«Los susurradores»: Hugh B. Cave; relato y análisis


«Los susurradores»: Hugh B. Cave; relato y análisis.




Los susurradores (The Whisperers) es un relato de hombres lobo del escritor norteamericano Hugh B. Cave (1910-2004), publicado originalmente en la edición de abril de 1942 de la revista Spicy Mystery Stories, y luego reeditado en la antología de 1977: Murgunstrumm y otros (Murgunstrumm and Others).

Los susurradores, quizás uno de los cuentos de Hugh B. Cave menos conocidos, relata la historia de Peter y Annie Winslow, una pareja de recién casados que se muda a su nueva casa, felizmente inconscientes de las criaturas extrañas que viven debajo del sótano, susurrando... (ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror)

SPOILERS.

Peter y Annie son la pareja perfecta para los estándares de la época: él es médico y ella es bonita. Compran una casa, y se disponen a hacer las primeras reparaciones, cuando Peter se entera de la tragedia que vivieron sus anteriores ocupantes. Al parecer, Jim Callister, un tipo alegre y robusto, se volvió pálido, demacrado, violento... e hirsuto, después de pasar demasiado tiempo en el sótano. Tal es así que, eventualmente, su esposa lo envenenó, temiendo que pudiera hacerle algo horrible a su pequeña hija, Susie. De hecho, Peter descubre que la niña visita el sótano a escondidas para hablar con su padre muerto (ver: El Horror siempre viene desde el Sótano)

Eventualmente, Peter baja al sótano y oye estos extraños susurros que, al principio, no parecen tener demasiada lógica. Entonces descubre una puerta en el suelo del sótano que no había notado antes, una especie de trampilla que da a un pozo oscuro e insondable. Los susurros son más intensos allí, más elocuentes; entran en su cabeza, se apoderan de él, lo obligan a hacerles sacrificios humanos. La pequeña hija de Callister es la primera contribución de Peter a los susurrantes. La segunda podría ser su esposa.

Los susurradores es un relato extraño en muchos sentidos. Por un lado, hay que advertir al lector que se publicó en Spicy Mystery Stories, una revista de historias picantes, de manera tal que Hugh B. Cave trata de satisfacer el apetito del lector con descripciones un poco forzadas del cuerpo de Annie, y del deseo que despierta en Peter. Sin embargo, estas observaciones un poco risueñas de repente se vuelven perturbadoras. Las criaturas del pozo quieren mujeres, preferentemente, bien desarrolladas, exhuberantes, lo cual no evita que Peter, ya en el proceso de convertirse en hombre lobo, evalúe el incipiente físico de la pequeña Susie en términos similares (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Los susurradores de Hugh B. Cave, decíamos, es un relato extraño. Probablemente es el relato de hombres lobo más extraño que yo recuerde. No hay mordidas, ni transformaciones espectaculares, sino susurros provenientes de una puerta del infierno que obligan al protagonista a cometer los crímenes más atroces. A medida que este va perdiendo su humanidad, la bestia aflora en él, hasta que su cuerpo se ajusta a la animalidad de sus pensamientos y actos.

A pesar de ser un método extraño para convertirse en hombre lobo, no carece de cierta lógica. Tanto Jim Callister como Peter Winslow son seducidos por estas voces infernales que exigen el tributo de carne femenina. En cierto modo, estos hombres lobo actúan como sabuesos del infierno enviados a conseguir presas, lo cual es una ingeniosa inversión del mito de los licántropos como Sabuesos de Dios (ver: El origen de la enemistad entre Vampiros y Hombres Lobo)

Al principio, Los susurradores de Hugh B. Cave parece repetir algunos clichés del género, como la típica pareja de recién casados que se muda a una nueva casa y se ve perturbada por extraños sonidos provenientes del sótano, los cuales son atribudíos a las ratas. Sin embargo, a partir de este punto las cosas se vuelven más siniestras. Tras una muy superficial pero eficiente investigación. Peter descubre que los susurros son hechos por voraces entidades demoníacas que habitan en el fondo de una cisterna escondida debajo del piso del sótano, las cuales demandan urgentes sacrificios humanos, y cuyas voces incesantes aumentan de volumen hasta que suenan como una manada de lobos aullando.

Pero quizás lo más interesante de Los susurradores es es final, que también evita los lugares comunes del género, narrando el escape de Peter [¡justo cuando estaba por sacrificar a Annie!] de una turba enardecida que incendia su casa después de que se corre el rumor de que la pequeña Susie fue asesinada allí. Peter logra escapar al bosque. Desde allí, observa arder su casa, y cómo los hombres vierten concreto sobre lo que queda del sótano, cerrando las puertas del infierno para él. Ya convertido parcialmente en licántropo, merodea por los caminos rurales, matando y escribiendo fragmentos de su historia en cada pedazo de papel que encuentra, finalmente preguntándose qué ocurrirá cuando la transformación se complete.




Los susurradores.
The Whisperers, Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era una casa muy vieja y desolada. Para llegar a ella tuvimos que trepar por una verja rota en la que colgaba un cartel de SE VENDE, y luego atravesar un desenfrenado mar de hierba.

—Cariño —dijo Anne—. ¡Es esta! ¡Vamos a comprarla!

La miré fijamente. Llevábamos casados una semana, pero todavía no podía mirarla sin querer abrazarla, sentir la cálida y maravillosa respuesta de su delgado cuerpo contra el mío. Ella quería esta casa. Podríamos arreglarla, dijo, y venir aquí los fines de semana.

Una hora más tarde estábamos en el pueblo, hablando con Jedney Prentiss, cuyo nombre estaba en el letrero. Quería dos mil quinientos para el lugar.

—Ha estado vacía durante seis años —declaró—, pero sigue siendo una casa magnífica.

Lo reduje a mil ochocientos y nos dirigimos a Harkness para organizar el traslado.

Esa tarde terminó la luna de miel. Encendimos un fuego en la gran chimenea y quemamos los mapas de carreteras, abandonando nuestros planes de recorrer la península de Gaspee. Luego escogimos la habitación que queríamos para nuestro dormitorio y nos pusimos manos a la obra, decididos a hacer al menos eso antes del anochecer. Anne había comprado ropa de cama y muebles en Harkness, y la gente de la tienda había prometido entregarlos de inmediato.

Fue divertido. Para no arruinar su vestido, Anne se lo quitó, y allí estaba, corriendo casi desnuda con trapeadores y escobas, plumeros y cubos de agua. La miré y me di cuenta de la suerte que tenía. ¡Tenía las piernas más dulces y delgadas del mundo! Tenía suaves hombros blancos y pequeños pechos alegres que se movían cada vez que sus tacones golpeaban el suelo. Y ella estaba más que dispuesta, cada media hora, a tomarse un tiempo y deslizarse en mis brazos por un minuto o dos de relajación, si se puede llamar así.

Eran alrededor de las seis cuando llegó nuestra «compañía». Estaba hundido hasta el cuello en los escombros del dormitorio. Anne había salido al patio en busca de ramitas de abedul para hacer una escoba auxiliar. De repente, desde la puerta a mi espalda, una voz dijo:

—No pensará vivir aquí, ¿verdad, señor?

Me giré, sobresaltado. Allí, en el umbral, estaba una niña enfermiza y demacrada de unos doce años. La compasión por la pobre criatura me abrumó. Me levanté lentamente por miedo a asustarla.

—¿Y quién eres tú? —pregunté—. ¿Un vecina?

—Solía vivir aquí. Soy Susie Callister.

Jedney Prentiss había mencionado a los Callister. Eran habitantes de la zona que habían alquilado el lugar por un tiempo. Con la muerte de Jim Callister, su esposa y su pequeña se mudaron.

—Ustedes deben estar locos, mudarse a este lugar —dijo la niña—. ¡Mi mamá dice que está embrujada!

—¿En serio?

—¡Me mataría si supiera que estoy aquí!

—¿Y vienes aquí a menudo? —pregunté.

—Sí. Mi papá murió aquí. Él era genial. Vengo aquí para hablar con él.

—¿Hablar?

—Bueno —dijo en tono desafiante—, tal vez no como estoy hablando contigo, pero le hablo y él escucha. Me siento en una caja en el sótano y le digo que mamá no me deja venir aquí. A veces me responde en susurros. Murió en el sótano, de un infarto.

—¡Peter! —esa era la voz de Anne desde abajo—. He preparado café y sándwiches. ¡Son más de las seis y me muero de hambre!

—¡Caramba! —dijo Susie Callister—. ¿Es tan tarde?

Se volvió como un conejo asustado y luego se detuvo. Con voz lenta y suplicante añadió:

—¿Puedo venir aquí a veces para hablar con papá? ¿Puedo, por favor?

Le dije que podía venir tantas veces como quisiera. Algo me dijo que debería saber más sobre ella.

Bajó corriendo las escaleras y salió por la puerta principal, cerrándola de golpe. Cuando bajé, Anne estaba de pie en las sombras del pasillo, con una expresión extraña en su rostro.

—¿Quién era, Peter?

Le dije y ella pareció aliviada. Nos sentamos a cenar en la cocina. Anne estaba extrañamente callada. Estaba cansada, supuse.

Su sujetador se había deslizado un poco hacia abajo para revelar las pálidas y cansadas curvas de sus pechos. Caminé alrededor de la mesa y la tomé en mis brazos.

—Has trabajado demasiado —dije.

Ella sonrió un poco y se relajó contra mí, cálida y suave. Pero estaba temblando. Podía sentir pequeños movimientos erráticos bajo el terciopelo de su piel. De repente ella me miró.

—Peter, antes de que hagamos algo más después de la cena, ¿podrías bajar al sótano y mirar alrededor? Estuve allí hace un rato y creo que tenemos ratas. Escuché los susurros más extraños cerca de un viejo banco de trabajo...

—No te preocupes. Me ocuparé de las ratas —dije a la ligera.

Pero Anne tenía miedo. Lo supe por la forma en que se aferraba a mí, la forma en que su cuerpo temblaba contra el mío en busca de protección. Ella estaba aterrorizada.

No bajé al sótano de inmediato. Nuestras compras llegaban de la tienda y teníamos que arreglar los muebles. La noche estaría sobre nosotros antes de que llegara a las ratas.

Agarrando una lámpara de aceite antigua, bajé a tientas las empinadas y traicioneras escaleras del sótano, dejé la lámpara en el banco de trabajo y miré a mi alrededor. Era una habitación enorme con piso y paredes de hormigón en bruto, el piso sin terminar, o hace mucho tiempo roto por alguna razón, en la esquina debajo del banco.

Mi mente jugaba con una angustiosa imagen mental de Susie Callister, pobre niña, sentada aquí, sola en la oscuridad, derramando sus penas a su padre muerto. Habría que hacer algo con Susie Callister. ¡Y sobre las ratas cuyos susurros creía que eran la voz de su padre!

¡Las ratas! Sentado en una caja volcada, esperé. En ese momento, también yo escuché un susurro furtivo que, al parecer, emanaba de esa sección del sótano donde se había roto el piso.

Silenciosamente aceché los sonidos. Ratas ¡No estaba tan seguro! Este susurro extraño y sutil era demasiado humano, demasiado seductor. ¡Podría haber jurado que estaba intentando con maldad decirme algo!

Me arrastré en cuatro patas hacia la esquina donde el suelo estaba desnudo.

Cesaron los susurros. Inexplicablemente enojado, exploré cada centímetro de la tierra compacta y no encontré nada. ¿Habían perforado las ratas un túnel debajo de esta parte del sótano? Di un paso hacia la lámpara y me detuve. ¡Sentí algo increíblemente frío, pero suave, suave como el roce de los labios de una mujer en mi tobillo izquierdo. Mi corazón dio un vuelco. Un escalofrío me invadió, el tipo de escalofrío que herviría en mi sangre si una mujer hermosa y sin ropa apareciera de repente ante mí en un lugar totalmente inesperado!

Miré hacia abajo y podría haber jurado, aunque no había nada allí, que algo como una mano humana tenía agarrado mi pie. Entonces un chirrido sordo me puso rígido. Me solté de un tirón, levanté la cabeza y vi que se estaba levantando el mamparo en el extremo más alejado del sótano. Ahí estaba la explicación: simplemente una ráfaga de aire frío procedente del exterior.

Me petrifiqué. Enmarcado en la abertura había un rostro, el rostro de una mujer. Se hizo más grande. Apareció una mano que tanteaba y la mujer descendió furtivamente los escalones de madera podrida hasta el suelo del sótano.

No me vio, y eso fue extraño, porque la lámpara aún estaba encendida. Avanzó lentamente. Su vestido era un trapo negro barato que acentuaba la increíble blancura de su rostro y garganta. Su cuerpo brillaba a través de los agujeros en la tela. Vi un hombro desnudo, la elegante curva de un pecho medio desnudo. Vi el fluir demasiado blanco de una pierna femenina bien formada.

Pasó junto al banco y se detuvo. Su voz, un susurro sibilante, golpeó contra las paredes del sótano.

—Ella ha estado aquí de nuevo, Jim Callister. ¡Lo sé! Me di cuenta por la mirada en sus ojos cuando llegó a casa. Viene aquí a menudo, lo sé, y tú hablas con ella, le pones ideas en la cabeza. Pero, no vas a atraparla. ¡La llevaré tan lejos que nunca pondrás tus infernales manos peludas sobre ella! ¿Me oyes? ¡Te estoy desafiando! ¡De nuevo!

Ella agitó su puño. Su rostro estaba informe de odio. ¡Juro que podía oír el latido de la ametralladora de su corazón debajo de ese pecho desnudo y blanco!

—¡Espere, señora Callister! —dije bruscamente.

Se detuvo como si la hubieran apuñalado. Sus ojos brillantes me encontraron. Entonces me di cuenta por qué no me había visto antes. Estaba medio ciega.

—Está bien, señora Callister —dije—. Soy Peter Winslow. Compré esta casa. Me gustaría hablar con usted…

Se arrojó hacia atrás y giró hacia el mamparo. La oscuridad exterior se la tragó antes de que pudiera hacer un movimiento para detenerla. Desconcertado y asustado, subí las escaleras.

Esa noche escuchamos a las ratas.

Anne tembló en mis brazos y se acurrucó contra mí, su dulce cuerpo joven ardía de terror. Traté de consolarla. Suave, gentilmente besé sus labios, sus ojos, el suave y cálido hueco de su garganta. Deliberadamente le hice el amor, tratando de despertar ingeniosamente otras emociones que harían pasar sus miedos a un segundo plano. Pero incluso cuando mis esfuerzos obtuvieron una deliciosa respuesta, incluso cuando ella se derritió contra mí y puso sus brazos hambrientos alrededor de mi cuello, incluso cuando sus labios entreabiertos se fundieron con los míos en un beso que fue todo amor y no dejó lugar para el miedo, pensé, sombríamente: las ratas están en el sótano. El padre de Susie Callister murió allí. Susie es rara. Su madre es rara. Ninguna rata común puede susurrar así...

Y cuando por fin me dormí, exhausto, en vez de soñar con la cálida y maravillosa cercanía de la mujer que amaba, soñé con los susurros.

Por la mañana conduje solo hasta el pueblo para comprar trampas. El propietario de la tienda general era un hombre delgado y huesudo.

—Usted es el tipo que compró la antigua casa de Prentiss, ¿no es así? —preguntó—. ¿Le gusta el lugar?

—Sí —dije—, y me gustará más cuando esté arreglado.

Me lanzó una mirada oblicua.

—La pintura y las reparaciones ayudarán muchísimo, pero eso no cambiará lo que le sucedió a Jim Callister. Soy el enterrador aquí, y arreglé a Jim para enterrarlo. Nadie puede decirme que murió de forma natural, pero nadie me escuchó.

—¿Qué quieres decir? —pregunté con inquietud.

—Bueno, estaba trabajando en el sótano la noche que murió. Parece que pasaba la mayor parte de su tiempo libre trabajando allí. Así que esta noche estaba muy tranquilo allí y su esposa se preocupó, fue a buscarlo, y lo encontró tirado. Un ataque al corazón, de acuerdo con el viejo Doc Digby. Pero yo preparé el cuerpo. No soy un médico erudito y no pretendo serlo, pero nunca vi que un ataque al corazón le haga crecer el pelo a un hombre.

—¿Pelo?

—Salvo su rostro, no había ni una pulgada de Jim Callister que no tuviera pelo. ¡Como lo verías en un mono!

Le di una larga mirada, tratando de entenderlo.

—Otra cosa —dijo—. Cuando bombeé a Jim Callister hasta dejarlo seco, no me gustó lo que le saqué. ¡Sigo pensando que era veneno!

Tenía mucho en qué pensar durante el viaje de regreso. Una cosa era segura, iba a tener una charla con el doctor Digby. E iba a echar un vistazo más a fondo a ese sótano.

Un coche de época bastante antigua estaba aparcado en nuestra puerta cuando llegué, y por el emblema en la patente supe de inmediato que nuestro visitante era un médico. Su nombre era Everett Digby. Era un hombrecito calvo de unos sesenta años que me desagradó de inmediato. La mano que me ofreció era como un guante de goma mojado.

—Pensé en dar una vuelta por aquí para saludar —dijo con una sonrisa mecánica.

Pensaste en dar una vuelta, pensé, para ver si tengo la intención de vivir aquí de forma permanente. ¡Has descubierto que soy médico y tienes miedo de la competencia!

Hablamos durante media hora sobre nada. Finalmente, después de una cautelosa acumulación de tensión, dije:

—El tipo de la tienda piensa que hubo algo extraño en la muerte de Jim Callister.

Digby se rió.

—No le prestaría demasiada atención a Ben si fuera tú. Él hace su propio licor.

Pensé: ¡Uno de ustedes está mintiendo!

Anne se disculpó y fue a preparar el almuerzo. Entonces Digby cambió de actitud.

Inclinándose hacia adelante, dijo intencionadamente, en voz baja:

—Estás loco por comprar este lugar, Winslow. Lo que Ben Nevins te dijo es correcto, o parcialmente correcto, de todos modos. ¡Hubo algo extraño en la muerte de Callister, y esta casa fue la causa! ¡Si yo fuera tú, me largaría!

—¿Por qué?

Lanzó otra mirada a la puerta.

—Les diré lo que sé y dejaré fuera lo que pienso. Jim Callister vino a vivir aquí hace ocho años. Al principio anduvo bien. Luego construyó un banco de trabajo en el sótano y empezaron a suceder cosas. Se volvió muy delgado. Su esposa me rogó que lo revisara y lo hice, y eso me dejó perplejo. No había nada malo en él que yo pudiera descubrir, sin embargo, su piel se estaba volviendo suave y blanca, y le estaba creciendo el vello corporal. Además, estaba cambiando mentalmente. Jim solía ser un buen tipo con una risa grande y cordial. Ahora era sombrío como una tumba, astuto y sigiloso.

—¿Empeoró —pregunté—, antes de su muerte?

—No podría decir nada sobre la condición de su cuerpo. Después de ese primer examen, nunca me dejó revisarlo de nuevo. Se volvió muy hosco. Su esposa y su niña vivieron un infierno.

—¿Y crees que esta casa tuvo algo que ver con eso?

Digby apartó la mirada y se humedeció los labios.

—Algo lo cambió. No sé qué. Todo lo que digo es que debes irte de aquí. Hay cosas en este mundo que no entendemos, Winslow. No sé qué convirtió a Jim Callister en una viciosa bestia peluda, pero…

Se contuvo, pero ya era demasiado tarde. Anne estaba en la puerta.

Digby se puso de pie, pequeñas líneas de sudor se formaron en su cabeza calva.

—Tengo que irme —murmuró—. Dije más de lo que quería.

Se apresuró a bajar los escalones hacia su coche. Cuando se hubo marchado, Anne dijo en voz baja:

—¿Qué quiso decir, Peter?

—Nada, cariño.

—Quiero saberlo.

Le dije, seleccionando con cuidado las palabras:

—Lo más probable es que a Digby no le agrade la idea de tener otro médico en la ciudad y está tratando de asustarnos.

La rodeé con mis brazos y la besé. Sin embargo, incluso entonces, ahora que lo recuerdo, incluso con el delicioso cuerpo de Anne temblando ansiosamente en mis brazos, estaba pensando en otra cosa.

Pensaba en los susurros.

Esa noche, mientras derribaba algunos estantes viejos en la cocina, sentí un dolor agudo y punzante en el tobillo. Desapareció casi de inmediato, pero en la primera oportunidad subí las escaleras, cerré la puerta del dormitorio detrás de mí y me quité el calcetín. Una mancha de piel blanca grisácea, peculiarmente suave, se extendía desde mi empeine hasta un punto a una pulgada más o menos por encima de la espinilla. Totalmente asustado, la unté con ungüento y la vendé, reemplazando el zapato y el calcetín. Luego comencé a pensar de nuevo en el sótano. ¡Tenía que bajar allí! Furtivamente comencé a buscar alguna excusa para dejar a Anne arriba para poder encerrarme y esperar.

Y así lo hice. Espere los susurros.

La oportunidad llegó justo antes de acostarse. Anne se había desvestido y se había puesto el pijama. Estábamos tomando una copa en la cocina. Estaba mirando a mi esposa, al cuello suelto de su chaqueta de pijama. Como novio, debería haber estado maravillándome de su belleza juvenil, las sombras seductoras que jugaban alrededor de sus senos medio expuestos; el excitante fluir de sus delgadas piernas. Debería haber estado diciendo: Esto, todo esto, es mío para tenerlo y sostenerlo, amarlo y acariciarlo!

Pero en cambio dije:

—Ve arriba, cariño. Yo pondré esas trampas en el sótano.

Ella me miró extrañamente. Dio un paso hacia mí con los brazos medio extendidos. Era conmovedoramente consciente de su cálido y dulce aroma, de su suave piel blanca, de su ansia de ser amada. Pero me di la vuelta y bajé al sótano, cerrando la puerta detrás de mí.

Infaliblemente, mis pies me llevaron a ese parche de tierra marrón cerca del banco de trabajo. Esperé. Diez, quince minutos. Entonces, escuché los susurros otra vez. Salieron de la tierra, o de las paredes, sonidos sibilantes y seductores que parecían ser palabras pero que no lo eran.

Me temblaron las manos. Todo mi cuerpo se estremeció de emoción. Me arrastré hacia la fuente de los sonidos, y de repente mis manos se convirtieron en garras, cavando frenéticamente en la tierra.

Ahora los susurros se burlaban de mí. Golpearon contra mi cerebro, atormentándome, incitándome a realizar mayores esfuerzos. Arañaba como un animal. En poco tiempo había cavado un hoyo de unos cuarenta centímetros de profundidad y encontré madera.

Era una tapa de cisterna. No pude moverla. Pero encontré una palanca en la parte trasera del horno y trabajé como un loco, con el sudor rodando por mi rostro y brazos, hasta que poco a poco rompí el sello que mantenía la tapa en su lugar. Y luego, usando todas mis fuerzas, lo levanté y logré moverlo hacia un lado.

Allí, en las oscuras profundidades del sótano, me dejé caer sobre mis manos y rodillas para mirar dentro del abismo, y desde lo más profundo salió un suspiro humano, un suspiro tan acariciador como el toque de la mano de un amante.

Tomé mi linterna y apunté al pozo. Vi paredes grises y húmedas, cubiertas con hongos que parecían retorcerse en agonía al sentir la luz. Pero las profundidades de la cisterna guardaban tenazmente su secreto. Por poderosa que fuera mi linterna, solo revelaba paredes grises que se desvanecían en una oscuridad profunda e impenetrable. Una oscuridad susurrante. Una oscuridad llena de susurros sin nombre que me llamaban.

El sótano se había vuelto insoportablemente frío. Se me puso la piel de gallina. Me retiré consternado de la boca del pozo, pero el frío húmedo me envolvió, como si manos invisibles me hubieran desnudado, frotándome con hielo.

Dolores agudos y punzantes atacaron mi pecho y mis brazos. Luego vino el miedo, el miedo a la oscuridad, al pozo, a los muros abarrotados del sótano. Sollozando mi terror, volví a colocar la tapa de la cisterna en su lugar y arañé la tierra sobre ella. Luego corrí.

Cuando entré en el dormitorio, Anne supo de inmediato que algo andaba mal. Ella estaba acostada en la cama con una revista, esperándome.

—¡Peter! —gritó—. ¡Estás tan pálido! ¿Qué pasa?

Me metí en la cama y me acurruqué contra ella, buscando alivio en la cálida y dulce cercanía de su cuerpo. ¡Tenía miedo! Mis manos se aferraron a ella, desesperadamente, y enterré mi rostro en el calor satinado de su hombro. La aplasté contra mí, temiendo que algo se interpusiera entre nosotros y me destruyera.

—Cariño —susurró sin quejarse, aunque Dios sabe que debí haberla lastimado brutalmente.

Entonces sus labios encontraron los míos; su delgado cuerpo yacía flácido en mi abrazo. Mis temores disminuyeron.

Por la mañana, Anne se levantó en silencio para no despertarme, pero estaba despierto. Me quedé con un ojo medio abierto, mirándola vestirse. Pensé en los susurros y en lo que me habían ordenado que hiciera. Mi mirada furtiva exploró las hermosas líneas de su cuerpo, la curva de su cuello, la suave y dulce belleza de su rostro. ¡En su inocencia, pensó que estaba dormido!

Había planeado conducir hasta Harkness esa mañana por el material de las cortinas y algunas otras cosas que necesitábamos con urgencia. La escuché irse. Luego, sigilosamente, me levanté de la cama, me quité el pijama y me estudié, desnudo, en el espejo.

Me gustó lo que vi.

Me vestí y bajé las escaleras. Anne había dejado el desayuno en la mesa. Comí despacio, lleno de pensamientos sobre ella, sobre lo que iba a pasar cuando regresara. De repente escuché que se abría la puerta principal y la voz de Susie Callister que llamaba ansiosamente:

—¿Hay alguien en casa?

Sonreí ante eso. La voz con la que le respondí no era mi voz. Oh, no. ¡Me dijeron qué decir! Me dijeron que invitara a la niña a pasar, que la complaciera. La llamé y ella entró tímidamente en la sala de estar y se quedó mirándome.

—Dijiste que podía venir —me recordó—. Dijiste que podía hablar con papá.

—Mi querida niña... ¡por supuesto!

—Si bajo las escaleras, no le dirás a mi mamá que lo hice, ¿verdad? —sus ojos hundidos me suplicaban y sus labios temblaban—. Me dijo algo horrible la última vez. Ella dijo que nos vamos a mudar de aquí. Mañana, tal vez. Y yo quiero despedirme de papá.

Sonreí y la tomé del brazo. La conduje por el pasillo hasta la puerta del sótano y la abrí. Me quedé allí en lo alto de las traicioneras escaleras del sótano, mirándola mientras descendía lentamente hacia la oscuridad. Ella era joven, por supuesto. Su frágil pequeño cuerpo no era atractivo. Aun así, su piel era blanca y clara; y ya se insinuaba su maduración. Era mejor que nada.

Escuché los susurros y eran malvados. Nunca antes habían sido tan ruidosos, tan imponentes. Me dijeron que hacer.

Cerré la puerta suavemente y giré la llave. Luego volví a la sala de estar y me senté a esperar.

Y esperé.

Llegó por fin, y todos los nervios expectantes de mi cuerpo se emocionaron, como un amante de la sutil caricia de los labios de su amada. Un grito de terror surgió de las oscuras paredes del sótano. Una repentina oleada de pisadas sonó en las escaleras. ¡Puños frenéticos golpeaban la puerta cerrada!

Luego el grito de nuevo, esta vez un ulular creciente de agonía, un lamento tenue que revoloteó por un momento en el espacio, y luego murió. Me senté allí, sonriendo, con mi mente retorcida y mis sentidos saciados absorbiendo hasta el último persistente eco, hasta que la casa se quedó de nuevo en silencio.

El sótano era una gran bóveda de silencio cuando abrí la puerta. No hubo susurros. Descendiendo, miré a mi alrededor. Mi amiguita se había despedido de algo más que de su padre muerto. Ella había desaparecido.

—Habrá otro pronto —dije en voz baja—. Sean pacientes.

La señora Callister llegó aproximadamente una hora después. Enfadada, subió los escalones del porche y golpeó la puerta principal. Cuando le abrí me miró con un rostro contorsionado y dijo con voz estridente:

—Susie vino aquí, ¿no es así? ¿Dónde está?

—Mi querida señora Callister —murmuré—, ¿qué diablos le hace pensar...?

—¡No me mientas! ¡Conozco a esa niña como un libro!

—Entre, señora Callister —la invité—, y búsquela usted misma.

Irrumpió en la casa, echó un rápido vistazo a la sala de estar, al comedor y luego recorrió el pasillo hasta la cocina.

—¡Susie! ¡Susie! ¿Te escondes de mí, diablita? ¡Susie! ¿Dónde estás?

La seguí de habitación en habitación, mirándola con picardía. Ella los complacería. Estaba bien formada. Sus piernas eran redondeadas. Su cuerpo maduro brillaba blanco como la nieve a través de los huecos de su vestido gastado. La parte delantera era ceñida y sus pechos empujaban con fuerza contra la fina tela. Era una mujer y, a su manera poco delicada, deseable.

Subimos las escaleras, volvimos a bajar y finalmente fuimos a la puerta del sótano. Allí vaciló. Por un breve instante, la ira en su rostro desdichado fue reemplazada por el miedo.

Abrí la puerta.

—¡No voy a bajar allí! —susurró.

—Mi querida señora Callister, ¿por qué no?

—¡Simplemente no lo haré! —su voz se convirtió en un chillido—. ¡Susie! ¿Estás ahí abajo?

Me pareció extraño que no pudiera oír los susurros. Yo los escuchaba claramente. Sabía lo que querían que hiciera. Con mucho cuidado, di un paso atrás. La señora Callister no se dio cuenta. Me miré las manos y las levanté. Lentamente, lentamente... hasta que estuvieron a solo unos centímetros de sus hombros.

¡Un golpe salvaje y la madre de Susie Callister bajaría gritando por las escaleras! Luego, cerraría la puerta, volvería a girar la llave y… pero, en ese instante, oí que se abría la puerta principal y la voz de mi esposa me llamó:

—¡Peter! ¿Me ayudarías a sacar las cosas del coche, por favor?

Cerré la puerta del sótano y fui al pasillo. La señora Callister me siguió.

Anne, con los brazos cargados, se detuvo en seco.

—Ésta es la señora Callister, Anne. Ella... eh... tiene la impresión errónea de que su hija está aquí. Me ha costado mucho intentar convencerla de lo contrario.

La señora Callister dijo algo en voz baja y pasó junto a nosotros hacia la puerta. Entonces se detuvo. Demasiado tarde vi el pañuelo diminuto y deshilachado sobre la mesa del vestíbulo.

Lo tomó y lo examinó. Entonces se volvió lentamente. Sus ojos eran fuego.

—Lo sé —susurró—. ¡Sé lo que has hecho! ¡Te has convertido en uno de ellos, como lo hizo Jim!

Luego, con un chillido, huyó.

—La mujer está loca —le dije a Anne—. Este pueblo está lleno de la gente más rara.

Anne guardó silencio, pero la mirada que me dirigió fue extraña.

Toda la mañana sentí que me estuvo vigilando. Por la tarde me dijo:

—Peter, ¿por qué no te acuestas y descansas un poco? Has trabajado muy duro.

—Creo que lo haré.

—Por favor. No eres tú mismo, Peter. Me asustas un poco.

Subí las escaleras y cerré la puerta. ¿Dormir? ¡Ah, no! Me acosté en la cama, pensando en la promesa que había hecho. ¡La cumpliría esa noche!

Y la noche llegó tan lentamente… Vi que la habitación se oscurecía. Me quedé allí, maquinando. Pensé que mi esposa nunca dejaría de holgazanear. Escuché con hambre cada sonido que hacía abajo, sus pasos mientras iba de habitación en habitación, el murmullo de la radio portátil en la repisa de la chimenea... y la maldije por ser tan lenta.

Cuando por fin entró en el dormitorio, yo estaba en la cama, fingiendo estar dormido. Dejó una lámpara sobre la cómoda y bajó la mecha para no despertarme. Oblicuamente la vi desnudarse.

¡Hermosa! Piernas impecables. Caderas dulces. Blancos y redondos pechos jóvenes. ¡Tan tersos y suaves eran sus hombros! ¿Sabía que la estaba mirando? Una vez, sólo una vez, se volvió abruptamente para mirarme, y por un momento permaneció absolutamente inmóvil, como si mi mirada furtiva realmente hubiera helado su cuerpo. Luego apagó la lámpara y se acercó a mí a tientas en la oscuridad...

Por el sonido de su respiración supe que estaba de espaldas a mí, con la cara hacia la pared. Me di cuenta del calor que emanaba de la sutil fragancia de su cuerpo. Y esperé con diabólica paciencia hasta que estuve seguro de que estuviese dormida.

Luego la agarré.

Gritó solo una vez cuando mis manos se cerraron sobre su cuello. Sus ojos se abrieron y los vi mirándome en la oscuridad. Sus labios susurraron mi nombre mientras rasgaba su pijama.

La arrastré fuera de la cama, la tomé en mis brazos y me acerqué a la puerta, dejando los restos rasgados de su pijama en un lamentable montón en el suelo. La besé y la apreté contra mí en un abrazo salvaje y hambriento, no por amor, sino porque en ese momento me estaba riendo, y la risa bestial que brotó de mi garganta no se parecía a nada humano.

Mis dedos mordieron profundamente la suave carne de su cuerpo inerte. Mi rostro estaba sobre el suyo, mi boca babeaba.

—¡Te quieren! —chillé.

Bajé las escaleras y la llevé al vestíbulo inferior. Ahora la vieja casa estaba llena de susurros que me instaban a seguir. Bajé por el pasillo hacia las escaleras del sótano. Entonces escuché voces. Escuché pasos pesados en el porche. Me detuve y un gruñido curvó mis labios. Bajé mi carga flácida, merodeé sigilosamente por la sala de estar hasta una ventana y me agaché allí, mirando hacia afuera.

Había muchos de ellos y llevaban todo tipo de armas imaginables.

Habían venido del pueblo, conducidos por la madre de la niña, y por Everett Digby, el médico que sabía más sobre esta casa de lo que había admitido.

Mientras miraba, Digby golpeó la puerta con el puño y exigió que lo dejaran entrar, mientras los demás se acercaban más, sus rostros eran sombríos y demacrados bajo el resplandor de las linternas y las antorchas.

—¡Abre la puerta o la derribaremos!

Por un momento pensé desesperadamente en enfrentarlos, pero la bestia en mí tenía miedo. Y, sin embargo, aún había tiempo si lograba llegar al sótano...

Temblando, asustado, me arrastré hacia el pasillo. Allí yacía mi esposa, afortunadamente inconsciente de mis intenciones, su dulce cuerpo era un montón blanco y suave en el suelo. Y los susurros eran truenos en mi cerebro, azotándome, impulsándome. Me agaché para agarrar a Anne para arrastrarla. Pero fue demasiado tarde.

La puerta se estrelló hacia adentro. Giré en cuclillas, gruñendo como una bestia depredadora expulsada de su presa. Por un terrible momento me enfrenté a la turba, enfrenté la terrible acusación en los ojos de Everett Digby y el odio ardiente en la mirada de la señora Callister. Entonces un rifle estalló, una bala astilló las viejas vigas de la puerta del sótano detrás de mí. Me giré y corrí, dejando a mi esposa en el suelo.

Con la fuerza y la astucia de una bestia, corrí a través de la cocina, abrí la puerta trasera y hui hacia la noche. La oscuridad se cerró a mi alrededor. A toda velocidad, hui a través de la hierba rancia del patio, hacia el vasto refugio negro del bosque, escapando fácilmente del frenético movimiento de sus linternas.

Allí, exhausto, yací gruñendo y observando.

Esa noche perdurará en la memoria de esas personas. La mitad de los hombres del pueblo estaban cazándome. Las antorchas ardían en la oscuridad. Las linternas eran luciérnagas relucientes que pululaban en la noche. Las voces de los hombres se elevaron en el viento, y pasos pesados recorrieron todos los caminos alrededor de una milla de la casa.

Pero estaban cazando a una bestia demasiado astuta para ellos.

Esperé.

—Se rendirán pronto —pensé—. ¡Entonces podré volver!

Pero en eso me equivoqué. Porque cuando apareció el primer gris apagado del amanecer, un resplandor carmesí brotó para rivalizar con él. Las llamas se elevaron al cielo, devorando las antiguas vigas de mi casa de luna de miel. Enormes nubes de humo se elevaron desde el infierno.

Me acerqué tan sigilosamente como me atreví, y desde el borde del bosque maldije las llamas y los hombres de rostro sombrío que estaban cerca, viendo arder la casa. Maldije el camión que vino cuando los cimientos ennegrecidos se habían enfriado. ¡Maldije a los hombres que sudaban allí al amanecer, mezclando cemento con el que llenar la cisterna del sótano!

Cuando terminó, me arrastré hacia el bosque de nuevo, maldiciendo amargamente mi destino.

Por esto sabía: en el sótano de nuestra casa había existido un medio de entrada a otra existencia. Estaba seguro (¡y todavía lo estoy!) de que hay mundos sombríos más cercanos a esta vida de lo que los hombres se atreven a admitir, y hay pasadizos conectados a través de los cuales pueden llegar los habitantes anónimos de esos otros mundos.

Su mancha estaba sobre mí.

Su mancha también había afectado a Jim Callister. ¡Cuán claramente entendí estas cosas! Callister había rastreado los susurros hasta su origen. Lenta, horriblemente, había caído presa de los susurradores. Estoy convencido de que su esposa lo envenenó, como también estoy convencido de que el doctor Digby sabe de su culpabilidad y la está protegiendo. ¡No había otra forma de proteger a ella y a su hija, no había otra forma de salvar a Jim Callister de un destino más espantoso que la muerte!

Y así, esta carta, este manuscrito, esta confesión o como quieras llamarla, fue escrita laboriosamente en trozos de papel recogidos por los caminos donde merodeo por las noches en busca de comida. Encontraré la forma de enviarla por correo y luego desapareceré. ¿Dónde? Solo Dios lo sabe. El mundo de los susurradores está cerrado para siempre, y en el mundo de los hombres no pertenezco.

Día a día las líneas de mi rostro cambian, mis labios retroceden sobre los dientes que sobresalen lentamente, mis ojos se hacen más pequeños, mi cabeza se encoge en el bulto de mis hombros. Día a día la piel blanca y fría de mi cuerpo retorcido se vuelve más peluda.

¿Qué seguirá?

Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh B. Cave.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh B. Cave: Los susurradores (The Whisperers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Una vez más agradezco, la traducción.

No me molesta esos detalles, escritos para lectores de historias picantes. Tienen sentido esas descripciones con la transformación del personaje.
Y no es raro que el protagonista sienta atracción por su esposa, al estar recientemente casados, solamente una semana de matrimonio.
Es algo para destacar la transformación, la actitud crecientemente salvaje, asesina, narrada en primera persona.

Algo inquietante es la suerte de Anne. No está claro si es salvada por la intervención de la turba, la señora Callister podría haber temido por su suerte. O si muere en el incendio.

Un cuento con efectivo terror. Para recomendar.

Poky999 dijo...

Efectivamente es un relato que se enriquece con las descripciones que hace el personaje. Es como si la lujuria comenzara a surgir desde su interior(una especie del tópico "de las armas y de las letras" adaptado al terror).



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Análisis de «El Anciano Terrible».
Tierra Media.
Relato de Hugh B. Cave.

Análisis de «El grabado en la casa».
Tierra Media.
Relato de Margart St. Clair.