¿Quién es el doppelgänger?: análisis de «William Wilson» [Poe]


¿Quién es el doppelgänger?: análisis de «William Wilson» [Poe]




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de Edgar Allan Poe: William Wilson (William Wilson), publicado originalmente en la edición de octubre de 1839 de la revista Burton’s Gentleman’s Magazine, y luego reeditado en la antología de 1840: Cuentos de lo grotesco y lo arabesco (Tales of the Grotesque and Arabesque). Finalmente aparecería en la colección de 1850: Las obras del difunto Edgar Allan Poe (The Works of the Late Edgar Allan Poe).

William Wilson [el cual no es su nombre real] siente que la muerte se aproxima. Anhela explicar qué lo hizo pasar de «una maldad comparativamente trivial» a las atrocidades de un «Heliogábalo». Ese es el motivo de esta narración.

Sin la presencia de padres diligentes [son, como él, «de temperamento imaginativo y fácilmente excitable»], el Narrador crece como un muchacho caprichoso y obstinado. Asiste a la escuela en un edificio isabelino, gótico en su laberíntinca enormidad, rodeado de árboles retorcidos y casas antiguas. Allí, su brillantez intelectual pronto le da ascendencia sobre casi todos sus compañeros, excepto uno: otro niño llamado William Wilson, que llegó a la escuela el mismo día que el Narrador, nació el mismo día, incluso se parece físicamente a él en todo excepto en la voz. El otro William Wilson tiene un defecto vocal que le impide levantar la voz por encima de un susurro.

El Narrador reconoce que él y William Wilson podrían haberse convertido en amigos, salvo por su «interferencia impertinente y tenaz con mis propósitos», los consejos no solicitados, cierta estatura moral y un aire de engreimiento. Lo peor de todo es que los consejos del otro William Wilson son buenos, lo cual al Narrador le parece imperdonable. Además, el otro William Wilson imita su forma de vestir, sus gestos, su forma de andar y hablar.

Cierto día, el Narrador se acerca sigilosamente a la cama de William Wilson para jugarle una broma. Lo que ve en el rostro dormido de su rival lo deja paralizado de horror. Esa noche abandona la escuela.

Ya en Eton, el Narrador anestesia esa experiencia traumática sumiéndose en «un vórtice de locura irreflexiva», el despilfarro y el libertinaje. Después de una noche de «delirante extravagancia», alguien llama a su puerta. En la tenue luz del amanecer percibe a un joven de su misma estatura, vestido a su moda, pero no puede distinguir su rostro. El extraño lo sujeta del brazo y susurra: «¡William Wilson!»; y desaparece.

Conmocionado [como por la descarga de una «batería galvánica»], el Narrador reflexiona sobre las intenciones de William Wilson hasta que se distrae con su mudanza a Oxford. Con una asignación lo suficientemente grande como para satisfacer sus lujos, agrega «un breve apéndice al largo catálogo de vicios habituales en la universidad más disoluta de Europa». Peor aún, abandona «todo sentimiento varonil y honorable», aprendiendo las artes del jugador profesional y estafando a los «débiles de mente» entre sus compañeros universitarios. Acaba de arruinar al joven Lord Glendinning en un juego de ecarté cuando las puertas se abren de golpe y todas las velas se apagan. En la oscuridad entra un hombre envuelto en una capa. Su susurro estremece al Narrador cuando le dice a los concurrentes que la persona que le ganó a Glendinning esa noche es un estafador. Como prueba basta revisar el puño de la manga izquierda y sus bolsillos.

El hombre desaparece.

Los demás sujetan al Narrador y descubren las barajas escondidas en su manga. El anfitrión lo echa y el Narrador, eventualmente, huye al continente. Su mala suerte lo persigue. En Roma, William Wilson vuelve a frustrar sus planes; en París desbarata su venganza; en Nápoles rompe una relación sentimental; en Egipto deja sin saciar su avaricia. La aparente omnipresencia de William Wilson hace del Narrador alguien sumiso. Solo el alcohol le proporciona las fuerzas necesarias para resistirse a su destino.

La crisis se desata en Roma, durante un baile de máscaras. El Narrador intenta seducir a la novia de un duque cuando un hombre disfrazado como él interfiere. Furioso, el Narrador arrastra a William Wilson a una antecámara. Afortunadamente, sus disfraces incluían estoques, por lo que pueden luchar con estilo. William Wilson, reacio, solo se defiende. El Narrador ataca, arrincona a William Wilson contra la pared y le clava la espada en el pecho.

Alguien golpea la puerta de la antecámara. El Narrador se apresura poner la traba. Cuando se vuelve hacia su víctima, cree que está frente a un espejo que antes no había visto. En realidad, observa al William Wilson moribundo tambalearse hacia él, sin una línea en su rostro ensangrentado que no sea «la identidad más absoluta» del propio Narrador.

El Narrador ha vencido, dice William Wilson, sin embargo...


«Has vencido y me entrego. Pero de ahora en adelante tú también estás muerto… muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza. ¡En mí existías… y observa esta imagen, que es la tuya, porque al matarme te has asesinado tú mismo!»


¿William Wilson es una historia sobre doppelgängers? Es posible, pero con una interesante vuelta de tuerca. No es la historia del doctor Jeckyll, un tipo intelectual y apacible, que se transforma en el bestial señor Hyde. En Edgar Allan Poe, el Narrador es el Otro. No es que quizás haya por ahí una versión idéntica de tí mismo; tú eres la versión, el doppelgänger de alguien más.

La literatura gótica suele emplear doppelgängers simbólicos [vampiros, licántropos, ghouls], es decir, diferentes físicamente del original pero capaces de reflejar y llevar a cabo nuestros impulsos más oscuros. El Yo que se convierte en el Otro plantea otra complejidad.

El doppelganger es un Otro que busca absorber al Yo, pero en William Wilson tenemos el punto de vista del doppelgänger, del Otro [el Narrador], quien es perseguido implacablemente por el Yo original. ¿Se trata de un gemelo malvado? No lo creo. Es su «lado bueno» lo que lo atormenta, lo que trata de confundir y desbaratar sus maquinaciones. Podemos pensar en un sujeto llamado William Wilson, cuyas perversiones [bebida, libertinaje, estafa] van absorbiendo su personalidad original, cada tanto recibe algún atentado menor de su inconsciente, pero en general predomina. Sus impulsos son evidentemente autodestructivos, por lo tanto, triunfa al final de la historia matándose a sí mismo.

Pero, ¿qué pasa con el otro lado de la historia? ¿Es el otro William Wilson una representación del remordimiento del Narrador o una persona real? Si Edgar Allan Poe pretendía que esto fuera un misterio, o al menos ser ambiguo al respecto, el spoiler en el epígrafe desbarató sus planes:


¿Qué decir de ella?
¿Qué decir de la torva conciencia,
ese espectro en mi camino?


Entonces, ¿William Wilson II [el Otor] es la conciencia personificada de William Wilson I [el Narrador]? En apariencia, sí; pero aquí hay otro giro interesante, porque Edgar Allan Poe atribuye el epígrafe a William Chamberlayne, un dramaturgo del siglo XVII, que en realidad nunca escribió esas líneas. Quizás Poe citó de memoria y se equivocó, pero no creo que sea el caso. Tampoco creo que este doppelgänger sea solo producto de la imaginación del Narrador, pero es bueno recordar que Edgar Allan Poe solía escribir personajes que «no están del todo ahí».

En términos psicoanalíticos, William Wilson trasciende el conflicto original entre padre e hijo, y se centra en la lucha interna del Narrador contra el sistema paterno. Aquí, el Narrador está luchando contra una parte de sí mismo, una parte que personifica las prohibiciones impuestas por el padre; en términos de Sigmund Freud, nuestra conciencia moral o superyó. William Wilson comienza por confesarse como el más infame de los hombres; sin embargo, nos ahorra el catálogo de crímenes y se conforma con contar cómo pasó «de una maldad comparativamente trivial» a la absoluta bajeza.


«Mis primeros recuerdos de una vida escolar están relacionados con una gran casa isabelina, laberíntica, en un pueblo de Inglaterra de aspecto brumoso, donde había una gran cantidad de árboles gigantescos y nudosos, y donde todas las casas eran excesivamente antiguas. En este momento, en mi imaginación, siento el frescor refrescante de sus avenidas profundamente sombreadas, inhalo la fragancia de sus miles de arbustos, y vuelvo a estremecerme con indefinible deleite ante la profunda nota hueca de la campana de la iglesia, cada hora, con un rugido hosco y repentino, sobre la quietud de la atmósfera oscura en la que el campanario gótico yacía incrustado y dormido.»


Este es ese trasfondo Gótico que fue escenario de sus grandes personajes femeninos: Berenice, Ligeia, Madeline. La descripción continúa, cargada de detalles. Ante nuestros ojos vemos la «vieja e irregular casa», el extenso terreno, el «alto y macizo muro de ladrillo» que encierra la finca, su pesada puerta «con cerrojos y puntas de hierro dentadas». Esta puerta nunca se abre, excepto para la caminata semanal de los alumnos y sus procesiones dominicales a la iglesia. El director de la escuela, el doctor Bransby, también es el párroco de la iglesia. Es un hombre severo, «agrio», pero de «semblante recatadamente benigno», con «una peluca tan minuciosamente empolvada», que administraba a los golpes las «leyes draconianas de la academia». John Bransby fue, de hecho, el director de la escuela a la que Edgar Allan Poe asistió entre los ocho y los once años. Este John Bransby no quedó complacido por la descripción falaz de su ex-alumno, porque todos coinciden en que era un hombre jovial y cálido con sus alumnos [al menos no los azotaba]. Sin embargo, al ofenderse por haber sido calumniado por su antiguo alumno difícilmente podría haber adivinado que, como director, automáticamente se convirtió en una figura paterna para el joven Edgar Allan Poe.

La amabilidad del reverendo Bransby no fue suficiente para evitar que su autoridad se fusionara con la de John Allan, padre de Edgar. En cierto modo, Bransby es el doppelgänger del padre de E.A. Poe, y aparece como un opuesto al Bransby original, blandiendo su vara y pregonando preceptos morales hipócritas.

Esta distorsión de la imagen y el carácter del Bransby original [Poe pudo usar otro nombre si quería un director «malo»] es intencional, por lo tanto, E.A. Poe está escribiendo un relato autorreferencial: el Narrador es el propio Poe.


«Debo creer que mi primer desarrollo mental tuvo mucho de inusual, incluso mucho de lo exterior. Los acontecimientos de la existencia temprana rara vez dejan en la edad madura una impresión definitiva. Todo es una sombra gris: un recuerdo débil e irregular, una reunión indistinta de débiles placeres y dolores fantasmagóricos. Conmigo esto no es así. En la niñez debí sentir con la energía de un hombre lo que ahora encuentro grabado en la memoria.»


En estos términos, el Narrador-Poe expresa su orgullo por su inteligencia precoz. Y lo que dice es justo, salvo que confunde la memoria [consciente] con los recuerdos inconscientes. Además, el orgullo de Edgar Allan Poe le hace presumir de ser excepcional en este aspecto, e incluso superior a los demás cuando, en realidad, se puede decir que todo lo que sintió en la infancia «con la energía de un hombre» más tarde sería reprimido, de modo que todo se convirtió en «una sombra gris», un «recuerdo débil e irregular».

Aquí comienza la acción propiamente dicha. El Narrador-Poe «gana ascendencia» sobre sus compañeros, con una sola excepción, alguien con su mismo nombre y aspecto: William Wilson, que es un nombre ficticio; y, por lo tanto, también es ficticio el nombre del Narrador-Poe [«En esta narración me he designado a mí mismo como William Wilson, un nombre ficticio no muy diferente al real»]. Esto resuena en otro detalle biográfico. En Stoke Newington, la escuela dirigida por el Bransby real, Edgar Allan Poe se llamaba Edgar Allan.

Este doble del Narrador-Poe comienza a frustrarlo, a competiur con él y, lo más importante, a «rehusar la creencia implícita en mis afirmaciones y la sumisión a mi voluntad». En otras palabras, William Wilson no cree una palabra del Narrador-Poe, y constantemente lo desafía, no agresivamente, sino «asumiendo los vulgares aires de patrocinio y protección». William Wilson, entonces, personifica al gran aguafiestas de nuestra mente, el superyó, la conciencia moral que, además de imponer una serie de reglas, nos invita a la culpa y al remordimiento si osamos transgredirlas.

El superyó suele ser impuesto en el niño por el Padre, idealmente, a través de una combinación de rigor y el afecto; por lo tanto, no debe sorprendernos que el doppelgänger del Narrador-Por sea una fuerza que desafía sus mentiras y desenfrenos pero con una actitud afectuosa [«asumiendo los vulgares aires de patrocinio y protección»]. En otras palabras, William Wilson le impone al Narrador-Poe las prohibiciones morales a través de esta combinación de elementos [rigor y afecto] propios del Padre.

En cualquier caso, sus compañeros mayores toman a los dos William Wilson por hermanos, en vista de sus nombres y notable parecido. De hecho, podrían haber sido gemelos, ya que ambos nacieron el 19 de enero de 1813. Esto nos obliga a hacer otra pregunta: ¿Por qué en este relato autobiográfico, pero también en otros lugares de su obra, Edgar Allan Poe reduce su edad en cuatro años [nació en 1809]? ¿Acaso sucedió algún hecho significativo alrededor de sus cuatro años, después de su adopción por parte de los Allan?


«Puede parecer extraño que, a pesar de la continua ansiedad que me ocasionó la rivalidad de Wilson y su intolerable espíritu de contradicción, no pude decidirme a odiarlo por completo.»


Por supuesto, no es fácil odiarse a uno mismo, al menos concientemente. A propósito, el único rasgo que diferencia a los dos William Wilson es la voz, evidentemente la voz de la conciencia, cuyos dictados nunca se gritan; se susurran:


«Mi rival tenía una debilidad en los órganos vocales, lo que le impedía elevar la voz por encima de un susurro muy bajo.»


Este «rival», este doble que confronta al Narrador-Poe, este doppelgänger, no solo es el superyó personificado, con sus insoportables reglas morales, sino que su voz es la voz de la conciencia. Por supuesto, desde la perspectiva del Narrador-Poe, el otro es una molestia que, además, le recuerda continuamente que comparte con él su nombre, edad y características físicas, pero con una marcada diferencia moral. El hecho de que este Otro también se llame William Wilson no solo desafía los sentimientos de individualidad y unicidad del Narrador-Poe, sino que alcanza las proporciones de un delirio de persecución. Sin embargo, esta semejanza total entre los dos William Wilson pasa desapercibida para los otros alumnos; sólo es percibida por los dos individuos involucrados, empleándolo uno para atormentar al otro.


«Su señal, que consistía en perfeccionar una imitación de mí mismo, residía tanto en palabras como en acciones... mi forma de andar y mis modales generales fueron apropiados sin dificultad; a pesar de su defecto constitucional, ni siquiera mi voz se le escapó. Mis tonos más fuertes, por supuesto, no fueron intentados, pero la nota era idéntica; y su singular susurro se convirtió en el mismo eco del mío.»


Sus compañeros, decíamos, no se dan cuenta de esta imitación [«quizás la gradación de su copia no era fácilmente perceptible»]. En efecto, el superyó se construye gradualmente a lo largo de la niñez, y poco a poco pasa de su origen paterno [a través de reglas, marcos de comportamiento y consejos] a nuestro ser propiamente dicho. Esto queda claro en los siguientes párrafos, donde el Narrador-Poe bien podría estar hablando de su relación conflictiva, de amor y rebeldía, con su padre:


«Sus interferencias a menudo tomaban el carácter descortés de un consejo, un consejo no dado abiertamente, sino insinuado, que yo recibía con repugnancia (...) Debo reconocer que no puedo recordar ninguna ocasión en que las sugerencias de mi rival estuvieran del lado de los errores o locuras tan habituales en nuestra edad inmadura y aparente inexperiencia (...) Su sentido moral era mucho más agudo que el mío (...) Hoy sería un hombre mejor y, por lo tanto, más feliz, si hubiera rechazado con menos frecuencia sus consejos susurrados que, en aquel entonces, despreciaba amargamente.»


Un día, durante un altercado entre los dos William Wilson, el Narrador-Poe cree detectar en el acento, el aire y la apariencia general de su doble:


«... algo que primero me sobresaltó y luego me interesó profundamente, al traerme a la memoria vagas visiones de mis primeros años de infancia: recuerdos salvajes, confusos y abarrotados de una época en que la memoria misma aún no había nacido.»


Esto refiere a los primeros años de vida, donde el superyó, en términos de conciencia moral, todavía no existía, sino que era impuesto por el Padre. Esta es la razón, además de las similitudes físicas y circunstanciales, que hacen que el Narrador-Poe sienta que conoce a su rival desde «hace mucho tiempo, en algún punto del pasado, incluso infinitamente remoto»; es decir, cuando esa conciencia moral personificada le era impuesta por su padre.

Aquí llegamos a la escena crítica en la que el Narrador-Poe se horroriza ante la idea de que esa conciencia moral impuesta por el Padre ahora sea parte integrante de su naturaleza.


«Una noche, hacia el final de mi quinto año en la escuela, e inmediatamente después del altercado, encontré a todos dormidos, me levanté de la cama y, lámpara en mano, me escabullí a través de un desierto de estrechos pasadizos desde mi propio dormitorio al de mi rival.»


Llevaba mucho tiempo tramando, según confiesa, una broma malintencionada a su rival. Dejando la lámpara en la puerta, se asegura que su doble esté dormido, tras lo cual regresa por la lámpara y con ella se acerca a la cama.


«Había cortinas cerradas a su alrededor, las cuales retiré lenta y silenciosamente (...) la luz cayó vívidamente sobre el durmiente. Miré y un entumecimiento, una sensación helada, invadió instantáneamente mi cuerpo... ¿estos, eran los rasgos de William Wilson


Lo que William Wilson cree ver es él mismo, su amado ego reapareciendo como el superyó, nacido de la odiada conciencia moral impuesta por el sistema paterno. «Asombrado y con un estremecimiento progresivo», apaga la lámpara y huye, dejando «los pasillos de esa vieja academia para no volver». Así como Edgar Allan Poe, a los dieciocho años, huyó de los Allan, William Wilson dejó su escuela. Sin embargo, ninguno de los dos pudo huir de sí mismo, o liberarse de esa parte de su naturaleza que representa esta voz de la conciencia: la voz de nuestros padres que nos persigue a lo largo de toda la vida.

El Narrador-Poe se esfuerza por rebelarse contra este superyó, pero su personalidad está demasiado dividida para permitir una rebelión total, o bien una sumisión completa. Sin embargo, veamos cómo su ego, que al principio se cree liberado, comienza a entregarse a los impulsos más salvajes del instinto cuando asiste a Oxford:


«Después de una semana de disipación invité a un pequeño grupo de los estudiantes más disolutos a una juerga secreta en mis aposentos. Nos encontramos a una hora avanzada de la noche; porque nuestros libertinajes debían prolongarse fielmente hasta la mañana. El vino corría libremente, y no faltaban otras seducciones, tal vez más peligrosas»


Amanece y, justo cuando el Narrador-Poe insiste en hacer un brindis «con más de las blasfemias habituales», algo desvía su atención, «la voz ansiosa de un sirviente diciendo que una persona, aparentemente con mucha prisa, exigió hablar conmigo en el salón». Ebrio, el Narrador Poe se apresura a salir al vestíbulo:


«En esta habitación baja y pequeña no colgaba ninguna lámpara, y ahora no admitía ninguna luz, excepto la del alba extremadamente débil que se abría paso a través de la ventana semicircular. Cuando puse un pie sobre el umbral, me volví consciente de la figura de un joven de mi misma estatura, vestido a la moda novedosa que yo llevaba en ese momento. Esto me permitió percibirlo a la débil luz; pero no pude distinguie las facciones de su rostro. Al entrar, se me acercó apresuradamente y, agarrándome del brazo con un gesto de petulante impaciencia, susurró las palabras ¡William Wilson!, en mi oído. Me puse completamente sobrio en un instante.»


El Narrador-Poe ha reconocido a su doppelgänger que, acto seguido, desaparece. Pero su susurro, esa voz de la conciencia moral, expone sus disipaciones. Y es precisamente ante estos excesos que el sistema inhibitorio impuesto por el Padre regresa, proyectándose externamente en el otro William Wilson. El episodio, sin embargo, fue «tan evanescente como vívido», y no lo afectó considerablemente. Luego de una investigación, el Narrador-Poe se entera de que, como resultado de «un repentino accidente en su familia», su doppelgänger se fue de la academia del doctor Bransby la misma tarde en que él huyó.


«En un breve período dejé de pensar en el tema, mi atención estaba completamente absorta en una partida prevista para Oxford. Allí fui, la vanidad incalculable de mis padres me proporcionó un equipo y un establecimiento anual, lo que me permitiría disfrutar a voluntad del lujo que ya era tan querido para mi corazón, competir en profusión de gastos con los herederos más altivos de los condados más ricos de Gran Bretaña.»


Esta es una fantasía grandilocuente, porque John Allan era extremadamente avaro con Edgar en la Universidad, y este una persona muy austera. El Narrador-Poe, sin embargo, resulta insaciable. No sólo la prodigalidad de sus padres lo incita al vicio, sino que lo lleva a hacer trampas, cayendo por completo «de la condición de caballero» y volviéndolo un conocedor de «las artes más viles del jugador de profesión». Ya siendo «adepto en esta despreciable ciencia», practica la estafa «a expensas de los débiles de mente entre mis compañeros universitarios». El Narrador-Poe considera que solo pudo llevar a cabo esta «ofensa contra todo sentimiento varonil y honorable» gracias a la enormidad del hecho. En otras palabras, estafaba con tanta evidencia, tan abiertamente, que le permitió salir impune.

Aquí, Edgar Allan Poe no está describiendo sus propios excesos en la Universidad de Virginia en ámbito del juego y la bebida, sino lo que su inconsciente, su doppelgänger, lo habría llevado a hacer si no hubiese sido por su superyó, es decir, por su propio William Wilson. El Narrador-Poe tiene menos escrúpulos. Después de engañar con éxito durante dos años, planea un golpe aún más ambicioso contra un nuevo estudiante, se dice, inmensamente rico. A Lord Glendinning le permite ganar sumas considerables; luego el Narrador-Poe organiza una reunión «final y decisiva», a la que también están invitados ocho o diez compañeros más.


«Habíamos prolongado nuestra sesión hasta bien entrada la noche, y finalmente había fingido la maniobra de tener a Glendinning como mi único antagonista... El resto de la compañía, interesada en el alcance de nuestro juego, había abandonado sus propias cartas, y todos estaban de pie a nuestro alrededor como espectadores.»


Lord Glendinning, ebrio, duplica y cuadruplica sus apuestas y pierde sumas cada vez mayores. Visiblemente afectado, su palidez se vuelve «verdaderamente temerosa». El Narrador-Poe comprende que ha «consumado la total ruina» de su víctima mucho antes de lo que preveía. Glendinning no era tan rico como les había hecho creer. Entonces:


«... las amplias y pesadas puertas se abrieron de golpe... con una impetuosidad que apagó, como por arte de magia, cada vela. Su luz, al morir, nos permitió apenas percibir que había entrado un extraño, más o menos de mi estatura, y bien envuelto en una capa.»


En la oscuridad ahora total, el extraño habla:


«Caballeros —dijo en un susurro bajo, claro e inolvidable que me estremeció hasta la médula—. Caballeros, no me disculpo por este comportamiento, no es habitual en mí, solo estoy cumpliendo con un deber. Sin duda, no están informados del verdadero carácter de la persona que esta noche ha ganado una gran suma de dinero de Lord Glendinning. Por favor, examinen los forros interiores del puño de su manga izquierda, y los varios paquetitos que se pueden encontrar en los espaciosos bolsillos de su bata.»


La mayoría de nosotros solo podemos fantasear con irrumpir en una fiesta clandestina envueltos en una capa y apagando súbitamente las velas con la fuerza de nuestra entrada, pero el superyó, la conciencia moral, suele irrumpir teatralmente. Imaginemos por un momento que nuestro superyó adquiere una densidad y una entidad, se vuelve una persona que, de repente, ingresa en nuestra casa, o en nuestro ámbito de trabajo, de estudio, o incluso en una reunión de amigos o en un momento íntimo con nuestra pareja, y se dispone, con voz pausada, a exponer nuestras mayores miserias; no solo aquellas que cometemos realmente, sino las que pensamos, las que deseamos. Algo de eso es lo que siente el Narrador-Poe cuando su engaño es expuesto por su superyó.

En cierto modo, el otro William Wilson no está acusando al Narrador-Poe. Es su superyó, una parte integrada de su psique, de modo tal que esa acusación es un impulso confesional, el mismo que vemos en varios cuentos de Edgar Allan Poe. Es el impulso confesional que obliga al asesino de El gato negro (The Black Cat) a golpear la pared detrás de la cual había emparedado a su víctima; que en El corazón delator (The Tell-Tale Heart) lleva al hombre a revelar a la policía el corazón del anciano latiendo debajo del piso; que en El demonio de la perversidad (The Imp of the Perverse) hace que el envenenador grite su crimen en la plaza del mercado; y que dicta las revelaciones del otro William Wilson, revelaciones que, aunque susurradas, no son menos comprometedoras.

El doppelgänger desaparece, se encienden algunas luces y se captura y registra al Narrador-Poe. En efecto, en el forro de su manga se encuentran las barajas escondidas. En medio de un silencio despectivo, se lo invita a retirarse.

A la mañana siguiente, envuelto en el escándalo público, el Narrador-Poe emprende «un viaje apresurado desde Oxford hacia el continente». Fue en vano, dice. En París, Roma, Viena, Berlín, Moscú y Egipto, su doppelgänger lo persigue y pone en jaque sus estafas.

¿Quién es este hombre?, se pregunta el Narrador-Poe. ¿De dónde viene? ¿Cuáles son sus objetivos? ¿Y por qué siempre esconde su rostro? Ahora, sin embargo, se produce un cambio en su actitud hacia su perseguidor. Deja de sucumbir ante su «imperiosa dominación» y su «aparente omnipresencia y omnipotencia». Se entrega por completo al alcohol, «y su influencia enloquecedora» lo vuelve cada vez más impaciente. «Empecé a murmurar, a vacilar, a resistir». En su fuero interno, resuelve que no volverá a someterse, «a no ser más esclavizado».

De este modo, el Ego [el Narrador-Poe], exasperado por la tiranía de su Superyó [el otro William Wilson], empieza a tramar su libertad del yugo de la conciencia. Podemos ver a estos dos conceptos luchando, como en La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death), Hop-Frog (Hop-Frog) y El barril de amontillado (The Cask of Amontillado); y siempre en el mismo escenario: un baile de máscaras.

En este caso, la fiesta es en el palazzo del duque napolitano Di Broglio. El Narrador-Poe bebe «más libremente que de costumbre», tal vez tratando de ganar fuerza sobre su censor interior, liberando sus instintos de sus inhibiciones.

El Narrador-Poe arrincona a su adversario contra la pared y lo apuñala repetidamente, pero el otro William Wilson, su doppelgänger, no es quien está ante él «en las agonías de su disolución». «No había ni un hilo en toda su ropa, ni una línea en todos los rasgos marcados y singulares de su rostro que no fuera, ni siquiera en la más absoluta identidad, ¡el mío!»

Es el otro, pero ya no habla en un susurro, «y podría haber imaginado que yo mismo estaba hablando mientras él decía»:


«Has vencido y me entrego. Pero a partir de ahora tú también estás muerto… muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza. ¡En mí existías… y observa esta imagen, que es la tuya, porque al matarme te has asesinado tú mismo!»


A partir del momento en que su superyó o conciencia moral es asesinada, el Narrador-Poe se desprende «de toda virtud... en un instante... como un manto», y pasa de ser un libertino y un estafador a una maldad suprema, sin restricciones. No se nos dan más detalles de estos crímenes, más allá del hecho de que, a causa de ellos, su nombre es «blasfemado hasta en las regiones más remotas del globo».

Creo que, hasta cierto punto, Edgar Allan Poe se dio cuenta del significado simbólico de William Wilson, y tal vez lo embelleció más de la cuenta. Quizás por eso impresiona menos que otros grandes relatos de su obra. Para ser eficaz, lo simbólico debe permanecer inconsciente, pero aqui roza la alegoría, que se deriva de un juego de la conciencia y, por lo tanto, resulta fácilmente descifrable. El mayor problema de William Wilson es que Edgar Allan Poe era demasiado consciente de lo que estaba escribiendo [ver: Lo Siniestro en los relatos de Edgar Allan Poe]

Pero las buenas historias siempre trascienden las particularidades del autor. William Wilson tiene que ver directamente con la tensión entre la conciencia moral y el ego, el primero con su aparato represor, el segundo con sus apetitos, pero la historia se funde con el motivo más general del doble o doppelgänger. Otto Rank escribió un magnífico ensayo al respecto, titulado: El doble (Der Doppelgänger), el cual nos permite encontrar un patrón en este tipo de historias.

Otto Rank hace un repaso por los grandes doppelgänger de la ficción, como William Wilson, La sombra de Hans Christian Andersen; El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde; El doble de Dostoievski; El Horla de Maupassant, entre otros; y descubre que el patrón en este tipo de historias presenta a un protagonista [que no siempre es el héroe], perseguido y acosado por su doble, a quien finalmente mata, mátandose a su vez. Aunque el doppelgänger aparezca como una sombra, una imagen en el espejo, una pintura en un cuadro, una figura reflejada en el agua, el tema de fondo siempre es el mismo [ver: Gente Sombra, el Horla, y el portal interdimensional de Maupassant]

En otras palabras, Otto Rank que propone que, si bien el motivo del doppelgänger es arquetípico y, por lo tanto, universal, el color particular de cada historia está relacionado con el grado de disociación del autor. No hablamos aquí de un trastorno clínico, sino sencillamente de la capacidad del autor de distanciarse de su propia conciencia moral para crear una obra de arte.

El primer doppelgänger de la humanidad, perdido en la noche de los tiempos, es nuestra sombra; no la Sombra de Carl Jung, sino nuestra sombra bidimensional, aquella que proyecta nuestro cuerpo. El concepto primigenio de doppelgänger, entonces, proviene de la observación de la sombra que proyecta el cuerpo, probablemente también la primera imagen del alma que sobrevive después de la muerte. La sombra nos sigue durante toda la vida, pero, al morir y ser enterrados, la perdemos. Tal vez por eso muchos espacios mitológicos post-mortem, como el Hades, eran conocidos como una Casa de las Sombras; porque lo que perdura después de la muerte no es nuestro cuerpo físico [sabemos que está pudriéndose en algún lugar], sino la sombra liberada.

En términos psicoanalíticos, el motivo del doppelgänger está relacionado con nuestro narcisismo. El niño, antes de que su libido se proyecte sobre lo externo, la centra en sí mismo, en su cuerpo, y es a este primer depósito donde la libido tiende a volver cuando encuentra obstáculos en el mundo exterior. En todas estas historias sobre doppelgängers, el protagonista, aunque es perseguido implacablemente por su doble, siempre está ligado emocionalmente a él. Por eso no asombra esta afirmación del Narrador-Poe: «en los primeros años de nuestra conexión como compañeros de escuela, mis sentimientos con respecto a él (el otro William Wilson) podrían haber madurado fácilmente en amistad».

Pero nuestra ambivalencia hacia nosotros mismos, presente en todas las personas, acaso un dispositivo de defensa contra un desborde narcisista, se revela en el odio feroz que estos protagonistas terminan sintiendo por sus doppelgängers. Sigmund Freud veía en el motivo del doble un eco de la rivalidad entre hermanos por el afecto de la madre [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]. Otto Rank suscribe al afirmar que siempre son las mujeres las que traen la ruina a estos protagonistas. En el caso de William Wilson, su interés por la duquesa Di Broglio conduce a que el Narrador-Poe mate a su doppelgänger, sin saber que así está matando la parte más noble de sí mismo.

La elección del nombre William Wilson no es caprichosa. William proviene del Antiguo Alto Alemán Willahelm; de willio [will, en inglés], que significa «deseo», «voluntad»; y helma [helmet, en inglés], que significa «casco». A su vez, helma [casco], proviene del Proto-Germánico helmaz, y de la razón protoindoeuropea kel, «cubrir», «ocultar», «guardar». Wilson deriva de una forma patronímica de Will. Ambos nombres contienen la raíz «deseo», «voluntad».

Si bien la humanidad creó al doppelgänger a imagen y semejanza [y sombra] de cada individuo, es decir, como una especie de proto-alma, quizás con la esperanza de salvar al menos una parte de sí mismos, ese mismo doble termina convirtiéndose en heraldo de la fatalidad [en las leyendas, ver al doppelgänger es una señal de muerte]. Así como el narcisismo se ve amenazado por el amor y el deseo por otra persona, surge como el doppelgänger, y por eso TODOS los protagonistas de estas historias, directa o indirectamente, son destruidos por mujeres; es decir, por esa otra persona que pone en peligro el narcisismo absoluto.

Si seguimos los razonamientos de Otto Rank acerca del patrón del doppelgänger en la ficción y las leyendas, veremos que William Wilson ocupa un lugar bastante apartado, casi marginal. Es cierto, todos los elementos fundamentales de la leyenda están presentes en el relato de Edgar Allan Poe: nombres iguales, apariencia idéntica, hostigamiento, persecusión, y asesinato del doble que termina siendo una especie de suicidio. «En mí existías», exhala el otro William Wilson con su último aliento. Pero en ningún otro doppelgänger de la ficción [que yo recuerde] encontramos la conciencia moral que Edgar Allan Poe enfatiza en él. En general, el doppelgänger suele ser peor que su original. En La sombra de Andersen, la «sombra» hace encarcelar a su dueño; y el doble de Goliadkin, en El doble de Dostoievsky, le roba sin escrúpulos su puesto de trabajo y su mujer, Clara, y finalmente lo hace encerrar como a un loco [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]

Para entender estas diferencias en las actitudes de los doppelgänger debemos tomar la idea de Sigmund Freud de que el Ego [eso que pensamos cuando pensamos en nosotros mismos] es un plano intermedio entre el Ello [la reserva de nuestros instintos primitivos] y el Superyó, derivado de las imposiciones morales de padres o cuidadores, que actúa con la misma autoridad [o la falta de ella] con la que estos preceptos nos fueron dados. El doppelgänger, que es una escisión de la personalidad, puede darse en uno u otro sentido: el Ego se alía con el Superyó y proyecta los impulsos primarios del Ello sobre un doble perverso; o, en una versión más «civilizada», el Ego se alía con el Ello y proyecta un doppelgänger moralista. William Wilson es el ejemplo más extremo de esta última clase de doppelgänger, que también incluye a El retrato de Dorian Gray. Mientras que Dorian se abandona a todos los vicios, como el Narrador-Poe, sólo su retrato lleva los estigmas de esos excesos. Sin embargo, este doble, que refleja en su aspecto [el retrato] los actos condenables del original, está lejos de poseer el «carácter elevado» o la «sabiduría majestuosa» que caracteriza al doble de William Wilson, más representativo de la conciencia moral.

No obstante, ya sea que el doppelgänger sea una proyección del Supertó o del Ello, siempre representa a un enemigo del Ego, quizás en virtud de un mecanismo frecuente en la paranoia, que convierte al primer objeto de deseo [uno mismo] en el perseguidor imaginario. De este modo, el amor convertido en odio se proyecta hacia afuera, y de vuelta hacia nosotros mismos. Después de todo, ¿quién, más que a nosotros mismos, puede convertirse en nuestro peor enemigo?




Edgar Allan Poe. I Taller gótico.


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El artículo: ¿Quién es el doppelgänger?: análisis de «William Wilson» [Poe] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

3 comentarios:

buhoevanescente dijo...

Amo estas entradas y este tema es apasionante , así como el análisis.
Gracias
Saludosbuhos! !

Anónimo dijo...

Créeme mucha gente, me incluyo. Disfruta como niño todo lo aquí escrito. Ya va para un par de años desde que encontré este blog y gracias a ti amigo, he encontrado otro mundo literario.

nito dijo...

Como andás!? Pone un link,o como se llame, para ir directamente a ANÁLISIS. Es decir que estén TODOS LOS Análisis JUNTOS! Muchos están muy buenos y algunos los hacés mas interesantes que los propios cuentos!!!
PD: los acentos "mal puestos" son a propósito.Prefiero expresarme en PORTEÑO.



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