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«Cuentos del lunes»: Alphonse Daudet; libro y análisis


«Cuentos del lunes»: Alphonse Daudet; libro y análisis.




Cuentos del lunes (Contes du lundi) es una colección de relatos fantásticos del escritor francés Alphonse Daudet (1840-1897), publicado en 1875.

En esta brillante antología podemos encontrar algunos de los cuentos de Alphonse Daudet más destacados, un autor que se introdujo ocasionalmente en lo fantástico, pero con resultados realmente atractivos para los amantes del género. No en vano se lo considera uno de los maestros del relato francés del siglo XIX.




Cuentos del lunes.
Contes du lundi, Alphonse Daudet (1840-1897)
  • El abanderado (Le Porte-drapeau)
  • El hombre del cerebro de oro (L'homme à la cervelle d'or)
  • Las hadas de Francia (Les Fées de France)
  • Wood'stown (Wood'stown)
  • ¡Alsacia! (Alsace! Alsace!)
  • Arthur (Arthur)
  • Caprichos y recuerdos (Caprices et Souvenirs)
  • Casa en venta (Maison à vendre)
  • Cosecha en la playa (La Moisson au bord de la mer)
  • Cuentos de Noel (Contes de Noël)
  • El concierto de la octava (Le Concert de la huitième)
  • El emperador ciego (L'Empereur aveugle)
  • El espejo (Le Miroir)
  • El infante espía (L'Enfant espion)
  • El Papa está muerto (Le Pape est mort)
  • El péndulo de Bugival (Le Pendule de Bougival)
  • El prusiano de Belisario (Le Prussien de Bélisaire)
  • El turco de la comuna (Le Turco de la Commune)
  • El último libro (Le Dernier Livre)
  • En la vanguardia (Aux avant-postes)
  • La artesa (Le Bac)
  • La batalla de Père-Lachaise (La Bataille du Père-Lachaise)
  • La caravana (Le Caravansérail)
  • La defensa de Tarascón (La Défense de Tarascon)
  • La malvada Zouave (Le Mauvais Zouave)
  • La muerte de Chauvin (La Mort de Chauvin)
  • La partida de billar (La Partie de billard)
  • La sede de Berlín (Le Siège de Berlin)
  • Las emociones de una perdiz roja (Les Émotions d'un perdreau rouge)
  • Las madres (Les Mères)
  • La sopa de queso (La Soupe au fromage)
  • Las tres sumas (Les Trois Sommations)
  • La última lección (La Dernière Classe)
  • La visión del juez Colmar (La Vision du juge de Colmar)
  • Los campesinos en París (Les Paysans à Paris)
  • Mi kepi (Mon képi)
  • Monólogo a bordo (Monologue à bord)
  • Paisajes de la insurrección (Paysages d'insurrection)
  • Paisajes gastronómicos (Paysages gastronomiques)
  • Pinturas parisinas (Tableaux parisiens)
  • Una noche de primera (Un soir de première)
  • Una víspera en el pantano (Un réveillon dans le marais)
  • Un decorado del 15 de agosto (Un décoré du 15 août)
  • Un tenedor de libros (Un teneur de livres)




Libros de poemas. I Libros de Alphonse Daudet.


El análisis y resumen del libro de Alphonse Daudet: Cuentos del lunes (Contes du lundi), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Alphonse Daudet: cuentos destacados


Alphonse Daudet: cuentos destacados.




Alphonse Daudet (1840-1897) fue uno de los grandes maestros del relato francés de finales del siglo XIX. Sin el reconocimiento de otros autores, los cuentos de Alphonse Daudet, así también como sus novelas, se encuentran entre los mejores del período, y, desde luego, entre los baluartes del naturalismo.

En este segmento daremos cuenta de algunos cuentos destacados de Alphonse Daudet, un autor que vale la pena redescubrir.




Cuentos destacados de Alphonse Daudet:




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Alphonse Daudet: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Grandes relatos de terror según Frankenstein


Grandes relatos de terror según Frankenstein.




En esta colección de cuentos fantásticos se anuncian los mejores relatos de terror según Frankenstein, aquel monstruo entrañable soñado por la escritora inglesa Mary Shelley; es decir, algunos relatos de robots, autómatas, homúnculos, humanoides y prodigios mecánicos.

La mayoría de estos relatos no se encuentran disponibles en español, de todas formas, creo que vale la pena como punto de referencia para rastrearlos en ediciones más convencionales.






El libro de Frankenstein.
Book of Frankenstein.
  • Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus, Mary Shelley)
  • Los autómatas (Die automate, E.T.A. Hoffmann)
  • El robot vanidoso (The Proud Robot, Henry Kuttner)
  • El hombre con dedos de cobre (The Man With Copper Fingers, Dorothy L. Sayers)
  • El hombre de cristal (The Crystal Man, Edward Page Mitchell)
  • El hombre del cerebro de oro (L'Homme a la cervelle d'or, Alphonse Daudet)
  • El homúnculo (The Mannikin, Robert Bloch)
  • Chandira (Chandira, Brian Mooney)
  • Criatura que consuela (Creature Comforts, Nancy Kilpatrick)
  • El callejón sin salida (The Dead End, David Case)
  • El cielo del completista (Completist Heaven, Kim Newman)
  • El creador (The Creator, R. Chetwynd-Hayes)
  • El equivalente del asesinato (Tantamount To Murder, John Brunner)
  • El legado de Frankenstein (The Frankenstein Legacy, Adrian Cole)
  • El monstruo de Poppi (Poppi's Monster, Lisa Morton)
  • El sabueso de Frankenstein (The Hound of Frankenstein, Peter Tremayne)
  • El último tren (Last Train, Guy N. Smith)
  • La corriente submarina (Undertow, Karl Edward Wagner)
  • La línea mortal (The Dead Line, Dennis Etchison)
  • La madre de la invención (Mother of Invention, Graham Masterton)
  • La mujer completa (A Complete Woman, Roberta Lannes)
  • La tentación del doctor Stein (The Temptation of Dr. Stein, Paul J. McAuley)
  • Mejor muerto (Better Dead, Basil Copper)
  • Pithecanthropus Rejectus (Pithecanthropus Rejectus, Manly Wade Wellman)
  • Recibir es mejor (To Receive is Better, Michael Marshall Smith)
  • Última llamada a los hijos del Shock (Last Call For The Sons Of Shock, David J. Schow)
  • Una nueva vida (A New Life, Ramsey Campbell)




Antologías. I Relatos de terror.


El análisis y resumen del libro: El libro de Frankenstein (The Book of Frankenstein) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Wood'stown»: Alphonse Daudet; relato y análisis


«Wood'stown»: Alphonse Daudet; relato y análisis.




Wood'stown, un cuento fantástico (Wood'stown, conte fantastique) es un relato fantástico del escritor francés Alphonse Daudet (1840-1897), publicado originalmente en la antología de 1874: Robert Helmont: estudios y paisajes (Robert Helmont; études et paysages).

Wood'stown, quizás uno de los mejores cuentos de Alphonse Daudet, relata la historia de un bosque arrasado por el avance de una nueva ciudad, quien finalmente decide vengarse de los nuevos pobladores de forma sumamente eficaz.

En este sentido, Wood'stown de Alphonse Daudet describe con elegancia esta nueva aldea construida por los hombres en un bosque sorprendentemente antiguo. Incontables árboles son arrancados para construir la ciudad y su puerto; sin embargo, este bosque, acaso mágico, poseía un poder de regeneración notable, de manera tal que su avance, o mejor dicho, su regreso sobre sus viejas tierras, solo pudo detenerse provocando voraces incendios.

Wood'stown, construida en su totalidad con la madera del bosque, luce un esplendor casi insolente. A inicios de un verano, sin embargo, cuando sus recursos ya fueron saqueados, el bosque reverdece, recupera su fuerza, y realiza un contraataque fulminante. El verde late, hace temblar, y aquella visión de la venganza de la naturaleza, tan habitual en los relatos botánicos de terror, por fin se hace realidad (ver: Eco-pioneros literarios: el cambio climático en la ficción).




Wood'stown.
Wood'stown, conte fantastique, Alphonse Daudet (1840-1897)

El emplazamiento era soberbio para construir una ciudad. Bastaba nivelar la ribera del río, cortando una parte del bosque, del inmenso bosque virgen enraizado allí desde el nacimiento del mundo. Entonces, rodeada por colinas, la ciudad descendería hasta los muelles de un puerto magnífico, establecido en la desembocadura del Río Rojo, sólo a cuatro millas del mar.

En cuanto al gobierno de Washington acordó la concesión, carpinteros y leñadores se pusieron a la obra; pero nunca habían visto un bosque parecido. Metido en el centro de todas las lianas, de todas las raíces, cuando talaban por un lado renacía por el otro rejuveneciendo de sus heridas, en las que cada golpe de hacha hacía brotar botones verdes. Las calles, las plazas de la ciudad, apenas trazadas, comenzaron a ser invadidas por la vegetación. Las murallas crecían con menos rapidez que los árboles, que en cuanto se erguían, se desmoronaban bajo el esfuerzo de raíces siempre vivas.

Para terminar con esas resistencias donde se enmohecía el hierro de las sierras y de las hachas, se vieron obligados a recurrir al fuego. Día y noche una humareda sofocante llenaba el espesor de los matorrales, en tanto que los grandes árboles de arriba ardían como cirios. El bosque intentaba luchar aún demorando el incendio con oleadas de savia y con la frescura sin aire de su follaje apretado. Finalmente llegó el invierno. La nieve se abatió como una segunda muerte sobre los inmensos terrenos cubiertos de troncos ennegrecidos, de raíces consumidas. Ya se podía construir.

Muy pronto una ciudad inmensa, toda de madera como Chicago, se extendió en las riberas del Río Rojo, con sus largas calles alineadas, numeradas, abriéndose alrededor de las plazas, la Bolsa, los mercados, las iglesias, las escuelas y todo un despliegue marítimo de galpones de aduanas, de muelles, de entrepuertos, de astilleros para la construcción de los barcos. La ciudad de madera, Wood´stown —como se la llamó— fue rápidamente poblada por los secadores de yeso de las ciudades nuevas.

Una actividad febril circulaba en todos los barrios; pero sobre las colinas de los alrededores, que dominaban las calles repletas de gente y el puerto lleno de barcos, una masa sombría y amenazadora se instaló en semicírculo. Era el bosque que miraba.

Miraba aquella ciudad insolente que había ocupado su lugar en las riberas del río, y de tres mil árboles gigantescos. Toda Wood´stown estaba hecha con su vida misma. Los altos mástiles que se balanceaban en el puerto, aquellos innumerables desniveles uno tras otro, hasta la última cabaña del barrio más alejado, todo se lo debían, tanto los instrumentos de trabajo como los muebles, tomando sólo en cuenta el largo de sus ramas. Por esto, ¡qué rencor terrible guardaba contra esta ciudad de ladrones!

Mientras duró el invierno, no se notó nada. Los habitantes de Wood´stown oían a veces un crujido sordo en sus techumbres y en sus muebles. De vez en cuando una muralla se rajaba, un mostrador de tienda estallaba en dos estruendos. Pero la madera nueva padece estos accidentes y nadie les daba importancia. Sin embargo, al acercarse la primavera —una primavera súbita, violenta, tan rica de savia que se sentía bajo la tierra como el rumor de las fuentes— el suelo comenzó a agitarse, levantado por fuerzas invisibles y activas. En cada casa, los muebles, las paredes de los muros se hinchaban y se veía en los tablones del piso largas elevaciones, como ante el paso de un topo. Ni puertas, ni ventanas, ni nada funcionaba.

—Es la humedad —decían los habitantes— con el calor pasará.

De pronto, al día siguiente de una gran tempestad que provenía del mar, y que trajo el verano con sus claridades ardientes y su lluvia tibia, la ciudad, al despertar, lanzó un grito de estupor. Los techos rojos de los monumentos públicos, las campanas de las iglesias, los tablones de las casas y hasta la madera de las camas, todo estaba empapado en una tinta verde, delgada como una capa de moho, leve como un encaje. De cerca parecía una cantidad de brotes microscópicos, donde ya se veía el enroscamiento de las hojas. Esta nueva rareza divirtió sin inquietar más; pero, antes de la noche, ramitas verdes se abrieron en todas partes sobre los muebles, sobre las murallas. Las ramas crecían a ojos vistas; si uno las sostenía un momento en la mano, se las sentía crecer y agitarse como alas.

Al día siguiente todas las viviendas parecían invernaderos. Las lianas invadían las rampas de las escaleras. En las calles estrechas, las ramas se enlazaban de un techo al otro, poniendo por encima de la ruidosa ciudad la sombra de avenidas arboladas. Esto se volvió inquietante. Mientras los sabios reunidos discutían sobre este caso de vegetación extraordinaria, la muchedumbre salía fuera para ver los diferentes aspectos del milagro. Los gritos de sorpresa, el rumor sorprendido de todo aquel pueblo inactivo daba solemnidad al extraño acontecimiento. De pronto alguien gritó:

—¡Miren el bosque!

Y percibieron, con terror, que desde hacia dos días, el semicírculo verde se había acercado mucho. El bosque parecía descender hacia la ciudad. Toda una vanguardia de espinos, de lianas se extendían hasta las primeras casas de los suburbios.

Entonces Wood´stown empezó a comprender y a sentir miedo. Evidentemente el bosque venía a reconquistar su lugar junto al río; sus árboles, abatidos, dispersos, transformados, se liberaban para adelantárselo. ¿Cómo resistir la invasión? Con el fuego se corría el riesgo de incendiar la ciudad entera. ¿Y qué podían las hachas contra esta savia sin cesar renaciente, esas raíces monstruosas que atacaban por debajo del suelo, esos millares de semillas volantes que germinaban al quebrarse y hacían brotar un árbol donde quiera que cayeran?

Sin embargo todos se pusieron bravamente a luchar con las hoces, las sierras, los rastrillos: se hizo una inmensa matanza de hojas. Pero fue en vano. De hora en hora la confusión de los bosques vírgenes, donde el entrelazamiento de las lianas creaban formas gigantescas, invadía las calles de Wood´stown. Ya irrumpían los insectos y los reptiles. Había nidos en todos los rincones, golpes de alas y masas de pequeños picos agresivos. En una noche los graneros de la ciudad fueron totalmente vaciados por las nidadas nuevas. Después, como una ironía en medio del desastre, mariposas de todos los tamaños y colores volaron sobre las viñas florecidas, y las abejas previsoras y buscando abrigos seguros, en los huecos de los árboles tan rápidamente crecidos instalaron sus colmenas, como una demostración de permanencia y conquista.

Vagamente, en el gemido rumoroso del follaje se oían golpes sordos de sierras y de hachas; pero el cuarto día se reconoció que todo trabajo era imposible. La hierba crecía demasiado alta, demasiado espesa. Lianas trepadoras se enroscaban en los brazos de los leñadores y agarrotaban sus movimientos. Por otra parte, las casa se volvieron inhabitables; los muebles, cargados de hojas, habían perdido la forma. Los techos se hundieron perforados por las lanzas de las yucas, los largos espinos de la caoba; y en lugar de techumbres se instaló la cúpula inmensa de las catalpas. Era el fin. Había que huir.

A través del apretujamiento de plantas y de ramas que avanzaba cada vez más, los habitantes de Wood´stown, espantados, se precipitaron hacia el río, arrastrando en su huida lo que podían de sus riquezas y objetos preciosos. ¡Pero cuántas dificultades para llegar al borde del agua! Ya no quedaban muelles. Nada más que musgos gigantescos. Los astilleros marítimos, donde se guardaban las maderas para la construcción, habían dejado lugar a bosques de pinos; y en el puerto, lleno de flores, los barcos nuevos parecían islas de verdor. Por suerte se encontraban allí algunas fragatas blindadas en las que se refugió la muchedumbre desde donde pudieron ver al viejo bosque unirse victorioso con el bosque joven.

Poco a poco los árboles confundieron sus copas y bajo el cielo azul resplandeciente de sol, la enorme masa del follaje se extendió desde el borde del río hasta el lejano horizonte. Ni rastro quedó de la ciudad, ni de techos, ni de muros. A veces un ruido sordo de algo que se desmoronaba, último eco de las ruinas, donde se oía el golpe de hacha de un leñador enfurecido, retumbaba en las profundidades del follaje. Solamente el silencio vibrante, rumoroso, zumbante de nubes de mariposas blancas giraban sobre la ribera desierta, y lejos, hacia alta mar, un barco que huía, con tres grandes árboles verdes erguidos en medio de sus velas, llevaba los últimos emigrantes de lo que fue Wood´stown.

Alphonse Daudet (1840-1897)




Relatos góticos. I Relatos de Alphonse Daudet.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Alphonse Daudet: Wood'stown (Wood'stown), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El abanderado»: Alphonse Daudet; relato y análisis


«El abanderado»: Alphonse Daudet; relato y análisis.




El abanderado (Le Porte-Drapeau) es un relato fantástico del escritor francés Alphonse Daudet (1840-1897), publicado en la antología de 1873: Los cuentos del lunes (Les Contes du lundi).

El abanderado, uno de los grandes cuentos de Alphonse Daudet, así también como el resto de los relatos que integran aquella antología, está inspirado en las tragedias, desventuras y actos de heroísmo de la guerra Franco-Prusiana.




El abanderado.
Le Porte-Drapeau; Alphonse Daudet (1840-1897)


I.

El regimiento estaba en batalla sobre un repecho de la vía férrea, sirviendo de blanco a todo el ejército prusiano amontonado en frente, bajo el bosque. Se fusilaban a ochenta metros. Los oficiales no cesaban de gritar:

—¡Al suelo!

Pero ningún soldado quería obedecer y el fiero regimiento seguía de pie, agrupado alrededor de una bandera. En ese gran horizonte de sol poniente, de trigos en espiga y de pastos de ganado, aquella masa de hombres, atormentados y envueltos en el manto inmenso de la humareda confusa, tenía el aspecto de un rebaño sorprendido a campo raso en el primer torbellino de un huracán formidable.

El hierro caía como una lluvia sobre el repecho en donde no se oía sino la crepitación de la fusilería, el ruido sordo de las gábatas rodando entre la fosa y las balas que vibraban eternamente de un extremo a otro del campo de batalla, como las cuerdas tendidas de un instrumento siniestro y retumbante. De cuando en cuando la bandera que se alzaba sobre las cabezas, agitándose al viento de la metralla, perdíase entre el humo; y una voz grave y fiera, hacía oír, dominando el estrépito de las armas y las quejas y juramentos de los heridos, estas breves palabras:

—¡A la bandera, hijos míos, a la bandera!

Entonces un oficial, vago como una sombra, ágil como una flecha, desaparecía un instante entre la niebla roja; y la heroica enseña volvía a desenvolver sus pliegues por encima de la batalla.

Veintidós veces había caído. Veintidós veces su asta, tibia aún, fue heredada de la mano de un moribundo por un valiente que volvía a levantarla. Y cuando, ya por la noche, lo que quedaba del regimiento —un puñado de hombres apenas— se batió lentamente en retirada, aquel pabellón ya no era sino un andrajo glorioso en manos del sargento Hormus, vigésimo tercio abanderado de la jornada.


II.

El tal sargento Hormus era un viejo tonto que casi no sabía ni escribir su nombre y que había empleado veinte años en ganar los galones que adornaban la manga de su casaca. Todas las miserias del expósito y todos los atontamientos del cuartel se reflejaban en su frente baja, en su espalda abovedada por el saco, en su rostro inconsciente de soldado humilde. Además tenía el defecto de ser algo tartamudo; mas para ser abanderado no se necesita gran elocuencia y la misma tarde de la batalla su coronel le dijo:

—Tú tienes la bandera, mi bravo sargento; guárdala.

Y sobre su viejo uniforme de campaña, bien pasado ya a causa de la lluvia y el fuego, la cantinera sobrecosió al instante, une cordoncillo dorado de subteniente.

Ese orgullo, único en su vida de humildad, irguió el cuerpo del viejo militar; y la costumbre de caminar encorvado, con los ojos bajos, se cambió desde entonces en el hábito de marchar orgullosamente, con la mirada en alto para ver flotar el fragmento de tela que se mantenía en sus manos, siempre derecho, siempre fiero, por encima de la muerte, por encima de la traición y por encima de la derrota.

Nadie ha visto, en época alguna, un hombre tan dichoso como Hormus, cuando en los días de batalla tenía el asta entre las manos afirmándola en su estuche de cuero negro. Ni hablaba ni se movía; y serio como un sacerdote, tenía el aspecto de guardar una cosa sagrada. Toda su vida, y toda su fuerza estaban concentradas en esos dedos que se crispaban al rededor de un harapo glorioso sobre el cual rodaban las balas. Sus ojos llenos de fiereza, miraban de frente a los prusianos, y parecían decir:

—Atreveos pues; tratad siquiera de venir a robármela.

Pero nadie, ni aun la misma muerte, lo intentaba. Después de Borny, después de Gravelotte, después de las batallas más terribles, la bandera continuaba su camino, deshecha, agujereada, transparente, llena de heridas; mas era siempre el viejo Hormus quien la llevaba.


III.

Después llegó septiembre, el ejército en Metz, el bloqueo, y esa larga parada en el fango donde rodaban los cañones sin dirección y donde las primeras tropas del mundo desmoralizábanse por el ocio y por la falta de víveres y de noticias, muriendo de fiebre y de fastidio al pie de sus fusiles.

Ni los jefes ni los soldados creían ya en cosa alguna; solo Hormus guardaba aún la confianza. Su harapo tricolor le hacía creer en todo; y mientras él lo sentía a su lado, estaba seguro de que nada se había perdido. Desgraciadamente, como ya nadie se batía, el coronel guardaba las banderas en su casa misma, en un barrio de Metz; y el bravo subteniente vivía como una madre que tuviese a su hijo en nodriza, pensando en él sin cesar. Cuando el fastidio lo atormentaba, hacía un viaje a Metz, de donde regresaba contento después de mirar su bandera siempre en el mismo sitio, siempre tranquila, siempre recostada majestuosamente contra el muro. Esos viajes que él verificaba en una sola jornada, hacían nacer en su alma el valor y la paciencia; hacíanle sonar con campos de batalla, con marchas gloriosas y con las grandes enseñas tricolores flotando a lo lejos sobre las trincheras prusianas.

La orden del día del mariscal Bazaine, hizo rodar por tierra las bellas ilusiones. Una mañana, Hormus vio, al despertarse, mucha agitación en el campamento. Los soldados, reuniéndose en grupos, murmuraban, animándose y excitándose con gritos de rabia; levantando los puños hacia un punto de la ciudad como si sus cóleras designasen a un culpable.

—¡Atrapadle!

—¡Fusilémosle!

Y los oficiales guardaban silencio, apartándose del bullicio, avergonzados de haber leído a cincuenta mil valientes, bien armados aún, aún vigorosos, la orden del mariscal que los entregaba sin combate al enemigo.

—¿Y las banderas? —preguntó Hormus palideciendo.

Las banderas también habían sido entregadas con los fusiles, con el resto de los equipajes, con todo.

— ¡Ra... Ra... Rayo de Dios! —balbuceó el pobre hombre—. En todo caso aún no tendrán la mía.

Y, ligero como una bala, se echó a correr hacia la ciudad.


IV.

También en Metz la animación era inmensa. Los guardias nacionales, los guardias móviles y los burgueses, se agitaban gritando; las diputaciones recorrían las calles vibrantes y precisadas, dirigiéndose a la casa del mariscal.

Hormus no veía nada, no oía una palabra; hablando consigo mismo, subía a grandes pasos la calle del Faubourg.

—¡Robarme mi bandera! ¡Acaso es posible robar una bandera! ¡Acaso tienen derecho! Si les quiere dar algo a los prusianos que les dé lo suyo, sus carrozas doradas, su vajilla magnífica traída de Méjico. Pero mi pabellón... El pabellón es mío... El pabellón es mi dicha, mi fortuna... ¡Y yo prohibo terminantemente que lo toquen!

Todas estas frases incompletas, estaban cortadas por la marcha y por la tartamudez. Pero en el fondo él tenía su idea: una idea bien firme, bien precisa: tomar la bandera, llevarla flotante al seno del regimiento y pasar luego sobre el vientre de los prusianos con todos los que quisieran seguirle.

Cuando llegó al fin de su camino, ni siquiera le dejaron entrar. El coronel, furioso también, no quería recibir a nadie.

Pero el viejo Hormus no entendía así el asunto y jurando, gritando y empujando al plantón:

—Mi bandera —decía—, dadme mi bandera.

Al fin se abrió una ventana:

—¿Eres tú, Hormus?

—Sí, mi coronel, yo...

—Todos los pabellones están en el Arsenal, no tienes necesidad sino de presentarte ahí para que te den un recibo.

—¿Un recibo? ¿Para qué?

—Es la orden del mariscal.

—Pero, coronel...

—¡Déjame en paz!

Y la ventana se cerró.

El viejo Hormus vaciló como si estuviese borracho y repitió entre dientes:

—¡Un recibo! Un recibo.

Al fin púsose en marcha por segunda vez, no pensando sino en que su bandera estaba en el Arsenal y que era necesario volverla a ver, costara lo que costara.


V.

Las puertas del Arsenal estaban completamente abiertas para dejar el paso libre a los carros prusianos que esperaban su cargamento en el patio inmenso. Hormus sintió, al entrar, que un escalofrío agitaba sus nervios. Todos los demás abanderados, cincuenta o sesenta oficiales silenciosos e indignados, estaban allí... Y todos aquellos hombres tristes, con las cabezas desnudas, agrupándose detrás de los enprmes carros sombríos, daban a la escena un aspecto de entierro. La lluvia aumentaba la emoción de tristeza.

Los pabellones del ejército de Bazaine estaban amontonados en un rincón, confundiéndose sobre el suelo fangoso. Nada más terrible que el espectáculo de esos fragmentos de rica seda, pedazos de franjas de oro y de astas trabajados, arreos gloriosos echados por tierra y manchados de lluvia y de lodo. Un oficial de administración los iba cogiendo, uno por uno; y al nombre de su regimiento, pronunciado en alta voz, cada abanderado se acercaba para recoger un recibo. Derechos e impasibles, dos oficiales prusianos vigilaban el cargamento.

¡Y vosotros os ibais así, oh santos jirones gloriosos! Desplegando vuestros agujeros y barriendo tristemente la tierra, como banda de pájaros que tuviesen las alas rotas. ¡Vosotros os ibais con la vergüenza de las grandes cosas humilladas; y cada uno de vosotros se llevaba un pedazo de la Francia! El sol de las largas jornadas dejó su sello entre vuestras arrugas marchitas. Vosotros guardáis, en las marcas de las balas, el recuerdo de muchos héroes desconocidos que cayeron muertos, al azar, bajo vuestras franjas tricolores.

—Ya llegó tu turno, Hormus... Ahí te llaman... Vea buscar tu recibo...

Se trataba de un recibo cuando una bandera francesa, la más bella, la más mutilada, la suya estaba delante de sus ojos? El viejo sargento se figuraba estar aún allá arriba, de pie sobre el repecho de la vía férrea. Su ilusión le hacía oír de nuevo el canto de las balas, el ruido de las gábatas que rodaban y la voz robusta del coronel:

—A la bandera, hijos míos, a la bandera...

Luego, sus veintidós camaradas muertos y él, vigésimo tercio abanderado, precipitándose a su vez para levantar y sostener el pobre pabellón que vacilaba falto de brazo. ¡Ah! ese día había jurado defenderlo, guardarlo hasta la muerte. Y ahora...

Sólo de pensarlo, toda la sangre del corazón le subía a la cabeza. Ebrio, sin sentido, lanzóse sobre el oficial prusiano arrancándole su enseña idolatrada, para agitarla de nuevo entre sus manos, para levantarla aún, bien alta, bien recta y para gritar:

—¡A la ban...

Pero su grito fue cortado entre su garganta; y sintió temblar el asta, que se escapaba de sus manos. En ese aire malsano, en ese aire de muerte que pesa terriblemente sobre las ciudades rendidas, la bandera no podía flotar... Nada de orgulloso, nada de fiero podía vivir ahí. Y el viejo Hormus cayó fulminado.

Alphonse Daudet (1840-1897)




Relatos góticos. I Relatos de Alphonse Daudet.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Alphonse Daudet: El abanderado (Le porte-drapeau), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El hombre del cerebro de oro»: Alphonse Daudet; relato y análisis


«El hombre del cerebro de oro»: Alphonse Daudet; relato y análisis.




El hombre del cerebro de oro (L'Homme a la cervelle d'or) es un relato fantástico del escritor francés Alphonse Daudet (1840-1897), publicado originalmente en la edición del 7 de julio de 1860 de Le Monde illustré, y luego reeditado en la antología de 1869: Cartas desde mi molino (Les lettres de mon moulin), esta vez bajo el título: La leyenda del hombre del cerebro de oro (La légende de l'homme à la cervelle d'or); y finalmente en la colección de 1875: Cuentos del lunes (Contes du lundi).

El hombre del cerebro de oro, uno de los mejores relatos de Alphonse Daudet, narra la historia de un extraño y misterioso caballero con el cráneo de oro sólido, acaso un símbolo de la inteligencia que, en determinadas circunstancias, se desperdicia en cuestiones prosaicas.




El hombre del cerebro de oro.
L'Homme a la cervelle d'or; Alphonse Daudet (1840-1897)

Había un hombre que tenia el cerebro de oro. Al nacer, los médicos creyeron que moriría, pues su cabeza pesaba demasiado y su cráneo era desmesurado. Vivió, sin embargo, y se desarrolló al aire libre como un hermoso olivo; sólo que su gruesa cabeza tiraba de él, y daba pena verlo chocarse con los muebles cuando andaba por la casa. Se caía muchas veces. Un día rodó desde lo alto de unas gradas, y fue a dar con la frente en un escalón de mármol, sonando su cabeza como un lingote. Se lo creyó muerto; pero al levantarlo, no se le encontró más que una ligera herida, con dos o tres gotitas de metal cuajadas entre sus rubios cabellos. Asi es como supieron los padres que el niño tenia los sesos de oro.

Se lo tuvo como un secreto; y el pobre niño no sospechó. De vez en cuando preguntaba por qué no lo dejaban correr con los chicos de la calle.

—¡Porque te robarían, amor mío —le respondió su madre.

Entonces el chico sentía miedo de que lo robasen; y jugaba solo, sin decir una palabra, arrastrándose pesadamente de una habitación a otra.

Hasta los dieciocho años no le revelaron su don monstruoso, regalo del destino; y como lo habían criado hasta aquella edad, le pidieron en recompensa un poco de su oro. El muchacho no vaciló; en el mismo instante (no dice la leyenda cómo y por qué medio) se arrancó del cráneo un pedazo de oro macizo del tamaño de una nuez, y se lo echó orgullosamente a su madre en el regazo. Deslumbrado con las riquezas que llevaba en la cabeza, poseído por el deseo, embriagado con su poder, abandonó la casa paterna, y se fue por el mundo despilfarrando su tesoro.

Por la vida que llevaba, y por el modo con que derramaba el oro sin llevar cuenta, se hubiera dicho que su cerebro era inagotable. Y sin embargo, se agotaba, y bien se advertía cómo se le apagaba la mirada, y cómo se le hundían las mejillas. Por fin, una mañana, después de una desenfrenda orgía, el desdichado que se habia quedado solo entre los restos del festín y las lámparas que palidecían, se asustó de la enorme brecha que habia abierto ya en su cabeza. Era tiempo de detenerse.

Desde aquel día emprendió nueva vida. El hombre del cerebro de oro se fue a vivir retirado, con el trabajo de sus manos, receloso y tímido como un avaro, huyendo de las tentaciones y procurando olvidarse de aquellas fatales riquezas que ya no queria tocar. Por desgracia, le había seguido un amigo suyo, y aquel amigo conocia su secreto. Una noche se despertó sobresaltado con un espantoso dolor en la cabeza; saltó de la cama, y a la luz de la luna vio a su amigo que huía escondiendo una cosa debajo de la capa.

¡Otro poco de cerebro que le quitaban!

Al poco tiempo, el hombre del cerebro de oro se enamoró, y esta vez se acabó todo... todo... Amaba con toda su alma a una rubia que también le quería, pero que prefería los lujos, las plumas blancas, y las lindas bellotas bronceadas que golpeaban sus botitas. Entre las manos de esta monísima criatura, medio pájaro, medio muñeca, las partículas de oro se derretían que era un primor. A ella todo se le antojaba y él no sabía negarle nada; por temor de disgustarla, le ocultó hasta el final el triste secreto de su fortuna.

—¿Conque somos muy ricos? —decia ella.

Y el pobre hombre respondia:

—¡Oh, si... muy ricos!

Y miraba con amorosa sonrisa al pajarito azul que se le iba comiendo el cráneo inocentemente. Algunas veces, sin embargo, se apoderaba de él el miedo, le daban tentaciones de ser avaricia; pero entonces la mujercita se le acercaba a saltitos y le decía:

—Maridito mio, ya que eres tan rico, cómprame alguna cosita muy cara.

Y él la compraba algo de mucho valor.

Aquello duró unos dos años. La mujer murió una mañana, sin saberse la enfermedad, como un pájaro. El tesoro tocaba a su fin. Con lo que quedaba, el viudo mandó hacer a su amada un hermoso entierro. Doblar de campanas, magníficas carrozas enlutadas, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado. ¿Qué le importaba ya su tesoro? Dio para la iglesia, para los enterradores, para los vendedores de flores; lo repartió por todas partes, sin regatear. Y al salir del cementerio no le quedaba casi nada de aquel cerebro maravilloso; sólo algunas partículas en las paredes del cráneo.

Entonces se le vio andar extraviado por las calles, y las manos extendidas hacia delante, como un borracho. Por la noche, a la hora en que iluminan los bazares, se detuvo delante de un gran escaparate en que las luces hacían resplandecer telas y joyas, y se quedó allí mirando dos botitas de satén azul forradas de plumón de cisne.

Bien sé yo a quien le gustarían mucho estas botitas, pensaba sonriendo, sin acordarse ya de que su mujer había muerto; y entró a comprarlas.

Desde el fondo de la trastienda, la vendedora oyó un grito; vino corriendo, y retrocedió de miedo al ver un hombre que se reclinaba en el mostrador y la miraba tristemente. En una mano tenía las botitas azules con ribetes de cisne, y alargaba la otra mano ensangrentada con limaduras de oro en las puntas de las uñas.

Tal es la leyenda del hombre del cerebro de oro.

A pesar de su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es verdadera desde el principio hasta el fin. Hay por estos mundos algunos infelices, condenados a vivir de su cerebro y a pagar en finísimo oro, con su médula y con su sustancia, las cosas más insignificantes de la vida. Para ellos, cada día es un nuevo dolor, y luego, cuando estan hartos de sufrir.

Alphonse Daudet (1840-1897)




Relatos góticos. I Relatos de Alphonse Daudet.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Alphonse Daudet: El hombre del cerebro de oro (L'Homme a la Cervelle d'or), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Alphonse Daudet: relatos y novelas


Alphonse Daudet: relatos y novelas.




Alphonse Daudet (1840-1897) fue uno de los más importantes escritores franceses del siglo XIX. Sin la fama de otros autores de la época, sus relatos y novelas ocupan un rol preponderante en el naturalismo.

A continuación compartimos algunos cuentos destacados de Alphonse Daudet; así también como sus mejores poemas, novelas, relatos y obras teatrales que se encuentran entre los mejores del período.




Alphonse Daudet: obras completas:
  • Cuentos del lunes (Contes du lundi)
  • El abanderado (Le porte drapeau)
  • El hombre del cerebro de oro (L'Homme a la cervelle d'or)
  • Las hadas de Francia (Les fées de France)
  • Wood'stown, un cuento fantástico (Wood'stown, conte fantastique)
  • Cartas desde mi molino (Lettres de mon moulin)
  • Crónicas provinciales.
  • Cuentos del lunes (Les contes du lundi)
  • El elixir del reverendo padre Gaucher (L’élixir du révérend père Gaucher)
  • El evangelista (L’Évangéliste)
  • El inmortal (L’inmortel)
  • El nabab (Le nabab)
  • El último ídolo (La dernière idole)
  • Fromont hijo y Risler padre (Fromont jeune et Risler aîné)
  • Jack (Jack)
  • La bella Nivernaise (Le Belle Nivernaise)
  • La cabra de M. Seguin (La chèvre de M. Seguin)
  • Las enamoradas (Les Amoureuses)
  • Las mujeres de los artistas (Les Femmes de Artistes)
  • Las tres misas menores (Les trois messes basses)
  • La tierra del dolor (La Doulou)
  • Los ausentes (Les absents)
  • Los reyes en el exilio (Les rois en exil)
  • Numa Roumestan (Numa Roumestan)
  • Poquita cosa (Le petit chose)
  • Port-Tarascón (Port-Tarascon)
  • Recuerdos de un hombre de letras (Souvenirs d’un homme de lettres)
  • Robert Helmont (Robert Helmont)
  • Rosa y Ninette (Rose et Ninette)
  • Safo (Sapho)
  • Tartarín de Tarascón (Tartarin de Tarascon)
  • Tartarín en los Alpes (Tartarin sur les Alpes)
  • Treinta años de París (Trente ans de Paris)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Alphonse Daudet: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las hadas de Francia»: Alphonse Daudet; relato y análisis


«Las hadas de Francia»: Alphonse Daudet; relato y análisis.




Las hadas de Francia (Les fées de France) es un relato fantástico del escritor francés Alphonse Daudet (1840-1897), publicado en la antología de 1875: Cuentos del lunes (Contes du lundi).

Con una insuperable ironía y un fuerte rechazo por la sociedad industrial, Alphonse Daudet nos permite presenciar un curioso juicio dónde la acusada afirma ser nada menos que la última hada viva de Francia.

Las hadas de Francia, uno de los grandes cuentos de Alphonse Daudet, es, en definitiva, un estupendo alegato contra la industrialización y la deshumanización que supone el progreso.



Las hadas de Francia.
Les Fées de France, Alphonse Daudet (1840-1897)

—¡Levántese la acusada! —dijo el presidente.

Algo se movió en el horrible banquillo, y un ente informe, titubeante, se acercó y se apoyó en la baranda. Era un manojo de andrajos, rotos, remiendos, cintas, flores marchitas y plumas viejas, en medio del cual asomaba un pobre rostro ajado, curtido, arrugado, de entre cuyas arrugas surgía la malicia de dos ojillos negros, como una lagartija en la hendidura de una vieja pared.

—¿Cuál es su nombre? -le preguntaron.

—Melusina.

—¿Cómo dice?

Ella repitió gravemente:

—Melusina.

El presidente sonrió bajo su bigote de coronel de dragones, pero continuó sin pestañear.

—¿Qué edad tiene?

—No lo sé.

—¿Profesión?

—Soy hada.

Al oír esta frase, el público, el Consejo y hasta el mismo fiscal, es decir, todo el mundo, estalló en una gran carcajada; pero las risas no la turbaron, y siguió hablando con una vocecita clara y trémula, que se elevaba y mantenía en el aire como una voz de ensueño:

—¡Ay! ¿Dónde están ya las hadas de Francia? Todas han muerto, señores. Yo soy la última; no queda ninguna más que yo... Y de verdad es una pena, porque Francia era mucho más hermosa cuando aún vivían sus hadas. Nosotras éramos la poesía de nuestro pueblo, su candor, su juventud. Los lugares por donde solíamos andar, los rincones solitarios de los parques abandonados, las piedras de las fuentes, los torreones de los viejos castillos, las brumas de los estanques, las grandes landas pantanosas, recibían de nuestra presencia un poder mágico y solemne. A la luz fantástica de las leyendas se nos veía pasar por cualquier sitio, arrastrando nuestras colas en un rayo de luna o corriendo por los prados sin pisar la hierba. Los aldeanos nos apreciaban, nos veneraban.

Nuestras frentes, coronadas de perlas; nuestras varitas mágicas, nuestras ruecas encantadas, suscitaban en las ingenuas imaginaciones temor y admiración. Por eso nuestras fuentes permanecían cristalinas, y los arados se detenían en los caminos que protegíamos, y como —al ser más viejas que nadie— infundíamos respeto hacia lo que es viejo, de un extremo a otro de Francia se dejaban crecer los bosques y las piedras derrumbarse por sí mismas.

Pero el siglo ha avanzado. Se han inventado los ferrocarriles. Se han perforado túneles, cegado estanques, y se ha hecho semejante tala de árboles, que al poco tiempo nos encontramos sin saber dónde cobijarnos. Y los aldeanos han dejado poco a poco de creer en nosotras. Por la noche, cuando golpeábamos en los postigos, Robin decía: «Es el viento», y se volvía a dormir. Las mujeres hacían la colada en nuestros estanques. A partir de entonces, todo acabó para nosotras.

Como vivíamos sólo de la creencia popular, al faltar ella, nos faltó todo. La magia de nuestras varitas se esfumó, y de poderosas reinas nos convertimos en viejas arrugadas y malévolas, como las hadas olvidadas, e incluso tuvimos que ganarnos el pan con nuestras manos, que no sabían hacer gran cosa. Durante algún tiempo pudieron vernos en los bosques arrastrando haces de leña seca, o cogiendo bellotas por las orillas de los caminos. Pero los guardabosques nos perseguían y los aldeanos nos lanzaban piedras. Y entonces, como todos los pobres que no pueden ganarse la vida en el lugar donde nacieron, nos fuimos a las ciudades buscando trabajo.

Unas entraron en las fábricas de hilados; otras vendieron manzanas durante el invierno en las esquinas de los puentes, o rosarios a la puerta de las iglesias. Nosotras empujábamos carritos cargados con naranjas; ofrecíamos a los transeúntes ramitos de flores a cinco céntimos, que nadie quería; los chiquillos se reían al ver cómo nos temblaba la barbilla; los guardias nos perseguían, y los coches nos atropellaban. Además, enfermedades, privaciones, y finalmente, la sábana del hospital sobre la cara inerte... Así es como Francia ha dejado morir a todas sus hadas. Y ¡por eso ha sufrido tan duro castigo!

Sí, sí; rían cuanto quieran. Ya acaban de comprobar qué es un pueblo que carece de hadas. Ya han visto a todos esos aldeanos burlones y bien comidos abrir sus arcas del pan a los prusianos y guiarlos por los caminos. ¡Ahí lo tienen! Robin no creía en la brujería, pero tampoco creía en la patria... Si nosotras hubiéramos estado en nuestro sitio, ninguno de los alemanes que han entrado en Francia habría salido vivo. Nuestros draks, nuestros fuegos fatuos los habrían arrastrado hacia las ciénagas; en todas las claras fuentes que llevan nuestros nombres, habríamos vertido brebajes encantados que los habrían vuelto locos; y en nuestras reuniones a la luz de la luna, con una palabra mágica habríamos confundido de tal modo los caminos y los ríos, enmarañado de tal forma con zarzas y matorrales las espesuras de los bosques donde se escondían, que los ojos de gato de Moltke no habrían podido reconocerlos. Los campesinos habrían luchado. Con las hermosas flores de nuestros estanques habríamos elaborado bálsamos para los heridos; con los "hilos de la Virgen", habríamos tejido hilas; y en el campo de batalla, el soldado agonizante habría visto al hada de su aldea inclinarse sobre sus ojos a medio cerrar para mostrarle un trozo de bosque, un recodo del sendero, cualquier cosa que le recordase su tierra. Así es como se hace la guerra nacional, la guerra santa. Pero ¡ay!, en los países que ya no creen, en los países que ya no tienen hadas, una guerra así es imposible.

En este punto, la vocecita sutil se quebró un momento, y el presidente tomó la palabra:

—Bien; pero no nos ha dicho usted aún qué es lo que hacía con el petróleo que se le encontró encima cuando los soldados la detuvieron.

—Prendía fuego a París, señor —contestó la anciana con tranquilidad—. Prendía fuego a París porque lo odio, porque se burla de todo, porque él ha sido quien nos ha matado. París fue quien envió a los sabios que analizaron nuestras hermosas fuentes milagrosas y dijeron con toda exactitud la dosis de hierro que contenían y la de azufre. París se ha burlado de nosotras en los escenarios de sus teatros. Nuestros encantamientos se han convertido en meros trucos; nuestros milagros en farsas, y en nuestros carros alados han desfilado tantas fealdades envueltas en nuestras gasas rosadas a la luz de una luna simulada por bengalas, que nadie piensa ya en nosotras sin echarse a reír...

Había niños que nos conocían por nuestros nombres, nos querían aunque nos temieran un poco; pero en lugar de los bonitos libros repletos de dorados y estampas en los que aprendían nuestra historia, París les ha puesto en las manos la ciencia al alcance de los niños: gruesos libros de los que el aburrimiento se desprende como un polvillo gris que borra de los ojos infantiles nuestros palacios encantados y nuestros mágicos espejos.

¡Sí! ¡No saben qué feliz me sentía al ver cómo ardía Paris! Yo era quien dirigía las latas de las petroleras, quien las conducía de la mano a los mejores lugares: «¡Vamos, hijas mías, quémenlo todo, enciéndanlo, abrásenlo!».

—No hay duda: esta mujer está loca de remate —dijo el presidente—. ¡Que se la lleven!


Alphonse Daudet (1840-1897)




Más relatos góticos. I Relatos de Alphonse Daudet.


Más literatura gótica:
El resumen y análisis del relato de Alphonse Daudet: Las hadas de Francia (Les fées de France), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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