Horror Botánico: ¡el brócoli dominará el mundo!


Horror Botánico: ¡el brócoli dominará el mundo!




El Horror no desprecia ningún aspecto de la naturaleza para expresarse, y las plantas, en apariencia, seres pacíficos, anodinos, son un tema recurrente tanto en el relato de terror como en la ciencia ficción.

Para la mayoría de nosotros, incluso para los que poco tenemos que ver con el vegetarianismo y el veganismo (ver: La dieta de Pitágoras: vegetarianismo y filosofía), la vegetación no es particularmente aterradora. Después de todo, las plantas carecen de inteligencia —al menos tal como la entendemos—, de conciencia, son incapaces de realizar movimientos significativos, y mucho menos amenazantes.

En este sentido, las plantas no pueden vernos, no pueden perseguirnos. De hecho, es bastante fácil escapar de un árbol, de un potus, un de plato de brócoli.

Sin embargo, el Horror Botánico es un dispositivo frecuente en el género, aunque siempre dentro de un contexto de antropomorfización.

Para hacer que la vegetación sea capaz de infundir miedo, se le deben añadir rasgos humanos, o animales, como el intelecto, la movilidad y la agresión. Sin estos ingredientes la cosa no prospera. Además, ciertas características de algunas plantas deben amplificarse: su toxicidad, por ejemplo, la fuerza y la velocidad de su crecimiento, o el grado e intensidad con el que pueden consumir otros organismos vivos, tal como lo hacen las plantas insectívoras.

Ramas prensiles, cortezas de aspecto malhumorado, aberturas insospechadas entre las hojas, fragancias capaces de atraer a los incautos, son algunos de los rasgos que pueden convertir al mundo vegetal en algo verdaderamente aterrador. No es caprichoso que esos rasgos hagan que las plantas se parezcan más a los humanos, tanto en capacidades motrices como en intenciones homicidas.

Podemos pensar aquí en Los sauces (The Willows), de Algernon Blackwood, en El día de los Trífidos (The Day of the Triffids), de John Wyndham; en La voz en la noche (The Voice in the Night), de W.H. Hodgson, como ejemplos clásicos del relato botánico de terror; pero hay otros, muchos más, que logran su objetivo sin recurrir a los bosques embrujados y diabólicos árboles raquíticos, por lejos, los dispositivos más frecuentes en este subgénero (ver: Psicología del bosque encantado)

El Horror Botánico, entonces, se caracteriza por proyectar rasgos e intenciones humanas en el mundo vegetal.

Si bien existen muchas historias dentro de este esquema, hay una en la cual confluyen prácticamente todos los clichés del subgénero, mucho antes de convertirse en lugares comunes (ver: Clichés de la ciencia ficción que nos encantan). Nos referimos al relato de David H. Keller: La guerra de la hiedra (The Ivy War), publicado en la edición de mayo de 1930 de la revista Amazing Stories, y que en poco tiempo traduciremos al español en El Espejo Gótico.

Lo más interesante de este trabajo es que ya contiene muchos de los clichés que luego aparecerían en las grandes películas de monstruos de la década de 1950, casi veinte años después de la publicación de este relato.

La guerra de la hiedra comienza con un personaje típico en el Horror: el testigo poco confiable, alguien a quien nadie le creerá una palabra. Generalmente es el idiota del pueblo, pero en este caso se trata del borracho local, quien irrumpe en la oficina del alcalde asegurando que algo extraño está ocurriendo en el Pantano, algo verde, informe, que ha disuelto a su perro, literalmente.

El alcalde, desde ya, lo escucha amablemente sin prestarle demasiada atención. Luego se retira al club de caballeros para sociabilizar con los otros ricos de la zona. Pobre infeliz.

Este Pantano en una zona psicogeográfica, mezcla de tierra virgen, inexpugnable, indisciplinada, cubierta de espesa vegetación. Es, en esencia, una frontera con el lado salvaje de la naturaleza (ver: Genius Loci: el espíritu del lugar). Así como las casas funcionan como metáforas de la psique en el horror, en ocasiones la naturaleza también puede cumplir la misma función.

Estas regiones psicogrográficas aparecen frecuentemente en la obra de H.P. Lovecraft, siempre con la característica principal de ser lugares vírgenes, no mancillados por la presencia humana. Esto se observa, por ejemplo, en relatos como El color fuera del espacio (The Colour Out of Space), El horror de Dunwich (The Dunwich Horror), entre otros ejemplos. Por la descripción del lugar uno básicamente sabe que algo extraño se esconde ahí, algo antinatural, alejado del bullicio de las poblaciones.

En Lovecraft, el Horror Botánico generalmente asume la forma de una vegetación extraterrena, es decir, como el producto de un tipo de vegetación que no es de nuestro planeta (ver: ¿Qué era en realidad el Color que cayó del cielo).

La guerra de la hiedra de David H. Keller también emplea otro recurso frecuente en el género, que consiste en presentar los aspectos teóricos de la historia a través de uno o varios personajes con amplia erudición.

Este tipo de reuniones especulativas siempre están integradas por miembros de la clase alta, quizás porque en aquellos años se necesitaba la presencia de hombres ricos, blancos, y bien educados, para establecer algún tipo de credibilidad en relación a lo sobrenatural. Hoy en día, por suerte, abundan las mujeres y las minorías cumpliendo el rol de eruditos... (?)

El primero en utilizar este dispositivo, quizás, fue H.G. Wells en La máquina del tiempo (The Time Machine), pero podemos encontrar incontables ejemplos en el relato pulp, como Los hijos de la noche (The Children of the Night), de Robert E. Howard, y El modelo de Pickman (The Pickman Model), de H.P. Lovecraft. Todas estas historias abren con un debate entre sesudos caballeros arios. En este caso, Keller utiliza el club de caballeros al que asiste el alcalde para darle un marco creíble a la posible existencia de la cosa en el pantano.

En esta escena, creo, se encuentra el mejor aporte al Horror Botánico.

Keller, a través de sus personajes, se pregunta por qué tantas ciudades antiguas, tantos centros prósperos de comercio y cultura, declinaron y desaparecieron repentinamente. ¿Acaso es posible que algún tipo de forma de vida vegetal haya podido desarrollar una voluntad inteligente, y avanzar conscientemente sobre esas poblaciones?.

Keller introduce aquí un dato apócrifo: aparentemente, los castillos medievales de Inglaterra están siendo devorados gradualmente por un tipo de hiedra extraña en la zona, una especie inusual, como mínimo, que normalmente crece sobre depresiones y hondonadas, pero que poco a poco comienza a ser vista en distintos lugares del mundo.

La guerra de la hiedra no explica el origen de esta vegetación malévola, pero especula que, quizás, sea una especie prehistórica particularmente voraz.


Hace millones de años, la vida en este mundo era extraña, y absolutamente terrible. Todo era grande, hasta que cambió, y las grandes cosas murieron y dieron lugar a otras más pequeñas. En la actualidad, el hombre, el rey de la Tierra, es una pequeña cosa blanda de menos de seis pies de altura. Pero los soñadores nos han dicho que en los lugares remotos de la Tierra, debajo de los océanos o en cavernas inexploradas, yacen los gigantes de la antigüedad, durmiendo en silencio, esperando el momento para volver a gobernar como verdaderos señores del mundo.


No, Keller no se refiere a Cthulhu durmiendo la siesta en R'lyeh, pero el párrafo es profundamente lovecraftiano.

No adelantaremos mucho más sobre el relato, pero hay que decir algo que todos ya seguramente saben: el borracho del pueblo tenía razón.

Una especie de hiedra vampírica, de crecimiento vertiginoso, está emergiendo desde lo profundo del pantano, amenazando con devorar a toda la ciudad. Suceden entonces una serie de percances logísticos, ya que quienes combaten a esta planta prehistórica son, en el mejor de los casos, tipos que cortan el pasto durante los fines de semana. Nadie sabe realmente cómo combatirla.

Es así que la hiedra monstruosa se extiende sobre el río Delaware, llegando incluso a amenazar a la ciudad de Filadelfia. Este ataque anticipa a las películas de ciencia ficción de los años '50 y '60, donde los grandes centros urbanos son atacados por gigantescas especie de reptiles, insectos y otros organismos detestables, pero La guerra de la hiedra fue escrito en 1930, si no antes, de modo tal que carece de las ansiedades de la era atómica, y ciertamente no es una metáfora sobre una posible invasión soviética.

En todo caso, el verdadero Horror Botánico de Keller representa la implacable propagación de la pobreza a raíz del colapso económico y financiero de la Gran Depresión.

Las víctimas están enredadas, sofocadas, asfixiadas por esta hiedra descomunal. No es caprichoso que la elite del pueblo: el alcalde, el banquero, el agente de bienes raíces, se empeñen en no escuchar las advertencias desesperadas del borracho, como si mostraran incialmente una actitud reacia a combatir la propagación de la hiedra, o de la deuda pública, el desempleo, la desigualdad social.




Taller literario. I Universo Pulp.


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