«La glicina gigante»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.


«La glicina gigante»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.




«Las hojas de la glicinia —esas que parecen dedos—
parecían reptar sobre ellos.»



La glicina gigante (The Giant Wistaria) es un relato de fantasmas de la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), publicado originalmente en la edición de junio de 1891 de la revista New England Magazine, y firmado con el seudónimo: «Charlotte P. Stetson».

La glicina gigante, uno de los cuentos de Charlotte Perkins menos conocidos, nos sitúa en Nueva Inglaterra y presenta dos historias que transcurren en la misma casa, con un siglo de diferencia, relacionadas con una planta de glicina (Wisteria sinensis), testigo de un hecho trágico que resuena a través de los años.


«—Tiene un siglo, al menos —respondió él—. Esta agua actúa como conservante; contiene cal. ¡Ah! ¿Te refieres al...? No más de un mes. Era un bebé muy pequeño.»


La glicina gigante transcurre en dos épocas distintas: el siglo XVIII y el siglo XIX. Comienza con una familia inglesa y un escándalo: la hija menor ha dado a luz fuera del matrimonio. A pesar de sus súplicas, sus padres planean entregar al niño, casar a la joven con un primo [al que ella rechazó en repetidas ocasiones] dispuesto a aceptarla, y luego regresar a Inglaterra para evitar un escándalo.

Cien años después, la casa donde la chica dio a luz se encuentra en un estado calamitoso, con sus muros prácticamente devorados por una enorme planta de glicina [o glicinia]. Un grupo de amigos adinerados quedan cautivados por su «encanto rústico» —y por la expectativa de que estuviera embrujada—, y deciden alquilarla para pasar el verano. Tras la primera noche, la mitad del grupo despierta habiendo compartido el mismo sueño: una chica fantasmagórica que sostiene un bulto en brazos y lleva una cruz roja alrededor del cuello.

Después de unir las diferentes perspectivas de lo que parece ser un mismo sueño, el grupo deduce que deben investigar el sótano. Allí encuentran un pozo, donde uno de ellos soñó que el fantasma de la mujer desaparecía. Al izar el cubo, descubren el cuerpo de un recién nacido.

Poco tiempo después, la luz de la mañana revela los restos de una mujer estrangulada por las raíces de la glicina.

La principal dificultad de La glicina gigante se encuentra en la primera parte [muy poco desarrollada y hasta innecesaria], que transcurre durante el siglo XVIII, con su pesado y excesivo uso del inglés de la época. Lo demás es mucho más interesante, estremecedor por momentos, aunque en general es una historia opacada por el triunfo posterior de Charlotte Perkins: El empapelado amarillo (The Yellow Wallpaper), publicado un año después. Sin embargo, La glicina gigante y El empapelado amarillo comparten los mismos temas subyacentes: la represión de la sexualidad femenina y el control familiar y social sobre el ámbito de la maternidad [ver: La depresión post-parto en el horror] Volveremos sobre esto más adelante.

Resulta curioso el uso de la glicina [no de un roble, no de un ciprés, no de un tejo] en una historia de fantasmas. Hay quien afirma que la elección de wistaria se debe a su semejanza fonética con hysteria [«histeria»], vinculando de este modo a la planta con lo que, se creía, era un rasgo dominante de la psique femenina. Tratándose de Charlotte Perkins, es una posibilidad factible. Además, Charlotte tenía profundos conocimientos de botánica, por lo que el aspecto de la glicina, su crecimiento desbordado, retorcido, su resistencia, sus raíces profundas, capaces de perforar los cimientos de una casa [patriarcal], son ideales para abrazar el secreto macabro que se esconde en el corazón de esta historia.

En esta Nueva Inglaterra colonial y puritana, la glicina [originaria de China] es tan extranjera como la familia de inmigrantes ingleses [y adinerados] cuya hija se convierte en madre soltera. De hecho, tanto el escenario, la época, como el drama central, se asemejan bastante a la tragedia de Hester Prynne en la novela de Nathaniel Hawthorne: La letra escarlata (The Scarlet Letter); es decir, en términos de representación de la frágil situación de la mujer [en ambos casos, madres solteras] en la sociedad puritana.

El gran misterio de esta historia es qué ocurre en el medio, es decir, después del preludio y antes de que el grupo de amigos alquile la casa. Por un lado, sabemos que la familia de la chica pensaba entregar al bebé y casar a su hija con un primo; por el otro, encontramos los cuerpos del bebé y la mujer en el pozo. ¿Cómo llegaron hasta ahí? ¿Cómo murieron? El final es cerrado, pero el desarrollo es abierto. Un recurso que resulta interesante. Suscita más interrogantes que respuestas; y en este tipo de historias, al menos, eso funciona de maravillas.

Es sugestivo que, en la segunda parte, los hombres vean a la glicina como un obstáculo [¿transgresión? ¿pecado?] para su estancia en la casa [la estructura social aceptada], y sugieren cortarla. Las mujeres, por su parte, especialmente Jenny, intentan protegerla, y le advierten a los varones que la dejen en paz. En otras palabras, los hombres en este cuento están desvinculados de la naturaleza. Para ellos, tipos racionales, la glicina es una molestia, mientras que las mujeres se muestran más empáticas, más espirituales; perciben que la planta encierra una historia que debe ser rescatada y contada [ver: Casas como metáfora de la psique]

Las afinidades entre La glicina gigante y El empapelado amarillo son evidentes. Ambas historias tratan sobre la represión de la sexualidad femenina [y casas en ruinas, jardines antiguos y descuidados] y la acción de las instituciones patriarcales sobre la maternidad, con el valor agregado de ser algo más meras revisiones posteriores. Son dramas escritos en medio de una cultura predominantemente represora. Desde luego, El empapelado amarillo es infinitamente superior, en todos los sentidos, pero su existencia y eficacia sin dudas le deben mucho a su predecesor.

En este contexto, hay que destacar que Jenny es quien ansía alquilar la casa con la esperanza de que estuviera embrujada. Su estado de ánimo, sus afinidades intelectuales y espirituales, la sincronizan con la historia de fondo. De hecho, por pedido de Jenny, George invita al resto con el objeto de investigar el pasado de la casa. Algo similar ocurre en El empapelado amarillo, donde un joven matrimonio se muda a una casa de verano [aparentemente embrujada] para que la narradora pueda «curarse» de una depresión post-parto. Mientras se la somete a su «tratamiento» [encierro, cama, bromuro y aislamiento del bebé], la narradora experimenta un progresivo descenso hacia la locura. A la luz de todo esto, uno se pregunta si Jenny y su conexión con la casa, en La glicina gigante, no son en realidad síntomas de un desequilibrio mental, desde luego, visto y diagnosticado desde la perspectiva de las expectativas sociales de la época [ver: Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo»]

Digamos que los puntos de vista son distintos en ambas historias. En La glicina gigante, una casa «llama» a una mujer para que esta descubra sus secretos: en El empapelado amarillo, la casa se convierte en una metáfora del estado mental de su protagonista [ver: La casa embrujada como representación del cuerpo de la mujer]. Sin embargo, solo hay que correr un poco la mira para descubrir que la casa de la glicina, en términos edilicios, es parte del cuerpo de la madre soltera, solo que no conocemos su punto de vista en la historia.

De hecho, casi todo ocurre fuera de escena en La glicina gigante: la muerte de la madre soltera, la muerte del bebé, el incidente que los llevó, voluntariamente o por la fuerza, a pasar cien años en un pozo. En El empapelado amarillo, en cambio, todo [las prácticas abusivas, el aislamiento social, los tratamientos médicos que hoy consideraríamos una forma de tortura, el consecuente brote psicótico] ocurre en primera persona.

El fantasma de la madre soltera es algo decepcionante. Está ahí, simplemente. Recorre la casa por las noches, revuelve los cajones e insinúa a Jenny su historia de fondo. No ofrece resistencia y las señales que proporciona son bastante claras; es decir, los vivos no tienen que descifrar nada. Entre Jenny y ella no hay un vínculo de maternidad frustrada. Jenny no ha sufrido ningún trauma, ningún maltrato, sin embargo, su marido le proporciona bromuro para aliviar sus «nervios» [en realidad, funciona como un correctivo para comportamientos considerados inadecuados para una dama], lo mismo que le ocurre a la protagonista de El empapelado. Parece cuestión de tiempo para que ambas mujeres tengan más en común [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el horror]




La glicina gigante.
The Giant Wistaria, Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—No te metas con mi vid, niña. ¡Mira! Ya has roto el tierno brote. Ni la aguja ni la rueca son para ti, y aun así no puedes estarte quieta.

Sus dedos nerviosos vacilaron, se aferraron a una pequeña cruz de cornalina que colgaba de su cuello y luego cayeron, llenos de desesperación.

—¡Devuélveme a mi hijo, madre, y entonces me estaré quieta!

—¡Calla, calla, insensata! ¡Podría haber alguien cerca! Mira, ahí viene tu padre. ¡Entra rápido!

Ella alzó la mirada hacia el rostro de su madre; eran ojos cansados ​​que, sin embargo, conservaban un destello vacilante en sus profundidades.

—¿Eres madre y no sientes piedad por mí? ¡Devuélveme a mi hijo!

Su voz se alzó en un grito extraño y ahogado, interrumpido por la mano de su padre, que le cubrió la boca.

—¡Desvergonzada! —dijo él, apretando los dientes—. ¡Vete a tu aposento y no te dejes ver esta noche, o te haré atar!

Ella se marchó, seguida por una sirvienta de rostro severo, quien poco después regresó para entregarle una llave a su ama.

—¿Está bien ella? ¿Y el niño también?

—Está tranquila, señora Dwining; pasará la noche bien, no tenga duda. El niño lloriquea sin cesar, pero, fuera de eso, crece sano bajo mi cuidado.

Los padres quedaron solos en el alto porche sostenido por grandes columnas. La luna, al ascender, comenzó a proyectar tenues sombras de las hojas de la joven vid —que crecía con exuberancia a su alrededor—; sombras que se movían como pequeños dedos que se estiraban sobre las anchas y pesadas tablas del suelo de roble.

—Crece bien esta vid que trajiste en el barco, esposo mío.

—Sí —intervino con amargura—. Y lo mismo ocurre con la vergüenza que ha traído. Si lo hubiera sabido, habría preferido que el barco se hundiera con nosotros y ver a nuestra hija ahogada, antes que llegar a este extremo.

—Eres muy duro, Samuel. ¿No temes por su vida? Sufre profundamente por el niño, por los verdes campos donde solía pasear.

—No —respondió él con severidad—, no temo. Ya ha perdido algo que vale más que la vida; y pronto tendrá aire de sobra. Mañana el barco estará listo y regresaremos a Inglaterra. Aquí nadie sabe nada de nuestra deshonra, nadie en absoluto; y si el pueblo se queda con un niño al que habrá que criar como es debido... bueno, no es la primera vez que sucede, ni siquiera aquí. Estará bien cuidado. Y, a decir verdad, debemos estar agradecidos de que su primo todavía esté dispuesto a casarse con ella.

—¿Se lo has dicho?

—¡Pues claro! ¿Acaso crees que iba a llevar la deshonra a la casa de otro hombre sin que él lo supiera? Él siempre la ha deseado, pero ella nunca quiso saber nada de él, ¡qué testaruda! ¡Ahora ya no tiene muchas opciones!

—¿Será amable con ella, Samuel? ¿Podrá...?

—¿Amable? ¿Cómo llamas tú a tomar por esposa a una mujer como ella? ¡Amable! ¿Cuántos hombres aceptarían casarse con ella, incluso si tuviera el doble de fortuna? Y, como ya es de la familia, él estará encantado de ocultar esta mancha para siempre.

—¿Y si ella se niega? Él es un hombre tosco, y ella siempre lo ha evitado.

—¿Has perdido el juicio, mujer? O se casa con él antes de que zarpemos mañana, o se queda encerrada en esa habitación para siempre. ¡La muchacha no es tan tonta! Él la convertirá en una mujer respetable y salvará a nuestra familia de la deshonra pública. ¿Qué otra esperanza le queda, sino una vida nueva que cubra la anterior? Deja que tenga un hijo legítimo, ya que tanto anhela uno.

Caminó a grandes zancadas por el porche, haciendo que las tablas sueltas volvieran a crujir; iba de un lado a otro con los brazos cruzados y el ceño fruncido con ferocidad sobre su boca, dura como el hierro. Arriba, entre el follaje, las sombras se agitaban con aire burlón sobre un rostro pálido, cuyos ojos conservaban apenas un rescoldo de fuego consumido.

***


—¡Oh, George, qué casa! ¡Qué casa tan encantadora! ¡Estoy segura de que está embrujada! ¡Alquilémosla para pasar el verano! Invitaremos a Kate, a Jack, a Susy y a Jim, y lo pasaremos de maravilla.

Los maridos jóvenes suelen ser complacientes, pero aun así deben atenerse a la realidad.

—Querida, puede que la casa no esté en alquiler; además, tal vez ni siquiera sea habitable.

—Seguro que hay alguien dentro. ¡Voy a preguntar!

El gran portón central estaba oxidado y desprendido de sus bisagras, y el largo camino de acceso estaba invadido por árboles; sin embargo, un pequeño sendero mostraba señales de ser transitado con frecuencia. Por allí se adentró la señora Jenny, seguida por su dócil George. Las ventanas de la fachada de la vieja mansión estaban desiertas, pero en un ala trasera encontraron cortinas blancas y puertas abiertas. Afuera, bajo la límpida luz del sol de mayo, una mujer lavaba la ropa. Se mostró amable, cordial, y claramente se alegró de recibir visitas en aquel lugar tan solitario.

Comentó que «quizás se pudiera alquilar, aunque no estaba segura». Los herederos se encontraban en Europa, pero «había un abogado en Nueva York que se encargaba del alquiler». Hacía años que no vivía nadie allí, al menos desde que ella estaba. Ella y su marido vivían en una parte de la casa a cambio de cuidar la propiedad; bueno, no es que la cuidaran mucho, pero al menos «evitaban que entraran ladrones». La casa estaba completamente amueblada —con un estilo algo anticuado, pero de buena calidad— y, «si decidían alquilarla, ella misma podría encargarse de las tareas domésticas... siempre que él estuviera de acuerdo».

Nunca un plan tan descabellado resultó tan fácil de organizar. George conocía al abogado de Nueva York; el precio del alquiler no era desorbitado; y su cercanía a un destino costero en pleno auge lo convertía en un lugar aún más agradable para pasar el verano.

Kate, Jack, Susy y Jim aceptaron encantados, y la luna de junio los encontró a todos sentados en el elevado porche de la entrada. Habían explorado la casa desde la gran estancia en la buhardilla —que no contenía más que una cuna destartalada— hasta el pozo en el sótano, desprovisto de brocal y con una cadena oxidada que se adentraba en una negrura insondable. También habían recorrido los terrenos, antaño hermosos gracias a sus árboles y arbustos singulares, pero convertidos ahora en un sombrío paraje de vegetación enmarañada.

Las viejas lilas y laburnos, las celindas, se mecían rozando las ventanas del segundo piso. Lo que quedaba del jardín eran grandes arbustos desaliñados o macizos de plantas sin forma definida. Una enorme glicinia cubría toda la fachada de la casa. Su tronco —era demasiado grueso para llamarlo simplemente tallo— se alzaba en una esquina del porche, junto a los altos escalones; en otro tiempo, la planta había trepado por las columnas, pero ahora estas habían sido arrancadas y permanecían rígidas, aprisionadas por los tallos fuertemente enroscados y anudados.

La glicinia envolvía todo el piso superior del porche, formando una pared trenzada de tallos y hojas; se extendía a lo largo del alero, sosteniendo el canalón que, antaño, le había servido de apoyo. Proyectaba una densa sombra verde sobre cada ventana, y sus flores, fragantes y colgantes, creaban un manto púrpura que ondeaba desde el tejado hasta el suelo.

—¿Se ha visto alguna vez una glicinia así? —exclamó la señora Jenny, entusiasmada—. Solo por sentarse bajo una planta semejante ya vale la pena pagar el alquiler. Tener una higuera al lado sería un exceso innecesario, una extravagancia imperdonable.

—Jenny le da mucha importancia a su glicinia —comentó George— porque está decepcionada con el tema de los fantasmas. Desde el primer momento se hizo la idea de que habría fantasmas en la casa, y resulta que no ha conseguido encontrar ni una sola historia.

—Es cierto —admitió Jenny con aire apenado—. Estuve tres días interrogando a la pobre señora Pepperill, pero no logré sacarle nada. Aun así, estoy convencida de que debe de haber alguna historia, si tan solo pudiéramos dar con ella. Vamos, una casa como esta, con un jardín así y un sótano como el que tiene, tiene que estar encantada.

—Estoy de acuerdo —dijo Jack. Era periodista en un diario de Nueva York y estaba prometido con la hermana de la señora Jenny—. Y si no encontramos un fantasma de verdad, pueden estar seguros de que inventaré uno. Es una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar.

La bonita hermana, que estaba sentada a su lado, protestó:

—¡Ni se te ocurra hacer nada por el estilo, Jack! Este es un lugar verdaderamente fantasmal, y no voy a permitir que se burlen de él. Miren ese grupo de árboles allá, entre la hierba alta… parece, sin lugar a dudas, una figura agazapada.

—A mí me parece una mujer recogiendo arándanos —dijo Jim, quien estaba casado con la hermana de George.

—¡Cállate, Jim! —intervino la joven—. Yo creo en el fantasma de Jenny tanto como ella. ¡Qué lugar, por Dios! ¡Miren nada más este enorme tronco de glicinia que trepa junto a los escalones! Parece, sin duda, un cuerpo que se retuerce… encogido… suplicante.

—Sí —respondió Jim, algo cohibido—, es verdad, Susy. Fíjate en su «cintura». Tiene casi dos metros, y además está toda retorcida. Un desperdicio de buen material.

—¡No sean tan horribles, muchachos! ¡Váyanse a fumar a otra parte si no son capaces de ser más agradables.

—¡Podemos! Seremos tan fantasmagóricos como quieras.

Y, de inmediato, empezaron a ver tantas manchas de sangre y figuras agazapadas que los escalofríos —de lo más deliciosos— se multiplicaron; las entusiastas muchachas se retiraron a sus camas, declarando que no pegarían ojo en toda la noche.

—¡Seguro que todas soñamos algo! —exclamó la señora Jenny—. Y mañana por la mañana tendremos que contarnos nuestros sueños.

—Hay otra cosa segura —dijo George, sujetando a Susy cuando esta tropezó con una tabla suelta—: ustedes, criaturas inquietas, deben usar la puerta lateral hasta que arregle este pórtico, si no acabaremos teniendo fantasmas nuevos. Hemos encontrado una tabla que se abre como una trampilla lo suficientemente grande como para tragarse a cualquiera. Creo que el fondo llega hasta China.

A la mañana siguiente todos estaban vivos y disfrutando de un contundente desayuno al estilo de Nueva Inglaterra, acompañados por el sonido de sierras y martillos en el porche, donde unos carpinteros, de una rapidez casi milagrosa, estaban desmontándolo todo.

—Hay que derribar casi todo —habían dicho ellos—. Estas vigas están completamente podridas, salvo las que han quedado fuera de su sitio por culpa de esta enorme glicina. Es prácticamente lo único que mantiene esto en pie.

Tenían razón en lo que decían; así que, tras la advertencia de la preocupada señora Jenny de que no dañaran la glicinia, los dejaron trabajar a sus anchas en la demolición y las reparaciones.

—¿Y qué hay de los fantasmas? —preguntó Jack tras comerse su cuarta torta—. A mí se me apareció uno y me ha quitado el apetito.

La señora Jenny soltó un gritito y dejó caer el cuchillo y el tenedor.

—¡Oh, a mí también! Tuve una experiencia... bueno, no fue exactamente un sueño, sino más bien una sensación. ¡Ya ni me acordaba!

—Debió ser terrible —dijo Jack, tomando otra torta—. Cuéntanos qué sentiste. Mi fantasma puede esperar.

—Todavía hoy me recorre un escalofrío al pensarlo —dijo ella—. Me desperté de golpe, con esa sensación terrible de que algo iba a suceder, ya saben. Estaba completamente despierta; me parecía poder oír hasta el más mínimo sonido a kilómetros a la redonda. En el campo hay muchísimos ruidos extraños, a pesar de que todo parece estar en calma. Hay millones de grillos y otras criaturas ahí fuera, además de todo tipo de crujidos entre los árboles. Apenas soplaba el viento, y la luz de la luna se colaba por mis tres grandes ventanales, proyectando tres cuadrados blancos sobre el suelo oscuro; las hojas de la glicinia —esas que parecen dedos, de las que hablábamos anoche— parecían reptar sobre ellos. Y... ¡ay, chicas!, ¿recuerdan ese pozo espantoso que hay en el sótano?

El relato causó un gran efecto, y Jenny continuó con entusiasmo:

—Pues bien, en medio de aquel silencio aterrador, mientras yo permanecía allí, intentando no despertar a George, oí (con tanta claridad como si estuviera dentro de la misma habitación) cómo la vieja cadena que hay ahí abajo traqueteaba y chirriaba contra las piedras.

—¡Bravo! —exclamó Jack—. ¡Estupendo! Lo incluiré en la edición del domingo.

—¡Silencio! —dijo Kate—. ¿Qué fue, Jenny? ¿Llegaste a ver algo?

—No, la verdad es que no. Pero, en ese momento, tampoco quise verlo. Desperté a George y armé tal alboroto que me dio bromuro; dijo que iría a echar un vistazo, y ahí terminó todo para mí, hasta que Jack me lo recordó. El bromuro funcionó de maravilla.

—Ahora te toca a ti, Jack —dijo Jim—. Quizás tu historia encaje con la de ella. Un fantasma sediento, supongo. A lo mejor aquí ya existía la Ley Seca por aquel entonces.

Jack dobló la servilleta y se reclinó en su silla con aire solemne.

—El gran reloj del vestíbulo estaba dando las doce... —comenzó a decir.

—Pero si no hay ningún reloj en el vestíbulo.

—¡Ay, cállate, Jim! Estás rompiendo el hilo de la historia. En aquel momento era apenas la una, según mi reloj antiguo

—¡No importa qué hora fuera!

—Bueno, la verdad es que me desperté de golpe, igual que nuestra querida anfitriona, e intenté volver a dormirme, pero no pude. Experimenté todas esas sensaciones, de luz de luna y saltamontes, tal como le pasó a Jenny, y me preguntaba qué habría tenido de malo la cena, cuando de repente apareció mi fantasma. Era una mujer, imagino que sería joven y guapa, pero todas aquellas figuras agazapadas y aterrorizadas de la noche anterior me rondaban la cabeza, y esta pobre criatura se parecía mucho a ellas. Iba envuelta en un chal y llevaba un bulto grande bajo el brazo. Con el paso de alguien presa del terror, la figura embozada se deslizó hacia una vieja cómoda y pareció sacar cosas de los cajones. Al darse la vuelta, la luz de la luna iluminó de lleno una pequeña cruz roja que colgaba de su cuello mediante una fina cadena de oro; ¡la vi brillar mientras se alejaba sigilosamente de la habitación! Eso es todo.

—¡Oh, Jack, no seas tan horrible! ¿De verdad? ¿Eso es todo? ¿Qué crees que era?

—No soy horrible por naturaleza, solo por deformación profesional. Sí, de verdad. Eso fue todo. Y estoy totalmente convencido de que se trataba del auténtico y legítimo fantasma de una doncella que se fugaba y, además, padecía cleptomanía.

—¡Eres tremendo, Jack! —exclamó Jenny—. Le quitas todo el terror al asunto. Ya no queda ni un solo escalofrío entre nosotros.

—No es momento para escalofríos a las nueve y media de la mañana, con la luz del sol y los carpinteros ahí fuera. Aun así, si no pueden esperar al crepúsculo, creo que puedo ofrecerles un par de ellos —dijo George—. Bajé al sótano tras el fantasma de Jenny.

Se alzó un coro de voces femeninas llenas de entusiasmo, y Jenny le dirigió a su marido una mirada de auténtica gratitud.

—Está muy bien eso de quedarse en la cama viendo fantasmas, o escuchándolos —continuó él—. Pero el joven dueño de la casa sospecha que hay ladrones, a pesar de que, como médico, conoce bien el tema de los nervios; así que, después de que Jenny se durmiera, emprendí una expedición. Te prometo que no volveré a hacerlo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué era?

—¡Ay, George!

—Encendí una vela...

—Un buen detalle para los ladrones —murmuró Jack.

—Y recorrí toda la casa, bajando poco a poco hasta el sótano y el pozo.

—¿Y bien? —dijo Jack.

—Ahora pueden reírse; pero ese sótano no es ninguna broma a plena luz del día, y una vela allí, de noche, resulta tan poco reconfortante como una luciérnaga en la Cueva del Mamut. Bajé con la luz, tratando de no caer al pozo; llegué a él de repente, acerqué la luz y entonces vi, justo bajo mis pies (casi me tropiezo con ella, o tal vez la atravieso) a una mujer encogida bajo un chal. Tenía agarrada la cadena, y la luz de la vela iluminaba sus manos Eran manos blancas y delgadas, y una pequeña cruz roja le colgaba del cuello. Fíjate, Jack, no creo en fantasmas y me opongo rotundamente a la presencia de desconocidos en la casa durante la noche; así que le hablé con bastante severidad. Ella pareció no darse cuenta, me incliné para agarrarla... ¡y entonces subí corriendo!

—¿Por qué?

—¿Qué pasó?

—¿Qué ocurrió?

—Bueno, no pasó nada. Simplemente ella ya no estaba allí. Podría haber sido una indigestión, claro está, pero, como médico, no le aconsejo a nadie sufrir una indigestión a solas, a medianoche, en un sótano.

—Es el fantasma más interesante, errante y escurridizo del que he oído hablar jamás —dijo Jack—. Apuesto a que en el fondo de ese pozo hay un sinfín de jarras de plata y joyas a montones. Propongo que vayamos a comprobarlo.

—¿Al fondo del pozo, Jack?

—Al fondo del misterio. ¡Vamos!

Hubo un asentimiento unánime, y los impecables vestidos y los elegantes botines fueron escoltados galantemente hacia abajo por unos caballeros cuyas bromas eran tan frecuentes que, a menudo, resultaban un tanto forzadas.

La vieja y profunda bodega estaba tan oscura que tuvieron que traer luces; el pozo, por su parte, resultaba tan sombrío en su negrura que las damas retrocedieron.

—Ese pozo daría miedo hasta a un fantasma. En mi opinión, mejor sería dejar las cosas como están —dijo Jim.

—La verdad se oculta en el fondo de un pozo, y debemos sacarla —respondió George—. ¿Me echas una mano con la cadena?

Jim tiró de la cadena, George accionó el chirriante torno y Jack acompañó la tarea con sus comentarios.

—Si no hay un mar embravecido para este fantasma, al menos le daremos un buen remojón —dijo—. Parece que invocar espíritus requiere un esfuerzo considerable. Supongo que, al caer, el pobre estiró la pata.

A medida que la cadena se tensaba y se acortaba, un silencio tenso se apoderó de ellos; y cuando, por fin, el cubo apareció emergiendo lentamente de las oscuras aguas, todos se asomaron con una mezcla de curiosidad y reticencia, retrocediendo instintivamente. Examinaron el sombrío contenido:

—Nada más que agua.

—Y lodo.

—Y algo más...

Vaciaron el cubo sobre la tierra oscura; entonces, las jóvenes salieron al aire libre, bajo el sol cálido y radiante frente a la casa, donde se oía el golpeteo de sierras y martillos y se percibía el aroma a madera recién cortada. Nadie dijo nada hasta que los hombres se reunieron con ellas; entonces, Jenny preguntó con timidez:

—¿Qué edad crees que tiene, George?

—Un siglo, al menos —respondió él—. Esta agua actúa como conservante; contiene cal. ¡Ah! ¿Te refieres al...? No más de un mes. Era un bebé muy pequeño.

Tras estas palabras, se hizo un nuevo silencio, interrumpido de pronto por un grito de los obreros. Habían retirado el suelo y las paredes laterales del viejo porche, permitiendo que la luz del sol iluminara las oscuras piedras del fondo de la bodega. Y allí, atrapados en el abrazo asfixiante de las raíces de una gran glicinia, yacían los restos de una mujer; de su cuello aún pendía una diminuta cruz escarlata, sujeta por una fina cadena de oro.

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Perkins Gilman.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Perkins Gilman: La glicina gigante (The Giant Wistaria), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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