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Historia de la ficción detectivesca

Breve historia de la ficción detectivesca.


La ficción detectivesca es un subgénero de la novela negra, y paradójicamente también su antecesor. Básicamente podemos definirla como una historia lineal en donde un investigador, oficial o aficionado, estudia un crimen determinado, a menudo un asesinato.

Las historias detectivescas preceden a los detectives y los investigadores clásicos. Sin ir más lejos, uno de los primeros ejemplos de ficción detectivesca se encuentra en la Biblia, más precisamente en los evangelios apócrifos. Se trata del relato de Susana y los ancianos, donde Daniel interroga a una serie de testigos con el objetivo de descubrir a los resposables de un asesinato.

Pero el primer ejemplo de ficción detectivesca, como tantas otras cosas, hay que buscarlo en Grecia, más concretamente en Edipo rey, de Sófocles, compuesto alrededor del 430 a.C. Allí, Edipo inicia una especie de investigación para descubrir su pasado basada en métodos sobrenaturales, algo que a primera vista contradice el racionalismo expuesto en los relatos clásicos de detectives

Sin embargo, hay varios ejemplos en este sentido, entre ellos; Carnacki, el detective paranormal de W.H. Hodgson; el doctor Hesselius, de Sheridan Le Fanu, cuyo propósito es descubrir la naturaleza vampírica de la aborrecible Carmilla (Carmilla); John Silence, el investigador psíquico de Algernon Blackwood; Moris Klaw, de Sax Rohmer, cuya herramienta predilecta es la energía ódica; el doctor Rhodes, de la ocultista Dion Fortune, hábil razonador que también apela a la magia; Simon Iff, de Aleister Crowley, también detective y nigromante; Jules de Grandin; el investigador y cazador de licántropos de Seabury Quinn; John Thunstone y el juez Pursuivant, de Manly Wade Wellman, que resolvieron uno o dos poletergeist en las páginas de Weird Tales; Philo Vance, de S.S. Van Dine; Steve Harrison, el detective de Robert E. Howard; Joseph Rouletabille, de Gastón Leroux, un detective fuertemente ligado al ocultismo; Solar Pons, de August Derleth; Abraham Van Helsing, de Bram Stoker; Dick Donovan, de J.E. Preston Muddock, entre tantos otros.

De modo que la ficción detectivesca puede prescindir de la lógica y la razón; o mejor dicho, que apela a lo sobrenatural para explicar aquellos sucesos que superan la razón y la lógica. 

De hecho, esta variante de la ficción detectivesca propone que frente a ciertos enigmas lo sobrenatural parece ser la única explicación lógica.

Ya en una época en donde la razón comenzaba a valorarse de otro modo, apareció un ejemplo temprano de la ficción detectivesca: Zadig o la destinada (Zadig ou la Destinée), de Voltaire. Luego llegaría Mademoiselle de Scuderi (Das Fräulein von Scuderi, 1819), de E.T.A. Hoffmann, en la cual una dama establece la inocencia de un sospechoso acusado del asesinato de un joyero. 

Algunos incluso sostienen que este cuento de E.T.A. Hoffmann inspiró fuertemente a Edgar Allan Poe y sus Crímenes de la Rue Morgue (The Murders in the Rue Morgue).

Otra influencia de E.A. Poe y sucesivos hacedores de la ficción detectivesca es La célula secreta (The Secret Cell, 1837) de William Evans Burton, donde un policía londinense resuelve el secuestro de una joven. Burton -que fue jefe de E.A. Poe- construye un detective tenaz que confía en la ciencia y el conocimiento psicológico de los criminales que acecha; busca pistas, indicios, estudia evidencias y utiliza un brillante poder de deducción; todos ellos elementos que pasarán a integrar el espíritu de la ficción policial.

No obstante, el primer detective reconocido mundialmente fue C. Auguste Dupin, de E.A. Poe. Su perfil definió lo que el lector espera de un investigador: intelectualmente brillante, excéntrico, solitario, sin apegos emocionales de ningún tipo. A Los crímenes de la rue Morgue (The Murders in the Rue Morgue) hay que sumarle otras dos intervenciones: El misterio de Marie Roget (The Mystery of Marie Rogêt, 1843) -basado en un caso real que conmovió a Boston, llamado el misterio de Mary Cecilia Rogers-, y La carta robada (The Purloined Letter, 1845).

Edgar Allan Poe estableció una receta indiscutible. El objetivo primario de sus argumentos se centra en encontrar la verdad y, en segunda medida, en los medios para obtenerla. Importa poco si se trata de un crimen, un robo o un secuestro. El protagonista fugitivo es siempre la verdad. En la "receta" de E.A. Poe esta se obtiene a través de una combinación de astucia, lógica e intuición.

En Francia, por ejemplo, se añadió una nueva faceta en la investigación de crímenes narrativos. Su padre fue Émile Gaboriau, un visionario en asuntos forenses. En su novela Monsieur Lecoq, de 1868, se efectúa un examen minucioso de la escena del crimen, tal vez el primero de la literatura.

Otro ejemplo interesante de ficción detectivesca se produce en la novela: Casa desolada (Bleak House, 1853), de Charles Dickens; donde el inspector Bucket investiga el crimen de Tulkinghorn, un abogado que fue asesinado en su despacho.

Un nombre inevitable en cualquier repaso sobre la ficción detectivesca es el de Wilkie Collins, creador de verdaderos clásicos como La dama de blanco (The Woman in White), o La piedra lunar (The Moonstone, 1868); quizás la mejor novela de detectives de habla inglesa.

Algunas décadas después, más precisamente en 1887, aparecería otro ícono del cuento de detectives: Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle

A pesar de las obvias influencias de E.A. Poe, la personalidad de Sherlock Holmes se basó fuertemente en el doctor Joseph Bell, un antiguo jefe de Doyle en la Enfermería Real de Edimburgo. Según se dice, Bell se destacaba por elaborar impresionantes conclusiones a partir de observaciones circunstanciales, y a menudo intrascendentes; algo que pasaría a ser la característica primordial del método razonamiento de Sherlock Holmes.

Ya en 1920 comenzó la llamada Edad de oro de la ficción detectivesca. En este período surgieron incontables escritores populares que engrandecieron el género. 

Las mujeres, vale aclararlo, no estuvieron al márgen del asunto. Entre las reinas de la delincuencia se encuentran cuatro autoras fundamentales para el amante de la ficción policial: Agatha Christie (con sus historias de Miss Marple y Hércules Poirot), Dorothy L. Sayers (con su novela: Lord Peter Wimsey), Marsh Ngaio, y Margery Allingham.

Estas autoras profundizaron algunas cuestiones vitales de la ficción detectivesca. En ellas casi siempre se presenta un intrincado rompecabezas que el lector, junto al protagonista, deben descubrir. En este sentido, tanto el lector como el protagonista recibían la misma información objetiva y, por lo tanto, se hallaban en una posición de igualdad frente al enigma en cuestión.

Tres casos magistrales de este estilo son Asesinato en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express, 1934); Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 1937); y Eran diez indiecitos (And Then There Were None, 1939); todos ellos de la formidable Agatha Christie.

No podemos concluir este brevísimo repaso sin mencionar a Philo Vance, el detective intolerante de S.S. Van Dine; al doctor Priestley, de John Rhode, especialista en procedimientos criminalísticos; al inspector Hanaud, de A.E.W. Mason; al Padre Brown, el sacerdote detective de G.K. Chesterton; a don Isidro Parodi, el convicto investigador de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares; a Rex Stout, Ellery Queen, Dashiell Hammett, J.E. Preston Muddock, Jonathan Latimer, Erle Stanley Gardner y Raymond Chandler.





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3 comentarios:

Gabriela Ruedlinger Espoz dijo...

Notable! Respecto a lo afirmado sobre el método de E. A. Poe, hay unas tesis de Ricardo Piglia sobre el cuento, en una de esas interesa para el caso. Me encantó el artículo!!

Sebastián Beringheli dijo...

Gracias por el dato, Gabi!

Anónimo dijo...

Se han olvidado de Maigret, el policía de Georges Simenon, que es considerado como el autor que humanizó el género policíaco.