Asmodeo, amigo de Oscar Wilde...

Asmodeo, el Destuctor.
Amigo y Consejero de Oscar Wilde.

Llamado el Destructor, es acusado de especializarse en poner obstáculos a la dicha conyugal favoreciendo los proyectos de adulterio. Es uno de los demonios con mayor cantidad de leyendas en múltiples culturas; y sin duda está dotado con una de las personalidades más inquietantes.

Ya en el Avesta cumple las funciones de protector de la sensualidad y de los placeres, actuando sin freno y más allá de toda represión moral.

En la Biblia aparece como el tenaz enamorado de Sara, la futura esposa del joven Tobías (quién con la ayuda del arcángel Rafael finalmente derrota al demonio). Pero hasta la llegada de este piadoso varón, Asmodeo consigue asesinar en el lecho a siete aspirantes sucesivos a la virginidad de Sara. Collin de Plancy afirma sin rodeos que este demonio la poseyó en lugar de cada uno de ellos; pero si se atiende a la versión canónica, el casto Tobías, que no había conocido mujer antes de la boda, no parece haberse dado cuenta del detalle.

Antiguas tradiciones talmúdicas lo asocian también con Salomón, a quien de mala gana habría ayudado a construir el templo de Jerusalem, luego de perder una apuesta que le propuso el rey. Las mismas fuentes aseguran que, en venganza por esto, Asmodeo habría urdido las relaciones del arquitecto Hiram con la Sulamita, para quien el embelezado monarca escribiera El cantar de los cantares, cumbre poética del Antiguo Testamento. Si esto fué así, Asmodeo logró consumar su obra maestra; demostrando que ni el más hondo amor ni la más alta poesía son capaces de derrotar a la lujuria.

Más cerca en la historia, Asmodeo protagonizó El Diablo cojuelo (1641), de Luis Vélez de Guevara, y a fines del mismo siglo fue relacionado también con célebres procesos inquisitoriales, como el de las posesas del convento de Loudun y el de las brujas de Salem.

Arthur Cabel asegura que en el siglo XIX fue amigo y consejero de Oscar Wilde.

En general se le considera cómo el maestro de los corruptores y defensor incansable de la conducta disipada. Algunos poetas incapaces de leer las analogías de los grimorios lo han convertido en el dueño de los prostíbulos del infierno y regente de las casas de juego.

Mundano como es, no resulta sorprendente que a diferencia de sus pares, mucho más hoscos o discretos en sus encarnaciones, disfrute de las fiestas y ceremonias humanas, y hasta acepte comer en público cuando lo invitan sus devotos.

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