«La Dama de Gris»: Donald Wandrei; relato y análisis


«La Dama de Gris»: Donald Wandrei; relato y análisis.




La Dama de Gris (The Lady in Gray) es un relato de terror del escritor norteamericano Donald Wandrei (1908-1987), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1933 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: El ojo y el dedo (The Eye and the Finger).

La Dama de Gris, uno de los mejores cuentos de Donald Wandrei, relata la historia de un hombre acechado desde la infancia por los sueños más horrorosos, los cuales eventualmente se revelan como visiones espantosas de otros universos y dimensiones (ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos)

SPOILERS.

La Dama de Gris de Donald Wandrei pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, aunque bien podría existir independientemente. Su vínculo se construye a partir de algunas referencias directas —El que Susurra en la Oscuridad, la Llamada de Cthulhu, y algunas otras— en un párrafo más o menos irrelevante de la historia. Sin embargo, también es justo decir que La Dama de Gris explora el Horror Cósmico desde una perspectiva claramente lovecraftiana (ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico)

El protagonista de La Dama de Gris de Donald Wandrei padece esta especie de visión remota a través de sus pesadillas que le permite acceder a planos y realidades más allá de la comprensión humana. A pesar de que su condición desconcierta a los especialistas, logra seguir funcionando en su vida, al menos lo suficiente como para enamorarse de una mujer, Miriam, quien muere inoportunamente en un accidente aéreo. No obstante, Miriam logra comunicarse con él a través de sus sueños, donde se manifiesta como la Dama de Gris.

La presencia de la Dama de Gris revela otras influencias de Donald Wandrei. La muerte prematura de la hermosa e inocente Miriam, y su posterior manifestación como una especie de vampiresa cósmica, evidencian la presencia de Edgar Allan Poe, y aquel tópico fundamental de su obra: la muerte de una mujer hermosa (ver: Ligeia y Lady Rowena: dos arquetipos femeninos en la obra de Edgar Allan Poe)

La Dama de Gris de Donald Wandrei es un buen relato que integra el terror psicológico y la morbosidad de Edgar Allan Poe con algunos de los principales elementos del horror cósmico de Lovecraft.




La Dama de Gris.
The Lady in Gray, Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Durante toda mi vida, las horas desde el atardecer hasta el amanecer, cuando otras personas duermen, han sido acechadas por el miedo. Desde la más tierna infancia he sido objeto de sueños aterradores, de los que ni los médicos ni los psicólogos han podido ofrecerme el más mínimo alivio.

Los médicos no pudieron encontrar ningún trastorno orgánico, salvo algunos problemas menores, que son comunes a todos los hombres. Mi vida ha estado singularmente libre de accidentes, conmociones, tragedias y desgracias. Las preocupaciones financieras nunca me han acosado. He seguido mi carrera, en la que el éxito llegó de manera constante.

Los psiquiatras han dedicado meses a analizarme, a sondear mi vida, mi desarrollo emocional, mi mente consciente y subconsciente, a hipnotizarme, hacer innumerables pruebas y buscar miedos u obsesiones secretas que pudieran explicar mis pesadillas, pero en vano.

Sedantes, opiáceos, dietas, viajes, descanso: todo eso me han recomendado en un momento u otro y todo lo he intentado sin éxito. Para los médicos soy un hombre sano de treinta y cuatro años. Para los psiquiatras, soy una persona mentalmente sana, normal y equilibrada, cuyos sueños extraordinarios ellos simplemente descartan o desacreditan.

Esto no es un consuelo para mí. He llegado a temer las horas en que se acerca la noche.

Gustosamente gastaría mi fortuna si pudiera ser liberado de las visiones que dominan mi mente nocturna, pero los grandes diagnosticadores de América y los principales psiquiatras de Europa han trabajado en vano.

Mientras estoy sentado aquí, ahora, escribiendo estas últimas palabras, una calma y una desesperación me agobian, aunque mi cabeza parece clara como pocas veces antes, a pesar del horror, el aborrecimiento, la repulsión y el miedo que se combinan en una sola emoción indecible ante lo que ocurrió hace apenas unos minutos, en plena luz del día, y que aplastó las esperanzas que tenía de tener mi vida. El espantoso mosaico está a mi lado mientras escribo; y cuando haya terminado, lo destruiré.

Déjame regresar en el tiempo.

He estado, repito, sujeto desde la primera infancia a horribles sueños. Cabezas incorpóreas que rodaban detrás de mí; ciudades de estatuas colosales y extrañas; fuegos y bestias, caídas desde precipicios titánicos; pozos de un mal antiquísimo, vuelos a través de la eterna negrura de la nada; el chirriar de infernales máquinas de tortura contra mi carne; monstruos de flores y animales, peces y pájaros y piedras, madera y metal y gas unidos increíblemente; los pálidos vengadores; descensos a regiones necrofílicas; la mirada lasciva de un ojo incorpóreo en medio de vastas y llanuras desoladas; un cadáver que se levantó y se volvió hacia mí con el rostro de un amigo, con tentáculos y cintas de carne negra andrajosa que se retorcían hacia afuera como si lo llevaran ráfagas de viento; los pequeños que me golpeaban con extrañas súplicas; la luz del sol sobre una colina cubierta de robles, la luz del sol cuya malignidad, su color sin nombre, su olor, me infundieron un odio irracional aliado con la locura; orquídeas levantando flores como caras de niños y bebiendo sangre; los muertos que vinieron y volvieron; ese momento espantoso en que me ahogué; estas y otras innumerables pesadillas similares, infligidas a través del sueño desde que tengo memoria, engendraron en mí una profunda y arraigada aversión al sueño.

Sin embargo, debo dormir, como todos los hombres mortales. ¿Y qué diré de esos sueños más oscuros, esas procesiones fantasmales que no correspondían ni corresponden a ningún conocimiento que poseo?

¿Qué hay de la ciudad bajo el mar, hecha de mármol bermellón y bronce corroído, en cuya geometría curiosamente curvada descansan las configuraciones resplandecientes de cosas que la tierra nunca soportó? ¿Qué pasa con El que Susurra en la Oscuridad y la Llamada de Cthulhu? Vi las siete muertes de Commorion y los veintitrés durmientes donde Hali levanta sus agujas negras en Carcosa. ¿Quién más ha presenciado el despertar de los titanes muertos, o el color fuera del espacio, o el icor de los dioses de piedra?

Estos me atormentaban y me despertaban con fiebre y sudor en las horas posteriores a la medianoche, y el silencio antes del gris del amanecer. Pero eran cosas pequeñas, viejos sueños, comparados con los últimos.

No puedo ahora narrar los hechos que llevaron a mi relación con Miriam, ni el amor breve pero ilimitado que disfrutamos, el matrimonio eterno que planeamos y su trágica muerte cuando el avión en el que se volvía a la ciudad, después de visitar a sus padres, se estrelló en vísperas de nuestra boda. Quizás la conmoción de esa pesadilla despierta completó la lenta devastación a la que casi me habían llevado las pesadillas nocturnas.

Miriam estaba muerta, toda su extraña belleza, el gris de sus ojos, el tono moderado de su personalidad, la palidez de sus mejillas, su espíritu atormentado y errante, prisionero dentro de ella, se había ido.

Pensaba en ella como la Dama de Gris mientras yacía en su féretro, como una mujer de Poe, o una criatura misteriosa de Otra vuelta de tuerca. Tan encantadora, tan irreal, tan extraña y, sin embargo, tan inquietantemente dulce. Muerta.

Hasta el día era gris, esa tarde salvaje y otoñal, y las hojas que soplaba el viento susurraban con un eco seco y triste, hasta que la lluvia comenzó a caer más tarde, y el mundo se tornó de un gris más apagado donde el ruido de las gotas cortantes rivalizaba con el viento.

Estaba solo con mi soledad.

En el santuario de mi cámara, esa noche, soñé un sueño.

Soñé que Miriam se me acercaba, me tomaba de la mano y me guiaba. Llegamos a un mar grande y viscoso, cuyo color espantoso me horrorizaba más que su hedor. La negrura del mar y la atmósfera de descomposición me enfermaron antes de que ella me condujera a él, de modo que el contacto de ese fluido me produjo un doble horror.

Lejos en el mar, mientras luchaba con los pulmones ahogados, la Dama de Gris, que flotaba luminosa sobre su superficie, se volvió sin motivo ni advertencia y me guió de regreso.

No pude explicar, por la mañana, el olor mefítico en mi habitación. Solo después de arduas labores pude quitármelo de encima, y me vi obligado a quemar cada artículo que la sustancia viscosa y nauseabunda había manchado.

Aquella noche soñé simplemente con cielos en llamas y tierras cuyas siniestras masas rojas de rocas se elevaban desde áridos valles donde nada vivía y ninguna planta florecía hacia una metrópoli ciclópea suspendida en los cielos; y así, durante muchas noches, mis viejos sueños se repitieron, hasta que llegó un momento en que volví a ver a la Dama de Gris; y mientras dormía, me tomó de la mano y me levantó de la cama. Caminamos por llanuras de un gris polvoriento y ella me condujo hasta un pilar.

Ahora bien, en esta columna habitaba un gran gusano blanco, como una babosa, toda gris, y con la cara —si esto puede llamarse así— de una criatura racional; un rostro con cuernos cuya pulpa roja, blanca y gris me enfermaba; pero Miriam ordenó y yo obedecí. Caminé hacia el pilar, y he aquí que este se vino abajo.

De esos fragmentos surgió el repugnante gusano y lo recogí en mis brazos. Se retorció. Entonces mi Dama de Gris me condujo a través de esa tremenda y desolada llanura hasta mi habitación, donde me dejó, encomendando a mi cuidado al morador de la columna. Se inclinó sobre mí y la cosa gris besó a la Dama de Gris con su boca picuda; y luego se inclinó sobre mí y me acarició los labios, y siguió su camino, como una niebla, silenciosa y sin pasos visibles.

Me asusté por la mañana cuando descubrí esa enorme y horrible babosa a mi lado. Según recuerdo, salté de la cama y con las tenazas de la chimenea golpeé y la aplasté hasta convertirla en espuma. Luego envolví la pulpa en las hojas manchadas y la quemé. Luego me bañé. Vi el polvo gris en mis zapatos, mientras me vestía, y el miedo me invadió de nuevo.

De hecho, en el Cementerio Afterglow, donde habían enterrado a Miriam, hay una especie de suelo ceniciento; y aunque la hierba se vuelve verde y las flores silvestres crecen altas, nunca han conquistado el suelo; de modo que en primavera se ve el gris, y en otoño el polvo yace ligeramente sobre hojas muertas y briznas agonizantes. Pero no iría allí para encontrar mis huellas; porque si las encontraba el horror del sonambulismo se agregaría a mi delirio; y si no encontraba mis pasos, tendría un miedo más punzante. Donde había estado ¿De dónde vino el gusano gigantesco?

A partir de entonces, durante muchas noches, tantas que la pérdida de Miriam se convirtió en un dolor sordo en parte borrado en el tiempo y en la memoria, soñé los viejos sueños, de caer y huir y ciudades bajo el mar; de tortura, de bestias desconocidas y de ojos abiertos.

Luego, la Dama de Gris volvió una noche a principios del invierno, cuando empezaba a olvidar, tanto como podía. Esa noche fue anoche. Todo el día había estado nevando, y el viento del noroeste, con un prolongado gemido, había empujado a la nieve hacia adelante y la había azotado en montones, mientras las ramas de los árboles desnudos se molían y se agitaban tristemente. Al acercarse la noche me convertí en presa de la melancolía y me deprimió el pensamiento de Miriam, que había muerto. El grito helado del viento se hizo más fuerte, y con ese grito lejano me quedé dormido.

Y, al dormir, ella vino a mí para guiarme.

Me condujo a través de las llanuras desoladas hasta las sombras de un bosque, donde penetramos más y más profundamente entre los troncos de árboles tremendos que se elevaban cada vez más a nuestro alrededor; y así llegamos a la caverna en la que ella entró; y yo la seguí, esforzándome por acercarme pero incapaz de cerrar ni una pulgada la distancia entre nosotros.

Entonces sucedió algo extraño, porque la caverna se deslizó bruscamente hacia abajo, hasta que se volvió vertical, hundiéndose hacia las entrañas de la tierra; y algo más extraño, pues nos hundimos, como si cayéramos suavemente, y sin embargo debíamos hacer un esfuerzo, como si camináramos con normalidad, pero la horizontal se había convertido en la vertical.

Poco a poco me acerqué por fin a Miriam, hasta que después de una eternidad de caídas, llegamos a descansar muy, muy, increíblemente lejos bajo la superficie de la tierra. Estábamos en medio de una bóveda cuyo techo se extendía hacia adelante en arcos de mayor amplitud y curvas más grandes, mientras que los muros retrocedían como las naves de una catedral cósmica y enterrada; y así la seguí por el pasillo de ese espacioso edificio; y velas fantasmales, elevándose como antorchas gigantes junto a nuestro camino, proyectaban sombras grotescas y vacilantes sobre el suelo; y las túnicas grises de Miriam, las vestiduras grises de la muerte, revoloteaban detrás de ella, fluyendo casi hasta mi rostro a medida que la distancia entre nosotros disminuía.

Así llegamos a la puerta de madera negra, que se abrió amplia y silenciosamente sobre sus grandes goznes cuando nos acercábamos; y la Dama de Gris entró a la deriva y yo la seguí. Ahora me encontraba dentro de una cripta, cuyas tres velas rojas, cayendo hasta el final, arrojaban un resplandor sombrío y siniestro; una a su cabeza, otra a sus pies, y una que goteaba sobre su pecho.

Porque allí yacía Miriam, mi Dama de Gris, en reposo sobre el mármol eterno. En su cabeza, un cuenco de lodo del mar negro; a sus pies, resucitó el gusano blanco; y en sus manos, cruzadas sobre su pecho, una cirio y una gardenia, cuya fragancia, picante y virginal, dominaba el olor de la cámara de la muerte.

Con la extraña lógica de los sueños, pensé que esto era natural y no tuve miedo; así que fui a ver a mi Dama de Gris, y he aquí que, al llegar, el cuenco se derramó, pero lo aparté, y el gran gusano se levantó, pero lo pisoteé, mientras las velas se apagaban y la gardenia brillaba extrañamente. fosforescente.

Por esa luminiscencia, débil como era, vi que Miriam se movía, y un suspiro la atravesó y la levanté en mis brazos. Ahora la gardenia iluminó pálidamente mi camino, y a través de la oscuridad susurrante la cargué, y el gris de su túnica se deslizó hacia abajo y alrededor de mis tobillos mientras caminaba; hasta que llegué al corredor y los cirios que ardían, y la marcha majestuosa de arcos en gradas catedralescas.

Entonces el corredor vertical desapareció, y caminé por la vasta cámara hasta que emergí a la llanura. El polvo gris se levantó, pero la túnica gris de Miriam cayó a mi alrededor y el polvo se disipó. Los cielos estaban vacíos de estrellas. Caminé en la oscuridad, salvo por la única flor cuyo aroma endulzaba el aire y cuyo resplandor iluminaba un camino.

Me aferré a Miriam y llevé a mi Dama de Gris a mi habitación.

Hace poco desperté de mi sueño.

Miré fijamente por toda la eternidad, con ciclos de opresivos y violentos círculos de gélida negrura alternando con holocaustos rojos de llamas para romper la tranquilidad de mi mente, y para siempre.

No son para mí los caminos del hombre, ni las moradas mortales de la tierra, ni las transitorias y efímeras incertidumbres de la vida. He escrito, y ahora moriré, por mi propia mano y por mi propia elección.

Porque, cuando desperté, vi a la Dama de Gris sentada junto a mi cama.

En su rostro estaban los vestigios podridos de la tumba, y su túnica colgaba andrajosa y mohosa; pero estas tres cosas sacudieron todo mi ser: la gardenia fresca en sus manos, sus uñas, largas y amarillas, como sólo han crecido las uñas de los muertos y enterrados seis meses o más; y la forma espantosa en que sus manos giraban la flor, mientras sus ojos negros y licorosos se centraban en mí.

Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Donald Wandrei.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Donald Wandrei: La Dama de Gris (The Lady in Gray), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Sin embargo, parece ser tenido en cuenta por su amada Miriam. Quien se ha convertido en espectralmente inquietante, pero el amor sigue estando presente. Como si Miriam rompiera con uno de esos conceptos de Horror Cósmico. Lo que podría ser interesante.

Poky999 dijo...

El tópico literario del amor eterno, se ve correctamente representado, inclusive, mezclándose con aspectos del horror Cósmico(no entiendo el punto a que van tan largas descripciones para terminar en un final casi cotidiano, con el reencuentro de la amada, quizás puede ser una exploración a lo místico del universo que enriquece la lectura pero que se ve difícilmente incluida en la trama).



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