¡No mires! (Bueno, quizás un poco) «Ver lo que no se supone que deberíamos ver» en la ficción


¡No mires! (Bueno, quizás un poco) «Ver lo que no se supone que deberíamos ver» en la ficción.




Ver algo que no se supone que debíamos ver.

Simple. Eficaz. Por eso este es uno de los principales detonadores del relato de terror; una acción banal, en apariencia, pero que da inicio a los terroríficos sucesos que vendrán a continuación.

Para nuestro análisis utilizaremos tres relatos, pero, tal como veremos, las mismas conclusiones pueden aplicarse sobre muchísimos ejemplos más.

Quizás el primer autor en colocar a un protagonista en la situación de ver algo que no debería haber visto es Nathaniel Hawthorne (1804-1864) en el cuento: El joven Goodman Brown (Young Goodman Brown), publicado en 1835, el cual ha servido de modelo para este tipo de historias.

Aquí, un muchacho ingenuo llamado Goodman Brown (el nombre es significativo), es llevado en sueños, y por el mismísimo diablo, a descubrir los secretos escondidos en los corazones de los habitantes de su aldea, incluso los de su esposa, llamada Faith (también, muy significativo). Tras ese recorrido, donde Goodman Brown básicamente ve aquello que nadie debería ver, el joven despierta en una realidad completamente diferente para él, aunque idéntica en términos objetivos:


Un hombre compungido, triste, oscuramente meditativo, desconfiado, si no desesperado, se convirtió en la noche de ese pavoroso sueño.

(A stern, a sad, a darkly meditative, a distrustful, if not a desperate man did he become from the night of that fearful dream)


Así describe Nathaniel Hawthorne a Goodman Brown tras haber visto aquello que no debía ver. El conocimiento adquirido, en su mayoría maldades más o menos escandalosas, no tiene valor alguno. El castigo por haber visto, o su recompensa, según la perspectiva, es que a partir de entonces, y durante el resto de su vida, Goodman Brown solo puede ver el mal en los demás, y nada más, precisamente porque no nada hay más allá de los secretos que todos guardamos celosamente.

Francis Stevens (1883-1948) —seudónimo de Gertrude Mabel Barrows—, una autora prácticamente olvidada de la era el relato pulp, prefiere no situar al mal dentro de nosotros, sino a nuestro alrededor, susurrándonos, influenciándolos para que cometamos desde pequeñas canalladas a grandes atrocidades, pero dentro de una dinámica en la cual que ese mal y nosotros formamos parte de un mismo organismo.

El cuento en cuestión fue publicado en 1919, y se llama Invisible, sin miedo (Unseen, Unfeared), aunque podría traducirse mejor como: «lo no visto, lo no temido».

El protagonista inhala el humo de una especie de cigarro con propiedades psicodélicas, el cual le produce increíbles visiones, entre ellas, manifestaciones vermiformes y aracnoides adheridas a las personas. Estas sombras diabólicas —que de algún modo nos recuerdan a los seres del plano astral, a menudo descritos como gusanos, larvas y parásitos astrales— no están completamente desconectadas de las personas; de hecho, sus cuerpos multiformes no tienen cabeza: es nuestro rostro visible una parte más de su monstruosa anatomía.

Francis Stevens utiliza el mismo recurso de Hawthorne: ver lo que no se supone que deberíamos ver, pero ese algo no es un secreto inconfesable, una maldad intrínseca en el corazón humano, sino más bien una simbiosis entre el mal y nosotros mismos, como si ambos formáramos parte del mismo organismo.

Finalmente tenemos el relato de H.P. Lovecraft: Desde el más allá (From Beyond), publicado en la edición de junio de 1934 de la revista The Fantasy Fan, luego en Weird Tales (febrero de 1938), y finalmente reeditado por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep).

Aquí, el narrador visita el laboratorio de su amigo personal, el profesor Crawford Tillinghast, una especie de científico loco, quien ha diseñado un dispositivo que, mediante la emisión de ciertas frecuencias de vibración, estimula los órganos sensoriales atrofiados en el ser humano, especialmente la glándula pineal, lo que permite ver un complejo ecosistema de formas de vida invisibles para el ojo humano, y sumamente voraces.

Estos seres interdimensionales se sienten atraídos por la luz y el movimiento que generan nuestros cuerpos, capaces de producir ondas de energía que se desplazan hasta otras dimensiones; y pueden llegar a consumir lentamente, en el mejor de los casos, o directamente absorber por completo a sus víctimas.

El narrador, entonces, ve lo que no se supone que debería ver, y deduce que buena parte de los actos crueles, la maldad, en esencia, que ejercemos los seres humanos, incluso la locura, son consecuencias (o síntomas) del proceso de desintegración que sufrimos al ser absorbidos por estas criaturas.

Cada uno de los tres relatos que hemos repasado tiene una forma particular de entender la naturaleza de aquello que no se supone que debamos ver.

Para Nathaniel Hawthorne, es simplemente el pecado, una mancha que está presente en todos nosotros, de acuerdo a la doctrina calvinista.

Francis Stevens entiende ese algo como una manifestación más exclusiva, cuya forma depende de cada persona, y que no necesariamente está presente en todos.

Para H.P. Lovecraft, forjado en la tradición el Horror Cósmico, la cuestión no tiene nada que ver con el pecado, ni con una proyección o manifestación de nuestros deseos y pensamientos más oscuros, sino más bien un ecosistema interdimensional que se nos depreda. Al igual que muchas otras criaturas de los Mitos de Cthulhu, los seres que capta el dispositivo de Tillinghast son entidades amorfas, indistintas, monstruosidades anónimas cuya biología está más allá de nuestra comprensión.

Ver algo que no se supone que debamos ver. Esa es la propuesta evidente, pero debajo de la superficie existe otro razonamiento igualmente interesante: es la ignorancia colectiva sobre la presencia de aquello que no deberíamos ver lo que realmente nos salva, lo que nos permite seguir viviendo y funcionando con relativa normalidad.

El motivo es el mismo en los tres autores (y en incontables otros), lo que cambia es la forma en la que aquello que no deberíamos ver se manifiesta ante el ocasional testigo. Para Hawthorne, el vehículo es una visión mística. Para Francis Stevens, un inducido estado alterado de consciencia. Para Lovecraft, la tecnología.

Finalmente, los efectos de esa revelación varían en los tres relatos.

Tanto Hawthorne como Lovecraft hacen que el conocimiento de eso que no se supone que veamos deje a sus protagonistas marcados de forma permanente. Goodman Brown se vuelve un sujeto oscuro, cínico. El narrador de Lovecraft vive una existencia miserable, paranoide, con un miedo crónico y la sensación constante de que algo lo está persiguiendo.

El pronóstico de Francis Stevens, sin embargo, es más alentador, aunque también más improbable: tras vivir aquella experiencia, su narrador decide salir a la calle de todas maneras, porque sabe, o cree, mejor dicho, que no todos rostros humanos forman parte de aquellos organismos que ha visto en su trance.

Ver lo que no se supone que deberíamos ver tiene consecuencias. La peor de todas es que ese algo invisible (o interior o interdimensional) nos devuelva la mirada.




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El artículo: ¡No mires! (Bueno, quizás un poco) «Ver lo que no se supone que deberíamos ver» en la ficción fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ver lo que no se supone que deberíamos ver es diferente a Ver lo que se supone no deberíamos ver
Interesante juego de palabras y mejor aún su análisis a este tema.

Ricardo Corazón de León dijo...

Totalmente de acuerdo con el análisis y, sobre todo, con el final, "y que ese algo nos devuelva la mirada". Eso es lo más terrorífico.

Saludos.

Unknown dijo...

Excelente, amo sus articulos!



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