Me siento observada en mi casa, todo el tiempo


Me siento observada en mi casa, todo el tiempo.




Otra interesante experiencia personal de nuestro Consultorio Paranormal, en este caso, relacionado con las Experiencias Aparicionales; es decir, cuando sentimos que no estamos solos (ver: Experiencia aparicional: cuando sentimos que no estamos solos)


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Mi nombre es Bárbara y quiero compartir mi experiencia paranormal. Antes que nada, quiero agradecer a la gente de El Espejo Gótico por proporcionar un espacio para que todos aquellos que nos sentimos un poco solos al experimentar este tipo de cosas podamos expresarnos.

Estoy segura de que casi todos están familiarizados con la sensación de ser observados (ver: Sensación de sentirse observado: ¿paranoia o fenómeno paranormal?). Es posible que no veas a la persona que te está mirando, pero de alguna manera sabes que estás siendo observado. Apuesto a que todos en algún momento de su vida levantaron la vista de lo que sea que estaban haciendo después de sentirse extrañamente incómodos, solo para mirar a su alrededor y notar que alguien los estaba mirando.

No sé cómo las personas podemos sentir que estamos siendo observados, pero sí sé que esa sensación es bastante reconocible para cualquiera. Curiosamente, muchas veces también podemos saber cuándo alguien está cerca de nosotros. Sin mirar puedes saber cuando hay alguien detrás tuyo en una fila o caminando en la calle (ver: Siento que hay alguien detrás mío).

No están lo suficientemente cerca como para que sea incómodo, simplemente sabes que alguien está detrás. Sientes que se te erizan los pelos de la nuca, te pones en estado de alerta, aunque no necesariamente sientes miedo.

Mis abuelos vivían en esta gran casona, no demasiado vieja (me refiero a que no es la típica casa que se muestra en las películas de terror). Fueron sus propietarios durante cincuenta años, quizás más. En las últimas décadas dejaron de usar el primer piso, debido a que les costaba mucho trabajo subir las escaleras, y se instalaron en la planta baja. Una de esas habitaciones fue reconvertida para funcionar como una despensa, quiero decir, para proporcionarles más espacio de almacenamiento; algo verdaderamente útil, porque mis abuelos, tal vez por haberse criado en una época de privaciones, les gustaba abastecerse de productos duraderos. Todo iba a parar a este cuarto.

Desde que tengo memoria, cada vez que los visitaba me enviaban a este Cuartito para ir a buscar algo. Odiaba ese lugar. Solo mirar el pasillo que conducía hacia allí me ponía la piel de gallina.

El olor allí era extraño (ver: Entidades que se manifiestan a través del olor). Por un lado, olía a humedad, probablemente por tratarse de un espacio oscuro la mayoría del tiempo, y porque estaba atravesado por numerosas tuberías de agua, que además estaban a la vista. Por el otro, bastaba pasar un minuto allí para sentir la boca reseca.

Pero lo peor de ese cuarto era el silencio.

De algún modo, quizás por la acústica del lugar, cuando entrabas allí todo se volvía inquietantemente silencioso. Las voces de mis abuelos, de mi familia, se apagaban de repente. Me refiero a ese tipo de silencio que se siente como si estuvieses debajo del agua; el tipo de silencio que te pone en estado de alerta, como antes de que se desate una tormenta.

El cuarto en sí mismo no se veía tan mal, aunque estaba un poco descuidado. Había botellas y latas por todos lados, pero relativamente bien ordenadas. Algunas permanecieron exactamente en la misma posición durante años. Era la atmósfera del lugar, algo que te oprimía el pecho, como si una presencia espesara el aire. Las luces tampoco ayudaban demasiado. Al encenderlas parecían estar a punto de morir. Parpadeaban. Zumbaban como un enjambre de insectos (ver: Espíritus y «ambientes cargados»).

He tenido un par de experiencias extrañas allí, cosas pequeñas, como el sonido de crujidos, como si fueran pasos, pero nada que no pueda culparse a los ratones. Hubo ocasiones en las que podría haber jurado que vi una figura oscura en un rincón, pero eso es algo que todo niño ve en algún momento de su vida (ver: Las sombras del plano astral que habitan en tu casa). Quiero decir, a veces el miedo amplifica tanto la sensibilidad que una termina viendo cosas que no están ahí realmente.

Lo único que es real para mi es esta sensación de ser observada (ver: Sentir «presencias» cuando estás solo)

Es esa sensación. Esa maldita sensación es lo que me asusta tanto (ver: Sentir que hay un espíritu en casa)

No tengo miedo a la oscuridad, o al menos no lo tenía en otros lugares, pero apenas traspasaba esa puerta de madera sentía que mi piel se erizaba con la asquerosa sensación de que alguien me miraba. Las mujeres, creo, podrán entendeme mejor. No era la misma sensación que tienes cuando un hombre que te desea te observa fíjamente en la calle. Eso puede producirte rechazo, o no, pero es una sensación que descartas enseguida. Me refiero más bien a la combinación entre una mirada agresiva, hostil, de alguien que te haría daño si pudiese, con un lugar en el que te sientes acorralada. No sé cómo explicarlo mejor.

La sensación era de peligro.

Y eso simplemente cuando abrías la puerta del cuarto. Entrar era otra cuestión.

Cuanto más te adentrabas más fuerte se volvía esta sensación hasta transformarse en la seguridad de que efectivamente había alguien detrás tuyo (ver: Siento que hay alguien detrás mío). Nunca lo hice, pero estaba segura de que, si miraba hacia atrás, vería a alguien parado en el marco de la puerta.

Debido a la cuarentena en curso, mis abuelos se mudaron temporalmente con mi tía. Durante este tiempo me pidieron que me mudara a la casa de mis abuelos, sobre todo para cuidar a sus animales (dos gatos), ya que mi tía es alérgica y no puede recibirlos. Como me resultaba imposible conseguir un permiso para alimentar a dos gatos viejos y gordos, no tuve otra alternativa que aceptar. No es que lo hiciera sin gusto. La idea de pasar un tiempo sola me pareció grandiosa.

Por otro lado, nunca me había sentido observada en otro lugar que no fuera en el Cuartito. Bastaba mantenerme alejada de allí.

Por supuesto, no pasó ni un solo día para que mis planes se fueran al demonio. ¿Dónde guardaban mis abuelos la comida de los gatos? En el Cuartito.

Traté de que mi primer visita al cuarto fuese distinta a las de mi infancia. Ya no era una chica, después de todo. Así que fui, confiada, tarareando una canción, pensando que había dejado de temer ese lugar. Mi confianza desapareció tan pronto como entré. Con la misma rapidez se instaló en mi cuerpo la sensación de que había alguien más presente (ver: Parásitos astrales y las «malas energías»).

Tomé la comida de los gatos (toda la que pude sostener con mis manos) y me fui corriendo de allí, solo para sentirme ridícula, humillada, una vez que crucé el umbral de regreso.

Había tenido suficiente.

Fui a la cocina, tomé un balde con agua, trapos, y todos los productos de limpieza que pude encontrar, y decidí que iría al Cuartito para limpiar y reorganizar el lugar. Un cambio semejante, pensé, quizás me ayudaría a superar lo que me inquietaba. Así que puse la lista de canciones más positivas que pude imaginar, y empecé a trabajar frenéticamente.

Después de diez minutos, o menos, tuve que salir de ahí. Sencillamente no pude manejar la intensidad de esa sensación de estar siendo observada. Aumentaba constantemente, como si se consolidara en el aire. De hecho, hasta me sentí mareada, con náuseas.

Obviamente, consideré más adelante, estar en un cuarto sin ventilación con todos esos productos de limpieza probablemente no me hizo nada bien, pero eso no explicaba este aumento insoportable de la sensación de ser mirada. De todos modos, no me rendí. Volví a entrar, todas las mañanas, para terminar lo que había empezado, pero nunca más de 15 o veinte minutos, máximo (ver: Infección Astral: casas tomadas por los espíritus).

La limpieza tampoco ayudó demasiado. De hecho, la sensación de que alguien estaba cerca se hizo más fuerte. Había más hostilidad, como si algo se hubiese molestado por mi actitud.

Fuera del cuarto me sentía bien, y rápidamente podía racionalizar los hechos. Solo por las noches me sentía un poco inquieta, y a veces despertaba sin razón alguna, temblando de frío a pesar de que la casa estaba bien calefaccionada. También noté que los gatos preferían dormir en el umbral del Cuartito. Intenté llamarlos para que duerman en la cama conmigo, pero bueno, los gatos son gatos. Pueden ser verdaderas divas a veces.

Después de una semana de descanso volví a entrar al cuarto, con la intención de quedarme no más de 10 minutos, como mucho, ya que casi había terminado de limpiar, y era la última vez que necesitaba estar allí. Esta vez fue diferente a todas las demás.

El Cuartito parecía tener mucha tensión en el aire, y esa maldita sensación de ser observada era más intensa que nunca. Ordené lo más rápido que pude, tratando de no prestar atención a esa sensación, mientras tarareaba al azar para distraerme.

Para entonces, el cuarto parecía casi presentable. El trabajo estaba hecho, y me sentí orgullosa de mí misma. Había logrado hacer algo que me aterrorizaba. De modo tal que coloqué los productos de limpieza en el balde, y me llevé algunos víveres más conmigo, segura de que nunca más tendría que lidiar con esta sensación.

Pero la puerta estaba cerrada.

Me quedé ahí, petrificada, debajo de los tubos fluorescentes que zumbaban. La puerta estaba cerrada, y yo no la había cerrado. Estaba segura de eso. Jamás lo habría hecho (ver: Señales de que hay un espíritu en tu casa).

Traté de recomponerme, porque sabía que de otro modo entraría en pánico. Dejé en el piso todo lo que llevaba. Lo hice lentamente, si realizar movimientos bruscos (vamos, no es la primera vez que un gato cierra una puerta); estiré una mano hacia el picaporte, pero la puerta no se movió.

Aquí perdí buena parte de mi compostura.

No es que la puerta estuviese cerrada con llave o algo así. El pomo no se movió. Lo intenté una y otra vez, pero no se movió hacia abajo. Era como si alguien lo estuviera sosteniendo en su lugar.

En mi cabeza, estúpidamente, resonó la idea de que si las cosas pudiesen empeorar, las luces se apagarían...

... Y las luces se apagaron.

No las luces de la casa, que podía ver debajo de la puerta. Las luces del Cuartito se apagaron. Al principio pensé que tal vez había presionado el interruptor de la luz mientras forcejeaba con el pomo de la puerta, pero después de accionarlo varias veces no hubo resultado. En este punto, me temblaban las manos y estaba a punto de llorar. De algún modo sentí que esto último sería peor, quiero decir, entregarme a la desesperación, porque era lo que el cuarto quería de mí (ver: Entidades astrales que se alimentan de pensamientos negativos).

Por suerte, tenía mi teléfono encima. Por un momento temí lo peor, porque instantes atrás solo estaba tarareando, sin escuchar música, y existía la posibilidad de que haya dejado el teléfono en la cocina.  Pero no. Encendí la linterna, tratando de no mirar hacia atrás, enfocándome únicamente en la puerta. Puse todo el peso de mi cuerpo sobre la manija y eventualmente la abrí.

Salí corriendo, sin mirar atrás, pero mi propia sombra proyectada sobre el pasillo mostraba que las luces del cuarto de habían encendido de nuevo.

Solas.

Me sentí mareada, violentada. Mis piernas temblaban. Ese lugar está embrujado. Puedes llamarlo como quieras, pero esa es verdad.

Después de este episodio, ya no necesito entrar al Cuartito para sentir esta esta presencia. Puedo sentirla cuando estoy en cualquier otro lugar de la casa. Constantemente experimento esta sensación de hormigueo en el vientre, de ligeros espasmos en la columna vertebral, y náuseas, todo el tiempo. Los ratos en los que me siento bien de repente son interrumpidos por una sensación de peligro inminente.

Desde entonces los gatos me ignoran por completo, y hasta evitan activamente mi presencia a pesar de que nos teníamos mucho cariño.

Ya no creo que me levanto por la noche sin razón. Hay una: es porque hay algo allí, en la oscuridad, mirándome.

También escucho ruidos nocturnos. Normalmente habría culpado a los gatos, pero ahora que ambos fingen que no existo y ninguno duerme en la misma habitación que yo, me preocupa mucho que el ruido sea otra cosa (ver: Entidades que se obsesionan con los vivos).

Me fui de la casa de mis abuelos unos días después del último incidente. Le llevé los gatos a mi madre, y creo que se reanimaron un poco. Sé que muchos de estos episodios pueden racionalizarse, y hasta explicarse lógicamente, pero no la sensación de ser observada. Sé que hay algo en el Cuartito. No sé qué es, pero sí que existe. Incluso mientras escribo esto, me siento observada en mi casa, todo el tiempo. Siento que esa presencia está respirando en mi cuello, acechando detrás de mí.

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Consultorio Paranormal. I Fenómenos paranormales.


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1 comentarios:

Unknown dijo...

es extraño lo se
pero yo se perfectamente que eso no puede ser un espíritu o un alma moribunda.......o algo paranormal porque lo paranormal no existe es una simple sensación del cuerpo, son ilusiones creadas por la mente, la conciencia nos engaña para que creamos cosas, y nosotros vinculamos con ello todo lo que pase a nuestro alrededor
yo si te creo porque yo he sentido la fuerte sensación de que te están observando.....pero.....es solo remordimiento de conciencia, porque lo espiritual no puede intervenir con lo material, así que aunque hayas sentido lo que hayas sentido sea lo que sea .....................................................





no fue algo real


pero yo se como dejar ese miedo atrás...bueno dejarlo no va a ser tan fácil pero seguro que va a servir



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