«Drácula» habría sido la novela favorita de Nietzsche


«Drácula» habría sido la novela favorita de Nietzsche.




El Drácula de Bram Stoker plantea un interesante debate acerca del libre albedrío. Siendo que el conde se adhiere tan fuertemente a su existencia física, uno podría pensar que carece de alma, y en consecuencia de la posibilidad de elegir (ver: ¿Los Vampiros tienen alma?). Sin embargo, a lo largo de la novela, Drácula parece estar tomando decisiones por su cuenta, y ciertamente nunca recibe instrucciones de Satanás o Lucifer, tal como imagina el ingenuo pero perspicaz Van Helsing.

Drácula puede que no tenga un alma, incluso puede que Van Helsing esté en lo cierto y sea, después de todo, un agente del diablo, pero ciertamente tiene voluntad. De hecho, es uno de los mejores candidatos, dentro de la ficción, para el Superhombre de Nietzsche.

El Drácula de la novela —nunca el del cine— representa poderosamente la Voluntad de Poder de Nietzsche, es decir, una voluntad, o fuerza, sin la debilitante influencia del amor, la compasión, y la culpa. De ahí que resulte bastante absurdo que Drácula se enamore en casi todas las adaptaciones cinematográficas (ver: Por qué Drácula nunca pudo enamorarse de Mina)

De hecho, el cine ha transformado a Drácula en un antihéroe byroniano (ver: Antihéroes en la ficción, el cine y la vida), cuando en realidad no lo es, probablemente porque ese arquetipo permite explorar cuestiones como el amor romántico. Pero la popularidad de Drácula, su éxito a través del tiempo, no tienen que ver con este vampiro seductor de victorianas virginales, sino aquella poderosa cualidad de Superhombre (ver: El «Drácula» de Stoker NO está inspirado en Vlad Tepes)

El cine de terror la ha otorgado a Drácula ciertos atributos atractivos, los suficientes como para identificarnos con él en algunos aspectos; pero olvida el más interesante. Después de todo, si fuésemos capaces de contar con un cuerpo físico incorruptible, mucho más fuerte que el de los humanos, habilidades sobrenaturales, una voluntad de acero, y ser inmunes a cuestiones tales como la culpa, ¿para qué necesitaríamos al amor? ¿Acaso seríamos capaces de amar en esas condiciones? (ver: El Drácula de Coppola y las cloacas de Stoker).

La cuestión del alma está fuertemente presente en Drácula. Bram Stoker, reconcilia a sus lectores (y probablemente a sí mismo) con este concepto, y para ello retrata a Drácula como una especie de emblema de la fisicalidad, un digno representante de la supervivencia del más fuerte, del Superhombre.

Al final, esa fisicalidad, esa materialidad que plantea Stoker, le evita tener que elaborar algún intrincado dispositivo para derrotar al Mal en términos de concepto abstracto. Drácula es un no muerto, es cierto, pero al mismo tiempo está mucho más arraigado al plano material que cualquiera de nosotros (ver: Strigoi: los vampiros que inspiraron la leyenda de Drácula).

No obstante, sus representaciones cinematográficas han preferido quedarse con este epítome del rebelde byroniano, algo arrogante, algo engreído, que ansía emociones totalmente humanas, como el amor y el deseo, cuando en realidad debería confrontar con todo ese espectro de emociones por resultarles completamente ajenas, y hasta incomprensibles (ver: Drácula y las mujeres)

El mundo moderno no desalienta el interés por el egoísmo del Superhombre, pero apenas recompensa los triunfos espirituales sobre los materiales. Pensemos en los coloridos sacrificios románticos de Mina en el cine, y su destino final, perdida irremediablemente en las exigencias y abnegaciones de un pintoresco matrimonio victoriano con un abogado (ver: Mina y Lucy: la ideología de género en «Drácula»)

En cambio, admiramos la rebeldía del vampiro, su obstinado desafío incluso a las leyes de la naturaleza: Ruthven, Varney, Carmilla, Drácula, y cientos de otros vampiros en la ficción se aferran tenazmente a la vida, soportando sus dificultades y limitaciones con una voluntad feroz, propia del Superhombre de Nietzsche.

De hecho, no es extraño que, ante la aparición del Superhombre, en este caso, en la figura de Drácula, el status quo intente detenerlo. Todos los enemigos del conde representan algún aspecto de lo establecido en términos sociales: tenemos dos médicos (Van Helsing y Seward), un abogado (Harker), una maestra (Mina), dos aristócratas (Holmwood y Lucy), y hasta un terrateniente norteamericano (Quincey).

Hasta donde sabemos, Stoker no fue más allá en el concepto de Superhombre. Cuando Drácula muere, muere para siempre. Pero hay otros autores que han explorado la posibilidad de que los muertos puedan revivir solo con fuerza de voluntad, como Edgar Alan Poe, solo que aquí no podríamos hablar del Superhombre, sino más bien de la Supermujer (ver: ¡Este hombre me pertenece!)

En efecto, en relatos de E.A. Poe como Ligeia (Ligeia) y Morella (Morella), estas mujeres homónimas tomarán literalmente los cuerpos de los demás —Ligeia la de la segunda esposa del narrador, y Morella la de su propia hija— para volver a la vida (ver: Ligeia y Lady Rowena: dos arquetipos femeninos en la obra de Poe). Stoker no se atreve a tanto. La voluntad de Drácula muere con su cuerpo, pero estas mujeres, estas Supermujeres, son capaces de trascender a la muerte a través de la voluntad.

Decir que Nietszche habría valorado al Drácula de Stoker es, quizás, ir demasiado lejos, pero seguramente habría estimado las cualidades del conde como Superhombre.




Taller Gótico. I Vampiros.


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1 comentarios:

luis dijo...

Buenos dias,leyendo tu analisis sebastian tal vez esta sea la razon del arraigo del vampirismo y de dracula en la cultura popular,si es cierto y lo creo eso de que la medida de heroe la da el villano dracula es por exelencia el villano perfecto,tanto por sus poderes como por su personlidad,si existiera una forma de saber que pensaban las jovenes victorianas desdepues de leer la novela talvez nos asombraria o no ver que sentian ansias de conocer un hombre como el y no recibir el premio de mina,un saludo.



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