Borges y el horror cósmico en «La Biblioteca de Babel»


Borges y el horror cósmico en «La Biblioteca de Babel».




Si bien la incorporación de Jorge Luis Borges a los Mitos de Cthulhu puede atribuirse principalmente a su ambivalente homenaje [o parodia] a H.P. Lovecraft: There are more things, publicado en la antología de 1975: El libro de arena, hay otros dos relatos que seguramente habrían estremecido al flaco de Providence. Uno de ellos es Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde un artículo de enciclopedia termina absorbiendo la realidad, en cierto modo, teorizando una forma de realidad derivada del del texto. El otro, La Biblioteca de Babel, va más allá al utilizar las dimensiones de la biblioteca para esbozar una ontología basada en el miedo y el fracaso [ver: Lovecraft: el placer culposo de Borges]

La Biblioteca de Babel trata explícitamente de las dimensiones ideológicas de la biblioteca y la metáfora de un mundo de conocimiento accesible que las bibliotecas nunca logran reflejar del todo. Específicamente, la Biblioteca es un mundo en sí mismo, un universo, un laberinto de pasillos interconectados y «galerías hexagonales» llenas de libros, ningún volumen de los cuales es idéntico a otro [ver: El relato de Borges que se anticipó a la física cuántica]

Todos los libros están disponibles en todo momento para la lectura de los muchos bibliotecarios de esta dimensión. Sin embargo, aunque los bibliotecarios solo necesitan visitar una nueva galería para descubrir nuevos conocimientos, este nivel de accesibilidad no equivale a una libertad real. Por el contrario, la aparición del infinito de la Biblioteca de Babel [se nos dice] es una fuente de profunda ansiedad para sus habitantes. La biblioteca abruma a sus bibliotecarios con un número indefinido de realidades, las cuales pueden ser igualmente verdaderas o absurdas [ver: Borges y la misteriosa copia del «Necronomicón» en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires]

Además, si bien posee la totalidad del conocimiento en sus anaqueles, la Biblioteca está desprovista de organización, carece de cualquier catálogo que pueda dar sentido a sus maravillas.


[Todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.]


El narrador anónimo del relato, un anciano bibliotecario hastiado por la búsqueda interminable del «catálogo de catálogos», relata una historia de la búsqueda de la verdad en la Biblioteca como una letanía de decepciones y catástrofes:


[Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.]


Es revelador que la luz metafórica que irradia un conocimiento infinito se reduzca aquí a la difusa fosforescencia de las lámparas de lectura, completamente inadecuadas para la tarea:


[La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.]


En muchos sentidos, la parábola de Borges representa otro abordaje de la Biblioteca como Laberinto [ver: Borges y Lovecraft: dos miradas desde el Laberinto]. Sin embargo, en contraste con el clásico de M.R. James: El señor Humphreys y su herencia (Mr. Humphreys and his Inheritance), donde la Biblioteca y el Laberinto son espacios distintos, la Biblioteca de Babel no admite distinción entre las dos, espacial o metafóricamente. En lugar de correr en paralelo, aquí, la Biblioteca y el Laberinto realmente se unen. Para Borges, ambas son perspectivas espaciales para contemplar el universo, perspectivas que probablemente cambiarán entre sí dependiendo de dónde se encuentre uno. Además, cada una está orientada hacia el descubrimiento de un centro mítico a partir del cual podría ordenarse todo el conocimiento [ver: El misterioso libro que dejó ciego a Borges]

La Biblioteca de Borges permanece al borde del descubrimiento de un centro: sus innumerables hexágonos, galerías y libros sugieren posibles caminos hacia el centro sin nunca cumplir su promesa. A la sombra de tal exceso, la Biblioteca parece claustrofóbica, un espacio opresivo, asfixiante en su aparente perfección:


[La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.]


Esto es perversamente irónico. Si bien el centro de la Biblioteca está [teóricamente] en cualquier lugar, la idea de un centro se convierte en una cuestión de perspectiva, una ilusión que cambia de forma dependiendo de quién es el bibliotecario, de qué campo de aprendizaje proviene, y qué mundo hexagonal ocupa [ver: Borges, Lovecraft y el Feng Shui de la cuarta dimensión]

La Biblioteca es entonces una prisión, en la medida en que mantiene a sus bibliotecarios encerrados en el mismo trabajo inevitable: un número indefinido de centros posibles cuya totalidad debe ser cartografiada, mientras que la «circunferencia» [una potencial salida del Laberinto y sus incesantes reiteraciones] permanece aislada [ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco]

Así, desde el principio, el cuento de Borges interroga representaciones idealistas de un espacio perfectamente ordenado. La narración se asemeja al diario de un prisionero. Sus bibliotecarios nacen al servicio de la Biblioteca, viven toda su vida a la sombra de su escurridizo centro y mueren allí, sin saberlo. Y, sin embargo, la creencia en el ideal sigue siendo fuerte entre la población. Como uno de los muchos reclusos de esta biblioteca como prisión, el narrador describe la simetría perfecta de la Biblioteca, como si catalogarla pudiera provocar una epifanía o mostrar un medio de salida:


[El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales... Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable.]


De algún modo se percibe el cansancio del narrador con el infinito, tanto espacial como temporal, o al menos con la ilusión del infinito. Existe la sugerencia [quizás otro tranquilizador mito cultivado por los bibliotecarios] de que la Biblioteca puede ser finita, que su esquema puede tener un final o un comienzo. Esta sugerencia proviene de la presencia de un espejo en los pasillos de cada galería [«un espejo que reproduce fielmente todas las apariencias»]. Borges da a entender que tal «duplicación ilusoria» sería innecesaria si la Biblioteca fuera infinita y eterna. Sin embargo, el narrador, idealista a su pesar, sigue dispuesto a aceptar el espejo como alianza simbólica del infinito: «yo prefiero soñar que las superficies bruñidas prometen el infinito» [ver: Por qué Borges le tenía miedo a los espejos]

En consecuencia, el hipotético infinito de la Biblioteca es una fuente de ambivalencia para los bibliotecarios. Atrapados entre dos deseos contrapuestos [preservar la riqueza del misterio del infinito, o ubicarse dentro de su doctrina secreta y final, es como si los bibliotecarios estuvieran suspendidos ante el espejo, esperando que suceda algo.

El pacto o promesa simbolizado por el espejo representa la primera y más importante dimensión del tiempo. La Biblioteca surge como prisión construida sobre la fe de sus propios prisioneros o, más particularmente, sobre una lealtad implícita a su símbolo de promesa que sobrevive incluso a los cataclismos más radicales. Si bien la existencia de la Biblioteca puede parecer producto del azar, su espacio-tiempo, para los bibliotecarios, está orientado a encontrar en sus anqueles una explicación de su existencia. Gran parte de la historia de la Biblioteca está marcada, relata el narrador, por la búsqueda:


[En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron...]


En este sentido, así como la Biblioteca se refleja en el Laberinto, el Espejo encuentra su correlato simbólico en el Llibro, un espéculo textual que refleja no solo la imagen del hombre en el espacio [como lo hace el espejo], sino que reivindica la verdad y también el significado de sus actos en el tiempo [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

En consecuencia, la historia en la Biblioteca se deriva de la fidelidad a una promesa del infinito, y cada período registrado en la historia procede directamente de esta promesa como punto focal, tanto de la fe como de las crisis de fe. Las diferentes épocas dentro de la historia de la Biblioteca, como señala el narrador, se identifican por su postura hacia la interpretación de la doctrina sagrada de la Biblioteca de maneras dogmáticamente conservadoras o anárquicas:


[A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.]


Pasando del consenso al cisma y la guerra civil, el tiempo de la Biblioteca es cíclico. Oscila inexorablemente entre las respuestas humanas: un optimismo renacentista [«todos los hombres se sienten dueños de un tesoro intacto y secreto»] y el nihilismo de la Edad Media [«Epidemias, conflictos heréticos, peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandidaje, han diezmado a la población»]. La Biblioteca enfatiza el interés, o la necesidad, de convertir el espacio y todos sus objetos en monumentos simbólicos del tiempo.

En la época platónica de la Biblioteca, el espacio es simbólico, y características como la altura y la longitud son indicadores no solo de distancia sino también de dificultad conceptual y progreso hacia la verdad. Temporalmente enmarcada por el progreso hacia un ideal oculto, y las muchas experiencias de conversión que acompañan a esta narrativa indefinida del progreso, la Biblioteca de Borges mantiene su promesa de verdad como un señuelo. Los mitos que los bibliotecarios han acumulado durante siglos para explicar la existencia de la Biblioteca, y su encarcelamiento dentro de ella, ejemplifican el impulso religioso más elemental.

Estos mitos de los bibliotecarios permiten una noción [o ilusión] de la realidad más o menos coherente. Sin embargo, los mitos son fabricaciones, un orden discursivo de un caos de fondo que no se puede enmascarar para siempre. Razón por la cual la Biblioteca de Babel siempre se ve amenazada por la posibilidad de que su máscara de idealismo se agriete, de que su promesa de infinito se posponga. Esto se debe al hecho de que los propios libros constituyen un trasfondo de flujo y dispersión que fractura cualquier intento de «formular una teoría general de la Biblioteca».

Como la Torre de Babel de los mitos bíblicos, la «naturaleza informe y caótica de los libros» vicia las búsquedas de los bibliotecarios de un mito unívoco. Aunque en algunos casos hay «letras en el lomo de cada libro... letras que no indican ni prefiguran lo que dirán las páginas»; más bien, la portada y el título a menudo forman un primer plano de «cacofonías sin sentido, confusiones verbales e incoherencias» contenidas en el libro:


[La Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma.]


El efecto resultante sobre el aspecto temporal de la Biblioteca es una narrativa vacilante de revelaciones parciales seguidas de cismas devastadores. El narrador describe los conflictos sectarios que surgen como resultado de la «certeza de que todo ha sido escrito» [ver: Lovecraft y el culto secreto de los Antiguos]. La frustración de que la verdad tal vez exista en algún lugar, en algún estante, pero se confunde irremediablemente con millones de falsedades en innumerables páginas. A medida que la búsqueda del conocimiento se convierte en salvajismo y superstición [«conozco distritos en los que los jóvenes se postran ante los libros y besan sus páginas de manera bárbara, pero no saben cómo descifrar una sola letra»] el tiempo-espacio idealizado de la Biblioteca se hunde lentamente en lo «impío»:


[Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira».]


Sin embargo, este movimiento del idealismo platónico al caos no constituye el desarrollo final de La Biblioteca de Babel. Hay otro movimiento, una regresión casi invisible hacia una especie de centro. No obstante, es un centro corrompido por la exposición al delirio que lo precedió. Marcado por las fuerzas negativas y confusas de una «divinidad delirante», el centro viene a representar algo horrible, un significado que condena a los bibliotecarios en lugar de reivindicarlos. Este tercer movimiento se vuelve casi invisible, tal vez, porque incluso el narrador teme que hablar heréticamente de su ansiedad con respecto a la verdadera función de la Biblioteca podría legitimar un horror demasiado terrible para expresarlo con palabras [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]

En cambio, la ansiedad se insinúa en momentos aislados de la historia, antes de estallar en una realidad palpable al final. El horror es la posibilidad de que el centro de la Biblioteca no sea un lugar habitable para los humanos, sino un reino inhumano, antitético no solo a los discursos que los humanos proyectan en la Biblioteca, sino a la supervivencia de la vida misma.

Condenando la «desesperada ignorancia» de los impíos, el narrador insiste en que los textos de la Biblioteca no contienen ni un solo disparate:


[En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca.]


La plenitud de caracteres en los libros no son un signo de desorden divino, sino algo peor: un exceso aterrador de significado que emana del propio lenguaje secreto de la Biblioteca, del cual ni siquiera una sílaba puede ser decodificada por los humanos.


[También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto.]


La revelación de que la Biblioteca es un universo en el que la vida de los bibliotecarios es intrascendente, es análoga a los fundamentos del Horror Cósmico, no ya en términos de una diferencia de escala entre los humanos y las criaturas espantosas que pueblan el cosmos, sino de la sensación de ser abrumado por una nada suprema:


[No puedo combinar caracteres que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios.]


Al final de la historia, el narrador se ve obligado a una especulación anterior:


[La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios.]


Todos los esfuerzos humanos por codificar y decodificar la escala de su espacio de acuerdo con un discurso de progreso antropomórfico, son el resultado de un elaborado truco del entorno. En términos físicos, el centro de la Biblioteca se revela como un agujero negro, una zona inhabitable que empuja a sus colonos hacia la periferia. Incluso el caos del azar sería preferible a aceptar la realidad de un demiurgo inhumano para los bibliotecarios de Borges.

Sin embargo, hay indicios de que un evento de extinción podría estar cerca y que el agujero negro en el centro de la Biblioteca podría estar expandiéndose:


[Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.]


El espacio-tiempo de la Biblioteca encadena al ser humano en una narrativa de extinción, cuya trama puede aplazarse pero nunca detenerse. Podría decirse entonces que la imagen más inquietante de la historia de la Biblioteca es este espacio futuro, post-extinción, vacío de seres humanos, cuyo único diálogo es consigo mismo y sus libros [ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos]. La imagen culminante de la historia de una Biblioteca futura que perdurará más allá de los ciclos de vida humanos le da un significado escalofriante a un momento anterior de aprensión:


[Un recuerdo de melancolía indescriptible: he viajado durante muchas noches a través de pasillos y escaleras pulidas sin encontrar un solo bibliotecario.]


En La Biblioteca de Babel, la Biblioteca misma constituye este orden «secreto e incorruptible» que, sin embargo, corrompe la vida de sus habitantes en todos los niveles, tentándolos a su propia autodestrucción a través de una interminable promesa de reivindicación. Horror Cósmico, me atrevo a decir, en una escala nunca antes vista.


[Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita.]




Borges. I Taller gótico.


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