Los Vampiros han muerto: el último clavo en el ataúd del género


Los Vampiros han muerto: el último clavo en el ataúd del género.




Los Vampiros han muerto.

Me refiero a los Vampiros de verdad, esos que te hacían dormir con el cuello cubierto por las sábanas después de ver una película o de leer una buena novela.

Están muertos. Todos ellos. Y esa desgraciada pérdida nos obliga, por descarte, a formular una discreta declaración de principios, unas pocas palabras, como deudos apremiados en un funeral en el que nadie se atreve a decir nada.

Y es que los Vampiros no sólo han muerto, sino que su muerte ha sido cuidadosamente ocultada mediante la presencia de Impostores; en ciertos casos, perfectamente adorables y muy eficientes para engañar al público, pero no a nosotros, que algo recordamos de aquellas noches durmiendo con el pescuezo a resguardo.

Uno de los recursos más fáciles que podemos emplear para diagnosticar a un Monstruo ineficaz, en este caso, a un Vampiro, es cuando nos sentimos identificados con él. Y los vampiros vienen sufriendo este alarmante síndrome desde hace ya muchos años.

Perfecto, a las mujeres les gustan los chicos malos, compadrean los exégetas freudianos, y a los hombres nos encantan los villanos; y todo eso está muy bien, funciona para otros géneros —casi todos, en realidad—, menos para el terror, y ciertamente no para las historias de vampiros.

Es decir que la diferencia entre los Vampiros y los Impostores puede establecerse fácilmente. Se logra al analizar la respuesta afectiva que éstos despiertan en el resto de los personajes, y en consecuencia también en el lector o en el espectador.

Si el Vampiro produce en su público reacciones tales como atracción, empatía, lástima —a través de desdichadas historias personales—, o una especie de seducción culposa —que no pasa del mordisqueo consensuado y declaraciones tales como: Oh, te amo demasiado para condenarte a esta existencia de mierda—, estamos frente a un Impostor.

Porque el verdadero Vampiro, ése que ha muerto, solo produce una reacción posible, una sola: MIEDO, y más precisamente NÁUSEAS.

En efecto, los verdaderos Vampiros, tanto los literarios como los cinematográficos, inducen una sensación de NÁUSEA, y si acaso también producen algún otro tipo de deseo, es el de que alguien les clave una estaca en el corazón de una vez por todas.

Si acaso existe un Vampiro auténtico ése es Drácula; el de Stoker, claro. Esto es lo que le produce al leguleyo Jonathan Harker en su primer encuentro en aquel capítulo inicial de la novela, eliminado de la primera edición, titulado: El huésped de Drácula (Dracula´s Guest).


Cuando el Conde se inclinó sobre mí, y sus manos me tocaron, no pude reprimir un estremecimiento. Pudo haber sido su aliento fétido, pero una horrible sensación de náusea se apoderó de mí. No pude ocultarlo.


¿Atracción? ¿Empatía? ¿Lástima?

Todo lo contrario. La primera reacción de Harker es la NÁUSEA, y seguramente largarse de ese maldito castillo lo antes posible.

Ese estremecimiento, ese retroceso ante el toque del Vampiro, esa sensación de náusea, de algún modo le dan forma a nuestra recepción emocional en relación al personaje de Drácula; en resumen: ALGO QUE UNO NO QUISIERA TOCAR, y ciertamente ALGO QUE NO QUISIÉRAMOS QUE NOS TOQUE.

A pesar de los colosales esfuerzos cinematográficos por encajar la figura del Vampiro con las historias de amor, muy logrados en términos recaudatorios pero exiguos para el arte, lo cierto es que los verdaderos Vampiros no sólo son incapaces de producir deseo, al menos en términos sentimentales, sino que son incapaces de amar.

Hágase el siguiente ejercicio. Procure usted escribir una historia de amor cuyo protagonista masculino sea un tipo recluido en su castillo, solo, sin amigos, para nada apuesto, y que de hecho posee rasgos más bien animalescos, como tupidas cejas, manos hirsutas y un aliento cadavérico.

Porque ésa, en resumen, es la descripción que Bram Stoker hace de Drácula.

Ahora avance usted en volver a este individuo de aliento nauseabundo en el objeto de deseo de una dama, para colmo, victoriana, y pronto descubrirá que la única forma de hacerlo es eliminando todos sus atributos desagradables.

Es decir, eliminando al Vampiro, y sustituyéndolo por un Impostor.

Alguien podría decir aquí que en el castillo también vivían las tres novias de Drácula, y que el templado Harker no la pasó tan mal con ellas; es decir, que el deseo, en todo caso, pudo estar presente en el abogado, pero aquí es importante señalar que en ningún momento de la novela se dice que esas tres mujeres sean vampiresas. En cambio, se las describe como diabólicas, monstruosas, y horribles. La supuesta belleza de aquellas concubinas corresponde al ingenio de directores poco audaces.

Drácula, síntesis del Vampiro verdadero, es un sujeto pragmático: no hace alarde de sus poderes ni los emplea en situaciones banales, y ciertamente no se involucra emocionalmente con nadie. Actúa como un depredador, y uno muy astuto, quizás porque sus fuerzas son escasas en comparación con las desventajas que debe sobrellevar: la luz del sol, los crucifijos, el ajo, los espejos, las estacas, las balas de plata.

A su vez, el mítico Abraham Van Helsing sostiene que Drácula es incapaz de sentir emociones humanas, sino únicamente impulsos básicos, elementales, vinculados a la supervivencia. Solo se relaciona con los seres humanos dentro de un estrecho rango de emociones: hambre, odio, miedo, desprecio. Esto excluye por completo la posibilidad de que pueda sentir amor.

Es decir que Drácula no se enamora de Mina, sino que la utiliza como un valioso recurso estratégico. Cuando el conde advierte que está en apuros, ataca a Mina y establece con ella un fuerte enlace mental, el cual le permite conocer los movimientos de sus perseguidores, todos ellos relacionados con Mina: Harker, Seward, Van Helsing y Holmwood, quienes se disponen a encontrar y quemar los ataúdes que el conde ha tenido la precaución de distribuir en la ciudad de Londres.

Pero volvamos ahora a la reacción de NÁUSEA de Harker, aquel estremecimiento producto del roce accidental con la piel repulsiva del conde. Cualquier otra reacción que exceda este parámetro, es decir, que incluya otro tipo de sensación que no sea revulsión y asco, indica la presencia de un Impostor.

La ecuación es fácil de advertir, desde luego, pero también hay que decir que los Impostores tienen su encanto, al menos para ciertas personas. Son atractivos, en primer lugar, y con historias personales con las que fácilmente podríamos relacionarnos. En última instancia, pueden ser redimidos, a veces por el amor de un mortal, otras mediante su propio sacrificio.

Pero no los Vampiros. Ciertamente no. Los Vampiros están muertos. No aman ni son amados. Después de todo, nadie en su sano juicio querría tocar a un muerto, o ser tocado por uno.

Los Vampiros auténticos nos hacen querer alejarnos de ellos, nunca acercarnos. Los mortales que los rodean se contraen para no ser tocados, para evitar el roce accidental con algo IMPURO. Solo cuando logran ejercer una especie de influjo hipnótico sobre sus víctimas consiguen evadir la náusea, el espanto.

Los Vampiros no seducen, subyugan.

Estas virtudes inquietantes están ausentes en los Impostores.

Por ahora, hay que decirlo, los Impostores han vencido. Pero si algo nos han enseñado los Vampiros, esos que te hacían sentir miedo a la oscuridad, precisamente porque le daban una forma visible a los horrores que se agitan en la noche, es que la muerte no es irreversible.




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4 comentarios:

Britannia dijo...

No estoy del todo de acuerdo contigo. Supongo que desde hace tiempo NACIO otro tipo de vampiro en la literatura. Lamentablemente series como Twilight, y subsiguientes empañaron su imagen, creando un adolescente emo, imán para las chicas.

Ese “Importor” como llamas, puede ser un muy buen personaje para novelas de vampiros. Solo hay que leer las de Anne Rice, para darte cuenta la mente compleja que pueden tener sin dejar de ser terroríficos. No siempre te caen bien, aparte de Louis, quien parece una víctima de sus circunstancias.

Sí, no son repulsivos, no son bestias como originalmente los planteaban, pero siguen siendo vampiros chupasangre y diabólicos. No estoy diciendo que es el “importor” es el único vampiro que de ahora en delante debería de existir, pero no lo veo como algo negativo, lo veo como una ramificación de un mismo origen del miedo colectivo que creo al vampiro de Polidori o al de Stroker.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Polémico artículo. El más odioso en la novela Dracula es Van Helsing. Se muestra cruel con el enamorado de Lucy, le hace creer que es necesario darle la segunda muerte. Y es Van Hellsing quien usa a Mina como recurso estratégico.

Que los vampiros despierten empatía ya es algo que viene sucediendo desde relatos como La muerta enamorada. Es la religión quien hace el papel de villano.

¿Puede un ser humano tratar a los vampiros de monstruos peores que los humanos?

Melmoth el errabundo dijo...

Creo que haces una reflexión sobre el vampiro, ejemplar. Hoy nos suena a guasa la palabra "vampiro" porque el cine, el cómic y los pastiches baratos han contribuido a ello. Después de Stoker son muy pocas las obras que se hayan tomado en serio a ese ser que se nutre, precisamente, de la gente que no creen en ellos. Tu artículo lo defiendo en todos los sentidos. Es lúcido y respetuoso sobre este tema que ha llegado, desgraciadamente, desde Tom Cruise a Crepúsculo.

Un cordial saludo.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Y aun en esa saga, hay vampiros peligrosos, en algún momento el protagonista se dedicó a eliminar humanos peligrosos, malvados, como un antihéroe. Y una vampira aprovechó su transformación para una venganza sangrienta. De haber puesto énfasis en esos episodios, la historia sería más interesante.



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