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En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido


En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido.




La primera asociación que uno hace entre el Metro —o Subterráneo—, y el horror, es aquella teoría de Sigmund Freud acerca de lo familiar, incluso lo doméstico, que repentinamente se torna en algo inquietante (Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror). ¿Y qué mejor lugar que el Metro para encontrar esa combinación entre lo familiar y lo desconocido? Después de todo, la mayoría de nosotros viajamos en subterráneo, pero nuestra visión de aquellos túneles oscuros es parcial, incompleta, y, sobre todo, fugaz.

Esta es, decíamos, una asociación casi condicionada, pero el Metro en la ficción es más complejo que eso.

Lo extraño en la ficción a menudo encuentra su forma de expresión más simple en el pasado, el presente y el futuro, pero las mejores historias, al menos para mí, son aquellas que se desarrollan en ese inevitable punto de transición donde parte del futuro ya se vislumbra en el hoy, y donde el pasado no es completamente un recuerdo, sino todavía algo vívido. El Metro es un espacio donde esa transición se hace claramente visible.

Pocos espacios comunes son tan mundanos, incuso tan ordinarios para el ciudadano de las grandes ciudades, como el Metro. Viajar en subte forma parte del tejido de la vida diaria; y, mientras funcione, la mayoría de nosotros no le prestaremos demasiada atención. Es recién cuando uno se detiene a pensar que está viajando en un gusano de metal que se mueve bajo tierra cuando las cosas pueden ponerse más extrañas.

Lo familiar —o heimlich, en términos freudianos— y lo siniestro —unheimlich— está representado en el interior de los vagones bien ilumimados, en los andenes que conocemos perfectamente, y la oscuridad que presiona contra las ventanas en el exterior.

Algunos de nosotros, aquellos que probablemente hayamos leído demasiados relatos de terror, acaso especulemos durante el viaje sobre lo que acecha más allá del cristal, en los túneles. A un sujeto absorbido por sus actualizaciones de Instagram tal vez le sorprenda que unos rostros blancos, deformes, presionasen repentinamente contra las ventanas del Metro; pero no a nosotros, que ya evaluábamos seriamente esa posibilidad.

Cuando nos adentramos en el mundo del Metro realizamos una especie de descenso hacia el Sótano Arquetípico (ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico), una especie de miedo primitivo, elemental, por las cuevas, catacumbas, miedo a perderse en la oscuridad y encontrar cosas que no deberían estar allí (ver: Lo Subterráneo en la ficción). Sin embargo, la frecuentación con el Metro nos permite reprimir ese instinto natural. Después de todo, el propio Metro, sus vagones iluminados, su fortaleza de acero, actúa como una barrera entre nosotros y cualquier cosa que pueda acechar allí abajo.

¿Pero qué tal si, algún día, hordas de personas esqueléticas, pálidas, saliesen de repente de los túneles del Metro para alimentarse de los privilegiados que viven en la superficie?

Bueno, hay que decir que eso ya ocurrió en 1939, en las páginas del relato de Robert Barbour Johnson: Bien abajo (Far Below), publicado en la edición de junio-julio de ese año de Weird Tales.

Bien abajo desafía esa convicción infantil en el poder de la modernidad, esa certeza absurda de que nada malo podría ocurrirnos en un túnel oscuro, a muchos metros de profundidad.

Un grupo de personas famélicas que emergen del Metro de Nueva York para buscar comida (aunque se trate de carne humana) podría ser un motivo innovador incluso hoy, por eso el cuento de Robert Barbour Johnson se mueve dentro de esa transición de la que hablábamos antes. Funcionó en 1939, y funciona perfectamente hoy.

Hablando de asociaciones condicionadas, esta idea acerca de personas hambrientas que salen del subte para devorar lo que sea, rápidamente despierta la noción de que existe algún tipo de crítica social allí; que lo reprimido por la sociedad son básicamente personas, deshumanizadas, tanto que parecen zombis o ghouls, pero seres humanos después de todo (ver: El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero).

Bien abajo revela que las autoridades de Nueva York están al tanto de estas criaturas subterráneas, y que esa información se mantiene oculta al público, sobre todo a los que habitualmente toman el metro. ¿Por qué? Bueno, estas criaturas son muy desagradables, y su visión acaso lleve a cuestionar al ciudadano promedio sobre las consecuencias de su consumismo desmesurado.

Pero, ¿quiénes son estas criaturas de las profundidades del metro?

¿Acaso son aquellos desposeídos que no lograron recuperarse de la Gran Depresión del '30, horriblemente mutilados por la oscuridad?

No lo sabemos. No hablan, o mejor dicho, únicamente emiten sonidos guturales, inarticulados, como sin dudas le habría sonado el español a un conspicuo nativo de Nueva York. De hecho, lo poco que logran decir en inglés se parece demasiado al balbuceo de un inmigrante que intenta hacerse entender.

Ahora bien, el propio Lovecraft es mencionado como una autoridad sobre el tema de estas criaturas; justo él, que tanto se ocupó de seres subterráneos infames, pero que también fue uno de los pobres que hubiesen causado incomodidad al ciudadano acomodado.

Uno de los principales puntos de interés de Bien abajo es la forma en la cual el subte es en sí mismo un espacio familiar como extraño a la vez. Lo familiar, naturalmente, es todo el sistema del metro, que de repente se vuelve inquietante cuando estas criaturas se acercan demasiado (ver: El Horror siempre viene desde el Sótano). Podemos pensar en una versión modesta de esa inquietud, aunque reducida a una incomodidad burguesa, cuando un pordiosero, o alguien que vende artículos completamente inútiles en el metro, se nos acerca demasiado.

De repente, el metro se transforma de algo familiar a un espacio de preocupación, en el caso de los pordioseros, atenuado, pero aterrador si ese mismo individuo decidiera, por ejemplo, mordernos.

Bien abajo posee detalles futuristas que, desde nuestra perspectiva, no constituyen un verdadero asombro, como por ejempo aquel dispositivo que rastrea el movimiento de todos los trenes en la red del metro, algo que no existía en 1939 y que hoy no consideraríamos como algo notable (ver: Las nuevas tecnologías en la mecánica del Horror). Dentro del marco del relato es un dispositivo nuevo y emocionante, sobre todo por la razón por la cual ha sido desarrollado.

Las autoridades monitorean el andar de los trenes, no para mejorar la seguridad, evitar choques o solucionar averías, sino por Ellos, estas criaturas misteriosas, inexplicables, que habitan en los túneles, e incluso debajo de ellos. Parece sensato, pero cuando nos enteramos que estas criaturas existen desde tiempos inmemoriales, uno se ve obligado a reconsiderar la situación.

Es decir que Bien abajo no es un relato sobre esta gente topo, sino más bien sobre cómo las personas responden ante lo que perciben como una amenaza.

La estructura y el orden social, representados en el Metro, son desafiados por algo que no puede explicarse, y que por lo tanto debe ser eliminado; o al menos mantenido en el ámbito de lo subterráneo, de lo reprimido (ver: Horror Uterino: descenso hacia el inconsciente colectivo).

Y así como nuestro subconsciente recibe los impulsos reprimidos de la psique, también el organismo social emplea a una serie de individuos para mantener a las criaturas en lo profundo de los túneles, lejos de la superficie.

A pesar de que Craig, el protagonista, posee un gran conocimiento sobre las criaturas, jamás parece haber intentado relacionarse con ellas de forma significativa. Es como si las autoridades tuviesen miedo de lo que estos seres podrían hacer, más de lo que han hecho realmente, que no ha sido más que defender su territorio.

A medida que transcurre la historia queda claro que Craig está volviéndose loco, y que esa locura está asociada al hecho de que está convirtiéndose en uno de ellos; lo cual sugiere una dinámica completamente diferente en la conformación de estas criaturas. Quizás el miedo de Craig esté siendo alimentado por su transformación. Por algún motivo, parece incapaz de liberarse de ciertas ideas recurrentes que considera perfectamente aceptables, como bloquear túneles e inundarlos con gas venenoso para matar a las criaturas.

Incidentalmente descubrimos que las criaturas han estado siempre en la zona. Los nativos americanos los conocieron, y mantuvieron algún tipo de relación ceremonial con ellos. Todo parece indicar que la relación era antagónica, pero negociable. Es desde la llegada del hombre blanco —de la civilización occidental— que la relación con las criaturas se transformó en algo puramente conflictivo.

En otras palabras, Craig parece reconocer que las criaturas son refugiados, conducidos a los márgenes más lejanos de la existencia, lo subterráneo, debido al miedo irracional que infunden por ser diferentes. Sin embargo, uno puede convertirse en uno de ellos... es decir, las criaturas son tanto familiares como extrañas.

¿Qué está pasando aquí?

¿Por qué inquieta el reconocimiento de que estas criaturas no sean tan diferentes de nosotros después de todo?

Craig explica que fueron empujadas a lo profundo mucho antes de que la civilización llegara al área de Manhattan, pero uno se pregunta por qué, y cómo su proximidad puede causar que personas como el propio Craig se transformen en uno de ellos, por biológicamente inverosímil que parezca.

El Metro, aquí, nos permite analizar cómo lidiamos con lo extraño. ¿Lo ignoramos o, por el contrario, intentamos reprimirlo, forzarlo bajo tierra? ¿Lo absorbemos o dejamos que nos absorba?

Sospecho que Lovecraft habría tenido una respuesta radical al respecto. En cuanto a mi, estoy seguro de que hay otras formas de abordar el tema, más allá de ignorarlo o de reprimirlo. Uno simplemente puede mirar a los ojos a las criaturas, comprar un artículo innecesario, pensar que el pordiosero, quizás, también se siente incómodo en nuestra cercanía.




Taller gótico. I Universo pulp.


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El artículo: En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Bien abajo»: Robert Barbour Johnson; relato y análisis


«Bien abajo»: Robert Barbour Johnson; relato y análisis.




Bien abajo (Far Below) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Barbour Johnson (1907-1987), publicado originalmente en la edición de junio-julio de 1939 de la revista Weird Tales.

Bien abajo, sin dudas uno de los mejores cuentos de Robert Barbour Johnson, nos sitúa en el Metro de Nueva York, donde un grupo de hombres, integrado por científicos y autoridades policiales, monitorean los túneles rastreando y dando caza a unos monstruosos seres humanoides, pálidos —Ghouls, en una palabra— que acechan en la oscuridad.

SPOILERS.

Hay mucho para analizar en Bien abajo de Robert Barbour Johnson. Vayamos a lo más obvio: el relato pertenece a los Mitos de Cthulhu, y es también un homenaje a H.P. Lovecraft, y más específicamente al cuento: El modelo de Pickman (Pickman's Model), donde se describe a estos mismos ghouls invadiendo una estación del subterráneo. El propio maestro de Providence es mencionado en el relato (¡y Nyarlathoteph!) como alguien que realmente sabe lo que ocurre debajo de los túneles del metro de Nueva York (ver: Lo Subterráneo en la ficción: descenso hacia un estado elemental del ser).

También hay que decir que el padre de Robert Barbour Johnson trabajó como parte del servicio de policía del ferrocarril, un hecho sin dudas significativo, aunque con derivaciones psicológicas que no estamos en condiciones de analizar aquí, a la luz de lo que le ocurre al narrador de la historia, encargado de monitorear los túneles y, eventualmente, convirtiéndose en alguien incapaz de regresar a la luz del día.

Bien abajo de Robert Barbour Johnson es un ejemplo brillante de un cambio paradigmático en la ficción de aquellos años. Ya no hacía falta que lo extraño surgiera de algún castillo lejano, o una cueva inexplorada. Aquí, lo siniestro emerge de lo contemporáneo, de lo moderno, incluso de lo ordinario. ¿Y qué otro escenario reune esos atributos de forma más consistente que el Metro?

Después de todo, el subterráneo forma parte del tejido de la vida de una ciudad, y, mientras funcione, la mayoría de las personas no le prestará atención. Es solo cuando uno se detiene a pensar que está viajando a gran velocidad por un túnel, en un gusano de metal, que las cosas comienzan a volverse interesantes.

Algún espíritu romántico, quizás, repare en lo que podría acechar más allá de las ventanas, en los oscuros túneles laterales. Y hasta no nos sorpendería que, algún día, viésemos rostros pálidos, ciegos, presionando repentinamente contra el exterior de nuestra ventana. Después de todo, cuando nos adentramos en el mundo del subterráneo descendemos hacia un miedo primitivo. Quizás por eso los trenes son coloridos allí abajo, los azulejos son brillantes, los anuncios resplandecen y los tubos fosforescentes salpican las baldosas del andén. Claro, nada desagradable nos sucederá porque la tecnología actúa como una barrera entre nosotros y cualquier cosa que pueda acechar en la oscuridad. La luz nos protege, ¿pero qué ocurre en los túneles, o debajo de ellos? (ver: El Horror siempre viene desde abajo)

Bien abajo de Robert Barbour Johnson desafía esta confianza infantil en la tecnología y estimula ese miedo ancestral por la oscuridad y los lugares profundos. Lo más interesante de la historia, a título personal, es la forma en la cual el autor establece al metro como un espacio donde lo extraño y lo familiar coexisten naturalmente.

No sabemos qué son exactamente estos ghouls. Por momentos, actúan como topos humanoides, sin demasiado interés en otra cosa que cavar y procurarse alimento (carne humana, en su mayoría). Pero ciertamente poseen algún grado de inteligencia, incluso de organización social. El narrador no cree que sean humanos, o que lo hayan sido en alguna etapa evolutiva, sino que más bien coexistieron con el ser humano primitivo y, frente al avance del homo sapiens, fueron recluyéndose más y más en las profundidades de la tierra. En otras palabras, el narrador parece reconocer que son refugiados.

Ahora bien, el público no conoce la existencia de estos seres, ni siquiera la gente que viaja habitualmente en el metro, gracias a una organización policial, financiada por el Estado, que se encarga de mantenerlos a raya para que no logren llegar a la superficie. En cierto modo, estos sujetos están tan atrapados en lo profundo como las propias criaturas que cazan. De hecho, el narrador claramente se encuentra en proceso de volverse loco, y sabe que esa locura está asociada a un hecho inquietante: él mismo se está convirtiendo en una criatura.

En breve esperamos realizar un análisis más minucioso de Bien abajo de Robert Barbour Johnson, porque realmente quedan muchas cosas por decir, y otras que ni siquiera hemos mencionado aquí. Para finalizar, un dato curioso: Bien abajo fue votado en 1953 como el mejor relato publicado en Weird Tales, un premio tal vez exagerado, pero que nadie puede considerar injusto.




Bien abajo.
Far Below, Robert Barbour Johnson (1907-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Con un rugido la formación estaba sobre nosotros, fuera de la oscuridad total. Involuntariamente retrocedí cuando sus faros pasaron y cada objeto en la pequeña habitación se sacudió por las reverberaciones. Luego pasó el coche, y solo hubo el klackety-klack, klackety-klack de las ruedas y las ventanas iluminadas que parpadeaban como pedazos de película en una máquina de proyección mal conectada. Vislumbré brevemente a los ocupantes; hombres sentados miserablemente en bancos duros; un par de amantes ajenos a la hora tardía; un viejo judío barbudo con una gorra negra, profundamente dormido; dos tipos de color de Harlem sonriendo; conductores aquí y allá, también, sus uniformes negros contra el resplandor de las luces de los coches. Luego, las luces traseras rojas se dispararon y el rugido murió a causa de un estruendo en el camino.

—El Expreso 31 —dijo mi amigo en voz baja—. A tiempo, además. Es el último, sabes, hasta casi el amanecer.

Habló brevemente por teléfono, diciendo palabras que no pude entender, porque el repiqueteo del tren todavía sonaba en mis oídos. Ocupé el intervalo mirando a mi alrededor. Había tanto que ver en la pequeña habitación, una diversidad tan extraña de aparatos: interruptores y bobinas y mecanismos curiosos, cuadros y gráficos y pilas de documentos; y, dominando a todos, ese gran tablero negro en el que un gusano luminoso parecía arrastrarse, avanzando lentamente por las líneas punteadas etiquetadas Calle 49, Calle 52, Calle 58, 60…

Mi amigo había colgado e teléfono y estaba mirando el tablero conmigo.

—¡No me atrevo a pensar cuánto costará instalarlo! No es solo un gráfico, ya sabes. ¡Realmente graba! Luces invisibles: el tipo de cosas que abren puertas clandestinas y garajes para hombres ricos. ¡Parejas de ellas espaciadas aproximadamente cada veinticinco yardas a lo largo de cinco millas de túnel subterráneo! Calcule eso en papel, y el total que obtendrá le parecerá difícil de creer. Y, sin embargo, así funciona la ciudad. Fue una de las últimas cosas que el alcalde Walker presentó antes de su renuncia. Caballeros, dijo a la Junta de Finanzas, no importa lo que piensen de mí, pero esta medida debe aprobarse. Y así fue. No hubo un murmullo de protesta, aunque la ciudad estaba casi en ruinas en ese momento. ¿Qué pasa, hombre? Te ves raro.

—Me siento raro —le dije—: ¿Quieres decir que la cosa empezó tan atrás? ¿En el tiempo de Walker?

Él rio. Fue una risa extraña que murió misteriosamente en medio de los ecos moribundos del tren al final del túnel.

—¡Buen Señor! —jadeó—. Walker no había cumplido su primer mandato como alcalde cuando esto comenzó. Se remonta a los días de la Guerra Mundial, e incluso antes de eso. Recuerdo que los restos del tren pasaron como un plan de espionaje alemán para evitar que entremos con los Aliados. Los periódicos aullaron sangrientos asesinatos sobre supuestas confesiones y pruebas que afirmaron que tenían. Les dejamos aullar, por supuesto. ¿Por qué no? Y si le hubiéramos contado a la gente de la ciudad de Nueva York lo que realmente destruyó a ese tren subterráneo, bueno, los horrores de Chateau-Thierry y Verdun y todos los demás juntos no habrían igualado la confusión que habrían provocado las turbas en este lugar. La gente simplemente no podía soportar la idea, ya sabes. Se volverían locos si supieran lo que hay aquí abajo, bien abajo.

El silencio era peor de lo que había sido el rugido, pensé: el extraño, resonante, de alguna manera preñado silencio de inmensidad vacía. Solo el goteo incesante del agua de una fuga subterránea lo rompió, eso y el leve crujido que hizo el indicador cuando su rastreo fosforescente insinuó: Calle 68, 72, 78.

—Sí —dijo mi amigo lentamente—. Se volverían locos si lo supieran. Y a veces me pregunto por qué no nos volvemos locos aquí, nosotros, los que sí sabemos, y tenemos que enfrentar el horror noche tras noche. Creo que es solo porque realmente no nos enfrentamos a eso, ya sabes, porque nunca definimos la cosa en nuestras propias mentes, objetivamente. Simplemente podríamos dejar que las cosas cuelguen en el aire, se podría decir. No hablamos de contra qué nos estamos protegiendo. Simplemente lo llamamos Ellos. Damos por sentado lo mismo que tomamos al enemigo en el extranjero, como algo que está aquí abajo y tiene que ser combatido. Creo que si alguna vez dejamos que nuestras mentes reflexionen sobre lo que son, todo se habrá acabado para nosotros. La carne y la sangre humanas no podían soportarlo.

Meditó, mirando hacia la oscuridad del túnel. El indicador crujió débilmente en la pared: Calle 92, 98, 101…

—Más allá de la calle 120 las cosas están bastante seguras —escuché la voz de mi amigo mientras lo observaba—. Cuando el tren llegue a ese punto verás una luz verde parpadeando la señal todo despejado, aunque eso no significa seguridad absoluta, entiendes . Es justo lo que hemos establecido como el mayor alcance de Sus actividades. Pueden extenderlas en cualquier momento, aunque hasta ahora no lo han hecho. Parece que hay algo circunscrito en sus mentes. Son criaturas de hábito. Eso debe ser lo que los ha mantenido en este pequeño tramo de túnel, con toda la vasta red del sistema del metro de Nueva York para entrar si lo desean. No puedo pensar en ninguna otra explicación, a menos que quieras entrar en lo sobrenatural y decir que es porque están obligados a ocupar este espacio, por algún tipo de leyes místicas; tal vez porque es más bajo que los otros túneles, cincelado en la roca de Manhattan, y tan cerca del East River que casi puedes escuchar el agua lamiendo en noches tranquilas.

»O tal vez sea solo la horrible humedad del túnel aquí, la humedad fungoide y la oscuridad miásmica lo que les conviene. En todo caso, no aparecen en ningún otro lugar, excepto en este tramo. Y tenemos las luces y los coches patrulla, y tres estaciones de paso como esta, con diez hombres en servicio constante desde el ocaso hasta el amanecer. Oh, sí, muchacho, es un pequeño ejército al que ordeno aquí en las vigilias nocturnas, un ejército de los muertos no enterrados, se podría decir; o un ejército de los condenados eternamente.

»¡De hecho, uno de mis hombres se volvió loco, sabes. Otros dos tuvieron que ser internados en manicomios por un tiempo, pero lo superaron y todavía están sirviendo. Pero este tipo, bueno, tuvimos que dispararle antes de que nos ponga en peligro. Eso fue antes de que pusiéramos las Luces Oscuras, y pudo esconderse en el túnel durante días sin que pudiéramos encontrarlo. A veces lo escuchamos aullar mientras patrullamos, y vemos sus ojos brillantes en la negrura.

»Así que cuando finalmente lo encontramos, lo matamos. Ese fue el final. También lo enterramos en el túnel, y ahora los trenes lo atropellan mientras yace. Oh, no había nada irregular sobre el asunto. Llenamos informes departamentales y obtuvimos el consentimiento de sus familiares, y así sucesivamente; solo que no podíamos llevar al pobre tipo a la superficie y correr el riesgo de que la gente lo viera antes del entierro. Ya ves, había ciertas... alteraciones. No quiero detenerme en eso, pero su cara, bueno, el cambio apenas comenzaba, por supuesto, pero era inconfundible; bastante deshumanizante, ya sabes. Habría habido algo de conmoción allí arriba, me temo, solo al ver esa cara. Y había otros detalles, cosas que solo descubrí cuando diseccioné su cuerpo. Pero creo que prefiero no entrar en ellos tampoco, viejo, si no te importa.

»El punto es que tenemos que ser bastante cuidadosos aquí, todos nosotros, acerca de ese Detalle Especial. Es por eso que tenemos condiciones de trabajo tan inusuales. Llevamos uniformes de policía, por supuesto, pero no estamos sujetos a la ordinaria disciplina policial. ¡No señor! ¿Qué haría un policía en la superficie si tuviese que enfrentarse con Ellos? Para que te des una idea del valor de nuestro trabajo, un cabo aquí abajo gana tanto como un inspector allá arriba. Y creo que lo tenemos bien ganado.

»Por supuesto que no puedo decirte cuál es mi salario, me hicieron prometer que nunca lo revelaría cuando me contrataran en el Museo de Historia Natural, bueno, no me gusta pensar cómo eso fue hace mucho tiempo. Yo era el profesor Gordon Craig en esos días, sabes, en lugar del inspector Craig de la policía de Nueva York. Y acababa de regresar de la primera expedición africana de Carl Akeley después de los gorilas. Por eso me trajeron la Cosa para que la examinara. ya ves, después de ese primer gran accidente en el metro. Lo habían encontrado inmovilizado entre los restos, gritando en agonía por las luces que apuntaban sobre sus globos oculares blancos. De hecho, parecía haber muerto más por las luces que por cualquier otra cosa. Orgánicamente era lo suficientemente sólido, salvo por un hueso roto o dos.

«Me lo trajeron porque se suponía que yo era la principal autoridad del museo en materia de simios. Y lo examiné: créeme, lo examiné, viejo. Estuve seis días y noches sin dormir ni descansar, analizando ese cadáver hasta su último trapo, hueso y mechón de pelo.

»Ningún científico en esta tierra había tenido una oportunidad como esa antes, y estaba aprovechándola al máximo. Descubrí todo lo que pude antes de colapsar sobre la mesa de mi laboratorio y ser llevado al hospital.

»Por supuesto, mucho antes de eso les había dicho que la cosa no era un mono. Había una estructura vagamente antropoidea, de acuerdo; y los corpúsculos de sangre eran casi humanos. Pero la cabeza y los apéndices en forma de pala y el desarrollo muscular eran muy diferente a cualquier bestia u hombre en esta tierra. De hecho, ¡la cosa nunca había estado en esta tierra! ¡No había duda de eso! Habría muerto sobre el suelo en medio minuto, como un gusano angular en el sol.

»Me temo que mi informe a las autoridades no los ayudó mucho. Después de todo, incluso un compañero científico habría encontrado un poco difícil conciliar mi clasificación de algún tipo de topo subterráneo gigante que se alimenta de carroña con mis desvaríos sobre desarrollos caninos y simios de miembros y mi insistencia absurda en desarrollo craneal sorprendentemente humanoide, y una amplitud cerebral que indica un grado de inteligencia que…

»Bueno, de nada sirve entrar en eso ahora. Esperaba firmemente que me ordenaran ante una Comisión de Sanidad cuando informara sobre mis hallazgos. En cambio, me ofrecieron un puesto como jefe de área del metro, con un salario que, por decir lo menos, es fantástico. En un mes estoy recibiendo el sueldo de un año en el museo.

»Porque, como ves, ya habían deducido gran parte de las cosas por sí mismos sin necesidad de que yo les informara. Tenían hechos que deliberadamente me ocultaron, no queriendo influir en mi informe. Sabían que ese tren se había descarrilado deliberadamente. La pista mutilada lo demostró más allá de toda duda. No menos de tres lazos habían sido levantados y colocados a cierta distancia por el túnel. Y la condición de la tierra alrededor de los vagones destrozados demostró de manera concluyente que se habían producido grandes excavaciones allí. Era como una gigantesca colina de topo, solo que peor. Y mientras había estado analizando los fluidos estomacales y el tejido corporal para tratar de averiguar de qué se alimentaba mi sujeto, habían estado enterrando, en secreto y con las precauciones más elaboradas, la mitad cadáveres de media docena de hombres, mujeres y niños que, bueno, no habían muerto en el accidente. ¿Me oyes? ¡No habían muerto en el accidente, como tampoco lo habían hecho la cosa. De hecho, fue atrapado mientras intentaba sacar a una víctima muerta: ¡Dios! Qué horrible desastre debió haber sido ese lugar antes de que los equipos de demolición llegaran allí.

»Afortunadamente, había una oscuridad total. Los pobres demonios que simplemente estaban heridos nunca supieron qué horrores estaban ocurriendo en las profundidades estigias sobre ellos, ni les importó. Algunos de ellos parlotearon después sobre los ojos verdes y las garras que rastrillaban sus rostros, pero, por supuesto, nadie les creería. Incluso a un hombre que tenía la mitad del brazo masticada. Los cirujanos amputaron el resto inmediatamente y le dijeron, cuando recuperó la conciencia, que lo había perdido en el accidente. Todavía está caminando por las calles hoy, felizmente ignorante de lo que casi le pasó esa noche.

»¡Oh, te sorprenderías, viejo, cómo puedes silenciar algo si tienes toda la administración de la ciudad detrás de ti! Y créeme, silenciamos las cosas. Ningún periodista pudo ver el accidente. El Gobierno quería nombrar una comisión para investigar, ¡lo silenciamos! Y cuando las tripulaciones habían limpiado el tren destrozado y retirado a la última víctima, mi unidad del Metro entró en acción y ha estado en servicio constante desde entonces, durante los últimos veinte años.

»Tuve un momento terrible al principio, por supuesto. Todas estas mejoras modernas no estaban disponibles entonces. Todo lo que teníamos eran linternas, pistolas y carros de mano, con los cuales patrullar casi cinco millas de túnel. Un puñado de mortales insignificantes contra el Infierno mismo, en la eterna oscuridad de estos largos y sombríos túneles bien abajo de la ciudad.

»Sin embargo, no hubo muchos más accidentes después de que nos hicimos cargo. Como mucho, uno o dos. ¿Cómo podíamos prevenirlos? ¡Hicimos todo lo que se nos ocurrió! ¡Cómo trabajamos en esos primeros años! Una vez que cavamos un pozo de cincuenta pies de profundidad, donde habíamos notado disturbios extraños al lado de las vías del tren, y escuchamos ruidos extraños. Una vez que bloqueamos ambos extremos del túnel por un tramo de una milla y lo llenamos con gas venenoso. Luego lo dinamitamos. Todo fue inútil, completamente inútil. A veces oíamos sonidos en nuestras largas y sombrías patrullas en la oscuridad. Nuestras pequeñas linternas son simples chispazos de luz en estas grandes y antiguas bóvedas de hormigón. Vislumbramos ojos centelleantes a lo lejos, encontramos tierra fresca apilada donde solo un momento antes había cenizas y grava compactas. De vez en cuando disparábamos nuestras armas a algo blanquecino y medio visto, pero solo había una risa risueña en respuesta: una risa tan alegre y salvaje como la de una hiena, muriendo en la tierra...

»Mil veces tuve la tentación de dejar todo, volver a la luz del sol y la cordura y olvidar los horrores de este loco mundo de Nyarlathotep bien abajo. Y luego pensaría en todos esos indefensos hombres, mujeres y niños que viajaban en los trenes desprevenidos a través de la oscuridad, con una maldad primitiva excavando debajo de ellos y... bueno, simplemente no podía irme, eso es todo.

»Me quedé e hice mi deber, como el resto lo hizo, año tras año tras año. Ha sido una carrera extraña para un hombre de ciencia, y ciertamente una que nunca soñé que seguiría durante todos los años que me preparé para el trabajo en el museo. Sin embargo, me siento halagado de que sea una carrera socialmente útil en ese sentido; quizás más que rellenar animales para las polvorientas vitrinas de los museos, o escribir libros de texto monstruosos que nadie se molesta en leer, porque aquí tengo una ciencia propia, la ciencia de mantener a salvo la vida de la mitad de la población de la ciudad más grande del mundo.

»Y luego, también, tengo oportunidades de investigación aquí que la mayoría de mis colegas en la superficie ni siquiera podrían soñar: estudiar una forma de vida absolutamente desconocida; tan grotesca que incluso después de todos estos años de contacto con ella a veces dudo de mis propios sentidos, incluso ahora, aunque el horror es lo suficientemente auténtico si se llega hasta él. El fenómeno ha sido atestiguado en todos los países del mundo, claro; incluso la Biblia hace referencia a Ghouls que cavan en la tierra. Hoy, en la Persia moderna, los cazan con perros y armas, como extrañas criaturas que habitan tumbas, ni humanos ni bestias, y en Siria y Palestina y en algunas partes de Rusia...

»Pero, en cuanto a este lugar en particular, bueno, te sorprendería saber cuántos registros hemos encontrado, cuántas evidencias reales de las Cosas que hemos descubierto en la historia más temprana de la isla de Manhattan, incluso antes de que los hombres blancos se establecieran aquí. Pregúntale al curador del Museo de los Aborígenes en Riverside Drive sobre las costumbres funerarias de los indios de las islas hace mil años, costumbres perfectamente inexplicables a menos que tenga en cuenta contra qué se estaban protegiendo. Y pídele que te muestre ese cráneo, mitad humano y mitad canino, que salió de un montículo indio en Albany, y esas túnicas ceremoniales de chamanes aborígenes claramente trazadas con dibujos de arañas blanquecinas.

»Incluso después de la llegada de los hombres blancos, ¿qué pasó con los primeros escritos de los antiguos colonos holandeses, qué pasó con Jan Van der Rhees y Woulter Van Twiller? Hasta ciertos escritos de Washington Irving tienen un giro desagradable, si les prestas atención. Y hay algunos pasajes extraños y poderosos en La historia de la ciudad de Nueva York: mención de patrullas de guardias mantenidas sin ningún propósito racional en las primeras calles, de noche, particularmente en la región de los cementerios; de incursiones y excursiones en la oscuridad sin luz, y chisporroteos apareciendo, y tumbas excavadas y rellenadas a toda prisa antes del amanecer.

»Y luego están los escritores modernos, ¡Señor! Hay una biblioteca completa de ellos sobre el tema. Uno de ellos, un gran estudiante del tema, tenía casi tantos datos sobre ellos como los que yo había obtenido en mis años de estudio. aquí abajo. ¡Oh, sí, aprendí mucho de Lovecraft, y él también aprendió mucho de mí!

»Hemos descubierto, los hemos estado estudiando todo este tiempo, que deben haber sido bastante numerosos una vez. ¡No es de extrañar que los indios vendieran este lugar tan barato! También venderías tu casa a bajo precio si estuviera invadida por monstruosas alimañas nocivas que, con la llegada de la civilización, fueron diezmadas con fuego y acero por hombres cuya crueldad surgió del estremecimiento del alma. Hombres que guardaron silencio para que sus semejantes no los creyeran locos, hasta que finalmente el maldito remanente de las Cosas se fue bien debajo de la tierra, enterrados como gusanos en las profundidades que, bueno, no estábamos conjeturando dónde, pero creemos que hay alguna falla en el lecho rocoso básico de la Isla, una monstruosa caverna cuyo borde está por debajo del metro, y que les permite pasar de alguna manera a los túneles.

»Oh, nos llevó mucho tiempo descubrir todo eso. Al principio pensamos que teníamos que patrullar todo el sistema de metro de la ciudad. Teníamos guardias incluso debajo del río y en Brooklyn y Queens. Incluso temíamos que llegaran a los niveles superiores de los túneles, tal vez a las calles de Manhattan durante las horas previas al amanecer. Teníamos la mitad del departamento de policía aquí en esos días. Sí, aunque Dios sabe lo que haría incluso un caballo de policía entrenado si alguna vez se enfrentara cara a cara con una de esas cosas. Pero los caballos eran más rápidos que los carros de mano que utilizamos en ese momento, y podían cubrir más territorio.

»Pero a medida que pasó el tiempo conseguimos resultados localizados. Solo en este tramo de túnel es donde está el peligro, y solo a ciertas horas de la noche. No me pregunten por qué nunca salen a la luz del día; porque aquí siempre es de noche, ya sabes, cientos de pies debajo de la superficie. Tal vez sea el paso constante de los trenes: pasan a intervalos de dos minutos durante todo el día, hasta que los teatros de Broadway cierran por la noche. Solo durante unas cuatro horas de la noche hay una pausa cuando largas millas de túneles están sin vida, desiertas y silenciosas, cuando cualquier cosa puede entrar y salir a su antojo y no ser vista.

»Y entonces es solo durante estas horas que realmente nos preocupamos, ya ves. Es solo ahora que estamos vigilantes y listos. Aunque, por supuesto, ya no es una guerra, entiendes. Los cazamos ahora, no nos cazan a nosotros. Los atropellamos aullando de terror, los matamos o los capturamos. Sí, dije capturar. Media docena de veces hemos tenido una especie de zoológico propio aquí abajo, o tal vez sería más exacto decir una Cámara de los horrores de Madame Tussaud. Tengo jaulas en mi laboratorio y ha habido momentos en los que hubiese sido bueno que las personas influyentes de la superficie se dieran cuenta de lo importante que es el trabajo que estamos haciendo aquí abajo.

Entonces, cuando tenemos un escéptico muy terco de nuestro programa, lo llevamos allí, le entregamos una linterna y lo enviamos a la oscuridad. Oh, muchos funcionarios y políticos de la ciudad han estado aquí abajo. ¿Por qué? No podrían hablar de la experiencia después, simplemente serían encerrados como locos si lo hicieran. Y los hizo mucho más liberales con respecto a los fondos. Nuestra colección de especímenes fue un gran éxito, pero no pudimos mantenerla funcionando por mucho tiempo. Nos enfermaríamos tanto por la proximidad de las criaturas que tendríamos que matarlas finalmente. Simplemente no puedes soportarlas por mucho tiempo.

»No es tanto la apariencia de las Cosas, ni siquiera lo que comen: obtuvimos un suministro ilimitado de eso en la morgue de la ciudad; y para cualquiera que haya pasado la mitad de su vida en salas de disección, como yo, podría ser mucho peor. Pero hay una especie de horror cósmico que exudan las Cosas que, bueno, está más allá de toda descripción. ¡No puedes respirar el mismo aire con ellas! Y al final tendríamos que dispararles y arrojarlas bajo tierra a sus amigos y vecinos, que aparentemente las estaban esperando. Al menos abrimos las tumbas poco profundas unos días más tarde y solo habría un hueso roído o dos allí.

»Y luego, por supuesto, los mantuvimos vivos para estudiar sus hábitos. He llenado dos volúmenes con notas para mis sucesores que continuarán la lucha cuando me vaya. Sí, no hay posibilidad de aniquilarlos realmente, ya sabes. Todo lo que podemos hacer es mantenernos firmes. La lucha continuará mientras este túnel en particular esté ocupado. ¿Te parece que las autoridades de la ciudad dejarían veinte millones de dólares en los túneles del metro por nada?

»Sin embargo, cuando caminamos por las calles iluminadas por el sol, entre nuestros semejantes, nos preguntamos si toda esta locura no será solo un mal sueño. Es difícil, allá arriba, darse cuenta de lo que puede suceder en la tierra crepuscular, en la oscuridad que yace bien abajo. ¡Hola!

El teléfono estaba sonando.

De alguna manera no escuché mientras él hablaba brevemente, quizás porque estaba escuchando algo más: un leve crujido en esa gran pared, donde una pequeña luz (esta vez no tiene un gusano brillante, solo una chispa) siguió parpadeando de vez en cuando de forma extraña: Calle 79, marcaba, una y otra vez.

Mi amigo colgó el teléfono y se puso de pie.

—Extraño —dijo en voz baja—. ¡Muy extraño, de hecho! El primero en meses; y justo esta noche, ahora, mientras estábamos hablando. Hace que uno se pregunte, ya sabes, sobre esos poderes telepáticos sobrenaturales que se dice que tienen...

Algo pasó en el túnel afuera, algo que se movió tan rápido que apenas pude verlo; solo una pequeña plataforma baja sobre cuatro ruedas, sin motor visible para impulsarlo. Hombres uniformados cabalgaban sobre la cosa que se sacudía, agachándose con objetos relucientes en sus manos.

—Coche antidisturbios número l —dijo mi amigo sombríamente—. Son eficientes. Nuestros ingenieros han logrado que alcancen casi ochenta millas por hora. Un coche de esos podría atravesar todo el sector en menos de cinco minutos, si fuera necesario. Pero no lo hace, por supuesto. Otro, también con ametralladoras a bordo, salió de la calle 105 al mismo tiempo. Se encontrarán en alguna parte a lo largo del túnel… Trataré de captar alguna señal —agregó—. ¡Escuchémoslos!

Cruzó la habitación hacia el extraño aparato, presionó interruptores y ajustó los diales. Hubo un zumbido de lo que parecía ser un amplificador de radio anticuado que estaba en uno de los gabinetes.

—Micrófonos cada cien pies a lo largo del túnel —dijo mi amigo—. Otra pequeña fortuna para instalar, por supuesto; pero otro gran paso adelante en nuestra eficiencia. Un hombre escucha toda la noche en una centralita, y a veces te sorprendería saber lo que escucha. Tenemos que cambiar de operadores con bastante frecuencia. Ah, ah estamos. Micrófono número 290: aproximadamente mil pies debajo de una de las esquinas más concurridas, incluso a esta hora de la noche. ¿Escuchas eso?

Eso fue un sonido que me hizo saltar de la silla, un extraño y agudo tintineo, blasfemamente fuera de tono, que se fusionó en un gruñido.

—Listo —dijo mi amigo—. Hay uno de ellos, sin duda, tal vez más de uno. ¿Escuchas ese rasguño sobre la tierra? Están delatando su posición sin saber que nosotros, los seres humanos modernos, tenemos algunos poderes tecnológicos hoy en día. Ciertamente no saben que la muerte se aproxima hacia ellos.

Pero un momento después:

—¡Ah! ¿Escuchaste ese chillido? ¿Ese aullido? Eso significa que han visto uno de los coches. Están huyendo locamente por el túnel ahora, las voces se vuelven más débiles. Y ahora, sí, ahora llega el otro coche, en un movimiento de pinzas. Están atrapados. No tienen tiempo para cavar. ¡Ja! ¡Demonios, los tenemos! ¡Escúchalos gritar, escúchalos gritar de agonía! ¡Esas son nuestras ametralladoras que entran en acción, con cañones silenciados para que los ecos no lleguen a los niveles superiores y los hombres hagan preguntas. Imagina esos cuerpos blancos y encogidos, cráneos blancos aplastados. ¡Griten! ¡Chillen, bestias del infierno! ¡Aúllen, monstruos de las profundidades! ¡Están muertos! ¡Muertos! ¡MUERTO!. Bueno, maldito tonto, ¿qué estás mirando?

Ni para salvar mi vida hubiese podido responderle. No podía apartar la mirada de sus ojos ardientes, de su cuerpo agachado como si fuera a saltar sobre mí, de sus dientes al descubierto en un gruñido bestial.

Durante un largo momento esa imagen se mantuvo. Luego, de repente, se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos. Me quedé mirándolo, mi mente marcando los detalles enfermizamente. ¡Dios! ¿Por qué no lo había notado antes? Ese alargamiento de la mandíbula, ese aplanamiento de la frente y el cráneo, ¡ninguna cabeza humana podría tener esa forma!

Finalmente habló, sin levantar la vista.

—¡Lo sé! —dijo suavemente—. He sentido el cambio hace tiempo. Nos está llegando a todos, poco a poco, pero peor a mí, quizás porque he estado aquí más tiempo. Es por eso que ya casi nunca voy a la superficie, ni siquiera con licencia. Las luces son tenues aquí abajo.

»Veinticinco años, ya ves, veinticinco largos años arrastrándome aquí abajo, en el infierno. Estaba destinado a dejar una marca, por supuesto. Estaba preparado para eso. Pero, ¡oh, Grandes Poderes de Arriba! Si hubiese podido ser por un instante lo que soñé que sería… ¡Oh, cuánto peor es eso que cualquier marca de la bestia!

»Y es espiritual, ya sabes, así como físico. Tengo... antojos, a veces, aquí abajo en la soledad de la noche; pensamientos y deseos que consumirían tu alma si te los susurrara. Empeoraré, lo sé, hasta que mi naturaleza se revele y mis hombres me derriben como a un perro, ya que tienen órdenes de hacerlo si...

»Y sin embargo, la cosa me interesa, lo admito; me interesa científicamente, a pesar de que horroriza mi alma, a pesar de que me condenará para siempre. Porque muestra cómo pueden haber existido en la penumbra del mundo; tal vez nunca del todo humanos, por supuesto, tal vez nunca Neandertales o incluso Piltdowns; algo aún más bajo, más vinculado a la bestia primitiva, algo bajo tierra, en cuevas, y luego debajo de ellas por la llegada del hombre, retrocediendo siglo tras siglo hasta la oscuridad de los gusanos, al igual que los pobres demonios retrocedemos aquí desde el contacto con ellos, hasta que al fin ninguno de nosotros pueda podrá volver a caminar en el bendito aire iluminado por el sol.

Con un rugido, el vehículo estaba sobre nosotros, fuera de la oscuridad total. Instintivamente retrocedí cuando pasaron los faros; cada objeto en la pequeña habitación se sacudió por la reverberación. Luego pasó el coche motor, y solo quedó el klackety-klack, klackety-klack de ruedas y ventanas iluminadas que se movían como pedazos de película en una máquina de proyección mal conectada.

—El Expreso 415 —dijo en voz alta—, del Bronx. Seguro y puntual. Nota a sus ocupantes, totalmente inconscientes de cómo fueron salvados, cómo siempre estarán protegidos… ¡Pero a qué precio! ¡A qué precio tan horrible!

»Este Expreso significa que está amaneciendo, ya sabes, allá arriba en la ciudad. Los rayos del sol naciente doran los rascacielos blancos de Manhattan; una gran ciudad comienza a despertar a la vida de la mañana. Pero no hay amanecer para nosotros aquí abajo. Nunca habrá un amanecer para las pobres almas perdidas aquí, en la oscuridad eterna, bien, bien abajo.

Robert Barbour Johnson (1907-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Barbour Johnson.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Robert Barbour Johnson: Bien abajo (Far Below), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Robert Barbour Johnson: cuentos destacados


Robert Barbour Johnson: cuentos destacados.




Robert Barbour Johnson (1907-1987) fue un autor estadounidense muy reconocido en el ámbito de Weird Tales y el relato pulp en general, a pesar de que su obra no fue precisamente prolífica. En este sentido, los cuentos de Robert Barbour Johnson son verdaderos clásicos del género, y tenidos en muy alta estima por los grandes maestros de la época, entre ellos, nada menos que H.P. Lovecraft.

En este segmento iremos repasando todos los cuentos de Robert Barbour Johnson.




Relatos de Robert Barbour Johnson.
  • Bien abajo (Far Below)
  • El ataúd de plata (The Silver Coffin)
  • El extraño caso de Mónica Lilith (The Strange Case of Monica Lilith)
  • Ellos (They)
  • La vida después de la muerte del señor Thaddeus Warde (The Life-After-Death of Mr. Thaddeus Warde)
  • Lupa (Lupa)
  • Ratones (Mice)
  • Soldados de plomo (Lead Soldiers)
  • Un hombre insignificante (Un homme insignifiant)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Robert Barbour Johnson: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El ataúd de plata»: Robert Barbour Johnson; relato y análisis


«El ataúd de plata»: Robert Barbour Johnson; relato y análisis.




El ataúd de plata (The Silver Coffin) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Robert Barbour Johnson (1907-1987), publicado originalmente en la edición de enero de 1939 de la revista Weird Tales.

El ataúd de plata, uno de los grandes cuentos de Robert Barbour Johnson, relata la historia de un guardián de cementerio que debe custodiar, noche tras noche, una cripta donde descansa un ataúd de plata, en cuyo interior se agita, famélico, un vampiro.

SPOILERS.

El ataúd de plata de Robert Barbour Johnson presenta esta idea inusual de un vampiro, miembro de la familia Holt, quien decide recluirse en un ataúd de plata, naturalemente, debido a que este metal parece tener algún tipo de propiedad profiláctica con los no muertos. En todo caso, para asegurarse de que no escapará, establece un fondo fiduciario para gestionar que la cripta, y especialmente el ataúd de plata, estén siempre vigilados.

Esta tarea recae sobre otra familia, mucho más modesta, cuyos miembros se han encargado durante generaciones de vigilar el ataúd de plata. El último eslabón de esta tradición de custodios es quien relata la historia, por cierto, en un tono arcaico, casi victoriano, pero que de algún modo funciona muy bien en el marco del relato.

A pesar de estas precauciones, el ataúd de plata comienza a agrietarse, y el vampiro escapa todas las noches para darse un festín con los niños locales. El guardián de la cripta, entonces, activa los recursos económicos de la familia Holt, y el ataúd de plata es reforzado con acero. El clímax de la historia se produce cuando el narrador y el visitante, último descendiente de los Holt, observan que el ataúd comienza agitarse. Se oyen gritos espantosos en su interior, como si el vampiro estuviese a punto de liberarse del todo, o de morir de hambre.

El ataúd de plata de Robert Barbour Johnson explora algunas cuestiones muy interesantes, como la sensación de hambre insoportable que el vampiro debe experimentar en su prisión de plata, y también algunas preguntas: ¿Por qué Holt decide ser encerrado de este modo? ¿Por qué instruye a sus descendientes para que su cuerpo no sea mutilado, es decir, atravesado con una estaca, si su intención es morir, en última instancia, de hambre? ¿Acaso su intención es otra?

Robert Barbour Johnson no hace demasiado por responder estas preguntas, y hace bien, creo, ya que todos esos cabos sueltos funcionan muy bien en la historia, que en definitiva es narrada por el guardián de la cripta, quien no conoce necesariamente las verdaderas intenciones del vampiro.




El ataúd de plata.
The Silver Coffin, Robert Barbour Johnson (1907-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Cuidado señor! —me advirtió el viejo—. Pise con precaución. Estas viejas escaleras están desgastadas y resbaladizas aquí. Y el túnel en sí es muy bajo y estrecho. Es mejor así, por supuesto, porque es menos llamativo. Solo un par de hombres del cementerio saben que está aquí abajo, señor, debajo de las otras bóvedas. Y ninguno de ellos sabe a dónde lleva, ni qué hay en la vieja cripta.

(Levantó su linterna. Vi una gran cámara de piedra delante, las paredes húmedas y cubiertas de extraños líquenes que eran como una pálida lepra que crecía sobre todo. El silencio de la muerte cayó sobre nosotros mientras estábamos parados allí)

Aquí estamos, señor —dijo el viejo—. Aquí está el lugar donde he estado vigilando todos estos años. ¿Cómo lo soporté? Es una pregunta que a menudo me he hecho, señor. Soy lo que podría llamar alguien criado para el trabajo. Era la tarea de mi padre antes que yo. Es una especie de tradición en la familia, digamos, un legado al que no podemos renunciar.

Ahí está mi propio hijo, señor. Paul (acaba de cumplir veinte años), tendrá que traerme aquí, a la cripta, cuando sea demasiado viejo para continuar. Él ya lo sabe, pero a veces puedo ver la sombra del futuro en su joven rostro, y me preocupa, señor, más de lo que puedo decir. Pero entonces él podría estar peor, ya sabe. Tendrá un trabajo seguro y buenos salarios a lo largo de su vida, tal como yo lo he hecho, y todo solo por mirar aquí de noche.

En estos tiempos malos, un hombre podría estar mucho peor. El fondo fiduciario Holt se encarga del pago, lo garantiza en todo momento. Y en cuanto a un aumento, bendito sea, señor, podría pedir diez veces el dinero que estoy obteniendo ahora, y nunca habría una pregunta.

Como le decía, señor, siento que esto es un deber y no un trabajo. De alguna manera, incluso hablar de más dinero para hacerlo parece un… ya sabe, señor, estaba a punto de decir "sacrilegio". Gracioso, ¿no? Porque el buen Dios sabe que no hay nada sagrado en este negocio. ¡Saborea más del Otro Lugar, si entiendes lo que quiero decir!

(Las sombras se arrastraban como ratas lisiadas a nuestro alrededor)

Ya ve, señor —continuó la voz ronca—, debe haber siempre un guardia aquí abajo. Alguien tiene que mirar, noche tras noche, alguien que tenga discreción, paciencia y coraje. Esas fueron las virtudes de mi padre antes que yo, y las he copiado lo mejor que pude. Y usted sabe, señor, ¡un hombre no duraría aquí a menos que fuera bastante estable! A veces tienes pensamientos extraños en las largas horas antes del amanecer, cuando no hay más sonido que el goteo de humedad de los viejos arcos, y ese otro sonido que escuchará en un momento, señor, ese sonido que no ha cesado en medio siglo, y puede que nunca cese hasta que suene la trompeta del Juicio.

Usted entiende, por supuesto, que los Holt no son solo otra familia. Son los mejores, si sabe a lo que me refiero, señor. Están orgullosos y tienen derecho a estarlo. Eran nobles en Inglaterra, señor, y también han sido gente noble aquí, ya que Virginia todavía era un feudo real. Estaba el general Ebenezer Holt, que luchó junto a Washington durante la Revolución, y Abijah Holt, que estaba con Perry en el lago Erie, y, oh, muchos otros tan distinguidos. Los Holt son una línea poderosa, señor. De cuello rígido, algunos los llaman, pero es su sangre lo que los hace así.

Y, por supuesto, esta mancha debe mantenerse en secreto a toda costa. Incluso hay algunos de la familia que no saben; acaban de escuchar que algo extraño estaba mal. Solo el jefe de cada generación baja en la bóveda, y luego solo en recorridos de inspección ocasionales para asegurarse de que todo esté bien. El joven señor Gerald Holt, aunque ahora no es tan joven, supongo (el tiempo se le escapa a uno aquí abajo), tenía el pelo gris en las sienes la primera vez que vio la bóveda.

Así que supongo que no tengo nada de qué quejarme. No me conmueve personalmente la cosa. Es un horror objetivo para mí, por supuesto, del mismo modo que lo será para mi hijo cuando me vaya. Pero el horror que le espera a cada joven Holt cuando sea mayor de edad… bueno, te enferma de solo pensarlo, señor.

Por supuesto, todo el secreto ha sido bien guardado todos estos años. Los Holt son dueños de este cementerio. Se supone que soy solo uno de los guardias regulares. Llevo el uniforme y ayudo un poco en la excavación de tumbas y los funerales de vez en cuando, para que no haya sospechas. En general, se cree que estoy vigilando este lugar por el ataúd de plata. Eso sería un premio para los ladrones, ¿no es así, señor? Aunque, por supuesto, no hay peligro de robo ahora.

Es por un propósito completamente diferente que vigilo aquí desde el anochecer hasta el amanecer, señor. No para mantener algo fuera, sino para mantener algo dentro, si entiende lo que quiero decir.

¿No sabía usted sobre el ataúd de plata? Es el único que se ha fabricado, hasta donde yo sé. El viejo ordenó que se lo hiciera en su testamento. Él tenía una gran fe en eso, dicen. Verá, la plata siempre ha figurado fuerte en las leyendas sobre ellos, señor. Las balas de plata eran las únicas cosas potentes contra sus vidas impías. Y esto, señor, era una bala de plata de siete pies de largo, soldada en una masa sólida. Nunca había visto algo tan asombroso como ese ataúd. Solía levantar el manto a veces por la noche, solo para mirarlo. Me haría sentir más seguro ver esa superficie reluciente entre mí y el horror a través de largas vigilias nocturnas.

Dicen, señor, que fue el propio Andrew Holt quien recolectó la plata. Estuvo en el extranjero durante muchos años en sus viajes de contrabando, y recogió muchas cosas extranjeras, candelabros y jarrones e incluso crucifijos de plata, dicen, que se fundió en lingotes. Pero miles y miles de dólares de plata también entraron en los lingotes. Encontraron una fortuna en ladrillos de metal en la habitación del anciano cuando murió, escondidos debajo de una tela. Así es como sabían que la maldición estaba sobre él, ya lo ve, por eso, y por la voluntad que dejó, indicando la preparación del ataúd de plata y de esta cripta, así como del fondo fiduciario para el cuidado perpetuo, que soy yo, señor, como lo fue mi padre, y como lo será mi hijo después de mí, que fuimos, somos y seremos sus guardianes.

—Descansaré tranquilamente en un ataúd de plata —me dijo mi padre que dijo el viejo Holt en su testamento—. No habrá necesidad de temer, siempre que no haya grietas en el metal. Entonces, mi deseo final es que ninguna estaca en el corazón, ninguna mutilación o herida ceremonial profanará mi cuerpo después de ser enterrado. Así que deja que continúe mi resistencia antinatural hasta que la mancha que hay en mí perezca por falta de alimento para su vida impía. Porque sin la sangre seguramente habrá una muerte eventual incluso para los inmortales.

Los Holt cumplieron sus deseos al pie de la letra. Construyeron esta bóveda para él y pusieron a mi padre a vigilarlo en su ataúd de plata. Y los años pasaron sin incidentes de ningún tipo. Durante la vida de mi padre, la tumba del viejo Andrew fue solo otra tumba más por día; aunque solo Dios sabe lo que sucedió aquí durante las largas vigilias nocturnas. El cabello de mi padre se volvió blanco mucho antes de su tiempo. Pero vivió más de setenta años, señor, y finalmente murió en paz en su cama. Los Holt lo enterraron en su propia parcela, y pusieron una lápida en su tumba que dice: Bien hecho, buen y fiel servidor.

Dormiré a su lado cuando llegue mi turno, así me lo aseguró el señor Gerald: porque la deuda que mi familia te debe a ti y a la tuya, dice, nunca se puede pagar.

Se refería, por supuesto, a ese asunto de hace unos años, cuando el horror se desbordó, ya sabe. Y fui yo el primero en descubrirlo. Por supuesto, ese es mi trabajo: vigilar esas cosas. Por eso estoy aquí abajo en la noche. Pero, por extraño que parezca, no fue por estar de servicio en la bóveda que descubrí lo que estaba pasando. Fue leyendo los periódicos locales durante el día.

Todavía no sé por qué debería haber estado tan interesado en esos niños y su misteriosa enfermedad. Supongo que fue solo un presentimiento. Toda mi vida había temido que tal cosa pudiera suceder, a pesar de que el ataúd parecía una invulnerable. Pero me di cuenta de inmediato de la importancia de la epidemia que estalló entre los pequeños mocosos pobres en las viviendas de Minsport, a apenas una milla de distancia de aquí.

Anemia perniciosa, los médicos insistieron en que eso era. Niño tras niño se enfermaron y se consumieron, sus pequeños cuerpos se volvían cada día más pálidos y sin sangre hasta que finalmente la muerte terminó con sus sufrimientos. Uno, dos, tres, una docena de ellos, todos tomados de la misma manera en tantos días, o más bien noches, llorando a sus padres sobre sueños extraños y salvajes, quejándose de los dolores en sus gargantas cada mañana al despertar del sueño perturbado; pero muriendo, señor, muriendo lentamente a pesar de todo lo que la ciencia hizo para salvarlos. Consumidos, fueron arrojados como sacos en este mismo cementerio.

Dios sabe cuánto tiempo había pasado antes de que me diera cuenta. Pero cuando por fin lo supe, fui inmediatamente al señor Gerald con la historia.

—Por fin ha llegado —le dije—, el horror que hemos estado temiendo todos estos años —Le mostré los artículos en los periódicos—. ¿Reconoce los síntomas, señor?

Por un momento pensé que se iba a desmayar. No es broma, señor, ver la cara de un hombre sano ponerse blanca como el mármol y su respiración cortada por una sorpresa abrumadora.

—Pero, pero —tartamudeó por fin—, ¡no puede ser cierto! ¡No puede ser! ¡Has estado allí mirando todas las noches! Habrías visto algo...

Negué con la cabeza.

—¡Es imposible verlos, señor! —le dije—. En eso coinciden todos los libros que he leído. Vienen y van como fantasmas; solo que no son fantasmas, sino algo mucho, mucho peor. La plata en ese ataúd debe haberse agrietado, señor Gerald.

No quería creerme, por supuesto. Pero finalmente lo persuadí para que fuera y mirara a una de las pobres víctimas que fueron enterradas en la morgue local. Sin duda alguna, ciegos o locos, los médicos deben haber estado al tanto de la “anemia" y pasado por alto esas marcas que eran tan claras en la garganta blanca del bebé muerto; las hinchadas marcas lívidas donde los dientes afilados como agujas habían presionado para drenar la sangre vital y dejar a la pequeña forma tan vacía y delgada que casi podría haber sido una muñeca de trapo grotesca, ahora yaciendo delante de nosotros en la losa.

—¡Nosferatu! —murmuró mi amo mientras se volvía—. ¡Nosferatu, el inmortal! De alguna manera, nunca lo creí hasta ahora. He cumplido los deseos del abuelo porque fue su voluntad que lo hiciera. Pero mi cordura siempre se aferró a la esperanza de que todo fuera solo la locura de un viejo senil delirando con las supersticiones que había recogido en sus andanzas balcánicas. Leí en su testamento lo que dijo que lo había mordido en la noche, le había chupado la sangre y lo había convertido, bueno, en lo que dijo que era. Pero nunca creí realmente.

(Sacudí la cabeza con tristeza)

Creería si pasara la noche en la bóveda conmigo, señor, si pudiera escuchar lo que he escuchado y ver lo que he visto. ¿No lo ve, señor? Nos hemos confiado demasiado en las propiedades del ataúd. ¡Debemos actuar de inmediato! La Cosa gana fuerza y astucia con cada pequeña vida que se lleva. Debemos matarlo de una vez por todas. Sé cómo hacerlo. He leído los antiguos rituales, y he preparado todas las cosas necesarias para tal emergencia.

Pero el pobre señor Gerald se contuvo.

—No habrá estacas en mi corazón —citó—, ninguna mutilación o herida ceremonial profanará mi cuerpo después de ser enterrado. Eso nos hizo jurar el abuelo, y hemos cumplido bien todos estos años. Su familia y la mía le han servido en ella. ¿Todos nuestros esfuerzos deben quedar en la nada solo por una pequeña grieta en el ataúd? Seguramente podemos encontrar esa grieta, sellarla.

—Pero con el tiempo habrá otra, señor —dije—. Y otra. ¡Incluso la plata no es lo suficientemente fuerte como para resistir la eterna lucha de lo que nunca muere, de lo que nunca cesa en sus ciegos esfuerzos por escapar y encontrar su alimento impío!

Y luego, de repente, la cara del señor Gerald se iluminó.

—¡Fuerza! —jadeó.

—¡Eso es! Más fuerza! La resistencia de a plata ya no es suficiente. Hay otros metales más duros hoy en día. Tenemos los recursos de la ciencia moderna para enfrentar este horror del pasado. Te digo que aún podemos sellarlo por toda la eternidad. ¡Espera y verás!

Al día siguiente vinieron los trabajadores, señor, de Bessemer, con sus aparatos extraños y sus andamios y sopletes. Durante días, esta vieja bóveda se iluminó con una sibilante llama azul como una forja del infierno, señor, y resonó con un martilleo tan fuerte como para quedarse sordo. Y cuando los hombres hubieron hecho su trabajo, mire, señor: ¡eso es lo que dejaron atrás!

(Sostuvo la linterna en alto. ¿Qué era esa vasta forma negra que sus rayos iluminaban en el extremo más alejado de la bóveda? ¿Esa monstruosa forma reluciente en los caballetes de piedra? ¿Un ataúd? Pero seguramente era más grande que cualquier ataúd hecho por la mano del hombre)

¡Me dicen que es una nueva aleación que usan para acorazados, señor! —dijo el viejo con orgullo—. Una carcasa exterior de acero inoxidable soldada al ataúd de plata mismo. Soldadas las capas externas e internas, de modo que el poder mágico del metal blanco, sea cual sea la fuerza extraña que tenga para mantener a raya al mal, será eternamente respaldada por el acero más fuerte de la tierra. Dudo que un rayo pueda abollar esa superficie brillante, señor. Durará mil años, incluso con lo que aún lucha en su interior.

¡Sí señor! Yo también lo escuché, señor. Por supuesto que lo escuché. No es una novedad para mí. Todos estos largos años lo he estado escuchando, aquí en el silencio de la noche. Pero me preguntaba cuándo lo notaría usted, señor. Se oye bastante claro después de un tiempo, porque todo está tan amortiguado aquí que podría provenir de millas de distancia. Pero está justo aquí, en la cripta, con nosotros, ese sonido que se filtra a través de la plata y el acero.

Realmente no hay nada humano en eso, ¿verdad, señor? Puede ser el aullido de un lobo, o casi cualquier cosa salvaje y bestial. Y, sin embargo, a veces hay una nota de miseria humana y desesperación en él. Solo que esta noche hay más amenaza que otra cosa, señor, más de lo que he escuchado en todos estos años. Sabes, sabe, me pregunto si... ¡Dios mío! ¡Mire! ¡Mire allí!

¡El ataúd! ¡Se movió!

Sé que esa cosa pesa muchísimas toneladas. Nuestras fuerzas juntas no podrían tanto como inclinarlo. Y, sin embargo, lo vi moverse un poco. ¡Ahí! ¡Otra vez! ¿Lo ve, señor? No es solo el parpadeo de la luz de la linterna. ¿No puede sentir sus vibraciones en las paredes que nos rodean, en las piedras que nos rodean cuando se sacude? ¡Oh Dios, señor! Todo es mi culpa. Nunca debí haberlo traído aquí. Nunca pensé… es su sangre, por supuesto, lo que lo enloquece, ¡el olor de su sangre! Está acostumbrado al mío, de todos estos años de familiaridad. Pero usted, joven y fuerte… Durante todos estos largos años no ha tenido mucho para apagar su horrible sed. Se está muriendo, señor, de una inanición tan lenta y horrible que ni siquiera podríamos imaginar. Y ahora, sangre fresca… su sangre...

No, señor, no podemos huir de él. No se puede huir de cosas más rápidas que la luz. Si escapa, debemos luchar contra él, señor. Aquí, tenga esto. Sé que no es más que una estaca de álamo, bien afilada, pero contra él es un arma mejor que cualquier pistola. ¡Y aquí! Enrolle esta ristra de ajo alrededor del cuello. ¡Ahora lo desafiaremos juntos! Lucharemos contra todo el infierno, si es necesario.

¡Oh cielos, señor! ¡Cómo se sacude ese ataúd! ¡Cómo se balancea y se tambalea en sus caballetes de piedra! Todas esas toneladas de peso temblando como una gelatina. Le digo, señor, nunca antes había visto algo así. La furia ciega y la malignidad. ¡Dios, señor! ¡No lo sé! ¡No lo sé! Nunca lo vi así antes. Solo podemos rezar…

¡Golpes! Ese horrible sonido de rocas astillándose en polvo, esas nubes de polvo surgiendo para asfixiarnos, ese fue el ataúd cayendo, señor. Lo vi tambalearse justo al borde de los caballetes. Luego se derrumbó, ¡pero ahora no puedo ver nada, señor, ni siquiera su mano ante sus ojos!

Este polvo le corta el aliento a uno. Y todo el tiempo ese aullido se convierte en un himno de triunfo en nuestros oídos. ¡Manténgase firme, señor! Ore a cualquier Dios en el que crea, y prepárese. Atacaremos al corazón de todo lo que veamos en esta nube de polvo: el corazón malvado que solo puede atravesar una estaca de álamo. Lo desafiaremos jun…


Tómelo con calma, señor. No intente levantarse todavía. Solo descanse allí por un momento. Supongo que debe haberse desmayado, señor. Lo atrapé cuando caía.

¡Debe perdonar los nervios de un anciano, señor! Son estos largos años de soledad y vigilias nocturnas. No soy el hombre que fui una vez, y la conmoción de la Cosa… pero, por supuesto, nunca hubo ningún peligro real. ¿Cómo podría haberlo? ¿No dije que nada podría dañar ese ataúd, señor? Mire, ahí está todavía, sobre las losas viejas y agrietadas del piso, sanas y salvas, a pesar de todos sus golpes; aunque el Señor sabe cómo lo levantaremos. Puede ser que tenga que permanecer siempre medio apoyado así, porque dudo que veinte hombres puedan levantarlo. Claro, la lucha lo agotó, incluso a él, señor. No ha habido ningún sonido, ningún movimiento desde ese último esfuerzo frenético.

Por supuesto, debe haber leyes naturales que rijan estas cosas, así como nos gobiernan a nosotros, señor. Y puede ser demasiado esfuerzo, bueno, tan fatal para ellos, como para nosotros.

Quizás hayamos presenciado la última lucha moribunda de Eso que nunca debería haber vivido en absoluto, señor. ¡Quizás hayamos visto finalmente la paz en el alma del viejo Andrew Holt!

Y si no ahora, seguramente debe llegar al fin, señor, tal vez no en mi tiempo, o incluso en el tiempo de mi hijo. Pero al final, señor, todos iremos por ese camino.

(Me ayudó a caminar hacia las viejas escaleras, a través de la leprosa oscuridad)

Robert Barbour Johnson (1907-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Barbour Johnson.


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Robert Barbour Johnson: relatos


Robert Barbour Johnson: relatos.




Robert Barbour Johnson (1907-1987) fue un escritor norteamericano que alcanzó cierto reconocimiento en el ámbito del relato pulp y revistas como Weird Tales, sobre todo gracias a su relato de vampiros: El ataúd de plata (The Silver Coffin), y el clásico Muy por debajo (Far Below), considerado por muchos —entre ellos, H.P. Lovecraft— como el mejor cuento publicado en Weird Tales. En este contexto, los relatos de Robert Barbour Johnson son prácticamente desconocidos en español, sin embargo, poseen un particular encanto para admirador de lo macabro.

En esta sección de El Espejo Gótico iremos recorriendo todos los cuentos y relatos de Robert Barbour Johnson.




Relatos de Robert Barbour Johnson.
  • Bien abajo (Far Below)
  • El ataúd de plata (The Silver Coffin)
  • El extraño caso de Mónica Lilith (The Strange Case of Monica Lilith)
  • Ellos (They)
  • La vida después de la muerte del señor Thaddeus Warde (The Life-After-Death of Mr. Thaddeus Warde)
  • Lupa (Lupa)
  • Ratones (Mice)
  • Soldados de plomo (Lead Soldiers)
  • Un hombre insignificante (Un homme insignifiant)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Robert Barbour Johnson: relatos fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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Relato de Maurice Level.
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