«El Oyente»: Algernon Blackwood; relato y análisis


«El Oyente»: Algernon Blackwood; relato y análisis.




El Oyente (The Listener) es un relato de fantasmas del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado en la antología de 1907: El Oyente y otros relatos (The Listener and Other Stories).

El Oyente, uno de los mejores cuentos de Algernon Blackwood, relata la historia de un hombre mentalmente inestable, quien registra en su diario personal la gradual invasión de un espíritu parasitario que poco a poco trata de apoderarse de él (ver: Parásitos astrales y las «malas energías»)

SPOILERS.

El Oyente comparte el mismo tema que el tema del clásico de Guy De Maupassant: El Horla (The Horla), aunque de un modo, digamos, menos ambicioso (ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant). Algernon Blackwood realiza una magnífica exploración de esta voraz amenaza incorpórea mientras se acerca más y más al protagonista. Al igual que en otras historias de Algernon Blackwood, como Los sauces (The Willows) y El Wendigo (The Wendigo), el protagonista de El Oyente parece indiferente a la súplica de sus familiares y amigos, aislándose en un mundo privado, íntimo, casi como un exilio autoimpuesto. Atormentado por problemas mentales, acaso hereditarios, un estilo de vida solitario, y sobre todo por una creciente paranoia, el narrador descubre que sus esfuerzos por excluir a los demás de sus asuntos personales lo han dejado indefenso ante las fuerzas diabólicas que, en cierto modo, invita la soledad (ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror)

El Oyente se encuentra entre los relatos de fantasmas más eficaces de Algernon Blackwood, aunque de hecho emplea algunos dispositivos recurrentes en el género, como la presencia espiritual de un antiguo ocupante que sigue merodeando por sus viejos aposentos (ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa). Además, El Oyente integra los principales motivos del cuento de fantasmas de Algernon Blackwood: un entorno urbano; un protagonista intelectual empobrecido; una casera engañosa, una atmósfera profundamente psicológica de paranoia y vulnerabilidad; y un extraño espectro maligno que acecha en los límites de la realidad (ver: En el Manicomio: la locura en la ficción gótica)

Aquí tenemos a un joven escritor se aloja en una casa decrépita, repleta de gatos feroces, olores extraños y la creciente sensación de que alguien, o algo, lo está vigilando. La narración es un tanto larga, casi una noveleta, pero cuya extensión es necesaria para lograr el efecto final. Solo de este modo pausado podemos ver, a través del diario del protagonista, el registro progresivo de su creciente sensación de incomodidad, de inquietud, que actualmente se conoce como Experiencia Aparicional, es decir, la sensación de que estamos siendo observados por una presencia hostil (ver: Sentir «presencias» cuando estás solo). El clímax se produce una noche en la que el narrador se despierta y encuentra una figura extraña, con facciones que solo puede describir como las de un león deforme, amarillento y grotesco, mirando en el espejo de su mesita de noche.

A la mañana siguiente el protagonista se entera del ingrato destino del inquilino anterior. Al parecer, murió de complicaciones como consecuencia de la lepra, y es su espíritu miserable el que acecha las decrépitas habitaciones. Él es el Oyente, el espíritu voyeurista del título. Más allá de los elementos paranormales y sobrenaturales del relato, tal vez lo más intersante de El Oyente de Algernon Blackwood es el aspecto psicológico, así como la sensación de aislamiento e introversión dentro de una gran ciudad, algo que el autor realmente detestaba. De este modo, a través de un relato de fantasmas aparentemente convencional, Algernon Blackwood elabora una mgistral crítica al anonimato y la insensibilidad de los entornos urbanos [y de la sociedad moderna en general], considerando el individualismo en el ecosistema de las ciudades como una entidad parasitaria casi tan deshumanizante como la lepra (ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?)

Como casi todos los protagonistas de Algernon Blackwood, el narrador de El Oyente es arrastrado hacia el umbral de la locura como resultado de su exilio autoimpuesto. Disgustado con la mezquindad de las relaciones humanas, aleja las ofrendas bienintencionadas de su hermana, a quien de hecho recuerda como una afectuosa compañera de la infancia, y también a su mejor amigo, Chapter, cuya insistencia parece ser lo único que impide la completa disociación de su mente. Este estado emocional, sin dudas acentuado por cuestiones hereditarias, hacen que la mente y el cuerpo del narrador sean vulnerables a la invasión de espíritus intrusivos, periféricos, empeñados en absorber la desbordante energía negativa que parece emanar de él, casi como un león que acecha a las presas que se han alejado demasiado de la manada (ver: Entidades del Plano Astral que se «pegan» al aura)

Si bien fue un autor muy reconocido y popular en su tiempo, Algernon Blackwood era algo así como un espíritu solitario, y su difícil relación con su familia lo dejó al borde de la muerte en varias ocasiones. No quiero decir que El Oyente sea un relato autobiográfico, al menos no completamente, pero no es descabellado imaginar que el autor bebió de sus experiencias más amargas en la construcción de la historia, y hasta me atrevo a decir que trató de compartir esa lección aprendida a sus lectores: la misantropía y la reclusión social pueden brindarte una agradable ruptura con los aspectos frívolos de la sociedad; pero la soledad no es una cueva segura. En los alrededores de la compañía humana hay seres incorpóreos, parásitos, que merodean en nuestra periferia buscando una grieta para apoderarse de nosotros, tanteando aquí y allí a través de la la neurosis, la paranoia, la locura y, en casos más extremos, el suicidio. Y esperan, hambrientos, el momento preciso para atacar.

Nuevamente agradecemos a un gran amigo de El Espejo Gótico, Ariel Palomo, nuestro especialista en Algernon Blackwood, quien ha realizado una estupenda traducción al español de El Oyente y nos ha permitido compartirla.




El Oyente.
The Listener, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Ariel Palomo)


4 de septiembre.

He rastreado por todo Londres un alojamiento acorde a mis ingresos (120 libras al año) y, por fin, lo he encontrado. Dos habitaciones, sin comodidades modernas, es cierto, y en un edificio viejo y destartalado, pero a un tiro de piedra de P... Place, y en una calle sumamente respetable. El alquiler es solo de 25 libras al año. Había comenzado a desesperar cuando, por fin, lo encontré de casualidad.

La casualidad fue una mera casualidad e indigna de mención. Tuve que firmar un contrato por un año, y lo hice de buena gana. El mobiliario de nuestra antigua casa en Hampshire, que ha estado almacenado por tanto tiempo, le sentará a la perfección.


1 de octubre.

Aquí estoy en mis dos habitaciones en el centro de Londres y no lejos de las oficinas de los periódicos, donde ocasionalmente suelto un artículo o dos. El edificio está al final de un callejón sin salida. El pasaje está bien pavimentado y limpio y rodado mayormente por los contrafrentes de edificios sobrios con aire institucional. Hay un establo en él. Mi propia casa está dignificada con el título de “Estancias”. Siento como si un día la distinción se mostrará demasiado para ella y se hinchará de orgullo (y se partirá en dos). Es muy antigua. El piso de mi sala de estar tiene valles y pequeñas colinas en él, y la parte de arriba de la puerta se desvía del cielorraso con una magnífica indiferencia de lo que es usual.

Deben haber peleado (hace cincuenta años) y se han estado separando desde entonces.


2 de octubre.

Mi casera es vieja y flaca, con una cara pálida y desteñida. Es taciturna. Las pocas palabras que pronuncia parece costarle horrores. Probablemente sus pulmones están medio ahogados con polvo. Mantiene mis habitaciones tan libres de este producto como es posible y tiene la asistencia de una muchacha fuerte que sube el desayuno y enciende el fuego. Como ya dije, ella es taciturna.

En respuesta a agradables esfuerzos de mi parte, me informó sucintamente que yo era el único ocupante de la casa por el momento. Mis habitaciones no habían sido ocupadas por varios años. Había habido otros caballeros arriba, pero se habían marchado.

Nunca me mira a la cara cuando habla, sino que fija sus ojos apagados en el botón intermedio de mi chaleco hasta que me pongo nervioso y comienzo a pensar que está torcido o, directamente, que es el tipo de botón incorrecto.


8 de octubre.

Mi cuaderno semanal está bien organizado y, hasta aquí, es razonable. Leche y azúcar, 7 peniques; pan, 6 peniques; manteca, 8 peniques; mermelada, 6 peniques; huevos, 1 chelín con 8 peniques; lavandería, 2 chelines con 9 peniques; aceite, 6 peniques; asistencia, 5 peniques; total, 12 chelines con 2 peniques.

La casera tiene un hijo que, me dijo ella, hace “algo en un ómnibus”. Viene ocasionalmente a verla. Creo que bebe, porque habla muy fuerte sin importar la hora del día o de la noche y se tropieza con los muebles de abajo.

Toda la mañana me siento puertas adentro a escribir (artículos; versos para los periódicos humorísticos; una novela en la que he estado “trabajando” por tres años, y con la cual sueño; un libro infantil, en el que la imaginación tiene vía libre; y otro libro que durará tanto como yo, dado que es un registro honesto del avance o retroceso de mi alma en la lucha de la vida). Aparte de esto, tengo un libro de poemas que uso como válvula de escape, y con el que no sueño para nada.

El conjunto me mantiene siempre ocupado. Por las tardes, generalmente intento dar un paseo en nombre de mi salud a través de Regent’s Park hacia Kensington Gardens o, más todavía, hasta Hampstead Heath.


10 de octubre.

Todo salió mal hoy. Yo desayuno dos huevos. Esta mañana, uno de ellos estaba feo. Llamé con la campanilla a Emily. Cuando entró, yo estaba leyendo el periódico y, sin levantar la mirada, dije:

—El huevo está feo.

—Oh, ¿de verdad, señor? —dijo ella—. Le traeré otro—y salió, llevándose el huevo con ella.

Esperé mi desayuno hasta su regreso, que fue en cinco minutos. Puso el huevo nuevo sobre la mesa y se fue. Pero, cuando bajé la mirada, vi que se había llevado el huevo bueno y dejado el malo (todo verde y amarillo) en el tazón. Volví a llamar.

—Se llevó el huevo equivocado—dije.

—¡Oh! —exclamó—. Pensé que el que me llevé abajo no olía tan mal.

En su debido tiempo, ella regresó con el huevo bueno y yo continué mi desayuno con dos huevos, pero menos apetito. Era todo muy trivial, ciertamente, pero tan estúpido que me sentí molesto. El carácter de ese huevo influenció todo lo que hice. Escribí un artículo malo y lo rompí. Me dio un fuerte dolor de cabeza. Usé malas palabras (conmigo mismo). Todo estaba mal, así que dejé de trabajar y me fui a dar un largo paseo.

Cené en una parrilla barata de regreso y llegué a casa a eso de las nueve.

La lluvia justo comenzaba a caer mientras entraba y el viento se estaba levantando. Prometía ser una noche horrible. El callejón lucía lúgubre y sombrío y el vestíbulo de la casa, mientras lo atravesaba, se sentía frío como una tumba. Fue la primera noche tormentosa que experimenté en mi nuevo alojamiento. Las correntadas eran terribles. Venían entrecruzadas, se encontraban en el medio de la habitación y formaban remolinos, torbellinos y correntadas frías y silenciosas que casi levantaban los pelos de mi cabeza. Llené los marcos de las ventanas con corbatas y medias sobrantes y me senté junto al fuego humeante para mantenerme caliente. Primero traté de escribir, pero sentí demasiado frío. Mi mano se congeló sobre el papel.

¡Qué trucos que jugaba el viento en la vieja casa! Subía por el desamparado callejón con un sonido como el de una multitud apresurada que se detenía súbitamente en la puerta. Sentía como si un montón de curiosos se hubiesen amontonado justo afuera y estuviesen mirando hacia mis ventanas.

Salieron corriendo nuevamente y huyeron susurrando y riéndose por el callejón, solo, sin embargo, para regresar con la siguiente ráfaga de viento y repetir su impertinencia. Del otro lado de mi habitación, una única ventana cuadrada se abre hacia una especie de agujero o pozo, que mide alrededor de 2 metros de ancho hasta la pared trasera de otra casa. Por este embudo caía el viento, y soplaba y gritaba. Nunca había escuchado tales sonidos. Entre estos dos espectáculos permanecía yo sentado dentro de un gran gabán, escuchando el profundo estruendo en la chimenea. Era como estar en un barco en el mar y casi miro el piso esperando que se levantase en ondulaciones y se moviese de acá para allá.


12 de octubre.
Desearía no estar tan solo (y tan pobre). Y, sin embargo, amo tanto mi soledad como mi pobreza. La primera me hace apreciar la compañía del viento y la lluvia, mientras que la segunda preserva mi hígado y me evita perder tiempo en la danzante concurrencia de mujeres.

Hombres pobres, mal vestidos no son “asistentes” aceptables.

Mis padres están muertos y mi única hermana está... no muerta exactamente, sino casada con un hombre muy rico. Viajan casi todo el tiempo, él para encontrar su salud, ella para olvidarse de sí misma. Por pura negligencia de su parte, hace tiempo que ha abandonado mi vida. La puerta se cerró cuando, luego de un absoluto silencio de cinco años, me envió un cheque por 50 libras en Navidad. ¡Estaba firmado por su esposo! Se lo devolví en mil pedazos y en un sobre sin sello. ¡Así que, al menos, tuve la satisfacción de saber que le costó algo! Respondió con una pluma ancha que cubría una página entera con tres líneas. “Evidentemente estás igual de chiflado que siempre, y grosero y desagradecido para colmo.”. Siempre ha sido mi terror especial que la locura de la familia de mi padre se saltase las generaciones y apareciese en mí. Este pensamiento me perseguía y ella lo sabía. Así que, luego de este pequeño intercambio de cortesías, la puerta se cerró para no volver a abrirse jamás. Escuché el estruendo que hizo y, con él, la caída desde las paredes de mi corazón de muchos pedacitos de porcelana con sus propios valores peculiares (porcelana rara, algunas de ellas, que solo necesitaban limpieza). Las mismas paredes, además, cargaban espejos en los que solía, a veces, ver reflejados los campos nublados de mi niñez, las guirnaldas de margaritas, las flores desgarradas por el viento y esparcidas por el huerto por cálidas lluvias, la cueva de los ladrones en el largo paseo y el depósito secreto de manzanas en el henal. Ella era mi compañera inseparable en aquel entonces (pero, cuando la puerta se cerró, los espejos se rajaron en toda su extensión y las visiones que contenía se esfumaron para siempre). Ahora estoy bastante solo. A los cuarenta, uno no puede comenzar todo de nuevo a construir amistades esmeradas, y todos los otros son completamente despreciables.


14 de octubre.

Mi dormitorio tiene 10 por 10. Está por debajo del nivel de la puerta delantera y un escalón conduce hacia su interior. Ambas habitaciones son muy silenciosas en noches tranquilas porque no hay tráfico por este callejón desamparado. A pesar del ocasional jolgorio del viento, es una franja de lo más protegida. En su extremo final, debajo de mis ventanas, todos los gatos del vecindario se congregan tan pronto como la oscuridad se reúne. Ellos descansan imperturbados sobre el alféizar de una ventana ciega del edificio de enfrente, porque, luego de que el cartero ha venido y se ha marchado a las 21:30, ninguna pisada se atreve nunca a interrumpir su siniestro cónclave, ninguna pisada excepto la mía o, a veces, la del hijo que “hace algo en un ómnibus”.


15 de octubre.

Cené en un local de “A.B.C.” huevos pasados por agua y café y, luego, me fui a pasear por las afueras de Regent’s Park. Eran las diez en punto cuando llegué a casa. Conté no menos de trece gatos, todos de un color oscuro, agazapados bajo el lado cubierto de las paredes del callejón. Era una noche fría y las estrellas brillaban como puntas de hielo en un cielo azul oscuro. Los gatos voltearon sus cabezas y me miraron en silencio mientras pasaba. Una extraña sensación de timidez me poseyó bajo el resplandor de tantos pares de ojos inmóviles. Mientras buscaba la llave, saltaron silenciosamente y se apretaron contra mis piernas, como ansiosos por querer entrar. Pero di un portazo en sus caras y corrí rápidamente arriba. La habitación delantera, mientras entraba para agarrar los fósforos, se sintió tan fría como una bóveda de piedra y el aire tenía una humedad inusual.


17 de octubre.

Por varios días he estado trabajando en un agotador artículo que no permite el juego de la fantasía. Mi imaginación requiere una rienda juiciosa; temo aflojarla, porque me lleva, a veces, a lugares terribles más allá de las estrellas y debajo del mundo. Nadie reconoce el peligro más que yo. ¡Pero qué cosa estúpida para ser escrita aquí (porque nadie lo sabrá, nadie se percatará)! Mi mente ha tenido pensamientos inusuales últimamente, pensamientos que nunca antes he tenido, sobre medicinas, drogas y el tratamiento de extrañas enfermedades. No puedo imaginar su origen.

En ningún momento de mi vida me he obsesionado con semejantes ideas como las que ahora atestan mi cerebro. No he realizado ejercicio últimamente, porque el clima ha estado horrible, y todas mis tardes han sido gastadas en la sala de lectura del Museo Británico, donde tengo un pase de lector.

He realizado un descubrimiento desagradable: hay ratas en la casa. Por la noche, desde mi cama, las he escuchado corretear por las colinas y valles de la habitación delantera y mi sueño ha sido bastante perturbado en consecuencia.


19 de octubre.

Descubro que la casera tiene un pequeño con ella, probablemente el niño de su hijo. Cuando hay buen clima, juega en el callejón y arrastra una carretilla de madera sobre los adoquines. Una de las ruedas está averiada y hace un ruido de lo más molesto. Tras aguantarlo tanto como fuera posible, descubrí que me estaba sacando de quicio y que no podía escribir. Entonces hice sonar la campanilla. Emily respondió.

—Emily, ¿le dirías al pequeñín que haga menos ruido? Es imposible trabajar.

La chica bajó las escaleras y, poco después, llamaron adentro al niño por la puerta de la cocina. Me sentí un pedazo de bruto por arruinar su juego. A los pocos minutos, sin embargo, el sonido comenzó de nuevo y sentí que él era el bruto. Arrastró el juguete roto con una cuerda sobre las piedras hasta que el traqueteo alteró cada nervio de mi cuerpo. Se volvió insoportable e hice sonar la campanilla una segunda vez.

—¡Ese sonido debe parar! —le dije a la chica con decisión.

—Sí, señor—sonrió ella—, lo sé, pero una de las ruedas está averiada. Los hombres del establo ofrecieron arreglársela, pero él no los dejaba. Dice que le gusta así.

—Me da igual que le guste. El sonido debe parar. No puedo escribir.

—Sí, señor. Le diré a la señora Monson.

El sonido se detuvo, entonces, por el día.


23 de octubre.

Cada día de la semana pasada, la carretilla ha traqueteado sobre las piedras, al punto de que llegué a imaginarla como una enorme furgoneta de cuatro ruedas y dos caballos, y cada mañana me vi obligado a sonar la campanilla y hacerlo parar. La última vez vino la propia señora Monson y dijo que lamentaba que haya sido molestado, que los sonidos no se repetirían. Con una rara discursividad, continuó hablando para preguntar si estaba cómodo y cuánto me gustaban las habitaciones. Respondí cautamente. Mencioné las ratas. Ella dijo que eran lauchas. Hablé de las correntadas. Ella dijo: “Sí, es una casa ventosa”. Me refería a los gatos y ella dijo que han estado desde hace tanto como podía recordar. A modo de conclusión, me informó que la casa tenía más de doscientos años y que el último caballero que había ocupado mis habitaciones fue un pintor que “tenía unos Chimango y Rifle colgando por todas las paredes.”. Me tomó unos momentos discernir que Cimabue y Rafael estaban en la mente de la mujer.


24 de octubre.

Anoche vino el hijo que hace “algo en un ómnibus”. Evidentemente había estado tomando, porque escuché voces fuertes y airadas abajo en la cocina mucho después de haberme acostado. Una vez, además, escuché las singulares palabras elevándose hasta mí a través del piso, “Quemarla hasta los cimientos es lo único que arreglará esta casa.”. Yo golpeé el piso y las voces cesaron súbitamente, aunque, más tarde, volví a escuchar su clamor en mis sueños.

Estas habitaciones son muy silenciosas, casi demasiado silenciosas a veces. En noches sin viento son silenciosas como una tumba y la casa podría estar kilómetros en el campo. El rugido del tráfico de Londres solo me alcanza en vibraciones pesadas, distantes. Contiene una nota ominosa a veces, como la de un ejército que se aproxima o una inmensa marejada muy lejana que truena en la noche.


27 de octubre.

La señora Monson, aunque admirablemente silenciosa, es una mujer tonta y fastidiosa. ¡Hace cada cosa estúpida! Al limpiar la habitación, pone todas mis cosas en los lugares equivocados. A los ceniceros, que deberían estar en el escritorio, los ordena en una fila boba sobre la repisa de la chimenea. Al portapluma, que debería estar junto al tintero, ella lo esconde astutamente entre los libros de mi atril.

A mis guantes los ordena diariamente en un orden idiota sobre un estante de libros a medio llenar y siempre tengo que reordenarlos sobre la mesita junto a la puerta. Coloca mi sillón en ángulos imposibles entre el fuego y la luz, y al mantel (el que tiene manchas de Trinity Hall) lo pone sobre la mesa de tal manera que, cuando lo miro, siento como si mi corbata y todas mis ropas estuviesen mal y torcidas. Me exaspera. Su mismo silencio y mansedumbre son irritantes.

A veces me siento inclinado a arrojarle el tintero, solo para obtener una expresión en sus ojos acuosos y una palabra de esos labios incoloros. ¡Dios mío! ¡De qué expresiones violentas estoy haciendo uso! ¡Qué desatinado de mi parte! Y, sin embargo, casi parece como si las palabras no fueran mías, sino que me las hubiesen dicho al oído (quiero decir, nunca hago uso de tales términos naturalmente).


30 de octubre.

He estado aquí un mes. El lugar no cuadra conmigo, creo. Mis jaquecas son más frecuentes y violentas y mis nervios son una fuente perpetua de incomodidad y molestia.

He concebido un gran desagrado hacia la señora Monson, un sentimiento que, estoy seguro, ella corresponde.

De algún modo, tengo frecuentemente la impresión de que hay actividades en esta casa de las que no sé nada, y las cuales ella es cuidadosa de ocultarme.

Anoche su hijo durmió en la casa, y esta mañana, mientras estaba parado junto a la ventana, lo vi salir. Él levantó la mirada y se cruzó mi mirada. Fue una figura grosera y un rostro singularmente repulsivo lo que vi, y él me dio el beneficio de un rictus muy desagradable. Al menos, así lo imaginé.

Evidentemente me estoy volviendo muy sensible a las pavadas y supongo que son mis nervios desordenados haciéndose sentir. En el Museo Británico, esta tarde noté a varias personas en los escritorios observándome y mirando cada movimiento que hacía. Cuando levantaba la mirada de los libros, encontraba sus ojos sobre mí. Me pareció innecesario y desagradable, y me fui antes de lo acostumbrado. Cuando llegué a la puerta, eché una última mirada atrás en la habitación y vi todas las cabezas de la mesa volteadas en mi dirección. Me molestó muchísimo, y, sin embargo, sé que es estúpido tomar nota de tales cosas. Cuando estoy bien, me pasan de largo. Debo hacer ejercicio más regularmente. Últimamente, casi no he hecho nada.


2 de noviembre.

El completo silencio de esta casa está comenzando a oprimirme. Desearía que hubiera otros sujetos viviendo arriba. Ninguna pisada suena nunca sobre mi cabeza y nadie pasa jamás por mi puerta para subir el próximo tramo de escaleras. Estoy empezando a sentir algo de curiosidad por subir yo mismo y ver cómo son las habitaciones superiores. Me siento solo aquí y aislado, barrido a una esquina desierta del mundo y olvidado... Una vez realmente me sorprendí mirando los espejos largos y rajados, intentando ver la luz del sol bailando debajo de los árboles en el huerto. Pero solo sombras profundas parecían congregarse ahora allí y pronto desistí.

Ha estado muy oscuro todo el día y no hay viento. Las nieblas han comenzado. Tuve que usar una lámpara para leer toda esta mañana. No hubo carrito que ser escuchado hoy. Realmente lo extrañé. Esta mañana, en la penumbra y el silencio, creo que casi podría haberle dado la bienvenida. Después de todo, el sonido es uno muy humano, y esta casa vacía al final del callejón contiene otros sonidos que no son tan satisfactorios. Jamás he visto a un policía en la calle y los carteros siempre se apuran a irse sin evidencia de un deseo por quedarse.

10 p.m.

Mientras escribo esto, no oigo sonido alguno, excepto el profundo murmullo del tráfico distante y el sordo gemido del viento. Los dos sonidos se mezclan entre sí. Cada tanto, un gato alza su maullido, extraño llanto en la oscuridad. Los gatos siempre están ahí bajo mis ventanas cuando cae la oscuridad. El viento se está metiendo por el embudo con un sonido como el súbito barrido de inmensas alas distantes. Es una noche sombría. Me siento perdido y olvidado.


3 de noviembre.

Desde mis ventanas puedo ver los arribos. Cuando alguien se acerca a la puerta, puedo ver justo el sombrero, los hombros y la mano en la campana. Solo dos sujetos han venido a verme desde que vine aquí hace dos meses. A ambos los vi desde la ventana antes de que subieran y escuché sus voces preguntando si estaba. Ninguno de ellos volvió jamás.

Terminé el agotador artículo. Al revisarlo, sin embargo, estuve insatisfecho con él y taché con mi lápiz casi todas las páginas. Había expresiones e ideas extrañas que no podía explicar y que veía con asombro, por no decir alarma. No sonaban propias y no podía recordar haberlas escrito. ¿Puede ser que mi memoria esté comenzando a ser afectada?

Nunca se pueden encontrar mis plumas. Esta vieja estúpida las pone en lugares diferentes cada día. Debo darle el merecido crédito por encontrar tantos nuevos escondites; tal ingenuidad es maravillosa. Se lo he dicho repetidamente, pero ella siempre dice: “Hablaré con Emily, señor.”. Emily siempre dice: “Le diré a la señora Monson, señor.”. Su estupidez me vuelve irritable y desparrama todos mis pensamientos. Me gustaría clavarles las plumas extraviadas y sacarlas a la calle, ciegas, para ser arañadas y destrozadas por esos miles de gatos hambrientos. ¡Uf! ¡Qué pensamiento espeluznante! ¿De dónde diantres salió? Semejante idea es tan propia de mí como de un policía. Pero sentí que tenía que escribirlo. Fue como una voz cantándome en mi cabeza y mi pluma no se detendría hasta que la última palabra estuviera terminada. ¡Qué ridículos disparates! Debo controlarme. Debo realizar más ejercicio regularmente; mis nervios y mi hígado me afligen horriblemente.


4 de noviembre.

Asistí a una conferencia en el barrio francés sobre “La muerte”, pero hacía tanto calor en la habitación y yo estaba tan cansado que me quedé dormido. La única parte que escuché, sin embargo, tocó vívidamente mi imaginación. Al hablar de los suicidas, el conferencista dijo que el suicidio no es un escape de las miserias del presente, sino solo una preparación de mayores sufrimientos para el futuro. Los suicidas, declaró, no pueden eludir sus responsabilidades tan fácilmente. Deben regresar para retomar su vida exactamente donde la dejaron tan violentamente, pero con el añadido dolor y castigo por su debilidad. Mucho de ellos vagan por la tierra en una miseria inefable hasta que puedan revestirse en el cuerpo de alguien más (generalmente un lunático o un estúpido, que no puede resistir la espantosa obsesión). Este es su único medio de escape. ¡Una idea verdaderamente rara y horrible! Desearía haber dormido todo el tiempo y no haberlo escuchado en lo absoluto. Mi mente es lo suficientemente mórbida sin semejante fantasías espeluznantes. Semejante propaganda dañina debería ser detenida por la policía. Escribiré al Times y lo sugeriré. Buena idea.

Caminé a casa por Greek Street, Soho, e imaginé que había retrocedido cien años y De Quincey aún estaba ahí, acechando la noche con invocaciones a su “justa, sutil y poderosa” droga. Sus vastos sueños parecían sobrevolar no muy lejos. Una vez en mi mente, las imágenes se negaron a irse, y lo vi durmiendo en esa mansión fría y abandonada con la extraña y pequeña esposa que tenía miedo de sus fantasmas, ambos juntos en las sombras bajo un único manto de jinete, o vagando en la compañía de la espectral Anne; o, aún más tarde, de camino a su cita eterna al pie de Great Titchfield Street, la cita que ella nunca fue capaz de asistir. ¡Qué inefable pesadumbre, qué inconmensurable horror de penas y sufrimientos me sobreviene cuando intento comprender algo de lo que ese hombre (un niño era en ese entonces) debe haber albergado en su solitario corazón!

Mientras subía por el callejón, vi una luz en la ventana superior y una cabeza y unos hombros arrojaban una sombra exagerada sobre la persiana. Me pregunté qué podría estar haciendo el hijo allí arriba a tales horas.


5 de noviembre.

Esta mañana, mientras escribía, alguien subió por las crujientes escaleras y golpeó cuidadosamente mi puerta. Pensando que era la casera, dije: “¡Pase!”. Se repitió el golpe y grité más fuerte: “¡Pase, pase!”. Pero nadie giró el picaporte y yo continué mi escritura con un irritado “¡Bueno, quédese afuera entonces!” en voz baja. ¿Seguí escribiendo? Lo intenté, pero mis pensamientos se habían secado súbitamente en su fuente. No podía colocar una sola palabra. Era una mañana oscura, neblinosa y había muy poca inspiración en el aire tal como estaba, pero esa estúpida mujer parada justo afuera de mi puerta, esperando a ser nuevamente invitada a pasar, elevó un espíritu de irritabilidad que llenó mi cabeza hasta la exclusión de todo lo demás. Al final, salté y abrí la puerta yo mismo.

—¿Qué quiere y por qué diantres no entra? —grité. Pero las palabras cayeron en el vacío. No había nadie allí. La niebla subía por la desgastada escalera en espirales de amarillo oscuro, pero no había signos de un ser humano en ningún lado.

Cerré de un portazo con imprecaciones hacia la casa y sus sonidos y regresé a mi trabajo. Unos minutos más tarde, Emily entró con una carta.

—¿Estuvo usted o la señora Monson afuera hace unos minutos golpeando mi puerta?

—No, señor.

—¿Está segura?

—La señora Monson se marchó al mercado y no hay nadie, excepto el niño y yo, en esta vieja casa, y yo estuve lavando los platos durante la última hora, señor.

Me pareció que el rostro de la muchacha se volvió un tono más pálido. Se revolvió hacia la puerta con un vistazo sobre su hombro.

—Aguarde, Emily—dije, y entonces le conté lo que había escuchado.

Ella me miró estúpidamente, aunque sus ojos sus ojos corrían de vez en cuando sobre los objetos de la habitación.

—¿Quién era? —pregunté cuando había llegado al final.

—La señora Monson dijo que solo es una laucha—dijo ella, como repitiendo una lección memorizada.

—¡Una laucha! —exclamé—. No es nada de eso. Alguien estaba merodeando afuera de mi puerta. ¿Quién era? ¿Está el niño en la casa?

Toda su actitud cambió súbitamente y ella se puso seria en lugar de evasiva. Parecía ansiosa por contarme la verdad.

—Oh, no señor, no hay nadie, excepto usted, yo y el niño, y no pudo haber nadie en su puerta. En cuanto a los golpes... —Ella se detuvo abruptamente, como si hubiese dicho demasiado.

—Bueno, ¿qué hay con los golpes? —dije más gentilmente.

—Por supuesto—tartamudeó ella—los golpes no son una laucha, ni los pasos, sino...

De nuevo, se detuvo por completo.

—¿Hay algo mal con la casa?

—¡Por Dios, no! ¡Los desagües son espléndidos!

—No me refiero a los desagües, mujer. Quiero decir, ¿alguna vez algo... algo malo ocurrió aquí?

Se sonrojó hasta las raíces de su cabello y, luego, se puso súbitamente pálida de nuevo. Evidentemente, estaba sumamente acongojada y había algo que estaba ansiosa, pero temerosa, por contarme (alguna cosa prohibida que no tenía permitido mencionarme).

—No me importa lo que es, pero me gustaría saber—dije de modo alentador.

Elevando sus atemorizados ojos hacia mi rostro, soltó la lengua sobre algo que “había pasado una vez a un caballero que vivía arriba”, cuando una voz aguda que la llamaba sonó abajo.

“¡Emily, Emily!”. Era la casera que había regresado y la chica tropezó escaleras abajo como si fuera tirada hacia atrás por una soga, dejándome lleno de conjeturas en cuanto a qué diantres pudo haberle sucedido a un caballero de arriba que podría, de tal curiosa manera, afectar mis oídos abajo.


10 de noviembre.

He realizado un trabajo crucial; he terminado el agotador artículo y logré que lo aceptaran en una revista, y me encargaron otro. Me siento bien y contento, y he realizado ejercicio regularmente y dormido bien; ¡nada de jaquecas, ni nervios, ni hígado! Esas pastillas que me recomendó el químico son maravillosas. Puedo mirar al niño jugando con su carretilla y no siento irritación; a veces, casi me siento inclinado a unírmele. Incluso la caripálida casera me despierta compasión; siento lástima por ella: tan desgastada, tan cansada, tan extrañamente ensamblada, justo como este edificio. Luce como si hubiese sufrido una vez alguna conmoción terrorífica y estuviese temiendo otra en cualquier momento. Cuando hablé con ella hoy muy gentilmente sobre no colocar mis plumas en el cenicero y los guantes en los estantes, alzó sus tenues ojos hasta los míos por primera vez con la sombra de una sonrisa: “Intentaré recordarlo, señor.”. Me sentí inclinado a palmearla en la espalda y decirle: “¡Vamos, alégrese y sonría! La vida no es tan mala después de todo.”. ¡Ah! Estoy mucho mejor. No hay nada como el aire libre, el éxito y el buen dormir. Ellos erigen, como por arte de magia, las porciones del corazón devoradas por la desesperación y los anhelos insatisfechos. Incluso con los gatos me siento amigable. Cuando regresé esta noche a las 11 en punto, me siguieron hasta la puerta en una hilera y me detuve a acariciar al más cercano a mí.

¡Bah! La bestia siseó, gruñó y me arañó. La garra rozó mi mano y sacó sangre en una delgada línea. Los otros se apartaron hacia la oscuridad, chillando, como si les hubiese hecho algún daño. Creo que los gatos realmente me odian. Quizás están solo esperando a engrosar filas. Recién entonces me atacarán. ¡Ja, ja! A pesar del enfado momentáneo, esta fantasía me mandó riéndome por las escaleras hasta mi habitación.

El fuego estaba apagado y la habitación parecía inusualmente fría. Mientras tanteaba mi camino hasta la repisa de la chimenea para encontrar los fósforos, me di cuenta súbitamente de que había otra persona parada a mi lado en la oscuridad. No podía, por supuesto, ver nada, pero mis dedos, al tantear el estante, entró en contacto forzoso con algo que fue inmediatamente retirado. Estaba frío y húmedo. Podría haber jurado que era la mano de alguien. Se me puso instantáneamente la piel de gallina.

—¿Quién anda ahí? —exclamé en voz alta.

Mi voz cayó en el silencio como una piedra en un pozo profundo. No hubo respuesta, pero, en el mismo momento, escuché a alguien alejándose de mí a través de la habitación en dirección a la puerta. Era una especie confusa de pasos y el sonido de ropas rozando los muebles en el camino. El mismo segundo en que mi mano tropezó con la caja de fósforos, encendí la luz. Esperaba ver a la señora Monson o a Emily o, quizás, al hijo que hace algo en un ómnibus. Pero el resplandor del mechero de gas iluminó una habitación vacía; no había señales de otra persona en ningún lugar. Sentí que se me pusieron los pelos de punta e instintivamente me apreté contra la pared por si algo se me aproximaba desde atrás. Estaba claramente alarmado. Pero, al minuto siguiente, me repuse. La puerta estaba abierta hacia el rellano y yo crucé la habitación, no sin cierta agitación interna, y salí. La luz de la habitación caía sobre la escalera, pero no había nadie a quien ver en ninguna parte ni había sonido alguno en la crujiente escalera de madera que indicase alguna criatura en retirada.

Estaba en el acto de girarme para volver a entrar cuando un sonido sobre mi cabeza me llegó al oído. Era un sonido muy leve, similar al suspiro del viento; sin embargo, no podía ser el viento, porque la noche estaba tranquila como una tumba. Aunque no se repitió, resolví subir por las escalares y ver por mí mismo qué significaba todo aquello. Dos sentidos habían sido involucrados (tacto y audición) y no podía creer que había sido engañado. Entonces, con una vela encendida, continué sigilosamente mi desagradable recorrido hacia las regiones superiores de esta casita vieja y rara.

En el primer rellano había solo una puerta y estaba cerrada con llave. En el segundo también había solo una puerta, pero, cuando giré el picaporte, se abrió. Allí me salió al encuentro un aire frío y húmero, que es característico de habitaciones largamente desocupadas. Con él salió un olor indescriptible. Uso el adjetivo cuidadosamente. Aunque muy tenue, diluido por así decirlo, era, sin embargo, un olor que me revolvió el estómago. Nunca antes había olido nada igual y no puedo describirlo.

La habitación era pequeña y cuadrada, justo debajo del techo, con un cielorraso inclinado y dos diminutas ventanas. Estaba fría como una tumba, sin un trozo de alfombra o mueble. La atmósfera helada y el olor innombrable se combinaban para hacerme la habitación abominable y, luego de permanecer un momento para ver que no contenía aparadores o esquineros en los que una persona podría haberse arrastrado para esconderse, me apresuré a cerrar la puerta y bajé las escaleras para irme a la cama. Evidentemente, había sido engañado después de todo respecto al sonido.

Por la noche tuve un sueño ridículo, pero muy vívido. Soñé que la casera y otra persona, oscura y no propiamente visible, entraban en mi habitación en cuatro patas, seguidos por una horda inmensa de gatos. Ellos me atacaban mientras yacía en la cama y me asesinaban y, luego, arrastraban mi cuerpo por las escaleras y lo depositaban sobre el piso de esta pequeña habitación fría y cuadrada bajo el techo.


11 de noviembre.

Desde mi conversación con Emily (la conversación inconclusa) apenas he puesto una vez los ojos en ella. La señora Monson ahora atiende enteramente mis necesidades. Como siempre, hace todo exactamente como no quiero que lo haga. Es todo completamente trivial para ser mencionado, pero es extremadamente irritante. Como pequeñas dosis de morfina usualmente repetidas, ella tiene finalmente un efecto acumulativo.


12 de noviembre.

Esta mañana me desperté temprano y entré en la habitación delantera para tomar un libro con la intención de leerlo en la cama hasta que fuera hora de levantarse. Emily estaba encendiendo el fuego.

—¡Buenos días! —dije alegremente—. Asegúrese de hacer un buen fuego. Hace mucho frío.

La muchacha se giró y me mostró un rostro perplejo. ¡No era Emily!

—¿Dónde está Emily? —exclamé.

—¿Se refiere a la chica que estuvo antes que yo?

—¿Emily se marchó?

—Yo vine el 6—respondió ella de mala gana—y ella ya se había ido.

Tomé mi libro y regresé a la cama. Emily debe haber sido despedida casi inmediatamente después de nuestra conversación. Esta observación no paraba de interponerse entre mí y la página impresa. Me alegré cuando fue la hora de levantarse. Tan veloz energía, tal decisión despiadada, parecía afirmar algo de importancia (para alguien).


13 de noviembre.

La herida infringida por la garra del gato se ha hinchado y me causa irritación y algo de dolor. Late y pica. Temo que mi sangre esté en mala condición o ya habría sanado. La abrí con una navaja empapada en solución antiséptica y la limpié por completo. He escuchado historias desagradables de los resultados de heridas infringidas por gatos.


14 de noviembre.

A pesar del curioso efecto que esta casa ciertamente ejerce sobre mis nervios, me gusta. Es solitaria y desierta en el corazón mismo de Londres, pero es también por esa razón silenciosa para trabajar en ella. Me pregunto por qué es tan barata. Algunas personas sospecharían, pero yo no pregunté por la razón. Ninguna respuesta es mejor que una mentira. ¡Si tan solo pudiera eliminar los gatos de afuera y las ratas de adentro! Siento que me acostumbraré más y más a sus peculiaridades y que moriré aquí. Ah, esa expresión suena rara y da la impresión equivocada: quiero decir que viviré y moriré aquí. Renovaré el contrato año a año hasta que uno de nosotros se caiga a pedazos. Por las presentes indicaciones, el edificio será el primero en irse.


16 de noviembre.

Es abominable el modo en que mis nervios suben y bajan conmigo (y bastante desalentador). Esta mañana me desperté para encontrar mis ropas desparramadas por la habitación y una silla de mimbre tirada junto a la cama. Mi sobretodo y mi chaleco lucían justo como si hubiesen sido probados por alguien en la noche. Tuve sueños vívidos horripilantes, además, en los que alguien, tapándose la cara con sus manos, no paraba de acercárseme, gritando como adolorido. “¿Dónde puedo encontrar cobijo? Oh, ¿quién me cubrirá?”. Qué tontería, y, sin embargo, me asustó un poco. ¡Fue tan espantosamente real! Hace ya un año desde la última vez que caminé dormido y me desperté estupefacto sobre el frío pavimento de Earl’s Court Road, donde vivía antes. Pensé que estaba curado, pero evidentemente no. El descubrimiento tiene un efecto bastante inquietante sobre mí. Esta noche recurriré al viejo truco de atar mi pie al pilar de la cama.


17 de noviembre.
Anoche fui molestado nuevamente por los sueños más opresivos. Alguien parecía moverse en la noche por mi habitación, a veces pasando a la habitación delantera, y luego regresando para pararse junto a mi cama y mirarme intensamente. Fui observado por esa persona la noche entera. Nunca me desperté realmente, aunque varias veces estuve a punto. Supongo que fue una pesadilla por indigestión, porque esta mañana tuve una de mis viejas y viles jaquecas. Sin embargo, todas mis ropas yacían desparramadas por el piso cuando me desperté, donde evidentemente habían sido tiradas (¿las había arrojado yo?) durante las horas oscuras, y mis pantalones estaban en dirección al escalón de la puerta delantera.

Peor que esto, sin embargo, fue que me pareció percibir en la habitación por la mañana ese olor extraño y fétido. Aunque muy leve, su mera sugerencia es repugnante y nauseabundo. Qué diantres puede ser, me pregunto... En lo sucesivo, cerraré con llave mi puerta.


26 de noviembre.

He realizado un montón de buen trabajo durante la semana pasada y también he logrado realizar ejercicio regularmente. Solo dos cosas han perturbado mi serenidad. La primera es trivial en sí misma y, sin duda, fácilmente explicable. La ventana superior, donde vi la luz en la noche del 4 de noviembre con la sombra de una cabeza grande y de unos hombros sobre la persiana, es una de las ventanas de la habitación cuadrada bajo el techo. En realidad, ¡no tiene persiana!

He aquí la otra cosa. Estaba regresando a casa anoche bajo una fresca nevada a eso de las once en punto con mi paraguas inclinado sobre mi rostro. A medio camino del callejón, donde la nieve estaba totalmente intacta, vi las piernas de un hombre frente a mí. El paraguas escondía el resto de su figura, pero, al levantarlo, vi que era alto, ancho y estaba caminando, como yo, hacia la puerta de mi casa. No podía haber estado a más de dos metros delante de mí. Había pensado que el callejón estaba vacío cuando entré, pero, por supuesto, podría haberme equivocado muy fácilmente.

Una súbita ráfaga de viento me obligó a bajar el paraguas y, cuando lo volví a levantar, ni medio minuto después, ya no había ningún hombre que ver. Con unos pasos más, alcancé la puerta. Estaba cerrada como siempre. Noté, entonces, con una súbita sensación de consternación, que la superficie de la nieve recientemente caída estaba intacta. Mis propias huellas eran las únicas a ver en cualquier parte y, aunque volví sobre mis pasos hasta el punto donde había visto por primera vez al hombre, no pude encontrar la más mínima impresión de ninguna otra bota. Sintiéndome atemorizado e intranquilo, subí por las escaleras y me alegré de irme a la cama.


28 de noviembre.

Con el cierre de la puerta de mi habitación, las perturbaciones cesaron. Estoy convencido de que caminé dormido. Probablemente, desaté mi pie y, después, lo volvía a atar. La seguridad imaginada de la puerta cerrada habría bastado por sí sola para devolver el sueño a mi espíritu inquieto y permitirme descansar tranquilamente.

Anoche, sin embargo, la molestia fue súbitamente renovada de otra forma más agresiva. Me desperté en la oscuridad con la impresión de que alguien estaba parado afuera de la puerta de mi habitación escuchando. Mientras me volvía más lúcido, la impresión se volvió un conocimiento certero.

Aunque no había sonido apreciable de movimiento o respiración, estuve tan convencido de la proximidad de un oyente que me arrastré fuera de la cama y me acerqué a la puerta. Al hacerlo, vino vagamente desde la habitación contigua el sonido inconfundible de alguien retirándose sigilosamente a través del suelo. Pero, al escucharlo, no era ni el paso de un hombre ni una pisada regular, sino, más bien, me pareció, una especie confusa de gateo, casi como el de alguien en cuatro patas.

Abrí la puerta en menos de un segundo y pasé rápidamente a la habitación delantera y pude sentir, como por las vibraciones más sutiles imaginables sobre mis nervios, que el lugar donde estaba parado había sido desocupado justo en ese instante. El Oyente se había movido; él estaba ahora detrás de la otra puerta, parado en el pasillo. Pero esa puerta también estaba cerrada. Me moví rápidamente, y tan silenciosamente como pude, por el piso y giré el picaporte. Una ráfaga fría de aire me golpeó desde el pasillo y me hizo bajar un escalofrío por la espalda. No había nadie en la entrada; no había nadie en el pequeño rellano; no había nadie bajando la escalera. Sin embargo, había sido tan rápido que, esta noche, el Oyente no podía estar muy lejos y sentí que, si perseveraba, debería eventualmente encontrármelo cara a cara. Y el coraje que vino tan oportunamente a sobreponer mi nerviosismo y horror parecía nacido de la desagradable convicción de que era de algún modo necesario para mi seguridad, así como para mi cordura, que encontrase a este intruso y le sonsacase su secreto. ¿Porque no fue la intensa acción de su mente sobre la mía, en escucha concentrada, lo que me había despertado con semejante percepción vívida de su presencia?

Avanzando por el estrecho rellano, miré abajo por el ojo de la pequeña escalera. No había nada que ver; nadie se movía en la oscuridad. ¡Qué frío era el hule a mis pies descalzos!

No puedo decir qué fue lo que súbitamente me hizo levantar la mirada. Solo sé que, sin una razón aparente, miré arriba y vi una persona a medio camino de la próxima curva de la escalera, inclinándose sobre la balaustrada y mirando fijamente en mi rostro. Era un hombre. Parecía estar aferrado a la barandilla más que parado en la escalera. La oscuridad hacía imposible ver mucho más allá del contorno, pero la cabeza y los hombres eran aparentemente enormes y estaba nítidamente recortado contra la claraboya del techo inmediatamente arriba. La idea apareció súbitamente en mi cerebro de que estaba mirando el rostro de algo monstruoso. El enorme cráneo, el pelo como melena y los amplios y jorobados hombros sugerían, de un modo que no me detuve a analizar, algo que era escasamente humano, y, por unos segundos, fascinado por el horror, le devolví la mirada y miré el semblante oscuro, inescrutable sobre mí, sin saber exactamente dónde estaba o qué estaba haciendo.

Luego me di cuenta, de un modo bastante novedoso, que estaba cara a cara con el furtivo Oyente nocturno y me armé de valor lo mejor que pude para lo que estaba por venir.

La fuente del súbito coraje que me sobrevino en este horrible momento me será para siempre un misterio inexplicable. Aunque temblando de miedo y con mi frente húmeda por un sudor impío, resolví avanzar. Veinte preguntas saltaron a mis labios: ¿Dónde estás? ¿Qué quieres? ¿Por qué oyes y miras? ¿Por qué entras en mi habitación? Pero ninguna de ellas encontró expresión articulada.

Comencé inmediatamente a subir las escaleras y, con los primeros signos de mi avance, él retrocedió en las sombras y comenzó a moverse. Se retiraba tan rápidamente como yo avanzaba. Escuché el sonido de su gateo unos pasos delante de mí, siempre manteniendo la misma distancia. Cuando alcancé el rellano, él estaba a medio camino del siguiente tramo, y, cuando yo estaba a medio camino del siguiente tramo, él ya había alcanzado el descanso superior. Luego lo escuché abrir la puerta en la pequeña habitación cuadrada bajo el techo y entrar. Inmediatamente, aunque la puerta no se cerró detrás de él, el sonido de su movimiento se detuvo enteramente.

En este momento, anhelaba una luz o un palo o cualquier clase de arma, pero no tenía ninguna de estas cosas y era imposible regresar. Así que subí ininterrumpidamente el resto de la escalera y, en menos de un minuto, me encontré parado en la oscuridad cara a cara con la puerta por la que esta criatura había entrado recién.

Por un momento dudé. La puerta estaba entreabierta y el Oyente estaba parado evidentemente en su actitud favorita justo detrás de ella, oyendo. Buscarlo en esa oscura habitación me parecía inútil; entrar en ese pequeño espacio donde él estaba, parecía horrible. La mera idea me llenaba de asco y casi decidí dar la vuelta.

Es extraño en tales momentos el modo en que cosas triviales impactan en la consciencia con un golpe como de algo importante e inmenso. Algo (puede haber sido un escarabajo o un ratón) se escabulló sobre las tablas peladas detrás de mí. La puerta se movió medio centímetro, cerrándose. Mi decisión regresó con un impulso súbito, por así decirlo, y, levantando un pie, pateé la puerta de modo que se abrió bruscamente por completo y me permitió avanzar lentamente en la apertura de la profunda oscuridad interior. ¡Qué extraño y suave sonido hacían mis pies descalzos sobre las tablas! ¡Cómo resonaba y zumbaba la sangre en mi cabeza!

Estaba adentro. La oscuridad se cerró a mi alrededor, ocultando incluso las ventanas. Empecé a tantear mi camino por las paredes en inspección profunda, pero, a los fines de prevenir toda posibilidad de su huida, primero que todo cerré la puerta.

Ahí estábamos los dos, encerrados juntos entre cuatro paredes a pocos metros uno del otro.

¿Pero con qué, con quién, estaba yo momentáneamente aprisionado? Una nueva luz brilló súbitamente sobre el asunto con un brillo rápido, iluminador, y supe que fui un estúpido, un completo estúpido. Finalmente estaba bien despierto y el horror se estaba evaporando. Mis malditos nervios de nuevo; un sueño, una pesadilla, y el viejo resultado: caminar en sueños. La figura era una figura onírica. Muchas veces antes se habían parado ante mí los actores de mis sueños por unos momentos luego de haber despertado...

Había un fósforo casual en el bolsillo de mi pijama y lo encendí contra la pared. La habitación estaba completamente vacía. No contenía siquiera una sombra. Regresé rápidamente a la cama, maldiciendo mis precarios nervios y mis estúpidos y vívidos sueños. Pero tan pronto como me volví a dormir, la misma figura burda de un hombre se arrastró hasta la cabecera de mi cama e, inclinándose sobre mí con su inmensa cabeza cerca de mi oído, susurró repetidamente en mis sueños: “Quiero tu cuerpo; quiero su envoltorio. Estoy esperándolo, siempre oyendo.”. Palabras apenas menos estúpidas que el sueño.

Pero me pregunto qué hacía ese extraño olor en la habitación cuadrada. Lo percibí nuevamente y más fuerte que nunca y parecía estar también en mi dormitorio cuando me desperté esta mañana.


29 de noviembre.

Lentamente, como se elevan los rayos de luna sobre un mar neblinoso, la percepción está entrando en mi mente de que mis nervios y sueños sonambulísticos no dan cabal cuenta de la influencia que esta casa ejerce sobre mí. Me retiene como con una red fina e invisible. No podría escapar si pudiera. Me atrae y trata de retenerme.


30 de noviembre.

El correo, esta mañana, me trajo una carta desde Adén dirigida a mis antiguas habitaciones en Earl’s Court. Era de Chapter, mi antiguo compinche de Trinity, quien está regresando a casa desde Oriente y pregunta por mi dirección. Se la envié al hotel que mencionó, “a la espera de su llegada”.

Como dije anteriormente, mis ventanas dominan un panorama del callejón y puedo ver un arribo sin dificultad. Esta mañana, mientras estaba ocupado escribiendo, el sonido de pisadas subiendo por el callejón me llenó con una sensación de alarma difusa, de la que, de ningún modo, podía dar cuenta. Me dirigí a la ventana y vi un hombre parado debajo, esperando a que la puerta se abriera. Sus hombros eran anchos; su galera, brillosa, y su sobretodo se cerraba hermosamente alrededor de su cuello. Podía ver todo esto, pero nada más. Inmediatamente se abrió la puerta y la conmoción de mis nervios fue inconfundible cuando escuché la voz de un hombre preguntar: “¿Está el señor... aún aquí?”, mencionando mi nombre. No pude oír la respuesta, pero solo podía haber sido afirmativa, porque el hombre entró al vestíbulo y la puerta se cerró detrás de él. Pero esperé en vano el sonido de sus pasos por la escalera. No había sonido de ningún tipo. Me pareció tan extraño que abrí mi puerta y miré afuera. No había nadie que ver. Caminé por el estrecho rellano y miré por la ventana que domina la entera extensión del callejón. No había señal de un ser humano, yendo o viniendo.

La calle estaba desierta. Entonces, deliberadamente bajé las escaleras hasta la cocina y pregunté a la caripálida casera si un caballero me había estado buscando hace un instante. La respuesta, dada con una especie rara y cansada de sonrisa, fue: “¡No!”.


1 de diciembre.

Me siento genuinamente alarmado e intranquilo sobre el estado de mis nervios. Los sueños son sueños, pero nunca antes había tenido sueños a plena luz del día.

Espero con ansias la llegada de Chapter. Es un tipo de ciudad, vigoroso, sano, sin nervios y aún menos imaginación; gana 2.000 libras al año para colmo.

Periódicamente me hace ofertas (la última fue un viaje por el mundo con él como secretario, lo cual fue una manera delicada de pagar mis gastos y darme algo de efectivo), ofertas, sin embargo, que invariablemente declinaba. Prefería mantener su amistad. Las mujeres no podían interponerse entre nosotros; el dinero, quizás (por eso no le daba oportunidad). Chapter siempre se burló de lo que él llamaba mis “fantasías”, aunque él mismo solo poseía esa cualidad anémica de la imaginación que siempre está asociada con el hombre prosaico. Pero, si se le reprocha esta falencia obvia, su furia es profundamente azuzada. Su psicología es la de un craso materialista (siempre un artículo bastante raro). Me proporcionará un alivio genuino, a pesar de todo, escuchar el frío razonamiento que su mente dictaminará respecto a la historia de esta casa tal como tendré que contarla.


2 de diciembre.

A la parte más extraña de todo no la mencioné en este breve diario. A decir verdad, he tenido miedo de redactarlo punto por punto. Lo he mantenido en el trasfondo de mis pensamientos, evitando, en la medida de lo posible, que tomase forma. A pesar de mis esfuerzos, sin embargo, ha continuado creciendo con mayor fuerza.

Ahora que he enfrentado la cuestión directamente, es más difícil de expresar de lo que imaginé. Como una melodía medio recordada que tropieza en la cabeza, pero se esfuma en el momento en que intentas cantarla, estos pensamientos forman un grupo en el trasfondo de mi mente, detrás de mi mente, por así decirlo, y se niegan a dar un paso adelante. Están agazapados, listos para saltar, pero el salto en sí nunca tiene lugar.

En estas habitaciones, excepto cuando mi mente está fuertemente concentrada en mi propio trabajo, me encuentro súbitamente tratando con pensamientos e ideas que no son míos. Concepciones nuevas, extrañas, completamente ajenas a mi temperamento, están siempre aflorando en mi mente. Qué son precisamente, no es de particular importancia. El punto es que son completamente ajenos al canal en el que mis pensamientos, hasta ahora, han estado acostumbrados a fluir. Especialmente, vienen cuando mi mente está descansando, desocupada, cuando estoy soñando junto al fuego o sentado con un libro que no logra captar mi atención. Entonces, estos pensamientos, que no son míos, emergen a la vida y me hacen sentir excesivamente incómodo. A veces, son tan fuertes que casi siento como si alguien estuviera en la habitación a mi lado, pensando en voz alta.

Evidentemente, mis nervios y mi hígado están escandalosamente alterados. Debo trabajar más duro y realizar ejercicio más vigoroso. Los pensamientos horrorosos nunca vienen cuando mi mente está muy ocupada. Pero están ahí siempre (esperando y, por así decirlo, vivos).

Lo que he intentado describir arriba me sobrevino, al principio, gradualmente después de haber estado algunos días en la casa y, luego, creció incesantemente en fuerza. La otra cosa extraña me ha sucedido dos veces en todas estas semanas. Me horroriza. Es la consciencia de la cercanía de una enfermedad mortal y repugnante. Me ataca como una ola de fiebre y, luego, se va, dejándome helado y temblando. El aire, por unos segundos, parece contaminarse. Tan penetrante y convincente es la idea de esta enfermedad que, en ambas ocasiones, mi cerebro se mareó momentáneamente, y, en mi mente, como llamas al rojo vivo, relampaguearon los nombres ominosos de todas las enfermedades peligrosas que conozco. No puedo explicar estas apariciones más de lo que puedo volar, pero sé que no hay ensoñación en la piel sudada y el corazón palpitante que siempre dejan atrás como testigos de su breve visita.

Más fuertemente que nunca fui consciente de esta cercanía de una enfermedad mortal cuando, en la noche del 28, subí por las escaleras persiguiendo a la figura oyente. Cuando estuvimos encerrados juntos en esa pequeña habitación cuadrada bajo el techo, sentí que estaba cara a cara con la verdadera esencia de esta enfermedad invisible y maligna. Semejante sensación jamás entró en mi corazón antes y rezo a Dios que nunca vuelva a hacerlo.

¡Ahí está! Ahora sí lo he confesado. He dado algo de expresión, finalmente, a las sensaciones que, hasta ahora, he temido ver en mi propia escritura. Porque (dado que ya no puedo engañarme más) las experiencias de esa noche (el 28) no fueron un sueño más de lo que mi desayuno diario es un sueño; y la entrada trivial en este diario, por la cual busqué explicar una ocurrencia que me causó un horror inefable fue debido solamente a mi deseo de no reconocer en palabras lo que realmente sentí y creí que era verdadero. El incremento que habría recaído en mi horror al hacerlo, habría sido más de lo que podría soportar.


3 de diciembre.

Ojalá viniera Chapter. Mis notas ya están todas alineadas para la batalla y puedo ver sus ojos fríos, grises fijos incrédulamente en mi rostro mientras los relato: el golpe en mi puerta, el elegante visitante, la luz en la ventana superior y la sombre sobre la persiana, el hombre que me precede en la nieve, el revoleo de mis ropas en la noche, la confesión inconclusa de Emily, la reticencia sospechosa de la casera, el oyente nocturno en la escalera y esas horribles palabras subsiguientes en mi sueño; y, sobre todo, y lo más difícil de contar, la presencia de la abominable enfermedad y el fluir de pensamientos e ideas que no son míos.

Puedo ver la cara de Chapter y casi puedo oír sus prudentes palabras: “Has estado bebiendo té nuevamente y comiendo mal, supongo, como siempre. Mejor atiéndete con mi neurólogo y, luego, ven conmigo al sur de Francia.”. Porque este tipo, que no sabe nada de hígados desordenados o nervios alterados, visita regularmente a un gran especialista de nervios con la periódica creencia de que su sistema nervioso está comenzado a decaer.


4 de diciembre.

Desde el incidente del Oyente, he mantenido encendida una luz en mi dormitorio y mi sueño no ha sido perturbado. Anoche, sin embargo, fui objeto de una molestia mucho peor. Me desperté súbitamente y vi un hombre frente al tocador contemplándose en el espejo. La puerta estaba cerrada con llave, como siempre. Supe al instante que era el Oyente y la sangre se me congeló en las venas. Tal ola de horror y miedo me barrió que pareció petrificarme en la cama, y no podía ni moverme ni hablar. Noté, sin embargo, que el olor que tanto aborrecía era fuerte en la habitación.

El hombre parecía ser alto y ancho. Se estaba inclinando sobre el espejo. Me daba la espalda, pero en el vidrio vi el reflejo de una cabeza y un rostro enormes iluminados irregularmente por el parpadeo de la luz. El gris espectral de la madrugada infiltrándose por los bordes de las cortinas añadía un horror adicional a la imagen, porque caía sobre un cabello que era leonado y melenudo, colgando libremente sobre un rostro cuyos rasgos hinchados y rugosos portaban la inolvidable expresión leonina del... (no me atrevo a escribir la horrible palabra). Pero, a modo de prueba corroborativa, vi en la tenue combinación de las dos luces que había varias manchas broncíneas en las mejillas que el hombre estaba evidentemente examinando con gran cuidado en el espejo. Los labios eran pálidos y muy anchos y largos. No podía ver una mano, pero la otra descansaba sobre el mango de marfil de mi peine. Sus músculos estaban extrañamente contraídos, los dedos delgados hasta la demacración, el dorso de la mano minuciosamente fruncida. Era como una enorme araña gris agazapada para saltar o la garra de una gran ave.

La completa comprensión de que estaba solo en la habitación con la criatura sin nombre, casi al alcance de la mano, me superó de tal modo que, cuando él se giró súbitamente y me examinó con pequeños y brillantes ojos, totalmente fuera de proporción con la grandeza de su masivo conjunto, me senté en la cama de un salto, emití un fuerte grito y, luego, caí de espaldas sobre la cama en un desvanecimiento mortal de terror.


5 de diciembre.

Cuando vine esta mañana, la primera cosa que noté fue que mis ropas estaban todas tiradas por el piso... Me resultó difícil ordenar mis pensamientos y tuve un acceso súbito de violento temblor. Decidí que iría inmediatamente al hotel de Chapter y averiguaría para cuándo se lo esperaba. No puedo referir lo que pasó en la noche; es demasiado horrible y debo mantener mis pensamientos rigurosamente alejado de ello. Me siento aturdido y extraño y no pude desayunar, y vomité dos veces con sangre. Mientras me vestía para salir, un cabriolé traqueteaba ruidosamente sobre los adoquines y, un minuto después, se abrió la puerta, y, para mi gran alegría, entró el propio sujeto de mis pensamientos.

La visión de su fuerte rostro y ojos tranquilos tuvo un efecto inmediato en mí y me volví a calmar. Su propio apretón de manos fue una suerte de tónico. Pero, mientras escuchaba los tonos graves de su voz reconfortante y las visiones nocturnas palidecían un poco, empecé a darme cuenta cuán duro sería contarle mi intangible relato salvaje. Algunos hombres irradian un vigor animal que destruye la delicada trama de una visión y efectivamente previene su reconstrucción. Chapter era uno de esos hombres.

Hablamos de incidentes que habían llenado el intervalo desde la última vez que nos vimos y me contó algo de sus viajes. Él hablaba y yo escuchaba. Pero, tan lleno estaba de la cosa horrible que tenía que contar, que fui un pésimo oyente. Estaba constantemente esperando mi oportunidad para saltar y largarle todo en sus narices.

Al poco tiempo, sin embargo, me di cuenta de que él también estaba hablando solo para llenar el tiempo.

Él también retenía algo de importancia en el trasfondo de su mente, algo demasiado pesado para soltar antes de que se presentase el momento oportuno. Así que, durante toda la primera media hora, estuvimos los dos esperando el momento psicológico en el que soltar adecuadamente nuestras respectivas bombas, y la intensidad de acción de nuestras mentes levantaron fuerzas opuestas que apenas bastaban para mantener uno al otro a raya (y nada más). Tan pronto como me di cuenta de ello, entonces, decidí ceder.

Renuncié momentáneamente a mi propósito de contar mi historia y tuve la satisfacción de ver que su mente, liberada de la restricción de la mía, inmediatamente comenzó a hacer preparaciones para la descarga de su trascendental peso. La charla se volvió cada vez menos magnética; el interés, decayó; las descripciones de sus viajes se volvieron menos vivas. Había pausas entre sus oraciones. Ahora se repetía. Sus palabras no revestían ningún pensamiento vivo. Las pausas se volvían más largas. Entonces, el interés se redujo completamente y se apagó como una vela al viento. Su voz cesó y miró de lleno a mi rostro con ojos serios y ansiosos.

¡El momento psicológico había llegado finalmente!

—Me pregunto... —comenzó, y luego se detuvo en seco.

Hice un gesto inconsciente de ánimo, pero no dije palabra. Temía la inminente revelación excesivamente. Una sombra oscura parecía precederle.

—Me pregunto—espetó finalmente—qué diantres te hizo venir a este lugar... a estas habitaciones, quiero decir.

—Son baratas, para empezar—comencé—, y están en el centro y...

—Son muy baratas—interrumpió—. ¿No preguntaste qué las hacía tan baratas?

—No se me ocurrió en el momento.

Hubo una pausa en la que él evadió mis ojos.

—¡Por el amor de Dios, continúa, hombre, y dilo! —grité, porque el suspenso se estaba volviendo más de lo que podía soportar en mi condición nerviosa.

—Aquí fue donde Blount vivió tanto tiempo—dijo silenciosamente—y donde él... murió. Tú sabes, en los viejos tiempos solía venir aquí y lo veía, y hacía lo que podía para aliviar su... —Se detuvo en seco nuevamente.

—¡Bueno! —dije con un gran esfuerzo—. Por favor, continúa... más rápido.

—Pero—continuó Chapter, volteando su rostro hacia la ventana con un temblor perceptible—finalmente se puso tan mal que no pude soportarlo, aunque siempre pensé que podía soportar cualquier cosa. Me sacó de quicio y me provocó sueños, y me perseguía día y noche.

Lo miré fijamente y no dije nada. Nunca había escuchado de Blount en mi vida y no sabía de qué estaba hablando. Pero, de todos modos, estaba temblando y mi boca se puso extrañamente seca.

—Esta es la primera vez que vuelvo desde entonces—dijo casi susurrando—y te doy mi palabra de que me pone los pelos de punta. Juro que no es adecuada para que la habite un hombre. Nunca te vi tan mal, viejo amigo.

—La alquilé por un año—espeté con una risa forzada—; firmé el contrato y todo. Pensé que era una buena oferta.

Chapter tembló y se abrochó su sobretodo hasta el cuello. Luego, habló en voz baja, mirando ocasionalmente detrás de sí como si pensase que alguien estaba escuchando. Yo también podría haber jurado que había alguien más en la habitación con nosotros.

—Lo hizo él mismo, sabes, y nadie lo culpó ni un poco; sus dolores eran horribles. Los últimos dos años usó un velo cuando salía e, incluso así, siempre era en un carruaje cerrado. Incluso el asistente que lo había cuidado por tanto tiempo fue, a la larga, obligado a irse. Las puntas de sus extremidades inferiores desaparecieron, se cayeron, y se movía por el suelo en cuatro patas con una especie de gateo. El olor, además, era...

Me vi obligado a interrumpirlo allí. No podía oír más detalles por el estilo. Mi piel estaba húmeda, sentía calor y frío de a ratos porque, finalmente, estaba empezando a entender.

—Pobre diablo—continuó Chapter—, yo solía mantener mis ojos cerrados tanto como fuera posible. Siempre rogaba que se le permitiese quitarse el velo, y preguntaba si me importaba. Solía pararme junto a la ventana abierta. Nunca me tocaba, empero. Alquilaba la casa entera. Nada podía inducirlo a dejarla.

—¿Ocupó... estas mismas habitaciones?

—No. Él usaba la pequeña habitación en el piso superior, la cuadrada justo debajo del techo. La prefería porque era oscura. Estas habitaciones estaban demasiado cerca del suelo y él temía que la gente pudiera verlo por las ventanas. Se supo que una muchedumbre lo había seguido hasta la misma puerta y que, luego, se había parado debajo de las ventanas con la esperanza de vislumbrar su rostro.

—Pero había hospitales.

—No quería acercarse a ninguno y a ellos no les gustaba obligarlo. Ya sabes que dicen que no es contagiosa, por lo que no había nada que impidiese que se quedase aquí si lo deseaba. Gastaba todo su tiempo leyendo libros de medicina, drogas y así sucesivamente. Su cabeza y rostro eran algo horripilantes, justo como las de un león.

Levanté mis manos para frenar una nueva descripción.

—Era una carga para el mundo y él lo sabía. Una noche supongo que se dio cuenta muy intensamente como para querer seguir viviendo. Disponía del libre uso de drogas... y, por la mañana, fue hallado muerto en el piso. Hace dos años fue eso y dicen que tenía aún varios años por vivir.

—¡Entonces, por el amor de Dios—grité, incapaz de soportar más el suspenso—, dime qué tenía y sé breve al respecto!

—¡Pensé que sabías! —exclamó él con sorpresa genuina. —¡Pensé que sabías!

Se inclinó adelante y nuestros ojos se encontraron. En un susurro apenas audible, capté las palabras que sus labios casi parecían temerosos de pronunciar:

—¡Era un leproso!

Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Ariel Palomo)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


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El análisis y resumen del cuento de Algernon Blackwood: El Oyente (The Listener), fueron realizados por El Espejo Gótico. Su traducción al español fue realizada por Ariel Palomo. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Cele dijo...

Me gusta el ambiente opresivo de los relatos de Blackwood, imagino un plano ominoso de la casa al fondo vista desde la entrada del callejón. La relación con la señora recordaba al Corazón delator.
Lástima el final.

Poky999 dijo...

Creo que el relato nos da esa sensación de que ese acechador, prontamente resulta en un frasco que vierte "un líquido pegajoso, fatuo, contaminado, putrefacto y espantoso" al relato. No quiero decir que sea Horror Cósmico, pero ese el efecto estético que produce en mí, este relato.



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