La hechicera de Sylaire: Clark Ashton Smith


La hechicera de Sylaire (The enchantress of Sylaire) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, publicado en la edición de julio de 1941 de la revista Weird Tales.

La hechicera de Sylaire fue distribuida con cierta dualidad: es recogida tanto por las colecciones de relatos de vampiros como por las de hombres lobo. Dejando de lado esta ambigüedad -que corresponde exclusivamente a los editores- La hechicera de Sylaire es un gran cuento de terror, que merece un sitio privilegiado en nuestra Biblioteca gótica.


La hechicera de Sylaire.
The Enchantress of Sylaire
, Clark Ashton Smith (1893-1961)


-Óyeme bien, idiota: nunca me casaré contigo -afirmó Dorothée, unigénita del señor des Flèches. Sus labios como dos bayas maduras dedicaron un puchero de disgusto a Anselme. Su voz era puro néctar... repleta de aguijones-. No te falta hermosura y tus maneras son correctas, pero ojalá tuviese un espejo para vieras cómo eres en realidad.
-¿Por qué dices eso? -preguntó Anselme, desconcertado y ofendido.
-Porque sólo eres un maldito soñador, todo el día devorando libros como un monje. Lo único que te importan son las leyendas antiguas y las novelas. La gente afirma que incluso escribes versos. Suerte tienes de ser el segundo hijo del conde du Framboisier... y es que nunca serás otra cosa que un segundón.
-Pero si ayer dijiste que me amabas un poco -objetó Anselme con cierta amargura. Cuando una mujer deja de amar a un hombre, en él sólo encuentra defectos.
-¡Majadero, pedazo de asno! -exclamó Dorothée, agitando los dorados bucles de su cabello con malhumorada arrogancia-. Si no fueras como te he dicho, nunca habrías mencionado lo que afirmé ayer. Lárgate, imbécil. Y no vuelvas más.

Anselme, el ermitaño, había dormido poco, no había hecho más que dar vueltas y vueltas en su incómodo y estrecho jergón. Parecía que su sangre hubiese bullido con el bochorno de la noche estival. Por supuesto, el ardor inherente a la juventud había contribuido al insomnio. No quería pensar en mujeres, y más concretamente en una. Sin embargo, trece meses de soledad en lo más profundo de los bosques de Averoigne no le habían ayudado en su propósito. Más cruel que sus sarcasmos era la inolvidable belleza de Dorothée des Flèches: la boca de mullidos labios, los brazos suavemente redondeados, la esbelta cintura, unos pechos y caderas que aún no habían adquirido su máximo esplendor. En los escasos momentos en que concilió el sueño lo visitaron imágenes sugerentes pero nimias comparadas con la persona que regía sus desvelos. Se levantó al amanecer, cansado y lleno de inquietud. Quizá se calmaría tomando un baño, como hacía a menudo, en un estanque cuyas aguas provenían del río Isoile, ocultas por frondosos alisos y sauces. El agua, deliciosamente fresca a esa hora, aliviaría su estado febril. Se le iluminaron los ojos, la mirada se le desperezó bajo la luz matinal al salir de su cabaña, hecha con troncos y ramas de sauce y mimbrera. Sus pensamientos, todavía bajo el influjo de la noche pasada, continuaban dispersos y sin objetivos concretos. ¿Había hecho bien en renunciar al mundo, a parientes y allegados, para recluirse en un lugar recóndito por culpa del desdén femenino? Decirse a sí mismo que se había convertido en ermitaño para alcanzar la santidad, como afirmaban los antiguos anacoretas, era engañarse absurdamente. Al vivir solo, ¿no estaría agravando la enfermedad de la que buscaba curarse? Un poco más tarde se le ocurrió pensar que quizá con aquel modus vivendi ratificaba las acusaciones de estúpido soñador que le había dedicado Dorothée. Dejarse vencer por las contrariedades era síntoma de debilidad.

Caminando con la cabeza gacha, ni siquiera reparó en los matorrales que rodeaban el estanque. Apartó los sauces jóvenes sin levantar los ojos. Cuando estaba a punto de desnudarse, un chapoteo en el agua lo abstrajo de sus cavilaciones. Preocupado, vio que en el estanque ya había alguien. Y su preocupación aumentó al percatarse de que se trataba de una mujer. Casi en el mismo centro, donde las aguas eran más profundas, la mujer removía las aguas con sus manos y las atraía hacia la base de los pechos. Su rosácea piel, húmeda, resplandecía como pétalos de rosa impregnados de rocío. La preocupación de Anselme se tornó curiosidad y, después, irreprimible gozo. Se dijo a sí mismo que debía marcharse, pero temía alertar a la bañista con algún movimiento brusco. Curvado su nítido perfil y el hombro izquierdo hacia él, no había notado su presencia. Una mujer joven y hermosa: precisamente lo que quería evitar a toda costa. Y no obstante, sus ojos se negaban a mirar hacia otra parte. No la conocía de nada, ni siquiera la podía relacionar con alguna de las muchachas del pueblo o de la comarca. Era bella como cualquiera de las damas que habitan en los grandes castillos de Averoigne. Y, seguramente, ninguna dama o doncella tomaría un baño en un apartado estanque, en medio de la floresta. Los gruesos y castaños rizos de la cabellera, sujetos por un delgado hilo de plata, se ondulaban y rebasaban en cascada los hombros, ardían como oro bruñido en las zonas por las que la luz del sol atravesaba la espesura. Colgada del cuello, una fina cadena de oro semejaba reflejar los destellos del pelo, bailando entre los pechos al compás de sus juegos con las ondas del estanque.

El eremita se quedó contemplándola como atrapado en las hebras de un inesperado sortilegio. La imagen de su hermosura provocó el afloramiento de toda la juventud que intentaba acallar con su vida retirada. Como saciada del juego, ella le dio la espalda y comenzó a moverse en dirección a la orilla opuesta; Anselme se apercibió de que allí, sobre la hierba, yacían esparcidos ropajes femeninos. La ondina silvestre salió del agua muy despacio, exhibiendo afrodisiacas caderas y piernas. Entonces, más allá de ella, un enorme lobo surgió cual sombra furtiva entre la espesura. Se detuvo junto al montículo de ropa. Jamás había visto un ejemplar de semejante tamaño. Pensó en las historias de hombres lobo que, se decía, moraban en aquel bosque tan antiguo; sólo de pensar en eso le invadió el miedo que suele infundir una reflexión de aquella naturaleza. El pelaje de la bestia, de un gris azulado brillante, resultaba muy peculiar, mucho más largo que el de los lobos grises comunes del bosque. Agazapado enigmáticamente, semioculto entre las juncias, daba la sensación de aguardar a que la mujer saliera del agua. "Un poco más", pensó Anselme, "y se dará cuenta del peligro que corre, gritará y se girará presa del terror". Sin embargo, no fue así; siguió en el lugar y dobló la cabeza hacia delante, como si meditara tranquilamente.

-¡Tened cuidado, os acecha un lobo! -avisó con voz extrañamente aguda y como rompiendo una mágica tranquilidad.

Nada más pronunciar las palabras, la bestia se dio la vuelta y desapareció en la frondosidad de viejos robles y hayas. La mujer le sonrió por encima del hombro, mostrando un pequeño rostro ovalado de ojos oblicuos y labios carmesíes como granadas. No parecía avergonzarse por su desnudez ante un hombre ni asustarse por la presencia del predador.

-Nada hay que temer -replicó con una voz que sonaba como miel derretida-. Es poco probable que uno o dos lobos me ataquen.
-Pero acaso haya más rondando cerca -insistió Anselme-.Y mayores son los peligros que acechan a quienes yerran solos y sin protección por el bosque de Averoigne. Cuando os hayáis vestido, con vuestra licencia os acompañaré a vuestra morada, esté a la distancia que esté.
-Mi casa está a la vez muy cerca y muy lejos, por así decir -contestó la mujer enigmáticamente-. Pero podéis venir conmigo, si ese es vuestro deseo.

Se volvió hacia la ropa, mientras Anselme se apartó unos pasos entre los alisos, para dedicarse a cortar un sólido garrote con el que defenderse de alimañas o de cualquier otro antagonista. Una deliciosa exaltación se apoderó de él, lo cual hizo que varias veces estuviera a punto de mutilarse los dedos con el cuchillo. Comenzó a considerar que la misoginia que le había impelido a llevar su vida de ermitaño era fruto de la inmadura juventud. Había permitido que un profundo y prolongado resentimiento hacia una injusta criatura hubiera gobernado su vida y actos. Cuando terminó de cortar el garrote, la dama ya se había ataviado y acicalado. Se acercó a él balanceándose como una lamia. Un corpiño de terciopelo verde primavera mostraba la parte superior de los senos, firmemente sujetos como el abrazo de un amante. Una larga toga de terciopelo púrpura, floreada de azul pálido y carmesí, ceñía armónicamente los sinuosos contornos de caderas y piernas. Se calzó unas sandalias de fino cuero, con puntas descaradamente encrespadas hacia arriba. El corte y la antigüedad de las prendas corroboraron las sospechas de Anselme de que se hallaba frente a un ser fuera de lo común. Más que ocultar, aquellas prendas realzaban sus atributos femeninos. Sus ademanes eran a la vez recatados y provocativos.

Anselme le dedicó una cortés reverencia que se contradecía totalmente con su atuendo basto y desaliñado.

-¡Vaya!, observo que habéis sido algo más que un ermitaño -comentó la mujer con fina ironía
-Así pues, me conocéis -replicó Anselme.
-Muchas cosas son las que conozco. Soy Sephora, la hechicera. Seguramente jamás habéis oído hablar de mí, pues vivo apartada en un sitio que nadie puede encontrar a menos que sea mi deseo.
-Apenas sé nada de brujería -reconoció Anselme--, pero sin duda sois una hechicera.

Durante algunos minutos habían seguido un sendero que serpenteaba por el antiguo bosque. Pese a los numerosos paseos que daba por la floresta, era la primera vez que el ermitaño lo recorría. Lo flanqueaban estrechamente esbeltos pimpollos y ramas bajas de enormes hayas. Apartándolos del camino para facilitar el paso a su acompañante, Anselme le rozaba el hombro y el brazo con frecuencia. En varias ocasiones, ella se inclinaba hacia él, como si le costase mantener el equilibrio sobre el rugoso suelo. Su peso constituía una deliciosa carga que, por desgracia, soportaba con excesiva brevedad. El pulso se le aceleró desaforadamente sin que diera muestras de tranquilizarse. Los principios eremitas de Anselme se habían ido prácticamente al garete. La excitación de su sangre y su curiosidad desconocían el límite. Dedicó varias frases corteses a su acompañante, a las cuales Sephora replicó provocativamente. Ahora bien, respondió con imprecisiones a las preguntas de Anselme, que nada podía saber de ella, ni siquiera formarse una mínima opinión. Incluso le desconcertaba el no poder precisar su edad: por un instante creía que se trataba de una chiquilla y, al siguiente, que escoltaba a una mujer madura. A medida que avanzaban, en varias ocasiones percibió el brillo de un pelaje oscuro agazapado en la espesura baja. Estaba seguro de que el extraño lobo negro del estanque los seguía furtivamente. Sin embargo, el encantamiento del que era presa había desvanecido por completo la sensación de alarma que lo dominó la primera vez. El sendero se empinó para remontar una colina densamente arbolada. Los árboles comenzaron a volverse pinos raquíticos y retorcidos; rodeaban un páramo abierto en la selva como la tonsura de un monje, tachonado con monolitos druídicos de tiempos anteriores a la dominación romana de Averoigne. Prácticamente en el centro se alzaba un enorme crómlech, formado por dos placas verticales que soportaban una tercera a modo de dintel. El sendero conducía directamente hacia la formación megalítica.

-He ahí el portal de mis dominios -anunció Sephora cuando ya se acercaban-. Cada vez me siento más cansada. Llévame en brazos y traspasemos la antigua puerta.

Anselme obedeció de muy buena gana. Cuando la tomó en brazos, notó que las mejillas de la mujer palidecían, los párpados se le movían con rapidez y que se desplomaba. Por un instante creyó que se había desmayado, pero sintió que sus cálidos brazos se le enroscaban y sujetaban en el cuello. Alelado por la situación, traspasó con ella el umbral del crómlech. En aquellos instantes, sus labios repasaron ardorosamente los femeninos párpados, para seguidamente recorrer la dulce llama carmesí de los labios y el exangüe rosa del cuello. Nuevamente pareció como si Sephora se fuera a desmayar ante aquel acceso de ardor. Los miembros de Anselme se doblaron y una furiosa negrura le pobló la mirada. Semejaba como si la tierra debajo de ellos fuera un camastro elástico en el que ambos se estuvieran sumergiendo. Alzando la cabeza, un súbito y creciente desconcierto se apoderó de él. Apenas se había adentrado unos pasos con Sephora en brazos y, sin embargo, ya no caminaba sobre pastos yermos y secos, sino sobre un frondoso y brillante tapiz de hierba moteado de infinitas flores primaverales. Donde en principio estaba el claro del páramo se elevaban los robles y hayas más grandes que jamás hubiera visto, atiborrados de brotes y hojas nuevas. Al mirar atrás, reparó en que el crómlech era el único vestigio del paisaje anterior, porque el resto ya no se parecía en nada, incluso había cambiado la posición del sol: antes estaba a su izquierda, bastante bajo al este; sin embargo, ahora brillaba con luz ambarina entre las hendiduras silvestres, rozando el horizonte a su derecha. Recordó que Sephora se había denominado a sí misma hechicera. Sin duda alguna, aquello era una manifestación de hechicería. Se puso a mirarla, asaltado por la curiosidad y los recelos.

-No temas -dijo Sephora con una dulce sonrisa plena de serenidad-. Te dije que el crómlech era el portal que conducía a mis dominios. En este lugar, el tiempo y el espacio son conceptos distintos de los que conoces en tu mundo. Incluso cambian las estaciones. Sin embargo, aquí no hay brujería, salvo la de los grandes y antiguos druidas, que poseían el secreto de este reino escondido y usaban estos poderosos bloques de piedra como portal entre los mundos. Si en algún momento te cansas de mí, cuando lo desees puedes volver atrás pasando por la puerta... aunque espero que eso tarde en suceder.

La explicación tranquilizó a Anselme, todavía desorientado. Demostró sobradamente que las esperanzas de Sephora no eran infundadas. A decir verdad, lo hizo con tanta minuciosidad y dedicación, que antes de que la mujer tomase una gran bocanada de aire y pudiera hablar de nuevo, el sol se había ocultado tras el horizonte.

-Está refrescando -comentó mientras se aplastaba contra su pecho y se estremecía ligeramente-, pero ya falta muy poco para llegar a casa.

Arribaron a la hora del crepúsculo; era una torre redonda y alta que se destacaba entre los árboles y unos montículos poblados de hierba.

-Varios siglos atrás -comenzó a explicar Sephora-, en este lugar se había erigido un gran castillo. De él ya sólo queda la torre y yo soy su dueña, la última de mi linaje. La torre y las tierras circundantes se llaman Sylaire.

En el interior ardían esbeltas velas que iluminaban bellos tapices con figuras y motivos extraños, pintados con cierta imprecisión. Una servidumbre de facciones pálidas ataviada con ropajes antiguos, con ademanes más propios de furtivos espectros, corría a proveer de viandas y vinos la mesa que la anfitriona y el joven ocuparon en una estancia espaciosa. Los vinos tenían un sabor peculiar y eran manifiestamente añejos, y los alimentos estaban extrañamente condimentados. Anselme comió y bebió a placer. Se encontraba como en un fantástico sueño en el que aceptaba aquel entorno como lo hace el soñador, sin preocuparse por ninguno de los sucesos extraordinarios que le acaecían. Los caldos eran realmente fuertes, de modo que aletargaron cálidamente sus sentidos. Pero la proximidad de Sephora era aún más embriagadora. Ahora bien, se sorprendió un poco de ver que el enorme lobo negro que había visto en el estanque por la mañana entró en la sala para tumbarse a los pies de su anfitriona y bostezar despreocupadamente como un perro.

-Ya ves que es bastante manso -comentó, arrojándole pedazos de carne de su plato. Suelo dejarle entrar y salir de la torre, y él me acompaña cuando salgo de Sylaire.
-Tiene un aspecto feroz -indicó Anselme con visible intranquilidad.

Como si el lobo hubiera comprendido sus palabras, le mostró las fauces al tiempo que emitía un gruñido increíblemente profundo y áspero. Su sombría mirada se pobló de rúbeas manchas como ascuas sacadas de los pozos infernales.

-Vete, Malachie -ordenó la hechicera con firmeza. El lobo la obedeció; antes de salir de la sala, dirigió a Anselme una mirada maligna.
-No le gustas -dijo Sephora-. Pero eso no es nada sorprendente.

Aturdido por el vino y el amor, Anselme se olvidó de preguntarle qué quería decir. La mañana apareció demasiado temprano; el sol hendía las copas de los árboles que rodeaban la torre.

-Déjame tranquila durante un rato -le pidió Sephora después del desayuno-, últimamente he descuidado mis prácticas y hay ciertos asuntos de los que debo ocuparme.

Inclinándose graciosamente, besó las manos de Anselme. Luego, con miradas y sonrisas, se retiró a una estancia en lo alto de la torre, detrás del dormitorio. Había explicado al antiguo ermitaño que allí guardaba recetas, pociones e instrumentos de magia. Anselme decidió salir y explorar los alrededores. Atento a la presencia del lobo negro, de cuya mansedumbre desconfiaba pese a las palabras de su amada, se llevó el garrote que había fabricado el día anterior en el bosquecillo próximo al Isoile. El paraje estaba surcado por senderos repletos de fresca belleza. Sin duda, Sylaire era una región encantada. Bañado en la dorada luz del sol, acariciado por la brisa perfumada con la fragancia de las flores primaverales, deambuló de claro en claro. Descubrió un claro de verde hierba en el que un pequeño manantial burbujeaba entre suaves guijarros rebozados en musgo. Se sentó sobre uno de ellos y se puso a recapacitar sobre la extraña e imprevista felicidad en la que se hallaba. Era como en una novela antigua, o las leyendas de amor y fantasía que tanto le gustaba leer. Sonriendo, se acordó de las pullas que le clavó Dorothée des Flèches al expresarle su desaprobación por aficionarse a leer aquellas obras. Se preguntó qué pensaría ahora Dorothée... seguramente, no se le daría un ápice. Se interrumpieron sus cavilaciones. Un rumor de hojas preludió la aparición del lobo negro, que emergió de la espesura para plantarse delante de él, lloriqueando como si pretendiera atraer su atención. Ya no parecía tan fiero ni amenazador.

Mordido por la curiosidad, y un poco alarmado, para su sorpresa la bestia comenzó a arrancar, con las zarpas, unas plantas parecidas al ajo y las devoró con avidez. Lo que sucedió a continuación dejó a Anselme sin habla. Delante de él ya no estaba la figura del lobo, sino el poderoso talle de un hombre enjuto, vigoroso, de cabellera y barba negras y mirada flameante. El cabello le nacía casi a la altura de las cejas y la barba, bajo las pestañas inferiores. El vello le cubría los hombros, el pecho y las extremidades superiores e inferiores.

-No tengáis ningún temor, no os haré daño -dijo el hombre-. Soy Malachie du Marais, un brujo, y en otros tiempos amante de Sephora. Cuando se cansó de mí, y temiendo mis poderes, me convirtió en un lobo al darme a beber de las aguas de un estanque que hay en lo más profundo de este reino encantado. Desde edades muy antiguas, sobre ese estanque pesa la maldición de la licantropía, y a sus efectos Sephora agregó sus propios hechizos. Cuando hay luna nueva, puedo zafarme brevemente del hechizo. En otras ocasiones, recobro mi forma humana sólo por unos minutos si ingiero las raíces que me visteis desenterrar y devorar; pero se trata de unas raíces que escasean.

Anselme juzgó que los sortilegios de Sylaire eran más sutiles y complejos de lo que había pensado. A pesar de su desconcierto, era incapaz de confiar en el extraño ser que se hallaba delante de él. Había oído numerosas historias sobre licántropos, muy corrientes en la Francia medieval. La gente decía que su fuerza, más que bestial, era demoniaca.

-Permitidme que os advierta del serio peligro en el que os encontráis -prosiguió Malachie du Marais-. Habéis cometido una locura dejándoos seducir por Sephora. Si sois juicioso, abandonad inmediatamente las marcas del reino de Sylaire. La maldad y la brujería son consustanciales a estas tierras, hace tanto tiempo que habitan en ella que acaso surgieron a la par. Los sirvientes de Sephora, que os esperaban ayer al anochecer, no son sino vampiros que duermen de día en las criptas de la torre y salen con las tinieblas. Atraviesan el portal de los druidas para cazar a las gentes de Averoigne. -Detuvo la explicación, como pretendiendo hacer hincapié en las palabras que iba a pronunciar. Los ojos le brillaron aún más intensamente y la voz se le mudó en inquietante susurro. -La misma Sephora no es sino una lamia muy antigua, casi inmortal, que se nutre del vigor de hombres jóvenes. A través de las eras, innumerables han sido sus amantes y, me resulta ingrato decirlo, ignoro a ciencia cierta cuál fue su auténtico final. Su belleza y juventud son mera ilusión. Si pudieseis contemplar su verdadero aspecto, moriríais de repugnancia y dejaríais de amarla al instante.
-Lo que contáis es absurdo. Me resulta imposible creeros -afirmó Anselme.
Malachie encogió sus peludos hombros.
-Por lo menos lo he intentado. Pronto me convertiré de nuevo en lobo y debo irme. Si lo deseáis, venid a verme más tarde a mi madriguera, a una milla al oeste de la torre, quizá os pueda convencer de que os digo la verdad. Mientras, tratad de recordar si en la habitación de Sephora visteis algún espejo como los que suelen tener las jóvenes hermosas. Los espejos aterran a las lamias y los vampiros... por una buena razón.

Anselme regresó preocupado a la torre. Le costaba creer lo que había oído. Y sin embargo, estaba el asunto de la servidumbre de la torre. Aquella mañana apenas había reparado en su ausencia (no los había visto desde la noche anterior), ni tampoco recordaba que entre las pertenencias de Sephora hubiera espejos. La hechicera ya lo estaba esperando en el vestíbulo inferior. Una breve mirada a la impresionante dulzura de su femineidad bastó para avergonzarse de las dudas que Malachie había sembrado en su corazón. Los ojos de Sephora, penetrantes y tiernos como los de las diosas paganas del amor, le preguntaron qué había hecho. El muchacho le refirió con todo lujo de detalles su encuentro con el licántropo.

-Ah, hice bien en fiarme de mis presentimientos -dijo-. La noche pasada, cuando el lobo gruñó y te echó su última mirada, me dio la sensación de que quizá se estaba volviendo más peligroso de lo que creía. Esta mañana, en la cámara de magia, mis poderes clarividentes me revelaron muchas cosas. Realmente he bajado mucho la guardia. Malachie ha devenido una amenaza para mi seguridad. Además, te odia y hará lo que sea para destruir nuestra felicidad.
-Entonces, ¿es verdad que fue tu amante y que lo transformaste en un hombre lobo?
-Fue mi amante hace mucho, mucho tiempo. Pero devenir hombre lobo fue decisión suya, consecuencia de haber bebido las aguas del estanque que te mencionó. Nunca ha dejado de lamentarlo. Aunque siendo lobo posea ciertos poderes, en realidad eso limita sus acciones y facultades hechiceras. Quiere volver a ser sólo un hombre. Si lo consigue, será doblemente peligroso para los dos. Debería haberlo vigilado mejor, pues me he dado cuenta de que me ha robado la receta del antídoto para las aguas de la licantropía. Mi clarividencia me avisa de que ya ha preparado la pócima durante los breves intervalos en que, al mascar ciertas raíces, ha sido hombre. Cuando la beba, será humano permanentemente. Sólo espera a que haya luna nueva, porque el hechizo del hombre lobo más débil en ese periodo.
-Pero, ¿por qué me odia Malachie? -inquirió Anselme- ¿Y cómo te puedo ayudar a combatirle?
-La primera es una pregunta bastante estúpida. Obviamente, está celoso de ti. En cuanto al asunto de ayudarme... se me ha ocurrido una buena estratagema contra él.

De los pliegues del corpiño sacó un pequeño objeto púrpura con forma triangular.
-Este frasco -explicó- contiene agua del estanque de los licántropos. Gracias a mi visión clarividente, sé que Malachie guarda su antídoto definitivo en un frasco de tamaño, forma y color parecidos. Si pudieras entrar en su madriguera y cambiarlo por este, creo que los resultados serían bastante peculiares.
-Por supuesto que iré -decidió Anselme.
-Ahora mismo puede ser buen momento -indicó Sephora-. Falta una hora para mediodía, cuando suele salir a cazar. Si lo encuentras en la madriguera o estás en ella a su regreso, siempre le puedes decir que aceptaste su invitación.

Dio a Anselme instrucciones detalladas para encontrar enseguida la madriguera. Asimismo, le proveyó de una espada, afirmando que la hoja estaba templada con los cánticos de hechizos que lo protegerían de seres como Malachie.

-El lobo se ha vuelto impredecible -afirmó la hechicera-. Si te ataca, tu garrote te servirá de bien poco.

Localizó la madriguera enseguida, caminos bien marcados conducían hacia ella sin desviaciones. Consistía en los restos de una torre, deshecha en fragmentos cubiertos de hierba y musgo. Lo que en su momento había sido una alta entrada ahora era un mero agujero por el que un animal de grandes proporciones podía entrar y salir sin problemas. Cuando se halló delante del orificio, las dudas lo asaltaron.

-¿Estáis ahí, Malachie du Marais? -la pregunta no obtuvo respuesta ni en el interior se percibían movimientos. Volvió a gritar. Al final, agachado y moviéndose a gatas, penetró en la madriguera.

La luz natural entraba merced a varias aberturas, enrejadas por caprichosas raíces de árbol. Se trataba más de una caverna que de una habitación. Hedía a causa de restos de carroña sobre los que Anselme prefirió no pensar. El suelo estaba cubierto de huesos, tallos rotos, hojas de plantas y recipientes de alquimia hechos añicos. Un caldero devorado por el orín pendía de un trípode sobre cenizas y restos de leña carbonizada. Cachivaches ensuciados por las goteras yacían por doquier luciendo costras de óxido. Una mutilada mesa de tres patas se apoyaba contra el muro. Tenía un montón de objetos extraños entre los cuales discernió uno de color púrpura, similar al que le había dado Sephora. En una de las esquinas había un manojo de hierba arrancada y en descomposición. Percibió un hedor rancio y agresivo de bestia mezclado con despojos. Anselme vigiló atentamente, intentando percibir ruidos de lobo o cualquier otra criatura. Después, ya sin demora, depositó el frasco de Sephora sobre la mesa y guardó el otro en su jubón.

Se oyó ruido de pasos en la entrada. Se giró para encontrarse cara a cara con el lobo negro. La alimaña se le acercó, tensa como a punto de abalanzarse sobre él, con la mirada ardiendo como brasas infernales. Los dedos de Anselme se deslizaron hacia la empuñadura de la espada encantada con que le había provisto Sephora. Los ojos del lobo siguieron aquel gesto. Pareció reconocer la hoja. Dio la espalda a Anselme y empezó a comer algunas raíces de aquella planta semejante al ajo, sin duda recolectada para poder llevar a cabo acciones imposibles de realizar con la figura de un lobo. Ahora bien, en esta ocasión la metamorfosis quedó incompleta. La cabeza y el tronco de Malachie se irguieron como los de un hombre, pero las piernas siguieron siendo las de un espantoso licántropo, como si se tratara de un híbrido propio de las leyendas paganas.

-Me siento muy honrado por vuestra visita -dijo medio gruñendo, la mirada y la voz recelosas-. Muy pocos han osado entrar en mi humilde morada, por eso os lo agradezco doblemente. Como recompensa, os haré un regalo.

Con los ágiles movimientos de un lobo, se fue a la mesa y revolvió entre los peculiares objetos que la poblaban. Se quedó con un espejo rectangular de plata bruñida, cuyo mango tenía joyas engastadas. Lo ofreció a Anselme.

-Este es el espejo de la Realidad -explicó-. En él se refleja la auténtica naturaleza de las cosas. Ni siquiera lo pueden engañar las artes de la hechicería. No me creisteis cuando os advertí de lo que Sephora es en realidad. Pero si sostenéis el espejo delante de su rostro y miráis su reflejo, os daréis cuenta de que su belleza, como todo lo que perteneciente a Sylaire, es una vacua mentira, la máscara de un horror y una corrupción sumamente antiguos. Si no me creéis, colocad el espejo frente a mi cara: también yo pertenezco a la inmemorial perversidad de este reino.

Anselme asió el espejo y procedió como le había dicho Malachie. Un momento después, casi se le cayó. Había contemplado una faz que debería yacer bajo tierra muchos siglos atrás. Tanto lo había afectado aquel horror, que después olvidó el episodio de su salida de la madriguera. Se había llevado el obsequio del licántropo, si bien algo lo empujó, en varias ocasiones, a desprenderse de él. Procuró convencerse a sí mismo de que sólo había experimentado el resultado de algún burdo truco. Se negaba a aceptar que ningún espejo revelase que Sephora fuera otra cosa distinta de la dulce belleza de cuyos besos sus labios aún conservaban el calor. Pero tales especulaciones desaparecieron cuando volvió a entrar en la torre. En el vestíbulo aguardaban tres visitantes. Estaban delante de Sephora, la cual, con serena sonrisa, parecía explicarles algo. Muy conturbado, Anselme reconoció a los tres recién llegados. Uno de ellos era Dorothée des Flèches, ataviada con prendas de viaje. Los otros dos eran vasallos de su padre, armados con armas, aljabas con flechas, espadas de doble filo y dagas. Pese a toda aquella panoplia, se mostraban incómodos y recelosos. En cambio, Dorothée semejaba conservar su innato aplomo.

-Pero, ¿qué haces en este lugar tan extraño, Anselme? -le espetó-- ¿Y quién es esta mujer, la señora de Sylaire, como se apela a sí misma?

Anselme comprendió que cualquier respuesta rebasaría la capacidad de entendimiento de la muchacha. Miró a Sephora y después de nuevo a Dorothée. Sephora era la esencia de toda la belleza y el encanto por los que siempre había suspirado. ¿Cómo podía haberse creído enamorado de Dorothée? ¿Cómo había decidido convertirse en eremita a causa de su frialdad y ligereza de pensamiento? Tenía una hermosura portentosa, con las cualidades inherentes a la juventud. Pero era necia, exenta de imaginación, prosaica como una mujer casada y con varios hijos. No le extrañaba que jamás lo hubiese entendido.

-¿Qué haces aquí? -inquirió- Pensaba que nunca más nos volveríamos a ver.
-Te echaba de menos, Anselme -contestó la muchacha con un suspiro-. La gente decía que habías renunciado al mundo a causa de tu amor por mí y que te habías entregado a la vida ascética. Al final decidí ir en tu búsqueda, pero desapareciste. Algunos cazadores te vieron pasar ayer con una mujer extraña a través del páramo de las piedras druídicas. Afirmaron que ambos os desvanecisteis más allá del crómlech. Hoy he seguido tus pasos con estos hombres de mi padre. Hemos entrado en estas marcas extrañas de las que nadie tenía noticia. Y ahora, esta mujer...

Un aullido enloquecido interrumpió sus palabras. Con fauces babeantes, llenas de espuma, el lobo irrumpió en el vestíbulo. Dorothée des Fleches comenzó a gritar cuando el animal se dirigió hacia ella, como si la hubiese elegido primera víctima de su incontrolada furia. Sin lugar a dudas, algo lo había enloquecido. Acaso el agua del estanque de los licántropos, cambiada por el antídoto, había redoblado los efectos de la antigua maldición de los hombres lobo. Los dos guerreros, preparando sus armas, aguardaron inmóviles. Anselme desenvainó la espada de la hechicera y se interpuso entre Dorothée y el lobo. Alzó la hoja, de doble filo, presto a asestar un mandoble. El lobo saltó como impulsado por una catapulta; una certera estocada abrió su garganta en canal y saltó la sangre. La mano de Anselme recibió una fuerte sacudida, y el impacto de su propio mandoble lo rechazó hacia atrás. El lobo cayó a los pies de Anselme, agonizante. Sus fauces habían mordido la hoja. La punta le sobresalía por detrás del cuello. Anselme intentó desclavarla, pero fue en vano. A continuación, cesó la agonía del licántropo y la espada salió sin dificultad. La había sacado de la hendida boca del viejo hechicero, Malachie du Marais, ahora inerme sobre las losas de piedra. Aquel era el rostro que Anselme había contemplado en el espejo.

-¡Me has salvado! ¡Eres maravilloso! -gritó Dorothée.

Se abalanzó sobre Anselme con los brazos abiertos. Un momento más y la situación hubiera devenido incómoda. Pensó en el espejo que llevaba en su jubón, junto con el frasco de Malachie du Marais. Se preguntó cuál sería la auténtica imagen de Dorothée reflejada en la bruñida profundidad del espejo. Lo alzó súbitamente y lo interpuso a la altura de su cara cuando ella estaba a punto de ponerse a su lado. Nunca supo lo que contemplaron sus ojos, mas ejerció unos efectos sorprendentes. Dorothée dio un respingo, el miedo dilató desaforadamente sus ojos. Después, cubriéndoselos con las manos para apartar de ellos alguna infame visión, corrió por el vestíbulo y salió gritando. Los guerreros la siguieron. La rapidez con que lo hicieron denotó que no sentían el menor escrúpulo en abandonar aquel sitio azotado por brujos y sortilegios. Sephora comenzó a reír suavemente, secundada por Anselme. Por unos momentos, se entregaron a francas carcajadas. Luego recobraron la calma.

-Sé por qué Malachie te entregó el espejo -observó-. ¿No deseas ver cuál es mi reflejo?

Anselme se dio cuenta de que aún lo sostenía. Sin contestarle, fue hacia a la ventana más próxima, que daba a un profundo pozo resguardado entre arbustos y que había formado parte de un foso. Arrojó el espejo.

-Me basta con lo que ven mis ojos. No necesito espejos -dijo-. Y ahora, retomemos ciertos asuntos que se interrumpieron hace demasiado rato.

De nuevo gozaba con la deliciosa proximidad de Sephora, apresada por sus brazos, sus labios con sabor a miel encadenados a los suyos. Quedaron unidos en el áureo círculo del más fuerte de los hechizos.

Clark Ashton Smith (1893-1961)


Más relatos de Clark Ashton Smith. I Relatos de vampiros. I Relatos góticos.


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El resumen del cuento de Clark Ashton Smith: La hechicera de Sylaire (The Enchantress of Sylaire) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La bruja de ambar: Wilhelm Meinhold


La bruja de ámbar (Die Bernsteinhexe) es una novela gótica del escritor alemán Wilhelm Meinhold, escrita en 1839 y publicada en 1844. Su título original es Maria Schweidler: la bruja de ámbar (Maria Schweidler: Die Bernsteinhexe).

Se dice que La bruja de ámbar era la novela favorita de Oscar Wilde en sus años de juventud. No lo culpamos. Wilhelm Meinhold asegura haber hallado un manuscrito del siglo XVII perteneciente al pastor Abraham Schweidler, cuyas páginas contienen la escalofriante historia de su hija Mary, la Bruja de Ámbar.

La maestría de Meinhold justifica que los críticos de su época hallan juzgado que el manuscrito era real, y que aquel proceso judicial sobre un caso de brujería era el más interesante del que se tenía conocimiento.

La trama de La bruja de ámbar, como decíamos, comienza con el misterioso manuscrito. La hija del pastor Schweidler, Mary, es acusada de bruja por una rencorosa dama de la aldea, quien es apoyada por las autoridades seculares. Luego de un largo e injusto proceso, Mary es horriblemente torturada, -aquí Meinhold no ahorra detalles- hasta que, quebrada por las extensas sesiones de flagelación, confiesa lo que nunca hizo. La aguarda la hoguera.

El final de La bruja de ámbar lo dejamos en las manos de Wilhelm Meinhold, a quienes seguramente podrán encontrar en alguna buena biblioteca.

La imagen pertenece a la edición de 1885 de La bruja de ámbar, ilustración que pertenece a Phillip Burne-Jones.



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El resumen de la novela de Wilhelm Meinhold: La bruja de ámbar (Maria Schweidler: Die Bernsteinhexe) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Johannes Wilhelm Meinhold: novelas


Wilhelm Meinhold.
-Johannes Wilhelm Meinhold-
1797-1851





Johannes Wilhelm Meinhold: novelas:





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Exilio: Edmond Hamilton


Exilio (Exile) es un relato fantástico del escritor norteamericano Edmond Hamilton, publicado en 1943 en la revista Super Science Stories.

Poco hay que agregar sobre este relato. Exilio es uno de los cuentos fantásticos más conocidos del siglo XX, al menos en lo que se refiere al Pulp; y seguramente el más aclamado por los lectores de Edmond Hamilton.




Exilio.
Exile, Edmond Hamilton (1904-1977)

¡Lo que daría por no haber hablado de Ciencia Ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no estaría obsesionado con esa bizarra e imposible historia que nunca podría ser comprobada ni refutada.

Pero tratándose de cuatro escritores profesionales de relatos fantásticos, supongo que el tema resultaba ineludible. A pesar de que logramos posponerlo durante toda la cena y los tragos que tomamos después, Madison, gustoso, contó a grandes rasgos su partida de caza, y luego Brazell inicio una discusión sobre los pronósticos de los Dodgers. Mas tarde me vi obligado a desviar la conversación al terreno de la fantasía. No era mi intención hacer algo así. Pero había bebido un escoces de mas, y eso siempre me vuelve analítico. Y me divertía la perfecta apariencia de que los cuatro eramos personas comunes y corrientes.

-Camuflaje protector, eso es -anuncie-. ¡Cuanto nos esforzamos por actuar como chicos buenos, normales y ordinarios!
Brazell me miro, un poco molesto por la abrupta interrupción.
-¿De que estas hablando?
-De nosotros cuatro -Respondí-. ¡Que esplendida imitación de ciudadanos hechos y derechos! Pero no estamos contentos con eso… Ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la tierra y con todas sus obras; por eso nos pasamos la vida creando uno tras otro, mundos imaginarios.
-Supongo que el pequeño detalle de hacerlo por dinero no tiene nada que ver -inquirió Brazell escéptico.
-Claro que si-admití-. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola linea, ¿verdad? incluso desde nuestra infancia, ¿no? por eso no estamos a gusto aquí.
-Nos sentiríamos mucho peor en alguno de los mundos que describimos -replico Madison.

En ese momento, Carrick, el cuarto del grupo, intervino en la conversación. Estaba sentado en silencio como de costumbre, copa en la mano, meditabundo, sin prestarnos atención. Carrick era raro en muchos aspectos. Sabíamos poco de el, pero lo apreciábamos y admirábamos sus historias. Había escrito relatos fascinantes, minuciosamente elaborados en su totalidad sobre un planeta imaginario.

-Lo mismo me ocurrió a mi en una ocasión- dijo a Madison.
-¿Que? -pregunto Madison.
-Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí un sobre un mundo imaginario y luego me vi obligado a vivir en el – contesto Carrick.
Madison soltó una carcajada.
-Espero que haya sido un sitio mas habitable que los escalofriantes planetas en los que yo planteo mis embustes.
Carrick ni siquiera sonrío.
-De haber sabido que viviría en el, lo habría creado muy distinto -murmuro.
Brazell, tras dirigir una mirada significativa a la copa vacía de Carrick, nos guiño un ojo y pidió con voz melosa:
-Cuenta nos como fue, Carrick.
Carrick no aparto la mirada de la copa mientras la giraba entre sus dedos al hablar. Se detenía entre una frase y otra.

...Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la Gran Central de Energía. A primera vista, parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se vivía muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias. Me dispuse a trabajar en la nueva serie que había comenzado, una colección de relatos que ocurrirían en aquel mundo imaginario. Empecé por crear detalladamente todas las características físicas de ese mundo y del universo que lo contenía. Pase todo el día concentrado en ello. Y cuando termine ¡Algo en mi mente hizo clic!

Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita materialización. Me quede allí, inmovilizado, al tiempo que me preguntaba si estaría enloqueciendo, pues tuve la repentina seguridad de que el mundo que yo había creado durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia concreta en alguna parte. Por supuesto, ignore esa extraña idea, salí de casa y me olvide del asunto. Pero al día siguiente sucedió de nuevo. Dedique la mayor parte del tiempo a la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Sin duda los había imaginado humanos, aunque decidí que no fueran demasiado civilizados pues eso imposibilitaría los conflictos y la violencia indispensable para mi trama. Así pues había gestado mi mundo imaginario, un mundo de gente que estaba a medio civilizar. Imagine todas sus crueldades y supersticiones. Erguí sus barbaras y pintorescas ciudades. Y, justo cuando termine aquel clic resonó de nuevo en mi mente.

Entonces si me asuste de verdad pues sentí con mayor fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños se habían materializado para dar paso a una realidad solida. Sabia que era una locura; sin embargo, en mi mente tenia la increíble certeza. No podía abandonar esa idea. Trate de convencerme de descartar tan loca convicción. Si en verdad había creado un mundo y un universo con solo imaginarlos, ¿donde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podría contener dos universos…, completamente distintos el uno del otro. Pero, ¡y si ese mundo y este universo de mi imaginación se habían concretado en la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos localizado en una dimensión diferente a la mía?¿Uno que contuviera solamente átomos libres, materia informe que había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las imágenes que yo había soñado? Medite esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por que los relatos que yo imaginaba no se habían vuelto realidad en ocasiones anteriores y solo ahora habían empezado a hacerlo? Bueno, para eso había una explicación plausible. Viva cerca de la Gran Central de Energía. Alguna insospechada corriente de energía emanada de ella dirigía mi imaginación condensada, como una fuerza súper amplificadora, hacia un cosmos vacío donde conmociono la masa informe y la hizo apropiarse de las formas que yo soñaba.

¿Creía en eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabia. Hay una diferencia entre el conocimiento y la creencia; como alguien dijo: ‘Todos los hombres saben que algún día morirán y ninguno cree que llegara ese día’. pues conmigo ocurrió lo mismo. Me daba cuenta que no era posible que mi mundo fantástico hubiese adquirido una existencia física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenia la extraña convicción de que así era. Y entonces se me ocurrió algo que me pareció entretenido e interesante. ¿Y si me creaba a mi mismo en ese otro mundo? ¿También seria yo real en el? Lo intente. Me senté en mi escritorio y me imagine a mi mismo como uno mas entre los millones de individuos de ese mundo ficticio; pude crear todo un trasfondo familiar e histórico coherente para mi en aquel lugar. ¡Y algo en mi mente hizo clic!...

Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba la copa vacía que agitaba lentamente entre sus dedos. Madison le incito a continuar:

-Y seguro despertaste allí y una hermosa muchacha se acerco a ti y preguntaste “¿Donde estoy?”
-No sucedió así -respondió Carrick sombrío-. No fue así en absoluto, desperté en ese otro mundo, si. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.

...Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mi para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí…., del mismo modo que sus antepasados. Verán, yo lo había creado todo. Y mi otro yo era tan real ene mundo imaginario creado por mi como lo había sido en el mio propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad…

Hizo una pausa.

...Al principio, me resulto extraño. Camine por las calles de aquellas barbaras ciudades y mire los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: ¡Yo los imagine a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que lo los soñé!.

Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era mas que un miembro insignificante de su raza. ¿Como podían creer que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían surgido súbitamente gracias a mi imaginación? Cuando ceso mi turbación inicial, me desagrado el lugar. Lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan seductoras como material para una historia , eran aberrantes y repulsivas en mi propia carne. Solo deseaba volver a mi mundo. ¡Y no pude regresar! No había forma. Tuve la vaga sensación de que podría imaginarme de vuelta en mi mundo así como había imaginado mi viaje a ese otro. Pero fue en vano. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en la dirección contraria.

La pase bastante mal al percatarme de que estaba atrapado en un mundo desagradable, extenuado y bárbaro. Primero pensé en suicidarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre se adapta a todo. Y yo me acople lo mejor que pude al mundo creado por mi...

-¿Que hiciste allí? Quiero decir: ¿Que función cumpliste? -pregunto Brazell

Carrick encogió de hombros.

-No dominaba las habilidades y destrezas del mundo que había creado. Solo poseía mi propio oficio… el de contar historias.

Empecé a reír.

-¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?

El asintió, sombrío.

-No me quedo mas remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una imaginación desbordante… y les gustaron.

Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio. Madison llevo la broma hasta sus ultimas consecuencias.

-¿Y como te las arreglaste para regresar finalmente a casa desde ese otro mundo que habías creado?
-¡Nunca regrese a casa! -respondió Carrick con un amargo suspiro.

Edmond Hamilton (1904-1977)



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La Abadesa: William Henry Ireland


La Abadesa (The Abbess: a romance) es una novela gótica del escritor inglés William Henry Ireland, publicada en 1799.

William Henry Ireland ha pasado a la historia como uno de los tantos falsificadores de William Shakespeare. Entre aquellas obras apócrifas se encuentran algunos documentos y una obra inédita: Vortigern y Rowena. Pero más allá de estos arrebatos insensatos, Ireland escribió algunas novelas góticas que merecen nuestra atención. Tal es el caso de La Abadesa.

Aquí, cierta monja llamada María Bracciano, una especie de doble femenino de Ambrosio, aquel personaje célebre de la novela de Matthew Lewis, El Monje; es asaltada por irresistibles fuerzas oscuras, quienes la atormentan bajo la forma de una monja muerta: La hermana Marietta.

Se considera a La Abadesa como la novela gótica con mayor contenido sexual. Ireland no ahorra detalles al momento de pintar toda clase de escenas voluptuosas, intensamente lésbicas. El marco para estos deliciosos tormentos es una catacumba uterina, siniestra, en cuyos rincones húmedos se prolonga la agonía sexual de nuestra pobre monja.

No existen versiones digitales en español de La Abadesa, de modo que los invitamos a visitar alguna buena biblioteca especializada.



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William Henry Ireland: novelas


William Henry Ireland.
1775-1835


William Henry Ireland fue un escritor inglés, autor de varias novelas góticas y un discreto falsificador de obras y documentos de Shakespeare. Quizás esta bilocación literaria tenga sus raíces en la infancia de Ireland: se dice su hermano gemelo murió a los pocos días de nacer, y que desde ese momento su padre comenzó a llamarlo con el nombre del pequeño hermano muerto.

William Henry Ireland: novelas:





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Sueño escarlata: Catherine L. Moore


Sueño escarlata (Scarlet dream) es un relato de vampiros de la escritora norteamericana Catherine L. Moore -esposa de Henry Kuttner-, publicado en la edición de mayo de 1934 de la revista Weird Tales, edición que contó con otro relato pulp clásico: El fruto de la tumba (The tomb-spawn), de Clark Ashton Smith.


Cómo en otros cuentos de C.L. Moore, lo exótico y lo vampírico se funden eficazmente con el ambiente futurista que la autora nos presenta.

Sueño escarlata nos presenta a uno de los personajes más conocidos de C.L. Moore: Northwest Smith, un piloto que, al parecer, no cesa de enfrentarse con toda clase de engendros.



Sueño escarlata.
Scarlet dream, C.L. Moore (1911-1987)

Northwest Smith compró el mantón en el Mercado de Lakkmanda de Marte. Uno de sus mayores placeres consistía en vagar sin rumbo entre los puestos y barracones de aquel gigantesco mercado, cuyas mercancías procedían de todos los planetas del sistema solar, y de aún más lejos. Han sido cantadas tantas canciones y narrados tantos relatos sobre ese fascinante caos llamado Mercado de Lakkmanda, que se hace innecesario describirlo de nuevo. Smith caminaba entre una multitud cosmopolita y variopinta, con las lenguas de mil razas zumbándole en los oídos y los olores de perfumes, sudor, especias y comidas y otros mil aromas sin nombre asaltando su olfato. Los vendedores voceaban sus mercancías en los idiomas de una veintena de mundos.

Mientras paseaba entre la apretada multitud, saboreando la confusión, los aromas y las imágenes correspondientes a un sinfín de países, captó su atención un ramalazo de un peculiar rojo escarlata que parecía sobresalir corpóreamente de su fondo y asaltaba la vista con una violencia casi física. Correspondía a un mantón descuidadamente extendido sobre un baúl tallado; el baúl era un típico trabajo de las tierras secas de Marte como se apreciaba por la exquisita minuciosidad de la talla, tan extrañamente cambiante como las características de la ruda raza de las tierras secas. Smith reconoció también el origen venusiano de la bandeja de bronce que había sobre el mantón, e identificó los pequeños objetos de marfil labrado que contenía la bandeja como obra de una de las más recientemente descubiertas razas de la mayor luna de Júpiter. Pero a pesar de su vasta experiencia no lograba recordar ningún trabajo similar a aquel mantón. Intrigado, se detuvo ame el puesto y preguntó a su encargado:

—¿Cuánto vale el mantón?
El hombre, un marciano de los canales, se alzó de hombros y dijo indolentemente:
—Ah, eso. Se lo doy por medio cris. Me produce dolor de cabeza mirarlo.
Smith hizo una mueca y dijo:
—Le doy cinco dólares.
—Diez.
—Seis y medio, y es mi última oferta.
—De acuerdo, lléveselo. —El marciano sonrió y apartó la bandeja llena de objetos de marfil que había sobre el baúl.

Smith cogió el mantón. Se adhirió a sus manos como una cosa viva, más suave y ligero que la lana marciana. Pensó que debía de estar hecho con el pelo de algún animal más que con una fibra vegetal, dada su peculiar adherencia, como de cosa viva. Y el loco dibujo lo turbaba con su indescriptible rareza. Distinto de cualquier dibujo que hubiera visto en todos los años de sus correrías, aquel violento escarlata enredaba su indescriptible arabesco en una línea continua y enmarañada sobre el oscuro azul del fondo. El fondo azul estaba exquisitamente matizado de verde y violeta, suaves colores vespertinos en contraste con los cuales el violento escarlata llameaba como algo más vivo y siniestro que un simple color. Casi le pareció que podía meter la mano entre el color y la tela, tan vividamente se destacaba sobre el fondo.

—¿De dónde procede esto? —le preguntó al vendedor.
El hombre se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Estaba en un lote de ropa procedente de Nueva York. A mí también me inspiró curiosidad, y pregunté sobre su procedencia. Me dijeron que había sido vendido por un vagabundo venusiano que aseguraba haberlo hallado en una nave abandonada que flotaba alrededor de un asteroide. No sabía de qué nacionalidad era la nave: dijo que parecía un modelo muy antiguo, probablemente una de las primeras naves espaciales, construidas antes de que se adoptaran los emblemas de identificación. Me extrañó que lo vendiera en un lote de ropa vieja; hubiera podido conseguir por él mucho más en cualquier sitio.
—Qué curioso —dijo Smith, mirando el extraño dibujo—. Bueno, es bastante cálido y ligero. Si no me vuelvo loco mirando el dibujo, dormiré caliente por las noches.

Apelotonó el mantón en una mano; cabía holgadamente en su palma todo entero. Se metió el sedoso paquete en un bolsillo y se olvidó de él hasta su regreso a su alojamiento, aquella noche. Había alquilado uno de los cubículos de acero en el gran edificio metálico en que el gobierno marciano alojaba a los viajeros por una módica cantidad. El objetivo de aquel edificio era alojar esa abigarrada horda de hombres del espacio que pululan por todas las ciudades portuarias de los planetas civilizados, ofreciéndoles un acomodo lo suficientemente satisfactorio y barato como para que no fueran a parar a los bajos fondos de la ciudad y se mezclaran con los malhechores. El gran edificio de acero en el que se alojaba Smith y un sinfín de otras personas no estaba del todo libre de la influencia de los bajos fondos marcianos, y si la policía hubiera hecho allí una redada un buen porcentaje de sus inquilinos hubieran sido transferidos a las prisiones del Emperador... Smith entre ellos, pues sus actividades rara vez estaban de acuerdo con la ley, y aunque en aquel momento no podía recordar ninguna falta concreta cometida en Lakkdarol, cualquier investigador hubiera podido seguramente formular algún cargo contra él. De todos modos, la probabilidad de una redada policial era muy remota, aunque Smith sabía que el lugar estaba lleno de piratas del espacio, fugitivos y delincuentes de todas las calañas.

Una vez en su pequeño cubículo, encendió la luz y vio una docena de borrosas réplicas de sí mismo reflejadas en las paredes de acero. En aquella curiosa compañía, se sentó en una silla y sacó el mantón. Al reflejarse en las bruñidas paredes y en el suelo y el techo del cubículo, produjo un súbito serpenteo de dibujos escarlata que por un momento convirtieron la habitación en un extraño caleidoscopio, como si las paredes se abrieran a una nueva dimensión donde aquel dibujo escarlata parecía agitarse como una cosa viva. Luego los reflejos se aquietaron, y solo quedó la imagen de un hombre alto y bronceado de pálidos ojos con un curioso mantón en las manos. Había un extraño y sensual placer en la forma en que aquella especie de lana sedosa se adhería a sus dedos, en su calidez y ligereza. Extendió el mantón sobre la mesa, intentando seguir con el dedo las líneas de aquel intrincado diseño, y cuanto más lo miraba más se convencía de que debía de haber un propósito en aquel trazado, y que si lo examinaba lo suficientemente a fondo daría con su significado... Aquella noche, al acostarse, extendió el mantón sobre su cama, y su brillo coloreó sus sueños fantásticamente... El retorcido dibujo escarlata era un laberinto por el que deambulaba ciegamente, y a cada vuelta se volvía y veía miles de réplicas de sí mismo vagando sin rumbo por el laberinto. A veces el camino se agitaba bajo sus pies, y cada vez que creía haber llegado al final se retorcía en nuevos recovecos. El cielo era un gran mantón con un recamado escarlata que fluctuaba ante sus ojos, hasta convertirse en una fantástica Palabra de un idioma sin nombre, cuyo significado estuvo a punto de captar, despertando aterrorizado justo en el instante en que la comprensión iba a abrirse paso en su mente.

Se durmió de nuevo y vio el mantón colgando en una azul oscuridad... Ahora era una puerta y el dibujo escarlata estaba grabado en ella... una extraña puerta en un alto muro, apenas perceptible a través de una neblinosa penumbra exquisitamente matizada de verde y violeta, de modo que no parecía una penumbra de este mundo, sino el extraño y dulce crepúsculo de un lugar donde el aire estaba impregnado de vetas coloreadas y el viento no existía. Avanzó hacia la puerta sin realizar esfuerzo alguno, y ésta se abrió ante él. Subía por una larga escalera. La coloreada penumbra aún velaba el aire, por lo que solo podía ver vagamente los escalones que se alzaban ante él y penetraban en la niebla. Entonces, súbitamente, percibió un movimiento en la oscuridad, y apareció una joven corriendo escaleras abajo. En su rostro se leía el terror, y estaba cubierta de sangre de la cabeza a los pies. En su ciega huida no había visto a Smith, pues chocó bruscamente con él. El impacto estuvo a punto de hacerle caer, pero sus brazos se cerraron instintivamente alrededor de ella, y por un momento la mujer permaneció inmóvil, profundamente agotada, sollozando contra su pecho y demasiado exhausta para preguntarse siquiera quién había interceptado su fuga. El olor de sangre fresca procedente de sus horriblemente impregnadas ropas asaltó el olfato de Smith. Por fin ella alzó la cabeza, mostrando un rostro bronceado y unos labios color fresa. Su cabello salpicado de sangre era tan increíblemente dorado que casi parecía naranja. Sus ojos eran castaños con un toque rojizo, y la fantástica belleza de su rostro tenía un salvaje matiz distinto a cuanto hubiera visto anteriormente. Debía de ser la mirada de aquellos ojos.

—Oh... —sollozó ella—. Eso... Eso la está... ¡Suéltame! Déjame ir...
Smith la sacudió suavemente.
—¿De qué hablas? ¿De qué tienes miedo? —le preguntó—. Estás cubierta de sangre... ¿Estás herida?
Ella sacudió la cabeza violentamente.
—No... no... Déjame ir... Tengo que... No es mi sangre... es de ella...

Un violento sollozo cortó su frase, y acto seguido se desmayó en brazos de Smith, que alzó su cuerpo exánime y prosiguió escaleras arriba, a través de la niebla violeta. Transcurrieron unos cinco minutos antes de que la penumbra se aclarara un poco y pudiera ver que la escalera terminaba en un largo corredor abovedado. A un lado del corredor había una hilera de puertas bajas, y Smith entró en la más próxima. Daba a una galería cuyos arcos se abrían a un espacio azul. Había un banco bajo las ventanas de la galería; Smith fue hacia él y depositó suavemente a la joven.

—Mi hermana —sollozó ella—. Eso tiene a mi hermana... ¡Oh, mi hermana!
—No llores —dijo Smith, sorprendiéndose al oír su propia voz—. Es solo un sueño. No llores... no hay ninguna hermana... tú tampoco existes... no llores de ese modo.

La mujer alzó la cabeza y por un momento dejó de sollozar, contemplándole con sus ojos castaños bañados en lágrimas. Miró con ojos inquisitivos su tez bronceada, su traje de hombre del espacio, su rostro surcado de cicatrices, sus ojos pálidos como acero. Y entonces una mirada de infinita piedad suavizó aquel extraño rostro, y la joven dijo dulcemente:

—Oh... vienes de... de... ¡Todavía crees que estás soñando!
—Sé que estoy soñando —insistió Smith con infantil obstinación—. Estoy durmiendo en Lakkdarol y sueño contigo y con todo esto, y cuando despierte...
Ella sacudió la cabeza tristemente.
—Nunca despertarás. Has venido a parar a un sueño mucho más terrible de lo que nunca podrías imaginar. No se regresa de este país.
—¿Qué dices? ¿Por qué no?

Un pánico absurdo se iba insinuando poco a poco en la mente de Smith al oír el tono de infinita piedad de su voz y la convicción de sus palabras. Sin embargo aquél era uno de esos sueños durante los cuales uno sabe perfectamente que está soñando. No podía equivocarse...

—Hay muchos países del sueño —dijo ella—, muchos nebulosos e irreales lugares donde vagan las almas de los durmientes, lugares que solo poseen una momentánea y leve existencia... Pero aquí (ha ocurrido otras veces, ¿sabes?) uno no puede llegar sin traspasar una puerta que solo se abre en una dirección. Y quien tiene la llave adecuada para abrirla puede entrar, pero nunca podrá encontrar el camino de vuelta a su propio mundo. Dime, ¿qué llave te abrió la puerta a ti?
—¡El mantón! —susurró Smith—. Claro... El maldito dibujo rojo...
—¿Cómo era? —preguntó ella sin aliento—. ¿Puedes recordarlo?
—Un dibujo rojo —dijo él lentamente—. Un bordado escarlata en un mantón azul... Un dibujo de pesadilla... grabado sobre la puerta por la que entré... Pero solo es un sueño, por supuesto. En unos minutos despertaré...
—¿Puedes recordar? —insistió ella excitada—. El dibujo, el dibujo rojo... ¿No había una palabra?
—¿Una palabra? —murmuró como atontado—. ¿Una palabra... en el cielo? No... no, no puedo recordar. Era un dibujo enloquecedor. No puedo borrármelo de la mente, pero tampoco podría describirlo, ni reproducirlo. Nunca vi nada igual... afortunadamente. Estaba sobre el mantón...
—Bordado sobre un mantón —susurró ella para sí—. Sí, por supuesto. Pero no entiendo cómo pudiste venir a través de él... cuando eso... cuando eso... ¡Oh!
El recuerdo de la tragedia que la había empujado escaleras abajo volvió bruscamente, y de nuevo estalló en lágrimas.
—¡Mi hermana!
—Cuéntame lo que ha pasado —la apremió Smith, saliendo de su atontamiento al oír sus sollozos—. ¿Puedo ayudarte? Por favor, déjame intentarlo... Cuéntame lo que pasa.
—Mi hermana —dijo ella desmayadamente—. Eso la agarró... La agarró ante mis ojos y me salpicó con su sangre...
—¿Eso? ¿Qué es eso? —preguntó mientras su mano se movía instintivamente hacia su pistola.
Ella captó el gesto y sonrió tristemente.
—Eso —dijo—. La... la Cosa. Ninguna pistola puede herirlo, ningún hombre puede combatirlo... Apareció y eso es todo.
—Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo es? ¿Está cerca?
—Está en cualquier lugar. Nunca se sabe... hasta que la niebla empieza a espesar y se ve a través de ella la pulsación roja... pero entonces es demasiado tarde. Nosotros no lo combatimos, ni pensamos en ello demasiado... de lo contrario la vida sería insoportable. Pues eso tiene hambre y debe ser alimentado, y nosotros le servimos de alimento...
—¿De dónde vino eso? ¿Qué es?
—Nadie lo sabe... Siempre ha estado aquí... Siempre estará... Es demasiado nebuloso para morir o ser muerto... Es algo que procede de algún extraño lugar que no podemos ni imaginar... Algún lugar tan lejano en alguna dimensión tan inconcebible que nunca tendremos el menor conocimiento de su origen...
—Si come carne —dijo Smith— debe de ser vulnerable... Y yo tengo mi pistola.
—Inténtalo, si quieres —susurró ella—. Otros lo han intentado y eso siempre vuelve. Creemos que habita aquí, si es que habita en algún lugar. Nos... coge... más a menudo... en esos corredores que en ningún otro lugar. Si quieres puedes esperarlo con tu pistola bajo estas bóvedas. No tendrás que esperar mucho.
—Todavía no estoy preparado para intentarlo —dijo Smith—. Si la Cosa vive aquí, ¿por qué venís?
Ella se estremeció penosamente.
—Si no venimos, eso viene tras nosotros cuando está hambriento. Y nosotros venimos aquí para... para alimentarnos... No podrías entenderlo; pero, como has dicho, es un lugar peligroso. Deberíamos irnos ahora. Vendrás conmigo, ¿verdad? Ahora estoy sola.
—Por supuesto. Lo siento. Haré lo que pueda por ti... hasta que despierte.
—No despertarás —dijo ella serenamente—. Es mejor que no te hagas ilusiones. Estás atrapado aquí con todos nosotros, y aquí permanecerás hasta que mueras.
El se levantó y le tendió su mano.
—Vamos, entonces —dijo—. Tal vez tengas razón, pero... Bueno, vámonos.

Ella tomó su mano y se levantó. Su cabello anaranjado, de un color demasiado fantástico para algo que no fuera un sueño, ondeó tras ella, luminoso. Smith observó que llevaba una sencilla vestidura blanca, corta y ceñida, sobre su cuerpo bronceado. La mujer constituía una imagen de extraño y vivido encanto, toda blanca, dorada y cubierta de sangre en la luminosa penumbra de la galería.

—¿Dónde vamos? ¿Fuera? —preguntó Smith señalando hacia el espacio azul que se veía al otro lado de las ventanas.
Ella tuvo un ligero estremecimiento de disgusto.
—¡Oh, no! —exclamó.
—¿Qué es eso?
—Escucha —dijo ella cogiéndole por los brazos y mirándole seriamente—. Si te quedas aquí, y tendrás que quedarte, pues solo hay un camino para salir, aparte de la muerte, y ese camino es incluso peor que morir, has de aprender a no hacer preguntas sobre el... el Templo. Esto es el Templo. La Cosa mora aquí. Y aquí no-nosotros nos... alimentamos. Conocemos ciertos corredores y nos limitamos a ellos. Es más sensato. Tú me has salvado la vida cuando me detuviste en las escaleras. Nadie ha bajado nunca en medio de esa niebla y ha vuelto. Debería haberme dado cuenta al verte subir que no eras uno de los nuestros... Sea lo que fuere lo que hay más allá, adonde quiera que lleven estas escaleras... es mejor no saberlo. Es mejor no mirar por las ventanas de este lugar. Pues desde fuera el Templo parece bastante extraño, pero, mirando al exterior desde dentro, se pueden ver cosas que es mejor no ver... Qué es este espacio azul o adonde da esta galería, no lo sé y no tengo deseos de saberlo. Hay aquí ventanas que se abren a cosas extrañas, pero nosotros apartamos la vista cuando pasamos frente a ellas. Tú aprenderás a hacer lo mismo.

Ella tomó su mano, sonriendo levemente.
—Ahora ven conmigo.

En silencio, dejaron la galería que daba al espacio y regresaron al corredor donde la niebla azul flotaba con sus bellos matices de verde y violeta confundiendo la vista, rodeados de una gran quietud. El corredor conducía en línea recta hacia los grandes portales del Templo, que en forma de un fabuloso triple arco se abrían al exterior, a un extraño día como nunca había visto en ningún planeta. La luz no procedía de una fuente visible, y tenía una extraña calidad, como si uno estuviera mirando a través de un cristal o a través de un agua clara que temblara levemente de vez en cuando. Sobre ellos había un cielo tan insólito como todo en aquel maravilloso país de ensueño. Permanecieron bajo el gran arco del Templo, mirando al exterior. Posteriormente, Smith nunca pudo recordar exactamente qué era lo que hacía aquel paisaje tan profundamente extraño, tan vagamente terrible. Había árboles, masas de verde y bronce sobre la brillante hierba, y a través de las hojas pudo ver el brillo del agua no muy lejos. A primera vista parecía una escena totalmente normal... Sin embargo, ciertos pequeños detalles captaron su atención y le hicieron sentir escalofríos. La hierba, por ejemplo... Cuando bajaron y empezaron a cruzar el prado hacia los árboles tras los cuales resplandecía el agua, se dio cuenta de que las briznas eran cortas y suaves como el pelaje de un animal, y parecían adherirse a los pies descalzos de su compañera. Además se dio cuenta de que grandes extensiones de hierba ondeaban desde todas direcciones hacia ellos, como si el viento soplara de todas partes a la vez hacia el lugar que ellos ocupaban. Sin embargo, no había ni un soplo de viento.

—Está... está viva —susurró—. ¡La hierba!
—Claro —dijo ella con indiferencia.

Entonces se dio cuenta de que las copas de los árboles también se agitaban de vez en cuando, a pesar de que no había viento. Se movían en todas direcciones, animados por una vida propia. Cuando llegaron a la franja boscosa miró intrigado hacia arriba y oyó el susurro de las hojas sobre él, inclinándose hacia abajo como si sintieran curiosidad a su paso. Las hojas nunca se inclinaron lo suficiente como para tocarlo, pero un siniestro aire de expectación, de vitalidad, flotaba en todo aquel paisaje viviente, y el estremecimiento de la hierba les seguía a donde quiera que fuesen. El lago, como la penumbra del Templo, era de un profundo azul matizado de violeta y verde, y no parecía agua de verdad, ya que las manchas coloreadas no se extendían ni cambiaban al moverse. En la orilla, un poco más arriba de la línea del agua, había un edificio pequeño, parecido a un sepulcro o templete, construido con una especie de piedra cremosa, cuyas paredes se reducían a una serie de arcos abiertos a aquel día azul y translúcido. La joven le condujo a la entrada con negligentes ademanes.

—Yo vivo aquí —dijo sencillamente.

Smith contempló aquello. Estaba prácticamente vacío, a excepción de dos pequeñas camas, cubiertas cada una de ellas por dos cobertores azules. Tenía un aspecto muy clásico, por su blancura y austeridad y con aquellos arcos abiertos a un paisaje boscoso y verde.

—¿No tienes frío aquí? —le preguntó Smith—. ¿Dónde comes? ¿Y dónde tienes tus libros, tu ropa, tu comida?
—Tengo algunas túnicas bajo mi cama —dijo ella—. Eso es todo. Aquí no hay libros, ni más ropa ni comida. Nosotros comemos en el Templo. Y nunca hace más frío ni más calor que ahora.
—Pero, ¿qué es lo que hacéis?
—¿Hacer? Oh, nadar en el lago, dormir y pasear por los bosques. El tiempo pasa rápidamente.
—Idílico —murmuró Smith—, pero, en mi opinión, un poco aburrido.
—Cuando uno sabe —respondió ella—, que el instante siguiente puede ser el último, la vida se saborea profundamente. Se goza lo más que se puede cada una de las horas. A nosotros no nos resulta aburrido.
—¿Pero no tenéis ciudades? ¿Dónde es tan los demás?
—Lo mejor es no formar grupos numerosos. Parece que atraen más a... la Cosa. Vivimos en grupos de dos o tres... a veces solos. No tenemos ciudades. Y no hacemos nada... ¿Para qué emprender algo si sabemos que no veremos su fin? ¿Para qué preocuparnos demasiado por nada? Ven, vamos al lago.

Le tomó de la mano y le condujo a través de la hierba viviente hacia la orilla arenosa del agua. Smith contemplaba la superficie del lago donde vagos colores se mezclaban con el azul, tratando de no pensar en las fantásticas cosas que le estaban pasando. Además, le resultaba difícil pensar allí, en medio de aquel azul y del silencio, en medio de aquel aire de ensueño que le rodeaba... El agua difusa golpeaba la orilla produciendo sonidos débiles, sofocados, como la respiración de alguien que duerme. Aquel lugar parecía soñoliento, con aquélla calma y aquellos colores de ensueño, así que Smith, después de todo, no estaba seguro de si en su sueño se había dormido por unos momentos. Porque ahora oyó que algo se movía y vio que la joven se sentaba de nuevo a su lado, cubierta por una túnica; se había lavado las manchas de sangre. No pudo recordar en qué momento ella se había separado de él, pero, en todo caso, tampoco le preocupó. Durante un momento, la luz había disminuido, haciéndose borrosa, e, imperceptiblemente, una luz azul de atardecer los envolvió, una luz que parecía salir del lago, porque parecía participar de la misma difusa tonalidad azul, realmente onírica, mezclada con vagos colores. Smith pensó que le agradaría no abandonar nunca aquella fría arena, quedarse allí para siempre, en medio de aquella penumbra difusa y del silencio de su sueño. No hubiera sabido decir cuánto tiempo había permanecido allí sentado. La paz azul le envolvía profundamente, hasta que quedó impregnado de aquellos suaves colores del atardecer y transido por aquella calma.

La luz se fue oscureciendo hasta que no pudo percibir nada más que las olitas más cercanas, lamiendo la arena. En torno a él, aquel mundo onírico se mezcló con la penumbra azul-violeta. No recordaba haber vuelto la cabeza, pero ahora se encontraba mirando a la joven que tenía junto a él. Estaba tumbada sobre la pálida arena, y su cabello era una mancha oscura que enmarcaba la palidez de su cara. En la penumbra su boca era también oscura, y desde la oscuridad que se formaba bajo sus pestañas, Smith se fue dando cuenta poco a poco de que ella le miraba sin parpadear. Permaneció allí sentado en silencio, durante un largo tiempo, con sus ojos fijos en los de la chica. Y entonces, con ese movimiento propio de los sueños, se dirigió hacia ella tendiéndole los brazos. La arena era fría y suave y la boca de la mujer sabía a sangre. En aquella tierra no salía el sol. Se hacía lentamente de día sobre el palpitante país, mientras la hierba y los árboles se agitaban en su despertar, movimiento terrorífico en la belleza de la mañana. Cuando Smith se despertó, vio que la chica salía del lago, con el agua azul desprendiéndose de sus cabellos naranja. Gotitas azules se deslizaban por su piel cremosa, y ella reía, chorreando de pies a cabeza en el ardiente amanecer. Smith se incorporó en la cama y apartó el cobertor azul.

—Tengo hambre —dijo—. ¿Cuándo y cómo vamos a comer?
La sonrisa se desvaneció del rostro de la mujer en un suspiro. Agitó violentamente sus cabellos y dijo extrañada:
—¿Hambre?
—¡Un hambre mortal! ¿No me habías dicho que encuentras tu comida en el Templo? Vayamos, pues.
La mujer le lanzó una mirada enigmática bajo sus largas pestañas y se dio la vuelta.
—Muy bien —dijo.
—¿Algo anda mal? —La tomó mientras pasaba y la sentó sobre sus rodillas, depositando un beso fugaz en su boca. De nuevo notó aquel sabor a sangre.
—Oh, no —ella agitó sus cabellos y se levantó—. Estaré lista en un momento, y enseguida vamos.

Volvieron a pasar por aquel lugar donde los árboles se inclinaban expectantes, y atravesaron la extensión de hierba, palpitante. Desde todas direcciones llegaban a ellos olas de aquella hierba como había sucedido antes. Smith se esforzó por ignorarlo. Contemplaba la escena matutina mientras una corriente indefiniblemente desagradable recorría la superficie de aquella maravillosa tierra. Mientras atravesaban la hierba viviente, de repente recordó algo y dijo:

—¿Qué quisiste decir ayer cuando hablaste de que no había otra salida que la muerte?
Al responderle, ella no le miró a los ojos, pero su voz denotaba turbación.
—Peor que la muerte, fue lo que dije. Una salida de la que no voy a hablarte aquí.
—Si no existe ninguna salida, yo debo saberlo —insistió Smith—. Dímelo.
Sus cabellos de color naranja caían como una cortina que les separase. Bajando la cabeza, ella dijo con una voz sin matices:
—No podrías salir. Es una salida muy difícil. Y... y yo no deseo que te vayas ahora...
—Debo conocerla —dijo Smith impaciente.
Entonces ella se detuvo y le miró con sus ojos avellana alterados.
—Está bien —dijo finalmente—. Es en virtud de la Palabra. Pero esa puerta no se puede atravesar.
—¿Por qué?
—Pronunciar la Palabra significa la muerte. Literalmente. Yo no la conozco ahora, no podría decírtela aunque quisiera. Pero en el Templo existe una habitación donde esta Palabra se encuentra grabada en rojo sobre la pared, y su poder es tan inmenso que su eco resuena eternamente en la habitación. Si uno se sitúa ante la inscripción y permite que su fuerza le golpee el cerebro, la escuchará y la conocerá... y gritará las pavorosas sílabas en voz alta... y eso mata. Se trata de una palabra tan ajena a nuestro ser que, al pronunciarla, el eco que produce en la garganta de un ser humano es lo suficientemente disgregador como para rasgar cada una de las fibras del cuerpo y desintegrarlas, atomizarlas, para destruir el cuerpo y la mente de forma tan drástica como si nunca hubieran existido. Y como el sonido es tan violento, consigue abrir durante un instante la puerta que existe entre tu mundo y el mío. Pero el peligro es aterrador, porque puede abrir también las puertas de otros mundos por las que podrían introducir cosas más terribles que las que jamás podríamos soñar. Algunos dicen que fue así como la Cosa llegó a nuestro mundo hace millones de años. Además, si uno no se coloca exactamente en el lugar donde se abre la puerta, en el preciso rincón de la habitación que está protegido (al igual que el centro de un ciclón está en calma), y si no pasas en el preciso instante en que suena la Palabra, te romperá en pedazos. Ya ves que resulta impos...

En ese instante ella guardó silencio y miró hacia abajo con una cierta expresión de fastidio, después dio dos o tres pequeños pasos corriendo y se volvió.

—La hierba —explicó tristemente, señalando a sus pies. En sus bronceados pies podían verse leves señales de sangre—. Si uno se detiene demasiado en un lugar sin mover los pies, la hierba puede perforar la piel y beber; qué tonta he sido al olvidarlo. Pero ven.

Smith fue junto a ella, mirando a su alrededor con recelo aquella adorable y hermosa tierra, demasiado bella y aterradora para no formar parte de un sueño. A su alrededor, la hierba hambrienta se deslizaba formando olas mientras ellos avanzaban. ¿Comerían también carne los árboles? Árboles caníbales y hierba vampira; Smith sintió un estremecimiento. El Templo se alzaba ante ellos, un edificio construido con un extraño material del mismo tono azul difuso que adquieren las montañas de la Tierra cuando se las contempla de lejos. Esa calidad difusa no disminuyó ni aumentó a medida que se aproximaban. También los contornos del lugar resultaban misteriosamente difíciles de precisar en la mente. Smith nunca pudo entender por qué. Cuando intentaba concentrarse en un punto particular, en una torre o en una ventana, aquello permanecía borroso, como si aquel extraño y difuso edificio estuviera situado justo en el borde de otra dimensión. Desde el inmenso triple arco de la entrada, un arco que no se parecía en nada a lo que había visto antes, pero que resultaba tan difícil de apreciar con claridad que no podría haber dicho en qué consistía la diferencia, apareció, mientras se aproximaban, un hilo de humo azul pálido. Cuando penetraron dentro comenzaron a caminar a través de una penumbra que Smith acabaría conociendo muy bien. El inmenso corredor aparecía borroso ante ellos, pero después de algunos pasos la mujer le atrajo junto a ella, haciéndole penetrar por otra entrada que daba a una larga galería, a través de cuya neblina pudo distinguir filas de hombres y mujeres, arrodillados cara a la pared, con la cabeza baja, en actitud de oración. Ella le llevó hasta el final, y entonces vio que estaban arrodillados delante de pequeños caños insertos en el muro a intervalos regulares. Ella se arrodilló ante uno de ellos e hizo que él la imitara; luego inclinó la cabeza y puso sus labios sobre la pequeña espita. Vacilante, Smith siguió su ejemplo. En el preciso instante en que su boca tocó aquello, brotó una extraña y cálida sustancia que penetró en su boca, a la vez dulce y salada. Tenía un extraño sabor acre, y cuanto más bebía más deseos le entraban de hacerlo. Resultaba endiabladamente delicioso, y sentía al beberlo que una sensación cálida recorría todo su cuerpo. Sin embargo, algo oculto en las profundidades de su memoria hacía brotar en él una sensación de desagrado... En algún lugar, de alguna manera, él había conocido aquel sabor cálido, acre y salado y... una repentina sospecha le sacudió como un latigazo y apartó sus labios de aquello como si quemara. Un fino reguero escarlata salía del muro. Se pasó el dorso de la mano por los labios y al retirarlo vio que estaba teñido de rojo. Entonces reconoció aquel olor.

La mujer continuaba arrodillada junto a él con los ojos cerrados, con una extraordinaria avidez marcada en cada uno de sus rasgos. Cuando Smith la miró, ella se volvió y abrió unos ojos en los que se marcaba una expresión de protesta, pero no apartó los labios del caño. Smith se agitó violentamente, y tras una última y prolongada succión, ella se levantó mirándole con irritación, poniendo un dedo sobre sus enrojecidos labios. Echó a andar y él la siguió en silencio, a través de las hileras que formaban los arrodillados. Cuando alcanzaron la salida, él se dirigió hacia la mujer y la sacudió irritado por los hombros.

—¿Qué era eso? —le preguntó.
Ella apartó la vista y dijo con acritud:
—¿Qué esperabas? Aquí nos alimentamos como podemos. Tendrás que aprender a beberlo sin repugnancia, si antes no has muerto.

Por un momento, él miró inquisitivamente su evasivo y extrañamente bello rostro. Después, sin pronunciar una palabra, se dirigió a la puerta de la salida. Escucho sus pasos tras él, pero no se volvió para mirarla. Y hasta que no hubieron salido a la luz del día y atravesado un buen trecho de aquella tierra cubierta de hierba, no tuvo la calma suficiente para mirar a su alrededor. Ella se detuvo junto a él, sin levantar la cabeza, mientras su cabello color naranja se agitaba a cada movimiento de su rostro, con elocuente tristeza. La sumisión de la joven le afectó, y se dirigió hacia ella con una ligera sonrisa, contemplando aquella luminosa cabeza. Ella le mostró una cara en la que se reflejaba una expresión trágica. En sus ojos color avellana había lágrimas. Así que no tuvo más remedio que sonreírle y besarla para devolverle la sonrisa. En ese momento Smith comprendió el extraño sabor amargo de sus besos.

—Ha de haber otro tipo de alimento que no sea... éste —dijo Smith cuando hubieron llegado junto al templete—. ¿No hay trigo por aquí? ¿No viven animalillos en el bosque? Y los árboles, ¿no dan frutos?
Ella le dedicó otra larga mirada bajo las espesas pestañas.
—No —respondió—. No hay nada sino la hierba que crece aquí. En esta tierra no habita más ser viviente que el hombre y la Cosa. Y en cuanto a la fruta de los árboles, da gracias a que no florece más que una vez en sus vidas.
—¿Por qué?
—Es mejor... no hablar de eso —respondió ella.

Las constantes evasivas en sus frases comenzaron a atacar los nervios de Smith. No dijo nada más; le dio la espalda y caminó hacia la playa, esperando que la arena le volvería a proporcionar la tranquilidad y la paz de la noche anterior. Su hambre había quedado curiosamente satisfecha, pese a lo poco que había tomado de aquello, y, gradualmente, aquel sosiego que sintiera el día anterior volvió a renacer en él en profundas oleadas. Después de todo, era una tierra encantadora. El día llegó oníricamente a su fin, y la oscuridad volvió a surgir del lago, y volvió a encontrar en los besos aquel sabor a sangre que, sin embargo, le sumergía en una profunda dulzura. Por la mañana se despertó con la primera luz del día, nadó junto a la joven en las azules y misterios as aguas del lago, e, inexplicablemente, volvió a atravesar el bosque y aquella extensión de hierba viva en dirección al Templo, impulsado por un hambre mayor que su repugnancia. No podía evitar la náusea, pero tampoco aquella avidez. Una vez más, el Templo apareció ante él difuso e indefinido bajo el resplandeciente cielo, y una vez más se adentró en la penumbra de sus corredores, caminando con el paso seguro de quien conoce su camino, y se arrodilló por su propia voluntad en aquella fila de bebedores que se extendía a lo largo del muro. Al primer sorbo, la náusea brotó violentamente de lo más profundo de su ser; pero cuando el calor de la bebida se extendió por todo su cuerpo la náusea se apagó y solo sintió hambre y avidez, y bebió ciegamente hasta que la mano de la joven que se apoyó sobre su hombro le volvió a la realidad. Se había desencadenado en él una especie de intoxicación cuando el líquido ardiente y salado penetró en sus venas, y caminó tambaleándose sobre la hierba viviente. Transcurrió otro día y de nuevo la oscuridad surgió del lago.

Y así transcurría la vida en aquella tierra. Pasaban con una simpleza extraordinaria los días y las noches, entre los viajes al Templo para beber de aquellas fuentes, y los amargos besos de la joven de los cabellos color naranja. El tiempo había cesado para él. Los días transcurrían lentos e iguales, desarrollándose eternamente el mismo círculo vital, y el único cambio, que quizás él no percibía, se hallaba en la profunda mirada de los ojos de la joven cuando permanecían juntos, sus cada vez más prolongados silencios. Una noche, en el mismo instante en que la oscuridad envolvía el aire y la bruma surgía del lago, se le ocurrió mirar a su superficie y creyó ver a través de la niebla las siluetas de unas montañas muy lejanas. Le preguntó con curiosidad a la joven:

—¿Qué es lo que hay detrás del lago? Me parece que veo unas montañas.
La joven volvió rápidamente la cabeza y sus ojos color avellana se oscurecieron con una expresión que parecía de temor.
—No lo sé —dijo—. Nosotros pensamos que es mejor no averiguar qué es lo que hay más allá del lago.
Súbitamente, la irritación de Smith ante las nuevas evasivas hizo explosión violentamente.
—¡Al diablo con vuestras creencias! Estoy harto de recibir la misma respuesta a cualquiera de las preguntas que hago. ¿Tú nunca te has preocupado por averiguar nada de nada? Estáis tan paralizados por el terror de algo desconocido que cada idea de vuestro espíritu os parece mortal.
Los ojos de la mujer le dirigieron una triste mirada.
—Aprendemos con la experiencia —dijo—. Aquellos que se hacen preguntas, aquéllos que investigan... mueren. Vivimos en medio del peligro en una tierra que está viva, un peligro incomprensible, intangible, terrible. La vida se hace soportable si no investigamos demasiado, solo si aceptamos ciertas condiciones, condiciones que aceptan la mayoría. No debes hacer preguntas si deseas continuar vivo. Tanto las montañas como todas las cosas que desconocemos y que se hallan más allá del horizonte son algo tan inalcanzable como un milagro. Porque en una tierra que no ofrece ningún tipo de alimento, en la que nos es preciso visitar el Templo diariamente, ¿qué tipo de provisiones podría llevar cualquier explorador para su viaje? No, estamos sujetos a este lugar por lazos irrompibles, y debemos vivir aquí hasta que nos llegue la muerte.

Smith no respondió. Comenzaba a apoderarse de él el relax de la noche, y el breve estallido de irritación había muerto tan rápidamente como había nacido. Sin embargo, fue entonces cuando comenzó su descontento. De alguna forma, a pesar de la adorable quietud del lugar, a pesar de la dulce amargura de las fuentes del Templo y la amargura aún más dulce de los besos que obtuvo como respuesta, no pudo apartar de la mente la visión de aquellas montañas difusas. La inquietud se había despertado en él, y como el hombre que sale de su sueño, sentía cada vez más el deseo de la acción, de la aventura, de darle otra utilidad a su cuerpo que no fueran simplemente las exigencias del sueño, la comida y el amor. Por todas partes se alzaban inquietos bosques. La hierba ondeaba, y en el oscuro horizonte las montañas le atraían. Incluso el misterio del Templo y de su eterna penumbra comenzaron a atormentar sus momentos de lucidez. Le zumbaba en la mente la idea de explorar los corredores que evitaban los habitantes de aquellas tierras, de mirar a través de aquellas extrañas ventanas que se abrían a un azul inexplicable. La vida, incluso allí, debía tener un significado diferente del que él le confería. ¿Que había tras aquellos bosques y praderas? ¿Qué misterioso país encerraban aquellas montañas? Comenzó a acosar a sus compañeros con preguntas que provocaron cada vez con más frecuencia la aparición de una mirada de terror en sus ojos, pero con ello obtenía una pequeña satisfacción. Aquél era un pueblo sin historia, sin ambición, cuyas vidas se inclinaban a atormentarse en los momentos de mayor tranquilidad como si anticiparan el terror que habría de sobrevenirles después. La evasión era la llave de su existencia, quizás con razón. Quizá todos los espíritus aventureros que habían existido entre ellos, se habían internado, curiosos, en el peligro y habían perecido, de forma que los que quedaban eran los espíritus sumisos, llevando unas vidas bucólicas y voluptuosas en aquel Elíseo sombreado por el horror.

En aquel colorístico país, el recuerdo del mundo que habían perdido se hizo para Smith cada vez más vivido: recordaba la abigarrada multitud de las capitales de los planetas, con las luces, el ruido, las risas. Se imaginó naves espaciales atravesando el cielo de la noche con sus llamas, atravesando el espacio de un planeta a otro. Recordó los alborotos que se formaban en las tabernas, los pilotos de las naves, los tumultos, el rayo azul de las pistolas y el olor a carne quemada. Aquella vida pasaba como una película ante sus ojos, violenta, vívida, hombro con hombro, con la muerte. Y sintió nostalgia de aquellos mundos maravillosos, aunque también terribles, que había dejado tras él. Por el día, la intranquilidad le aumentó. La joven hizo patéticos intentos para encontrar algún tipo de entretenimiento que ocupara su mente ausente. Le acompañó en tímidas incursiones por los bosques vivientes, e incluso superó su horror por el Templo siguiéndole mientras exploraba algunos corredores que hicieron nacer en ella un angustiado terror. Pero debió darse cuenta de que no había esperanza. Un día, mientras estaban tumbados sobre la arena mirando ondear el lago azul bajo un cielo cristalino, los ojos de Smith, que no se apartaban de las extrañas sombras de las montañas, se entornaron súbitamente, intensificando su palidad de acero. Se puso en pie bruscamente, apartándose de la joven que había permanecido apoyada contra sus espaldas.

—Estoy harto —dijo ásperamente, y se levantó.
—¿Qué... qué... quieres decir? —la mujer se tambaleaba sobre sus pies.
—Me voy... a cualquier lugar. Creo que hacia las montañas. ¡Y me voy ahora mismo!
—Pero, entonces ¿es que deseas morir?
—Es mejor un peligro real que una vida abúlica como ésta —dijo—. Al menos encontraré algo más de animación.
—Pero ¿qué llevarás como alimento? No hay nada que te permita mantenerte vivo, aun en el caso de que escaparas de peligros mayores. Si te quedas sobre la hierba por la noche... te comerá vivo. No tienes ninguna posibilidad de sobrevivir si abandonas este lugar... y a mí.
—Si he de morir, moriré —dijo—. Lo he estado pensando y he decidido que sea así. Podría explorar el Templo y llegar ante Eso y morir. Pero, desde luego, debo hacer algo, y me parece que mi oportunidad está en intentar llegar a algún lugar donde la tierra dé alimentos. Y voy a intentarlo. No puedo seguir así.

Ella le miró con una inmensa tristeza, mientras las lágrimas afluían a sus ojos de color avellana. El abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir una sola palabra ella se echó a reír con una risa aterrorizadora.

—Tú no irás —le dijo—. La muerte viene ahora por nosotros dos.
Lo dijo de una forma tan serena, tan carente de todo miedo, que Smith no la entendió hasta que ella le señaló algo con el dedo y se volvió hacia allí. El aire que había entre ellos y el templete estaba curiosamente agitado. En el momento en que Smith se volvió a mirar, comenzó a convertirse en una nebulosa azul que se iba haciendo cada vez más espesa y oscura... Borrosos tonos verdes y violeta penetraron a través de aquello de forma difusa, y después, imperceptiblemente, un color rosado apareció en el centro, que cada vez se iba haciendo más intenso hasta adquirir un tono escarlata que hirió sus ojos; entonces Smith se dio cuenta de que Aquello había llegado. Un aura de amenaza parecía irradiar de Aquello, penetrando en su mente. Lo sintió de forma tan tangible como lo había visto... Un peligro difuso que se dirigía inexorablemente hacia ellos. La mujer no estaba asustada. Smith se dio cuenta de ello aunque no se volvió para mirarla, pues no podía apartar sus ojos de aquella Cosa escarlata hipnóticamente palpitante... Ella le susurró muy suavemente:

—Yo tenía razón, estoy contenta —y el sonido de su voz le liberó de la trampa en que le tenía preso aquella masa palpitante.

Smith soltó una carcajada de lobo, abrupta, como dando la bienvenida a aquella diversión que le sacaba del idilio eterno en el que estaba viviendo, y la pistola apareció en su mano y de su cañón brotó la llama azul de forma tan repentina que dejó sin respiración a la mujer, que estaba tras él. Aquel resplandor de un azul acerado iluminó la envolvente neblina, pasó a través de ella sin encontrar ningún obstáculo y fue a estrellarse en la tierra unos metros más allá. Smith apretó los dientes y disparó repetidas veces contra aquella niebla, tiñéndola de azul. Y cuando aquel chorro de fuego cruzó aquella Cosa escarlata, el impacto sacudió violentamente aquella nebulosa de tal forma que sus contornos ondularon y la masa escarlata chisporroteó vivamente, comenzando a debilitarse con gran rapidez. Smith siguió barriendo con su rayo toda aquella nebulosa. Un instante después palidecía y se desintegraba, desvaneciéndose en un último destello rosa mientras la llama de su pistola seguía incidiendo en la niebla hasta quemar el suelo tras ella. Sacudió la cabeza y jadeó mientras aquella nube de muerte se hacía cada vez más tenue, hasta desvanecerse ante sus ojos, hasta que no quedó ni rastro de ella y el aire se volvió de nuevo luminoso y transparente.

El inconfundible olor de carne quemada llegó a su nariz y se preguntó por un momento si la Cosa se habría materializado en un núcleo corpóreo; pero después vio que aquel olor procedía de la hierba quemada por su llama. Las delgadas briznas semejantes al pelaje de un animal se retorcían en torno al círculo quemado, tumbándose a ras de suelo como si un fuerte viento soplara sobre ellas, y del área ennegrecida surgió una tenue columna de humo que esparcía el olor de carne quemada. Smith, recordando sus hábitos vampirescos, volvió la cabeza con náuseas. La chica había corrido hacia la arena que había tras él temblando violentamente ahora que el peligro había pasado.

—¿Era... esto la muerte? —preguntó ella respirando entrecortadamente cuando por fin pudo dominarse.
—No lo sé. Probablemente no.
—¿Qué vas... a hacer ahora?
Smith volvió a enfundar su pistola.
—Lo que había pensado hacer.
La joven gritó con desesperación:
—¡Espera! ¡Espera! —y se agarró a su brazo. Y él esperó hasta que el temblor que la sacudía hubo cesado. Entonces ella insistió—: Vuelve al templo otra vez antes de irte.
—Está bien, no es una mala idea. Puede que transcurra bastante tiempo antes de mi próxima... comida.

Así pues volvieron a atravesar la hierba viviente que se agitaba en torno a ellos en forma de amplias olas procedentes de todas partes. El Templo apareció oscuro e irreal ante ellos, y cuando entraron la penumbra azul volvió a envolverlos. Smith iba a ir como de costumbre hacia la galería de los bebedores, pero la mujer sujetó su brazo con una mano y murmuró:

—Ven por aquí.
El la siguió, cada vez más sorprendido, por el corredor a través de las extrañas neblinas, lejos de la galería que tan bien conocía. Le pareció que la bruma se hacía más espesa a medida que avanzaban, y en medio de aquella luz incierta creyó ver, aunque no podía estar seguro de ello, que los muros ondeaban de una forma tan nebulosa como el propio aire. Sintió un curioso impulso de atravesar sus intangibles barreras y salir del pasillo hacia... ¿hacia qué? Entonces notó bajo sus pies unos peldaños y tras un instante la presión sobre su brazo se hizo más fuerte. Pasaron por un bajo y grueso arco de piedra y penetraron en la habitación más extraña que jamás había visto. Parecía ser heptagonal y, cosa curiosa, en el suelo había profundamente grabadas líneas convergentes. Creyó sentir que ciertas fuerzas que escapaban a su comprensión se debatían violentamente contra los siete muros, girando huracanadamente en la oscuridad hasta que la habitación quedó sumida en un invisible tumulto. Cuando levantó sus ojos hacia el muro, supo dónde se encontraba. Grabado sobre la oscura piedra, brillando a través de aquella penumbra como si fuera un fuego procedente de otra dimensión, la figura escarlata se retorcía sobre el muro. No sabía cómo, pero la simple visión de aquello provocó una conmoción en su cerebro y sintió que la cabeza le daba vueltas y las piernas se le doblaban cuando finalmente respondió a la presión de su brazo. Vagamente, se dio cuenta de que se encontraba justo en el centro de aquellas líneas convergentes y sintió fuerzas inexplicables recorriéndole y despertando en su interior un conocimiento que poseía. Luego sintió unos brazos que se cerraban en torno a su cuello y un cálido cuerpo que se estrechaba contra el suyo, mientras una voz susurraba en su oído:

—Si tienes que dejarme, retrocede hacia la puerta, querido... La vida sin ti... es más terrorífica que una muerte como ésta.

Depositó en sus labios un beso que sabía a sangre. Después aquel contacto desapareció y se encontró solo. A través de la penumbra pudo percibirla vagamente recortada contra la Palabra, y pensó, mientras estaba allí, que era como si las corrientes invisibles la estuvieran golpeando de forma que su cuerpo se bamboleaba ante él y sus rasgos se hacían borrosos para formarse después de nuevo, como si las fuerzas de las que él estaba tan misteriosamente protegido la tuvieran a su merced. Y vio que un cierto conocimiento se reflejaba de forma terrible sobre su rostro, como si el significado de la Palabra estuviera penetrando lentamente en la mente de la mujer. El dulce y bronceado rostro de la joven se deformó horriblemente, sus sangrientos labios se movieron para pronunciar una Palabra. En un momento de claridad vio realmente cómo su lengua se movía de forma increíble para formar las sílabas de la indefinible Palabra que nunca labios humanos habían pronunciado. Su boca se abrió en una forma imposible... Emitió sonidos en medio de aquella niebla y gritó.

Smith caminaba por un sendero serpenteante de un color escarlata tan vivo que resultaba insoportable a la vista, un sendero que se hundía, se alzaba y temblaba bajo sus pies de forma que le hacía trastabillar a cada paso. Andaba a tientas a través de una neblina violeta y verde mientras en sus oídos zumbaba un susurro aterrador, la primera sílaba de una impronunciable Palabra... Siempre que se acercaba al final del sendero, éste se agitaba y se duplicaba, mientras una debilidad como la producida por una droga penetraba en su cerebro y los colores de la onírica penumbra le arrullaban, y...

—¡Se está despertando! —sonó una voz exaltante junto a su oído.
Smith abrió pesadamente los ojos y vio una habitación sin paredes, una habitación en la que múltiples figuras se extendían hasta el infinito...
—¡Smith! ¡Northwest Smith! ¡Despierta! —urgía una voz familiar que llegaba de alguna parte.

Smith parpadeó. Aquella miríada de figuras desperdigadas se concentraron en las de dos hombres dentro de una habitación de especulares paredes metálicas. El rostro amistoso de su compañero, el venusiano Yarol, apareció sobre él.

—Por Pharon, Northwest Smith —dijo aquella bien conocida voz—, has estado durmiendo durante toda una semana. Creíamos que nunca despertarías; debió de ser una borrachera terrible.

Smith hizo una débil mueca que decía bien a las claras lo débil que se sentía y dirigió una interrogante mirada hacia la otra persona.

—Soy médico —dijo el individuo cuando captó su inquisitiva mirada—. Su amigo me llamó hace tres días y desde entonces estoy ocupándome de usted. Debe de hacer cinco o seis días que entró en coma. ¿Tiene alguna idea de qué es lo que pudo causárselo?

Los pálidos ojos de Smith recorrieron la habitación. No pudo encontrar lo que buscaba, y aunque su débil murmullo contestó la pregunta del doctor, el hombre no llegó nunca a entenderlo.

—¿Un mantón?
—He sido yo quien te ha quitado aquella cosa peligrosa de encima —confesó Yarol—. Estuvo sobre ti durante tres días y después te la quité. Ese dibujo rojo me ha dado el peor dolor de cabeza que he tenido desde que encontré la botella de vino negro sobre aquel asteroide, ¿te acuerdas?
—¿Dónde...?
—Se lo di a un tipo que iba hacia Venus. Lo siento. ¿Realmente lo querías? Te compraré otro.

Smith no respondió. La debilidad se apoderaba de él intermitentemente. Cerró los ojos escuchando el eco de aquella primera y terrorífica sílaba susurrada en su cabeza... Un susurro que procedía de un sueño... Yarol le oyó murmurar suavemente:

—Y... nunca logré saber... su nombre...

Catherine L. Moore (1911-1987)



Más relatos de C.L. Moore. I Relatos de vampiros. I Relatos góticos.


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El resumen del cuento de Catherine L. Moore: Sueño escarlata (Scarlet dream) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com