¡ESTOY MUERTO!: análisis del «Caso Valdemar» de E.A. Poe.


¡ESTOY MUERTO!: análisis del «Caso Valdemar» de E.A. Poe.




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de Edgar Allan Poe: Los hechos en el caso de M. Valdemar (The Facts in the Case of M. Valdemar), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1845 de la revista The American Review, y luego reeditado en la antología de 1850: Las obras del difunto Edgar Allan Poe (The Works of the Late Edgar Allan Poe).

Edgar Allan Poe suele tratar de forma poética la muerte de sus protagonistas femeninas, como Morella y Ligeia [ver: Ligeia y Lady Rowena: dos arquetipos femeninos en la obra de Poe]. En contraste, la muerte de este personaje masculino, M. Ernest Valdemar, es brutal.

Para Edgar Allan Poe no hay descanso en la muerte. Sus cadáveres rara vez encuentran el reposo de la tumba: están debajo de las tablas del piso [El corazón delator], emparedados [El gato negro]; incluso los moribundos, como Valdemar, encuentran un entierro tan inapropiado como el interior de sus propios cuerpos.

Los hechos en el caso de M. Valdemar relata la historia de un hombre con una enfermedad terminal [«tisis», un término antiguo para la tuberculosis pulmonar o «consunción»], cuyo cuerpo, justo en el instante de la muerte, es sujeto al control mesmérico de un investigador no identificado: el narrador. 

Valdemar, que proclama su propia muerte y habla de su continuo sufrimiento después de que los médicos lo declaran fallecido, queda suspendido en este estado mesmérico durante varios meses. El objetivo del investigador es responder tres preguntas: ¿Se puede hipnotizar a una persona al borde de la muerte? ¿Los efectos del hipnotismo se ven fortalecidos por la cercanía de la muerte? Y, finalmente, ¿puede detenerse el proceso de la muerte mediante un trance hipnótico?

La respuesta es sí a las tres preguntas.

La terrible muerte de Valdemar se describe clínicamente [esta historia es esencialmente un estudio de caso] y también lo son sus respuestas a las indagaciones del médico después de la muerte. El tono del narrador es frío y analítico; muy diferente de otros relatos de mesmerismo de Edgar Allan Poe, como Un cuento de las Montañas Escabrosas (A Tale of the Ragged Mountains) y Revelación mesmérica (Mesmeric Revelations).

Eventualmente, el trance hipnótico se rompe y los restos de Valdemar se disuelven abruptamente, ahogando la extraña voz que, hasta entonces, provenía desde el interior de su cuerpo. La famosa proclamación de Valdemar: ¡Estoy muerto!, es paradojal. ¿Cómo una persona muerta puede afirmar que está muerta? Entraremos en esto más adelante.

Si bien parece haber cierta afinidad entre el hipnotizador y Valdemar, este último simplemente constituye un experimento, y comparte el mismo destino que los cadáveres anónimos [a veces adquiridos de forma clandestina] empleados por las universidades para la enseñanza y la práctica de la disección. Es un sujeto de estudio, no una persona. Si la enfermedad lo ha vuelto impotente, la ciencia médica lo ha convertido en una cosa. El estado biológico de Valdemar es aún más difícil de clasificar.

En toda la obra de Edgar Allan Poe observamos el interés del autor por lo que significa ser una persona, y cuáles son sus límites. Los personajes no-blancos suelen ser una amenaza, como los Tsalal en La narración de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym), o al menos figuras del alteridad [ver: ¡Tekeli-li!: análisis de «La narración de Arthur Gordon Pym»]. En cualquier caso, lo no-blanco siempre está relacionado con la exclusión y la marginación. En este contexto, Valdemar es un sujeto médico explotado. Su cuerpo hipnotizado, impotente, cumple la misma función que un cadáver controlado y diseccionado por la ciencia [ver: La disección (Die Sektion, Georg Heym)]

En la superficie, Los hechos en el caso de M. Valdemar plantea la aterradora posibilidad [para los lectores de The American Review] de que cualquiera, incluidos los hombres blancos educados, puede perder la posesión de su cuerpo ante aquellos que buscan conocimiento científico; pero debajo se agitan otros miedos. Valdemar bien puede estar muerto, o no-vivo, pero tiene Voz.

La Voz, en cualquier sociedad, indica un Yo autónomo. La Voz nos permite hablar por nosotros mismos, aceptar, negar algo. Incluso cuando ese algo nos es impuesto por la fuerza, podemos decir «no», y dejar en claro que estamos siendo obligados a actuar, o permanecer pasivos, sin nuestro consentimiento. Sin embargo, la Voz de Valdemar es incorpórea. No se articula en sus cuerdas vocales. Brota de su interior, o desde el más allá, a través de su cuerpo suspendido en el estado mesmérico. En cierto modo, la extraña Voz de Valdemar justifica para el médico la pérdida de sus derechos y privilegios como ciudadano.

En el siglo XIX, la figura del médico ya era confiable, a la cual se le permitía el manejo y la manipulación casi absoluta de los cuerpos. De hecho, esa era la diferencia fundamental entre un médico y un charlatán: el entrenamiento con cuerpos humanos. Los estudiantes de medicina tenían acceso a programas de disección que les permitían un conocimiento táctil de la anatomía humana. Por supuesto, para eso se necesitaban cuerpos en buen estado. Cuando no podían obtenerse legalmente [por ejemplo, personas anónimas que morían en los hospicios o en la vía pública y sus cuerpos no eran reclamados] siempre se podía recurrir al mercado ilegal.

Para evitar problemas legales, los saqueadores de tumbas y los estudiantes de medicina [que a veces eran las mismas personas] se enfocaban en los individuos sin hogar, los trabajadores itinerantes, los marineros, los afroamericanos, los nativos americanos e inmigrantes. Irónicamente, los cuerpos de estas personas, que cuando estaban vivos recibían muy poco respeto, se volvían increíblemente valiosos para la ciencia médica. Este comercio ilícito [pero que contaba con la complicidad de las autoridades] era bien conocido en Baltimore; y Edgar Allan Poe, residente de la ciudad, canaliza en sus historias muchas ansiedades respecto de este tema. Pensemos, por ejemplo, en Berenice, donde un obsesivo narrador profana una tumba para extraer todos los dientes de un cadáver [ver: Lo Siniestro en los relatos de Edgar Allan Poe]

En términos generales, estos cuerpos robados no eran reclamados por familiares o amigos; por lo tanto, eran considerados aceptables. En la época en la que se escribió Los hechos en el caso de M. Valdemar, la legislación de Baltimore permitía que estos programas de disección accedieran a los cadáveres de aquellos que morían en las cárceles [ejecutados o de muerte natural] y los manicomios, reforzando la idea de que la muerte social y la explotación post mortem iban de la mano. Además, la circulación de cadáveres tenía inquietantes semejanzas con el comercio de esclavos.

Para el lector blanco promedio, la mesa de disección llevaba consigo un gran estigma. Significaba que el sujeto de estudio había muerto sin amigos y familiares, o sin finanzas para proteger su cuerpo después de la muerte. Edgar Allan Poe utiliza constantemente este miedo en sus historias [miedo que, por otro lado, no es fácil de captar para el lector moderno], por ejemplo, en El entierro prematuro (The Premature Burial), donde el narrador describe el horror de ser enterrado «como un perro, arrojado a una fosa común (...) una tumba ordinaria y sin nombre», porque ha perdido la protección de sus amigos.

En efecto, Edgar Allan Poe explora recurrentemente las ansiedades del ciudadano estadounidense sobre la posibilidad de perder la posesión de su cuerpo y estar sujeto al control de otro hombre blanco profesional. Bajo la mirada del médico o del investigador, los ciudadanos en los cuentos de Edgar Allan Poe se reducen a partes. Sus cuerpos son los medios para la experimentación médica.

Según se nos informa, Valdemar es un inmigrante polaco, recientemente instalado en los Estados Unidos, y con cierta ascendencia en la comunidad intelectual. A partir de esta descripción, el lector de la época podía infrir que Valdemar era judío. El hecho de ser un inmigrante reciente, que no tiene parientes en Estados Unidos que «interfieran» con el experimento [o reclamen su cadáver] es algo que el narrador celebra.

En Los hechos en el caso de M. Valdemar encontramos a este hombre blanco y educado que degenera en otro cuerpo marginado y utilizado para la investigación médica. Desde el comienzo de la historia, Valdemar ocupa una posición liminal: está sujeto a un doloroso experimento hipnótico, pero como editor y escritor es parte de la comunidad masculina profesional. Inicialmente, Valdemar consiente particupar en el experimento, declarando [«débil, pero audiblemente»]: «sí, deseo ser hipnotizado». En otras palabras, comparte con el narrador la búsqueda del conocimiento científico [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]

El narrador de la historia, experto en mesmerismo [una pseudociencia floreciente en la época], nos informa que ha decidido escribir su versión de los acontecimientos para disipar los «relatos exagerados» y las «desagradables tergiversaciones» publicadas en la prensa sobre lo que realmente ocurrió.

Edgar Allan Poe nunca deja en claro cuáles son las calificaciones médicas o científicas del narrador, si acaso las tiene, pero desde la apertura del relato se lo establece como un profesional racional que usa la observación para estudiar un punto ciego en la investigación científica:


[Hace aproximadamente nueve meses se me ocurrió que, en la serie de experiencias realizadas hasta ahora, había una importante e inexplicable omisión: nadie había sido mesmerizado in articulo mortis.»]


La locución latina: in artículo mortis significa «en el instante de la muerte», y de eso se trata el estudio del narrador: tratar de llenar empíricamente este vacío en los estudios contemporáneos sobre el mesmerismo. ¿Acaso es posible hipnotizar a una persona en el momento preciso en el que está muriendo? [ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte]

El mesmerismo [o «magnetismo animal»] se originó en el trabajo de Franz Mesmer (1734-1815), un médico alemán que teorizó la idea de que el «fluido magnético» en el cuerpo podía controlarse para curar enfermedades físicas [como la «tisis» de Valdemar] y mentales [como la «histeria»]. Cuando Edgar Allan Poe escribió Los hechos en el caso de M. Valdemar, el mesmerismo era bastante popular en los Estados Unidos, incluso como herramienta para inducir estados alterados de conciencia y [supuestamente] ampliar las facultades mentales, por ejemplo, despertando la clarividencia. De hecho, E.A. Poe leyó a Charles Hare Townshend [Mesmerismo (Mesmerism)] y asistió a varias conferencias sobre el tema; de modo que la utilización del mesmerismo en sus relatos es extremadamente preciso y ajustado a las teorías más aceptadas en la época.

En Revelación mesmérica, por ejemplo, el narrador emplea al hipnotismo para inducir estados mentales alterados y descubrir los límites de la conciencia. Su sujeto, llamado Vankirk [y moribundo como Valdemar], emite largos discursos clarividentes sobre la naturaleza del alma y de Dios. Algo similar ocurre en Un cuento de las Montañas Escabrosas, donde Bedloe, un hombre muy enfermo, tiene recuerdos de una vida pasada. En cambio, Los hechos en el caso de M. Valdemar ofrece una mirada diferente. El narrador que lleva adelante el experimento mesmérico no tiene ninguna esperanza de curar a Valdemar; de hecho, para que el experimento [in articulo mortis] tenga éxito, es necesario que Valdemar tenga una enfermedad terminal y no pueda salvarse.

Desde el principio de la historia, el narrador ve a Valdemar como un cadáver. Aunque P— [así se autodenomina para proteger su identidad] no es médico, tiene la total cooperación de los médicos de Valdemar. Afirma que D— y F— [los médicos de Valdemar] «no pusieron ninguna objeción» a su experimento. Por el contrario, fomentan su realización. Esta dinámica parece extraña para el lector moderno, acostumbrado a que la medicina solo acepte los tratamientos convencionales, incluso en situaciones meramente paliativas; pero en la época de Edgar Allan Poe el mesmerismo había capturado el interés de muchos médicos. Más aún, muchos de ellos empleaban el «magnetismo animal» para tratar una gran variedad de enfermedades y síntomas.

Además, los médicos de Valdemar, sabiendo que su paciente está a unas pocas horas de la muerte, están absueltos de responsabilidad. El pobre hombre está condenado. No hay nada que pueda hacerse, de forma que cooperan con el narrador, quien al menos puede aprovechar la condición irreversible de Valdemar para examinar los efectos del mesmerismo en un cuerpo humano durante el proceso de la muerte.

El experimento mesmérico en Los hechos en el caso de M. Valdemar es una versión exagerada de la relación asimétrica de poder entre el médico y el paciente [esto suele pasar desapercibido hasta que uno mismo se convierte en paciente]. En el relato de Edgar Allan Poe, esta relación jerárquica depende de la sumisión de Valdemar a la influencia del hipnotizador, así como un paciente se somete pasivamente a las instrucciones [o tratamientos] del médico; o más aún, como un cadáver es absolutamente impotente ante el bisturí del disector.

En los relatos de mesmerismo de Edgar Allan Poe es frecuente encontrar que el paciente está bajo el control total del hipnotizador. En Un cuento de las Montañas Escabrosas, la voluntad de Bedloe «sucumbió rápidamente al del médico (...) el sueño fue traído casi instantáneamente por la mera volición del operador». Pero el cuerpo de Valdemar, inicialmente, se muestra resistente a los «pases mesméricos» del narrador, y solo se vuelve más receptivo a medida que se aproxima a la muerte. En este punto, el narrador dice que «su brazo, débil aunque muy fácilmente, siguió todas las direcciones que le indiqué». Valdemar ha perdido el gobierno de su propio cuerpo. Está a merced de la agenda del investigador.


[«—M. Valdemar —dije—, ¿duerme usted?

No contestó, pero percibí un temblor en la comisuras de sus labios, y esto me indujo a repetir la pregunta. A la tercera vez, su cuerpo se agitó por un levísimo estremecimiento; los párpados se abrieron hasta descubrir una línea blanca del globo; los labios se movieron lentamente y, a través de ellos, en un murmullo apenas perceptible, se escaparon estas palabras:

—Sí... ahora duermo. ¡No me despierten! ¡Déjenme morir!»]


El cuerpo hipnotizado de Valdemar pierde su autonomía. En este punto de la historia se desdibuja el límite entre un cuerpo humano vivo y un cadáver; tanto es así que bien podríamos estar leyendo el informe de una autopsia [ver: Autopsias lovecraftianas: el arte de diseccionar lo innombrable]

La noche anterior, cuando el narrador examina a Valdemar al comienzo del cuento, describe al paciente con un espeso lenguaje médico. El texto se convierte así en la imitación del frío examen de un patólogo. El narrador incluso parece tener poderes sobrenaturales [muchos médicos actúan como si los tuvieran]: su mirada es tan perspicaz que perfora la piel y los huesos, y diagnostica que los pulmones de Valdemar se encuentran en «un estado semióseo o cartilaginoso» y que en algunos lugares se produjo «una adhesión permanente (de los pulmones) a las costillas». Los médicos de Valdemar, sin embargo, tienen un último instante de misericordia:


[«Entonces los médicos expresaron la opinión, o, mejor, el deseo de que se permitiese a M. Valdemar reposar sin ser turbado, en su actual estado de aparente tranquilidad, hasta que sobreviniese la muerte, lo cual, añadieron unánimemente, debía ocurrir al cabo de pocos minutos. Decidí, no obstante, hablarle una vez más, y repetí simplemente mi anterior pregunta.»]


Valdemar se está descomponiendo frente a la mirada de los médicos: sus pómulos casi perforan la piel de su rostro y su pulso es «apenas perceptible». En este momento de la historia, Valdemar está sujeto no solo a un experimento médico, sino también a un tipo de disección viva. Su cuerpo [todavía vivo] es abordado por el narrador de la misma manera que un cadáver por la ciencia médica: está allí para ser estudiado.


[«Se produjo un cambio ostensible en la fisonomía del mesmerizado. Los ojos giraron en sus órbitas y se abrieron lentamente, y las pupilas desaparecieron; la piel adquirió un tono cadavérico, y las manchas héticas circulares, que hasta entonces se señalaban vigorosamente en el centro de cada mejilla, se extinguieron. El labio superior se retorció sobre los dientes, que hasta entonces había cubierto por entero, mientras la mandíbula inferior cayó con una sacudida perceptible, dejando la boca abierta y descubriendo la lengua hinchada y negra. Imagino que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho mortuorio; pero el aspecto de M. Valdemar era en este momento tan espantoso, sobre toda concepción, que todos nos apartamos de la cama.»]


Esta especie de disección simbólica enfoca la atención de los profesionales hacia las áreas del cuerpo visiblemente afectadas por la enfermedad [la cara demacrada]. El narrador ya no está «emocionado» al ver a su paciente moribundo. De hecho, la emoción es reemplazada por una vigilancia médica objetiva, algo lógico si tenemos en cuenta que la naturaleza del experimento es pedagógica, es decir, aprender algo más sobre el proceso de la muerte. Sin embargo, ocurre algo extraordinario:


[«Ya no había en M. Valdemar el menor signo de vitalidad y, convencidos de que estaba muerto, íbamos a dejarlo a cargo de los enfermeros cuando se observó en la lengua un fuerte movimiento vibratorio, que continuó tal vez durante un minuto. Cuando hubo acabado, de las mandíbulas separadas e inmóviles salió una voz que sería insensato tratar de describir.»]


Cuando Valdemar aparentemente comienza a hablar, la alarma del narrador aumenta. Al parecer, la Voz no emana de los órganos vocales del paciente, sino que brota de su «lengua negra y vibrante». Por otro lado, «sus mandíbulas estaban distendidas e inmóviles».


[«El sonido era áspero, roto y cavernoso, pero en general era indescriptible, por la simple razón de que ningún sonido semejante ha llegado jamás al oído humano. Había, sin embargo, dos particularidades. En primer lugar; la voz parecía llegar a nuestros oídos —al menos a los míos— desde una gran distancia o desde alguna profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo, ciertamente, que me sea imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o glutinantes impresionan al sentido del tacto.»]


El timbre cavernoso, casi ultraterreno, de la voz de Valdemar, desafía la lógica racional del narrador; tanto es así que este debe recurrir a la sinestesia, una figura retórica que asocia elementos de los sentidos físicos con emociones internas, para comunicar sus propias sensaciones al oír la Voz [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror]. Pero esto no proporciona ninguna hipótesis sobre el origen de la Voz, y muchos menos una explicación tentativa.

En cierto sentido, el narrador debe luchar contra sus propias capacidades cognitivas para procesar lo que está sucediendo y encontrar el léxico apropiado para transmitirlo. El fracaso es rotundo, ya que solo afirma que el sonido es «indescriptible». Su aguda mirada médica, que poco antes fue capaz de penetrar en el cuerpo enfermo de Valdemar para diagnosticar el estado de sus pulmones, ahora no puede comprender ni interpretar con éxito el origen de la Voz. En esta escena, todo el discurso racional comienza a vacilar.


[«He hablado a la vez de «sonido» y de «voz». Quiero decir que en el sonido se distinguían las sílabas con una maravillosa y estremecedora claridad. M. Valdemar hablaba, evidentemente, en respuesta a la pregunta que le había hecho pocos minutos antes. Yo le había preguntado, como se recordará, si aún dormía. Ahora dijo:

—Sí... No... He estado dormido..., y ahora... ahora... estoy muerto.»]


Este estado de no-muerte [o no-vida] se prolonga durante siete meses. El narrador y los médicos hacen visitas diarias a la casa de M. Valdemar, acompañados de vez en cuando por otros profesionales. Su peculiar estado liminal hace que Valdemar sea una rareza médica pero también una curiosidad sensacionalista. La exhibición casi pública de su cuerpo frente a una audiencia de varones bien educados tiene algunos paralelos con las autopsias públicas.

Es curioso notar que, a medida que se acerca a la muerte, Valdemar se vuelve más «oscuro»; en principio, como efecto de la enfermedad y la descomposición. Adquiere un «tono plomizo», sus ojos están «carentes de brillo», y la osificación vuelve sus órganos internos «negros» y «pútridos». En su proximidad a la muerte, Valdemar es tratado por la comunidad blanca y racional simplemente como un espécimen médico [ver: Relatos de raciocinio de Edgar Allan Poe]

La imagen de un grupo de hombres educados inspeccionando un cuerpo masculino boca abajo seguramente resultó incómoda en su tiempo. Valdemar es deshumanizado y reducido a una utilidad, sin embargo, este cuento de Edgar Allan Poe no es un comentario sobre la esclavitud médica de los afroamericanos [si lo fuera, Poe no habría puesto tanto énfasis en la aceptación del experimento por parte de Valdemar]. En cambio, Valdemar representa la aterradora posibilidad del destino que puede recaer sobre cualquier ciudadano blanco.

A medida que el cuerpo de Valdemar se vuelve más oscuro, las reacciones del narrador se alejan del discurso científico y racional. La negrura impregna el cuerpo hasta entonces blanco de Valdemar, haciéndolo repulsivo. Cuando los médicos y el narrador ven la lengua ennegrecida contrastando con la piel cadavérica, quedan horrorizados. En este punto, Valdemar empieza a desconcertar a la comunidad racional que lo rodea. Su cuerpo en descomposición es tan inusual [incluso para aquellos que están acostumbrados a la muerte] que está más allá de la capacidad cognitiva del narrador para describirlo meticulosamente.

La lengua de Valdemar resulta particularmente inquietante para el narrador. ¿Por qué? Probablemente porque la lengua es primer signo del cuerpo de Valdemar que actúa independientemente del control del narrador, desafiando su enfoque racional. No es un movimiento caprichoso; la lengua se mueve, vibra, para protestar por su estado liminal.

El narrador se esfuerza por explicar que lo que escuchó de la boca de Valdemar no fueron desvaríos sin sentido o estertores de muerte, sino un claro «silabeo». Para el narrador hay una clara disociación entre lo que puede ver con sus ojos [un cadáver con la boca abierta y la lengua negra e hinchada] y lo que puede oír [palabras coherentes]. Esta Voz incorpórea provoca la disonancia cognitiva del narrador, que se manifiesta a través de una fuerte reacción física. Confrontado por un cadáver que afirma estar muerto, el narrador queda visiblemente afectado por la paradoja y, por lo tanto, abandona la esfera de lo mental, de lo racional, y regresa a su propio cuerpo para experimentar un «horror indecible y estremecedor». La desapegada mirada médica se ve superada por esta respuesta visceral que no puede ser procesada racionalmente. Curiosamente, el horror del narrador es «indescriptible», no se puede articular, mientras que Valdemar sí es capaz de expresar cabalmente su tormento personal.

A diferencia de lo que ocurre en El entierro prematuro, donde un hombre grita: «¡Estoy vivo!» para salvarse de la disección, Valdemar proclama todo lo contrario: «¡Estoy muerto!». Esta Voz articula la situación problemática de Valdemar, atrapado entre la vida y la muerte en un cuerpo disfuncional y enfermo, tratado como un objeto, pero con una mente activa en su interior. En este contexto, Valdemar ruega: «¡No me despierten! ¡Déjenme morir!».

Los hechos en el caso de M. Valdemar no es el único cuento de Edgar Allan Poe en el que un cadáver desafía a un grupo de hombres con formación profesional. En Algunas palabras con una momia (Some Words with a Mummy), un equipo de egiptólogos reanima a una momia tras miles de años de sepultura. La momia comienza a hablar con una elocuencia inesperada, sorprendiendo a los científicos al indicar que un cadáver pagano no solo puede hablar bien, sino profesar que su cultura, ciencia y sociedad, son superiores. Ahora bien, mientras que la voz de la momia es tranquila y clara, presentando una crítica bien fundamentada a la comunidad científica, el discurso de Valdemar se torna cada vez más violento en su articulación. Sus inexplicables expresiones crecen en cólera hacia el final:



[«—¡Por el amor de Dios! ¡Rápido, rápido! ¡Duérmame o..., rápido..., despiérteme! ¡Pronto! ¡Le digo que estoy muerto!»]


La voz exclamativa vuelve a instar al narrador, que controla el cuerpo físico de Valdemar, a darle su libertad en la muerte. Pero los deseos de Valdemar [estar dormido o despierto mientras que está muerto] son escenarios imposibles.

Aunque el narrador intenta escribir un relato fidedigno de los «hechos», a diferencia de los artículos sensacionalistas que han aparecido en la prensa, termina dando cuenta de algo que está más allá de la comprensión, algo para lo cual «es absolutamente imposible que ningún ser humano pudiera haber estado preparado».

Los hechos en el caso de M. Valdemar termina de la siguiente manera:


[«Mientras hacía rápidamente pases mesméricos, entre exclamaciones de ¡Muerto, muerto! que explotaban de la lengua y no de los labios del paciente, su cuerpo, de pronto, en el espacio de un solo minuto, o incluso de menos, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió completamente bajo mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, yacía una masa casi líquida de repugnante, de detestable putrefacción.»]


Aquí, el narrador intenta una última observación descriptiva, aunque el resultado es más sensacionalista que los artículos que trata de refutar. Una vez más la voz racional del discurso médico resulta insuficiente. Las protestas de Valdemar son tan vehementes que hacen que su cuerpo se desintegre. Además, la descomposición rápida y grotesca del cuerpo destruye cualquier posibilidad de obtener algún tipo de conocimiento post mortem, que el narrador y los profesionales médicos seguramente esperaban obtener.

El experimento concluye en un verdadero caos cuando «una masa casi líquida» rodea a los espectadores. Mientras el cuerpo enfermo antes tenía un propósito pedagógico, al licuarse, al pudrirse a una velocidad aterradora, impide que la mirada médica observe y categorice. No queda nada constructivo. De hecho, solo hay destrucción.

Personalmente, uno se siente atraído por la idea de un cuerpo abyecto y fuera de control, pero también repelido por su licuefacta forma final. Hay algo atrayente y, a la vez, entretenida en el final de Los hechos en el caso de M. Valdemar [o entretenida porque es repugnante]. El final provoca una reacción casi física en el lector, al igual que el retroceso del narrador desde lo racional hacia sus propias reacciones físicas [ver: La atracción por lo Macabro en la ficción]. Podemos pensar que este horror corporal es el objetivo del autor, pero creo que Edgar Allan Poe estaba tratando de hacer algo más, algo que se relaciona con las ansiedades y miedos acerca de la aniquilación personal. Valdemar primero es limitado por su enfermedad, luego convertido en un moribundo hipnotizado, luego en un cadáver suspendido en un estado incierto y finalmente reducido a un charco de jugos cadavéricos [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

Los hechos en el caso de M. Valdemar termina sin resolución. Edgar Allan Poe se niega a restablecer las normas de la racionalidad [siempre me pareció interesante la idea de un relato, no una secuela, tal vez sobre una mujer que se encarga de limpiar casas encargándose de los restos semilíquidos de Valdemar]. Una vez que la Voz irrumpe a través del cuerpo, sus horribles exclamaciones no pueden desarticularse. En el final de la historia, las ansiedades sobre la pérdida del autocontrol [que representa Valdemar], y el profesionalismo fallido [que representa el narrador] flotan en el aire como las explosivas declaraciones finales de Valdemar.

Las palabras de Valdemar: «¡Estoy muerto!», son aparentemente paradójicas. ¿Qué quiere decir exactamente Valdemar cuando hace esta afirmación? ¿Cómo alguien que está muerto puede afirmar que está muerto?

Este es el verdadero descubrimiento que podría haber realizado el narrador si no hubiese estado tan preocupado con sus pases magnéticos. No importa que el cuerpo haya quedado reducido a una masa gelatinosa imposible de estudiar y analizar [para los medios de la época], porque Valdemar, a través de esa afirmación, entrega al mundo un conocimiento nuevo y aterrador: la muerte, tal como la conocemos, forma parte de alguna esfera desconocida del vivir; mientras que la verdadera muerte, entendida como la aniquilación total, sigue siendo una función misteriosa.

Desde muy pequeños [aunque luego lo olvidemos] comprendemos que la ínfima unidad de experiencia en la que nacemos es engañosa. Este es el inicio de nuestra noción del Yo. En este contexto, presenciar la disolución de Valdemar nos confronta con algo más que el miedo a la muerte. Ciertamente tenemos un temor natural ante la destrucción corporal, pero aquí Edgar Allan Poe desafía los límites mismos entre lo que significa estar vivo o muerto.

En este sentido, el sujeto de estas conjeturas [Valdemar] está lejos del motivo poético de «la muerte de una mujer hermosa», que E.A. Poe consideraba el más bello y sublime del arte. La muerte de Valdemar no es melancólica. Dado que tiene una enfermedad terminal, está al final de su vida productiva y parece reconciliado con su destino. Además, no tiene a nadie que lo llore, y no es ni «hermoso» ni «mujer». Lo que queda, entonces, es el concepto de muerte; más precisamente una descripción dinámica del concepto de muerte y, por contraste, del concepto de vida.

Los hechos en el caso de M. Valdemar está lejos de ser una contemplación de lo bello [que, según E.A. Poe, se resume en el motivo de la muerte de una mujer hermosa], pero tampoco es un canto a lo grotesco. De hecho, Valdemar no solo logra articular su estado existencial con aquel «¡Estoy muerto!», sino que procede a probar visualmente esa afirmación con su posterior colapso. La simple articulación de las palabras, aunque sin dudas algo horrorífico, no es suficiente. En cambio, las palabras seguidas de la abrupta disolución del cuerpo nos proporcionan la experiencia completa.

Los hechos en el caso de M. Valdemar no solo es la historia de un cadáver parlante que luego colapsa en la putrefacción, sino una exploración de los límites entre la vida y la muerte vistos desde nuestras propias limitaciones cognitivas. Entonces, la pregunta inicial que plantea la historia: ¿qué significa estar muerto?, podría reformularse del siguiente modo: ¿desde nuestras limitadas funciones cognitivas, podemos reconocer la diferencia fundamental entre la vida y la muerte?

Edgar Allan Poe realiza descripciones particularmente detalladas en Los hechos en el caso de M. Valdemar, mostrando sus propios estudios de textos médicos. Es una historia donde no hay margen para la improvisación. Todo está calculado, como el nombre del paciente. Valdemar puede traducirse aproximadamente como «valle del mar», lo que tal vez sugiere estados tanto sólidos como líquidos, como se enfatiza en la escena final. Por otro lado, la enfermedad de Valdemar [tuberculosis], y sobre todo los desesperados intentos de retrasar su muerte, pueden haber sido influenciados por las experiencias de Edgar Allan Poe con su esposa, Virginia Clemm. En el momento en que se publicó el relato, Virginia padecía tuberculosis desde hacía cuatro años.




Edgar Allan Poe. I Taller gótico.


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