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«El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción»: Edward Page Mitchell; libro y análisis


«El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción»: Edward Page Mitchell; libro y análisis.




El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción (The Crystal Man: Landmark Science Fiction) es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano Edward Page Mitchell (1852-1927), publicado de manera póstuma en 1973.

En El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción podemos encontrar algunos de los mejores cuentos de Edward Page Mitchell, muchos de los cuales son considerados pioneros dentro del ámbito del relato de ciencia ficción.




El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción.
The Crystal Man: Landmark Science Fiction, Edward Page Mitchell (1852-1957)
  • El hombre de cristal (The Crystal Man)
  • El hombre más capaz del mundo (The Ablest Man in the World)
  • El hombre sin cuerpo (The Man Without a Body)
  • El reloj que marchaba hacia atrás (The Clock That Went Backwards)
  • La Taquiporta (The Tachypomp)
  • De regreso del Bourne (Back from the Bourne)
  • El árbol de globos (The Balloon Tree)
  • El caso de los gemelos Dow (The Case of the Dow Twins)
  • El dolor epicúreo (The Pain Epicures)
  • El espectroscopio del alma (The Soul Spectroscope)
  • El experimento del profesor (The Professor's Experiment)
  • El funeral del diablo (The Devil's Funeral)
  • El interior de la Tierra (The Inside of the Earth)
  • El maravilloso Corot (The Wonderful Corot)
  • El terrible viaje del Toad (The Terrible Voyage of the Toad)
  • El último crucero del Judas Iscariote (The Last Cruise of the Judas Iscariot)
  • Intercambiando sus almas (Exchanging Their Souls)
  • La cueva de los desperdicios (The Cave of the Splurgles)
  • La hija del senador (The Senator's Daughter)
  • La historia del Diluvio (The Story of the Deluge)
  • La nave legendaria (The Legendary Ship)
  • La rata diabólica (The Devilish Rat)
  • La sombra de los gemelos Fancher (The Shadow on the Fancher Twins)
  • La veleta voladora (The Flying Weathercock)
  • Los hechos en el caso Ratcliff (The Facts in the Ratcliff Case)
  • Nuestra guerra con Mónaco (Our War with Monaco)
  • Una boda extraordinaria (An Extraordinary Wedding)
  • Una infrecuente clase de espectro (An Uncommon Sort of Spectre)
  • Un día entre los mentirosos (A Day Among the Liars)
  • Viejos calamares y un pequeño deletreador (Old Squids and Little Speller)




Antologías. I Libros de Edward Page Mitchell.


El análisis y resumen del libro de Edward Page Mitchell: El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción (The Crystal Man: Landmark Science Fiction), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Edward Page Mitchell: cuentos destacados


Edward Page Mitchell: cuentos destacados.




Edward Page Mitchell (1852-1927) fue un destacado escritor norteamericano dentro del universo del relato fantástico. En este sentido, los cuentos de Edward Page Mitchell se encuentran entre los referentes de la ciencia ficción de aquellos años.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Edward Page Mitchell.




Cuentos de Edward Page Mitchell.
  • El hombre de cristal (The Crystal Man)
  • El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción (The Crystal Man: Landmark Science Fiction)
  • El hombre más capaz del mundo (The Ablest Man in the World)
  • El hombre sin cuerpo (The Man Without a Body)
  • El reloj que marchaba hacia atrás (The Clock that Went Backward)
  • La Taquiporta (The Tachypomp)
  • Calamares viejos (Old Squids and Little Speller)
  • De regreso del Bourne (Back from the Bourne)
  • El árbol globo (The Balloon Tree)
  • El caso de los gemelos Dow (The Case of the Dow Twins)
  • El dolor epicúreo (The Pain Epicures)
  • El espectroscopio del alma (The Soul Spectroscope)
  • El experimento del profesor (The Professor's Experiment)
  • El funeral del diablo (The Devil's Funeral)
  • El interior de la Tierra (The Inside of the Earth)
  • El maravilloso Corot (The Wonderful Corot)
  • El terrible viaje del Sapo (The Terrible Voyage of the Toad)
  • Intercambiando almas (Exchanging Their Souls)
  • La cueva de los Splurgles (The Cave of the Splurgles)
  • La hija del senador (The Senator's Daughter)
  • La historia del diluvio (The Story of the Deluge)
  • La nave legendaria (The Legendary Ship)
  • La rata diabólica (The Devilish Rat)
  • La sombra sobre los gemelos Fancher (The Shadow on the Fancher Twins)
  • La última cruzada de Judas Iscariote (The Last Cruise of the Judas Iscariot)
  • La veleta voladora (The Flying Weathercock)
  • Los hechos del caso Ratcliff (The Facts in the Ratcliff Case)
  • Nuestra guerra con Mónaco (Our War with Monaco)
  • Una boda extraordinaria (An Extraordinary Wedding)
  • Una especie infrecuente de espectro (An Uncommon Sort of Spectre)
  • Un día entre mentirosos (A Day Among the Liars)




Autores en El Espejo Gótico. I Relatos de Edward Page Mitchell.


El artículo: Edward Page Mitchell: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Grandes relatos de terror según Frankenstein


Grandes relatos de terror según Frankenstein.




En esta colección de cuentos fantásticos se anuncian los mejores relatos de terror según Frankenstein, aquel monstruo entrañable soñado por la escritora inglesa Mary Shelley; es decir, algunos relatos de robots, autómatas, homúnculos, humanoides y prodigios mecánicos.

La mayoría de estos relatos no se encuentran disponibles en español, de todas formas, creo que vale la pena como punto de referencia para rastrearlos en ediciones más convencionales.






El libro de Frankenstein.
Book of Frankenstein.
  • Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus, Mary Shelley)
  • Los autómatas (Die automate, E.T.A. Hoffmann)
  • El robot vanidoso (The Proud Robot, Henry Kuttner)
  • El hombre con dedos de cobre (The Man With Copper Fingers, Dorothy L. Sayers)
  • El hombre de cristal (The Crystal Man, Edward Page Mitchell)
  • El hombre del cerebro de oro (L'Homme a la cervelle d'or, Alphonse Daudet)
  • El homúnculo (The Mannikin, Robert Bloch)
  • Chandira (Chandira, Brian Mooney)
  • Criatura que consuela (Creature Comforts, Nancy Kilpatrick)
  • El callejón sin salida (The Dead End, David Case)
  • El cielo del completista (Completist Heaven, Kim Newman)
  • El creador (The Creator, R. Chetwynd-Hayes)
  • El equivalente del asesinato (Tantamount To Murder, John Brunner)
  • El legado de Frankenstein (The Frankenstein Legacy, Adrian Cole)
  • El monstruo de Poppi (Poppi's Monster, Lisa Morton)
  • El sabueso de Frankenstein (The Hound of Frankenstein, Peter Tremayne)
  • El último tren (Last Train, Guy N. Smith)
  • La corriente submarina (Undertow, Karl Edward Wagner)
  • La línea mortal (The Dead Line, Dennis Etchison)
  • La madre de la invención (Mother of Invention, Graham Masterton)
  • La mujer completa (A Complete Woman, Roberta Lannes)
  • La tentación del doctor Stein (The Temptation of Dr. Stein, Paul J. McAuley)
  • Mejor muerto (Better Dead, Basil Copper)
  • Pithecanthropus Rejectus (Pithecanthropus Rejectus, Manly Wade Wellman)
  • Recibir es mejor (To Receive is Better, Michael Marshall Smith)
  • Última llamada a los hijos del Shock (Last Call For The Sons Of Shock, David J. Schow)
  • Una nueva vida (A New Life, Ramsey Campbell)




Antologías. I Relatos de terror.


El análisis y resumen del libro: El libro de Frankenstein (The Book of Frankenstein) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El hombre más capaz del mundo»: Edward Page Mitchell; relato y análisis


«El hombre más capaz del mundo»: Edward Page Mitchell; relato y análisis.




El hombre más capaz del mundo (The Ablest Man in the World) es un relato de ciencia ficción del escritor norteamericano Edward Page Mitchell (1852-1927), publicado originalmente en la edición del 4 de mayo de 1879 de la revista The New York Sun, y luego reeditado en la antología de 1973: El hombre de cristal: un hito de la ciencia ficción (The Crystal Man: Landmark Science Fiction).

El hombre más capaz del mundo, probablemente uno de los mejores cuentos de Edward Page Mitchell, relata la historia del barón Savitch, quien se crió en un manicomio y fue rescatado por el doctor Rapperschwyll, especie de científico loco que, mediante sus conocimientos de medicina y relojería, diseña un cerebro mecánico para Savitch con la capacidad de aumentar exponencialmente su inteligencia.

En este sentido, El hombre más capaz del mundo de Edward Page Mitchell se anticipa a la tecnología de su época. De hecho, se lo considera como el primer relatos de computadoras, con su correspondiente y maquiavélica inteligencia artificial incluída (ver: Historia de las computadoras en la ciencia ficción).




El hombre más capaz del mundo.
The Ablest Man in the World, Edward Page Mitchell (1852-1927)

Puede ser que se recuerde o no que en 1878 el general Ignatieff pasó varias semanas de julio en el Badischer Hof, en Baden. Los periódicos anunciaron que el general iba a visitar el balneario de aguas minerales por razones de salud y se decía que la suya estaba muy quebrantada por la prolongada ansiedad y las responsabilidades al servicio del Zar. Pero todos sabían que el general acababa de caer en desgracia en San Petersburgo y que su ausencia de los centros de la actividad de la política internacional en momentos en que la paz revoloteaba en Europa, como pluma a los caprichos del viento, entre Salisbury y Shouvaloff, no era ni más ni menos que un exilio cortésmente disfrazado.

Estoy en deuda por los siguientes datos a mi amigo Fisher, de Nueva York, quien llegó a Baden un día después que Ignatieff, anunciándose debidamente en la lista oficial de extranjeros como Herr Doctor Professor Fischer mit Frau Gattin und Bed, Nordamerika.

La escasez de títulos nobiliarios entre la aristocracia viajera de Norteamérica es una permanente ofensa para la ingeniosa persona que compila la lista oficial. Tanto el orgullo profesional como los instintos de hospitalidad lo impulsan a compensar esa carencia siempre que puede. Distribuye así títulos de gobernador, general de división y doctor profesor con tolerable imparcialidad, de acuerdo con el aspecto marcial o erudito que los visitantes norteamericanos posean. Fisher debía su título a sus anteojos. Acababa de abrirse la temporada. Las funciones teatrales todavía no habían empezado. Los hoteles estaban apenas llenos, los conciertos en el Pabellón del Conversationhaus eran escuchados por contados melómanos y los tenderos del bazar no tenían otra cosa que hacer que pasar el tiempo quejándose de la degeneración que sufría Baden-Baden desde que se había terminado el juego.

Pocos veraneantes perturbaban las meditaciones del apergaminado y viejo custodio de la torre del Mercuriusberg. Fisher encontró muy estúpido el lugar, tan insulso como Saratoga en junio o Long Branch en setiembre. Estaba impaciente por llegar a Suiza, pero su esposa, quien había hecho una íntima amistad con una condesa polaca, se negaba rotundamente a dar cualquier paso que pudiera romper una relación tan ventajosa.

Una tarde, Fisher se encontraba en uno de los puentecitos que atravesaban el diminuto Oosbach, contemplando ociosamente el agua y preguntándose si una trucha de buen tamaño podría nadar, sin inconvenientes, contra la corriente. El portero del Badischer Hof se le acercó entonces a la carrera.

—¡Herr Doctor Professor! —gritó el portero llevándose la mano a la gorra—. Le ruego que me perdone, pero Su Alteza, el Barón Savitch, quien procede de Moscú, del séquito del general Ignatieff, ha sufrido un terrible ataque, mortal, según parece.

En vano trato Fisher de asegurarle que estaba en un error, que él no era un experto en medicina, que la única ciencia que conocía era la del poker, que si existía una falsa impresión en el hotel todo se debía a una equivocación, de la cual no tenía culpa alguna y que, por mucho que lamentara la desgraciada situación de su alteza de Moscú, no creía que su presencia en la habitación del enfermo pudiera ser útil. Pero le fue imposible erradicar la idea que de él tenía el portero. Cuando se encontró literalmente siendo llevado a la rastra hacia el hotel, Fischer concluyó en que le convendría dejar sus explicaciones para los amigos del Barón. La suite del ruso estaba en el segundo piso, no muy lejos de donde se alojaba Fisher. Un valet francés, casi fuera de si a causa del terror, salió apresuradamente de la habitación para recibir al portero y al doctor profesor. Fisher intentó explicar nuevamente su situación, pero todo fue en vano.

También el valet tenía algo que explicar y su perfecta pronunciación francesa le permitió monopolizar la conversación. No, allí no había nadie, nadie sino él mismo, Auguste, fiel sirviente del Barón. Su Excelencia el general Ignatieff, Su Alteza el Príncipe Koloff, el Dr. Rapperschwyll, el séquito íntegro, todos, se habían marchado aquella mañana rumbo a Gernasbach. Mientras tanto, el Barón había contraído una horrible enfermedad, y él, Auguste, desfallecía de ansiedad. Suplicaba a Monsieur, por tanto, que no perdiera tiempo en pláticas inútiles y corriera junto al lecho del Barón, quien se hallaba ya en la agonía final. Fisher siguió a Augusto hasta una habitación interior. El Barón, con las botas puestas, yacía sobre la cama, con el cuerpo casi doblado en dos por los efectos de la inexorable opresión de un dolor insoportable. Tenía los dientes fuertemente apretados y los rígidos músculos de la boca distorsionaban la expresión natural de su rostro.

Cada pocos segundos, un prolongado gemido escapaba de sus labios. Sus magníficos ojos giraban lastimosamente en sus órbitas y al presionar entonces con ambas manos su abdomen, un escalofrío sacudió sus miembros en un intenso sufrimiento. Fisher olvidó sus explicaciones. Si hubiese sido realmente un médico, no podría haber observado los síntomas del mal del Barón con mayor interés.

—¿Puede curarlo, Monsieur? —murmuró el aterrorizado Augusta.

—Tal vez —dijo Monsieur secamente.

Fisher redactó una nota para su esposa en el reverso de una tarjeta y la despachó por medio del portero del hotel. El empleado regresó con gran rapidez, trayendo una botella negra y un vaso. Procedía la botella del baúl de Fisher y había hecho todo el viaje desde Liverpool a Baden, había cruzado el océano desde Nueva York a Liverpool y había viajado a Nueva York directamente de Bourbon County, en el estado de Kentucky. Fisher la tomó con avidez aunque reverentemente y la miró a contraluz. Aún quedaban unos ocho o diez centímetros en el fondo. Emitió un gruñido de placer.

—Todavía hay esperanzas de salvar al Barón —indicó a Auguste.

La mitad del precioso líquido fue vertida en el vaso y administrada sin demora al paciente que gemía y se retorcía de dolor. En pocos minutos Fisher tuvo la satisfacción de ver que el Barón se incorporaba en su lecho. Los músculos de su boca se aflojaron y la expresión de agonía fue reemplazada por una mirada de plácida satisfacción. Fisher logró observar entonces las características físicas del Barón ruso. Se trataba de un hombre joven, de unos treinta y cinco años. Su rostro era muy hermoso y de rasgos nítidos y su cabeza resultaba muy peculiar. Tal peculiaridad provenía de la perfecta redondez de la parte superior de la misma, es decir, que su diámetro de oreja a oreja parecía igual al diámetro anterior y al posterior.

El curioso efecto de esta desacostumbrada conformación se hacia más notable por la total carencia de cabellos. Sólo cubría la cabeza del Barón un casquete de seda negra muy ceñido al cráneo y una engañosa peluca colgaba de uno de los postes de la cama. Habiéndose recuperado lo suficiente como para reconocer la presencia de un desconocido, Savitch lo saludó con una cortés reverencia.

—¿Cómo se siente usted ahora? —interrogó Fisher en su deficiente francés.

—Mucho mejor, gracias a Monsieur —replicó el Barón en un excelente inglés pronunciado con una voz encantadora—. Mucho mejor, a pesar de que siento aún alguna debilidad —agregó, apretándose la frente con la mano.

Ante una señal de su señor, el valet se retiró del aposento seguido por el portero. Fisher se aproximó hasta el borde del lecho y tomó la muñeca del Barón. Aún con su falta de práctica pudo percibir que el pulso del noble era alarmantemente acelerado. Perplejo y no poco intranquilo ante el giro de las circunstancias, pensó: ¿Me habré metido con el ruso en un lío infernal? Pero, no; ya no es un adolescente y medio vaso de un whisky de esta clase no marearía ni a un niño.

Sin embargo, los nuevos síntomas se presentaron con una rapidez y gravedad que lo hicieron sentir desacostumbradamente ansioso. El rostro de Savitch se puso blanco como la nieve, palidez más acentuada aún por el constraste con el negro casquete. El cuerpo se sacudía en el lecho y el hombre se aferraba convulsivamente la cabeza con ambas manos como si temiera que ésta pudiese estallar.

—Es mejor que llame a su valet —dijo Fisher con voz nerviosa.

—No, no haga eso —tartamudeó el Barón—. Usted es médico y tendré que confiar en su habilidad. Hay algo que anda mal... aquí —y con un gesto espasmódico indicó la parte superior de su cabeza con ademán incierto.

—Pero, yo no soy... —dijo Fisher tartamudeando.

—No diga una sola palabra —exclamó el Barón con voz imperiosa—. Actúe ya. No debo haber ninguna demora. ¡Desatornille el tope de mi cabeza!

Savitch se arrancó el casquete y lo tiró a un costado. Fisher no encontró palabras para describir el asombro con que contemplaba el verdadero material del cráneo del Barón. El casquete ocultaba el hecho de que toda la parte superior de la cabeza de Savitch era una cúpula de plata pulida.

—¡Desatorníllelo! —volvió a decir.

Muy a su pesar, Fisher colocó sus manos sobre el cráneo de plata y ejerció una ligera fuerza hacia la izquierda. El tope cedió, girando suave y seguramente sobre sus roscas.

—¡Más rápido! —dijo el Barón con voz muy débil—. Le aseguro que no podemos perder tiempo—. Entonces se desvaneció.

En ese momento, se oyó un clamor de voces en la habitación exterior, y la puerta que conducía a los aposentos del Barón fue abierta con violencia y cerrada del mismo modo. El recién llegado era un hombre enjuto, de baja estatura y edad mediana, su rostro manifestaba astucia y la mirada de sus pequeños ojos grises era penetrante. Se quedó observando con curiosidad a Fisher con una mirada aguda llena de feroz recelo. El Barón recobró el sentido y abrió los ojos.

—Dr. Rapperschwyll —exclamó.

Con rápidas zancadas, el Dr. Rapperschwyll se acercó a la cama, midiendo con la mirada a Fisher y a su paciente.

—¿Qué significa todo esto? —demandó enfurecido.

Sin esperar una respuesta, puso rudamente una mano sobre Fisher y lo apartó del Barón. Fisher, con creciente asombro, no opuso resistencia y se dejó conducir, o empujar, hacia la puerta. El Dr. Rapperschwyll la abrió lo suficiente como para hacer salir al norteamericano, cerrándola luego con fuerza. Un ruido sordo y rápido le dio a entender de que la puerta había sido cerrada con llave.

A la mañana siguiente, Fisher se encontró con Savitch. Venía éste del Trinkhalle. El Barón lo saludó con seca cortesía y continuó su camino sin dirigirle la palabra. Más tarde, ese mismo día, un sirviente entregó a Fisher un pequeño paquete con el siguiente mensaje: El Dr. Rapperschwyll supone que este dinero será suficiente.

El paquete contenía dos monedas de oro de veinte marcos cada una. Fisher apretó los dientes. Le devolveré sus cuarenta marcos —murmuró para sí—, pero a cambio conseguiré extraerle su maldito secreto.

Fue entonces que Fisher descubrió que hasta las condesas polacas sirven para algo en las relaciones sociales. Cuando la abordó, por intermedio de su esposa, sobre el tema del Barón Savitch, de Moscú la ocasional amiga de la señora Fisher resultó ser la amabilidad personificada. ¿Si sabía algo del Barón Savitch? Claro, que sí, y también conocía y sabía vida y milagros de todas las otras personalidades dignas de conocerse en Europa. ¿Si tendría la amabilidad de darle alguna información referente al Barón? Naturalmente que deseaba hacerlo, encantada de complacer el menor deseo de la encantadora curiosidad del norteamericano. Era muy reconfortante para una vieja dama hastiada de la vida como ella, que hacía mucho tiempo había dejado de interesarse en los hombres, las mujeres, las cosas y los acontecimientos contemporáneos, encontrar a alguien recién llegado de las interminables praderas del nuevo mundo y que atesorara tan sabrosa curiosidad por los asuntos de la alta sociedad. Ah, sí, con mucho gusto le relataría lo que sabía del Barón Savitch, si eso la divertía.

La condesa polaca cumplió con creces su promesa, agregando como adorno muchos chismes y anécdotas escandalosas sobre la aristocracia moscovita, totalmente superfluas en esta narración. Su historia, resumida por Fisher, era esta: El Barón Savitch había aparecido recientemente en los círculos elegantes. Su verdadero origen era un misterio que nunca había sido satisfactoriamente explicado, ya fuera en San Petersburgo o en Moscú. Algunas personas decían que era un niño expósito procedente del Vospitatelnoi Dom. Otros creían que era el hijo no reconocido de cierto distinguido personaje muy allegado a la Casa de los Romanoff. Esta última teoría era la más probable, puesto que servía para explicar hasta cierto punto el incomparable éxito de su carrera profesional desde el día de su graduación en la Universidad de Dorpat. Brillante y rápida, como no había precedente, había sido esta carrera. Ingresó el Barón al servicio diplomático del Zar y durante varios años fue agregado a las legaciones rusas en Viena, Londres y París.

Nombrado Barón antes de su vigésimo quinto aniversario como recompensa por la maravillosa capacidad desplegada en la conducción de negociaciones de suprema importancia con la Casa de los Habsburgos, se convirtió en favorito de Gortchakoff y se le brindaron todas las oportunidades para ejercer su genio en la diplomacia. Hasta se dijo en bien informados círculos de San Petersburgo que la inteligencia rectora que dirigía el rumbo de la política rusa a través de todos los enredos en el frente oriental, que planeó la campaña en el Danubio, efectuó las combinaciones que dieron la victoria a los soldados del soberano ruso y que mientras tanto mantenían a Austria al margen del conflicto, en fin, la inteligencia que neutralizó el inmenso poder de Alemania y exasperó a Inglaterra sólo hasta el punto en que la ira se disipa, convirtiéndose en inocuas amenazas, era el cerebro del joven Barón Savitch.

Era cierto que él había estado con Ignatieff en Constantinopla, cuando por vez primera se provocó el conflicto, con Shouvaloff en Inglaterra, en la época en que se realizó la conferencia secreta del acuerdo, con el Gran Duque Nicolás en Adrianópolis cuando se firmó el protocolo de un armisticio, y pronto se encontraría en Berlín, tras las bambalinas, en el Congreso, donde se esperaba que superaría a todos los estadistas de Europa, y jugaría con Bismark y Disraeli tal como un hombre fuerte juega con dos bebés.

Pero poco había hablado la condesa de los logros de este joven elegante y buen mozo en la política internacional. Se había dedicado con más detenimiento a su carrera social. Sus éxitos en esa esfera habían sido casi tan notables como en las otras. Aunque nadie conocía con certeza el nombre de su padre, el Barón había conquistado una supremacía absoluta en los círculos más exclusivos en torno de la corte imperial. Se suponía que su influencia sobre el mismo Zar era ilimitada. A pesar de su oscuro origen, se lo consideraba el partido más codiciado de Rusia. Surgido de la pobreza y por medio de la simple fuerza de su intelecto había amasado una fortuna colosal.

Los informes oficiales la hacían ascender a la suma de cuarenta millones de rublos y, sin duda alguna, tales informes no excedían la realidad. Todas las empresas de índole especulativa que emprendía, y fueron muchas y variadas, resultaron ser un verdadero éxito, mediante las mismas cualidades de frío e infalible juicio, sagacidad de gran alcance y poderes casi sobrehumanos para organizar, combinar y controlar, facultades que lo habían convertido en el fenómeno político de su tiempo. ¿Y sobre el Doctor Rappenschwyll? Sí, la condesa sabía de su reputación y lo conocía de vista. Era un médico que se encontraba siempre al lado del Barón Savitch, atendiéndolo constantemente, ya que los enormes esfuerzos mentales del noble lo sometían a súbitas y alarmantes enfermedades.

El Doctor era suizo, en su origen una especie de relojero o artesano, según se decía. En cuanto al resto, era un anciano pequeño muy común, dedicado a su profesión y al Barón, y era evidente que carecía de ambiciones, puesto que despreciaba totalmente las oportunidades que su posición y sus relaciones podían brindarle para acrecentar su fortuna personal.

Fortificado por esta información, Fisher se sintió en mejores condiciones para tratar de extraer al Doctor su secreto. Acechó al médico suizo durante cinco días. La deseada oportunidad se presentó al sexto día, de manera inesperada. A mitad de camino hacia el Mercuriusberg y bien entrada la tarde, encontró al guardián de la torre en ruinas, quien regresaba a la población.

—No, la torre no está cerrada al público. Un caballero está allí arriba, haciendo observaciones de la campiña —dijo el hombre, añadiendo que él mismo regresaría en un par de horas. De esta manera, Fisher siguió su camino.

La cumbre de la torre se hallaba en un estado desastroso. La falta de una escalinata era subsanada por una provisoria escalera de madera. La cabeza y los hombros de Fisher acababan de franquear la puerta-trampa que daba a la plataforma cuando descubrió que quien allí se encontraba era precisamente la persona que andaba buscando. El doctor Rappenschwyll estaba estudiando la topografía de la Selva Negra con un par de poderosos largavistas de campaña. Fisher anunció su llegada con un oportuno tropiezo y un ruidoso esfuerzo para no perder el equilibrio, al mismo tiempo que atinaba un furtivo puntapié en el último peldaño de la escalera y se encaramaba ostentosamente en el borde de la trampa. La escalera se precipitó ruidosamente unos nueve o diez metros, golpeando contra las paredes de la torre. El doctor Rappenschwyll comprendió inmediatamente la situación y volviéndose bruscamente observó con una sonrisa malévola.

—Monsieur es inexplicablemente torpe —dijo con un gesto de desagrado, enseñando los dientes, pues había reconocido a Fisher.

—Infortunada ocasión —dijo el neoyorkino con imperturbable tranquilidad—. Estaremos encerrados aquí un par de horas por lo menos. Considerémonos felices de contar con una compañía inteligente, además de un encantador paisaje para contemplar.

El suizo le hizo una fría reverencia y reanudó sus estudios topográficos. Fisher encendió un cigarro.

—También deseo —continuó Fisher, lanzando nubéculas de humo en dirección al Teufelmühle—, aprovechar esta oportunidad para devolverle sus cuarenta marcos, que me fueron enviados, presumo, por error.

—Si Monsieur el médico norteamericano no está satisfecho con sus honorarios —respondió Rapperschwyll con tono venenoso— podrá sin duda alguna hacer que se reajusten sus honorarios dirigiéndose al valet del Barón.

Fisher no prestó mayor atención a la estocada y depositó serenamente las monedas de oro sobre el parapeto, delante de las narices del suizo.

—No podría ni pensar en aceptar honorarios —dijo con deliberado énfasis—. Consideré abundantemente recompensados mis insignificantes servicios con la novedad e interés del caso.

El suizo escudriñó las facciones del norteamericano larga e intensamente con sus penetrantes ojitos grises. Por fin dijo, con descuido:

—¿Monsieur es un hombre de ciencia?

—Sí —replicó Fisher, haciendo una reserva mental a favor de todas las ciencias, salvo la que ilumina y dignifica nuestro juego nacional.

—Entonces —continuó diciendo Rapperschwyll—, Monsieur tal vez estará dispuesto a reconocer que muy rara vez ha visto un caso más hermoso y amplio de trepanación craneana.

Fisher alzó las cejas con curiosidad y sorpresa.

—Y Monsieur comprenderá también, siendo un médico, —continuó el suizo—, la susceptibilidad del propio Barón y de sus amigos sobre el tema. Por lo tanto sabrá disculpar mi aparente rudeza en el momento en que descubrió usted nuestro secreto.

Es más listo de lo que creía —pensó Fisher—. Tiene todos los naipes y yo nada... nada que no sea descaro suficiente como para desafiarlo.

—Lamento profundamente esa susceptibilidad —continuó, ahora en voz alta—, porque se me ha ocurrido que un detallado relato de lo que vi, publicado en una de las revistas científicas de Inglaterra o Norteamérica, suscitaría amplia atención y sería recibida, sin ninguna duda, con interés en el continente europeo.

—¿Lo que usted vio? —gritó el suizo bruscamente—. Es todo falso; usted no vio nada... cuando entré ni siquiera había retirado el...

Se detuvo entonces y empezó a murmurar para sí, como si estuviera maldiciendo su propia impetuosidad. Fisher festejó la ventaja lograda arrojando su cigarro a medio fumar y encendiendo uno nuevo.

—Puesto que me obliga a ser franco —continuó diciendo el Dr. Rapperschwyll con visible y creciente nerviosidad—, deseo informarle que el Barón me ha asegurado que usted no vio nada. Yo mismo lo interrumpí en el acto de retirar el casquete de plata.

—Del mismo modo le seré sincero —respondió Fisher preparando su rostro para un esfuerzo final—. Con respecto a eso, el Barón no es un testigo competente. Estuvo inconsciente durante algún tiempo antes que usted llegara. Tal vez yo estaba retirando el casquete de plata cuando usted me interrumpió...

El Doctor se puso muy pálido.

—Y tal vez —dijo Fisher con toda calma—, estaba colocándolo de nuevo en su lugar.

La simple mención de esta posibilidad pareció golpear a Rapperschwyll como un rayo del cielo. Se le separaron las rodillas y estuvo a punto de desplomarse al suelo. Cubriendo los ojos con sus manos, se puso a llorar como un niño o, mejor dicho, como un anciano agotado y arruinado.

—¡Lo publicará! ¡Lo publicará para que lo lean en la corte y en todo el mundo! —gritaba histéricamente—. Y en vísperas de esta crisis...

Luego con un esfuerzo desesperado, el suizo recobró hasta cierto punto el control de sí mismo. Recorrió a grandes pasos el diámetro de la plataforma durante varios minutos, con la cabeza gacha y los brazos doblados sobre el pecho. Volviéndose nuevamente a su compañero, dijo:

—Cualquier suma que usted mencionara podría...

Con una sonora carcajada, Fisher lo interrumpió antes de que pudiera terminar su proposición.

—Entonces —dijo Rapperschwyll con desesperación—, si... si le suplico que sea generoso...

—¿Y bien? —demandó Fisher.

—Y le pido que prometa, por su honor de caballero, guardar absoluto silencio en lo concerniente a lo que ha visto...

—¿Silencio hasta que el Barón Savitch haya fallecido?

—Eso será suficiente —dijo Rapperschwyll—. Pues cuando deje de existir, yo moriré. ¿Y sus condiciones son...?

—Toda la historia, aquí, ahora y sin reserva alguna.

—Es terrible el precio que me pide —dijo Rapperschwyll—, pero están en juego intereses mayores que los de mi orgullo. Le prometo que oirá todo lo que desea. Fui criado como relojero —continuó después de una prolongada pausa— en el Cantón de Zurich. No es por vanidad que digo que logré alcanzar un grado maravilloso de habilidad en mi oficio. Desarrollé una capacidad de invención que me condujo a realizar una serie de experimentos con las posibilidades de combinaciones puramente mecánicas. Estudié y perfeccioné los mejores autómatas jamás construidos por el ingenio humano. La máquina calculadora de Babbage me interesaba especialmente. En sus ideas vislumbré el germen de algo infinitamente más importante para el mundo entero.


»Después, abandoné mis ocupaciones y me fui a París a estudiar fisiología. Pasé tres años en La Sorbona donde perfeccioné mis conocimientos en esa rama del saber humano. Entretanto, mis estudios se habían extendido mucho más allá de las ciencias puramente físicas. Por un tiempo la psicología ocupó mi interés y luego me elevé a los dominios de la sociología, la cual, cuando se entiende en forma adecuada, es el compendio y aplicación final de todos los conocimientos. Fue después de largos años de preparación y como corolario de todos mis empeños que la gran idea de mi vida, la cual me había perseguido vagamente desde mi infancia en Zurich, asumió por fin una forma perfecta y definida.

Los modales del Dr. Rapperschwyll habían pasado de una desconfiada reticencia a un sincero entusiasmo. El hombre mismo parecía haberse transformado. Fisher lo escuchaba con atención y sin interrumpir su relato. No podía dejar de imaginar que la necesidad de revelar el secreto, que el galeno había guardado por tanto tiempo y tan celosamente, no era enteramente desagradable para el entusiasmado suizo.

—Ahora, présteme atención, Monsieur —continuó el Dr. Rapperschwyll—, pues mencionaré varias proposiciones separadas que al principio pueden parecer inconexas las unas con las otras. Mis logros en la mecánica habían producido una máquina que sobrepasaba a la de Babbage en sus facultades de realizar cálculos. Con los datos proporcionados no existía ningún límite para sus posibilidades en esta dirección. Los engranajes y piñones de Babbage calculaban logaritmos y elipses. Se le introducían números y producía resultados con números. Ahora bien, las relaciones de causa y efecto son tan fijas e inalterables como las leyes de la aritmética. La lógica es, o debería ser, una ciencia tan exacta como las matemáticas.

»Mi nueva máquina se alimentaba de hechos y producía conclusiones. En pocas palabras, razonaba; y los resultados de su proceso de razonamiento eran siempre verdaderos, mientras que los resultados del razonamiento humano son a menudo, si no siempre, falsos. El origen de los errores en la lógica humana es lo que los filósofos denominan 'la ecuación personal'. Mi máquina eliminaba esa ecuación y avanzaba de la causa al efecto, de la premisa a la conclusión, en precisión constante. El intelecto humano es falible; mi máquina era, y es, infalible en sus procesos razonadores.

»Además, la fisiología y la anatomía me habían enseñado la falacia de la superstición médica que sostiene que la materia gris del cerebro y el principio vital son inseparables. Había visto hombres continuar viviendo con balas de pistola en la médula oblongada del cerebro. Había sido testigo de la extracción de los hemisferios y el cerebelo de los cráneos de pájaros y animales pequeños que, sin embargo, no morían. Creía que aunque se sacara el cerebro de un cráneo humano, el paciente no moriría, aunque ciertamente quedaría despojado de la inteligencia que regía todas las actividades de su cuerpo, con excepción de las puramente involuntarias.

»Una vez más, un profundo estudio de la historia desde un punto de vista sociológico y no despreciable, una experiencia práctica de la naturaleza humana, me habían convencido de que los más grandes genios que han existido estaban situados en un plano no muy alejado del intelecto promedio. Los picos montañosos de mi país natal, aquellos que todo el mundo conoce por su nombre, se elevan sólo unos pocos centenares de metros por encima de los incontables picos sin nombre que los circundan. Napoleón Bonaparte era un poco más inteligente que los hombres más hábiles que lo rodeaban. Sin embargo, esa pequeña diferencia lo era todo, y fue así como pudo dominar toda Europa. Un hombre que superara a Napoleón, como el Gran Corso superaba a Murat, con las cualidades mentales que pueden transmutar el pensamiento en hechos, se habría convertido en amo del mundo entero.

»Ahora, fusionando estas tres proposiciones en una sola: supongamos que eligiera a un hombre y, extrayendo el cerebro que atesora todos los errores y fracasos de sus antepasados hasta los orígenes de la raza humana, eliminara todas las causas de debilidad en su carrera futura. Supongamos que en lugar del intelecto falible, que he sacado, lo dotara de una inteligencia artificial que operara con la certeza de las leyes universales. Supongamos, también, que echara a este ser superior, que razona con la verdad, en medio de las conmociones de sus inferiores, que razonan con la falsedad, y esperara el inevitable resultado con la tranquilidad de un filósofo.

»Monsieur, aquí tiene mi secreto. Eso es precisamente lo que he hecho. En Moscú, donde mi amigo el Dr. Duchat estaba a cargo de la nueva institución de San Basilio, para idiotas incurables, encontré un niño de once años llamado Stépan Bórovitch. Desde su nacimiento, jamás había visto, oído, hablado o pensado. La naturaleza le había otorgado una fracción del sentido del olfato y quizás una fracción del gusto, pero ni siquiera esto se podía asegurar con precisión. La Providencia se había encargado de encerrar su alma de manera muy efectiva. Ocasionales murmullos incoherentes e incesantes movimientos nerviosos de los dedos eran sus únicas señales de actividad. Los días de brillante sol solían ponerlo en una mecedora, donde hubiera más luz y calor, y se mecía durantes horas sin parar, moviendo los dedos con nerviosidad y murmurando su satisfacción por el calor con las quejumbrosas y monótonas frases de la idiotez. Así estaba cuando lo vi por primera vez.

»Le rogué a mi amigo el Dr. Duchat que lo dejara a mi cuidado. Si ese magnífico caballero no hubiera fallecido hace tiempo ya, ciertamente habría compartido mi triunfo. Llevé a Stépan a mi hogar y puse manos a la obra con el serrucho y el bisturí. Podía operar a esa pobre, inútil y desahuciada parodia de ser humano con tanta libertad y falta de cuidado como si fuera un perro comprado o atrapado para ser disecado. Esto sucedió poco más de veinte años atrás. En la actualidad Stépan Bórovitch posee más poder que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra. Dentro de diez años será el autócrata de Europa, el amo del mundo. Nunca comete errores; porque la máquina que razona debajo de su caja craneana jamás se equivoca."

Fisher señaló hacia abajo, al viejo guardián de la torre, a quien se veía ascendiendo trabajosamente la colina.

—Los visionarios —continuó el Doctor— especularon sobre la posibilidad de encontrar entre las ruinas de las antiguas civilizaciones alguna breve inscripción que pueda cambiar los fundamentos del saber humano. Los hombres más sabios se burlan de ese sueño y se ríen de las ideas de cábalas científicas. Los más sabios son tontos. Supongamos que Aristóteles hubiese descubierto estas pocas palabras en una tableta llena de caracteres cuneiformes en Nínive: Supervivencia de los Aptos. La filosofía habría ganado dos mil doscientos años. Le diré ahora, en la misma cantidad de palabras, una verdad igualmente fecundada. La máxima evolución de la criatura es hacia el creador. Tal vez pasen dos mil doscientos años antes de que esta verdad encuentre aceptación general pero no es menos verdad por eso. El Barón Savitch es mi creación, y yo soy su creador... el creador del hombre más capaz del mundo.

»Aquí tenemos nuestra escalera, Monsieur. He cumplido entonces con mi parte del acuerdo. Recuerde la suya.


Después de una gira de dos meses por Suiza y los lagos de Italia, los Fisher se encontraron en el Hotel Splendid de París rodeados de gente de su propio país. Para Fisher era un alivio, después de la experiencia que lo había dejado perplejo, en Baden, seguida por un exceso de estupendos picos cubiertos de nieve, estar una vez más entre personas que sabían distinguir entre una seguidilla de cartas del mismo palo en el poker y una jugada deshonesta, y cuyos pechos se emocionaban del mismo modo que el suyo ante la vista de la bandera de las barras y las estrellas. Fue particularmente agradable para él encontrarse en el Hotel, entre un grupo de personas procedintes del este norteamericano que habían venido a ver la Gran Exposición, a la señorita Bella Ward, de Portland, una bonita y talentosa muchacha, comprometida con su mejor amigo de Nueva York. Con mucho menos placer.

Fisher se enteró de que el Barón Savitch también estaba en París, recién llegado desde el Congreso de Berlín y que era el hombre del momento entre los pocos individuos escogidos que podían leer el significado oculto en los comunicados políticos y distinguir los falsos diplomáticos de los verdaderos jugadores en este tremendo torneo. El Dr. Rapperschwil no se hallaba junto al Barón. Se había demorado en Suiza, junto al lecho de su anciana madre. Esta última noticia fue bien recibida por Fisher. Cuanto más reflexionaba sobre la entrevista en el Mercuriusberg, más sentía que era su deber convencerse de que todo el asunto era una ilusión y no una dura realidad. Se habría alegrado, aun a costa de su propia sagacidad, de poder creer que el doctor suizo había estado divirtiéndose a causa de su credulidad.

Pero el recuerdo de la escena en e! aposento del Barón en el Badiseher Hof era demasiado vívida para dar el menor fundamento a esta teoría, estaba obligado a contentarse con el pensamiento de que pronto el ancho océano Atlántico estaría entre él y un ser tan inhumano, tan peligroso, y tan monstruosamente imposible como el Barón Savitch.

No acababa de transcurrir una semana cuando volvió a encontrarse en la compañía de esa imposible persona. Las damas del grupo de norteamericanos conocieron al Barón ruso en un baile de gala en el New Continental Hotel, y quedaron inmediatamente encantados con su hermoso rostro, sus modales refinados, su inteligencia y su ingenio. Volvieron a encontrarse en el baile del embajador norteamericano y ante la indecible consternación de Fisher, las relaciones así establecidas empezaron a evolucionar rápidamente en dirección a algo más íntimo. El Barón Savitch se convirtió en un frecuente visitante del Hotel Splendid. Disgusta a Fisher el recuerdo de este período. Durante un mes, su paz espiritual fue quebrada por la aprensión y la repugnancia. Se reconoce obligado a admitir que el comportamiento del Barón era de lo más amistoso, aunque ninguna de las partes hiciese alusión alguna al incidente en Baden.

Pero la noción de que nada bueno resultaría de la asociación de sus amigos con un ser cuyos principios morales habían sido reemplazados sin duda alguna por un sistema de engranajes, lo mantenía en un constante estado de perturbación. De buena gana le habría explicado a sus compatriotas la verdadera naturaleza del ruso, que no era un hombre de una sana organización mental, sino simplemente una maravilla mecánica, construido sobre un principio que constituía una subversión de todo lo que la sociedad representaba en la actualidad... en pocas palabras, un monstruo cuya existencia misma debía ser considerada con repugnancia por todas las personas rectas y honradas. Pero la solemne promesa hecha al Dr. Rapperschwyll sellaba sus labios.

Un incidente sin importancia le hizo abrir los ojos ante las alarmantes características de la situación, llenando su corazón de un nuevo sentimiento de horror. Un anochecer, pocos días antes de la fecha designada para la partida de los norteamericanos desde el El Havre de regreso a la patria, Fisher acertó a entrar en el salón privado que era, de común acuerdo, el cuartel general del grupo de turistas. Creyó al principio que la estancia estaba desierta. Pero advirtió muy pronto que en un rincón del ventanal, ocultadas por las cortinas, se adivinaban las siluetas del Barón Savitch y la señorita Ward, quienes no se percataron de su presencia. La mano de la norteamericana estaba en la del Barón y la dama miraba directamente el hermoso rostro del ruso con una expresión que Fisher no podía dejar de comprender.

Fisher tosió cortésmente y dirigiéndose a la otra ventana fingió interesarse en lo que pasaba en el Boulevard. La pareja emergió del rincón. El rostro de la señorita Ward estaba rojo de confusión y se retiró del lugar enseguida. Ningún signo de embarazo era visible en cambio en las facciones impávidas del Barón. Saludó a Fisher y empezó a comentar acerca del enorme globo aerostático en la Place du Carrousel. Fisher sintió pena por la joven dama pero no pudo culparla de nada. Él creía que en el fondo de su corazón ella todavía era fiel a su compromiso de Nueva York. Sabía muy bien que los halagos de ningún hombre podrían hacer mella en su lealtad. Reconoció que se encontraba bajo el hechizo de un poder sobrehumano.

Sin embargo, ¿cuál sería el resultado? No podía contarle toda la verdad porque su promesa se lo impedía. Sería en vano apelar a la generosidad del Barón: ningún sentimiento humano gobernaba sus fines inexorables. ¿Debía dejar que la relación continuara su curso mientras él observaba atado de pies y manos? ¿Era posible que esta encantadora e inocente muchacha fuera sacrificada a los caprichos pasajeros de un autómata? Aún admitiendo que las intenciones del Barón fueran las más honorables del mundo, ¿hacía eso la situación menos horrible? ¿Casarse con una máquina? La propia lealtad a su amigo neoyorkino y su afecto por la joven, le reclamaban por igual que actuara con prontitud.

Y, aparte de todo interés particular ¿no tenía un sencillo deber hacia la sociedad, hacia las libertades del mundo? ¿Se le permitiría a Savitch continuar con la carrera preparada por su creador el Dr. Rapperschwyll? Fisher era la única persona en el mundo en posición de desbaratar un programa tan ambicioso. ¿Alguna vez había sido un Bruto tan necesario como en ese momento? Sumido en una confusión de dudas y temores, los últimos días de Fisher en París fueron indescriptiblemente miserables. La mañana de la partida del vapor había decidido actuar de acuerdo a sus sentimientos. El tren para El Havre partía al mediodía y a las once de la mañana el Barón Savitch se hizo presente en el Hotel Splendid para despedirse de sus amigos norteamericanos. Fisher vigilaba muy de cerca a la señorita Ward. La clama mostraba cierta reticencia que no hizo más que fortificar su resolución.

El Barón observó incidentalmente que se impondría la obligación y el placer de visitar los Estados Unidos en unos pocos meses y que esperaba entonces renovar las relaciones interrumpidas por esta separación. Mientras hablaba Savitch, Fisher notó que sus ojos se encontraban con los de la señorita Ward, mientras una leve nube de rubor cubría sus hermosas mejillas. Fisher advirtió que la situación era desesperada y demandaba un remedio similar.

Se unió entonces a las señoras del grupo para solicitar al Barón a que las acompañara en el apresurado refrigerio que iba a preceder al viaje en coche hasta la estación. Savitch aceptó de buen grado la cordial invitación. Rechazó muy cortésmente el vino, arguyendo que su médico se lo había prohibido absolutamente, Fisher salió de la sala por un instante y regresó con la botella negra que había jugado un papel tan importante en el suceso de Baden.

—El Barón —dijo— ya ha expresado su aprobación al más noble de los productos de nuestro país, y sabe que esta bebida goza de buenas recomendaciones médicas.

Y, con esas palabras, virtió el resto del contenido de la botella de whisky de Kentucky en un vaso y se lo ofreció al ruso. Savitch vaciló por un instante. Su experiencia anterior con aquel néctar era tanto una tentación como una advertencia, pero al mismo tiempo no deseaba parecer descortés. Un comentario casual de la señorita Ward forzó su decisión.

—El Barón —dijo ella, con una sonrisa— naturalmente no se negará a desearnos un bon voyage al estilo norteamericano.

Savitch vació el vaso y la conversación se volvió hacia otros temas. Los coches ya esperaban abajo. Se estaba efectuando la despedida cuando Savitch de repente se puso las manos en la frente, aferrándose al respaldo de una silla. Las damas lo rodearon alarmadas.

—No es nada —dijo con voz desfalleciente—, simplemente un mareo.

—No hay tiempo que perder —dijo Fisher, adelantándose—. El tren sale dentro de veinte minutos. Prepárense en seguida y, mientras tanto, yo lo atenderé.

Fisher se apresuró a llevar al Barón a su propio dormitorio. Savitch se desplomó en la cama. Volvían a repetirse los síntomas de Baden. En unos minutos, el ruso quedó inconsciente. Fisher miró su reloj. Le quedaban solamente tres minutos. Cerró la puerta con llave y ajustó la perilla de la campanilla eléctrica. Luego, dominando sus nervios con un supremo esfuerzo, Fisher sacó la engañosa peluca y el casquete negro de la cabeza del Barón.

¡Que el Cielo me perdone si estoy cometiendo un error lamentable! —pensó—. Pero creo que es lo mejor para nosotros y para el mundo.

Rápidamente, pero con mano firme, desenroscó la cúpula de plata. El mecanismo quedó así expuesto ante sus ojos. El Barón exhaló un quejido. Sin ningún escrúpulo Fisher arrancó la maravillosa máquina. No tenía ni tiempo ni deseos de examinarla. Recogió un periódico y precipitadamente la envolvió en el. Metió el paquete en su maleta de viaje aún abierta. Luego atornilló la tapa de plata con firmeza en la cabeza del Barón y volvió a colocar el casquete y la peluca. Hizo todo esto antes de que el sirviente contestara a su llamado.

—El Barón Savitch no se siente bien —dijo Fisher al criado cuando éste se hizo presente—. No hay razón para alarmarse. Mande llamar en seguida a su valet Auguste, que está en el Hotel de l'Athénée.

Veinte segundos más tarde Fisher se encontraba en un coche de alquiler, viajando velozmente hacia la Estación St. Lazare. Cuando el vapor Pereire se hallaba, ya mar adentro, con Ushant a setecientos kilómetros atrás y grandes cantidades de agua bajo su quilla, Fisher extrajo un bulto envuelto de su maleta. Con los dientes bien apretados y los labios rígidos llevó el pesado paquete al costado del barco y lo arrojó a los abismos del Océano Atlántico. El envoltorio produjo un pequeño remolino en las tranquilas aguas y se hundió desapareciendo de su vista. Fisher creyó imaginar que había oído un grito salvaje y desesperado y se apretó los oídos con las manos para ahogar el ruido. Una gaviota estaba revoloteando sobre el barco; el grito podía haber sido producido por el pájaro. Fisher sintió un leve toque en el brazo. Se dio vuelta con rapidez y la señorita Ward estaba parada a su lado, apoyada en la barandilla.

—¡Válgame Dios! ¡Qué blanco que está usted! —dijo—. ¿Qué diablos ha estado haciendo?

—Preservando la libertad de dos continentes —respondió Fisher lentamente— y tal vez salvando, al mismo tiempo, su propia tranquilidad espiritual.

—¿De verdad? —dijo ella— ¿y cómo lo ha hecho?

—Lo he hecho —contestó Fisher con voz grave— tirando al Barón Savitch por la borda.

La risa cantarilla de la señorita Ward resonó alegremente.

—A veces es usted demasiado chistoso, señor Fisher —dijo.

Edward Page Mitchell (1852-1927)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Page Mitchell.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Edward Page Mitchell: El hombre más capaz del mundo (The Ablest Man in the World), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La Taquiporta»: Edward Page Mitchell; relato y análisis


«La Taquiporta»: Edward Page Mitchell; relato y análisis.




La Taquiporta (The Tachypomp) es un relato fantástico del escritor norteamericano Edward Page Mitchell (1852-1927), publicado originalmente en la edición de marzo de 1874 de la revista Scribner's Monthly, y luego reeditado en la antología de 1973: El hombre de cristal: hito de la ciencia ficción (The Crystal Man: Landmark Science Fiction).

La Taquiporta, uno de los grandes cuentos de Edward Page Mitchell, relata la historia de un científico loco que, para ganar la mano de la hermosa Abscissa Surd, se propone construir una máquina de movimiento perpetuo, capaz de impulsar a un objeto a una velocidad infinita en un lapso de tiempo determinado.

En este contexto, La Taquiporta de Edward Page Mitchell es un verdadero clásico de la ciencia ficción, aunque de hecho contradiga las teorías de Albert Einstein a través de este extraño dispositivo capaz de viajar a una velocidad mayor que la de la luz.




La Taquiporta.
The Tachypomp, Edward Page Mitchell (1852-1927)

No había nada de misterioso en la aversión que sentía hacia mí el Profesor Surd. Yo era el único matemático pobre en una clase excepcionalmente matemática. El viejo caballero buscaba la sala de conferencias todas las mañanas con entusiasmo, y la dejaba de mala gana. Porque, ¿no era cosa de júbilo encontrar a setenta jóvenes quienes, por separado y colectivamente, preferían 'x' a XX; quienes más bien se diferenciaban que se disipaban; y para quienes los miembros de los cuerpos celestes tenían más atractivo que los de las estrellas terrenales sobre el escenario espectacular? De modo que los asuntos iban de maravillas entre el profesor de matemática y la clase de estudiantes de tercer año en la Universidad Polyp.

En cada uno de los setenta hombres el sabio veía el logaritmo de un posible La Place, de un Sturm, o de un Newton. Era una tarea encantadora para él conducirlos a través de los placenteros valles de las secciones cónicas, y junto a las quietas aguas del cálculo integral. Figuradamente hablando, su problema no era difícil. Sólo tenía que manipular, eliminar, y elevar a una potencia más alta, y el triunfal resultado de un día de examen estaba garantizado. Pero yo era un elemento preocupante, una desconcertante cantidad desconocida, que de alguna manera se había deslizado en el trabajo, y que amenazaba con afectar seriamente la exactitud de sus cálculos. Era una visión conmovedora contemplar al venerable matemático cuando me suplicaba no ignorar tan completamente el precedente en el uso de las cotangentes; o cuando me instaba, con los ojos casi llenos de lágrimas, que los ordinales eran cosas peligrosas para andar jugando.

Todo en vano. Más teoremas iban a mi puño que a mi cabeza. Nunca una tiza hizo tanto trabajo por tan pequeño propósito. Y, por lo tanto, vino que Furnace Second fue reducido a cero en la estimación del Profesor Surd. Me consideraba con todo el horror que una naturaleza no-algebraica podía inspirar. He visto al profesor caminar alrededor de toda una plaza para no encontrarse con el hombre que no tenía matemática en su alma.

Para Furnace Second no había ninguna invitación a la casa del Profesor Surd. Los setenta de la clase cenaban en delegaciones alrededor de la periferia de la mesa del té del profesor. El septuagésimo primero no conocía nada de los encantos de esa elipse perfecta, con sus grupos gemelos de fucsias y geranios en espléndida precisión en los dos costados. Esto, por desgracia, no era privación insignificante. No era que yo anhelara especialmente las porciones de pasteles de limón justamente célebres de la Sra. Surd; no era que las esféricas ciruelas damascenas de sus excelentes mermeladas tuvieran ningún notable encanto; ni siquiera que ansiara escuchar la jocosa charla en la mesa del profesor sobre los binomios, y las informales ilustraciones sobre abstrusas paradojas.

La explicación es muy diferente. El Profesor Surd tenía una hija. Veinte años atrás hizo una proposición de matrimonio a la actual Sra. Surd. Añadió un pequeño Corolario a su proposición no mucho tiempo después. El Corolario era una niña. Abscisa Surd era tan perfectamente simétrica como el círculo de Giotto, y tan pura, además, como la matemática que su padre enseñaba. Fue justo cuando la primavera estaba llegando para extraer las raíces de la vegetación congelada que me enamoré del Corolario. Pronto tuve razones para considerar como una verdad evidente que ella misma no era indiferente.

El lector sagaz ya reconocerá casi todos los elementos necesarios de una trama bien-ordenada. Hemos presentado a una heroína, deducido un héroe, y formulado un padre hostil según el modelo más aprobado. Un movimiento para la historia, un único Deus ex machina está faltando. Con considerable satisfacción puedo prometer una novedad perfecta en esta línea, un Deus ex machina nunca antes ofrecido al público.

Estaría desestimando la inteligencia común al decir que busqué con incansable perseverancia imaginarme en la buena voluntad del severo padre; que nunca un estúpido se dedicó a la matemática con más paciencia que yo; que nunca la fidelidad logró una recompensa tan magra. Entonces contraté a un profesor particular. Sus instrucciones seguí sin el menor éxito. El nombre de mi profesor particular era Jean Marie Rivarol. Era un alsaciano único, aunque galo de nombre, totalmente teutón de naturaleza; de nacimiento francés, por la educación alemán. Su edad era treinta; su profesión, la omnisciencia; el lobo en su puerta, la pobreza; el esqueleto en su ropero, una pasión devoradora pero no correspondida.

Los principios más recónditos de la ciencia práctica eran sus juguetes; las complejidades más profundas de la ciencia abstracta sus diversiones. Los problemas que eran misterios predestinados para mí eran para él tan claros como agua de Tahoe. Quizás este mismo hecho explicará la falta de éxito en la relación entre profesor particular y alumno; quizás la falla sea sólo debida a mi propia y rematada estupidez. Rivarol había colgado de las faldas de la universidad durante varios años; proveía a sus pocas necesidades escribiendo para revistas científicas, o ayudando a estudiantes que, como yo mismo, eran caracterizados por una plétora de dinero y una pobreza de ideas; cocinaba, estudiaba y dormía en su alojamiento en el ático; y llevaba a cabo experimentos extraños por sí mismo.

No necesitamos mucho tiempo para descubrir que incluso este genio excéntrico no podía trasplantar un cerebro en mi cráneo deficiente. Dejé la lucha desesperado. Un año desdichado arrastraba lentamente su longitud. Fue un año triste, sólo iluminado por ocasionales entrevistas con Abscisa, la Abbie de mis pensamientos y sueños. El día de graduación se acercaba rápidamente. Pronto me iría, con el resto de mi clase, a sorprender y encantar a un mundo que esperaba. El profesor parecía evitarme más que nunca. Nada más que los convencionalismos, que creo que lo alejaban de darle forma a su tratamiento hacia mí sobre la base de una no disimulada aversión. Por fin, por la misma imprudencia de la desesperación, resolví verlo, suplicarle, amenazarlo si era necesario, y arriesgar toda mi fortuna en una oportunidad desesperada.

Le escribí una carta algo desafiante, declarando mis aspiraciones, y, mientras me halagaba, astutamente le di una semana para superar la primera impresión de la horrible sorpresa. Entonces, estaba listo para conocer mi destino. Durante la semana de suspenso me preocupé casi hasta tener fiebre. Primero era la esperanza descabellada, y luego la desesperación más sensata. El viernes por la noche, cuando me presenté en la puerta del profesor, era un espectro tan demacrado, somnoliento y arrastrado, que incluso la Srta. Jocasta, la severa doncella predilecta de los Surd, me hizo pasar con compasión, y sugirió un té de menta. El Profesor Surd estaba en una reunión del cuerpo docente. ¿Esperaría?

Sí, hasta que todo se pusiera azul, si era necesario. ¿La Srta. Abbie?

Abscisa había ido a Wheelborough a visitar a un amigo de la escuela. La anciana doncella esperaba que me sintiera cómodo, y partió hacia los sitios desconocidos que conocían la diaria caminata de Jocasta. ¡Cómodo! Pero me senté en una enorme silla incómoda y esperé, con el espíritu contradictorio común en tales coyunturas, temiendo cada paso que debía anunciar al hombre que, de todos los hombres, deseaba ver. Había estado allí al menos una hora, y me estaba sintiendo somnoliento. Por fin entró el Profesor Surd. Se sentó en la penumbra enfrente de mí, y pensé que sus ojos brillaban con maligno placer cuando dijo, abruptamente:

—De modo que, joven, ¿usted piensa que será un adecuado esposo para mi hija?

Tartamudeé algunas sandeces sobre darle en afecto lo que carecía en méritos; sobre mis expectativas, familia y todo eso. Me interrumpió rápidamente.

—Usted me entiende mal, señor. Su naturaleza carece de percepción y conocimiento matemáticos que son los únicos fundamentos seguros del carácter. Usted no tiene matemática dentro. Usted es adecuado para la traición, las estratagemas, y el botín --Shakespeare. Su estrecho intelecto no puede comprender y apreciar una mente generosa. Hay toda una diferencia entre usted y un Surd, si puedo decirlo, que interviene entre una infinitesimal y una infinito. ¡Vaya, incluso osaré decir que usted ni siquiera comprende el Problema de los Correos!

Admití que el Problema de los Correos debería ser clasificado más bien fuera de mi lista de logros que dentro de ella. Lamentaba esta falla muy profundamente, y sugerí enmendarme.

—¡Dinero! —exclamó impaciente—. ¿Trata usted de sobornar a un senador romano con un flautín? Vaya, muchacho, ¿alardea su mísera riqueza, la cual, expresada en millas, no cubrirá diez lugares decimales, ante los ojos de un hombre que mide los planetas en sus órbitas, y cierra multitudes de infinitos por sí mismos?

Con premura negué cualquier intención de imponer mis tontos dólares, y él continuó:

—Su carta no me sorprendió ni un poco. Pensé que usted sería la última persona en el mundo entero que supusiera una alianza aquí. Pero teniendo una contemplación hacia usted en persona —y otra vez vi que la malicia brillaba en sus ojos pequeños— y aun más consideración hacia la felicidad de Abscisa, he decidido que usted la tendrá, con condiciones. Con condiciones —repitió, con un gesto despectivo medio encubierto.

—¿Cuáles son? —grité, ansiosamente—. Sólo dígalas.

—Bien, señor —continuó, y la forma deliberada de su discurso parecía el mismo refinamiento de la crueldad—, usted sólo tiene que demostrar que es digno de una alianza con una familia matemática. Sólo tiene que lograr una tarea que le daré en este momento. Sus ojos me preguntan cuál es. Le diré. Distíngase en esa noble rama de la ciencia abstracta en la cual, no puede dejar de reconocer, es en este momento tristemente deficiente. Pondré la mano de Abscisa en la suya siempre que usted venga ante mí y cuadre el círculo a mi satisfacción. ¡No! Ésa es una condición demasiado fácil. Me haría trampas a mí mismo. Digamos movimiento perpetuo. ¿Le gusta eso? ¿Cree que está dentro del alcance de su capacidad mental? Usted no sonríe. Quizás su talento no corre en el sentido del movimiento perpetuo. Varias personas han descubierto que los suyos no lo hacían. Le daré otra oportunidad. Estábamos hablando del Problema de los Correos, y creo que usted expresó un deseo de saber más de esa ingeniosa cuestión. Tendrá la oportunidad. Siéntese algún día, cuando no tenga nada más que hacer, y descubra el principio de la velocidad infinita. Quiero decir la ley del movimiento que logrará una infinita distancia en un tiempo infinitamente corto. Puede mezclar un poco de mecánica práctica, si quiere. Invente algún método para llevar el Correo atrasado en su camino a la velocidad de sesenta millas por minuto. Demuéstreme matemáticamente este descubrimiento (¡cuando lo haya hecho!), y aproxímese a él prácticamente, y Abscisa será suya. Hasta que pueda, le agradeceré que no me moleste ni a ella.

No podía soportar su burlar por más tiempo. Salí mecánicamente y a trompicones de la habitación, y de la casa. Incluso olvidé mi sombrero y mis guantes. Caminé una hora a la luz de la luna. Gradualmente gané un marco mental más optimista. Esto era debido a mi ignorancia de matemática. Si hubiera comprendido el verdadero significado de lo que pedía, debería haber estado completamente abatido. Quizás este problema de las sesenta millas por minuto no era tan imposible después de todo. De todos modos podía intentar, sin embargo podía no tener éxito. Y Rivarol vino a mi mente. Le preguntaría. Conseguiría el apoyo de sus conocimientos para acompañar mi propia perseverancia fiel. Busqué sus alojamientos de inmediato. El hombre de ciencia vivía en el cuarto piso, atrás. Nunca antes había estado en su habitación. Cuando entré, estaba en el acto de llenar un jarro de cerveza de un bidón etiquetado "Aqua fortis".

—Siéntese —dijo—. No, no en esa silla. Es mi Ajustador de Caja Chica.

Pero fue un segundo demasiado tarde. Me había lanzado sin cuidado sobre una silla de apariencia seductora. Ante mi total asombro, extendió dos brazos de esqueleto y me sujetó fuertemente, contra lo que me debatí en vano. Entonces, un cráneo se estiró sobre mi hombro y sonrió abiertamente con una espantosa familiaridad cerca de mi cara. Rivarol llegó en mi ayuda con un montón de disculpas. Tocó un resorte en algún lugar y el Ajustador de Caja Chica aflojó sus espantosos brazos. Me senté con cautela en una simple mecedora con base de caña, que Rivarol me aseguró era una ubicación segura.

—Ese asiento —dijo—, es un arreglo sobre el que me felicito. Lo hice en Heidelberg. Me ha ahorrado una gran cantidad de pequeños fastidios. Envío a sus brazos a los amigos que me aburren, y las visitas que me exasperan. Pero nunca es tan útil como cuando aterroriza a algún comerciante con una cuenta insignificante. De allí viene el sobrenombre que le he dado con humor. Ellos están siempre demasiado felices para comprar su liberación al precio de una factura. ¿Comprende bien la idea?

Mientras el alsaciano diluía su vaso de Aqua fortis, le agregaba una infusión de licores amargos, y se lanzaba del parachoques con evidente deleite, tuve tiempo de mirar el extraño departamento. Las cuatro esquinas de la habitación estaban ocupadas, respectivamente, por un torno, un rollo Rhumkorff, un pequeño motor a vapor y un planetario en movimiento. Mesas, estantes, sillas y piso sostenían un raro conjunto de herramientas, retortas, químicos, receptores de gas, instrumentos filosofales, botas, matraces, cajas de cuellos de papel, diminutos libros, y libros de gran tamaño. Había bustos de yeso de Aristóteles, Arquímedes y Comte, mientras que un enorme búho somnoliento parpadeaba apoyado sobre la frente benigna de Martin Farquhar Tupper.

—Siempre hace nido allí cuando se propone dormir —explicó mi profesor particular—. Eres un ave con una mente no corriente. Schlafen Sie wohl.

Por una puerta del ropero, entreabierta, pude ver una forma casi humana cubierta con una sábana. Rivarol captó mi mirada.

—Eso —dijo—, será mi obra maestra. Es un Microcosmos, un Androide, aunque sólo parcialmente completo. ¿Y por qué no? Albertus Magnus construyó una imagen perfecta para charlar sobre metafísica y refutar a las escuelas. También lo hizo Sylvester II; también Robertus Greathead. Roger Bacon hizo a una cabeza desvergonzada que lanzaba discursos. Pero el primero de los nombrados llegó a la destrucción. Tomás de Aquino se alzó en cólera por algunos de sus silogismos e hizo añicos su cabeza. La idea es bastante razonable. La acción mental será reducida a leyes tan precisas como las que gobiernan lo físico. ¿Por qué no debería lograr un maniquí que sermonee discursos tan originales como los del Rev. Dr. Allchin, o que diga poesía tan mecánicamente como Paul Anapest? Mi Androide ya puede resolver problemas en fracciones vulgares y componer sonetos. Espero enseñarle la Filosofía Positiva.

De entre la desconcertante confusión de sus efectos, Rivarol sacó dos pipas y las llenó. Me pasó una.

—Y aquí —dijo—, vivo y estoy aceptablemente cómodo. Cuando mi abrigo se gasta en los codos, busco al sastre y me toma las medidas para otro. Cuando estoy hambriento, doy un paseo hasta lo del carnicero y me traigo a casa una libra o algo así de filete, que cocino muy bien en tres segundos con esta llama de oxy-hidrógeno. Sediento, quizás, pido el envío de un bidón de Aqua fortis. Pero hago que lo anoten, todos anotan. Mi espíritu está por encima de cualquier pequeña transacción pecuniaria. Odio los sucios billetes, y nunca manejo lo que llaman certificado.

—¿Pero nunca es molestado con las facturas? —pregunté—. ¿Los acreedores no lo preocupan?

—¡Acreedores! —gritó Rivarol—. No he aprendido semejante palabra en su muy admirable idioma. El que permita que su alma sea afectada por acreedores es una reliquia de una civilización imperfecta. ¿De qué sirve la ciencia si no puede servir a un hombre que tiene cuentas en curso? Escuche. Al momento que usted o cualquiera entra por la puerta exterior, esta campanilla eléctrica suena advirtiéndome. Cada escalón sucesivo de la escalera de la Sra. Grimier es un espía y alerta informante para mi beneficio. El primero escalón es pisado. Ese confiable primer escalón de inmediato telegrafía su peso. Nada podría ser más simple. Es exactamente como cualquier balanza de plataforma. El peso es registrado aquí arriba sobre este dial. El segundo escalón registra el tamaño de los pies de mi visitante. El tercero, su altura; el cuarto, su complexión, y todos así. Cuando llega a la cima del primer tramo, tengo una descripción muy exacta de él aquí mismo, en mi codo, y un margen del tiempo para deliberar y actuar. ¿Me sigue? Es bastante simple. Apenas el ABC de mi ciencia.

—Ya veo todo eso —dije—, pero no veo cómo lo ayudan. El saber que un acreedor viene no pagará su cuenta. Usted no puede escapar a menos que salte por la ventana.

Rivarol se rió suavemente.

—Le diré. Usted verá en qué se convierte cualquier pobre diablo que viene a exigir dinero de mí, de un hombre de ciencia. ¡Ja! ¡Ja! Me complace. Estuve siete semanas perfeccionando mi Supresor de Crueldad. ¿Sabía que —susurró exultante—, sabía que hay un agujero a través del centro de la tierra? Los físicos lo han sospechado durante mucho tiempo; fui el primero en encontrarlo. Usted ha leído cómo Rhuyghens, el navegante holandés, descubrió en la región de Kerguellen un hoyo abismal donde mil cuatrocientas brazas de línea de plomada no sonaron. Herr Tom, ¡ese agujero no tiene fondo! Corre desde una superficie de la tierra hasta la superficie antipodal. Es diametral. ¿Pero dónde es el sitio antipodal? Usted está parado sobre él. Lo supe por la más simple casualidad. Estaba cavando en el sótano de la Sra. Grimier para enterrar a un pobre gato que había sacrificado en un experimento galvánico, cuando la tierra bajo mi pala se desmenuzó, se hundió, y lleno de asombro quedé sobre el borde de un pozo muy amplio. Dejé caer un trozo de carbón. Se fue abajo, abajo, abajo, saltando y rebotando. En dos horas y cuarto ese trozo de carbón apareció otra vez. Lo atrapé y se lo devolví a la furiosa Grimier. Sólo piense un minuto. El trozo de carbón cayó, más y más rápido, hasta que llegó al centro de la tierra. Allí se detendría, si no fuera por la velocidad adquirida. Más allá del centro su viaje fue relativamente hacia arriba, hacia la superficie opuesta del globo. De modo que, al perder velocidad, fue cada vez más lento hasta que llegó a esa superficie. Aquí llegó a detenerse por un segundo y luego cayó otra vez, ocho mil millas y pico, a mis manos. Si yo no hubiera interferido, habría repetido su viaje, una y otra vez, cada uno de menor extensión, como las decrecientes oscilaciones de un péndulo, hasta que al final llegara al descanso eterno en el centro de la esfera. No soy lento para darle una aplicación práctica a un descubrimiento tan imponente. Mi Represor de Crueldad nació de él. Una trampa, justo fuera de la puerta; un resorte aquí, un acreedor en la trampa. ¿Necesita que diga más?

—¿Pero no es un poco inhumano? —sugerí tímidamente—. Lanzar a un ser desdichado a un viaje perpetuo hacia y desde la región de Kerguellen, sin advertencia.

—Les doy una oportunidad. Cuando aparecen por primera vez, espero en la boca del pozo con una soga en las manos. Si son razonables y aceptan los términos, les arrojo la línea. Si se mueren, es por su propia culpa. Sólo que —añadió, con una sonrisa melancólica—, el centro se está obstruyendo con tantos acreedores que me temo que pronto ya no habrá elección para ellos.

Hasta ese momento, había concebido una alta opinión de la habilidad de mi profesor particular. Si alguien podía enviarme a bailar alegremente por el espacio a una velocidad infinita, Rivarol podía hacerlo. Llené mi pipa y le conté la historia. Escuchó con atención seria y paciente. Entonces, por toda una media hora, fumó en silencio. Al final, habló.

—La antigua figura se ha extralimitado. Le ha dado la oportunidad de dos problemas, y él considera que ambos son insolubles. Ninguno de ellos es insoluble. El único rayo de inteligencia que mostró el Viejo Cotangente fue cuando dijo que cuadrar el círculo era demasiado fácil. Tenía razón. Le habría dado su Liebchen en cinco minutos. Yo cuadré el círculo antes de quitarme los pantalones cortos. Le mostraré el trabajo... pero sería una digresión, y usted no está de humor para digresiones. Nuestra primera oportunidad, por lo tanto, está en el movimiento perpetuo. Ahora, mi buen amigo, le diré francamente que, aunque comprendo este interesante problema, no decido usarlo en su provecho. Yo también, Herr Tom, tengo un corazón. Lo más encantador de su sexo me desaprueba. Sus encantos algo maduros no son para Jean Marie Rivarol. Ha dicho con crueldad que sus años demandan de mí una consideración filial más que una matrimonial. ¿Es el amor una cuestión de años o de eternidad? Esta pregunta le hice a la fría aunque encantadora Jocasta.

—¡Jocasta Surd! —repetí con sorpresa—. ¡La tía de Abscisa!

—La misma —dijo tristemente—. No intentaré ocultar que mi doncel corazón ha sido otorgado a la doncella Jocasta. ¡Deme su mano, sobrino mío en aflicción y en afecto!

Rivarol se secó una no deshonrosa lágrima, y continuó:

—Mi única esperanza está en este descubrimiento del movimiento perpetuo. Me dará fama, riqueza. ¿Puede Jocasta rechazarlas? ¡Si puede, sólo queda la trampa secreta y... la región de Kerguellen!

Con timidez le pedí ver la máquina del movimiento perpetuo. Mi tío en la aflicción sacudió la cabeza.

—En otro momento —dijo—. Ya es suficiente decir en este momento, que es algo sobre el principio de la lengua de una mujer. Pero ahora ve por qué debemos girar su caso a la condición alternativa, la velocidad infinita. Hay varias maneras de lograrlo, en teoría. Por la palanca, por ejemplo. Imagine una palanca con un brazo muy largo y un brazo muy corto. Aplique potencia al brazo más corto que la moverá con gran velocidad. El extremo del brazo largo se moverá mucho más rápido. Ahora continúe acortando el brazo corto y alargando el brazo largo, y a medida que se acerque al infinito en la diferencia de longitud, se acercará al infinito en la velocidad del brazo largo. Sería difícil hacerle una demostración práctica al profesor. Debemos buscar otra solución. Jean Marie meditará. Venga en una quincena. Buenas noches. ¡Pero deténgase! ¿Tiene usted dinero, das Geld?

—Mucho más del que necesito.

—¡Bien! Estrechemos las manos. Oro y Saber; Ciencia y Amor. ¿Qué no podría lograr esta asociación? Vamos a conquistarte, Abscisa. ¡Vorwärts!

Cuando, al final de la quincena, fui al apartamento de Rivarol, pasé con alguna pequeña inquietud sobre la terminal de la Aerolínea a la región de Kerguellen, y eludí los brazos extendidos del Ajustador de Caja Chica. Rivarol me extendió un jarro de cerveza, y llenó el suyo con su propia bebida peculiar.

—Venga —dijo por fin—. Bebamos por el éxito de la TAQUIPORTA.

—¿TAQUIPORTA?
—Sí. ¿Por qué no? "Taqui", rápidamente, y "porta, transporta". ¡Puede enviarlo rápidamente al día de su boda! Abscisa es suya. Es un hecho. ¿Cuándo iremos por las praderas?

—¿Dónde está? —pregunté, mirando en vano alrededor de la habitación cualquier artefacto que pudiera parecer calculado para adelantar posibilidades matrimoniales.

—Está aquí —y dio un a su frente golpecito significativo. Entonces habló didácticamente.

—Hay fuerza suficiente en existencia para lanzarnos a una velocidad de sesenta millas por minuto, o incluso más. Lo que necesitamos es el conocimiento de cómo combinarla y aplicarla. El hombre sabio no intentará hacer que alguna gran fuerza produzca alguna gran velocidad. Seguirá añadiendo pequeña fuerza a la pequeña fuerza, haciendo que cada pequeña fuerza produzca su pequeña velocidad, hasta que la suma de pequeñas fuerzas será una gran fuerza, produciendo ese total de pequeñas velocidades pequeñas, una gran velocidad. La dificultad no está en agregar fuerza; está el correspondiente agregado de velocidades. Una bala de mosquete irá, por decir, hasta una milla. No es difícil aumentar la fuerza de los mosquetes por mil, sin embargo, las mil balas de mosquete no irán más lejos, ni más rápido, que la primera. Vea, entonces, dónde está nuestro problema. No podemos fácilmente sumar velocidad a la velocidad, como sumamos fuerza a la fuerza. Mi descubrimiento es simplemente la utilización de un principio que consigue un aumento de velocidad por cada incremento de la potencia. Pero ésta es la metafísica de la física. Seamos prácticos o nada. Cuando usted caminó hacia adelante en un tren en movimiento, desde el coche del final hacia la máquina, ¿alguna vez pensó qué estaba haciendo realmente?

—Vaya, sí, generalmente iba al coche de fumadores a fumar.

—Ps, ps, ps... ¡eso no! Quiero decir, ¿alguna vez se le ocurrió en tales ocasiones que se estaba moviendo más rápido que el tren? El tren pasa los postes del telégrafo a una velocidad de treinta millas por hora, por decir. Usted camina hacia el vagón de fumadores a una velocidad de cuatro millas por hora. Entonces usted pasa los postes del telégrafo a una velocidad de treinta y cuatro millas. Su velocidad absoluta es la velocidad de la máquina, más la velocidad de su propia locomoción. ¿Me sigue?

Empecé a conseguir un indicio de lo que quería decir, y se lo dije.

—Muy bien. Avancemos un paso. Su adición a la velocidad de la máquina es trivial, y el espacio donde puede ejercitarla, limitado. Ahora suponga dos estaciones, A y B, a dos millas de distancia junto a las vías. Imagine un tren de coches de plataforma, el último coche está detenido en la estación A. El tren tiene una milla de largo, por decir. La máquina está, por lo tanto, a una milla de la estación B. Digamos que el tren puede correr una milla en diez minutos. El último coche, que tiene que correr dos millas, llegará a B en veinte minutos, pero la máquina, una milla más adelante, llegaría en diez. Usted salta en el último coche, en A, en una prisa prodigiosa por llegar hasta Abscisa, que está en B. Si se queda en el último coche, pasarán veinte minutos antes de que la vea. Pero la máquina llega a B y a la bella dama en diez. Usted será un estúpido racionalista, y un amante indiferente, si no se pone a correr hacia la máquina sobre esos coches de plataforma, tan rápido como puedan sus piernas. Usted puede correr una milla, el largo del tren, en diez minutos. Por lo tanto, llega a Abscisa con la máquina, o en diez minutos, diez minutos más temprano que si se hubiera sentado perezosamente en el coche trasero para hablar de política con el hombre del freno. Ha reducido el tiempo a la mitad. Le agregó su velocidad a la de la locomotora para algún propósito. ¿Nicht wahr?

Lo vi perfectamente; mucho más claro, quizás, cuando puso la cláusula sobre Abscisa. Él continuó:

—Este ejemplo, aunque lento, conduce a un principio que puede ser llevado a cualquier extensión. Nuestra primera preocupación será prescindir de sus piernas y aliento. Supongamos que las dos millas de vías son perfectamente derechas, y hagamos que nuestro tren tenga un coche de plataforma, de una milla de largo, con rieles paralelos colocados encima. Ponga una pequeña máquina de juguete en estos rieles, y déjela correr a lo largo del coche de plataforma mientras el coche de plataforma se mueve a lo largo de las vías en el suelo. ¿Capta la idea? El juguete toma su lugar. Pero puede correr su milla mucho más rápido. Imagine que nuestra locomotora es bastante potente y puede tirar del coche de plataforma las dos millas en dos minutos. El juguete puede tener la misma velocidad. Cuando la máquina llega a B en un minuto, el juguete también porque corrió una milla sobre el coche de plataforma. Hemos combinado las velocidades de esas dos máquinas hasta lograr dos millas en un minuto. ¿Es todo lo que podemos hacer? Prepárese para ejercitar su imaginación.

Encendí mi pipa.

—Todavía dos millas de vías rectas, entre A y B. Sobre las vías, un largo coche de plataforma, que va desde A hasta un cuarto de milla de B. ahora descartaremos las locomotoras comunes y adoptaremos como nuestra fuerza motriz una serie de motores magnéticos compactos, distribuidos debajo del coche de plataforma, a lo largo de toda su longitud.

—No comprendo esos motores magnéticos.

—Bien, cada uno de ellos consiste en una gran herradura, cargado con un magneto y un no-magneto alternativamente por medio de una corriente eléctrica intermitente que viene de una batería, esta corriente a su vez está regulada por un mecanismo de relojería. Cuando la herradura está en el circuito, es un magneto, y atrae su badajo hacia ella con un enorme poder. Cuando está fuera del circuito, al siguiente segundo, no es un magneto, y suelta el badajo. El badajo, que oscila de un lado al otro, produce un movimiento rotatorio a un volante, que lo transmite a las ruedas en los rieles. Ésos son nuestros motores. No son ninguna novedad, porque han demostrado ser practicables. Con un motor magnético en cada par de ruedas, podemos esperar razonablemente que nuestro inmenso coche se mueva, y vaya hacia adelante a una velocidad, por decir, de una milla por minuto.

»El extremo delantero, que tiene que hacer sólo un cuarto de milla, llegará a B en quince segundos. Llamaremos a este coche de plataforma número 1. Encima del número 1 hay rieles sobre los que otro coche de plataforma, el número 2, un cuarto de milla más corto que el número 1, se mueve precisamente del mismo modo. El número 2, a su vez, está cargado con el número 3, que se mueve de manera independiente de los de abajo, y es un cuarto de milla más corto que el número 2. El número 2 tiene una milla y media de largo; el número 3, una milla y un cuarto. Arriba, en niveles sucesivos, están el número 4, de una milla de largo; el número 5, de tres cuartos de milla; el número 6, de media milla; el número 7, de un cuarto de milla, y el número 8, un coche pequeño de pasajeros, encima de todos. Cada coche se mueve sobre el coche de abajo, de manera independiente de todos los otros, a la velocidad de una milla por minuto. Cada coche tiene sus propios motores magnéticos. Bien, el tren está dibujado con el extremo del final de cada coche descansando contra un elevado poste de freno en A, Tom Furnace, el caballeroso conductor, y Jean Marie Rivarol, ingeniero, montan por una larga escalerilla hasta el elevado número 8. El complejo mecanismo es puesto en movimiento. ¿Qué ocurre?

»El número 8 corre un cuarto de milla en quince segundos y llega al extremo del número 7. Mientras tanto, el número 7 ha corrido un cuarto de milla en el mismo tiempo y llegó al extremo del número 6; el número 6, un cuarto de milla en quince segundos, y llega al extremo del número 5; el número 5, al extremo del número 4; el número 4, al del número 3; el número 3, al del número 2; el número 2, al del número 1. Y el número 1, en quince segundos, ha corrido su cuarto de milla a lo largo de las vías en el suelo, y ha llegado a la estación B. Todo esto en quince segundos. Por lo cual, los números 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, y 8 llegan contra el poste de frenado en B, precisamente en el mismo segundo. Nosotros, en el número 8, llegamos a B justo cuando llega el número 1. En otras palabras, hemos corrido dos millas en quince segundos. Cada uno de los ocho coches moviéndose a la velocidad de una milla por minuto, ha aportado un cuarto de milla a nuestro viaje, y ha hecho su trabajo en quince segundos. Todos hicieron su trabajo al mismo tiempo, durante los mismos quince segundos. Por consiguiente, hemos sido lanzados por el aire a una velocidad algo sorprendente de siete segundos y medio por milla. Esto es la Taquiporta. ¿Se justifica su nombre?

Aunque un poco perplejo por la complejidad de coches, comprendí el principio general de la máquina. Hice un diagrama, y lo comprendí mucho mejor.

—¿Ha mejorado la idea de mi movimiento más rápido que el tren cuando simplemente estaba yendo al vagón de fumadores?

—Precisamente. Hasta ahora nos hemos mantenido dentro de los límites de lo practicable. Para satisfacer al profesor, puede teorizar algo después, de esta manera: Si duplicamos la cantidad de coches, y disminuimos a la mitad la distancia que cada uno tiene que correr, conseguiremos doblar la velocidad. Cada uno de los dieciséis coches tendrá que correr apenas un octavo de milla. A la velocidad uniforme que hemos adoptado, podemos hacer las dos millas en siete segundos y medio, en lugar de quince. Con treinta y dos coches, y un dieciseisavo de milla, o una diferencia de veinte varas en su longitud, llegamos a la velocidad de una milla en menos de dos segundos; con sesenta y cuatro coches, cada uno corriendo diez varas, una milla en menos de un segundo. ¡¡Más de sesenta millas por minuto! Si esto no es bastante rápido para el profesor, dígale que continúe incrementando la cantidad de coches y disminuyendo la distancia que cada uno tiene que correr. Si sesenta y cuatro coches alcanzan una velocidad de una milla en un segundo, permítale disfrutar de un Taquiporta de seiscientos cuarenta coches, y diviértase calculando la velocidad del coche número 640. Susúrrele que cuando tenga una cantidad infinita de coches con una diferencia infinitesimal en sus longitudes, habrá obtenido esa velocidad infinita que parece anhelar. Entonces exíjale a Abscisa.

Estreché la mano de mi amigo en admiración silenciosa y agradecida. No podía decir nada.

—Usted ha escuchado al hombre de la teoría —dijo con orgullo—. Ahora contemplará al ingeniero práctico. Iremos al oeste del Mississippi y buscaremos alguna localidad adecuadamente llana. Allí erigiremos un modelo de Taquiporta. Convocaremos allí al profesor, a su hija, ¿y por qué no a su bella hermana Jocasta, también? Los llevaremos a un viaje que mucho sorprenderá al venerable Surd. Pondrá los dedos de Abscisa en los suyos y los bendecirá a ambos con una fórmula algebraica. Jocasta contemplará con asombro al genio de Rivarol. Pero tenemos mucho que hacer. Debemos enviar a St. Joseph la enorme cantidad de material a ser empleada en la construcción de la Taquiporta. Debemos contratar a un pequeño ejército de obreros para realizar esa construcción, porque vamos a aniquilar tiempo y espacio. Tal vez sea mejor que usted vea a sus banqueros.

Corrí hasta la puerta impetuosamente. No debía haber ninguna demora.

—¡Deténgase! ¡Deténgase! ¡Um Gottes Willen, deténgase! —chilló Rivarol—. Lancé a mi carnicero esta mañana y no he asegurado la...

Pero fue demasiado tarde. Yo estaba sobre la trampa. ¡Se abrió con un estrépito, y me zambullí hacia abajo, lejos, lejos! Sentí que caía a través de un espacio ilimitado. Recuerdo haberme preguntado, mientras aceleraba a través de la oscuridad, si debía llegar a la región de Kerguellen o detenerme en el centro. Me parecía una eternidad. Entonces mi curso se detuvo repentina y dolorosamente. Abrí los ojos. A mi alrededor estaban las paredes del estudio del Profesor Surd. Debajo de mí había un plano duro y persistente que conocía demasiado bien y era el piso del estudio del Profesor Surd. Detrás de mí estaba la silla negra, resbaladiza y de piel que me había arrojado, tal como la ballena a Jonás. Enfrente de mí, el propio Profesor Surd, miraba hacia abajo con una sonrisa no desagradable.

—Buenas tardes, Sr. Furnace. Permítame ayudarlo. Parece cansado, señor. No me asombra que se haya quedado dormido cuando lo dejé esperando tanto tiempo. ¿Desea un vaso de vino? ¿No? A propósito, al recibir su carta descubro que es un hijo de mi viejo amigo, el juez Furnace. He hecho algunas preguntas, y no veo ninguna razón por qué no pueda ser un buen marido para Abscisa.

Todavía no puedo ver ninguna razón para que la Taquiporta no haya tenido éxito. ¿Puede usted?

Edward Page Mitchell (1852-1927)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Page Mitchell.


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El análisis y resumen del cuento de Edward Page Mitchell: La Taquiporta (The Tachypomp), fueron realizados por El Espejo Gótico. Paras su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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