¿Hill House podría pertenecer a los Mitos de Cthulhu de Lovecraft?


¿Hill House podría pertenecer a los Mitos de Cthulhu de Lovecraft?




Hace poco hablamos acerca de la verdadera entidad de Hill House; no en relación a la serie de Netflix —por cierto, excelente—, sino en la novela de Shirley Jackson: La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House). Precisamente allí, en aquella misteriosa casa diseñada por Jackson, podemos encontrar algunas similitudes muy interesantes con los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft.

Desde ya que no aspiramos a probar que Hill House pertenece a los Mitos de Cthulhu, al menos no en términos formales, sino por qué quizás podría formar parte del ciclo lovecraftiano teniendo en cuenta ciertas características que se repiten en ambos universos.

La maldición de Hill House fue publicada en 1959, y rápidamente se convirtió en una referencia dentro del subgénero de las casas embrujadas. Para ese entonces, los relatos de H.P. Lovecraft ya habían trascendido el ámbito del relato pulp y revistas como Weird Tales, en parte, gracias al aporte de August Derleth y de la editorial que éste fundó para difundir la obra del maestro de Providence: Arkham House. De modo tal que no es ilógico pensar que Shirley Jackson conocía la obra de Lovecraft al momento de escribir la novela. Tampoco es descabellado que la admirara.

Si bien es cierto que La maldición de Hill House le debe muchísimo más a la novela de Henry James: Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw), particularmente en la construcción de la psicología de Eleanor —la verdadera protagonista de la historia—, también es verdad que existen algunas referencias lovecraftianas fundamentales.

Tomemos como punto de partida la descripción que hace el profesor Montague sobre la arquitectura de Hill House:


Cada ángulo está ligeramente mal. Hugh Crain debió detestar a las personas y a sus casas ordinarias, porque hizo que la suya se adaptara a su propia mente. Los ángulos que usted asume como rectos en realidad están mal en una ínfima fracción de grado. Por supuesto, el resultado de estas pequeñas aberraciones se suma a una distorsión bastante grande en la casa en su conjunto.


Wilcox, el artista maldito de La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), emplea una terminología similar al señalar que la geometría de R'lyeh, la ciudad submarina de Cthulhu, es anormal, y por las mismas razones que tornan estremecedora la arquitectura de Hill House: pequeñas deformidades en los ángulos que hacen del conjunto de la estructura algo inquietante (ver: Las Casas como metáfora de la psique en el Horror).

Más adelante en La maldición de Hill House, las dos protagonistas femeninas, Eleanor y Theo, describen otras alteraciones de perspectiva, que en ciertos casos incluso les dan la sensación de estar caminando por las paredes: la misma confusión espacial que experimentan los desgraciados que han recorrido la periferia de R’lyeh.

La extrañeza arquitectónica de Hill House también puede encontrarse en el testimonio de Walter Gilman, quien así describe la casa de Keziah Mason en Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House):


De forma irregular, la pared norte se inclinaba perceptiblemente hacia adentro, mientras que el techo se torcía suavemente hacia abajo, en la misma dirección. A medida que el tiempo avanzaba esas irregularidades se fueron acentuando, y (Gilman) comenzó a leer en ellas un extraño significado matemático, que parecía ofrecer pistas vagas con respecto a su propósito.


No solamente en Los sueños de la casa de la bruja, sino también en Él (He) y La casa maldita (The Shunned House), podemos hallar vestigios de un concepto que se repite en los universos de H.P. Lovecraft y Hill House: es la estructura de la casa en sí una manifestación sobrenatural, casi independientemente de cualquier entidad maligna que pueda residir allí (ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico).

Así resume este concepto el doctor Montague en una conversación con Eleanor:


No necesito recordarte, creo, que el concepto de que ciertas casas puedan ser impuras o prohibidas, tal vez sagradas, es tan antiguo como la humanidad. Puede que no sea tan fantasioso decir que algunas casas nacen malignas.


Esta es la misma suposición que subyace en el relato otro miembro del Círculo de Lovecraft —y colaborador de los Mitos de Cthulhu—; nos referimos a Clark Ashton Smith y al cuento de 1933: El devoto del mal (The Devotee of Evil). Allí, un científico loco, llamado Jean Averaud, ansía entrar en la Casa Larcom para operar su peculiar dispositivo, un conjunto de gongs que neutralizan ciertas vibraciones energéticas, permitiendo de este modo que aflore la verdadera naturaleza de la casa:


Confesaré que he comprado esta antigua mansión, y el principal motivo es su triste historia. El lugar está inusualmente sujeto a las influencias de las que he hablado. Ahora estoy trabajando en un aparato, por medio del cual espero manifestar en su pureza esencial las radiaciones de la fuerza maligna.


Al principio del relato se nos informa sobre el pasado de la Casa Lacorm: muertes misteriosas (catalogadas como accidentales, en la mayoría de los casos), asesinatos y locura; esencialmente el mismo trasfondo de Hill House. Recordemos que, en el libro de Shirley Jackson, al menos cinco personas perdieron la vida en casa (y otras tantas la cabeza) antes de que Eleanor llegara.

La diferencia fundamental entre el Multiverso de H.P. Lovecraft y Shirley Jackson es, curiosamente, aquello que más los acerca:

Eleanor, la protagonista de La maldición de Hill House, es una mujer adulta que no está, digamos, del todo desarrollada en función de sus deseos e impulsos. Además de ser soltera, es infantilizada constantemente, tanto por su familia como por los hombres. Este rasgo la coloca en una posición de vulnerabilidad frente a la casa.

En el caso de Lovecraft, los protagonistas de sus historias, invariablemente varones, desechan de plano cualquier cuestión relacionada con el amor; no ya por rechazo explícito, sino por miedo al rechazo, que se disimula bajo la máscara de cierta subestimacion intelectual, de cierto desdén, por las mujeres.

Otro rasgo que vincula los universos de los Mitos de Cthulhu y de Hill House puede resumirse en la idea de que el pasado, en ocasiones, no solo transforma el presente, sino que de hecho busca repetirse.

No es infrecuente encontrar que los protagonistas de los relatos de Lovecraft estén obsesionados con el pasado, especialmente con sus ancestros. Esto a menudo los lleva a asumir comportamientos extraños, cuando no directamente delictivos, por ejemplo, profanando tumbas o viejas mansiones familiares, hasta terminar siendo absorbidos por la personalidad del ancestro.

En el caso de Hill House ocurre lo mismo, aunque de forma mucho más sutil.

Eleanor, y hasta cierto punto también los demás huéspedes de la casa, son presa de la influencia de los ocupantes anteriores de Hill House: adoptan sus actitudes, confunden sus propios recuerdos y opiniones con los de otros, recitan fragmentos de conversaciones de las que no participaron y letras de canciones que jamás oyeron; fundamentalmente reiterando líneas de pensamiento que no son propias, sino de aquellos que vivieron antiguamente en la casa.

Si tuviésemos que redondear una ecuación, o receta, más bien, para los modelos de Shirley Jackson y H.P. Lovecraft, habría que decir que la vulnerabilidad del protagonista es directamente proporcional al nivel de resonancia que éste obtiene con el pasado. Esto sucede, en el caso de ambos autores, porque hay elementos en las vidas personales de los personajes que son paralelos a los de sus ancestros.

Lo que diferencia a la novela de Shirley Jackson de los típicos relatos de fantasmas es la forma en la que aborda la verdadera la naturaleza de las apariciones. No es que en Hill House haya una sola entidad que intente comunicar algún tipo de trauma o de injusticia, o bien advertir a los desprevenidos ocupantes actuales de una desgracia; tampoco un fantasma vengativo preocupado por seguir haciendo daño. Hill House es simplemente un sitio cuya arquitectura facilita que ciertos patrones puedan repetirse.

De este modo, la casa y sus ocupantes forman una relación simbiótica: cada uno contribuye con energía, y cada uno obtiene lo que necesita. La casa obtiene alimento; y sus ocupantes, una forma de representar de manera externa aquellos miedos y obsesiones que los atormentan interiormente.

Este concepto parece distante de H.P. Lovecraft, y especialmente de los Mitos de Cthulhu, pero en realidad no lo está. En La llamada de Cthulhu, nuevamente, podemos leer lo siguiente:


No hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos. La ciencia, cada una orientada en su propia dirección, nos ha causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.


Esta es la matriz filosófica del Horror Cósmico: el universo es un lugar sobrecogedor, y la diferencia de escala entre el ser humano y ese espacio inconcebible nos hace ver como míseros microbios que no revisten el menor interés para las fuerzas que lo habitan. Es decir, nuestro desconocimiento de la realidad es tal que no somos capaces de reconocer esos patrones de los que habla Shirley Jackson. No somos capaces de percibir la naturaleza de Hill House, salvo que nuestra propia vida resuene de algún modo con la de sus antiguos ocupantes.

Lovecraft habla de correlacionar, y eso es lo que le ocurre a Eleanor en la novela: su propia vida se correlaciona con el pasado, que se repite, o busca repetirse, en un ciclo incesante.

En los Mitos de Cthulhu esa correlación se produce de forma más bien directa, como en El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward): básicamente la historia de un muchacho que, poco a poco, asume los modos y hábitos de su ancestro, hasta convertirse realmente en él. El mismo principio podría extenderse incluso hasta Edgar Allan Poe y relatos como: Ligeia (Ligeia), Morella (Morella) y William Wilson (William Wilson).

Shirley Jackson, nuevamente, es mucho más sutil que Lovecraft.

Utiliza referencias, imágenes recurrentes, para evidenciar cómo las experiencias de Eleanor son paralelas a las de los viejos inquilinos de Hill House: cuidó de su madre inválida hasta que ésta murió, de la misma manera en que un empleado cuidaba a la heredera mayor de la finca; disputó el patrimonio de su madre con su hermana, tal como lo hicieron las hijas de Hugh Crain después de su fallecimiento.

La mente de Eleanor está obsesionada, es cierto, pero no por una sola entidad sobrenatural, sino por una secuencia de eventos impresos en la casa que resuenan con su propia vida. Su personalidad, su propia historia personal, la conecta con lo que sucedió antes en Hill House, y así es condenada a recrear los mismos sucesos de los que trata de escapar.

En el caso de Lovecraft ocurre más o menos lo mismo, salvo por el hecho de que frecuentemente el protagonista ansía esa correlación con el pasado, es decir, desea convertirse en su ancestro.

Shirley Jackson y H.P. Lovecraft parten de la misma premisa: no somos, estrictamente hablando, individuos con libre albedrío; ni siquiera seres con el mínimo grado de independencia. Somos más bien engranajes, accesorios de un patrón mucho más grande, y ciertamente vulnerables al reciclaje cósmico que involucra a quienes nos precedieron.

Para Lovecraft, el horror se produce cuando el ser humano logra vislumbrar al menos un fragmento minúsculo de la realidad última de ese patrón cósmico. El mérito de Shirley Jackson consiste resumir esa propuesta en la idea de que las casas no están embrujadas, sino que la gente lo está, y que ese conocimiento nos conduce, simultáneamente, a la locura y la iluminación.




Taller literario. I Mitos de Cthulhu.


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