¡Este hombre me pertenece!


¡Este hombre me pertenece!




Las relaciones entre personas del mismo sexo se encontraban entre las parafilias de la época victoriana, una capaz de precipitar a cualquiera al oprobio. Sin ir más lejos, Oscar Wilde, en 1895, fue condenado a dos años de trabajos forzados bajo la acusación de sodomía. En este contexto, Drácula de Bram Stoker expresa muchas ansiedades y miedos respecto de la homosexualidad (ver: El Machismo en el Horror)

Los apetitos duales de Drácula, los cuales impregan sutilmente toda la novela, se evocan más explícitamente cuando Jonathan Harker se corta afeitándose. De hecho, Harker es el único hombre al que Drácula amenaza explícitamente con el peligro del vampirismo (ver: Las fantasías privadas de Bram Stoker)

Cuando la posesión de Mina y Lucy peligra, gracias a la intervención de Van Helsing y los otros, Drácula no parece tomárselo como algo personal (ver: La maternidad fallida en «Drácula»). Es decir, no reacciona emocionalmente, y menos aún manifesta algún tipo de celos. En cambio, el Conde es más explícito cuando interviene y ahuyenta a sus lujuriosas esposas-hijas en el castillo cuando están a punto de atacar a Jonathan. ¡Este hombre me pertenece! —dice (ver: Las tres novias de Drácula: la verdadera identidad de las vampiresas más famosas)

¿Esta es una manifestación de celos y deseo de posesión? (ver: Drácula visita Salem's Lot)

Sería audaz afirmarlo. Lo cierto es que Drácula no penetra a Harker en el cuello, ni en ningún otro orificio, a pesar de que está completamente a su merced. La pasividad de Harker es significativa en este punto, aunque no para nosotros, sino para los lectores victorianos y sus rígidos estándares de conducta de alcoba (ver: El «Drácula» de Stoker NO está inspirado en Vlad Tepes)

El hecho de estar a merced de tres vampiresas hermosas puede parecernos un destino no tan ingrato, pero la pasividad de Jonathan Harker mientras espera la penetración de las vampiresas implica la subversión de los códigos de género convencionales de la era victoriana. Una vez que enseñan los dientes, las vampiresas están dotadas de un genital masculino simbólico (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Todos estos personajes, en algún momento de la novela, expresan las ansiedades y miedos de la época a la inversión de género. Sin embargo, y a pesar de la ominosa situación del castillo, Drácula nunca amenaza a Jonathan, al menos no explícitamente.

El falo simbólico de la estaca pone fin a la existencia vampírica de Lucy Westenra, pero Drácula logra evitar esta muerte orgiástica, y no por razones exclusivamente literarias (ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra). Una mujer ensartada por un grupo de hombres era aceptable para los victorianos, pero la muerte del Conde en los mismos términos hubiese sido abiertamente sugerente para la novela. Por lo tanto, Drácula es asesinado por los cuchillos de Jonathan Harker y Quincey Morris. Sin embargo, al observar más de cerca la muerte de Drácula, es discutible que puedan encontrarse algunos aspectos homosexuales en su conexión con otros hombres a través del cuerpo mediador de Lucy (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror)

El cuerpo de Lucy Westenra es, por mucho, el más maltratado en la novela. No solo padece horriblemente en su transformación, sino que su tratamiento, llevado a cabo por el grupo de Cazadores, formado por Van Helsing, el doctor Seward, Quincey Morris, Arthur Holmwood y Jonathan Harker, deja bastante que desear.

Arthur, el futuro esposo de Lucy, le da su sangre. Tres días después lo hace el doctor Seward, uno de los antiguos pretendientes de la muchacha. La tercera transfusión la realiza Quincey Morris, y finalmente el doctor Van Helsing aporta su sangre. En apariencia, es un acto noble, pero para los códigos victorianos, y en especial para las novelas picantes de la época, la sangre es simbólicamente intercambiable con los fluidos masculinos, lo cual echa luz, y algo más, sobre aquellas operaciones practicadas sobre el cuerpo indefenso y anémico de Lucy (ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»)

Drácula no solo opera de manera inversa, es decir, chupando la sangre de sus víctimas, también él realiza una especie de transfusión. Cuando Drácula obliga a Mina a beber la sangre de su pecho, sus fluidos corporales se entremezclan, a tal punto que Mina hace un comentario ilustrativo sobre su nueva condición: Vayamos a encontrarnos con mi esposo, que, lo sé, viene hacia nosotros.

En otras palabras, Mina está casada con Jonathan por amor y con Drácula por sangre. Al final de la novela, Mina y Jonathan rinden homenaje a la memoria de Quincey Morris al nombrar a su hijo Quincey. Mina piensa que el espíritu valiente de Quincey Morris ha pasado al niño, pero, en realidad, es la sangre de Drácula la que se ha transferido a las venas del niño (ver: Drácula y las mujeres)

Algo que siempre me pareció interesante es la ausencia de otro vampiro masculino en la novela. Además, las vampiresas no se reproducen. Drácula es el único vampiro que crea otros chupasangres. La tripulación del Demeter directamente es masacrada. Jonathan, el único hombre que parece estar realmente en peligro, escapa. Renfield, el sirviente de Drácula, también se salva. El vampiro de Transilvania solo transforma a mujeres. ¿Por qué?

Esto parecería esconder alguna norma que se nos escapa, pero en una cultura ansiosa por el género, como la victoriana, la explicación se brinda en la escena en la que Drácula le anuncia al doctor Seward, Quincey Morris y Van Helsing, que las chicas que todos aman ya son mías; y a través de ellas tú y los demás seréis aún míos, mis criaturas, para cumplir mis órdenes y ser mis chacales cuando quiera alimentarme.

¿Son las mujeres de la novela un medio para las intenciones transgresoras del Conde?

Es importante tratar de entender que los lectores de Drácula vivían en una época donde la homosexualidad no solo era condenada social y penalmente, sino que además era objeto de tratamientos médicos espantosos por considerarla la causa principal de las enfermedades venéreas, como la sífilis (la cual afectaba nada menos que a Bram Stoker).

En este contexto, la ficción de terror epidemiológico, incluido Drácula, codifica el miedo y la ansiedad de una sociedad homofóbica, donde los enfermos quieren corromper-transformar a los sanos. Era un lugar común en la imaginación de los victorianos que estas actitudes diferentes provengan de países católicos, como Italia y Francia, o desde lugares más exóticos, como Transilvania (ver: Por qué Drácula nunca pudo enamorarse de Mina)

La transgresión de los roles de género tradicionales siempre ha sido un motivo clásico en las novelas góticas, y también el miedo a las enfermedades infecciosas. La muerte por sífilis no ocurría de inmediato, sino después de un cierto período de latencia. Del mismo modo, en Drácula, las víctimas del vampiro cambian gradualmente, se degradan físicamente, se vuelven nocturnas, solitarias, repugnantes, y capaces de infectar a otras (ver: ¿Drácula era menos inteligente de lo que creíamos?)

Los vampiros de la leyenda suelen atacar a sus víctimas independientemente de su género. Usando el término de Sigmund Freud, se puede afirmar que los vampiros no son exclusivamente homosexuales, sino parcialmente invertidos (ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror) Tal vez por eso Drácula victimiza abiertamente a las mujeres y de manera encubierta a los hombres, lo que puede ser indicativo de sus preferencias. Además, y para mayor espanto del lector victoriano promedio, Drácula amenaza la monogamia aceptada al afeminar a Jonathan y masculinizar a Lucy, y el medio para hacerlo es el fetichismo.

El fetichismo se resume a una cuestión de sustitutos, que pueden ser una prenda de vestir o cualquier parte anatómica. Sigmund Freud llama al fetiche «sustituto del pene». En el caso de los vampiros, el elemento sustituto es la sangre.

De hecho, es raro encontrar una historia sobre la sangre que no involucre algún grado de lujuria. Pensemos por ejemplo en las leyendas de Vlad Tepes y Elizabeth Bathory. Quemar, hervir, cortar, entre otras prácticas sádicas, forman parte de la imagen popularizada del estilo de vida de estos personajes históricos vampirizados (ver: El Drácula de Coppola y las cloacas de Stoker)

Pero, a pesar de la creencia común de que la novela está saturada de sadismo, en Drácula solo hay un incidente sádico explícito. Cuando Renfield revela que Drácula ha estado entrando en el manicomio y vampirizando a Mina, el profesor Van Helsing y el doctor Seward irrumpen en la habitación de Mina y una escena horrible se desarrolla ante ellos.

Drácula está de pie junto a la cama y Mina está arrodillada ante él. El Conde sostiene la cabeza de la muchacha y la obliga a beber de su pecho. Bram Stoker la describe como una escena violenta. El doctor Seward luego comenta en su diario que: la actitud de los dos tenía un parecido terrible con la de un niño que obliga a un gatito a meter la nariz en un plato de leche para obligarlo a beber. La analogía entre la sangre y la leche es una referencia tan abierta que nos exime de mayores precisiones. Es evidente, en términos simbólicos, lo que Drácula está obligando a Mina a beber (ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico)

El sadismo no se trata del deseo de lastimar a alguien, sino de tener un control absoluto sobre el otro. Es una forma invertida del amor, que se basa en la entrega, no en la exigencia. Tal vez por eso en las historias de vampiros el amor se resume a una relación entre dominación y servidumbre, posesión y privación, explotación y seducción. Drácula puede controlar a sus descendientes, lo cual manifiesta sus inclinaciones sádicas. Las víctimas de Drácula se reducen al nivel de objetos. La naturaleza sádica del Conde, su obsesión por el poder y el control del otro, es más que obvia cuando obliga a Mina a beber de su pecho.

Nada hace suponer en la novela que las víctimas de Drácula experimenten dolor al ser mordidas. A pesar de su naturaleza violenta, el beso vampírico es fuente de sensualidad y placer. Chupar sangre proporciona algunas emociones en el acto, pero más tarde, recordando estas situaciones, se considera como algo terrible. La secuela de estos momentos íntimos, la pérdida de sangre, debilita a las personas. Lucy se debilita física y mentalmente, mientras que Mina solo muestra debilidad física. Cada víctima parece reaccionar de acuerdo a sus estándares morales, en el caso de Mina, más elevados de acuerdo a las expectativas victorianas.

Esos síntomas, sin embargo, derivan inconscientemente de una experiencia traumática. Tanto Mina como Lucy son víctimas en un sentido más amplio que el vampírico, y ese suceso traumático se manifiesta de modo consistente.

Lucy no quiere dormir y se siente obligada a ir con Drácula cada vez que él lo desea. Lo mismo se puede notar cuando Lucy se convierte en vampiro: los niños quieren ir con ella. Mina siente esta fuerza inherente que la atrae hacia el Conde después de su victimización. Cuando Drácula la obliga a chupar, literalmente, Mina no tiene opción. Bram Stoker es claro al respecto: tiene que beber o asfixiarse contra el pecho del Conde.

Después de esa acción forzada, Mina se siente impura y llena de vergüenza, algo consistente con las víctimas reales de abuso.

Con Lucy es ligeramente distinto.

Drácula visita a Lucy cuando está dormida o en estado inconsciente. La chica no puede decidir si el horror que experimenta es producto de los sueños o de la realidad. Las visitas de Drácula evocan una extraña reacción. Lucy se siente amarga y dulce al mismo tiempo, y desde que prueba el vampirismo, su anhelo de sangre se convierte en el centro de su interés.

Bram Stoker ilustra espléndidamente a dónde lleva el destino de alguien cuya meta en la vida se limita a perseguir un deseo: se concentran solo en esta búsqueda, que lentamente las desgasta. Piensan que si pueden cumplir su codicioso deseo, serán felices. No es así. La vida de Lucy, al igual que la de otros vampiros, estará llena de sufrimiento, soledad y miseria.

La Lucy convertida tiene un rasgo peculiar en su comportamiento aberrante; incluso comparado con Drácula. Según el artículo del Westminster Gazette, Lucy seduce a los niños pequeños, aunque no hay explicación de por qué solo los persigue a ellos. Probablemente porque es un vampiro «nuevo» y no tiene suficiente poder para atacar presas más grandes. Pero esto queda refutado al principio de la novela, cuando el Conde les ofrece un niño vivo a sus tres vampiresas.

Harker queda horrorizado cuando ellas desaparecen con la bolsa con el pequeño inocente en su interior. Este acto criminal de las vampiresas subvierte totalmente la concepción sobre la vulnerabilidad de las mujeres. La mujer, débil, indefensa y expuesta a la explotación física, se convierte en algo diferente. Después de violar su virtud, ella también corrompe a los más débiles, los niños.

El vampirismo es contagioso y, cuando se infecta, la víctima se convierte en victimario.




Taller gótico. I El lado oscuro de la psicología.


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