«Escuela para los innombrables»: Manly Wade Wellman; relato y análisis.


«Escuela para los innombrables»: Manly Wade Wellman; relato y análisis.




Escuela para los innombrables (School for the Unspeakable) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Manly Wade Wellman (1903-1986), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1937 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1941: Los otros mundos (The Other Worlds).

Escuela para los innombrables, uno de los cuentos de Manly Wade Wellman menos conocidos, explora el tormento del nuevo estudiante de un instituto por parte de tres muchachos, quienes además de matones resultan ser vampiros [ver: Razas de vampiros]

SPOILERS.

Noche. Bart Setwick baja del tren en una zona rural de Carrington, esperando que alguien de su nueva escuela pase a buscarlo. En vez de encontrar a un profesor, o a cualquier otra autoridad, un muchacho de aproximadamente su edad se presenta en una calesa. Su nombre es Hoag. En el camino, los comentarios de este muchacho van presagiando lo que encontraremos más adelante: no se trata de una escuela común y corriente; de hecho, allí solo tres alumnos [Hoag, Andoff y Feltcher], todos ellos sumamente extraños.

Estos tres muchachos pasan de la camaradería inicial a la violencia. Primero torturan psicológicamente a Setwick, quien deduce que debe tratarse de algún tipo de broma iniciática; pero luego las cosas se vuelven mucho más físicas a medida que Hoag, Andoff y Feltcher se revelan a sí mismos como vampiros.

El desarrollo de Escuela para los innombrables de Manly Wade Wellman no está a la altura de su descenlace, brillante, que describe la intervención casi milagrosa de un viejo director de la escuela, quien resulta haber asesinado a los tres muchachos cincuenta años antes.

Setwick huye mientras este misterioso director [que no proyecta sombra] tortura a los vampiros con ásperas citas bíblicas. El muchacho corre de vuelta a la estación, donde es abordado por un hombre que se presenta a sí mismo como Collins, un maestro que ha venido a buscarlo. Setwick objeta que ya ha estado en la escuela, pero Collins comenta que ese edificio al que Setwick menciona haber visitado [una vieja institución para muchachos incorregibles] ha sido cerrado hace cinco décadas, luego de que el director enloqueciera y matara a tres de sus alumnos.

Este director, el mismo que intervino para salvar a Setwick, también es un vampiro. Esto explica lo que Felcher le dice a Setwick: «nadie podría matarnos, no después de los juramentos que hicimos y las promesas que nos hicieron». Cuando los tres muchachos intentan succionar la sangre de Setwick, el misterioso director irrumpe en la escena y se los impide, diciéndole a Setwick: «corre, lárgate de aquí y dale gracias a Dios por la oportunidad». Collins le informa que el mismo director murió por la tarde en el hospital psiquiátrico.

Escuela para los innombrables de Manly Wade Wellman comienza casi como un homenaje al Drácula de Bram Stoker, con Setwick como una especie de Harker y Hoag como Drácula en su versión de cochero [ver: ¿Por qué los vampiros necesitan ser invitados a entrar?]. También hay otros guiños más sutiles, como la asociación de los vampiros con Satanás. Sin embargo, lo más interesante, es esta idea de un grupo de niños-vampiro haciendo de las suyas sin la supervisión de un Amo. Es como una revisión de lo que ocurriría con las tres vampiresas del castillo si Drácula se ausentara durante décadas. Pensemos, por ejemplo, en lo rápido que fue descubierta la existencia de ultratumba de Lucy Westenra sin el cobijo de su Amo [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]. En este caso, estos vampiros jóvenes, inexpertos, y desamparados por su maestro, de alguna forma se las han arreglado para sobrevivir durante cincuenta años. Todo un logro [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]

Si eres un vampiro, y te encuentras completamente desprotegido durante el día, encerrado en un mísero ataúd que cualquiera puede vulnerar con una barreta, es probable que necesites darle a tu hogar [si es un castillo remoto, mucho mejor] cierta atmósfera maldita, embrujada, y evitar así la presencia de visitantes indeseados. La reputación de Drácula le permitió ir construyendo esta atmósfera. Incluso vivo nadie se atrevería a ir a su castillo sin ser invitado [ver: El código secreto en el «Drácula» de Bram Stoker]. Los tres muchachos-vampiro de Escuela para los innombrables solo tenían una triste fama de matones, y la escuela en sí, la de un internado para chicos descarriados. Si uno lo piensa detenidamente, lograron mucho subsistiendo durante cincuenta años, aunque el hecho de que en el lugar se hayan producido sus respectivos asesinatos, y a manos del director de la escuela, podría haber contribuido a generar esta atmósfera maldita y a evitar que la gente de la zona merodeara por el lugar [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Ahora bien, Setwick representa la pureza, y los tres muchachos simbolizan la corrupción, y el hecho de que sean tres lo subraya. El director, el amo vampiro que los mató y convirtió en el pasado, ha tenido tiempo para reflexionar durante todos esos años encerrado en el manicomio. Es un poco extraño, yo diría que inédito en el género de aquellos años, que un vampiro decida cambiar su perspectiva y colocarse del lado de Dios. Para lograr esta transformación, quizás, tiene que demostrar su compromiso, por lo que escapó del manicomio y salvó a Setwick de los tres vampiros. Curioso, cuando no paradójico, que la redención del director dependa de volver a asesinar a las mismas víctimas que se cargó cincuenta años antes.

Además de Escuela para los innombrables, Manly Wade Wellman hizo varias contribuciones importantes al canon de relatos de vampiros de la época, siempre con tramas asombrosas. Por ahí tenemos Del diablo nadie se burla (The Devil Is Not Mocked), que involucra a un heroico Conde Drácula que extermina a unas tropas nazis que tienen la audacia de perturbar su hogar [ver: El «Drácula» de Stoker NO está inspirado en Vlad Tepes]; Cuando era medianoche (When It Was Midnight), que retrata a un Edgar Allan Poe buscando inspiración para El entierro prematuro merodeando por un cementerio infestado de vampiros; y otros más tradicionales, como Cuando había claro de luna (When It Was Moonlight) y La última tumba de Lil Warren (The Last Grave of Lill Warren), protagonizado por el detective John Thunstone.

En el futuro esperamos poder traducir para El Espejo Gótico algunas de estas historias.




Escuela para los innombrables.
School for the Unspeakable, Manly Wade Wellman (1903-1986)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Bart Setwick bajó del tren en Carrington y se quedó un momento en el andén de la estación, un muchacho de tweed y con un rostro honesto y bien formado. Este pequeño pueblo y su famosa escuela serían su hogar durante los próximos ocho meses; pero, ¿cuál era el camino a la escuela? El sol se había puesto y apenas podía ver los letreros de las tiendas al otro lado de la modesta calle principal de Carrington. Vaciló y una voz suave habló junto a él:

—¿Vas a la escuela?

Bart Setwick, sorprendido, se volvió.

En el crepúsculo gris estaba otro joven, sonriendo levemente y esperando un sí como respuesta. El extraño tenía diecinueve años —lo cual significaba madurez para el joven Setwick, que tenía quince— y su rostro pálido tenía líneas astutas. Su cuerpo alto y desgarbado estaba vestido con un jersey de cuello alto y pantalones ajustados a la moda. Bart Setwick lo miró con la mirada rápida y apreciadora de la joven América.

—Acabo de llegar —respondió—. Mi nombre es Setwick.

—El mío es Hoag —estiró una mano delgada. Setwick la tomó y la encontró fría como una rana, con una sugerencia de músculos tensos como alambre—. Me alegro de conocerte. Vine por la posibilidad de que alguien bajara del tren. Déjame llevarte a la escuela.

Hoag se volvió, felinamente ligero a pesar de su torpeza, y condujo a su nuevo conocido a la esquina de la pequeña estación de tren. Detrás de la estructura, medio escondido en su sombra, había un coche en mal estado con un delgado caballo bayo.

—Sube —invitó Hoag, pero Bart Setwick hizo una pausa por un momento.

Su generación no estaba acostumbrada a tales vehículos. Hoag se rio entre dientes y dijo:

—Oh, es el coche de la escuela. Estamos llenos de costumbres divertidas. Entra.

Setwick obedeció.

—¿Y mi baúl?

—Déjalo —el joven más alto se puso al lado de Setwick y tomó las riendas—. No lo necesitarás esta noche.

Chasqueó la lengua y el caballo se movió. Se alejó por un camino lateral bordeado de arbustos. Sus cascos estaban extrañamente amortiguados.

Doblaron una esquina, otra, y salieron a campo abierto. Las luces de Carrington, recién encendidas contra la noche, colgaban detrás como una constelación posada sobre la Tierra. Setwick sintió una pizca de frío que no parecía encajar con la noche de septiembre.

—¿Qué tan lejos está la escuela de la ciudad? —preguntó.

—Cuatro o cinco millas —respondió Hoag en voz baja—. Eso fue deliberado por parte de los fundadores: querían dificultar que los estudiantes llegaran a la ciudad para divertirse. Nos obligó a desenterrar nuestras propias diversiones —el pálido rostro se arrugó en una leve sonrisa, como si fuera una broma—. Por cierto, ¿para qué te enviaron?

Setwick frunció el ceño con desconcierto.

—Vaya, para ir a la escuela. Papá me envió.

—¿Pero para qué? ¿No sabes que esta es una preparación para la prisión de la clase alta? La mitad de nosotros somos idiotas que necesitan ser empujados, la otra mitad son tipos que se metieron en escándalos en otro lugar, como yo.

Hoag volvió a sonreír.

A Setwick empezó a sentir antipatía por su compañero. Rodaron una milla más o menos en silencio antes de que Hoag volviera a hacer una pregunta:

—¿Vas a la iglesia, Setwick?

El chico nuevo tenía miedo de parecer mojigato y dijo:

—No muy a menudo.

—¿Puedes recitar algo de la Biblia? —la suave voz de Hoag adquirió un tono ansioso.

—No que yo sepa.

—Bien —fue la respuesta casi cordial—. Como estaba diciendo, solo somos unos pocos en la escuela esta noche, solo tres, para ser exactos. Y no nos gustan los que citan la Biblia.

Setwick se echó a reír, tratando de parecer sabio y cínico.

—¿No tiene fama Satanás citar la Biblia a los suyos?

—¿Qué sabes sobre Satanás? —interrumpió Hoag. Se volvió de lleno hacia Setwick, estudiándolo con ojos oscuros y atentos. Luego, como si respondiera a su propia pregunta—: Apuesto a que bastante poco. ¿Te gustaría saber sobre él?

—Claro que sí —respondió Setwick, preguntándose cuál sería la broma.

—Te enseñaré después de un tiempo —prometió Hoag crípticamente, y el silencio se hizo de nuevo.

Se elevó una media luna cuando divisaron un oscuro revoltijo de edificios.

—Aquí estamos —anunció Hoag, y luego, echando la cabeza hacia atrás, emitió un aullido salvaje y sin palabras que hizo que Setwick casi saltara del coche—. Eso es para que los demás sepan que llegamos —explicó—. ¡Escucha!

De regreso llegó un eco aparente del aullido, estridente y misterioso. El caballo vaciló en su trote amortiguado y Hoag hizo que volviera a dar el paso.

Doblaron en un camino de entrada lleno de maleza y dos minutos más tarde llegaron a la parte trasera del edificio más cercano. Era de un gris tenue a la luz de la luna, con rectángulos de tinta en blanco sobre las ventanas. En ninguna parte había luz, pero cuando el coche se detuvo, Setwick vio una cabeza joven asomarse por una ventana en el piso inferior.

—¿Ya estás aquí, Hoag? —dijo una voz aguda.

—Sí —respondió el joven de las riendas—, y he traído a un hombre nuevo conmigo.

Emocionado un poco al oírse a sí mismo llamado «hombre», Setwick se apeó.

—Su nombre es Setwick —prosiguió Hoag—. Conoce a Andoff, Setwick. Un gran amigo mío.

Andoff hizo un gesto de saludo con la mano y se arrastró por el alféizar de la ventana. Era regordete e incluso más pálido que Hoag, con una frente baja debajo del pelo lacio y húmedo, y ojos negros muy separados en un rostro gordo y estúpido. Su chaqueta raída le quedaba demasiado ajustada y, bajo las bragas gastadas, tenía las piernas y los pies descalzos. Podría haber sido un muchacho de trece crecido o uno de dieciocho subdesarrollado.

—Felcher debería llegar en medio segundo —dijo.

—Entretén a Setwick mientras yo guardo el coche —le indicó Hoag.

Andoff asintió y Hoag juntó las líneas en sus manos, pero se detuvo para una última palabra.

—Nada de tonterías, Andoff —advirtió con seriedad—. Setwick, no dejes que esta vejiga de manteca te cuente historias locas hasta que yo regrese.

Andoff se rio estridentemente.

—No, nada de historias locas —prometió—. Se las contarás tú, Hoag.

La calesa se alejó rodando y Andoff giró su rostro gordo y sonriente hacia el recién llegado.

—Aquí viene Felcher —anunció—. Felcher, te presento a Setwick.

Otro chico había llegado, al parecer, de la nada. Setwick no lo había visto doblar la esquina del edificio ni escabullirse por una puerta o ventana. Probablemente era tan grande como Hoag, o más, pero tan pequeño como para ser casi un enano, y además frágil. Su característica más notable era su vellosidad. Una gran fregona le cubría la cabeza, el cuello y las orejas, y colgaba descuidadamente hasta sus ojos brillantes y hundidos. Tenía los labios y las mejillas extendidos con un rango hacia abajo, y un vello rizado asomaba por el cuello desabotonado de su camisa blanca sucia. La mano que le ofreció a Setwick era casi simiesca por su aspecto desaliñado y por la dureza de su palma. También era fría y húmeda. A Setwick le recordó el apretón de manos de Hoag.

—Somos los únicos aquí hasta ahora —comentó Felcher.

Su voz, sorprendentemente profunda y fuerte para una criatura tan pequeña, sonó como una gran campana.

—¿Ni siquiera está aquí el director? —preguntó Setwick, y ante eso los otros dos empezaron a reír a carcajadas, el chillido de Andoff era como un obbligato ante la campana de Felcher. Hoag, al regresar, preguntó qué era lo divertido.

—Setwick pregunta —gruñó Felcher—, por qué el director no está aquí para darle la bienvenida.

Más carcajadas.

—Dudo que Setwick piense que la respuesta sea divertida —comentó Hoag, y luego él mismo se rio entre dientes.

Setwick, que había sido bien educado, empezó a irritarse.

—Díganme cuál es la gracia —instó, en lo que esperaba que fuera un tono sombrío—, y me uniré al coro de alegría.

Felcher y Andoff lo miraron con ojos extrañamente ansiosos y anhelantes. Luego se enfrentaron a Hoag.

—Vamos a decírselo —dijeron ambos a la vez, pero Hoag negó con la cabeza.

—Todavía no. Una cosa a la vez. Primero cantemos la canción.

Comenzaron a cantar. El primer verso era obsceno, sin ninguna pretensión de humor para redimirlo. Setwick nunca había sido aprensivo, pero definitivamente se sintió repelido. El segundo verso parecía menos objetable, pero apenas tenía sentido:

Todo lo que intentaron enseñar aquí Ahora no se enseña. Listos, firmes, cada uno aquí, el conocimiento que buscamos. ¡Lo que ellos llamaron desastre no nos mató, oh maestro! Domínanos, te suplicamos aquí, ojo, mano y pensamiento.

Era algo así como un himno, decidió Setwick; pero, ¿ante qué altar se cantarían tales himnos? Hoag debe haber leído esa pregunta en su mente.

—Mencionaste a Satanás en la calesa al salir —recordó, con su rostro conocedor colgando como una máscara en la penumbra cerca de Setwick—. Bueno, esa es una canción satanista.

—¿Lo es? ¿Quién la hizo?

—Yo —le informó Hoag—. ¿Qué te parece?

Setwick no respondió. Trató de percibir la burla en la voz de Hoag, pero no pudo encontrarla.

—¿Qué —preguntó finalmente—, todo este canto satanista tiene que ver con el director?

—Mucho —respondió Felcher profundamente.

—Mucho —chilló Andoff.

Hoag miró uno a uno a sus amigos y, por primera vez, sonrió ampliamente.

—Creo —aventuró en voz baja pero con fuerza—, que bien podríamos dejar que Setwick se enterara del secreto de nuestro pequeño círculo.

Aquí empezaría, decidió el chico nuevo, la novatada escolar de la que tanto había oído y leído. Había anticipado tales cosas con algo de emoción, incluso con entusiasmo, pero ahora no quería saber nada de ellas. No le agradaban sus tres compañeros, y no le gustaba la forma en que se acercaban a lo que sea que pretendieran hacer. Retrocedió uno o dos pasos, como para retirarse.

Rápidos como pájaros, Hoag y Andoff se acercaron a ambos codos. Sus manos heladas lo agarraron y de repente se sintió mareado y enfermo. Las cosas que habían sido claras a la luz de la luna se volvieron borrosas y distorsionadas.

—Ven y siéntate, Setwick —invitó Hoag, como desde una gran distancia. Su voz no se hizo fuerte ni áspera, pero encarnaba una amenaza real—. Siéntate en el alféizar de la ventana. ¿O te gustaría que te carguemos?

En ese momento, Setwick solo quería liberarse de su contacto, así que caminó sin resistencia hasta el alféizar y trepó por él. Detrás estaba la oscuridad de una cámara desconocida. A sus rodillas se reunieron los tres que parecían tan ansiosos por contarle su broma privada.

—El director era un verdadero asistente a la iglesia —comenzó Hoag, como si fuera el portavoz del grupo—. No tenía ningún interés en los demonios o la adoración al diablo. De hecho, habló en contra de estas cosas cuando se dirigió a nosotros en la capilla. Eso fue lo que nos inició.

—Bien —asintió Andoff, volviendo su rostro gordo y larval—. Básicamente queríamos hacer cualquier cosa que él prohibiera. ¿No es eso lógico?

—Lógico y razonable —terminó Felcher.

Su mano derecha peluda giraba en el alféizar cerca del muslo de Setwick. A la luz de la luna parecía una araña grande y nerviosa.

Hoag prosiguió.

—No conozco ninguna prohibición suya que fuera más fácil o divertida de romper.

Setwick descubrió que se le había secado la boca. Su lengua apenas podía humedecer sus labios.

—¿Quieres decir —dijo—, que empezaste a adorar a los demonios?

Hoag asintió felizmente, como un maestro a un alumno apto.

—En unas vacaciones conseguí un libro sobre el culto. Los tres lo estudiamos, luego comenzamos las ceremonias. Aprendimos los encantos y hechizos, de adelante hacia atrás.

—Son el doble de buenos hacia atrás —intervino Felcher, y Andoff rio.

—¿Tienes alguna idea, Setwick —casi susurró Hoag—, qué fue lo que apareció en nuestro estudio la primera vez que quemamos vino y azufre, con las palabras adecuadas pronunciadas sobre ellos?

Setwick no quería saberlo. Apretó los dientes.

—Si estás tratando de asustarme —logró gruñir—, ciertamente no va a funcionar.

Los tres rieron una vez más y comenzaron a parlotear sus protestas de buena fe.

—Te juro que estamos diciendo la verdad, Setwick —le aseguró Hoag—. ¿Quieres oírla o no?

Setwick tenía muy pocas opciones al respecto y se dio cuenta.

—Oh, adelante —capituló, preguntándose cómo haría para arrastrarse desde el alféizar hacia la oscuridad de la habitación.

Hoag se inclinó hacia él con aire de confiado.

—El director nos atrapó. Nos atrapó con las manos en la masa.

—Libro abierto, fuego encendido —coreó Felcher.

—Tenía algo muy bueno que decir sobre la venganza del cielo —prosiguió Hoag—. Nos reímos de él. Se puso frenético. Finalmente, trató de tomar la venganza del cielo en sus propias manos, de una manera muy primitiva. Pero no funcionó.

Andoff se reía de forma inmoderada, con los gruesos brazos cruzados sobre el vientre encorvado.

—Pensó que funcionaba —complementó entre gorjeos agudos—, pero no fue así.

—Nadie podría matarnos —agregó Felcher—. No después de los juramentos que hicimos y las promesas que nos hicieron.

—¿Qué promesas? —preguntó Setwick, quien estaba luchando por no creer—. ¿Quién les hizo alguna promesa?

—Los que adoramos —dijo Felcher.

Si estaba simulando seriedad, era una actuación suprema. Setwick, al darse cuenta de esto, estaba más intimidado de lo que quería mostrar.

—¿Cuándo sucedieron todas estas cosas? —fue su siguiente pregunta.

—¿Cuándo? —repitió Hoag—. Oh, hace años y años.

—Años y años —repitió Andoff.

—Mucho antes de que nacieras —aseguró Felcher.

Estaban muy juntos, de espaldas a la luna que brillaba en el rostro de Setwick. No podía ver sus expresiones con claridad. Pero sus tres voces —la suave de Hoag, la profunda y vibrante de Felcher, la aguda y chillona de Andoff— eran absolutamente serias.

—Sé lo que estás discutiendo dentro de ti mismo —anunció Hoag un tanto engreído—. ¿Cómo podemos, que hablamos de esos muchos años pasados, parecer tan jóvenes? Eso requiere una explicación, lo admito —hizo una pausa, como si eligiera palabras—. El tiempo, para nosotros, se detiene. Se detuvo esa misma noche, Setwick; la noche en que nuestro director trató de poner fin a nuestra adoración.

—Y a nosotros —sonrió con satisfacción Andoff, de cuerpo asqueroso, con su habitual aire de autocomplacencia al coronar una de las declaraciones de Hoag.

—Pero la adoración continúa —pronunció Felcher, en la misma forma de cántico que había afectado una vez antes—. La adoración continúa, y nosotros también.

—Lo que nos lleva al grano —dijo Hoag enérgicamente—. ¿Quieres colaborar con nosotros, Setwick? ¿Ser el cuarto de esta pequeño y animado grupo?

—No, no quiero —espetó Setwick con vehemencia.

Se quedaron en silencio y retrocedieron un poco: un trío de extrañas siluetas contra el pálido resplandor de la luna. Setwick pudo ver el destello de sus ojos fijos entre las sombras de sus rostros. Sabía que tenía miedo, pero lo escondió. Valientemente cayó del alféizar al suelo. El rocío de la hierba le salpicó los tobillos cubiertos por los calcetines entre los zapatos Oxford y las mangas de los pantalones.

—Supongo que es mi turno de hablar —les dijo tranquilamente—. Seré breve. No me gustan, ni nada de lo que hayan dicho. Y me voy de aquí.

—No te lo permitiremos —dijo Hoag, en voz baja pero enfático.

—No te lo permitiremos —murmuraron Andoff y Felcher juntos, como si lo hubieran ensayado mil veces.

Setwick apretó los puños. Su padre le había enseñado a boxear. Dio un paso rápido y suave hacia Hoag y lo golpeó con fuerza en la cara. Al momento siguiente, los tres se arrojaron sobre él. No parecían golpear, agarrar o tirar, pero él cayó bajo su asalto. Los hombros de su abrigo de tweed se revolcaban en la arena y olía a hierbajos triturados. Hoag, encima de él, inmovilizó sus brazos con una rodilla en cada bíceps. Felcher y Andoff estaban agachados.

Setwick miró hacia arriba con rabia impotente y supo de una vez por todas que no se trataba de una broma de colegial. Nunca los bromistas se reunieron alrededor de su víctima con ojos tan brillantes, con la mandíbula tan tensa, con labios tan temblorosos.

Hoag mostró sus colmillos blancos y pasó sobre ellos su lengua puntiaguda.

—¡Cuchillo! —murmuró, y Felcher buscó a tientas en un bolsillo, luego le pasó algo que brillaba a la luz de la luna.

La mano delgada de Hoag la alcanzó y luego se echó hacia atrás. Hoag había levantado los ojos hacia algo más allá del grupo. Se atragantó y gimió de forma inarticulada, saltó del dolorido pecho de Setwick y cayó hacia atrás con incómoda prisa. Los demás siguieron su mirada de asombro, luego, de repente, se acobardaron y se retiraron a su vez.

—¡Es el profesor! —se lamentó Andoff.

—Sí —rugió una nueva voz ronca—. ¡Tu antiguo director, y he vuelto!

Levantándose sobre un codo, el postrado Setwick vio lo que habían visto los demás: una figura alta y corpulenta con un abrigo largo y oscuro, coronado por una cara cuadrada y distorsionada y un revuelo de mechones blancos. Sus ojos brillaban con su propia luz pálida y dura. A medida que avanzaba, lenta y pesadamente, emitió una risita de alegría asesina. Incluso a primera vista, Setwick se dio cuenta de que no proyectaba sombra.

—Llegué a tiempo —murmuró el recién llegado—. Iban a matar a este pobre chico.

Hoag se había recuperado.

—¿Matarlo? —se estremeció, pareciendo adular ante la presencia amenazante—. No. Le hubiéramos dado la vida.

—¿A esto le llamas vida? —preguntó el de pelo largo—. Habrías chupado su sangre para llenar tus propias venas muertas, lo habrías condenado a tu asquerosa condición. ¡Pero estoy aquí para evitarlo!

Un dedo enorme lo señaló y luego vino un torrente de palabras. Para el nervioso Setwick sonaba como el Nuevo Testamento, o tal vez el Libro de Oración.

De repente recordó la aversión declarada a Hoag por tales citas.

Sus tres antiguos asaltantes se tambalearon como ante un fuerte viento que les heló o chamuscó.

—¡No, no! ¡No lo hagas! —suplicaron miserablemente.

El rostro cuadrado y viejo se abrió y soltó una risa despiadada. El dedo trazó una cruz en el aire, y el trío gimió a coro como si el signo hubiera sido dibujado sobre su carne con una lengua de fuego.

Hoag cayó de rodillas.

—¡No lo hagas! —sollozó.

—Tengo poder —se burló su atormentador—. Lo gané durante años de silencio, y ahora lo usaré —una vez más, una explosión de alegría triunfante—. ¡Sé que están condenados y que no se los puede matar, pero pueden ser torturados! ¡Los haré gatear como gusanos antes de que termine ustedes!

Setwick recuperó sus pies temblorosos. El abrigo largo y la cabeza maciza se inclinaron hacia él.

—¡Corre! —gritó con un rugido áspero en sus oídos—. ¡Fuera de aquí, y gracias a Dios por la oportunidad!

Setwick corrió, tambaleándose. Tropezó con la maleza del camino de entrada y ganó el camino más allá. A lo lejos brillaban las luces de Carrington. Cuando volvió el rostro hacia ellos y aceleró el paso, comenzó a llorar, ahogado, histérico, agotado.

No paró de correr hasta llegar al andén frente a la estación. Un reloj al otro lado de la calle dio las diez, con una voz profunda no muy diferente a la de Felcher. Setwick respiró hondo, sacó su pañuelo y se secó la cara. Su mano temblaba como un tallo de hierba en la brisa.

—¡Perdón! —llegó un saludo alegre—. Debes ser Setwick.

Como antes en esa misma plataforma, se dio la vuelta con una velocidad de asombro.

A su alcance estaba un hombre de anchos hombros, de unos treinta años, con gafas de montura. Llevaba una elegante chaqueta de Norfolk y franelas. Una pipa corta de brezo estaba sujeta en una boca de buen humor.

—Soy Collins, uno de los maestros de la escuela —se presentó—. Si eres Setwick, nos has tenido preocupados. Te esperábamos en el tren de las siete, ¿sabes?

Setwick encontró un poco de su aire perdido.

—Pero yo he estado en la escuela —murmuró en protesta.

Su mano, todavía temblorosa, hizo un gesto vago por el camino por el que había venido.

Collins echó la cabeza hacia atrás y se rio, luego se disculpó.

—Lo siento —dijo—. No es broma si realmente hiciste todo ese paseo por nada. Ese viejo lugar está desierto, solía ser un lugar para los niños ricos incorregibles. Lo cerraron hace unos cincuenta años, cuando el director enloqueció y mató a tres de sus alumnos. Por casualidad, el propio director murió esta misma tarde, en el hospital estatal para locos.

Manly Wade Wellman (1903-1986)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Manly Wade Wellman.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Manly Wade Wellman: Escuela para los innombrables (School for the Unspeakable), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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