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"Hijos de Abraham": Joe Hill; el hijo de Stephen King y un cuento de vampiros sobre los hijos de Van Helsing

Hijos de Abraham (Abraham's Boys) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Joseph Hillstrom King —más conocido como Joe Hill—, publicado originalmente en la antología de 2004: Las muchas caras de Van Helsing (The Many Faces of Van Helsing) y posteriormente en la colección de cuentos de terror de 2005: Fantasmas (20th Century Ghosts).

Joe Hill es nada menos que el hijo de Stephen King, autor que no necesita ninguna presentación. Su obra continúa el legado de su padre, participando activamente del género de terror.

En este caso, Hijos de Abraham se inscribe en la tradición del cuento de vampiros, desde luego, con una visión bastante lejana de los vampiros clásicos de la literatura pero también con gran éxito, a tal punto que recibió el premio Bram Stoker Award de 2005.

Hijos de Abraham rescata el mito de los vampiros y los coloca en una posición filosófica, como si todas sus leyendas e historias representasen la transición desde la inocencia hacia una irreversible sabiduría, por supuesto, muchas veces insalubre.

Hijos de Abraham, contrariamente a lo que podría pensar un lector desprevenido, no tiene nada que ver con los mitos bíblicos. El Abraham del título hace referencia nada menos que a Abraham Van Helsing, aquel cazador de vampiros de la novela de Bram Stoker: Drácula (Dracula); aquí casado con la ex-esposa de Jonathan Harker: Mina.






Hijos de Abraham.
Abraham's Boys, Joe Hill.

Maximilian los buscó en la cochera y en el establo, hasta en la fresquera, aunque nada más echar un vistazo supo que no los encontraría allí. Rudy no se escondería en un lugar como ése, húmedo y frío, sin ventanas y por lo tanto sin luz, un lugar que olía a murciélagos y que se parecía demasiado a un sótano. Rudy nunca bajaba al sótano cuando estaba en casa, al menos si podía evitarlo. Temía que la puerta se cerrara detrás de él dejándolo atrapado en aquella sofocante oscuridad.

Por último, Max registró el granero, pero tampoco se habían escondido allí, y cuando regresó al sendero de entrada reparó asombrado en que estaba oscureciendo. No imaginaba que se había hecho tan tarde.

–¡Se acabó el juego! –gritó–. ¡Rudolf, es hora de irnos!

Sólo que el «irnos» sonó más bien a «irrrnos», o sea, como el relincho de un caballo. Odiaba el sonido de su voz y envidiaba a su hermano pequeño su perfecta pronunciación norteamericana. Rudolf había nacido en Estados Unidos, nunca había estado en Ámsterdam. En cambio Max había pasado allí los primeros cinco años de su vida, en un sombrío apartamento que olía a cortinas de terciopelo mohosas y a la peste a cloaca que subía desde el canal.

Max gritó hasta quedarse ronco, pero sólo consiguió hacer salir a la señora Kutchner, que apareció arrastrando los pies por el porche, encogida en un intento de entrar en calor, aunque no hacía frío. Cuando llegó a la barandilla la asió con las dos manos y se encorvó hacia delante, apoyándose en ella para enderezarse.

El otoño anterior, por esta época, la señora Kutchner estaba felizmente regordeta, con hoyuelos en sus mejillas carnosas y la cara siempre ruborizada por el calor de la cocina. Ahora tenía el semblante famélico, con la piel tirante sobre el cráneo y los ojos febriles y saltones dentro de las huesudas cuencas. Su hija, Arlene –que en aquel momento estaba escondida con Rudy en alguna parte–, le había contado en voz baja que su madre guardaba un cubo de latón junto a su cama y cada vez que su padre lo llevaba al retrete para vaciarlo vertía unos pocos centímetros cúbicos de sangre maloliente.

–Márchate si quieres, hijo –dijo–. Cuando tu hermano salga de donde quiera que esté escondido, lo mandaré a casa.

–¿La he despertado, señora Kutchner? –preguntó.

La mujer negó con la cabeza, pero Max seguía sintiéndose culpable.

–Siento haberla sacado de la cama. Soy un bocazas. –Después añadió, con tono de duda–: ¿No debería estar acostada?

–¿Ya estamos haciendo de médico, Max Van Helsing? ¿No te parece que tengo bastante con tu padre? –preguntó la señora Kutchner, esbozando una débil sonrisa con una de las comisuras de la boca.

–No, señora. Quiero decir, sí, señora.

Rudy habría dicho algo ingenioso que la habría hecho reír a carcajadas y aplaudir. Rudy era como un niño prodigio en un programa de variedades de la radio. Max, en cambio, nunca sabía qué decir, y de todas maneras la comedia no era lo suyo. No sólo por el acento, aunque éste siempre le hacía sentirse incómodo, sino que era una cuestión de temperamento; a menudo se sentía incapaz de vencer aquella timidez que lo asfixiaba.

–Es muy estricto en eso de que estéis los dos en casa antes de que oscurezca. ¿No es así?

–Sí, señora.

–Hay muchos como él –continuó–. Una costumbre que se trajeron de su antiguo país. Aunque cabría suponer que un médico no sería tan supersticioso. Con estudios y todo eso.

Max reprimió un escalofrío de disgusto. Decir que su familia era supersticiosa era un eufemismo de proporciones cómicamente grotescas.

–Aunque yo no me preocuparía por alguien como tú –continuó–. Seguro que nunca te has metido en líos.

–Gracias, señora –dijo Max, cuando en realidad lo que quería decir es que deseaba más que nada que se volviera a la casa, se acostara y descansara. En ocasiones tenía la impresión de que era alérgico a expresarse. A menudo, cuando necesitaba con desesperación decir algo, podía sentir literalmente la tráquea cerrársele e impedirle respirar. Quería ofrecerle su ayuda para entrar en la casa, acercarse lo suficiente a ella como para olerle el pelo. Quería decirle que rezaba por ella por las noches, aunque suponía que sus plegarias no tenían el menor valor; Max había rezado también por su madre, sin conseguir nada. Pero no dijo ninguna de estas cosas. «Gracias, señora», fue todo lo que alcanzó a balbucear.

–Vete –insistió ella–. Dile a tu padre que le he pedido a Rudy que se quedara para ayudarme a recoger la cocina. Lo enviaré a casa.

–Sí, señora. Gracias, señora. Dígale que se dé prisa, por favor.

Cuando llegó a la carretera miró atrás. La señora Kutchner apretaba un pañuelo contra los labios, pero lo retiró inmediatamente y lo agitó con alegría, un gesto tan enternecedor que puso a Max enfermo. El sonido de su tos áspera y seca lo persiguió durante un buen trecho de carretera, como un perro furioso liberado de su correa.

Cuando entró en el jardín el cielo estaba azul oscuro, casi negro, excepto por un tenue resplandor de fuego en el oeste, donde el sol acababa de ponerse, y su padre lo esperaba sentado en el porche con el látigo en la mano. Max se detuvo al pie de las escaleras y lo miró. Era imposible ver los ojos de su padre, ocultos como estaban bajo una maraña de espesas y erizadas cejas.

Max esperó a que dijera algo. No lo hizo y por fin Max se rindió y habló él.

–Todavía hay luz.

–El sol se ha puesto.

–Estábamos en casa de Arlene, a sólo diez minutos.

–Sí, la casa de la señora Kutchner es muy segura; una verdadera fortaleza, protegida por un granjero renqueante que apenas puede agacharse por el reúma y una campesina analfabeta con las entrañas devoradas por el cáncer.

–No es analfabeta –dijo Max, consciente de que se había puesto a la defensiva y, cuando habló de nuevo, lo hizo con voz cuidadosamente modulada para parecer razonable–. No soportan la luz, es lo que tú siempre dices. Si no está oscuro no hay nada que temer. Mira el cielo tan brillante.

Su padre asintió, dándole la razón, y luego añadió:–¿Dónde está Rudolf ?

–Justo detrás de mí.

El padre alargó el cuello simulando con exagerada atención inspeccionar la carretera vacía.

–Lo que quiero decir es que ya viene –añadió Max–. Se ha quedado a ayudar a la señora Kutchner a limpiar algo de la cocina.

–¿El qué?

–Un saco de harina, creo. Al abrirse, la harina se ha esparcido por todas partes. Lo iba a recoger ella sola pero Rudy le dijo que no, quería hacerlo él, así que le dije que yo venía primero, para que no te preocuparas. Llegará en cualquier momento.

Su padre siguió sentado, inmóvil, con la espalda rígida y gesto impasible, y entonces, cuando Max pensó que se había terminado la conversación, dijo muy despacio:

–¿Volverá a casa andando solo? ¿En la oscuridad?

–Sí, señor.

–Ya veo. Vete a estudiar.

Max subió las escaleras en dirección a la puerta principal, que estaba parcialmente abierta. Notó cómo se ponía tenso al dejar atrás la mecedora, esperando el látigo. Pero en lugar de ello, cuando su padre se movió fue para sujetarle por la muñeca apretando tan fuerte que sintió que los huesos se separaban de las articulaciones.

Su padre respiró con fuerza, con un sonido siseante que Max había aprendido a identificar como preludio de un buen latigazo.

–¿Conocéis a vuestros enemigos y aun así os quedáis jugando con vuestros amigos hasta que se hace de noche?

Max trató de responder, pero no pudo, sintió cómo se le cerraba la tráquea y una vez más fue incapaz de pronunciar lo que quería, pero no se atrevía a decir.

–No espero que Rudolf aprenda, es americano, y en América es costumbre que sea el hijo el que enseñe al padre. Veo cómo me mira cuando le hablo, cómo trata de contener la risa. Eso es malo. Pero tú... Al menos cuando Rudolf desobedece es algo deliberado, puedo ver cómo se está quedando conmigo. Pero tú lo haces desde la pasividad, sin pararte a pensarlo, y luego te sorprende que en ocasiones no pueda ni mirarte a la cara. Eres como el caballo del circo que es capaz de sumar dos y dos y está considerado un prodigio. Te aseguro que lo mismo ocurriría contigo si por una sola vez demostraras la más mínima comprensión de las cosas. Sería un prodigio.

Soltó la muñeca de Max, que retrocedió tambaleándose, con el brazo dolorido.

–Ve adentro y quítate de mi vista. Necesitarás descansar. Ese zumbido dentro de tu cabeza te viene de tanto pensar, y supongo que es algo a lo que no estás acostumbrado –dijo llevándose un dedo a la sien simulando indicarle dónde residen los pensamientos.

–Sí, señor –dijo Max en un tono que, no tenía más remedio que admitirlo, sonaba estúpido y pueblerino. ¿Por qué su padre siempre se las arreglaba para parecer culto y cosmopolita, y en cambio él, con el mismo acento, parecía un granjero holandés medio imbécil que sirve para ordeñar vacas, pero que delante de un libro abierto se quedaría mirando con ojos desorbitados, asustado y confuso?

Max se volvió hacia la casa sin mirar por dónde iba y se golpeó la frente con las cabezas de ajo que colgaban del marco de la puerta. Su padre resopló con desprecio.

Se sentó en la cocina, donde una lámpara encendida en una esquina de la mesa bastaba para ahuyentar la creciente oscuridad. Esperó atento, con la cabeza erguida, para poder ver el jardín por la ventana. Tenía el libro de gramática inglesa abierto delante de él, pero ni siquiera lo miraba, era incapaz de hacer otra cosa que no fuera quedarse allí sentado y esperar a Rudy. Al cabo de un rato estaba demasiado oscuro para ver la carretera o a alguien que viniera por ella. Las copas de los pinos formaban siluetas negras contra un cielo del color de las brasas encendidas. Pronto también ese tenue resplandor desapareció y la oscuridad se pobló de estrellas como brillantes salpicaduras. Max escuchó a su padre en la mecedora, el suave crujido de las patas de madera circulares mientras se movían atrás y adelante sobre los tablones del porche. Max se mesó los cabellos, tirándose de ellos, diciendo para sí: «Rudy, vamos», deseando que aquella espera terminara más que ninguna otra cosa en el mundo. No sabía si había transcurrido una hora o quince minutos.

Entonces las oyó, las pisadas firmes de su hermano en la tierra caliza del arcén de la carretera; aminoró el paso al entrar en el jardín, pero Max sospechó que venía corriendo, una hipótesis que se vio confirmada en cuanto Rudy habló. Aunque trataba de conservar su habitual tono jovial, se notaba que se ahogaba y hablaba con voz entrecortada.

–Perdón, perdón. La señora Kutchner, un accidente. Me pidió que la ayudara. Lo sé. Es tarde.

La mecedora dejó de moverse y los tablones del suelo crujieron bajo el peso de los pies de su padre.

–Eso me contó Max. Y qué, ¿lo has limpiado todo?

–Sí, con Arlene. Es que Arlene entró corriendo en la cocina, sin mirar, y a la señora Kurtchner... se le cayeron unos platos al suelo...

Max cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia delante tirándose del pelo con desesperación.

–La señora Kutchner no debería cansarse tanto; está enferma. De hecho debería quedarse en la cama.

–Eso es lo que pensé –escuchó a Rudy desde un extremo del porche. Empezaba a recuperar el aliento–. Y todavía no estaba oscuro del todo.

–¿Ah no? Bueno, cuando uno tiene mi edad la vista le falla, confunde la penumbra con la oscuridad. Estaba convencido de que el sol se había puesto hace veinte minutos. Veamos, ¿qué hora es?

Max escuchó el sonido metálico del reloj de bolsillo de su padre al abrirse. Éste suspiró.

–Está demasiado oscuro para ver las manecillas. Bien, realmente admiro tu preocupación por la señora Kutchner.

–Bueno... No ha sido nada –dijo Rudy, con un pie en el primer peldaño de las escaleras del porche.

–Pero deberías preocuparte más de tu propio bienestar, Rudolf –dijo su padre en tono calmado y benevolente, el mismo que, suponía Max, debía de emplear cuando hablaba con pacientes en fase terminal de una enfermedad. Había llegado la noche y, con ella, el doctor.

Rudy dijo:

–Lo siento, pero...

–Ahora dices que lo sientes. Pero pronto lo sentirás de manera más palpable.

El látigo sonó como una fuerte bofetada y Rudy, que cumpliría diez años en dos semanas, rompió a llorar. Max apretó los dientes mientras seguía mesándose los cabellos, y se llevó las muñecas a los oídos, en un vano intento de no oír el llanto de su hermano y el látigo golpeando la carne, la grasa y los huesos.

Como tenía los oídos tapados, no oyó entrar a su padre y sólo levantó la vista cuando su sombra se proyectó sobre él. Abraham estaba en el umbral del vestíbulo, despeinado, el cuello de la camisa torcido y el látigo apuntando hacia el suelo. Max esperaba que le pegara también a él, pero no fue así.

–Ayuda a tu hermano a entrar en casa.

Max se puso en pie tambaleándose. Se sentía incapaz de sostener la mirada de su padre, así que bajó la vista y fijó los ojos en el látigo. El dorso de la mano de su padre estaba salpicado de sangre y al verla Max contuvo el aliento.

–Ya ves lo que me obligas a hacer.

Max no contestó, tal vez no hacía falta. Su padre permaneció allí de pie unos instantes más y después se dirigió a la parte de atrás de la casa, hacia su estudio privado, que siempre cerraba con llave; una habitación en la que tenían prohibido entrar sin su permiso. Muchas noches se quedaba dormido allí dentro y le oían gritar en sueños, maldiciendo en holandés.

–Deja de correr –gritó Max–. Sabes que al final te alcanzaré.

Rudolf cruzó de un brinco el corral, se apoyó en el cerco y saltó por encima de él para después echar a correr hacia uno de los laterales de la casa, dejando tras de sí una estela de risas.

–Devuélvemela –dijo Max. Saltó el cerco sin dejar de correr y aterrizó en el suelo sin perder el equilibrio. Estaba enfadado, muy enfadado y la furia lo dotaba de una agilidad inesperada, inesperada porque tenía la constitución de su padre: un corpulento carabao al que obligan a caminar sobre las patas traseras.

Rudy, en cambio, había heredado la complexión delicada de su madre, así como su piel de porcelana. Era rápido, pero Max estaba a punto de alcanzarlo, ya que Rudy volvía la vista atrás demasiado a menudo, sin concentrarse en una u otra dirección. Estaba a punto de alcanzar el lateral de la casa y, una vez allí, Max podría acorralarlo contra la pared e inmovilizarlo, impidiendo que huyera hacia derecha o izquierda.

Pero Rudy no intentó ir ni a la derecha ni a la izquierda. La ventana del estudio de su padre estaba abierta unos centímetros, dejando entrever la fresca quietud propia de las bibliotecas. Rudy se aferró al alféizar con una mano –en la otra aún llevaba la carta de Max– y, tras un rápido vistazo atrás, saltó en dirección a las sombras.

Por grande que fuera la ira de su padre cuando llegaban a casa después de anochecer, no era nada comparada a la que sentiría si se enteraba de que habían entrado en su santuario privado. Pero su padre había salido, había ido a alguna parte en su Ford, y Max no se detuvo a pensar en qué les pasaría si regresaba inesperadamente. Saltó y asió a su hermano por un tobillo, pensando que conseguiría arrastrarlo de nuevo a la luz, pero Rudy chilló y con una patada se liberó de la mano de Max. El pequeño se precipitó hacia la oscuridad y aterrizó en el suelo de madera, con un golpe seco que hizo temblar dentro de la habitación algún objeto de cristal sin identificar. Entonces Max se agarró al alféizar, tomó impulso...

–Despacio, Max, está... –empezó a decir su hermano.

... y saltó por la ventana.

–... muy alto –terminó Rudy.

Max había entrado antes en el estudio de su padre, por supuesto (en ocasiones, Abraham los invitaba a ir allí para «una pequeña charla», lo que quería decir que él hablaba y ellos escuchaban), pero nunca por la ventana. Se inclinó hacia delante y vio el suelo a casi un metro de distancia, y se dio cuenta, asombrado, de que iba a aterrizar de cara. Por el rabillo del ojo acertó a ver una mesa redonda junto a una de las mecedoras de su padre, y se aferró a ella para evitar caerse. Pero ya había tomado impulso y éste lo lanzó adelante, haciéndole chocar contra el suelo. Pudo girar la cara en el último momento y el peso del cuerpo recayó casi por entero en su hombro derecho. Los muebles temblaron y la mesa se volcó con todo lo que tenía encima. Max oyó que algo se caía y escuchó un ruido de cristales rotos que le resultó más doloroso que el golpe en el hombro.

Rudy estaba a unos pocos metros de él, sentado en el suelo y esbozando aún una sonrisa algo tontorrona. Tenía la carta arrugada en una mano, medio olvidada.

La mesa estaba volcada, pero por fortuna no rota. Aunque un frasco vacío de tinta se había hecho añicos y los pedazos brillantes de cristal yacían cerca de la rodilla de Max. Sobre la alfombra persa había un montón de libros dispersos y varios papeles revolotearon hasta posarse en el suelo con un susurro áspero.

–Mira lo que me obligas a hacer –dijo Max señalando el frasco de tinta. Entonces se estremeció al darse cuenta de que eso era exactamente lo que le había dicho su padre unas semanas atrás; no le gustaba descubrirse repitiendo sus palabras, como el muñeco de un ventrílocuo, un muchacho de madera con la cabeza hueca.

–Lo tiramos y ya está –dijo Rudy.

–Sabe dónde está cada cosa de su despacho. Se dará cuenta de que falta.

–Y una mierda. Sólo viene aquí a beber coñac, tirarse pedos y quedarse dormido. He entrado montones de veces. El mes pasado le robé el mechero para fumar y ni se ha enterado.

–¿Que tú qué? –preguntó Max mirando a su hermano pequeño con sincero asombro, y no sin cierta envidia. Eso de hacer cosas arriesgadas y después contarlas como si tal cosa le correspondía a él, como hermano mayor.

–¿Para quién es esta carta y por qué has tenido que esconderte para escribirla? Te estuve espiando sin que te dieras cuenta. «Todavía recuerdo tu mano en la mía» –recitó Rudy en tono burlón y deliberadamente afectado.

Max se lanzó sobre él, pero no lo suficientemente rápido, y Rudy agitó la carta y empezó a leerla por el principio. Poco a poco la sonrisa se le borró del rostro, y su pálida frente se cubrió de líneas de preocupación. Entonces Max le arrancó el papel de las manos.

–¿Mamá? –preguntó Rudy completamente desconcertado.

–Es para un trabajo del colegio. Nos preguntaron que si tuviéramos que escribir una carta a alguien, a quién sería. La señora Louden ha dicho que puede ser alguien imaginario o un personaje histórico. Alguien muerto.

–¿Y piensas entregar eso y dejar que lo lea la señora Louden?

–No lo sé, aún no lo he terminado.

Pero, conforme hablaba, Max se daba cuenta de que había sido un error, de que se había dejado llevar por las fascinantes posibilidades de aquel trabajo de clase, el irresistible «y si»..., y había escrito cosas demasiado personales para enseñárselas a nadie. Cosas tales como «tú eras la única con la que sabía cómo hablar y a veces me siento tan solo»... Se había imaginado a su madre leyendo la carta de alguna manera, desde algún lugar, tal vez en forma de figura astral flotando sobre él, mirando su pluma garabatear el papel, sonriendo serena. Había sido una fantasía cursi y absurda, y sólo por pensar que se había dejado llevar por ella sintió una intensa vergüenza.

Su madre ya estaba débil y enferma cuando el escándalo obligó a su familia a abandonar Ámsterdam. Durante un tiempo vivieron en Inglaterra, pero el rumor de aquella cosa terrible que había hecho su padre (Max la ignoraba y dudaba de que llegara a saberlo nunca) los siguió hasta allí. Así que siguieron camino hacia Estados Unidos. Su padre estaba convencido de que le habían dado una plaza en la facultad de Vassar, hasta el punto de que había invertido casi todos sus ahorros en comprar una hermosa granja cercana. Pero cuando llegaron a Nueva York el decano los recibió y le dijo a Abraham Van Helsing que su conciencia le impedía contratarlo para que trabajara sin supervisión con muchachas menores de edad. Max no habría estado más convencido de que su padre había matado a su madre si le hubiera visto ahogarla con una almohada en su lecho de enferma. No fue el viaje lo que acabó con ella, aunque sin duda contribuyó, demasiado esfuerzo para una mujer débil y embarazada que además sufría de una infección crónica de la sangre que le provocaba cardenales al más mínimo roce. Fue la humillación. Mina no pudo sobrevivir a la vergüenza de lo que había hecho su padre, aquello que los obligó a todos a huir.

–Vamos –dijo Max–. Limpiemos esto y salgamos de aquí.

Volvió a poner la mesa de pie y empezó a recoger libros del suelo, pero giró la cabeza cuando escuchó a Rudy preguntar:

–Max, ¿tú crees en los vampiros?

Rudy estaba de rodillas frente a una otomana, al otro lado de la habitación. Se había agachado para recoger unos papeles que habían llegado hasta allí y se había quedado mirando el viejo maletín de médico escondido debajo. Tiró del rosario anudado a las asas.

–Deja eso –dijo Max–. Se supone que tenemos que recoger, no desordenar más.

–¿Pero crees?

Max guardó silencio por unos instantes.

–A mamá la atacaron. Después de aquello su sangre no volvió a ser la misma. Enfermó.

–Pero ¿ella dijo alguna vez que la habían atacado, o fue él?

–Murió cuando yo tenía seis años. No le contaría una cosa así a un niño tan pequeño.

–Pero ¿tú crees que estamos en peligro?

Rudy había abierto el maletín y alargó la mano para sacar un bulto cuidadosamente envuelto en tela púrpura. Bajo el terciopelo se entrechocaban trozos de madera.

–¿Que ahí fuera hay vampiros esperando atacarnos? ¿Qué esperan a que bajemos la guardia?

–Yo no descarto esa posibilidad, por descabellada que parezca.

–Por descabellada que parezca –repitió su hermano con risa queda. Abrió el envoltorio de terciopelo y miró las estacas de veintitrés centímetros, espetones de madera blanca reluciente con los mangos forrados de cuero engrasado.

–Pues yo creo que es una gilipollez. Gi-li-po-llez –dijo Rudy en un tono ligeramente cantarín.

El rumbo que tomaba la conversación estaba poniendo nervioso a Max, y por un instante se sintió mareado, presa del vértigo, como si estuviera inclinado sobre una pendiente pronunciada. Ya tal vez no estuviera muy lejos de algo así. Siempre había sabido que algún día tendrían esta conversación y temía adonde podría conducirlos. Rudy nunca disfrutaba tanto como en una discusión, pero jamás llevaba sus dudas a una conclusión lógica. Podía decir que algo era una gilipollez, pero no se detenía a considerar qué pasaba entonces con su padre, un hombre que temía a la oscuridad tanto como una persona que no sabe nadar teme al mar. Max casi necesitaba que aquello fuera verdad, que existieran los vampiros, porque la otra posibilidad –que su padre fuera un psicótico– era demasiado terrible, demasiado abrumadora.

Seguía pensando en cómo contestar a su hermano cuando una fotografía enmarcada atrajo su atención. Estaba medio oculta bajo la mecedora de su padre, vuelta del revés. Pero cuando le dio la vuelta supo que ya la había visto. Era un calotipo, un tipo de foto antigua, color sepia, de su madre, que había estado en una estantería de su casa de Ámsterdam. Llevaba puesto un sombrero claro de paja bajo el que asomaban sus rizos negros y etéreos. Tenía una de las manos enguantadas levantada en un gesto enigmático, de forma que parecía estar agitando un cigarrillo invisible. Sus labios estaban entreabiertos, como diciendo algo, y Max a menudo se preguntaba qué sería. Por alguna razón se imaginaba a sí mismo presente en aquella escena, fuera de la fotografía, un niño de cuatro años mirando a su madre con expresión solemne. Tenía la impresión de que ella agitaba la mano para evitar que saliera en la fotografía. Si eso era cierto, entonces parecía lógico que en el momento de ser retratada estuviera diciendo su nombre.

Cuando cogió el marco y le dio la vuelta escuchó el tintineo del cristal al caerse. El cristal se había roto justo en el centro. Empezó a arrancar pequeñas esquirlas del marco y a apartarlas con cuidado, procurando que ninguna arañara el brillante calotipo de debajo. Sacó un cristal de gran tamaño de la esquina superior del marco y la fotografía se desprendió. Cuando fue a colocarla en su sitio dudó un instante, frunció el ceño y tuvo la fugaz impresión de que los ojos le bizqueaban y veía doble. Entonces, bajo la primera fotografía apareció otra. Sacó la de su madre del marco y miró fijamente y sin comprender la que alguien había escondido detrás. Un entumecimiento frío le invadió el pecho, alcanzándole luego la garganta. Miró a su alrededor y suspiró aliviado al ver a Rudy arrodillado frente a la otomana, envolviendo otra vez las estacas en su sudario de terciopelo.

Volvió a mirar la fotografía secreta. En ella aparecía una mujer que estaba muerta. También estaba desnuda de cintura para arriba, con las ropas desgarradas, hechas jirones. Yacía en una cama con dosel; de hecho, estaba atada a la misma con cuerdas enrolladas en su cuello y que le sujetaban los brazos por encima de la cabeza. Era joven y tal vez había sido hermosa; era difícil saberlo; tenía uno de los ojos cerrado y el otro entreabierto, dejando ver una pupila inerte. Le habían abierto la boca a la fuerza, metiéndole lo que parecía ser una pelota blanca y amorfa, y el labio superior estaba un poco retirado, de manera que dejaba ver una hilera uniforme de dientes superiores. Tenía uno de los lados del rostro amoratado y entre las curvas rotundas y lechosas de sus pechos había clavada una estaca de madera blanca. Las costillas izquierdas estaban cubiertas de sangre.

Oyó el coche en la entrada a la casa, pero era incapaz de moverse, de apartar la vista de aquella fotografía. Rudy empezó a tirarle del hombro, diciéndole que tenían que irse de allí. Max apretó la fotografía contra su pecho para evitar que Rudy la viera. Le dijo vete, yo iré enseguida, y Rudy le soltó y salió.

Con manos torpes, Max intentó colocar la fotografía de la mujer asesinada dentro del marco... y entonces vio algo más y se quedó nuevamente inmóvil. Hasta el momento no había reparado en una figura a la izquierda de la imagen, un hombre junto a la cama, con la espalda vuelta hacia el objetivo. Estaba tan en primer plano que parecía una figura desenfocada, vagamente rabínica, con un sombrero y un abrigo negros. No había manera de saber con certeza quién era ese hombre, pero Max sí lo sabía, lo reconoció por la manera en que inclinaba la cabeza hacia atrás, la forma cuidadosa y casi rígida en que se inclinaba desde el grueso cuello. En una mano sostenía un hacha y en la otra un maletín de médico.

El motor del coche se detuvo con un silbido ronco y un leve traqueteo. Max encajó como pudo la fotografía de la mujer muerta en el marco y colocó encima el retrato de Mina. Dejó la fotografía, sin cristal, sobre la mesa y la miró durante una milésima de segundo, antes de darse cuenta, horrorizado, de que Mina estaba cabeza abajo. Alargó la mano hacia ella.

–¡Vamos! –gritó Rudy–. Por favor, Max.

Estaba fuera de la ventana, de puntillas, y con la cabeza vuelta hacia el estudio.

Max empujó con el pie los cristales rotos debajo de la mecedora, brincó hacia la ventana y gritó. O al menos lo intentó, ya que le faltaba aire en los pulmones y su garganta no emitió sonido alguno.

Su padre estaba de pie detrás de Rudy y lo miraba por encima de la cabeza de éste. Rudy no vio que estaba allí hasta que le apoyó las manos en los hombros. Pero él no tenía ninguna dificultad para gritar y dio tal salto que pareció que iba a entrar de nuevo en el estudio.

Abraham miró en silencio a su hijo mayor y Max le devolvió la mirada con media cabeza fuera de la ventana y las manos en el alféizar.

–Si quieres –dijo su padre– puedo abrirte la puerta para que salgas. No queda tan teatral, pero sí es más cómodo.

–No –contestó Max–. No, gracias. Estaba... nosotros... un error. Lo siento.

–Un error es no saber cuál es la capital de Portugal en un examen de geografía. Esto es otra cosa. –Hizo una pausa e inclinó la cabeza con semblante inexpresivo. A continuación soltó a Rudy y se volvió abriendo una mano y señalando hacia el jardín en un gesto que parecía decir: «Sal por ahí»–. Hablaremos de eso otro día. Ahora, si no te importa, me gustaría que salieras de mi despacho.

Max se le quedó mirando. Nunca hasta entonces su padre había postergado el castigo físico –entrar sin permiso en su estudio merecería al menos unos buenos latigazos– y trataba de entender por qué lo hacía ahora. Su padre esperaba y Max salió por la ventana y aterrizó en un parterre. Rudy lo miraba con expresión interrogante, buscando alguna indicación sobre lo que debían hacer a continuación. Max alzó la vista en dirección a los establos –su estudio particular– y, despacio, se encaminó hacia allí. Su hermano pequeño echó a andar junto a él, temblando de pies a cabeza.

Antes de que lograran escapar, sin embargo, Max notó la mano de su padre en el hombro.

–Mis reglas son protegerte siempre, Maximilian –dijo–. ¿Ahora me dices quizá que no quieres que yo te proteja más? Cuando eras pequeño te tapé los ojos en el teatro cuando llegaban los sicarios a asesinar a Clarence en Ricardo. Pero cuando fuimos a ver Macbethme apartaste la mano, querías ver. Ahora me parece que la historia se repite, ¿no?

Max no contestó. Al menos, su padre le había soltado.

Pero no habían caminado diez pasos cuando habló de nuevo:–Por cierto, casi me olvido. No os dije adónde iba, y tengo una noticia que os pondrá tristes a los dos. El señor Kutchner vino cuando estabais en el colegio gritando: «Doctor, doctor, deprisa, mi mujer». En cuanto la vi, ardiendo de fiebre, supe que tenía que ir al hospital, pero, ay, el granjero tardó demasiado en acudir a mí. Cuando la llevó hasta mi coche los intestinos se le salieron con un «plof». –Chasqueó la lengua simulando desagrado–. Llevaré vuestros trajes al tinte, el funeral será el viernes.

Arlene Kutchner no fue al colegio al día siguiente. De vuelta a casa, pasaron por delante de la suya, pero las persianas estaban echadas y el lugar tenía un aire demasiado silencioso. El funeral sería a la mañana siguiente, en el pueblo, y tal vez Arlene y su padre habían salido ya hacia allí, donde tenían familia. Cuando los chicos entraron en su propio jardín, el Ford estaba aparcado junto a la casa y las puertas que daban al sótano, abiertas.

Rudy hizo una señal en dirección al establo. Compartían un caballo, un viejo jamelgo llamado Arroz, y hoy le tocaba a Rudy limpiar el establo, así que Max se dirigió solo hacia la casa. Estaba junto a la mesa de la cocina cuando escuchó cerrarse desde fuera las puertas del sótano. Poco después su padre subió las escaleras y apareció en la puerta que daba al sótano.

–¿Estás trabajando en algo ahí abajo? –preguntó Max.

Su padre lo miró de arriba abajo con ojos deliberadamente inexpresivos.

–Os lo desvelaré más tarde –dijo, y Max le vio sacar una llave de plata del bolsillo de su chaleco y usarla para cerrar la puerta del sótano. Nunca antes la había usado, y Max no sabía siquiera que existía tal llave.

Pasó el resto de la tarde agitado, mirando sin cesar la puerta del sótano, inquieto por la promesa de su padre: «Os lo desvelaré más tarde». No tuvo ocasión de comentarla con Rudy durante la cena, de especular sobre qué sería lo que les iba a desvelar, y tampoco pudieron hablar después, mientras hacían los deberes en la mesa de la cocina. Por lo general, su padre se retiraba temprano a su estudio, para estar solo, y no lo volvían a ver hasta la mañana siguiente. Pero esta noche parecía nervioso y no hacía más que entrar y salir de su despacho a por un vaso de agua, a limpiar sus gafas y, por último, para coger una lámpara. Ajustó la mecha de manera que hubiera sólo una tenue llama roja y después la colocó sobre la mesa, frente a Max.

–Chicos –dijo volviéndose hacia el sótano y descorriendo el cerrojo–. Bajad y esperadme. No toquéis nada.

Rudy, pálido como la cera, dirigió a Max una mirada horrorizada. No soportaba el sótano, con su techo bajo y su olor, las telarañas como velos de encaje en las esquinas. Cuando le tocaba hacer allí alguna tarea doméstica, siempre le suplicaba a su hermano que lo acompañara. Max abrió la boca para preguntar a su padre, pero éste ya había salido de la habitación y desaparecido en su estudio.

Max miró a Rudy, que temblaba y negaba con la cabeza sin decir palabra.

–No pasará nada –le prometió Max–. Yo te protegeré.

Rudy cogió la lámpara y dejó que Max bajara el primero por las escaleras. La luz anaranjada de la llama proyectaba sombras que se inclinaban y saltaban, como oscuras lenguas, en las paredes. Max bajó hasta el sótano y miró inseguro a su alrededor. A la izquierda de las escaleras había una mesa de trabajo sobre la que había un bulto cubierto con una lona blanca y mugrienta. Podían ser ladrillos apilados, o ropa, era difícil decirlo en aquella oscuridad y sin acercarse más. Max avanzó con lentitud y arrastrando los pies, hasta que estuvo cerca de la mesa, y una vez allí se detuvo, dándose cuenta de repente de lo que escondía la sábana.

–Tenemos que salir de aquí –gimió Rudy justo detrás de él. Max no se había dado cuenta de que estaba allí, pensaba que seguía en las escaleras–. Tenemos que salir de aquí ahora mismo.

Y Max supo que no hablaba únicamente de salir del sótano, sino de la casa, de huir de aquel lugar donde habían vivido diez años y no regresar jamás.

Pero era demasiado tarde para creerse ahora Huckleberry Finn y Jim y «marcharse al territorio», pues los pesados pasos de su padre ya resonaban en los polvorientos tablones de madera, a sus espaldas. Max levantó la vista hacia las escaleras y lo vio. Llevaba su maletín de médico.

–De vuestra invasión de mi privacidad no puedo menos que deducir –empezó a decir su padre– que por fin habéis desarrollado un interés por la labor secreta a la que tanto he sacrificado. He matado con mis propias manos a seis no-muertos, el último de los cuales era aquella zorra enferma cuya fotografía visteis en mi despacho; creo que ambos la habéis visto.

Rudy dirigió una mirada de pánico a Max, que se limitó a mover la cabeza, como diciéndole «no digas nada». Su padre continuó hablando.

–He entrenado a otros en el arte de destruir vampiros, incluido el desgraciado primer esposo de vuestra madre, Jonathan Harker, que Dios lo bendiga, de manera que soy indirectamente responsable de la muerte de tal vez hasta cincuenta miembros de esta infecta y apestosa especie. Y ha llegado el momento, ahora lo sé, de enseñar a mis propios hijos cómo se hace. Y cómo se hace bien, de manera que seáis capaces de acabar con aquellos que querrían acabar con vosotros.

–Yo no quiero saberlo –dijo Rudy.

–Él no vio el cuadro –dijo Max al mismo tiempo.

Su padre pareció no oír a ninguno de los dos. Pasó de largo junto a ellos hasta la mesa de trabajo y el bulto cubierto por la lona que estaba sobre ella. Levantó una esquina de la tela y miró; a continuación y con un murmullo de aprobación la levantó por completo.

La señora Kutchner estaba desnuda y horriblemente macilenta, con las mejillas demacradas y la boca abierta de par en par. El vientre se hundía bajo las costillas, como si le hubieran aspirado las entrañas, y tenía la espalda magullada y de color violeta azulado por la sangre coagulada. Rudy gimió y escondió su cara detrás del hombro de Max.

Su padre apoyó el maletín junto al cadáver y lo abrió.

–Por supuesto que ella no lo es, quiero decir, un no–muerto, sino que está simplemente muerta. Los vampiros auténticos no abundan, y tampoco sería práctico ni aconsejable para mí encontrar uno con el que pudierais ensayar. De momento ella nos servirá –dijo, sacando de su maletín las estacas envueltas en terciopelo.

–Pero ¿qué hace aquí? –preguntó Max–. Mañana es su entierro.

–Pero hoy yo hago la autopsia, para mis investigaciones privadas. El señor Kutchner lo entiende, se alegra de poder cooperar, si eso significa que un día no morirán más mujeres de esta manera. –Tenía una estaca en una mano y un mazo en la otra.

Rudy empezó a llorar. Max, en cambio, estaba experimentando una extraña disociación. Una parte de su cuerpo caminó hacia delante, pero sin él, mientras otra parte permanecía junto a Rudy, pasándole un brazo alrededor de sus temblorosos hombros. Rudy repetía: «Por favor, quiero ir arriba». Max se vio a sí mismo caminar con paso neutro hasta su padre, que lo miraba con una mezcla de curiosidad y cierta sosegada admiración.

Le alargó el mazo a Max y aquello lo devolvió a la realidad. De nuevo se encontraba dentro de su cuerpo, consciente del peso del martillo, que tiraba de su muñeca hacia el suelo. Su padre le agarró la otra mano y la levantó dirigiéndola hacia los escuálidos pechos de la señora Kutchner. Apoyó las yemas de los dedos de Max en un punto situado entre dos costillas y entonces éste miró a la cara de la mujer muerta, con la boca abierta como si se dispusiera a decir: «¿Ya estamos haciendo de médico, Max Van Helsing?».

–Toma –dijo su padre, deslizándole una de las estacas en la mano–. Tienes que sujetarlo por aquí, por la empuñadura. En un caso real, el primer golpe estará seguido de gritos, blasfemias y una lucha desesperada por escapar. Los malditos no son fáciles de matar. Debes aguantar sin rendirte, hasta que la hayas empalado y haya dejado de resistirse. Pronto habrá terminado todo.

Max levantó el mazo y a continuación miró a la señora Kutchner, deseando poder decirle que lo sentía, que no quería hacer aquello. Cuando golpeó la estaca con un fuerte golpe escuchó un chillido penetrante y él mismo chilló también, creyendo por un instante que la señora Kutchner seguía viva; entonces se dio cuenta de que era Rudy quien había gritado. Max era de complexión fuerte, con pecho ancho y hombros fornidos de campesino holandés. Con el primer golpe había hecho penetrar la estaca más de dos tercios, por tanto sólo necesitaba otro más. La sangre que manó alrededor de la herida estaba fría y tenía una consistencia viscosa y espesa.

Max se tambaleó, a punto de desmayarse, y su padre lo sujetó por el brazo.

–Bien –le susurró Abraham al oído, pasándole un brazo por los hombros, y apretándole tan fuerte que le crujieron las costillas. Max sintió una pequeña punzada de placer, una reacción automática a la sensación de afecto inconfundible que le había transmitido el abrazo de su padre, que le puso enfermo.

–Profanar el santuario del alma humana, incluso una vez que su inquilino se ha marchado, no es tarea fácil, lo sé –continuó su padre todavía abrazándolo. Max miró fijamente a la boca abierta de la señora Kutchner, la fina hilera de dientes superiores, y recordó a la muchacha del calotipo con el puñado de ajos en la boca.

–¿Dónde estaban sus colmillos? –preguntó.

–¿Eh? ¿De quién? ¿Qué dices? –dijo su padre.

–En la fotografía de la mujer que mataste –contestó Max volviendo la cabeza y mirando a su padre a los ojos–. No tenía colmillos.

Su padre se le quedó mirando con ojos inexpresivos, sin comprenderlo. Después dijo:

–Desaparecen cuando el vampiro muere. ¡Alehop!

Lo soltó, y Max pudo volver a respirar con normalidad. Su padre se enderezó.

–Ahora sólo queda una cosa –dijo–. Hay que cortar la cabeza y llenar la boca de ajos. ¡Rudolf!

Max volvió despacio la cabeza. Su padre había dado un paso atrás y sujetaba un hacha que Max no sabía de dónde había sacado. Rudy estaba en las escaleras, a tres peldaños del principio. Se apoyaba con fuerza contra la pared y con la muñeca izquierda se apretaba la boca para no gritar. Movía la cabeza atrás y adelante con desesperación.

Max alargó la mano y cogió el hacha por el mango.

–Yo lo haré –dijo. Y era capaz, se sentía seguro de sí mismo. Ahora comprendía que siempre había compartido aquella afición de su padre por apuñalar carne fresca y trabajar con sangre. Lo vio con claridad y no sin cierto desmayo.

–No –repuso su padre quitándole el hacha y apartándolo. Max tropezó con la mesa y unas cuantas estacas rodaron por el suelo y repiquetearon en los tablones polvorientos–. Recógelas.

Rudy echó a correr, pero resbaló en las escaleras y cayó a cuatro patas golpeándose las rodillas. Su padre lo sujetó por el pelo y lo tiró al suelo de un empujón. Rudy aterrizó sobre el vientre. Se dio la vuelta, y cuando habló su voz resultaba irreconocible.

–¡Por favor! –gritó–. ¡Por favor, no! Tengo miedo. ¡Por favor, padre, no me obligue!

Max dio un paso adelante con el hacha en una mano y media docena de estacas en la otra, decidido a intervenir, pero su padre lo esquivó, lo sujetó por el hombro y lo empujó hacia las escaleras.

–Vamos, sube. Ahora –ordenó dándole otro empujón.

Max se cayó en las escaleras lastimándose la espinilla. Su padre agarró a Rudy por el brazo, pero éste se retorció hasta liberarse y se arrastró sobre el polvo hasta el rincón más alejado de la estancia.

–Ven, yo te ayudo –dijo el padre–. Tiene el cuello fino, así que no tardaremos mucho.

Rudy negó con la cabeza y se acurrucó más en la esquina, junto al barril de carbón.

El padre clavó el hacha en el suelo.

–Entonces te quedarás aquí hasta que estés dispuesto a entrar en razón.

Se giró, tomó a Max del brazo y lo empujó escaleras arriba.

–¡No! –gritó Rudy, levantándose y corriendo hacia la salida.

Pero sus piernas tropezaron con el mango del hacha y cayó al suelo. Para cuando se levantó el padre ya estaba empujando a Max por la puerta al final de las escaleras. Lo siguió y cerró con fuerza detrás de ellos. Rudy llegó al otro lado justo cuando su padre estaba girando la llave de plata en la cerradura.

–¡Por favor! –gritó Rudy–. ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! ¡Quiero salir de aquí!

Max estaba de pie en la cocina y le zumbaban los oídos. Quería decirle a su padre que parara, pero las palabras no le salían, sentía cómo se le bloqueaba la garganta. Tenía los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y las manos le pesaban como si fueran de plomo; pero no, no eran las manos lo que le pesaba sino lo que sujetaban: el mazo, las estacas.

Su padre resoplaba por la falta de aliento con la ancha frente apoyada en la puerta cerrada. Cuando finalmente se separó tenía el pelo desordenado y el cuello de la camisa suelto.

–¿Veis lo que me obligáis a hacer? –dijo–. Tu madre, lo mismo, igual de histérica e intolerante, pidiendo a gritos... Lo intenté. Le...

Se volvió para mirar a Max y en el instante inmediatamente anterior a que éste le golpeara con el mazo su semblante tuvo tiempo de expresar sorpresa, incluso asombro. Max le acertó en plena mandíbula, un golpe que sonó a huesos rotos y cuyo impacto él mismo notó en su hombro. Su padre cayó hasta quedar apoyado en una rodilla y Max tuvo que golpearle de nuevo para hacerle caer de espaldas.

Los párpados de Abraham se cerraron mientras perdía el sentido, pero se abrieron otra vez cuando Max se sentó encima de él. Abrió la boca para decir algo pero Max ya había oído lo suficiente, no tenía interés en hablar. Después de todo, hablar no era lo suyo. Lo que importaba ahora era el trabajo manual, algo para lo que tenía un instinto natural, para lo que tal vez estaba destinado.

Colocó la punta de la estaca donde su padre le había enseñado y golpeó el mango con el mazo. Resultó que todo lo que le había contado en el sótano era cierto. Hubo gritos, hubo blasfemias y también una lucha desesperada por escapar, pero pronto se terminaron.

Joe Hill.




Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de vampiros de Joe Hill: Hijos de Abraham (Abraham's Boys) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Vn Helsing víctima de sus propios metodos. Que brillante ironía.