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Lester del Rey: cuentos destacados


Lester del Rey: cuentos destacados.




Lester del Rey (1915-1993) fue un importante escritor norteamericano de la era dorada del relato pulp. En este contexto, los cuentos de Lester del Rey generalmente nos introducen en el universo de la ciencia ficción y, ocasionalmente, del relato de terror.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Lester del Rey.




Relatos de Lester del Rey.
  • Canto del crepúsculo (Evensong)
  • Cruz de fuego (Cross of Fire)
  • El día ha muerto (The Day Is Done)
  • Mi nombre es Legión (My Name Is Legion)
  • Absolutamente ninguna paradoja (Absolutely No Paradox)
  • Alien (Alien)
  • Alunizaje (Lunar Landing)
  • Amabilidad (Kindness)
  • Asedio peligroso (Siege Perilous)
  • Aunque crezcan las amapolas (Though Poppies Grow)
  • Aunque los soñadores mueran (Though Dreamers Die)
  • Carillón de cráneos (Carillon of Skulls)
  • Cuando el mundo se tambaleó (When the World Tottered)
  • Dama del espacio (Lady of Space)
  • Desvanecido (Fade-Out)
  • De todo (Anything)
  • El amado de los dioses (Whom the Gods Love)
  • El dios más pequeño (The Smallest God)
  • El esquema de las cosas (The Scheme of Things)
  • El fin de la lógica (The Course of Logic)
  • El hombre promedio (To Avenge Man)
  • El monstruo (The Monster)
  • El reloj de la vida (The Life Watch)
  • El renegado (The Renegade)
  • El tuerto (The One-Eyed Man)
  • El último dios verdadero (The Last True God)
  • El último hombre del espacio (The Last Spaceman)
  • El último terrícola (The Last Earthman)
  • El viento entre los mundos (The Wind Between the Worlds)
  • Encuentro consigo mismo (And It Comes Out Here)
  • En la cumbre (Over the Top)
  • Entre tus manos (Into Thy Hands)
  • Estabilidad (Stability)
  • Fidelidad (The Faithful)
  • Hábito (Habit)
  • Helen O'Loy (Helen O'Loy)
  • Idealista (Idealist)
  • Imitación de la muerte (Imitation of Death)
  • Inquieta yace la cabeza (Uneasy Lies the Head)
  • Instinto (Instinct)
  • Jaque mate psíquico (Pstalemate)
  • La banda siguió tocando (The Band Played On)
  • La mujer más letal (The Deadliest Female)
  • Las alas de la noche (The Wings of Night)
  • Las aguas quietas (The Still Waters)
  • Las estrellas miran hacia abajo (The Stars Look Down)
  • Las flautas de Pan (The Pipes of Pan)
  • Las lágrimas pueden tardar (Weeping May Tarry)
  • La suerte de Ignatz (The Luck of Ignatz)
  • La última locura (The Last Lunacy)
  • Ligado a la Tierra (Earthbound)
  • Los años se acercan (The Years Draw Nigh)
  • Los guardianes de la casa (Keepers of the House)
  • Los nuevos dioses lideran (The New Gods Lead)
  • Los robots deben ser vistos (Robots Should Be Seen)
  • Misión secreta (Dark Mission)
  • Ningún lugar como el hogar (No Place Like Home)
  • No más estrellas (No More Stars)
  • Pequeño Jimmy (Little Jimmy)
  • Perdona nuestras deudas (Forgive Us Our Debts)
  • Persecusión (Pursuit)
  • Punto muerto (Dead Ringer)
  • Quinta libertad (Fifth Freedom)
  • Reencarnado (Reincarnate)
  • Reflejo condicionado (Conditioned Reflex)
  • Sin águilas (Done Without Eagles)
  • Sin ataduras (No Strings Attached)
  • Sin cabeza para mi féretro (No Head for My Bier)
  • Sombras de un imperio (Shadows of Empire)
  • Superstición (Superstition)
  • Túnel a través del tiempo (Tunnel Through Time)
  • Una mano amiga (Helping Hand)
  • Un solo amor (Forsaking All Others)
  • Y la oscuridad (And the Darkness)
  • Yo soy mañana (I Am Tomorrow)
  • Y se hizo la luz (And There Was Light)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Lester del Rey: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Lester del Rey: relatos y novelas


Lester del Rey: relatos y novelas.




Lester del Rey —Ramón Felipe Alvarez del Rey, seudónimo de Leonard Knapp (1915-1993)— fue un destacado escritor norteamericano dedicado al relato de terror y la ciencia ficción. En este sentido, las novelas y relatos de Lester del Rey se inscriben entre los principales clásicos del ámbito del relato pulp.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos repasando todos los relatos y novelas de Lester del Rey.




Obras completas de Lester del Rey.
  • Canto del crepúsculo (Evensong)
  • Cruz de fuego (Cross of Fire)
  • El día ha muerto (The Day Is Done)
  • Mi nombre es Legión (My Name Is Legion)
  • Abandonado en Marte (Marooned on Mars)
  • Absolutamente ninguna paradoja (Absolutely No Paradox)
  • Alien (Alien)
  • Alunizaje (Lunar Landing)
  • Amabilidad (Kindness)
  • Asedio peligroso (Siege Perilous)
  • Ataque desde la Atlántida (Attack from Atlantis)
  • Aunque crezcan las amapolas (Though Poppies Grow)
  • Aunque los soñadores mueran (Though Dreamers Die)
  • Carillón de cráneos (Carillon of Skulls)
  • Cohete desde el infinito (Rocket from Infinity)
  • Cohetes a ninguna parte (Rockets to Nowhere)
  • Cuando el mundo se tambaleó (When the World Tottered)
  • Dama del espacio (Lady of Space)
  • Desvanecido (Fade-Out)
  • De todo (Anything)
  • El amado de los dioses (Whom the Gods Love)
  • El cielo está cayendo (The Sky Is Falling)
  • El día de los gigantes (Day of the Giants)
  • El dios más pequeño (The Smallest God)
  • El esquema de las cosas (The Scheme of Things)
  • El fin de la lógica (The Course of Logic)
  • El hombre promedio (To Avenge Man)
  • El monstruo (The Monster)
  • El onceavo comandante (The Eleventh Commandment)
  • El planeta misterioso (The Mysterious Planet)
  • El reloj de la vida (The Life Watch)
  • El renegado (The Renegade)
  • El robot fugitivo (The Runaway Robot)
  • El tuerto (The One-Eyed Man)
  • El último dios verdadero (The Last True God)
  • El último hombre del espacio (The Last Spaceman)
  • El último terrícola (The Last Earthman)
  • El viento entre los mundos (The Wind Between the Worlds)
  • Encuentro consigo mismo (And It Comes Out Here)
  • En la cumbre (Over the Top)
  • Entre tus manos (Into Thy Hands)
  • Estabilidad (Stability)
  • Fidelidad (The Faithful)
  • Hábito (Habit)
  • Helen O'Loy (Helen O'Loy)
  • Idealista (Idealist)
  • Imitación de la muerte (Imitation of Death)
  • Inquieta yace la cabeza (Uneasy Lies the Head)
  • Insignia de infamia (Badge of Infamy)
  • Instinto (Instinct)
  • Jaque mate psíquico (Pstalemate)
  • La batalla de Mercurio (Battle on Mercury)
  • La banda siguió tocando (The Band Played On)
  • La cueva de las lanzas (The Cave of Spears)
  • La mujer más letal (The Deadliest Female)
  • Las alas de la noche (The Wings of Night)
  • Las aguas quietas (The Still Waters)
  • Las estrellas miran hacia abajo (The Stars Look Down)
  • Las flautas de Pan (The Pipes of Pan)
  • Las lágrimas pueden tardar (Weeping May Tarry)
  • La suerte de Ignatz (The Luck of Ignatz)
  • La última locura (The Last Lunacy)
  • Ligado a la Tierra (Earthbound)
  • Los años se acercan (The Years Draw Nigh)
  • Los guardianes de la casa (Keepers of the House)
  • Los infinitos mundos de Talvez (The Infinite Worlds of Maybe)
  • Los nuevos dioses lideran (The New Gods Lead)
  • Los robots deben ser vistos (Robots Should Be Seen)
  • Misión secreta (Dark Mission)
  • Nervios (Nerves)
  • Ningún lugar como el hogar (No Place Like Home)
  • No más estrellas (No More Stars)
  • Pequeño Jimmy (Little Jimmy)
  • Perdona nuestras deudas (Forgive Us Our Debts)
  • Persecusión (Pursuit)
  • Prisioneros del espacio (Prisoners of Space)
  • Puesto de avanzada en Júpiter (Outpost of Jupiter)
  • Punto muerto (Dead Ringer)
  • Quinta libertad (Fifth Freedom)
  • Reencarnado (Reincarnate)
  • Reflejo condicionado (Conditioned Reflex)
  • Riesgo de vida (Preferred Risk)
  • Sin águilas (Done Without Eagles)
  • Sin ataduras (No Strings Attached)
  • Sin cabeza para mi féretro (No Head for My Bier)
  • Sombras de un imperio (Shadows of Empire)
  • Superstición (Superstition)
  • Túnel a través del tiempo (Tunnel Through Time)
  • Una mano amiga (Helping Hand)
  • Un solo amor (Forsaking All Others)
  • Vigila tu planeta (Police Your Planet)
  • Y la oscuridad (And the Darkness)
  • Yo soy mañana (I Am Tomorrow)
  • Y se hizo la luz (And There Was Light)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Lester del Rey: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El día ha muerto»: Lester del Rey; relato y análisis


«El día ha muerto»: Lester del Rey; relato y análisis.




El día ha muerto (The Day Is Done) —a veces publicado en español como: El fin de la raza— es un relato fantástico del escritor norteamericano Lester del Rey (1915-1993), publicado originalmente en la edición de mayo de 1939 de la revista Astounding Science-Fiction, y luego reeditado en la antología de 1948: Y algunos eran humanos (And Some Were Human).

El día ha muerto, uno de los mejores cuentos de Lester del Rey, nos lleva hasta la prehistoria, donde los Neandertales no fueron exterminados por los Cro-Magnon, tal como lo deduce la antropología, sino que más bien murieron de frustración y de tristeza al encontrarse con una raza con una cultura superior a la suya.

La idea que sostiene El día ha muerto no solo es ingeniosa, sino que su desarrollo es notable, a tal punto que este gran relato de Lester del Rey se incluye entre los favoritos de Isaac Asimov, quien afirmó haberlo leído en el subterráneo, y haber llorado ante el abrupto final del último hombre de Neandertal.




El día ha muerto.
The Day Is Done, Lester del Rey (1915-1993)

Hwoogh se rascó el pelo del estómago y miró el sol que asomaba por encima de la colina. Se golpeó el pecho con indiferencia y rugió tímidamente, luego gruñó y se inclinó. En su juventud, había rugido y saltado para ayudar al dios a elevarse, pero ahora no merecía la pena esforzarse. Nada lo merecía. Encontró una escama de sudor salado bajo el pelo, se la quitó de los dedos y se volvió para continuar durmiendo.

Pero el sueño no quiso venir. Al otro lado de la colina se oían alaridos y gritos, y alguien golpeaba un tambor mientras cantaba. El viejo Neanderthal gruñó y se llevó las manos a los oídos, pero no había manera de acallar el cántico de los Calienta-Soles. Más ideas de los Habladores.

En sus tiempos, el mundo había sido magnífico, lleno de gente peluda y rugiente, gente a la que se podía entender. Había caza por todas partes y las cavernas de los alrededores estaban llenas del humo de las hogueras. Había jugado con los pocos jóvenes que nacían —aunque cada año se sumaban menos niños a la tribu—, y se había convertido en un adulto con el orgullo de haberlo conseguido. Pero eso fue antes de que los Habladores hubieran convertido este valle en uno de sus territorios de caza.

Las viejas tradiciones, medio contadas, medio comprendidas, hablaban de la tierra en los días antiguos, cuando sólo su pueblo se extendía por la ancha tundra. Habían ocupado las cavernas y habían partido en grupos de caza demasiado grandes para que ningún animal pudiera oponérseles. Y los animales venían a ocupar esta tierra, empujados hacia el sur por la Cuarta Glaciación. Entonces había vuelto el gran frío, y los tiempos habían sido duros. Muchos habitantes de su pueblo habían muerto.

Pero muchos habían vivido, y con el regreso del tiempo cálido y seco habían empezado a expandirse antes de que llegaran los Habladores. Después de eso -Hwoogh se agitó inquieto-, y sin que pudiera entender el motivo, los Habladores habían ocupado más y más tierras, y su gente se retiró y disminuyó ante su presencia. El padre de Hwoogh les había contado que su pequeño grupo del valle era todo lo que quedaba de ellos, y que éste era el único lugar de la gran tierra plana donde los Habladores venían rara vez.

Hwoogh tenía veinte años cuando les vio por primera vez: hombres de grandes piernas, ágiles de pies y ojos, que se movían como si fueran dueños de la tierra, y que hacían ruidos incesantes con sus bocas. En el verano de aquel año, alzaron sus tiendas de piel y sebo al otro lado de la colina, lejos de las cavernas, y habían hecho magia para sus dioses. Había magia en sus armas, y las bestias sentían su acoso. El pueblo de Hwoogh se había retirado, contemplándolos con temor, odiándoles ciegamente, dedicados finalmente a robar y mendigar. Una vez, un joven había matado al hijo de un Hablador, y le habían cazado a muerte. Desde entonces, se había establecido una tregua entre los Cro-Magnon y los Neanderthal.

Ahora, los últimos miembros del pueblo de Hwoogh habían muerto, excepto él, sin dejar hijos. Siete años habían pasado desde que el hermano de Hwoogh se había acurrucado en la cueva y había enviado su aliento a través del largo viaje en busca de sus antepasados. Siempre había sido tranquilo y débil de espíritu, pero fue el único amigo que tuvo Hwoogh.

El viejo se agitó y deseó que Keyoda regresara. Tal vez traería comida de los Habladores. No merecía la pena cazar ahora, cuando los Habladores ya habían cazado y matado a todas las presas fáciles. Lo mejor que podía hacer un hombre era dormir todo el tiempo, pues el sueño era la única cosa satisfactoria que quedaba en este mundo revuelto: incluso la bebida que los altos Cro-Magnon hacían de raíces aplastadas daba dolor de cabeza al día siguiente.

Se volvió en su lecho de hojas en la entrada de la cueva, gruñendo agriamente. Una mosca provocativa revoloteaba por encima de su cabeza, y él trató de cogerla. La sorpresa iluminó sus rasgos cuando sus dedos se cerraron en torno al insecto, y lo tragó con un escalofrío de placer. No era tan bueno como las larvas del bosque, pero era un aperitivo sabroso.

El dios del sueño se había ido, y no volvería por mucho que permaneciera tumbado y roncando. Hwoogh así lo comprendió y se alzó sobre sus cuartos traseros. Durante semanas, había tenido la intención de hacer una punta nueva para su ruda lanza, y buscó los materiales en su caverna. Pero la idea se alejaba a medida que se acercaba al trabajo, y dejó que sus ojos contemplaran perezosamente el pequeño riachuelo que corría a sus pies y las nubes del cielo. Era una primavera cálida, y el sol hacía que la pereza fuera agradable.

El dios sol se hacía fuerte de nuevo, espantando las brumas. Lo había adorado como propio durante años, y ahora parecía que sólo se hiciera fuerte para los Habladores. Mientras el dios era débil, la gente de Hwoogh había sido poderosa; ahora que su larga enfermedad había acabado, los Cro-Magnon se esparcían por el territorio como las pulgas en su vientre.

Hwoogh no podía comprenderlo. Tal vez el dios estaba enfadado con él, ya que los dioses son completamente impredecibles. Gruñó, añorando de nuevo a su hermano, que había comprendido mejor todas estas cosas. Keyoda hizo rodar la piedra colocada delante de la cueva, interrumpiendo su meditación. Traía restos de comida del poblado y la pata medio masticada de un caballo, que Hwoogh cogió y devoró con sus fuertes dientes. Evidentemente los Habladores habían hecho una buena matanza el día anterior, pues habían sido generosos con sus regalos. Gruñó a Keyoda, que se sentó al sol en la entrada de la cueva, frotándose la espalda.

Keyoda, con sus largas piernas y sus cortos brazos, y la incómoda rectitud de su porte, era tan extraña para Hwoogh como la mayoría de los Habladores. Hwoogh recordó con un suspiro a las muchachas de su época: habían sido hermosas, pequeñas y encorvadas, con cuellos gruesos y lindas frentes estrechas. Para Hwoogh era un enigma cómo aquellas mujeres Cro-Magnon de cara plana conseguían pareja, pero parecía que tenían éxito.

Sin embargo, Keyoda había fracasado, y por esto él consideraba acertado su juicio. Había momentos en que casi sentía simpatía hacia ella, y la apreciaba a su manera. Había resultado herida cuando era una niña y su espalda la hacía inútil para el trabajo de una hembra. Repudiada por los otros miembros de la tribu, se había apartado de ellos gradualmente, y cuando se topó con Hwoogh aceptó su hospitalidad. Los Habladores eran nómadas que seguían las manadas hacia el norte en verano, al sur en invierno, según las estaciones, pero Keyoda se quedó con Hwoogh en su cueva y hacía todos los trabajos que eran necesarios. Incluso un medio hombre como el Neanderthal era preferible a la desdeñosa piedad de su propia gente, y Hwoogh no era desagradable.

—¿Hwunkh? —preguntó Hwoogh. Con el estómago parcialmente lleno se sentía más amistoso con respecto al mundo.

—Oh, salieron y me dejaron recoger sus sobras, como siempre. ¡Yo, que fui hija de un jefe! —Su voz había sido gruñona, pero el cansancio del fracaso y la edad la habían hecho perder aquel tono—. Pobre, pobre Keyoda, piensan ellos; dejad que se lleve lo que quiera para que no parezca que no nos gusta. Toma —Le tendió una basta lanza, rasgada a ambos lados de la punta, pero con sólo una rudimentaria lengüeta hecha con tosquedad—. Uno de ellos me dio esto, no es el tipo de las que usan, pero es tan buena como las que puedes hacer. Uno de los niños está practicando.

Hwoogh la examinó; buena, admitió, muy buena, y la punta estaba bien ajustada al asta. Incluso los niños, con sus largos pulgares que podían girar en cualquier dirección, podían hacer mejores armas que él; sin embargo, una vez había sido famoso entre su tribu por lo esmerado de su trabajo con la piedra. Haciendo un gesto hacia el caballo, ella se puso lentamente en pie. La forma de su mandíbula y de su lengua, junto con el lóbulo frontal izquierdo pobremente desarrollado, hacían que su habla fuera rudimentaria, y por eso suplía sus sonidos glóticos y labiales con movimientos que Keyoda comprendía bastante bien. Ella se encogió de hombros y le dijo adiós con la mano mientras mordisqueaba uno de los huesos.

Hwoogh se dedicó a vagabundear sin mucho ánimo, consciente de que se estaba haciendo viejo. Sabía vagamente que no le quedaban ya muchas nieves; no era el número de las estaciones, sino algo más, algo que podía sentir pero no entender. Se dirigió a los territorios de caza, esperando encontrar alguna presa cuya muerte requiriera pocos esfuerzos por su parte. Las limosnas de los Habladores se habían vuelto amargas en su boca.

Pero el dios sol escaló hasta la cima de la caverna azul sin que Hwoogh se topara con nada. Se dio la vuelta para regresar, y se encontró con la partida de Cro-Magnon que traía el cadáver de un reno atravesado en un palo sobre sus hombros. Se detuvieron para gritarle.

—¡Es inútil, Peludo! —fanfarronearon; sus voces eran ligeras y alegres—. Hemos capturado ya a todas las presas. Vuélvete a tu cueva y duerme.

Hwoogh se alejó, cabizbajo, arrastrando la lanza por el suelo. Uno de los miembros de la partida trotó hacia él. A veces Legoda, el hombre mágico de la tribu y artista, parecía casi amistoso, y ésta era una de esas veces.

—Yo lo maté, Peludo —dijo tolerante—. Anoche dibujé con magia un reno fuerte, y la bestia cayó con mi primer tiro. Ven a mi tienda y te daré una pata. Keyoda me enseñó una nueva canción, que sabía de su padre, y le devolveré el favor.

¡Patas, costillas, huesos! Hwoogh estaba cansado de la carne externa. Su cuerpo pedía el alimento de las entrañas y el hígado. La piel le picaba, y sentía que tenía que comer aquellas suculentas partes interiores para ponerse bien; antes siempre se había curado así. Gruñó, entre la apreciación y la molestia, y se dio la vuelta. Legoda le retuvo.

—No, quédate, Peludo. A veces me traes buena suerte, como cuando encontré el ocre brillante para mi dibujo. En el campo hay carne suficiente para todos. ¿Por qué ir a cazar hoy? —Hwoogh dudaba, e insistió con más fuerza, no por amabilidad, sino por las ganas de salirse con la suya—. Los lobos están por aquí cerca, y uno solo no es suficiente contra ellos. Desollaremos al reno en cuanto lo bajemos de la espeta. ¡Te dejaré ser el primero en elegir la carne!

Hwoogh gruñó con aquiescencia y siguió al grupo. Las limosnas de los Habladores le amargaban, pero el hígado era el hígado... si Legoda mantenía su oferta. Cantaban mientras marchaban, trotando fácilmente bajo la carga del reno, y él les siguió, respirando a duras penas para mantener el paso. A medida que se acercaban al poblado de los nómadas, sus bastas tiendas de piel y las hogueras encendidas emitieron un olor penetrante que irritó la nariz de Hwoogh. El olor de los Cro-Magnon de largos miembros era ya suficientemente malo sin la peste de un campamento y de sus fuegos. Prefería el aroma habitual de su propia caverna.

Los jóvenes se congregaron alrededor, chillando de disgusto por haber sido dejados en el campamento en esta fácil cacería. Al ver al Neanderthal, emitieron un aullido de burla y cargaron contra él, arrojándole palos y piedras y saltando hacia él con furia juguetona. Hwoogh se echó a temblar y retrocedió, amenazándolos con su lanza y emitiendo gruñidos con la garganta. Legoda soltó una carcajada.

—En verdad, oh, Peludo Chokanga, tu voz debería alejarlos de ti. Pero mira, no la temen. ¡Atrás, molestias de dos patas! ¡Marchaos! ¡Atrás, digo!

Al mandato de su voz se apartaron y retrocedieron, todavía gritando. Hwoogh les observó con atención, pero mientras Legoda quisiera, estaba a salvo de sus pullas. Legoda estaba de buen humor, se reía y hacía chistes y palmeaba los traseros de las mujeres hasta que su joven esposa salió y le mandó callar. Saltó hacia el reno con su cuchillo de piedra y las otras mujeres se le unieron.

—¡Heya! —llamó Legoda—. El primero en escoger es Chokanga, el Peludo. Le di mi palabra.

—¡Oh, idiota! —La mujer dirigió a Hwoogh una mirada de desdén—. ¿Desde cuándo alimentamos a las bestias de las cavernas y a los peces del río? Estás loco, Legoda. Déjale que cace por su cuenta.

Legoda la pinchó con la punta de la lanza, sonriendo.

—Sí, ya sabía que te pondrías a gritar. Pero se lo debemos, éstos eran sus terrenos de caza cuando nosotros no éramos más que cachorrillos. ¿Para qué hacer daño a un viejo? —Se volvió hacia Hwoogh e hizo un gesto—. Ves, Chokanga, mi palabra es buena. Toma lo que quieras, pero que no sea más de lo que tu barriga y la de Keyoda puedan aguantar esta noche.

Hwoogh obedeció y extrajo el hígado y la dulce grasa de las entrañas. Con un grito de rabia, la mujer de Legoda saltó hacia él, pero el hombre mágico la contuvo.

—¡No, ha hecho bien! ¡Sólo un loco escogería la pierna cuando estaba a mano el corazón de la carne! ¡Por los dioses de mi padre, y yo que esperaba comérmelo! Oh, Peludo, me robas la carne de la boca, y me caes bien por eso. Ve, antes de que Heya no aguante más y salte sobre ti.

Hwoogh sabía que tal vez mañana Legoda le echaría los perros por su acción de hoy, pero mañana estaba en otra cueva del sol. Se puso en marcha mientras los alaridos de Heya y la risa burlona de Legoda continuaban. Un trozo de hígado se soltó y Hwoogh lo chupó mientras seguía minando. Keyoda estaría contenta, ya que normalmente tenía que buscar la comida para los dos.

Una pequeña porción de la autoestima de Hwoogh regresó. ¿No se había burlado de Legoda y había escapado con la mejor porción de carne? ¿Lo había hecho Keyoda tan bien cuando bajaba a la aldea de los Habladores? ¡Aún tenían mucho que aprender del astuto cerebro del viejo Hwoogh! Naturalmente que los Habladores estaban locos. Sólo los locos actúan de la forma en que lo había hecho Legoda. Pero aquello no era asunto suyo. Palpó el hígado y la carne y sonrió. Hwoogh no tenía que mirar los dientes de un caballo regalado.

Cuando llegó a la cueva, el fuego se había reducido a un lecho de ramas y Keyoda estaba acostada, roncando y con la cara enrojecida. Hwoogh le olió el aliento y confirmó sus sospechas. De alguna manera, había bebido el líquido infernal de los Habladores y su sueño estaba embotado por el estupor. La empujó con el pie y ella se sentó con los ojos enrojecidos.

—Oh, ya estás de vuelta. ¡Ah, y traes hígado y carne! Pero no lo puedes haber cazado con la lanza. Has ido a la aldea y lo has robado. ¡Pero lo has conseguido! —Se abalanzó sobre la carne, avivó el fuego y colocó el hígado sobre él. Hwoogh se explicó lo mejor que pudo y ella logró entenderlo—. ¿Si? Qué travieso es Legoda, mi sobrino.

Retiró el hígado, medio crudo, y los dos se lo comieron ansiosamente, mientras ella chupaba y maldecía a la vez. Hwoogh le tocó la nariz y puso mala cara.

—Bueno, ¿y qué si lo hice? —El licor había afilado su lengua—. El hijo del jefe vino para que le contara historias, y para desatarme la lengua me trajo jugo de raíces. Ah, qué historias estoy contando. ¡Y algunas de ellas son reales! —Hizo un gesto hacia un basto cuenco—. Sé que los roba pero ¿a nosotros qué más nos da? Sírvete, Peludo. No tienes más de un día.

Hwoogh recordó los dolores de cabeza que le habían provocado experimentos anteriores, pero lo olió con curiosidad y el aroma del agua mágica le atrapó. Era la misma esencia de la juventud, el fuego que daba vida a sus piernas y traía recuerdos a su mente. Se llevó el cuenco a la boca y dejó que el líquido corriera por su garganta. Keyoda se lo quitó antes de que lo acabara y se bebió el resto.

—Ah, fortalece mi espalda y hace que la sangre me caliente de nuevo —Se puso en pie y empezó a entonar fragmentos de una antigua canción de despellejar—. ¿Es que no vas a aprender nunca a no bebértelo de una sola vez? De esa forma no dura nada y pierdes el sentido antes de que te haga sentir bien.

Hwoogh bostezó mientras la bebida se apoderaba de él, y sus rodillas se doblaron aún más bajo su peso. Sintió que la cama se acercaba a sus ojos y que su cabeza estaba llena de abejas, que zumbaban alegremente y-la caverna daba vueltas a su alrededor. Rugió, mientras Keyoda se echaba a reír.

—¡Eh! Al oírte rugir se podría pensar que eres el único Chokanga que queda en la tierra. Pero no lo eres. ¡No, no lo eres!

—¿Hwunkh? —Aquello le sorprendió. Por lo que sabía, no quedaba ninguno de su especie. Intentó agarrarla y falló, pero ella cayó y rodó contra él, su aliento contra su cara.

—Es verdad. Me lo dijo el muchacho. Legoda encontró a tres como tú, en la tierra del este, hace tres primaveras. Tendrás que preguntarle, yo no sé nada.

Se frotó contra él, gruñendo palabras medio articuladas, y Hwoogh intentó reflexionar sobre esta nueva información. Pero el licor era demasiado fuerte para él y pronto estuvo roncando a su lado. Cuando despertó, Keyoda habíase marchado al poblado y el sol estaba a la altura de una lanza en el horizonte. Comió un pedazo de hígado, pero el sabor no era tan bueno como antes, y su estómago protestó. Se echó hacia atrás hasta que su cabeza pudo volver a controlarlo y luego se volvió hacia el arroyo, para saciar la terrible sed que se había apoderado de él durante la noche.

Había algo que tenia que hacer, algo que apenas recordaba. ¿No había dicho Keyoda anoche algo sobre otros de su pueblo? Sí, sobre tres de ellos, y Keyoda lo sabía. Hwoogh dudó, recordando que había burlado a Legoda el día anterior. El joven podría estar resentido hoy. Pero la curiosidad le abrumaba, y en su corazón había una extraña ansiedad. Legoda tenía que decírselo. Reluctante, se dirigió al fondo de la cueva y rebuscó en un agujero que ni siquiera Keyoda conocía. Sacó sus tesoros, tratándolos con reverencia, y seleccionando los mejores. Había conchas brillantes y guijarros de colores, un basto collar que había pertenecido a su padre, símbolo de hombría, trozos de esto y de aquello que había intentado convertir en adornos. Pero el deseo de conocer era más fuerte que el orgullo de la posesión; los retuvo en la mano y se dirigió a la aldea.

Keyoda charlaba con las mujeres, gimoteando la fórmula que había desarrollado, y Hwoogh recorrió el campamento en busca del joven artista. Finalmente le localizó en las afueras, haciendo extraños movimientos con dos palos. Se acercó con cautela y Legoda le oyó.

—Acércate, Chokanga, y observa mi nueva magia —La voz del joven estaba llena de orgullo y no tenía un tono amenazador. Hwoogh suspiró aliviado, pero obedeció lentamente—. Acércate más, no me tengas miedo. ¿Crees que lamento el regalo que te hice? No, fue mi propia estupidez. Mira —Tendió los palos y Hwoogh los observó con cautela. Uno era largo y curvo, atado a un extremo con una cuerda de cuero, y el otro era una lanza pequeña con una pluma en un extremo. Emitió un gruñido por pregunta—. Una lanza mágica, Peludo, que vuela con alas y mata más allá del alcance de las otras lanzas.

Hwoogh hizo una mueca. La lanza era demasiado pequeña para matar algo que no fueran roedores, y el palo grande ni siquiera tenía punta. Pero observó con atención mientras el joven colocaba el palo afilado en la cuerda y giraba de él. Hubo un chasquido y la lanza salió volando y enterró la punta en la suave corteza de un árbol situado a más de dos lanzas de distancia. Hwoogh se quedó impresionado.

—Si, Chokanga, una magia nueva que aprendí en el sur el año pasado. Hay muchos que la usan, y con ella pueden arrojar la punta más lejos y mejor que con una lanza. ¡Uno puede matar igual que tres!

Hwoogh gruñó; ya habían matado a todas las buenas presas y sin embargo habían encontrado una nueva magia para aumentar su poder. Tendió la mano con curiosidad, y Legoda le dio el palo largo y otra lanza, mostrándole cómo usarla. Hubo otro chasquido, y la cuerda de cuero le golpeó la muñeca, pero el arma salió despedida erráticamente, fallando el blanco por varios metros. Hwoogh lo devolvió sombríamente, aquella magia no era para él. Sus pulgares hacían aún más difícil su manejo.

Ahora que el hombre mágico estaba satisfecho de su superioridad, era un buen momento para mostrar sus tesoros. Hwoogh los extendió sobre el suelo e hizo un gesto hacia Legoda, quien los miró pensativo.

—Sí —concedió el Hablador—. Algunos son buenos y algunos serían buenos adornos para las mujeres. ¿Qué es lo que quieres, más carne o una de las armas nuevas? Te llenamos la barriga ayer; y con mi cerveza, que me han robado, aunque no te hecho la culpa. Ya hemos castigado al muchacho. Y esta arma no es para ti.

Hwoogh hizo una mueca y se esforzó buscando la expresión correcta, mientras el joven le observaba. Poco a poco, pudo dar a conocer sus deseos, en parte por las preguntas que le hacía el Cro-Magnon. Legoda se echó a reír.

—Así que sientes la llamada de la especie, ¿no, Viejo? —Le devolvió los tesoros, a excepción de unas cuentas brillantes—. No quiero engañarte, Chokanga, pero acepto esto por el amor que siento hacia ti, como signo de nuestra amistad —Su sonrisa era burlona mientras se guardaba la baratija entre sus ropas—. Hay poco que contar, Peludo. Hace tres años me encontré con una familia de tu especie, un macho y su hembra con un hijo. Huyeron de nosotros, pero estábamos cerca de su cueva, y tuvieron que regresar. No les hicimos daño y a veces les dábamos de comer y les dejábamos que nos acompañaran en la cacería. Pero eran débiles y enfermizos, demasiado perezosos para cazar. Cuando regresamos al año siguiente, estaban muertos, y por lo que sé, eres el último de tu especie. Tu gente muere con demasiada facilidad, Chokanga. En cuanto les encontramos y tratamos de ayudarles, dejan de cazar y se convierten en mendigos. Y entonces pierden interés por la vida, enferman y mueren.

Hwoogh emitió un gruñido de asentimiento, y Legoda recogió su arco y flechas y regresó al campamento. Pero había una extraña expresión en la cara del Neanderthal que no pasó desapercibida al joven. Al descubrir la tristeza en la cara de Hwoogh, puso una mano sobre los hombros del viejo y le habló más amablemente.

—Por eso te aprecio, Peludo. Cuando mueras, ya no habrá nadie más como tú, y mis hijos se reirán de mí y dirán que miento cuando les cuente la historia de tu raza ante el fuego de las celebraciones. Cada vez que mate, no te faltará alimento.

Recorrió la única calle hacia la tienda de su familia, y Hwoogh se dio la vuelta lentamente hacia su cueva. La seguridad de tener comida tendría que haberle alegrado, pero sólo sirvió para hacerle sentirse más triste. Se daba cuenta de que Legoda le trataba como si fuera un niño pequeño, o como si el dios sol le hubiera insuflado un poco de locura.

Hwoogh oyó los gritos y las risas de los niños mientras rodeaba la colina y durante un minuto dudó antes de continuar. Pero tenía muy desarrollado el sentido de la propiedad y saltó hacia adelante sombríamente. No tenían nada que hacer cerca de su cueva. Eran de todas las edades y tamaños, y gritaban y se perseguían en completo desorden. Como se les había prohibido acercarse al lado de la colina de Hwoogh, y ya que habían roto la regla, estaban haciendo mucho ruido celebrándolo. El fuego de Hwoogh había sido esparcido por el lado de la colina y en el arroyo, y estaban saqueando su pequeño almacén de armas y pieles.

Hwoogh emitió un salvaje alarido y corrió con la lanza en posición de ataque. Al oírle, los muchachos se dieron la vuelta y retrocedieron hasta a entrada de la cueva, agrupados.

—Márchate, Cara Fea —gritó uno—. ¡Ve a asustar a los lobos! ¡Cara Fea, Cara Fea, uuuuhhh!

Se arrojó contra ellos, blandiendo la lanza, pero los muchachos se escabulleron fácilmente entre sus piernas arqueadas. Uno de los chicos mayores le agarró por una pierna y le hizo caer al suelo. Otro se le echó encima, le quitó la lanza y le golpeó con ella. La crueldad innata de la irreflexión había cambiado poco en los niños desde la época de los rimeros primates. Hwoogh soltó un alarido de furia y trató de atraparlos, pero ellos se zafaron de sus manos. Las niñas bailaban alegremente a su alrededor, cantando.

—¡Cara Fea no tiene madre, Cara Fea no tiene esposa, uuuhhh!

Agarró frenéticamente a uno de los niños, lo zarandeó y lo arrojó al suelo, donde el joven permaneció blanco y silencioso. Hwoogh sintió un momento de júbilo por su fuerza. Entonces alguien lanzó una piedra.

Cuando recuperó el conocimiento, el viejo Neanderthal vio que estaba atado, y tres de los muchachos estaban sentados sobre su pecho y golpeaban el suelo con los pies celebrando su victoria. La cabeza le dolía, tenía magulladuras en los brazos y en el pecho, donde le habían maniatado burdamente. Rugió salvajemente, alzando la cabeza, y trató de zafarse de las cuerdas, pero eran demasiado fuertes para el. Le habían capturado de la misma manera en que lo habrían hecho los adultos.

Habían sido sus enemigos durante años, desde que descubrieron que molestarle era una de las ocupaciones que podía distraerles de la tediosa vida del campamento. Ahora que la vieja pugna casi había finalizado, se dedicaron a humillarle meticulosa e ingenuamente.

Mientras las niñas frotaban su cara con fango del arroyo, los muchachos recorrían la caverna y rompían todas sus pieles. La bolsa en la que guardaba sus pertenencias corrió de mano en mano y empezaron a distribuir su nuevo botín. Hwoogh aulló locamente. Pero la cordura regresaba ahora que la furia de la pelea había acabado, y Kechaka, el hijo mayor del jefe, miró pensativo a Hwoogh.

—Si los mayores se enteran de esto —murmuró—, habrá problemas. No les gustará que hayamos molestado a Cara Fea.

Otro hizo una mueca.

—¿Por qué vamos a decírselo? Además, no es ni siquiera un hombre, sino un animal. ¿No veis el pelo que cubre su cuerpo? Arrojemos al viejo Cara Fea al río, limpiemos la cueva y escondamos estos tesoros. ¿Quién va a enterarse?

Hubo algunas protestas, pero la idea de la paliza que les esperaba añadió peso a aquella idea. Kechaka asintió por fin y se puso a arreglarlos destrozos que habían causado. Borraron las huellas con ramas y dejaron solamente las que llevaban al arroyo.

Hwoogh se agitó y se rebeló mientras cuatro de los chicos lo levantaban; las ataduras se aflojaron un poco, pero no lo suficiente para liberarse. Notó con un atisbo de satisfacción que el muchacho al que había golpeado aún se quejaba, pero eso no servía de nada en su actual situación. Le colocaron en el agua, boca abajo, y le dieron un fuerte empujón, que le envió arroyo abajo. Hwoogh notó la corriente, y jadeó y se debatió contra sus ataduras. Sus pulmones buscaron el aire, y la corriente le envolvió; su mente se apagaba.

Con un último esfuerzo desesperado, se liberó de las cuerdas y se dirigió furioso hacia la superficie, buscando aire ansiosamente. El agua le resultaba desagradable, pero sabía nadar, y pudo dirigirse a la orilla. Los niños habían desaparecido cuando salió del agua y lamentaba la pérdida de su fuego, que podría haberle calentado. Regresó a su cueva dando tumbos y se hundió cansinamente en su lecho.

El, que había sido un poderoso guerrero, ¡derrotado por un hatajo de crías de Cro-Magnon! Apretó salvajemente los puños y rugió, pero no podía hacer nada. ¡Nada! La inutilidad de su propio esfuerzo le mordió como un cuchillo ardiente. Hwoogh era un anciano, y las lágrimas que corrían por sus mejillas eran las lágrimas amargas y dolorosas que sólo puede provocar la edad.

Keyoda regresó tarde y se puso a maldecir cuando vio que el fuego se había apagado, pero su voz se suavizó al verle acurrucado en la cama, contemplando ausente la pared de la caverna. Sus ojos localizaron las pocas pisadas que los niños habían olvidado borrar, y maldijo con un vigor casi juvenil antes de dirigirse a Hwoogh.

—¡Vamos, Peludo, quítate esa piel fría y mojada! —Sus manos eran suaves, pero Hwoogh la rechazó—. Enfermarás si te las quedas. Quítate la piel y yo iré al pueblo en busca de fuego. ¡Malditos niños! ¡Espera a que se lo diga a Legoda!

Al ver que no había nada que pudiera hacer por él, se dio la vuelta y marchó sendero abajo. Hwoogh se sentó para cambiarse de pieles y luego volvió a tumbarse. ¿Para qué servía? Gruñó un poco cuando Keyoda regresó con el fuego, pero rehusó la comida que le habían dado en el pueblo, y se sumió en un sueño intranquilo. Cuando despertó, hacía un buen rato que el sol había salido. Encontró Legoda y Keyoda junto a él. Notaba algo desagradable en la cabeza y tosió. Legoda le palmeó la espalda.

—Descansa, Peludo. Tienes la enfermedad diabólica que quema la garganta y corre hasta la nariz, pero el hombre puede vencerla. ¡Ah, cómo fueron golpeados los niños! Yo me encargué de hacerlo personalmente, y esta mañana no hay uno solo que no esté tan magullado como tú. La luna se comerá el sol antes de que vuelvan a molestarte.

Keyoda le tendió un trozo de hígado hervido y riñones, pero él lo rechazó. Aunque el dolor de cabeza había remitido, parecía como si tuviera un peso en el estómago y no podía comer. Notaba como si los niños con los que había peleado estuvieran sentados sobre su pecho y le sacudieran.

Legoda sacó un pequeño tambor pintado y ejecutó magia por su restablecimiento. Danzó ante el viejo y sacudió el calabacín mágico, que espantaba todas las enfermedades diabólicas. Pero este diablo era más fuerte. Por fin, el joven se detuvo y se marchó al poblado, mientras Keyoda se quedó sentada sobre una piedra vigilando al enfermo. Hwoogh notaba la cabeza embotada y el corazón enterrado en el pecho. Ella espantó las moscas, cubriéndole los ojos con un trozo de piel, y le canturreó una de las canciones con que las madres arrullaban a sus hijos.

Se quedó otra vez dormido y se revolvió en una pesadilla donde los Habladores se burlaban de él. La fiebre enrojecía su rostro. Pero cuando Legoda regresó aquella noche, juró que estaría bien dentro de tres días.

—Déjalo dormir y dale de comer. El diablo se marchará pronto. Mira, apenas queda señal donde le golpeó la piedra.

Keyoda le alimentó lo mejor que pudo, obligándole a tragar la comida que mendigaba en la aldea. Cogía agua del arroyo cada vez que él la pedía, le humedecía el pecho y la cabeza cuando dormía. Hwoogh notaba que a fiebre era un poco más alta y sentía que el frío era peor que nunca. Pero no lo combatió como debería haber hecho. Legoda regresó de nuevo con su magia y comida, pero apenas sirvieron de nada. A medida que el día avanzaba, sacudió la cabeza y habló con Keyoda en voz baja. Hwoogh salió de su sopor y escuchó atontado.

—Está cansado de la vida, Keyoda, hermana de mi padre —El joven se encogió de hombros—. Mira, yace ahí sin combatir. Cuando un hombre no intenta vivir, no puede hacerlo. Su pueblo se harta fácilmente de vivir, Keyoda. No sé por qué. Pero, por poca cosa mueren —Al ver que Hwoogh le había oído, se acercó al Neanderthal—. Oh, Chokanga, olvida tus problemas y toma otro bocado de vida. Aún puede ser buena si así lo quieres. He tomado tu regalo como signo de amistad, y mantendré mi palabra. Ven a mi fuego, y no caces más. Te trataré como si fueras mi padre.

Hwoogh gruñó. ¡Seguir los campamentos, comer de la caza de Legoda, ser tratado como una rareza y como un medio hombre! Legoda era amable, apasionado y simpático, pero los otros eran vengativos. Y si Hwoogh moría, ¿quién iba a llorar por él? Keyoda regresaría con su gente, Legoda le olvidaría, y ningún Chokanga estaría allí para mostrarles el ritual del enterramiento.

Los viejos amigos de Hwoogh habían vuelto con él en sus sueños, visitándole y mostrándole los terrenos de caza de su juventud. Había oído los gruñidos y murmullos de las muchachas de su raza que le esperaban. Ese mundo todavía estaba vacío de Habladores, donde un hombre podía hacer grandes cosas y cazar por sí mismo sin oír la risa de los Cro-Magnon. Hwoogh suspiró suavemente. Estaba cansado, demasiado cansado para que le importara lo que pasara.

El sol se estaba poniendo y las nubes adquirían un vivo tono rojo. Keyoda gemía en algún lugar, muy lejos, y Legoda golpeaba su tambor y murmuraba su magia. Pero la vida estaba vacía, desprovista de orgullo.

El sol se perdió de vista y Hwoogh volvió a suspirar, enviando su último suspiro a reunirse con los fantasmas de su pueblo.

Lester del Rey (1915-1993)




Relatos góticos. I Relatos de Lester del Rey.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Lester del Rey: El día ha muerto (The Day Is Done), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Cruz de fuego»: Lester del Rey; relato y análisis.


«Cruz de fuego»: Lester del Rey; relato y análisis.




Cruz de fuego (Cross of Fire) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Lester del Rey (1915-1993), publicado originalmente en la edición de mayo de 1939 de la revista Weird Tales.

Cruz de fuego, quizás uno de los cuentos de Lester del Rey más interesantes, se aleja progresivamente de la estructura tradicional del relato de vampiros y abre un camino lleno de nuevas posibilidades para estos entrañables chupasangres. Cruz de fuego relata la historia de un hombre que despierta con amnesia, y a medida que progresa la historia va recuperando el recuerdo de las extrañas circunstancias en las que perdió la memoria.

No es caprichoso que esta extraña versión de los vampiros pertenezca a un autor como Lester del Rey, habituado no solo al asombro sino a la inversión de los paradigmas del relato de terror.




Cruz de fuego.
Cross of Fire, Lester del Rey (1915-1993)

¡Vaya chaparrón! ¿Es que no va a dejar de llover? Tengo las ropas empapadas y los miembros ateridos. Por lo menos ya no truena ni relampaguea. Es extraño. Desde que me he despertado no he visto un solo relámpago. Creo que caían rayos. No puedo recordar nada con claridad, pero estoy seguro de que había como una horquilla de luz en el cielo. No, no era eso; era como una cruz.

Es ridículo, por supuesto. Los relámpagos no pueden formar una cruz. Tal vez fue un sueño que tuve mientras yacía tumbado en el fango. Tampoco recuerdo cómo llegué allí. Tal vez me tendieron una emboscada para robarme y me dejaron allí hasta que la lluvia me hizo recobrar el sentido. Pero no me duele la cabeza, sino la espalda: es un dolor agudo y punzante en el hombro. No, no pueden haberme robado; todavía conservo mi anillo y el dinero que llevaba en el bolsillo.

Quisiera recordar lo que ha sucedido, pero mi cabeza se niega a pensar. Una parte de ella no desea recordar; ¿por qué razón? Allí... No; ha desaparecido otra vez. Tiene que haber sido otro sueño; tiene que haberlo sido. ¡Qué horror!

Ahora debo protegerme de la lluvia. Cuando llegue a casa encenderé un buen fuego y dejaré de pensar hasta que mi mente haya descansado. Ah, ya sé dónde cae mi casa. Puede que no sea tan horrible si sé eso...

Ya está. He encendido un buen fuego y he puesto mis ropas a secar. Tenía razón; esta es mi casa. Y yo soy Karl Hahrhöffer. Mañana preguntaré en el pueblo cómo llegué aquí. Los habitantes de Altdorf son amigos míos. ¡Altdorf! Cuando no intento pensar. algunas cosas vuelven a mi mente. Sí, mañana iré al pueblo. De todos modos, necesito comida y en la casa no hay provisiones.

¡No es extraño! Cuando llegué aquí estaba cerrada con clavos y tablas. Me llevó casi una hora forzar la puerta. Después, mis pies me guiaron al sótano, que no estaba cerrado. A veces, mis músculos saben más que mi cerebro, y otras veces me engañan. Tendrían que haberme hecho descender al sótano en vez de conducirme por la escalera a esta habitación.

Hay polvo y suciedad por todas partes, y los muebles parecen a punto de partirse en dos. Diríase que nadie ha vivido aquí desde hace un siglo. Tal vez haya estado ausente de Altdorf mucho tiempo, pero no puedo haber vivido lejos mientras sucedía todo esto. Debo encontrar un espejo. Tendría que haber uno en el rincón, pero ha desaparecido. No importa; un recipiente con agua servirá lo mismo.

¿Ni un espejo en la casa? Me gusta ver mi imagen reflejada: creía tener un rostro hermoso y aristocrático. He cambiado. Mi cara apenas ha envejecido, pero los ojos son inquisitivos, los labios finos y rojos, y hay un algo desagradable en mi expresión. Cuando sonrío, los músculos se curvan antes de comunicarme aquella arrogancia de antaño. A mi hermana Flämchen le encantaba mi sonrisa.

Tengo una reluciente herida roja en el hombro Como una quemadura. Tiene que haber sido el relámpago, después de todo. Tal vez fue esa cruz de fuego en el cielo. Creo recordarlo. Me golpeo con fuerza en la cabeza, y luego me dejó tendido en la tierra húmeda hasta que el frío me hizo revivir.

Pero eso no explica la condición de la casa, ni el paradero del viejo Fritz. Flämchen puede haberse casado y marchado, pero Fritz se hubiera quedado conmigo. Quizás me lo hubiera llevado conmigo a América, pero ¿qué se hizo de él? Sí, eso es, yo estaba por ir a América antes... antes de que algo sucediera. Debo de haber ido allí y permanecido en el país más tiempo del que me parece. En diez años pueden sucederle muchas cosas a una casa abandonada. Fritz era anciano. Me pregunto si lo sepultaría en América.

En Altdorf tal vez lo sepan. La lluvia ha cesado y ya se ven los colores de la aurora en el cielo. Pronto bajaré al pueblo. Pero ahora me está entrando sueño. No es de extrañar, con todo lo que he pasado. Subiré a descansar un rato antes de ir al pueblo. El sol saldrá dentro de unos minutos.

¡No! ¡Qué piernas más torpes! ¡A la izquierda! La derecha lleva al sótano, no al dormitorio. ¡Arriba! La cama no debe de estar en muy buenas condiciones ahora, pero las sábanas tendrían que haber resistido bien. Debería poder dormir en ella sin dificultad. Apenas puedo mantener abiertos los ojos para encontrarla...

Al parecer estaba más cansado de lo que pensaba, ya que vuelve a estar oscuro. El exceso de fatiga siempre produce pesadillas. Ahora se han desvanecido, como sucede con los sueños, pero a juzgar por la impresión que me han dejado, debieron de ser horribles. Y me he despertado con un hambre atroz.

Es una suerte que tenga los bolsillos repletos de dinero. Me llevaría demasiado tiempo ir a Edeldorf, donde está el banco Ahora no será necesario por un tiempo. Este dinero me resulta extraño, pero supongo que habrá cambiado la acuñación durante mi ausencia. ¿Cuánto tiempo he permanecido fuera del país?

El aire es frío y tenue después de la lluvia de ayer, pero no hay luna. Aborrezco las noches nubladas. Y parece que algo no marcha como es debido en el camino que lleva al pueblo Claro que puede haber cambiado, pero parece un cambio demasiado drástico para los diez años transcurridos.

¡Ah, Altdorf! Donde antes estaba la casa del burgomaestre, hay ahora un negocio con una extraña bomba delante de él. Es un poste de gasolina. Mi mente parece reconocer, y hasta esperar, muchas cosas que ni siquiera recuerdo haber visto antes. Observo cambios a mi alrededor, pero Altdorf no ha cambiado tanto como yo temía Allá está la taberna, más allá el colmado, y al final de la calle la tienda de vinos. ¡Excelente!

No, estaba equivocado. Altdorf no ha cambiado, pero la gente sí. No reconozco a nadie, y ellos me miran con cara de pocos amigos. ¡Pero si tendrían que reconocerme! Los chicos deberían correr en pos de mí pidiéndome caramelos. ¿Por qué se muestran atemorizados? Y esa anciana... ¿por qué grita y arrastra a los niños dentro de la casa cuando me ve pasar? ¿Por qué apagan las luces de las casas y las calles quedan desiertas cuando me aproximo? ¿Me habré convertido en un feroz delincuente durante mi estancia en América? No tengo ninguna propensión a delinquir. Me habrán confundido con otro; mi aspecto es ahora muy distinto.

El encargado de la tienda de comestibles me resulta vagamente familiar, pero es más joven y está ligeramente cambiado en relación con el que yo recuerdo. Un hermano, tal vez.

—¡No escapes, imbécil! No te haré daño. Sólo quiero comprar unas legumbres y provisiones. Veamos. No, carne no. No soy un ladrón; te pagaré. ¿Ves? Tengo dinero.

Está pálido y le tiemblan las manos. ¿Por qué se quedará mirándome así habiéndole pedido cosas tan corrientes?

—...Es para mí, claro. ¿Para quién si no? Tengo la despensa vacía. Sí, eso me vendrá muy bien.

Si dejara de temblar. ¿No tiene otra cosa que hacer más que volver la mirada furtivamente hacia esa puerta? Ahora me da la espalda y se lleva las manos al rostro, como si se persignara. ¿Pensará que uno vende su alma al diablo por haber estado en América?

—No, ésa no, tendero. Tiene el color rojo más nauseabundo que he visto en mi vida. Un poco de café, mantequilla y azúcar, y... sí, póngame un trozo de embutido y otro poco de esa longaniza, pero no me dé la parte magra..., prefiero la grasa. ¿Que si quiero embutido de sangre? ¡Vaya idea! Claro que no. Sí, la llevaré yo mismo si el chico está enfermo. Pero hasta mi casa hay un buen trecho. ¿Podría usted prestarme esta carretilla? Se la devolveré mañana... Muy bien; la compraré.

—¿Cuánto le debo? Quiero pagarlo, entiéndalo. Esto debería bastar, ya que no quiere decirme el precio. ¿Es que tengo que tirárselo a la cara? Está bien, lo dejaré sobre el mostrador. Sí, puede usted irse.

¿Por qué echa a correr ese imbécil, como si yo tuviera la peste? Sí, eso debe ser. Es muy natural que me eviten, si piensan que tengo una enfermedad contagiosa. Pero de haber estado enfermo no podría haber venido solo aquí. No, no consigo explicármelo.

Ahora le toca el turno al de la tienda de vinos. Es un hombre joven, muy pagado de sí mismo. Tal vez se comporte como una persona sensata. Por lo menos no corre, aunque palidece.

—Sí; vino, por favor.

No se sorprende tanto como el colmadero. Diríase que es más normal pedir vino que provisiones. Qué raro.

—No; Riesling blanco, no tinto. Y tokai. Sí; esa marca está bien. si no tiene la otra. Y un poco de coñac. Hace tanto frío por las noches... Su dinero... Muy bien.

No rechaza el dinero ni vacila en cobrarme el doble, pero lo recoge con un gesto de vacilación y deja caer el cambio en mi mano sin contarlo. Tiene que haber algo en mi apariencia que ayer noche el agua no reflejó. Se queda mirándome fijamente mientras me marcho tirando del carretón. La próxima vez compraré un buen espejo, pero por hoy ya he tenido bastante de este pueblo...

Otra vez de noche. Esta mañana me acosté antes de que saliera el sol, esperando dormir un poco antes de recorrer la casa, pero cuando me desperté reinaba nuevamente la oscuridad. Bueno, tengo velas en cantidad suficiente. Poco importa que inspeccione el lugar de día o de noche.

Pese a tener buen apetito, me cuesta un verdadero esfuerzo tragar la comida; le encuentro un sabor extraño, como si no hubiera comido en mucho tiempo. Pero es muy lógico: debo suponer que en América los alimentos no serían los mismos. Empiezo a creer que he estado ausente más de lo que pensaba. Sin embargo, el vino es bueno. Siento como si corriera nueva vida por mis venas.

El vino despeja la sensación de extrañeza que me acecha luego de las pesadillas. Confiaba en no soñar esta vez, pero en cambio fueron aún más intensas. Algunas las recuerdo a medias. En un sueño aparecía Flämchen; Fritz en varios.

Sin duda, todo se debe al hecho de estar de nuevo en este caserón, y como tiene ese aspecto tan siniestro, Fritz y Flämchen se me aparecieron en sueños con horribles disfraces.

Examinemos la casa. Primero el altillo, luego el sótano. El resto ya lo he visto, y casi no ha sufrido cambios, salvo en su anacrónica y vetusta apariencia. Tal vez las buhardillas sigan igual, aunque la curiosidad y la falta de ocupación me impulsen a verlo.

Los peldaños deberían estar bien asentados, pero la escalerilla cruje demasiado para aventurarme a subir por ella. Aunque parece bastante sólida, pese a todo. Ahora la trampilla. Ah. se abre con facilidad. Pero, ¿qué olor es ése? Ajo, o el vestigio del ajo consumido por la edad. El lugar apesta; por todas partes hay pequeñas cabezas de ajo resecas.

Alguien ha vivido una vez aquí. Hay una cama y una mesa y unos platos sucios. Restos de comida. Y aquel viejo sombrero es el que Fritz usaba siempre. La cruz en la pared y la Biblia sobre la mesa eran de Flämchen. Mi hermana y Fritz se habrán encerrado aquí después de mi partida. Más misterios aún. Si ello es así, es posible que murieran aquí. Los del pueblo deben saber qué ha sido de ellos. Tal vez alguien quiera decírmelo. Quizás el expendedor de vinos, dándole una propina.

Hay poco aquí que pueda retenerme, a menos que la cómoda esconda algún secreto. ¡Atascada! La herrumbre y la madera en descomposición no engañan: debo de haber estado ausente más tiempo del que pensaba. Vaya, por fin se abre. Sí; hay algo en ella. Un libro o algo parecido. Leo: Diario de Fritz August Schmidt. Tal vez aquí encuentre una pista, si es que consigo hacer saltar el cerrojo. En el taller debería haber herramientas.

Pero primero tengo que explorar el sótano. Me parece extraño que las puertas estuvieran abiertas cuando el resto de la casa estaba tan cuidadosamente cerrado. ¡Si pudiera recordar cuánto ha durado mi ausencia!

¡Con qué facilidad me llevan los pies al sótano! Bueno, que sigan su camino. Tal vez sepan más que mi memoria. Antes me guiaron ya bastante bien. ¡Huellas en el polvo! Zapatos de hombre. Un momento... Sí, coinciden perfectamente. Son mías. Entonces bajé acá antes del golpe. Eso explica lo de la puerta. Vine hacia aquí, la abrí, deambulé por el sótano. Sí. eso debe ser. Seguramente iba camino del pueblo cuando me sorprendió la tormenta. Y eso explica, también, por qué mis piernas se movieron con tanta seguridad hacia la entrada. Los hábitos musculares son difíciles de romper.

¿Pero por qué me quedé aquí tanto tiempo? Las huellas van en todas direcciones y cubren el pavimento. Evidentemente, aquí no hay nada que pueda retener mi interés. Las paredes están desnudas, los estantes desvencijados y no veo señal alguna que indique la existencia de algo anormal. Pero sí... Allí donde vuelven a juntarse todas las huellas hay una tabla que no tendría que estar suelta. ¡Con qué facilidad se desliza en mis manos!

¿Por qué tiene que haber un hueco excavado en la pared, si el sótano está vacío? Tal vez hay algo escondido allí. Huelo a moho y el aire me trae unas emanaciones nauseabundas. Este olor me es familiar, y la asociación de ideas me resulta desagradable. Ah, ahora puedo ver. Allí hay una caja, grande y pesada. Dentro... ¡Un ataúd, abierto y vacío!

¿Cómo puede ser que haya una persona enterrada aquí? No tiene sentido. Pero si está vacío... se hubiera llenado de tierra... No; aquí sucede algo muy extraño. En mi ausencia han ocurrido cosas muy raras. La casa tan deteriorada y vetusta, los habitantes del pueblo asustados, Fritz que se encierra en el altillo, este ataúd escondido aquí... No sé, pero tiene que haber una relación en todo ello. Debo averiguarlo.

Este ataúd fue muy hermoso en su momento. Aun hoy el forro de raso se mantiene intacto, excepto por esas extrañas manchas parduscas. Moho, tal vez, aunque nunca he visto que endureciera la ropa. Más bien parece sangre. No logro hilvanar todo este asunto. Pero todavía me queda el diario. En alguna parte tiene que haber una respuesta. Romperé el cerrojo de una vez y veré si encuentro allí una respuesta a tanta incógnita...

Esta vez, la lectura y el trabajo no me han dado oportunidad de dormir durante el día, como ocurriera antes. Ya vuelve a ser de noche, y todavía sigo en vela.

En efecto, el diario contenía la respuesta. Lo he quemado, pero podría repetirlo de memoria. ¡La memoria! ¡Cuánto odio esa palabra! Por suerte, hay algunas cosas que sólo las comprendo a medias. Tengo la esperanza de no llegar nunca a recordar del todo. Es un milagro que no me haya vuelto loco. De no haber encontrado el diario, todo podría... pero es mejor así.

La historia está completa ahora. Al principio, cuando empecé a leer los garabatos de Fritz, todo me pareció extraño e increíble, pero nombres y acontecimientos estimularon mi memoria, hasta que pude revivir la pesadilla que estaba leyendo. Tendría que haberlo adivinado antes. Ese dormir de día, la vetustez de la casa, la falta de espejos, la actitud de los pueblerinos, mi aspecto, otros mil detalles, todo debería haberme abierto los ojos mucho antes. Los sucesos quedan expuestos con meridiana claridad en las páginas que Fritz dejó escritas antes de abandonar el altillo.

Había hecho mis planes y estaba por irme a América dentro de tres días cuando conocí a una extranjera a la que los habitantes apodaban «Señora de la noche». Se decían de ella cosas espantosas, y los del pueblo la temían y despreciaban. Pero yo no quise dejarme llevar por sus supersticiosas aprehensiones. Ejercía sobre mí una misteriosa fascinación. Olvidé el viaje. Se me vio varias noches en su compañía, hasta que incluso el cura del lugar se volvió en mi contra. Sólo Fritz y Flämchen me fueron leales.

Cuando se produjo mi «muerte», los doctores dijeron que había sido por «anemia», pero los vecinos no se dejaron engañar. Formaron una partida y dieron varias batidas por la comarca hasta que hallaron el cuerpo de la mujer. Le clavaron un asta de ciervo y quemaron el cadáver. Pero mi ataúd había desaparecido. Los pueblerinos sabían que yo me había vuelto un monstruo, pero no lograron encontrar mi cuerpo.

Fritz sabía que iba a ocurrir. El viejo criado se encerró junto con Flämchen en el altillo, lejos de mí. Pese a todo, no podía abandonar sus esperanzas sobre mi suerte. Tenía su propia teoría sobre los No Muertos. «No es propiamente muerte —escribió—, sino una posesión. El alma auténtica duerme, mientras prevalece el demonio que ha penetrado en el cuerpo. Tiene que haber algún modo de desalojar al enemigo sin matar a la persona, como hizo nuestro Señor con el poseso. Sea como fuere, tengo que hallar el medio.»

Pero eso fue antes de que yo persuadiera a Flämchen a unirse conmigo. ¿Por qué será que nosotros (en el estado en que yo me encontraba) tenemos siempre que buscar nuestra presa entre los seres queridos? ¿No es suficiente permanecer retorciéndonos entre las llamas del infierno en que el usurpador ha convertido nuestro cuerpo? ¿Hemos de ver, además, a nuestros propios amigos en el papel de víctimas?

Cuando Flämchen se reunió conmigo en el reino de los No Muertos, Fritz salió de su escondite. Lo hizo por propia voluntad. aunque no con alborozo. Semejante prueba de lealtad merecía mejor premio. ¡Pobres Flämchen y Fritz!

Se presentaron aquí ayer por la noche, pero apuntaba ya el alba y tuvieron que marcharse. ¡Desdichados rostros, llenos de deseo. apretados contra las ventanas rotas, llamándome a ellos! Volverán seguramente, puesto que me han encontrado. Es otra vez de noche. y llegarán en cualquier momento. Que vengan. He realizado los preparativos necesarios y estoy listo. Hemos estado juntos antes, y esta noche desapareceremos también juntos.

Hay una antorcha encendida al alcance de mi mano, y he cubierto el viejo y reseco pavimento con trapos y aceite para que arda todo el caserón. Sobre la mesa tengo un revólver cargado con tres balas. Dos son de plata, y en cada una aparece grabada una cruz. Si Fritz está en lo cierto, sólo estas balas pueden matar a un vampiro, y hasta ahora ha demostrado tener razón en todo.

También yo habría necesitado antes ese metal, pero ahora bastará un simple trozo de plomo. Las especulaciones de Fritz eran ciertas. Aquel relámpago en forma de cruz, que expulsó al demonio de mi cuerpo, devolvió a la vida mi verdadera alma. De vampiro volví a convertirme en hombre. Pero casi hubiera preferido la maldición a los recuerdos que ha dejado.

Ah, helos aquí otra vez. Llaman a la puerta que he dejado abierta, profiriendo gemidos para expresar su sed de sangre.

—Adelante, entrad, no está cerrado. Ved, os estaba esperando. No; no retrocedáis ante el revólver. Fritz, Flämchen, me lo agradeceréis.

¡Qué paz hay ahora en sus rostros! Cuan pura es la muerte verdadera. De todas formas dejaré caer la antorcha al suelo para estar doblemente seguro. El fuego es el más puro de los elementos. Luego me uniré a ellos... Este revólver que apunta a mi corazón se me antoja un viejo amigo. Apretar el gatillo es como una suave caricia.

Es extraño. La llama de la pistola parece una cruz... ¡Flämchen..., la cruz..., tan pura!

Lester del Rey (1915-1993)




Relatos de vampiros. I Relatos de Lester del Rey.


El análisis y resumen del relato de Lester del Rey: Cruz de fuego (Cross of Fire) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Canto del crepúsculo»: Lester del Rey; relato y análisis.


«Canto del crepúsculo»: Lester del Rey; relato y análisis.




Canto del crepúsculo (Evensong) es un relato fantástico del escritor norteamericano Lester del Rey (1915-1993), publicado en la antología de 1967: Visiones peligrosas (Dangerous Visions).

Canto del crepúsculo es uno de esos cuentos de Lester del Rey sobre los que no conviene adelantar nada. Su magia se esconde en la sencillez y la eficiencia con las que Lester del Rey evoca uno de los momentos míticos más conocidos por todos.




Canto del crepúsculo.
Evensong, Lester del Rey (1915-1993)

Cuando alcanzó la superficie del pequeño planeta, incluso las heces de su poder se habían agotado. Ahora descansaba, extrayendo reluctantemente y con lentitud un poco de fuerza del amarillo sol que brillaba en los verdes prados a su alrededor. Sus sentidos estaban debilitados por un cansancio definitivo, pero el miedo que había aprendido de los Usurpadores lo empujaba en busca de algún nuevo atisbo de refugio. Se dio cuenta de que era un mundo pacífico, y ese descubrimiento avivó su miedo. En sus días jóvenes había apreciado una multitud de mundos donde el juego del flujo y el reflujo de la vida podía ser jugado hasta el fondo. Era entonces un universo lleno de vitalidad por donde vagabundear. Pero los Usurpadores no soportaban los rivales en su propia ilimitada avidez. La paz y el orden que reinaban en aquel lugar significaban que aquel mundo les había pertenecido.

Los buscó vacilante mientras un leve soplo de energía fluía dentro de él. No había ninguno allí en aquel momento. Hubiera podido captar inmediatamente la presión de su cercana presencia, y no había el menor rastro de ello. Las lisas y herbosas extensiones se abrían ante él en interminables praderas y campos hasta las distantes colinas. Había estructuras de mármol en la lejanía, de blancura resplandeciente al sol del atardecer, pero estaban vacías; su desconocida finalidad había sido alterada hasta convertirse en un simple decorado sobre aquel planeta ahora abandonado.

Su atención regresó; cruzó un riachuelo hasta el otro lado del amplio valle. Allí descubrió el jardín. Rodeado por un muro bajo, sus kilómetros y kilómetros de extensión estaban llenos de bosques dispuestos aparentemente como una reserva. Pudo sentir la agitación de vida animal de apreciable tamaño entre las ramas y a lo largo de los senderos sinuosos. Faltaba el alborotado vigor de toda auténtica vida, pero su abundancia podía ser suficiente para enmascarar su propio vestigio de fuerza vital en caso de búsqueda profunda. Al menos era un refugio mejor que esta pradera descubierta; deseaba dirigirse hacia allí, pero el peligro de traicionarse con su movimiento lo mantuvo inmóvil donde estaba.

Había pensado que su anterior escapatoria estaba asegurada, mas estaba aprendiendo que incluso él podía equivocarse. Aguardó mientras buscaba una vez más indicios de una trampa de los Usurpadores. Había aprendido la paciencia en la prisión que los Usurpadores habían diseñado para él en el centro de la galaxia. Había reunido furtivamente sus energías mientras preparaba su evasión en torno a la repugnancia de los otros en tomar la decisión final.

Luego se había proyectado fuera en una trayectoria que hubiera debido llevarle hasta mucho más allá de los límites de su dominio en el universo. Y había descubierto su fracaso antes incluso de haber podido recorrer la distancia hasta el extremo de aquel brazo en espiral de una fortaleza galáctica. Sus redes de detección estaban por todas partes, al parecer. Sus grandes líneas de captación de energía formaban una red demasiado fina para ser cruzada.

Las estrellas y los mundos estaban unidos entre sí, y sólo una serie de milagros le habían permitido llegar hasta tan lejos. Y ahora su pérdida de energía hada que la prosecución de tales milagros estuviera fuera de su alcance. Desde que casi habían fracasado en atraparle y secuestrarle, habían aprendido demasiado.

Ahora buscaba delicadamente, temeroso de activar alguna alarma, pero más temeroso aún de no detectar su existencia. Desde el espacio, aquel mundo había ofrecido la única esperanza en su aparente inmunidad a sus redes. Sin embargo, entonces sólo había dispuesto de microsegundos para comprobarlo. Finalmente, hizo regresar a sus percepciones. No podía captar la menor evidencia de sus cebos y sus detectores allí. Había empezado a sospechar que ni siquiera sus mayores esfuerzos iban a ser suficientes ahora, pero no podía hacer más. Lentamente al principio, y luego en una repentina acometida, se proyectó hacia el laberinto del parque. Nada procedente de los cielos le golpeó. Nada surgió del centro del planeta para detenerle. No hubo ninguna interrupción en el susurro de las hojas y el canto de los pájaros. Los sonidos animales continuaron. Nada pareció consciente de su presencia en el jardín. En un tiempo eso hubiera sido impensable en sí mismo, pero ahora extrajo de ello algo de alivio.

En aquel momento no debía ser más que una sombra, ilocalizado e ilocalizable a su paso. Algo avanzó sendero abajo hacia donde descansaba, haciendo resonar ligeramente sus cascos, que apenas rozaban la alfombra de hojas muertas. Alguna otra cosa saltó rápidamente por entre la maleza del borde del camino. Dejó que su atención se fijara en ellas cuando ambas salieron al sendero juntas. Y un frío horror lo rodeó. Una era un conejo, que en aquel momento mordisqueaba las hojas de trébol que allí había mientras agitaba sus largas orejas y avanzaba su rosado hocico. El otro era un joven venado, llevando aún las manchas de cervatillo. Cualquiera de ellos hubiera podido ser hallado en cualquiera de miles de mundos. Pero ninguno habría sido exactamente del tipo que tenía ante él.

Aquel era el Mundo del Encuentro..., el planeta donde había descubierto por primera vez a los antepasados de los Usurpadores. ¡De todos los mundos en la apestada galaxia, había tenido que ir a buscar aquél como refugio! En los lejanos días en que él poseía toda su gloria eran meros salvajes, confinados en aquel único mundo, procreando y siguiendo su camino hacia la legítima autodestrucción de todos los salvajes como ellos.

Y sin embargo había algo extraño en ellos, algo que entonces llamó su atención y despertó incluso una vaga piedad. Debido a esa piedad, había tomado a unos pocos de ellos y los había conducido hacia la elevación. Hasta había alimentado poéticos sueños de hacer de ellos sus compañeros y sus iguales, puesto que las expectativas de vida de su sol estaban tocando a su fin. Había respondido a sus gritos de socorro y les había proporcionado al menos algo de lo que necesitaban para dar sus primeros pasos hacia la dominación del espacio y la energía. Y le habían recompensado con un orgullo arrogante que negaba incluso el menor rastro de gratitud.

Finalmente, los había abandonado a su propio salvaje fin y se había marchado a otros mundos, para realizar proyectos más amplios y ambiciosos. Aquélla había sido su segunda locura. Habían avanzado ya demasiado en su camino hacia el descubrimiento de las leyes que controlan el universo. De un modo u otro, incluso evitaron su propia autodestrucción. Tomaron los mundos de su sol y los lanzaron hacia delante, hasta que pudieron competir con él por los mundos que él había hecho suyos. Ahora los poseían todos, y él no tenía más que aquel minúsculo lugar allí en el mundo de ellos..., por un cierto tiempo al menos.

El horror de constatar que aquél era el Mundo del Encuentro menguó un poco al recordar con qué facilidad sus crecientes hordas poseían y abandonaban mundos sin ninguna razón aparente. Y de nuevo sus comprobaciones le demostraron que no había ninguna evidencia de ellos allí. Empezó a relajarse de nuevo, sintiendo una súbita esperanza en lo que había sido temporalmente desesperación. Con toda seguridad, ellos también pensarían que aquél era el único planeta donde él jamás iría a buscar refugio.

Apartó a un lado sus temores y empezó a dirigir sus pensamientos hacia el único camino que podía ofrecerle esperanzas. Necesitaba energía, y la energía era algo disponible en cualquier lugar no tocado por las redes de los Usurpadores. Había sido drenada al espacio durante eones, una dilapidación de energía que podía hacer estallar soles o crearlos en legiones.

Era energía para escapar, quizás incluso para prepararse finalmente a enfrentarse con ellos con ciertas posibilidades de obligarles a una tregua, si no de conseguir una victoria. Si podía conseguir unas pocas horas sin ser detectado, podría atraer y retener aquella energía para sus necesidades. ¡Empezaba a tenderse para alcanzarla cuando el cielo retumbó y el sol pareció oscurecerse por un momento! El miedo que anidaba en él asomó a la superficie y lo envió a ocultarse lejos de la visión del cielo antes de poder controlarlo.

Pero por un breve momento hubo aún un rastro de esperanza en él. Podía tratarse de un fenómeno causado por su propia necesidad de energía; quizás había empezado a atraer la energía demasiado intensamente, demasiado ávido de fuerza. Luego el suelo se agitó, y entonces supo. No había engañado a los Usurpadores. Sabían que estaba allí...; nunca lo habían perdido. Y le habían seguido con toda su enorme falta de sutileza.

Una de sus naves exploradoras había aterrizado, y el explorador vendría a buscarlo. Luchó por controlarse, y lo consiguió lo suficiente como para hacer que su miedo penetrara en lo más profundo de él. Luego, con un cuidado que no agitó ni una brizna de hierba ni una hoja sobre una ramita, empezó a retroceder, buscando las densas espesuras del centro del jardín, allí donde la vida era más intensa. Con aquello para protegerle, podría al menos absorber un débil hilillo de energía, la fuerza suficiente para rodearse de una sutil aura animal que le permitiera ocultarse entre las bestias. Algunos exploradores de los Usurpadores eran jóvenes e inmaduros. Si era uno de ellos podría engañarlo y tal vez se fuera. Luego, antes de que su informe llegara a los demás, podría tener una oportunidad... Supo que aquel pensamiento no era más que un deseo, no un plan, pero se aferró a él mientras se cobijaba entre la espesura en el centro del jardín. Y entonces incluso ese deseo le fue arrebatado.

El sonido de pasos era firme y seguro. Se oía el crujir de ramas rompiéndose mientras los pasos se acercaban, sin la menor desviación de la línea recta. Inexorablemente, cada firme zancada llevaba al Usurpador más cerca del lugar donde se había ocultado. Ahora había un débil resplandor en el aire, y los animales escapaban en todas direcciones llenos de terror. Sintió los ojos del Usurpador sobre él, y se obligó a apartarse de aquel conocimiento.

Y como el miedo, descubrió que había aprendido la plegaria de los Usurpadores; rezó desesperadamente a la nada que conocía, y no hubo respuesta.

—¡Sal! Este suelo es un lugar sagrado y tú no puedes permanecer en él. Hemos emitido nuestro juicio y se ha preparado un lugar para ti. ¡Sal y déjame llevarte hasta allí!

La voz era suave, pero tenía una fuerza que congeló incluso el susurrar de las hojas. Dejó que la mirada del Usurpador lo alcanzara finalmente, y la plegaria en él era muda y dirigida hacia fuera...; y sin esperanzas, como sabía que debía ser.

—Pero... —Las palabras eran inútiles, mas la amargura en su interior obligó a las palabras a brotar fuera de él—.
—Pero ¿por qué? ¡Yo Soy Dios!

Por un momento, algo parecido a la tristeza y a la piedad asomó a los ojos del Usurpador. Luego desapareció, mientras llegaba la respuesta.

—Lo sé. Pero yo soy el Hombre. ¡Ven!

Finalmente asintió, en silencio, y le siguió despacio, mientras el amarillo sol se ocultaba tras los muros del jardín. Y aquéllos fueron el crepúsculo y la mañana del octavo día...

Lester del Rey (1915-1993)




Relatos de Lester del Rey. I Relatos de terror.


El análisis y resumen del relato de Lester del Rey: Canto del crepúsculo (Evensong) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Mi nombre es Legión»: Lester del Rey; relato y análisis.


«Mi nombre es Legión»: Lester del Rey; relato y análisis.




Mi nombre es Legión (My Name Is Legion) es un relato fantástico del escritor norteamericano Ramón Felipe Álvarez del Rey, más conocido como Lester del Rey (1915-1993), publicado originalmente en la edición de junio de 1942 de la revista Astounding Science Fiction.

El título de Mi nombre es Legión, uno de los mejores cuentos de Lester del Rey, alude a una cita bíblica que se repite casi textualmente en los Evangelios de Marcos (5:9), Lucas (8:30) y Mateo (8:28-34). Básicamente se trata de un exorcismo realizado por Jesús sobre varios demonios alojados en un hombre


«Y Jesús le preguntó, diciendo: ¿cuál es tu nombre? Y le respondió, diciendo: Mi nombre es Legion, pues somos muchos.»




Relatos de Lester del Rey. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del relato de Lester del Rey: Mi nombre es Legión (My Name is Legion) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Algunas profecías en el relato fantástico.


Algunas profecías en el relato fantástico.




El relato fantástico ofrece curiosidades insólitas, entre ellas, cierto espíritu profético que se adelanta a su tiempo, reflejando hechos y objetos anómalos para su época pero perfectamente conocidos y naturales para nosotros.

El caso de Julio Verne (1828-1905) es demasiado conocido como para abordarlo en su totalidad. Baste decir que su obra anticipó el cine, los helicópteros, los submarinos y muchos otros artilugios impensados para su tiempo. No obstante, hay dos detalles asombrosos que han eludido toda explicación. En la novela: De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune), publicada en 1865, el viaje a la Luna se realiza en 97 horas a una velocidad de de 40.000 kiolómetros por hora. Al Apolo XI le tomó 102 horas, y viajó a una velocidad de 38.500 kilómetros por hora. Para mayores precisiones Julio Verne sitúa el regreso de la nave sobre el océano Pacífico a escasos cuatro kilómetros del sitio donde amerizó el Apolo.

Si hablamos de sincronías lunares es inevitable pensar Lester del Rey (1913-1993), un escritor pulp de escaso renombre que publicaba en revistas como Weird Tales. En su relato : Misión a la luna (Mission to the Moon), escrita en 1954 y publicada en 1956, podemos leer el siguiente párrafo:


[«La nave Apolón se deslizó sobre la superficie de la Luna. Luego de varios sobresaltos pudo estabilizarse. Se abrió su rampa y por ella descendió el comandante Armstrong para pisar por primera vez el suelo de ese mundo desconocido.»]


Esta crónica apresurada y lacónica no sería sorprendente salvo por el hecho de que fue escrita quince años antes de que Neil Amstrong, comandante del Apolo XI, pisara el suelo lunar.

Lester del Rey nunca aclaró su «profecía». Por el contrario, siguió alimentándola a lo largo de su vasta y olvidada carrera.

Otro notable anticipador fue Jonathan Swift (1667-1745). El vehículo de sus profecías es una obra etiquetada como «infantil»: Los viajes de Gulliver (Gulliver's Travels), publicada en 1726. Su lectura, además de jugosa y llena de prodigios, asombra por la precisión de sus revelaciones. A continuación citamos una de sus sincronías más insólitas.


[«En el cielo se aprecian dos estrellas menores que giran alrededor de Marte, tienen el nombre del Miedo, y su superficie dista del planeta unas tres veces su diámetro, en el caso de la primera, y el quíntuple en caso de la segunda.»]


Esta declaración queda disimulada por la presencia de aterradores cíclopes marcianos y otras criaturas escandalosas. Sin embargo, 156 años después de la publicación de los Viajes de Gulliver el astrónomo Asaph Hall descubríó dos satélites en la órbita de Marte, perfectamente desconocidos hasta entonces. Los bautizó con los nombres escalofriantes de los caballos de Ares, el dios griego de la guerra: Fobos, que significa «espanto»; y Deimos, «terror». Podemos pensar que Asap Hall había leído Los viajes de Gulliver, y que en consecuencia bautizó las lunas de Marte en su honor. Menos sencillo de explicar es el hecho de que las distancias y proporciones planteadas por Jonathan Swift son casi perfectas.

Otro relato profético, mucho más macabro que el de Swift, se halla en la noveleta de Edgar Allan Poe (1809-1849): La narración de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket), escrita en 1838; donde se cuenta detalladamente un caso de canibalismo durante un naufragio [ver: ¡Tekeli-li!: análisis de «La narración de Arthur Gordon Pym»]

En la obra de E.A. Poe los sobrevivientes de un barco a la deriva practican un canibalismo desesperado sobre el obeso Richard Parker, un grumete con escasas luces para advertir que los comensales comenzarán su festín por el marinero con menor rango abordo. Cuarenta y siete años después el desborde siniestro de Edgar Allan Poe halló paralelos con la realidad. El Mignonnete naufragó y los cuatro sobrevivientes del desastre flotaron a la deriva durante semanas en un bote salvavidas. Desesperados por el hambre decidieron comerse al hombre de menor rango, un grumete obeso llamado Richard Parker.




Ciencia ficción. I Taller gótico.


El artículo: Algunas profecías del relato fantástico fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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