abrimos un libro.

La literatura seria no me inspira siquiera curiosidad. Todas esas observaciones de una agudeza prodigiosa (¡cuanto más ingeniosas, mejor!), todas esas situaciones mundanas, todos esos argumentos autorreferenciales, todas esas anécdotas... La literatura seria, que se vé a sí misma como tal, y actúa en consecuencia, no hace más que confirmar esa sensación de asco que ya alimenta la persona obligada a vivir en la realidad.

Borges, Kafka, Tolkien, Lovecraft, detestan la realidad, no por vasta, sino por estrecha. Pero el Horror... bueno, nunca terminamos de conocerlo realmente (ver: Cómo funciona el Horror, y por qué pocos autores saben utilizarlo).

En una de sus interminables cartas, Lovecraft afirma lo siguiente:


»Estoy tan harto de la humanidad y del mundo que ningún libro logra interesarme a no ser que incluya, por lo menos, dos crímenes por página, o que trate de horrores innominados procedentes de espacios exteriores«.


Necesitamos urgentemente una vacuna contra todas las formas de realismo en la ficción. Después de todo, cuando uno ama la vida, no lee. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene salir de la realidad para entrar en una versión aun más estrecha del mismo plano? El Horror, en cambio, está reservado a los que están un poco... dañados (ver: La atracción por lo Macabro en la ficción).

Lo peor de la literatura seria es que sus ejecutores asumen el papel de cronistas. Casi todos los autores serios creen que su deber es brindar un retrato exhaustivo de la realidad. Su misión divina es aportarnos una nueva iluminación, pero sobre el tema propiamente dicho no tienen demasiada elección. Los móviles, como en los crímenes, son invariablemente los mismos: dinero, ideología, sexo, y no mucho más.

La paradoja de la literatura seria consiste en que, para retratar la realidad, un buen escritor no puede hacer caso omiso de sus principales pilares: el trabajo, por ejemplo, o las funciones biológicas elementales, como cagar de vez en cuando (ver: ¿De qué trabajan?: personajes desempleados en el Horror). Está claro que esto es imposible, y el resultado casi siempre es decepcionante.

Es decir que la literatura seria no solo se encuentra comprometida con la realidad, sino con la imposibilidad de retratarla adecuadamente. El Horror no tiene ese problema. Desde luego que debe tener algún tipo de anclaje con la realidad, pero no más que eso para que funcione (ver: Las propiedades terapéuticas del Horror)

Indiferente al objetivo de restituir al lector una imagen coherente de la realidad, el Horror no tiene motivo alguno para hacer concesiones a la vida cotidiana, y decide pasar por alto, deliberadamente, todo lo que resulta carente de interés para sus objetivos. Esto le otorga una fuerza, y una altura, a los cuales otros géneros no pueden acceder tan fácilmente (ver: «Menos es Más», salvo en el Horror).

El lector aficionado al Horror suele emplear argumentos pobres para defender su posición ante la literatura seria, pero lo cierto es que preferimos ese universo, por horroroso que sea, al realismo literario. No hay ningún negacionismo en esto, ningún escapismo. El Horror nos proporciona uno de los mejores dialectos para conversar con nuestros propios miedos (ver: El placer estético del Horror)

El Horror coloca al lector en una disposición de ánimo muy particular, y uno se acostumbra a eso, a tal punto que, a título personal, torna insoportable una página de realismo. Cuando uno entra en contacto con sus propios demonios, no quiere que nada lo distraiga.

Es por todo esto que el Horror constituye un consuelo para las almas cansadas de la vida, o dolidas, y también por eso suele ser un género que comienza a amarse en la adolescencia. Aquellos que se reconcilian con la vida, con la realidad, probablemente ven en el Horror una especie de pasajero amor juvenil, pero los que nunca han abandonado por completo su aversión por la realidad, en todas sus formas, regresan una y otra vez a ese primer amor.

La iniciación en el Horror es un tema aparte.

El colapso nervioso que producen las primeras lecturas en la adolescencia es considerable, precisamente porque nuestra mirada de la realidad se modifica. Como la mayoría de los infectados, yo descubrí al Horror en aquellos años. Fue un impacto. No sabía que la literatura podía hacer eso.

Y todavía no estoy seguro de que pueda. Quiero decir, hay algo en el Horror que no es del todo literario, algo que forma parte del Mito, en términos de la más elevada representación artística de nuestro universo interior (ver: La biología del Horror: ¿por qué nos asusta lo que nos asusta?).

La literatura seria no entiende esto, ni nos entiende a nosotros; es una catársis de dramas miserables, cotidianos, donde lectores con la capacidad imaginativa de una babosa encuentran ciertos ecos de su propia cotidianeidad, ecos que resuenan bajo.

Claro que la función de los fanáticos del Horror no es evangelizar. Después de todo, el género que tanto nos gusta está repleto de idiotas, y probablemente en una densidad demográfica superior al de otras representaciones artísticas.

La literatura seria requiere de largas críticas, debates, talleres, donde las posiciones suelen ser tajantes, y donde los libros más representativos son defendidos como se defiende una hermana a punto de ser ultrajada. Hay lecturas obligadas, y eso lo dice todo.

El Horror se distribuye de forma más modesta, casi clandestinamente. A veces basta un amigo, alguien que también haya sufrido, que nos preste un libro en el momento adecuado, sin decir nada, para convertirnos en eternos adoradores de Nyarlathotep.




H.P. Lovecraft. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Quizás haya que haber sufrido para apreciar el Horror fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Que es la realidad, la verdadera realidad? Que tal vez se parezca más al Horror Cósmico, en que el ser humano es insignificante.
¿Que pertenece a la literatura seria? Libros del canon. Y libros que fueron solemnizados por el paso del tiempo, habiendo sido considerados de segunda, con un ánimo satírico. Como el Quijote.
O como las obras de Shakespeare, que tanto han inspirado al cine, con sus tramas de venganzas, de terror, de traiciones, de fantasmas que reclaman venganza.

Luciano dijo...

A mi entender, el Horror (al igual que el Erotismo) se estructura como un Numen rodeado por un velo (realidad). Un relato donde el velo nunca se corre es decepcionante, como dice Sebastián. No obstante, el desvelamiento continuo hace inverosímil la historia para el lector. Por otra parte, la ideología de vacunación es cuestionable, ya que el ser humano posee la potencialidad para sortear cualquier adversidad, en este caso, espiritual.



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Análisis de «Horror en el museo» de Lovecraft.
Relato de Manly Wade Wellman.
¿Una historia de amor?

Libro y análisis.
Relato de Allison V. Harding.
Análisis de «La Casa Maldita» de Lovecraft.