«Meter al diablo en el infierno»: Giovanni Boccacio; relato y análisis.


«Meter al diablo en el infierno»: Giovanni Boccacio; relato y análisis.




Meter al diablo en el infierno es un relato fantástico del escritor italiano Giovanni Boccacio, compuesto alrededor de 1350.

Meter al diablo en el infierno, uno de los grandes cuentos de Giovanni Boccacio, pertenece a la tercera jornada del Decameron, cuento décimo, donde un monje rústico nos explica con lujo de detalles lo que se sugiere en el título.




Meter al diablo en el infierno.
Giovanni Boccaccio (1313-1375)

En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:

-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:
-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?
-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

Entonces dijo la joven:

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

-¿El qué?

Rústico le dijo:

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

La joven, de buena fe, repuso:

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

Dijo entonces Rústico:

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

Dijo Rústico:

-Hija, no sucederá siempre así.

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.

Giovanni Boccaccio (1313-1375)




Relatos de Giovanni Boccaccio. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Giovanni Boccaccio: Meter al diablo en el infierno fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La verdad del caso de Iscariote: Alfonso Hernández Catá


La verdad del caso de Iscariote (La verdad del caso de Iscariote) es un relato fantástico del escritor hispano-cubano Alfonso Hernández Catá, publicado en el volúmen de 1909: Novela erótica.






La verdad del caso de Iscariote.

La verdad del caso de Iscariote, Alfonso Hernández Catá (1885-1940)

Su sombra, curvándose en el terreno desigual, se alargaba detrás de él, y en la quietud soporífera de la tarde sólo se oían los murmullos vagamente dísonos de la ciudad, y las ráfagas caliginosas que luego de agitar los vergeles y los gallardos sicomoros erguidos a las márgenes del Cedrón, venían a estremecer el desbordamiento gris de su barba y a turbar sus meditaciones. Aquellas tibias ráfagas henchidas de aromas le recordaban los alientos capitosos de Marta y de María la de Magdal.

Había salido de Jerusalén después de la colación de mediodía por la puerta de Efraím, ansioso de expandir en la soledad la turbulencia de sus ideas. Y marchaba con lentos pasos, abatida la cabeza, que sólo de tiempo en tiempo alzaba para mirar a su diestra la mole del monte Oh- veto y la verde extensión del valle, donde, sobre el reposado ondular, las anémonas y los lirios abríanse como un florecimiento de purezas.

Su pensamiento, saltando los sucesos cercanos, iba hasta la bienhadada hora en que la luz entrando en su espíritu, antes todo tinieblas, habíale hecho abandonar el regalo familiar en su aldea de Karioth, para seguir al sublime maestro. Andaba, andaba, olvidando con sus meditaciones las fatigas de su cuerpo. Y sus pensamientos eran una bendición para los ojos de su materia que habían visto los prodigios de leprosos sanados y de muertos alzados con vidas de sus tumbas, y era un epinicio para los ojos de su alma, que habían logrado conocer en el nazareno enfermizo, de laberíntico platicar y de carácter extraño que iba desde la mansedumbre máxima hasta las iracundas violencias, al hijo de Aquel que en el Cielo todo lo creó y todo desde allí lo rige. Andaba, andaba, y cuando sus pies descalzos se hundían en las pequeñas abras del camino, la túnica, estremeciéndose, acusaba su musculatura viril, y en la bolsa cantaban argentinamente los siglos, oblaciones hechas a la divina compañía por las caritativas mujeres.

Al fin sentóse a reposar, y mientras miraba lejos de él, hacia la puerta de los Rébanos, un fariseo que lanzaba con su honda guijarros a un águila mientras ésta describía rápidas espirales imperfectas en torno del cadáver de una alimaña, un anciano, cuya llegada no advirtiera, sentóse en un peñasco próximo y le saludó con la palabra Paz.

–Sea la paz contigo, hermano.

Y hablaron. El anciano habló al apóstol, con segura voz impregnada de sabiduría, de todas las ciencias, de todas las artes, de todas las filosofías, afirmándole conocer otras lenguas que él, sólo sabedor de la aramea, no sospechaba que existiesen. Y en tanto que de los labios desconocidos fluía la plática, el tesorero divino se preguntaba si rio sería la conversión de aquel hombre de figura majestuosa y de talento profundo como el Tiberiades y caudaloso como el Hinnon, el mejor tesoro que pudiera ofrendarle al maestro.

–¿Eres escriba?... ¿No? Entonces descarrías –como el rebaño que desoyendo las voces del pastor que le muestra la buena senda con su lanza, se precipita en los barrancos– las luces que te dio el Padre del que es mi maestro, siguiendo las idólatras falsedades de los Nicolaístas, de los Gnósticos o de los Simoníacos.

El viejo movía negativamente la cabeza. Y el santo no veía en sus ojos un sulfúreo brillo, ni en su frente, bajo los largos cabellos nazarenos, la insinuación de dos protuberancias córneas, ni veía en la tierra que hollaban sus pies las marcas bisulcas de unos cascos de macho cabrío.

–Mi religión no te es conocida. ¿Crees que el mundo está entre tu aldea y el mar Muerto y entre el monte del Mal Consejo y el mar de Mármara? El mundo es inmenso y hay en él muchos hombres y muchos dioses.
–No hay más Dios que uno: el Galileo es su hijo y deber creer en él. Ha ordenado a las aguas, ha multiplicado los alimentos y ha vuelto la vida a cuerpos ya pútridos.
–Tu Dios es de debilidad. Si es fuerte y todopoderoso, por qué no aniquiló a los escribas y a los saduceos que se burlaron de él cuando les dijo en el pórtico del templo que era el hijo de Dios? ¿Por qué no convierte a los judíos que le llaman impostor y se niegan a reconocerle por el Mesías?
–Porque nuestra religión no ama el rigor, sino la fraternidad. Pero oyéndole, muchos han visto la luz y han besado sus pies y le han llamado por su nombre: Hijo del verdadero Dios.
–Sólo ha convertido a débiles y a mujeres. Y él, que reverencia a su Padre, ha obligado a otros hijos a que abandonen hermanos y deudos para seguirle. Pudiendo hacer el mundo perfecto, ha hecho que los animales para vivir se tengan que devorar los unos a los otros, Ama la adulación y se deja ungir los pies con perfumes, permitiendo que Juan y Jacobo murmuren de ti, porque propusiste la venta de ese sándalo para repartir a los menesterosos el producto... En vuestra peregrinación nada habéis hecho de divino. Esos milagros son naturales, y llegará el día en que sean comprensibles para todos los hombres. Los convertidos por vuestras predicaciones son pobres de espíritu, y por cada varón que habéis arrancado a Tyro y a Sidón y a Samaria, han olvidado el culto de sus hogares muchas mujeres para quienes la divinidad de tu maestro sólo está en la barba rizada, en la elocuencia de sus frases, en los amplios ademanes imperativos y en el fuego de sus miradas que habla de otros fuegos concupiscentes.
–¡Herejía, herejía!

Y mientras en la quietud vesperal temblaban los acentos demoledores, Judas meditaba cómo aquel viejo sabía las calumnias de que era víctima por parte de Jacobo y de Juan, Insinuó el desconocido:

–Y si es ciertamente el Salvador, las Escrituras no podrán cumplirse: Santiago, Juan, Felipe, Mateo y Andrés han tenido tentaciones y se han negado a vender al Galileo. Hasta ahora, vuestra religión es sólo de vanidad y de triunfo. Falta la profetizada acción de mansedumbre; falta que el Galileo, que ya ha demostrado ser un gran hombre, muestre a sus enemigos y a su propio rebaño que es Dios.
–¡Es Dios! Es el hijo de Dios, y con el Santo Espíritu es uno solo. No hay más Dios que él y siendo tres es uno siendo uno domina todo el Universo.

Y encendida en el fuego de la fe su mirada húmeda, buen Judas narró cómo con la sola virtud de su palabra había el hijo de María alzado de la tumba a Lázaro y al unigénito de Jairo. Y sin amedrentarse por la sonrisa fosforescente y gentílica del viejo, refirióle, una a una, las sorprendentes parábolas del convite de los judíos, de la perla, del Samaritano y la del trigo y la cizaña, Y aun, sin hacer caso del incrédulo musitar, le dijo cómo siendo un niño había triunfado con su sapiencia de la de los doctores y cómo en la puerta del templo había respondido a la salutación de un mendigo tullido con estas milagrosas palabras: “No tengo oro ni plata, pero te doy lo que poseo: levántate, que ya estás sano.”

Pero el viejo seguía murmurando:

–El mundo se quedará sin redimir, porque los discípulos del Galileo son egoístas. Oseas, Jonás, Amós, Ezechiel y Elías habrán mentido, y los hombres no serán redimidos por el que se llama redentor.

De la ciudad, pasando por Gethsemaní, partía una caravana. En la penumbra vespertina, la larga fila de camellos, graves y deformes, aparecía velada por el polvo que alzaba el múltiple pisar. Y las ráfagas abrasadoras del desierto, que se refrescaban al besar los vergeles, acercaban las voces de los beduinos y el ruf-ruf de un pandero con el que uno de los viandantes distraía la marcha.

Obseso por la tenaz afirmación del desconocido, aseguró Judas:

–El mundo será redimido. Los profetas no quedarán como impostores. Jesús de Nazareth, el hijo de Dios, morirá por todos los hombres que han sido y por los que han de ser y por los que son.

Entonces el viejo, arrodillándose súbitamente, besó los pies del apóstol. Lágrimas de júbilo ponían, como las noches serenas en los campos, gotas transparentes en la ola de su barba gris. (Judas no veía sus negras alas, ni sus patas de caprípedo, ni sus córneos abultamientos.) Y su voz era tremolada por los sollozos cuando dijo:

–¡Oh, tú eres el único generoso y bueno Judas! Dio, te coloca a su diestra porque tú vas a ser instrumento para que la redención se realice... Tú has desoído la voz del orgullo que te aconsejaba anteponer el prestigio de tu nombre a la salvación de la humanidad... Tú venderás al maestro para que no muera como simple criatura, sino como Dios. Y porque no sean imposturas los vaticinios y porque la voluntad de Dios, el que es padre de tu maestro, se cumpla te expondrás a que la multitud ignara te moteje de infiel... Sí, yo me convierto a la religión única. La luz ha entrado en mi espíritu al igual de una espada que hiere. Tu acción sublime me hace reconocer a Dios, Le venderás y será el precio de tu acción noble lo que compro la redención del mundo. ¿Qué sería de los hombres sin ti? Sólo tu espíritu abnegado los salva. Eres el discípulo único; el espíritu clarividente sabedor de que preservando de la muerte al cuerpo de Jesús expones a morir a su divinidad. Al venderle, cumples la voluntad del Padre, llevas a término los designios de la vida humana del Hijo y eres brazo del Espíritu Santo que inspiró a los profetas. ¡Oh Judas! Tú eres el redentor... Ve a ver a los príncipes de los judíos, pero dame antes a besar la diestra que ha de sellar el pacto. ¡Oh discípulo noble que no sabes de egoísmo! ¡Oh amado de Dios!

Y entonces fue cuando el buen Judas tendió al anciano, que en la oscuridad sonreía, la mano calumniada y heroica que había de recibir los treinta denarios.

Alfonso Hernández Catá (1885-1940)


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El resumen del cuento de Alfonso Hernández Catá: La verdad del caso de Iscariote (La verdad del caso de Iscariote) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Las sirenas: Azorin


Las sirenas (Las sirenas) es un relato fantástico del escritor español Azorín, seudónimo de José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, compuesto en 1926 y publicado ese mismo año en el semanario Blanco y Negro.





Las sirenas.

Las sirenas, Azorín (1873-1967)

Cuando volvieron de la iglesia celebraron con una merienda espléndida el bautizo. La casa estaba llena de invitados; entraron todos en el comedor. Sobre el blanco mantel resaltaba la límpida cristalería. Y acá y allá, la nota pintoresca de un pomposo, oloroso, pintoresco ramo de flores. Todos estaban alegres, animosos.

Venía al mundo un nuevo ser. Se celebraba su entrada en la vida. ¿Qué había en el mundo para este niño? Las conversaciones, las risas, las exclamaciones de cuando en cuando, como el ir y venir de un oleaje, tenían un momento, ligerísimo, de tregua. Parecía que en estos vagos y fugaces silencios algo se cernía sobre las cabezas de los invitados. La madre del niño estaba un poco seria, meditativa; ya se había levantado de la cama; a los tres días del parto ya se hallaba en pie; era mujer fuerte, robusta, que cruzaba las manos sobre el pecho —las manos gordezuelas, lustrosas, sonrosadas—,y así permanecía, con una dulce sonrisa, largos ratos. El padre iba y venía afanoso, un poco febril entre los invitados; llevaba en alto una botella; pasaba de una parte a otra una bandeja con dulces; decía a éste una broma; replicaba al otro con una chuscada.

Y el niño, en la sala vecina, lloraba con un llantito agudo, persistente. Le entraban en el comedor; le besuqueaban todos, y se lo volvían a llevar a la pieza vecina. Su carita menuda asomaba entre las blondas y encajes blancos.

—¡Que nos diga el poeta el horóscopo del niño!
—gritó uno de los convidados.

No hemos hablado todavía del poeta. El poeta era Eladio Parra. Cuando el niño nació, su padre, Antonio Riera, escribió al gran poeta:

«Querido Eladio: ¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos! Pero yo sé de ti. Sé de ti por tus versos. Yo no soy nada; tú lo eres todo. Desde los días del colegio, hace veinte años, no nos hemos vuelto a ver. Ha nacido mi primer hijo. Yo tendría placer en que el más grande poeta de España apadrinara a este niño. No te niegues a mi deseo. Si vienes, desde la casa estarás viendo a todas horas el Mediterráneo, el mar tranquilo y siempre azul. Y esto será para ti una compensación de las molestias del viaje.»

Tal era la carta. Y el gran poeta vino al bautizo. Rodeado de la admiración y del cariño de todos, se hallaba sentado ante la mesa; su mano diestra reposaba, con coquetería, en el blanco mantel; esta mano, él la estaba mirando, había escrito los versos más finos, más delicados, más originales del Parnaso español contemporáneo.

Todos apoyaban la petición del invitado interpelante.

— ¡Sí, sí; que haga el poeta el horóscopo del niño!

El poeta sonrió afablemente. ¿Qué iba a decir él de un niño que entra en la liza del mundo? El poeta sonrió con bondad; todos le rodeaban; manos finas y blancas se apoyaban en sus hombros; ojos bellos femeninos le miraban con profunda admiración. ¿Qué iba a decir el poeta de un ser que penetra en el tráfago de la vida?

El poeta sonreía con amabilidad.

—Pues bien, señores —dijo al fin—; pues bien, sí, señores...

Y todos aplaudieron. Los aplausos resonaron en el comedor; el llanto del niño se percibía entre la algazara de las voces y de las risas.

Había que hacer las cosas discretamente. Puesto que la concurrencia quería que el poeta levantara el horóscopo de un niño, Eladio Parra, el gran poeta, saldría del paso con alguna bobería espiritual, delicada. Antes habían puesto ante Eladio al niño, y el poeta estuvo contemplando en silencio, solemnemente, como quien estudia las profundidades de un misterio, los ojitos del niño, su naricita, su boquita contraída por un mohín picaresco. Y cuando Eladio hubo contemplado un rato al niño, pidió ser llevado a un salón vecino, donde había recado de escribir. Todos esperaban en la puerta. El poeta se recogió un momento, en pausa cómica, y luego salió de la estancia llevando en la mano un sobre.

— ¡Aquí está —dijo— el horóscopo de este niño!

Y todos esperaron, ansiosos, a que el padre rasgara el sobre. Dentro estaban escritas estas pocas palabras:

«¡Cuidado con las sirenas!». Hubo un momento de indecisión. ¿Qué significaba esta misteriosa advertencia?

¡Cuidado con las sirenas! Sí, sí; era verdad; el poeta se refería a las mujeres, a las mujeres encantadoras y engañosas que podían hacer la desgracia del niño.

Cuidado con las sirenas significaba que este niño estaba expuesto, como tantos otros, en su vida de hombre, a ser el juguete, la víctima, la presa de mujercitas terribles, aventureras; una mujer, seguramente, iba a perderle. Las mujeres, de todos modos, jugarían un papel decisivo, importante, en la vida de este niño. Y no se tomaron las cosas por lo trágico. Al fin, desechados tristes pensamientos, se pensó, picarescamente, en la buena fortuna de este Don Juan novísimo, afortunado, que ahora venía al mundo.

Pasaron muchos años. El niño, Pablo Riera, se hizo hombre. El horóscopo estaba olvidado. Las sirenas, es decir, las mujeres, el eterno femenino, no jugaba papel en la vida de Pablo. La vida de Pablo se deslizaba tranquila, sosegada, uniforme. Se había casado ya el mozo. No había hombre menos mujeriego que Pablo. Su mujer le adoraba. Los dos llevaban con escrupulosidad y provecho la tiendecilla de que vivían. Pablo era un hombre callado, un poco encogido; tenía una sensibilidad reconcentrada. Experimentaba, con la menor contrariedad, una profunda, larga, resonante angustia en todo su organismo. Las horas para él traían todas, cada día, las mismas cosas. No se producía alteración en el vivir silencioso, llano, feliz, en suma, de este matrimonio.

Un día, revolviendo trastos viejos, la mujer de Pablo encontró un cofrecillo; estaba lleno de cartas antiguas, de fotografías amarillentas. Era de noche; había terminado la tarea diaria; bajo la luz ancha, circular, de la lámpara, en el silencioso comedor, en tanto que Pablo leía, su mujer iba escudriñando todos estos viejos recuerdos. Y de pronto apareció un papelito en un sobre, un papelito en que se leía, con letra enrevesada, pero grande: «¡Cuidado con las sirenas!».

—Mira, Pablo —dijo la mujer—; aquí está tu horóscopo, el horóscopo de que tú me has hablado algunas veces.
—Es verdad —dijo Pablo—; ésta es la letra del gran poeta amigo de mi padre.
—Pues las sirenas no te han sido funestas en la vida —añadió la mujer.
—Sí, cierto; hombre menos aventurero, menos mujeriego que yo, tú lo sabes, habrá habido pocos —contestó Pablo.
—Los poetas se equivocan —agrego el marido.
—¡Afortunadamente, en este caso! —exclamó la mujer.

Y sus ojos, bajo la lámpara, se clavaban en las palabras escritas por el gran poeta: «¡Cuidado con las sirenas!

El silencio, la paz, el sosiego eran profundos. A la mañana siguiente la mujer de Pablo no se levantó, estaba un poco enferma. Dos días después la enfermedad había adquirido caracteres de gravedad. Pablo, el marido, vivía en una continua zozobra. Los minutos transcurrían lentos, dolorosos. La enferma, desde la cama, acariciaba con una mirada larga, triste, profundamente triste, al pobre Pablo.

—¡Pablo, Pablo! —exclamaba-. ¡Qué solo te vas a quedar! ¿Qué harás tú sin mí en el mundo?

Y Pablo sentía que se le desgarraban las entrañas.

Llegó la hora suprema. La esposa de Pablo murió; murió a la madrugada, en una madrugada turbia, opaca. Caía una lluvia persistente, menuda. En los cristales del balcón apenas se marcaba vagamente la claridad de la aurora. Dentro, la llama de una lamparilla tembloteaba. Y en el momento de expirar su mujer, de allá lejos, del puerto, llegaba angustioso, como un lamento largo, plañidero, el son de la sirena de un vapor.

Pablo estaba solo. La tiendecilla no marchaba bien. Pablo no se ocupaba en nada. Y su vida estaba deshecha, rota. No parecía por la tienda. Daba largos y solitarios paseos por la ciudad; pasaba largas horas en el cementerio, ante la sepultura de su mujer. ¿Para qué quería él vivir? Una noche, en la ciudad, comenzaron a sonar todas las campanas. Se había declarado un incendio en alguna parte. La tiendecilla de Pablo estaba ardiendo; el incendio destruyó todas las existencias y enseres del comercio. De madrugada, Pablo, rendido, fatigado, presa de una terrible angustia, se dejaba caer en la cama. Era una madrugada fría, lluviosa; caía de un cielo turbio, sucio, una llovizna persistente, helada.

Y a lo lejos, entre sueños, vaga y dolorosamente, Pablo escuchaba el son largo, plañidero, de la sirena de un barco.

Pablo, el pobre, estaba anonadado; vivía en un cuartito de un quinto piso. Una anciana venía todas las mañanas a arreglar el menaje; él comía fuera; su traje era desastrado. Como un autómata, caminaba y caminaba horas y horas por el campo. Después, al anochecer, rendido, volvía a su cuartito y se dejaba caer, inerte, en la cama.

Una vez no pudo dormir en toda la noche. La claridad del día apareció en los vidrios del balcón. La aurora era borrosa, turbia, gris. Caía una lluvia menudita, fría; se oía a intervalos, en una pieza vecina, ruido de una gotera que sonaba persistente.

Comenzó a oírse de pronto, allá en el puerto, el grito agudo, como una súplica, como un lamento, como una suprema imprecación, de la sirena de un barco. Y cuando se apagó el estampido de una detonación, en el cuartito, todavía sonaba con angustia, trágicamente, la voz de la sirena.

Azorín (1873-1967)


Más relatos de Azorín. I Relatos góticos. I Cuentos fantásticos.


Más literatura gótica:
El resumen del cuento de Azorín: Las sirenas (Las sirenas) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El muchacho danés»: William Wordsworth; poema y análisis.


«El muchacho danés»: William Wordsworth; poema y análisis.




El muchacho danés (The Danish Boy) es un poema del romanticismo del escritor inglés William Wordsworth (1770-1850), escrito en 1799 como preludio de una obra más extensa que nunca se completó.

El muchacho danés, uno de los mejores poemas de William Wordsworth, es también una de sus piezas más oscuras. Aquí el autor nos permite ser testigos de una visión pacífica, serena, la de un joven danés cantando viejas baladas olvidadas, hasta que pronto advertimos algo extraño, maldito, quizá, en el muchacho y sus letanías.






El muchacho danés.
The Danish Boy, William Wordsworth (1770-1850)

Entre dos páramos hay una quebrada
Y un espacio que parece sagrado
A las flores de las colinas,
Y sagrado al cielo encima.
En este valle pequeño y abierto
Hay un árbol por la tempestad golpeado;
El rayo ha cortado una piedra angular,
La última piedra de una solitaria choza;
Y en este valle pequeño puedes ver
Algo que las tormentas no destruyen,
La sombra de un muchacho danés.

De las nubes altas se oye a la alondra,
Pero las gotas no caen en esta tierra;
En este rincón solitario las aves
Nunca construyen sus nidos.
Ni bestia ni pájaro levanta aquí su casa;
Las abejas, llevadas sobre el aire ventoso,
Pasan encima de aquellas campanas fragantes
Hacia otras flores, hacia otros pequeños valles
Llevan su mercancía de polen;
El Muchacho danés deambula solo:
El valle pequeño es todo suyo.

Un espíritu meridiano es él;
Aunque parece hecho de carne y sangre;
No es un pastor ni lo será nunca,
Peón de los campos jamás será.
Porta un chaleco real de piel,
Oscuro como las alas del cuervo;
No teme lluvias, ni vientos ni rocío;
Pero en la tormenta se ve fresco y azul
Como pinos en ciernes de la primavera;
Su casco posee una gracia vernal,
Brillante como la flor en su rostro.

El arpa cuelga de su hombro;
Y luego descansa sobre su rodilla,
A las voces de una lengua olvidada
Él les regala su melodía.
Por multitudes en la vieja colina
Él es el querido y alabado;
Y a menudo, sin causa aparente,
Los corceles del monte escuchan,
Oyen al muchacho danés,
Mientras en el valle pequeño él canta solo
Junto al árbol y la piedra angular.

Allí se sienta él; en su rostro no encontrarás
Ningún rastro de su antiguo aire feroz,
Ni amplios cielos despejados
O estáticas nubes estivales.
El muchacho danés es bendito
Y feliz en su ensenada florida:
Su mente viaja por distantes hechos de sangre;
Y aún él susurra sus canciones de amor
Que suenan como cantos de guerra,
Pues tranquilo y apacible es su semblante;
Sereno como un muchacho muerto.


Between two sister moorland rills
There is a spot that seems to lie
Sacred to flowerets of the hills,
And sacred to the sky.
And in this smooth and open dell
There is a tempest-stricken tree;
A corner-stone by lightning cut,
The last stone of a lonely hut;
And in this dell you see
A thing no storm can e’er destroy,

The shadow of a Danish Boy.
In clouds above, the lark is heard,
He sings his blithest and his best;
But in this lonesome nook the bird
Did never build her nest.
No beast, no bird hath here his home;
The bees, borne on breezy air,
Pass high above those fragrant bells
To other flowers, to other dells
Nor ever linger there.

The Danish Boy walks here alone:
The lovely dell is all his own.
A Spirit of noon day is he;
He seems a Form of flesh and blood;
A piping Shepherd he might be,
Nor Herd-boy of the wood.
A regal vest of fur he wears,
In colour like a raven’s wing;
It fears not rain, nor wind, nor dew;
But in the storm ’tis fresh and blue

As budding pines in Spring;
His helmet has a vernal grace,
Fresh as the bloom upon his face.
A harp is from his shoulder slung;
He rests the harp upon his knee,
And there in a forgotten tongue
He warbles melody.
Of flocks and herds both far and near
He is the darling and the joy,
And often, when no cause appears,

The mountain ponies prick their ears,
They hear the Danish Boy,
While in the dell he sits alone
Beside the tree and corner-stone.
When near this blasted tree you pass,
Two sods are plainly to be seen
Close at its root, and each with grass
Is cover’d fresh and green.
Like turf upon a new-made grave
These two green sods together lie.

Nor heat, nor cold, nor rain, nor wind
Can these two sods together bind,
Nor sun, nor earth, nor sky,
But side by side the two are laid,
As if just sever’d by the spade

There sits he: in his face you spy
No trace of a ferocious air,
Nor ever was a cloudless sky
So steady or so fair.
The lovely Danish Boy is blest
And happy in his flowery cove;
From bloody deeds his thoughts are far;
And yet he warbles songs of war,
That seem like songs of love,
For calm and gentle is his mien;
Like a dead Boy he is serene


William Wordsworth
(1770-1850)




Poemas de William Wordsworth. I Poemas góticos.


Más literatura gótica:
El análisis, resumen y traducción al español del poema de William Wordsworth: El muchacho danés (The Danish Boy) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«¿Quién sabe?»: Guy de Maupassant.


«¿Quién sabe?»: Guy de Maupassant.




¿Quién sabe? (¿Qui sait?) es un relato fantástico del escritor francés Guy de Maupassant (1850-1893), publicado en la edición del 6 de abril de 1890 en el periódico L’Écho de Paris y reeditado ese mismo año en la antología: La belleza inútil (L'Inutile Beauté).

¿Quién sabe? es considerado como uno de los mejores cuentos de Guy de Maupassant.






Quién sabe?
¿Qui sait?, Guy de Maupassant (1850-1893)

¡Señor! ¡Señor! Al fin tengo ocasión de escribir lo que me ha ocurrido. Pero ¿me será posible hacerlo? ¿Me atreveré? ¡Es una cosa tan extravagante, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loca!

Si no estuviese seguro de lo que he visto, seguro también de que en mis razonamientos no ha habido un fallo, ni en mis comprobaciones un error, ni una laguna en la inflexible cadena de mis observaciones, me creería simplemente víctima de una alucinación, juguete de una extraña locura. Después de todo, ¿quién sabe?

Me encuentro actualmente en un sanatorio; pero si entré en él ha sido por prudencia, por miedo. Sólo una persona conoce mi historia: el médico de aquí; pero voy a ponerla por escrito. Realmente no sé para qué. Para librarme de ella, tal vez, porque la siento dentro de mí como una intolerable pesadilla.

Hela aquí:

He sido siempre un solitario, un soñador, una especie de filósofo aislado, bondadoso, que se conformaba con poco, sin acritudes contra los hombres y sin rencores contra el cielo. He vivido solo, en todo tiempo, porque la presencia de otras personas me produce una especie de molestia. No es que me niegue a tratar con la gente, a conversar o a cenar con amigos, pero cuando llevan mucho rato cerca de mí, aunque sean mis más cercanos familiares, me cansan, me fatigan, me enervan, y experimento un anhelo cada vez mayor, más agobiante, de que se marchen, o de marcharme yo, de estar solo.

Este anhelo es más que un impulso, es una necesidad irresistible. Y si las personas en cuya compañía me encuentro siguiesen a mi lado, si me viese obligado, no a prestar atención, pero ni siquiera a escuchar sus conversaciones, me daría, con toda seguridad, un ataque. ¿De qué clase? No lo sé. ¿Un síncope, tal vez? Sí, probablemente.

Tanto me agrada estar solo, que ni siquiera puedo soportar que otras personas duerman bajo el mismo techo que yo. No vivo en París, porque sería para mí una perpetua agonía. Me siento morir moralmente, es para mí un martirio del cuerpo y de los nervios esa muchedumbre inmensa que hormiguea, que se mueve a mi alrededor, hasta cuando duerme. Porque, aún más que la palabra de los demás, me resulta insufrible su sueño. Cuando sé, cuando tengo la sensación de que, detrás de la pared, existen vidas que se ven interrumpidas por esos eclipses regulares de la razón, no puedo ya despertar.

¿Por qué soy de esta manera? ¡Quién lo sabe! Es imposible que la razón de todo esto sea muy sencilla; todo lo que ocurre fuera de mí me cansa muy pronto. Y son muchos los que se encuentran en mi mismo caso. En la tierra vivimos gentes de dos razas. Los que tienen necesidad de los demás, aquellos a quienes los demás distraen, ocupan, sirven de descanso, y a los que la soledad cansa, agota, aniquila, lo mismo que la ascensión a un nevero o la travesía de un desierto, y aquellos otros a los que, por el contrario, los demás cansan, molestan, cohíben, abruman, en tanto que el aislamiento los tranquiliza, les proporciona un baño de descanso en la independencia y en la fantasía de sus meditaciones.

En resumidas cuentas, se trata de un fenómeno psíquico normal. Unos tienen condiciones para vivir hacia afuera; otros, para vivir hacia adentro. En mí se da el caso de que la atención exterior es de corta duración y se agota pronto, y cuando llega a su límite, me acomete en todo mi cuerpo y en toda mi alma un malestar intolerable. Como consecuencia de todo lo que antecede, yo me apego, es decir, estaba fuertemente apegado a los objetos inanimados, que vienen a adquirir para mí una importancia de seres vivos. Mi casa se convierte, se había convertido en un mundo en el que yo llevaba una vida solitaria, pero activa, en medio de aquellas cosas: muebles, chucherías familiares, que eran para mí como otros tantos rostros simpáticos. Había ido llenándola poco a poco, adornándola con ellos, y me sentía contento y satisfecho allí dentro, feliz como en los brazos de una mujer agradable cuya diaria caricia se ha convertido en una necesidad suave y sosegada.

Hice construir aquella casa en el centro de un hermoso jardín que la aislaba de los caminos concurridos, a un paso de una ciudad en la que me era dable encontrar, cuando se despertaba en mí tal deseo, los recursos que ofrece la vida social. Todos mis criados dormían en un pabellón muy alejado de la casa, situado en un extremo de la huerta, que estaba cercada con una pared muy alta. Tal era el agrado y el descanso que encontraba al verme envuelto en la oscuridad de las noches, en medio del silencio de mi casa, perdida, oculta, sumergida bajo el ramaje de los grandes árboles, que todas las noches permanecía varias horas para saborearlo a mis anchas, costándome trabajo meterme en la cama.

El día de que voy a hablar habían representado Sigurd en el teatro de la ciudad. Era aquélla la primera vez que asistía a la representación de ese bello drama musical y fantástico, y me produjo un vivo placer. Regresaba a mi casa a pie, con paso ágil, llena la cabeza de frases musicales y la pupila de lindas imágenes de un mundo de hadas. Era noche cerrada, tan cerrada que apenas se distinguía la carretera y estuve varias veces a punto de tropezar y caer en la cuneta. Desde el puesto de arbitrios hasta mi casa hay cerca de un kilómetro, tal vez un poco más, o sea veinte minutos de marcha lenta. Sería la una o la una y media de la madrugada; se aclaró un poco el firmamento y surgió delante de mí la luna, en su triste cuarto menguante. La media luna del primer cuarto, es decir, la que aparece a las cuatro o cinco de la tarde, es brillante, alegre, plateada; pero la que se levanta después de la medianoche es rojiza, triste, inquietante; es la verdadera media luna del día de las brujas. Esta observación han debido hacerla todos los noctámbulos. La primera, aunque sea delgada como un hilo, despide un brillo alegre que regocija el corazón y traza en el suelo sombras bien dibujadas; la segunda apenas derrama una luz mortecina, tan apagada que casi no llega a formar sombras.

Distinguí a lo lejos la masa oscura de mi jardín y, sin que yo supiese de dónde me venía, se apoderó de mí un malestar al pensar que tenía que entrar en él. Acorté el paso. La temperatura era muy suave. Aquella gruesa mancha del arbolado parecía una tumba dentro de la cual estaba sepultada mi casa. Abrí la puerta y penetré en la larga avenida de sicomoros que conduce hasta el edificio y que forma una bóveda arqueada como un túnel muy alto, a través de bosquecillos opacos unas veces y bordeando otras los céspedes en que los encañados de flores estampaban manchones ovalados de tonalidades confusas en medio de las pálidas tinieblas.

Una turbación singular se apoderó de mí al encontrarme ya cerca de la casa. Me detuve. No se oía nada. Ni el más leve soplo de aire circulaba entre las hojas. "¿Qué es lo que me pasa?", pensé. Muchas veces había entrado de aquella manera desde hacía diez años, y jamás sentí el más leve desasosiego. No era que tuviese miedo. Jamás lo tengo durante la noche. Si me hubiese encontrado con un hombre, con un merodeador, con un ladrón, todo mi ser físico habría experimentado una sacudida de furor y habría saltado encima de él sin la menor vacilación. Iba, además, armado. Llevaba mi revólver, porque quería resistir a aquella influencia recelosa que germinaba en mí.

¿Qué era aquello? ¿Un presentimiento? ¿El presentimiento misterioso que se apodera de los sentidos del hombre cuando va a encontrarse frente a lo inexplicable? ¡Quién sabe! A medida que avanzaba, me corrían escalofríos por la piel; cuando me hallé frente al muro de mi gran palacio, que tenía las contraventanas echadas, tuve la sensación de que tendría que dejar pasar algunos minutos antes de abrir la puerta y entrar. Me senté en un banco que había debajo de las ventanas del salón. Y allí me quedé, un poco trémulo, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos abiertos y clavados en la sombra del arbolado. Nada de extraordinario advertí a mi alrededor en aquellos primeros instantes. Me zumbaban algo los oídos, pero ésta es una cosa que me ocurre con frecuencia. A veces creo oír trenes que pasan o campanas que tocan o el pataleó de muchedumbres en marcha.

Pero aquellos ruidos interiores se hicieron más netos, más precisos, más identificables. Me había engañado. No era el bordoneo habitual de mis arterias el que me llenaba los oídos con aquellos rumores; era un ruido muy característico y, sin embargo, muy confuso, que procedía, sin duda alguna, del interior de la casa. Distinguía aquel ruido continuo a través del muro, tenía casi más de movimiento que de ruido, un confuso ajetreo de una multitud de objetos, como si moviesen, cambiasen de sitio y arrastrasen con mucho tiento todos mis muebles. Estuve largo rato sin dar crédito a mis oídos; pero aplicando la oreja a una de las contraventanas para distinguir mejor aquel extraño ajetreo que parecía tener lugar dentro de mi casa, quedé plenamente convencido, segurísimo, de que algo anormal e incomprensible ocurría. No sentía miedo, pero estaba..., ¿cómo lo diré?, asustado de asombro. No amartillé mi revólver, porque tuve la intuición segura de que no me haría falta. Esperé.

Esperé largo rato, sin decidirme a actuar, con la inteligencia lúcida, pero dominado por loca inquietud. Esperé de pie y seguí escuchando el ruido, cada vez mayor, que adquiría por momentos una intensidad violenta, hasta parecer un refunfuño de impaciencia, de cólera, de motín misterioso. Me entró de pronto vergüenza de mi cobardía, eché mano al manojo de llaves, elegí la que me hacía falta, la metí en la cerradura, di dos vueltas y empujé con todas mis fuerzas, enviando la hoja de la puerta a chocar con el tabique. Aquel golpe resonó como el estampido de un fusil, pero le respondió, de arriba abajo de mi casa, un tumulto formidable. Fue una cosa tan imprevista, tan terrible, tan ensordecedora, que retrocedí unos pasos y, aunque tan convencido como antes de su inutilidad, saqué el revólver de la funda.

Esperé todavía, aunque muy poco tiempo. Lo que ahora oía era un pataleo muy raro en los peldaños de la escalera, en el entarimado, en las alfombras, pero no era un pataleo de calzado, de zapatos de hombre, sino de patas de madera y de patas de hierro que vibraban como címbalos. Y, de pronto, veo en el umbral de la puerta un sillón, mi cómodo sillón de lectura, que se marchaba de casa, contoneándose. Y se fue por el jardín hacia adelante. Y detrás de él, otros, los sillones de mi salón, y a continuación los canapés bajos, arrastrándose como cocodrilos sobre sus patitas cortas, y en seguida todas las sillas, dando saltitos de cabra, y los pequeños taburetes que trotaban como conejos.

¡Era una cosa emocionante! Me escondí en un bosquecillo, y allí permanecí agazapado, contemplando aquel desfile de mis muebles, porque se marchaban todos, uno detrás de otro, con paso vivo o pausado, de acuerdo con su altura o su peso. Mi piano, mi magnifico piano de cola cruzó al galope, como caballo desbocado, con un murmullo musical en sus ijares; los objetos menudos iban y venían por la arena como hormigas, los cepillos, la cristalería, las copas en las que la luna ponía fosforescencias de luciérnagas. Las telas reptaban o se alargaban a manera de tentáculos, como pulpos de mar. Vi que salía mi escritorio -mi querido escritorio- una hermosa reliquia del siglo pasado, en el que estaban todas las cartas que yo recibí, la historia toda de mi corazón, una historia antigua que me ha hecho sufrir mucho. Dentro de él había también fotografías.

De improviso se me pasó el miedo, me abalancé sobre el escritorio, lo agarré como se agarra a un ladrón, como se agarra a una mujer que escapa; pero él llevaba una marcha incontenible y, a pesar de mis esfuerzos, a pesar de mi cólera, no conseguí moderar su velocidad. Yo hacía esfuerzos desesperados para que no me arrastrase aquella fuerza espantosa y caí al suelo. Entonces me arrolló, me arrastró por la arena y los muebles que venían detrás empezaron a pisotearme, magullándome las piernas; lo solté por fin y entonces los demás pasaron por encima de mi cuerpo, lo mismo que pasa un cuerpo de caballería que carga por encima del soldado que ha sido derribado del caballo.

Loco de terror, conseguí al fin arrastrarme hasta fuera de la gran avenida y ocultarme de nuevo entre los árboles, a tiempo de ver cómo desaparecían los objetos más íntimos, los más pequeños, los más modestos, los que yo conocía menos entre todos los que habían sido de mi propiedad. Así estaba, cuando oí a lo lejos, dentro de mi casa, que había adquirido sonoridad como todas las casas vacías, un ruido formidable de puertas que se volvían a cerrar. Empezaron los portazos en la parte más alta, y fueron bajando hasta que se cerró por último la puerta del vestíbulo que yo, insensato de mí, había abierto para facilitar aquella fuga. También yo escapé, echando a correr hacia la ciudad, y no recobré mi serenidad hasta que me vi en sus calles y tropecé con algunas gentes trasnochadoras. Fui a llamar a la puerta de un hotel en el que era conocido. Me había sacudido las ropas con las manos para quitar el polvo; les expliqué que había perdido mi llavero, en el que tenía también la llave de la huerta en que estaba el pabellón aislado donde dormían mis criados, huerta rodeada de altas tapias que impedían a los merodeadores meter mano en las verduras y frutas.

Me tapé hasta los ojos en la cama que me dieron, pero no pude conciliar el sueño, y aguardé la llegada del día escuchando los golpes acelerados de mi corazón. Les había dicho que avisaran a mi servidumbre en cuanto amaneciese, y mi ayuda de cámara llamó a mi puerta a las siete de la mañana. Parecía trastornado.

—Ha ocurrido esta noche una gran desgracia, señor, —me dijo.

—¿Qué sucedió?

—Han robado todo el mobiliario del señor; absolutamente todo, hasta los objetos más insignificantes.

Aquella noticia me alegró. ¿Por qué? ¡Vaya usted a saber! Yo me sentía muy dueño de mí, estaba seguro de poder disimular, de no decir a nadie una palabra de lo que había visto, de ocultar aquello, de enterrarlo en mi conciencia como un espantoso secreto. Le contesté:

—Entonces se trata de los mismos individuos que anoche me robaron a mí las llaves. Es preciso dar parte a la policía inmediatamente. Voy a levantarme y me reuniré en seguida con usted.

Cinco meses duró la investigación. No se llegó a descubrir el paradero de nada, no se encontró la más insignificante de mis chucherías, ni se llegó a dar con el más ligero rastro de los ladrones. ¡Claro está que si yo hubiese dicho lo que sabía!... Si hubiese hablado..., me habrían encerrado a mí; no a los ladrones, sino al hombre que aseguraba haber visto semejante cosa. Supe cerrar la boca. Pero no volví a amueblar mi casa. ¿Para qué? Se hubiera repetido siempre el mismo caso. No quería entrar de nuevo en ella. No entré. No volví a verla.

Regresé a Paris, me instalé en un hotel y consulté a los médicos acerca de mi estado nervioso, que me preocupaba mucho desde los acontecimientos de aquella noche lamentable. Me animaron a que viajase. Seguí su consejo.

Empecé por hacer una excursión a Italia. El sol me sentó bien. Vagabundeé por espacio de seis meses de Génova a Venecia, de Venecia a Florencia, de Florencia a Roma, de Roma a Nápoles. Recorrí después toda Sicilia, país admirable por sus paisajes y sus monumentos, reliquias dejadas por los griegos y por los normandos. Me trasladé al África y crucé pacíficamente el gran desierto amarillo y tranquilo, en el que van de aquí para allá los camellos, las gacelas y los vagabundos árabes, cuya atmósfera ligera y transparente está libre de espectros, lo mismo de día que de noche.

Regresé a Francia por Marsella; a pesar de la alegría provenzal, sentí tristeza, porque el cielo tenía menos luz. Al poner otra vez el pie en el continente, experimenté esa especial sensación de un enfermo que se cree curado ya de su enfermedad, pero al que un dolor sordo le advierte que no está apagado aún el foco del mal. Volví a París. Al mes, ya sentía aburrimiento. Era en otoño, y antes que se echase encima el invierno, quise hacer una excursión por Normandía, desconocida para mí. Empecé por Ruán, como es natural, y vagabundeé durante ocho días, distraído, encantado, entusiasmado en aquella ciudad de la Edad Media, en aquel maravilloso museo de monumentos góticos extraordinarios.

Una tarde, a eso de las cuatro, al meterme por una calle inverosímil, por la que corre un río negro como esa tinta que llaman "agua de Robec", y mientras iba fijándome en el aspecto curioso y antiguo de las casas, mi atención se desvió de improviso hacia una serie de comercios de chamarileros, que se sucedían una puerta sí y otra también. ¡Bien habían sabido elegir el sitio para sus negocios aquellos sórdidos traficantes de cosas viejas, en una callejuela quimérica, encima de la siniestra corriente de agua, al abrigo de aquellos techos puntiagudos de tejas y pizarras en los que se oía rechinar aún las giraldillas del pasado!

Al fondo de aquellos lóbregos comercios se amontonaban las arcas talladas, las porcelanas de Ruán, de Nevers, de Moustiers, las estatuas pintadas, las de madera de roble, los cristos, las vírgenes, los santos, los ornamentos de iglesia, casullas, capas pluviales, hasta algunos vasos sagrados y un antiguo tabernáculo de madera dorada, del que Dios se había mudado. ¡Qué extrañas cavernas las que había en aquellas altas casas, en aquellos caserones, atiborrados desde las bodegas hasta los graneros de objetos de toda clase cuya existencia parecía acabada, que habían sobrevivido a sus poseedores naturales, a su siglo, a su tiempo, a sus modas, para ser comprados como curiosidades por las nuevas generaciones!

Mi ternura por las chucherías volvió a despertarse en aquella ciudad de anticuarios. Pasaba de un comercio a otro, atravesando en dos zancadas los puentes de cuatro tablas podridas tendidos sobre la nauseabunda corriente del "agua de Robec". ¡Misericordia! ¡Qué sacudida! En el extremo exterior de una bóveda atiborrada de objetos, que parecía la entrada de las catacumbas de un cementerio de muebles antiguos, vi de pronto uno de mis más hermosos armarios. Me acerqué todo tembloroso, tan tembloroso que no me atreví a tocarlo. Adelanté la mano, y me quedé vacilando. Sin embargo, era el mismo: un armario Luis XIII, único, que cualquiera que lo hubiese visto una vez lo identificaría. Dirigí de pronto los ojos más hacia el interior, hacia las más lóbregas profundidades de aquella galería, y distinguí tres de mis sillones tapizados, y más adentro aún, mis dos cuadros Enrique II, tan raros que hasta de París venían a verlos. ¡Figúrense! ¡Figúrense cuál sería el estado de mi alma!

Me adelanté, atónito, agonizante de emoción, pero me adelanté, porque soy valiente; me adelanté como pudiera penetrar un caballero de las épocas tenebrosas en una mansión de sortilegios. Paso a paso fui encontrando todo lo que me había pertenecido: mis candelabros, mis libros, mis cuadros, mis tapicerías, mis armas, todo, menos el escritorio que llevaba mis cartas, al que no vi por parte alguna.

Anduve de un lado para otro, bajando a galerías oscuras para en seguida subir a los pisos superiores. Estaba solo. Llamaba, pero nadie contestó. Estaba solo; no había nadie en aquella casa inmensa y tortuosa como un laberinto. Se echó encima la noche, y tuve que sentarme, en medio de aquellas tinieblas, en una de mis sillas, porque no quería marcharme de allí. De cuando en cuando gritaba:

—¿Hay alguien en casa? ¿Hay alguien en casa? ¿No hay nadie?

Llevaría más de una hora cuando oí pasos, unos pasos callados, lentos, que no podía precisar en dónde sonaban. Estuve a punto de echar a correr, pero poniéndome rígido volví a llamar otra vez y distinguí una luz en la habitación de al lado.

—¿Quién anda ahí? -preguntó una voz.

Yo contesté:

—Un comprador.

Me replicaron.

—Es muy tarde para entrar de ese modo en un comercio.

Volví a decir:

—Estoy esperándolo desde hace más de una hora.

-Podía usted volver mañana.

—Mañana me habré marchado ya de Ruán.

Yo no me atrevía a avanzar y él no venía hacia mí. Seguía viendo el resplandor de su luz, que se proyectaba sobre un tapiz en el que dos ángeles volaban por encima de los cadáveres de un campo de batalla. También era de mi propiedad. Le dije:

—¿Viene usted o no?

Él me contestó:

—Lo estoy esperando.

Me levanté y fui hacia donde él estaba. En el centro de una habitación muy espaciosa había un hombrecito muy pequeño y muy grueso, grueso como un fenómeno, como un repugnante fenómeno. Tenía una barba extravagante, de pelos desiguales, ralos y amarillentos, pero no tenía ni un solo pelo en la cabeza. ¡Ni un solo pelo! Como sostenía la vela encendida a todo lo que daba su brazo para verme a mí, su cráneo me hizo el efecto de una luna pequeña en aquella inmensa habitación atiborrada de muebles viejos. Tenía la cara arrugada y como entumecida, y no se le distinguían los ojos. Regateé el precio de tres sillas, que eran de mi propiedad, y le pagué por ellas en el acto una fuerte cantidad, sin dar más que el número de mi habitación en el hotel. Deberían entregármelas al día siguiente antes de las nueve de la mañana.

Salí y él me acompañó a la calle con mucha cortesía. Acto seguido, me dirigí a la Comisaría Central de Policía y relaté al comisario el robo de mis muebles y el descubrimiento que acababa de hacer. En el acto solicitó informes por telégrafo al juzgado que había instruido las diligencias en aquel robo, rogándome que tuviese a bien esperar la contestación. Le llegó al cabo de una hora, y fue completamente satisfactoria para mí. Entonces me dijo:

—Voy a mandar a que detengan a ese hombre para proceder en seguida a interrogarlo, porque pudiera ser que hubiese concebido alguna sospecha, haciendo desaparecer lo que es propiedad de usted. Vaya a cenar y vuelva dentro de un par de horas; lo retendré aquí para someterlo a un nuevo interrogatorio en presencia de usted.

—Encantado, señor; se lo agradezco de todo corazón.

Cené en mi hotel, con mejor apetito del que me había imaginado. Estaba de bastante buen humor. Le habíamos echado el guante. Al cabo de dos horas me presenté de nuevo ante el funcionario de policía, que me estaba esperando.

—Verá usted, caballero —me dijo en cuanto me vio— No hemos dado con nuestro hombre. Mis agentes no han podido echarle el guante.

—¿Cómo ha sido eso?

Me sentí desfallecer.

—¿Pero han encontrado la casa, verdad? —seguí preguntando.

—Desde luego. Será vigilada hasta que él regrese. Porque ha desaparecido.

—¿Que ha desaparecido?

—Desaparecido. Acostumbra pasar las noches en casa de una vecina, chamarilera también, una especie de bruja, la viuda de Bidoin. Dice que no lo ha visto esta noche y que no puede dar dato alguno sobre su paradero. Habrá que esperar hasta mañana.

Me marché. ¡Qué siniestras, inquietantes y espectrales me parecieron las calles de Ruán! Dormí muy mal, con un sueño interrumpido por pesadillas. Al día siguiente, para que no me creyesen demasiado intranquilo ni precipitado, esperé hasta las diez antes de presentarme en la comisaría.

El chamarilero no había sido visto y su almacén seguía cerrado aún. El comisario me dijo:

—He dado todos los pasos necesarios. El juzgado está al corriente del asunto; vamos a ir juntos a ese comercio, lo haré abrir y usted me indicará todo lo que es suyo.

Un cupé nos llevó hasta la casa. Delante del comercio había algunos guardias con un cerrajero. Se abrió la puerta. Pero, una vez dentro, no vi ni mi armario ni mis sillones ni mis mesas ni nada, absolutamente nada del mobiliario de mi casa, siendo que la noche anterior no podía dar un paso sin tropezar con alguno de los objetos de mi pertenencia. El comisario central, sorprendido, me miró al principio con desconfianza.

—Pues, señor —le dije—, la desaparición de estos muebles coincide de un modo extraño con la del comerciante.

Se sonrió:

—Es cierto. Hizo usted mal en comprar y pagar ayer noche aquellas sillas, porque con eso le dio usted la alerta.

Yo agregué:

—Lo que me parece incomprensible es que todos los espacios que anoche ocupaban mis muebles están ahora ocupados por otros.

—Eso no es extraño —contestó el comisario—, porque ha dispuesto de toda la noche y seguramente de cómplices. Esta casa debe tener comunicación con las de al lado. Descuide usted, señor; me voy a ocupar con gran interés de este asunto. No andará suelto mucho tiempo el ladrón, porque vigilamos su guarida.

¡Ah, mi corazón, mi pobre corazón, cómo palpitaba! Permanecí quince días en Ruán, pero nuestro hombre no volvió. ¿Por qué? ¿Quién podía ponerle obstáculos o sorprenderlo? El decimosexto día recibí de mi jardinero, que había quedado para guardar la casa saqueada, esta carta tan extraña:

"Señor: Tengo el honor de informarle que ha ocurrido, durante la noche pasada, algo que no entiende nadie, y mucho menos la policía. Han vuelto todos los muebles, todos sin excepción; hasta los objetos más pequeños. La casa se encuentra hoy dispuesta exactamente como lo estaba la víspera del robo. Es para volverse loco. Esto ha ocurrido la noche del viernes al sábado. Igual que el día de su desaparición, los caminos están llenos de huellas, como si hubiesen arrastrado todas las cosas, desde la entrada del jardín hasta la puerta de la casa.

"Quedamos esperando al señor, de quien soy humilde servidor. Felipe Raudin"

¿Volver yo? ¡Eso sí que no! ¡Eso sí que no! ¡Eso sí que no! Llevé la carta al comisario de Ruán, quien me dijo:

—Es una devolución muy hábil. Nos haremos el muerto y le pondremos la mano encima a nuestro hombre cualquier día de estos.

Pero no le echaron el guante. No, señor. No le echaron el guante, y le tengo miedo, igual que si fuese una fiera que han soltado para que me persiga. Nadie lo encuentra, nadie puede encontrar a aquel monstruo con el cráneo de luna. Nadie le echará el guante jamás. No volverá a su casa. ¡Bastante le importa a él su casa! Yo soy el único que podría dar con él, pero no quiero. ¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero!

Y aun en el supuesto de que volviese y entrase en su comercio, ¿quién va a probarle que mis muebles estaban allí? No hay en contra suya más que mi testimonio, y me doy perfecta cuenta de que empieza a ser sospechoso.

¡Cómo iba yo a poder vivir así! Tampoco podía guardar el secreto de lo que han visto mis ojos. No me era posible seguir viviendo como una persona cualquiera, con el temor de que esos hechos se repitiesen cualquier día. Vine a ver al médico que dirige esta casa de salud y se lo he referido todo. Al cabo de un largo interrogatorio, me dijo:

—¿Tendría usted inconveniente, caballero, en permanecer aquí algún tiempo?

—Me quedaré gustosísimo.

—¿Quiere usted un pabellón independiente?

—Sí, señor.

—¿Desea recibir a algunos amigos?

—No, señor; a nadie. El hombre de Ruán podría tratar de llegar hasta aquí mismo con idea de vengarse...

Y desde hace tres meses vivo solo, solo, absolutamente solo. Estoy casi tranquilo. Un miedo tengo, sin embargo: que el anticuario se vuelva loco..., y que lo traigan a este asilo... Ni las cárceles son seguras.

Guy de Maupassant (1850-1893)




Relatos de Guy de Maupassant. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Guy de Maupassant: ¿Quién sabe? (¿Qui sait?) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Elizabeth Stuart Phelps Ward: novelas y relatos


Elizabeth Stuart Phelps Ward: novelas y relatos.




Elizabeth Stuart Phelps Ward (1844- 1911) fue una destacada fue una escritora norteamericana y una luchadora incansable por los derechos de la mujer. En este sentido, los relatos y novelas de Elizabeth Stuart Phelps Ward desafían el rol tradicional de la mujer en la sociedad de la época, convirtiéndose así en verdaderos ejemplos del feminismo en aquellos años.

En esta sección iremos analizando todos los relatos y novelas de Elizabeth Stuart Phelps Ward.




Elizabeth Stuart Phelps Ward: obras completas:
  • Desde que morí (Since I Died)
  • El fantasma de Kentucky (Kentucky’s Ghost)
  • Adelántate (Come Forth)
  • Calico (Calico)
  • Canciones del mundo silencioso (Songs of the Silent World)
  • Cercado (Hedged In)
  • ¿Cuál era el problema? (What Was the Matter?)
  • Doctor Zay (Doctor Zay)
  • Donald Marcy (Donald Marcy)
  • Elaine y Elaine (Elaine and Elaine)
  • El ángel de la alegría (The Angel Joy)
  • El ángel sobre el hombro derecho (The Angel Over the Right Shoulder)
  • El compañero silencioso (The Silent Partner)
  • El día de mi muerte (The Day of my Death)
  • El diez de enero (The Tenth of January)
  • El ídolo de Ellen (Ellen's Idol)
  • El paraíso de una vieja doncella (An Old Maid's Paradise)
  • El pequeño Tommy Tucker (Little Tommy Tucker)
  • El piadoso trabajo de Gliddon (Mercy Gliddon's Work)
  • Los suministros en San Agetha (The Supply at Saint Agetha's)
  • Emparedada (Walled in)
  • En el gótico gris (In the Gray Goth)
  • Entre las puertas (Between the Gates)
  • Eurídice (Eurydice)
  • Galatea (Galatea)
  • Ginebra (Guinevere)
  • Gitano Breyton (Gypsy Breynton)
  • Guardias nocturnas (Night-Watches)
  • Hombres, mujeres y fantasmas (Men, Women, and Ghosts)
  • Jack, el pescador (Jack the Fisherman)
  • La dama de Shalott (The Lady of Shalott)
  • La historia de Avis (The Story of Avis)
  • La historia de Jesús el Cristo (The Story of Jesus Christ)
  • La lucha por la inmortalidad (The Struggle fot Immortality)
  • La presencia (The Presence)
  • La primera Navidad separados (The First Christmas Apart)
  • Las puertas entornadas (The Gates Ajar)
  • Las Navidades de sir Galahad (The Christmas of Sir Galahad)
  • La verdadera historia de Ginebra (The True Story of Guenever)
  • Lo que hay que vestir (What to Wear)
  • Los camaradas invisible (The Unseen Comrades)
  • Más allá de las puertas (Beyond the Gates)
  • Más fuerte que la muerte (Stronger than Death)
  • Número 13 (Number 13)
  • Sin noticias (No News)
  • Toda la familia (The Whole Family)
  • Trixy (Trixy)
  • Una vida singular (A Singular Life)
  • Uno de los elegidos (One of the Elect)
  • Un sueño dentro de un sueño (A Dream Within a Dream)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Elizabeth Stuart Phelps Ward: novelas y relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Inextinguible»: Delmira Agustini; poema y análisis.


«Inextinguible»: Delmira Agustini; poema y análisis.




Inextinguible (Inextinguible) es un poema de amor de la escritora uruguaya Delmira Agustini (1886-1914), publicado en la antología de 1913: Los cálices vacíos.

Inextinguible es considerado como uno de los mejores poemas de Delmira Agustini.






Inextinguible.
Inextinguible, Delmira Agustini (1886-1914)

¡Oh tú que duermes tan hondo que no despiertas!
Milagrosas de vivas, milagrosas de muertas,
Y por muertas y vivas eternamente abiertas,
Alguna noche en duelo yo encuentro tus pupilas
Bajo un trapo de sombra o una blonda de luna.
Bebo en ellas la Calma como en una laguna.
Por hondas, por calladas, por buenas, por tranquilas
Un lecho ó una tumba parece cada una.

Delmira Agustini (1886-1914)




Poemas de Delmira Agustini. I Poemas góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del poema de Delmira Agustini: Inextinguible (Inextinguible) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elepejogotico@gmail.com

«Un anarquista»: Joseph Conrad; relato y análisis.


«Un anarquista»: Joseph Conrad; relato y análisis.




Un anarquista (An Anarchist) es un relato fantástico del escritor británico Joseph Conrad, publicado en 1906.

Un anarquista es considerado por muchos como uno de los cuentos de Joseph Conrad más innovadores.






Un anarquista.
An Anarchist, Joseph Conrad (1857-1924)

Aquel año pasé dos meses de la estación seca en una de las haciendas –en realidad, la princi pal hacienda ganadera– de una famosa compañía fabricante de extracto de carne. BOS. Ya habrán visto ustedes estas tres letras mágicas en las páginas de anuncios de las revistas y periódicos, en los escaparates de las tiendas de comestibles y en los calendarios del próximo año que se reciben por correo en el mes de noviembre. También se reparten folletos, es critos en un estilo de un empalagoso entusiasmo y en varias lenguas, con estadísticas sobre ma taderos y efusiones de sangre que bastarían por sí mismos para hacer desmayar a un turco. El «arte» que ilustra esta «literatura» representa, en vividos y brillantes colores, la estampa de un toro negro, grande y bravo, encima de una ser piente amarilla que se retuerce entre la hierba verde esmeralda, con un cielo azul cobalto al fondo. Es atroz y alegórico. La serpiente simbo liza la enfermedad, la debilidad, quizá simple mente el hambre, que después de todo es la enfermedad crónica de la mayoría de los seres hu manos. Por supuesto, todos conocen a BOS, S.A. y sus incomparables productos: Vinobos, Jellybos, y la última e impar maravilla, Tribos, ali mento que no sólo se ofrece altamente concen trado, sino además semidigerido. Tal es, al pa recer, el amor que la compañía siente hacia su prójimo: como el amor de los pingüinos machos y hembras por sus hambrientas crías.

Lógicamente, el capital de un país debe estar colocado de un modo productivo. No tengo nada que decir en contra de la compañía. No obstan te, puesto que yo también estoy animado por sentimientos de afecto hacia mi prójimo, el mo derno sistema de publicidad me entristece. Por más que evidencie el espíritu de empresa, el inge nio, la desenvoltura y los recursos de ciertos individuos, para mí es la prueba del absoluto predominio de esa forma de degradación men tal que se llama credulidad. En diversas partes del mundo civilizado e inci vilizado he tenido que tragar los productos BOS con más o menos provecho aunque con escaso placer. Preparado con agua caliente y sazonado con abundante pimienta para resaltar el gusto, el extracto no resulta del todo desagradable. Pero nunca he podido soportar sus anuncios. Quizá no hayan ido lo bastante lejos. Por lo que recuerdo, no prometen la eterna juventud a los consumidores de BOS, ni han atribuido todavía a sus estimables productos la facultad de resucitar a los muertos. ¿Por qué esta austera reser va, me pregunto? Pero creo que ni con eso llegarían a convencerme. Si alguna forma de de gradación mental estoy sufriendo (como huma no que soy), no es en cualquier caso la popular. Yo no soy crédulo.

Mucho me he esforzado en hacer esta acla ración acerca de mi persona en vistas a la his toria que sigue a continuación. He comprobado los hechos en la medida de lo posible. He con sultado los archivos de los periódicos fran ceses y también hablé con el oficial que está al mando de la guardia militar de la Ile Royale cuando en el curso de mis viajes visité Cayena. Creo que la historia es cierta en líneas genera les. Es una de esas historias que ningún hom bre, creo yo, inventaría jamás sobre sí mismo, ya que no es ni grandiosa ni lisonjera, ni siquie ra lo suficientemente divertida como para hala gar a una vanidad pervertida.

La historia atañe al mecánico del vapor per teneciente a la hacienda ganadera que en Marañón tiene la BOS, S.A. Esta hacienda es también una isla, una isla tan grande como una pequeña provincia, situada en el estuario de un gran río de Sudamérica. Es agreste, aunque no hermosa, y la hierba que crece en sus llanuras es al pare cer de un excepcional poder nutritivo y propor ciona a la carne un gusto exquisito. En el aire resuena el mugido de innumerables manadas, un sonido profundo y lastimero bajo el cielo despejado, que se eleva como una monstruosa pro testa de prisioneros condenados a muerte. En tierra firme, separada por veinte millas de aguas descoloridas y turbias, hay una ciudad cuyo nombre, digamos, es Horta.

Pero la característica más interesante de esta isla (que parece una especie de establecimiento penitenciario para ganado condenado) consiste en que es el único habitat conocido de una es pléndida mariposa, sumamente rara. Esta espe cie es aún más rara que bella, lo que ya es decir. Ya aludí antes a mis viajes. En aquella época yo vivía entregado a los viajes, pero estricta mente por placer y con una moderación desco nocida en nuestros días de viajes alrededor del mundo. Incluso viajaba con un propósito deter minado. En honor a la verdad, soy «¡Ja, ja, ja! un furioso asesino de mariposas. ¡Ja, ja, ja!.

Ese era el tono en que míster Harry Gee, ge rente de la explotación ganadera, aludía a mis aficiones. Parecía considerarme la cosa más ab surda del mundo. Por otra parte, la BOS, S.A. representaba para él la cima de las realizaciones del siglo XIX. Creo que dormía con las polainas y las espuelas puestas. Pasaba los días sobre su silla de montar, galopando por las llanuras, se guido de un tropel de jinetes semisalvajes que le llamaban don Enrique y no tenían una idea clara de lo que era la BOS, S.A. que pagaba sus salarios. Era un magnífico gerente, pero, no sé por qué, cuando nos encontrábamos a la hora de comer, me daba una palmada en la espal da mientras inquiría ruidosa y burlonamente: «¿Cómo se le ha dado hoy el mortal deporte? ¿Sigue con sus mariposas? ¡Ja, ja, ja! sobre todo teniendo en cuenta que me cobraba dos dólares diarios por hospedarme en la BOS, S.A. (capital de 1.500.000 £ totalmente desembolsa do), dinero incluido sin ninguna duda en el ba lance de aquel año. «No creo que pueda hacer nada menos justo con mi compañía», observó con gran gravedad, mientras conveníamos las condiciones de mi estancia en la isla.

Su zumba habría resultado bastante inofen siva si la intimidad de nuestro trato, careciendo de todo sentimiento amistoso, no hubiera sido algo detestable de por sí. Y más aún, sus chistes no eran muy graciosos. Consistían en la aburri da repetición de frases descriptivas aplicadas a la gente mientras se carcajeaba. «Furioso asesi no de mariposas. ¡Ja, ja, ja!» era una muestra de ese ingenio peculiar que a él tanta gracia le hacía. Y esa misma vena de humor exquisito hizo que llamara mi atención sobre el mecánico del vapor, cierto día, mientras paseábamos por el sendero que bordeaba la ensenada.

La cabeza y los hombros del mecánico sur gieron por encima de la cubierta, sobre la que estaban esparcidas varias de sus herramientas de trabajo y unas pocas piezas de maquinaria. Estaba reparando las máquinas. Ante el ruido de nuestras pisadas levantó ansiosamente su cara tiznada de barbilla puntiaguda y con un pequeño bigote rubio. Cuanto podía verse de sus delicados rasgos bajo el tizne negro me pareció estar consumido y lívido, en medio de la sombra verdosa del enorme árbol que extendía su folla je sobre el barco amarrado cerca de la orilla. Ante mi gran sorpresa, Harry Gee se dirigió a él llamándole Cocodrilo, en tono medio bur lón y fanfarrón característico de su deleitable autosatisfacción:

–¿Cómo va el trabajo, Cocodrilo? Hubieran tenido que avisarme con anteriori dad de que el amable Harry había aprendido en alguna parte –en cualquier colonia– un extraño francés que pronunciaba con una precisión forza da y desagradable aun cuando quisiera darle una expresión burlona a cuanto decía. El hombre del barco le contestó rápidamente con voz agradable. Sus ojos tenían una dulzura líquida y sus dien tes, de una deslumbrante blancura, centelleaban entre sus finos labios caídos. El gerente se vol vió hacia mí, jovial y chillón, para explicarme: –Le llamo Cocodrilo porque vive indistinta mente dentro y fuera de la ensenada. Como un anfibio, ¿comprende? En la isla no hay otros anfibios que los cocodrilos; así es que debe per tenecer a esa especie, ¿eh? Pero en realidad es nada menos que un citoyen anarchiste de Barcelone.
–¿Un ciudadano anarquista de Barcelona? –repetí, estúpidamente, mirando a aquel hombre. Había vuelto a su trabajo en la máquina del barco y nos daba la espalda. En esta actitud, le oí protestar claramente:
–Ni siquiera sé español.
–¿Eh? ¿Qué dice? ¿Se atreve a negar que viene de allí? –dijo el gerente encarándosele cruelmente.

Ante esto el hombre se enderezó, dejando caer la llave que había estado usando, y nos miró; pero un temblor recorría todo su cuerpo.

–¡No niego nada, nada, absolutamente nada! –dijo con gran excitación.
Recogió la llave y prosiguió trabajando sin prestarnos más atención. Tras observarle duran te uno o dos minutos, nos marchamos.
–¿Es realmente un anarquista? –le pregun té, cuando era imposible ya que nos oyera.
–Me importa un bledo lo que sea –contestó el chistoso funcionario de la BOS, S.A.– Le llamo así porque me conviene darle ese nombre. Es bueno para la compañía.
–¡Para la compañía! –exclamé deteniéndo me de sopetón.
–¡Aja! –dijo triunfante ladeando su cara de perro barbilampiño, plantado sobre sus largas y delgadas piernas–. Le sorprende, ¿no? Estoy obli gado a hacer lo mejor por mi compañía. Tiene unos gastos enormes. Nuestro agente en Horta me ha dicho que gasta cincuenta mil libras al año en publicidad en todo el mundo. No se puede hacer economías durante las exhibiciones. Pues bien, escuche. Cuando me hice cargo de la ha cienda, no teníamos el vapor. Pedí uno, una y otra vez, en cada carta, hasta que lo conseguí; pero el hombre que mandaron con él se largó al cabo de dos meses, dejando la lancha atracada en el pontón de Horta. Consiguió un trabajo mejor en una serrería, río arriba, ¡maldito sea! Y a partir de entonces siempre pasaba lo mismo. Cualquier vagabundo escocés o yanqui que se dice mecánico cobra dieciocho libras al mes y la siguiente cosa de la que uno se entera es que se ha largado, tras causar quizás algún destrozo. Le doy mi palabra de que algunos de los tipos que he tenido como maquinistas no sabían distinguir la caldera de la chimenea. Pero éste conoce su oficio y no creo que quiera largarse. ¿Entiende? Y me golpeó ligeramente en el pecho para dar mayor énfasis a sus palabras. Pasando por alto sus peculiares modales, quise saber qué tenía que ver todo eso con que el hombre fuera un anar quista.
–¡Mire! –se burló el gerente–. Si usted vie ra, de pronto, a un hombre descalzo, despeinado, escondiéndose entre los matorrales de las orillas de la costa de la isla y, al mismo tiempo, obser vara a menos de una milla de la playa una pe queña goleta llena de negros virando de repente, no iría a creer que el hombre había caído del cielo, ¿verdad? Y no podía provenir más que de allí o de Cayena. Conservé la calma. En cuan to vi ese curioso juego, me dije: «Presidiario fugitivo.» Estaba tan seguro de eso como de que está usted aquí ahora mismo. De modo que ca balgué directamente hacia él. Permaneció de pie durante un instante sobre un montículo de arena, gritando: «Monsieur! Monsieur! Arrétez!» Luego, en el último momento, cambió de opinión y salió corriendo. Yo me dije: «Te domaré antes de en tendérmelas contigo.» Así que, sin decir una pa labra, le seguí, cortándole el paso en todas di recciones. Le alcancé en la playa y, por fin, le acorralé en una punta, con el agua a los tobillos y con sólo el mar y el cielo a su espalda, mien tras mi caballo piafaba en la arena y sacudía la cabeza a una yarda de él.

«Cruzó los brazos sobre el pecho y alzó la barbilla en una especie de gesto de desespera ción; pero yo no me dejé impresionar por la actitud de aquel bribón.
«–Eres un convicto fugitivo –le dije.
«Cuando me oyó hablar en francés, bajó su barbilla y mudó la expresión de su rostro.
»–No niego nada –me dijo, jadeando, por que le había hecho correr delante de mi caballo durante un buen rato. Le pregunté qué hacía allí. En ese momento ya había recobrado el alien to y me explicó que pretendía dirigirse hacia una granja que, según había oído (a la gente de la goleta, supongo), se encontraba por allí cerca. Ante eso me eché a reír estrepitosamente y él se inquietó ¿Le habían engañado? ¿No había una granja cerca de allí?

»Me reí aún más ruidosamente. Iba a pie y, sin duda, la primera manada de ganado que se hubiera cruzado le habría hecho trizas bajo sus pezuñas. Un hombre a pie atrapado en los pastizales no tiene ni la más remota posibilidad de escapar.

»–El que llegara yo le ha salvado ciertamen te la vida –le dije. Él comentó que quizá fuera cierto; pero que él había pensado que quería aplastarle bajo los cascos de mi caballo.
»Le aseguré que nada hubiera sido más fácil para mí de haberlo querido. Y entonces llega mos a una especie de punto muerto. A fe mía que no había nada que hacer con ese presidiario, a no ser arrojarlo al mar. Se me ocurrió pre guntarle qué le había llevado hasta allí. Movió la cabeza.
»–¿Qué fue? –le dije–. ¿Hurto, asesinato, violación, o qué?
«Quería oír de sus propios labios lo que tu viera que decir, aunque, por supuesto, esperaba que fuera alguna mentira. Pero todo cuanto dijo fue:
»–Haga lo que quiera. No niego nada. No es bueno negar.
»Le miré detenidamente y entonces me asaltó un pensamiento.
»–Han mandado anarquistas allí también –le dije–. Quizá eres uno de ellos.
»–No niego nada de nada, monsieur –re pitió.

»Esta respuesta me hizo pensar que quizá no fuese un anarquista. Creo que esos condenados lunáticos están más bien orgullosos de sí mis mos. Si hubiera sido uno de ellos, probablemen te lo habría confesado abiertamente.

»–¿Qué eras antes de convertirte en un pre sidiario?
–Ouvrier –dijo–. Y un buen obrero ade más.

»Ante estas palabras, comencé a pensar que debía ser un anarquista, después de todo. Esta es la clase de la que provienen casi todos, ¿no? Odio a esos salvajes que arrojan bombas cobar demente. Casi pensé en dar media vuelta a mi caballo y dejarle morir de hambre o ahogarse allí mismo como él quisiera. Si pretendía cruzar la isla para molestarme de nuevo, el ganado daría buena cuenta de él. No sé qué me indujo a preguntarle:

»–¿Qué clase de obrero?
»No me importaba gran cosa que contestara o no. Pero cuando, inmediatamente, dijo "Mécanicien, monsieur", casi salté de la silla de exci tación. La lancha había permanecido estropeada y ociosa en la ensenada durante tres semanas. Mi deber hacia la compañía estaba claro. El también notó mi sobresalto y durante un mi nuto o dos permanecimos mirándonos de hito en hito como hechizados.
«–Monta a la grupa de mi caballo –le dije–. Pondrás mi barco en condiciones.

En estos términos el digno gerente de la hacienda del Marañón me relató la llegada del supuesto anarquista. Pretendía que se quedara allí –movido de un sentimiento del deber hacia la compañía– y el nombre que le había dado le impediría conseguir ningún empleo en Horta. Los vaqueros de la hacienda, cuando fueran allí de permiso, lo difundirían por toda la ciudad. No sabían qué era un anarquista, ni lo que sig nificaba Barcelona. Le llamaban Anarquisto de Barcelona, como si fuera su nombre y apellido. Pero la gente de la ciudad leía en los periódicos noticias de los anarquistas europeos y estaba muy impresionada. En cuanto a la jocosa cole tilla «de Barcelona», míster Harry Gee se reía con inmensa satisfacción. «Los de esa raza son especialmente sanguinarios, ¿no? Eso hace que la gente de la serrería se sienta aterrorizada ante la idea de tener algo que ver con él, ¿compren de? –se regocijaba cándidamente–. Con este nombre le tengo más sujeto que si tuviera una pierna encadenada a la cubierta del barco.»

–Y observe –añadió, tras una pausa– que no lo niega. En cualquier caso, no cometo con él ninguna injusticia. Es un presidiario, de todos modos.
–Pero supongo que le pagará un salario, ¿no? –le pregunté.
–¡Un salario! ¿Para qué quiere dinero aquí? Consigue comida en mi cocina y ropa en el alma cén. Por supuesto, le daré algo al final del año, pero ¿no pensará usted que voy a dar trabajo a un presidiario y a pagarle lo mismo que le daría a un hombre honrado? Yo miro ante todo por los intereses de mi compañía.

Admití que una compañía que gastaba cincuen ta mil libras al año en publicidad necesitaba obviamente la más estricta economía. El gerente de la estancia de Marañón emitió un gruñido de aprobación.

–Y le diré –continuó– que si estuviera se guro de que es un anarquista y tuviera la cara dura de pedirme dinero, le daría un buen pun tapié. Sin embargo, le concedo el beneficio de la duda. Estoy totalmente dispuesto a creer que no ha hecho nada peor que clavarle un cuchillo a alguien –en circunstancias atenuantes– al estilo francés, ya sabe. Pero esa estupidez sub versiva y sanguinaria de suprimir la ley y el orden en el mundo hace que me hierva la sangre. Con eso no hacen sino darle la razón a las per sonas decentes, respetables y trabajadoras. Le diré que la gente que tiene conciencia, como usted y como yo, debe estar protegida de alguna forma; si no, el más despreciable de los picaros que andará suelto por ahí sería en todos los aspectos tan bueno como yo. ¿No es cierto? ¡Y eso es absurdo!

Me miró. Sacudí ligeramente la cabeza y mur muré que sin duda había muchas verdades suti les en su punto de vista. La principal verdad perceptible en el punto de vista de Paul, el mecánico, era que cosas muy pequeñas pueden labrar la ruina de un hombre.

–Il ne faut pas beaucoup pour perdre un homme –me dijo, pensativo, una tarde.

Cito esta reflexión en francés porque el hom bre era de París, y no de Barcelona. En Mar anón vivía lejos de la casa, en un pequeño cobertizo de techo metálico y paredes de paja al que él llamaba mon atelier. Tenía allí un banco de tra bajo. Le habían dado varias mantas de caballo y una silla, no porque tuviera jamás ocasión de cabalgar, sino porque los peones, que eran todos vaqueros, no usaban otro lecho. Y sobre estos arneses, como un hijo de las praderas, solía dormir entre los instrumentos propios de su oficio, en una litera de hierro roñoso, con una fragua portátil sobre su cabeza, bajo el banco de trabajo que sostenía su mugriento mosqui tero.

De vez en cuando le llevaba unos pocos cabos de vela procedentes de las escasas provisiones de la casa del gerente. Me estaba muy agrade cido por ello. No le gustaba permanecer despier to en la obscuridad, me confesó. Se quejaba de que el sueño le huía. «Le sommeil me fuit», declaraba, con su habitual aire de manso estoicis mo, que le hacía simpático y conmovedor. Le hice saber que no prestaba excesiva importancia al hecho de que hubiera sido un presidiario. Así fue como una tarde se sintió inclinado a hablar de sí mismo. Uno de los cabos de vela colocado en una esquina del banco estaba a punto de apagarse, y se apresuró a encender otro.

Había hecho el servicio militar en una guar nición de provincias y luego regresó a París para seguir trabajando en su oficio. Estaba bien pa gado. Me contó con orgullo que durante un breve tiempo estuvo ganando por los menos diez francos diarios. Pensaba establecerse por su cuenta poco después y casarse. Al llegar a este punto suspiró profundamente e hizo una pausa. Luego recobró su aire estoico:

–Parece ser que no me conocía lo suficiente.
El día que cumplió veintiocho años, dos de sus amigos del taller de reparaciones donde tra bajaba le propusieron invitarle a cenar. Se sintió enormemente conmovido por la atención.
–Era un hombre serio –observó–, pero no soy por eso menos sociable que otros.

El festejo se celebró en un pequeño café del Boulevard de la Chapelle. Con la cena tomaron un vino especial. Era excelente. Todo era exce lente; y el mundo –según sus propias pala bras– parecía un buen lugar para vivir. Tenía buenas perspectivas, algún dinero ahorrado, y el afecto de dos excelentes amigos. Se ofreció a pa gar todas las bebidas después de cenar, lo que era justo por su parte. Bebieron más vino; también licores, coñac, cerveza, y luego más licores y más coñac. Dos desconocidos que estaban sentados en la mesa de al lado le miraron, me dijo, con tanta cor dialidad, que les invitó a unirse a la fiesta. Nunca había bebido tanto en su vida. Su alegría era extremada y tan agradable que cuan do decaía se apresuraba a pedir más bebidas. –Me parecía –me dijo con su tono tranqui lo, mirando al suelo en el lóbrego cobertizo cu bierto de sombras– que estaba a punto de al canzar una felicidad grande y maravillosa. Otro trago, pensaba, y lo conseguiría. Los otros me acompañaban, vaso tras vaso.

Pero sucedió algo extraordinario. Algo que dijeron los desconocidos hizo que su alegría se disipara. Lóbregas ideas –des idees noires– se agolparon en su mente. Todo el mundo fuera del café le pareció un lugar obscuro y malo, donde una multitud de pobres desgraciados te nían que trabajar como esclavos con el solo fin de que unos pocos individuos pudieran pasear en coche y vivir desenfrenadamente en palacios. Se quedó avergonzado de su felicidad. La piedad por la suerte cruel de la humanidad inundó su corazón. Con una voz sofocada por el dolor trató de expresar estos sentimientos. Creo que lloraba y maldecía alternativamente.

Sus dos nuevos amigos se apresuraron a aplaudir su humana indignación. Sí. La mucha injusticia que había en el mundo era realmente escandalosa. Sólo había una forma de acabar con esta sociedad podrida. Demoler toda la sacrée boutique. Hacer saltar por los aires todo este inicuo espectáculo. Sus cabezas revoloteaban sobre la mesa. Le susurraban palabras elocuentes; no creo que ellos mismos esperaran el resultado. Estaba muy borracho, completamente borracho. Con un au llido de rabia saltó de pronto encima de la mesa. Dando puntapiés a las botellas y a los vasos, gritó: «Vive l'anarchie! ¡Muerte a los capitalis tas!» Lo gritó una y otra vez. A su alrededor caían vasos rotos, se blandían sillas en el aire, la gente se cogía por la garganta. La policía irrum pió en el café. Él golpeó, mordió, arañó y luchó, hasta que algo se estrelló contra su cabeza... Volvió en sí en una celda de la policía, encar celado bajo la acusación de asalto, gritos sedi ciosos y propaganda anarquista. Me miró fijamente con sus ojos líquidos y brillantes, que parecían muy grandes en la luz mortecina.

–Aquello estaba feo. Pero aun así, podría haberme librado, quizá –dijo lentamente.

Lo dudo. Pero toda posibilidad se esfumó a causa del joven abogado socialista que se ofreció a hacerse cargo de su defensa. En vano le aseguró que no era anarquista; que era un tranquilo y respetable mecánico deseoso de tra bajar diez horas al día en su oficio. Fue presen tado en el juicio como una víctima de la socie dad, y sus gritos de borracho como la expresión de su infinito sufrimiento. El joven abogado tenía que hacer carrera y este caso era justo lo que deseaba para empezar. El alegato de la defensa fue magnífico. El pobre hombre hizo una pausa, tragó sa liva y declaró:

–Fui condenado a la pena máxima aplicable a un primer delito.
Emití un murmullo apropiado a las circuns tancias. Él agachó la cabeza y se cruzó de brazos. –Cuando me soltaron –comenzó, suavemen te–, fui corriendo a mi antiguo taller, natural mente. Mi patrón sentía especial simpatía por mí antes; pero cuando me vio se puso lívido de terror y me mostró la puerta con mano tem blorosa.

Mientras permanecía en la calle, inquieto y desconcertado, fue abordado por un hombre de mediana edad, que se presentó como ajustador mecánico, también. «Sé quién eres –dijo–. Asis tí a tu juicio. Eres un buen camarada y tus ideas son firmes. Pero lo malo de esto es que no conseguirás trabajo en ninguna parte ahora. Estos burgueses se confabularán para que te mueras de hambre. Eso es lo que hacen siempre. No esperes clemencia del rico.» Estas amables palabras en la calle le reconfortaron mucho. Era al parecer de esa clase de gente que necesita apoyo y simpatía. La idea de no poder conseguir trabajo le había trastor nado completamente. Si su patrón, que le cono cía tan bien y sabía que era un obrero tran quilo, obediente y competente, no había querido saber nada de él, los demás tampoco lo harían. Era evidente. La policía, que no le quitaba el ojo de encima, se apresuraría a poner en ante cedentes a cualquier patrón tentado de darle una oportunidad. De pronto se sintió impotente, alarmado e inútil. Siguió al hombre de mediana edad hasta el estaminet de la esquina, donde se encontraron con otros buenos compañeros. Le aseguraron que no le dejarían morir de ham bre, con trabajo o sin él. Bebieron y brindaron por la derrota de todos los patronos y por la destrucción de la sociedad.

Se sentó mordisqueando su labio inferior.
–Así fue como me convertí en un compagnon, monsieur –dijo. La mano que se pasó por la frente temblaba– A pesar dé todo, hay algo que no marcha en un mundo donde un hombre puede perderse por un vaso más o menos.
Siguió con la vista baja, aunque yo podía ver que cada vez se excitaba más en su abatimiento. Dio una palmada en el banco con la mano abierta.
–No –gritó–. ¡Era una existencia imposi ble! Vigilado por la policía, vigilado por los camaradas, yo ya no era dueño de mí mismo. ¡Ni siquiera podía sacar unos pocos francos de mis ahorros del banco sin que un camarada se aso mara a la puerta para comprobar que no me escapaba! Y la mayoría de ellos eran ni más ni menos que ladrones. Los inteligentes, quiero decir. Robaban al rico; no hacían más que re cuperar lo que era suyo, decían. Cuando había bebido, les creía. También había tontos y locos. Des exaltes, quoi! Cuando había bebido, les quería. Cuando aún estaba más bebido, me ponía furioso con el mundo. Eran los mejores momen tos. Encontraba refugio de la miseria en la rabia. Pero no se puede estar siempre borracho, n'est-ce pas, monsieur? Y cuando estaba sobrio, temía romper con ellos. Me habrían matado como a un cerdo.

Se cruzó otra vez de brazos y levantó su barbilla afilada con una sonrisa amarga.

–Pronto empezaron a decirme que ya era hora de que me pusiera a trabajar. El trabajo consistía en robar un banco. Luego lanzarían una bomba para destruir el lugar. Mi papel, como principiante, sería vigilar la calle de atrás y cuidar de un saco negro con la bomba dentro hasta que fuera preciso. Después de la reunión en que se decidió el asunto, un camarada de confianza me seguía a todas partes. No me atreví a protestar; temía que me mataran tranquila mente allí mismo; sólo una vez, mientras pa seábamos juntos, me pregunté si no sería mejor que me lanzara al Sena. Pero mientras daba vueltas a la idea, ya habíamos cruzado el puente y luego no tuve oportunidad de hacerlo.

A la luz de la vela, con sus rasgos afilados, su bigotillo esponjoso y su rostro ovalado, pa recía unas veces delicada y tiernamente joven, y otras parecía muy viejo, y decrépito, apesa dumbrado, apretando sus brazos cruzados contra el pecho. Como permanecía callado, me sentí obligado a preguntar:

–¡Bueno! ¿Y cómo acabó?
–Deportación a Cayena –contestó.

Parecía creer que alguien había denunciado el plan. Mientras permanecía vigilado en la calle de atrás, con el saco en la mano, fue atacado por la policía. «Esos imbéciles» le pusieron fuera de combate sin darse cuenta de lo que tenía en la mano. Se preguntaba cómo era que la bomba no había explotado al caer. Pero el caso es que no explotó.

–Traté de contar mi historia ante el tribu nal –continuó–. El presidente se divirtió mu cho. Hubo en la sala algunos idiotas que se rieron.

Le expresé la esperanza de que algunos de sus compañeros hubieran sido apresados tam bién. Se estremeció levemente antes de decirme que fueron dos: Simon, apodado Biscuit, el ajus tador de mediana edad que le habló en la calle, y un tipo llamado Mafile, uno de los simpáticos desconocidos que aplaudieron sus palabras y consolaron su dolor humanitario cuando se embo rrachó en el café.

–Sí –prosiguió con esfuerzo–, pude disfru tar de su compañía allí, en la isla de San José, entre otros ochenta o noventa presidiarios. Es tábamos todos clasificados como peligrosos.

»La isla de San José es la más bella de las Iles de Salut. Es rocosa y verde, con pequeños barrancos, matorrales, arbustos, bosquecillos de mangos y muchas palmeras de hojas como plu mas. Seis guardianes armados con revólveres y carabinas están encargados de los presidiarios allí encerrados. Una galera de ocho remos mantiene comu nicada durante el día a la He Royale, al otro lado de un canal de un cuarto de milla de an chura, donde hay un puesto militar. Hace el primer viaje a las seis de la mañana. A las cuatro de la tarde termina el servicio y entonces es atracada en un pequeño muelle de la He Royale, donde, junto a otros pequeños barcos, quedan bajo la vigilancia de un centinela. Desde ese mo mento y hasta la mañana siguiente, la isla de San José permanece incomunicada del resto del mundo, mientras los guardianes patrullan por turnos por el camino que va de su casa a las cabañas de los presidiarios y una multitud de tiburones patrulla por el agua. En estas circunstancias, los presidiarios pla nearon un motín. Esto era algo desconocido en la historia del penal. Pero su plan no dejaba de tener algunas posibilidades de éxito. Los guar dianes serían cogidos por sorpresa y asesinados durante la noche. Sus armas permitirían a los presidiarios disparar contra los tripulantes de la galera cuando repostara por la mañana. Una vez en posesión de la galera, capturarían otros barcos y todos ellos se alejarían remando de la costa.

»Al anochecer, los dos guardianes de servicio pasaron revista a los presidiarios, como de cos tumbre. Luego procedieron a inspeccionar las cabañas para asegurarse de que todo estaba en orden. En la segunda cabaña en la que entraron fueron abatidos y ahogados bajo la multitud de asaltantes. El crepúsculo se extinguió rápidamen te. Había luna nueva; y los pesados y negros nubarrones que se cernían sobre la costa aumen taban la profunda obscuridad de la noche. Los presidiarios se reunieron al aire libre, deliberan do sobre el próximo paso que darían y discutien do entre ellos en voz baja:

–¿Usted tomó parte en todo esto? –le pre gunté.
–No. Sabía, por supuesto, lo que iban a hacer. Pero ¿por qué iba a matar yo a esos guardianes? No tenía nada contra ellos. Y al mismo tiempo me aterrorizaban los demás. Pasara lo que pa sara, no podría escapar de ellos. Me senté, solo, en el tocón de un árbol, con la cabeza entre las manos, angustiado ante el pensamiento de una libertad que para mí no podía ser sino una burla. De pronto me asusté al percibir la figura de un hombre en el camino, cerca de donde yo me encontraba. Estaba de pie, inmóvil; luego su silueta se desvaneció en la noche. Debía de ser el jefe de los guardianes que iba a ver lo que les había ocurrido a sus hombres. Nadie reparó en él. Los presidiarios siguieron discu tiendo sus planes. Los cabecillas no conseguían ser obedecidos. El feroz cuchicheo de esa obscura masa de hombres era realmente horrible. Finalmente, se dividieron en dos grupos y se alejaron. Cuando hubieron pasado, me levanté, cansado e impotente. El camino hacia la casa de los guardianes estaba obscuro y silencioso, pero a ambos lados de los matorrales susurraban le vemente. Al poco rato, vi un débil rayo de luz ante mí. El jefe de los guardianes, seguido de tres de sus hombres, se acercaba cautelosamente. Pero no había cerrado bien su linterna. Los pre sidiarios vieron también el débil destello. Se oyó un grito terrible y salvaje, un tumulto en el obscuro camino, disparos, golpes, gemidos: y entre el ruido de los matorrales aplastados, las voces de los perseguidores y los gritos de los persegui dos, la caza del hombre, la caza del guardián, pasó junto a mí y se dirigió hacia el interior de la isla. Estaba solo. Y le aseguro, monsieur, que todo me era indiferente. Tras permanecer allí durante un rato, eché a andar a lo largo del camino hasta que tropecé con algo duro. Me detuve y recogí el revólver de un guardián. Comprobé con mis dedos que tenía cinco balas en la recámara. Entre las ráfagas de viento oí a los presidiarios llamándose allá lejos; luego el re tumbo de un trueno cubrió el murmullo de los árboles. De pronto, un fuerte resplandor se cruzó en mi camino, a lo largo del suelo. Pude ver una falda femenina y el borde de un delantal.

»Imaginé que la persona que los llevaba sería la mujer del jefe de los guardianes. Se habían olvidado de ella, al parecer. Sonó un disparo en el interior de la isla y ella ahogó un grito mien tras echaba a correr. La seguí y pronto la vi de nuevo. Estaba tirando de la cuerda de la gran campana que cuelga junto al embarcadero, con una mano, mientras que con la otra columpia ba la linterna de un lado a otro. Era la señal convenida para requerir la ayuda de la He Ro yale durante la noche. El viento se llevaba el sonido desde nuestra isla y la luz que colum piaba quedaba oculta por los pocos árboles que crecían junto a la casa de los guardianes. Me acerqué a ella por detrás. Seguía sin parar, sin mirar atrás, como si hubiese estado sola en la isla. Una mujer valiente, monsieur. Puse el revólver dentro de mi blusa azul y es peré. Un relámpago y un trueno apagaron la luz y el sonido de su señal durante un momento, pero ella no vaciló; siguió tirando de la cuerda y columpiando la linterna con la regularidad de una máquina. Era una mujer bien parecida, de no más de treinta años. Pensé para mí: "Esto no es bueno en una noche como ésta." Y me dije que si alguno de mis compañeros presidia rios bajaba al embarcadero –lo que sin duda sucedería pronto– le dispararía a ella un tiro en la cabeza antes de matarme. Conocía bien a los "camaradas". Esta idea me devolvió el in terés por la vida, monsieur; e inmediatamente, en lugar de permanecer estúpidamente en el muelle, me retiré a poca distancia de allí y me agaché detrás de un arbusto. No quería que sal taran sobre mí de improviso y me impidieran quizá prestar un servicio supremo al menos a un ser humano antes de morir a mi vez.

»Pero es de suponer que alguien vio la señal, porque la galera volvió de He Royale en un tiempo asombrosamente corto. La mujer perma neció de pie hasta que la luz de su linterna ilu minó al oficial en jefe y las bayonetas de los soldados que iban en el barco. Entonces se sentó en el suelo y comenzó a llorar. Ya no me necesitaba. No me moví de allí. Algunos soldados estaban en mangas de camisa, a otros les faltaban las botas, tal como la llama da a las armas les había cogido. Pasaron corrien do a paso ligero junto a mi arbusto. La galera había regresado en busca de refuerzos; la mujer seguía sentada, sola, llorando, al final del muelle, con la linterna a su lado en el suelo. Entonces, de pronto, vi gracias a su luz, al final del muelle, los pantalones rojos de otros dos hombres. Me quedé estupefacto. Ellos también salieron corriendo. Sus blusas desabrocha das revoloteaban a su alrededor y llevaban la cabeza descubierta. Uno de ellos dijo, jadeando, al otro:

»–¡Sigue, sigue!

»Me pregunté de dónde habrían salido. Len tamente me dirigí hacia el muelle. Vi la figura de la mujer, sacudida por los sollozos, y oí de forma cada vez más clara sus gemidos:
–¡Oh, mi hombre! ¡Mi pobre hombre! ¡Mi pobre hombre!
»Me fui de allí sin hacer ruido. Ella no podía ver ni oír nada. Se había cubierto la cabeza con el delantal y se mecía rítmicamente en su dolor. Pero de pronto observé que había un pequeño barco amarrado al final del muelle.

»Los dos hombres –parecían sous officiers– debían de haber venido en él, al no poder subir a tiempo a la galera, supongo. Es increíble que infringieran el reglamento por un sentido del deber. Y además era estúpido. No podía dar cré dito a mis ojos cuando salté dentro del barco. Me deslicé sigilosamente a lo largo de la orilla. Una nube negra se cernía sobre las Iles de Salut. Oí disparos, gritos. Había comenzado otra caza: la caza del presidiario. Los remos eran demasiado largos para manejarlos con co modidad. Los movía con dificultad, aunque el barco en sí era ligero. Pero cuando di la vuelta a la isla se desató un temporal de viento y lluvia. Era incapaz de luchar contra él. Dejé que el barco, a la deriva, se dirigiera hacia la orilla y lo amarré. Conocía el lugar. Había un viejo cobertizo destartalado cerca del agua. Acurrucado allí oí a través del ruido del viento y del aguacero que alguien se acercaba aplastando los matorrales. Estaba yo junto a la orilla. Quizá soldados. La violenta luz de un relámpago me permitió ver lo que me rodeaba. ¡Dos presidiarios!
»Inmediatamente, una voz asombrada excla mó:

»–¡Es un milagro!
Era la voz de Simón, por otro nombre Bis cuit.
»Y otra voz refunfuñó:
–¿Qué es lo que es un milagro?
»–¡Hay un barco ahí!
»–¡Debes estar loco, Simon! Pero, espera, sí... ¡Es un barco!
«Parecían ensimismados, en completo silen cio. El otro hombre era Mafile. Habló de nuevo, cautelosamente.
»–Está amarrado. Debe de haber alguien ahí.
«Entonces me dirigí a ellos desde el cober tizo:
»–Soy yo.
«Entraron y pronto me dieron a entender que el bote era suyo, no mío.
»–Somos dos contra uno –dijo Mafile.

«Salí afuera para estar seguro de ellos, por miedo a recibir un golpe a traición en la cabeza. Pude haber disparado contra ellos allí mismo. Pero no dije nada. Contuve la risa, que subía a mis labios. Les pedí humildemente que me permitieran ir con ellos. Se consultaron en voz baja sobre mi suerte, mientras yo sujetaba con mi mano el revólver en la pechera de mi blusa. Sus vidas estaban en mi poder. Les dejé vivir. Quería que remaran. Les dije con abyecta humildad que conocía el manejo de un barco y que, siendo tres a remar, podríamos descansar por tumos. Esto les decidió finalmente. Ya era hora. Un poco más y habría estallado en sono ras carcajadas ante el cómico espectáculo.

Al llegar a este punto, su excitación creció. Saltó del banco, gesticulando. Las sombras alar gadas de sus brazos, lanzadas como flechas hacia el techo y las paredes, hacían que el cobertizo pareciera demasiado pequeño para contener su agitación.

–No niego nada –exclamó–. Estaba rego cijado, monsieur. Saboreaba una especie de feli cidad. Pero permanecí muy quieto. Me tocó remar toda la noche. Salimos a altar mar, con fiando en que pasara un barco. Era una acción descabellada. Les persuadí de ello. Cuando salió el sol, la inmensidad del agua estaba en calma y las Iles de Salut parecían pequeñas manchas en lo alto de las olas. En ese momento yo go bernaba el barco. Mafile, que estaba remando encorvado, dejó escapar un juramento y dijo: –Debemos descansar. Había llegado por fin la hora de reír. Y lo hice a gusto, puedo asegurárselo. Apretándome los costados, me retorcía en mi asiento, ante sus caras sorprendidas.

»–¿Qué le pasa a este idiota? –grita Mafile.
»Y Simon, que estaba más cerca de mí le dice por encima del hombro:
»–El diablo me lleve si no creo que se ha vuelto loco.

«Entonces les mostré el revólver. ¡Aja! En un momento su mirada se llenó de odio, como no puede usted imaginar. ¡Ja, ja, ja! Estaban ate rrados. Pero remaron. Oh, sí, remaron todo el día, a ratos con aire feroz y a ratos con aire desfa llecido. No perdí detalle, porque no les podía quitar los ojos de encima ni un momento o –¡zas!– se me echarían encima en una décima de segundo. Mantuve mi revólver sujeto sobre mis rodillas con una mano, mientras gobernaba el barco con la otra. Sus caras comenzaron a lle narse de ampollas. El cielo y el mar parecían de fuego a nuestro alrededor y el mar hervía al sol. El barco se deslizaba con un siseo sobre el agua. A veces Mafile echaba espuma por la boca y a veces gemía. Pero remaba. No se atrevía a de tenerse. Sus ojos se inyectaron de sangre y mor día su labio inferior como si quisiera hacerlo pe dazos. Simon estaba ronco como una corneja. »–Cantarada... –comienza. »–Aquí no hay camaradas. Soy vuestro patrón.

–Patrón, entonces –dice–, en nombre de la humanidad, permítenos descansar.

»Se lo permití. Había agua de lluvia en el fondo del barco. Les dejé que la bebieran en el hueco de la mano. Pero cuando di la orden "En route", les sorprendí intercambiando miradas significativas. ¡Pensaban que alguna vez tendría que dormir! ¡Aja! Pero yo no quería dormir. Es taba más despierto que nunca. Fueron ellos los que se durmieron mientras remaban, dejando caer bruscamente los remos uno tras otro. Les dejé acostarse. El cielo estaba cuajado de estre llas. El mundo se hallaba en calma. Salió el sol. Un nuevo día. Allez! En route! Remaban de mala gana. Sus ojos giraban de un lado a otro y sus lenguas colgaban de su boca. A media mañana, Mafile gruñó:

»–Vamos a atacarle, Simon. Prefiero recibir un tiro que morir de sed, hambre y fatiga re mando.

»Pero mientras hablaba seguía remando; y Si mon también remaba. Me sonrió. ¡Ah! Amaban la vida, esos dos, en este maldito mundo suyo, como la amaba yo también antes de que me la amargaran con sus frases. Les hice remar hasta el agotamiento y sólo entonces señalé las velas de un barco en el horizonte. ¡Ajá! Tendría que haberles visto revivir y afa narse en su trabajo. Porque les hice que siguieran remando en dirección al rumbo del barco. Habían cambiado. La especie de piedad que había sentido por ellos se desvaneció. Se parecían más a sí mismos por momentos. Me miraban con unos ojos que recordaba muy bien. Eran felices. Son reían.

»–Bien –dice Simon–, la energía dé este joven nos ha salvado la vida. Si no nos hubiera obligado, no habríamos remado jamás hasta el derrotero de los barcos. Camarada, te perdono. Te admiro.
»Y Mafile desde delante:
»–Tenemos una deuda de gratitud contigo, camarada. Tienes madera de jefe.

»¡Camarada, monsieur! ¡Ah, bonita palabra! Y ellos, esos dos hombres, la habían hecho odiosa para mí. Les miré. Recordé sus mentiras, sus promesas, sus amenazas y todos mis días de miseria. ¿Por qué no me dejaron en paz cuando salí de la prisión? Les miré y pensé que mientras vivieran jamás podría ser libre. Jamás. Ni yo ni otros como yo, de corazón ardiente y voluntad débil. Porque sé muy bien que mi voluntad no es fuerte, monsieur. La ira me invadió –la ira de una atroz borrachera–, pero no contra la injusticia de la sociedad. ¡Oh, no! »–¡Debo ser libre! –grité, furioso.

–Vive la liberté! –aúlla el rufián de Ma file–. Mort aux bourgeois que nos enviaron a Cayena! Pronto sabrán que somos libres.

»El cielo, el mar, todo el horizonte pareció volverse rojo, de un rojo de sangre, alrededor del barco. Mi pulso latía tan fuerte que me pregunté si no lo oirían. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que no lo entendieran?
»Oí a Simon preguntar:
»–¿No hemos remado suficiente ya?
»–Sí. Suficiente –dije. Lo sentía por él; a quien odiaba era al otro. Soltó el remo con un profundo suspiro y mientras levantaba la mano para enjugarse la frente con el aire de un hom bre que ha cumplido con su deber, apreté el gatillo de mi revólver y le disparé desde la cur va apuntando al corazón.

»Se desplomó sobre la borda, con la cabeza colgando. No le eché un segundo vistazo. El otro gritó desgarradoramente. Fue un chillido de ho rror. Luego todo quedó en silencio. Dejó caer el remo sobre su rodilla y levantó las manos apretadas ante su rostro en actitud de súplica.

«–¡Piedad! –murmuró desmayadamente–. ¡Ten piedad de mí, camarada!
»–¡Ah, camarada! –murmuré en voz baja–. Sí, camarada, por supuesto. Bien, grita, pues Vive l'anarchie.

«Levantó los brazos, la cara hacía el cielo y abrió la boca de par en par en un grito de des esperación:

»–Vive l'anarchie! Vive...!
»Se derrumbó en un ovillo, con una bala en la cabeza.
»Les arrojé a los dos por la borda. También tiré el revólver. Luego me senté en silencio.

¡Era libre, al fin! Al fin. Ni siquiera miré hacia el barco; no me importaba; en realidad creo que debí caer dormido, porque de repente oí gritos y vi el barco casi encima de mí. Me izaron a bordo y amarraron el bote a popa. Eran todos negros, excepto el capitán, que era un mulato. Sólo conocía unas palabras de francés. No pude averiguar a dónde iban ni quiénes eran. Me die ron algo de comer todos los días; pero no me gustaba la forma en que solían discutir acerca de mí en su lengua. Quizá estaban pensando en lanzarme por la borda para apoderarse del bote. ¿Cómo iba yo a saberlo? Cuando pasamos fren te a esta isla, pregunté si estaba habitada. Me pareció oírle decir al mulato que había una casa en ella. Una granja, imaginé qué quería decir. De modo que le pedí que me dejara desembarcar en la playa y que se quedara con el bote por las molestias. Esto es, supongo, lo que deseaban. El resto ya lo conoce.

Tras pronunciar estas palabras, perdió de re pente el dominio de sí mismo. Caminaba de un lado a otro rápidamente, hasta que echó a co rrer; sus brazos giraban como un molino de viento y sus exclamaciones se hicieron mucho más delirantes. Su estribillo era que «no negaba nada, nada». No podía hacer más que dejarle que siguiera así y apartarme de su camino, repi tiendo: «Calmez vous, calmez vous», a interva los, hasta que su agitación le dejó exhausto. Debo confesar, también, que permanecí a su lado mucho tiempo después de que se metiera bajo su mosquitero. Me había rogado que no le dejara; así pues, del mismo modo que uno per manece sentado junto a un niño nervioso, me senté junto a él –en nombre de la humanidad–basta que cayó dormido.

En general, mi opinión es que tenía más de anarquista de lo que me confesó o se confesaba a sí mismo; y que, dejando a un lado las carac terísticas especiales de su caso, era muy pareci do a muchos otros anarquistas. El corazón ardien te y la mente débil: ésa es la clave del enigma. Y es un hecho que las contradicciones más acu sadas y los conflictos más agudos del mundo se producen en todo pecho humano capaz de expe rimentar sentimientos y pasiones. Por una encuesta personal puedo garantizar que la historia del motín de los presidiarios fue, en todos sus detalles, tal como él me la contó.

Cuando volví a Horta desde Cayena y vi de nuevo al «anarquista», no tenía buen aspecto. Estaba aún más cansado, aún más débil y lívido de veras bajo los sucios tiznones de su oficio. Evidentemente, la comida del peonaje de la com pañía (en forma no concentrada) no le convenía en absoluto. Nos encontramos en el pontón de Horta. Yo traté de inducirle a que dejara la lancha anclada donde estaba y me siguiera a Europa. Habría sido delicioso pensar en la sorpresa y el disgus to del buen gerente ante la huida del pobre hombre. Pero se negó con invencible obstina ción.

–¡Pero no querrá vivir siempre aquí! –grité.
El movió la cabeza.
–Moriré aquí –dijo. Y luego añadió caviloso–: Lejos de ellos.

A veces pienso en él, tumbado con los ojos abiertos sobre el arnés de caballo en el pequeño cobertizo lleno de herramientas y pedazos de hierro, en el anarquista esclavo de la hacienda de Marañón, esperando con resignación ese sue ño que «huye» de él, como solía decir de esa forma inenarrable.

Joseph Conrad (1857-1924)




Relatos de Joseph Conrad. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Joseph Conrad: El anarquista (The Anarchist) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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