La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer en el Gótico


La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer en el Gótico.




Hace un tiempo hablamos en El Espejo Gótico sobre la Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico; en esta ocasión, y con mucha cautela para no despertar espectros indeseables, nos introduciremos en el arquetipo de la Casa Embrujada, particularmente como representación del cuerpo de la mujer (ver: Psicología de las Casas Embrujadas)

Naturalmente, una Casa Embrujada no significa nada sin una mujer que le de contenido. Recién entonces podemos hablar de una Casa que simboliza el cuerpo de la mujer, o más precisamente, el cuerpo de la madre ausente, o muerta, y el poder masculino que intenta volver a poner las cosas en una dinámica favorable a sus intereses (ver: El Machismo en el Horror).

Allí donde las novelas góticas escritas por hombres presentan a la Casa Embrujada como un hogar corrupto donde las mujeres deberían proporcionar el orden social; la Casa Embrujada femenina simboliza una prisión (ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico). Sin la protección de la figura materna, la páz doméstica del hogar se hace añicos.

Aquí podemos pensar en La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House), de Shirley Jackson; y en Eleanor, la protagonista, que se siente virtualmente asaltada al oir fuertes golpes en la puerta de su habitación, los cuales la remontan a las noches en que su madre golpeaba un bastón contra la pared para llamarla. Esta madre ausente —ahora prolijamente muerta— se manifiesta en la sensación de responsabilidad, y culpa, que siente Eleanor desde aquella noche fatídica en que no escuchó los llamados desesperados de su madre, y esta es encontrada muerta al día siguiente.

Para Eleanor, Hill House personifica una entidad que quiere devorarla, consumirla, digerirla, hacerla parte de la casa; esencialmente lo mismo que hacía su madre, absorbiéndola lentamente en la dinámica de su enfermedad (ver: La verdadera entidad que se oculta en Hill House).

Estas Casas Embrujadas en el Gótico suelen estar situadas lejos de la civilización, a menudo en emplazadas en colinas o parajes solitarios y aterradores. Los elementos sobrenaturales no son demasiado ingeniosos: sonidos extraños, puertas y ventanas que se abren de golpe, voces de niños muertos, habitaciones y espacios ocultos, y posiblemente huesos en el sótano (ver: El Horror siempre viene desde el Sótano). Lo más importante de la Casa Embrujada es la amenazante presencia fantasmal que la habita, casi siempre masculina (ver: Significado de soñar con la misma Casa)

En este contexto, Hill House constituye una novela feminista, donde las ansiedades sobre la individualidad y el encierro, representadas a través de eventos extraños, pueden explicarse o no como manifestaciones de la imaginación perturbada de la protagonista como resultado del sentimiento de culpa por su madre muerta. Sin embargo, esta dinámica se repite en muchas historias de Casas Embrujadas, como si de algún modo el núcleo de este arquetipo de la ficción fuese esta idea de la mujer que debe buscar el origen de un terrible secreto familiar, mientras es amenazada por una poderosa presencia masculina que se cierne en la periferia de su conciencia (ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror).

La Casa Embrujada, y especialmente el miedo de la protagonista a ser absorbida por ella, sugiere que el cuerpo de la mujer es una especie de campo de batalla entre el deseo de autonomía y la posesividad de la madre. Pero hay más: la entidad patriarcal dentro de la Casa también desea retenerla. En el medio de estos dos principios: la Madre Ausente y la Entidad Patriarcal, la protagonista va descubriendo su propia historia dentro de ese esquema (ver: Casas Embrujadas vs. Casas Malditas).

Hill House supera a todas las Casas Embrujadas del gótico debido al anhelo de la protagonista, Eleanor, quien ansía ser una con la Casa y la Entidad dentro de ella (representaciones de la Madre y el Padre). Esto revela una poderosa fascinación, mezcla de espanto y atracción, ante la posibilidad de asimilarse con la figura materna ausente (la Casa) y, al mismo tiempo, experimentar las ansiedades y temores ante el deseo masculino (la Entidad).

Eleanor, finalmente, renuncia voluntariamente a su cuerpo. Se suicida, y así entrega su alma a la Casa, y a la Entidad que la habita. Al terminar con su vida, Eleanor sacrifica su cuerpo (su identidad) para aceptar las demandas del patriarca contenidas dentro de la Madre-Casa (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror).

Salgamos a hurtadillas de Hill House para explorar el concepto de la Casa Embrujada en términos más genéricos.

La protagonista femenina de las historias de Casas Embrujadas a menudo se siente amenazada por una fuerte presencia masculina, o directamente por otros miembros varones de la familia. El miedo es claro: perder la inocencia de la virtud (en términos victorianos), lo cual revela que esa figura paterna, patriarcal, que ansía consumir el cuerpo de la protagonista, es corrupta (ver: Virgen o Bruja: la mujer según la literatura gótica).

No es casual que la madre de la protagonista en estas historias esté muerta. Toda la estructura de la Casa se desestabiliza en ausencia de la figura materna. En definitiva, la protagonista no tiene a nadie para guiar su desarrollo hacia un estado de virtud y pureza requerido por la sociedad patriarcal, que desde nuestra perspectiva bien podría ser visto como una especie de servidumbre (ver: El Feminismo y la muerte del Gótico).

Pero la protagonista es inocente todavía; es decir, casta, de manera tal que solo es parcialmente consciente de los deseos que se proyectan hacia ella, lo que le hace temer y odiar su propio cuerpo. Su autodesprecio, en última instancia, proviene de su falta de conocimiento y educación sobre su cuerpo y su papel en el hogar familiar. Su reacción ante los horrores percibidos, siempre representados en una malvada figura patriarcal, obliga a la protagonista a moverse hacia escenarios desconocidos, a veces irreales, en las oscuras y prohibidas habitaciones secretas de la Casa.

En otras palabras, para conocer su historia debe desviarse del camino (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror)

Estas habitaciones ocultas intensifican la presión de lo sobrenatural, agudizando la conciencia de la protagonista sobre la amenaza real que acecha su cuerpo. Su creciente conocimiento de esas amenazas (del mundo masculino) contribuyen a la certeza de la irrealidad del orden doméstico y a la impotencia de las mujeres dentro del hogar. Esta realización convierte a la Casa en una Prisión, o mejor dicho, hace que la protagonista sea conciente de que está atrapada dentro de un sistema (ver: Horror Doméstico).

El valor de la protagonista se observa cuando asume el papel de la madre dentro de la Casa, como Eleanor, y esto solo puede lograrse cuando el secreto de la madre original se expone (el ominoso secreto de la Casa). Es decir que las historias de Casas Embrujadas, en última instancia, son un viaje de descubrimiento, un viaje iniciático hacia la propia identidad, que solo puede lograrse al asimilar los secretos de la familia.

A través de este ciclo, la protagonista descubre que ya no está atada a la figura materna, cuya historia revelada termina mostrándola debilitada, y hasta emocionalmente incapaz de educar y cuidar adecuadamente a sus hijos. No es casual que esta madre ausente haya estado enferma de gravedad, o sea representada como inválida, tal como la esposa del señor Rochester en Jane Eyre, de Charlotte Bronte.

Esta ausencia psicológica abre el camino para que, al final de la historia, la protagonista asuma el rol de madre y esposa, a veces en un final feliz deplorable pero necesario.

Lejos de ser un panfleto feminista, las historias de Casas Embrujadas describen una metodología, un sistema, porque únicamente cuando la protagonista encuentra y elimina a la figura materna ausente es capaz de devolver a la Casa el orden prescrito por la figura patriarcal.

No en vano la protagonista generalmente vence, dentro de su esquema de pensamiento. Ella asume el lugar que le corresponde como la esposa del hombre, adueñándose de la Casa. Una mirada feminista superficial podría pensar que, más que vencedora, la protagonista ha sido devorada nuevamente por el sistema, pero debajo de eso subyace la idea de la domesticación de la nueva figura masculina, más amorosa y feminizada, en cierto modo, que sustituye a la oscura entidad patriacal.

Aunque termina siendo moralmente superior, la protagonista de la Casa Embrujada sigue siendo una víctima. No puede ser de otro modo. Su triunfo moral se produce precisamente porque es una víctima.




Taller gótico. I Novelas góticas.


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