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Flannery O'Connor: cuentos destacados


Flannery O'Connor: cuentos destacados.




Flannery O'Connor fue una notable autora estadounidense que retrató con crudeza los rasgos más siniestros de la vida en el sur de su país. En este contexto, los cuentos de Flannery O'Connor pertenecen al Gótico Sureño (Southern Gothic), un subgénero en donde abundan los personajes grotescos y situaciones de gran realismo.

En este segmento de El Espejo Gótico iremos repasando todos los cuentos de Flannery O´Connor.




Relatos de Flannery O'Connor.
  • El corazón del parque (The Heart of the Park)
  • La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own)
  • Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find and Other Stories)
  • Buena gente de campo (Good Country People)
  • Día del juicio (Judgement Day)
  • El barbero (The Barber)
  • El cultivo (The Crop)
  • El festival de la perdiz (The Partridge Festival)
  • El frío duradero (The Enduring Chill)
  • El geranio (The Geranium)
  • El pavo (The Turkey)
  • El pelador (The Peeler)
  • El templo del Espíritu Santo (A Temple of the Holy Ghost)
  • El tren (The Train)
  • El río (The River)
  • Enoc y el gorila (Enoch and the Gorilla)
  • Gato salvaje (Wildcat)
  • Hoja verde (Greenleaf)
  • La captura (The Capture)
  • La espalda de Parker (Parker's Back)
  • La mujer en las escaleras (A Woman on the Stairs)
  • La persona desplazada (The Displaced Person)
  • Las dulzuras del hogar (The Comforts of Home)
  • Los cojos entrarán primero (The Lame Shall Enter First)
  • No puedes ser más pobre que muerto (You Can't Be Any Poorer Than Dead)
  • ¿Por qué los paganos sienten ira? (Why Do the Heathen Rage?)
  • Revelación (Revelation)
  • Todo lo que se levanta debe converger (Everything That Rises Must Converge)
  • Un círculo en el fuego (A Circle in the Fire)
  • Un encuentro tardío con el enemigo (A Late Encounter with the Enemy)
  • Un golpe de buena suerte (A Stroke of Good Fortune)
  • Un panorama de los bosques (A View of the Woods)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Flannery O'Connor: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Flannery O'Connor: relatos y novelas


Flannery O'Connor: relatos y novelas.




Flannery O'Connor —Mary Flannery O'Connor (1925-1964)— fue una extraordinaria escritora norteamericana cuya mayor virtud fue haber retratado con crudeza los aspectos más oscuros del sur de los Estados Unidos. En este sentido, las novelas y relatos de Flannery O'Connor se inscriben en el género del Gótico Sureño (Southern Gothic), y suelen estar protagonizados por personajes grotescos y situaciones sumamente violentas.

En esta sección iremos recorriendo todos los cuentos, novelas y relatos de Flannery O´Connor.




Novelas y relatos de Flannery O'Connor.
  • El corazón del parque (The Heart of the Park)
  • La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own)
  • Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find and Other Stories)
  • Buena gente de campo (Good Country People)
  • Día del juicio (Judgement Day)
  • El barbero (The Barber)
  • El cultivo (The Crop)
  • El festival de la perdiz (The Partridge Festival)
  • El frío duradero (The Enduring Chill)
  • El geranio (The Geranium)
  • El pavo (The Turkey)
  • El pelador (The Peeler)
  • El templo del Espíritu Santo (A Temple of the Holy Ghost)
  • El tren (The Train)
  • El río (The River)
  • Enoc y el gorila (Enoch and the Gorilla)
  • Gato salvaje (Wildcat)
  • Hoja verde (Greenleaf)
  • La captura (The Capture)
  • La espalda de Parker (Parker's Back)
  • La mujer en las escaleras (A Woman on the Stairs)
  • La persona desplazada (The Displaced Person)
  • Las dulzuras del hogar (The Comforts of Home)
  • Los cojos entrarán primero (The Lame Shall Enter First)
  • Los violentos lo arrebatan (The Violent Bear It Away)
  • No puedes ser más pobre que muerto (You Can't Be Any Poorer Than Dead)
  • ¿Por qué los paganos sienten ira? (Why Do the Heathen Rage?)
  • Revelación (Revelation)
  • Sangre sabia (Wise Blood)
  • Todo lo que se levanta debe converger (Everything That Rises Must Converge)
  • Un círculo en el fuego (A Circle in the Fire)
  • Un encuentro tardío con el enemigo (A Late Encounter with the Enemy)
  • Un golpe de buena suerte (A Stroke of Good Fortune)
  • Un panorama de los bosques (A View of the Woods)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Flannery O'Connor: relatos y novelas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La vida que salves puede ser la tuya»: Flannery O'Connor; relato y análisis


«La vida que salves puede ser la tuya»: Flannery O'Connor; relato y análisis.




La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Flannery O'ConnorMary Flannery O'Connor (1925-1964)—, publicado por primera vez en la edición de primavera de 1953 de la revista Kenyon Review, y luego reeditado en la antología de 1955: Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find).

La vida que salves puede ser la tuya, uno de los grandes cuentos de Flannery O'Connor, relata la historia de una pobre muchacha: Lucynell, quien además de ser sorda es sobreprotegida por su totémica madre.

Ambas mujeres viven recluidas en una granja, casi en absoluto aislamiento, hasta que cierto día aparece un hombre, Shiftlet, quien al parecer es un vagabundo. La anciana, desesperada por encontrar un marido para su hija, realiza maniobras psicológicas para que Lucynell y Shuffled contraigan matrimonio. El plan maquiavélico tiene éxito, pero los resultados son diametralmente opuestos a los esperados.

Es importante aclarar que La vida que salves puede ser la tuya pertenece al género del Gótico Sureño (Southern Gothic) —especie de Romanticismo oscuro (Dark Romanticism) del siglo XX—, el cual abunda en referencias a lo grotesco, lo macabro. Aquí abundan los personajes excéntricos, perturbados, que hacen un verdadero culto de la decadencia, pero no precisamente debido a la abundancia de recursos, sino más bien como consecuencia de la ignorancia y la pobreza.

En este contexto, Flannery O'Connor fue una verdadera maestra del Gótico Sureño —a la par de autores como Ambrose Bierce, William Faulkner y Tennessee Williams—, un género que permitió realizar una dura crítica social al exagerar los rasgos más estúpidos e hipócritas de la gente.




La vida que salves puede ser la tuya.
The Life You Save May Be Your Own, Flannery O'Connor (1925-1964)

La vieja y su hija estaban sentadas en el porche cuando por primera vez apareció el señor Shiftlet por el camino. La anciana se deslizó hacia el borde de la silla e inclinó el cuerpo protegiéndose los ojos del sol hiriente con una mano. La hija no veía cuanto ocurría a lo lejos, de modo que continuaba jugando con los dedos. Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aún en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo, y que no representaba ningún peligro.

El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa. Caminaba a paso lento por el sendero, con el rostro vuelto hacia el sol, que parecía balancearse en la cima de una pequeña montaña.

La vieja no cambió de posición hasta que él estuvo casi dentro del patio; entonces se levantó y apoyó una mano cerrada en un puño en la cadera. La hija, una muchacha grandota con un vestido corto de organdí azul lo vio de pronto y dio un respingo; comenzó a patear y a señalar y a emitir sonidos inarticulados y exaltados.

El señor Shiftlet se detuvo justo dentro del patio, dejó la caja en el suelo y se tocó el ala del sombrero con la punta de los dedos para saludar a la joven como si ésta se comportase normalmente; luego se volvió hacia la anciana y se lo quitó. Sus cabellos, morenos, largos y lacios, caían lisos a ambos lados desde una raya al medio hasta la punta de sus orejas. La frente le cubría más de la mitad del rostro que terminaba de pronto, con las facciones apenas proporcionadas, en la trampa de acero que eran sus mandíbulas. Parecía un hombre joven, pero tenía una mirada de serena insatisfacción, como si entendiera de la vida entera.

—Buenas tardes —dijo la anciana. Tenía el tamaño de un poste de cedro de la cerca y llevaba un sombrero gris de hombre muy calado.

El vagabundo se quedó mirándola sin decir nada. Giró sobre sus talones y se volvió hacia la puesta de sol. Abrió lentamente ambos brazos, el que tenía entero y el corto, para abarcar entre ellos una extensión del cielo y su figura formó una cruz torcida. La anciana lo observó con los brazos cruzados sobre el pecho como si ella fuese la dueña del sol. La hija contemplaba la escena, con la cabeza echada hacia delante, y sus manos pendían, gordas e inútiles, de las muñecas. Tenía el cabello largo y dorado, y los ojos tan azules como el cuello de un pavo real.

El señor Shiftlet permaneció casi cincuenta segundos en esa posición, luego recogió su caja, se acercó al porche y se dejó caer en el primer escalón.

—Señora —dijo con firme voz nasal—, daría una fortuna por vivir donde pudiera ver al sol hacer esto todas las tardes.

—Lo hace todas las tarde —repuso la vieja, y se volvió a sentar.

La hija también se sentó y observó al hombre con una mirada furtiva y precavida, como si fuese un pajarraco que se hubiese acercado demasiado. Él se ladeó, hurgó en el bolsillo de su pantalón y en un instante sacó un paquete de chicles y le tendió uno. Ella lo tomó, lo desenvolvió y comenzó a mascarlo sin quitarle los ojos de encima. El hombre ofreció otro a la anciana, pero ésta levantó su labio superior para indicar que no tenía dientes.

La pálida y aguda mirada del señor Shiftlet ya había revisado todo cuanto había en el patio- la bomba cerca de la esquina de la casa y la alta higuera donde tres gallinas se preparaban para dormir- y desplazó la mirada hacia el cobertizo, donde vio la parte trasera y aherrumbrada de un automóvil.

—¿Conducen ustedes? —preguntó.

—Ese coche no se ha movido en los últimos quince años —respondió la vieja—. El día que murió mi marido, dejó de moverse.

—Ya nada es como era antes, señora. El mundo está casi podrido.

—Tiene razón —convino ella—. ¿Es usted de por aquí?

—Tom T. Shiftlet —murmuró mirando los neumáticos.

—Mucho gusto en conocerle —dijo la anciana—. Lucynell Crater, y la hija, Lucynell Crater. ¿Qué hace usted por aquí, señor Shiftlet?

Él juzgó que el coche debía ser un Ford de 1928 o 1929.

—Señora —dijo, y se volvió hacia ella para dedicarle toda su atención—, permítame decirle algo. Hay un doctor en Atlanta que tomó un cuchillo y sacó el corazón humano, el corazón humano —repitió, inclinándose hacia ella—, del pecho de un hombre y lo sostuvo en la mano —y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como si aguantara el leve peso de un corazón humano— y lo estudió como si fuera un polluelo de un día, y, señora —dijo, e hizo una larga pausa dramática durante la cual adelantó la cabeza y sus ojos color de arcilla brillaron—, ese hombre no sabe más que ustedes o que yo acerca de eso.

—Es verdad —dijo la anciana.

—Vaya, si tomara ese cuchillo y cortara todas las puntas del corazón, todavía no sabría más que ustedes o que yo, se lo aseguro. ¿Qué quiere apostar?

—Nada —respondió la anciana sabiamente—. ¿De dónde viene, señor Shiftlet?

Él no contestó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito de tabaco y un estuche de papel de fumar; lió un cigarrillo con destreza, a pesar de hacerlo con una sola mano, y se lo puso bajo el labio superior. Luego sacó una caja de cerillos de madera y prendió uno en la suela de su zapato. La mantuvo encendida como si estudiase el misterio de la llama mientras ésta descendía peligrosamente hacia su piel. La hija empezó a alborotar y a señalar la mano del hombre y a agitar un dedo ante él, pero justo cuando la llama estaba a punto de quemarle se inclinó con la mano ahuecada sobre el fósforo como si fuera a prender fuego su nariz y encendió el cigarrillo.

Lanzó al aire el cerillo apagado y expulsó una bocanada gris en el atardecer. Su cara adoptó una expresión socarrona.

—Señora —dijo—, en nuestros días la gente hace cualquier cosa. Puedo decirle que me llamo Tom T. Shiftlet y que vengo de Tarwater, Tennessee, pero usted nunca me había visto antes, así que ¿cómo sabe que no estoy mintiendo? ¿Cómo sabe que no soy Aaron Sparks, de Singleberry, Georgia, o cómo sabe que no soy George Speeds, de Lucy, Alabama, o cómo sabe que no soy Thompson Bright, de Toolafalls, Mississippi?

—No sé nada de usted —musitó la anciana, fastidiada.

—Señora, a la gente no le importa cómo se le miente. Tal vez lo mejor que puedo decirle es que soy un hombre, pero, dígame, señora —añadió, e hizo una pausa y su tono se tornó aún más lúgubre—, ¿qué es un hombre?

La anciana empezó a mordisquear una semilla.

—¿Qué lleva en esa caja de hojalata, señor Shiftlet? —preguntó.

—Herramientas —respondió—. Soy carpintero.

—Bueno, si viene aquí para trabajar, podré darle comida y un lugar para dormir, pero no puedo pagarle. Se lo advierto antes de que empiece.

No hubo una respuesta inmediata ni ninguna expresión especial en el rostro del hombre. Se apoyó contra el madero que sostenía el tejado del porche.

—Señora —dijo con lentitud—, para algunos hombres ciertas cosas significan más que el dinero.

La anciana se meció en su silla sin hacer comentario alguno y la hija observó el gatillo que subía y bajaba en la garganta del señor Shiftlet. Éste dijo a la anciana que el dinero era lo único que interesaba a la gente, pero que él no sabía para qué estaba hecho el hombre. Le preguntó si el hombre estaba hecho para el dinero o para qué. Le preguntó si sabía para qué estaba hecha ella, pero la anciana no contestó y siguió meciéndose y se preguntó si un hombre con un solo brazo podría colocar un tejado nuevo en la casita del jardín.

Él hizo muchas preguntas y ella no contestó. Le explicó que tenía veintiocho años y que había hecho muchas cosas en la vida. Había sido cantor de gospel, capataz en el ferrocarril, ayudante en una casa de pompas fúnebres y había estado tres meses en la radio con Uncle Roy y los Red Creek Wranglers. Contó que había luchado y dado su sangre en las Fuerzas Armadas de su país y visitado todas las tierras extranjeras, y en todas partes había visto gente a quien no le importaba si hacían las cosas así o asá. Dijo que a él no le habían criado de esa manera.

Una luna gorda y amarilla apareció en las ramas de la higuera como si fuera a dormir allí con las gallinas. Dijo que un hombre debía huir al campo para ver el mundo entero y que ojala viviera en un lugar tan desolado como ese, donde todas las tardes pudiera ver ponerse el sol como Dios lo había ordenado.

—¿Está casado o soltero? —preguntó la anciana.

Hubo un largo silencio.

—Señora —dijo él al final—, ¿dónde se puede encontrar una mujer inocente en estos días? Yo no tomaría nada de esa basura que hay que levantar.

La hija estaba encorvada, con la cabeza casi inclinada sobre las rodillas, observándolo a través de una puerta triangular que había hecho con su cabello; de pronto cayó al suelo y comenzó a lloriquear. El señor Shiftlet la enderezó y la ayudó a sentarse de nuevo en la silla.

—¿Es su hija?

—La única que tengo —respondió la anciana—, y es la criatura más dulce de la tierra. No la dejaría por nada del mundo. Y además es lista. Barre, guisa, lava, da de comer a las gallinas y trabaja con el azadón. No la cambiaría ni por un cofre de joyas.

—No —dijo él con tono afable—, no deje que ningún hombre se la lleve.

—El hombre que venga por ella —afirmó la anciana— tendrá que quedarse aquí.

En la oscuridad, los ojos del señor Shiftlet se habían quedado fijos en el paracoche del automóvil que destellaba en la distancia.

—Señora —dijo alzando el brazo corto como si pudiera señalar con él la casa, el patio y la bomba—, no hay nada roto en esta plantación que no pueda arreglar, hasta con un brazo inútil. Soy un hombre —agregó con adusta dignidad— aún cuando no esté entero. ¡Yo poseo —dijo tabaleando con los nudillos sobre el suelo para subrayar la inmensidad de lo que iba a decir— una inteligencia moral! —Y su rostro atravesó la oscuridad hacia un rayo de luz que escapaba por la puerta y se quedó mirando a la anciana como si a él mismo le sorprendiera esa verdad imposible.

Ella no se dejó impresionar.

—Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida —dijo—, si no le importa dormir en ese coche.

—Señora —dijo él con una sonrisa de satisfacción—, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes!

—No estaban tan avanzados como nosotros —repuso la anciana.

A la mañana siguiente empezó a trabajar en el tejado de la casita del jardín, mientras Lucynell, la hija, sentada sobre una piedra, lo observaba. Apenas había transcurrido una semana de su llegada al lugar cuando los cambios que había hecho ya podían apreciarse. Había arreglado las escaleras de la entrada y de la parte de atrás, construido un nuevo corral para los cerdos, reparado una cerca y enseñado a Lucynell, que era por completo sorda y nunca había pronunciado una palabra en su vida, a decir la palabra pájaro.

La chica grandota de rostro sonrosado lo seguía a todas partes, diciendo Pppajjjjarrro y aplaudiendo. La vieja los observaba a cierta distancia, secretamente contenta. Se moría de ganas de tener un yerno.

El señor Shiftlet dormía en el duro y angosto asiento trasero del automóvil, con los pies saliendo por la ventanilla. Tenía su navaja de afeitar y un bote con agua sobre una caja que le servía de mesita de noche, había colocado un pedazo de espejo sobre la luna trasera y colgaba cuidadosamente la chaqueta de una percha que había puesto en una de las ventanillas.

Al caer la tarde se sentaba en las escaleras y hablaba mientras la anciana y Lucynell se mecían vigorosamente en sus sillas, cada una a un lado. Las tres montañas de la anciana se alzaban negras contra el cielo azul oscuro y de vez en cuando recibían la visita de varios planetas y de la luna después de que ésta abandonaba a las gallinas. El señor Shiftlet señaló que había mejorado la plantación porque se había interesado personalmente por ella. Dijo que hasta iba a hacer funcionar el automóvil.

Había levantado el capó y estudiado el mecanismo, dijo que podía afirmar que al coche lo habían fabricado en esa época en que realmente sabían fabricarlos.

—Ahora —dijo—, un hombre coloca un tornillo y otro hombre coloca otro tornillo, y entonces tienes un hombre por cada tornillo. Por eso debes pagar tanto por un coche: estás pagando a todos esos hombres. En cambio, si tuvieras que pagar a un solo hombre, podrías conseguir un coche más barato y en el que se ha puesto un interés personal, y sería un coche mejor.

La anciana estuvo de acuerdo con él en que así debería ser.

El señor Shiftlet aseguró que el gran problema del mundo era que a nadie le importaba nada ni se paraba un momento a preocuparse por las cosas. Dijo que nunca hubiera podido enseñar una palabra a Lucynell si no se hubiera preocupado y dedicado el tiempo necesario.

—Enséñele a decir otra cosa —dijo la anciana.

—¿Qué quiere que diga? —preguntó el señor Shiftlet.

La sonrisa de la vieja era amplia, desdentada e insinuante.

—Enséñele a decir querido —respondió.

El señor Shiftlet ya sabía lo que ella tenía en la mente. Al día siguiente empezó a trabajar en el automóvil y al atardecer le dijo que si ella compraba una correa de ventilador lo haría funcionar. La anciana dijo que le daría el dinero.

—¿Ve a esa chica? —le preguntó, señalando a Lucynell, que estaba sentada en el suelo a menos de un metro, mirándolo, los ojos azules aún en la oscuridad—. Si alguna vez un hombre se la quisiera llevar, yo le diría: ¡No hay hombre en la tierra que pueda arrancar de mi lado a esta dulce niña!; pero si él me dijera: Señora, no me la quiero llevar, la quiero aquí, yo le diría: Señor, no tengo nada que reprocharle. Yo no dejaría pasar la oportunidad de tener un hogar y conseguir a la joven más dulce del mundo. No es usted tonto. Eso le diría.

—¿Qué edad tiene? —preguntó el señor Shiftlet como de pasada.

—Quince o dieciséis —respondió la vieja. La muchacha rondaba los treinta años, pero debido a su inocencia era imposible adivinarlo.

—Sería una buena idea pintarlo también —observó el señor Shiftlet-. No querrá que se cubra de herrumbre.

—Ya veremos —repuso la anciana.

Al día siguiente se encaminó hacia el pueblo, donde adquirió las piezas que le hacían falta y un bidón de gasolina. Avanzada la tarde, unos ruidos ensordecedores escaparon del cobertizo y la anciana salió corriendo de la casa pensando que Lucynell tenía otro ataque. Lucynell estaba sentada sobre una jaula de pollos, dando golpes con los pies y gritando: ¡Ppppaajjarro! ¡Ppajjarro!, pero el alboroto que armaba quedaba ahogado por el estruendo del automóvil. Tras una descarga de explosiones, emergió del cobertizo, majestuoso e imponente. El señor Shiftlet estaba sentado al volante, muy tieso. Tenía una expresión de seria modestia, como si hubiera resucitado a un muerto.

Esa noche, meciéndose en el porche, la anciana fue derecho al grano.

—Quiere usted una mujer inocente, ¿no es así? —preguntó, comprensiva—. No quiere saber nada de la escoria.

—Así es, señora.

—Una que no hable —continuó ella—, que no le conteste ni diga palabrotas. Se merece usté esa clase de mujer. Allí está. —Y señaló a Lucynell, que estaba sentada con las piernas cruzadas en la silla y se agarraba los pies con las manos.

—Así es —admitió él—. No me daría ningún problema.

—El sábado —dijo la anciana—, usted, ella y yo iremos en coche al pueblo y se casarán.

El señor Shiftlet cambió de posición en la escalera.

—No me puedo casar en este momento —repuso—. Todo lo que uno quiere hacer requiere dinero y yo estoy quebrado.

—¿Para qué necesita el dinero? —preguntó la vieja.

—Hace falta dinero —respondió él—. Hoy día hay gente que hace las cosas de cualquier manera, pero, según yo lo veo, nunca me casaría con una mujer a la que no pudiera llevar de viaje como si ella fuese alguien. Quiero decir, llevarla a un hotel y agasajarla. No me casaría con la duquesa de Windsor —añadió con firmeza— a menos que la pudiera llevar a un hotel y darle de comer algo bueno. Me educaron de esa manera y no hay na que yo pueda hacer al respecto. Mi madre me enseñó cómo debía comportarme.

—Lucynell ni siquiera sabe qué es un hotel —musitó la anciana—. Escuche, señor Shiftlet —dijo inclinándose hacia delante—, conseguirá usted un hogar y un pozo de agua profundo y la muchacha más inocente de la tierra. No necesita dinero. Le voy a decir algo: no hay lugar en el mundo pa un hombre vagabundo, pobre, mutilado y sin amigos.

Las desagradables palabras se posaron en la cabeza del señor Shiftlet como una bandada de águilas en la copa de un árbol. No dijo nada de inmediato. Lió un cigarrillo, lo encendió y luego habló con voz serena.

—Señora, un hombre está dividido en dos partes, cuerpo y espíritu.

La vieja apretó las encías.

—Un cuerpo y un espíritu —repitió él—. El cuerpo, señora, es como una casa: no va a ningún lado; pero el espíritu, señora, es como un automóvil: siempre está en movimiento, siempre.

—Escuche, señor Shiftlet —repuso ella—, mi pozo nunca se seca y mi casa está siempre caldeada en invierno y no hay ninguna hipoteca en este lugar. Puede ir al juzgado y comprobarlo. Y allá, en aquel cobertizo, hay un buen coche —Preparó el cebo con cuidado—. Para el sábado lo puede tener usted pintado. Yo pagaré la pintura.

En la oscuridad, la sonrisa del señor Shiftlet se estiró como una serpiente cansada que se despierta al lado del fuego. Al cabo de un instante, se repuso y dijo:

—Tan sólo digo que el espíritu de un hombre es más importante para él que cualquier otra cosa. Tendría que llevar de viaje a mi esposa un fin de semana sin reparar en gastos. Debo obedecer lo que me indica mi espíritu.

—Le daré quince dólares para un viaje de fin de semana —dijo la vieja con tono desabrido—. Es lo único que puedo hacer.

—Eso apenas servirá para pagar la gasolina y el hotel —repuso él—. No alcanzaría para la comida de ella.

—Diecisiete cincuenta —dijo la anciana—. Es todo lo que tengo, así que es inútil que trate de exprimirme. Puede llevarse la comida de aquí.

El señor Shiftlet se sintió profundamente herido por la palabra exprimir. No albergaba la más mínima duda de que ella tenía más dinero cosido al colchón, pero ya le había dicho que no le interesaba su dinero.

—Procuraré que eso alcance —repuso, y se retiró zanjando así las negociaciones con la anciana.

El sábado, los tres fueron al pueblo en el automóvil, cuya pintura aún no se había secado, y el señor Shiftlet y Lucynell se casaron en el juzgado con la anciana como testigo. Cuando salieron, el señor Shiftlet comenzó a estirar el cuello. Parecía malhumorado y resentido, como si lo hubiesen insultado mientras alguien lo sujetaba.

—Esto no me ha gustado —dijo—. No es más que algo que una mujer hace en una oficina, sólo papeleo y análisis de sangre. ¿Qué saben de mi sangre? Si me sacaran el corazón y lo cortaran en pedazos, no sabrían nada de mí. No me ha gustado nada.

—Sí ha cumplido la ley —dijo la anciana con aspereza.

—La ley —replicó el señor Shiftlet, y escupió—. Es la ley lo que no me gusta.

Había pintado el coche de verde oscuro con una franja amarilla bajo las ventanillas. Los tres se sentaron en el asiento delantero y la anciana comentó:

—¿No está guapa, Lucynell? Parece una muñeca.

Lucynell llevaba un vestido blanco que su madre había desenterrado de un baúl y se tocaba con un sombrero panamá con una ramita de cerezas rojas en el ala. De vez en cuando su expresión plácida cambiaba a causa de algún pensamiento travieso como un brote de verde en el desierto.

—¡Se lleva usted una joya! —dijo la anciana.

El señor Shiftlet ni siquiera le dirigió la mirada.

Volvieron a la casa para dejar a la anciana y llevar la comida de aquel día. Cuando estuvieron listos para partir, ella se quedó al lado de la ventanilla del coche con los dedos cerrados sobre el vidrio. Las lágrimas comenzaron a brotar de las comisuras de sus ojos y a rodar por las sucias arrugas de su rostro.

—Nunca me he separado de ella dos días —dijo.

El señor Shiftlet puso el motor en marcha.

—Y no se la daría a ningún hombre, a excepción de usted, porque he visto que actúa como es debido. Adiós, querida —añadió aferrándose a la manga del vestido blanco. Lucynell la miró y no pareció verla. El señor Shiftlet hizo avanzar el coche y la vieja tuvo que sacar la mano.

Era un mediodía claro, cálido, rodeado de un cielo pálido. A pesar de que el automóvil no podía ir a más de cincuenta kilómetros por hora, el señor Shiftlet se imaginó fantásticas subidas y bajadas y curvas cerradas, que sólo estaban en su cabeza, y se olvidó de la amargura de la mañana. Siempre había deseado un coche pero nunca había podido comprarlo. Conducía muy deprisa porque quería llegar a Mobile al anochecer.

De vez en cuando interrumpía sus pensamientos el tiempo suficiente para mirar a Lucynell sentada a su lado. Se había comido el almuerzo tan pronto como partieron y ahora arrancaba las cerezas del sombrero y las arrojaba una a una por la ventanilla. Él se sintió deprimido a pesar del coche. Había conducido unos ciento sesenta kilómetros cuando decidió que ella debía tener hambre de nuevo y, al llegar a un pueblecito, estacionó frente a un local pintado de color aluminio, la llevó dentro y pidió para ella un plato de jamón y sémola. El viaje la había adormecido y, tan pronto como se sentó en el taburete, descansó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos. En el local nohabía nadie más que el señor Shiftlet y el muchacho tras la barra, un joven pálido con un trapo grasiento al hombro. Antes de que le sirviera la comida ella ya estaba roncando suavemente.

—Dáselo en cuanto despierte —dijo el señor Shiftlet—. Lo pagaré ahora.

El muchacho se inclinó hacia ella, miró el cabello largo de un dorado rojizo y los ojos dormidos entrecerrados. Luego levantó la vista y miró al señor Shiftlet.

—Parece un ángel de Dios —murmuró.

—Estaba pidiendo raite —explicó el señor Shiftlet—. No puedo esperar. Tengo que llegar a Tuscaloosa.

El muchacho se inclinó de nuevo y con sumo cuidado tocó con un dedo una hebra de pelo dorado. El señor Shiftlet partió.

Se sentía más deprimido que nunca mientras conducía solo. El atardecer se había vuelto caluroso y sofocante y el campo era ahora llano. En el cielo, a lo lejos, se preparaba una tormenta muy lentamente y sin truenos, como si se dispusiera a drenar todas las gotas de aire de la tierra antes de caer. Había momentos en que el señor Shiftlet prefería no estar solo. Además, pensaba que un hombre con automóvil tenía responsabilidades para con los demás y se mantuvo alerta por si veía a alguien pidiendo raite. De vez en cuando, veía letreros que rezaban:


CONDUZCA CON CUIDADO.
LA VIDA QUE SALVE PUEDE SER LA SUYA:


La angosta carretera descendía a ambos costados hacia campos secos, y aquí y allá surgían en un claro casuchas y alguna que otra gasolinera. El sol comenzó a ponerse justo delante del coche. Era una bola rojiza que, a través del parabrisas, parecía levemente chata en las partes superior e inferior. Vio a un chico vestido con un mono y un sombrero gris parado en el arcén, aminoró la marcha y se detuvo a su lado. El muchacho no tenía el pulgar levantado, tan sólo estaba plantado allí, pero llevaba una maletita de cartón y el sombrero puesto de una manera que indicaba que se iba para siempre de algún lugar.

—Hijo —dijo el señor Shiftlet—, veo que quieres viajar.

El muchacho no dijo ni que sí ni que no, pero abrió la portezuela y se sentó, y el señor Shiftlet empezó a conducir. El chico tenía la maleta en el regazo y los brazos cruzados sobre ella. Volvió la cabeza hacia la ventanilla, sin mirar al señor Shiftlet. Éste se sintió angustiado.

—Hijo —dijo al cabo de un minuto—, tengo la mejor madre del mundo, así que supongo que debes tener la segunda mejor.

El muchacho le dirigió una rápida mirada oscura y acto seguido volvió de nuevo el rostro hacia la ventanilla.

—No hay nada más dulce —continuó el señor Shiftlet— que la madre de uno. Me enseñó las primeras oraciones sobre sus rodillas, me dio amor cuando nadie lo hacía, me dijo lo que estaba bien y lo que no, y veló para que yo hiciera las cosas bien. Hijo- añadió-, ningún día de mi vida he lamentado tanto como aquél en que abandoné a mi madre.

El muchacho se removió en el asiento pero no miró al señor Shiftlet. Descruzó los brazos y puso una mano sobre la manija de la puerta.

—Mi madre era un ángel de Dios —prosiguió el señor Shiftlet con voz crispada—. Él la trajo del cielo y me la dio y yo la abandoné.

Sus ojos se nublaron al instante con un velo de lágrimas. El automóvil apenas se movía.

El muchacho se volvió con rabia en el asiento.

—¡Vete a la mierda! —gritó—. ¡Mi vieja es una bola de piojos y la tuya es una zorra apestosa! —Y tras esto abrió la portezuela y saltó con su maleta a la cuneta.

El señor Shiftlet quedó tan sorprendido que condujo lentamente unos cincuenta metros con la puerta todavía abierta. Una nube exactamente del mismo color que el sombrero del muchacho y en forma de nabo había descendido sobre el sol, y otra, de aspecto más feo, se agazapó detrás del coche. El señor Shiftlet sintió que toda la podredumbre del mundo iba a tragárselo. Levantó el brazo y lo dejó caer sobre el pecho.

—¡Oh, Señor! —rezó—. ¡Aparece y limpia este mundo de las porquerías!

El carro continuó descendiendo lentamente. Unos minutos más tarde, sonó de atrás, como una risotada, el estruendo de un trueno y unas gotas de lluvia fantásticas, como tapas de latas, se estrellaron contra la parte posterior del coche del señor Shiftlet. Se apresuró a pisar el acelerador y con el muñón fuera de la ventanilla corrió contra la lluvia galopante hasta Mobil.


Flannery O'Connor (1925-1964)




Relatos góticos. I Relatos de Flannery O'Connor.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Flannery O'Connor: La vida que salves puede ser la tuya (The Life You Save May Be Your Own), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El corazón del parque»: Flannery O'Connor; relato y análisis.


«El corazón del parque»: Flannery O'Connor; relato y análisis.




El corazón del parque (The Heart of the Park) es un relato de la escritora norteamericana Flannery O'Connor (1925-1964), publicado en 1949.

El corazón del parque es posiblemente el mejor cuento de Flannery O'Connor, ligeramente por delante de Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find). Aquí vemos por qué se la considera como una de las cuatro maestras del Gótico Sureño (Southern Gothic), un sub-género que sacudió a la sociedad a través de una visión cruda y descarnada de aquellas cuestiones que normalmente se esconden como secretos incómodos.




El corazón del parque.
The Heart of the Park, Flannery O'Connor (1925-1964)

Enoch Emery supo al despertarse que ese día llegaría la persona a quien podría mostrárselo. Se lo decía su propia sangre. Tenía sangre sabia, como su padre. Esa tarde, a las dos, saludó al guarda del segundo turno.

-Hoy llegas un cuarto d’hora tarde na más –le dijo, irritado-. Pero m’he quedao. Me podía haber ido, pero m’he quedao.

Vestía un uniforme verde con un ribete amarillo en el cuello y las mangas, y un galón amarillo en la parte externa de cada pernera. El guarda del segundo turno, un muchacho de cara prominente, con la textura de la pizarra y un palillo colgado del labio, vestía igual. La entrada en la que se encontraban estaba hecha de barrotes de hierro, y el arco de cemento, que les servía de marco, tenía la forma de dos árboles; las ramas se unían para formar la parte superior, donde unas letras retorcidas rezaban: PARQUE MUNICIPAL. El guarda del segundo turno se apoyó en uno de los troncos y empezó a hurgarse los dientes con el palillo.

-To los días –se quejó Enoch-, to los santos días pierdo un cuarto d’hora esperándote aquí como un pasmarote.

Todos los días, cuando terminaba su turno, entraba en el parque y, todos los días, cuando entraba, hacía las mismas cosas. Primero iba a la piscina. Le tenía miedo al agua pero le gustaba sentarse cerca de la orilla, un poco más arriba, y, si en la piscina había mujeres, las observaba. Una mujer, que iba todos los lunes, llevaba un bañador con una raja en cada cadera. Al principio pensó que ella no se había dado cuenta, y, en lugar de mirar abiertamente desde la orilla, se había ocultado entre los arbustos, riéndose para sus adentros, y la había espiado desde allí. En la piscina no había nadie más –el gentío no llegaba hasta las cuatro- para avisarle lo de las rajas, y la mujer había chapoteado en el agua y luego, después de acostarse en el borde de la piscina, se había quedado dormida más de una hora, sin sospechar en ningún momento que, desde los arbustos, alguien le miraba las partes que asomaban por el traje de baño. Otro día, cuando Enoch pasó por ahí un poco más tarde, vio a tres mujeres, todas ellas con rajas en los bañadores, la piscina llena de gente y nadie se fijaba en ellas. La ciudad tenía esas cosas, siempre lo sorprendía. En cuanto le sobraban dos dólares se iba a visitar a una puta, pero no paraba de sorprenderle la relajación que veía en la calle. Se escondía entre los arbustos por puro sentido del decoro. Con frecuencia, antes de tumbarse, las mujeres se bajaban los tirantes de los bañadores.

El parque era el corazón de la ciudad. Había llegado a la ciudad con una certeza en la sangre, y se había establecido en el corazón mismo. Todos los días observaba el corazón de la ciudad; todos los días; y se sentía tan asombrado, tan turbado, tan apabullado que de solo pensarlo le entraban los sudores. En el centro mismo del parque había algo, algo que él había descubierto. Era un misterio, pese a que estaba ahí, en una vitrina, a la vista de todos, y pese a que una tarjeta escrita a máquina lo describía con detalle. Pero había algo que la tarjeta no decía y eso que no decía lo llevaba él muy dentro, un conocimiento terrible, despojado de palabras, un conocimiento terrible como un nervio inmenso que le crecía por dentro. No podía enseñarle aquel misterio a cualquiera; pero tenía que enseñárselo a alguien. A quien fuera a enseñárselo tenía que ser alguien especial. Ese alguien no podía venir de la ciudad, aunque no sabía explicar porqué. Sabía que lo conocería en cuanto lo viera y sabía que debía verlo pronto porque, si no, aquel nervio que llevaba dentro crecería tanto que entonces él se vería obligado a asaltar un banco o a echarse encima de una mujer o a estrellar un coche robado contra un edificio. Su sangre se había pasado toda la mañana indicándole que esa persona llegaría hoy.

Dejó al guarda del segundo turno y llegó a la piscina por un sendero discreto que llevaba hasta la parte trasera de la caseta de baños de señoras, donde había un pequeño claro desde el que se veía toda la piscina. No había nadie bañándose; el agua era un espejo de color verde botella, pero por el extremo opuesto vio acercarse a la mujer con los dos niños caminando hacia la caseta de baños. Ella iba casi todos los días y llevaba a los dos niños. Se metería en el agua con ellos, nadaría un largo y luego se tumbaría a tomar el sol en el borde. Llevaba un bañador blanco con manchas que le quedaba muy holgado, y, en varias ocasiones, Enoch la había espiado con placer. Abandonó el claro y se subió a una cuesta cubierta de arbustos de abelia. En la parte de abajo había un túnel. Se arrastró en su interior hasta un lugar algo más amplio donde tenía la costumbre de sentarse. Se puso cómodo y apartó un poco las ramas de abelia para ver bien. Cuando estaba entre los arbustos, la cara se le ponía siempre muy colorada. Si alguien llegaba a separar las ramas de abelia donde él se encontraba pensaría que había visto un diablo, caería cuesta abajo y acabaría en la piscina. La mujer y los dos niños se metieron en la caseta de baños.

Enoch nunca iba inmediatamente al centro oscuro y secreto del parque. Esa parte era la culminación de la tarde. Las otras cosas que hacía conducían a eso y se habían convertido en algo muy formal y necesario. Cuando salía de los arbustos, iba a la "Botella Helada", un puesto de perritos calientes en forma de naranjada Crush con la escarcha pintada en azul alrededor de la tapa. Allí se tomaba un batido de leche malteada y chocolate y le hacía unos cuantos comentarios sugerentes a la camarera, a la que creía enamorada de él en secreto. Después se iba a ver a los animales. Estaban metidos en una larga serie de jaulas de acero como el penal de Alcatraz de las películas. Las jaulas tenían calefacción eléctrica en invierno y aire acondicionado en verano, y seis hombres contratados se encargaban de cuidarlos y alimentarlos con chuletas. Los animales no hacían más que pasarse el día tumbados. Embargado por la turbación y el odio, Enoch los observaba a diario. Después se iba para el lugar aquel.

Los dos niños salieron corriendo de la caseta de baños, se zambulleron en el agua y, en ese mismo momento, por el camino que había en el extremo opuesto de la piscina, llegó un chirrido. Enoch asomó la cabeza entre los arbustos. Vio un coche de color gris que sonaba como si estuviese llevando el motor a rastras. El coche pasó de largo, y él oyó su traqueteo al doblar la curva del sendero y seguir adelante. Escuchó con atención tratando de oír si se detenía. El ruido se hizo más apagado y luego aumentó poco a poco. El coche volvió a pasar. En esta ocasión Enoch vio que dentro iba una sola persona, un hombre. El sonido del motor se fue apagando de nuevo para volver a aumentar. El coche pasó por tercera vez y se detuvo casi enfrente de Enoch, al otro lado de la piscina. El hombre del coche se asomó a la ventanilla y paseó la mirada por la cuesta cubierta de césped hasta llegar al agua donde los dos niños chapoteaban y gritaban. Enoch ocultó la cabeza entre los arbustos todo lo que pudo y entrecerró los ojos para ver mejor. La portezuela del lado en que iba el hombre estaba atada con una cuerda. El hombre se apeó por la otra portezuela, caminó delante del coche y bajó hasta la mitad de la cuesta que llevaba a la piscina. Se quedó allí un instante, como si buscara a alguien, luego se sentó muy erguido en el césped. Llevaba un traje que daba la impresión de tener como un brillo. Estaba sentado con las rodillas encogidas.

-¡Hay que ver! –exclamó Enoch- ¡Hay que ver!

Y en seguida salió arrastrándose de los arbustos; el corazón le latía tan deprisa que era como una de esas motocicletas de feria que un tipo conduce por las paredes de un foso. Si hasta recordaba cómo se llamaba el hombre: Hazel Weaver. Al cabo de un instante, llegó a cuatro patas hasta el final de las abelias y miró hacia la piscina. La silueta azul seguía allí sentada, en la misma postura. Era como si una mano invisible lo retuviera, como si al levantarse la mano, la figura fuera a llegar a la piscina de un salto sin que el gesto le mudara una sola vez.

La mujer salió de la caseta de baños y fue directa al trampolín. Extendió los brazos, empezó a botar y produjo con la tabla un fuerte sonido como el batir de unas alas enormes. Y, de repente, giró hacia atrás y desapareció en el agua. El señor Hazel Weaver volvió la cabeza muy despacio y siguió con la vista a la mujer.

Enoch se levantó y bajó por el sendero que había detrás de la caseta de baños. Apareció sigiloso por el otro extremo y echó a andar hacia Hazel. Se mantuvo en lo alto de la cuesta y avanzó con cuidado por el césped, al lado de la acera, tratando de no hacer ruido. Cuando estuvo detrás de Hazel, se sentó en el borde de la acera. Si hubiera tenido unos brazos de tres metros, habría posado las manos en los hombros de Hazel. Lo observó en silencio.

La mujer salió de la piscina apoyándose en el borde. Primero asomó la cara, alargada y cadavérica, con aquel gorro de baño que parecía una venda y le cubría casi hasta los ojos, y la boca llena de dientes enormes. Entonces se impulsó apoyándose en las manos hasta levantar un pie enorme y una pierna y luego la otra, y así salió del agua y se quedó acuclillada y jadeante. Se levantó con calma, se sacudió y dio pataditas en el charco formado a sus pies. Los miraba de frente y sonreía. Enoch alcanzaba a ver una parte de la cara de Hazel Weaver observando a la mujer. No correspondió a la sonrisa, sino que siguió mirándola mientras ella se iba para un lugar soleado, justo debajo de donde ellos estaban sentados. Enoch tuvo que moverse un poco para ver.

La mujer se sentó en el lugar soleado y se quitó el gorro de baño. Tenía el pelo corto y apelmazado, de todos los colores, desde el rojizo intenso al amarillo limón desteñido. Sacudió la cabeza y luego miró otra vez a Hazel Weaver, sonriendo con aquella boca llena de dientes. Se tendió en el lugar soleado, levantó las rodillas y apoyó bien la espalda contra el cemento. En el otro extremo de la piscina, los dos niños se golpeaban las cabezas contra el borde. Ella se acomodó hasta quedar bien plana en el cemento y luego se bajó los tirantes del traje de baño.

-¡Jesús mío de mi alma! –susurró Enoch, y, antes de que consiguiera apartar los ojos de la mujer, Hazel Weaver se había levantado de un salto y ya casi estaba en su coche.

La mujer se sentó con la parte delantera del bañador medio caída y Enoch miraba hacia ambos lados a la vez. Le costó apartar la vista de la mujer y, cuando lo hizo, salió corriendo detrás de Hazel Weaver.

-¡Espérame! –gritó mientras agitaba los brazos delante del coche, que ya traqueteaba otra vez y empezaba a moverse.

Hazel Weaver apagó el motor. A través del parabrisas se veía su cara agria, como de sapo; parecía llevar un grito encerrado en su interior, como las puertas de esos armarios que salen en las películas de gángsteres, detrás de las cuales hay alguien atado a una silla con una toalla en la boca.

-Vaya –dijo Enoch-, pero si es el mismísimo Hazel Weaver. ¿Qué tal, Hazel?
-El guarda me dijo que t’encontraría en la piscina –comentó Hazel Weaver-. Dijo que t’escondías en los arbustos a espiar a los que nadan.

Enoch se sonrojó.

-Siempre m’ha gustao la natación –dijo. Metió un poco más la cabeza por la ventanilla-. ¿Me buscabas a mí? –preguntó, entusiasmado.
-Esa gente, esos que se llaman Moats –dijo Hazel-, ¿te dijeron dónde vivían?

Enoch no parecía haberlo oído.

-¿Has venío hast’aquí na más pa verme? –preguntó.
-Asa y Sabbath Moats… la chica te regaló el pelapatatas. ¿Te dijo ella dónde vivían?

Enoch sacó la cabeza del interior del coche. Abrió la portezuela y se sentó al lado de Hazel. Por un momento se limitó a mirarlo y a mojarse los labios. Luego murmuró:

-Tengo que mostrarte algo.
-Busco a esa gente –insistió Hazel-. Tengo que ver a ese hombre. ¿Te dijo ella dónde vivían?
-Tengo que mostrarte una cosa –dijo Enoch-. Tengo que mostrártela, aquí, esta tarde. Sin falta.

Agarró a Hazel Weaver del brazo y Hazel Weaver se zafó.

-¿Te dijo ella dónde vivían? –volvió a preguntar Hazel.

Enoch seguía mojándose los labios. Eran pálidos salvo por la boquera color violeta.

-Claro –respondió-. ¿Acaso no m’ha invitao pa que vaya verla y lleve l’armónica? Primero tengo que mostrarte una cosa –repitió-, y después te lo digo.
-¿Qué cosa? –refunfuñó Hazel.
-Una cosa que te tengo que mostrar –contestó Enoch-. Tira pa adelante, que te digo dónde parar.
-No quiero ver nada tuyo –dijo Hazel Weaver-. Necesito esa dirección.
-Si no vienes, no me voy acordar –dijo Enoch.

No miraba a Hazel Weaver. Miraba por la ventanilla. Al cabo de un momento, el coche arrancó. A Enoch le latía la sangre muy deprisa. Sabía que antes de ir para allá debía pasar por la "Botella Helada" y el zoológico. Ya estaba viendo que la pelea con Hazel Weaver sería terrible. Debía llevarlo para allá, aunque tuviera que golpearlo en la cabeza con una piedra y cargarlo a la espalda si hacía falta.

Enoch tenía la cabeza dividida en dos partes. La parte que se comunicaba con su sangre era la que lo calculaba todo, pero nunca decía nada con palabras. La otra parte estaba repleta de palabras y frases. Mientras la primera calculaba cómo conseguir que Hazel Weaver pasara por la "Botella Helada" y el zoológico, la segunda preguntaba.

-¿De ande has sacao un coche tan lindo? ¿Por qué no le pones unos carteles por fuera que digan algo así como: “Súbete, nena”? Una vez vi uno con un cartel así y también vi uno con…

La cara de Hazel Weaver parecía tallada en la roca.

-Mi papá tuvo una vez un Ford amarillo que se ganó en una rifa –murmuró Enoch-. Un despacotable, con dos antenas y una cola d’ardilla d’adorno. Lo cambiamos. ¡Para! ¡Paráquí! –gritó… pasaban delante de la "Botella Helada".
-¿Dónde está? –preguntó Hazel Weaver en cuanto entraron.

Se encontraban en un cuarto oscuro, con un mostrador dispuesto en el fondo y taburetes marrones, con forma de seta, delante del mostrador. En la pared de enfrente de la puerta había un anuncio enorme de helado en el que se veía una vaca vestida de ama de casa.

-No está aquí –dijo Enoch-. Tenemos que parar aquí. Nos tomamos algo y después vamos. ¿Qué quieres?
-Na –refunfuñó Hazel.

Se quedó tieso, en medio del cuarto, con las manos en los bolsillos y el cuello encogido entre los hombros.

-Siéntate –le dijo Enoch-. Me tengo que tomar algo.

Detrás del mostrador hubo un movimiento y una mujer con el pelo cortado a lo paje se levantó de la silla donde estaba leyendo el diario y avanzó hacia ellos. Lanzó una mirada agria a Enoch. Vestía un uniforme cubierto de manchas marrones que, en otro tiempo, había sido blanco.

-¿Qué quieres? –le preguntó en voz alta al tiempo que se le acercaba al oído como si fuera sordo. Tenía cara de hombre y brazos grandes y musculosos.
-Un batido de leche malteada y chocolate, nena –contestó Enoch en voz baja-. Con mucho helao.

Se apartó de él con rabia y miró a Hazel.

-Él no quiere na, dice que se va a sentar aquí a mirarte un rato –le aclaró Enoch-. Dice que l’único que l’apetece es mirarte.

Hazel miró a la mujer con cara inexpresiva, ella le dio la espalda y se puso a preparar el batido. Hazel se sentó en el último taburete de la fila y empezó a hacer crujir los nudillos.

Enoch lo observaba con atención.

-Me parece qu’has cambiao bastante –murmuró al cabo de un momento.

Hazel volvió la cabeza con un respingo.

-Quiero la dirección d’esa gente. Ara mismo –le ordenó.

Enoch se acordó de inmediato. La policía. Se le iluminó la cara con aquel recuerdo secreto.

-No sé –dijo Enoch-, me parece que ya no vienes con tantos humos como antes.

“Habrá roabao el coch’ese”, pensó.

Hazel Weaver volvió a sentarse. Su cara siguió impasible, pero en el fondo de los ojos amargos y húmedos algo se movió. Se apartó de Enoch.

-¿Cómo es qu’allá en la piscina te levantastes tan rápido? –preguntó Enoch.

La mujer se volvió hacia él con la leche malteada en la mano.

-Claro que –añadió Enoch con malicia- yo tampoco no hubiera tenío tratos con una tipa tan fea como esa.

La mujer plantificó la leche malteada sobre el mostrador, delante de él.

-Son quince centavos –rugió.
-Tú vales más que’eso, nena –dijo Enoch.

Rió entre dientes y se puso a hacer burbujas en la leche malteada con la pajita. La mujer se acercó a grandes pasos hasta Hazel.

-¿Para qué vienes aquí con un hijo de puta como éste? –le gritó- Mira que venir aquí con un hijo de puta como este, un muchacho tan guapo y tranquilo como tú. Deberías fijarte mejor con quién te juntas.

Se llamaba Maude y se pasaba el día bebiendo whisky de un bote que guardaba debajo del mostrador.

-¡Ay, Jesús! –exclamó limpiándose la nariz con el dorso de la mano.

Se sentó en una silla de respaldo recto, delante de Hazel, pero mirando a Enoch, y cruzó los brazos sobre el pecho.

-Viene to los días –le contó a Hazel mirando a Enoch-, viene to los santos días, el hijo de puta.

Enoch pensaba en los animales. Tenían que ir cerca de donde estaban los animales. Los odiaba; de solo pensar en ellos, la cara se le ponía morada tirando a chocolate, como si la leche malteada se le subiera a la cabeza.

-Tú eres un muchacho guapo –dijo Maude-. Se nota que’res trigo limpio, sigue así, no te juntes con un hijo de puta como ese que’está ahí sentado. Siempre sé reconocer a los muchachos que son trigo limpio.

Le gritaba a Enoch, pero Enoch observaba a Hazel Weaver. Era como si algo dentro de Hazel Weaver estuviese juntando presión, aunque por fuera se lo viese tranquilo y ni siquiera moviera las manos. Parecía embutido en aquel traje azul, encerrado en él, mientras aquella cosa seguía juntando presión. La sangre le dijo a Enoch que debía darse prisa. Chupó con fuerza la pajita y se terminó la leche malteada.

-Sí, señor –dijo la mujer-, no hay nada más dulce qu’n muchacho limpio. Pongo a Dios por testigo. Y distingo a un muchacho que’es trigo limpio en cuanto lo veo, así como distingo a un hijo de puta en cuanto lo veo, y qué diferencia, vaya qué diferencia, y ese cabrón, granujiento, que chupa la pajita, es un maldito hijo de puta y tú, que’eres trigo limpio, más te vale fijarte con quién te juntas. Porque yo distingo a un muchacho limpio en cuanto lo veo.

Enoch hizo rechinar el fondo del vaso. Se hurgó el bolsillo, sacó quince centavos, los puso sobre el mostrador y se levantó. Hazel Weaver ya estaba en pie; se inclinó sobre el mostrador hacia la mujer. Ella no lo vio enseguida, porque miraba a Enoch. Hazel apoyó las manos en el mostrador y se impulsó hasta que su cara quedó muy cerca de la de ella. La mujer se dio la vuelta y se lo quedó mirando.

-Vamos –dijo Enoch-, no hay tiempo pa tontear con ella. Tengo que mostrarte eso ara mismo, tengo que…
-No soy trigo limpio… –dijo Hazel.

Enoch no oyó aquellas palabras hasta que Hazel las repitió.

-No soy trigo limpio –repitió sin torcer el gesto, sin que le temblara la voz, mirando a la mujer como quien mira un pedazo de madera.

Ella le clavó los ojos, asombrada, y luego enfurecida.

-¡Y a mí qué! –gritó- ¿Qué carajo m’importa lo que tú seas?
-Vamos –gimió Enoch-, vamos o no te diré dónde vive esa gente.

Agarró a Hazel del brazo, lo apartó del mostrador y tiró de él en dirección a la puerta.

-¡Cabrón! –chilló la mujer-. ¿Qué carajo m’importa a mí de ninguno de vosotros, mugrientos?

Hazel Weaver abrió la puerta de un empellón, a toda prisa, y salió. Se subió a su coche y Enoch se montó detrás de él.

-Mu bien –dijo Enoch-. Tira to recto por este camino.
-¿Qué me pides por decírmelo? –preguntó Hazel-. No me voy a quedar. Tengo que irme. Ya no puedo quedarme aquí.

Enoch se estremeció. Empezó a mojarse los labios.

-Tengo que mostrarte una cosa –dijo Enoch con voz quebrada-. Solamente te la puedo mostrar a ti. Tuve una señal que eras tú cuando te vi en la piscina. Desd’esta mañana supe que’iba venir alguien y, cuando te vi en la piscina, tuve una señal.
-A mí qué m’importan tus señales –dijo Hazel.
-Voy a ver esa cosa to los días –dijo Enoch-. Voy to los días y hast’ara nunca he podío llevar a nadie. Tenía que’esperar la señal. Te voy a dar la dirección d’esa gente cuando veas esa cosa. Tienes que verla –insistió-. Cuando la veas, algo va pasar.
-No va pasar na –dijo Hazel.

Puso el coche otra vez en marcha y Enoch se sentó en el borde del asiento.

-Los animales –masculló-. Antes tenemos que pasar por dond’están los animales. Va ser rápido. No tardamos na.

Vio a los animales esperándolo con ojos malvados. Se preguntó qué pasaría si de pronto llegaba la policía, con las sirenas y los coches patrulla, dando gritos, y se llevaban a Hazel Weaver justo antes de que él le mostrase aquella cosa.

-Tengo que ver a esa gente –dijo Hazel.
-¡Para! ¡Par’aquí! –gritó Enoch.

A la izquierda se alineaba una hilera larga y reluciente de jaulas de acero, y, detrás de los barrotes, unas siluetas negras se paseaban o estaban sentadas.

-Baja –ordenó Enoch-. No tardamos na.

Hazel se apeó, se detuvo y dijo:

-Tengo que ver a esa gente.
-Ya lo sé, ya lo sé, ven –refunfuñó Enoch.
-No me creo que sepas la dirección.
-¡Sí que la sé!¡Sí que la sé! –gritó Enoch-. ¡El número empieza por un dos, vamos!

Tiró de Hazel hacia las jaulas. En la primera había dos osos negros. Estaban sentados frente a frente, como dos matronas tomando el té, las caras amables, ensimismadas.

-Se pasan to el día ahí sentaos oliendo mal –observó Enoch-. Cada mañana viene un hombre a limpiar las jaulas con una manguera; cuando se va güelen igual de mal que antes.

Todos los animales del zoo le tenían un odio arrogante como el que siente la gente de sociedad por los trepadores. Enoch pasó delante de otras dos jaulas de osos, sin mirarlos siquiera, y se detuvo en la siguiente, donde dos lobos de ojos amarillos olfateaban los bordes del cemento.

-Hienas –explicó. No las aguanto.

Se acercó un poco más, escupió dentro de la jaula y le dio a uno de los lobos en la pata. El animal se fue hacia un costado con mirada aviesa. Enoch se olvidó un instante de Hazel Weaver. Después echó una rápida ojeada por encima del hombro para asegurarse de que seguía allí. Estaba a sus espaldas. No miraba a los animales. “Está pensando en la policía”, se dijo Enoch. Y en voz alta añadió.

-Vamos, no hay que ver los monos de las jaulas esas d’ahí.

Normalmente cuando se detenía delante de cada jaula hablaba solo y hacía comentarios obscenos, pero hoy, los animales no eran más que una formalidad por la que había que pasar. Dejó atrás a toda prisa las jaulas de los monos y en dos o tres ocasiones volvió la vista para asegurarse de que Hazel Weaver lo seguía. En la última jaula de los monos, como si no pudiera evitarlo, se detuvo.

-Fíjate en ese mono –dijo con rabia. El animal le daba la espalda gris salvo por el pequeño parche rosado del trasero-. Si yo tendría un culo así –comentó con gazmoñería-, me pasaría el día sentao y no iría por ahí enseñándoselo a toa la gente que viene al parque. Vamos, no tenemos que ver los pájaros d’ahí.

Pasó corriendo delante de las jaulas de los pájaros y llegó al final del zoo.

-El coche no hace falta –anunció sin detenerse-, bajamos por esa colina d’allá, entre los árboles.

Se detuvo y vio que, en lugar de seguirlo, Hazel Weaver se había parado en la última jaula de los pájaros.

-Jesús mío de mi alma –refunfuñó. Se quedó donde estaba, agitó los brazos con desespero y gritó-: ¡Vamos!

Pero Hazel no se movió y siguió mirando en el interior de la jaula. Enoch fue corriendo hasta él y lo agarró del brazo, pero Hazel lo apartó con gesto distraído y siguió mirando el interior de la jaula. Estaba vacía. Enoch clavó la vista en su interior.

-¡Está vacía! –gritó- ¿Pa qué te paras a mirar una jaula vacía? Vamos –se quedó allí parado, sudoroso y lívido-. ¡Está vacía! –insistió a gritos, y entonces se dio cuenta de que no estaba vacía.

En un rincón, en el suelo de la jaula, se veía un ojo. El ojo estaba en el centro de algo, una especie de mata de pelo, y la mata de pelo estaba sentada encima de un trapo viejo. Se acercó a la malla metálica, entrecerró los ojos y vio que la mata de pelo era un búho con un ojo abierto. Miraba a Hazel Weaver directamente.

-Pero si es un búho –gimió-. Ya los vistes otras veces.
-No soy trigo limpio –le dijo Hazel al ojo.

Se lo dijo tal como se lo había dicho a la mujer en la "Botella Helada". El ojo se cerró con suavidad y el búho volvió la cabeza hacia la pared.

“Este ha asesinao a alguien”, pensó Enoch.

-¡Ay, Jesús mío de mi alma, vamos! –gimió-. Tengo que mostrart’esa cosa ara mismo.

Tiró de él, pero a pocos metros de la jaula Hazel volvió a detenerse y a mirar algo a lo lejos. Enoch era bastante corto de vista. Entornó los ojos y al final del camino, detrás de ellos, distinguió una figura y a ambos lados se veían otras dos figuras saltarinas más pequeñas.

Hazel Weaver se dio la vuelta de repente y le preguntó:

-¿Dónde está esa cosa? Vamos a verla ara mismo. Venga.
-Pero si yo te quiero llevar hast’allí –murmuró Enoch.

Notó que el sudor se le secaba en la piel causándole escozor y que se llenaba de sarpullidos hasta la cabeza.

-Hay qu’ir andando –anunció.
-¿Por qué? –rezongó Hazel.
-No sé –contestó Enoch.

Sabía que le iba a pasar algo. Sabía que le iba a pasar algo. La sangre dejó de latirle. Todo el rato había estado latiendo como tambores y ahora ya no latía. Echaron a andar colina abajo. Era una colina empinada, repleta de árboles con los troncos pintados de blanco hasta un metro del suelo. Era como si llevaran puestos calcetines cortos. Aferró a Hazel Weaver del brazo.

-Está mojao según vas bajando –dijo mirando a su alrededor vagamente.

Hazel Weaver se zafó de él. Al cabo de un instante, Enoch volvió a agarrarlo del brazo y lo detuvo. Señaló hacia los árboles.

-Muuvseeo –dijo.

Aquella palabra rara le produjo escalofríos. Era la primera vez que la pronunciaba en voz alta. Hacia donde señalaba se vio parte de un edificio gris. Se fue ensanchando a medida que bajaban la colina y, cuando llegaron al final del bosque y enfilaron el camino de grava, pareció encogerse de golpe. Era redondo, color del hollín. Tenía columnas en el frente y entre cada columna había una mujer sin ojos, con una vasija en la cabeza. Encima de las columnas había una banda de cemento que llevaba grabadas las letras M V S E O. Enoch tuvo miedo de volver a pronunciar aquella palabra.

-Tenemos que subir la escalera y entrar por la puerta d’adelante –susurró.

Había diez peldaños hasta el porche. La puerta era ancha y negra. Enoch la empujó con cuidado y asomó la cabeza por la rendija. Se apartó enseguida y dijo:

-Ta bien, entra y camina despacio. No quiero despertar al viejo ese que hace guardia. No es muy amable conmigo.

Se metieron por un corredor en penumbra. En el aire flotaba un fuerte olor a linóleo y creosota, y, oculto debajo de estos, había otro. Era un tufillo que Enoch no lograba nombrar, no se parecía a nada de lo que había olido antes. En el corredor sólo había dos urnas y un anciano que dormitaba sentado en una silla de respaldo recto, apoyada contra la pared. Llevaba el mismo uniforme que Enoch y era como una araña disecada, atrapada en aquella silla. Enoch miró a Hazel Weaver para saber si él también olía el tufillo. Le pareció que sí; a Enoch volvió a palpitarle la sangre, y esta vez, el sonido estaba más cerca, como si los tambores hubiesen avanzado medio kilómetro. Agarró a Hazel del brazo y recorrió el corredor de puntillas hasta otra puerta negra que había al final. La entreabrió un poco y asomó la cabeza por la rendija. Al cabo de nada, volvió a apartarla y con el índice le hizo a Hazel una seña para que lo siguiera. Entraron en otro corredor igual al anterior pero dispuesto de través.

-Está por esa primera puerta d’allá –dijo Enoch con un hilo de voz.

Entraron en una sala en penumbra, lleva de vitrinas de cristal. Las vitrinas de cristal tapizaban las paredes y, justo en el centro, había tres con forma de ataúd. Las arrimadas contra las paredes estaban llenas de aves puestas sobre bastones barnizados, se inclinaban hacia abajo y miraban con expresiones cáusticas, resecas.

-Vamos –musitó Enoch.

El sonido de tambores que notaba en la sangre se fue acercando más y más. Pasó delante de las dos vitrinas del centro y fue hacia la tercera. Se colocó en el extremo más alejado y se detuvo. Se quedó mirando hacia abajo, con el cuello estirado y las manos entrelazadas. Hazel Weaver se le acercó.

Los dos se quedaron allí de pie; Enoch, tieso. Hazel Weaver ligeramente inclinado hacia delante. En la vitrina había tres recipientes, una fila de armas desafiladas y un hombre. Enoch miraba al hombre. Medía menos de un metro. Estaba desnudo, tenía la piel reseca y amarillenta y los ojos cerrados con fuerza, como si un bloque gigantesco de acero le presionara la cabeza.

-Mira’l cartel –dijo Enoch en un susurro de iglesia, al tiempo que señalaba un tarjetón mecanografiado, a los pies del hombre-, pone que antes era alto como nosotros. Lo dejaron así en seis meses.

Volvió la cabeza con mucha prudencia para ver a Hazel Weaver. Lo único que pudo adivinar era que Hazel Weaver tenía los ojos clavados en el hombre reducido. Estaba inclinado hacia delante, de modo que la cara se le reflejaba en el cristal superior de la vitrina. El reflejo era pálido, y los ojos, como dos agujeros de bala perfectos. Enoch esperó, tieso. Oyó pasos en el corredor. “¡Ay Jesús mío, ay Jesús mío de mi alma –rogó-, que se dé prisa y haga lo que sea que tenga que hacer!” Los pasos se oyeron en la puerta. Vio a la mujer con los dos niños. Los llevaba de la mano, uno a cada lado, y sonreía. Hazel Weaver seguía con la vista clavada en el hombre reducido. La mujer fue hacia ellos. Se detuvo en el otro extremo de la vitrina y miró dentro; el reflejo de su cara apareció sonriente en el cristal, encima del de Hazel Weaver. Se rió por lo bajo y se tapó los dientes con dos dedos. Las caras de los niños eran como dos platillos dispuestos a ambos lados para recoger las sonrisas que ella dejaba escapar a raudales. Hazel echó la cabeza hacia atrás e hizo un ruido. Era un ruido que Enoch oía por primera vez. Podía muy bien haber salido del hombre de la vitrina. En un instante, Enoch supo que era de ahí de ahí de donde había salido.

-¡Espera! –gritó, y salió disparado de la sala, detrás de Hazel Weaver.

Adelantó a Hazel cuando ya se encontraba en mitad de la colina. Lo agarró del brazo, le dio la vuelta y se quedó inmóvil, repentinamente débil, ligero como un globo, con la mirada perdida. Hazel Weaver lo aferró por los hombros y lo sacudió.

-¿Cuál es la dirección? –gritó- ¡Dame esa dirección!

Aunque Enoch hubiese sabido la dirección, le habría sido imposible pensar en ella en ese momento. Ni siquiera era capaz de tenerse en pie. En cuanto Hazel Weaver lo soltó, cayó de espaldas y fue a dar contra uno de los árboles de los calcetines blancos. Se dio la vuelta y se quedó tendido en el suelo, con cara de exaltado. Creyó estar flotando. Lejos, muy lejos, vio la silueta azul pegar un salto y coger una piedra, y vio la cara enloquecida volverse, y vio la piedra que volaba hacia él; sonrió y cerró los ojos. Cuando los abrió otra vez, Hazel Weaver ya no estaba. Se pasó los dedos por la frente y los puso delante de los ojos. Estaban manchados de rojo. Se volvió y vio una gota de sangre en el suelo y, mientras la miraba, tuvo la impresión de que se ensanchaba como un arroyuelo. Se incorporó, aterido de frío, la tocó con el dedo y, muy débil, le llegó el latido de su sangre, de su sangre secreta, en el centro de la ciudad.

Flannery O'Connor (1925-1964)




Relatos góticos. I Relatos Mary Flannery O'Connor.


El análisis y resumen del cuento de Flannery O'Connor: El corazón del parque (The Heart of the Park) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un buen hombre es difícil de encontrar»; Flannery O'Connor; relato y análisis.


«Un buen hombre es difícil de encontrar»; Flannery O'Connor; relato y análisis.




Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard to Find) es un relato del gótico sureño de la escritora norteamericana Mary Flannery O'Connor (1925-1964), publicado en 1953.

Un buen hombre es difícil de encontrar es uno de los mejores cuentos de Mary Flannery O'Connor, y tal vez del más controversial de todos los que conforman su obra.

La prudencia exige no adelantar nada sobre la trama, pero hay que advertir que los primeros párrafos de Un buen hombre es difícil de encontrar sugieren un desarrollo costumbrista que nada tiene que ver con las verdaderas intenciones del relato, las cuales se manifiestan en uno de los mejores finales del relato corto de terror de aquella década, colocando a Mary Flannery O'Connor entre los grandes maestros del gótico sureño.




Un buen hombre es difícil de encontrar.
A Good Man Is Hard To Find, Mary Flannery O' Connor (1925-1964)

La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva del Journal.

—Mira esto, Bailey —dijo ella—, mira esto, léelo.

Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.

—Aquí, ese tipo que s'hace llamar el Desequilibrado s'ha escapao de la Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente. Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal d'esa calaña suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.

Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha e inocente como un repollo, con un pañuelo verde atado con dos puntas en lo alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.

—Los niños y'han estao en Florida —dijo la anciana señora—. Deberías llevarlos a otro sitio pa variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.

La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley, un niño robusto con anteojos, dijo:

—Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa? Él y su hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el suelo.
—No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día —dijo June Star sin levantar su cabeza amarilla.
—¿Y qué harían si este hombre, el Desequilibrado, los agarrara? —preguntó la abuela.
—Le daría un puñetazo en la cara —respondió John Wesley. —No se quedaría en casa ni por un millón de dólares —afirmó June Star—. Teme perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.
—Muy bien, señorita —dijo la abuela—. Acuérdate d'eso la próxima vez que me pidas que te ondule el pelo.

A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, el gato, en el interior. No tenía la menor intención de dejar solo al gato durante tres días, porque este la echaría mucho de menos y ella temía que se frotara con la llave del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llevar un gato a un motel.

Se sentó en el centro del asiento trasero, con John Wesley y June Star a cada lado. Bailey, la madre de los niños, y el bebé se sentaron adelante. Y así salieron de Atlanta, a las ocho y cuarenta y cinco, con el cuentakilómetros del coche en 89.927. La abuela lo anotó, porque pensó que sería interesante decir cuántos kilómetros habían hecho cuando regresaran. Tardaron veinte minutos en llegar a las afueras de la ciudad.

La anciana se sentó cómodamente, se quitó los guantes de algodón y los dejó con su bolso en la repisa de la ventanilla de atrás. La madre de los niños aún llevaba los pantalones y la cabeza atada con el pañuelo verde; la abuela, en cambio, llevaba un sombrero de paja azul marino con un ramillete de violetas blancas en el ala y un vestido azul marino con pequeños lunares blancos. El cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado. En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama.

Dijo que pensaba que sería un buen día para conducir, pues no hacía demasiado calor ni demasiado frío, y advirtió a Bailey que el límite de velocidad era de ochenta kilómetros por hora, que los coches patrulla se escondían detrás de carteles publicitarios y de pequeños grupos de árboles y que podían salir disparados en su persecución sin darle tiempo a aminorar la marcha. Señaló los detalles interesantes del paisaje: la montaña Stone, el granito azul que en algunos lugares asomaba a ambos lados de la carretera, las lomas de brillante arcilla roja ligeramente rayadas de púrpura, y las mieses que trazaban líneas de encaje verde sobre el terreno. Los árboles estaban llenos de la luz blanca y plateada del sol y hasta los más míseros destellaban. Los chicos leían tebeos y su madre se había dormido.

—Pasemos Georgia a toda velocidad, así no tendremos que verla mucho —dijo John Wesley.
—Si yo fuera un niño —dijo la abuela—, no hablaría d'esa manera de mi estado natal. Tennessee tiene montañas y Georgia, colinas.
—Tennessee n'es más que un muladar lleno de pueblerinos y Georgia es también un estado asqueroso.
—Tú l'has dicho —dijo June Star.
—En mis tiempos —dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y venosos—, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono! —Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza—. Qué estampa más bonita, ¿verdá?

Todos se volvieron para mirar al negrito por la luneta trasera. Él saludó con la mano.

—Ese chico no llevaba pantalones —observó June Star.
—Probablemente no tiene —explicó la abuela—. Los negritos del campo no tienen las cosas que nosotros tenemos. Si supiera pintar, pintaría ese cuadro.

Los niños intercambiaron sus historietas. La abuela se ofreció a tomar al bebé y la madre de los chicos se lo pasó por encima del asiento delantero. La abuela lo sentó sobre sus rodillas y le hizo el caballito y le explicó lo que se veía por la ventanilla. Puso los ojos en blanco, frunció los labios y apretó su cara delgada y curtida contra la piel blanda y suave. De vez en cuando, el bebé le dedicaba una sonrisa distraída. Pasaron junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas de un cerco, como una isla pequeñita.

—¡Mirar el camposanto! —dijo la abuela señalándolo—. Era el antiguo camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.
—¿Dónde está la plantación? —preguntó John Wesley.
—El viento se la llevó —dijo la abuela—. Ja, ja.

Cuando los chicos terminaron de leer todos las historietas que habían llevado, abrieron la caja del almuerzo y se lo comieron. La abuela comió un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una aceituna, y no permitió que los chicos arrojasen la caja y las servilletas de papel por la ventanilla. Cuando no tuvieron otra cosa que hacer, se pusieron a jugar; elegían una nube y los otros tenían que adivinar qué forma sugería. John Wesley eligió una con forma de vaca y June Star adivinó la vaca y John Wesley dijo: «No, un coche», y June Star dijo que hacía trampas y comenzaron a pegarse por encima de la abuela.

La abuela dijo que les contaría un cuento si se quedaban calladitos. Cuando contaba un cuento, ponía los ojos en blanco, movía la cabeza y era muy histriónica. Contó que una vez, cuando era jovencita, la había cortejado un tal señor Edgar Atkins Teagarden, de Jasper, Georgia. Dijo que era un hombre muy apuesto y un caballero, y que todos los sábados por la tarde le llevaba una sandía con sus iniciales grabadas, E. A. T. Pues bien, un sábado por la tarde, el señor Teagarden llevó la sandía y no había nadie en la casa; la dejó en el porche de entrada y volvió a Jasper en su calesa, pero ella nunca vio la sandía, explicó, porque un chico negro se la comió cuando vio las iniciales, E. A. T.: come. A John Wesley le hizo mucha gracia la historia y reía y reía, pero June Star opinó que no tenía nada de gracioso. Dijo que nunca se casaría con un hombre que sólo le trajera una sandía los sábados. La abuela dijo que habría hecho muy bien en casarse con el señor Teagarden, porque era un caballero y había comprado acciones de Coca-Cola cuando salieron al mercado y había muerto, hacía unos pocos años, muy rico.

Se detuvieron en The Tower para tomar unos bocadillos calientes. The Tower era una gasolinera y sala de baile, en parte de estuco y en parte de madera, en un claro en las afueras de Timothy. Lo regentaba un hombre gordo llamado Red Sammy Butts, y había letreros aquí y allá sobre el edificio y a lo largo de varios kilómetros de la carretera que rezaban:

PRUEBA LA FAMOSA BARBACOA DE RED SAMMY. ¡NADA IGUALA AL FAMOSO RED SAMMY! EL GORDO DE LA SONRISA FELIZ. ¡UN VETERANO! ¡RED SAMMY ES EL HOMBRE QUE NECESITAS!

Red Sammy estaba tendido en el suelo fuera de The Tower con la cabeza bajo una camioneta, mientras un mono gris de unos treinta centímetros de altura, encadenado a un árbol del paraíso pequeño, chillaba cerca. El mono saltó hacia el arbolito y se encaramó a la rama más alta apenas vio a los chicos apearse del coche y correr hacia él.

El interior de The Tower era una larga habitación oscura con una barra en un extremo y mesas en el otro y una pista de baile en medio. Todos se sentaron a una mesa cerca de la máquina de discos y la esposa de Red Sam, una mujer alta y bronceada con ojos y cabellos más claros que la piel, llegó y tomó nota de lo que querían. La madre de los chicos insertó una moneda en la máquina y se pudo escuchar el «Vals de Tennessee», y la abuela dijo que esa melodía siempre le daba ganas de bailar. Preguntó a Bailey si quería bailar, pero él tan sólo la miró. No era de natural alegre como ella y los viajes lo ponían nervioso. Los ojos marrones de la abuela resplandecían. Movió la cabeza de un lado a otro e hizo como si bailara en la silla. June Star dijo que pusieran algo para que ella pudiera bailar claqué. Entonces la madre de los niños metió otra moneda y eligió una pieza más movida; June Star saltó a la pista de baile y bailó el claqué de costumbre.

—¡Qué graciosa! —exclamó la mujer de Red Sam, inclinada sobre la barra—. ¿Te gustaría quedarte aquí y ser mi pequeñita?
—Claro que no —contestó June Star—. No viviría en un lugar medio en ruinas como este ni por un millón de dólares. Y salió corriendo hacia la mesa.
—¡Qué graciosa! —repitió la mujer, estirando la boca con amabilidad.
—¿No te da vergüenza? —susurró la abuela.

Red Sam entró y le dijo a su mujer que dejara de holgazanear en la barra y que se apresurara a servir a esa gente. Los pantalones caquis le llegaban hasta las caderas y la barriga le caía sobre ellos como un saco de comida bamboleante bajo la camisa. Se acercó y se sentó a una mesa cercana; emitió una mezcla de suspiro y gritito en falsete.

—No hay manera. No hay manera —dijo, y se secó la cara sudorosa y roja con un pañuelo gris—. En estos tiempos que corren, no se sabe en quién confiar. ¿No es verdá?
—Desde luego, la gente ya no es como antes —sentenció la abuela.
—La semana pasada vinieron aquí dos tipos —explicó Red Sammy— que conducían un Chrysler. Un coche muy baqueteado pero bueno, y los muchachos me parecieron decentes. Dijeron que trabajaban en el molino y ¿saben que les permití poner en la cuenta la gasolina que compraron? ¿Por qué hice yo semejante cosa?
—¡Porque usté es un hombre bueno! —contestó de inmediato la abuela.
—Bueno, supongo que es así —dijo Red Sammy como si su respuesta lo hubiera dejado atónito.

La mujer sirvió lo que habían pedido. Llevaba los cinco platos al mismo tiempo sin usar bandeja, dos en cada mano y uno en equilibrio sobre el brazo.

—No hay una sola alma en este mundo de Dios en la que se pueda confiar —dijo—. Y yo no excluyo a nadie de la lista, a nadie —afirmó mirando a Red Sammy.
—¿Han leído algo sobre ese criminal, el Desequilibrado, que se escapó? —preguntó la abuela.
—No me sorprendería na que llegase a atacar este lugar —dijo la mujer—. Si oye lo qu'hay aquí, no me sorprendería verlo. Si se entera de que hay dos centavos en la caja, no me sorprendería que...
—Basta —dijo Red Sam—. Trae las Coca-Colas a esta gente. Y la mujer se retiró a buscar el resto del pedido.
—Un hombre bueno es difícil d'encontrar —dijo Red Sammy—. Las cosas s'están poniendo cada vez más feas. Yo m'acuerdo de qu'antes podías salir sin echar el cerrojo a la puerta. Eso s'acabó.

Él y la abuela hablaron de tiempos mejores. La anciana dijo que en su opinión Europa tenía la culpa de la situación actual. Dijo que por la manera en que actuaba Europa se podía llegar a pensar que estábamos hechos de dinero, y Red Sammy dijo que no valía la pena hablar de eso y que tenía toda la razón. Los chicos salieron corriendo a la luz blanca del sol y observaron al mono encadenado al árbol. Estaba entretenido quitándose pulgas y las mordía una a una como si se tratase de un bocado exquisito.

De nuevo partieron en la tarde calurosa. La abuela dormitaba y se despertaba a cada rato con sus propios ronquidos. En las afueras de Toombsboro se despertó y se acordó de una vieja plantación que había visitado en los alrededores una vez, cuando era joven. Dijo que la mansión tenía seis columnas blancas en el frente y que había una avenida de robles que conducía hasta la casa y dos pequeñas glorietas con enrejado de madera donde te sentabas con tu pretendiente después de pasear por el jardín. Recordaba con exactitud por qué carretera había que doblar para llegar allí. Sabía que Bailey no estaría dispuesto a perder el tiempo viendo una casa vieja, pero cuanto más hablaba de ella más ganas tenía de volver a verla y comprobar si las dos pequeñas glorietas seguían en pie.

—Había un panel secreto en la casa —afirmó astutamente, sin decir la verdad pero deseando que lo fuera—, y se contaba que toda la plata de la familia estaba escondida allí cuando llegó Sherman, pero nunca la encontraron...
—¡Eeeh! —dijo John Wesley—. ¡Vamos a verlo! ¡L'encontraremos nosotros! ¡Lo registraremos to y l'encontraremos! ¿Quién vive allí? ¿Dónde hay que girar? Eh, papá, ¿no podemos girar allí?
—¡Nunca hemos visto una casa con un panel secreto! —chilló June Star—. ¡Vayamos a la casa con el panel secreto! Eh, papá, ¿no podemos ir a ver la casa con el panel secreto?
—No está lejos d'aquí, lo sé —aseguró la abuela—. No tardaríamos más de veinte minutos.

Bailey miraba al frente. Tenía la mandíbula tan rígida como la herradura de un caballo.

—No —dijo.

Los chicos comenzaron a alborotar y a gritar que querían ver la casa con el panel secreto. John Wesley la emprendió a patadas contra el respaldo del asiento delantero, y June Star se colgó del hombro de su madre y le gimoteó desesperada al oído que nunca se divertían, ni siquiera en vacaciones, que nunca les dejaban hacer lo que querían. El bebé empezó a llorar y John Wesley pateó el respaldo del asiento con tal fuerza que su padre notó los golpes en los riñones.

—¡Muy bien! —gritó, y aminoró la marcha hasta parar a un costado de la carretera—. ¿Quieren cerrar la boca? ¿Quieren cerrar la boca un minuto? Si no se callan, no iremos a ningún lado.
—Sería muy educativo pa ellos —murmuró la abuela.
—Muy bien —dijo Bailey—, pero métanse esto en la cabeza: es la única vez que vamos a parar por algo así. La primera y la última.
—El camino de tierra donde debes doblar queda dos kilómetros atrás —observó la abuela—. Lo vi cuando lo pasamos.
—Un camino de tierra —gruñó Bailey.

Después de dar la vuelta en dirección al camino de tierra, la abuela recordó otros detalles de la casa, el hermoso vidrio sobre la puerta de entrada y la lámpara de velas en el recibidor. John Wesley dijo que el panel secreto probablemente estaría en la chimenea.

—No se puede entrar en esa casa —dijo Bailey—. No sabemos quién vive allí.
—Mientras ustedes hablan con la gente delante de la casa, yo correré hacia la parte d'atrás y entraré por una ventana —propuso John Wesley.
—Nos quedaremos todos en el coche —dijo la madre.

Doblaron por el camino de tierra y el coche avanzó a tropezones en un remolino de polvo colorado. La abuela recordó los tiempos en que no había carreteras pavimentadas y hacer cincuenta kilómetros representaba un día de viaje. El camino de tierra era abrupto y súbitamente se encontraban con charcos y curvas cerradas en terraplenes peligrosos. Tan pronto se hallaban en lo alto de una colina, desde donde se dominaban las copas azules de los árboles que se extendían a lo largo de kilómetros, como en una depresión rojiza dominada por los árboles cubiertos de una capa de polvillo.

—Mejor será que aparezca ese lugar antes de un minuto —dijo Bailey—, o daré la vuelta.

Daba la impresión de que nadie había pasado por aquel camino desde hacía meses.

—No falta mucho —comentó la abuela, y apenas lo hubo dicho cuando tuvo un pensamiento horrible. Le produjo tal vergüenza que la cara se le puso colorada y se le dilataron las pupilas y sus pies dieron un salto, de modo que movieron la bolsa de viaje en el rincón. En el momento en que se movió la bolsa, el periódico que había colocado sobre la cesta se levantó con un maullido y Pitty Sing, el gato, saltó sobre el hombro de Bailey.

Los chicos cayeron al suelo y su madre, con el bebé en brazos, salió disparada por la portezuela y se desplomó en la tierra; la vieja dama se vio arrojada hacia el asiento delantero. El automóvil dio una vuelta y aterrizó sobre el costado derecho, en una zanja al lado del camino. Bailey se quedó en el asiento del conductor con el gato —de rayas grises, cara blanca y hocico naranja— todavía agarrado al cuello como una oruga.

Tan pronto como los chicos se dieron cuenta de que podían mover los brazos y las piernas, salieron arrastrándose del coche y gritaron: «¡Hemos tenío un accidente!». La abuela estaba hecha un ovillo bajo el salpicadero y esperaba estar tan malherida que la furia de Bailey no cayera sobre ella. El pensamiento terrible que había tenido antes del accidente era que la casa que recordaba tan vívidamente, no estaba en Georgia, sino en Tennessee.

Bailey se quitó el gato del cuello con las manos y lo arrojó por la ventanilla contra el tronco de un pino. Luego salió del coche y empezó a buscar a la madre de los chicos. Estaba sentada en la cuneta, con el chico, que no paraba de llorar, en brazos, pero sçolo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto. «¡Hemos tenío un accidente!», gritaban los chicos en un delirio de felicidad.

—Pero nadie se ha muerto —señaló june Star con cierta desilusión, mientras la abuela salía rengueando del coche, con el sombrero todavía prendido a la cabeza pero el encaje delantero roto y levantado en un airoso ángulo y el ramito de violetas caído a un costado.

Se sentaron todos en la cuneta, excepto los chicos, para recobrarse de la conmoción. Estaban todos temblando.

—Tal vez pase algún coche —dijo la madre de los niños con voz ronca.
—Creo que m'hecho daño en algún órgano —comentó la abuela apretándose el costado, pero nadie le prestó atención.

A Bailey le castañeteaban los dientes. Llevaba una camisa amarilla de sport, con un estampado de loros en un azul vivo y tenía la cara tan amarilla como la camisa. La abuela decidió no comentar que la casa en cuestión estaba en Tennessee.

La carretera quedaba unos tres metros más arriba y sólo podían ver las copas de los árboles al otro lado. Detrás de la cuneta donde estaban sentados había más árboles, altos, oscuros y graves. A los pocos minutos divisaron un coche a cierta distancia, en lo alto de una colina; avanzaba lentamente como si sus ocupantes los estuvieran observando. La abuela se puso en pie y agitó los brazos dramáticamente para atraer su atención. El automóvil continuó avanzando con lentitud, desapareció en un recodo y volvió a aparecer, rodando aún más despacio, sobre la colina por la que ellos habían pasado. Era un vehículo grande y baqueteado, parecido a un coche fúnebre. Había tres hombres dentro.

Se detuvo justo a su lado y durante unos minutos el conductor miró fija e inexpresivamente hacía donde estaban sentados, sin decir palabra. Luego volvió la cabeza, susurró algo a los otros dos y se apearon. Uno era un muchacho gordo con pantalones negros y una sudadera roja con un semental plateado estampado delante. Caminó, se colocó a la derecha del grupo y se quedó mirándolos con la boca entreabierta en una floja sonrisa burlona. El otro llevaba pantalones color caqui, una chaqueta de rayas azules y un sombrero gris echado hacia delante que le tapaba casi toda la cara. Se acercó despacio por la izquierda. Ninguno de los dos habló.

El conductor salió del coche y se quedó junto a él mirándolos. Era mayor que los otros. Su pelo empezaba a encanecer y llevaba unas gafas con montura plateada que le daban aspecto académico. Tenía el rostro largo y arrugado, y no llevaba camisa ni camiseta. Vestía unos tejanos que le quedaban demasiado ajustados y llevaba en la mano un sombrero y una pistola. Los dos muchachos llevaban pistolas.

—¡Hemos tenío un accidente! —gritaron los niños.

La abuela tuvo la extraña sensación de que conocía al hombre de las gafas. Le sonaba tanto su cara que era como si le hubiera conocido de toda la vida, pero no lograba recordar quién era. Él se alejó del coche y empezó a bajar por el terraplén dando los pasos con sumo cuidado para no resbalar. Calzaba zapatos blancos y marrones y no llevaba calcetines; sus tobillos eran flacos y rojos.

—Buenas tardes —dijo—. Veo que han tenío un accidente de na.
—¡Hemos dao dos vueltas de campana! —dijo la abuela.
—Una —corrigió él—. Lo hemos visto. Hiram, prueba el coche a ver si funciona —indicó en voz baja al muchacho del sombrero gris.
—¿Pa qué lleva esa pistola? —preguntó John Wesley—. ¿Qué va hacer con ella?
—Señora —dijo el hombre a la madre de los chicos—, ¿le importaría decirles a esos chicos que se sienten a su lao? Los niños me ponen nervioso. Quiero que se queden sentados juntos.
—¿Quién es usté pa decirnos lo que debemos hacer? —preguntó June Star.

Detrás de ellos, la línea de los árboles se abrió como una oscura boca.

—Vengan aquí —dijo la madre.
—Verá usted —dijo Bailey de pronto—, estamos en un apuro. Estamos en...

La abuela soltó un chillido. Se levantó trabajosamente y lo miró de hito en hito.

—¡Usté es el Desequilibrado! ¡Lo he reconocío na más verlo!
—Sí, señora —dijo el hombre, que sonrió levemente como si estuviera satisfecho a pesar de que lo hubieran reconocido—, pero habría sido mejor pa todos ustedes, señora, que no me hubiese reconocío.

Bailey volvió la cabeza bruscamente y dijo a su madre algo que dejó atónitos hasta a los niños. La anciana se echó a llorar y el Desequilibrado se ruborizó.

—Señora —dijo—, no se disguste. A veces un hombre dice cosas que no piensa. No creo qu'haya querido hablarle d'esa manera.
—Tú no dispararías a una dama, ¿verdá? —dijo la abuela, que se sacó un pañuelo limpio del puño y empezó a secarse los ojos.

El Desequilibrado clavó la punta del zapato en el suelo, hizo un pequeño hoyo y luego lo tapó de nuevo.

—No me gustaría na tener qu'hacerlo.
—Escucha —dijo la abuela casi a gritos—, sé qu'eres un buen hombre. No pareces tener la misma sangre que los demás. ¡Sé que debes de venir d'una buena familia!
—Sí, señora —afirmó él—, la mejor del mundo. —Cuando sonreía mostraba una hilera de fuertes dientes blancos—. Dios nunca creó a una mujer mejor que mi madre, y papá tenía un corazón d'oro puro.

El muchacho de la sudadera roja se había colocado detrás de ellos con la pistola en la cadera. El Desequilibrado se acuclilló.

—Vigila a los niños, Bobby Lee —dijo—. Sabes que me ponen nervioso.

Miró a los seis apiñados ante él y dio la impresión de estar incómodo, como si no se le ocurriera qué decir.

—No hay ni una nube en el cielo —comentó alzando la vista—. No se ve el sol, pero tampoco hay nubes.
—Sí, es un día hermoso —dijo la abuela—. Escucha, no te tendrías que apodar el Desequilibrado, porque yo sé que en el fondo eres un hombre bueno. Con solo mirarte ya me doy cuenta.
—¡Calla! —gritó Bailey—. ¡Calla! ¡Cállense todos y déjenme a mí arreglar esto! —Estaba en cuclillas como un atleta a punto de iniciar la carrera, pero no se movió.
—Muchas gracias, señora —dijo el Desequilibrado, y dibujó un circulito con la culata de la pistola.
—Tardaremos una media hora en arreglar el coche —avisó Hiram mirando por encima del capó abierto.
—Bueno, primero tú y Bobby Lee lleven a él y al niño allá —dijo el Desequilibrado señalando a Bailey y a John Wesley—. Los muchachos quieren preguntarle algo —explicó a Bailey—. ¿Le importaría acompañarlos hasta el bosque?
—Escuche —comenzó Bailey—, ¡estamos en un gran aprieto! Nadie se da cuenta de lo qu'es esto. —Y se le quebró la voz. Tenía los ojos tan azules y brillantes como los loros de su camisa, y se quedó absolutamente inmóvil.

La abuela levantó la mano para ponerse bien el ala del sombrero como si fuera al bosque con él, pero se le desprendió entre los dedos. Se quedó mirándola y después de un segundo la dejó caer al suelo. Hiram levantó a Bailey tomándolo del brazo como si estuviera ayudando a un anciano. John Wesley agarró la mano de su padre y Bobby Lee se colocó detrás de ellos. Se encaminaron hacia el bosque y, cuando llegaron al borde oscuro, Bailey se dio la vuelta y, apoyándose contra el tronco gris y pelado de un pino, gritó:

—¡Estaré de vuelta en un minuto, espérame, mamá!
—¡Vuelve ahora mismo! —exclamó la abuela, pero todos desaparecieron en el bosque—. ¡Bailey, hijo! —gritó con voz trágica, pero se encontró con que estaba mirando al Desequilibrado, que estaba acuclillado delante de ella—. Sé muy bien qu'eres un hombre bueno —le dijo con desesperación—. ¡No eres una persona corriente!
—No, no soy un hombre bueno —repuso el Desequilibrado un instante después, como si hubiera considerado su afirmación con sumo cuidado—, pero tampoco soy lo peor del mundo. Mi viejo decía que yo era un perro de raza diferente de la de mis hermanos y hermanas. «Mira —decía mi viejo—, hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d'estos últimos. ¡Va estar en to!»

Se puso el sombrero y súbitamente alzó la mirada y la dirigió hacia el bosque como si de nuevo se sintiera incómodo.

—Perdonen qu'esté sin camisa delante de ustedes, señoras —añadió encorvando un poco los hombros—. Enterramos la ropa que teníamos cuando escapamos y nos apañamos con lo que tenemos hasta que consigamos algo mejor. Esta ropa nos la prestaron unos tipos que encontramos.
—No pasa na —observó la abuela—. Tal vez Bailey tenga otra camisa en su maleta.
—Luego la buscaré —dijo el Desequilibrado.
—¿Adónde se lo están llevando? —gritó la madre de los niños.
—Papá era un gran tipo —dijo el Desequilibrado—. No había quien l'engañara. Pero nunca tuvo problemas con las autoridades. Tenía l'habilidá de saber tratarlos.
—Tú podrías ser honrado si te lo propusieras —afirmó la abuela—. Piensa en lo bonito que sería establecerse en algún sitio y vivir cómodamente sin que nadie t'estuviera persiguiendo to el tiempo.

El Desequilibrado escarbaba en el suelo con la culata de la pistola como si estuviera reflexionando sobre estas palabras.

—Sí, siempre hay alguien persiguiéndote —murmuró.

La abuela reparó en cuán delgados eran sus omóplatos detrás del sombrero, porque estaba de pie y lo miraba desde arriba.

—¿Rezas alguna vez? —preguntó.

Él negó con la cabeza. Ella sólo vio cómo el sombrero negro se movía entre sus omóplatos.

—No.

Sonó un disparo de pistola en el bosque, seguido de inmediato por otro. Luego, silencio. La cabeza de la anciana dio una sacudida. Oyó cómo el viento se movía entre las copas de los árboles como una larga inspiración satisfecha.

—¡Bailey, hijo! —gritó.
—Durante un tiempo fui cantante de gospel —explicó el Desequilibrado—. He sido casi to. Serví en el Ejército de Tierra y en la Marina, aquí y en el extranjero. Me casé dos veces, trabajé de sepulturero, trabajé en los ferrocarriles, aré la madre tierra, presencié un tornado, una vez vi quemar vivo un hombre. —Y miró a la madre de los chicos y a la niña, que estaban sentadas muy juntas, con la cara blanca y los ojos vidriosos—. Hasta he visto azotar a una mujer.
—Reza, reza —empezó a repetir la abuela—, reza, reza...
—No era un chico malo por lo que recuerdo —prosiguió el Desequilibrado con voz casi soñadora—, pero en algún momento hice algo malo y m'enviaron a la penitenciaría. M'enterraron vivo.

Miró hacia arriba y mantuvo la atención de la abuela con una mirada fija.

—Fue entonces cuando deberías haber comenzado a rezar —dijo ella—. ¿Qu'hiciste pa que te enviaran a la penitenciaría la primera vez?
—Doblabas a la derecha y había una pared —explicó el Desequilibrado con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes—. Doblabas a la izquierda y había una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo. Olvidé lo qu'había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar lo qu'había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo. De vez en cuando pensaba que lo recordaría, pero no fue así.
—Tal vez t'encerraron por error —apuntó la anciana. —No —dijo él—. No hubo error. Había pruebas contra mí. —Tal vez robaste algo.

El Desequilibrado soltó una risita burlona.

—Nadie tenía na que yo quisiese. Un jefe de médicos de la penitenciaría dijo que lo que yo había hecho fue matar a mi padre, pero sé que es mentira. Mi viejo murió en mil novecientos diecinueve de la epidemia de gripe y yo nunca tuve na que ver con eso. L'enterraron en el cementerio de la iglesia baptista de Mount Hopewell y usté puede ir y verlo por sí misma.
—Si rezaras —dijo la anciana—, Cristo te ayudaría.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué no rezas? —preguntó ella, temblando de súbita alegría.
—No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.

Bobby Lee y Hiram regresaron del bosque con paso lento. Bobby Lee arrastraba una camisa amarilla con loros azules estampados.

—Tírame esa camisa, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado.

La camisa llegó volando, aterrizó en su hombro y se la puso. La abuela no podía pensar en lo que le hacía recordar esa camisa.

—No, señora —prosiguió el Desequilibrado mientras se abrochaba los botones—, comprendí que el delito da igual. Puedes hacer una cosa o hacer otra, matar a un hombre o quitarle una rueda del coche, porque tarde o temprano t'olvidas de lo qu'has hecho y simplemente te castigan por ello.

La madre de los chicos comenzó a emitir sonidos entrecortados, como si no pudiese respirar.

—Señora —dijo él—, ¿podrían usted y la pequeña acompañar a Hiram y a Bobby Lee hasta donde está su esposo?
—Sí, gracias —dijo la madre débilmente. Su brazo izquierdo colgaba inútil, y llevaba al bebé, que se había quedado dormido, en el otro.
—Ayuda a la señora, Hiram —dijo el Desequilibrado, cuando ella trataba penosamente de subir por la zanja—. Y tú, Bobby Lee, toma a la pequeña de la mano.
—No quiero que me dé la mano —replicó June Star—. Parece un cerdo.

El muchacho gordo se ruborizó y se rió, la tomó de la mano y tiró de ella hacia el bosque detrás de Hiram y la madre.

Sola con el Desequilibrado, la abuela se dio cuenta de que había perdido la voz. No había una sola nube en el cielo, y tampoco sol. No había nada a su alrededor excepto el bosque. Quiso decirle que debía orar. Abrió y cerró la boca varias veces antes de que saliera algo. Finalmente se encontró a sí misma diciendo: «Jesús, Jesús». Quería decir «Jesús t'ayudará», pero de la manera en que lo decía era como si estuviera maldiciendo.

—Sí, señora —dijo el Desequilibrado como si le estuviera dando la razón. Jesús rompió el equilibrio de todo. Le ocurrió lo mismo que mí, salvo que Él no había cometido ningún crimen y en mi caso pudieron probar que yo había cometido uno porque tenían los documentos contra mí. Por supuesto, nunca me mostraron los papeles. Por eso ahora pongo la firma. Dije hace mucho tiempo: te consigues una firma y firmas to lo qu'haces y te quedas con una copia. Entonces sabrás lo qu'has hecho y podrás contraponer el delito con el castigo y ver si se corresponden y al final tendrás algo pa probar que no t'han tratao como debían. Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante`l castigo.

Se oyó un grito desgarrador en el bosque, seguido de inmediato por un disparo.

—¿Le parece bien a usté, señora, que a uno le castiguen mucho y a otro no le castiguen na?
—¡Jesús! —gritó la anciana—. ¡Tienes buena sangre! ¡Yo sé que no dispararías a una dama! ¡Sé que vienes d'una familia buena! ¡Reza! Por Dios, no deberías disparar a una dama. ¡Te daré to el dinero que tengo!
—Señora —repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque—, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.

Se oyeron otros dos disparos y la abuela levantó la cabeza como un viejo pavo sediento pidiendo agua y gritó: «¡Bailey, hijo, Bailey, hijo!», como si fuera a partírsele el corazón.

—Jesús es el único qu'ha resucitao a los muertos —continuó el Desequilibrado—, y no tendría qu'haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces sólo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces sólo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad —dijo, y su voz casi se había transformado en un gruñido.
—Tal vez no resucitó a los muertos —murmuró la anciana, sin saber lo que estaba diciendo y sintiéndose tan mareada que se dejó caer en la zanja sobre las piernas cruzadas.
—Yo no estaba allí, así que no puedo decir que no lo hizo —repuso el Desequilibrado—. Ojalá hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d'haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d'haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.

Su voz parecía a punto de quebrarse y la cabeza de la abuela se aclaró por un instante. Vio la cara del hombre contraída cerca de la suya como si estuviera a punto de llorar, y entonces murmuró:

—¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!

Tendió la mano y lo tocó en el hombro. El Desequilibrado saltó hacia atrás como si le hubiera mordido una serpiente y le disparó tres veces en el pecho. Luego dejó la pistola en el suelo, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.

Hiram y Bobby Lee regresaron del bosque y se detuvieron junto a la cuneta para observar a la abuela, que estaba medio sentada, y medio tendida en un charco de sangre, con las piernas cruzadas como las de un niño, y su rostro sonreía al cielo sin nubes.

Sin las gafas, los ojos del Desequilibrado estaban bordeados de rojo y tenían una mirada pálida e indefensa.

—Llévensela y déjenla donde dejaron a los otros —dijo, y tomó al gato, que se estaba refregando contra su pierna.
—Era una charlatana —dijo Bobby Lee, y bajó a la zanja cantando.
—Habría sido una buena mujer —dijo el Desequilibrado— si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
—¡Pequeña diversión! —dijo Bobby Lee.
—Cállate, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado—. No hay verdadero placer en la vida.

Flannery O'Connor (1925-1964)




Relatos góticos. I Relatos Mary Flannery O'Connor.


El análisis y resumen del cuento de Mary Flannery O'Connor: Un buen hombre es difícil de encontrar (A Good Man Is Hard To Find) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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