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«La vieja casa en Vauxhall Walk»: Charlotte Riddell; relato y análisis.


«La vieja casa en Vauxhall Walk»: Charlotte Riddell; relato y análisis.




«Percibió la silueta de algo acurrucado en la cama,
cuya terrible presencia parecía impregnar la casa.»



La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk) es un relato de terror de la escritora irlandesa Charlotte Riddell (1832-1906), publicado originalmente en la antología de 1882: Historias extrañas (Weird Stories).

La vieja casa en Vauxhall Walk, uno de los cuentos de Charlotte Riddell menos conocidos, relata la historia de Graham Coulton, un joven privilegiado y caprichoso que ha sido arrojado a la calle por su padre. Mientras deambula por las ciudad, solo y hambriento, se encuentra con un antiguo sirviente de la familia, quien le ofrece pasar la noche en la casa que alquila en Vauxhall Walk. Esa noche, Graham tiene un sueño vívido que parece revelar un incidente violento del pasado de la casa: el asesinato de una anciana avara. Si bien hay un posible tesoro involucrado [nunca se ha encontrado el oro de la vieja], Graham decide investigar el misterio de la casa, motivado por la necesidad de demostrar su valía a su padre, quien lo considera un cobarde.

El motivo de la casa embrujada que es investigada por el protagonista no es nuevo en Charlotte Riddell. En La puerta abierta (The Open Door), el narrador accede a investigar el misterio de una casa alquilada a uno de sus clientes, el señor Carrison, quien se niega a permanecer en la vivienda porque la puerta no cierra; desde luego, motivada por fuerzas sobrenaturales.

La vieja casa en Vauxhall Walk, en esencia, es la historia de una mujer rica y avara que se negó a ayudar a su familia, y finalmente terminó muriendo en soledad. No hay redención para ella al final, pero sus apariciones permiten que Graham Coulton, un joven algo inmaduro y decente, se beneficie de su ejemplo negativo y se reconcilie con el padre con el que se ha distanciado. No hay connotaciones góticas adicionales ni un lenguaje arcaico, pero tampoco es una narración fluida para el lector moderno.

La idea del fantasma que permanece «atado» a su vieja casa está muy extendido, no solo en la ficción, sino también en la parapsicología en general [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]. La anciana [señorita Tynan] de La vieja casa en Vauxhall Walk no puede trascender su existencia terrenal debido al apego a cuestiones materiales, explícitamente al dinero, pero también al hecho de haber sido asesinada en la casa por dos intrusos que buscan su oro escondido. Este motivo guarda ciertas similitudes con Un cuento de Navidad (A Christmas Carol) de Charles Dickens, escrito cuarenta años antes, donde, a través de una serie de fashbacks se explora la noción de que el dinero no compra la felicidad [la señorita Tynan funciona como una especie de «Scrooge» femenino]. Desde las primeras líneas, Charlotte Riddell destaca el tema económico, que es el núcleo de su historia de fantasmas:


«¡Sin casa, sin hogar, sin esperanza! Muchos de los que habían transitado por esa calle debieron pronunciar las mismas palabras: los cansados, los desolados, los hambrientos, los abandonados, los desamparados y vagabundos de la humanidad, con frío, famélicos y miserables, por las aceras de la parroquia de Lambeth.»


En general, las historias de fantasmas abordan el tema de la propiedad: el habitante de una casa se enfrenta a uno o varios fantasmas que afirman su dominio sobre la propiedad y se rehúsan a ser desalojados. El espíritu a menudo busca expulsar a los vivos, a quienes considera intrusos, mientras que los vivos intentan resolver el misterio de la casa para desterrar al fantasma. Es una dinámica que se repite con variaciones menores. La vieja casa en Vauxhall Walk no difiere de este tropo. Si bien Graham Coulton no es el propietario de la casa; y ni siquiera tiene dinero para alquilar la finca, al principio sólo es una víctima pasiva de las apariciones; pero cuando obtiene la aprobación del propietario legal para permanecer en la casa consigue resolver en misterio, quedarse con el oro y, quizás, liberar al fantasma de su apego a la casa [ver: Señales de que hay un espíritu en tu casa]

El fantasma de Charlotte Riddell expone la transición del espectro gótico clásico [vengativo y encarnizado con su familia] al fantasma victoriano. Ya no tenemos los entierros prematuros y el encarcelamiento explícito de las novelas góticas tradicionales, sino personas que se recluyen, se aislan, se privan del contacto humano, y al final terminan en una variación más urbana del motivo del entierro prematuro. El oro de la señorita Tynan no le proporcionó consuelo al tener una vida aislada de sus afectos. En cierto modo, ella resolvió ser enterrada prematuramente en la casa. Pero este vínculo con la riqueza no se rompió en la muerte, por el contrario, sus ligaduras se volvieron más fuertes, manteniéndola atada a la casa y a sus posesiones terrenales.

También hay que decir que la anciana no parece ser un fantasma con agencia propia; más bien se asemeja al concepto de energía residual que ha quedado grabada en la casa, y es activada y recogida por una persona sensitiva, en este caso, Graham [ver: La teoría de la Cinta de Piedra]. De hecho, el protagonista observa [en sueños] una especie de bucle que repite el asesinato de la mujer, y luego a la propia señorita Tynan como una manifestación física de la avaricia que la llevó a la muerte:


«[Graham] giró un poco para ver a la persona ocupada de una manera tan singular, y descubrió que, donde no había habido silla la noche anterior, ahora había una en la que estaba sentada una vieja bruja arrugada, con la ropa pobre y harapienta, una cofia apenas cubriendo su escaso cabello blanco, las mejillas hundidas, la nariz aguileña, sus dedos más como garras que cualquier otra cosa, mientras se sumergían en el montón de oro, del cual levantaban solo algunas porciones para esparcirlas con tristeza.»


El aspecto de la mujer establece que amaba menos la riqueza que su acumulación. Evidentemente se privó en vida de los placeres más simples, pero eso no tiene nada de reprobable: la maldición que recae sobre ella es producto de su elección de negarle ayuda a los demás, a pesar de contar con los recursos necesarios.

Después de tener esta visión, Graham investiga la muerte de la mujer, no por motivos desinteresados: quizás quiere impresionar al casero y así conseguir un alquiler accesible aprovechando que la casa ya tiene la reputación de estar embrujada. En resumen: Graham espera encontrar el oro que la mujer dejó, supuestamente, escondido en algún lugar de la casa. Esta motivación terrenal y egoísta [aunque tampoco condenable] le hace olvidar la «lección» inherente en la visión de esta vieja avara:


«Parecía haber una lección para él que había olvidado, que, por mucho que lo intentara, se le escapaba de la memoria. En el mismo acto de despertar, se desvaneció.»


Las apariciones de la vieja muestran la naturaleza corrosiva de la avaricia, es cierto, pero Charlotte Riddell no era precisamente una defensora de las clases trabajadoras. Las personas a las que la vieja negó ayuda, y quienes terminan asesinánola, viven en la «honesta pobreza»:


«Rodeaban a aquella avara, se agolpaban: todas esas figuras pálidas y tristes: el anciano, el niño, el paria sollozante, la pobreza honesta, el vicio arrepentido; pero un grito sordo salió de aquellos labios: un grito de ayuda que podría haber dado, pero negó.»


Si la acumulación de riqueza es la amenaza moral, los «pobres» son la amenaza física. Que nuestro protagonista sea un chico rico que atraviesa un momento difícil indica la perspectiva desde la que debemos ver la historia. En este sentido, los mensajes morales de Charles Dickens [como la llamada a la compasión] no están presentes en La vieja casa en Vauxhall Walk.

Todo parece terminar bien para el protagonista: eventualmente encuentra el oro, y esto lo lleva a obtener independencia financiera y emocional de su padre, contra quien se rebela al principio de la historia. Sin embargo, se queda en la casa de Vauxhall Walk. Tal vez terminó sus días acariciando su oro del mismo modo que la señorita Tynan.




La vieja casa en Vauxhall Walk.
The Old House in Vauxhall Walk, Charlotte Riddell (1832-1906)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Sin casa, sin hogar, sin esperanza!

Muchos de los que habían transitado por esa calle debieron pronunciar las mismas palabras: los cansados, los desolados, los hambrientos, los abandonados, los desamparados y vagabundos de la humanidad, con frío, famélicos y miserables, por las aceras de la parroquia de Lambeth; pero es cuestionable si él alguna vez las pronunció con convicción, o con un sentimiento de autocompasión más profundo, que el joven que se apresuraba por Vauxhall Walk una noche lluviosa de invierno, sin abrigo ni sombrero.

Una frase extraña para que la expresara un joven de veintiún años, y más extraña aún que viniera de labios de una persona que era un caballero. Tampoco parecía haber caído en la gracia de la fortuna. No había señal que indujera a imaginar que había sido derrotado tras una larga lucha contra la calamidad. Sus botas no estaban desgastadas ni rotas por las puntas, como muchas, muchas botas que se arrastraban y raspaban por el pavimento. Su ropa era buena y de corte elegante, libre de rasgaduras, remiendos y andrajos que se escabullían miserablemente, agazapados en los portales, y extendían la mano en silencio pidiendo caridad. Su rostro no estaba contraído por el hambre ni surcado de arrugas perversas ni embrutecido por la bebida y el libertinaje; y aun así, decía y pensaba que no tenía remedio, y casi en su joven desesperación, pronunciaba las palabras en voz alta.

Era una mala noche para andar con semejante sentimiento en el corazón. La lluvia era fría, despiadada y arreciaba. Un viento húmedo y cortante soplaba por las calles transversales que venían del río. Los humos de la fábrica de gas parecían caer con la lluvia. El camino estaba embarrado; el pavimento grasiento; las farolas ardían tenuemente; y ese lúgubre barrio de Londres lucía en su peor momento.

Ciertamente no era una noche para estar fuera, sin un hogar adonde ir ni una moneda de seis peniques en el bolsillo; sin embargo, esta era la posición del joven caballero que, sin sombrero, caminaba por Vauxhall Walk, con la lluvia azotando su cabeza desprotegida.

Miraba con envidia las casas, tan grandes y bonitas —antaño habitadas por ciudadanos adinerados, ahora alquiladas en su mayoría por pisos a inquilinos semanales—. Habría dado cualquier cosa por tener una habitación, o incluso parte de ella. Llevaba mucho tiempo caminando, desde que oscurecía, y de hecho oscurecía pronto en diciembre. Estaba cansado, tenía frío y hambre, y no veía otra posibilidad que la de pasear por las calles toda la noche.

Al pasar junto a una de las farolas, la luz que caía sobre su rostro reveló unos rasgos jóvenes y apuestos, una boca ágil y sensible, y esa peculiar formación de las cejas —no exactamente un ceño fruncido, sino un cierto fruncimiento— que a menudo se considera de genio, pero que sin duda acompaña a una organización impulsiva, fácilmente complaciente, fácilmente depresiva, capaz de sufrir o de disfrutar plenamente. En su corta vida no había disfrutado mucho. Esa noche, al caminar con la cabeza descubierta bajo la lluvia, la situación había llegado a un punto crítico.

Hasta donde él, en su desesperación, podía ver o razonar, lo mejor que podía hacer era morir. El mundo no lo quería; estaría mejor fuera de él.

—¡Amo Graham! ¡Amo Graham! —exclamó este hombre sin aliento; árido.

El joven se detuvo como si le hubieran disparado.

—¿Me conoce? —preguntó, volviéndose.

—Soy William; ¿no se acuerda de William, amo Graham? Por Dios, señor, ¿qué hace afuera en una noche como esta sin su sombrero?

—Lo olvidé —fue la respuesta—; y no quise volver a buscarlo.

—Entonces, ¿por qué no compra otro, señor? Se va a morir de frío; y además, me disculpará, señor, pero se ve raro.

—Lo sé —dijo el amo Graham con gravedad—; pero no tengo ni medio penique.

—¿Entonces usted y el señor...? —empezó el hombre, pero allí dudó y se detuvo—. ¿Se han peleado?

—Sí.

—¿Y adónde va ahora?

—¿Ir? A ninguna parte, salvo a buscar la losa más blanda del pavimento o el refugio de un arco.

—Está bromeando, señor.

—No estoy de humor para bromas.

—¿Volverá conmigo, señor Graham? Estamos en el último tramo de la mudanza, pero aún queda una chispa en la chimenea, y sería mejor que hablar con la lluvia. ¿Viene, señor?

—¡Claro que iré! —dijo el joven, y, volviéndose, fueron hacia la casa que él había visto al pasar.

Una casa muy vieja, con un vestíbulo largo y ancho, escaleras bajas y de fácil acceso, con cornisas profundas hasta los techos, suelos de roble y puertas de caoba, que aún hablaban en voz baja de la riqueza y estabilidad del propietario original, que vivió antes de que se pensara en los Tradescant y los Ashmol, y había estado durmiendo mucho más tiempo que ellos en el cementerio de Santa María, junto al palacio arzobispal.

—Suba, señor —suplicó el inquilino que se marchaba—; hace frío aquí abajo, con la puerta abierta de par en par.

—¿Entonces tenías toda la casa, William? —preguntó Graham Coulton, algo sorprendido.

La puerta de una de las casas estaba abierta, y en el recibidor tenuemente iluminado pudo ver algunos muebles esperando a ser retirados. Una furgoneta estaba junto a la acera, y dos hombres subían una mesa a ella cuando él, por un segundo, se detuvo.

«Ah», pensó, «hasta esa pobre gente tiene un lugar adonde ir, un techo asegurado, mientras que yo no tengo techo ni un chelín para pasar la noche». Y siguió adelante deprisa, como si la memoria lo impulsara, tan deprisa que un hombre que corría tras él tuvo dificultades para alcanzarlo.

—Toda la casa, sí; y lamento mucho tener que dejarla. Por aquí, señor.

William, haciendo honor a su anterior residencia, invitó a su antiguo amo a un espacioso apartamento que ocupaba todo el ancho de la casa en el primer piso.

Aunque estaba cansado, el joven no pudo reprimir una exclamación de asombro.

—¡Pero si no tenemos nada tan grande como esto en casa, William! —dijo.

—Es una casa hermosa —respondió William, revolviendo las brasas mientras hablaba y echando leña sobre ellas—; pero, como muchas buenas familias, se ha venido abajo.

Había cuatro ventanas en la habitación, cerradas con persianas; tenían asientos bajos y profundos, que evocaban agradables días pasados; cuando, bien cubiertas con cortinas y cojines, formaban acogedores rincones para los niños, y a veces también para los adultos. No quedaban muebles, salvo un banco de roble junto a la chimenea y un gran espejo empotrado en el revestimiento de madera en el extremo opuesto de la habitación, con una consola de mármol negro debajo; pero la misma ausencia de sillas y mesas permitía apreciar con toda claridad las magníficas proporciones de la habitación, y nada distraía la atención del techo ornamentado, las paredes revestidas de madera, la repisa de la chimenea, de estilo antiguo y tan pintorescamente tallada, y la chimenea revestida de azulejos, cada uno de los cuales contenía una imagen de algún tema bíblico o alegórico.

—Si te hubieras quedado aquí, William —dijo Coulton, dejándose caer con cansancio en el banco—, te habría pedido que me dejaras pasar la noche aquí.

—Si puede arreglárselas, señor, no hay nada que le impida quedarse —respondió el hombre, avivando la leña—. No le devolveré la llave al casero hasta mañana. Sería mejor que el frío de la calle, de todos modos.

—¿Lo dices en serio? —preguntó el otro con entusiasmo—. Agradecería quedarme aquí; me siento agotado.

—Entonces quédese, señor Graham, y bienvenido. Iré a buscar una cesta de carbón que iba a meter en el furgón y encenderé un buen fuego. Luego tengo que ir a la otra casa un par de minutos, pero no está lejos, y volveré en cuanto pueda.

—Gracias, William; siempre fuiste bueno conmigo —dijo el joven—. Esto es una delicia —y extendió sus manos entumecidas sobre la leña ardiente, mirando la habitación con una sonrisa de satisfacción—. No esperaba encontrarme en semejante lugar —comentó, mientras su amigo en apuros reaparecía con una cesta llena de brasas, con la que procedió a encender una fogata—. Estoy seguro de que lo último que podría haber imaginado era encontrarme con alguien conocido en Vauxhall Walk.

—¿De dónde venía, señor Graham? —preguntó William con curiosidad.

—De la casa del viejo Melfield. Estuve una vez en su escuela, ¿sabe?; ahora se ha jubilado y vive de las ganancias de años de robo en Kennington Oval. Pensé que tal vez me prestaría una libra, o me ofrecería alojamiento por una noche, o incluso una copa de vino; pero, ¡ay, Dios mío!, no. Adoptó un tono moralista y comentó que no tenía nada que decirle a un hijo que desafiaba la autoridad de su padre. Me dio muchos consejos, pero nada más, y me acompañó a la lluvia con una cortesía por la que podría haberle dado una paliza.

William murmuró algo en voz baja que no era una bendición, y añadió en voz alta:

—Creo que está mejor aquí, señor, de todos modos. Regresaré en menos de media hora.

Dejado solo, el joven Coulton se quitó el abrigo, y moviendo un poco el banco, lo colgó del borde para que se secara. Con su pañuelo se secó el pelo; luego, completamente exhausto, se tumbó frente al fuego y, apoyando la cabeza en el brazo, se quedó profundamente dormido.

Se despertó casi una hora después al oír a alguien atizar suavemente el fuego y moverse silenciosamente por la habitación. Se sentó de golpe, miró a su alrededor, desconcertado por un momento. Luego, reconociendo a su humilde amigo, dijo riendo:

—Me había perdido; no podía imaginar dónde estaba.

—Lamento verlo aquí, señor —fue la respuesta—; pero aun así esto es mejor que estar al aire libre. Ha sido una noche horrible. Traje una manta para que se abrigara.

—Ojalá me hubiera traído algo de comer —dijo el joven riendo.

—¿Tiene hambre, señor? —preguntó William con tono preocupado.

—Sí. No he comido nada desde el desayuno. El gobernador y yo empezamos a discutir en cuanto nos sentamos a almorzar, y me levanté y dejé la mesa. Pero el hambre no importa; estoy seco y caliente, y puedo olvidarme de lo otro durmiendo.

—Y ya es demasiado tarde para comprar algo —dijo el hombre con voz afable—; las tiendas cerraron hace mucho. ¿Cree, señor —añadió, animándose—, que podría comer un poco de pan y queso?

—Yo creo... diría que es un festín perfecto —respondió Graham Coulton—. Pero no te preocupes por la comida esta noche, William; ya has tenido bastantes problemas, y de sobra.

La única respuesta de William fue correr hacia la puerta y bajar corriendo las escaleras. Al poco rato reapareció, llevando en una mano pan y queso envueltos en papel, y en la otra una medida de peltre llena de cerveza.

—Es lo máximo que he podido hacer, señor —dijo disculpándose—. Tuve que rogarle esto a la casera.

—¡Por su salud! —exclamó el joven alegremente, dando un largo trago a la jarra—. Sabe mejor que el champán en casa de mi padre.

—¿No se sentirá incómodo su padre, señor? —aventuró William, quien, tras haber vaciado las brasas, estaba sentado en la cesta invertida, observando con nostalgia el deleite con el que el hijo del antiguo amo comía su pan con queso.

—No —fue la respuesta decidida—. Cuando oiga que llueve a cántaros, solo esperará que esté bajo el diluvio y dirá que un buen remojón calmará mi orgullo. Mi padre siempre me odió, como odió a mi madre. Si hubieras oído lo que dijo hoy de ella... Me dijo que me parecía a ella tanto en mente como en cuerpo; que era un cobarde, un ingenuo y un hipócrita.

—No lo decía en serio, señor.

—Sí que lo decía, cada palabra. Cree que soy un cobarde, porque yo... yo... —Y el joven rompió a llorar histéricamente.

—No me gusta nada dejarlo aquí solo —dijo William, mirando a su alrededor con una expresión de inquietud—; pero no tengo un lugar adecuado que se quede, y me veo obligado a ir yo mismo, porque soy sereno y debo estar a las doce.

—Estaré bien —fue la respuesta—. Pero no debo hablar más de mi padre. Háblame de ti, William. ¿Cómo conseguiste una casa tan grande y por qué la dejas?

—El casero me puso a cargo, señor; pero a mi esposa no le gustó.

—¿Por qué?

—Se sentía sola con los niños por la noche —respondió William, volviendo la cabeza; y añadió—: Ahora, señor, si cree que no puedo hacer más por usted, será mejor que me vaya. El tiempo apremia. Mañana por la mañana daré una vuelta.

—Buenas noches —dijo el joven, extendiendo la mano, que el otro tomó con la misma libertad y franqueza con que se la ofrecía—. ¿Qué habría hecho esta noche si no me hubiera encontrado contigo?

—Espero que descanse bien.

—No te preocupes —fue la réplica, y al minuto siguiente el joven se encontró completamente solo en la vieja casa de Vauxhall Walk.


II

Tumbado en el banco, con el fuego apagado y la habitación en total oscuridad, Graham Coulton tuvo un sueño curioso. Creyó despertar al encontrar un leño ardiendo en la chimenea, y el espejo al fondo de la habitación reflejando destellos intermitentes de luz. No entendía cómo, a pesar de la distancia que lo separaba del espejo, podía verlo todo; pero se resignó a la dificultad sin asombro, como suele ocurrir en los sueños.

Tampoco se sorprendió al contemplar la silueta de una mujer sentada junto al fuego, ocupada en coger algo de su regazo y dejarlo caer con un gesto de desesperación.

Oyó el suave sonido del oro y supo que estaba levantando y dejando caer soberanos. Se giró un poco para ver a la persona ocupada de una manera tan singular, y descubrió que, donde no había habido silla la noche anterior, ahora había una, en la que estaba sentada una vieja bruja arrugada, con la ropa pobre y harapienta, una cofia apenas cubriendo su escaso cabello blanco, las mejillas hundidas, la nariz aguileña, sus dedos más como garras que cualquier otra cosa, mientras se sumergían en el montón de oro, del cual levantaban solo algunas porciones para esparcirlas con tristeza.

—¡Oh! ¡Mi vida perdida! —gimió con una voz de amarga angustia—. ¡Oh! ¡Mi vida perdida... por un día, por una hora otra vez!

De la oscuridad, del rincón de la habitación donde las sombras eran más profundas, de la penumbra que se cernía cerca de la puerta, de la lúgubre noche, con los pies y la cabeza empapada, surgieron los ancianos y los niños pequeños, las mujeres fatigadas y los corazones cansados, cuya miseria ese oro podría haber aliviado, pero de cuya desdicha se burlaba.

Rodeaban a aquella avara, que una vez se regodeaba como ahora se lamentaba, se agolpaban: todas esas figuras pálidas y tristes: el anciano, el niño, el paria sollozante, la pobreza honesta, el vicio arrepentido; pero un grito sordo salió de aquellos labios pálidos: un grito de ayuda que podría haber dado, pero negó.

Se cerraron sobre ella, todos juntos, como lo habían hecho individualmente en vida; rezaron, sollozaron, suplicaron; Con ojos demacrados, la figura contempló a los pobres que había rechazado, a los niños cuyo llanto había cerrado los oídos, a los ancianos que había dejado morir de hambre; entonces, con un grito terrible, alzó sus delgados brazos por encima de la cabeza y se dejó caer, hundiéndose, el oro se desparramó al caer de su regazo y rodó por el suelo, hasta que su brillo se perdió en la oscuridad exterior.

Entonces Graham Coulton despertó de verdad, con el sudor rezumando por cada poro, con un miedo y una agonía como nunca antes había sentido, y con el sonido del grito desgarrador:

—¡Oh! ¡Mi vida perdida! —aún resonando en sus oídos.

A todo esto, además, parecía haberle quedado una lección olvidada, que, por mucho que lo intentara, se le escapaba de la memoria y que, en el mismo acto de despertar, se desvaneció. Se quedó un rato reflexionando sobre todo esto, y luego, aún sumido en el sueño, volvió a su mundo de ensueño.

Era natural, quizá, que, mezclándose con las extrañas fantasías que siguen la sucesión de la noche y la oscuridad, la visión anterior volviera a aparecer, y al poco tiempo el joven se encontró afanándose en una escena tras otra, donde la figura de la mujer que había visto sentada junto a un fuego moribundo ocupaba un lugar destacado.

La vio caminar lentamente, masticando un mendrugo seco; ella, que podría haber comprado todos los lujos que la riqueza puede exigir; junto a la chimenea, contemplándola, se encontraba un hombre de imponente presencia, vestido a la usanza de antaño. En sus ojos había una oscura mirada de ira, en sus labios una sonrisa torcida de disgusto, y de alguna manera, incluso en sueños, el soñador comprendió que era un antepasado lo que contemplaba; que la casa destinada a usos mezquinos en la que yacía nunca había descendido tanto de su alta posición como la mujer, poseedora de un alma lastimosa, contaminada con el vicio más despreciable e insidioso que la pobre humanidad conoce, pues todos los demás vicios parecen tener conexión con la carne, pero la avaricia corroe el alma misma.

De aspecto asqueroso, repulsivo a la vista, contempló otro fantasma que, al entrar en la habitación, la encontró casi en el umbral, tomándola de la mano y suplicándole, al parecer, ayuda. No podía oír todo lo que pasaba, pero alguna palabra llegaba a sus oídos de vez en cuando. Alguna conversación sobre tiempos pasados; alguna mención de una joven y bella madre; una súplica, al parecer, a un tiempo en que eran hermanos pequeños, y la maldita codicia por el oro no los había separado. Todo en vano; la bruja solo le respondió como había respondido a los niños, a las jóvenes y a los ancianos en su visión anterior. Su corazón era tan invulnerable al afecto natural como lo había demostrado a la compasión humana. Él suplicaba, al parecer, ayuda para evitar alguna amarga desgracia. Entonces, la figura que estaba junto a la chimenea se transformó en un ángel, que plegó sus alas con tristeza sobre su rostro, y el hombre, con la cabeza gacha, salió lentamente de la habitación.

Al hacerlo, la escena volvió a cambiar; era de noche otra vez, y la avara subía las escaleras. Desde abajo, Graham Coulton creyó observarla con cansancio de un escalón a otro. Había envejecido de forma extraña desde las escenas anteriores. Se movía con dificultad; parecía un esfuerzo inmenso para ella arrastrarse de un escalón a otro, su mano delgada atravesando los balaustres con lenta y dolorosa deliberación. Fascinado, los ojos del joven siguieron el avance de aquella mujer débil y decrépita. Estaba sola en una casa desolada, con una negrura más profunda que la oscuridad de la noche esperando envolverla.

Después de eso yació un rato en un descanso profundo y sin sueños, y al despertar se encontró entrando en una habitación tan sórdida y sucia como lo había sido la mujer de su visión anterior. La esposa del trabajador más pobre habría reunido más comodidades a su alrededor que las que contenía esa habitación. Una cama con dosel sin cortinas, una persiana torcida, una alfombra vieja cubierta de polvo y suciedad en el suelo, un lavabo destartalado con toda la pintura desprendida, un antiguo tocador de caoba y un cristal roto y salpicado de manchas: fueron todos los objetos que pudo distinguir al principio, mirando la habitación a través de esa tenue luz que a menudo se percibe en los sueños.

Poco a poco, sin embargo, percibió la silueta de alguien acurrucado en la cama. Acercándose, descubrió que era la de la persona cuya terrible presencia parecía impregnar la casa. ¡Qué terrible espectáculo! Con sus finos cabellos blancos esparcidos sobre la almohada, con lo que eran meros restos de mantas sobre sus hombros, con sus dedos como garras aferrándose a la ropa, ¡como si incluso dormida estuviera custodiando su oro!

Un espectáculo espantoso y repulsivo, pero ni la mitad del terror que le causó lo que siguió.

Mientras el joven miraba, oyó pasos sigilosos en la escalera. Entonces vio primero a un hombre y luego a su compañero entrar sigilosamente en la habitación. Un segundo después, la pareja se quedó junto a la cama con una mirada asesina en los ojos.

Graham Coulton intentó gritar, intentó moverse, pero el poder disuasorio de los sueños solo le ató la lengua y le paralizó las extremidades. Apenas podía oír y mirar, y lo que oyó y vio fue esto: despertada repentinamente, la mujer se sobresaltó, solo para recibir un golpe de uno de los rufianes, cuyo compañero siguió su ejemplo clavándole un cuchillo en el pecho.

Entonces, con un grito ahogado, cayó de espaldas en la cama, y en ese mismo instante, con un grito, Graham Coulton despertó de nuevo, para agradecer al cielo que solo fuera una ilusión.


III

—Espero que haya dormido bien, señor —era William, entrando en el recibidor bajo la luz de una mañana radiante. Preguntó—: ¿Ha dormido bien?.

Graham Coulton rió y respondió:

—Dormí bastante bien, supongo, pero ya fuera por la pelea con mi padre, por la cama dura o por el queso (probablemente por la comida a esas horas de la noche), tuve sueños toda la noche, sueños de lo más extraordinarios. Una anciana aparecía constantemente, y vi cómo la asesinaban.

—¿No me diga eso, señor? —dijo William con nerviosismo.

—Sí —fue la respuesta—. Pero ya pasó. He bajado a la cocina y me he lavado bien, y estoy fresco como una rosa y hambriento como un cazador. Ay, William, ¿puedes prepararme el desayuno?

—Claro, señor Graham. He traído una tetera y pondré a hervir el agua enseguida. Supongo, señor —dijo con vacilación—, que hoy se irá a casa.

—¡A casa! —repitió el joven—. Decididamente no. No volveré a casa hasta que vuelva con alguna medalla colgada del abrigo, o con una pierna o un brazo amputados. Lo he pensado todo, William. Iré a alistarme. Se habla de guerra; y, vivo o muerto, mi padre tendrá motivos para retractarse de su opinión sobre mi cobardía.

—Estoy seguro que nunca pensó de usted nada parecido, señor —dijo William—. ¡Tiene usted el coraje de diez! No haga nada precipitado, señor Graham, como ir a la guerra.

—Si no lo hago, ¿qué será de mí? —preguntó el otro—. No sé cavar; me avergüenza mendigar. Si no fuera por tu amabilidad, anoche no habría tenido techo.

—Me temo que no es un buen techo, señor.

—¡No es un buen techo! —repitió el joven—. ¿Quién podría desear uno mejor? ¡Qué habitación tan estupenda es esta! —continuó, mirando alrededor del apartamento, donde William estaba encendiendo una chimenea—. ¡Aquí podrían cenar veinte personas fácilmente!

—Si le parece tan bien el lugar, señor Graham, podría quedarse aquí un rato, hasta que decida qué hacer. Estoy seguro de que el casero no pondrá ninguna objeción.

—¡Tonterías! Querría un alquiler largo por una casa como esta.

—No creo que se pueda —fue la significativa respuesta de William.

—¿Qué quiere decir? ¿No se alquila la casa?

—No, señor. No se lo dije anoche, pero aquí se cometió un asesinato, y desde entonces la gente huye de este lugar.

—¡Un asesinato! ¿Qué clase de asesinato? ¿Quién fue asesinado?

—Una mujer, señor Graham, la hermana del casero; vivía aquí, sola, y se suponía que tenía dinero. La encontraron muerta de una puñalada en el pecho, y si alguna vez hubo dinero, fue robado al mismo tiempo, porque no se ha encontrado nada en la casa.

—¿Fue esa la razón por la que su esposa no quería quedarse aquí? —preguntó el joven, apoyado en la repisa de la chimenea y mirando pensativo a William.

—Sí, señor. No lo soportaba más; se puso delgada y nerviosa. Nunca vio nada, pero dijo que oía pasos y voces, y luego, cuando cruzaba el pasillo o subía la escalera, siempre parecía que alguien la seguía. Anoche acostamos a los niños en esa habitación grande, y declararon que a menudo veían a una anciana sentada junto a la chimenea. Yo nunca vi nada. Siempre me duermo en cuanto mi cabeza toca la almohada.

—¿No descubrieron a los asesinos? —preguntó Graham Coulton.

—No, señor; el casero, hermano de la señorita Tynan, siempre había sido sospechoso —injustamente, estoy seguro—. Se supo que fue a pedirle ayuda uno o dos días antes del asesinato, y también que pudo superar los problemas que lo acosaban en una o dos semanas. El dinero nunca se encontró; y, en general, la gente apenas sabía qué pensar.

—¡Hum! —exclamó Graham Coulton, y dio unas vueltas por el apartamento—. ¿Podría ir a ver a este casero?

—Sin duda, señor, si tuviera sombrero —respondió William con tal solemnidad que el joven se echó a reír.

—Eso es un obstáculo, sin duda —comentó—, pero le enviaré una nota. Tengo un lápiz en el bolsillo.

Media hora después de enviar la nota, William regresó con la respuesta.

—No hará nada precipitado, señor —suplicó William.

—¡Vaya, hombre! —respondió el joven—, a uno le da lo mismo morir de un fantasma que de una bala. ¿De qué hay que tener miedo?

William se limitó a negar con la cabeza. No creía que su joven amo estuviera hecho de madera para quedarse solo en una casa embrujada y resolver el misterio sin ayuda de nadie. Y, sin embargo, cuando Graham Coulton salió de la casa del casero, parecía más animado y alegre que de costumbre, y caminó por Lambeth hasta el lugar donde William esperaba su regreso, tarareando una melodía mientras caminaba.

—Hemos zanjado el asunto —dijo—. Y ahora, si el padre quiere a su hijo para Navidad, le costará encontrarlo.

—No diga eso, señor Graham, no —suplicó el hombre, con un escalofrío—. Quizás hubiera sido mejor que nunca te hubieras topado con Vauxhall Walk.

—No te quejes, William —respondió el joven—; si no fue el mejor día de trabajo que he hecho.

Durante toda la mañana y la tarde, Graham Coulton buscó diligentemente el tesoro desaparecido que, según le aseguró el señor Tynan, nunca se había descubierto. La juventud es segura de sí misma y obstinada, y este joven explorador se sentía satisfecho de que, aunque otros habían fracasado, él tendría éxito. En el segundo piso encontró una puerta cerrada con llave, pero no le prestó mucha atención en ese momento, pues creía que si había algo oculto, era más probable que se encontrara en la parte inferior de la casa. Hasta bien entrada la noche continuó sus investigaciones en la cocina, los sótanos y los armarios antiguos, de los cuales abundaba el sótano. Eran casi las once cuando, mientras hurgaba entre los cubos vacíos de una bodega tan grande como una bóveda familiar, sintió de repente una ráfaga de aire frío en la espalda. Al moverse, su vela se apagó al instante, y justo al quedar a oscuras, vio, de pie en el umbral, a una mujer que se parecía a la que había atormentado sus sueños durante la noche.

Se apresuró a aferrarla pero todo quedó a oscuras. Volvió a encender la vela y examinó detenidamente el sótano, cortando la comunicación con la planta baja. En vano. No encontró ni rastro de ser vivo; ni una sola ventana estaba abierta, ni una sola puerta sin cerrojo.

—Es muy extraño —pensó mientras, tras cerrar bien la puerta en lo alto de la escalera, registraba toda la parte superior de la casa, excepto la habitación mencionada—. Tengo que conseguir la llave mañana —decidió, de espaldas al fuego y con la mirada vagando por el salón, donde había vuelto a residir.

Mientras pensaba eso, vio de pie en el umbral a una mujer de cabello blanco y despeinado, vestida con ropas miserables, andrajosa y sucia. Levantó la mano con un gesto amenazador, y entonces, justo cuando él se precipitaba hacia ella, ocurrió algo maravilloso.

Detrás del gran espejo se deslizó una segunda figura femenina, al verla la primera se dio la vuelta y huyó, profiriendo agudos gritos mientras la otra la seguía de piso en piso. Aterrado, Graham Coulton observó a la temible pareja mientras subían corriendo las escaleras, pasando la habitación cerrada con llave, hacia la azotea. Pasaron unos minutos antes de que recuperara la compostura. Cuando lo hizo, y registró las habitaciones superiores, las encontró completamente vacías.

Esa noche, antes de acostarse frente al fuego, cerró con cuidado la puerta del salón; corrió el pesado banco que había delante, de modo que si se forzaba la cerradura no se pudiera entrar sin un ruido considerable. Durante un rato permaneció despierto, luego se sumió en un sueño profundo del que lo despertó un ruido como si algo se arrastrara. Se incorporó sobre un codo y escuchó; para su consternación, vio sentada al otro lado de la chimenea a la misma mujer que había visto antes en sueños, lamentándose por su oro.

El fuego aún no se había apagado. A la luz de una última llama vio que la figura se llevaba un dedo fantasmal a los labios, y por el giro de la cabeza y la postura de su cuerpo parecía estar escuchando.

También escuchó; de hecho, estaba demasiado asustado para hacer otra cosa; los sonidos que lo habían despertado se volvían cada vez más nítidos, un susurro sigiloso que se acercaba cada vez más, parecía subir y subir, tras el friso. «Son ratas», pensó el joven, aunque le castañeteaban los dientes de miedo. Pero entonces vio lo que lo disuadió de esa idea: el destello de una vela o lámpara a través de una grieta en el revestimiento. Intentó levantarse, se esforzó por gritar, todo en vano. No recordó nada hasta que despertó y encontró la luz grisácea de una mañana temprana colándose por una de las contraventanas que había dejado entreabierta.

Durante horas después de su desayuno, que apenas probó, mucho después de que William lo dejara al mediodía, Graham Coulton, tras haber inspeccionado la casa larga y detenidamente, se sentó a pensar frente al fuego; luego, aparentemente decidido, se puso el sombrero que había comprado y salió. Cuando regresó, oscurecía, pero las aceras estaban llenas de gente que iba de compras, pues era Nochebuena, y todos los que tenían dinero para gastar parecían empeñados en comprar.

Era terriblemente lúgubre dentro de la vieja casa esa noche. Graham sintió que esa fantasmal figura vagaba tristemente por las habitaciones desiertas. Al darle la espalda, supo que iba del espejo al fuego, del fuego al espejo. Pero ya no le tenía miedo a ella; le asustaba mucho más otro asunto que había abordado ese día.

El horror de la casa silenciosa crecía cada vez más en él. Podía oír los latidos de su propio corazón en la quietud sepulcral que reinaba desde el desván hasta el sótano.

Por fin llegó William; pero el joven no le dijo nada de lo que pasaba por su mente. Le habló con alegría y esperanza, preguntándose dónde creería su padre que se había metido y esperando que el señor Tynan le enviara un poco de pudín navideño. Entonces el hombre dijo que era hora de irse, y, cuando el señor Coulton bajó a la puerta del recibidor, se dio cuenta de que la llave no estaba puesta.

—No —fue la respuesta—, la saqué hoy para aceitarla.

—Necesitaba aceitarse —asintió William—, porque se endurecía muchísimo.

Tras pronunciar esta obviedad, se marchó.

Muy lentamente, el joven regresó al salón, donde se detuvo para cerrar la puerta por fuera; luego, quitándose las botas, subió a la azotea de la casa, donde, entrando en el ático delantero, esperó pacientemente en la oscuridad y en silencio. Pasó mucho tiempo, o al menos le pareció mucho, antes de que oyera el mismo sonido que lo había despertado la noche anterior: un susurro sigiloso, luego una ráfaga de aire frío, pasos cautelosos, la silenciosa apertura de una puerta abajo.

No tardó tanto en actuar. En un instante, salió al rellano y cerró una parte del revestimiento de la pared que estaba abierto. Regresó sigilosamente a la ventana del ático, la abrió y se oyó un traqueteo, cuyo eco resonó a lo lejos y cerca por las calles desiertas. Luego, bajando las escaleras, se encontró con un hombre que, tras adelantarlo como una flecha, se dirigió al rellano superior; pero, al ver cerrada la vía de escape, volvió a bajar corriendo, encontrando a Graham forcejeando desesperadamente con su compañero.

—El cuchillo, vamos —dijo con furia; y al instante siguiente, Graham sintió algo como un hierro candente atravesándole el hombro, y luego oyó un golpe sordo: uno de los hombres, tropezando en su rápida huida, cayó de lo alto de las escaleras al suelo.

En ese mismo instante se oyó un estruendo, como si la casa se derrumbara, y débil, enfermo y sangrando, el joven Coulton yacía inconsciente en el umbral de la habitación donde habían asesinado a la señorita Tynan.

Cuando se recuperó, estaba en el comedor, y un médico le examinaba la herida.

Cerca de la puerta, un policía montaba guardia. El salón estaba lleno de gente; toda la miseria y el vagabundeo que abundaban en las calles a esa hora se agolpaban para ver qué había sucedido. En medio de todo esto, dos hombres eran trasladados a la comisaría: uno, con la cabeza herida, en camilla; el otro, esposado, profiriendo espantosas imprecaciones mientras se marchaba.

Al cabo de un rato, la chusma se fue, la policía tomó posesión de la casa y mandaron a buscar al señor Tynan.

—¿Qué fue ese ruido tan espantoso? —preguntó Graham débilmente, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

—No lo sé. ¿Hubo algún ruido? —dijo el señor Tynan, haciéndole caso a su imaginación.

—Sí, en el salón, creo; la llave está en mi bolsillo.

Haciéndole caso al muchacho herido, el señor Tynan tomó la llave y subió corriendo las escaleras.

¡Qué espectáculo se presentó ante sus ojos al abrir la puerta! El espejo se había caído, yacía por el suelo hecho mil pedazos; el marco se había derrumbado por su peso, y la losa de mármol también estaba hecha añicos. Pero no fue esto lo que captó su atención.

Cientos, miles de piezas de oro estaban esparcidas por todas partes, y una abertura tras el cristal contenía cajas llenas de títulos de crédito, entre escrituras y bonos, cuya posesión le había costado la vida a su hermana.

—Bueno, Graham, ¿qué quieres? —preguntó el almirante Coulton esa noche cuando su primogénito apareció ante él, algo pálido, pero por lo demás inalterado.

—No quiero nada —fue la respuesta—, salvo pedirte perdón. William me ha contado toda la historia que desconocía; y, si me lo permites, intentaré compensarte por las molestias que has tenido. Estoy bien —continuó el joven con una risa nerviosa—. He amasado mi fortuna desde que te dejé, y también la de otro hombre.

—Creo que estás loco —dijo secamente el almirante.

—No, señor, los he encontrado —fue la respuesta—; y pienso esforzarme y mejorar mi vida de lo que habría sido si no hubiera ido a la vieja casa de Vauxhall Walk.

—¡Vauxhall Walk! ¿De qué hablas, muchacho?

—Se lo diré, señor, si me permite sentarse —fue la respuesta de Graham Coulton, y luego contó su historia.

Charlotte Riddell (1832-1906)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Riddell.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Riddell: La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Charlotte Riddell: relatos.


Charlotte Riddell: relatos.




Charlotte Riddell —Charlotte Eliza Lawson Riddell (1832-1906)— fue una popular escritora irlandesa particularmente influyente en el relato de fantasmas del período victoriano.

En esta sección de El Espejo Gótico compartiemos algunos de los mejores cuentos de Charlotte Riddell.




Relatos de Charlotte Riddell.
  • La puerta abierta (The Open Door)
  • La vieja casa en Vauxhall Walk (The Old House in Vauxhall Walk)
  • Agua de hadas (Fairy Water)
  • Alaric Spenceley (Alaric Spenceley)
  • Austin Friars (Austin Friars)
  • Berna Boyle (Berna Boyle)
  • Ciudad y suburbio (City and Suburb)
  • Cómo pasar un mes en Irlanda (How to Spend a Month in Ireland)
  • Conn Kilrea (Conn Kilrea)
  • Demasiado solo (Too Much Alone)
  • Él amó y se fue (He Loved and He Rode Away)
  • El esposo rico (The Rich Husband)
  • El misterio en los jardines del palacio (The Mystery in Palace Gardens)
  • El mundo en la iglesia (The World in Church)
  • El nieto de Zuriel (Zuriel's Grandchild)
  • El oficial del gobierno (The Government Official)
  • El río embrujado (The Haunted River)
  • El socio principal (The Senior Partner)
  • El último Squire Ennismore (The Last of Squire Ennismore)
  • Granja Nut Bush (Nut Bush Farm)
  • Hace mucho (Long Ago)
  • Hogar, dulce hogar (Home, Sweet Home)
  • La advertencia de Hertford O'Donnell (Hertford O'Donnell's Warning)
  • La advertencia de la banshee (Banshee's Warning)
  • La carrera por la riqueza (The Race for Wealth)
  • La casa deshabitada (The Uninhabited House)
  • La desaparición del señor Jeremiah Redworth (The Disappearance of Mr. Jeremiah Redworth)
  • La espada oxidada (The Rusty Sword)
  • La historia de Diarmid Chittock (Diarmid Chittock's Story)
  • La maldición de la monja (The Nun's Curse)
  • La pasión dominante (The Ruling Passion)
  • Las señoritas Popkin (The Misses Popkin)
  • La vieja señora Jones (Old Mrs. Jones)
  • Linda Peggy (Pretty Peggy)
  • Los páramos y los pantanos (The Moors and the Fens)
  • Margaritas y ranúnculos (Daisies and Buttercups)
  • Maxwell Drewitt (Maxwell Drewitt)
  • Mi primer amor (My First Love)
  • Phemie Keller (Phemie Keller)
  • Porqué el doctor Cray dejó Southam (Why Dr. Cray Left Southam)
  • Prevenido, preparado (Forewarned, Forearmed)
  • Sandy el hojalatero (Sandy the Tinker)
  • Solo una carta perdida (Only a Lost Letter)
  • Susan Drummond (Susan Drummond)
  • Una lucha por la fama (A Struggle for Fame)
  • Una terrible venganza (A Terrible Vengeance)
  • Una tormenta en una taza de té (A Storm in a Tea Cup)
  • Un extraño juego de Navidad (A Strange Christmas Game)
  • Un ligero malentendido (A Slight Misapprehension)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Charlotte Riddell: relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La puerta abierta»: Charlotte Riddell; relato y análisis


«La puerta abierta»: Charlotte Riddell; relato y análisis.




La puerta abierta (The Open Door) es un relato de fantasmas de la escritora irlandesa Charlotte Riddell (1832-1906), publicado en la antología de 1882: Historias extrañas (Weird Stories).

La puerta abierta, uno de los mejores cuentos de Charlotte Riddell, regresa sobre uno de los temas principales del relato de terror en la era victoriana: lo sobrenatural; en este caso, a través de dos elementos clásicos del género que se superponen sobre un tercer completamente inaudito: una misteriosa casa embrujada, una aparición fantasmagórica, y una condenada puerta que sencillamente no puede cerrarse.

En este sentido, Charlotte Riddell logra en La puerta abierta uno de los mejores relatos paranormales de la época; por cierto, injustamente olvidado, sobre todo si lo comparamos con la popularidad de otros grandes autores irlandeses del período, como Fitz James O'Brien, Sheridan le Fanu y Bram Stoker, entre otros.




La puerta abierta.
The Open Door, Charlotte Riddell (1832-1906)

Hay personas que no creen en fantasmas. Por la misma razón en la que hay personas que no creen en nada, personas a las que su incredulidad lleva incluso a negar cuanto concierne a la puerta abierta de Ladlow Hall.

Dicen que no estaba del todo abierta, sólo entornada, y hasta que hubieran podido cerrarla de haber querido hacerlo; dicen también que todo el caso no es más que un delirio; y que incluso se trata de una conspiración, pues dudan hasta de que pueda haber sobre la faz de la tierra un lugar como Ladlow Hall, pues ya lo buscaron sin éxito la primera vez que estuvieron en Meadowshire.

Así es como han saludado esta historia, no publicada hasta el presente, algunos de mis amigos y conocidos. Otra cosa es cómo pueda ser recibida por los extraños. Voy a relatar, pues, qué me sucedió exactamente, cómo fueron los hechos, para que así puedan los lectores aceptarlos o rechazarlos, según la apreciación que hagan del interés de la historia. No me es preciso pedir fe y comprensión para esta historia de fantasmas, ni buscarla a lo largo y ancho del mundo. Si así fuera, abandonaría la pluma definitivamente.

Acaso, antes de continuar, deba establecer la premisa siguiente: hubo un tiempo en el que yo mismo no creí en los fantasmas. Si me hubieran preguntado una mañana de verano de hace un montón de años, al encontrarme en el Puente de Londres, si en mi opinión eran posibles tales apariciones, hubiera respondido sin la menor duda: No. Pero, en aquellos tiempos, me era por completo desconocida la historia de la puerta abierta.

Ahora, con el permiso de ustedes, paso a referirla sin más demora.

—¡Sandy!

—¿Qué se le ofrece?

—¿Te gustaría ganarte unas monedas?

—¡Claro que sí!

Algo interrumpió bruscamente el diálogo, pero eso era habitual en las oficinas. Aclaro además que yo no me llamo Sandy, aunque los demás oficinistas y cajeros me digan así a causa de que mi aspecto, según ellos, es el propio de un escocés blancuzco y pelirrojo, como uno de esos personajes, a buen seguro, a los que ven en el teatro. De esto quizá pueda colegirse que no soy precisamente un tipo bien parecido, lo cual es cierto; en realidad soy el espécimen más feo de toda mi familia, cosa que me resulta imposible negar, como tampoco puedo negar que realmente estuve mucho tiempo descontento conmigo mismo en todo, absolutamente en todo, y que no me placía nada mi empleo como chupatintas en una oficina de subasteros y agentes comerciales, y que mucho menos me gustaban mis jefes. En suma, y aunque pueda parecer extraño, lo cierto es que éstos, sin embargo, me demostraban una cordial antipatía.

—Bueno —siguió diciendo Parton, mi jefe directo desde hacía varios años, un sujeto que se complacía especialmente en burlarse de mí y fastidiarme—, pues te diré qué tienes que hacer.

—¿Qué he de hacer? —pregunté, pues temía que estuviera burlándose de mí una vez más.

—¿Recuerdas la casa que hemos alquilado a Carrison, el mayorista de té?

Carrison comerciaba con China y poseía una flotilla de barcos y varios almacenes. Pero no sabía muy bien qué pretendía Parton, así que me limité a asentir.

—Alquiló esa casa por varios años, pero no puede vivir ahí, según parece; nuestro supervisor general ha dicho esta misma mañana que dará un par de soberanos a quien descubra cuál es el problema, además de pagarle el viaje hasta allí, claro.

—¿Dónde es? —pregunté sin volverme hacia él, aunque apoyando bien los codos sobre mi mesa y tapándome la cara con las manos.

—Está en Meadowshire, en pleno corazón de la hermosa campiña.

—¿Y qué es lo que le pasa? —pregunté.

—Pues que no puede cerrar una puerta.

—¿Cómo?

—Que una puerta siempre está abierta, si prefieres que te lo diga así —respondió Parton.

—Me está tomando el pelo.

—Podría ser, pero no es el caso, y te aseguro que Carrison tampoco pretende burlarse de nosotros; tenías que haberlo visto, todo encorajinado; y Fryer se preocupó mucho al verlo así, igual que yo mismo. Después de eso se cruzaron varias cartas, y en la última Carrison amenazaba con acudir a sus abogados. Aunque me temo que por esa vía no hallará la solución.

—Y dígame —me interesé por primera vez en el asunto—, ¿por qué no se puede cerrar esa puerta?

—Dicen por ahí que es una casa embrujada.

—¡Qué estupidez! —exclamé.

—Bueno, hemos pensado que eres la persona idónea para cazar a ese fantasma. Lo pensé en cuanto el viejo Fryer me contó el caso.

—Y si no pueden cerrar la puerta —dije mientras seguía el curso de mis pensamientos—, ¿por qué no la dejan abierta?

—No tengo la menor idea. Sólo sé que hay dos soberanos esperando un dueño. Y que te he hecho el regalo de contarte todo esto, por si te los quieres ganar.

Y sin decir más, Parton se quitó el sombrero y comenzó a dedicarse a su trabajo, que consistía en ver qué hacían los empleados a su cargo.

Hay una cosa que debo comentar acerca de nuestras oficinas: no se puede decir que fuésemos muy serios en el trabajo. Algo, por lo demás, que me parece pasa en todas las oficinas. Pero sí puedo afirmar que ocurría en las nuestras. Siempre estábamos bromeando, charlando, contando historias estúpidas, dejando para más tarde el trabajo por hacer, mirando el reloj, contando las semanas que faltaban para el próximo día de San Lubbock, contando los días que faltaban para el próximo sábado.

No es menos cierto, sin embargo, que todos queríamos ganar más, y que nos parecía que nuestros salarios eran bajos. Yo ganaba veinte libras al año, lo que apenas me daba para comer decentemente. Mi madre y mis hermanas me hacían ver este punto con mucha claridad, y cuando necesitaba dinero para ropa odiaba mencionárselo a mi pobre y atribulado padre. Al parecer habíamos dispuesto de mayores comodidades en otro tiempo, pero la verdad es que ya no recordaba cuándo. Mi padre tuvo una pequeña propiedad en el campo, años atrás, pero no pagó a tiempo a cierto banco, tampoco recuerdo qué banco, y se la embargaron por no satisfacer los intereses de un crédito. En suma, que vivíamos todos con unas cien libras al año, gracias a los esfuerzos y a la buena administración que hacía mi madre.

Claro que quizá nos hubiéramos manejado mejor, cuando mi padre tuvo aquella propiedad en el campo, de no haber sido tan cursis, y de no haber tratado de vivir siempre por encima de nuestras posibilidades, al extremo de hacer que nuestros acreedores nos trataran finalmente con vara de hierro. Antes de aquel triste final, una de mis hermanas contrajo matrimonio con el hijo menor de una muy distinguida familia, pero aunque es verdad que vivían muy bien, siempre nos mantuvo a raya. Mi hermano, por su parte, era también un simple chupatintas, que se esforzaba en mantener las apariencias, como toda la familia.

Aquello debió ser realmente triste para mi padre, siempre agobiado por las deudas, siempre devolviendo letras de cambio, siempre luchando contra la escasez de dinero. En lo que a mí respecta, creo que me hubiese vuelto completamente loco de no haber contado con el feliz refugio que me brindaba la casa de mi tía, a la que acudía cuando estaba triste y no hallaba consuelo. Era la hermana de mi padre, pero como decía mi madre, que se negaba a reconocer la relación, se había casado con alguien inferior a ella. Compréndanse, pues, las razones por las que aquellos dos soberanos de que me había hablado Parton tintineaban en mi cabeza.

Necesitaba el dinero. Puedo jurar que nunca había dispuesto de seis peniques para mis gastos, así que, si me ganaba aquellos dos soberanos, bien podría comprarme algunas cosas que me apetecían mucho, y regalar a mi padre un paraguas nuevo. Primero pensé en ganarme los dos soberanos, claro; después pregunté cuánto nos pagaba el señor Carrison por el alquiler de aquella casa de Ladlow Hall, y luego me dije que a buen seguro me pagaría él mismo más de dos soberanos si conseguía largarle de allí al fantasma. Acaso pudiera sacar de todo aquello unas diez libras, o hasta veinte libras. Por eso no dejé de pensar en ello el resto del día, y por eso soñé aquella noche con todo eso y, mientras me vestía a la mañana siguiente para ir a trabajar, resolví hablar del asunto con el propio señor Fryer.

Lo hice. Dije al caballero en cuestión que Parton me había contado el caso, y que si él, el señor Fryer, no tenía nada que objetar, trataría con mucho gusto de resolver aquel misterio. Añadí que estaba acostumbrado a vivir en casas deshabitadas —lo que no era cierto— y que no perdería los nervios, por ello, en ningún caso; también le dije que no creía en fantasmas, por lo que no les tenía miedo, como tampoco se lo tenía a los ladrones.

—Nunca imaginé que sería usted capaz de algo así —me dijo—. Claro está, si no hay solución, no hay paga. Permanezca en la casa durante una semana entera, y si al cabo de ese tiempo es usted capaz de cerrar la puerta, echar el cerrojo y asegurarla bien, incluso con clavos, si hace falta, envíeme un telegrama y me presentaré allí para comprobarlo. Si no lo consigue, limítese a regresar. Por otra parte, no tengo inconveniente en que alguien le acompañe, si así lo quiere usted.

Le di las gracias, pero asegurándole que no precisaba de compañía.

—Hay una cosa que sí me gustaría, señor —dije.

—¿De qué se trata? —me interrumpió.

—De un poco más de dinero, señor —respondí—. Si cazo a ese fantasma y lo expulso, creo que merecería algo más.

—¿Y cuánto cree usted que merecería cobrar en ese caso? —me preguntó el señor Fryer.

Su tono me hizo bajar la guardia; se mostraba tan educado y conciliador que respondí con modestia.

—Bueno —dije—, si el señor Carrison no puede habitar ahora su casa, y teniendo en cuenta lo que paga de alquiler por ella, y el alto porcentaje que nos llevamos de dicho pago, quizá no tenga usted inconveniente en darme veinte libras.

Fryer se volvió para abrir uno de los libros que tenía sobre su escritorio, pero me di cuenta de que no leía nada.

—¿Cuánto tiempo lleva usted con nosotros? Es usted Edlyd, ¿verdad? —me preguntó.

—Mañana hará once meses, señor —respondí.

—Y cobra usted semanalmente. Cuatro veces al mes, ¿no es así?

—Así es, señor —me percaté de que me temblaba la voz, aunque no sabía decirme entonces qué era lo que me daba miedo.

—Bien, pues tenga usted la bondad de venir por su paga hoy mismo, antes de irse. Le pagaré tres meses de sueldo, y todo arreglado, ¿de acuerdo?

—Creo que no le comprendo, señor —comencé a decir, pero me interrumpió de inmediato.

—Pues yo sí lo comprendo, y ya he tenido bastante. Ya he tenido suficiente con usted y con los aires que se da; y ya estoy harto de su indiferencia, por no hablar de su insolencia. Nunca he tenido un empleado que me haya desagradado tanto como me desagrada usted. Se atreve usted a venir y dictarme condiciones, ¡qué descarado! No, usted no irá a Ladlow. ¡Pobre diablo! Cualquiera se conformaría con media guinea por hacer eso y a usted no le valen dos soberanos. Y eso que aún es usted joven.

—¿Quiere decir que me echa del trabajo, señor? —le pregunté con desesperación—. No creo haberle ofendido.

—Será mejor que no diga más —me interrumpió—; ya estoy harto de oírle. Me parece que usted nunca se ha enterado de cuál es su lugar en este negocio, y creo que no será capaz de enterarse. No sé cómo pude ser tan imbécil como para contratarle; al parecer tenía usted ciertas relaciones interesantes, pero nada de eso; sus relaciones no me sirven de nada. Creo que no tiene usted un solo amigo que me haya dado a ganar un penique. Y me parece que tampoco ha traído usted ningún buen negocio a esta casa, ni siquiera un negocio que lo beneficiara a usted mismo, y cuanto antes acabe usted en Australia —aquí se mostró muy enfático— y lo perdamos de vista, mejor será para todos y más tranquilo me sentiré yo.

No dije una palabra. No podía. Sus ademanes eran suficientemente explícitos; no era el momento de que yo intentara decir o hacer algo. Sacó cinco libras de su caja y las arrojó sobre la mesa; luego me extendió un recibo, me pidió con un gesto que lo firmara, y también con un gesto me dijo que me largase de allí. Tanto me temblaba la mano que apenas podía sostener la pluma entre los dedos. Tuve, no obstante, la presencia de ánimo suficiente como para meter la mano en mi bolsillo y sacar una libra, cuatro peniques y tres chelines que por suerte llevaba conmigo.

—No puedo cobrar por un trabajo que no he hecho —dije poniendo a mi vez aquel dinero sobre la mesa, para darle el cambio a Mr. Fryer; lo hice a la vez con ardor y con pena—. Buenos días —añadí y me fui con la mayor dignidad posible.

Antes, sin embargo, tomé de mi escritorio las pocas pertenencias que allí tenía, ordené los papeles, y le dije a Parton si era tan amable de entregar la llave a Fryer.

—¿Qué ha ocurrido? —me preguntó—. ¿Es que te marchas?

—Sí, me largo —dije.

—¿Te ha echado?

—Exactamente.

—Bueno, yo... —comenzó a decir Parton.

No quise pararme a oír ningún comentario, así que dije adiós a quienes habían sido hasta entonces mis compañeros de trabajo y me sacudí de los pies el polvo de la oficina. No quería regresar a casa, sin embargo, así que me pasé el tiempo vagando sin rumbo fijo, basta que me di cuenta de que había llegado a Regent Street. Allí me encontré con mi padre, que me pareció más atribulado que nunca.

—¿Crees, Phil —me dijo, pues me llamo Theophilus—, que podrías pedir a tus jefes un anticipo de dos o tres libras?

Mantuve un discreto silencio, aunque sin dejar de pensar en lo que me había sucedido, y al fin pude responderle.

—Claro que sí —dije.

—¡Qué bien, hijo mío! Necesitamos de veras ese dinero —me respondió.

No le pregunté la razón de aquella urgente necesidad. ¿Para qué precisaría de aquel dinero? Quizás fuera para pagar el gas, o el agua, o al carnicero, o al panadero, o al zapatero. Bueno, daba igual; ya estábamos acostumbrados a esas cosas, a llevar esa vida. Me pregunté una vez más si podría casarme algún día. Y entonces me acordé de Patty, mi prima, tan hermosa, tan exquisita. Una chica de lo más sensible y dulce, que con su sola presencia podría hacer que luciera siempre el sol en la casa de un pobre.

Mi padre y yo echamos a andar; yo iba en silencio, abatido, cuando de golpe se me ocurrió una idea. Fryer no me había tratado precisamente bien, ni siquiera medio bien. Pero podría devolvérsela, más o menos en sus propios términos. Así que iría a hablar directamente con Carrison. Apenas lo pensé y lo hice. Tomé un ómnibus y me fui alejando lentamente de la ciudad. Como otros muchos hombres de su posición, Carrison era difícil de ver; tanto, que el empleado que me atendió me dijo que me resultaría del todo imposible hacerlo. Tendría, para ello, que cursar una petición expresa por escrito, que dicho empleado tramitaría, y quizá me atendiera más adelante. Pero le dije que no haría petición alguna por escrito. Aquel hombre me preguntó entonces qué me proponía. Mi respuesta fue muy simple. Me quedaría allí, sin moverme, hasta que pudiera hablar con Carrison. En la oficina no había nadie esperando. Me dio lo mismo que me dijese que nadie podía esperar allí. Dije entonces que de acuerdo; que esperaría en la calle.

—Hasta donde yo sé —solté al empleado—, la calle no le pertenece a Carrison.

Me dijo que tuviese cuidado, que me estaba complicando las cosas de mala manera. Respondí diciéndole que sólo aguardaba mi oportunidad. Comenzamos entonces a debatir la cuestión. Y así estábamos, cada uno exponiendo sus argumentos, el chupatintas aludiendo de continuo a Carrison como un caballero joven y muy educado, eso que suelen decir de sí mismos ciertos caballeros, cuando de golpe ambos guardamos silencio al ver ante nosotros a un hombre, efectivamente joven aún, distinguido y apuesto, que hizo una pregunta tan inevitable como dicha en tono autoritario.

—¿A qué viene tanto ruido? —dijo.

—Quiero ver a Mr. Carrison y no se me permite que lo haga —dije.

—¿Y qué quiere usted de él?

—Sólo puedo decírselo a él mismo.

—Muy bien, adelante. Yo soy Carrison.

De golpe me sentí avergonzado de mi insistencia, de mi pugnacidad; de inmediato, sin embargo, eso que Fryer había llamado mi insolencia, acudió a rescatarme de mi propia sensación, y dando un par de pasos hacia él, y quitándome el sombrero, dije:

—Quiero hablar con usted acerca de Ladlow Hall, con su permiso, señor.

Cambió de súbito la expresión de su cara. A su sonrisa despectiva sucedió un gesto de irritación y completa inmovilidad, coronado por la violenta contracción de su entrecejo, algo que le borraba por completo su contención de antes.

—Ladlow Hall —soltó al fin—. ¿Y qué demonios tiene usted que decirme a propósito de Ladlow Hall?

—Creo que tengo algo importante que decirle —seguí mientras me percataba de que una angustia mortal se apoderaba de la oficina.

Aquel silencio parecía acrecentar en él su interés por el asunto, pues miró con gesto duro a sus empleados, que ni rasgaban el papel con sus plumas ni movían un dedo siquiera.

—Sígame, por favor —me dijo entonces un tanto abruptamente. Un poco después estábamos en su despacho.

—Y bien, ¿de qué se trata? —inquirió dejándose caer en la silla de su escritorio, indicándome con un gesto que tomara asiento, pues me había quedado de pie, sombrero en mano, en mitad del despacho.

Comencé a hablar. Puedo decir que era un hombre que sabía escuchar, que prestaba la atención debida. Hablé largamente, hasta contárselo todo. Lo hice como el buen oficinista que era, dándole cuenta pormenorizadamente de lo que sabía, e incluso, también como buen oficinista que era yo, permitiéndome opinar al respecto. Cuando acabé, guardó silencio unos instantes, en actitud reflexiva. Finalmente se decidió a hablar.

—Supongo que ha oído usted hablar mucho de Ladlow Hall, le veo muy bien informado —dijo hablando despacio.

—He oído decir sólo lo que le he contado, señor —respondí.

—¿Y a qué viene tanto interés por su parte en resolver ese misterio?

—Señor, necesito ganar algo de dinero. Allá donde veo dinero, allá que trato de conseguirlo —le confesé.

—¿Cuántos años tiene usted?

—Cumplí veintidós en enero.

—¿Cuánto le pagan en la Frimpton?

—Veinte libras al año, señor —respondí.

—¡Vaya! Mucho más de lo que se merece usted, a buen seguro.

—Eso opina el señor Fryer, señor —dije dolido.

—¿Y cuál es su opinión al respecto? —preguntó sonriente, me pareció que a despecho de sí mismo.

—Creo sinceramente que trabajo más y mejor que el resto de los empleados de la firma —respondí sin vacilación.

—Bueno, me parece que eso no quiere decir mucho —era su opinión, así que no dije nada, no lo interrumpí—. Me parece que no es usted, sin embargo, un oficinista corriente —siguió diciendo Carrison mientras me observaba con interés creciente—. ¿Acaso no le gusta el trabajo que hace?

—No mucho, señor.

—Pues si es así, me parece que quizá debiera usted emigrar, sí, eso es —dijo mirándome ahora críticamente.

—El señor Fryer me dijo que mi lugar está en Australia, o en la… —me detuve a tiempo, para no repetir lo que me había dicho el caballero mentado.

—¿Dónde? —preguntó Carrison.

—En la mierda —dije con gesto de pedir perdón.

Carrison rió entonces, echándose hacia atrás en la silla, de buena gana. Yo también me reí, un tanto confuso, sin embargo. Al fin y al cabo, veinte libras eran veinte libras, y esa suma ridícula, ese salario escaso, me golpeaba insistentemente en el recuerdo ahora que lo había perdido. Hablamos durante un largo rato. Se interesó por mi padre, por mi niñez, por las circunstancias presentes de mi familia y por el sitio donde vivíamos; también me preguntó por la gente con la que solía tratar, y en realidad me hizo tantas preguntas que ya no soy capaz de recordarlas.

—La verdad es que todo ese embrollo parece cosa de locos —dijo después—, pero bueno, lo cierto es que estoy dispuesto a confiar en usted. La casa en cuestión está ahora mismo completamente vacía. No puedo vivir en ella, ni puedo realquilarla, pues ya corren rumores sobre el fantasma. Claro está, saqué de allí todos los muebles, salvo algunas cosas que siempre estuvieron en la casa, utensilios y objetos diversos que pertenecieron a lord Ladlow. Esa casa me supone una pérdida constante, una inversión estúpida, pues ya sabe usted que la tengo alquilada por mucho tiempo. No creo que consiga usted nada, sin embargo, pues ya lo intentaron otros y ahí sigue el misterio sin resolver. No obstante, si quiere probar, adelante, no tengo inconveniente en que lo haga; estoy dispuesto a hacer negocio con usted, por lo que le pagaré una cantidad razonable por cada noche que pase en esa maldita casa; y si encima consigue algo realmente bueno para mí, le daré diez libras más. Por supuesto que tengo por seguro que no me ha mentido usted ni con respecto a la casa ni con respecto a sí mismo, por lo que acepto su palabra. No obstante, ¿hay alguien en la ciudad que pueda darme referencias sobre usted?

No sabía de nadie, salvo de mi tío, el marido de mi tía. Advertí a Carrison que no se trataba de un anciano, ni de un hombre rico, pero le confesé también que no sabía de nadie más que pudiera darle referencias sobre mí.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Robert Dorland, de la Cullum Street! Pero si es cliente nuestro. Si él me ofrece garantías sobre el buen comportamiento de usted, estaré más que satisfecho, no me harán falta más referencias. Vamos.

Y para mi mayor alegría, se levantó, se puso el sombrero, me condujo a través de la oficina hasta la calle, y poco después caminábamos en dirección a la Cullum Street.

—¿Conoce usted a este joven, señor Dorland? —dijo ya ante el escritorio de mi tío, poniéndome una mano en el hombro.

—Claro que sí, señor Carrison —respondió mi tío, un tanto amoscado, sin embargo; luego me confesaría que temió entonces que hubiese hecho algo malo—. Es mi sobrino.

—¿Y qué opinión le merece su sobrino? ¿Cree sinceramente que es un buen muchacho, alguien digno de mi mayor confianza?

—Eso depende de lo que quiera de él —respondió mi tío sonriendo ampliamente.

—Pretendo de él sinceridad, fidelidad.

—Pues yo, en su caso, buscaría a otro —dijo mi tío.

—¡Pero, tío! —protesté, temeroso de que se extendiera sobre algunas cosas que realmente me desagradaban, como trabajar duro.

Mi tío abandonó entonces su sarcasmo y, poniéndose de pie ante la chimenea apagada, le hizo un guño a Carrison.

—Adelántele usted cinco libras, Dorland, por favor, que le haré llegar un cheque de inmediato —dijo Carrison volviéndose hacia donde estaba yo— Usted aceptará usted esas cinco libras, que me descontará luego del total— Y me escribirá usted todos los días, a mi dirección particular, contándome cómo van las cosas. Si en algún momento se siente incapaz de concluir su tarea, abandone sin más, luego de comunicármelo. Buenas tardes —y sin más formalidades dio media vuelta y salió.

Naturalmente, antes de partir tenía que ver a Patty; aún no estábamos casados y, aunque a veces me parecía que nunca podríamos hacerlo, ya era mi media naranja, como lo sigue siendo ahora. La verdad es que no me arrojó un jarro de agua fría, ni se disgustó conmigo cuando le conté el asunto.

—Me gustaría acompañarte, Phil —fue cuanto dijo después de escucharme, con su carita angelical brillando de entusiasmo.

Bien sabe el cielo que a mí también me hubiera gustado que me acompañase.

A la mañana siguiente me levanté antes de que pasara el lechero. Dije a los míos que tenía que salir de la ciudad por cosas de trabajo. Patty y yo lo habíamos preparado todo minuciosamente. Desayunaría y me vestiría en su casa con la ropa adecuada para el viaje, pues el traje de trabajar no sería el más a propósito en Ladlow. Además, eso era algo en lo que mi padre y yo nunca nos poníamos de acuerdo, en mi manera de vestir, ni siquiera cuando usaba mi traje de trabajo, que a él siempre le parecía excéntrico, una niñería, como decía; mi hermano, por su parte, un hombre también muy formal, que jamás se permitía excentricidades, solía reírse de mí porque, según él, dada mi manera de vestir y de comportarme, parecía jugar yo a los soldaditos. En fin, que Patty y yo habíamos acordado que me vistiese en casa de su padre de la forma que más conveniente me pareciera.

Joven como lo era entonces, me entusiasmaba la perspectiva de ir a Ladlow con mi rifle y un revólver. Me sentía todo un conquistador capaz de derrotar a un ejército. La tarde era magnífica cuando me vi caminando por los senderos que cruzaban el corazón de la campiña de Meadowshire. A cada paso, con cada latido de mi corazón, más amaba aquel lugar que se me antojaba maravilloso, aquella espléndida, grande y luminosa campiña: hierba verde y húmeda, las espigas azotando el aire para llenar tus oídos con su melodioso cántico, regatos y arroyuelos serpenteantes, un brazo de río que parecía emerger de una ensoñación, pequeñas casas de campo, preciosas y antiguas casonas con huerto, aquí y allá.

Pensé que ya no querría regresar jamás a Londres, sin duda porque debo ser uno de los pocos seres de este mundo que aman el campo y detestan las ciudades. Caminé y caminé durante mucho tiempo, y en un punto de mi camino, como no estaba muy seguro de la dirección a seguir, por temor a extraviarme, pregunté cómo ir hasta Ladlow Hall a un hombre con el que me crucé bajo una arcada formada por las copas de los árboles, un hombre que tiraba de un poderoso percherón, y a cuyo lado iba una muchacha a lomos de un bonito caballo.

—Eso es Ladlow Hall. Ahí no vive nadie —me dijo aquel hombre, señalando con su fusta hacia mi izquierda.

No dijo más. Se limitó a desearme un buen día y siguió su camino. La muchacha que iba a lomos del bonito caballo me sonrió con una leve inclinación de cabeza, para corresponder a mi saludo con el sombrero en la mano. Me sentía feliz. Todo parecía indicar que las cosas comenzaban bien, lo que por fuerza tenía que suponer que acabarían igual de bien. Fui antes a la casa de los guardeses, mostré a la mujer la carta de presentación que me había dado Carrison para ellos, y recibí la llave de la casa.

—¿Estará usted solo en la casa, señor? —me preguntó.

—Sí, claro —dije, acaso de manera tan incomprensible que la mujer no añadió una sola palabra.

El camino hasta la casa se hacía muy angosto cuanto más me aproximaba. Subía en cuesta de leve colina, flanqueado por tilos como nunca antes los había contemplado. Una leve verja de hierro aislaba la campiña de la Finca, y en ésta, entre los troncos de los árboles, pastaba el rebaño, llenándome los oídos de inmediato el tintineo de las campanillas de las ovejas. Desde la verja partía a su vez un largo camino, que recorrí hasta verme, bastante lejos ya de la entrada, ante la casa. Era una construcción cuadrada, sólida, una verísima casona antigua de tres plantas, a cuya puerta principal llevaban unos pocos peldaños. Cuatro ventanas a la derecha de la puerta, en la planta baja, y otras cuatro ventanas a la izquierda. Árboles rodeando toda la construcción. Todas las ventanas, tanto las de la planta baja como las de las plantas superiores, estaban cerradas. La casa parecía ciega. Imperaba un silencio mortal. El sol, sobre los altos árboles, apenas penetraba hasta allí, si bien lejos de la casa reinaba espléndido.

Me quedé un rato dando vueltas sobre mi propio eje para contemplarlo todo en derredor, y al fin subí los peldaños y me planté en el porche. No puedo decir si estaba o no sobrecogido, pues me puse a pensar en el trabajo encargado, un negocio a fin de cuentas, la razón de que hubiera llegado a un lugar tan lejano y solitario, y sin más metí la llave en la cerradura, la hice girar sin problemas y entré en Ladlow Hall. Al principio, sin duda por el mucho rato que había caminado bajo el sol, apenas vi nada, de tan oscuro como era todo en el interior. Casi no podía distinguir lo que había en el vestíbulo; poco a poco se me fueron acostumbrando los ojos a esa oscuridad, y observé entonces que aquel vestíbulo era enorme, y que de allí arrancaba una larga escalera de roble que conducía a las plantas superiores.

El suelo era de mármol blanco y negro. Había dos grandes chimeneas con leña a medio quemar; de las paredes colgaban distintos cuadros y cornamentas. En unos extraños nichos, enormes, había grupos de pequeñas estatuas que por lo general representaban a hombres con armadura. Vista desde fuera, nadie esperaría que la casa albergase aquello, y sólo en su vestíbulo. Me quedé contemplándolo todo a medias entre la sorpresa y la admiración, y comencé a caminar por allí despacio, tratando de fijarme bien en todos los detalles. Carrison no me había dado instrucciones concretas; nada me había dicho de cuál era la estancia de la casa en la que podía hallarse el fantasma. Supuse, sin más, que estaría en la primera planta.

No tenía la menor idea de qué historia podría inspirar todo aquello, si es que había alguna historia que lo alentase. Había salido de Londres sin más noticias que las recibidas de Carrison; por otro lado, no llevaba conmigo más que unas pocas cosas que me había puesto Patty en una cesta, aparte de la pequeña maleta con que me bajé en la estación. En suma, que iba tan desprovisto de impedimenta como de informaciones más concretas sobre el misterio. Así pues, tendría que descubrir dónde se alojaba el dichoso fantasma, y mejor sería hacerlo cuanto antes. Volví a mirar en derredor mío. Nunca había visto tantas puertas. Muchas puertas. Dos de ellas estaban abiertas; una, del todo; la otra, simplemente entornada.

Las puertas eran de roble, sólidas y muy pesadas, bien pulidas y provistas de picaportes igualmente sólidos. Después de cerrarlas comprobé si se abrían fácilmente. Había otra más, cerrada, que no pude abrir pues carecía de llave en su cerradura. Eran puertas muy seguras. Subí entonces por la gran escalera, sintiéndome tan curioso como sin duda han de sentirse los intrusos, y recorrí los corredores tanto de la segunda como de la tercera planta, entré en las habitaciones, prácticamente desnudas, sin muebles, salvo alguna que otra cosa muy vieja, pero de indudable valor: unas sillas, alguna mesa de vestidor, un par de armarios. Casi todas aquellas puertas estaban cerradas, y cerré a mi vez sin problemas las pocas que permanecían abiertas. Luego subí a la buhardilla.

Me encantó. A causa de los árboles que rodeaban la casa no había mucha luz, pero no obstante contemplé desde las ventanas el campo, el bosque y hasta el valle más lejano. Incluso un brazo del río que se adentraba en lo más hondo de la foresta, tras cruzar igualmente un gran plantación. Las ventanas de la buhardilla que daban a la parte trasera de la casa sólo permitíanver un bosque denso detrás de los establos abandonados; pegados a éstos había un alto muro de piedra, junto al cual, a los dos lados de los establos, crecían jardines preñados de tejo y pequeños huertos. Aún más allá, en el lado contrario de donde había visto las ovejas, avisté igualmente vacas y bueyes; y más atrás aún, unas praderas magníficas y campos de maíz.

—¡Qué lugar tan bonito! —exclamé—. Garrison tiene que estar loco si no le gusta vivir aquí —y pensé que disfrutar uno solo de una casa semejante era algo que no tenía precio.

También pensé, sin embargo, que tan encantador paseo como di hasta llegar a la casa quizá me hubiese embobado. En efecto, llevaba ya un rato inmóvil, junto a la ventana desde la que contemplaba todo aquello, y me dije que tenía que comenzar mi trabajo. Así que me dispuse a bajar de nuevo por la escalera. También en la buhardilla, claro está, me entretuve en cerrar las puertas que estaban abiertas, cerrándolas incluso con llave cuando había alguna en sus cerraduras. Ninguna puerta se me resistió. Todas quedaron bien cerradas. Cuando llegué a la planta baja, la luz del día comenzaba a declinar, así que me insté a echar un vistazo cuanto antes a las partes de la casa que aún no había recorrido.

—Comencemos por la cocina —me dije, encaminándome hacia la cocina, a la que se accedía a través de una puerta que había en el fondo del vestíbulo. Desde la puerta, y a través de una especie de pasaje de piedra, llegué a la gran cocina, no sin antes pasar por una muy amplia sala para el personal del servicio, y dependencias tales como la despensa, la lavandería, la carbonera, la bodega, el cuarto donde se hacía la cerveza, los dormitorios del servicio. Pero no podía detenerme en todo eso; el misterio que atribulaba a Mr. Carrison era más importante que todos aquellos lugares de la casa, polvorientos y llenos de botellas vacías, y parecía difícil que en tal ala de la edificación pudiera hallar la respuesta al enigma. Así que salí de allí para atravesar de nuevo el vestíbulo e ir hasta el gran salón de estar, después de lo cual decidiría en qué dormitorio pasar la noche.

Las sombras de la noche incipiente comenzaban a llenarlo todo, así que apreté el paso mientras cruzaba el vestíbulo, pues sentía cierta aprensión ante aquellas figuras que representaban a hombres con armadura; seguramente, la luz de la luna, en breve, las tornaría aún más fantasmagóricas. Tenía que encender la chimenea del salón, o de alguna de las habitaciones de la planta baja, una en la que hubiese una buena provisión de leña. Seguro que ante un buen fuego y después de tomar un té me sentiría mucho mejor, se esfumaría aquella vaga sensación inquietante que sentía, que comenzaba a resultarme opresiva.

Ya se ocultaba el sol allá por donde estaban las vías del ferrocarril en el que había llegado a Ladlow, y supuse que acaso pudiera ver desde la casa, a lo lejos, viajeros llegando a la región; aún, al fin y al cabo, había algo de luz, y eso quizá me permitiese ver a alguien, siquiera a lo lejos. Pero lo que vi entonces fue que una de las puertas que antes había cerrado cuidadosamente estaba abierta, completamente abierta. No había duda, yo había cerrado bien esa puerta, como las otras. Así que aquélla era la habitación, aquélla era la puerta abierta. Permanecí atónito un segundo. Pensé que estaba aterrorizado. Pero no podía consentir en ello, sin embargo. Había ido allí para hacer un trabajo; y allí podía estar el enemigo contra el que tenía que combatir, así que cerré la puerta de nuevo, sin más.

—Ahora iré hasta el fondo del salón y esperaré a ver qué pasa —me dije. Y eso hice. Me dirigí hasta el arranque de la escalera y me giré al llegar. La puerta estaba abierta.

Volví a la habitación, entré llevado de un fiero espasmo de resolución y levanté las persianas. La habitación, con dos ventanales, era amplia, enorme, de veinte por veinte (lo supe porque me dediqué a recorrerla de un lado a otro). El suelo, también de roble muy pulido, estaba parcialmente cubierto por una gran alfombra turca. A cada lado de la chimenea había dos huecos, uno ocupado por una estantería para libros, que estaba vacía, y el otro por una cómoda. Había también una cama, y me sorprendió que aquella habitación fuese una alcoba, pues estaba en un lugar ante el que sin duda pasaría mucha gente si la casa era habitada, si contase con el servicio doméstico al completo. Vi unas sillas, muy antiguas pero de madera noble, cubiertas con una sábana. Junto a la cama había una puerta pequeña, lo que me sorprendió especialmente pues no era habitual, tampoco, en una estancia habilitada como alcoba.

Estaba cerrada con llave; era la única puerta que había visto cerrada con llave hasta entonces. No obstante, como tenía puesta la llave en la cerradura, abrí. La puerta daba paso a una habitación pequeña y un tanto sobrecogedora; tenía las paredes empapeladas en un tono oscuro y el suelo era negro y brillante; había en ella dos ventanales que arrancaban del suelo y tenían cortinas de terciopelo, y unos pocos muebles muy viejos; y una cama con dosel de seda; y una chimenea bastante grande.

—Seguro que alguna vez alguien cometió un crimen en esta habitación —me dije, un poco aprensivo. Y me quedé mirando con cierta angustia la puerta. Me había extrañado que el cerrojo cediera tan fácilmente a la vuelta de la llave. No obstante, me aseguré de cerrarla bien, y salí a la habitación más grande, y después al vestíbulo, no sin antes cerrar también la puerta—. Voy a buscar un poco de leña, y ya veremos qué pasa.

Cuando volví, la puerta estaba abierta.

Entonces sonó la campanilla de la puerta de entrada, cuyo sonido hizo un eco rotundo en la planta baja de aquella casa deshabitada y prácticamente vacía. Sentí entonces que los nervios se apoderaban de mí por completo; incluso me pareció que me cambiaba totalmente la expresión del rostro. Pero sólo era el guardes, que se había acercado hasta la casa por ver si precisaba de sus servicios. Le pregunté aliviado si había cerca una estafeta de correos, y me dijo que sí; y que si lo deseaba, podía darle la correspondencia que quisiera, que él se encargaría de depositarla en el buzón antes de que la recogieran, lo que solían hacer a las diez de la noche. No tenía carta alguna que darle, y así se lo dije. Quizá las monedas que le di eran más de lo que esperaba, o acaso le impresionó verme allí solo, pero el caso es que se quedó ante la puerta un momento más y preguntó:

—¿Se va a quedar usted solo aquí toda la noche, señor?

—Completamente solo —respondí sonriendo cuanto me era posible, dadas las circunstancias.

—Ésa es la habitación, señor —dijo desde la entrada señalando hacia la puerta abierta de la habitación, y bajando la voz hasta casi susurrar.

—Ya lo sé —dije.

—Es la puerta que tiene que cerrar usted, ¿no es así? Bien, pues el partido es suyo, señor, juéguelo —y tras hacer este último comentario, que no me pareció muy respetuoso, se alejó lentamente de la casa. Estaba claro que no tenía la menor intención de ayudarme a resolver el enigma.

Miré una vez más hacia la puerta… que ahora estaba abierta del todo. A través de las ventanas de la habitación vi la creciente oscuridad de la noche, apenas tamizada por la luz plateada de la luna, que caía a lo lejos sobre el brazo del río. Me dije entonces que quizá debiera escribir a Carrison y a Patty; es más, sentí entonces la necesidad de hacerlo, así que me senté a una mesa que había en el vestíbulo, encendí una vela que mi amada me había procurado, entre otras cuantas cosas más que podrían resultarme útiles, y redacté sendas cartas. Luego salí al relente, caminando entre las luces declinantes y las sombras, entre los haces de la luna que se dejaban caer con levedad aquí y allá, haces que parecían jugar al escondite entre los troncos de los árboles, el brazo del río y los regatos y arroyuelos que cruzaban la campiña. Caminé tan aprisa como si compitiese contra el tiempo.

La estafeta de correos estaba en Ladlow Hollow, una aldea atravesada por el brazo del río bajo un puente antiguo. A medida que llegaba hasta las pequeñas dependencias de la estafeta, me percaté de que el hombre al que veía era el mismo con el que me había cruzado por la tarde, el que tiraba de un percherón, al que acompañaba una damisela montada en un bonito caballo. Me deseó buenas noches cuando estuve ya a su altura, como lo hizo la muchacha, que también estaba allí. El hombre pasó de largo.

—Su Señoría tiene ya muchos años —dijo la joven, como si lo disculpase, mientras seguía con los ojos al hombre que se alejaba.

—¿Su Señoría? —dije—. ¿A quién se refiere?

—A lord Ladlow, claro —respondió.

—¡Ah!, es que no le conozco —dije con bastante extrañeza.

—Bueno, pues ahí lo tiene, él es lord Ladlow —y señaló al hombre que se alejaba.

Pueden estar seguros los lectores de que ya tenía algo en lo que ocupar mis pensamientos cuando regresaba a la casa. Algo más que en la belleza de la luz de la luna derramándose por doquier y en los aromas de la noche espléndida, o en el rumor de la brisa en los árboles, todo lo cual incrementaba la maravilla del elocuente silencio que me rodeaba. ¡Pero si era lord Ladlow! Lo había supuesto a miles de millas de allí, y resultaba que no, que acababa de verlo caminar en dirección contraria a la de su casa, a la que, sin embargo, me dirigía de vuelta. Yo, una especie de recluso en su mansión desolada...

Oí el rumor de unos arbustos, el sonido de mis pies quebrando unas ramas, y al momento me vi en lo más hondo de la foresta. Quizá mis pensamientos habían hecho que me desviase del camino, pues lo cierto fue que me había adentrado en la plantación. Por unos instantes me sentí perdido, desorientado; estaba claro que no conocía bien el camino, y por ello debí de haber procedido con más cautela, sin entretenerme en otros pensamientos que no fuesen los de no perderme. El caso fue que conseguí salir de allí, al cabo, y retomar el camino, sin ser víctima de ningún cazador oculto en la maleza que me hubiera confundido con un pato.

Cuando al fin entré en la casa, los haces de la luz de la luna penetraban por los ventanales iluminando extraordinariamente el gran vestíbulo. Pude ver así, en toda su perfección, cada una de las estatuas que representaban a hombres con armadura, cada cuadrado blanco y negro de mármol en el suelo, incluso cada una de las piezas de aquellas armaduras. Todo me parecía un sueño; y, en efecto, como realmente me sentía cansado y con sueño por satisfacer, decidí que ya no era el momento ni de encender la chimenea ni de comer algo, ni de preocuparme más por la puerta abierta, hasta la mañana siguiente. Lo mejor sería que durmiese.

Con tal intención saqué algunas cosas de mi pequeña maleta y me dirigí a una de las habitaciones de la primera planta, que ya había escogido por ser pequeña y confortable. Eso sí, cuando me eché en la cama lo hice abrazado a mi rifle. Pero de inmediato me percaté de que el lecho estaba frío. Toqué entonces el suelo y vi que también estaba frío. Nunca había sentido un estremecimiento tan delicioso como el que experimenté entonces. Tenía que vérmelas con la carne y la sangre, y lo haría. Que el cielo me protegiese.

El día siguiente fue luminoso. Desperté con las alondras, me aseé, me vestí, desayuné y eché un nuevo vistazo a la casa antes de que el cartero llegase con la correspondencia. Tenía tres cartas, una de Mr. Carrison, otra de Patty, y una más de mi tío. Di media corona al cartero, de tan feliz como me sentía al tener tanta correspondencia, y le dije que acaso mi presencia en la casa le diese más trabajo del que esperaba.

—No importa, señor —me respondió con una sonrisa de gratitud—. Tengo que pasar por aquí todas las mañanas para ir hasta la casa de la dama.

—¿Y de qué dama se trata? —pregunté.

—De la viuda lady Ladlow —me respondió—. La esposa del difunto lord Ladlow.

—¿Y dónde vive? —insistí, confundido.

—Para llegar a su casa tiene usted que atravesar los lechos de arbustos y la pequeña catarata; luego, a un cuarto de milla del brazo del río, encontrará la casa.

Se fue, no sin antes avisarme de que sólo hacía una entrega diaria de correspondencia, y me fui al cuarto en el que había desayunado para leer las cartas. Primero abrí la de Carrison. Lo más importante:

—No repare en gastos. Si necesita más dinero, telegrafíe —decía.

Después abrí la carta de mi tío. Me pedía que regresara a Londres. Siempre me había tenido por un descerebrado, pero mostraba un gran interés por mí, y prometía ayudarme en todo cuanto le fuera posible si de una vez por todas me decidía a sentar cabeza y a trabajar de veras. Por último abrí la carta de Patty. ¡Que Dios te bendiga, Patty! Por una mujer como ella, y sólo por ella, tenía que resultar triunfante en la batalla, surcar con mi barco los mares más procelosos, resistir cualesquiera tentaciones, amarla sobre todas las cosas. No puedo decir nada sobre su carta, salvo que me insufló aún más fuerza para seguir adelante, para culminar adecuadamente mi tarea.

Me pasé la mañana observando la puerta. La miré tanto desde dentro de mi habitación como desde fuera. Y la miraba con gran suspicacia, como retándola. Busqué una y otra causa por la que pudiera abrirse sola, y sólo llegué a la conclusión de que únicamente se abría cuando dejaba de mirarla. Bastaba con que le diese la espalda para alejarme un poco, y se abría. No podía hacer más, no podía probar a cerrarla con llave, por la mera razón de que aquella puerta, justo aquella puerta, no tenía llave en la cerradura. Bien, debo confesar que hacia las dos de la tarde ya estaba aburrido y desconcertado. A esa hora, sin embargo, tuve visita. Nada menos que el propio lord Ladlow en persona. Quise llevar su caballo a los establos, pero no me lo permitió.

—No es preciso —me dijo—; mejor, demos un paseo y conversemos. Quiero hablar con usted.

Caminamos un largo rato; mientras lo hacía, tuve la sensación de que en la compañía de un caballero tan noble bien podría atravesar las aguas y el fuego sin sentirlos.

—Lo supongo a usted al tanto de los rumores y habladurías que corren por ahí —me dijo—. Le aseguro que cuando Mr. Carrison alquiló la casa yo no tenía la menor noticia de esa puerta.

—¿De veras, señor? Perdón, quise decir Señoría…

Sonrió.

—No se preocupe por el tratamiento que darme —dijo—. Al fin y al cabo, le aseguro que mi título no es nada, no lleva consigo una aportación de dinero. Tráteme, pues, como lo haría con un amigo. Bien, en cuanto a lo que hablábamos, tenga por cierto que no hay ni una sola historia de fantasmas relacionada con esta casa, ni con esta finca. Si la hubiese, le aseguro que nunca hubiera puesto la casa en alquiler, hubiera dejado que se pudriese.

Como no sabía muy bien qué decir, permanecí en silencio.

—Pero, dígame, ¿cómo es que ha llegado usted aquí? —me preguntó.

Se lo conté. Pasada la sorpresa inicial, la verdad es que Su Señoría no era muy distinto de cualquier hombre. Además, incluso un emperador se hubiera mostrado tan próximo y afable como lord Ladlow, en una mañana así de radiante como aquélla, y paseando por tan espléndida finca. Aunque, claro, mi madre siempre dice que hago el mayor desprecio de todo cuanto es digno de veneración. Le conté toda la historia, desde el comienzo; yo diría, incluso, que desde el comienzo del comienzo. Desde las primeras palabras de Parton a propósito del par de soberanos, hasta la conversación con mi tío en presencia de Mr. Carrison. No obstante, me mostré más reticente a propósito de lo que había sucedido desde mi llegada a la casa desde Londres. Al fin y al cabo, era su casa; una casa en la que al parecer le resultaba imposible vivir a la gente normal. Y al fin y al cabo, en tanto la casa era su casa, también lo era la puerta abierta. Aunque, claro está, me pareció que era precisamente de eso de lo que deseaba que le hablase.

Y me preguntó por ello, naturalmente. ¿Qué había visto? ¿Qué pensaba yo de todo aquello? Le dije, con la mayor honradez posible, que realmente no tenía nada que decir, pues no sabía qué decir. La puerta, eso era evidente, no se quedaba cerrada; y no parecía haber fuerza humana capaz de conseguir que lo hiciera. Pero, por otra parte, y como es sabido, los fantasmas no juegan con fuego, y era más que posible que el hecho de tener siempre a mi lado el rifle disuadiría a cualquiera, incluso a un fantasma. Su Señoría me escuchaba atentamente.

—Usted no tiene miedo, ¿verdad? —me dijo al fin.

—No, al menos de momento —respondí—. La puerta hizo de las suyas anoche, pero me sentía tranquilo. Estoy seguro de que asusta más una bala que una puerta abierta.

Se hizo un largo silencio, al cabo del cual, puede que más allá de un minuto, dijo Su Señoría:

—Lo que sostiene la gente a propósito de esa puerta abierta es lo que sigue: que como en esa habitación murió asesinado mi tío, lord Ladlow, la puerta seguirá abierta hasta que sea descubierto el asesino.

—¡Un crimen! —exclamé sorprendido, pues hasta entonces no había querido pensar realmente en esa posibilidad, era algo que me hacía sentir realmente incómodo.

—Sí; estaba tranquilamente sentado en esa habitación cuando lo mataron. Pero no se sabe quién lo hizo. Hubo quien llegó a creer que lo había matado yo mismo. Es más, todavía hay quien sostiene esa opinión.

—Pero está claro que usted no lo hizo, señor… No hay ni un viso de realidad en esa historia.

Se detuvo, me puso una mano en el hombro y me dijo:

—No, amigo mío, claro que no. Yo quería de verdad a mi viejo tío. Incluso cuando me desheredó por las intrigas de su joven esposa, le seguí queriendo; aquello me entristeció, como es lógico, pero nada más, no me indispuso contra él. Más adelante, cuando me llamó precisamente para decirme que al fin lo había comprendido todo, y que estaba dispuesto a reparar el error cometido, le dije que prefería que nombrase heredera única a su joven esposa, para que así la gente no pudiese ir diciendo por ahí que no confiaba en ella, que no le había hecho feliz. Mi tío me dio las gracias por el consejo y me dijo que yo era un buen hombre, emplazándome para seguir hablando de todo aquello al día siguiente.

»Antes del amanecer —todo esto ocurrió hace dos años, en verano—, un grito desgarrador despertó a la servidumbre de la casa. Fue el grito mortal que exhaló mi pobre tío. Lo degollaron mientras escribía una carta para mí. Luego se supo, a través de sus representantes, que me había nombrado heredero único de toda su fortuna, que era enorme. Mi tío era inmensamente rico. Pero su joven esposa, una mujer vengativa, no paró en mientes a la hora de recurrir cuantas disposiciones legales hubiera, así como no cejó tampoco en su afán de hacerme pasar a ojos de todo el mundo por el culpable de la muerte de su esposo. Aunque la carta que escribía mi tío dejaba las cosas claras, ella insistió en que yo le había asesinado mientras escribía. Felizmente, sin embargo, el juez instructor y el forense vieron que no había caso, sino una clara animadversión de la viuda contra mí, toda vez que en las pocas líneas de la carta que podían leerse, pues estaba casi por completo tinta en sangre, mi tío exponía las razones por las que decidía nombrarme heredero único, unas razones que tenían mucho que ver con la defensa de su propio honor mancillado.

»También hablaba en su carta de la existencia de unos papeles en los que daba cuenta pormenorizada de sus razones, las que motivaron el cambio de sus últimas voluntades, pero nunca han podido hallarse dichos papeles. , como eran precisos para justificar el cambio en su testamento, su esposa logró salir finalmente victoriosa de la batalla legal librada contra mí. A mi pesar, no obstante, me vi obligado a recurrir, en aras de la defensa de mi buen nombre, y aún sigue el pleito legal entablado con ella, algo que, mucho me temo, está lejos de resolverse. Por lo demás, sepa usted que con la pérdida de mi buen nombre perdí igualmente la salud, a lo que hay que añadir también una pérdida de ingresos que me obligó a partir de aquí durante un tiempo. En esas estaba cuando Carrison alquiló la casa, que puse en manos de la firma para la que usted ha trabajado. Pero nunca había tenido noticia de esa puerta abierta. Mi representante me contó que, en efecto, Mr. Carrison no se hizo a vivir en la casa, como consecuencia de la turbación que la puerta abierta le producía. Creo que tendría que hablar con él, o con sus representantes, para intentar solucionar todo esto.

»Pero también le digo que su presencia en este asunto, joven amigo, me parece fundamental, pues es de capital importancia resolver este enigma. Le aseguro que admiro su valor, amigo mío. Y créame que soy pobre como para prometer ahora mismo recompensas, pero desde este mismo momento tiene usted mi mayor gratitud.

—Señor —comencé a decir con el corazón en la mano—, la verdad es que no busco recompensas, a pesar de todo. Lo que en realidad quiero es demostrar al padre de Patty que valgo para algo.

—¿Quién es Patty? —me preguntó lord Ladlow.

No hizo falta que se lo dijera, lo leyó en la expresión de mi cara.

—¿Querría tener un buen perro que lo acompañe aquí durante su estancia? —me preguntó tras una pausa.

—No, muchas gracias —respondí tras dudar unos instantes—. Prefiero hacer esa caza yo solo.

Pero cuando decía estas palabras recordaba aquella sensación que había tenido al perderme en el camino de regreso desde la estafeta, y le dije que me pareció percibir algo extraño la noche anterior.

—Furtivos —dijo—, seguro que eran furtivos.

Pero yo negué con la cabeza.

—No, ahora que lo recuerdo todo con más claridad —dije—, creo que era una mujer. O acaso un perro. Me sentí acechado.

Poco después nos despedimos y me metí en la casa. No salí de allí en todo lo que restó del día. Ni siquiera para dar un paseo sin alejarme mucho, ni para ir a los establos. Me concentré todo el tiempo, única y exclusivamente, en la puerta. La cerré cien veces, y las cien con idéntico resultado. En cuanto me daba la vuelta, se abría. Siempre lo mismo. Mientras la miraba, nada, seguía perfectamente cerrada; pero en cuanto me volvía, otra vez abierta. Hacia las cuatro de la tarde tuve otra visita. Acudió a verme la hija de lord Ladlow, la honorable Beatrice, montada en su bonito caballo blanco. Era una hermosa muchacha de unos quince años, que mostraba la más dulce y espléndida sonrisa que pudiera verse.

—Papá me ha dicho que venga a traerle esto; no confiaba en ningún otro mensajero que no fuese yo —dijo entregándome un papel doblado.

Leí lo siguiente: Mantenga bajo llave sus provisiones; no encargue a nadie que se las compre, hágalo usted mismo. Y beba sólo el agua que obtenga del caño de la pila de los establos. Me ausentaré brevemente de mi casa, pero si necesita algo no dude en pedírselo a mi hija.

—¿Alguna pregunta? —me dijo ella mientras palmeaba el cuello de su caballo.

—Diga a Su Señoría, por favor, que sabré mantener la pólvora seca —respondí.

—¿Sabe? Papá está muy contento de que haya venido usted —dijo sin dejar de acariciar y palmear el cuello de su caballo, que me pareció por ello, en verdad, un ser de lo más afortunado.

—Haré todo lo que esté en mi mano para conseguir que su padre siga siendo feliz, señorita... —y dudé, pues no sabía su nombre.

—Llámeme Beatrice —me dijo con una gracia absolutamente arrebatadora—. Papá me ha dicho que seré presentada a Patty muy pronto —y antes de que pudiera recuperarme de la sorpresa, hizo darse la vuelta al caballo y comenzó a alejarse.

—¡Espere, por favor! —grité—. ¿Puede hacerme un favor?

—¿Sí? —dijo ella volviendo de nuevo la grupa de su caballo para dirigirse hacia la casa.

—Déjeme su caballo un segundo.

Desmontó antes de que pudiera prestarle mi ayuda, sujetándose el vestido con una mano tan grácilmente como lo hacía todo, mientras con la otra llevaba de la brida al caballo, dócil como un cordero. Tomé la brida —siempre me han encantado los caballos—, acaricié la cabeza y las orejas del noble bruto y dejé que me pasara los belfos por la mano. Beatrice es en el presente madre y esposa feliz; a veces la veo. Hace unas noches, sin ir más lejos, me llevó al invernadero y me dijo:

—¿Se acuerda usted de Toddy, Mr. Edlyd?

—¡Claro que sí! ¿Cómo podría olvidarlo?

—Ha muerto, no sabe usted cuánto le amaba —me dijo con sus lindos ojos llenos de lágrimas.

Bien, pues aquel día llevé de la brida a Toddy hasta la tercera ventana de la derecha de la fachada de la casa. Era una criatura dócil y luego me dejó subir a su silla tranquilamente, para así ver yo desde su altura, con mayor amplitud, la habitación, la única habitación de Ladlow Hall en la que no había conseguido entrar. No había muebles, no había nada, en realidad; ni una mesa, ni una silla, ni un cuadro en las paredes, ni una figurita en la repisa de la chimenea.

—En esa habitación dormía el mayordomo de mi tío abuelo —dijo Miss Beatrice—. Fue el primero en acudir cuando lo asesinaron.

—¿Y dónde está ahora el mayordomo? —pregunté.

—Murió. La impresión lo mató. Amaba a su señor más que a sí mismo.

Cuando hube visto todo lo que quería ver, desmonté del caballo, que entregué luego a Beatrice, ayudándola entonces a montar. Se fue agitando levemente la mano para decirme adiós, y yo me quedé en la casa solitaria decidido a resolver el misterio de una vez por todas. O lo resolvía, o moriría en el empeño. No puedo explicarlo convenientemente, pero aquella noche, antes de acostarme, tomé un berbiquí que había encontrado en los establos y me dirigí a la puerta, diciéndole mientras ponía la herramienta en el suelo, hincada en la madera para evitar que se cerrase:

—Vas a quedarte abierta toda la noche.

Pero cuando me levanté a la mañana siguiente, la puerta estaba cerrada, y el berbiquí, roto por la mitad, tirado en el suelo. Me llevé la mano a la frente, no sin cierta desesperación, y comprobé que comenzaba a sudar. Ya no se me ocurría qué más hacer. Salí a tomar el aire, a despejarme unos minutos, y cuando entré de nuevo en el vestíbulo vi que la puerta estaba completamente abierta otra vez.

Cansaría a mis lectores si expusiera aquí todo lo que hice y pensé los días y las noches que siguieron. Sólo puedo decir que aquella experiencia cambió mi vida. La soledad, el misterio, la solemnidad del trance, incluso, provocaron en mí un efecto que aún no comprendo en toda su amplitud, pero del que tampoco puedo desprenderme ni lamento. He dudado mucho acerca de si contaba o no el final de la historia, pero al fin me he decidido a hacerlo. Una vez convencido de que no había fuerza humana capaz de mantener la puerta abierta, o cerrada, según el caso, según cómo la dejara yo, me dio por pensar que a buen seguro había alguien en la casa, alguien perfectamente vivo que anduviese por allí oculto de tal manera, y al acecho siempre de mis movimientos, que aún no había descubierto yo.

Habría sido conveniente, por ello, que en vez de una persona vigilando, yo solo, hubiese dos, para cubrir más flancos de la casa y hacernos los relevos convenientes; así, a buen seguro hubiésemos visto una huella en el polvo del suelo, nos hubiéramos percatado del cambio de lugar de una silla, cualquier cosa. Más aún, justo cuando me asaltó el temor de que hubiese en la casa alguien vivo, y escondido, comprobé que mis cosas estaban revueltas; la ropa había sido manoseada por alguien, mis papeles estaban desordenados. Ya no me cupo duda de que, si no moraba alguien oculto en la casa, sí estaba claro que alguien entraba allí cuando iba a la estafeta para despachar la correspondencia, o cuando me ausentaba al menos unos minutos para airearme. Tenía, pues, que saber más cosas. Cuando regresara lord Ladlow le pediría detalles concretos de la muerte de su tío; y ya me disponía a escribir a Carrison para pedirle permiso y echar abajo la puerta de la habitación del mayordomo, cuando una mañana, a hora muy temprana, encontré una horquilla en el suelo.

¡Qué idiota había sido! Estaba claro que si quería resolver el misterio tenía que entrar como fuese justo en la única habitación en la que aún no había podido hacerlo. La puerta maldita no podría abrirse y cerrarse por sí misma, salvo que hubiera alguien que lo hiciese, que entrara y saliera de esa habitación para esconderse de mí, y allí tenía la prueba. Una horquilla tampoco entra en una casa por sí misma, sin que nadie la lleve en su cabello. Resolví hacer lo mismo de todos los días. Iría a la estafeta como siempre, y regresaría a la hora habitual para vigilar. Estaba en el umbral de un descubrimiento; pasaban los días, y aquella noche tenía que ser crucial.

Era una mañana estupenda; el tiempo había sido espléndido durante toda la semana, y la brisa era suave, y el sol delicioso. Cuando salí del vestíbulo vi que en el último peldaño de la puerta de la casa había un cesto con flores y frutas. Carrison había despedido a los jardineros que se ocupaban de Ladlow Hall, al menos hasta que acabase el verano y pudiera habitar la casa, así que era de lo más extraño que alguien quisiera regalarme con aquello. Por aquel tiempo comía bastante fruta y, mientras echaba un vistazo a una carta dirigida a mí, seleccioné un melocotón tentador y me lo comí acaso con excesiva glotonería. Ya casi me había comido el último bocado cuando recordé el aviso dado por lord Ladlow. El melocotón tenía un sabor extraordinario, pero raro; en cualquier caso, satisfizo mi paladar. Y por un momento, todo, los árboles, el cielo, el campo, el jardín, todo pareció dar vueltas sobre mí. Eso me puso en alerta.

Olí el resto de la fruta que había en el cesto, y todas las piezas exhalaban un aroma exquisito; metí varias en mis bolsillos y eché a caminar hasta el camino, para tomar un coche de caballos que solía pasar por allí más o menos a esa hora, con la intención de ir a que me viese el médico.
—Menos mal que no ha comido usted más piezas de fruta —me dijo el médico después de darme un bebedizo y algunas medicinas para que me llevara, recomendándome que tomase mucho el aire hasta que me sintiese bien del todo—. Me quedaré con esas frutas que trae para examinarlas, y lo veré de nuevo mañana.

Ninguno de los dos sabía cuántas veces más habríamos de vernos en adelante. Regresaba ya a Ladlow Hall, cuando el cartero me dio tres cartas, que no leí hasta haber llegado y sentarme a la sombra de un árbol con un poco de pan y leche a mi lado. La correspondencia, suponía yo, no contendría nada interesante, como siempre. Las cartas de Patty me resultaban deliciosas, pero no solían revelar nada sensacional; y en lo que a Mr. Carrison se refiere, escribía cosas monótonas y muy aburridas, nada importante. En esta ocasión, sin embargo, me sorprendió. Decía que lord Ladlow lo había ido a visitar a su despacho para decirle que había decidido liberarle de sus obligaciones como inquilino de la casa, motivo por el que yo mismo debería de abandonarla, pues ya no tenía sentido mi tarea. Me incluía en el sobre diez libras, y me decía a la vez que buscaría la mejor solución posible para mis intereses. Finalizaba pidiéndome que acudiera a verlo a su domicilio particular en cuanto estuviese de regreso en Londres.

No creo que deba regresar aún —me dije mientras metía de nuevo la carta en el sobre, tras guardarme las diez libras—; antes, además, tengo que saber quién me envió el cesto con la fruta, así que, salvo si lord Ladlow en persona me echa de aquí, no me moveré hasta que lo haya descubierto.

Pero lord Ladlow no quería que me fuese. La tercera carta era suya: Volveré a casa mañana por la noche —decía—, y lo veré a usted el miércoles. He llegado a un acuerdo satisfactorio con Mr. Carrison, y como tengo de nuevo todo el control sobre Ladlow Hall, trataré de resolver por mí mismo el misterio de la casa. Si desea quedarse y ayudarme en dicho empeño, le estaré muy agradecido e intentaré recompensarle de la mejor manera posible, había escrito.

Me dije que estaría de guardia toda la noche, por ver si al día siguiente contaba con algo señalado que decirle. Y entonces abrí la carta de Patty, que era, por supuesto, la carta más dulce y adorable que cualquier cartero del mundo pudiera entregarme. Si no hubiera sido por lo que me decía lord Ladlow, aquella noche me habría resultado imposible mantenerme vigilante. La lectura de la carta de Patty me dejó lánguido, sumido en mis amorosos sentimientos hacia ella. Además, estaba débil por los muchos días que llevaba allí, prácticamente aislado del mundo, vigilante en todo momento, pasándome horas y horas mirando la puerta, abriéndola o cerrándola según se diera la cosa, contando los pasos que daba antes de que se abriese de nuevo, o se cerrara, una vez le volviera la espalda.

Claro que todo aquello me había debilitado, llevándome a un estado físico de pura delicuescencia. Pero no podía cejar en mi empeño, no podía consentir en mi debilidad. Tenía que proseguir con mi tarea y, si me era posible, concluirla como era debido. Pero, ¿por qué no me había decidido antes a entrar como fuese en aquella habitación sin llave en la cerradura? ¿Acaso me había paralizado el miedo? Bueno, hasta en lo más valiente y corajudo de nosotros mismos aletea de continuo un pálpito de miedo que arruina nuestro coraje.

Transcurrió el día, lento y tedioso. La tarde caía igual de lenta y tediosa, cerniéndose sombría sobre Ladlow Hall. Aún habrían de pasar dos horas, sin embargo, hasta que brillase la luna. Todo parecía en un suspenso mortal. En ningún otro momento me había parecido la casa tan silenciosa y vacía. Tomé una vela y me dirigí a la habitación donde dormía, como si me fuera a acostar ya; una vez allí apagué la vela, entreabrí la puerta, me guardé la llave y volví a salir al vestíbulo, por el que anduve en medio de la penumbra durante un buen rato, mirando de continuo hacia la puerta abierta.

Entonces sentí un escalofrío de miedo. Dejé de caminar y quedé a la escucha, todo yo en alerta. Pero no se dejaba sentir ni el ruido más leve. Todos los ratones estaban metidos en sus agujeros. Conseguí recuperarme de aquella impresión lo justo como para meterme de nuevo en mi cuarto. Había una estantería vacía de libros, y junto a ésta una vieja silla, y ahí, entre la cama y la estantería, tomé asiento para mirar a través de mi puerta entreabierta la puerta maldita. Pasaron las horas. ¿Alguna vez fueron tan largas las horas? Comenzó a lucir la luna en el cielo, colándose a través de la ventana de la habitación, pues había descorrido la pesada cortina. Seguía sin dejarse sentir el más leve ruido, nada, ni el graznido de un ave nocturna. Tuve la sensación de que todo yo era un manojo de nervios. Cada parte de mi cuerpo temblaba. Estaba en un estado realmente agónico; el deseo de moverme, de salir de allí, me suponía una auténtica tortura.

Al fin, un rayo de luz en el cielo. Rompía la mañana. El cielo se había apiadado de mí. ¡Alabados sean los cielos! Seguro que nadie había recibido un amanecer con tanta felicidad como yo entonces. Los pájaros comenzaban a trinar, era su canto una música deliciosa. La mañana incipiente se debatía aún entre dos luces y pronto el sol lo presidiría todo desde su mayor altura; y, sobre todo, se acababa mi angustiosa vigilia nocturna. Pero seguía tan lejos de desvelar el misterio como lo había estado hasta ese día. Pero, ¿qué era aquello? Otra vez. Tras horas y más horas de vigilia y alerta, tras horas y más horas de espera, otra vez. Tras una noche tan larga, allí lo tenía de nuevo. Ocurrió de golpe, en un instante.

La puerta, hasta entonces cerrada, de aquella habitación en cuya cerradura no había llave, la puerta de la habitación en la que hasta entonces no había podido entrar yo, se abrió despacio, muy lentamente, en completo silencio, apenas cuando me di la vuelta un momento para mirar a través de la ventana. Y al mirar de nuevo hacia allí, hacia esa otra puerta maldita, vi a una mujer. Caminaba lentamente por la habitación, y con la misma lentitud hizo girar la llave en la puerta del armario para abrirlo; luego se puso a sacar cosas de allí, amontonándolas en el suelo, como si nada. Yo no me movía; creo que apenas respiraba. Era evidente que no encontraba lo que quería, pues revolvió y revolvió, sacándolo todo, y luego entre las cosas que había depositado en el suelo.

Poco después, a medida que la luz del día se iba haciendo más cierta, la pude contemplar mejor. La vi entonces de rodillas en el suelo, rebuscando cada vez más afanosamente entre las cosas que había sacado del armario. Era una mujer menuda y liviana, no una dama, más bien una criada, toda vestida de negro. Pero ¿qué demonios querría? Y de golpe se me ocurrió algo: buscaría, sin duda, el testamento y la carta. No había la menor duda. Decidí salir de mi escondite. La tenía en mis manos. Pero se defendió como un gato rabioso, mordiendo, arañando, chillando, contorneándose como si su cuerpo no tuviese huesos, hasta desasirse de mí y huir hacia la puerta, por donde sin duda había llegado. Pero si la dejaba salir, a buen seguro la perdería de vista, se ocultaría en cualquier parte, entre los arbustos, en el bosque. Así que corrí como un poseso, hasta alcanzarla y echar mano a su vestido negro. Esta vez conseguí someterla, aunque parecía tener la fuerza y la furia de veinte demonios y se defendía como ninguna otra mujer hubiera podido hacerlo.

—No quiero matarte —le dije—, pero no me quedará otro remedio que hacerlo si no dejas de revolverte.

—¡Bah! —gritó.

Y antes de que pudiera darme cuenta, me quitó el revólver que llevaba en el bolsillo y abrió fuego contra mí. Pero falló. La bala apenas me rozó una manga, por lo que pude reaccionar velozmente, cayendo literalmente sobre ella. Cuando se trata de luchar por su vida, ningún hombre puede alejarse de su propia ferocidad. Y yo era un hombre feroz en ese momento, un hombre que luchaba por su vida. Blandió de nuevo el arma, pero la tenía tan fuertemente presa que no pudo apretar de nuevo el gatillo. Pero me golpeó en la cara. Y me tiró del pelo. Y seguía revolviéndose, intentando huir, como una serpiente. Mi único miedo era, en ese trance, que se me escapase. No sentía dolor, sólo estaba horrorizado ante la posibilidad de no poder retenerla.

¿Cuánto tiempo más podría retenerla? Hizo un esfuerzo último desesperado y noté que se me escapaba del agarre a que la tenía sometida; ella también se dio cuenta y tiró con más fuerza para liberarse, al tiempo que abría fuego de nuevo ciegamente, a la desesperada. Y la perdí de nuevo. Vi entonces una mirada de espanto en sus ojos, una fría expresión de miedo.

—¡Mírate! —gritó mientras me arrojaba el revólver, yéndose al instante.

Vi como en un relámpago aquella puerta abierta; creí ver en su umbral una figura que alzaba la mano. Y ya no vi más. Estaba roto. Fue porque disparó un poco antes de arrojarme el revólver y gritar, alcanzándome de lleno; de hecho, sentí como si un hierro caliente me entrara por el hombro y puedo recordar ahora que intenté arrastrarme hasta mi habitación, pero sentí que perdía por completo las fuerzas y el sentido mientras me deslizaba sobre el mármol del suelo del vestíbulo. Cuando llegó el cartero aquella mañana, y al no salir yo a recibirlo, echó un vistazo a través de una de las ventanas. Después corrió para pedir ayuda.

—¡Ha ocurrido una desgracia en la casa! —gritaba—. El joven caballero yace en el suelo, sobre un charco de sangre.

Mientras llegaba la primera ayuda a la casa, ya se encaminaba también hacia ella lord Ladlow, y el cartero, sin aliento, le contó lo que había visto.

—Romped una de las ventanas y entrad —dijo—, y que alguien vaya en busca del médico.

Me echaron en la cama de aquella terrible habitación, la del armario en el que había rebuscado aquella mujer, y telegrafiaron a mi padre. Durante un largo espacio de tiempo me debatí entre la vida y la muerte, pero logré recuperarme lo justo como para ser llevado a la casa de lord Ladlow, al otro lado del valle. Antes de eso, sin embargo, le conté todo lo que había sucedido, instándole a buscar de inmediato los papeles que ratificarían el testamento.

—Destroce el armario si es preciso —le recomendé—; estoy seguro de que los papeles están ahí.

Y allí estaban, en efecto. Su Señoría siguió mi consejo y encontró aquellos papeles. Él quedó libre de toda sospecha de culpa, pero la asesina logró huir. La viuda y su criada desaparecieron aquella misma mañana en que yo me debatía entre la vida y la muerte, tirado en el vestíbulo de Ladlow Hall. Nunca más se volvió a saber de ellas. Mi señor no volvió a hablar de todo aquello.

Ahora, no en Meadowshire, pero sí en otro lugar igualmente encantador, tengo una granja a mi cargo y entera disposición, en la que llevo una vida muy confortable. Patty es la mejor esposa que jamás haya podido tener un hombre, y yo… bueno, soy feliz, aunque con el paso de los años me he ido volviendo más juicioso. Pero sigue habiendo veces en las que parece poseerme una dolorosa oscuridad, momentos en los que no me gusta que me dejen solo.

Charlotte Elizabeth Riddell (1832-1906)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Riddell.


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El análisis y resumen del cuento de Charlotte Elizabeth Riddell: La puerta abierta (The Open Door), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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