«El Twonky»: Henry Kuttner y C.L. Moore; relato y análisis


«El Twonky»: Henry Kuttner y C.L. Moore; relato y análisis.




El Twonky (The Twonky) es un relato fantástico de los escritores norteamericanos Henry Kuttner (1915-1958) y Catherine L. Moore (1911-1987); publicado originalmente en la edición de septiembre de 1942 de la revista Astounding Science-Fiction, y luego reeditado en la antología de 1946: Aventuras en el tiempo y el espacio (Adventures in Time and Space). Finalmente volvería a aparecer en la colección: Hubo una vez un gnomo y otros relatos de ciencia ficción (A Gnome There Was and Other Tales of Science Fiction).

El Twonky, uno de los cuentos de Henry Kuttner más reconocidos, así como uno de los relatos de C.L. Moore que se han convertido en clásicos de la ciencia ficción, regresa sobre una idea que la pareja ya había explorado en Fingida era la arboleda (Mimsy Were the Borogoves); esto es, un juguete muy pequeño, pero fabricado por civilización mucho más avanzada que la nuestra, termina causando toda clase de trastornos en nuestro planeta.

El Twonky relata la historia de Mickey Lloyd, el dueño de una tienda que fabrica equipos de radio. Las cosas no marchan precisamente bien entre sus empleados, de modo tal que cuando Mickey encuentra a un sujeto muy extraño deambulando por la trastienda, asume que es un empleado que busca evadirse de sus obligaciones por un rato, y lo coloca a trabajar en la línea de ensamblaje. Naturalmente, no es un empleado, sino un desorientado viajero del tiempo, quien termina fabricando un Twonky, cuyo aspecto es parecido al de un receptor de radio. El dispositivo termina en una casa particular, donde toma el control de la vida de su nuevo propietario.




El Twonky.
The Twonky, Henry Kuttner (1915-1958) y Catherine L. Moore (1911-1987)

El reemplazo de personal de la Electrónica del Medioeste era tal que Mike Lloyd no podía seguirle la pista a sus hombres. Los empleados continuaban yéndose a trabajar a otro lado, con mayores salarios. Por esa razón, cuando volvió a distinguir al hombrecillo cabezón vagabundeando inciertamente ante la puerta de un depósito, Lloyd echó una mirada al overoll marrón que llevaba puesto (provisto por la Compañía) y dijo suavemente:

—El silbato sonó hace ya más de media hora. Vuelva inmediatamente al trabajo.

—¿Tra-ba-j-jo? —El hombrecillo parecía tener serios inconvenientes con la palabra.

¿Estaría borracho? Lloyd, desde su posición de capataz, no podía bajo ningún concepto permitir una cosa semejante. Arrojó su cigarrillo, y acercándose más al hombrecillo, lo olió: no, no era licor. Miró rápidamente la placa sujeta al overoll, y leyó:

—Dos-cuatro. M-mm... ¿Eres nuevo aquí?

—Nuevo... ¿Uh? —repitió el hombre, frotándose un creciente chichón en su frente. Era un sujeto pequeño y de extraña apariencia, calvo como un tubo de vacío, y con un pálido rostro contraído, que mostraba unos diminutos ojos abiertos en un admirado gesto de asombro.

—¡Vamos Joe, despiértate! —Lloyd estaba comenzando a impacientarse—. Tú trabajas aquí, ¿verdad?

—Joe —repitió el hombrecillo, pensativamente—. Trabajar. Sí, yo trabajo. Yo los hago. —Sus palabras brotaban extrañamente de su boca, como si tuviera el paladar hendido.

Echando una nueva mirada a su placa, Lloyd aferró el brazo de Joe, y lo arrastró hasta el cuarto de montaje.

—Aquí está tu puesto. Quédate en él. ¿Sabes lo que tienes que hacer?

El otro irguió su esmirriado cuerpo.

—Soy un... experto —aseguró—. Puedo hacerlos mucho mejor que Ponthwank.

—Perfectamente —dijo Lloyd—. Entonces comienza a hacerlos.

El hombre llamado Joe dudó, acariciando el chichón de su frente. Los overoll atrajeron entonces su atención, y los examinó con asombro. ¿Dónde...? ah, sí. Los había hallado colgando en el cuarto donde había emergido la primera vez. Sus propias ropas, naturalmente se habían disipado durante el viaje... ¿qué viaje? Amnesia, pensó. Se había caído desde... algún lado... cuando algo había aminorado su marcha hasta detenerse. ¡Qué extraño resultaba aquel almacén, atiborrado de máquinas de todo tipo! No llegaba a provocar en él ningún recuerdo anterior. Amnesia, eso era lo que le sucedía. El era un operario. Hacía cosas. Sin embargo, teniendo en cuenta los objetos poco familiares que lo rodeaban, eso no significaba nada. Aún se sentía aturdido. No obstante, las nubes de su mente se retirarían pronto. En realidad, ya habían comenzado a desaparecer. Trabajar. Joe efectuó una rápida recorrida alrededor del cuarto, tratando de aguijonear su defectuosa memoria. Pudo ver varios operarios en overoll, construyendo diversas cosas. ¡Pero qué infantiles... qué elementales! Quizás aquello era un jardín de infantes.

Al cabo de unos momentos de inspección, Joe se dirigió a un depósito, examinando algunos modelos terminados de combinados estereofónicos. Así que era eso. Le parecieron torpes e incómodos, pero aquella especialidad no le correspondía. No. Su trabajo consistía en construir Twonkies. ¿Twonkies? El nombre asaltó su memoria nuevamente. Por supuesto que sabía cómo construir Twonkies. Los había hecho durante toda su vida... había sido especialmente entrenado para esa tarea. Por lo visto, ahora usaban un modelo de Twonky diferente, pero, ¡qué demonios! ¡Aquello era un juego de niños para un operario hábil como él! Joe volvió al cuarto de montaje, y encontró un banco de trabajo vacío, donde comenzó de inmediato a construir su primer Twonky. De tanto en tanto, se deslizaba fuera del cuarto, y se apoderaba de los materiales que iba necesitando. Solo en una ocasión, en que no pudo localizar un trozo de tungsteno que le era imprescindible, construyó apresuradamente un pequeño dispositivo que pudiera proveérselo, a partir de los elementos de que disponía en cantidad.

Su banco de trabajo se encontraba ubicado en un rincón alejado de los demás, y escasamente iluminado, aunque parecía demasiado brillante a los ojos de Joe. Ninguno de los otros operarios reparó en la consola que rápidamente tomaba forma en aquel rincón; Joe trabajaba muy rápidamente. Ignoró el silbato del mediodía, y ya para la hora de salida, su trabajo estaba terminado. Quizás podría alegarse que necesitaba otra mano de pintura; en realidad carecía del tono resplandeciente de los Twonkies estándares, pero tampoco ninguno de los otros lo tenía. Joe suspiró, se agachó debajo de su banco de trabajo, buscando en vano su correspondiente colchón-relajador, y al no encontrarlo, se acostó directamente sobre el piso. Unas pocas horas más tarde, despertó. La fábrica estaba completamente vacía. ¡Qué extraño!; quizás los horarios de trabajo habían cambiado. Quizás... la mente de Joe se sentía extrañada.

El sueño había despejado las últimas nubes de la amnesia, si es que eso era lo que le había sucedido, pero aún se sentía algo aturdido. Murmurando para sí, envió al Twonky al depósito contiguo y lo comparó con los otros. Superficialmente era idéntico a uno de los amplificadores estereofónicos de modelo más reciente. Siguiendo el esquema de los demás, Joe había camuflado y disimulado bajo aquella apariencia los distintos órganos y bobinas de reacción de su propio dispositivo.

Luego de almacenar su Twonky, se dirigió nuevamente al salón de ventas, y fue entonces cuando los últimos jirones de niebla se disiparon de su mente. Los hombros de Joe se estremecieron convulsivamente.

—¡Por todos los Dioses! —exclamó—. ¡Así que era eso! ¡He caído en una grieta temporal!

Con una asombrada mirada a su alrededor corrió de vuelta hacia el depósito en el que había emergido por primera vez. Allí se quitó rápidamente el overoll y lo devolvió a la percha donde lo había encontrado. Luego de ello, se dirigió hacia uno de los rincones del cuarto, tanteó el aire a su alrededor, asintiendo con satisfacción, y se sentó en el vacío, a un metro por sobre el suelo. Y a continuación, Joe se desvaneció en la nada.

—El tiempo —estaba diciendo Kerry Westerfield— es curvo. Eventualmente, y a plazos determinados, regresa al mismo lugar donde comenzó. —Colocó un pie en una apropiada saliente de las rocas de la chimenea, y se estiró voluptuosamente. Desde la cocina se oía el tintineo de los vasos y las botellas que Martha estaba manipulando.

—Ayer, a esta misma hora —seguía diciendo Kerry— tomé un Martini. La curva temporal indica que debería tomar otro ahora. ¿Me estas escuchando, ángel?

—Lo estoy sirviendo —contestó el ángel, distraídamente.

—Entonces has comprendido perfectamente mi argumento. Aquí va otro: el tiempo describe una trayectoria en forma de espiral, y no circular como se cree. Si llamas 'A' al primer ciclo, el segundo será 'A más 1'. ¿Comprendes? Todo eso significa un Martini doble esta noche.

—Ya sabía dónde terminaría tu conferencia —comentó Martha, entrando al amplio salón enchapado en roble. Era una pequeña mujer de pelo negro, con un rostro singularmente bonito, y una figura que hacía juego con él. El diminuto delantal de algodón que llevaba puesto se veía ligeramente absurdo en combinación con sus pantalones ajustados y la blusa de seda.

—Además, no se fabrica gin de graduación infinita. Aquí está tu Martini —dijo, sacudiendo la coctelera y preparando las copas.

—Revuélvelo despacio —le avisó Kerry—. Jamás lo sacudas. Así esta bien. —Aceptó la copa que ella le tendía, y la contempló apreciativamente. Su cabello negro, salpicado de gris, brilló bajo la luz de la lámpara, cuando bebió un sorbo de su Martini—.Bueno, muy bueno.

Martha bebió lentamente de su copa, mientras contemplaba a su esposo. Realmente un tipo buen mozo, Kerry Westerfield. Andaba por los cuarenta-y-tantos años, agradablemente feo, con una boca ancha, y un ocasional brillo sardónico en sus ojos grises cuando contemplaba la vida. Llevaban ya doce años de casados, y ambos se hallaban contentos de ello. Desde el exterior, llegaba a través de los ventanales el tardío y tenue fulgor de la puesta del sol, reflejándose en el gabinete del equipo estéreo ubicado contra la pared, a un lado de la puerta. Kerry lo miró con un gesto de apreciación.

—Costó un ojo de la cara —comentó—. Aunque...

—¿Qué? Ah, sí. Los obreros tuvieron realmente un trabajo duro para subirlo por las escaleras. ¿Por qué no lo pruebas, Kerry?

—¿No lo has hecho tú, ya?

—No; ya bastante complicado era el anterior —explicó Martha con un gesto de desconcierto—. Dispositivos... me confunden. Yo fui educada con una radio Edison. Tú le dabas cuerda con una manivela, y unos sonidos extraños brotaban de una bocina. Eso era algo comprensible para mí. Pero ahora... aprietas un botón y suceden cosas extraordinarias. Ojos electrónicos, selectores de tono, discos que se tocan de ambos lados, con el acompañamiento de fantasmagóricos gruñidos y chasquidos provenientes del interior de la consola. Probablemente tú entiendas de esas cosas; yo ni siquiera lo intento. Cada vez que pongo un disco de Bing Crosby en un aparato colosal como ése, Bing parece avergonzado.

—Voy a poner un disco de Debussy —dijo Kerry, comiendo la aceituna de su Martini—. Hay un nuevo disco de Crosby allí para ti. El último.

Martha se contorsionó alegremente:

—¿Puedo ponerlo, Kerry, sí?

—Aja.

—Pero tendrás que enseñarme cómo.

—Es muy simple —dijo Kerry, dirigiéndose hacia la consola—.Estos pequeños son realmente buenos, ¿sabes? Pueden hacer cualquier cosa, excepto pensar.

—Me gustaría que también lavaran los platos —comentó Martha encaminándose hacia la cocina, luego de dejar su copa.

Kerry encendió una lámpara cercana, y se dirigió a examinar su nuevo equipo. El modelo más moderno de Electrónica del Medioeste, con todas sus últimas innovaciones. Cierto que había resultado caro, pero, después de todo, ¿qué demonios? Podía darse el gusto. Y además, le habían cotizado muy bien el anterior. Al acercarse, observó que el aparato no estaba enchufado, tampoco se veían conexiones por ningún lado... ni siquiera un cable a tierra. Quizá se trataba de una innovación más. La conexión a tierra y la antena incorporada, o algo así. Kerry se agachó, buscando un tomacorriente, e insertó en el la ficha del aparato. Una vez hecho esto, abrió las puertas del gabinete, y observó los diales con una amplia sonrisa de satisfacción. Un rayo de luz azulada brotó repentinamente del aparato, enfocándose en sus ojos. Al mismo tiempo se escuchaba un débil y cuidadoso chasquido, proveniente de las profundidades de la consola. El sonido cesó abruptamente, y Kerry parpadeó, manoseando nerviosamente los diales e interruptores, mientras se mordisqueaba una uña.

—Esquema psicológico probado y registrado... —anunció la radio, con una voz remota.

—¿Eh? ¿Qué es eso? —se preguntó Kerry, girando el sintonizador—. ¿Un radio-aficionado? No, no puede ser. Ellos no emplean esta frecuencia. Mm-m-m. —Se encogió de hombros, y fue a sentarse en una silla cercana a los estantes de los álbumes.

Su mirada pasó rápidamente por los títulos y los nombres de los compositores. ¿Dónde estaba El cisne de Tuonela? Ah, allí estaba, junto a Finlandia. Kerry bajó el álbum de su estante, abriéndolo sobre sus rodillas. Con su mano libre extrajo un cigarrillo del bolsillo, colocándolo entre sus labios, y tanteando sobre la mesa, en busca de la caja de fósforos. El primero que encendió, se apagó al instante. Lo arrojó a la chimenea, y estaba a punto de encender otro, cuando un débil sonido atrajo su atención. La radio estaba caminando a través del salón, acercándose a él. Un tentáculo similar a un látigo surgió de algún lugar, recogió un fósforo y lo raspó contra la tapa de la mesa (igual que lo había hecho Kerry), acercando la llama al cigarrillo del hombre. Los reflejos instintivos respondieron rápidamente. Kerry aspiró profundamente, y explotó en una tos humeante y atormentada, que lo obligó a doblarse en dos, jadeante y momentáneamente ciego. Cuando por fin pudo ver nuevamente, la radio estaba de nuevo en su lugar acostumbrado. Kerry se mordisqueó pensativamente el labio inferior, y luego llamó:

—Martha.

—La sopa está lista —contestó la voz de ella.

Kerry no contestó. Se levantó, dirigiéndose hacia el aparato, observándolo dubitativamente. El cable del enchufe había sido arrancado de su tomacorriente. Kerry lo repuso cautelosamente en su lugar. Luego se agachó para examinar las patas de la consola. Ante sus ojos, parecían construidas de madera, y finamente terminadas. Una mano exploratoria no pudo ampliar esta observación. Madera... dura y quebradiza. Cómo demonios...

—¡La cena está lista! —lo llamó Martha.

Kerry arrojó su cigarrillo a la chimenea, y salió lentamente de la habitación. Su esposa, colocando una salsera en la mesa, lo miró fijamente.

—¿Cuántos Martinis tomaste?

—Solo uno —contestó Kerry, vagamente—, me debo haber adormilado por un minuto. Sí, eso es lo que debe haber pasado.

—Bueno, ya puedes arrojarte sobre la comida —autorizó su esposa—. Después de todo, es la última oportunidad que tienes de comportarte como un cerdo mientras comes mis comidas; al menos por una semana.

Kerry buscó su billetera con un gesto ausente, sacó de ella un sobre y se lo tendió a su esposa:

—Aquí está tu boleto, ángel. No lo pierdas.

—¡Oh! ¡Parece que merezco un compartimiento para mí sola! —Martha colocó nuevamente la tarjeta en su sobre, y gorgoteó alegremente—. Eres realmente un buen muchacho. ¿Seguro que podrás arreglártelas sin mí?

—¿Eh? ¡Ah, sí!... creo que sí —dijo Kerry, agregándole sal a su palta. Se estremeció ligeramente, y pareció salir de un ligero aturdimiento—. Seguro que podré arreglármelas. Tú vete a Denver y ayuda a Carol a tener su bebé. Así todo quedará en familia.

—Bueno, es mi única hermana... —Martha sonrió al decir esto—. Tú sabes cómo son ella y Bill. Completamente chiflados. Necesitarán a alguien que los tranquilice justamente ahora.

No recibió contestación alguna. Kerry estaba meditando profundamente sobre un bocado de su palta. Ante su pregunta, musitó algo acerca del Venerable...

—¿Qué pasa con él?

—Hay una conferencia mañana. Por alguna extraña razón, todos los términos lectivos nos empantanamos en el Venerable Beda. En fin...

—¿Y tienes tu conferencia lista?

—Claro —asintió. Kerry. Había enseñado durante ocho años en la misma Universidad, y por cierto que sabía los programas para ese entonces.

Más tarde, luego de haber servido el café y encendido sendos cigarrillos, Martha echó una mirada a su reloj pulsera.

—Ya es casi la hora de tomar el tren. Es mejor que termine de empacar. Los platos...

—Yo los lavaré —afirmó Kerry, acompañando a su esposa al dormitorio, donde solo consiguió entorpecer su labor. Al cabo de un tiempo, volvió a bajar, acarreando las valijas hasta el auto.

Martha se le reunió, y juntos se encaminaron hacia la estación. El tren llegó en el horario previsto, y media hora después de haber salido, Kerry volvió a instalar el coche en el garaje, y se dirigió hacia la casa, bostezando profundamente. Se sentía cansado. Bien, entonces lavaría los platos, luego una cerveza, y se acostaría a leer un libro. Con una intrigada mirada a la radio, entró a la cocina y comenzó con los platos. Y ese fue el momento que eligió el teléfono del hall para comenzar a sonar. Kerry se secó las manos en una toalla, y se dirigió a. atenderlo. El que llamaba era Mike Fitzgerald, profesor de psicología en su misma Universidad.

—Hola Fitz.

—Hola, ¿Martha se fue?

—Sí. Recién llego de acompañarla a la estación.

—¿Te sientes con ánimo como para conversar, entonces? Conseguí un escocés bastante pasable. ¿Por qué no te vienes y charlamos un rato?

—Me gustaría —contestó Kerry, bostezando nuevamente— pero estoy muerto. Mañana es un día pesado. ¿Quedamos comprometidos para mañana?

—Perfecto. Es que recién acababa de terminar de corregir mis papeles, y sentí la necesidad de aguzar mi mente. ¿Qué sucede?

—Nada; espera un momento —Kerry dejó el receptor, y miró por sobre su hombro frunciendo el ceño. Se oían extraños ruidos, procedentes de la cocina. ¡Qué demonios!...

Cruzó rápidamente el hall, y se detuvo en la puerta de la cocina, inmóvil y estupefacto. El aparato de radio estaba lavando los platos. Al cabo de un momento, retornó al teléfono, donde le oyó preguntar a Fitzgerald:

—¿Sucede algo?

—Es mi nuevo combinado —contestó Kerry cautelosamente—. Está lavando los platos.

Fitz permaneció silencioso por unos instantes. Cuando contestó lo hizo con una risita indecisa:

—¿Cómo?

—Te llamaré más tarde —dijo Kerry, colgando el receptor.

Permaneció allí parado, inmóvil por un momento, mordisqueando su labio inferior. Luego se encaminó de vuelta a la cocina, y se detuvo a observar. El aparato estaba parado frente a la pileta, volviéndole la espalda. Varios miembros similares a tentáculos manipuleaban los platos, sumergiéndolos expertamente en agua jabonosa caliente, frotándolos con la pequeña esponja, enjuagándolos concienzudamente y colocándolos luego prolijamente en el escurridor de alambre. Aquellos miembros semejantes a látigos eran su único signo de actividad fuera de lo común. Las piernas eran aparentemente sólidas.

—¡Eh! —exclamó Kerry.

No obtuvo respuesta alguna. Se deslizó entonces furtivamente dentro de la cocina, hasta que pudo examinar el combinado desde más cerca. Los tentáculos surgían desde un hueco debajo de uno de los diales, mientras que el cable del enchufe se balanceaba libremente. Entonces carecía de energía. Pero que... Kerry dio unos pasos hacia atrás, y extrajo un cigarrillo. Instantáneamente, el tocadiscos giró, tomó un fósforo de la caja colocada sobre la cocina, y se acercó a él. Kerry parpadeó, estudiando sus patas. Aquello no podía ser madera. Se doblaban mientras la... cosa se movía, elásticas y flexibles, como si fueran de goma. El aparato tenía un singular movimiento furtivo, que no se parecía a ninguna otra cosa sobre la Tierra. Encendió el cigarrillo de Kerry, e inmediatamente regresó a la pileta, donde recomenzó el interrumpido lavado. Kerry telefoneó nuevamente a Fitzgerald:

—No estaba bromeando. Tengo alucinaciones, o algo así. Ese maldito combinado acaba de encenderme un cigarrillo.

—Espera un momento —la voz de Fitzgerald sonaba indecisa —. Esto es una broma, ¿verdad?

—¡No! Y no creo que sea una alucinación, tampoco. Está dentro de tu campo. Puedes venir ahora, y ver cómo andan mis reflejos.

—Está bien —dijo Fitz—. Dame diez minutos. Y ten un trago preparado.

Cortó la comunicación, y Kerry, dejando el receptor de vuelta en la horquilla, pudo volverse a tiempo para ver a la radio salir caminando de la cocina, dirigiéndose a la sala de estar. Su perfil cuadrado, similar a una caja, resultaba sutilmente horripilante, como alguna versión bizarra de algún extraño espantapájaros. Kerry se estremeció, pero al fin siguió al combinado, encontrándolo en su lugar original, inmóvil e impasible. Se acercó a él y abrió las puertecillas del frente, observando cuidadosamente el plato, el brazo del pickup, y todos los otros botones y dispositivos. Aparentemente, no había nada fuera de lo normal. Tocó las patas una vez más; no eran de madera, después de todo. Era algún tipo de plástico, y parecía bastante duro. O... quizás fuera madera al fin y al cabo.

Era muy difícil estar seguro, especialmente sin dañar la terminación del mueble. Y Kerry sentía repulsión ante la idea de utilizar un cuchillo contra su propio tocadiscos. Probó la radio, sintonizando sin ninguna dificultad varias de las emisoras locales. El tono era bueno... quizás desusadamente bueno, pensó. Y el tocadiscos... Tomó al azar el disco de Hasvorsen, La entrada de los Boyardos, y lo deslizó en su lugar, cerrando la cubierta. No pudo escuchar ningún sonido proveniente del aparato. Una investigación mas cuidadosa demostró, sin embargo, que la púa estaba moviéndose rítmicamente a lo largo del surco, pero sin ningún resultado audible. ¿Y entonces?

Kerry retiró el disco al escuchar la campanilla de la puerta de entrada. Era Fitzgerald, un hombre de apariencia taciturna, extremadamente delgado, con un rostro apergaminado, coronado por un enmarañado matorral de opacos cabellos grises. Al llegar, extendió hacia Kerry una larga y huesuda mano.

—¿Dónde está mi trago?

—Hola Fitz. Ven a la cocina. Lo prepararé. ¿Tomarás un Highball?

—Un Highball estará bien.

—Enseguida lo preparo —dijo Kerry, iniciando el camino hacia la cocina—. Sin embargo, no lo bebas demasiado pronto. Quiero mostrarte mi nuevo combinado.

—¿El que lava platos? —preguntó Fitzgerald—. ¿Qué otra cosa sabe hacer?

Kerry entregó al otro su copa:

—No toca discos.

—Bueno, ese es un problema menor, si va a hacer las tareas de la casa. Vamos a echarle una mirada —agregó, dirigiéndose hacia el salón. Allí seleccionó La siesta de un fauno y se acercó al combinado—. No está enchufado.

—Eso no hace ninguna diferencia —contestó Kerry violentamente.

—¿Tiene baterías? —preguntó Fitzgerald, mientras deslizaba el disco en su posición, y operaba los interruptores—. Veinticinco centímetros... ya está. Ahora veremos. —Se volvió triunfante hacia Kerry: —¿Y bien? Está sonando ahora.

Y lo estaba.

—Inténtalo con aquella pieza de Halvorsen. Tómala —al decir esto, alargó el disco hacia Fitzgerald, quien pulsó el interruptor de expulsión, y se quedó contemplando la elevación del brazo del pickup.

Pero esta vez el tocadiscos rehusó funcionar. Evidentemente no le agradaba La entrada de los Boyardos.

—Es curioso —gruñó Fitzgerald—. Probablemente el problema resida en el disco. Probemos otro.

No tuvieron problemas con Daphnis y Cloe, pero el aparato rechazó silenciosamente el Bolero, del mismo compositor. Kerry se sentó e invitó a Fitz con un ademán, a hacerlo en una silla vecina, comentando:

—Eso no prueba nada. Ven aquí y observa. No tomes nada aún. ¿Te sientes perfectamente, este... normal?

—Seguro. ¿Y bien?

Kerry sacó un cigarrillo. El combinado caminó a través del cuarto, recogiendo una caja de fósforos a su paso, y sostuvo gentilmente la llama. Una vez encendido el cigarrillo, regresó a su lugar junto a la puerta. Fitzgerald no efectuó comentario alguno. Al cabo de unos instantes, extrajo a su vez un cigarrillo de su bolsillo, y esperó. Nada sucedió esta vez.

—¿Entonces...? —preguntó Kerry.

—Un robot. Esa es la única respuesta posible. Por los huesos de Petrarca ¿dónde lo conseguiste?

—No pareces muy sorprendido.

—Sin embargo, lo estoy. Pero ya he visto robots anteriormente: La Westinghouse los probó, y tú lo sabes. Solo que este... —Fitzgerald comenzó a golpear suavemente sus dientes con la uña de su dedo índice—. ¿Quién lo hizo?

—¿Cómo demonios quieres que lo sepa? —preguntó Kerry, airado—. La gente de la fábrica de tocadiscos, supongo.

—Espera un minuto —interrumpió Fitzgerald, con los párpados entornados—. No entiendo muy bien...

—Es que no hay nada que entender. Compré este combinado hace pocos días. Entregué el viejo como parte de pago. Me lo enviaron esta misma tarde, y... —Kerry explicó todo lo que había sucedido.

—¿Quiere decir que no sabías que era un robot?

—Exactamente. Lo compré como una radio. ¡Y ahora esa... esa maldita cosa parece estar viva!

—No —Fitzgerald se levantó, sacudiendo la cabeza, e inspeccionó cuidadosamente la consola—. Es un nuevo tipo de robot. Al menos... ¿qué otra cosa queda por pensar? Sugiero que te pongas al habla con la gente de la Medioeste mañana mismo, y los consultes.

—Abramos el gabinete, y echemos una mirada al interior —sugirió Kerry.

Fitzgerald aceptó gustosamente, pero el experimento demostró ser imposible de llevar a cabo. Los paneles exteriores, presumiblemente de madera, no estaban, como era de prever, atornillados en su lugar, y no había aparentemente ninguna manera de abrir la caja del aparato. Kerry buscó un destornillador, y comenzó a utilizarlo, delicadamente al principio, y luego con reprimida furia. Aun así, sus esfuerzos fueron inútiles, no solo para abrir alguno de los paneles, sino que tampoco fueron capaces de rayar la oscura y pulida terminación del gabinete.

—¡Maldita sea! —dijo finalmente—. Bueno, tus suposiciones son tan buenas como las mías. Es un robot. Sólo que no estaba enterado de que pudieran construirlos tan avanzados. ¿Y por qué con forma de combinado?

—No me preguntes a mí —dijo Fitzgerald, encogiéndose de hombros—. Consúltalo mañana. Este es el primer paso.

Naturalmente, estoy un poco desconcertado. Si han conseguido inventar una nueva clase de robot especializado, ¿por qué ponerlo en un gabinete de tocadiscos? ¿Y qué es lo que hace que esas patas se muevan? No hay ningún tipo de ruedas en ellas.

—Yo también me estuve preguntando lo mismo.

—Cuando se mueve, las patas parecen... de goma; solo que no lo son. Son duras como... madera. O plástico.

—Estoy asustado de la cosa ésa —comentó Kerry.

—¿Quieres quedarte en casa esta noche?

—N-no, creo que no será necesario. El... robot no puede hacerme daño.

—No creo que lo desee. Hasta ahora te ha estado ayudando, ¿no es así?

—Sí —contestó Kerry, y salió para preparar otros tragos.

El resto de la conversación transcurrió en forma intrascendente. Varias horas más tarde, Fitzgerald partió para su casa, algo preocupado. En realidad, no había estado tan indiferente, sino que solo lo había aparentado, en consideración a los nervios de Kerry. El impacto de algo tan absolutamente inesperado dentro de la vida normal, era sutilmente aterrador. Y a pesar de todo, como él mismo había dicho, el robot no parecía amenazante. Kerry subió a su cuarto, llevando consigo una novela policial que aún no había comenzado a leer. El tocadiscos lo siguió al dormitorio, y delicadamente le quitó el libro de las manos. Kerry se aferró instintivamente a él.

—¡Eh! —exclamó—. Qué demonios...

El combinado salió nuevamente del dormitorio en dirección a la sala de estar, y Kerry lo siguió, justo a tiempo para verlo reponer el libro en su estante correspondiente. Al cabo de un momento, se retiró silenciosamente, cerrando su puerta con llave y durmió desasosegadamente hasta la mañana siguiente. Aún con sus pijamas y en pantuflas, bajó tambaleante para observar nuevamente el tocadiscos. Estaba de nuevo en su lugar original, y parecía como si jamás se hubiera movido: bastante pálido, comenzó a preparar su desayuno. Sin embargo, cuando fue a tomarlo, sólo le fue permitido una única taza de café. El tocadiscos apareció, retirándole reprobadoramente la segunda taza de la mano, y la vació en la pileta. Aquello fue más que suficiente para Kerry Westerfield. Buscó apresuradamente su sombrero y su sobretodo, y abandonó la casa casi corriendo. Había tenido el horrible presentimiento que el combinado podría seguirlo, pero éste se abstuvo de hacerlo, afortunadamente para su salud mental. Estaba comenzando a preocuparse seriamente por ella.

Durante la mañana encontró algo de tiempo para telefonear a la Electrónica del Medioeste, pero el vendedor no sabía nada al respecto. El equipo era un combinado de modelo estándar, el más moderno de ellos. Si no funcionaba satisfactoriamente, por supuesto estaría muy contento de...

—¡Oh, no! Está perfectamente —contestó Kerry—. ¿Pero quién lo construyó? Eso es lo que me interesaría saber.

—Un momento, por favor —y luego de una demora, la voz informó—. Proviene del Departamento del señor Lloyd. Uno de nuestros capataces.

—Comuníqueme con él, por favor.

Pero Lloyd no fue de mucha ayuda. Luego de mucho pensarlo, recordó que el combinado había sido colocado en el depósito sin número de serie y que hubo que agregárselo posteriormente.

—¿Pero ¿quién lo fabricó?

—En este momento no pudo decírselo con seguridad. Pero creo que puedo averiguárselo. ¿Qué le parece si lo llamo más tarde?

—No se olvide —pidió Kerry, y retornó a sus clases. La conferencia sobre el Venerable Beda no resultó demasiado exitosa ese año.

Durante el descanso del mediodía pudo ver a Fitzgerald, quien pareció aliviado cuando Kerry se acercó a su mesa.

—¿Encontraste algo más acerca de tu robot-mascota? —preguntó el profesor de psicología.

No había nadie dentro del radio de alcance de sus voces. Con un suspiro de cansancio, Kerry se dejó caer en una silla, y encendió un cigarrillo.

—Absolutamente nada. ¡Oh, es un placer poder hacer esto por mí mismo! —exclamó, expulsando el aire de sus pulmones—. Telefoneé a la Compañía.

—¿Y?

—No saben nada. Excepto que el combinado no tenía número de serie.

—Eso puede ser significativo —comentó Fitzgerald.

Kerry comentó con su amigo acerca de los incidentes con el libro y el café, y Fitzgerald desvió la mirada hacia su vaso de leche.

—Yo te he efectuado varios psicotests, y te dije que demasiada excitación era perjudicial para ti.

—¡Pero una novela de detectives! —Bueno, admito que es demasiado exagerado; pero puedo entender las razones por las que el robot actuó de esa manera. Aunque confieso que no sé cómo se las arregló para hacerlo. —Aquí dudó un instante—. Sin inteligencia quiero decir.

—¿Inteligencia? —Kerry pasó la lengua por sus labios—. Y o no estoy muy seguro que sea simplemente una máquina. Y yo no estoy loco.

—No, no lo estás. Pero tú dijiste que el robot estaba en la habitación del frente. ¿Cómo pudo saber qué era lo que estabas leyendo? —A menos que cuente con algún tipo de visión de rayos-X, escudriñadores superveloces y poderes asimilativos, no puedo siquiera imaginármelo. Quizás no quisiera que leyera nada.

—Eso tiene sentido —gruñó Fitzgerald—. ¿Sabes algo acerca de máquinas teóricas de ese tipo?

—¿Robots?

—Puramente teóricos. Tu cerebro es un coloide, tú lo sabes. Compacto, complicado... pero lento. Supón que llegas a desarrollar un dispositivo con varios trillones de unidades radioatómicas, alojadas en un material aislante. El resultado es un cerebro, Kerry. Un cerebro con una tremenda cantidad de unidades, interactuando a velocidades lumínicas. Una lámpara de radio ajusta el flujo de corriente cuando el dispositivo está operando a cuarenta millones de señales diferenciadas por segundo. Y, teóricamente al menos, un cerebro radioatómico del tipo que te he mencionado, puede incluir capacidades de percepción, reconocimiento, evaluación, reacción y ajuste, a razón de cien mil por segundo.

—Pero eso es pura teoría.

—Sí, yo también lo creía. Sin embargo, me gustaría saber de dónde proviene tu combinado.

Uno de los mozos comenzó a llamar en voz alta:

—¡Teléfono para el Sr. Westerfield!

Kerry se excusó y salió. Cuando regresó, podía apreciarse en su rostro una mirada preocupada, que unía las pobladas cejas. Fitzgerald se quedó mirándolo interrogativamente.

—Era un tipo llamado Lloyd, de la planta de la Medioeste. Había estado hablando con él acerca del tocadiscos.

—¿Tuviste suerte?

—No... Bueno, no mucha —contestó Kerry, sacudiendo la cabeza—. No pude averiguar quién pudo haber construido la cosa.

—Pero ¿fue construida en la planta?

—Sí. Hace más o menos dos semanas atrás... pero no existen registros sobre quién la hizo. Lloyd parece pensar que es muy, muy extraño. Si el combinado fue construido en la planta, ellos tendrían que saber quién lo hizo.

—¿Y entonces?

—Entonces, nada. Y cuando le pregunté como se abre el gabinete, me dijo que era muy sencillo: simplemente desatornillando el panel posterior.

—Es que no hay ningún tornillo allí —dijo Fitzgerald.

—Ya lo sé.

Se miraron mutuamente, hasta que Fitzgerald rompió el silencio:

—Daría cincuenta dólares por saber si ese robot fue construido realmente hace sólo dos semanas atrás.

—¿Por qué?

—Porque un cerebro radioatómico necesita cierto entrenamiento. Incluso para ciertas cosas simples cómo encender un cigarrillo.

—Es que me vio encender uno.

—Y siguió el ejemplo. Y en cuanto al lavado de platos... hm-mm. Inducción, supongo. Si ese dispositivo ha sido entrenado previamente, es un robot. De lo contrario... —Fitzgerald hizo una pausa.

Kerry parpadeó, y luego lo instó:

—¿De lo contrario qué?

—Entonces no sé qué demonios puede ser. En ese caso tendría la misma relación con un robot, que nosotros con el Eohippus... Sólo sé una cosa, Kerry: es muy probable que ningún científico de nuestros días posea los conocimientos necesarios como para diseñar una... una cosa como ésa.

—Estás argumentando en círculos —dijo Kerry—. Alguien tiene que haberlo hecho.

—Es verdad. Pero ¿Cómo... cuándo... y quién? Eso es lo que me tiene preocupado.

—Bueno, tengo una clase en cinco minutos. ¿Por qué no vienes a casa esta noche?

—No puedo. Tengo una conferencia en el Salón. Pero te llamaré cuando termine.

Kerry se despidió con un gesto, tratando de desechar los pensamientos sobre el tema, y consiguiéndolo regularmente bien. Sin embargo, aquella noche, mientras cenaba solo en un restaurant, comenzó a sentir una general falta de deseos de regresar a su casa. Sabía que había un espantapájaros esperándolo.

—Cognac —ordenó el camarero—. Que sea doble.

Dos horas más tarde, un taxi dejaba a Kerry en la puerta de su casa. Se encontraba notablemente borracho; los objetos se movían en forma imprecisa delante de sus ojos. Caminó inestablemente hacia la puerta, subiendo los escalones con exagerado cuidado, y entró en la casa. Encendió la luz. El combinado se acercó inmediatamente a él y unos delgados tentáculos, resistentes como el acero se arrollaron alrededor de su cuerpo, manteniéndolo inmóvil. Un aguda punzada de violento terror azotó a Kerry; luchó desesperadamente por liberarse, mientras trataba infructuosamente de gritar, pues su garganta estaba completamente seca. Del panel frontal de la radio surgió un relámpago de luz amarilla, que encegueció momentáneamente al hombre.

Luego se deslizó en dirección a su pecho, deteniéndose allí por un instante. Repentinamente, un sabor insólito inundó la boca de Kerry. Al cabo de un minuto aproximadamente, el rayo se apagó, los tentáculos desaparecieron de la vista, y el combinado regresó a su rincón acostumbrado. Kerry se tambaleó débilmente hasta una silla, y se dejó caer en ella, tragando saliva espasmódicamente. Estaba completamente sobrio. Lo que era absolutamente imposible. Catorce cognacs debían haber infiltrado una considerable cantidad de alcohol dentro de su sistema circulatorio.

Y uno no puede agitar una varita mágica y alcanzar instantáneamente un estado de completa sobriedad. Sin embargo, eso era exactamente lo que había pasado. El... robot tratando de ser útil. Sólo que Kerry hubiera preferido permanecer borracho. Se levantó cautelosamente y se deslizó más allá del tocadiscos en dirección a la biblioteca. Con un ojo fijo en el combinado, tomó nuevamente la novela policial que había tratado de leer la noche precedente. Como había esperado, los tentáculos del aparato la retiraron de su mano, para reponerlo en su estante correspondiente. Kerry, recordando las palabras de Fitzgerald, echó una mirada a su reloj. Tiempo de reacción, cuatro segundos.

Retiró de un estante contiguo un tomo de Chaucer, y la radio permaneció inmóvil. Sin embargo, cuando Kerry buscó un volumen de historia, este le fue quitado suavemente de sus manos. Tiempo de reacción, seis segundos. Kerry localizó un libro de historia dos veces más grueso que el anterior.

Tiempo de reacción, diez segundos. Oh, oh. Así que el robot realmente leía los libros. Aquello significaba algún tipo especial de rayos X y reacciones superveloces. ¡Por las barbas de Josafat! Kerry comenzó a intentar con nuevos títulos, preguntándose cuál era el criterio de juicio del combinado. Alicia en el País de las Maravillas fue arrebatado de sus manos; los poemas de Millay fueron aprobados. Kerry confeccionó una lista, a dos columnas, para futuras referencias. De acuerdo con todo lo que había sucedido, el robot no era un simple sirviente. Era un censor. Pero, ¿cuál era su patrón de comparación? Al cabo de un momento, recordó su conferencia del día siguiente, y comenzó a repasar sus apuntes; varios párrafos entre ellos necesitaban ser verificados. Con cierta indecisión localizó el libro que necesitaba como referencia... y el robot lo arrebató de su mano.

—Espera un momento —dijo Kerry—, ¡necesito ese libro!

Trató de arrancar el volumen del apretón de los tentáculos, pero infructuosamente; el aparato no le prestó atención, y remplazó calmosamente el libro en su correspondiente estante. Kerry permaneció donde estaba, mordisqueando su labio inferior. Esto era ya demasiado. El maldito robot era un monitor. Se deslizó furtivamente hacia el libro, lo atrapó rápidamente, y salió de la habitación antes que el robot pudiera moverse. La cosa lo estaba persiguiendo. Podía oír el suave roce de sus... sus pies. Kerry se escabulló dentro del dormitorio, y cerró la puerta con llave. Allí esperó, con su corazón palpitando aceleradamente, contemplando como el tocadiscos probaba suavemente el picaporte. Un tentáculo delgado como un cabello se deslizó a través de la juntura de la puerta, y comenzó a tantear torpemente la llave.

Kerry saltó repentinamente hacia adelante, y corrió el cerrojo auxiliar. Sin embargo, eso tampoco ayudó. Las herramientas de precisión del robot —las antenas especializadas— lo descorrieron nuevamente; y entonces el combinado abrió la puerta, entrando al dormitorio, para dirigirse directamente hacia Kerry. Este se sintió dominado por el pánico. Con un respingo arrojó el libro en dirección a la cosa, y ésta lo atrapó hábilmente en el aire.

Aparentemente, eso había sido todo lo que deseaba, pues inmediatamente giró sobre sí misma y salió de la habitación, hamacándose torpemente sobre sus patas flexibles, llevándose el volumen requisado. Kerry maldijo suavemente. En ese momento, llamó el teléfono. Era Fitzgerald.

—Y bien... ¿Cómo van las cosas?

—¿Tienes un ejemplar de la Literatura social de las edades, de Cassens?

—No, no creo que lo tenga, ¿por qué?

—No importa: ya lo conseguiré mañana en la biblioteca de la Universidad —Kerry explicó lo que había sucedido, y Fitzgerald silbó suavemente.

—Con que interfiriendo, ¿eh? Hm-m-m... Me pregunto...

—Estoy asustado de esa cosa.

—No creo que intente hacerte ningún daño. ¿Dices que te puso sobrio?

—Sí. Con un rayo amarillo. Eso no es muy lógico.

—Podría serlo. El equivalente vibratorio del cloruro de tiamina.

—¿Luminoso?

—Existe una vitamina contenida en la luz del sol, tú sabes. Pero ese no es el punto más importante. Está censurando tus lecturas... y aparentemente puede leer los libros, con unas reacciones superrápidas. Ese dispositivo, sea lo que fuere, no es un robot.

—Y tú me lo dices a mí —observó Kerry—. ¡Es un Hitler!

Fitzgerald no rió ante la broma. En lugar de ello, sugirió sobriamente:

—¿Y si pasaras la noche en mi casa?

—No —contestó Kerry, con voz obcecada—. Ningún tocadiscos de tal-por-cual va a conseguir echarme de mi propia casa. Antes que eso, lo destrozo con un hacha.

—Bueno, supongo que sabes lo que estás haciendo. Llámame si... si sucede algo.

—Lo haré —afirmó Kerry, colgando el receptor. Se dirigió a la sala de estar, y contempló fríamente al combinado. ¿Qué demonios era aquello... y qué estaba tratando de hacer? Por supuesto que no era un simple robot.
Asimismo, era igualmente cierto que no estaba vivo, al menos en el sentido en que está vivo un cerebro coloidal.

Con sus labios apretados, fue hacia el aparato, y comenzó a manipular sus diales e interruptores. Desde la consola llegó a sus oídos el ritmo palpitante y errático de una oscilación de banda, como respuesta a sus operaciones. Intentó la frecuencia correspondiente a la onda corta... nada inusual en ella. ¿Y entonces? Entonces nada. No había respuesta para todo aquello. Luego de unos momentos más de meditación, se fue a dormir. Durante el almuerzo del día siguiente, llevó el tomo de La literatura social de Cassens, para mostrárselo a Fitzgerald.

—¿Qué pasa con él? —preguntó su amigo.

—Mira aquí —dijo Kerry, pasando las páginas rápidamente, para indicarle un párrafo—. ¿Esto significa algo para ti?

—Sí —contestó Fitzgerald, luego de leerlo—. Sí. El punto central parece residir en que el individualismo es necesario para la producción literaria. ¿Estás de acuerdo?

—No lo sé —contestó Kerry, mirándolo.

—¿Cómo?

—Mi mente divaga.

Fitzgerald despeinó aún más su cabello gris, entrecerrando sus ojos, y observando intensamente al otro hombre:

—Empecemos otra vez. En realidad yo no quise...

Kerry lo interrumpió con mal reprimida impaciencia.

—Esta mañana fui a la biblioteca y consulté esta referencia. La leí cuidadosamente, pero no significa nada para mí. Solo un montón, de palabras. Tú sabes lo que sucede cuando estás fatigado por haber estado leyendo mucho. Llegas a una oración con demasiadas cláusulas subordinadas, y no llegas a captar su significado. Bueno, fue algo parecido a eso.

—Léela ahora —ordenó calmosamente Fitzgerald, empujando el libro a través de la mesa.

Kerry obedeció, levantando luego la vista con una sonrisa irónica:

—Nada.

—Léela en voz alta. Yo la seguiré contigo, paso por paso.

El intento fue en vano. Kerry parecía absolutamente incapaz de asimilar el sentido del párrafo.

—Puede ser un bloqueo semántico —manifestó Fitzgerald, rascándose una oreja—. ¿Es la primera vez que te sucede?

—Sí... estee... no. Bueno, no lo sé...

—¿Tienes alguna clase esta tarde? Bueno, entonces corramos a tu casa.

—Está bien —dijo Kerry, apartando su plato—. Después de todo, no tengo hambre. Cuando quieras...

Media hora más tarde, estaban observando el combinado. Parecía bastante inofensivo. Fitzgerald perdió algún tiempo tratando de quitar alguno de los paneles, pero al fin lo descartó como un esfuerzo inútil. En lugar de ello, buscó lápiz y papel, se sentó frente a frente con Kerry, y comenzó a hacerle preguntas. En una de ellas se detuvo y comentó:

—No me habías mencionado eso anteriormente.

—Supongo que me habré olvidado.

Fitzgerald se golpeó suavemente los dientes con el cabo de su lápiz:

—Hm-m-m. La primera vez que el combinado actuó...

—Me enfocó en los ojos con un rayo azul.

—No, eso no. Quiero saber lo que dijo.

—¿Qué dijo? —Kerry parpadeó, dudando—. «Esquema psicológico probado y registrado», o algo parecido. Yo pensé que había sintonizado alguna estación de radio, y que la frase formaba parte de algún programa de preguntas y respuestas, o algo así. ¿Quieres decir...?

—¿Las palabras eran fáciles de entender? ¿En un inglés correcto?

—Ahora que lo recuerdo, no —dijo Kerry, ceñudo—. Estaban bastante mal pronunciadas. Como si las vocales estuvieran acentuadas en exceso.

—Aja. Bueno, continuemos. —Y comenzaron un test de asociación de palabras.

Finalmente, Fitzgerald se echó hacia atrás, frunciendo el ceño:

—Quiero cotejar todo este material con los últimos tests que te tomé hace algunos meses. Me parece curioso... muy curioso. Me sentiría mucho mejor si supiera exactamente de qué tipo de memoria se trata. Hemos hecho un considerable trabajo acerca de la mnemotecnia... la memoria artificial. Sin embargo, podría no ser nada de eso en absoluto.

—¿Eh?

—Esa... máquina. O bien la han provisto de una memoria artificial, o la han entrenado minuciosamente, o ha sido ajustada para un medio ambiente y una cultura diferentes. Te ha afectado bastante.

—¿De qué manera? —preguntó Kerry, pasándose la lengua por los labios resecos.

—Implantando bloqueos en tu mente. No los he correlacionado todavía. Cuando lo haga, quizás podamos imaginarnos algún tipo de respuesta para todo esto. No, esa cosa no es un robot. Es mucho más que eso.

Kerry tomó un cigarrillo, y el combinado se dirigió rápidamente a encendérselo. Los dos hombres lo contemplaron con un débil estremecimiento de horror.

—Es mejor que te quedes en mi casa esta noche —sugirió Fitzgerald.

—No, gracias —contestó Kerry, estremeciéndose.

Al día siguiente, Fitzgerald buscó a Kerry durante el almuerzo, pero el joven no apareció. Al no encontrarlo, telefoneó a su casa, y Martha atendió el teléfono.

—¡Hola! ¿Cuándo regresaste?

—Hola, Fitz. Hace sólo una hora. Mi hermana se me adelantó y tuvo su bebé sin mí... así que decidí volverme. —Ella se detuvo, y Fitzgerald se sintió súbitamente alarmado por su tono.

—¿Dónde está Kerry?

—Está aquí. ¿Puedes venir enseguida, Fitz? Estoy muy preocupada.

—¿Qué le sucede?

—No... no lo sé. Ven inmediatamente, por favor.

—Está bien —contestó Fitzgerald, y colgó el receptor, mordiéndose nerviosamente los labios.

Cuando llamó a la puerta de los Westerfield, pocos minutos más tarde, descubrió que sus nervios estaban peligrosamente fuera de control. Sin embargo, la aparición de Martha consiguió tranquilizarlo. La siguió rápidamente hasta el living, donde la mirada de Fitzgerald se dirigió automáticamente hacia el tocadiscos, que permanecía exactamente igual, y luego a Kerry, sentado inmóvil junto a una de las ventanas. El rostro de este último mostraba una expresión vacía, desconcertada. Sus pupilas estaban ampliamente dilatadas, y apenas dio señales de reconocerlo, aunque muy lentamente.

—Hola, Fitz —saludó.

—¿Cómo te sientes?

—Fitz, ¿qué sucede? —interrumpió Martha—. ¿Está enfermo? ¿Llamo al médico?

Fitzgerald se sentó, mientras preguntaba:

—¿Has notado algo extraño acerca de esa radio?

—No, ¿por qué?

—Entonces, escucha. —Le relató toda la historia, viendo como la incredulidad luchaba contra una recelosa aceptación de los hechos, reflejada nítidamente en el rostro de Martha. A pesar de todo, intentó objetar.

—Pero no puedo creer...

—Si Kerry saca un cigarrillo, esa cosa tratará de encendérselo. ¿Quieres ver cómo lo hace?

—N-no. Es decir, sí; creo que sí —dudó Martha, con los ojos muy abiertos.

Fitzgerald ofreció un cigarrillo, y sucedió lo esperado. Martha permaneció silenciosa. Cuando el combinado hubo regresado a su sitio acostumbrado, se estremeció, dirigiéndose hacia Kerry. El la contempló vagamente.

—Necesita un médico, Fitz.

—Sí —comentó Fitz, sin mencionar que un doctor resultaría totalmente inútil.

—¿Qué es esa... cosa?

—Es algo más que un robot. Y ha estado tratando de «reajustar» a Kerry. Ya te he dicho lo que ha pasado. Cuando controlé los esquemas psicológicos de Kerry, encontré que habían sido alterados. Ha perdido la mayor parte de su iniciativa.

—Nadie en la Tierra podría haber hecho esa...

—Ya he pensado en eso —la interrumpió Fitzgerald, con el ceño fruncido—. Parece ser producto de una cultura bien desarrollada, bastante diferente de la nuestra. Quizás marciana.

Es algo tan especializado, que sólo encajaría naturalmente dentro de una cultura sumamente sofisticada. Pero no puedo entender por qué tiene la apariencia exacta de uno de los tocadiscos que produce la Electrónica del Medioeste. Martha posó su mano sobre la de Kerry.

—¿Quizás se trate de un camouflage?

—Pero..., ¿por qué? Tú fuiste una de mis mejores alumnas de Psicología, Martha. Contémplalo desde el punto de vista lógico. Imagina una civilización donde un dispositivo como éste tenga un lugar apropiado. Y entonces usa el método de razonamiento inductivo.

—Estoy tratando de hacerlo, pero no puedo pensar muy lógicamente. Fitz, estoy muy preocupada por Kerry.

—Yo estoy perfectamente bien —intervino Kerry.

Fitzgerald unió las yemas de sus dedos:

—No se trata tanto de un combinado como de un monitor. En la otra civilización de la cual proviene, quizás cada ser humano tiene uno, o tal vez sólo algunos pocos... los que los necesitan. Y el aparato los mantiene adaptados al medio ambiente.

—¿Destruyendo sus iniciativas?

—¡No lo sé! —contestó Fitzgerald, con un gesto de impotencia—. Funcionó así en el caso de Kerry. En otros casos... ¡no puedo saberlo!

Martha se levantó decididamente.

—No creo que sea necesario hablar más. Kerry necesita un doctor. Después de eso, podremos conversar con respecto a eso —dijo, señalando el combinado.

—Sería una lástima destruirlo —dijo Fitzgerald—, pero... —su mirada era significativa.

En ese momento, el tocadiscos se movió. Se desprendió de su rincón acostumbrado, con un paso furtivo y bamboleante, y se dirigió en dirección a Fitzgerald. Cuando éste intentó saltar fuera de su trayectoria, los tentáculos, similares a látigos, se dispararon para inmovilizarlo. Un pálido rayo iluminó por un instante los ojos del psicólogo. El resplandor se apagó casi al instante; los tentáculos aflojaron su tensión, y el aparato se retiró a su lugar de origen. Fitzgerald permaneció donde estaba, inmóvil. Martha había saltado sobre sus pies, llevando una mano a su boca.

—¡Fitz! —llamó, con voz estremecida.

—¿Sí? —contestó él, dudando—. ¿Qué sucede?

—¿Estás herido? ¿Qué te hizo?

—¿Eh? —preguntó él, frunciendo ligeramente el entrecejo—. ¿Herido? ¿Por qué habría de estarlo?

—El tocadiscos. ¿Qué te hizo?

La mirada de él se dirigió hacia la consola.

—¿Qué pasa con ella? Me temo que no entiendo mucho de electrónica, Martha.

—Fitz —ella se adelantó, aferrándose a su brazo—.Escúchame. —Las palabras se atropellaban para salir de su boca.

El combinado. Kerry. La discusión que habían tenido. Fitzgerald la miró sin expresión, como si no entendiera sus palabras.

—Creo que estoy un poco estúpido hoy, pero no puedo entender de qué estás hablando.

—El tocadiscos... ¡Tú sabes! Tú mismo dijiste que había alterado a Kerry... —Al llegar aquí, Martha hizo una pausa, observando atentamente al hombre.

Fitzgerald se sentía realmente intrigado. Martha estaba actuando de una forma extraña. Peculiar. El la había considerado siempre como una muchacha bastante inteligente, pero ahora se estaba comportando como si no lo fuera. Al menos, él no podía ni imaginar qué quería decirle. Simplemente, sus palabras no tenían sentido. ¿Y qué estaba diciendo con respecto al combinado? ¿Acaso no funcionaba bien? Kerry había dicho que se trataba de una buena adquisición, con un sonido magnífico, y los últimos adelantos de la electrónica. Por un fugaz instante, se preguntó si Martha habría enloquecido repentinamente. De cualquier forma, ya se había hecho tarde para su próxima clase. Cuando lo mencionó, Martha no trató de detenerlo, y él partió rumbo a la Universidad. El rostro de Martha estaba pálido como la tiza. Kerry extrajo un cigarrillo. El combinado se apresuró a alcanzarle un fósforo encendido.

—¡Kerry!

—¿Sí, Martha? —preguntó él, con voz átona.

Ella contempló fijamente al... combinado. ¿Marte? ¿Quizás otro mundo... otra civilización? ¿Qué era aquello? ¿Qué quería? ¿Qué estaba tratando de hacer? Martha salió de la casa, dirigiéndose rápidamente hacia el garaje. Cuando regresó, llevaba una pequeña hachuela firmemente apretada en su mano. Kerry observaba sus movimientos. Vio a Martha dirigirse directamente hacia el tocadiscos y levantar el hacha... y entonces un cegador relámpago surgió de la consola, y Martha se desvaneció en el aire. Unas pocas motas de polvo flotaron suavemente en la luz del crepúsculo.

—Destrucción de un ataque amenazante, proveniente de una forma de vida —comunicó el combinado, exagerando la pronunciación de las palabras.

El cerebro de Kerry se trastornó. Repentinamente se sintió enfermo... aturdido y absolutamente vacío.

—¡Martha...!

Su mente se rebeló. El instinto y las emociones lucharon contra algo que trataba de someterlos. Repentinamente, todas las represas cedieron, los bloqueos desaparecieron, y las barreras fueron bajadas. Kerry gritó ronca, inarticuladamente, y saltó sobre sus pies.

—¡Martha! —aulló nuevamente.

Ella había desaparecido. Kerry miró desesperadamente a su alrededor. ¿Dónde? ¿Qué era lo que había pasado? No podía recordar...

Se dejó caer nuevamente sobre la silla, frotándose la frente. Su mano libre extrajo un cigarrillo, en una reacción instintiva que le procurara un instante de reposo. Instantáneamente, el tocadiscos avanzó hacia él, sosteniendo un fósforo encendido. Kerry emitió un sonido enfermizo, jadeante, y saltó de la silla. Ahora recordaba. Recogió el hacha del suelo, y se arrojó hacia la consola, los dientes desnudos en un rictus de desesperación. Una vez más brilló aquel relámpago cegador. Y Kerry se desvaneció. La hachuela golpeó con ruido sordo sobre la alfombra. El combinado se dirigió de vuelta a su lugar, y se detuvo allí una vez más, inmóvil. Un débil chasquido surgió de su cerebro radioatómico.

—Sujeto básicamente inapropiado —comunicó, luego de un momento—. La eliminación se consideró imprescindible. ¡Click! Preparación para nuevo sujeto completada! Click.

—Bueno, la tomaremos —dijo el muchacho.

—Puede estar seguro de no cometer un error —sonrió el agente inmobiliario—. Es una casa tranquila, aislada, y el precio es muy razonable.

—Bueno, no tan razonable —agregó la chica—. Pero es justo lo que estábamos buscando.

El agente se encogió de hombros:

—Por supuesto, una casa sin amueblar les saldría más barata, pero...

—No hemos estado casados el tiempo suficiente como para tener muebles —sonrió el muchacho, pasando un brazo sobre los hombros de ella—, ¿Te gusta, querida?

—Hm-m-m. ¿Quién vivió aquí anteriormente?

El vendedor se rascó una mejilla.

—A ver... déjenme ver. Fue un matrimonio llamado Westerfield, creo. Me la habían dado para alquilar hacía sólo una semana. Es un lugar agradable. Si no tuviera mi propia casa, me precipitaría yo mismo sobre ella.

—Hermoso tocadiscos —comentó el muchacho—. Ultimo modelo, ¿no es verdad? —agregó, adelantándose para examinar la consola.

—Ven acá —exigió la muchacha—. Vamos a ver nuevamente la cocina.

—Bueno, amor.

Salieron todos juntos de la habitación. Desde la sala llegó el sonido de la suave voz del agente, debilitándose a medida que se alejaban. La cálida luz del verano se filtraba a través de los grandes ventanales. Por unos momentos, todo fue silencio en la habitación, y entonces... ¡Click!

Henry Kuttner (1915-1958)
Catherine L. Moore (1911-1987)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner. I Relatos de C.L. Moore.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Henry Kuttner y C.L. Moore: El Twonky (The Twonky), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Ricardo Corazón de León dijo...

Hola, Aefwine

Estoy haciendo la corrección de este relato, te la paso luego a donde me digas, porque la traducción es penosa, en sudamericano e incompresible. Quita toda la magia y fantasía de esta fantástica escritora y su marido y destroza el relato de una manera insoportable.
Es horroroso. No quisiera que nadie lo leyera así, porque el relato es muy bueno, pero vaya chunga traducción, xD!!!
En cuanto lo termine te lo paso.

Un saludo y gracias por compartir, como siempre. Sois unos genios.

Ricardo Corazón de León dijo...

Es espantosa la traducción. Hasta medio cuento no he sabido qué era overoll que pone al principio y tras mucho pensar, me he dado cuenta de que se trata de un mono de trabajo y que encima, está mal escrito hasta en inglés.
Es un pecado exhibir este relato así.



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Análisis de «Horror en el museo» de Lovecraft.
Relato de Manly Wade Wellman.
¿Una historia de amor?

Libro y análisis.
Relato de Allison V. Harding.
Análisis de «La Casa Maldita» de Lovecraft.