«La rana»: Henry Kuttner; relato y análisis


«La rana»: Henry Kuttner; relato y análisis.




La rana (The Frog) es un relato de terror del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de febrero de 1939 de la revista Strange Stories.

La rana, posiblemente uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de Norman Hartley, un artista de Nueva York que decide pasar una temporada en el campo para recuperar su productividad. Alquila una casa rural muy cerca de Monk's Hollow, o la Hoya del Monje, y en su jardín descubre una gran roca con extraños grabados. Los lugareños la llaman La Piedra de la Bruja, y aseguran que en realidad es la lápida de Persis Winthorp, una bruja que fue oportunamente asesinada por los antiguos pobladores del lugar.

SPOILERS.

A pesar de las advertencias de los lugareños, Norman Hartley es un tipo escéptico. No cree en absurdas supersticiones. Por otro lado, la Piedra de la Bruja ofende su sensibilidad artística, ya que arruina la delicada simetría del jardín, de modo tal que contrata a un par de sujetos para que quiten la lápida. Naturalmente, esto fue una muy mala idea.

Persis Winthorp regresa, no ya como una odiosa bruja, sino más bien como una criatura híbrida, mitad mujer, mitad batracio (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror). Bajo esta forma monstruosa aterroriza a Norman Hartley y a la gente de la Hoya del Monje, irrumpiendo en sus casas en medio de la noche y haciéndolas pedazos. Los aldeanos se apresuran a organizar una partida para defender a sus familias y cazar al monstruo. Sin embargo, todo parce indicar que la bruja está interesada únicamente en Norman Hartley, a quien eventualmente persigue hasta sus dominios en el pantano.

La rana de no es un relato brillante, pero sí competente, la clase de pieza que uno espera de un autor con el oficio de Henry Kuttner. La escena final, donde Persis Winthorp persigue al protagonista hasta el pantano, es realmente escalofriante, así como la frondosa descripción que hace el autor de esta monstruosa criatura híbrida.

Si bien La rana de Henry Kuttner no pertenece a los Mitos de Cthulhu (ver: Henry Kuttner en los Mitos de Cthulhu), hay algunos aspectos que lo vinculan directamente con la obra de H.P. Lovecraft, entre ellos, el tema del mestizaje, el tratamiento que el autor le da a Persis Winthorp, y lo reptiliano (ver: Reptilianos en la obra de Lovecraft).

Henry Kuttner estuvo trabajando en La rana mucho antes de que finalmente apareciera. Tres años antes, le escribió a Lovecraft comentándole a grandes rasgos el argumento de la historia. El 18 de mayo de 1936, el maestro de Providence le respondió:


Tu mención de La rana me interesa mucho, porque parece mi clase de cuento. Si Wright lo rechaza (Lovecraft se refiere aquí a Farnsworth Wright, editor de Weird Tales), confío en que me dejarás leerlo, porque no quiero perderme el tipo de historia que parece ser. La atmósfera de persecusión onírica es sin duda ideal para cualquier cosa de esta naturaleza.


Tal como lo anticipó Lovecraft, Farnsworth Wright rechazó La rana de Henry Kuttner, tal vez porque el argumento se parecía demasiado a otro cuento del autor: El horror de Salem (The Salem Horror). Pasaron tres años antes de que apareciera en Strange Stories, una de las revistas que rivalizaban con Weird Tales. Lovecraft, lamentablemente, murió en 1937. No sabemos si Henry Kuttner le envió una copia de La rana antes de esa fecha, pero estimamos cualquier miembro del Círculo de Lovecraft le concedería tal solicitud al Maestro de Providence (ver: Los Mitos de Khut-N’hah)




La rana.
The Frog, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Norman Hartley sabía poco sobre las leyendas oscuras que giraban alrededor de la Hoya del Monje, y se preocupaba de ellas todavía menos. Escondido en un valle aislado en las colinas orientales, la antigua ciudad había estado soñando por generaciones, y un folklore pintoresco y desagradablemente mórbido había surgido de los cuentos que los viejos susurraban sobre los días en que las brujas habían trabajado en los pantano del norte, una región que incluso ahora era rechazada por los aldeanos.

Cosas monstruosas habían habitado en ese pantano hace mucho tiempo, y los indios habían tenido una buena razón para llamarlo el Lugar Prohibido. Las brujas habían pasado y sus terribles libros habían sido quemados, así como sus curiosos implementos. Pero la historia había descendido furtivamente a través de las generaciones, y todavía había algunos que podían recordar la noche en que, convocados por gritos agonizantes, los hombres irrumpieron en la cabaña del viejo Betsy Codman y encontraron su cuerpo todavía tembloroso, colgando.

Sin embargo, Norman Hartley vio en la Hoya del Monje solo un pequeño y tranquilo pueblo solitario donde podría encontrar la privacidad que no tenía en Nueva York. Allí, sus amigos lo visitaban continuamente en su estudio y, en lugar de trabajar en sus lienzos, Hartley pasaba más tiempo en los clubes nocturnos que dedicado a su obra.

Su trabajo había sufrido. En la antigua casa que había alquilado, a dos millas del pueblo, sintió que podía recuperar la inspiración que había hecho famosas sus pinturas. Era un bloque de piedra gris cincelado, de unos tres pies de alto y dos pies cuadrados, que se encontraba en el jardín de flores detrás de la casa. El sentido de los valores artísticos de Hartley se indignaba cada vez que miraba por la ventana la piedra.

Dobson, el cuidador, había tratado de cultivar flores para protegerlas de la vista; había plantado enredaderas, pero el suelo era aparentemente estéril. Había un pequeño claro de tierra marrón desnuda alrededor de la Piedra de la Bruja donde nada crecía, ni siquiera las malas hierbas. Dobson dijo que esto se debía a Persis Winthorp, pero Dobson era supersticioso y tonto.

Si Persis Winthorp realmente yacía enterrado debajo de la piedra o no, el hecho era que el bloque era una monstruosidad. Una mirada pasaba casualmente sobre los colores alegres del jardín, atraídos irresistiblemente por el pequeño claro árido donde estaba la piedra. Hartley, para quien la belleza era casi una religión, se irritaba cada vez que sus ojos se posaban en la Piedra de la Bruja.

Finalmente le dijo a Dobson que la moviera. El viejo cuidador, con su cara marrón y arrugada por la aprensión, raspó su pierna de madera por el suelo y se quejó.

—No hace daño a nadie —dijo, dándole a Hartley una mirada de reojo desde los ojos azules llorosos—. Además, es una especie de hito.

—Mira —dijo Hartley, irracionalmente molesto—. Si estoy alquilando esta casa, tengo derecho a mover la piedra fuera del camino si no me gusta. Es como una gran mancha fea en una puesta de sol. Arruina la simetría del jardín. No te entiendo, Dobson. Uno pensaría que tienes miedo de tocarla.

Dobson se movió, inquieto.

—Bueno, señor, mi abuelo me dijo que pusieron la piedra allí por una razón.

Hartley resopló, pero el cuidador continuó serio.

—Me dijo una vez que la vieja Persis maldijo a la Hoya del Monje, y que ella salió del Pantano del Norte una noche para...

—Oh, por el amor de Dios —dijo Hartley disgustado—. Entonces, si se mueve la piedra, ella aparecerá, ¿no?

Dobson contuvo el aliento.

—No debe decir cosas así, señor Hartley. Persis Winthorp era una bruja, todo el mundo lo sabe. Solía haber cosas horribles en esta casa cuando ella vivía aquí.

Hartley se dio la vuelta. Estaban parados en el jardín y él se hizo a un lado para examinar la piedra. Había marcas curiosas sobre ella, aparentemente cinceladas por manos inexpertas. Los símbolos tenían un vago parecido con el árabe, pero Hartley no podía interpretarlos.

—Dijo mi abuelo —continuó Dobson— que, después de ahogarla, ella salió del agua, completamente verde y viscosa, con su gran boca lanzando hechizos e invocando vaya uno a saber a qué dioses paganos...

Hartley levantó la vista rápidamente al oír el sonido de un motor. Un camión apareció en la curva de la carretera. Echó un vistazo a la Piedra de la Bruja, y luego, decidiéndose, corrió a toda prisa por el camino. Detrás de él escuchó a Dobson murmurando una oscura referencia al misterioso padre de Persis Winthorp.

El camión estaba cargado de grava.

—Me pregunto si harían un pequeño trabajo por mí —les dijo a los dos hombres en el camión—. Quiero sacar una roca de buen tamaño de mi jardín, y es demasiado pesada para que pueda manejarla. Solo tomará un minuto —sacó su billetera.

El conductor, un irlandés sin afeitar y con el cuello torcido, se volvió inquisitivamente hacia su compañero, intercambió miradas con él y luego sonrió a Hartley.

—Claro, amigo.

—Bien —dijo Hartley, y medio para sí mismo—: Podemos arrojarla debajo de un arbusto, fuera de la vista.

Hartley estaba junto a su ventana, frunciendo el ceño. La luna se elevaba más allá de la cresta, pero el jardín todavía estaba en la sombra. De alguna manera tenía la impresión de que algo se había movido en ese oscuro mar negro. Los grillos chillaban monótonamente, y él se sentía irracionalmente nervioso. Desde abajo se escuchó un golpeteo recurrente mientras Dobson avanzaba por la cocina.

Dobson tendría que hacer algo con ese lugar estéril en el jardín. Era aún más notable ahora que la piedra había sido removida, e incluso en la penumbra que Hartley creía que podía ver una sombra más profunda donde había estado la Piedra de la Bruja.

¿Cuál era la vieja leyenda? Dobson la había vertido histéricamente mientras los camioneros levantaban la piedra. Estaba llena de indicios monstruosos del oscuro tráfico que Persis Winthorp había tenido con los seres anormales que habitaban en el Pantano del Norte, y en particular sus tratos con la criatura con forma de batracio que la había engendrado, un demonio a quien los indios habían adorado hace años, según Dobson.

Los aldeanos no podían matarla dos veces, pero había hechizos que podían anular su magia malvada, y había palabras de poder que podían mantenerla encadenada en su tumba, palabras como las que estaban cinceladas sobre la Piedra de la Bruja, había dicho el cuidador, con el miedo retorciendo su rostro en una máscara marrón y arrugada.

Hartley encendió un cigarrillo y frunció el ceño hacia la enigmática penumbra del jardín. O Dobson estaba mentalmente desequilibrado, o había alguna razón lógica para su interés en ese lugar particular del jardín. Quizás…

El pensamiento pasó por la mente de Hartley, y él se echó a reír de repente. ¡Por supuesto! ¡Debería haberlo sabido! Dobson debe ser algo avaro, de hecho. Hartley ya había encontrado más de un indicio de eso. Probablemente había enterrado algo de valor debajo de la Piedra de la Bruja. Después de todo, ¿qué lugar más lógico para esconder algo que la tumba de una vieja bruja malvada, rechazada por la supersticiosa gente del campo?

Hartley sonrió pensando en el pobre Dobson tratando de asustar a su empleador con la historia de una bruja que se suponía que aún estaba viva.

Con una aguda exclamación, Hartley se inclinó hacia delante y miró por la ventana. Había algo moviéndose en el jardín: una sombra más oscura en la penumbra. No pudo distinguir su forma, pero parecía moverse muy lentamente en dirección a la casa.

De repente se dio cuenta que el sonido de los movimientos de Dobson había cesado. La pata de madera ya no golpeaba contra el suelo de la cocina. Al darse cuenta, Hartley sonrió. El viejo Dobson probablemente estaba tratando de rescatar su tesoro. Tal vez creía que su patrón intentaría robarle unos pocos centavos. Hartley se dijo a sí mismo que Dobson era un anciano desquiciado, pero, sin embargo, sintió una pequeña oleada de irritación en su interior.

La sombra negra se acercaba a la casa. Hartley tensó los ojos, pero no pudo distinguir más que un contorno oscuro y extrañamente rechoncho. Por un momento se preguntó si Dobson, por alguna loca razón, se arrastraba sobre sus manos y rodillas.

La sombra se deslizó rápidamente hacia la casa, oculta para Hartley por el alféizar de la ventana. Este se encogió de hombros, apagó el cigarrillo y volvió al libro que había estado leyendo.

Inconscientemente, debe haber estado esperando algún sonido, porque cuando llamaron casi tiró el libro. Alguien había levantado y dejado caer la aldaba en la puerta principal.

Él esperó. El sonido no se repitió, pero después de un tiempo escuchó un furtivo arrastre debajo, junto con el golpeteo de la pierna de madera de Dobson.

El libro yacía olvidado en su regazo. En sus tensos oídos llegó un rasguño preliminar, luego el tintineo de cristales rotos. Hubo un leve susurro.

Hartley se levantó rápidamente. ¿Dobson había roto la ventana para entrar en la casa después de haber llamado a la puerta? De alguna manera, no podía imaginar al Dobson reumático y lisiado que se forzaba a sí mismo a través de una ventana. Además, había escuchado los pasos de Dobson dentro de la casa justo ahora.

¿La sombra negra del jardín había sido realmente Dobson? ¿Podría haber sido un merodeador buscando la entrada? Los dos camioneros habían mirado su billetera gorda con avidez cuando les había pagado.

Luego, estallando desde abajo, se escuchó un grito, afilado por el terror, que atravesó la casa con dureza. Hartley maldijo y saltó hacia la puerta. Cuando la abrió, escuchó un apresurado correr de pasos, los de Dobson, porque el golpeteo de la pata de madera era claramente audible. Pero mezclado con ese sonido oyó un ruido desconcertante, como si las garras de un perro rascaran el suelo. Hartley oyó que se abría la puerta de atrás. Los pasos y el rascado cesaron.

Cuando Hartley irrumpió en la cocina, los gritos comenzaron de nuevo, y se interrumpieron abruptamente. Hubo un leve gorgoteo procedente de más allá de la puerta abierta que conducía al jardín. Hartley vaciló, agarró un cuchillo que yacía sobre la mesa y entró silenciosamente en la noche.

La luna se había elevado, y en su luz pálida el jardín parecía fantasmal, sobrenatural, salvo donde filtraba la luz de la puerta. El aire nocturno era fresco en su rostro. Desde su izquierda, en dirección al estéril claro donde había estado la Piedra de la Bruja, le llegó un leve susurro.

Hartley se hizo a un lado en silencio, con una vaga aprensión creciendo dentro de él. El recuerdo de la advertencia de Dobson regresó, la ominosa insistencia del cuidador de que la vieja bruja nunca había muerto, de que yacía en su tumba esperando que alguien moviera la piedra que la sostenía encadenada.

—Dobson —llamó en voz baja—. ¡Dobson!

Algo se movía hacia él, muy silenciosamente, muy sigilosamente.

La luz de la luna revelaba un parche de sombra que se arrastraba hacia adelante. Era demasiado voluminoso para un ser humano; además, los hombres no emiten silbidos fuertes mientras respiran, y sus espaldas no son gordas, verdes y viscosas.

¡Dios! ¿Qué era esta cosa, este engendro de pesadilla? ¿Qué criatura blasfema había sido enterrada debajo de la Piedra de la Bruja, y qué fuerzas oscuras había desatado Hartley sin saberlo?

Decían las habladurías que la bruja había cambiado en la tumba.

Hartley retrocedió contra la casa. El horror luchaba contra sus creencias racionales. Tales cosas no podían existir, ¡pero sí existían! Se acercaba a él a grandes saltos, una sombra deforme que brillaba débilmente a la luz de la luna.

Ya se había retrasado demasiado. La cosa estaba casi sobre él cuando se dio vuelta para huir. Sus piernas se doblaron, y por un espantoso instante pensó que se hundiría indefenso en el suelo bajo el ataque de la criatura. Se tambaleó, escuchó el goteo de la respiración casi en su cuello, luego reunió fuerzas y corrió a lo largo de la pared de la casa.

La cosa vino detrás de él. Dobló la esquina de la casa y se dirigió hacia la carretera. Cuando llegó, lanzó una rápida mirada sobre su hombro, y el horror frío apretó con dedos helados su corazón. La cosa seguía persiguiéndolo.

Se volvió y huyó por el camino hacia la Hoya del Monje, todavía agarrando el cuchillo. Lo había olvidado, pero ahora, mirando hacia abajo, apretó el arma y corrió un poco más rápido. Si tan solo pudiera llegar al pueblo...

Estaba a dos millas de distancia, dos millas interminables de carretera vacía, solitaria y poco frecuentada, con pocas posibilidades de que pasara un automóvil. Pocos conductores elegían este camino; estaba lleno de surcos y en mal estado. La nueva carretera estatal era más directa.

Pero la carretera yacía más allá de una cresta, y Hartley sabía que no tendría ninguna posibilidad en terreno rocoso o irregular. Incluso en el camino tuvo que observar cuidadosamente las sombras negras que engendraban huecos y surcos en la superficie. Detrás de él, algo saltó, y se escuchó un sonido ronco y pesado.

La noche era fría, pero el sudor estalló en la cara de Hartley en grandes cuentas. Su camisa estaba empapada, le impedía correr, y se la quitó. Detrás de él vino un grito áspero y espeso. Hubo una pequeña pelea, y luego se reanudaron los golpes rítmicos.

Ella salió del agua toda verde y viscosa… —recordó.

Hartley apretó los dientes y contuvo el impulso de gritar. Detrás de él le llegaba el constante ruido sordo; y la respiración, el estertor. ¡La cosa se estaba acercando!

¡Si tan solo pudiera llegar al pueblo!

Aumentó su ritmo, esforzándose hasta que la sangre latió en sus sienes. Sus esfuerzos fueron inútiles. La cosa detrás de él coincidía con su ritmo; el ruido sordo se hizo más fuerte. Por un instante sintió el asqueroso y ardiente aliento de la criatura en su cuello. Su pecho era una llama cruda; un filo de agonía que le quemaba los pulmones.

Tropezó en un pozo y casi se fue de cabeza. Con un esfuerzo desgarrador recuperó el equilibrio y siguió adelante. Pero los sonidos de persecución se habían vuelto terriblemente fuertes. Se preguntó si podría eludir a su perseguidor corriendo rápidamente hacia los matorrales que bordeaban el camino: manchas negras a la luz de la luna. No, la criatura estaba demasiado cerca. La boca de Hartley estaba abierta mientras luchaba por respirar.

Entonces vio la luz. Cuadrados amarillos que eran ventanas en un parche oblongo de negrura, pero muy, muy distante. No, en la oscuridad había juzgado mal, la casa no estaba cincuenta pies de distancia. Apareció de repente ante él.

Gritó desde una garganta cruda y palpitante mientras corría hacia el porche. Pero, antes de alcanzarlo, sintió un gran peso sobre su espalda que lo arrojó al suelo. Enormes garras rasgaban su espalda, rastrillando su carne. Tenía los ojos y la boca tapados de suciedad, pero se dio cuenta de que todavía estaba agarrando el cuchillo.

De alguna manera se las arregló para revertirlo, apuñalado a ciegas sobre su hombro. La respiración entrecortada y áspera dio lugar a un aullido aterrador. La cosa le arrancó el cuchillo. Luchó frenéticamente para retorcerse, pero un gran peso lo inmovilizó inexorablemente.

Un grito confuso llegó a sus oídos. Escuchó el crujido de pasos rápidos y el rugido de un arma. De repente, el peso desapareció de su espalda; escuchó que algo se apagaba en la oscuridad mientras se daba la vuelta, raspando la tierra que incrustaba su rostro. Con ojos inteligentes, vio la cara pálida de un hombre, mirándolo, un hombre que vestía un overol polvoriento y sostenía un mosquete anticuado con manos temblorosas.

Hartley descubrió que estaba sollozando.

El otro hombre miró hacia las sombras y luego a Hartley con los ojos muy abiertos.

—¿Qué fue eso? —preguntó temblorosamente—. En nombre de Dios, ¿qué era?


Anam Pickering, cuya pequeña granja se encontraba en las afueras de la Hoya del Monje, se había despertado con un sobresalto. Se sentó en la cama, buscando en la mesita de noche sus anteojos, con su cara arrugada en líneas perplejas. ¿Qué lo había despertado? Algún ruido inusual, vino otra vez, un rasguño furtivo debajo de la ventana. El granjero, tomado por sorpresa, se incorporó violentamente.

—¿Quién está ahí? —había llamado bruscamente. No hubo respuesta, pero los ruidos continuaron, como una respiración espesa y jadeante. De repente asustado, Anam gritó—: ¡Marta! ¿Eres tú, Martha?

Algo crujió en la habitación contigua.

—¿Anam? —una voz delgada llamó—. ¿Qué pasa?

Anam se levantó de la cama rápidamente y se arrodilló junto a la cama, buscando sus anteojos. Un súbito rompimiento de vidrio lo hizo recuperar el aliento bruscamente.

Levantó la vista, pero sus ojos oscuros solo distinguían un rectángulo borroso, la ventana, contra la cual se alzaba un vago bulto negro. Un olor insidioso llegó a sus fosas nasales, y tardíamente se enderezó, sus miembros reumáticos enviaron pulsos de dolor.

Escuchó un golpeteo de pies y la voz de su hermana.

—¿Anam?

La voz se quebró, y hubo una pausa, aterradora en su implicación. Luego, por encima de las revueltas y sibilancias del intruso, el grito de la mujer se escapó, estridente y loco de terror absoluto.

Un pequeño gemido de desconcierto provino de Anam mientras vacilaba, mirando a ciegas. Dio un paso tentativo y cayó sobre la cama. Sintió, en lugar de ver, algo enorme, negro y sin forma, algo que saltó sobre él. Se produjo entonces un ruido sordo que sacudió la endeble granja.

Martha había dejado de gritar. Estaba haciendo pequeños gorgoteos, como si tratara de gritar y no pudiera.

—¡Marta! —chilló Anam—. ¡Marta! ¡Por el amor de Dios!

Hubo una oleada de movimientos rápidos y un grito bajo y extrañamente ahogado de la mujer. A partir de entonces, el único sonido dentro de la habitación fue la respiración espesa y gutural, y luego, cuando Anam yacía medio desmayado sobre la cama, otro sonido, monstruoso en los pensamientos locos que llamó a la mente del hombre: un leve desgarro, como de carne arrancada por garras afiladas.

Gimiendo, Anam se puso de pie. Mientras se movía lentamente por la habitación, repitió el nombre de Martha en voz baja, y su cabeza se movió de un lado a otro mientras su visión tenue intentaba atravesar la oscuridad críptica. El sonido desgarrador se detuvo abruptamente.

Anam siguió caminando. La tela áspera de la alfombra le rascaba los pies descalzos. Todavía susurrando el nombre de Martha, sintió un bulto negro surgiendo ante él… Tocó algo frío, viscoso, con una sensación repugnante de asquerosa gordura, escuchó un espantoso gruñido gutural de ferocidad bestial, algo se movió rápidamente en la oscuridad, y la muerte se llevó a Anam Pickering.

Así fue como el horror llegó a la Hoya del Monje. Como un horrible aliento de corrupción, de generaciones de decadencia en las que la ciudad de las brujas había caído. Una exhalación miásmica de la tumba de Persis Winthorp yacía como una siniestra palidez sobre la ciudad.

Cuando Hartley, acompañado por una docena de aldeanos, regresó a su casa por la mañana, descubrió que el jardín estaba pisoteado y arruinado. El lugar yermo en el centro del jardín había dado lugar a un hoyo profundo, en el cual, como en una horrible burla, yacía el cadáver mutilado y parcialmente devorado del viejo Dobson, reconocible solo por el resto astillado de su pierna madera.

Los restos yacían incrustados en un charco maloliente de limo espeso y verdoso, y, aunque a nadie le importaba acercarse a ese terrible hoyo, las marcas en la pierna de madera eran evidentes: algo la había estado roído.

Hartley se había recuperado un poco de su experiencia de la noche anterior. Horas de conjeturas de pesadilla lo habían llevado a través de increíbles laberintos de fantasía hacia una conclusión ineludible, la obstinada creencia de que había alguna explicación lógica y natural del horror.

A esto se aferró, a pesar de lo que había visto arrastrándose hacia él en el jardín iluminado por la luna. Los aldeanos no podían saber que Hartley no se atrevía a aceptar sus monstruosas teorías, y que de hecho se aferraba a su escepticismo como el último baluarte de su cordura.

—No me atrevo a creer —dijo—. Tales cosas son imposibles. Debe ser un animal de algún tipo —insistió, en respuesta a un comentario de Byram Liggett, el granjero fornido y bronceado que lo había rescatado—. Estoy seguro de eso. Algún animal carnívoro.

Liggett sacudió la cabeza dubitativamente. Su arma, ya que todos los hombres habían venido completamente armados, estaba en alto mientras sus ojos buscaban furtivamente la vegetación circundante.

—No, señor —dijo con firmeza—. Lo vi. Esa cosa no era como nada que Dios haya creado. Era ella. Salió de su tumba.

Involuntariamente, el grupo retrocedió unos pasos del hoyo ensangrentado.

—Muy bien, un... un híbrido, entonces —argumentó Hartley—. Un bicho raro. El producto de una unión entre dos tipos diferentes de animales. Eso es posible. Es simplemente un animal salvaje y peligroso de tipo inusual, ¡debe serlo!

Liggett lo miró de manera extraña, y estaba a punto de hablar cuando se produjo una interrupción en la persona de un joven que llegó corriendo, jadeante, con la cara blanca y sin aliento. Una premonición de desastre llegó a Hartley.

—¿Qué ha pasado? —espetó, y el chico trató de controlar su respiración hasta que pudo hablar coherentemente.

—Anam… la señorita Pickering —jadeó por fin—. ¡Algo los mató! Todos, todos se hicieron pedazos, eran... los vi...

Al recordarlo, un estremecimiento sacudió al niño, y este comenzó a llorar de puro terror.

Los hombres se miraron, y comenzó un pequeño murmullo, cada vez más fuerte. Liggett levantó los brazos y los calmó. Había pequeñas gotas de humedad en su cara morena.

—Tenemos que volver a la ciudad —dijo—. También tengo prisa. Nuestras mujeres y nuestros hijos... —entonces se le ocurrió algo, y se volvió de nuevo hacia el niño—. Jem, ¿había alguna pista en casa de Anam?

El niño contuvo los sollozos.

—Allí, sí, la hubo. Grandes cosas, grandes, como huellas de rana, solo que grandes como mi cabeza. Ellos…

La voz áspera y urgente de Liggett lo interrumpió.

—De vuelta al pueblo, todos. ¡Rápido! Mantengan a las mujeres y a los jóvenes en el interior de sus casas.

Ante sus palabras, el grupo se dispersó, alejándose rápidamente. También Liggett y Hartley se fueron. Hartley estaba muy pálido mientras miraba al granjero.

—Seguramente esto es innecesario —dijo—. Unos pocos hombres, con pistolas...

—¡Maldito tonto! —dijo Liggett espetó, su voz era áspera, con ira contenida—. Has movido la Piedra de la Bruja. Oh, ustedes, los de la ciudad, son inteligentes, supongo, con su charla sobre fanáticos y deportes, pero, ¿qué saben sobre lo que solía suceder en la Hoya del Monje hace cientos de años? Escuché sobre esos tiempos, cuando demonios como Persis Winthorp tenían sus conjuros y sus libros paganos aquí. Escuché sobre las cosas horribles que solían hacer en el Pantano del Norte. Ya has hecho suficiente daño. Será mejor que vengas conmigo, no puedes quedarte aquí. Nadie está a salvo hasta que hagamos algo.

Hartley no respondió, pero siguió en silencio a Liggett de vuelta a la carretera.

En el camino se cruzaron con hombres que se apresuraban hacia el pueblo, viejos doblados que avanzaban cojeando, lanzando miradas asustadas a su alrededor, mujeres con niños con los ojos muy abiertos que mantenían cerca de sus faldas. Unos pocos automóviles pasaron lentamente y varios buggies pasados de moda. Los teléfonos habían estado ocupados. De vez en cuando Hartley captaba susurros furtivos, y a medida que se acercaban al pueblo, el número aumentaba, y los susurros crecían y se convertían en murmullos bajos y cargados de terror, que golpeaban los oídos de Hartley como los golpes cargados de fatalidad de un gran tambor.

—¡La rana! ¡La rana!

Llegó la noche. La Hoya del Monje yacía durmiendo a la luz de la luna. Varios hombres sombríos y armados patrullaban las calles. Las puertas de los garajes se dejaron abiertas, en una disposición inmediata para pedir ayuda en respuesta a una llamada telefónica.

A las dos de la mañana, Liggett fue sacudido de un sueño inquieto por el sonido frenético del teléfono. Era el propietario de una estación de gasolina en la carretera, varias millas más allá del pueblo. Algo lo había atacado, chilló contra el instrumento. Se había encerrado dentro de la estación, pero sus paredes de cristal ofrecerían poca protección contra la cosa que incluso se estaba acercando.

Pero la ayuda había llegado demasiado tarde. La estación era un infierno de llamas que se alimentaba de los depósitos subterráneos de gasolina, y los hombres solo pudieron vislumbrar una gran cosa deformada que saltó del holocausto para escapar aparentemente indemne en medio de la lluvia de balas que saludaban su aparición.

Pero el propietario de la estación había, al menos, muerto incinerado, ya que algunos de sus huesos, sin marcar por los dientes que habían visto en la pierna de madera de Dobson, fueron encontrados más tarde entre las ruinas.

Y esa noche Hartley había encontrado huellas monstruosas debajo de la ventana de su habitación en la casa de Liggett. Cuando se los mostró al granjero, este lo miró con una luz curiosa en los ojos, pero dijo poco.

El siguiente ataque llegó la noche siguiente. Hartley había huido de su habitación y había cerrado la puerta justo a tiempo para escapar de lo que arañó, balbuceó y bramó contra el panel delgado. Pero antes de que Hartley y el excitado Liggett pudieran regresar con sus armas, la cosa escapó por la ventana rota.

Sus huellas conducían a un parche de espeso matorral cercano, pero entrar en ese desierto enmarañado de sombras por la noche habría sido un suicidio. Liggett había pasado media hora al teléfono, organizando que los aldeanos se reunieran en su casa al amanecer para comenzar la persecución. Luego, como no podían dormir, los dos hombres volvieron a la habitación de Hartley y hablaron hasta casi el amanecer.

—Te ha marcado —dijo Liggett—. Está detrás de ti —vaciló, rascándose la barba en la barbilla—. Pensé que tal vez podríamos atraparlo aprovechando esa ventaja.

Hartley captó el significado.

—¿Usándome como carnada? ¡No!

—¿Qué más podemos hacer? Hemos tratado de rastrearlo, pero se esconde en el Pantano del Norte durante el día. Es la única forma, a menos que quieras que mate a más personas. No puedes mantener a los niños adentro todo el tiempo, Hartley.

—Podemos pedir ayuda a la Guardia Nacional —comenzó Hartley, pero Liggett lo interrumpió.

—¿Cómo pueden rastrearla ellos? De ser posible, lo habríamos hecho nosotros. Cada minuto cuenta; incluso mientras estamos hablando aquí, la cosa puede matar a alguien.

Se interrumpió, mirando a Hartley.

—Lo sé. Crees que lo empecé. ¡Pero Dios! Me he dicho una y otra vez que la cosa es un monstruo, un resultado infernal de un apareamiento antinatural. Pero…

—Pero sabes que no es así —dijo Liggett en voz baja—. Sabes lo que es.

—No —Hartley sacudió la cabeza—. No puede ser.

Se detuvo, mirando a Liggett. El granjero miraba más allá del hombro de Hartley, con horror incrédulo en sus ojos. Gritó una advertencia sobresaltada, y envió a Hartley girando con un repentino empujón. El artista vislumbró un semblante brillante y horrible que sobresalía por la ventana; una horrible máscara que no era ni de batracio ni humana, sino que compartía monstruosamente los atributos de ambos. Una gran boca en forma de hendidura se abría libremente, y amarilla, vidriada. Los ojos miraron fijamente los de Hartley. Hubo un hedor sofocante de corrupción, y en un instante la cosa estaba en la habitación.

La pistola de Liggett se disparó.

La criatura pareció retorcerse en el aire, y el granjero cayó debajo del ataque. Un grito agonizante brotó, y se interrumpió abruptamente. El monstruo, agazapado sobre el cuerpo de Liggett, levantó un hocico mojado con sangre fresca e hizo un sonido de engullido, que recordaba terriblemente una risa, profundamente gutural. Temblando, Hartley sintió el pomo de la puerta debajo de sus dedos, y la abrió justo cuando la criatura saltaba sobre él.

La cerró justo a tiempo. Un panel se astilló bajo un impacto terrible. Hartley huyó por el pasillo cuando la puerta se rompió bajo otra embestida.

Afuera de la casa vaciló un momento, mirando a su alrededor en una agonía de indecisión. En el frío gris que precede al amanecer, vio la casa más cercana a unos doscientos pies de distancia, pero cuando comenzó a correr hacia ella, la cosa apareció a la vista, interceptándolo. Aparentemente se había arrastrado por la ventana por la que había entrado.

Hartley repentinamente recordó su automática y disparó a quemarropa. Hubo un gruñido de ira y la boca abierta se desencajó horriblemente. Una pequeña corriente de maloliente licor negro comenzó a gotear de una herida en la garganta de la cosa.

Pero no se detuvo, y Hartley, al darse cuenta de que una criatura de un tamaño tan monstruoso debía poseer una tremenda vitalidad, se volvió para huir. Estaba entre él y el pueblo, y como si se diera cuenta de su ventaja, la cosa se mantuvo detrás de Hartley, sin darle la oportunidad de doblar.

Oyó crujir una ventana, oyó un grito. Luego corrió por su vida de regreso por el camino por el que había huido la primera noche del horror.

Al pensarlo, y al ver un pequeño carril, un camino de carretas lleno de baches que se unía a la carretera en ángulo recto, se hizo a un lado y corrió por él. Su única esperanza era regresar de alguna manera al pueblo. Detrás de él llegaron los jadeos y los balbuceos, los golpes rítmicos que engendraron la sombría persecución.

Se topó con una instantánea sobre su hombro, pero la brumosa luz del falso amanecer era engañosa, y falló. No se atrevió a desperdiciar más balas.

¡La cosa lo estaba arreando!

En dos ocasiones vio caminos que conducían de regreso a la aldea, y cada vez que el monstruo perseguidor bloqueaba su escape. Y ahora los campos se volvieron más salvajes, y la vegetación adquirió un verdor exuberante y poco saludable. Podría haber intentado escalar un árbol, pero no había ninguno lo suficientemente cerca del camino, y el perseguidor estaba demasiado cerca. Con un espantoso susto de comprensión, Hartley vio que el Pantano del Norte yacía ante él, la ciénaga malvada sobre la que se habían centrado todas las horribles leyendas.

Una cresta se recortaba contra el gris pálido. Desde lejos, Hartley escuchó un sonido que le envió una emoción de esperanza. El sonido de un motor de automóvil, ¡no, dos de ellos! Recordó el grito de su vecino cuando había huido de la casa de Liggett. El hombre debe haber ido por ayuda. Pero la respiración gruñona era terriblemente cercana.

Una vez que el monstruo se detuvo, Hartley miró por encima del hombro y vio que la cosa arañaba con furia su garganta herida. La bala debió haberla debilitado en la persecución, de lo contrario Hartley habría caído mucho antes debajo de sus garras. Levantó su arma, pero la cosa, como si se diera cuenta de su propósito, saltó hacia adelante y Hartley tuvo que acelerar para escapar de los grandes saltos. El sonido de los motores se hizo más fuerte en la quietud del amanecer.

El camino atravesaba el pantano. Estaba cubierto de maleza, surcado y deshuesado profundamente, y a veces se convertía en una estrecha franja de tierra seca. A los lados se extendía la exuberante vegetación del pantano, con ocasionales espacios abiertos de agua repelentemente negra. Sobre todo yacía una curiosa quietud, una absoluta falta de movimiento. Ningún viento agitaba la hierba, ni las ondas se extendían por las aguas. Los sonidos de la persecución, el rugido de los motores, parecían una invasión incongruente en esta tierra de quietud mortal.

El final llegó de repente, sin previo aviso. El limo verde cubría el camino por una distancia de una docena de yardas; Hartley, chapoteando en el agua helada hasta los tobillos, sintió que su pie se hundía en un agujero y cayó pesadamente, torciéndose el tobillo. Incluso mientras caía, rodó a un lado desesperadamente y sintió un viento que lo rozaba cuando el ímpetu del monstruo lo llevó más allá de él.

Los brazos de Hartley estaban abruptamente incrustados en algo suave, aferrado a algo que los chupaba y los jalaba inexorablemente. Con un grito áspero, los liberó de las arenas movedizas y volvió a caer al suelo más firme de la carretera. Escuchó el sonido de un disparo, y, de espaldas en el cieno, vio una monstruosa máscara de horror encarnada que se cernía sobre él. El sonido de los motores había aumentado a un rugido y un grito de aliento llegó a sus oídos.

El monstruo vaciló, retrocedió, y Hartley, recordando su arma, la sacó de su cinturón. Disparó a quemarropa a la criatura, y en ese momento, el silbido de muchos proyectiles de plomo voló sobre él. Sintió un dolor punzante en el hombro.

De repente, parecía que el monstruo era una vejiga enorme, perforada en una docena de lugares, derramando un limo negro y nauseabundo. Con un grito ronco y jadeante, se dejó caer a un lado, dio un salto y cayó en el pantano al lado de la carretera. Luego, rápidamente, comenzó a hundirse.

Las arenas movedizas la tomaron. Sus enormes cuartos traseros, negros y relucientes, con cordones musculares, desaparecieron casi de inmediato, y luego el vientre distendido y leproso.

Hartley, enfermo y desmayado, sintió que unas manos lo levantaban y oyó voces que parecían venir desde una gran distancia. Pero solo tenía ojos para el horror abismal que estaba siendo envuelto a una docena de metros de él, las garras palmeadas que chapoteaban desesperadamente, la cabeza deforme y horrible que rodaba de lado a lado en agonía. De la boca abierta de la cosa surgió un espantoso chillido, un rugido monstruoso que de repente se volvió horriblemente familiar, articulado, espeso y gutural; un clamor frenético de blasfemia como el que podría venir de la lengua podrida de un cadáver muerto hace mucho tiempo.

Todos los hombres retrocedieron, pálidos; y Hartley cayó de rodillas, vomitando y gimiendo en una agonía de horror, mientras la cosa, con la boca medio ahogada en las hambrientas arenas movedizas, gritaba:

Awrrgh… ugh… Sí, los maldigo. Que la maldición de Persis Winthorp los envíe al inf…

El espantoso grito fue interrumpido por un terrible balbuceo de gárgaras que se cortó abruptamente. Hubo una breve conmoción en el cieno. Se formó una gran burbuja y estalló… y la quietud de antaño se extendió una vez más sobre el Pantano del Norte.

Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de NOMBRE: La rana (The Frog), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

5 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Alguien fuera del pueblo podría haberle creído a Dobson? Es entendible el escepticismo del protagonista.
El tema en que falla el relato es la idea de que las brujas son malignas. Algo que ha sido dejado de lado.También se puede interpretar que la bruja lanzó una maldición, como venganza. Algo que puede plantearse.
El ambiente de terror está bien logrado. Y eso es lo que se espera de estos relatos, de este escritor.

wiedmann borbon robles dijo...

No entiendo por qué Wright lo descarto si el relato es muy bueno.

Sebastian Beringheli dijo...

Posiblemente porque el argumento se parece demasiado a otro cuento de Kuttner publicado en Weird Tales: El horror de Salem.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

El cuento plantea un cierto enfrentamiento entre la ciudad y lo rural, con sus misterios. Hay un acertado manejo de estereotipos en la acusación al protagonista, de haber desatado el desastre. Pero no me parece que Dobson haya sido un personaje confiable, al cual creerle.

M. Cabrera dijo...

Mis felicitaciones a Sebastián, muy buena traducción, gracias. (El relato es excelente, además).



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