«No mire ahora»: Henry Kuttner; relato y análisis


«No mire ahora»: Henry Kuttner; relato y análisis.




No mire ahora (Don't Look Now) es un relato fantástico del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado por primera vez en la edición de marzo de 1948 de la revista pulp Startling Stories, y luego reeditado en la antología de 1949: Mi mejor historia de ciencia ficción (My Best Science Fiction Story).

No mire ahora, uno de los grandes cuentos de Henry Kuttner, nos sitúa en el futuro, donde la humanidad se ha convertido en propiedad de la invisible aristocracia marciana. De hecho, cada persona en el planeta está asociada a un marciano en particular.

Los invasores están perfectamente camuflados con la humanidad, pero poseen un tercer ojo, situado en la frente, que claramente los identifica como no humanos, de manera tal que necesitan mantenerlo cerrado para no ser descubiertos. Nunca conviene mirarlos cuando ese tercer ojo está abierto.

No mire ahora de Henry Kuttner es más una sátira que un relato de ciencia ficción clásico; sin embargo, también es justo ubicarlo entre los grandes relatos pulp de la época.




No mire ahora.
Don't Look Now, Henry Kuttner (1915-1958)

El hombre del traje de color castaño se contemplaba en el espejo que había detrás de la barra. La reflexión parecía interesarle más que el vaso que tenia entre las manos. Sólo prestaba una atención superficial a los intentos de conversación de Lyman. Tal vez llevaban quince minutos así antes de que alzara su vaso y tomara un profundo trago.

No mire ahora —dijo Lyman.

El hombre del traje castaño miró de reojo a Lyman. Inclinó más el vaso y volvió a beber. Los cubitos de hielo se deslizaron hacia su boca. Dejó el vaso sobre la barra pardo oscura e hizo una seña para que volvieran a llenarlo. Por fin, inspiró profundamente y miró a Lyman.

—¿No mirar el qué? —preguntó.

—Había uno sentado detrás de usted —aclaró Lyman, guiñando uno de sus vidriosos ojos—- Acaba de irse, ¿No pudo verlo? El otro hombre pagó su refresco antes de responder.

—¿Ver a quién? —inquirió con una admirable mezcla de fastidio, aburrimiento y desganado interés—. ¿Quién se ha ido?

—¿Qué le he estado explicando en los últimos diez minutos? ¿No me escuchaba?

—Claro que sí. Es decir, sí. Usted hablaba de... bañeras. Radios. Orson...

—Nada de Orson. H.G. Herbert George. Lo de Orson fue un simple gag. H.G. sí que sabía, o lo sospechaba. Me pregunto si fue simplemente un caso de intuición. No pudo disponer de prueba alguna, pero dejó de escribir ciencia-ficción de modo más bien repentino, ¿no le parece? Pero apostaría que debió saberlo.

—¿Saber qué?

—Lo de los marcianos. Todo esto no nos servirá de nada si usted no escucha. No puede ser de otra forma. El truco consiste en sacar la pistola, con pruebas en la mano. Pruebas convincentes. Nadie ha podido disponer de ellas con anterioridad. Usted es un periodista, ¿no?

Asiendo el vaso. El hombre del traje castaño asintió de mala gana.

—Entonces debería tomar nota en un papel. Quiero que lo sepa todo el mundo. Todo el mundo. Es importante, terriblemente importante. Aclararía todas las cosas. Mi vida no estará a salvo a menos que pueda dar a conocer la información y hacer que la gente la crea.

—¿Por qué no estará a salvo su vida?

—¡Por culpa de los marcianos, bobo! ¡Poseen el mundo! El hombre del traje castaño suspiró.

—Entonces, también poseen mi periódico —objetó—, y no podré publicar lo que no les guste.

—Nunca había pensado en eso —dijo Lyman, mirando el fondo del vaso, en el que dos cubitos se habían fundido fría e inmutablemente—. Pero no son omnipotentes. Estoy seguro de que son vulnerables. Si no, ¿por qué se han ocultado siempre? Tienen miedo de que se les descubra. Si el mundo dispusiera de pruebas convincentes. Mire, la gente siempre cree lo que lee en los periódicos. ¿No podría usted... ?

—¡Ja, ja! —interrumpió el del traje castaño, en tono muy significativo.

Lyman tamborileó tristemente sobre la barra y murmuró:

—Tiene que existir una manera. Quizá sí pidiera otro trago... El hombre del traje castaño probó su collins, cosa que parecía estimularle. .

—¿Qué es todo esto de los marcianos? —preguntó a Lyman—. ¿Por qué no empieza por el principio y me lo vuelve a contar? ¿O no puede recordarlo?

—Claro que puedo. Recuerdo prácticamente todo. Es algo nuevo, muy nuevo. Antes no podía hacerlo. Hasta puedo recordar mi última conversación con los marcianos. —Lyman obsequió a su interlocutor con una mirada de triunfo.

—¿Cuándo fue eso?

—Esta mañana.

—Puedo acordarme de conversaciones que tuve la semana pasada —afirmó indulgentemente el del traje castaño—. ¿Y qué?

—No lo entiende. Ellos hacen que olvidemos, ¿sabe? Ellos nos dicen qué debemos hacer y luego nos olvidamos de la conversación. Es una sugestión posthipnótica, supongo, pero igualmente seguimos sus instrucciones. Hay coacción, por más que pensemos que tomamos decisiones propias. Oh, son los amos del mundo, sí, pero nadie lo sabe, sólo yo.

—¿Y cómo lo averiguó?

—Bien. En cierta forma mi cerebro estaba algo revuelto. Yo había estado experimentando con detergentes ultrasónicos, intentando elaborar algo comercial, ¿comprende? Pero algo falló, en cierto aspecto. Ondas de alta frecuencia, de eso se trataba. Estaban allí, las oía. Debían haber sido inaudibles, pero yo podía oirlas. Bien, las podía ver en realidad. A eso me refería al decirle que mi cerebro estaba revuelto. Y después de eso, pude ver y oír a los marcianos. Están adaptados, trabajan eficientemente con cerebros ordinarios, pero el mío ya no lo es. Tampoco pueden hipnotizarme. Me dan órdenes, pero no tengo obligación de obedecerlas... ahora. Confío en que no sospechen. Quizá lo hagan. Sí, supongo que sí.

—¿Cómo puede saberlo?

—Por su aspecto cuando los veo.

—¿Cómo son? —preguntó el periodista. Empezó a buscar un lápiz, pero cambió de idea- Tomó otro trago—. ¿Y bien? ¿A qué se parecen?

—No estoy seguro. Puedo verlos, sí, pero sólo cuando están disfrazados.

—De acuerdo, de acuerdo. ¿Cómo son cuando van disfrazados?

—Como cualquier persona, casi igual. Van disfrazados con... apariencias humanas. Imitaciones, por supuesto. Como los Katzenjammer Kids embutidos en pieles de cocodrilo. Sin disfraz, no sé cómo son, nunca he visto ninguno. Quizá sean invisibles, incluso para mí, o simplemente estén camuflados. Hormigas, lechuzas, ratas, murciélagos.

—O cualquier cosa —dijo rápidamente el hombre del traje castaño.

—Gracias. O cualquier cosa, claro. Pero cuando van como humanos, como aquel que estaba sentado cerca de usted hace un rato, cuando le dije que no mirara.

—Aquél era invisible, ¿no?

—La mayor parte del tiempo lo son, a los ojos de cualquiera. Pero de vez en cuando, por alguna razón, ellos...

—Espere —objetó el periodista—. Explíquese con claridad, por favor. ¿Se disfrazan de humanos y luego se hacen invisibles cuando van a todas partes?

—Sólo de vez en cuando. Sus aspectos humanos son imitaciones perfectas. Nadie puede advertir la diferencia. Sólo el tercer ojo los descubre. Cuando lo mantienen cerrado, es imposible adivinar que está allí. Cuando quieren abrirlo se hacen invisibles: ¡zas! Así de rápido. Al ver a alguien que tiene un tercer ojo, justo en medio de la frente, sé que es un marciano y que además es invisible, por lo que trato de no advertir su presencia.

—Entonces, según lo que usted sabe, yo soy uno de sus marcianos visibles.

—¡Oh, espero que no! —Lyman le observó ansiosamente—. No lo creo, aunque estoy bebido. Le he seguido durante todo el día, para asegurarme. Por supuesto, es un riesgo que debo aceptar. Harán todo lo posible, todo, para que un hombre se descubra. Lo sé perfectamente. No puedo confiar en todo el mundo, pero debía encontrar alguien con quien hablar, y... —Hizo una pausa. Se produjo un breve silencio y luego Lyman continuó diciendo—: Cuando el tercer ojo está cerrado, no sé si está o no allí. ¿Le importaría abrir su tercer ojo?

Lyman miró sombríamente la frente del periodista.

—Lo siento —dijo éste—. Otra vez será. Además, no le conozco. Así que desea colocar todo esto en la primera página, ¿no? ¿Por qué no fue a ver al director? Mis artículos pasan por sus manos y son corregidos.

—Quiero que el mundo sepa mi secreto —insistió Lyman—.El problema es: ¿Cuan lejos llegaré? Podría pensarse que me habrían matado en el mismo momento en que empecé a hablar con usted, pero resulta que no he dicho nada mientras se encontraban aquí. No creo que nos tomen muy en serio, ¿sabe? Esto debe de haber sido así desde los albores de la historia, por lo que ya han tenido tiempo para descuidarse. Permitieron que Fort llegara bastante lejos antes de echarse encima de él. Pero, fíjese bien, nunca le dejaron que obtuviera una prueba auténtica, algo que convenciera a la gente.

El periodista murmuró algo en torno a una historia de interés humano que aguardaba en un cajón.

—¿Qué hacen los marcianos —preguntó—, aparte de ir disfrazados a las barras de los bares?

—Sigo pensando en eso —respondió Lyman—. No es fácil de entender. Gobiernan el mundo, no hay duda, pero ¿por qué? —Frunció las cejas y se quedó mirando suplicante al hombre del traje castaño—. ¿Por qué?

—Si gobiernan el mundo, tienen muchas cosas que explicar.

—A eso me refiero. ¡Desde nuestro punto de vista, es absurdo.! Hacemos las cosas ilógicamente, pero sólo porque ellos nos lo ordenan. Todo lo que hacemos, casi todo, es ilógica pura. El demonio de lo perverso, de E.A. Poe. Puede darle otro nombre que empiece con Mí Marciano, quiero decir. Los psicólogos pueden explicar a la perfección por qué un asesino quiere confesar su crimen, pero sigue siendo una reacción ilógica. A menos que un marciano le ordene hacerlo.

—No pueden hipnotizarte para obligarte a hacer algo que viola tu sentido ético —afirmó triunfalmente el periodista.

Lyman volvió a fruncir las cejas.

—No puede hacerlo un humano, pero sí un marciano. Supongo que nos aventajaron cuando nosotros no teníamos más que cerebros de mono, y siempre han mantenido así las cosas. Evolucionaron igual que lo hicimos nosotros, y dieron un paso más. Como el gorrión sobre el dorso del águila: cuando ésta no pudo volar más alto, aquél remontó el vuelo y batió la marca de altitud. Ellos conquistaron el mundo, pero nunca lo supo nadie. Y han estado gobernando desde entonces.

—Pero...

—Pensemos en las casas, por ejemplo. Son incómodas. Horribles, inadecuadas, sucias, nada va bien en ellas. Pero cuando hombres como Frank Lloyd Wright escapan al control marciano el tiempo suficiente para sugerir algo mejor, fíjese cómo reacciona la gente. Odian la idea. Mejor dicho, no ellos, sino los marcianos que les dan órdenes.

—Mire, ¿por qué a los marcianos les preocupa el tipo de casas en que vivimos? Explíquemelo.

—No me gusta el atisbo de escepticismo que se desliza en su forma de hablar —señaló Lyman, poniéndose muy serio—. Les preocupa, sí. No cabe la menor duda. Viven en nuestras casas. No las construimos a nuestro gusto, sino siguiendo las instrucciones de los marcianos, tal como ellos quieren. Les preocupa mucho todo lo que hacemos. Y cuanto mayor es el absurdo, mayor la preocupación. Piense en las guerras. Las guerras no tienen sentido desde ningún punto de vista humano. En realidad, nadie las desea. Pero estamos abocados a ellas. Son útiles, desde el punto de vista marciano. Nos ofrecen una explosión tecnológica y reducen el exceso de población. Y hay otras muchas consecuencias. La colonización, por ejemplo. Pero sobre todo tecnología. En tiempo de paz, si un individuo inventa la propulsión a chorro, resulta demasiado costosa para desarrollarla comercialmente. Pero en tiempo de guerra es preciso desarrollarla. Y los marcianos podrán emplearla siempre que lo deseen. Para ellos no somos más que herramientas, o miembros. Y además, nadie gana las guerras excepto los marcianos.

El hombre del traje color castaño ahogó la risa.

—Eso tiene sentido —dijo—. Debe de resultar agradable ser un marciano.

—¿Por qué no? Hasta ahora, ninguna raza logró conquistar y dominar satisfactoriamente a otra. La derrotada podía sublevarse, o incorporarse a la vencedora. Si uno sabe que le dominan, el dominador es vulnerable. Pero si el mundo no lo sabe... ¿Y qué me dice de la radio? —prosiguió Lyman, cambiando repentinamente de tema—. No hay razón terrenal por la que un humano sensato deba escuchar la radio. Pero los marcianos nos obligan. Les gusta. Piense en las bañeras. Nadie argumenta que las bañeras sean cómodas... para nosotros. Pero son excelentes para los marcianos. Todas las cosas poco prácticas que insistimos en utilizar, aun sabiendo que no son prácticas.

—Cintas de máquina de escribir —interrumpió el periodista, impresionado por la idea—. Pero ni siquiera un marciano podría disfrutar cambiando una cinta de una máquina de escribir.

A Lyman le pareció algo impertinente aquella observación. Afirmó que lo sabía todo acerca de los marcianos, menos una cosa: su Psicología.

—No sé por qué actúan tal como lo hacen. A veces parece ilógico, pero estoy totalmente convencido de que tienen motivos poderosos para todos y cada uno de sus movimientos. Mientras no consiga descifrar esto me hallaré en un callejón sin salida. Mientras no obtenga pruebas, evidencia y ayuda. Debo estar oculto hasta entonces. Y lo he estado haciendo. Hago todo lo que me dicen que haga, por lo que no sospechan de mí, y trato de olvidar lo que me ordenan olvidar.

—Entonces, no hay nada por lo que deba preocuparse. Lyman no prestaba atención. Volvió a enumerar hechos que había protagonizado.

—Cuando oigo caer el agua en la bañera y un marciano chapoteando, hago ver que no oigo nada. Mi cama es demasiado corta, así que la última semana traté de conseguir otra de largura especial, pero el marciano que duerme allí me ordenó que no lo hiciera. Es un enano, como la mayoría de ellos. Mejor dicho, creo que son enanos. Sólo se trata de una suposición, porque es imposible verlos tal como son. Pero siempre pasa lo mismo. A propósito, ¿cómo es su marciano?

El periodista dejó el vaso en la barra casi al instante.

—¿Mi marciano?

—Oiga, por favor. Puedo estar un poco bebido, pero mi lógica permanece inalterable. Aún sé cuantos son dos y dos. Usted puede saber lo de los marcianos, o no saberlo. Si lo sabe, no hay motivo para que me haga esa rutinaria pregunta: «¿Mi marciano?» Sé que usted tiene un marciano. Su marciano sabe que usted tiene un marciano. Y mi marciano también lo sabe. El problema es: ¿lo sabe usted? Piénselo detenidamente.

—No, no tengo un marciano —contestó el periodista, dando un rápido trago. El borde del vaso chocó contra sus dientes.

—Está nervioso, por lo que veo —observó Lyman—. Claro que tiene un marciano. Creía que lo sabía.

—¿Y qué estaría haciendo yo con un marciano? —inquirió el hombre del traje castaño con un terco dogmatismo.

—¿Qué estaría haciendo sin un marciano? Supongo que es algo ilegal. Si le encuentran solo, sin marciano, lo más probable es que le pongan fuera de la circulación, o algo por el estilo, hasta que alguien le reclame. Oh, usted tiene un marciano, no hay duda. Igual que yo, igual que ése, aquél o el de más allá. Igual que el camarero. —Lyman fue señalando a todos los que estaban en el bar.

—Claro que sí —afirmó el periodista—. Pero todos se irán a Marte mañana y usted tendrá la oportunidad de ver a un buen médico. Ande, será mejor que tome otro trago...

Se volvió hacia el camarero. En aquel momento, Lyman, de forma accidental, se acercó más a él y murmuró apremiantemente:

—¡No mire ahora!

El periodista observó la pálida cara de Lyman reflejada en el espejo que había ante ellos.

—De acuerdo —dijo—. No hay ningún mar... Lyman le propinó un puntapié, rápido y violento, al amparo de la barra.

—¡Cállese! ¡Acaba de entrar uno!

Lyman observó la mirada del periodista y,-con fingida despreocupación, dijo:

—Como puede suponer, no me quedó otro remedio más que trepar al tejado en busca de él. Tardé diez minutos en poder bajarlo por la escalera y, justo cuando llegábamos abajo, pegó un brinco, subió a mi cabeza trepando por la cara y... allí estaba otra vez, en el tejado, maullando para que lo bajara de allí.

—¿Qué? —exclamó el hombre del traje castaño con una curiosidad muy comprensible.

—Hablo de mi gato, claro. ¿Qué se pensaba? Es igual, no hace falta que conteste.

Lyman miraba el rostro del periodista, pero de reojo observaba algo invisible que se movía a lo largo de la barra del bar en dirección a una mesa de la parte trasera.

—¿Por qué ha venido? —murmuró—. Esto no me gusta. ¿Lo conoce?

—¿A quién?

—Ese marciano. ¿Es el suyo, por casualidad? No, supongo que no. El suyo debía ser el que se marchó hace un rato. ¿Tal vez se fue para dar un informe, y envió a éste en su lugar? Quizá, podría ser. Ya puede hablar, pero en voz baja. Y deje de mirar a uno y otro lado. ¿Quiere que advierta que podemos verlo?

—Yo no puedo verlo. No me meta en esto. Apáñenselas como puedan, usted y sus marcianos. Me está poniendo nervioso. Además, debo irme.

Pero no se movió del taburete. Miraba disimuladamente por encima del hombro de Lyman, hacia la parte trasera del bar, y de vez en cuando observaba el rostro del propio Lyman.

—Deje de mirarme —dijo Lyman—. Y deje de observar al marciano. Todo el mundo pensará que usted es un gato.

—¿Un gato? ¿Por qué todo el mundo ha de pensar...?¿Me parezco a un gato?

—Estábamos hablando de gatos, ¿no? Los gatos pueden verlos, muy claramente. Aun cuando estén sin sus disfraces, me parece. A ellos no les gustan.

—¿A quién no le gusta quién?

—A los marcianos no les gustan los gatos, y viceversa. Los gatos pueden ver a los marcianos, ¡chis!, pero lo disimulan, y esto hace que los marcianos se enfurezcan. Tengo una teoría: los gatos dominaron el mundo antes que los marcianos. No importa. Olvídese de los gatos. Esto puede ser más serio de lo que piensa. Sé que mi marciano se ha ido esta noche, y estoy convencido de que el suyo es el que se marchó hace un rato. ¿Y se ha dado cuenta de que ninguna persona de las que se hallan aquí va acompañada de su marciano? ¿No le parece... —su voz se convirtió en un susurro—, no le parece que tal vez estén esperándonos fuera?

—¡Esto es demasiado! —exclamó el periodista—. Y supongo que están en el callejón, con los gatos.

—¿Por qué no se olvida de los gatos y se comporta seriamente por un momento? —inquirió Lyman.

Guardó silencio, palideció y se tambaleó ligeramente sobre el taburete. Se apresuró a beber un trago para ocultar su confusión.

—¿Qué problema hay ahora? —preguntó el hombre del traje castaño.

—Ninguno. —Otro trago—. Ninguno. Tan sólo que... él me miró. Con... Ya puede imaginárselo.

—Veamos si lo entiendo. Deduzco que el marciano tiene el aspecto..., tiene apariencia humana,

—Naturalmente.

—-¿Y es invisible a todas las miradas menos a las suyas? —

—Sí. Precisamente ahora, no quiere que se le vea. Además...

Lyman se detuvo astutamente. Miró furtivamente al otro hombre y luego se quedó observando su vaso:

—Además —prosiguió—, me parece que usted puede verlo. Un poco, por lo menos.

El periodista guardó silencio durante medio minuto. Se quedó completamente inmóvil. Ni siquiera los cubitos del vaso temblaban. Incluso dio la impresión de no respirar. Y no parpadeaba.

—¿Qué le hace suponer eso? —preguntó en tono normal, al cabo de medio minuto.

—Yo... ¿Qué es lo que dije? No estaba escuchando. —Lyman dejó repentinamente el vaso sobre la barra—. Creo que debo irme.

—No, no se irá —dijo el periodista, cerrando sus dedos en torno a la muñeca de Lyman—. Aún no. Vuelva a sentarse. Y bien, ¿cuál era la idea? ¿Adónde quería ir a parar?

Lyman señaló con la cabeza la parte trasera del bar, en la que había una máquina tocadiscos y una puerta con el letrero «CABALLEROS».

—No me encuentro bien. Quizás he bebido demasiado. Me parece que...

—Sí. No me inspira confianza el que usted vuelva con ese, ese hombre invisible. Se quedará aquí hasta que él se marche.

—Se marcha ahora —dijo Lyman muy excitado. Sus ojos vivaces siguieron algo que se dirigía invisible pero rápidamente hacia la puerta principal—. Mire, ya se ha ido. Ahora permita que me marche yo, por favor.

El periodista miró hacia la mesa de la parte trasera.

—No —dijo—. No se ha ido. No se mueva de donde está. En esta ocasión fue Lyman el que permaneció completamente inmóvil, de forma chocante, durante un buen rato. Pero el hielo de su vaso resonaba de modo audible. Cuando siguió hablando, su voz era blanda, y algo más grave que antes.

—Sí, tiene razón. Sigue aquí. Usted puede verlo, ¿me equivoco?

—¿Nos ha dado la espalda? —preguntó el hombre del traje castaño.

—Usted puede verlo. Quizá mejor que yo. Tal vez haya más de los que pensaba. Pueden estar en cualquier parte. Detrás de usted, vaya a donde vaya, y ni siquiera lo sospechará hasta que... —Sacudió un poco la cabeza—. Quieren estar seguros—prosiguió, como si hablara consigo mismo—. Pueden darte órdenes y hacer que las olvides, pero debe de haber límites para lo que pueden obligarte a hacer. Les es imposible lograr que un hombre se traicione a sí mismo. Han de guiarlo... hasta que estén seguros.

Alzó el vaso y se lo llevó a la boca, inclinándolo exageradamente. El hielo se deslizó y chocó contra sus labios, pero Lyman lo mantuvo allí hasta apurar la última gota de pálido y burbujeante ámbar. Puso el vaso sobre la barra y se encaró con su compañero, El periodista miró a uno y otro lado.

—Se está haciendo tarde —expuso—-Ya queda poca gente. Esperaremos.

—¿Esperaremos a qué?

El hombre del traje castaño miró hacia la mesa de la parte trasera y apartó la vista rápidamente.

—Tengo algo que quiero mostrarle. No quiero que lo vea ninguna otra persona.

Lyman recorrió con la vista el cargado ambiente del angosto local. Y mientras miraba, el último cliente que se hallaba junto a ellos en la barra se metió la mano en el bolsillo, puso algunas monedas sobre la caoba y, muy despacio, se encaminó hacia la calle.

Estaban en silencio. El camarero los miró con un desinterés impasible. Al cabo de un momento, una pareja que estaba en una mesa se levantó y salió del bar, discutiendo en voz baja.

—¿Queda alguien? —preguntó el periodista, en un tono de voz que no llegó hasta el hombre vestido con un delantal.

—Sólo... —Lyman no terminó la frase, limitándose a señalar con un suave movimiento de cabeza el fondo de la sala—. No está mirando. Prosigamos. ¿Qué quiere mostrarme?

El hombre del traje castaño se quitó el reloj de pulsera y buscó algo en la caja metálica. Aparecieron dos diminutas y satinadas fotografías, y las separó con un dedo.

—Quiero estar seguro de una cosa —dijo—. En primer lugar, ¿por qué me ha escogido a mí? Hace un rato, usted dijo que me había seguido durante todo el día, para estar seguro. No he olvidado eso. Y usted sabía que yo era periodista. ¿Por qué no me cuenta la verdad?

Lyman se removió en el taburete. Su semblante era ceñudo.

—Fue por su modo de mirarlo todo —murmuró—. Esta mañana, en el metro. No le había visto nunca, pero me llamó la atención su forma de mirar. Usted miraba cosas que no estaban allí, igual que un gato, y luego apartaba siempre la vista. Pensé que también podía ver a los marcianos.

—Prosiga —dijo tranquilamente el periodista.

—Le seguí. Todo el día. Tenía la esperanza de que usted fuera alguien con quien poder hablar. Porque si averiguaba que yo no era el único capacitado para verlos, entonces aún habría esperanzas. Esto ha sido peor que estar encerrado en solitario. Ya hace tres años que puedo verlos. Tres años. Y he tratado de mantenerlo en secreto, incluso para ellos. Y también he intentado no suicidarme.

—¿Tres años? —El periodista se estremeció.

—Siempre tenía una pequeña esperanza. Sabía que nadie iba a creerme, al menos sin presentar pruebas. ¿Y cómo obtener pruebas? Sólo por eso yo me dije una y otra vez que quizá usted pudiera verlos, y si era así, podría haber otras personas, muchas, las suficientes para reunimos y buscar algún modo de probar ante el mundo...

Los dedos del periodista se movieron. En silencio, deslizó una de las fotografías sobre la barra de caoba. Lyman la cogió nerviosamente.

—¿Una foto nocturna? —preguntó al cabo de un instante. Se trataba de un paisaje bajo un cielo muy oscuro en el que había nubes blancas. Los árboles se erguían blanquecinos contra la negrura. La hierba era blanca, como si la bañara la luz de la luna, y las sombras, difusas.

—No, no es nocturna —contestó el periodista—. Infrarrojos. Soy un aficionado, estrictamente hablando, pero en los últimos tiempos he estado experimentando con película de infrarrojos. He obtenido resultados extraordinarios.

Lyman contemplaba fijamente la fotografía.

—Mire, yo vivo cerca de... —El hombre del traje castaño indicó algo, aparentemente normal, que aparecía en la foto—. Y hay algo raro que aparece de vez en cuando en la película. Pero sólo si es de infrarrojos. Ahora sé que la clorofila refleja muchísimo la luz infrarroja, y por eso la hierba y las hojas quedan blancas. El cielo queda en negro, como puede ver. Hay trucos para emplear este tipo de película. Si se fotografía un árbol con una nube como fondo, es imposible distinguir las dos cosas en la fotografía. Pero fotografiando a través de la niebla se captan objetos distantes, inalcanzables con película ordinaria. Y a veces, cuando enfocas algo como esto... —Volvió a señalar el objeto aparentemente normal—, obtienes una imagen francamente extraordinaria en la película. Como ésa. Un hombre con tres ojos.

Lyman alzó la fotografía hacia la luz. Recogió la otra de la barra y la estudió en silencio. Cuando volvió a dejarlas, sonreía.

—¿Sabe una cosa? —murmuró—. Un profesor de astrofísica de una de las universidades más importantes publicó un artículo muy interesante en The Times, el pasado domingo. Se llama Spitzer, creo. Opinaba que si había vida en Marte, y si los marcianos habían visitado la Tierra, no habría modo de probarlo. Nadie creería a los pocos hombres que los hubiesen visto. No, decía, a menos que los marcianos fueran fotografiados.

Lyman, pensativo, observó al otro hombre.

—Bien —prosiguió—, ya está hecho. Usted los ha fotografiado. El periodista asintió. Recogió las fotografías y volvió a guardarlas en su reloj de pulsera.

—Así lo creía yo —explicó—, pero no estaba seguro. No, hasta esta noche. Nunca había visto uno, no del todo, como usted. No es cuestión de lo que usted denomina «tener el cerebro revuelto» con ultrasonidos, sino de saber dónde hay que mirar. Pero yo los he visto, en parte, durante toda mi vida, igual que todo el mundo. Es esa ligera insinuación de movimiento que nunca alcanzas a ver, como no sea por el rabillo del ojo. Algo que casi está allí..., y cuando miras directamente no hay nada. Estas fotografías me mostraron el camino. No es fácil de aprender, pero puede hacerse. Estamos condicionados a mirar directamente una cosa, aquello en particular que deseamos ver con claridad, sea lo que fuere. Quizá fueron los marcianos quienes nos condicionaron. Cuando observamos un movimiento en la frontera de nuestro ángulo de visión, resulta casi irresistible no mirarlo directamente. Por eso desaparece.

—Entonces, ¿cualquier persona puede verlos?

—He aprendido mucho en cuestión de pocos días —dijo el periodista—. Desde que tomé estas fotos. Es un problema de entrenamiento. Es como ver una imagen trucada, una composición, después de estudiarla. Camuflaje. Todo se reduce a saber hacerlo, porque, si no, podemos estar mirándolos toda nuestra vida y no verlos nunca.

—Pero la cámara sí.

—Sí, la cámara sí. Me pregunto por qué nadie ha podido sorprenderlos antes, empleando este medio. Una vez los ves en la película, son inconfundibles... por ese tercer ojo.

—La película de infrarrojos es relativamente nueva, ¿me equivoco? Además, apostaría a que hay que sorprenderlos en un fondo tal como ése, o de lo contrario no aparecerán en ella. Como árboles frente a nubes. Es muy delicado. Usted debió de tener la iluminación precisa el día que tomó las fotos. El enfoque ideal, el objetivo en su punto exacto. Una especie de milagro menor. Tal vez no vuelva a suceder de esta manera. Pero... no mire ahora.

Guardaron silencio. Disimuladamente, contemplaron el espejo. Sus ojos se deslizaron por él hacia la abierta puerta del bar.

Y luego se produjo un silencio terrible.

—Nos ha mirado —dijo Lyman con mucha tranquilidad—. Nos ha mirado con... ¡ese tercer ojo!

El periodista volvió a quedar totalmente inmóvil. Cuando se movió, fue para acabar la bebida.

—No creo que sospechen nada todavía —dijo—. La cuestión es conservar oculto esto, hasta que podamos difundirlo ampliamente. Debe de haber algún modo de hacerlo, un modo que convenza a la gente.

—Hay pruebas. Las fotografías. Un fotógrafo competente comprenderá la forma precisa que a usted le permitió descubrir al marciano en la película, y podrá reproducir las condiciones. Se trata de pruebas.

—Las pruebas pueden cerrar ambos caminos. Confío en que a los marcianos no les guste matar, a menos que deban hacerlo. Confío en que no matarán sin pruebas. Pero... —Golpeó ligeramente su reloj.

—Ahora somos dos —intervino Lyman—. Debemos atacar unidos. Ambos hemos roto la gran regla: no mire ahora.

El camarero estaba al fondo, desconectando el tocadiscos.

—Es mejor que no nos vean juntos, salvo que sea necesario —dijo el periodista—. Pero si volvemos mañana por la noche a este bar, a las nueve, para tomar algo, no será nada extraño, ni siquiera para ellos.

—Supongamos que... —Lyman dudaba—. ¿Puedo quedarme con una de las fotografías?

—¿Porqué?

—Si uno de los dos tuviera un accidente, el otro conservaría aún una prueba. Suficiente, quizá, para convencer a las personas adecuadas.

El periodista dudó un momento, asintió y volvió a abrir su reloj de pulsera, entregando a Lyman una de las dos fotografías.

—Ocúltela —dijo—. Es evidencia. Le veré aquí mañana. Entre tanto, tenga cuidado. Recuerde que debemos actuar sobre seguro.

Se estrecharon la mano con firmeza, mirándose uno a otro en un instante de silencio decisivo. Luego el periodista se volvió bruscamente y salió del bar. Lyman permaneció sentado. Entre dos arrugas de su frente hubo un movimiento de pestañas desplegándose. Poco a poco, fue abriéndose un tercer ojo que siguió los pasos del hombre del traje castaño.

Henry Kuttner (1915-1958)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Henry Kuttner: No mire ahora (Don't Look Now), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«De lo contrario»: Henry Kuttner; relato y análisis


«De lo contrario»: Henry Kuttner; relato y análisis.




De lo contrario (Or Else) es un relato fantástico del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1858), publicado originalmente en las ediciones de agosto y septiembre de 1953 de la revista Amazing Stories, y luego reeditado en la antología de ese mismo año: Delante del tiempo (Ahead of Time, Henry Kuttner).

De lo contrario, uno de los grandes cuentos de Henry Kuttner, presenta una historia más bien humorística, ligeramente distinta de los clásicos relatos pulp de aquellos años.

El cuento nos sitúa en México, donde dos familias reclaman la propiedad de un pozo de agua, a tal punto que luchan abiertamente por él. Entonces sobreviene Quetzalcoatl, un extraterrestre en su plato volador, quien se comunica telepáticamente con ellos para ordenarles que cesen el conflicto.

Según él mismo lo aclara, Quetzalcoatl pertenece a una raza de alienígenas que patrullan el universo llevando orden y paz. Naturalmente, nunca antes habían enfrentado el desafío de conciliar a dos seres humanos en disputa.




De lo contrario.
Or Else, Henry Kuttner (1915-1958)

Miguel y Fernández se estaban tiroteando por todo el valle cuando aterrizó el platillo volador. Malgastaron unas pocas balas en la extraña nave. El piloto salió y atravesó el valle y subió la cuesta donde estaba Miguel, que yacía a la sombra incierta de una cholla maldiciendo y manipulando el cargador del rifle lo más rápido que podía. El brazo, que siempre le temblaba, le tembló aún más cuando se acercó el desconocido. A último momento soltó el rifle, empuñó el machete y se levantó de un brinco.

—Muere —dijo, y arrojó el arma. El acero centelleó bajo el caliente sol mexicano. El machete rebotó con elasticidad en el cuello del desconocido y voló por el aire, mientras un cosquilleo eléctrico recorría el brazo de Miguel.

Una bala cruzó el valle y chocó haciendo el ruido que tal vez haría el aguijón de una avispa si en vez de sentirse se oyera. Miguel se echó al suelo y rodó hasta una gran roca para ponerse a cubierto. Otra bala chilló estridente, y un breve relampagueo azul chisporroteó en el hombro izquierdo del desconocido.

—Estoy perdido —dijo Miguel, dándose por muerto; tendido sobre el vientre, irguió la cabeza y le mostró los dientes al enemigo.

Sin embargo, el desconocido no demostraba hostilidad. Más aún, parecía desarmado. Los ojos de Miguel lo registraron. El hombre vestía extrañamente. Llevaba una gorra hecha de plumas azules cortas y diminutas. El rostro era severo, ascético y ceñudo. Era muy delgado. Eso alentó a Miguel. Se preguntó dónde habría caído el machete. No lo vio, pero el rifle estaba a pocos metros.

El desconocido se detuvo ante Miguel. Y con toda serenidad le dijo:

—Levántate. Hablemos.

Hablaba un excelente español, sólo que la voz parecía surgir dentro de la cabeza de Miguel.

—No me levantaré —dijo Miguel—. Si me levanto, Fernández me matará. Es muy mal tirador, pero no cometeré la idiotez de arriesgarme. Además, esto es muy injusto. ¿Cuánto le paga Fernández?

El desconocido echó una mirada austera sobre Miguel.

—¿Sábes de dónde vengo? —preguntó.

—Me importa un bledo de donde viene —dijo Miguel, secándose el sudor de la frente. Miró de reojo una roca cercana donde había guardado una bota de vino—. De los Estados Unidos, sin duda. Usted y la máquina de volar. El gobierno mexicano se enterará de esto.

—¿El gobierno mexicano aprueba el asesinato?

—Este es un asunto privado —dijo Miguel—. Se trata de los derechos sobre el agua, algo muy importante. Además, es defensa propia. Ese cabrón que está del otro lado del valle trata de matarme. Y usted es un matón a sueldo. Dios los castigará a los dos —se le ocurrió una idea—. ¿Cuánto quiere por matar a Fernández? —preguntó—. Le daré tres pesos y una bonita cabra.

—No habrá más peleas —dijo el desconocido—, ¿me oyes?

—Vaya a decírselo a Fernández —dijo Miguel—. Infórmele que el agua es mía. Con todo gusto le dejaré en paz —le dolía el cuello de mirar al hombre alto; se movió un poco, y una bala surcó el aire quieto y caliente y chapoteó al incrustarse en un cacto.

El desconocido se alisó las plumas azules de la cabeza.

—Primero terminaré de hablar contigo. Escúchame, Miguel.

—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó Miguel, rodando y sentándose cautelosamente detrás de la roca—. Es como pensé. Fernández le contrató para asesinarme.

—Sé tu nombre porque puedo leer un poco en tu mente. No mucho, porque es muy turbia.

—Y su madre era una cualquiera —dijo Miguel.

El desconocido frunció levemente las fosas nasales, pero ignoró la observación.

—Vengo de otro mundo —dijo—. Mi nombre es... —en la mente de Miguel sonó como Quetzalcóatle.

—¿Quetzalcóatle? —repitió Miguel con ironía—. Oh, sin duda. Y el mío es San Pedro, el que tiene las llaves del cielo.

El rostro pálido y enjuto de Quetzalcóatle enrojeció levemente, pero su voz era calma y resuelta.

—Escucha, Miguel. Mírame los labios. No los muevo. Te hablo dentro de la cabeza, por telepatía, y tú traduces mis pensamientos a palabras que tienen sentido para ti. Por cierto que mi nombre te resulta demasiado difícil. Es tu propia mente que lo ha traducido como Quetzalcóatle. En realidad no es ése mi verdadero nombre.

—Claro que no —dijo Miguel—. Ni es su verdadero nombre ni viene usted de otro mundo. No le creería a un gringo aunque me jurara por todo el santoral.

El rostro largo y austero de Quetzalcóatle enrojeció de nuevo.

—Estoy aquí para impartir órdenes —dijo—. No para discutir sandeces con... Mira, Miguel. ¿Por qué crees que no pudiste matarme con el machete? ¿Por qué las balas no me tocan?

—¿Por qué vuela esa máquina de volar? —replicó Miguel sacando una bolsa de tabaco para liar un cigarrillo; se asomó cautelosamente por la roca—. Seguro que Fernández quiere tomarme por sorpresa. Mejor voy a buscar el rifle.

—Déjalo —dijo Quetzalcóatle—. Fernández no te hará daño.

Miguel rió con aspereza.

—Y tú no debes hacerle daño a él —añadió el extraño con firmeza.

—Entonces pondré la otra mejilla —dijo Miguel—, para que él pueda atravesarme la cabeza de un balazo. Voy a creer que Fernández desea la paz, señor Quetzalcóatle, cuando le vea cruzar el valle con las manos en alto. Y aun así no dejaré que se acerque demasiado, porque lleva un cuchillo en la espalda.

Quetzalcóatle se volvió a alisar las plumas azul acero. Frunció el rostro huesudo.

—Debéis dejar de pelear para siempre, ambos —dijo—. Mi raza administra el universo y nuestra responsabilidad es llevar la paz a todos los planetas que visitamos.

—Es lo que pensaba —dijo Miguel con satisfacción—. Usted viene de los Estados Unidos. ¿Por qué no impone la paz en su propio país? He visto a los señores Humphrey Bogart y Edward Robinson en las películas. Vaya, si en toda Nueva York los gangsters se tirotean de un rascacielos a otro... ¿Y usted, qué hace? Se lo pasa bailando con la señora Betty Grable. Ah, sí. Entiendo muy bien. Primero nos trae la paz, y después se lleva nuestro petróleo y nuestros minerales preciosos.

Quetzalcóatle pateó airadamente un guijarro con su zapato de acero reluciente.

—Tengo que hacer que lo entiendas —dijo; miró un cigarrillo sin encender que colgaba de los labios de Miguel, de pronto alzó la mano y un rayo blanco brotó del anillo que llevaba en el dedo, y encendió la punta del cigarrillo.

Miguel se sobresaltó. Después inhaló el humo y cabeceó. El rayo blanco desapareció.

—Muchas gracias, señor —dijo Miguel.

Quetzalcóatle apretó con fuerza los labios pálidos.

—Miguel —dijo—, ¿crees que un norteamericano puede hacer eso?

—Quién sabe.

—Nadie de tu planeta podría hacerlo, y tú lo sabes.

Miguel se encogió de hombros.

—¿Ves aquel cacto? —preguntó Quetzalcóatle—. Yo podría destruirlo en dos segundos.

—No me cabe la menor duda, señor.

—También podría destruir el planeta entero.

—Sí, ya he oído hablar de las bombas atómicas —dijo cortésmente Miguel—. Vaya, ¿entonces por qué se molesta en interferir en una tranquila reyerta privada entre Fernández y yo? Se trata de un mísero pozo de agua que no le importa a nadie salvo...

Una bala pasó silbando.

Quetzalcóatle se frotó el anillo con un ademán furioso.

—Porque el mundo ha de dejar de luchar —dijo ominosamente—. De lo contrario, lo destruiremos. No hay razones para que los hombres no convivan pacífica y fraternalmente.

—Hay una razón, señor.

—¿Cuál?

—Fernández, señor —dijo Miguel.

—Os destruiré a ambos si no dejáis de pelear.

—El señor es un gran amante de la paz —dijo cortésmente Miguel—. Con gusto dejaré de pelear si usted me dice cómo...

—Fernández también dejará de pelear.

Miguel se quitó el vapuleado sombrero, tomó una vara y levantó el sombrero con ciudado por encima de la roca. Se oyó un estampido en el aire, el sombrero voló y Miguel lo manoteó en el aire.

—Muy bien —dijo—. Ya que insiste, señor, dejaré de pelear. Pero no me alejaré de esta roca. Estoy totalmente dispuesto a dejar de pelear. Pero creo que usted me exige algo sin decirme cómo debo hacerlo. Sería como pedirme que volara por el aire como su máquina de volar.

Quetzalcóatle frunció aún más el ceño.

—Miguel —dijo por fin—, cuéntame cómo empezó la pelea.

—Fernández quiere matarme y esclavizar a mi familia.

—¿Por qué motivo?

—Porque es un malvado —dijo Miguel.

—¿En qué te basas para decir que es un malvado?

—Bueno —concluyó con toda lógica Miguel—, porque quiere matarme y esclavizar a mi familia.

Hubo una pausa. Un correcaminos pasó a los brincos y se detuvo para mordisquear el cañón reluciente del rifle de Miguel. Miguel suspiró.

—Hay una bota de buen vino a menos de seis metros —empezó, pero Quetzalcóatle le contuvo.

—¿Qué decías sobre el problema del agua?

—Oh, eso —dijo Miguel—. Esta es una comarca pobre, señor. El agua es preciosa aquí. Hemos tenido un año de sequía y ya no hay agua suficiente para dos familias. El pozo de agua es mío. Fernández quiere matarme y esclavizar a...

—¿Y no hay tribunales en tu país?

—¿Para gente como nosotros? —preguntó Miguel y sonrió cortésmente.

—¿Fernández tiene familiares? —preguntó Quetzalcóatle.

—Sí, pobres —dijo Miguel—. Los aporrea cuando se niegan a trabajar hasta deslomarse.

—Y tú, ¿aporreas a los tuyos?

—Sólo cuando les hace falta —dijo Miguel, sorprendido—. Mi mujer es muy gorda y holgazana. Y mi hijo mayor, Chico, es muy contestador. Es mi deber aporrearlos cuando les hace falta, por el bien de ellos. También es mi deber proteger nuestra agua, pues el malvado de Fernández está decidido a matarme y...

—Esto es perder el tiempo —dijo Quetzalcóatle con impaciencia—. Déjame pensar —volvió a frotar el anillo, miró alrededor. El correcaminos había encontrado un bocado más apetecible que el rifle. Ahora se alejaba trotando, con la cola cimbreante de un lagarto colgada del pico.

Arriba el sol ardía en el cielo azul claro. El aire seco olía a mezquite. Abajo, en el valle, la perfección de forma y textura del platillo volador lucía incongruente e irreal.

—Espera aquí —dijo por fin Quetzalcóatle—. Hablaré con Fernández. Cuando te llame, ven a mi máquina de volar. Fernández y yo no tardaremos en reunirnos contigo.

—Como usted diga, señor —convino Miguel. Miró a lo lejos.

—Y no toques el rifle —añadió Quetzalcóatle muy firmemente.

—Claro que no, señor —dijo Miguel.

Esperó a que el extraño se alejara. Luego se arrastró sigilosamente por el suelo seco hasta que recobró el rifle. Después rebuscó un poco hasta encontrar el machete. Sólo entonces tomó la bota de vino. Estaba sediento de veras. Pero no bebió demasiado. Puso una carga nueva en el rifle, se recostó contra la roca y esperó. De vez en cuando sorbía un trago de vino.

Entretanto el desconocido, ignorando las nuevas balas que ocasionalmente le arrancaban destellos azules de la silueta acerada, se acercó al escondrijo de Fernández. Los disparos cesaron. Pasó un largo rato, y al final la forma alta reapareció y le hizo señas a Miguel.

—Ya voy, señor —gritó Miguel.

Depositó el rifle sobre la roca y se levantó muy cautelosamente, listo para agacharse ante el primer movimiento hostil. No hubo ningún movimiento hostil. Fernández apareció detrás del desconocido. Inmediatamente Miguel se agazapó, tomó el rifle y lo levantó para tirar a bulto.

Un haz delgado y siseante relampagueó a través del valle. El rifle de Miguel se puso al rojo. Miguel chilló y lo soltó, y después se le obnubiló la mente.

—Muero honrosamente —pensó, y no pensó más.

Cuando despertó, estaba de pie bajo la sombra del gran platillo volador. Quetzalcóatle apartaba la mano de la cara de Miguel. El sol centelleaba en el anillo del hombre alto. Miguel sacudió la cabeza, aturdido.

—¿Estoy vivo? —preguntó.

Pero Quetzalcóatle no le prestó atención. Se había vuelto hacia Fernández, que estaba detrás de él y gesticulaba ante la cara rígida. Del anillo de Quetzalcóatle brotó una luz que penetró los ojos vidriosos de Fernández. Fernández sacudió la cabeza y farfulló. Miguel buscó el rifle o el machete pero no estaban. Se metió la mano dentro de la camisa, pero el cuchillo tampoco estaba.

Miró a Fernández a los ojos.

—Estamos condenados, Fernández —dijo—. Este Quetzalcóatle nos matará a los dos. Lamento por ti, en cierto modo, que vayas al infierno mientras yo voy al cielo, pues no volveremos a encontrarnos.

—Te equivocas —repuso Fernández, buscando en vano su cuchillo—. Tú nunca verás el cielo. Y este norteamericano alto no se llama Quetzalcóatle. Para toda esta farsa ha asumido el nombre de Cortés.

—Le mentiría al mismo diablo —dijo Miguel.

—Calláos —ordenó Quetzalcóatle (o Cortés)—. Habéis visto una pequeña muestra de mi poder. Ahora escuchadme. Mi raza ha asumido el alto deber de encargarse de que todo el sistema solar viva en paz. Somos una raza muy avanzada, con poderes con los que ni siquiera soñáis. Hemos resuelto problemas para los que vuestra gente no tiene respuestas, y es nuestro deber consagrar nuestros poderes al bien de todos. Si deseáis seguir viviendo, dejaréis de luchar ya mismo y para siempre, y a partir de ahora viviréis pacífica y fraternalmente. ¿Me habéis comprendido?

—Es lo que yo quise siempre —dijo Fernández, sorprendido—. Pero ese cabrón quiere matarme.

—No habrá más muertes —dijo Quetzalcóatle-Cortés—. Viviréis como hermanos, o moriréis.

Miguel y Fernández se miraron uno al otro y se volvieron a Quetzalcóatle.

—El señor es un gran amante de la paz —murmuró Miguel—. Ya lo dije antes. Lo que usted dice es lo mejor, sin duda, para garantizar la paz. Pero para nosotros no es tan sencillo. Vivir en paz es bueno. Muy bien, señor. Díganos cómo lo conseguiremos.

—Simplemente dejad de pelear —dijo Quetzalcóatle con impaciencia.

—Eso se dice fácil —observó Fernández—. Pero la vida aquí en Sonora no es sencilla. Tal vez lo sea en el lugar de donde viene usted.

—Naturalmente —interrumpió Miguel—. En los Estados Unidos todos son ricachones.

—Pero para nosotros no es sencillo. Tal vez en su país, señor, la víbora no come a la rata, ni el pájaro a la víbora. Tal vez en su país hay comida y agua para todos, y los hombres no tienen que pelear para cuidar de sus familias. Aquí no es tan sencillo.

Miguel asintió.

—Ciertamente —acordó—, todos seremos hermanos algún día. Tratamos de hacer lo que el buen Dios nos manda. No es fácil, pero poco a poco aprendemos a ser mejores. Sería muy bonito que todos fuéramos hermanos al conjuro de una palabra mágica, como quiere usted —se encogió de hombros—. Lamentablemente...

—No debéis solucionar vuestras diferencias por la fuerza —dijo con firmeza Quetzalcóatle—. La fuerza es un mal. Debéis concertar la paz ahora mismo.

De lo contrario nos destruirá —dijo Miguel; se encogió nuevamente de hombros y cambió una mirada con Fernández—. Muy bien, señor. Presenta usted un argumento al que no puedo oponerme. En fin, acepto. ¿Qué debemos hacer?

Quetzalcóatle se volvió a Fernández.

—Yo también, señor —suspiró el último—. Sin duda que usted tiene razón. Haremos las paces.

—Os estrecharéis las manos —dijo Quetzalcóatle con ojos centelleantes—. Os juraréis lealtad.

Miguel tendió la mano. Fernández se la estrechó con firmeza y los dos hombres intercambiaron una sonrisa.

—¿Veis? —dijo Quetzalcóatle con una sonrisa austera—. No es nada difícil. Ahora sois amigos. Seguid siendo amigos.

Giró sobre los talones y caminó hacia el platillo volador. Una puerta se abrió de modo terso en el casco lustroso. En el umbral, Quetzalcóatle se volvió.

—Recordad —dijo—: estaré observando.

—Por cierto —dijo Fernández—. Adios, señor.

—Vaya con Dios —añadió Miguel.

La superficie tersa del casco se cerró detrás de Quetzalcóatle. Un momento después el platillo volador se elevó suavemente y se detuvo a treinta metros del suelo. Después salió disparado hacia el norte y desapareció como un relámpago.

—Lo que pensaba —dijo Miguel—. Era de los Estados Unidos.

Fernández se encogió de hombros.

—En un momento llegué a creer que nos diría algo sensato —dijo—. Tenía una gran sabiduría, sin duda. La vida no es fácil, por cierto.

—Oh, para él es bastante fácil —dijo Miguel—. Pero él no vive en Sonora. Nosotros en cambio sí. Afortunadamente, yo y mi familia contamos con un buen pozo de agua. Para los que no tienen agua, la vida es dura de veras.

—Es un pozo miserable —dijo Fernández—. Pero así y todo es mío —mientras hablaba, liaba un cigarrillo; se lo dio a Miguel y se lió otro para él.

Los dos hombres fumaron un rato en silencio. Luego se marcharon, también en silencio.

Miguel regresó a la bota de vino de la colina. Bebió un largo sorbo, gruñó de placer y miró alrededor. El cuchillo, el machete y el rifle estaban tirados a poca distancia. Los recuperó y se aseguró de que el rifle estuviera cargado. Luego se asomó cautelosamente desde la roca. Una bala astilló la piedra. Devolvió el disparo. Después hubo un rato de silencio. Miguel se recostó y bebió otro sorbo. En eso vio un correcaminos que se escurría velozmente con la cola de un lagarto colgada del pico. Quizás era el mismo correcaminos de antes, y tal vez el mismo lagarto, que sufría una digestión lenta.

—¡Señor Pájaro! —llamó Miguel en voz baja—. Está mal comer lagartos. Está muy mal.

El correcaminos le miró con un ojo acuoso y siguió corriendo. Miguel levantó el rifle y apuntó.

—Deje de comer lagartos, señor Pájaro. Basta, o tendré que matarlo.

El correcaminos pasó delante de la mira del rifle.

—¿No entiende lo que le digo? —dijo gentilmente Miguel—. ¿Tengo que explicarle cómo?

El correcaminos se detuvo. La cola del lagarto desapareció por completo.

—Oh, muy bien —dijo Miguel—. Cuando descubra cómo un correcaminos puede dejar de comer lagartos y seguir viviendo, entonces se lo diré, amigo. Pero hasta entonces, vaya con Dios.

Se volvió y apuntó nuevamente el rifle hacia el otro extremo del valle.

Henry Kuttner (1915-1958)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Henry Kuttner: De lo contrario (Or Else), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La Fermata»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis


«La Fermata»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis.




La Fermata (Die Fermate) es un relato de terror del escritor alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), publicado en la antología de 1819: Los hermanos de Serapión (Die Serapionsbrüder).

La Fermata, uno de los grandes cuentos de E.T.A. Hoffmann, relata una curiosa historia respecto del fracaso de la perfección en el arte.

Tras observar detenidamente la pintura de J.E. Hummel: La Fermata, Eduardo y Teodoro, dos amigos entrañables, discuten su influencia y, por fin, uno de ellos relata una recuerdo casi onírico de su pasado, protagonizado por dos mujeres temperamentales y la la fermata, un símbolo de anotación que indica la prolongación de una nota.




La Fermata.
Die Fermate, E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

El cuadro, alegre y lleno de vida, de Hummel que representa una reunión en una taberna italiana, hízose célebre en la Exposición de Berlín de 1814, en la que figuró, causando las delicias de muchos. Un emparrado de vegetación lujuriante, una mesa con vinos y frutas; en ella, dos mujeres italianas sentadas frente a frente: una que canta y otra que toca la cítara. Detrás de ellas, entre las dos, un abate que hace de director de orquesta. Con la batuta en alto espera el momento en que la cantante, con la vista fija en el cielo, acabe la canción, en una nota prolongada, para bajarla, y que la citarista ataque valientemente el tema principal. El abate está lleno de admiración, de placer celestial, y, sin embargo, una tensión angustiosa.

Por nada del mundo querría marcar mal. Apenas se atreve a respirar. De buena gana ataría las alas a las abejas y a las moscas para que no hiciesen el menor ruido con sus vuelos. Y aborrece con tanto más motivo al hostelero, que en aquel preciso instante aparece trayendo el vino que le han pedido. Ilumina la terraza la luz, que entra a raudales por las arcadas. Un jinete espera al pie a que le sirvan un vaso de vino sin apearse del caballo. Ante este cuadro estaban parados los dos amigos Eduardo y Teodoro.

—Cuanto más miro —decía el primero— a esta cantante, algo anticuada, pero llena del espíritu de una verdadera artista, con su traje de colores vivos; cuanto más contemplo el perfil romano y la hermosa figura de la citarista; cuanto más me fijo en el distinguido abate, tanto más me impresiona el conjunto y me da idea de verdad. Quizá sea un poco exagerado, en el buen sentido; pero lleno de alegría y de gracia. Me gustaría poder subir a la terraza y coger alguna de las frutas que me están invitando. Me parece que llega hasta mí el aroma del vino generoso. No; esta inspiración no ha brotado en el ambiente frío y seco que nos rodea. Vamos a honrar el cuadro y al arte y a la hermosa Italia, donde se siente la alegría de vivir, bebiéndonos una botella de vino italiano.

Mientras Eduardo pronunciaba con frases entrecortadas este discurso exaltado, Teodoro permaneció en silencio y meditabundo.

—Sí, vamos —dijo como despertando de un sueño, pero apartándose del cuadro con gran trabajo y siguiendo casi maquinalmente a su amigo; y al llegar a la puerta volvióse de nuevo para dirigir una última mirada a la cantante y al abate.

La proposición de Eduardo se llevó a efecto. Atravesaron la calle y a poco estaban en la sala Tarone con una botella delante, semejante en todo a la del emparrado.

—Me parece —dijo Eduardo después que hubieron vaciado algunos vasos, y Teodoro continuaba callado y ensimismado—, me parece que a ti el cuadro no te ha hecho el mismo efecto de alegría que a mí.

—Te aseguro que comprendo perfectamente toda la parte alegre y graciosa del cuadro; pero lo raro es que representa fielmente una escena de mi vida y los personajes son verdaderos retratos. Convendrás conmigo en que los recuerdos alegres rara vez logran conmover al aparecer repentinamente y como evocados por un conjuro mágico. Y, sin embargo, éste es mi caso.

—¿De tu vida? —exclamó Eduardo asombrado—. ¿Una escena de tu vida es lo que representa ese cuadro? Desde luego me ha parecido que el abate y la cantante son verdaderos retratos; pero no acierto a comprender qué puedan tener de común contigo. Cuéntame la cosa; estamos solos y nadie ha de venir a interrumpirnos.

—De buena gana lo haría —repuso Teodoro—; pero lo he de tomar de muy atrás, de los tiempos de mi juventud.

—Cuenta sin miedo —respondió Eduardo—. Sé muy poco de tus años juveniles, y si el relato es largo, lo único que puede ocurrir es que tengamos que pedir otra botella, lo cual no ha de ser una desgracia para nosotros, y mucho menos para Tarone.

—Nadie extrañó —comenzó a decir Teodoro— que dejara todas las cosas para dedicarme a la música, pues ya desde mis primeros años no hacía casi nada y me pasaba los días enteros aporreando el piano, viejo y desafinado, de mi tío. Era muy difícil en mi pueblo estudiar música, pues no había nadie que pudiera enseñarme más que un organista viejo y terco, que me atormentaba con tocatas oscuras y disonantes. Pero, sin amedrentarme por eso, yo seguía valientemente. A veces aborrecía al viejo; pero se ponía a tocar a su manera una composición buena y me reconciliaba con él con el arte. Algunas composiciones, sobre todo las del viejo Sebastián Bach, me hacían una impresión extraña: me parecían relatos llenos de episodios sobrenaturales y terroríficos que me sobrecogían con esos estremecimientos tan corrientes en la juventud.

Abríase para mí un edén cuando en invierno, como solía ocurrir, el director de orquesta de la ciudad, con sus compañeros y un par de aficionados, organizaban un concierto y, por mi buen oído, me encargaban de tocar los timbales. Después he pensado muchas veces en lo risible y ridículo de tales conciertos. Por lo general, mi maestro tocaba dos conciertos para piano, de Wolf o de Emanuel Bach; uno de los violines se esforzaba por interpretar a Stamitz, y el recaudador de contribuciones soplaba en su flauta con tanto afán y tanta fuerza que apagaba las dos velas del atril, que constantemente tenían que estarse encendiendo. En canto no había que pensar, lo cual criticaba mucho mi tío, gran amigo de la música. Recordaba con entusiasmo los antiguos tiempos en que los cuatro cantores de las cuatro iglesias del pueblo se unieron para cantar en un concierto Lonchen um Hofe.

Lo que más solía alabar era el espíritu de tolerancia que llevó a los cantores a unirse en honor del arte, pues además de los católicos y los evangélicos, los reformistas, representados por dos jóvenes, dividían a alemanes y franceses. El cantor francés acaparó el papel de Lottchen, y según aseguraba mi tío lo cantó de la manera más prodigiosa que se puede imaginar, con su voz de falsete. Vegetaba a la sazón entre nosotros, en mi pueblo quiero decir, una señorita llamada Amable, que recibía una pensión exigua como cantante retirada de la Corte, y mi tío pensó que nadie mejor que ella podía figurar en los conciertos, mediante una pequeña retribución. La señorita se hizo mucho de rogar; pero al fin accedió, y se cantaron arias en los conciertos. Esta señorita Amable era una persona extraordinaria. Aún recuerdo perfectamente su flaca figura.

Con mucha seriedad y prosopopeya solía aparecer ante el público, con un vestido de colorines y la partitura en la mano, haciendo una ligera inclinación de la parte superior del cuerpo para saludar. Llevaba un adorno de cabeza extraño, en cuya parte delantera figuraba un ramo de flores de porcelana, que temblaban y se movían mientras cantaba. Cuando terminaba su parte y la concurrencia cesaba de aplaudir, entregaba a mi tío la partitura, dirigiéndole una mirada altiva y permitiéndole tomar un polvo de rapé de la tabaquera que ella sacaba para tomarlo, y que ostentaba en la tapa la imagen de un perro de lanas. Tenía una voz fea y chillona, hacía toda clase de floreos absurdos y de gorgoritos, y te puedes figurar el efecto que tales cosas me harán unidas al aspecto risible de su físico. Mi tío se deshacía en alabanzas, cosa incomprensible para mí, que era de la opinión de mi organista, el cual, en su humor hipocondríaco, y por ser además un detractor del canto, se burlaba lindamente de la ridícula señorita.

Cuanto más vivamente compartía con mi profesor el desprecio por el canto, tanto más se esforzaba éste por desarrollar en mí el genio musical. Con gran afán enseñóme el contrapunto, y tardé muy poco en ejecutar las piezas más difíciles. Acababa de tocar una de éstas el día de mi cumpleaños diecinueve, delante de mi tío, cuando el camarero de nuestra posada más distinguida se presentó anunciando a dos damas que acababan de llegar. Antes de que mi tío tuviera tiempo de quitarse la bata de flores y ponerse la levita entraron las anunciadas. Ya sabes tú la impresión que produce la presencia de todo lo extraño en las gentes educadas en la estrechez de los pueblos; la de aquellas personas, que tan inesperadamente llegaban, era de lo más a propósito para dejarme como encantado. Imagínate dos italianas altas y esbeltas, vestidas a la última moda, un poco exagerada, con aires de inteligentes y muy amables, que se dirigieron a mi tío con voz armoniosa.

¿Qué idioma extraño hablaban? Sólo alguna vez sonaba como alemán. Mi tío no les entendía una palabra. Un poco azorado, les señaló el sofá. Ellas se sentaron y hablaron entre sí unas palabras que sonaron como música. Por fin lograron hacerse entender de mi tío; le dijeron que eran cantantes, que iban de viaje, que querían dar algún concierto en el pueblo y que se dirigían a él por ser el que se ocupaba en aquellas cosas.

Mientras hablaban entre sí yo escuché sus nombres, y me pareció que de aquella manera podía comprender mejor a cada una de las dos, que juntas me impresionaban demasiado. Lauretta, la mayor de aspecto, de ojos luminosos, hablaba con viveza extraordinaria y gesticulando mucho. Aunque no era muy alta, tenia muy buena figura, y mi vista se perdía en sus encantos, para mí completamente desconocidos hasta entonces. Teresina, más alta, más esbelta, de rostro más largo y más serio, hablaba poco, y en cambio parecía más inteligente.

De cuando en cuando sonreía de un modo especial, como si le produjera una sensación agradable el ver a mi tío, que se envolvía en su bata de seda y trataba en vano de ocultar una cinta amarilla, delatora de la camisa de dormir, que sin cesar le asomaba por debajo del cuello. Al fin se levantaron; mi tío les prometió organizar el concierto para tres días después, y ellas le invitaron en compañía mía, que les fui presentado como un joven virtuoso, a tomar chocolate aquella tarde.

Subimos la escalera con mucha solemnidad y como si nos dirigiéramos a una aventura para la cual no estuviésemos preparados. Después que mi tío, preparado de antemano para ello, habló largamente de arte, diciendo una porción de cosas que no comprendimos nadie, ni siquiera él; después de que yo me abrasé la lengua dos veces con el chocolate ardiendo, emulando con ventaja a Escévola, dijo Lauretta que iba a cantar algo. Teresa tomó la cítara, la templó y atacó las primeras notas. Nunca había oído yo aquel instrumento, conmoviéndome en extremo la dulzura llena de misterio con que sonaban las cuerdas. Lauretta comenzó la canción muy piano, subiendo lentamente hasta el fortísimo y atacando con valentía las octavas.

Aún recuerdo la letra del principio: Sento l'amica speme. Oprimióseme el pecho; jamás había podido presumir aquello. Conforme Lauretta cantaba y con su fuego encendíanse los rayos que me rodeaban, sentía yo que despertaba el sentimiento musical que llevaba dentro y se encendía en llamas hermosas y fuertes. ¡Ah!, por primera vez en mi vida oía música. Las dos hermanas cantaron el dúo, serio y profundo, del abate Steffani. El contralto lleno y celestial de Teresina me llegó al alma. No pude contenerme: las lágrimas brotaron de mis ojos. Mi tío carraspeaba, dirigiéndome miradas de descontento; pero de nada le valió.

Yo estaba fuera de mí. A las artistas les agradó aquello, al parecer, interesáronse por mis estudios musicales; yo, avergonzado, declaré mis esfuerzos, y con la audacia que me daba el entusiasmo confesé que hasta aquel día no había oído música. II bon fanciullo! , murmuró Lauretta con dulzura y amabilidad. Al volver a casa apoderóse de mí una especie de furor; reuní todas las sonatas y fugas que tenia, incluso cuarenta y cinco variaciones sobre un tema canónico que compusiera el organista, y que me había confiado en borrador, las arrojé al fuego y me reí con fruición al ver cómo chisporroteaban y se consumían aquellos papeles. Luego me senté ante el piano y traté de imitar el sonido de la cítara y de tocar y cantar la melodía que cantaron las hermanas. A media noche salió mi do de su cuarto y, apagándome las dos luces, dijo:

—No se hacen esos gorgoritos ni se atormentan los oídos de ese modo.

Y se volvió a su habitación. No tuve más remedio que obedecerle. El sueño me descifró el enigma de la canción; por lo menos así me lo figuré yo, pues canté perfectamente sento l'amica speme. A la mañana siguiente puso a prueba mi tío a todos los que sabían tocar algún instrumento. Quería mostrar lo bien que se portaba nuestra orquesta, y se sintió muy descorazonado con la prueba. Lauretta propuso una gran escena; pero en el recitado todos desafinaron y se fueron cada uno por su lado, como quien no tiene la menor idea del acompañamiento. Lauretta gritó, se enfadó, lloró de rabia e impaciencia. El organista estaba sentado al piano, y a él fueron dirigidos los cargos más violentos.

El organista se levantó y, muy indignado y sin decir una palabra, se fue del salón. El músico de la ciudad, a quien Lauretta llamó asíno maledetto, se colocó su violín debajo del brazo y se puso el sombrero sin cumplimientos. Dirigióse acto seguido hacia la puerta, siguiéndole sus compañeros, con el arco metido entre las cuerdas y las boquillas sin quitar. Los aficionados contemplaban la escena con mirada triste, y el recaudador de contribuciones exclamó en tono trágico:

—¡Dios mío, que nervioso me ponen estas cosas!

Mi timidez desapareció como por encanto; atraveséme en el camino del músico de la ciudad, le rogué, le supliqué, le prometí seis minués nuevos con doble trío para el baile. Logré por fin convencerle. Volvió a colocarse ante el atril, sus compañeros hicieron lo propio; la orquesta se organizó a poco sin faltar más que el organista, que, muy despacito, atravesaba la plaza del mercado sin atender a ningún llamamiento. Teresina había permanecido durante toda la escena con la risa contenida; Lauretta estaba en este momento tan alegre como iracunda estuvo antes. Alababa sobremanera mis esfuerzos. Me preguntó si tocaba el piano, y antes de que yo contestara afirmativamente me vi sentado en el puesto de organista con la partitura delante. Nunca había acompañado a cantar ni dirigido una orquesta. Teresina se colocó a mi lado para indicarme los tiempos, y Lauretta me animaba a cada momento con un ¡bravo!; la orquesta seguía y todo marchaba a maravilla.

En la segunda prueba cada cual tocó lo mejor que pudo, y el efecto del canto de las dos hermanas en el concierto fue indescriptible. En la residencia real se preparaban varias fiestas con motivo del regreso del príncipe, y las invitaron a que cantaran en el teatro y en salas de conciertos. Hasta que llegase aquella fecha decidieron permanecer en nuestro pueblo, y, por tanto, aun dieron algunos conciertos más. La admiración del público llegó al delirio. Sólo la vieja Amable, tomando un polvo de rapé de su tabaquera con el perrito de lanas, aseguraba que aquellos gritos no eran canto; mi organista no apareció por parte alguna, y, a decir verdad, no le eché de menos. Yo era el hombre más feliz de la tierra. Pasaba todo el día con las dos hermanas, las acompañaba y sacaba de las partituras las voces que habían de necesitar en la Corte.

Lauretta era mi ideal; sufría con paciencia sus malos humores, sus violencias... sus vejaciones de virtuosa, en el piano. Ella, y sólo ella, me había puesto de manifiesto lo que era la verdadera música. Comencé a estudiar italiano y a ensayarme con cancioncitas. Me elevaba al séptimo cielo cuando Lauretta cantaba mis composiciones y les dirigía elogios. A veces me parecía que yo no había pensado ni escrito nada, sino que la inspiración estaba en el canto de Lauretta. A Teresina no podía acostumbrarme: cantaba muy rara vez, no me daba la menor importancia y en ocasiones creía yo observar que se reía de mí. Por fin llegó el momento de la marcha.

Entonces comprendí lo que Lauretta era para mí y lo imposible que me sería separarme de ella. Algunas veces, después de haberse smorfíosa, me acariciaba, aunque de una manera absolutamente indiferente; pero mi sangre se encendía, y sólo la frialdad corriente en ella me impedía estrecharla frenético en mis brazos. Tenía yo una voz pasable de tenor, muy poco ejercitada, y ella me la educó. Solía cantar con Lauretta esa serie innumerable de duettini italianos. Próxima la marcha, cantábamos un día uno de ellos, Senza di te, ben mío, vivere non poss"io. No pude resistir más y, desesperado, echéme a los pies de Lauretta. Ella me levantó, diciéndome:

—Pero, amigo mío, ¿es que vamos a separarnos?

Yo la escuchaba asombrado. Me expuso su plan de que me fuese con ella y Teresina a la residencia de la Corte, pues alguna vez habría de salir de mi pueblo si me había de dedicar por entero a la música. Imagínate una persona que se halla en una sima profunda, que desespera de la vida, y en el instante en que cree llegado su fin se encuentra en un edén florido, con mil lucecillas alegres que lo rodean y le dicen: Querido, puedes vivir aún.

Eso fue lo que yo sentí.¡Con ellas a la Corte! No podía pensar en otra cosa. No te cansaré contándote mi trabajo para convencer a mi tío de que convenía marchar a la Corte, que, por otra parte, no estaba muy lejos. Por fin cedió, prometiéndome ir él también. Aquello no entraba en nuestros planes. Por tanto, hube de ocultar mi decisión de marchar con las cantantes. Un oportuno catarro que cogió mi tío me salvó. Salí en el correo, pero sólo hasta la primera parada, donde me quedé esperando a mis diosas. Un bolsillo bien provisto me ponía en condiciones de preparar todo convenientemente. Mi espíritu romántico me hizo concebir la idea de acompañar a mis damas a caballo, como un paladín. Me procuré un rocín, no muy bello que digamos, pero muy seguro en opinión de su dueño, y salí al encuentro de las cantantes.

A poco apareció el coche; en el asiento de detrás venían las dos hermanas, y en el de delante la doncella, la regordeta Juana, una napolitana morena. Además, el carruaje iba cargado con toda clase de cajas, paquetes y cestas, de los que no se separan las señoras que van de viaje. Juana llevaba sobre la falda dos perritos de aguas, que me recibieron ladrando cuando me acerqué a saludar a las que llegaban. Todo marchó bien al principio; pero al llegar a la última parada se le ocurrió a mi caballo la idea de volverse a su patria. El convencimiento de que en tales casos no es conveniente emplear los medios violentos me indujo a intentar convencerle con suavidad; pero el terco animal permaneció insensible a todas mis amabilidades.

Yo quería ir hacia delante y él hacia atrás, y todo lo que al cabo de esfuerzos sobrehumanos pude conseguir fue que en lugar de andar en la dirección que él quería comenzase a dar vueltas. Teresina sacó la cabeza fuera del coche, riéndose con toda su alma, mientras que Lauretta, tapándose el rostro con ambas manos, gritaba lo mismo que si me viera en peligro de muerte. La desesperación dióme ánimos: clavé las espuelas en los ijares del bruto, y en el mismo momento me vi en el suelo. El caballo quedóse parado tranquilamente y mirándome con aire socarrón. Yo no lograba ponerme en pie; el cochero apresuróse a acudir en mi auxilio; Lauretta se bajó del coche llorando y gritando; Teresina reía sin poderse contener. Me había torcido un pie y no podía montar de nuevo.

¿Qué hacer en aquel apuro? Ataríamos el caballo al coche y yo me metería en él como pudiera. Figúrate dos muchachas robustas, una criada gruesa, dos perros, una docena de bultos, cajas y cestas, y además yo, en un coche pequeño; imagínate los lamentos de Lauretta, protestando por lo incómodo del asiento, los aullidos de los perros, las murmuraciones de la napolitana, los gestos de Teresina, el dolor agudísimo que yo sentía en el pie, y te podrás hacer cargo de lo agradable de mi situación. Teresina dijo que no podía más. Nos paramos, y de un salto se apeó del coche. Desató mi caballo, colocóse a horcajadas en la silla y comenzó a trotar y a hacer corcovetas delante de nosotros.

No tuve más remedio que reconocer que lo hacía muy bien. Su gracia y su distinción resaltaban aún más a caballo. Pidió la cítara, y, con las riendas en el brazo, empezó a cantar romanzas españolas a toda voz. Su vestido claro de seda flotaba al aire en pliegues armoniosos y las plumas de su sombrero ondeaban como movidos por los espíritus de las notas. El conjunto resultaba de lo más romántico, y yo no apartaba los ojos de Teresina, a pesar de que Lauretta consideraba que era una loca, cuya audacia podía costarle cara. Afortunadamente nada ocurrió: el caballo había perdido su terquedad o le agradaba más la cantante que el paladín; en una palabra, hasta las mismas puertas de la residencia real no volvió Teresina a meterse en el coche.

Aquí me tienes en los conciertos y óperas y en todo lo que era música, sirviendo de repetidor de arias, dúos y de todo lo que se quería estudiar. Observarás que mi espíritu ha cambiado por completo. Toda mi antigua timidez ha desaparecido; como un maestro me siento ante el piano con la partitura delante para dirigir la parte de mi dama. Toda mi inteligencia, todos mis pensamientos son melodías. Compongo toda clase de canciones y de arias sin preocuparme para nada del arte del contrapunto, y Lauretta las canta, aunque siempre en nuestra habitación. ¿Por qué no querrá nunca cantar nada mío en los conciertos?

No lo comprendo. Teresina se me representa sobre un corcel orgulloso, con la lira en la mano, como la figura misma del arte romántico. Y sin poderlo remediar escribo algunas canciones serias. Lauretta maneja las notas como un hada. ¿Qué será lo que intente y no le salga bien? Teresina no hacía escalas; lo más era una ligera apoyatura; pero sus tonos sostenidos llegaban a lo más íntimo del alma. Yo no sé cómo estuve tanto tiempo sin ver esto.

El concierto benéfico en que habían de tomar parte las dos hermanas llegó; Lauretta cantó conmigo una larga escena de Anfossi. Estaba yo sentado al piano, como de costumbre. Era el momento de la última fermata. Lauretta acudió a todos los recursos de su arte; parecía que un ruiseñor trinaba sin cesar; luego, notas sostenidas, escalas limpias: todo un solfeggio. La cosa me pareció demasiado larga; sentí detrás de mí como un ligero soplo. Teresina estaba allí. En el mismo momento Lauretta comenzó a lanzar gorgoritos sin interrupción, intentando seguir con ellos hasta entrar en el otro tono.

El demonio me inspiró: con las dos manos indiqué el tiempo; la orquesta me siguió; los gorgoritos de Lauretta se terminaron causando asombro general. Lauretta, dirigiéndome miradas con las que hubiera querido atravesarme, rompió la partitura, me la tiró a la cabeza, haciendo volar en derredor mío los pedazos de papel, y como una furia atravesó por entre la orquesta para dirigirse al salón contiguo. En cuanto se terminó la pieza apresuréme a ir tras Lauretta. Estaba llorando y pataleando:

—¡Fuera de mi vista, maldito hijo del infierno!

Arrojóse sobre mí y yo salí escapado. Durante el concierto, que se continuó, Teresina y el director de orquesta lograron calmarla y que se decidiera a cantar; pero con la condición de que yo no me sentara al piano. En el último dúo que cantaron las dos hermanas, Lauretta hizo primores de garganta, siendo muy aplaudida y quedando en muy buen lugar. Yo no podía consentir los malos tratos sufridos delante de tantas personas extrañas, y decidí marcharme a la mañana siguiente a mi pueblo. Estaba haciendo el equipaje cuando se presentó Teresina en mi cuarto. Al ver mis preparativos quedóse llena de asombro:

—¿Quieres abandonarnos?

Yo le expliqué que después de la vergüenza por que me había hecho pasar Lauretta no podía permancer un día más a su lado.

—¿Entonces te vas por causa de las tonterías de una loca? —dijo Teresina—. ¿Crees tú que vas a vivir dentro del arte en otro sitio mejor que a nuestro lado? Tú puedes perfectamente evitar que Lauretta continúe con esos arranques. Has sido demasiado condescendiente con ella, demasiado dulce, demasiado blando. Sobre todo, exageras demasiado el arte de Lauretta. Ciertamente, tiene buena voz y mucha práctica; pero ese afán de gorgoritos, esas escalas interminables, esos eternos trinos, ¿qué son sino artificios que deben considerarse como los saltos audaces de un bailarín en la cuerda floja? ¿Pueden tales cosas impresionar y conmover? Esos gorgorios que tú has destrozado no los puedo sufrir, me hacen daño, me molestan. Y ese subir y subir el tono, ¿qué es sino pura afectación? A mí lo que más me gusta es el tono medio y el bajo. Y, sobre todo, lo más admirable es un verdadero portamento di voce. Nada de adornos inútiles: un tono sostenido y fuerte que impresione el alma. Ese es el verdadero canto, y así canto yo. Si ya no puedes resistir a Lauretta, piensa en Teresina, que te quiere bien y que con mucho gusto te verá convertirte en su compositor y maestro. No lo tomes a mal: todas tus canciones y arias valen muy poco comparadas con la única.

Teresina se puso a cantar con su voz llena y bien timbrada una canción que había compuesto hacía poco en tonos sacros. Nunca pude imaginarme que aquello pudiera sonar así. Las notas me hacían un efecto inesperado: las lágrimas acudían a mis ojos, lágrimas de alegría y entusiasmo; tomé la mano de Teresina y se la besé mil veces, jurando no separarme de ella jamás. Lauretta miraba mis relaciones con Teresina con cierta cólera envidiosa y echaba de menos mi ayuda, pues, a pesar de todo su arte, no estaba en condiciones de estudiar sola nada nuevo, pues leía mal y no conseguía bien los tonos. Teresina, en cambio, repentizaba perfectamente y tenía un sentido exacto de tono. Lauretta demostraba más que nunca su terquedad y su mal genio cuando se la acompañaba.

Nunca estaba a tiempo; trataba al acompañante como si fuera un mal necesario; no quería que se oyese el piano: siempre había que tocar pianissimo, cediendo y cediendo de cadencia en cadencia como a ella se le antojaba. Yo me ponía en contra de su sistema, luchaba con sus malas costumbres, le demostraba que sin energía no se concebía acompañamiento alguno, que el arte de canto tiene que diferenciarse de la facilidad sin armonía. Teresina me apoyaba. Yo me dediqué a hacer composiciones en las que los solos eran siempre para la voz baja. Teresina también me manejaba a su gusto, con gran satisfacción mía, pues yo suponía que sabía más y comprendía mejor que Lauretta la seriedad alemana.

Recorrimos el mediodía de Alemania. En una ciudad pequeña nos encontramos con un tenor italiano que iba de Milán a Berlín. Mis damas se entusiasmaron con su compatriota; no se separaban de él. El cantante demostraba preferencias por Teresina, y, con gran molestia por mi parte, vime reducido a hacer un papel muy secundario.

Un día que iba a entrar en la habitación con una partitura debajo del brazo oí que hablaban en tono más animado mis dos damas y el tenor. Ya entendía perfectamente el italiano y no se me podía escapar una palabra. Lauretta le contaba el suceso del concierto, diciéndole que le había estropeado su escala.

Asino tedesco —exclamó el tenor; y su frase me hizo concebir la idea de arrojar por la ventana al héroe de teatro, pero me contuve.

Lauretta siguió, diciendo que habían querido echarme de su lado inmediatamente; pero que, en vista de mis súplicas accedieron a que continuase con ellas, soportándome por compasión, ya que tenía empeño en estudiar el canto a su lado. Teresina mostróse de acuerdo con su hermana, ante mi asombro extraordinario.

—Es un buen chico —dijo— además, ahora está enamorado de mí y todo lo escribe para mi voz. No deja de tener talento, pero trabaja con la tiesura y la torpeza propias de los alemanes. Yo espero hacer de él un compositor, pues, como ha escrito poco para la voz alta, me ha hecho algunas cosas buenas; por eso le dejo que siga adelante. Muy aburrido resulta con su amor y sus lisonjas, y también es un martirio el tener que sufrir sus composiciones, que muchas son bastante malas.

—Por lo menos, de eso ya me veo yo libre —dijo Lauretta—: pero tú sabes muy bien lo que me ha perseguido con sus arias y sus dúos.

Y empezó a tararear un dúo mío, que en su época había alabado mucho. Teresina hacía la segunda voz, y las dos se burlaban lindamente de mí y de mi obra. El tenor se reía a carcajadas. Me quedé frío, y tomé una decisión rápida. En silencio me trasladé a mi cuarto, cuya ventana daba a una callejuela. Enfrente estaba el Correo y a la puerta el coche de Bamberg. Los pasajeros iban en dirección a la puerta, y, por tanto, tenía una hora de tiempo. Recogí mis cosas a toda prisa, pagué la cuenta entera en la posada y me dirigí al Correo. Cuando iba por la calle principal vi a mis dos damas, que aún estaban en la ventana con el tenor y se asomaban atraídas por el sonido del cuerno del postillón. Me acurruqué en el interior del coche, y pensé con alegría en el efecto de las cartas llenas de amargura que había dejado para ellas.

Con mucha parsimonia apuró Teodoro el resto de la botella de vino de Elea que Eduardo le sirvió.

—No esperaba yo —dijo, después de limpiarse los labios—, no esperaba yo tal deslealtad en Teresina. Su imagen simpática en el caballo, haciendo corvetas y cantando romanzas españolas, no se aparta de mi mente. Ese fue su punto culminante —continuó Teodoro—. Aún recuerdo la impresión extraña que me produjo la escena. Olvidé mis dolores, y Teresina se me apareció corno un ser extraordinario. ¡Qué verdad que tales momentos quedan grabados para siempre y no se borran nunca! Siempre que me ha salido bien una romanza he tenido presente la imagen de Teresina en aquella ocasión.

—Sí —dijo Eduardo—; pero no debemos olvidar tampoco a la artista Lauretta, y brindaremos a la salud de las dos hermanas.

Así lo hicieron.

—¡Ah! —exclamó Teodoro—. ¡Cómo aspiro en este vino los dulces aromas de Italia! ¡Cómo siento que inundan mis nervios y mis venas de frescura! ¿Por qué abandoné tan pronto aquel delicioso país?

—Pero —repuso Eduardo— en todo lo que me has contado no veo relación alguna con el cuadro, y me parece que ya no tienes nada que decirme de Lauretta y Teresina. Claro está que demasiado he comprendido que las dos damas del cuadro en cuestión no son sino dos artistas.

—Así es, en efecto —respondió Teodoro—, y mi nostalgia del delicioso país me lleva directamente a lo que tengo aún que decirte. Cuando hace cosa de dos años me disponía a abandonar Roma, di un rodeo yendo a caballo. A la puerta de una taberna vi una muchacha muy linda, y se me ocurrió tomar una copa servida por las manos de aquella niña. Me detuve en la puerta, al pie del emparrado que iluminaban los rayos del sol. A lo lejos creí oír voces que cantaban y los acordes de una cítara.

Escuché con atención, pues aquellas voces de mujer me hacían un efecto extraño, evocando recuerdos que no deseaba evocar. Apeéme del caballo, y, despacito; me acerqué al emparrado, de donde parecía salir la música. La primera cantaba sola una canzonetta. Cuanto más me acercaba tanto más desaparecía lo conocido que me emocionara al principio. La cantante ejecutaba una fermata complicada. Las escalas se oían más altas y más bajas; al fin escuchóse una nota sostenida. Pero, de repente, una voz de mujer empezó a lanzar todo género de maldiciones, de denuestos, de improperios.

Un hombre protestaba, otro reía. En la disputa se mezcló otra voz de mujer. A cada momento los gritos eran más fuertes y más furiosos. Al fin me encontré junto al emparrado, un abate salió corriendo junto a mi sin ceremonia alguna; me miró; reconocí en él a mi amigo el signor Ludovico, mi mentor musical en Roma.

—¿Qué le pasa? —exclamé.

—¡Ah, signor maestro, signor maestro —clamó el—; líbreme de esa furia, de ese cocodrilo, de ese tigre, de esa hiena, de ese demonio de mujer! Ciertamente que he entrado a destiempo en la fermata de la canzonetta de Anfossi y que he destrozado su escala; pero ¿por qué la miré a los ojos, diosa satánica? Al demonio la fermata, todas.

Muy emocionado, penetré en el emparrado con el abate, y a la primera mirada reconocí a Lauretta y a Teresina.

Aún estaba la primera chillando y pataleando; su hermana le dirigía la palabra, tratando de calmarla; el hostelero, con los desnudos brazos cruzados, mirábalas riendo, mientras una criada colocaba botellas encima de la mesa. En cuanto las cantantes me vieron acercáronse a mí.

—¡Ah signor Teodoro! —decían y me abrumaban con demostraciones amistosas.

Toda la disputa se había olvidado.

—Aquí tiene usted —dijo Lauretta al abate— un compositor con tanta gracia como un italiano y tan fuerte como un alemán.

Las dos hermanas, quitándose una a otra la palabra, hablaron de los días felices que habíamos pasado juntos, de mis aficiones musicales desde muy joven, de nuestros estudios, de las excelencias de mis composiciones; nunca habían logrado cantar nada con más gusto que lo compuesto por mí. Teresina me anunció que estaba contratada como primera cantante trágica para el próximo Carnaval; pero que quería poner por condición para aceptar que se me encargase una ópera trágica, pues ella era de opinión que mi especialidad era lo trágico. Lauretta opinaba lo contrario, y creía que era una lástima que no me dedicase a la ópera bufa. Estaba precisamente contratada para ésta y desearía vivamente que fuese yo el autor de la obra en que ella pudiera lucirse. Puedes imaginarte mis sentimientos entre las dos hermanas. Además, advierte que la reunión en que yo aparecí era la misma pintada por Hummel en el preciso instante en que el abate está a punto de estropear la fermata de Lauretta.

—Pero ¿no se acordaban —preguntó Eduardo— de tu despedida; de tu carta?

—No dijeron una palabra que hiciera referencia a ello —repuso Teodoro— y yo tampoco, pues ya hacía mucho tiempo que se me había pasado el rencor y mi aventura con las dos hermanas se me aparecía como cosa de broma.

Lo único que me permití fue contar al abate que hacía algunos años me ocurrió exactamente lo mismo que le había sucedido a él con un aria de Anfossi. Esforcéme en pintar mi unión con las hermanas, y, dejando caer ciertas observaciones como de pasada, les hice comprender que la experiencia de la vida y del arte me había dado cierta superioridad sobre ellas. Y después de todo, fue un bien que yo hiciera aquello con la fermata, pues estaban las cosas de un modo que habrían sido eternas, y si dejo seguir a la cantante, aún estaría sentado al piano.

—Pero —repuso el abate—, ¿qué maestro puede permitirse dictar leyes a la prima donna? Y además, su falta de usted fue mucho más grave, por estar en la sala de conciertos, que la mía aquí en el emparrado. Claro está que yo no representaba más que la idea de maestro, y estoy seguro de que si no me miran esos ojos celestiales con su fuego y su dulzura no habría sido tan asno.

Las últimas palabras del abate fueron salvadoras, pues Lauretta, que durante la conversación se había ido enfureciendo, se calmó con ellas.

Pasamos juntos la velada. Catorce años —tanto tiempo había transcurrido desde mi separación de las dos hermanas— hacen cambiar mucho. Lauretta había envejecido bastante, aunque no perdió del todo sus encantos. Teresina se conservaba mucho mejor y tenía la misma figura arrogante. Además iban vestidas con atildamiento y su aspecto era en el arreo exterior el de siempre, aunque catorce años más joven que ellas. Accediendo a mis ruegos, Teresina cantó una de aquellas canciones serias que tanto me impresionaban; pero me pareció que sonaba de otro modo, y lo mismo me ocurrió con Lauretta, cuya voz había perdido mucho a pesar de conservar aún fuerza y frescura, si bien era muy distinta de la que yo recordaba.

La comparación de los sentimientos interiores con la no siempre agradable realidad tenía que serme más molesta aún recordando la conducta hipócrita de las hermanas, sus éxtasis fingidos y su admiración concedida con aire protector. El grotesco abate, que cortejaba a las hermanas con toda asiduidad; el buen vino, abundantemente escanciado, me devolvieron mi buen humor, y la noche transcurrió en la mejor armonía. Con mucha insistencia invitáronme las dos hermanas a que fuera a su casa para tratar de todo lo necesario con destino a las partituras que había de escribir dedicadas a ellas. Me marché de Roma sin intentar verlas.

—Y sin embargo, a ellas les debes el haber despertado tu afición al canto —dijo Eduardo.

—Indudablemente —repuso Teodoro—, y además una porción de melodías de las mejores; pero, a pesar de todo, no hubiera querido volver a verlas. Todo compositor recuerda alguna impresión profunda que el tiempo no puede borrar. Y llega un momento en que el espíritu que vive en las notas habla, y es la palabra creadora que despierta a los demás espíritus que duermen dentro de él, haciéndolos salir para no desaparecer jamás. Y se nos figura que todas las melodías que brotan de ese modo pertenecen a la cantante que encendió la primera chispa. Las oímos, escribimos lo que ella cantó, nuestra debilidad nos hace aferrarnos a la pequeñez y nos empeñamos en rebajar lo sobrenatural a los límites de la estrechez terrena.

Y la cantante se convierte en nuestra amante o en nuestra esposa. El encanto desaparece y las melodías íntimas se desvanecen con la rotura de una sopera o con una mancha de tinta en la ropa limpia. Muy de alabar es el compositor que no desciende a la vida terrena y sabe conservar vivo el fuego sagrado de la música dentro de su ser. Ojalá el joven se sienta profundamente conmovido por los tormentos del amor y de la desesperación si la divina encantadora se separa de él; entonces su figura se convierte en notas maravillosas y celestiales y él vive en una juventud eterna produciendo melodías que son siempre ella. En este caso ella es el ideal supremo, que vive en el fondo del alma y se exterioriza en formas distintas.

—Un poco extraño es eso; pero, de todos modos, digno de elogio —dijo Eduardo cuando, del brazo de su amigo, salía de la taberna de Tarone.

E.T.A. Hoffmann (1776-1822)




Relatos góticos. I Relatos de E.T.A. Hoffmann.


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El análisis y resumen del cuento de E.T.A. Hoffmann: La Fermata (Die Fermate), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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